2. Un par de problemas

 


 

2. Un par de problemas

 

La alarma sonó. Chase extendió la mano hacia la mesita de noche antes de abrir los ojos y la apagó en cuanto sintió el frío metal del teléfono. El alba se filtraba por las persianas en un tono grisáceo. Era una mañana de finales de noviembre; el aire seco y frío le recordó que el invierno estaba cerca, sacándolo lentamente del sueño.

Se levantó con cuidado, subió la manta de Jung-in hasta su barbilla y salió de la habitación sin hacer ruido. Poco después, vestido con ropa deportiva, estaba frente a su condominio. Harvard Square estaba sumida en un azul oscuro, con apenas algún faro de coche iluminando el pavimento.

Tras estirar un poco, comenzó su carrera diaria. Al cruzar el Puente de Harvard, miró hacia el río Charles. La ciudad se perfilaba en el horizonte y una neblina flotaba sobre el agua tranquila. Correr cinco millas cada mañana no era solo ejercicio, era su forma de empezar el día.

El currículo de Pre-med en Harvard era extremadamente denso. Pasaba los días entre laboratorios, bibliotecas y hospitales, estudiando hasta tarde. Pero Chase mantenía su rutina de las 6:00 AM; creía que el estudio dependía de la resistencia física.

De regreso, pasó por su cafetería habitual. La barista ya sabía lo que quería. Le entregó su café americano y un ‘scone’ que no había pedido con una sonrisa cómplice. Caminó hacia casa masticando el pan caliente entre las casas de ladrillo rojo y las hojas secas que volaban.

Al entrar, la casa estaba en silencio. La mesa del comedor estaba llena de los apuntes y libros de Jung-in. Parecía que se había acostado muy tarde estudiando. Tras ducharse en el baño del pasillo, Chase fue a la cocina y sacó la waflera. Él, que antes solo sabía servir leche en los cereales, ahora era un experto en panqueques y wafles.

En ese momento, la puerta del dormitorio se abrió y apareció Jung-in en pijama.

“Cielos, me quedé dormido”.

Tenía el cabello revuelto y los ojos ligeramente hinchados por el sueño, lo que lo hacía ver especialmente tierno y suave. Chase le dio un vaso de agua, que Jung-in bebió mientras parpadeaba con lentitud.

“Ve a lavarte. Vamos a desayunar”.

Jung-in asintió aturdido y volvió al cuarto. Chase vertió la masa en la waflera y sacó fruta de la nevera. Ahora era su turno de cuidar a Jung-in.

Desde la primavera pasada, Chase se había volcado en el MCAT, un examen agotador de casi ocho horas. Había sobrevivido a esa presión gracias al apoyo de Jung-in, quien le llevaba café a la biblioteca y le hacía tarjetas de memoria para estudiar. Ahora que Chase ya había enviado sus solicitudes a la escuela de medicina y estaba más libre, era Jung-in quien estaba saturado con experimentos, conferencias de fin de año y tutorías.

Chase veía esto como la oportunidad perfecta para devolverle los cuidados.

Sacó el wafle dorado y perfecto justo cuando Jung-in reapareció, esta vez con el cepillo de dientes en la boca y cargado de libros y una tableta. Dejó todo en el sofá y volvió a desaparecer para terminar de vestirse.

Jung-in seguía siendo fiel a sí mismo. Llevaba una camiseta blanca con un dibujo de un círculo rodando por un triángulo rectángulo y la frase: ‘This is how I roll’. Era una camiseta de su club de matemáticas de la preparatoria que, años atrás, había sido el inicio de su conexión en una clase de escritura. Se puso una camisa de cuadros encima y una chaqueta de pana color camello. Era un estilo nerd que Vivian habría criticado, pero que a Chase le parecía adorable. Amaba esa autenticidad inamovible de Jung-in.

“Come algo”.

“Se ve rico, pero es mucho”.

Jung-in comió solo un trozo y se levantó.

“Al menos come fruta”.

Dijo Chase, metiéndole un trozo de manzana en la boca como si fuera un niño pequeño.

Vivir juntos le había enseñado que Jung-in desayunaba por pura necesidad biológica, sin importarle la nutrición. Incluso se enteró de que en la preparatoria desayunaba Pop-Tarts, algo que a Chase le parecía un crimen nutricional.

Jung-in terminó su manzana y preparó su mochila. Chase lo miraba con orgullo.

“Oye, Jung-in. ¿Vamos a Norfolk Street hoy? Hay un mercado de granjeros los lunes”.

Se acercaba Acción de Gracias. Por primera vez, en lugar de ir a Bellacove, pasarían las vacaciones solos en Boston. Chase había declarado que él cocinaría y llevaba días planeando el menú con total seriedad.

“Puede que hoy no llegue a tiempo. Es el primer día que vamos a procesar muestras en la nueva máquina de qPCR. Ver las curvas de fluorescencia subir en tiempo real... creo que será tan emocionante como la primera vez que vi ‘2001: Odisea del Espacio’".

Al ver a Jung-in con los ojos brillantes, Chase sacudió la cabeza levemente.

“... Deberías estar agradecido de haber nacido tan guapo”.

“Debo irme ya. ¿Qué tal si alguien más la toca antes que yo?”.

“¿Quieres ser tú quien le quite la virginidad a la máquina?”.

“Sí. Exactamente eso”.

Chase chasqueó la lengua y se desplomó en el sofá, apoyando la cabeza en su brazo. Como quien no quiere la cosa, se subió un poco la camiseta para revelar sus abdominales. La línea definida de sus músculos descendía hacia su cadera y se perdía bajo el borde del pantalón, atrapando inevitablemente la mirada de Jung-in.

“¿De verdad vas a abandonarme así e irte?”.

“... No puedo hacer eso”.

Finalmente, Jung-in se acercó a él. Se inclinó para darle un beso rápido en la frente y abrió la computadora portátil de Chase que estaba sobre la mesa de café.

“Tú encárgate de responder el correo de la administración. Confirma si vamos a asistir a la reunión de vecinos”.

“Eres cruel”.

Chase se sentó con un gesto de fastidio, pero de repente recordó algo.

“¿Dijiste que hoy tenías clase de Biología Molecular?”.

“Sí”.

“¿La clase que tomas con Andrea Sherman?”.

“Sí. Es mi compañera de laboratorio”.

Andrea Sherman era una estudiante de tercer año, al igual que Jung-in, con especialidad en MCB (Biología Molecular y Celular). Como sus trayectorias eran similares, habían compartido varias clases desde el segundo año. En el curso de laboratorio de este semestre, terminaron siendo pareja de trabajo.

“No me gusta”.

Masculló Chase cruzándose de brazos.

“¿El qué?”.

“Estoy seguro de que Andrea está enamorada de ti, Jung-in”.

Jung-in vaciló un instante, pero pronto negó con la cabeza con calma.

“No es nada de eso”.

“¿Cómo que no? Cada vez que se cruza conmigo, me lanza miraditas de odio”.

Jung-in soltó una risita. Chase seguía siendo el mismo tipo celoso de siempre. Esa faceta suya a veces era molesta, a veces adorable y, de alguna manera, le resultaba reconfortante.

