2. Accidente
Esta es la historia de un niño de ascendencia coreana.
Colin Debussy, Omega recesivo, de nacionalidad británica.
Su padre, un Alfa recesivo, murió apuñalado en prisión; su
madre, una Omega recesiva, falleció sola en la calle debido a los efectos
secundarios de supresores baratos. Colin, quien desde los cuatro años deambuló
por instituciones de acogida y hogares temporales, terminó asentándose en casa
de su primo desde los diez hasta los dieciocho años. Aquella "amable"
pariente que se ofreció a criarlo resultó ser una tía cuya existencia, nombre y
rostro él desconocía por completo.
No cabía duda de que la razón por la cual la bondadosa tía, que
ya criaba a cinco hijos propios, se hizo cargo de Colin a pesar de su precaria
situación económica, no fue por los insignificantes subsidios gubernamentales.
Aunque durante los ocho años bajo su protección se registraron dieciocho
ingresos a urgencias, se consideraban accidentes comunes en una casa donde
convivían seis niños revoltosos.
A los dieciocho años, tras alcanzar la mayoría de edad, Colin se
independizó e ingresó en una universidad pública con una beca. Durante su
carrera, su solicitud de intercambio fue aceptada, permitiéndole pisar la
tierra natal de su madre por primera vez en veintidós años. Fue durante su
estancia en Corea cuando una mano amiga se extendió hacia él: Kim Hyun-woo y
Seo Je-yoon, una joven pareja de veintiocho años que lo encontró desvanecido en
una hamburguesería debido a los efectos secundarios de los supresores.
Habiendo crecido en entornos similares, Colin entabló una
amistad estrecha y veloz con el matrimonio, quienes también provenían de
orfanatos. Durante casi dos años fueron vecinos, amigos y algo más cercano que
una familia, hasta que llegó un regalo para ellos. El bebé, que llegó tras
cuatro años de matrimonio, adquirió un significado especial también para Colin.
Le pusieron por nombre Kim Sarang, con el deseo de que fuera un
niño capaz de dar amor en la misma medida en que lo recibía, y que creciera
rodeado únicamente de afecto. El parto de un Beta era relativamente más
sencillo que el de un Omega; aun así, dar a luz seguía siendo un proceso peligroso
y extenuante para cualquier gestante.
Seo Je-yoon soportó el largo trabajo de parto aferrándose al
cabello de Kim Hyun-woo y sujetándolo por el cuello hasta que, finalmente, el
bebé nació. Era un niño sano. A pesar de haber sentido que su vida pendía de un
hilo, el comentario despreocupado del médico sobre lo "fluido" que
había sido el parto enfureció a Je-yoon.
Una enfermera perspicaz le entregó rápidamente el bebé a la
madre, evitando que el médico recibiera los insultos que se avecinaban. Cuando
llegó el momento de cortar el cordón umbilical, Kim Hyun-woo, que había estado
presente todo el tiempo, no aparecía. La enfermera lo buscó con la mirada hasta
que lo encontró en un rincón, de espaldas, aguantando el llanto a duras penas.
“Padre, deje de llorar ya y venga rápido a cortar el cordón.”
Tras la tormenta del parto, la risa inundó la sala sustituyendo
a la tensión. Colin, que esperaba inquieto en la sala de espera como único
protector de la pareja, derramó unas lágrimas al escuchar que todo había salido
bien y, en el instante en que vio al bebé envuelto en mantas en brazos de Kim
Hyun-woo, se enamoró de él a primera vista.
Sin embargo, su felicidad no duró ni diecisiete días. Un
conductor ebrio arrebató la vida del matrimonio en un mismo instante. Era su
primera salida exactamente diecisiete días después del nacimiento de Sarang.
Mientras disfrutaban de una breve cita aprovechando que iban a hacer las
compras a un supermercado cercano, encontraron la muerte entre la carrocería
aplastada como papel y el muro de un edificio. En ese mismo momento, en la
pequeña villa de quince pyeong que era su hogar, Colin sonreía de oreja a oreja
embelesado por los gestos del pequeño Sarang.
El testamento que dejó la joven pareja no era largo. Para ellos,
que estaban solos en el mundo, el documento escrito para proteger al niño en
caso de un accidente inesperado desbordaba amor. Probablemente jamás pensaron
que ese momento llegaría tan pronto, pero la tragedia ocurrió como una broma
pesada del destino.
La modesta herencia pasó a manos de Sarang, y Colin fue
designado como su tutor legal. Colin podría haber rechazado tal
responsabilidad. Sin embargo, solo y en una Corea que le resultaba ajena,
organizó el funeral de sus mejores amigos, puso en orden sus asuntos y abordó rápidamente
un avión de regreso a su país natal.
En sus brazos, estrechaba al pequeño Sarang, que no tenía ni
cincuenta días de vida.
[Charla] ¿Entonces no fue un secuestro?
¿En el documental lo dicen?
5 comentarios
Anónimo 1: Sep, dicen que siguió todos los procedimientos
legales antes de irse.
Anónimo 2: En el documental mostraron hasta el testamento y los
documentos legales.
Vaya... y pensar que lo tachaban de secuestrador.
Anónimo 3: ¿Este documental ya se difundió por allá también?
Sip, se está volviendo viral ahora mismo.
[Charla] "Padre, deje de llorar ya y venga a cortar el
cordón"
En la escena del testimonio de la enfermera lloré a mares
20 comentarios
Anónimo 2: Kim Sarang, vive devolviendo todo el amor que
recibiste ₍ᐢ´•̥ᴥ•̥`ᐢ₎
Anónimo 3: Tutor certificado por los padres = Colin. Todos los
que dijeron porquerías sobre secuestro o incesto deberían ir a la cárcel.
Anónimo 4: Secuestro... incesto... en fin.
Anónimo 5: Se les puede demandar por difamación fácilmente.
Anónimo 6: ¿Qué hace el agente coreano de Sarang? No hace nada
de su trabajo.
Ya salió el aviso de que tomarán medidas legales.
¿Ah, están trabajando? Pensé que cobraban el sueldo por no hacer
nada.
Anónimo 7: ¿Lo de que era prostituto también era un rumor
basura, no?
Por allá daban por hecho que era prostituto porque vendió su
cuerpo para conseguir los supresores de Kim Sarang.
¿Por allá dónde? Si hasta los medios de primer nivel están
borrando las noticias de última hora.
Anónimo 8: ¿Que Kim Sarang es prostituto?
Cómete una demanda, idiota.
¿De qué tonterías hablas?
Anónimo 9: Usar iniciales lo hace sonar peor. El día que se
emitió el documental, allá corría el rumor de que Colin vendió su cuerpo para
conseguir los supresores de Kim Sarang.
Casi todos los medios importantes lo sacaron, incluso The
Moon y SS lo publicaron, decir que es solo un rumor es...
¿Se puede comparar a los que hablan sin pruebas con los que
ponen las pruebas en video?
The Moon
hasta puso una foto.
Casi no se veía la cara...
Cierto, armaron un escándalo con una foto en la que ni siquiera
se sabe si es Colin.
[Charla] Sobre la calle 97
Fui para verlo en persona y de verdad es un barrio bajo, el
ambiente daba miedo.
12 comentarios
Anónimo 1: Cierto, los señores del barrio nos escoltaron hasta
el estadio diciendo que era peligroso.
Nos trataron súper bien cuando dijimos que veníamos del país de
Sarang.
Anónimo 2: En el documental el apartamento se veía muy viejo y
la calle peligrosa, pero resulta que en la realidad también es así.
Anónimo 4: Solo él y Colin... Para un Omega recesivo debe haber
sido difícil criar a un Alfa dominante solo.
Solo de escucharlo... uff.
Una sola pastilla de supresor para Alfa dominante cuesta 7
millones.
Qué caro.
Si eres pobre, ser dominante es muy difícil.
Haciendo un cálculo rápido, salen como 140 millones al año.
No puede ser...
Anónimo 5: Incluso en el norte de Canton, la calle 97 es famosa
por ser la más pobre.
[Charla] Siendo realistas, ¿cómo se ganan 140 millones al año?
No digo que el documental mienta, pero ¿de dónde saca un Omega
recesivo como Colin tanto dinero? A menos que haya usado métodos poco éticos,
¿no es imposible? Incluso conseguir sus propios supresores debe haber sido
difícil. Por mucho que digan que los supresores para recesivos son baratos, eso
es comparado con los de los dominantes. En fin, es un misterio.
19 comentarios
Anónimo 1: La herencia de los padres.
Anónimo 2: Por eso dicen que trabajó día y noche.
Anónimo 3: Participó en ensayos clínicos por más de tres años.
Anónimo 4: Dicen que la deuda era de 5.600 millones.
¿Esa deuda la pagó el marido Florian, no?
Anónimo 5: Si pagó una deuda de 5.600 millones, ¿no es amor
real?
Para Florian eso es calderilla.
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Dicen que los ingresos anuales solo de su casa ducal se cuentan
por billones.
Anónimo 6: A los siete años hasta grabó un comercial de pasta de
dientes.
Anónimo 7: ¿Seguro recibió pequeñas donaciones? Por ser una
joven promesa.
Anónimo 8: Hablando de comerciales... ¿quieren ver el de la
pasta de dientes? Dato: sale Kim Sarang a los siete años, es súper tierno.
Ohhh, así que este es el famoso comercial.
Yo fui de los que lo criticaron por usar a un niño para hacer
dinero... me doy un golpe en la cabeza y me arrepiento.
¿Por qué lo criticaron?
Porque decían que el niño solo buscaba dinero.
No puede ser…
[Charla] ¿Cómo está la reacción allá?
Tengo curiosidad.
12 comentarios
Anónimo 1: Los señores del barrio están furiosos.
Anónimo 2: De por sí son muy protectores con Sarang porque es
canterano puro, y ahora que se metieron con él, están que estallan.
Anónimo 3: Incluso los que estaban resentidos porque no eligió
la nacionalidad británica ahora dicen que hizo bien en elegir Corea y están
insultando a la prensa inglesa.
Anónimo 5: ¿Y la prensa?
Desde que salió el documental, andan con cuidado.
Están sacando artículos de corrección a lo loco.
Anónimo 6: Florian es el único duque + Omega dominante valioso +
buena imagen + heredero de Wellington, el combo de cuatro impactos que ni la
prensa basura se atreve a tocar. Como no podían con él, intentaron hundir a su
esposo Kim Sarang, pero justo se publicó el documental. Las editoriales que no
se atrevían por el tema del racismo intentaron usar este rumor como excusa,
pero ahora están todas calladitas.
“¿Sabía usted que
Colin Debussy se prostituyó para criar a Sarang?”
“No hable a la ligera,
Rian.”
Sarang, quien siempre
se mostraba firme y defensivo cuando se trataba de Colin, incluso parecía estar
enfadado. Florian no podía creerlo. Arrojó los documentos que sostenía; estos
golpearon el pecho de Sarang y cayeron en cascada. Una de las hojas, sin intención,
le hizo un pequeño corte en la mandíbula, pero Florian no mostró ningún
remordimiento. Sarang se limitó a limpiar la sangre que brotaba sin siquiera
hacer el amago de agacharse a mirar los papeles.
“Participó en ensayos
clínicos ilegales durante al menos tres años, y desde el año en que regresó al
país hasta su muerte, durante diecisiete años, vendió su cuerpo a Alfas
dominantes.”
“…….”
“¿Dice que no lo sabe?
¿Qué no tenía idea? Que no puede ser verdad.”
Florian, con el rostro
gélido, sentenció sin siquiera elevar el tono de voz.
“Sarang siempre es
así. Niega todo: la adicción a las drogas, el positivo en dopaje, los rumores
inapropiados con Colin, incluso las peleas a puñetazos en el campo; siempre
culpa a los demás o me echa la culpa a mí.”
“…….”
“Ya ni siquiera me
decepciona. Quédese recluido en la villa del oeste hasta que el escándalo se
calme.”
“¿Es una orden?”
“Sí, Sarang. Esto no
es un favor ni una sugerencia, es una orden.”
La realidad
estrepitosa fue lo que recibió a Sarang tras pasar un mes de ensueño en el
Palacio de Verano.
El escándalo de Colin.
El secuestro de un
Alfa dominante por parte de un Omega recesivo.
Incesto.
Prostituto.
Ensayos clínicos.
Ilegal, ilegal,
ilegal.
El llamado
"Escándalo Colin", del que se hablaba ruidosamente tanto en los
nuevos medios como en los medios tradicionales, pareció entrar en una fase de
calma tras mediodía, y luego comenzó a desaparecer rastro por rastro.
Fue después de que se
emitiera el documental en Corea, la patria de Sarang. El contenido del
documental, traducido en tiempo real y arrasando en las redes, refutaba por
completo el "Escándalo Colin". Los lentos medios tradicionales, de
forma inusual, borraron rápidamente las noticias relacionadas o publicaron
rectificaciones. Todo esto había sucedido durante el último mes.
‘Contenidos que Sarang
no conoce y no necesita saber dominarán los medios.’
El camino desde el
Palacio de Verano hasta la carretera de circunvalación se sintió como un largo
túnel. Mientras salían de ese túnel donde la luz del sol, el viento fresco y el
aroma salado del mar caían como una bendición, Sarang no soltó la mano de
Florian. Las pequeñas conversaciones y bromas continuaron sin cesar. Sarang
sentía que aún estaba dentro de un sueño.
‘Aun así, espero que
confíes en mí.’
Florian, tras dejar a
Sarang en la mansión, partió de inmediato hacia el aeropuerto para cumplir con
su agenda acumulada. Sarang observó el sedán que transportaba a Florian hasta
que se perdió de vista y luego entró en la mansión. El vehículo militar que los
había seguido todo el tiempo ya ocupaba un lugar en el estacionamiento.
Allen, bajando del
pesado vehículo, le revolvió el cabello a Sarang expresando su alegría por
verlo después de un mes. Sarang, sin ocultar su agrado, respondió a las bromas
pesadas mientras entraba. Lo que finalmente lo arrastró de vuelta a la
realidad, cuando aún sentía que tenía un pie en el sueño, fueron las incesantes
notificaciones que sonaron apenas encendió su teléfono.
Desde mensajes hasta
miles, decenas de miles de notificaciones de cuentas creadas para publicidad;
la batería del teléfono no soportó la carga y se agotó en apenas un minuto.
Sarang, mirando atónito el aparato que se sentía caliente como si fuera a
explotar, observó a Allen, quien salía de la cocina. Allen, tras beber agua con
avidez, se encogió de hombros y le dijo que lo comprobara por sí mismo.
Sarang, de pie en la
sala, puso primero a cargar el teléfono. Se sentó en el sofá, encendió la
televisión y abrió su computadora portátil. Enterarse de las noticias del
último mes fue así de sencillo.
‘Espero que Sarang
confíe en mí.’
El pasado de Colin,
que Sarang ni siquiera conocía, se derramó como una catarata descontrolada.
Ese no era otro que
Sarang.
Faltaban unas cinco
horas para llegar a Nueva York.
Sentado en su asiento,
Florian apoyaba el brazo mientras miraba por la ventana. El cielo nocturno era
una negrura absoluta, como si hubiera corrido un velón. Al ver el reflejo de
Bailey en el cristal, Florian abrió sus labios firmemente cerrados.
“¿Y Allen?”
“No ha habido más
contacto, jefe.”
Había terminado una
ronda de videoconferencias. Incluso después de pasar por Nueva York para
resolver el trabajo acumulado, Florian no podría regresar de inmediato a
Canton. Se debía a la enfermedad de Grace, quien yacía postrada en la
residencia de Cali.
“…….”
No poder regresar.
Sin darse cuenta,
Canton ya no era para Florian la ciudad de la que quería borrar su existencia,
sino el lugar al que debía volver. Incluso empezaba a sentir cierta utilidad en
el título de Duque, que antes le resultaba un estorbo. Sin el título y la
relación con la familia real, habría sido difícil incluso trazar el boceto del
negocio que planeaba.
‘¿Ahora… ya puedo
decir que me gustas?’
Aquella cara limpia
que preguntaba con cautela estaba grabada en su mente.
‘Me gustas.’
‘De verdad me gustas,
Rian.’
Se preguntó si debería
haberlo subido al avión sin importar la pretemporada. Sarang se habría
sorprendido con las noticias del exterior tras un mes de aislamiento.
Mencionarlo brevemente antes de salir del Palacio de Verano no era suficiente.
El impacto es algo que, por mucho que uno se prepare mentalmente, no se puede
dimensionar ni sentir hasta que se vive directamente.
‘Muchos extraños
mencionarán a Colin, Sarang.’
Sarang, que sonreía
dulcemente ante un beso ligero, miró a Florian con sus ojos negros. No había
intención alguna en esa mirada, pero Florian sintió una punzada interna, como
si su lado oscuro —aquel que no se detenía ante nada para lograr sus objetivos—
hubiera sido descubierto. La imagen de Florian conocida por el mundo, y la que
le mostraba a Sarang, era solo una mínima parte de la realidad.
‘Su primer objetivo
será herir a Sarang para sacudir nuestra relación.’
‘…¿Hay otra razón?’
‘Intentarán convertir
a Sarang en objeto de odio, y tras las burlas, degradarlo a un hazmerreír.’
‘…….’
‘Movilizarán todos los
métodos posibles para manchar tu legitimidad como esposo del Duque.’