Cuando Jung-in se colgó la mochila para salir, Chase se levantó de un salto y lo siguió hasta la puerta.

“¿A qué hora terminas? ¿Almorzamos juntos? Podríamos dar un paseo, hace mucho que no lo hacemos”.

“No lo sé. Es una clase de laboratorio; termina cuando termina el experimento”.

Chase torció el gesto, dejando ver claramente su descontento. Jung-in le acarició suavemente el cabello y giró el picaporte.

“No me esperes, almuerza tú primero”.

Al abrir la puerta, casi al mismo tiempo se abrió la del vecino y una pareja de ancianos salió al pasillo. El apartamento había estado vacío por mucho tiempo hasta que ellos se mudaron el fin de semana pasado. Eran personas que lucían cultas, con cabello blanco bien cuidado y vestimenta impecable.

Al ver a Jung-in, la pareja asintió levemente a modo de saludo y él les devolvió el gesto.

“Buenos días. Se mudaron el pasado fin de semana, ¿verdad?”.

Fue entonces cuando Chase, desde el interior del apartamento, habló en voz alta para asegurarse de que lo escucharan.

“¿Qué clase de dueño irresponsable no saca a pasear a su propio perro?”.

Jung-in, avergonzado, giró la cabeza bruscamente.

“¡Chase!”.

Una ligera expresión de desconcierto cruzó el rostro de los ancianos. Jung-in sonrió con torpeza e intentó excusarse.

“Es mi amigo bromeando. Nosotros... no tenemos perro”.

En cuanto terminó la frase, se arrepintió. A Chase no le gustaba que Jung-in se refiriera a él simplemente como ‘amigo’. Y Chase no era de los que dejaban pasar algo así. Efectivamente, oculto tras la puerta, soltó un: ‘¡Guau!’, imitando el ladrido de un perro.

El anciano, con el rostro rígido, tomó del brazo a su esposa y caminó hacia el ascensor. Jung-in entreabrió la puerta y regañó a Chase como si fuera una mascota traviesa.

“¡Eres un perro malo!”.

Chase respondió con unos lloriqueos juguetones. Jung-in intentó mantenerse serio, pero la risa se le escapaba. Ese hombre, que era una cabeza más alto que él, le resultaba increíblemente tierno.

Cuando bajó en el siguiente ascensor, Henry, el conserje que estaba en el mostrador del vestíbulo, reconoció a Jung-in y se puso en pie.

“Señor Lim”.

“Buenos días, señor Prior”.

“Señor Lim, sabe que en este edificio, si quieren tener mascotas, deben informar previamente a la junta de residentes, ¿verdad?”.

Jung-in pudo imaginar lo que había pasado.

“Ah... no tenemos perro. Lo que pasó fue...”.

Tras explicar brevemente la situación, Henry, que ya conocía bien las bromas de Chase, soltó una carcajada y asintió.

Al salir del edificio, una ráfaga de viento frío rozó las mejillas de Jung-in. Por instinto, se subió el cuello de la chaqueta. Justo cuando iba a empezar a caminar ajustándose la mochila, escuchó un silbido.

¡Fiuuu!

NO HACER PDF

SIGUENOS EN INSTAGRAM AOMINE5BL

Jung-in frunció el ceño. Pensó que alguien le estaba haciendo un ‘catcall’ (acoso callejero) desde una obra cercana y una expresión de desagrado cruzó su rostro. Al intentar dar otro paso, escuchó el silbido de nuevo. Venía de arriba.

Al levantar la vista, vio a Chase apoyado en la barandilla de la terraza del penthouse. Al verlo agitar la mano ligeramente, Jung-in sintió un cosquilleo en el pecho.

Habían pasado años, pero Chase seguía igual. Seguía amándolo como si no pudiera quitarle los ojos de encima ni un segundo. Jung-in le devolvió el saludo con la mano y comenzó a caminar hacia la universidad.

No necesitaba girarse para saber que Chase lo seguiría mirando hasta que desapareciera tras la esquina.

***

Cuando Jung-in entró al laboratorio, su compañera Andrea Sherman ya estaba sentada en la gran mesa de trabajo que compartían. Bajo las luces fluorescentes, su cabello castaño y rizado caía suavemente sobre su bata blanca.

“Hola, Andrea”.

Al oír el saludo, Andrea levantó la vista. Se quedó callada un momento, mirando fijamente a Jung-in con los ojos castaños algo perdidos.

“¿Andy?”.

Cuando Jung-in la llamó de nuevo, ella reaccionó sobresaltada.

“Ah, sí. Hola”.

Jung-in sacó su computadora y se sentó. Empezó a revisar la hoja de datos sobre la mesa y le preguntó por el registro de la purificación de muestras anterior. Sin embargo, Andrea estaba tan absorta mirando el rostro de Jung-in que ni siquiera procesó lo que decía.

Desde pequeños hongos bajo el microscopio hasta grandes mamíferos; de todas las formas de vida que ella, como aspirante a bióloga, había visto, la más hermosa era, sin duda, el hombre que tenía delante. Desde que vio a Jay Lim en la clase de Introducción a la Biología en primer año, había quedado completamente cautivada.

“Te preguntaba por la purificación del ARN. Si lo registraste”.

“¿Eh?”.

Reaccionó Andrea con retraso.

“Ah, sí, lo pasé al cuaderno de laboratorio”.

Mientras Jung-in revisaba el cuaderno, la mirada de Andrea volvió a posarse en su perfil.

“Por cierto, Jay, ¿sabías que Géminis y Libra son la pareja perfecta? Tú eres Géminis, ¿verdad?”.

Jung-in levantó la vista hacia ella.

“Sí. Pero Libra... ¿eso no es en septiembre?”.

“¡Exacto!”.

Los ojos de Jung-in brillaron por un momento, y los de Andrea también. Con las mejillas ligeramente sonrojadas, ella continuó.

“Libra va del 23 de septiembre al 22 de octubre. De hecho... yo soy Libra”.

El cumpleaños de Chase era el 12 de septiembre. En cuanto Jung-in se dio cuenta de que Chase no encajaba en esa descripción, el interés desapareció de su rostro.

“Andy, somos científicos. No me digas que crees en el zodiaco”.

“Jajaja, claro que no. Obviamente...”.

Los hombros de Andrea se hundieron con desánimo. En ese momento, Zachary Wise entró al laboratorio con un chaleco acolchado sobre su bata.

“Ya se siente el espíritu de Acción de Gracias”.

Zachary era el asistente de investigación graduado (TA), que siempre aparecía con un termo de café en una mano y una carpeta en la otra. Tal como decía, el campus tenía un ambiente festivo ante las vacaciones.

“¿Se van todos a casa?”.

Preguntó Zachary.

Los estudiantes en el laboratorio negaron con la cabeza. La mayoría eran de años superiores, preparándose para el postgrado, la investigación o buscando empleo; no tenían tiempo para relajarse. Había cierta camaradería melancólica en el aire: todos sentían la pequeña tristeza de estar analizando péptidos mientras el resto del mundo estaba con su familia.

Zachary, que aspiraba a ser profesor de Ciencias de la Vida, había sido el proctor (tutor de dormitorio) de Jung-in en primer año. Gracias a eso, se habían vuelto cercanos y solían almorzar juntos para hablar de sus carreras. Mientras las máquinas zumbaban rítmicamente, Zachary empezó a contar que había discutido con su novia, con la que vivía.

“No es que le pida que compre leche. Pero al menos podría sacar el cartón vacío de la nevera”.

Andrea respondió sin entender el drama.

“¿No podría tirarlo usted mismo, senior? No me parece algo por lo que enojarse”.

“Si no hay en la nevera, simplemente como otra cosa. Pero la sensación de haber servido ya el cereal en el bowl y darte cuenta de que el cartón está vacío... ¡Ah, Lim! Tú dime. Dijiste que también vives con tu pareja, ¿no?”.

“Sí”.

Respondió Jung-in con naturalidad mientras colocaba un microtubo en la gradilla. A su lado, la expresión de Andrea se volvió sombría.

“¿Cuánto tiempo llevan?”.

“Viviendo juntos, un poco más de dos años”.

“Entonces me entiendes, ¿verdad? Empiezas a ver problemas que no veías cuando solo salían”.

“Mmm... no lo sé”.

Respondió Jung-in ladeando un poco la cabeza.

Zachary frunció el ceño.

“No me digas que no. Todas las parejas tienen problemas”.

Jung-in se encogió de hombros y sonrió con una confianza tranquila.

“Supongo que nosotros somos la excepción”.

No fue un alarde vacío, sino una respuesta llena de una serena convicción.

 

Al terminar el experimento y salir del edificio Northwest, donde tomaba la mayoría de sus clases, Jung-in se encontró con alguien inesperado. Chase estaba allí fuera. Llevaba un gorro (beanie) gris carbón, una chaqueta de trabajo negra sobre una camiseta Henley gris y pantalones negros.

Frente al moderno edificio de cristal y acero, parecía un modelo de una revista de moda. Era lo suficientemente llamativo como para que la gente que pasaba se quedara mirándolo.

“¿Chase? ¿Qué haces aquí?”

“Vine a buscarte”.

“No sabía a qué hora terminaría. ¿Esperaste mucho?”.

Chase miró por encima del hombro de Jung-in, como buscando a alguien.

“¿Y Andrea Sherman?”.

“¿Eh?”.

“¿No sale contigo?”.

“Le toca limpiar esta semana”.

Al ver la cara de decepción de Chase, como si se hubiera perdido algo, Jung-in comprendió sus intenciones de inmediato.

“Chase... ¿por eso te arreglaste tanto para venir?”.

Chase estaba en guardia contra Andrea. En realidad, sus ‘objetivos de vigilancia’ cambiaban constantemente. Al principio fue Aiden Han. Curiosamente, Aiden y Chase se llevaban bien; ambos amaban los deportes, apoyaban al mismo equipo de la NFL y tenían gustos similares. Pero incluso después de hacerse amigos, Chase nunca bajó la guardia por completo.

Cuando Aiden se graduó y se fue al Reino Unido por trabajo, Andrea Sherman ocupó ese lugar de forma natural, especialmente porque compartía sospechosamente muchas clases y horas de laboratorio con Jung-in.

Habían coincidido los tres en Harvard Square un par de veces durante la primavera y el verano pasados. En aquellas ocasiones, Chase vestía simplemente camisetas y pantalones de correr o shorts, con una gorra de béisbol; en medio del estrés por el examen de ingreso a medicina (MCAT), arreglarse era un lujo.

Recordando la expresión de Andrea al mirarlo junto a Jung-in en aquel entonces, Chase dijo.

“Jung-in, debiste ver su cara. Su expresión decía: ‘¿Ese vagabundo está con mi príncipe?’".

“No digas tonterías. Te ves como un modelo incluso cuando vistes cualquier cosa”.

“A los ojos de Andrea Sherman, yo parecía King Kong escalando el Empire State con su preciado príncipe en la mano”.

En ese momento, Zachary salió del edificio. Al ver a Chase, se acercó con alegría.

“Prescott, ¿cómo va todo? Vaya, sigues viéndote genial”.

Se saludaron con un apretón de manos. Se conocían desde que Zachary era el tutor del dormitorio de Jung-in. Durante la breve charla, Chase se enteró de que Zachary no podía ir a casa por Acción de Gracias debido a problemas con sus fechas de conferencias y las prácticas de su novia.

Sin dudarlo, Chase lo invitó a cenar con ellos el día del festivo. Le dijo que él mismo cocinaría y no olvidó decirle que trajera a su novia.

 

“¿Estás seguro de que podrás?”.

Preguntó Jung-in en cuanto se despidieron de Zachary.

Chase asintió con total confianza. Solía ser bastante bueno siguiendo recetas y logrando platos decentes, por lo que quizás confiaba demasiado en sus habilidades. Sin embargo, preparar una cena tradicional de Acción de Gracias, conocida por ser laboriosa y complicada, era un reto de otro nivel. No es que Jung-in no creyera en él, pero no podía evitar sentirse un poco preocupado.

“Esto no tiene nada que ver con hacer una barbacoa o pasta”.

“No te preocupes. Lo haré bien”.

Diciendo esto, Chase tomó suavemente la mano de Jung-in. Caminaron hacia el supermercado balanceando sus manos entrelazadas con ligereza. Esos paseos de la mano eran de los momentos favoritos de Chase.

“¿Cómo estuvo tu día?”.

Preguntó Chase con voz suave.

“La profesora McAllister va a celebrar sus bodas de plata con su esposo”.

“¿Bodas de plata?”.

“Es el 25º aniversario de bodas. Creo que lo llaman renovación de votos, o algo así”.

“Ah”.

En Estados Unidos, era común celebrar eventos para renovar los votos matrimoniales después de varios años. Algunas parejas incluso lo hacían de forma grandiosa, como una segunda boda.

“Como son personas con mucha experiencia, incluso cuando cuentan anécdotas de sus peleas, suenan muy maduras. Como un debate entre intelectuales”.

“Lo que hicimos anoche también fue bastante maduro, ¿no crees?”.

“... Eso, más que intelectual, fue más bien animal”.

“En eso tienes razón”.

NO HACER PDF

SIGUENOS EN INSTAGRAM AOMINE5BL

Entre charla y charla, llegaron al supermercado que solían frecuentar. Chase se dirigió con decisión a la sección de carnicería para comprar el pavo. Pero al llegar frente al mostrador, soltó un suspiro de frustración. Las vitrinas estaban vacías y, en el lugar donde deberían estar los pavos congelados, había un cartel grande que decía: ‘AGOTADO’.

“Vaya...”.

Murmuró Chase.

No pudo ocultar su decepción; había estado muy ilusionado con la idea de preparar su primera cena de Acción de Gracias. Al verlo así, Jung-in se sintió como un padre que no ha podido comprarle a su hijo el juguete que tanto deseaba. Si hubiera podido, habría subido a una montaña a cazar uno él mismo.