‘¿Quieren
divorciarnos, Rian?’
‘Sí. Si dañan tu honor
hasta un punto irrecuperable, la familia real intervendrá ante el ataque de la
prensa y el pueblo lo apoyará.’
‘…¿Porque mis padres
eran Betas?’
Sarang no permitió que
Florian respondiera directamente.
‘O tal vez porque el
color de mis ojos es diferente.’
Sarang, más que nadie,
sentiría con precisión las máscaras de amabilidad que usan los discriminadores
de castas y razas. Tras quedarse pensativo un momento, Sarang lo miró a los
ojos. Al hablar, Sarang siempre miraba fijamente a su interlocutor.
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Florian se sintió
profundamente conmovido por esa actitud. Fue como ver una brújula espiritual
que le impedía perderse incluso en las situaciones más difíciles. Era diferente
al Sarang que, como en sus sueños, terminaba hecho jirones por las heridas,
como si lo clavetearan sin cesar. Así era el Sarang que no había sido herido
por el mundo exterior, y especialmente por Florian.
‘¿Sabes quién es el
instigador?’
‘Sí. Y también sé lo
que buscan.’
‘Rian… ¿estás
intentando protegerme?’
‘Sí, Sarang.’
‘De todos modos nos
separaremos.’
‘…….’
‘Rian está haciendo
esto para que, aunque cumpla veinticinco años, no nos separemos…, para no
divorciarnos, ¿verdad?’
‘…Sí.’
‘Ya te lo dije, Rian.’
‘…….’
‘Que confío en ti.’
Ante la sonrisa de
Sarang diciéndole que podía hacer lo que quisiera, Florian no se atrevió a
besar su mejilla.
“Hemos obtenido el
testimonio de que fueron instigados por Kaia, jefe.”
Sin embargo, el
accidente por conducción ebria de la joven pareja no fue una casualidad. Colin,
al darse cuenta de que no era un simple accidente, no se permitió entrar en
pánico por mucho tiempo. Ni siquiera hubo funeral. Tras incinerar rápidamente a
la pareja, Colin tomó al recién nacido en brazos, falsificó documentos y huyó
del país hacia la Commonwealth como si lo persiguieran.
El contenido del
testamento de Kim Hyun-woo y Seo Je-yoon era real, pero de él solo se ejecutó
una cosa: que Colin fuera el tutor del niño. Al existir un testamento,
falsificar los documentos fue fácil. ¿De qué huía Colin al abordar ese avión en
apenas dos días recurriendo a métodos ilegales y atajos? ¿Quién y bajo qué garantía
le otorgó el préstamo de 5.600 millones?
Una vez definidas las
preguntas, encontrar las respuestas no fue difícil. Colin, que originalmente
huyó de la Commonwealth, tuvo que regresar a ella apenas dos años después, de
nuevo como si lo persiguieran. Con el niño en brazos, que solo compartía con él
el cabello negro, se instaló en el apartamento donde vivió hace tiempo con su
madre. Y desde el año de su regreso, vendió su cuerpo. El cliente era siempre
el mismo: Yael Kaia.
Colin había elegido
Corea de forma repentina para escapar de Yael Kaia, quien fue su compañero de
universidad. No fue por problemas de drogas ni por deudas. Era una relación
nefasta de violencia unilateral. Solo había un registro de Colin siendo tratado
en la sala de emergencias del Hospital Real: agresión física y violación por
parte de un Alfa dominante, y un estado de shock por "lluvia de
feromonas". Seis meses después de ese registro, Colin dejó la Commonwealth
y se dirigió a Corea.
Fue una huida. La
solicitud de intercambio no fue un plan, sino una elección impulsiva de Colin
para sobrevivir. El contenido del documental era casi todo así. Una verdad
mezclada con nueve mentiras para crear una falsedad perfecta. Sin embargo, era
una implementación impecable de la vida desdichada de "Colin Debussy"
que nadie podía desmentir.
Para Florian, Colin
era un extraño. Aunque fuera el padre adoptivo de Sarang, no era más que una
herramienta a utilizar por el bien del chico. Si su vida iba a ser expuesta al
mundo de todos modos, era mejor una ficción al 90% que una verdad al 100%.
Tanto por Sarang como por el propio Colin.
Especialmente para el
Sarang que debía vivir el resto de su vida, la verdad al 100% no era necesaria.
Sarang pasó una noche
en la mansión de Canton y, al día siguiente, se unió a la pretemporada. Este
periodo, que abarca desde julio hasta principios de agosto —tras el fin de la
temporada en mayo y los partidos internacionales de junio—, es el tiempo crucial
para preparar la nueva campaña. La mayoría de los clubes realizan
entrenamientos intensivos o giras de amistosos para recuperar el tono físico y
el ritmo competitivo.
El Rinoceronte FC no
fue la excepción y programó cuatro partidos amistosos en Norteamérica.
Acordaron disputar cuatro encuentros en dos estados diferentes de la MLS.
Aunque estas giras son un negocio redondo que genera ingresos al club y
mantiene activos a los jugadores, no faltaron las críticas de quienes
consideraban el calendario como una explotación excesiva de los futbolistas.
Sarang, que no pudo
ser convocado para los partidos internacionales de junio debido a su celo,
seguramente no se habría librado de las críticas en su país de origen. De no
haber sido por el documental de Colin, o por el hecho de ser "el hijo de
Colin", habría tenido que soportar el calvario de la controversia por su
ausencia, algo que ya se había vuelto casi un ritual anual.
Sin embargo, el
documental de Colin, que se convirtió en un fenómeno de masas en Corea, generó
una ola de simpatía pública. Historias sobre su buen carácter y sus hazañas en
la liga —que antes solo conocían los aficionados más fieles al fútbol europeo—
se difundieron a gran escala. Incluso para el público general, que solo
mostraba un interés pasajero durante los partidos de la selección, el
futbolista Kim Sarang quedó grabado con una imagen sumamente positiva. Hubo
muchos que, sorprendidos, descubrieron recién entonces que el jugador casado
con el Duque Dietrich de la Commonwealth era, de hecho, Kim Sarang.
Cuando los medios
tradicionales empezaron a cubrir el asunto seriamente, el impacto fue masivo y
los nuevos medios digitales siguieron la corriente. Gracias a esto, el
reconocimiento de Sarang subió de forma natural. Ya no era solo el
"jugador de la selección Kim Sarang", sino "Kim Sarang, el
futbolista que triunfa en las grandes ligas pero ama a Corea", ganándose
el afecto de la mayoría de los ciudadanos.
Con tantos ojos
vigilando, la prensa que antes le era hostil cambió discretamente su tono, y la
Asociación de Fútbol —que solía manipular la opinión pública filtrando
información sensible a su antojo— empezó a andarse con cuidado. Detrás de las
feroces críticas que cuestionaban su aptitud como representante nacional e
incluso como futbolista cada vez que faltaba por su celo, se escondía el
intento de la Asociación por "domar" al jugador.
Florian tenía la
intención de aprovechar esta oportunidad para elevar el estatus de Sarang a tal
nivel que ni la Asociación ni nadie pudiera manejarlo a su gusto. Para dar a
conocer a un jugador cuyo talento y esfuerzo no eran suficientemente valorados,
bastaba con un buen foco de atención. Sin embargo, demostrar el carisma necesario
para responder a ese interés y expectativa era responsabilidad exclusiva del
jugador. Y Sarang, incluso sin el apoyo de Florian, ya estaba demostrando con
creces su valía. Lo único que Florian tenía que hacer era despejar los
obstáculos extra-futbolísticos que se interpusieran en su camino.
“Haah.”
El suspiro de Florian
se dispersó en el aire nocturno. Sentado en el balcón del segundo piso de una
lujosa mansión en Cali, bebía a solas. A diferencia de Canton, cuya firma es el
clima caprichoso, la brisa nocturna de Cali —donde brilla el sol las cuatro
estaciones— era bastante refrescante. Una ciudad nublada, húmeda y sombría...
No, cualquier lugar era así. Para Florian, la Commonwealth siempre fue un sitio
así.
“¿Hay alguna
reacción?”
“Lo tratan como a un
hijo repudiado, jefe.”
Miller informaba sobre
Yael Kaia, quien había fallecido en un accidente con armas de fuego el otoño
siguiente a la muerte de Colin.
“Ese accidente tampoco
habrá sido casualidad.”
“Quienquiera que
fuera, ni siquiera intentó ocultar que no fue un accidente ni un suicidio.”
Florian, que notó la
entrada de Miller sin necesidad de que este hiciera ruido, le ofreció asiento.
Miller rechazó el trago con un gesto y se sentó informalmente frente a él.
“¿Y Grace?”
“Enfermedad crónica.”
“Tú tampoco eres una
persona muy normal que digamos, jefe.”
Para la saludable
Grace, una "enfermedad crónica" no era más que una artimaña para
atraer a su hijo. Miller, que conocía bien la situación, se reclinó con un
rostro de desagrado. Debido a su enorme constitución, la silla de hierro gimió
como si fuera a romperse en cualquier momento.
“Parece que por fin te
estás acostumbrando a la vida de civil, ¿está bien seguir así?”
“¿Civil?”
Florian soltó una risa
seca y baja.
“Deja el trabajo sucio
para los que están en activo, y que el retirado descanse tranquilo.”
“Seguro que esta vez
me enviarán a saludar a tu madre con las manos y los pies cortados.”
No era un secreto que
Florian no confiaba mucho en los mercenarios que contrataba como
guardaespaldas.
“O si no...”
No solo no confiaba en
ellos, sino que despreciaba y detestaba al colectivo de mercenarios que no
dudaban en matar por dinero. Precisamente por eso, era muy natural que Florian
utilizara a los mercenarios como instrumento de su venganza.
“¿No ibas a terminar
con Kim Sarang?”
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Miller, captando al
instante el dilema de Florian, preguntó con intención. Bajo la luz del
atardecer que llegaba desde la playa, el cabello rubio de Florian se mecía
suavemente. Entre los mechones dispersos se vislumbraba una vieja cicatriz. Era
la marca de un corte de navaja que casi le arranca un trozo de piel. Una marca
similar quedaba, de forma tenue, en la última falange del dedo anular de su
mano izquierda.
“Esa era mi intención.
Debía ser así.”
“Y eso que actuabas
como si fueras a vivir y morir solo para siempre.”
“Es curioso, ¿verdad?”
Florian miró de reojo
a Miller y curvó sus labios con elegancia.
“Estaba a punto de
aburrirme creyendo que ya había cumplido con todo mi cometido, y de pronto
aparece Kaia. Al conocer al verdadero responsable, más que desolación, sentí
alegría. Kaia es un pez gordo, ¿no? Hundirlo será muy divertido y llevará mucho
tiempo. No terminará tan fácil como ese grupo terrorista de pacotilla. Grace
estará protegida por el inexpugnable Wellington. Yo no tenía nada que
proteger.”
Clac. Florian dejó la copa sobre la mesa de hierro
y, de repente, miró hacia la playa más allá de la barandilla grabada.
“Pero un niño de
diecisiete años saltó de repente a mi vida.”
“…….”
“Miller, ¿crees en los
fenómenos no científicos?”
Miller, sin saber
hacia dónde se dirigía la charla, respondió con naturalidad.
“Creo en la intuición.
Esa que te dice: 'este es el lugar donde esos tipos van a morir'. Si el sexto
sentido en el campo de batalla entra en lo que llamas fenómenos no científicos,
entonces creo.”
Miller no le devolvió
la pregunta. El simple hecho de plantearla era una prueba de que Florian estaba
flaqueando. Sea lo que sea lo que estaba sacudiendo a un Florian que solía
estar harto de la vida... No, Kim Sarang. Ese niño de diecisiete años que saltó
a su vida un día cualquiera había agrietado su sólida razón.
“Solo iba a ser
alguien a quien tener cerca para conversar.”
Florian frunció el
ceño, como si no le agradara que sus sentimientos no siguieran sus órdenes, y
terminó su bebida lentamente.
“Pero ahora ya no
puedo hacer eso.”
Si realmente hubiera
creído en ese "fenómeno" desde el principio, no debería haber
cometido tal estupidez. Incluso cuando entró de una patada en la villa de Kaia
para comprobar si el fenómeno era real, Florian rebosaba confianza. Por eso, su
mente no se complicó demasiado al confirmar que el Kim Sarang de sus sueños
existía en la realidad.
Existe de verdad. Y va
a morir por mi culpa. Salvar una vida no es nada difícil. Por otro lado, mientras calculaba cómo
utilizar a este pequeño para atraer a Kaia, Florian eligió el camino más
sencillo. Mantuvo al niño a su lado de la forma más escandalosa posible para
humillar a Kaia, y lo exhibió deliberadamente para provocarlo. En el fondo de
esa actitud residían la vanidad de creer que proteger a un niño no era nada y
la arrogancia de pensar que jamás llegaría a amarlo.
Al mismo tiempo, Florian
admitió que había subestimado el fenómeno de los sueños. A pesar de saber que
el corazón no siempre obedece a la voluntad, bajó demasiado la guardia.
Ahora, tenía a alguien
a quien proteger.
Ese hecho le producía
alegría, pero también una repentina oleada de temor. A veces recordaba, como
una advertencia, la carrocería aplastada y la sangre roja empapando el emblema
de Wellington. Sin embargo, ese miedo no duraba mucho. Salvar una vida no era
nada para él.
Sobre todo porque ya
no era aquel pequeño aristócrata de siete años, débil e indefenso. Florian
protegería a Sarang. Y viviría con él. Si Sarang lo deseaba. Hasta que dejara
de necesitarlo.
Tras dejar la copa
vacía, Florian sacó su teléfono. En la pantalla iluminada apareció un ♡. Era el
nombre de contacto que Florian había guardado por pura travesura, imaginando
cómo Sarang se sentiría avergonzado pero feliz al descubrirlo algún día.
“Ha.”
Florian terminó
soltando una pequeña risa. Sin darse cuenta de que, desde el momento en que
quiso jugarle esa broma, ya le había entregado el corazón. Tsk, chasqueó
la lengua para sus adentros y contestó la llamada.
¿Rian?
“Sí, Sarang.”
La voz dulce de
Florian, mientras se levantaba sonriendo, permaneció un momento en la terraza
antes de dispersarse. Miller, observando fijamente la espalda de Florian
mientras este entraba en la casa, hizo un gesto de resignación. Por lo visto,
lo de su jubilación anticipada estaba totalmente descartado.
“¿Rian?”
“Sí, Sarang.”
“…….”
Sarang, observando a
Florian con el rostro de alguien que acaba de despertar, se hizo a un lado
mecánicamente —pese a su complexión robusta que llenaba el marco de la puerta—
para dejar pasar a su esposo.
“¿Cómo… cómo llegó
hasta aquí?”
“Vine en helicóptero.”
Incluso ante la broma
ligera, la voz de Sarang estaba cargada de sueño, parpadeando lentamente en
lugar de mostrar su sonrisa habitual. Florian entró mientras se quitaba la
chaqueta, pensando que quizá era una hora demasiado temprana.
“Ayer… cuando hablamos,
dijo que estaba ocupado.”
“Sí, así era.”
Florian, que ya se
había calzado las zapatillas de interior, caminó sobre el impecable suelo de
baldosas. Sarang tomó la chaqueta de Florian con naturalidad, la colgó en la
pared y lo siguió un paso por detrás.
“Hmm.”
Era un hotel de cuatro
estrellas, por lo que no terminaba de convencerle, pero estaba limpio y el
entorno era lo suficientemente silencioso como para pasar cuatro noches. Aun
así, mientras Florian recorría la habitación con una mirada crítica, sus ojos
se posaron en la cama doble. Va a ser estrecha. Aunque era una cama
amplia para una persona sola, Florian la escaneó y añadió un breve comentario
mental: definitivamente tendría que agilizar el papeleo.
“Si está tan ocupado,
¿por qué vino hasta aquí…?”
“¿Acaso Sarang está
desocupado? El que más extraña al otro es quien debe moverse.”
“¿Eh?”
A través del gran
ventanal que ocupaba toda una pared, la vista nocturna era bastante decente.
“Te extrañé, Sarang.”
Solo entonces Florian
se dio la vuelta y sonrió al ver a Sarang, que aún parecía medio dormido.
Sarang, mirando atónito a su esposo —a quien muchos describían como la
encarnación del arcángel Miguel—, movió los labios con torpeza.
“Yo también… lo
extrañé mucho, pero….”
Las mejillas de Sarang
se tiñeron levemente y su voz salió entrecortada, con un tinte de injusticia.
Con esa expresión de no saber si esto era un sueño o la realidad, parecía
querer reclamar que él lo había extrañado más. El chico, a pesar de su gran
tamaño, se veía adorable con su cabello azabache revuelto como un nido de
pájaros.
“Cuando ambos están
ocupados y se echan de menos, el que tiene un poco más de libertad de
movimiento es quien viene a ver al otro.”
Florian habló con
ligereza y extendió ambos brazos. Envolvió la cintura de Sarang y hundió su
mejilla en el pecho firme del joven. Dum-dum. El ritmo cardíaco, que
hasta hace un momento era regular, comenzó a acelerarse y a volverse nítido.
Abrazar a Sarang, quien siempre era honesto de cuerpo y alma, hacía que la
mente de Florian —que siempre trabajaba bajo presión— se sintiera ligera y su
fatiga se disipara.
“Casualmente tenía
asuntos en Cali.”