Jung-in intentó consolarlo sugiriendo una alternativa.

“¿Y si vamos a Norfolk Street?”.

“Allí se centran más en productos agrícolas, dudo que tengan. Haah... Faltan cinco días, debí haberlo comprado antes”.

Mientras pensaba en una solución, a Jung-in le vino a la mente un recuerdo de hace años. Fue cuando su madre, Su-ji, acababa de abrir ‘Su-ji's Nails’. Absorta en el ajetreo de la apertura, se le pasó la fecha para comprar el pavo. Ante el mostrador vacío, puso cara de apuro pero pronto se acercó decidida a una empleada que parecía de su edad. Le entregó discretamente un cupón de descuento de su salón de manicura y le susurró algo al oído de forma confidencial. La empleada miró el cupón, asintió y entró en el almacén sin decir palabra.

En ese momento, Jung-in se acercó a Su-ji y le preguntó en voz baja.

‘¡Mamá! ¿Qué fue esa conversación tan sospechosa? Parecía que estabas contrabandeando algo’.

‘Espera y verás’, respondió ella.

Poco después, la empleada reapareció y le entregó a Su-ji un pavo perfectamente empaquetado. Más tarde supo que los grandes supermercados suelen reservar mercancía exclusivamente para sus empleados. Aunque un cliente normal no podía obtener el descuento de empleado, si se daban las circunstancias, era posible comprar uno de esos ejemplares reservados.

Tras terminar su recuerdo, Jung-in buscó con la mirada y divisó a una empleada con gorro higiénico trabajando tras el mostrador de carnicería. Parecía tener unos veintitantos años. Luego miró a Chase de arriba abajo; hoy iba bien vestido y su apariencia era capaz de ganarse el favor de cualquier persona, sin importar la edad o el género.

Jung-in buscó en su billetera, sacó un cupón de bebida de una cafetería cercana y le dio un toquecito en el brazo a Chase mientras susurraba.

“Toma. Ve allá, dale esto discretamente y pregúntale si tiene algún pavo”.

“Dice que están agotados”.

“Eso es para los clientes comunes. Seguro que tienen mercancía apartada para los empleados”.

Chase soltó una carcajada.

“Jung-in, pareces un mafioso del pavo”.

“Exacto. Ahora ve, cierra el trato y trae la mercancía”.

Chase se encogió de hombros y se acercó a la empleada con una mezcla de duda y curiosidad. Hizo lo que Jung-in le indicó: le ofreció el cupón y le preguntó en voz baja si quedaba algún pavo disponible. La mujer, que estaba ocupada, se giró con fastidio, pero al ver al hombre rubio frente a ella, se quedó con la boca entreabierta.

“¿Per... perdón? ¿Qué es lo que necesita?”.

“Me preguntaba si sería posible conseguir un pavo”.

“¿Un pavo? Bueno, en realidad nos queda uno reservado para el personal, pero...”.

Echó un vistazo alrededor y añadió con cautela.

“Es de 22 libras, alimentado con maíz, de pastoreo y orgánico premium”.

“¡Es usted mi salvadora!”.

Chase le tomó la mano con entusiasmo para agradecerle y luego se giró hacia Jung-in, que estaba unos pasos más atrás, con una sonrisa radiante.

“¡Dice que tiene uno! Qué suerte, Jung-in”.

La empleada miró instintivamente hacia Jung-in con una expresión de duda, preguntándose quién sería. Temiendo que si ella se daba cuenta de que tenían una relación retirara el favor, Jung-in le dio un puñetazo amistoso en el brazo a Chase y adoptó un aire de ‘colega’ que no le pegaba nada.

“¡Yo! ¡Qué bien, bro!”.

La empleada los miró entrecerrando los ojos un momento y luego desapareció tras el mostrador. Chase se giró hacia Jung-in con una cara de incredulidad absoluta.

“¿Qué? ¿"¡Yo! ¡Qué bien, bro!"?”.

Cuando Chase imitó sus palabras, la cara de Jung-in se puso roja como un tomate.

“¡Cá-cállate! ¡No digas nada!”.

Jung-in huyó del lugar. Tras caminar un buen trecho, miró hacia atrás y vio a Chase recibiendo el pavo envuelto en plástico. Chase levantó la mano al verlo y gritó.

“¡Espérame, bro!”.

***

“¿Entonces al final no dijeron quién fue el asesino?”.

—No. El problema es que cancelaron la siguiente temporada.

“Qué mal”.

Jung-in estaba sentado en el sofá con su computadora portátil en el regazo, haciendo una videollamada con Su-ji. El tema de conversación era una serie de Netflix. Ver series juntos durante las vacaciones era una vieja tradición de Acción de Gracias para ellos. En circunstancias normales, estarían sentados en el mismo sofá comiendo pollo frito un poco quemado y charlando.

“¿Y qué tal tu cita? ¿Saliste?”.

Preguntó Jung-in, recordando que hace meses él mismo le instaló una aplicación de citas a su madre. Su-ji negó con la cabeza desde la pantalla.

—Estoy harta de los que mandan fotos de ‘eso’. Ya me encargaré yo sola. ¿Y Chase?

Jung-in echó un vistazo hacia la cocina. Chase estaba batiendo algo en un bol plateado con una expresión muy seria.

“Dice que va a hacer la salsa de arándanos él mismo”.

—Cielos... ese chico tiene un espíritu competitivo muy extraño. ¿Te acuerdas de cuando quiso cortar el césped en casa?

El verano pasado, cuando Chase visitó la casa de Jung-in, vio que el jardín delantero estaba descuidado porque Su-ji no tenía tiempo y se ofreció a cortarlo. Por supuesto, era algo que nunca había hecho en su vida. Aquel día fue un gran espectáculo para Willow Street. Chase, sin camiseta, manejaba el cortacésped mientras su piel bronceada brillaba al sol. Vecinas con las que apenas cruzaban palabra les llevaron varios vasos de limonada fría.

Por supuesto, el resultado no fue profesional: el césped quedó desigual y las líneas eran un desastre. Incluso terminó rompiendo el cortacésped.

—Y luego se empeñó en que él mismo lo arreglaría. Si lo hubiera dejado, se habría pasado días intentándolo.

“Es verdad, seguro que sí”.

Rio Jung-in.

Sintió una calidez especial en el pecho. Le gustaba que Su-ji conociera tan bien a Chase y que estuvieran acumulando recuerdos familiares poco a poco.

—¿Seguro que puedes estar ahí sentado? Dijiste que pronto vendría gente.

“Tienes razón. Debo ir a prepararme”.

—Feliz Acción de Gracias, hijo.

“Igualmente, mamá”.

Jung-in cerró la computadora y fue a la cocina. Chase se giró desde la estufa.

“¿Terminaste de hablar con ella?”.