“…….”
Sarang, que parecía no
terminar de creerse aquello, simplemente extendió sus manos con cautela. Luego,
rodeó la espalda de Florian y lo abrazó con suavidad. El cálido calor de
Florian fue derritiendo poco a poco la frialdad que sentía Sarang.
“…Aun así, le habría
tomado al menos dos horas llegar hasta aquí.”
“Nada le gana al
helicóptero para ahorrar tiempo.”
Sarang, mirando en
silencio el cabello dorado que le hacía cosquillas en la barbilla, aplicó un
poco más de fuerza en sus brazos. La camisa que cubría la espalda esbelta de
Florian se arrugó levemente bajo la presión de los brazos de Sarang. Florian,
entregado al abrazo sin ninguna molestia, también apretó su agarre. Los dos
cuerpos se pegaron estrechamente. Fue entonces cuando los ojos de Sarang
brillaron, como si finalmente hubiera despertado del todo.
“Vaya…. Realmente es
Rian.”
Florian se preguntaba
por qué estaba actuando de forma tan lenta y distante; resultó que de verdad
seguía medio dormido.
“Así es. Extrañaba
tanto a Sarang que terminé movilizando hasta un helicóptero para venir.”
“Pensé que era un
sueño.”
“¿Y eso? Pensé que
Sarang casi no soñaba.”
“Por eso… no estaba
seguro.”
Sarang abrazó a
Florian con tanta fuerza que casi le apretaba la cintura, y hundió con cuidado
la punta de su nariz en ese cabello dorado que olía a trigales fértiles.
“Claramente ayer me
dijo que sería difícil vernos por un tiempo.”
“Sí, así fue.”
“Pero….”
“Vine en la madrugada
porque quería verte.”
Florian, apoyado en
ese pecho tan amplio y acogedor, arqueó una ceja.
“¿Acaso estás
presumiendo de tu fuerza antes del partido?”
Sarang, manteniéndolo
en el abrazo, levantó a Florian con facilidad, sosteniendo sus glúteos con una
mano mientras negaba con la cabeza.
“Soy fuerte.”
“Lo sé muy bien por
experiencia propia.”
“Tengo buena
resistencia, soy sano y robusto.”
“Probablemente yo sea
quien mejor sepa eso, Sarang.”
“Por eso, esto no es
nada.”
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“Sí, incluso en medio
de una excitación aterradora, me levantabas por los aires una y otra vez.”
Sarang arrugó la nariz
con un gesto de apuro ante la respuesta que le recordaba el celo, y sentó a
Florian sobre el amplio tocador. Florian abrió los muslos por voluntad propia,
atrapando a Sarang entre sus piernas, y echó la cabeza hacia atrás. Al mirar a
Sarang desde esa posición, volvió a ser consciente de su envergadura. ¿Cuándo
fue que aquel chico declaró con firmeza que ya no era un niño en crecimiento?
“Rian.”
“Sí, Sarang.”
“¿De verdad… me
extrañó?”
“Sí.”
La mano que rodeaba la
cintura de Sarang subió para acariciar suavemente el cabello revuelto.
“Definitivamente,
verte en persona es mucho mejor.”
Luego, atrajo la
cabeza del joven y le dio un beso corto. Algo enorme rozó la parte interna de
los muslos de Florian.
“Antes pensaba que
todo esto era solo porque tenías una erección.”
“Ah.”
El miembro, que ya
había aumentado de tamaño, se marcaba notablemente bajo el pantalón deportivo
holgado. Sarang, apoyando ambas manos en el tocador para sostenerse, soltó un
aliento caliente y bajó la cabeza. Fue porque Florian había rozado, apenas con
un toque, el miembro que sobresalía tras la tela. Cuando las yemas de sus dedos
se apartaron, Sarang encogió los hombros y levantó la mirada. Sus ojos, bañados
en excitación, se fijaron en Florian. Sus alientos se cruzaban en la cercanía.
“Sarang, ¿podrías
liberar tus feromonas?”
“…….”
Sarang, que observaba
a Florian con ojos húmedos, no pudo responder de inmediato.
“Quiero tener sexo,
¿no quieres?”
Sarang negó con la
cabeza.
“Quiero. Quiero,
pero….”
“Sí, tu verga también
dice que quiere.”
El miembro, ahora más
endurecido, parecía querer atravesar la delgada tela. Pero lo que tiñó las
mejillas de Sarang de rojo fue la elección de palabras de Florian. Cada vez que
una persona que era el epítome de la nobleza soltaba palabras obscenas y frases
sugerentes, el corazón de Sarang latía con fuerza por una extraña sensación de
profanación. Su vientre se calentaba y su miembro, con las venas marcadas
ferozmente, palpitaba buscando un agujero estrecho y profundo.
Ah.
En un instante, Sarang
se excitó aún más. Recordó la presión que apretaba su miembro cada vez que
forzaba la entrada en ese orificio estrecho y la sensación de la carne
adhiriéndose a él. Aunque el cuerpo de Florian podía generar flujo para
lubricar, había un límite para la humedad de un Omega que no estaba en celo.
De repente, recordó el
ano de Florian, rojo e hinchado. El orificio, tan inflamado que las arrugas se
desvanecían, quedaba entreabierto en forma de una larga línea vertical. Con
cada respiración, el agujero palpitaba y vomitaba oleadas de semen espeso y
turbio. A Sarang le desagradaba esa imagen. Detestaba ver cómo el orificio
goteaba el semen que él había vertido como si lo rechazara, por lo que volvía a
empujar su enorme glande hacia adentro una y otra vez.
Cuando Florian,
agotado y dormido, sufría un espasmo, las paredes internas que temblaban junto
a él se aferraban a su miembro como si lo picotearan. No era la misma presión
que cuando estaba consciente, pero el conducto era demasiado estrecho y su
miembro demasiado grande para alcanzar el fondo que deseaba.
Aun así, Sarang
empujaba su verga con terquedad. Cuando su miembro furioso giraba al pasar el
recodo, el cuerpo inconsciente convulsionaba como si hubiera sido alcanzado por
un rayo. Tras golpear repetidamente con el glande el lugar que parecía
infranqueable, Sarang cargaba todo su peso y aplastaba a Florian.
Finalmente, al sentir
que se encajaba a presión en un lugar que no debía abrirse, Sarang se excitaba
hasta la médula, y Florian recuperaba el sentido entre gritos. Pero eso era
todo. Ante el embate de Sarang, que subía la cadera con todas sus fuerzas,
Florian volvía a desmayarse.
El glande alcanzaba el
órgano reproductivo oculto en lo profundo, tras haber presionado y desplazado
los órganos internos con su miembro. Sarang no perdía ese momento. Inflaba el
glande y pegaba su escroto firmemente contra las arrugas anales estiradas.
Luego, hinchaba la base de su verga para sellar el orificio por completo.
Para que no escapara
ni una gota. Para que su semilla, vertida como una cascada, no se filtrara en
absoluto. Observaba cómo el vientre de Florian se hinchaba notablemente
mientras eyaculaba de forma prolongada. Incluso viendo cómo se abultaba por
encima del ombligo, no detenía la eyaculación. Podía sentir vívidamente cómo
las paredes del útero y la carne que temblaba quedaban empapadas en su
simiente.
Fue un nudo brutal. Y
ni siquiera estaba en celo. Sarang, en pleno uso de sus facultades, realizaba
el nudo en el vientre de un Florian que tampoco estaba en celo, llenándolo con
su semilla como si fuera un río.
Tras haber sido
acosado por un Alfa en celo durante diez días en el Palacio de Verano y haber
intentado recuperarse solo durante apenas cuatro días de descanso, Florian fue
frotado ininterrumpidamente durante otros quince días. Es decir, durante casi
un mes entero, fue penetrado y anudado hasta que cada centímetro de su piel
quedó en carne viva y su vientre se sintió a punto de estallar.
Sarang, aun sin estar
en celo, apenas podía recuperar la cordura ante el deseo y la lujuria que lo
enloquecían. Florian también aceptaba activamente el calor de Sarang,
abriéndose y apretándose debajo de él. Florian, que alternaba entre la
conciencia y el desmayo, permanecía empapado en el semen y las feromonas de
Sarang.
Esa satisfacción era
tan grande que Sarang volvía a empujar su miembro anudado hacia el fondo.
Florian, recuperando el sentido una vez más, se aferraba a él llorando. No eran
grandes alaridos. Soltaba gemidos bajos, como sollozos, mientras gruesas lágrimas
caían sin cesar. Aun viendo a Florian así, Sarang no podía detenerse. No quería
hacerlo.
“…Rian no está en
celo.”
Sus pupilas negras ya
estaban rebosantes de excitación. Florian lo miró fijamente, con calma.
“¿Acaso eso importa
ahora? ¿A estas alturas?”
“No estás… lubricado.”
Florian no se sintió
ofendido por aquel comentario que negaba de frente la supuesta
"excelencia" de su fisiología. Sabía perfectamente que, incluso fuera
del celo, su interior era capaz de humedecerse lo suficiente.
“¿Qué parte, exactamente?”
Sarang abrió con
dificultad sus labios apretados, como si respondiera tras haber contenido un
sollozo. Las marcas de sus propios dientes en la carne roja de sus labios
resultaban increíblemente sexys. Florian sintió un deseo irrefrenable de lamer,
succionar y frotar esas marcas con su lengua hasta que desaparecieran por el
roce con la suya.
Aunque sentía una sed
de posesión tan intensa como la de Sarang, el rostro de Florian no cambió ni un
ápice. Escuchó la voz del joven con su calma y parsimonia habituales.
“El agujero de Rian.”
“…….”
“No se moja bien. Por
mucho que Rian suelte flujo y yo lo cubra con mi semen, tu interior no se
humedece lo suficiente si no estás en celo. Por eso, tu entrada se vuelve aún
más estrecha, y solo cede un poco cuando entro a la fuerza.”
“¿No es eso lo
natural, Sarang?”
“…….”
“Tu verga es tan
grande que cualquier Omega huiría despavorido, y mi interior, que no ha sido
usado más que en mis celos, no tiene otra opción que ser estrecho. Además, me
hiciste el nudo sin que yo estuviera en celo.”
Sarang no apartó la
mirada de esos ojos azul profundo que lo observaban fijamente, ni cerró sus
oídos a sus palabras.
“A ti te debió doler
como si se te fuera a romper el miembro, y para mí tampoco fue fácil, es
lógico. Por suerte, ninguno de los dos puede concebir cuando no estamos en
celo.”
Florian hizo una pausa
y sonrió con dulzura.
“Pero, sobre todo, fui
yo quien permitió el nudo, Sarang.”
“…….”
“Si yo me sentí bien y
tú lo disfrutaste, ¿no es suficiente? No hay ningún problema.”
Era una respuesta que
esquivaba el punto central. Sarang no estaba cuestionando si el acto le había
gustado o no. Florian seguramente sabía a qué se refería, pero Sarang sintió
que su pecho se agitaba con fuerza al verlo intentar restarle importancia con una
broma ligera. El calor que había empezado a subir no hacía más que
intensificarse. De la complexión robusta que cubría por completo a Florian,
empezaron a filtrarse unas feromonas tenues.
“¿No será agotador?”
El aliento de Sarang
también olía a vainilla. A Florian le pareció mucho más dulce de lo que
recordaba.
“Rian… lloraste
mucho.”
Ciertamente, había
llorado. Había sido hostigado hasta el punto de que sentir demasiado, y
desmayarse por ello, se volvió algo familiar. Pero no solo había sido una
víctima pasiva. Florian tampoco había podido controlar su propia excitación y
había movido las caderas con entusiasmo bajo él, al menos hasta que el
cansancio lo venció, incapaz de seguir el ritmo de la resistencia sobrehumana
de un atleta profesional.
Aun así, dado que las
feromonas de un Alfa y un Omega se complementan, los desmayos y el agotamiento
no duraban mucho. Gracias a eso, pudieron pasar aquel mes en el Palacio de
Verano de forma plenamente satisfactoria. Para Florian, tener esa experiencia
de lanzarse el uno sobre el otro y devorarse cada vez que cruzaban miradas,
durante tanto tiempo y fuera del celo, era algo nuevo. No, el simple hecho de
unirse a un Alfa estando ambos en su sano juicio era una primicia para él.
Pensándolo bien, era
sorprendente. Había muchas cosas que eran una "primera vez" para
ambos durante su convivencia. Florian nunca le había dado su lugar a nadie, y
Sarang había crecido esforzándose al máximo bajo el cuidado de Colin. De
pronto, la diferencia de edad se hizo notar. Diez años. Aún tenía grabada en la
mente la cara limpia del chico a los diecisiete.
‘…Yo también soy un
adulto.’
Así es, Sarang. Ahora
eres todo un adulto. Supongo que a veces lo olvido.
“¿Acaso lloro mucho
normalmente?”
"Normalmente"
era una expresión que no encajaba del todo. Después de todo, solo habían pasado
juntos tres celos. Así que Florian reformuló la pregunta.
“¿Soy de los que
lloran mucho durante el sexo?”
Su tono era tan neutro
como si preguntara por el clima.
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“Si dices que mi
agujero de abajo es tacaño con el agua pero el de arriba es generoso con las
lágrimas, supongo que es cuestión de gustos.”
Los ojos de Florian,
que observaban fijamente la mirada febril de Sarang como si lo provocara,
brillaban con un toque de diversión.
“Rian… deje de
burlarse de mí.”
“Jajaja.”
Florian soltó una
carcajada cuando Sarang bajó la cabeza y frotó su rostro con desesperación
contra su nuca.
“Entonces, ¿cuál es la
respuesta?”
Era una pregunta
persistente. Sarang, dándose cuenta de que Florian no pensaba dejarlo pasar tan
fácilmente, se hundió en su nuca con un gemido. El calor abrasador y las
feromonas se volvían cada vez más densos. Florian estuvo a punto de perder la
razón ante la vulnerabilidad de Sarang, quien derramaba todas las pruebas de su
excitación sobre él. Deseaba agarrar con fuerza las nalgas firmes de Sarang y
pegar su parte inferior para frotar sus sexos.
Sin embargo, Florian
logró reprimir sus deseos y su expresión se mantuvo imperturbable. En cambio,
Sarang, a pesar de ser un Alfa dominante, no podía soportar ni siquiera ese
nivel de contacto y sus feromonas emanaban de todo su cuerpo.
En el pasado, Florian
lo habría considerado patético. Pero ahora era distinto. Porque sabía
perfectamente que Sarang actuaba como un Alfa novato por su culpa; porque sabía
que se excitaba fácilmente y fallaba al controlar sus feromonas precisamente
porque estaba frente a él. Florian, por el contrario, apretó su vientre ante la
excitación sexual que subía desde sus entrañas. Si no lo hacía, sentía que su
flujo terminaría mojando su ropa.
Sin saber lo que
pasaba por la mente de Florian, Sarang, tras juguetear un buen rato en su nuca,
finalmente habló.
“No lo sé, Rian. Yo…
solo he tenido sexo con usted.”
Vaya.
Florian no pudo evitar
chasquear la lengua ante la sensación de palpitación en su intimidad. Podía
sentir cómo las arrugas de su ano se humedecían. Le resultaba un tanto
vergonzoso estar goteando incluso antes de empezar a hacer nada, así que apretó
aún más su vientre y su esfínter.
“No sé si Rian llora
mucho comparado con otros cuando tiene sexo. Pero, si llorara así en la vida
diaria, se consideraría que llora mucho.”
Ha.
Florian no tuvo más
remedio que suspirar ante el susurro de Sarang contra su piel. La entrepierna
de su pantalón ya estaba tensa. Sarang estaba en la misma situación, lo cual le
producía cierta satisfacción.
“Mmgh.”
Sarang gimió cuando
Florian presionó el bulto del pantalón con la palma de su mano. Florian también
sintió un hormigueo en su propio sexo. Cada vez le resultaba más difícil
mantener la calma. En ese instante, el tenue aroma a higo se extendió como una
niebla.
“Te lo dije, Sarang.”
“Ah, ngh.”
“Recibir tu verga no
sería fácil ni para el Omega más experto. Si no hubiera querido, ni siquiera
habrías podido tocar mi cuerpo.”
Solo con presionar y
frotar el bulto un par de veces, la entrepierna de Sarang se humedeció.
Realmente era un cuerpo que valía la pena tocar.
“Ri…an, se va a mojar
la mano.”
“Qué tarde te das
cuenta.”
Florian sujetó el
cabello de Sarang con la mano que le quedaba libre y tiró de él con suavidad.
Sarang cedió fácilmente, levantando la cabeza para mirar a Florian.
“Después de pasar un
mes entero vertiendo tu semen dentro de mi cuerpo hasta llenarme, y de
empaparme hasta que no quedó un solo rincón que no estuviera pegajoso.”
“Ah.”
“¿No es un poco tarde
para preocuparte por eso ahora?”
Florian tiró más del
cabello de Sarang y unió sus labios a los del joven, que se habían abierto con
un suspiro.
“¿Mmm?”
Antes de sellar el
beso por completo, la lengua de Florian preguntó una vez más, abriéndose paso
entre los dientes firmes como una ola. Inmediatamente, la lengua de Sarang se
entrelazó con la suya. Esa lengua larga, gruesa y caliente —tal como su miembro—
succionaba ahora la de Florian con destreza, rascando y estimulando el paladar
rugoso, obligándolo a tragar saliva repetidamente.
“Hah.”
“Haah.”
Tras devorarse
mutuamente durante un rato, sus labios se separaron, brillantes por la saliva.
Florian lamió los labios de Sarang como si limpiara el rastro con la punta de
su lengua. Luego, succionó suavemente el labio superior e inferior antes de
soltarlo.
“Tengo ganas de chupar
tu verga.”
Al tirar ligeramente
del elástico del pantalón con la punta de sus dedos, el miembro erecto asomó
por el hueco. El glande de Sarang, que soltaba tanto líquido como el propio
Florian, ya estaba empapado. Las gotas de líquido preseminal que fluían por el
conducto habían dejado manchas en el elástico que presionaba el tronco del miembro.
Esas manchas se expandían por segundos.
“¿Sarang no quiere
chupar lo mío?”
“…Quiero.”
“Tienes que decirlo
claramente, Sarang.”
“Quiero… chupar.”
Sarang, cuyo gran
cuerpo temblaba por la excitación, levantó las pestañas con esfuerzo. Sus ojos
negros estaban anegados de calor y humedad. A diferencia de su sexo empapado,
su interior parecía arder de sed; Sarang lamió sus labios resecos con su lengua
roja y gruesa.
“Quiero chupar el
miembro de Rian, y también su agujero.”
Y no solo eso.
“Esas arrugas que
palpitan cuando las beso, y las paredes internas que se retuercen y se pegan
cuando meto la lengua. También aquí, el conducto uretral que suelta una fuente
cuando lo golpeo por encima del ombligo. Todo. Quiero chupar… todo.”
“Mmh.”
La voz de Sarang,
cargada de erotismo, entraba por el pabellón auditivo de Florian como si le
vertiera semen directamente en el oído, dejándolo aturdido.
“Rian.”
“Hah… Sí, Sarang.”
“No pude detenerme
aunque el cuerpo de Rian se estaba quedando en carne viva. Aunque Rian lloraba
y gemía. Froté mi verga por todas partes, en tus axilas, en tu garganta, detrás
de tus rodillas, y eyaculé sobre ti. Soy… un verdadero animal.”
Qué dice este niño,
que parece un cachorro que ni siquiera ha abierto los ojos.
Florian, dándose
cuenta de cómo su propio cuerpo ardía mientras abrazaba a ese
"cachorro", se mordió el labio.
“Fuck.”
Tras soltar un insulto
en voz baja, Florian volvió a apretar la mano que sujetaba el cabello azabache.
“Te he dicho que
puedes hacerme todo eso, Sarang.”
A medida que los dedos
blancos de Florian se hundían en el espeso cabello, la cabeza de Sarang se
echaba hacia atrás. Su garganta gruesa quedó totalmente expuesta.
“Te he dicho que
puedes hacerme lo que quieras.”
Sentenció Florian como
un gruñido, antes de hincar los dientes con fuerza en la nuez de Sarang.
— ¡Goles de Kim
Sarang! ¡Con un remate de volea espectacular pone el marcador 2-1! ¡Kim Sarang,
que anotó el gol de la remontada en el tiempo añadido de la primera parte,
celebra con sus compañeros! ¡Una asistencia y un gol! ¡Viendo su condición, hoy
parece capaz de un hat-trick o incluso un póker! ¡Ah! ¡La cámara enfoca a Sir
Florian en las gradas! ¡Al estar en el palco no se ve con total nitidez, pero
por ese cabello rubio radiante es seguro que se trata de él! Kim Sarang saluda
con ambas manos hacia el palco y sonríe ampliamente. ¡Viendo su racha en esta
pretemporada, parece que nuestro Kim Sarang va a tener una temporada magnífica!
—
“Parece un caballo
salvaje suelto en el campo.”
La princesa Erika, de
pie junto a Florian mientras bebía champán, observaba el campo a través del
gran ventanal con rostro interesado.
“Cielos, ¿sabes lo
mucho que me sorprendí al ver al chico de las fotos? Pensé que finalmente
nuestro pequeño Duque había decidido tomar el camino del libertinaje.”
Añadió que, más allá
de ese cuerpo que se movía como un tirano inteligente en el césped, su rostro
en las fotos era tan limpio y puro que no parecía el de un adulto. Florian
respondió con una sonrisa leve.
“Si fuera ese tipo de
malentendido, Princesa Erika, no sería libertinaje, sino un crimen.”
“Vaya, mi pequeño
jardín, Florian.”
Erika apartó la mirada
brillante de curiosidad del campo para mirar a Florian, sin ocultar su
decepción.
“¿Ya ni siquiera me
llamas por mi apodo?”
“¿Cómo podría ser así,
El?”
“¿Entonces es que ya
eres tan mayor que debes guardar las formalidades?”
“¿Usted cree, El?”
Con un rostro
imperturbable, Florian seguía la corriente a su madrina y princesa; sus ojos,
sin embargo, eran cálidos.
“¿Cómo no iba a
conmocionarse la familia real cuando alguien que parecía que viviría solo toda
su vida, de repente se presenta para ser el tutor de un jovencito?”
“Me da curiosidad
saber qué parte exactamente fue la que más les sorprendió, El.”
Menor de edad,
asiático, de una clase social distinta, un Alfa de padres Betas.
De los elementos que
habían causado revuelo en la corona, el que menos problemas representaba en
realidad era el hecho de que el protegido de Florian fuera menor en su momento.
Florian señaló ese punto con naturalidad y bajó la vista al estadio ante un
repentino aumento en los vítores.
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Dorsal 17. En cuanto
Sarang, vestido con el uniforme negro, tocó el balón, el clamor estalló cargado
de la expectativa y la certeza de que anotaría. Mientras Sarang corría
regateando defensas y esquivando entradas, los gritos crecían en un crescendo
imparable.
Justo antes de recibir
una entrada, Sarang cambió de dirección, pareció detenerse un instante y
disparó desde fuera del área penal. Con un impacto seco que se escuchó con
fuerza, el balón salió disparado directamente hacia la escuadra superior del
poste largo. El portero rival no tuvo tiempo ni de reaccionar. El viejo estadio
retumbó con el delirio de los espectadores ante el gol de la remontada.
“Es vigoroso, supongo
que tiene su encanto criarlo.”
Erika era una persona
amable, generosa y de buen corazón, pero era de sangre real hasta la médula.
Por ello, percibía a Sarang no como el esposo de Florian, sino más bien como
una mascota de compañía. Florian no se molestó en corregir el malentendido de
Erika, quien ni siquiera lo veía como un compañero de celo.
Tanto en la familia
real como la mayoría de los que se enteraron del matrimonio, compartirían el
punto de vista de Erika. De hecho, esa percepción era ventajosa para la
seguridad de Sarang. El significado de "el esposo al que el joven Duque
ama de verdad" y "el esposo que el joven Duque trajo como pareja de
celo" era abismalmente distinto.
Que lo vieran como lo
segundo reducía el nivel de riesgo, especialmente cuando el conflicto con Kaia
aún no se había resuelto. Florian no iba a renunciar a esa ventaja por mano
propia.
“¿Ha recibido el
proyecto?”
“Sí, es espléndido.
Tan brillante que me dan ganas de invertir personalmente.”
“¿Pero?”
“Hmm.”
Erika hizo una pausa
antes de sonreír.
“Llevará al menos
veinte años, ¿crees que vale la pena?”
Revivir una zona
degradada no es algo que ocurra solo por planearlo. Se necesita capital, gente
y, sobre todo, el apoyo de los ciudadanos y un consenso regional. Además, la
ciudad que Florian quería obtener bajo el pretexto del desarrollo regional
incluía la Calle 97. El medio para lograr ese pretexto era el club al que
pertenecía su esposo, Kim Sarang. Eso podría dar pie a muchos malentendidos.
“Floy, como tu madrina
y pariente, no quiero que nadie malinterprete tus buenas intenciones.”
“¿Y como Princesa Real
y presidenta de la Fundación Erika?”
“Como tal, creo que el
proyecto tiene el valor suficiente para soportar la sospecha de que has
utilizado activamente a un chico por puro pragmatismo.”
Erika dejó su copa y
le guiñó un ojo.
“Además, no es del
todo un malentendido, ¿cierto?”
“Vaya. Me duele
profundamente que incluso la Princesa distorsione mi sinceridad.”
“Incluso si lo haces
porque realmente amas a ese chico, podría decirte que es un proyecto lo
suficientemente bueno como para hacer la vista gorda.”
“Supongo que el dilema
es si ser el villano que estafó a un niño ingenuo o el tonto que, cegado por el
amor, no sabe separar lo público de lo privado.”
“Te invitaré al evento
de beneficencia del próximo mes, así que ven. Te enviaré la invitación.”
“Es un honor, mi El.”
Florian besó con gusto
el dorso de la mano que Erika le tendió y sonrió guiñando un ojo. Erika,
sintiendo una repentina nostalgia por ese gesto juguetón propio de un niño,
abrazó con fuerza a su ahijado.
“Sea cual sea tu
verdad, quiero que seas feliz. Mi pequeño jardín, mi hermosa flor. Florian.”
El susurro de Erika,
quien fuera amiga íntima de la difunta Duquesa, era sincero.
“¿Acaso el Palacio de
Verano volverá a ser el juguete de los medios, jefe?”
“El treinta por ciento
de los ingresos del Ducado proviene del turismo, Allen. Cuida tus palabras.”
“Ni que el palacio
secundario de un Duque fuera la gran cosa, comparado con el palacio real.”
Ante la reprimenda de
Bailey, Allen chasqueó la lengua con rostro insatisfecho y se enderezó tras
estar apoyado en el coche. Sarang, recién duchado, salía escoltado por la
seguridad del club. Tras haber patrullado el interior y los alrededores, Allen
soltó un breve silbido desde el estacionamiento.
“Hey, chico.”
Antes de que Allen pudiera
saludarlo, el rostro de Sarang se iluminó al verlo. Parecía haber perdido al
menos tres kilos, pero su sonrisa era tan fresca como la vegetación llena de
vida. Qué clase de Alfa es este… Allen volvió a chascar la lengua y
abrió la puerta trasera del vehículo, que tenía la ventanilla bajada.
“¿Esperaron mucho?”
“¿Cada vez sales más
tarde?”
“Eso parece.”
Sarang se disculpó con
una sonrisa y entró en el coche. En el asiento izquierdo estaba sentado
Florian.
“¿Hola, Sarang?”
“Rian.”
A pesar de haber pasado
horas entregados el uno al otro desde la madrugada hasta la mañana del día
anterior al partido, Sarang se sonrojó levemente y se sentó en el lado derecho.
La distancia entre él y Florian era exactamente el espacio de un asiento vacío.
Florian soltó una risita ante la timidez de Sarang, que le resultaba
refrescante y tierna, y se tocó la mejilla derecha con la punta de los dedos.
“Me gustaría recibir
el resto del saludo, si no es mucha molestia.”
Ante las palabras de
Florian, Sarang soltó una carcajada, deshaciéndose al instante de una tensión y
alerta que ni él mismo había notado. Se inclinó y dejó un beso corto en la
mejilla derecha de Florian.
“Ya estoy de vuelta.”
“Bien. Yo también me
alegro de verte, Sarang.”
Mientras se saludaban,
Bailey, en el asiento delantero, permanecía impasible mirando sus documentos, y
Allen, al volante, frunció el ceño con un pequeño insulto: “Maldita sea”, antes
de pisar el acelerador. Desde que comenzó su accidentada relación profesional,
Allen nunca había envidiado a Miller, pero hoy, envidiaba a su compañero que
iría solo en el coche de atrás.
“No creo que pueda
asistir al próximo partido, Sarang.”
“Está bien, Rian. Con
que haya estado conmigo estos dos días enteros ya soy feliz.”
“¿Has absorbido
suficientes feromonas?”
“Sí, muchísimas.”
Sarang, sentado entre
las piernas de un Florian cómodamente recostado, dejaba pequeños besos en las
arrugas de su ano, todavía muy hinchadas y enrojecidas, antes de levantar la
cabeza con una sonrisa radiante. Florian atrapó a su esposo, que parecía querer
seguir haciendo algo incluso después de haberlo limpiado hasta los muslos, y lo
acostó a su lado.
“Ya basta de eso, ven
a jugar conmigo.”
“Pero dijo que le
dolía el vientre.”
“Bueno.”
Florian pareció
reflexionar un momento antes de responder con una risa ligera.
“¿No crees que mis
órganos internos tengan al menos algún moretón?”
“¿Qué?”
“Tu verga no tiene un
tamaño normal, después de todo.”
Florian frotó sus
labios contra la mejilla del sorprendido Sarang, le dio un brazo como almohada
y se puso de costado.
“Mañana me iré sin
poder despedirme.”
Ya pasaban de las
nueve de la noche.
“Sí, sé que está
ocupado.”
“Dijiste que no te
gustaba despertar solo.”
“Te lo aviso con
antelación para que no te sientas mal.”
“Ah.”
Florian observó a
Sarang, quien de algún modo parecía emocionado, y no pudo evitar reír.
“¿Tanto te gusta que
sea cariñoso?”
Sarang asintió con las
mejillas encendidas. El miembro de Sarang, en contacto con la parte inferior de
Florian, ya había levantado la cabeza y golpeaba suavemente el esbelto muslo de
su esposo.
Sarang terminó de
ducharse y entró en el vestuario. El lugar, antes de que pasara el equipo de
limpieza, estaba sumamente desordenado, reflejando el caos actual del club.
Mientras él atendía la entrevista oficial y grababa algunos contenidos, el
resto de los jugadores ya se habían marchado, pero en el aire aún flotaba esa
energía residual del alboroto previo. Era una sensación similar al cansancio
post-partido.
Terminaba de subirse
los pantalones cuando escuchó un ruido a sus espaldas.
“Oh, Keyring.”
Un empleado del club
que entraba empujando un carrito de limpieza exclamó aquello al ver a Sarang, e
hizo un gesto de disculpa.
“Pensé que ya no
quedaba nadie. Iré a limpiar otra sala primero, tú termina lo tuyo.”
“Está bien, Dima.
Gracias.”
Dima, mientras
retrocedía con el carrito, asomó la cabeza por la puerta y levantó el pulgar.
“Hoy estuviste
increíble, Kim.”
Sarang, que se estaba
poniendo la camiseta, respondió al cumplido con una sonrisa radiante. Tras
terminar la gira por Norteamérica, el equipo regresó directamente a Canton para
enfrentarse al Pink Bunny FC. Aunque era un amistoso, la rivalidad histórica
entre ambos clubes hizo que el ambiente fuera eléctrico.
El largo tiempo de
vuelo y la seguidilla de partidos en intervalos cortos habían sido agotadores,
pero la fatiga de la mayoría de los jugadores —quienes habían viajado
acompañados de sus parejas— era manejable.
Sarang también recibió
una ayuda inestimable gracias a que Florian no dudó en volar para estar con él.
Florian, que llamó a la puerta de su habitación de hotel a las dos de la mañana
antes del primer partido, lo inundó de feromonas hasta que comenzaron los
entrenamientos. Incluso el día de la primera victoria, se encerraron en la
habitación intercambiando sus aromas hasta que el sol asomó al día siguiente.
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‘Dijo que no le
gustaba despertar solo.’
Sarang no esperaba que
Florian recordara un detalle tan pequeño. Incluso si lo recordaba, no creía que
tuviera tiempo para preocuparse por algo así.
‘Te quiero, Sarang.’
La confesión de
Florian, que parecía un sueño, empezaba a sentirse un poco real. Se había
vinculado con Florian —quien vivía en un mundo completamente distinto—, habían
pasado celos, se habían casado y, aun fuera del celo, se entregaban el uno al
otro consumiendo apenas lo mínimo para sobrevivir. Como amantes que temen que
una separación sea definitiva, se buscaban y se poseían con voracidad.
Aunque no fue
definitivo, Florian dejó la habitación del hotel muy temprano en la madrugada.
En lugar de despertar a Sarang, le dejó una breve nota:
En el pequeño trozo de
papel todavía quedaba el rastro de las feromonas de Florian. Sarang, sentado en
la cama con el cabello revuelto, observó la nota durante largo rato antes de
besarla con cuidado. En ese instante, todo le seguía pareciendo un sueño. Si no
fuera por la textura áspera del papel contra sus labios o por el hecho de que
Florian realmente había dejado el mensaje, podría haberlo creído así.
Con la mochila al
hombro, Sarang sacó su teléfono y miró la pantalla hasta que se apagó antes de
salir del vestuario. Parecía que el aire de incertidumbre se respiraba en cada
rincón del club.
Tras terminar la
temporada bajo un mando interino después del despido del anterior técnico, el
club se fijó como prioridad nombrar a un entrenador oficial. Conseguir a
alguien antes de que empezara seriamente la pretemporada era urgente, y el club
se movió más rápido que nunca.
Sin embargo, en una
liga donde los entrenadores escaseaban tanto como los delanteros o defensas de
élite, la oferta era limitada. Hubo rumores sobre tres o cuatro nombres
conocidos, entrenadores campeones en otras ligas o aquellos que habían obrado
milagros salvando a equipos del descenso. Pero las negociaciones se caían o se
rompían una tras otra. Eso había sido antes de que empezara la pretemporada.
Durante el mes de
junio, mientras Sarang pasaba su celo, hubo muchos cambios. El entrenador
interino fue reemplazado por uno que había llevado a un equipo humilde a los
puestos altos de la tabla, y varios jugadores fueron vendidos o comprados.