Jung-in asintió, aunque una pizca de melancolía cruzó su rostro. Era la primera vez que pasaba las vacaciones lejos de Su-ji. Y si terminaba estableciéndose en el Este, probablemente ocurriría más a menudo. Como si leyera sus pensamientos, Chase le tendió la mano, lo atrajo suavemente hacia él y le puso una cuchara de silicona en la mano. Luego, envolviendo la mano de Jung-in con la suya, empezaron a remover juntos la salsa roja en el cazo.

“En Navidad tenemos que ir a Bellacove sí o sí. No quiero pasarla aquí. Allí podría nevar. ¿Cómo puede ser que aquí haga este tiempo en pleno invierno?”.

Chase se quejaba en un tono infantil, tratando de consolar a su manera la nostalgia de Jung-in.

“Ahora tienes un miembro más en tu familia: yo. Y la familia siempre es familia, sin importar dónde estés”.

“... Sí, tienes razón”.

“Así que deja de ponerte sentimental y sigue removiendo esto”.

Ambos prepararon juntos la cena. El pavo, que llevaban descongelando cuatro días, se asó lentamente durante cinco horas. Chase no se movió de frente al horno, vigilando el termómetro para que las hierbas y verduras del relleno se cocinaran a la perfección. Como el pavo requería tanto trabajo, los acompañamientos fueron productos precocinados, pero una vez servidos en los platos, el resultado era impresionante.

Justo cuando sonó el temporizador del horno, también sonó el timbre.

“¡Vaya, qué bien huele!”.

El primero en entrar fue, por supuesto, Justin. Tras él llegaron Mikey (el antiguo compañero de cuarto de Jung-in) y su novia de siempre, Hannah Brooks. Ambos traían botellas de vino y un pack de seis cervezas. Por último llegaron Zachary y su novia, Maisie Callahan. Aunque Jung-in conocía a Maisie de vista, para los demás era una cara nueva. Ella traía una caja de una pastelería famosa con una tarta.

Incluso después de las presentaciones, Maisie no podía apartar la vista de Chase. Estaba tan embobada que ni siquiera pudo responder a una pregunta de Hannah. Al final, Zachary tuvo que chasquear los dedos frente a ella.

“Eh, Maisie. Deja de mirarlo y únete a la conversación, ¿quieres?”.

“Lo siento. El físico del anfitrión hace tanto ruido que no te escuché. ¿Qué dijiste?”.

Jung-in asintió, comprendiéndola perfectamente.

“La entiendo. Todo el que lo ve por primera vez reacciona igual”.

“¿De verdad es estudiante de Harvard? ¿Pre-med?”.

Tras admirar el físico de Chase, Maisie le aconsejó en broma a Jung-in que no lo dejara escapar. Ante sus palabras, Chase negó con la cabeza.

“Yo soy el que tiene que aferrarse a él. Seguramente Jung-in acabará ganando mucho más dinero que yo”.

“¿Qué? ¡Menudo gold digger (cazafortunas)!”.

NO HACER PDF

SIGUENOS EN INSTAGRAM AOMINE5BL

Todos rieron, aunque no era una broma sin fundamento. En la industria farmacéutica de EE. UU., no era raro que científicos brillantes ganaran mucho más que los médicos. Y Jung-in ya había recibido ofertas para puestos de investigación de farmacéuticas famosas, aunque aún no las había aceptado.

Se sentaron alrededor de la mesa. En el centro presidía el pavo dorado junto a una brillante salsa gravy. Gracias al cuidado con el que se asó, la carne se cortaba con la suavidad de la mantequilla. Tras brindar, Chase tomó la palabra.

“Gracias a todos por venir a probar mi primer pavo. A las parejas maravillosas... y a Justin”.

“Yo también tengo novia”.

Soltó Justin.

Jung-in lo miró sorprendido.

“¿Qué? ¿En serio?”.

Justin asintió con toda la naturalidad del mundo.

“Sí. Se llama Wally. Es muy difícil de encontrar”.

“Ah...”.

Se escucharon lamentos por toda la mesa. Wally era el personaje de los libros de ‘¿Dónde está Wally?’, famoso por esconderse entre multitudes. Justin soltó un suspiro profundo.

“No sé por qué es tan difícil. Solo necesito a alguien que le guste Star Wars, entienda el universo Marvel y esté dispuesta a disfrazarse conmigo para ir a la Comic-Con”.

El ambiente se volvió un poco solemne; ciertamente parecían condiciones difíciles de encontrar. Justin continuó con aire de autocrítica:

“Pero aunque apareciera alguien así, ¿qué más da? No tengo ni idea de cómo hablarle o cómo actuar”.

Chase intentó darle un consejo.

“No es tan difícil. Solo sé tú mismo, con naturalidad y confianza”.

“Chase, mejor cállate. Sinceramente, tú no deberías dar consejos amorosos”.

Intervino Jung-in.

Chase ladeó la cabeza, confundido. Jung-in dio un ejemplo para apoyar su argumento.

“Hay una barista en la cafetería de aquí cerca que siempre le regala a Chase un scone recién horneado. Y este genio piensa que ella simplemente es muy amable”.

Mientras todos chasqueaban la lengua y negaban con la cabeza, Justin intervino.

“Existe un barómetro exacto para medir qué tan ‘hot’ es un cliente en una cafetería. Primero: eres lo bastante hot como para que recuerden tu nombre y tu pedido habitual. Segundo: lo bastante hot como para que te dibujen un corazón al lado de tu nombre en el vaso. Y el nivel máximo es ser lo bastante hot como para que te regalen un scone gratis”.

Chase, que cumplía con los tres requisitos, se encogió de hombros con aire triunfal. Entonces, Zachary dio su consejo.

“El problema es que intentas encontrar a alguien perfecto. Las personas perfectas y las relaciones perfectas no existen. ¿Verdad?”.

Zachary miró a Jung-in y a Chase buscando su aprobación, pero ambos pusieron una cara como si estuvieran escuchando una historia en un idioma desconocido o algo que no tenía nada que ver con ellos.

“No me digan... ¿No tienen ni un solo problema? ¡No puede ser! ¡Eso es inhumano!”.

Exclamó Zachary con desesperación, como si necesitara encontrar al menos una grieta en su perfección.

“Mmm... no tenemos”.

Respondió Chase.

Justin saltó de inmediato al detectar una duda.

“¡Dudaste!”.

Los demás, aprovechando la oportunidad, empezaron a abuchear al unísono.

“¡Uuuuh! ¡Dinos al menos una cosa! ¡Nadie es perfecto! Chase, empieza tú”.

Chase tomó un sorbo de cerveza, pensó un momento y dijo.

“Si tuviera que buscar algo... ¿quizás que Jung-in es un poco demasiado competitivo?”.

Jung-in abrió mucho los ojos.

“¿Yo? No puede ser”.

“Baby...”.

Chase había empezado a llamarlo así últimamente. Esta vez lo hizo con tono conciliador.

“¿Te acuerdas de cuando jugamos a las 'Mímicas' con Mikey y Hannah?”.

Adivinando por dónde iba, Jung-in se defendió rápido.

“¿Acaso debería haberme dejado ganar a propósito?”.

“Un 12 a 1 fue un poco excesivo. Y además...”.

“¿Y además qué?”.