Faltaba una semana para que cerrara el mercado de fichajes; un tiempo que, en
el fútbol, donde todo cambia en dos horas, resulta eterno.
Incluso hoy, los
pasillos del club bullían con la noticia de que habían intentado “secuestrar”
el fichaje de un jugador de otro equipo que ya tenía un acuerdo verbal.
Negociaciones cerradas o rotas. Intentos de robo de fichajes. En medio de este
vaivén diario, el tema principal era la adquisición total del club.
Se rumoreaba que la
empresa AAC, que ya poseía el 40%, iba a comprar el Rhinoceros FC por completo.
En otras palabras, Florian estaba comprando el club donde jugaba su esposo.
“A este paso, tendrían
que subirte los incentivos, ¿no crees?”
Allen, quien como de
costumbre esperaba a Sarang en el pasillo, siendo él casi siempre el último en
salir, refunfuñó aquello.
“Allen, tengo hambre.”
“¿Te hacen trabajar
tanto que ni te dan de comer?”
Allen exageró su
reacción y revolvió el cabello de Sarang. El joven, acostumbrado ya a ese
gesto, sonrió con dulzura y aceptó la botella de agua que Allen le tendía.
“¿Ya hiciste el baño
de agua fría?”
“Sí, antes de salir.”
Allen ayudó a Sarang a
subir al asiento trasero y luego se sentó al volante, consultando su reloj de
pulsera.
“Si sumamos el masaje
y la cena, el tiempo va a estar muy ajustado.”
Desde que se encargaba
de su seguridad personal, Allen se había aprendido la rutina de Sarang de
memoria. Siete de la mañana despertar, desayuno, trabajo, entrenamiento o
partido, almuerzo y salida, baño de agua fría, masaje, cena, monitoreo de
partidos, descanso y dormir. Hoy, al haber un hueco entre el baño y el masaje,
todo el horario se retrasó. En días así, Sarang solía acortar el monitoreo para
descansar más.
“¿Seguro que esto no
es una superstición?”
“Se lo he dicho,
Allen, no lo es.”
“¿Eres un robot? ¿Cómo
puedes seguir la rutina tan estrictamente?”
“A veces la cambio
según el horario del partido.”
“Eso es solo una
variante de la rutina, te lo he dicho mil veces. ¿O es un trastorno
obsesivo-compulsivo? ¿Tienes algo de eso?”
“No es una
superstición, ni soy un robot, ni tengo un TOC.”
En realidad, Allen era
quien más rasgos obsesivos tenía; una especie de deformación profesional que lo
hacía extremadamente sensible ante terrenos o personas desconocidas.
“En toda mi vida,
nunca había visto a alguien tan disciplinado como tú.”
“¿Nunca?”
“Así es, chico.
Entiendo tu fascinación por ese marido tuyo que finge ser tan recatado, pero lo
que ves no es todo lo que hay.”
Allen miró por el
retrovisor y soltó una risita al ver que Sarang miraba por la ventana, evitando
el tema como si le incomodara hablar de Florian en su ausencia.
“O es extremadamente
perezoso o es un adicto al trabajo demente. O es tan amable que te marea, o es
tan insoportable que te hace rechinar los dientes. Con tu marido no hay puntos
medios. Es algo que cualquiera en su círculo cercano sabe.”
Sarang escuchaba en
silencio, pero su rostro no mostraba ni un ápice de acuerdo. Ya se le caerá la
venda de los ojos. ¡Ja!
Allen soltó una risa
seca y cambió de canal en la radio hasta que finalmente la apagó. En las
noticias mencionaban el nombre de Florian. Un debate sobre si la adquisición
del club por parte de AAC era por beneficio público o privado. El nombre de
Sarang y el del club también salían a relucir. El impecable joven Duque estaba
en la encrucijada de ser un villano o un tonto cegado por el amor.
Por supuesto, Sarang
solo podía intuir esos intereses, no los conocía con exactitud. Sabía que,
aunque lo supiera, no podría hacer nada, así que dejaba que la información
fluyera. Poco a poco, estaba aprendiendo su propia forma de llevar la vida
matrimonial con Florian.
“¿Una fiesta?”
Lisa, la encargada de
la gestión de la mansión, respondió con una sonrisa.
“Sí, Kim. Ha sido
invitado a una fiesta benéfica el próximo día 28.”
Eran las ocho de la
tarde. Sarang, que estaba sentado en el sofá descansando tras terminar todas
sus tareas, preguntó extrañado al recibir a Lisa.
“¿Es una petición de
la agencia?”
“No, Kim. Es una
instrucción del Jefe.”
“Ah.”
Podría habérselo dicho
él mismo. En lugar de sentirse dolido, Sarang se preocupó pensando que debía
estar tan ocupado que ni siquiera podía hacer una llamada, y le ofreció asiento
a Lisa. Aunque ella supervisaba todo lo que ocurría en la mansión, rara vez interrumpía
el descanso de Sarang a esas horas. Eso significaba que era importante.
“Es una fiesta
organizada personalmente por la Princesa Erika y se llevará a cabo en el
Palacio de Beth.”
La Princesa Erika era
una figura célebre a la que Sarang conocía bien. Incluso después de casarse con
Florian, la Princesa seguía pareciéndole alguien tan lejano como el sol.
“¿No será un error?
¿De verdad es una asistencia conjunta?”
Normalmente, Florian
asistía solo a estos eventos y no exponía a Sarang públicamente. No había
ninguna cláusula en su contrato matrimonial que lo obligara a ello.
“Sí, la invitación es
para que asistan como pareja, Kim.”
Sarang no ocultó su
desconcierto, pero pronto ordenó sus pensamientos.
“Hablaré con Rian
sobre esto.”
“Muy bien, confírmelo
después de hablar con él.”
Lisa le entregó una
agenda. El 28 de septiembre. Había una larga lista de preparativos necesarios
antes de asistir a la fiesta.
“Es la primera vez que
saludará formalmente a la Princesa, ¿verdad?”
Solo la había visto de
pasada en los medios. Su boda con Florian se había celebrado a solas, sin
invitados.
“Entonces, cuento con
usted a partir de mañana, Kim.”
Sarang miró a Lisa,
quien parecía dar por hecho que asistiría incluso antes de hablar con Florian,
y sonró con resignación.
“Está bien, Lisa. Yo
también cuento contigo.”
Siendo una invitación
de una figura de la realeza y con el nombre de Sarang impreso en ella, no
asistir sería una falta de respeto considerable.
“Jefe, no tiene buen
semblante. ¿Llamo al doctor?”
Florian, que estaba
concentrado en unos documentos, levantó la vista. Al encontrarse con la mirada
preocupada de Bailey, sentado frente a él, dejó los papeles y apoyó la espalda
en el sofá. El deterioro de su condición física había sido constante desde que
pasó aquellas dos noches con Sarang en Cali.
Los primeros tres o
cuatro días estuvo bien; incluso se sentía ligero de cuerpo y mente. Sin
embargo, a medida que el tiempo lejos de Sarang superaba los cuatro días y
seguía avanzando, su estado comenzó a decaer visiblemente.
La causa era evidente
y no requería un análisis profundo: Kim Sarang. Alfa dominante, compañero de
celo y esposo de Florian. La caída en su bienestar era tan drástica que
resultaba difícil imaginar cómo había vivido antes de él, especialmente
considerando que ni siquiera se habían marcado.
“Octubre, marzo.”
“Sí, Jefe. Pasó su
primer celo con su esposo en octubre del año pasado, y el segundo en marzo de
este año.”
Aquel celo que solía
aparecer sin previo aviso se había presentado cinco meses después de haberlo
pasado una sola vez con Sarang. Por supuesto, no se podía decir que sus
feromonas se hubieran estabilizado por completo, dado que los recuerdos de esos
dos periodos compartidos se habían evaporado.
Aun así, era un
resultado alentador. Tres años después de que apareciera el trastorno de sus
feromonas, Florian podía llevar una vida cercana a la normalidad. Si no se
hubiera acostado con Sarang, o si hacerlo no hubiera surtido efecto, Florian se
encontraría ahora en un estado similar al de un incapacitado legal.
Pero no todo había
mejorado. El siguiente celo seguía siendo impredecible y, si el ciclo
continuaba siendo irregular, la probabilidad de perder la memoria seguía siendo
alta. No obstante, Florian tenía una certeza; una convicción sin base
científica pero firme en su interior de que, si seguía pasando sus celos con
Sarang, sus feromonas volverían a la normalidad.
“¿Son los síntomas
similares a los de ‘aquel’ periodo?”
Con ‘aquel’ periodo se
refería al tiempo en que más sufrió por la anomalía de sus feromonas tras la
aparición de la enfermedad.
“No lo sé.”
Florian pospuso la
respuesta, sumido en sus pensamientos, aunque ya sospechaba la verdad. Dolor en
el bajo vientre, fatiga, siestas frecuentes, un persistente olor a pescado y
náuseas.
Bailey, quien había
hecho la pregunta, pensaba lo mismo. Sin embargo, al ser un asunto que requería
extrema prudencia, no se atrevió a verbalizar sus sospechas.
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Ese dolor leve e
intermitente que sentía cerca del ombligo era una sensación nueva para Florian.
Faltaba una semana para el inicio de la temporada. Ya habían pasado tres
semanas desde que estuvo con Sarang en Cali. Durante ese tiempo, en el que solo
se comunicaron por videollamadas o mensajes, no había mostrado otros síntomas.
“Es un síntoma
diferente a la anomalía de las feromonas.”
Ante ese tono
despreocupado, Bailey guardó silencio mientras analizaba la situación, para luego
insistir.
“¿Llamo… al doctor?
Jefe.”
En realidad, Florian
ya se había realizado una prueba rápida por su cuenta. El significado de las
dos líneas nítidas en el dispositivo era claro. Mientras observaba el test en
su estudio, miles de pensamientos cruzaron su mente y varias emociones lo
sacudieron: duda, desconcierto, sospecha y pesadumbre. Entre todas ellas, no
había alegría. Jamás había deseado ni imaginado tener descendencia.
Lo primero que vino a
su mente tras confirmar el resultado fue el rostro de Sarang. La concepción del
compañero; el embarazo del esposo. No creía que el rostro de Sarang fuera a
desfigurarse por la noticia. Al contrario, estaba seguro de que se sentiría más
conmovido y feliz que el propio Florian. Dado que Sarang había sido su única
pareja sexual en el último año, él era el único que podía haber sembrado esa
semilla en su interior.
‘¿Cuándo y cómo?’
La pregunta era
natural. Sus celos nunca habían coincidido. Por muy dominante que fuera el
Alfa, la probabilidad de embarazo sin un celo compartido era extremadamente
baja. Además, Sarang tomaba anticonceptivos cada vez que pasaba un celo con
Florian. No se sentía seguro solo con el preservativo y, a pesar de los efectos
secundarios, no dejó de medicarse. Lo hacía aun sabiendo que los anticonceptivos
para Omegas tenían muchos menos efectos adversos que los de los Alfas.
‘Cuando me doy cuenta,
el preservativo se ha salido o se ha roto.’
‘Me han recetado el
mejor medicamento y me hago chequeos constantes tras tomarlo.’
‘Si mis niveles cambian
aunque sea un poco o si detectan algún problema, dejaré de tomarlo.’
‘Rian, tú podrías
exponerte a los efectos secundarios.’
No se sabía cómo
afectarían los anticonceptivos a Florian, quien ya tenía problemas con sus
feromonas. Sarang había dicho que no quería correr ese riesgo. Para los de su
clase, escasos en número, el deseo reproductivo era un instinto de
supervivencia. Para un Alfa, en quien ese instinto es mucho más fuerte que en
un Omega, la anticoncepción no era algo demandado ni necesario. Por ello, la
investigación era limitada y los medicamentos estaban en una etapa temprana de
desarrollo.
En cambio, para un
Omega, para quien la concepción y el parto representan una carga física, los
anticonceptivos eran esenciales. Los registros demostraban que la esperanza de
vida disminuía con cada parto. Naturalmente, la oferta y la demanda encajaron,
elevando la calidad de la investigación hasta el punto de que los
anticonceptivos para Omegas casi no tenían efectos secundarios. Por supuesto,
para aquellos a quienes no les importaba si la vida de un Omega se acortaba,
estos medicamentos eran inventos molestos.
Era evidente que
Sarang no pertenecía a esa clase de personas. En lugar de exigirle a su Omega
que tomara anticonceptivos para evitar la concepción, los tomaba él mismo, sin
priorizar la reproducción por encima de la vida de su pareja. Realmente, un
Alfa como Sarang era una rareza.
Ninguno de los Alfas
con los que Florian había pasado sus celos desde que llegó a la mayoría de edad
se había preocupado por la anticoncepción. En parte porque sus celos no
coincidían, y en parte por el cálculo simple y oscuro de que, si por un golpe
de suerte lograban dejar su semilla en Florian, sería una fortuna.
Por aquel entonces,
Florian se aseguraba de tomar anticonceptivos para evitar complicaciones
futuras. El problema fueron los tres años transcurridos desde que enfermó hasta
que empezó a acostarse con Sarang. Aunque los Alfas aceptaban de buena gana
usar protección, era seguro que ninguno la utilizaba realmente. Incluso verlos
tragar una pastilla no era garantía de nada; si un Alfa no quería protegerse,
siempre encontraba la manera.
Sin embargo, Florian
tampoco podía usar anticonceptivos en su situación actual. Tal como Sarang
temía, con una anomalía de feromonas de origen desconocido, no podía
arriesgarse a tomar medicamentos cuyos efectos eran inciertos.
No hubo otra opción
que confiar en las estadísticas. Los registros probaban que la concepción entre
un Alfa y un Omega cuyos celos no coinciden es casi imposible. E incluso si
ocurriera, se decía que ese niño nunca vería la luz.
Por eso, Florian y
Bailey seleccionaban cuidadosamente a Alfas con una tasa de compatibilidad
superior al cuarenta por ciento, que estuvieran dentro de su rango de control y
que tuvieran mucho que perder. Florian, que debía pasar por celos casi todo el
año, nunca repetía con el mismo Alfa por su propia seguridad. Pero a medida que
la lista de Alfas se reducía, sus opciones se limitaban. Fue así como
ocurrieron los dos incidentes de agresión.
Probablemente Bailey,
al comprender la gravedad de la situación de Florian, fue el primero en pensar
en el rostro de Sarang. Tenía la esperanza infundada de que un Alfa con un
noventa y dos por ciento de compatibilidad no solo sería un compañero de celo,
sino que podría aliviar sus síntomas. Tenía la extraña creencia de que ese
chico nunca traicionaría a Florian. Esa esperanza y creencia fueron las que
impulsaron a Bailey, a quien Sarang no solía agradarle, a tomar esa decisión.
“Llámalo. Con
discreción.”
Si la prueba era
positiva, había un noventa y nueve por ciento de probabilidad de que hubiera un
niño. Durante las seis semanas lejos de Sarang, Florian empezó a sentir aquel
dolor sobre el ombligo justo después de tener sexo con él. En la segunda semana
aumentó la fatiga, en la tercera las siestas se volvieron frecuentes, y en la
cuarta y quinta empezó a sentir ese olor a pescado. Las náuseas aparecieron en
la sexta semana.
Florian empezó a
sospechar en la quinta semana. En cuanto tuvo dudas, se hizo la prueba rápida y
confirmó el positivo. Con una probabilidad tan alta de concepción, no había
razón para retrasar más un examen médico oficial.
Cinco de la tarde del
día anterior al inicio de la temporada. El mercado de fichajes de la Premier
League había cerrado. Un nuevo presidente, un nuevo entrenador, un nuevo cuerpo
técnico e incluso nuevos jugadores. Había habido muchos cambios en el
Rhinoceros FC y habría más en el futuro.
El club, ante el
partido inaugural, estaba sumido en una tensión que rayaba en el silencio. Era
como un rinoceronte agazapado, como un tanque antes de la batalla, cargando con
las expectativas y ansiedades de innumerables aficionados.
“¿No estás nervioso?”
Florian, recostado
usando el brazo de Sarang como almohada, recuperaba el aliento mientras miraba
al techo. Estaban en la mansión propiedad del Ducado, la más cercana al club.
Aunque decir "cercana" significaba media hora de viaje en coche. Sin
embargo, cerca del estadio, donde abundaban zonas con poca seguridad como la
Calle 97, no había alojamientos adecuados para los Duques.
“Estoy emocionado.”
Sarang se giró hacia
Florian, y su cabello negro se pegó a su frente sudada. Florian también se giró
hacia él y, con su mano blanca, le apartó el cabello y acarició suavemente su
frente, bronceada por el sol del verano. Para Florian, los cambios en la piel
de Sarang, que mostraban su esfuerzo, siempre eran algo nuevo. Como futbolista,
Sarang era el modelo ideal de alguien que tiene por profesión lo que realmente
ama.
“Parece que has
disfrutado mucho de la pretemporada.”
“¿Se nota tanto?”
“Sí, mucho. Eres muy
honesto con tus emociones, Sarang.”
Ante esas palabras que
sugerían que no era bueno ocultando lo que sentía, Sarang no se molestó; en
cambio, soltó una risa desprotegida.
“Debo de parecerme
mucho a Colin.”