“Al final, le preguntaste a Hannah qué tal le sabía la derrota”.

“... ¿Yo, yo hice eso?”.

Jung-in giró la cabeza hacia Hannah por instinto. Hannah, que bebía vino en silencio, sonrió de lado y asintió lentamente.

“Bueno Jay, ahora te toca a ti decir algo”.

Instó Hannah.

Jung-in, que por dentro estaba hirviendo, soltó lo que tenía guardado.

“Ayer, el abuelo de al lado venía cargado de paquetes hacia el ascensor y tú ni lo miraste por estar pegado al teléfono”.

“¿Yo?”.

“Las puertas se estaban cerrando y ni siquiera apretaste el botón de abrir. Tuve que hacerlo yo desde atrás”.

“Wow, eso es un poco...”.

Reaccionó Justin exageradamente.

Chase pareció desconcertado.

“¡Fue porque no lo vi!”.

“Es que no tienes interés en los demás”.

Sentenció Jung-in con aire de victoria.

Pero Chase negó con la cabeza.

“No lo acepto”.

“Entonces, ¿cómo se llama la señora que limpia nuestra casa?”.

“... ¿Qué?”.

“Lleva viniendo dos años”.

Se la habían cruzado muchas veces e incluso Chase le firmaba el cheque una vez al mes, pero no recordaba su nombre. Tenía la vaga impresión de que era latina, pero ni de eso estaba seguro.

“... ¿Camila?”.

“¡Ja! ¡Error! Es Marta. Su hijo se llama José y está preparando todo para traerlo de México. ¡Ves! He gana...”.

Al llegar a este punto, Jung-in no tuvo más remedio que admitir que sí era competitivo. Todos estallaron en risas y la pareja se dirigió a la cocina para preparar el postre. Jung-in miró a Chase de reojo; sentía que había sido un poco imprudente ventilar sus intimidades.

“Chase, lo siento.

“¿Por qué?

“Por lo de recién. Por contar nuestras cosas delante de todos”.

“Mmm, bueno, no es mentira. Es verdad que no me interesan los demás. Solo me interesas tú”.

Chase se acercó, lo abrazó y le susurró al oído.

“Pregúntame lo que quieras sobre ti. Te responderé todo”.

Jung-in pensó un momento y preguntó.

“¿Quién fue mi primer tutor en la escuela media?”.

“El Señor Richardson”.

“¿Mi película favorita?”.

“Odisea del Espacio”.

“¿Y mi postre favorito?”.

“Helado. El Cherry Garcia de Ben & Jerry’s”.

Todas las respuestas salieron sin un segundo de duda. Chase realmente lo sabía todo sobre él.

“¿Ves? Acerté todas”.

“... Sí”.

“Entonces, merezco un premio”.

“¿Un premio?”.

Chase, que ya tenía algo en mente, dijo con naturalidad.

“Muéstrame el pecho”.

“... ¿Qué?”.

Temiendo que alguien los oyera, Jung-in asomó la cabeza hacia la sala, pero en ese instante Chase lo tomó de la muñeca con su mano grande y cálida y lo arrastró dentro de la despensa.

“¡Chase!”.

“Shhh. Rápido”.

Chase siempre había tenido una fijación con el pecho de Jung-in. Una vez le había dicho. ‘Tu pecho es tan secreto que parece un órgano sexual. Nunca se lo muestras a nadie, ni siquiera en la playa’.

Y era verdad. En Estados Unidos, la cultura en las playas o piscinas era distinta a la de Corea; los hombres solían andar sin camiseta con naturalidad. Jung-in, que se sentía incómodo mostrando su torso delgado, nunca se quitaba la camiseta.

“¿Sabes una cosa?”.

Confesó Chase.

“Los días que llevas camisetas finas, bajo la temperatura de la casa 3 grados a escondidas. Así tus pezones se ponen duros y se marcan”.

“¡¿Fuiste tú?! ¡Llamé a un técnico pensando que el termostato estaba roto!”.

Chase se encogió de hombros con picardía. Jung-in suspiró, agarró el dobladillo de su camiseta y se la subió hasta el cuello.

“Mira rápido, cuento hasta cinco”.

Chase se quedó mirando el pecho blanco fijamente, perdiendo el foco y con una expresión de embeleso, como si fuera la primera vez que veía uno en su vida.

“5, 4, 3, 2, 1. ¡Ya está!”.

Jung-in se bajó la camiseta sin demora. Chase se pasó la lengua por los labios con pesar.

“Vamos ya”.

“Ve tú primero”.

Chase agarró una bolsa grande de nachos que había por allí para tapar su entrepierna. Jung-in, sin saber si era broma o verdad, soltó una carcajada.

 

Después de que todos se desparramaran en el sofá a comer el postre, empezó el juego. A Jung-in siempre le pareció que la cultura de fiestas estadounidense era excesiva, pero le gustaba lo mucho que jugaban. Esta vez eligieron 'Heads Up'.

Cada pareja formó un equipo y Justin hizo de juez. Mikey le dio un toque a Hannah señalando a Jung-in.

“Hannah, mira a Jay”.

“Ya empezó”.

Rio ella bajito.

Jung-in, sin darse cuenta, ya estaba ardiendo en competitividad. Calentaba el cuello y estiraba los brazos como un atleta olímpico antes de una final. Cuando les tocó el turno de ‘Comida’, Chase daba las pistas y Jung-in adivinaba.

Eran increíblemente rápidos. Se entendían solo con la mirada.

“Verde, para el guacamole...”.

“¡Aguacate!”.

“¡Lo que te gusta oír cuando abro la bolsa!”.

“¿Ramen?”.

“Froot Loops, Lucky Charms...”.

“¡Cereal!”.

“Negro, la verdura que odias...”.

“¿Verdura negra? Qué es...”.

NO HACER PDF

SIGUENOS EN INSTAGRAM AOMINE5BL

“Bueno, más que negra es morada oscura”.

“¿Betabel (remolacha)?”.

En ese momento sonó el tiempo. Chase dijo la respuesta con lástima.

“Era la berenjena”.

Justin preguntó extrañado.

“¿Berenjena? Jay, a ti no te disgusta la berenjena”.

Chase miró a Justin como si fuera un ignorante.

“A Jung-in le choca. Siempre que viene en la comida, me la como yo”.

Jung-in movió los ojos con incomodidad. Justin continuó.

“¿De qué hablas? Lo he visto comerse un plato entero de berenjena al estilo chino en mi casa”.

Chase se giró hacia Jung-in, confundido.

“¿Jung-in?”.

“Es que...”.

Jung-in confesó la verdad.

Al poco tiempo de llegar a Harvard, fueron a un restaurante francés. El plato de carne venía con berenjena asada de guarnición. Jung-in suele dejar lo que más le gusta para el final, así que apartó la berenjena a un lado del plato. Chase, pensando que no le gustaba, sonrió y dijo.

‘Somos la pareja perfecta. Dicen que si a uno no le gusta lo que al otro sí, es el destino. A mí me encanta la berenjena’.

Jung-in, por no romper la ilusión de Chase, le cedió el plato y desde entonces nunca volvió a comer berenjena frente a él.