Florian observó a
Sarang, quien mencionaba el nombre de Colin con naturalidad frente a él, y
recorrió con la mirada la cicatriz en la parte posterior de su hombro derecho.
Sarang, reaccionando con sensibilidad, encogió un poco el hombro. En el lugar
donde los tacos de un botín le habían desgarrado la piel, quedaba una marca
tenue de los puntos.
Sarang decía que era
una herida de la que no recordaba ni cuándo se la hizo ni que todavía estaba
allí. La mayoría de las cicatrices en su cuerpo eran así. Para él, que había
vivido prácticamente en un campo de batalla desde niño, eran como un rincón más
de su vida diaria. Como las marcas de altura que cambian cada año en el marco
de la puerta de una casa vieja; eran signos de crecimiento y, al mismo tiempo,
medallas de honor.
“¿Realmente no me
guardas rencor?”
“No, Rian.”
Mientras preparaba el
documental de Colin, e incluso antes de su emisión, Florian no había mencionado
ni una palabra. Fue una acción que mezclaba el deseo de que el documental no
tuviera que usarse y la esperanza de que Sarang se enterara lo más tarde posible.
Había una gran diferencia entre descubrir una verdad dolorosa en medio de una
tormenta o hacerlo cuando la tempestad ya había pasado.
Sobre todo, Florian no
quería que Sarang lo supiera todo sobre Colin. Prefería que lo recordara como
el Colin del documental, en lugar de saber que su amado padre adoptivo se había
vendido y se había sometido a constantes juicios por su bien.
Tras salir del Palacio
de Verano, Sarang leyó tanto el contenido del documental que se había hecho
público como los rumores sensacionalistas que circulaban. Como si intuyera los
deseos de Florian, le preguntó:
‘¿Es cierto lo que
dice el documental?’
‘Sí, Sarang. Es
cierto.’
Florian mintió sin
vacilar un segundo. Ocultó la verdad mientras sostenía la mirada límpida y
transparente de Sarang.
‘Te creo, Rian.’
Esa fue la respuesta a
la pregunta que Florian le había hecho antes de entrar al palacio.
‘Yo confío en Rian.’
No era una confianza
ciega en sus palabras; era más como creer que una piedra del camino es una joya
solo porque Florian lo decía. Era una fe volcada hacia la persona, no hacia el
discurso. Era la actitud de alguien que comprende que, incluso si él mentía u
ocultaba la verdad, al final lo hacía por su bien.
Florian pudo
vislumbrar la profundidad de los sentimientos de Sarang en ese gesto. Era
asombroso. ¿Cómo podía alguien ser tan ciego en su entrega? Por otro lado, le
resultaba algo precioso. Sabía bien que un afecto así no se consigue
fácilmente, pero se pierde con rapidez, y que muchos pasan toda una vida sin
experimentarlo.
“Tal vez hoy podría
ver a Rian... lo esperaba un poquito.”
Si hubiera sido el
Sarang de antes, aunque lo hubiera esperado, no lo habría dicho en voz alta, o
ni siquiera se habría permitido ilusionarse.
“Pero me dio mucho
gusto y alegría que Rian realmente abriera esa puerta y entrara.”
“Si hubiera sabido que
te alegrarías tanto, habría venido ayer, no, incluso unos días antes.”
“Rian ya lo sabía.”
“¿Qué se supone que
sabía yo, Sarang?”
“Sabía que me pondría
inmensamente feliz.”
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Mientras Florian lo
observaba intentando leer las implicaciones en esa voz suave y cálida como la
lana, unos labios rojos se posaron sobre sus párpados. Florian entrecerró los
ojos ante el contacto de la carne tibia, y una voz pausada fluyó de nuevo cerca
de su oído.
“Por eso cumplió con
su apretada agenda de forma sobrehumana, solo para liberar este día y venir a
verme.”
“……”
Florian se quedó sin
palabras por un instante, y los cálidos labios descendieron esta vez sobre el
puente de su nariz.
“Te quiero, Rian.”
Había un rastro de
risa en esos ojos negros que brillaban más que cualquier joya del mundo.
“De verdad, de verdad
te quiero.”
De pronto, una
comprensión cruzó la mente de Florian.
‘Sarang no puede
pronunciar la palabra amor en voz alta, ni en la realidad ni en los sueños.’
“Gracias, Sarang.”
“¿Eh?”
“Gracias por abrirme
tu corazón y mostrármelo.”
“……”
“Sé muy bien lo
difícil que es dejar entrar a alguien en tu vida sabiendo que podrías no ser
correspondido.”
Esta vez fue Florian
quien besó la mejilla de Sarang.
“Te quiero, Sarang. Yo
también te quiero mucho.”
Al ver la brillante
sonrisa extenderse por el rostro de Sarang y sus mejillas encenderse, Florian
experimentó una emoción maravillosa e indescriptible. No podía apartar la vista
de él.
“No voy a tener al
niño.”
“……”
“Confío en que Sarang
también estará de acuerdo.”
A tres meses de su
divorcio, estaban sentados uno frente al otro en la terraza en penumbra, con
una mesa de metal de por medio. Aunque faltaba mucho para el atardecer, el
cielo nublado estaba lleno de oscuros nubarrones.
“Nos vemos en el
estadio, Sarang.”
Sarang, calzado con
unas zapatillas ligeras de running que llevaban el logo del patrocinador en el
uniforme del club, se colgó la mochila al hombro. Con el cabello peinado hacia
atrás con firmeza, algo inusual en él, sus facciones resaltaban con claridad;
lucía gallardo.
Frente a él, Florian
vestía de forma más formal. Llevaba su traje habitual, que solo cambiaba de
color y diseño como si fuera un uniforme, pero esta vez con un pañuelo de
bolsillo del color representativo del Rhinoceros FC. Ese azul persa, más
profundo que sus propios ojos, le sentaba de maravilla.
“No te lesiones.”
“Sí.”
“Espero que sea un
partido del que no te arrepientas.”
Con esa última
bendición, Florian levantó ligeramente la barbilla y Sarang, bajando la cabeza
por instinto, lo besó. Fue un beso ligero pero cálido, cargado de un apoyo y
aliento que superaba cualquier palabra.
“Me hace muy feliz
empezar la temporada con Rian.”
En lugar de darle las
gracias, Sarang lo abrazó con fuerza antes de retroceder con una sonrisa. Sus
pómulos elevados dibujaron unos hoyuelos adorables.
“Se te va a hacer
tarde. No pensarás llegar tarde el primer día.”
“No, Rian. Nos vemos
luego.”
Caminando hacia atrás
mientras saludaba levemente con la mano, Sarang abrió la puerta principal y
salió.
No es que hubiera
estado con él toda la pretemporada; solo habían pasado juntos la víspera del
inicio, algo que cualquier pareja de un deportista haría, pero Sarang sonreía
como si tuviera el mundo a sus pies. Al ver ese rostro impecable y radiante,
parecía que la avidez y el deseo que mostraba sin reservas durante el celo y en
la cama hubieran desaparecido sin dejar rastro.
‘Parece estar entre la
sexta y séptima semana, Jefe.’
La pequeña vida que se
asentaba en el vientre de Florian era el rastro dejado por esa avidez y deseo.
‘¿Ha tomado… una
decisión?’
La actitud cautelosa
del doctor tenía una razón de ser. Era una cuestión de linaje y castas. No era
arriesgado suponer que casi ningún pariente vería con buenos ojos a un
descendiente de un Alfa dominante cuyos padres eran Betas. Ellos no creían que
Florian se hubiera casado con Sarang por amor sincero.
Una compatibilidad del
noventa y dos por ciento. Lo habrían aceptado y comprendido como una estrategia
para asegurar esa ventaja. Por supuesto, no era obligatorio tener descendencia
solo con el esposo. Los métodos para obtener un heredero sin tacha eran muy
tradicionales, pragmáticos y efectivos. Florian, que se convertiría en el
futuro Duque Dietrich, solo tenía que mantener a su esposo imperfecto y tomar una
amante perfecta para engendrar a su heredero.
A Florian no le
molestaban esos malentendidos y conjeturas. En aquel entonces, no tenía motivos
para que así fuera. Es más, él mismo fue quien indujo esas miradas y las
fomentó sutilmente para crear la situación actual. Todo para poder divorciarse
de la manera más natural posible.
“……”
La noche anterior,
mientras se entregaba a Sarang, Florian sintió un dolor punzante en su vientre.
A diferencia de los Betas, era beneficioso para los de su casta mantener relaciones
frecuentes tras la concepción. Era el efecto positivo de las feromonas. El
doctor, comentando que esos dolores leves eran comunes en primerizos de su
casta, recomendó encuentros más frecuentes con su Alfa, aunque se mostró
precavido.
El embarazo de Florian
no era algo que pudiera recibir bendiciones sin más. Lo que incluso el doctor,
sin compartir una gota de sangre, celebraba en su fuero interno, era seguro que
los verdaderos parientes de Florian no lo harían.
Sin embargo, lo más
importante y lo que ponía nervioso al doctor era la decisión de Florian. Aborto
o parto. La elección era de Florian. El doctor probablemente no era consciente,
pero en su subconsciente, Sarang era alguien que no tenía ni el uno por ciento
de derecho sobre la decisión de Florian. Y no era solo por una cuestión legal;
el médico tampoco consideraba a Sarang como un verdadero esposo.
‘Hay más cosas que
corregir de lo que pensaba.’
Florian, que sin darse
cuenta le hablaba a esa vida que apenas era más pequeña que un punto, soltó una
risa seca. Estaba haciendo tonterías. No, el resultado mismo de la concepción
era territorio desconocido para él. En su vida, palabras como embarazo o
matrimonio no eran más que vocablos que jamás serían escritos. Pero Sarang lo
había cambiado todo. Sarang había transformado a ese Florian que era amable
pero carente de expectativas con los demás, y que vivía una vida diligente pero
sumida en el tedio.
Apartando la vista de
su vientre, todavía plano y sin rastro de la nueva vida, Florian volvió a
imaginar la reacción de Sarang. No podía visualizar otra cosa que su rostro
sonriendo de felicidad. Tal vez lloraría de la emoción. Desde el momento en que
sospechó de su embarazo, solo había una respuesta en las opciones de Florian.
‘El hijo de Sarang.’
Un niño que nacería de
la mezcla de la carne y la sangre de Sarang con las suyas propias.
De pronto, Florian
sintió que la sangre le hervía ante un deseo de posesión que brotaba con
fuerza.
La primera jornada,
disputada en el estadio del Rhinoceros FC, terminó con una contundente victoria
por 3:0. Sarang, que participó en los tres goles con una jugada clave, una
asistencia y un tanto propio, fue elegido como el Jugador del Partido.
Tras celebrar con sus
compañeros bajo el fervoroso clamor de la afición local, lo que le esperaba a
Sarang era el control antidopaje. Aunque se trataba de un sorteo aleatorio,
parecía cualquier cosa menos eso; Sarang tuvo que abandonar el campo en cuanto
sonó el silbato final.
“Siento como si me
hubiera quedado sin una gota de agua.”
“Corrió durante 112
minutos, es normal que se sienta así. Pero aun así, debe cumplir con su deber.”
“Yo también quiero
terminar rápido.”
“¿De verdad cree que
no puede?”
“No, oficial.”
“Entonces, siéntese
aquí un momento.”
El oficial, que no
pudo evitar reír ante la actitud natural de Sarang mientras este expresaba su
dificultad con rostro compungido, le permitió un breve descanso. Aunque, por
supuesto, no era un descanso total.
“Beba un poco más de
agua.”
“Ya me ha hecho beber
un litro entero.”
“¿Qué quiere que haga?
Yo tengo tiempo de sobra, pero usted no, ¿verdad, Kim?”
La imagen de Lord
Florian Dietrich, esposo del delantero estrella del Rhinoceros FC, Kim Sarang,
observando el primer partido de la temporada desde el palco VIP, fue
transmitida en vivo a todo el mundo. Charlie, el oficial de control presente,
también pudo verlo a través de las pantallas gigantes. Había muchos rumores
malintencionados sobre si eran una pareja de escaparate o si se trataba de un
matrimonio por contrato, pero a juzgar por cómo asistía no solo a los partidos
importantes, sino a todos los encuentros posibles de Sarang, no parecían otra
cosa que una pareja de tórtolos.
“Ya han pasado más de
tres horas desde que terminó el partido. Y ya llevamos más de una hora lidiando
con esto usted y yo. ¿Podría considerarse un buen esposo si lo hace esperar
tanto tiempo?”
Sarang, que había
captado las intenciones de Charlie desde el principio pero fingía no darse
cuenta, finalmente habló con un gesto de aprieto. Su tono era cercano pero
educado.
“No es necesario que
se preocupe por Rian, Charlie.”
“¿Me está diciendo que
ni siquiera quiere confiarle la preocupación por su esposo a un extraño?”
“Bueno, también es
eso, pero es que quedamos en vernos directamente en casa.”
“Oh.”
Como si esa respuesta
no fuera la que esperaba, Charlie se mostró algo sorprendido mientras le
ofrecía otra botella de agua de 500 ml. Sarang, que no tuvo más remedio que
vaciarla también, estaba en un estado de deshidratación tal que ni siquiera
sudaba. A pesar de estar en pleno verano, sentía frío, por lo que llevaba
puesto el abrigo del club encima de su chaqueta de entrenamiento mientras
terminaba el último sorbo.
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“Es usted un oficial
despiadado.”
“Demasiados halagos,
Kim.”
Sarang tiró la botella
vacía a la papelera y se quitó el abrigo y la chaqueta, revelando su uniforme
de manga corta. Una vez más, de pie frente al inodoro, bajó completamente sus
pantalones y levantó su camiseta para orinar. Ni Charlie, que observaba
atentamente a su lado para la recolección de la muestra, ni Sarang se sentían
cohibidos o incómodos. Ambos tenían demasiada experiencia para eso.
“Vaya, por fin.”
“Buen trabajo,
jugador.”
Charlie, aplaudiendo
con una actitud que mezclaba la exageración y la broma para felicitarlo
sinceramente, realizó la prueba rápida con la muestra recolectada y guardó
minuciosamente el equipo restante en su maletín. Era el procedimiento estándar
en caso de que fuera necesario un segundo análisis.
“Hoy también está
limpio, Kim.”
“Usted también ha
trabajado duro hoy, oficial.”
Tras completar la
serie de procedimientos con bastante naturalidad, ambos se felicitaron
mutuamente por el esfuerzo.
“Jugador, sé que está cansado,
pero ¿podríamos tomarnos una foto?”
“Claro que sí,
Charlie. Las que quiera.”
Sarang, ataviado de
nuevo con su chaqueta y su abrigo mientras temblaba de frío, sonrió
ampliamente. Para entrar en el mismo encuadre que Charlie, que era mucho más
bajo que él, Sarang dobló las rodillas casi a la mitad y, tras recibir el
permiso, tomó el teléfono del oficial.
“Uno, dos, tres.”
“Uno, dos, tres.”
“Uno, dos, tres.”
“Uno, dos, tres,
¡Cornudos!*”
Tras tomar varias
fotos de esa manera, Sarang le devolvió el teléfono con cuidado.
“¿Va a levantar el
trofeo de campeón esta temporada?”
Ante la pregunta de
Charlie, quien levantó el pulgar hacia Sarang tras su increíble actuación en la
primera jornada, la respuesta de este, mientras guiñaba un ojo, fue puramente
profesional.
“Sí, mi objetivo
siempre es el campeonato.”
“Ah, qué aburrido.”
Aun diciendo eso,
Charlie no ocultó su sonrisa mientras caminaba delante de él.
“Entonces, nos vemos
la próxima, Kim.”
“En este lugar no, por
favor.”
Ante ese ruego
ferviente, las risas de Charlie se escucharon hasta fuera del baño.
Tras despedirse de
Sarang y terminar con los preparativos finales, Charlie se detuvo en seco
mientras se dirigía al aparcamiento.
‘Había dicho que se
verían en casa.’
Eran pasadas las siete
de la tarde. El aparcamiento estaba tranquilo, con la mayoría de los coches ya
fuera, por lo que Sarang destacaba especialmente de pie frente a un sedán. Ya
se había duchado y llevaba puesto el uniforme del club con su abrigo bien
cerrado y la mochila a la espalda. Bajo el perezoso atardecer que empezaba a
caer, la imagen de Sarang sonriendo radiantemente era refrescante. Frente a él,
por supuesto, estaba Lord Florian Dietrich.
Al ver a Lord Florian
Dietrich esperando a su esposo durante casi cuatro horas después del partido, y
a Sarang sonriendo con tanta felicidad frente a él, no se podía decir otra cosa
sino que eran un matrimonio unido por un hilo de seda.
Nueve horas antes.
El interior del
estadio local, ante el primer partido de la temporada, era un hervidero de
empleados moviéndose apresuradamente. Caminando por el viejo pasillo donde la
historia del club estaba plasmada en fotografías, Allen se detuvo frente al
vestuario y, en lugar del cigarrillo que por hábito estuvo a punto de sacar, se
metió un caramelo en la boca.
La puerta del
vestuario, por donde entraba y salía constantemente el personal encargado de
organizar el equipo, limpiar y preparar todo, estaba abierta de par en par.
Ningún empleado echó ni miró con sospecha a Allen, que mataba el tiempo allí de
pie; no era extraño ver al guardaespaldas personal de Sarang rondando las
instalaciones del club.