“¿De verdad? ¿Te gusta la berenjena?”.

Jung-in asintió avergonzado. Chase soltó una risita y lo miró con una ternura infinita.

“Ha sido un honor comerme tus berenjenas todo este tiempo”.

Al oír eso, Zachary le susurró a Mikey.

“¿Soy el único que ha oído eso con doble sentido?”.

(Nota: En EE. UU., el emoji de la berenjena se usa para referirse al miembro masculino). 

Mikey se rio.

“Seguro que no”.

Chase continuó riendo.

“¿Quieres que te diga algo gracioso? En realidad, a mí tampoco me gusta la berenjena. La odio. Fingí que me gustaba solo para decir que éramos el uno para el otro”.

“... ¿En serio?”.

“Así que de ahora en adelante, cómete tú mi berenjena”.

Esta vez fue Hannah la que susurró.

“Definitivamente, eso ha sido un comentario sucio”.

Justin, negando con la cabeza, le dio un toque a Mikey.

“Mikey, ¿ves ese cable de carga detrás de ti? Dámelo”.

“¿Vas a cargar el móvil?”.

“No, voy a ahorcarme con él. No puedo seguir viendo a estos dos siendo tan empalagosos”.

Mientras Justin se lamentaba, empezaron a llover quejas de todas partes.

“Al verlos a ustedes, no puedo evitar reflexionar sobre nuestra propia relación”.

“Es cierto”.

“Digo, ponen el estándar demasiado alto”.

“Me hace pensar que a mi relación le falta algo”.

“¡Exacto!”.

Jung-in y Chase también eran una pareja con sus propios problemas. Sin embargo, sin quererlo, eran de esos que hacían que los demás cuestionaran sus propios vínculos.

***

Era el camino de regreso después de despedir a los invitados de la cena de Acción de Gracias y de haber bajado a tirar la basura.

Justo cuando Chase y Jung-in subían al ascensor, vieron a alguien caminando apresuradamente hacia ellos. Chase puso la mano para evitar que la puerta se cerrara y esperó. No olvidó dirigirle una sonrisa de reojo a Jung-in, como diciendo: ‘mira qué atento soy con los demás’.

“Gracias”.

El que subió al ascensor tras expresar su gratitud fue un caballero de edad avanzada que vivía en el piso de al lado, Anderson Whitmore.

Jung-in lo presentó a Chase con naturalidad.

“Es el Señor Whitmore, nuestro vecino”.

Chase extendió la mano para saludar.

“Soy Chase Prescott”.

Jung-in intervino para dar más detalles.

“Es el 'cachorro' que estuvo ladrando aquella vez”.

“Ah, ya veo”.

Gracias a Henry, el conserje, el malentendido sobre haber descuidado a su mascota se había resuelto de forma natural. Desde entonces, cada vez que se cruzaban con la pareja de vecinos, intercambiaban saludos cordiales.

Resultó que Anderson Whitmore había trabajado durante mucho tiempo como investigador en una empresa farmacéutica y, tras jubilarse, seguía trabajando ocasionalmente como consultor.

No era una coincidencia especialmente sorprendente. Boston, y específicamente Cambridge, es uno de los clústeres biotecnológicos más grandes del mundo; era fácil encontrarse con investigadores activos o científicos retirados en cualquier rincón del vecindario.

Aunque pertenecían a generaciones distintas, ambos compartían la misma especialidad, por lo que era lógico que se entendieran bien. Cada vez que se veían, se quedaban de pie durante varios minutos hablando sin parar sobre experimentos, artículos científicos y la estructura competitiva implícita entre las empresas farmacéuticas.

La conversación en el ascensor fluyó con naturalidad. Tras recibir una invitación para cenar el fin de semana, los dos regresaron a casa y terminaron de limpiar los restos de la fiesta.

Chase acababa de meter los platos en el lavavajillas y se estaba levantando cuando vio a Jung-in parado a unos pasos de él. Chase arqueó las cejas, preguntando con la mirada qué sucedía.

“Sobre lo que decíamos antes...”.

“¿Qué cosa?”.

“Eso de que no hay nada de mí que no sepas”.

Jung-in se acercó un poco más y continuó.

“Yo también te conozco bien, Chay. Te gusta la poesía de Pablo Neruda. Cuando vemos una película, eres de los que se queda hasta que terminan los créditos, prefieres los arándanos a las fresas, y cuando haces ejercicio, escuchas ‘Sweet Caroline’ de Neil Diamond”.

“¡No puede ser! ¿Viste mi lista de reproducción?”.

“¡La cantabas a todo pulmón con los auriculares puestos!”.

“¡Era la canción de los partidos en la secundaria! ¡Todos la cantábamos en los pep rallies! ¿No lo recuerdas?”.

Chase parecía avergonzado, como si le hubieran descubierto un secreto profundo. Jung-in soltó una risita, dio un paso más y posó suavemente la palma de su mano sobre el pecho de Chase.

“Lo importante es que... aunque nos jactamos de ser los que mejor nos conocemos, no lo sabemos todo. Como el hecho de que tú no sabías que a mí me gustaba la berenjena”.

“Eso no es porque nos falte algo. Es porque nos gustamos tanto que nos distraemos”.

Jung-in sacudió la cabeza.

“Quiero saberlo todo, hasta el último detalle... Quiero probarlo todo contigo. Pero...”.

“¿Pero?”.

“Tú siempre te has comido mi 'berenjena'... pero yo aún no he probado la tuya”.

Al decir esto, la mirada de Jung-in descendió hacia la parte inferior del cuerpo de Chase.

“Madre...”.

Chase murmuró involuntariamente, tapándose la boca rápido antes de que saliera la siguiente letra de la grosería. Fue el insulto más fuerte que había pronunciado en toda su vida.

Jung-in se pegó a él con una expresión solemne, como si hubiera tomado una gran decisión.

“Quiero que seamos una pareja que no tenga nada pendiente por hacer”.

La mano de Jung-in, que estaba en su pecho, bajó lentamente hasta sujetar el cinturón de Chase.

“Siempre he sido yo el que recibe de ti”.

“Ju-Jung-in? ¿Qué significa esto...?”.

Con la mano aún en la boca, Chase invocó a un Dios en el que ni siquiera creía.

Jung-in bajó lentamente hasta quedar de rodillas en el suelo, en una posición algo incómoda. Frente a sus ojos, la entrepierna de Chase ya estaba tan abultada que parecía que la tela iba a romperse.

Se escuchó el sonido de la hebilla del cinturón soltándose, el botón abriéndose y, finalmente, el zic de la cremallera bajando.

Chase bajó la vista con el rostro de quien está viviendo un sueño, viendo cómo las puntas de los dedos blancos y delicados de Jung-in se acercaban a su entrepierna con un ligero temblor. Sus manos apretaron con fuerza el borde de mármol de la encimera detrás de él, haciendo que las venas de sus dorsos resaltaran.

Cuando las yemas de los dedos tiraron del elástico hacia abajo, el pene aprisionado saltó hacia afuera. Jung-in tragó saliva sin darse cuenta. Lo que siempre veía le resultaba extrañamente ajeno en ese momento.