Como suele hacer quien
pasa tiempo a solas, Allen no miraba su teléfono ni manipulaba su tableta con
rapidez; simplemente esperaba apoyado con pereza, con un aire algo indiferente.
Del viejo techo, que a pesar de las constantes reparaciones siempre tenía
goteras, caían gruesas gotas de agua sin tregua.
“¡Steve! ¡Primero
aquí!”
Alguien gritó que
limpiaran el agua acumulada en el suelo del pasillo. Siguió un regaño
advirtiendo que sería un desastre si algún jugador pasaba, resbalaba y se
lesionaba. En un lado, un obrero subido a una escalera estaba en plena
reparación del techo. Con la cámara de seguridad instalada en esa esquina —la
que apuntaba directamente a la puerta del vestuario— como punta de lanza, se
habían colocado cámaras por todo el club, eliminando los puntos ciegos.
Habían instalado
aquellas cámaras de última tecnología, que no encajaban con el viejo techo ni
el pasillo, hacía dos meses, en junio, justo antes de que empezara el calor
intenso. Era un hecho que nadie excepto Florian conocía, pero coincidía
exactamente con el periodo en que él había tenido cierto sueño. También
coincidía con el momento en que Allen empezó a merodear por el vestuario antes
y después de la llegada de Sarang al trabajo.
“¡Ay, este estadio!
¡No hay un rincón que esté bien!”
“Dicen que la
antigüedad de un estadio es proporcional a la historia de su club. Je, je.”
“Ahora que tenemos un
dueño con dinero, ¡mi único deseo sería que cambiaran este edificio odioso por
completo!”
Allen, que escuchaba
de pasada la conversación entre los obreros y empleados, de pronto agudizó la
mirada.
Un hombre con gorra de
béisbol negra, piel oscurecida por el sol y una complexión extremadamente
delgada entró al vestuario con la cabeza baja. O mejor dicho, antes de entrar,
fue interceptado por la mano de Allen.
“¿Qué... qué pasa?”
El hombre, asustado de
antemano, alzó la voz mientras se giraba para mirar a Allen, quien le apretaba
la muñeca, y buscaba a alguien a su alrededor. En aquel pasillo ruidoso y
caótico, lleno de gente, nadie les prestaba atención. Sin importarle la
reacción del sujeto, Allen tiró con fuerza de la credencial que colgaba del
cuello del hombre y verificó el rostro bajo la gorra. El departamento indicado
en la burda credencial falsa era el de mantenimiento de equipo. Sin embargo, el
rostro que Allen vio no pertenecía al equipo de mantenimiento, ni a ningún otro
departamento que él hubiera visto antes.
‘Especialmente durante
el descanso. No, vigila si hay movimientos sospechosos antes y después del
partido.’
La intuición de
Florian, el jefe de Allen, no falló, como de costumbre.
‘Gorra de béisbol,
piel oscurecida por el sol, complexión delgada, credencial burda.’
Era un misterio cómo
había obtenido pistas tan detalladas, pero gracias a ellas, Allen pudo capturar
sin dificultad a la rata que se había colado en el estadio.
—Es un indigente. Dijo
que le dieron diez libras por hacer lo que le ordenaron.
“¿Y las cámaras de
seguridad cercanas?”
—Hay una en la entrada
de la tienda de enfrente, pero la calidad es pésima. El sujeto estaba en lo
profundo del callejón, así que no se ve ni su silueta, solo se confirma la
presencia del indigente. Está tan drogado que ni siquiera recuerda bien la cara
del tipo que le dio el termo.
Florian, que estaba
sentado en la terraza mirando el cielo nublado, se dio la vuelta. Sarang, tras
haberse duchado, cruzaba la sala con dos tazas de té en las manos.
—Los componentes
encontrados en la bebida son, efectivamente, sustancias prohibidas, y el
objetivo era el Chico. Con lo de la descripción física y todo... Jefe, ¿acaso
te salieron superpoderes sin que yo lo supiera?
“Algo parecido.”
—Bueno, es cierto que
la seguridad del estadio es de nivel de primaria. El personal de seguridad está
lleno de puros aficionados.
Allen seguía soltando
quejas sin esperar la respuesta de Florian, hasta que cambió de tema.
—Yo me encargo de
esto.
“Consigue algo de
información.”
—Entendido.
Tras la voz de Allen
respondiendo con desgana, Florian miró hacia la puerta que se abría.
“Es té negro.”
“Huele muy bien. ¿Será
porque lo preparó Sarang?”
“……”
Debido a que Florian
soltaba frases audaces con total naturalidad, Sarang tardó un instante en
reaccionar y se quedó inmóvil. Mientras permanecía allí, sin saber cómo
responder, unos brazos largos lo rodearon por la cintura.
“Tienes el cuerpo
frío.”
Florian tomó las tazas
de las manos de Sarang una a una, las dejó sobre la mesa y echó la cabeza hacia
atrás con una sonrisa. Su destreza para sentar a Sarang, que vestía solo una
camiseta de manga larga y pantalones cortos, sobre sus muslos fue sumamente
natural. Sin importar cuán experto fuera Florian, Sarang acomodó su postura y
rodeó sus hombros con un brazo por miedo a incomodarlo.
“Las piernas no me dan
tanto frío.”
Aunque estaban en la
segunda semana de agosto, debido al clima inestable, los días despejados eran
escasos en el norte del cantón. Aun así, no era una temperatura para sentir
frío, pero los muslos de Sarang estaban helados.
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“¿Sarang siente el
frío por partes?”
“Mmm... eso parece.”
Sarang asintió ante una
pregunta en la que nunca había pensado, y Florian cubrió sus muslos con un
cárdigan color trigo. Tras cederle la prenda que estaba colgada en una silla
vacía, Florian acarició ligeramente la camiseta de manga larga de Sarang, que
era bastante gruesa para ser ropa de verano.
Incluso al dormir,
Sarang se aferraba con fuerza a la manta. Si no era la manta, era la almohada,
y otros días era el propio Florian. Ahora que pasaban más noches en la
habitación central que en sus propios cuartos, había días en los que
simplemente dormían abrazados sin tener contacto sexual profundo.
Sarang, que se había
dejado llevar dócilmente por Florian y compartido unas palabras, bajó de sus
muslos. Florian soltó su cintura con renuencia mientras él se sentaba a su
lado, pero su mirada seguía fija en su esposo.
“¿Cuándo piensas
preguntarme por la invitación?”
“Ah.”
La invitación que le
había entregado Lisa.
La fiesta benéfica
organizada por la Princesa Erika requería la asistencia en pareja. Como Florian
no había dicho nada después de la visita de Lisa, Sarang lo había olvidado. El
día que entregó la invitación, Lisa tomó todas las medidas de Sarang de pies a
cabeza. Confiada en su sentido estético, se marchó cortésmente sin decir nada
más que esperara el resultado.
Después de eso, volvía
de vez en cuando para tomar medidas adicionales, pero no era algo inusual. Como
a menudo tenía que usar trajes a medida para eventos del club o entregas de
premios, no lo relacionó directamente con la fiesta benéfica.
‘Así que la asistencia
a la fiesta seguía en pie.’
“¿Vamos juntos?”
“¿Acaso pensabas
enviarme solo?”
“Como Rian no dijo
nada, pensé que no asistiríamos.”
“Ya veo, fui
descuidado. Lo siento.”
“No lo dije con esa
intención.”
Florian le dedicó una
mirada cálida mientras Sarang le pedía que no se disculpara. Atrajo la mano de
Sarang, que jugueteaba con la taza, y besó el dorso con una sonrisa traviesa,
como la de un niño.
“Gracias, Sarang.”
“Oh.”
Sarang entrelazó sus
dedos con los de Florian, quien lo miraba con curiosidad ante su pequeña
exclamación, y susurró:
“Solo tienes que
abrazarme.”
“Ah.”
‘Cuando estés
realmente agradecido, basta con que me sonrías sin decir nada, Sarang.’
‘Solo tienes que abrazarme
fuerte y decirme que lo sientes.’
Recordando aquella
conversación que tuvieron hace tiempo, Florian sonrió con comodidad y abrazó a
Sarang con fuerza.
“Siento hacer siempre
las cosas a mi manera, Sarang.”
Sarang hundió la punta
de su nariz en el hombro de Florian como aceptando las disculpas, acurrucándose
más contra él.
“Y gracias por confiar
siempre en mí.”
“Para mí, eso no es
nada, Rian.”
“La fe y la confianza
que me das no son algo ligero. Es un sentimiento que no se tiene ni se entrega
fácilmente.”
“Rian solo hace cosas
buenas por mí.”
Florian se quedó
paralizado ante la voz baja que fluía cerca de su oreja.
“Sé que hay muchas
cosas que Rian tiene que soportar por mi culpa. Aun así, no te olvidas de mí y
siempre me proteges.”
Los labios de Sarang
rozaban casi el cuello de Florian mientras decía que esos sentimientos eran
naturales para él. Florian sintió que su corazón se volvía pesado de repente.
En lugar de suspirar, giró la cabeza y besó la mejilla de Sarang.
“Sarang también vino a
mí sacrificando su carrera.”
“Rian...”
“Te perdiste cuatro
partidos por mi celo y no diste ninguna excusa.”
Los labios de Florian
se deslizaron mientras sostenía la mejilla de Sarang, que se había enfriado.
“Sé muy bien lo que
eso significa para un jugador profesional, especialmente para alguien que ama
tanto su trabajo como tú.”
“……”
Sarang estaba bien.
Aunque nadie lo supiera ni lo entendiera, fue una decisión que tomó porque él
quiso. Por eso estaba bien. O eso creía. Pero al ver que Florian lo entendía y
lo reconocía, sus ojos se humedecieron de repente. Parecía que aún no había
crecido del todo.
“Rian.”
“Dime, Sarang.”
“Te quiero.”
“……”
“De verdad, de verdad
te quiero.”
La sinceridad de
Sarang fluyó entre sus labios unidos. Florian dudó. Al final, respondió con una
sonrisa:
“Sí, Sarang. Yo
también te quiero mucho.”
Para pronunciar la
palabra amor, todavía todo era demasiado incierto.
[Charla] Dicen que van
a construir un estadio nuevo
Rhinoceros
13 comentarios
Anónimo 1: ¿Eh? ¿En
serio?
Anónimo 2: Acabo de
ver las noticias. Salió en BMC.
Anónimo 3: Dicen que
aún no está confirmado.
Anónimo 4: El norte de
Cantón es un caos.
Anónimo 5: Valieron la
pena mis rezos para que dejara de estar tan viejo. T_T
Anónimo 6: Un estadio
nuevo no es fácil. Se necesita permiso de la ciudad y aprobación de los
vecinos. ¿De dónde sacan el dinero?
[Charla] Pero la
verdad es que los Rinocerontes sí necesitan uno nuevo...
Cuando llueve hay
goteras en el techo... el césped no drena y parece waterpolo... y sobre todo,
la capacidad es muy poca...
Nuestra Cereza2)
necesita una transformación total.
14 comentarios
Anónimo 1: ¿De qué año
es?
Anónimo 2: ¿Dónde lo
van a construir? ¿Derrumban el Cherry y levantan otro?
Anónimo 3: Aunque esté
viejo, le tengo cariño...
Anónimo 4: ¿Harán
evento de despedida para el Rhinoceros...?
Anónimo 5: Ojalá
cambien la ubicación.
“Buenos días,
Key-ring.”
“Buenos días, Sandra.”
Sarang, que acababa de
entrar al vestíbulo, vio a Sandra cargando una cámara pesada y la saludó con la
mano.
“¿Me dejas ver tu
fondo de pantalla?”
“¿Mi teléfono?”
“Sí, el fondo de tu
teléfono.”
“¿Qué estás grabando?”
“Regalos para los
fans. Lo voy a subir a redes sociales.”
“Estás trabajando.”
“¿Por favor?”
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Sarang entrecerró los
ojos y giró el teléfono hacia atrás como si no fuera a enseñárselo, pero luego
le mostró rápidamente la pantalla.
“¡Wow! Qué chico tan
dulce.”
“Jaja.”
Sarang pasó de largo
riendo; en el fondo de pantalla de su teléfono estaba Florian.
“¿A qué se debe esto?
Tú, que eres un ermitaño”.
“Vi algo que me gustó,
pero no se puede comprar en línea”.
Era inusual que Sarang
saliera por motivos ajenos a su agenda oficial o a los entrenamientos del club,
ya que casi nunca abandonaba su hogar.
“Vaya, Chico.
¿Finalmente has descubierto el placer de gastar dinero?”
“Sí, voy a cometer un
pequeño exceso en la Calle 17”.
Ubicada en el centro
de la ciudad de Cantón, la Calle 17 era la meca de las compras, repleta de
marcas de lujo y boutiques de diseño independiente. Ante la declaración
sorpresa de Sarang, quien normalmente preferiría patear un balón una vez más
antes que ir de compras, Allen reaccionó de forma exagerada.
Sarang, ya muy
acostumbrado a las burlas de Allen, respondió con la misma naturalidad y subió
al asiento trasero. Gracias a que Allen no permitía que nadie se acercara al
asiento del copiloto alegando que le estorbaba al conducir, la parte trasera
siempre era territorio de Sarang. Aunque en realidad se debía a protocolos de
seguridad, la excusa de que le estorbaba probablemente no era del todo mentira.
“¿Quién es?”
“¿Perdón?”
“Por más que lo
piense, no hay nadie en tu círculo que cumpla años, que haya ascendido, que se
retire o que necesite una felicitación”.
“¿No se le ocurre que
podría ser para mí?”
“¿Un mocoso que solo
usa lo que le regala su jefe o lo que le llega por patrocinio? No me hagas
reír”.
Allen reconocía el
asombroso progreso de Sarang, quien al principio parecía un pingüino mal
desarrollado y ahora, incluso sin la ayuda de Lisa o Moore, sabía cómo
arreglarse bastante bien. Sin embargo, Allen seguía sin poder estar de acuerdo
con el sentido de la moda de Sarang y a menudo fruncía el ceño al descubrir los
artículos que le enviaban por patrocinio.
“¿Por qué deja fuera
el uniforme del club?”
“Tienes razón, el
uniforme es lo que mejor te queda”.
Sarang, que al igual
que Allen no compartía el sentido de la moda del otro, asintió y respondió:
“Es verdad, a Allen
también lo que mejor le queda es la ropa de trabajo”.
“¿Ah, sí?”
Mientras Allen se sentía
interiormente orgulloso de ver cómo Sarang se adaptaba poco a poco a su entorno
y situación, bromeando incluso con él, de repente frunció el entrecejo. En el
espejo retrovisor, Sarang le lanzó un guiño travieso.
“El alcalde ha
confirmado su intención de asistir, Jefe”.
“¿Algo más?”
“Puso como excusa al
ayuntamiento. Dijo que no puede presionar por su cuenta sin una aprobación
previa”.
“Ya veo. Al menos
tiene que fingir que cuida las formas”.
Florian, que no
reaccionó con sorpresa por ser algo previsto, entró en la oficina mientras se
quitaba la chaqueta. El cielo de mediados de septiembre solía estar nublado y
el aire era fresco. Era la temporada en la que las transmisiones mostraban
constantemente a los jugadores corriendo bajo la lluvia sobre el césped.
“El equipo legal ha
confirmado que no es necesario enmendar las leyes municipales. La sociedad
civil también parece acoger la idea. Parece que la creación de la escuela
adjunta y la vinculación con la fundación fueron de gran ayuda para
convencerlos, Jefe”.
A pesar de que Florian
proponía ideas de negocios desde cero y lograba convencer a sus oponentes
mediante medios legales con éxito rotundo, no se percibía en él ni pasión ni
entusiasmo. Por supuesto, esa actitud no era nueva; Florian no solía tener
altibajos emocionales y era, por lo general, una persona racional.
“El doctor vendrá en
diez minutos”.
“Quédate en la
reunión. Tú también debes saberlo”.
La visita del doctor y
el hecho de que el propio Bailey debiera estar presente. Esa combinación, por
más que se analizara, no podía traer nada positivo. El rostro de Bailey se
tensó mientras intentaba ocultar su creciente preocupación. Florian, terminando
de quitarse la chaqueta de su traje, entró tras el escritorio y se quedó
mirando la mesa. Al final de su mirada, había una pequeña caja de regalo.
“……”
“Llamaré al equipo de
seguridad, Jefe”.
Fue Florian quien
detuvo a Bailey, que se movía pálido por la impresión. Una caja de origen
desconocido que podría contener cualquier cosa. Era una faceta de la amenaza que
siempre acompañaba la vida de Florian.
Hace cinco años, un
atentado que dejó a Florian en coma durante unos cinco días comenzó con un
objeto igual de insignificante. Las etapas de los incidentes solían ser
similares: un objeto trivial, un error menor, un cambio sutil, una persona de
confianza, una rutina cotidiana.
“Jefe”.
La caja de regalo,
demasiado pequeña para ser un explosivo —apenas del tamaño de tres dedos
juntos—, estaba elegantemente envuelta. Florian, sin prestar atención a Bailey
que le urgía a refugiarse, miró la caja y dijo:
“Contacta con Allen”.