Jung-in lo sostuvo con ambas manos, como si levantara algo preciado. Sintió un peso caliente, firme y contundente.

Su longitud y grosor eran realmente impresionantes. Le costaba creer que algo tan grande pudiera ser parte de un cuerpo humano, que pudiera entrar hasta la raíz en un lugar tan estrecho, y que aun así su propio cuerpo no se hubiera desgarrado.

“Es realmente... grande”.

NO HACER PDF

SIGUENOS EN INSTAGRAM AOMINE5BL

“Maldita sea...”.

Chase se pasó una mano por el rostro encendido. Intentaba no parecer demasiado emocionado, pero las comisuras de sus labios temblaban hacia arriba.

Para él, Jung-in era alguien demasiado valioso. Chase jamás se habría atrevido a pedirle que le hiciera sexo oral.

Por supuesto que había soñado con esos labios pequeños abriéndose para recibirlo profundamente, pero nunca lo había exteriorizado. En la cama, ninguna acción debía ser una carga para el otro.

Quizás esto era la recompensa por su silenciosa paciencia. No era su cumpleaños ni Navidad, pero un regalo inesperado aguardaba a Chase.

“Jung-in... ¿hablas en serio?”.

Ver a Jung-in sosteniendo su miembro con tanto cuidado, como si fuera un objeto sagrado, elevó su euforia mental al máximo. El área alrededor de los ojos de Chase comenzó a enrojecerse.

En lugar de responder, Jung-in bajó la mirada y se acercó lentamente. Finalmente, sus labios suaves y blandos rozaron la punta del glande.

“Ah...”.

El miembro de Chase palpitó con fuerza y soltó un chorro de líquido preseminal. Jung-in pareció desconcertado por el fluido viscoso que humedeció sus labios, pero mantuvo el contacto y movió la cabeza lentamente de lado a lado. El líquido de Chase empapó sus labios como si fuera brillo labial.

“Hah... Jung-in...”.

A pesar de que solo había frotado sus labios contra la punta, Chase soltó un gemido de dolor y placer, mientras sus muslos se tensaban. Jung-in se armó de valor, abrió bien la boca y envolvió el glande por completo.

“Ugh...”.

Chase se inclinó hacia adelante de inmediato, rodeando la cabeza de Jung-in con ambas manos.

“Se siente demasiado bien... Ah, Jung-in...”.

Chase tuvo que echar la cabeza hacia atrás y mirar al techo; sentía que iba a eyacular en ese mismo instante solo con tenerlo en la boca. Si miraba su rostro en esa posición, era evidente que no aguantaría.

Mientras tanto, Jung-in sujetó la base con una mano y el muslo de Chase con la otra, empujando su rostro hacia adelante con lentitud. La parte prominente del glande raspó el paladar rugoso y presionó contra el fondo de su garganta.

“Ah...”.

Sintió bajo su palma cómo el muslo de Chase se ponía duro como una piedra. Jung-in succionó con fuerza.

“Haa... Je-Jung-in...”.

Aturdido por una sensibilidad casi insoportable, Chase bajó la mirada como un niño que no puede contener la curiosidad. Se encontró con los ojos de Jung-in, llorosos por el esfuerzo de tenerlo hasta la garganta. Sus pupilas negras y húmedas parecían esferas de cristal.

Las comisuras de sus labios, estiradas al límite, estaban rojizas. Aunque sus hombros delgados temblaban como si estuviera sollozando, las manos de Jung-in se aferraban a su muslo como si fuera un salvavidas. Todo aquello volatilizó rápidamente la razón de Chase.

“Ugh...”.

Con un gemido corto, el miembro de Chase volvió a palpitar dentro de la boca de Jung-in.

Al ver que Chase reaccionaba de esa forma ante su torpe iniciativa, Jung-in se sintió como si hubiera recibido un gran cumplido. Envolvió el tronco con la lengua, tragó saliva para crear un vacío y movió la cabeza rítmicamente.

“Haa... Me voy a correr”.

Chase tembló. Los dientes de Jung-in rasparon ligeramente el tronco, pero incluso eso se sintió como puro placer.

Sus ojos, originalmente azules y claros, se nublaron por el instinto. Presionó la cabeza de Jung-in contra su entrepierna con ambas manos. Estaba llegando al clímax a una velocidad absurda, considerando lo que solía tardar normalmente.

Con el glande enterrado en lo profundo de esa garganta delicada, Chase sacó su miembro de la boca de Jung-in justo antes de estallar. Un hilo de saliva y fluido transparente se estiró entre los labios de Jung-in y su punta.

En cuanto se liberó su garganta, Jung-in estalló en una tos seca, tratando de recuperar el aire.

Intentó girar la cabeza, pero fue interceptado. Chase le sujetó la mandíbula para que lo mirara de frente, mientras con la otra mano se masturbaba rápidamente.

“Ah... hah... ngh...”.

Buscó desesperadamente un paño de cocina y lo puso frente a su miembro para recibir la descarga. Sin embargo, un chorro de líquido espeso salió con tal fuerza que esquivó el paño y aterrizó directamente en el rostro de Jung-in.

“¡Ah!”.

“¡Ugh, Jung-in! ¡Lo siento!”.

El fluido caliente y denso resbaló lentamente desde la frente hacia las cejas, la nariz y finalmente los labios.

Chase, angustiado, limpió la zona de los ojos de Jung-in con su mano desnuda.

“¿Estás bien? ¿No te entró en el ojo?”.

Jung-in tenía un ojo pegado y sentía un hormigueo en la comisura de la boca. Incluso le pareció percibir un ligero sabor a sangre, quizás por algún pequeño corte en el labio. Sin embargo, soltó una carcajada.

Ver su propio estado, cubierto por el semen de Chase como si fuera una salsa, era gracioso, pero lo era aún más ver a Chase entrando en pánico con un paño de cocina arrugado contra su propia entrepierna.

“¿Jung-in? ¿Estás bien?”.

Chase se preocupó aún más al verlo reír de repente.

“Primero, ayúdame a levantarme”.

Chase puso sus manos bajo las axilas de Jung-in y lo levantó en vilo. Luego, acarició con tristeza los labios hinchados y enrojecidos de su pareja.

“Tu labio... se abrió un poco. Parece que duele”.

“Está bien”.

Chase cambió de posición y apoyó a Jung-in contra la encimera. Tiró el paño pegajoso a la basura y se arregló la ropa.

Se sentía como si hubiera pasado un huracán.

Chase acarició la mejilla de Jung-in y preguntó.

“Entonces, ¿qué te pareció probar la 'berenjena' por primera vez?”.

“Mmm...”.

Chase esperaba la respuesta con algo de tensión.

“Estuvo aceptable”.

Al ver a Jung-in sonreír con picardía, Chase soltó un suspiro que fue casi un lamento.

“Hah... No puedo más. Vamos al cuarto”.

Acto seguido, levantó a Jung-in en brazos. Sin dudarlo, caminó con él hacia el dormitorio.