Su voz dirigida a
Miller, y no a Bailey, era tan serena como de costumbre. No contenía ni un
ápice de tensión o ansiedad, y Miller, que en lugar de responder sacó su
teléfono y se lo puso en la oreja, también se mantenía relajado. De los tres
—Florian, Bailey y Miller—, Bailey era el único que sudaba frío por los
nervios. Miller, siendo un mercenario profesional, tenía motivos para estar
así, y así debía ser. La reacción de Florian, para quien ser blanco de ataques
y atentados se había vuelto parte de su rutina, tampoco era inusual.
Sin embargo, Bailey,
que había sido contratado tras terminar su maestría, aún no se acostumbraba. En
realidad, eso era lo normal. La actitud de Florian, que respondía con calma y
entereza en lugar de mostrar o profundizar un trauma cada vez que recibía una
amenaza, no era común.
Cada vez que se
enfrentaba a una situación así, Bailey sentía una gran disonancia. Sobre todo,
era el momento en que se hacía plenamente consciente de que Florian Dietrich
Wellington era el dueño de una empresa militar privada y que en el pasado había
trabajado sobre el terreno. Esa combinación inverosímil cobraba un realismo
absoluto.
Mientras Miller
hablaba por teléfono, Florian pulsó el intercomunicador.
—Sí, Jefe.
“¿Hubo alguna visita
mientras no estuve?”
—Voy a verificarlo,
Jefe.
Un breve silencio
siguió cuando Miller terminó su llamada.
—Jefe, no hubo otros
visitantes, pero hay un registro de que su esposo pasó por aquí a las 11:20 de
la mañana. Justo iba a informarle tras verificarlo, lamento la demora, Jefe.
Cuando la secretaria
se disculpó tras notar el ambiente inusual a través del auricular, Bailey se
sintió visiblemente aliviado, pero de inmediato frunció el ceño. Le resultó
desagradable la conducta de Sarang, quien entró a hurtadillas como un gato
callejero sin avisar, aunque no cometió el error de demostrarlo externamente.
Miller, que ya había
colgado antes de que la secretaria terminara su reporte, agitó la mano con el
teléfono.
“Dice que fue de
compras a la Calle 17 por la mañana y pasó directamente por aquí”.
“¿Por qué no se
informó de esto?”
La función de Allen no
era solo la protección; compartir los movimientos de Sarang en tiempo real era
una de las misiones que debía cumplir. Miller miró con indiferencia a Bailey,
que lanzaba la pregunta con agudeza, y respondió con desgana:
“Aunque parezca un
tipo cualquiera, Allen es un profesional, Bailey Jones”.
“Por cómo maneja las
cosas, no me lo parece”.
“Qué lástima. Pero
confiar o no en Allen es competencia del Jefe, ¿no cree, Sr. Jones, que usted
no tiene derecho a interferir?”
Fue Florian quien
rompió el ambiente gélido.
“Cálmate, Bay. Si esto
fuera un explosivo, ahora mismo seríamos carne picada”.
“¡Jefe! ¡Cómo puede
decir eso...!”
“¿Y el video?”
“Ya debería haber
llegado”.
Miller respondió a la
pregunta de Florian, quien ya no dedicaba más tiempo a un Bailey que levantaba
la voz. La actitud de Florian al abrir de inmediato su teléfono para revisar el
video subido era de total indiferencia. No parecía alguien que hasta hace un
momento hubiera estado ante una posible amenaza de atentado. Lo que desconcertó
aún más a Bailey fue la sonrisa que se dibujó en los labios de Florian al ver
el video.
“Mira qué cosas se le
ocurren”.
Qué lindo.
Esa última frase fue
una alucinación que solo Bailey escuchó. Fue porque la expresión de Florian lo
decía todo.
“¿Qué día es hoy?”
“No entiendo la
pregunta, Jefe”.
Incluso en una
situación confusa en muchos sentidos, Bailey respondió con cortesía, activando
por hábito su ética profesional.
“No es su cumpleaños,
ni nuestro aniversario de bodas, ni el día en que pasamos el primer celo”.
“¡Jefe!”
Bailey casi gritó,
horrorizado al ver a Florian tomar la caja de golpe sin haber hecho ninguna
comprobación previa, a pesar de que ya se conocía el origen del regalo. Pero
hubo una mano que presionó su hombro con firmeza. Era la mano de Miller, grande
como una tapadera de olla.
“¿Por qué no te
calmas, Jones?”
Solo entonces Bailey,
al darse cuenta de que se mostraba menos sereno que su jefe, apretó los labios
e intentó calmarse. Kim Sarang. Aunque recordaba la deuda que tenía con él,
Bailey no lograba sacudirse esa sensación de recelo. Especialmente cuando veía
a su jefe actuar de esa manera...
“De repente, un regalo
así”.
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Al imaginar a Sarang
planeando y preparando la sorpresa en secreto, Florian no pudo evitar que una
sonrisa se dibujara en su rostro mientras deshacía el envoltorio. El objeto dentro
de la caja de terciopelo era algo común. No era una baratija, pero tampoco era
particularmente ostentoso ni, desde la perspectiva de Florian, algo costoso.
Sin embargo, Florian,
que solía devolver cualquier regalo sin siquiera mirarlo, esta vez reaccionó
distinto. Con las comisuras de los labios elevadas en un gesto de agrado, tomó
el objeto de la caja. Un pasador de corbata, que pronto ocupó su lugar entre el
segundo y tercer botón de su camisa, brilló suavemente bajo la luz.
De pronto, Bailey
tragó saliva para contener un arrebato de insatisfacción. Al ver a su jefe
lucir tan feliz, más que molestia por el comportamiento despreocupado de Kim
Sarang, sintió que la ansiedad se disparaba.
Ver a un Florian
Dietrich Wellington tan dichoso era una imagen que Bailey encontraba casi
antinatural. Su rostro se endureció al comprender que la frase misma le
resultaba extraña.
El sonido de la puerta
abriéndose interrumpió la conversación entre Florian y Bailey. El doctor, que
saludó con gesto algo cohibido ante las miradas que recayeron sobre él, traía
consigo su maletín médico. Miller, que desconocía el embarazo de Florian, lo
observó con duda. El médico ignoró deliberadamente esa mirada y, ante la
invitación de Florian, se sentó rápidamente en el sofá.
“Aparte de lo que
mencionamos, ¿ha tenido algún otro síntoma?”
A la lista de dolor
abdominal, fatiga, siestas frecuentes, sensibilidad a los olores y náuseas, se
había sumado uno nuevo.
“Me siento apático”.
Imposible.
En el momento en que
escucharon la respuesta de Florian, Bailey, Miller y el doctor compartieron un
mismo pensamiento. Era difícil imaginar un momento en que Florian hubiera
estado más motivado; últimamente desbordaba una vitalidad casi excesiva. Aunque
por fuera pareciera el mismo, sus allegados lo notaban.
Era lógico. Estaba
transformando una ciudad entera, y su pasión se reflejaba en su volumen de
trabajo. No había un solo detalle de la planificación que no hubiera pasado por
sus manos, y se encargaba personalmente de casi todas las actividades externas
para atraer inversiones y publicidad.
“Jefe. Con todo
respeto, su carga de trabajo actual es preocupantemente pesada. No entiendo
cómo puede decir que se siente apático”.
“Es gracias a esa
carga de trabajo que me siento un poco mejor”.
“Todavía está en las
primeras semanas, no debe sobreesforzarse. Para una persona gestante, lo
primero es la estabilidad, lo segundo es la estabilidad y lo tercero es la
estabilidad, Jefe”.
“Por eso me quedo en
Cantón”.
Florian no había
puesto un pie en el Reino Unido ni le había dedicado una mirada en años.
Incluso cuando el actual Duque Dietrich cayó enfermo, su visita se produjo tras
cuatro años de ausencia, y no fue por preocupación, sino para finalizar los
trámites de la sucesión familiar. El motivo por el cual Florian, quien apenas
participaba en eventos familiares o de la realeza, terminó quedándose un tiempo
considerable en el Reino Unido fue su conflicto con Kaia.
Después de eso, el
hecho de que se estableciera allí durante casi cinco años fue por voluntad
propia. Y el origen de esa voluntad era, por supuesto, Kim Sarang. A medida que
sus encuentros con Sarang se hacían más frecuentes, su estancia se prolongó,
hasta que tras la boda su residencia principal fue, a todos los efectos, la
mansión de Cantón. Especialmente en los últimos tiempos.
“¿Hasta cuándo piensa
ocultar... mejor dicho, cuándo tiene pensado decírselo a su esposo?”
A pesar de estar
sepultado en trabajo hasta pasada la medianoche, Florian regresaba puntualmente
a la mansión cada madrugada. Habría sido mucho más eficiente quedarse en un
hotel cercano, pero no lo hacía. A esas horas, la mansión sumida en la
oscuridad estaba en absoluto silencio. Rompiendo esa quietud, cruzaba la sala
tras despojarse del aire del exterior y abría la puerta del dormitorio.
No era el dormitorio
central donde pasaban sus celos, ni tampoco el suyo propio. Florian abría
sigilosamente la puerta de la habitación donde Sarang dormía profundamente y se
detenía junto a la cama. Tras observarlo con ojos habituados a la penumbra, se
acostaba a su lado.
Sarang, que tenía el
sueño pesado, rara vez se despertaba. Simplemente se giraba hacia Florian y lo
abrazaba por instinto. Florian, sin oponer resistencia, se entregaba a ese
abrazo. Sintiendo cómo las dulces feromonas de Sarang aplacaban gradualmente
los síntomas que lo atormentaban desde el embarazo, se quedaba dormido.
No se quedaba en
Cantón solo porque necesitara las feromonas de Sarang. Florian quería a Sarang
de verdad. Tanto como para que el hecho de estar embarazado no le resultara
molesto ni desconcertante. Al contrario, lo quería hasta el punto de sentir
emociones intensas que hacían hervir su sangre.
“¿Su esposo todavía no
lo sabe?”
Fue la pregunta de
Bailey, sentado a un lado del sofá. Miller, que se había mostrado indiferente
tras enterarse de la noticia, también mostró interés ante esa duda.
“Bay”.
“Sí, Jefe”.
“¿Qué es mejor?
¿Recibir regalos poco a poco o recibir un gran regalo de una sola vez?”
El regalo. Se refería
al regalo que Florian estaba preparando para Sarang. La implicación en la
pregunta de Florian, quien estaba movilizando todos sus contactos y recursos
para prepararlo, era simple. En realidad, no era una pregunta que buscara
respuesta; su decisión ya estaba tomada.
“Por ahora, finjan que
no saben nada”.
En ese momento se
impuso la ley del silencio para los tres que conocían la concepción de Florian.
Él tenía dos motivos. Aunque la ciencia de las castas había avanzado, el parto
en un Omega masculino seguía sin ser sencillo. Además, era su primer embarazo.
La tasa de aborto espontáneo en el primer embarazo de un Omega masculino era de
un 30% en promedio, y ni siquiera un Omega dominante estaba exento de ese
riesgo.
Era evidente que
Florian era un portador sano, pero el infortunio no elige a quién visitar.
Además, el problema de las feromonas aún no se había resuelto por completo.
Había demasiadas variables. Se lo diría a Sarang una vez que el embrión
implantado se asentara de forma segura. Para que, en caso de que la mala suerte
provocara una pérdida, Sarang no tuviera que sufrir. Era mejor que no supiera
del embarazo hasta que estuviera estabilizado.
Además, quería darle
la noticia en el momento en que Sarang fuera más feliz. Cuando el regalo que
estaba preparando tomara forma y se confirmara, si se lo contaba en ese
instante, Sarang le dedicaría la sonrisa más dichosa del mundo.
Florian se dio cuenta,
una vez más, de que estaba ansioso por ese momento. Si Sarang sonreía, Florian
era feliz. Para alguien que nunca se había esforzado tanto por hacer reír a
otra persona, este sentimiento era totalmente nuevo. Y era un sentimiento que
aceptaba con gusto.
“¿De cuántas semanas
dijiste que estaba?”
“De seis o siete
semanas”.
Miller, que observaba
a Florian conversar con el doctor, volvió a mover los labios.
“¿No se te ocurrió que
al menos a mí deberías habérmelo dicho?”
“¿Me está sugiriendo
que ignore las órdenes del Jefe?”
“Bueno, sea como sea,
lo tuyo es negligencia laboral”.
La mirada de Miller,
ocultando su descontento, se dirigió hacia Florian. Específicamente hacia su
abdomen. Tras observar la zona del ombligo, que seguía tan esbelta que nadie
sospecharía un embarazo, apartó la vista.
Nunca imaginó que
llegaría a escuchar la noticia de un embarazo de Florian. Tampoco esperó verlo
tan feliz. Miller también estaba bastante impactado por la noticia de la
concepción de alguien que siempre se había mostrado indiferente a continuar con
su linaje.
‘¿De verdad va a tener
un hijo de ese mocoso?’
Conocía bien su
determinación implacable y su capacidad de ejecución casi agresiva en el
trabajo. Basándose en esas características, Florian se había apoderado de la
empresa militar privada y había tomado el control de mercenarios que no eran
muy distintos de un grupo criminal. Pero no era solo rudo y agresivo; Florian
también era un experto en la negociación y la persuasión. Estaba expuesto a
peligros proporcionales a lo que poseía.
Su falta de interés
por el matrimonio y los hijos no se debía a que fuera cínico o escéptico. Era
simplemente porque era un cobarde. Como no tenía confianza en poder proteger
algo valioso, ni en poder mantenerse íntegro tras perderlo, simplemente lo
había borrado de su vida.
Pero ese hombre había
cambiado, y seguía cambiando. Solo por ese mocoso.
“……”
“Pero, ¿realmente se
alegrará?”
Fue una voz tan baja
que apenas resultó audible.
“Kim, el esposo del
Jefe, digo”.
Bailey, sintiendo la
mirada de Miller, insistió.
“¿Cree que el esposo
recibirá el regalo con alegría, tal como el Jefe espera?”
Bailey no era un
novato que dejara traslucir su hostilidad. Simplemente, la intuición y el
instinto de quienes protegían a Florian eran tan agudos que la desconfianza de
Bailey hacia Sarang resultó evidente.
“No creo que eso deba
decirlo el tipo que salió disparado a buscar a ese niño para salvar al Jefe en
pleno celo”.
Ante ese comentario
bastante mordaz, Bailey finalmente miró a Miller. Miller, con su aspecto típico
de mercenario, tenía una expresión difícil de leer. Era un rasgo que compartía
con Allen y con Florian. Y a Bailey no le gustaba ese rasgo común. Sabía por
qué proceso había pasado Florian, el hijo legítimo de una casa ducal y joven
amo de la familia Wellington, para acabar compartiendo características con esos
mercenarios maleducados.
“Dicen que uno es uno
antes de entrar al baño y otro después de salir. El Jefe se decepcionaría si lo
supiera”.
“No me importa. Lo
importante para mí no es ser el favorito del Jefe, sino su seguridad”.
Bailey era un hombre
rígido y obstinado. Por lo tanto, como secretario o asesor, no era un mal
elemento. Pero eran precisamente tipos así los que acababan causando problemas.
Porque cualquier cosa en exceso se vuelve veneno.
Miller dirigió una
mirada desaprobadora también hacia Florian. Él tampoco quedaba exento de su
juicio. El Florian que se alegraba por el embarazo, el Florian que por primera
vez disfrutaba del trabajo —no, de la vida— para darle un regalo perfecto al
mocoso.
Aunque quizá no fuera
consciente de ello, Florian finalmente tenía a alguien a quien proteger.
Quedaba por ver si eso era una buena noticia o no.
[La Cenicienta del
siglo XXI]
[El
"Sweetheart" de América (Cantón)]
[El Rey Encantador]
Para el público, Kim
Sarang era representado por dos imágenes distintas.
[El Príncipe del
Césped]
[El Rey del
Contraataque]
[El Director de Juego]
El joven esposo de
Florian Dietrich Wellington, la Cenicienta oriental.
El príncipe del césped
que estaba renaciendo de promesa a estrella absoluta del club.
Las valoraciones hacia
Sarang se dividían estrictamente en dos: el aura de Florian y su carrera como
futbolista. Algunos lo despreciaban diciendo que estaba sobrevalorado gracias a
la sombra de Florian, mientras que otros se quejaban de que su verdadero
talento quedaba eclipsado por la fama de su marido.
Sarang aceptaba la
fama que había obtenido gracias a Florian, pero no creía que su talento fuera
tan escaso como para quedar oculto tras ella. Por eso, no se dejaba afectar por
los chismes sensacionalistas que brotaban varias veces al día; de hecho, desde
hacía tiempo, ni siquiera los miraba.
Entre el club y la
mansión, con una rutina limitada, la mente de Sarang estaba llena solo de
fútbol y de Florian. Si no pensaba en el fútbol, recordaba a Florian; si no
recordaba a Florian, pensaba en el fútbol. Para Sarang, ambos eran presencias
inseparables de su vida. Y si a eso se le sumaba Colin, a quien llevaba
enterrado eternamente en su corazón, Sarang sentía que su vida ya era un éxito
por sí misma.
El motor que lo
impulsaba a vivir, la persona que lo amó y la persona a la que él amaba. Sarang
era feliz con su vida. Y sabía muy bien que esa felicidad no llegaba por azar
ni se mantenía sin esfuerzo. Tampoco ignoraba que, en cualquier momento
impredecible, uno podía volverse desdichado sin haber cometido ningún error.
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Por eso, para Sarang,
cada instante era fundamental. Cada minuto y segundo que pasaba pateando el
balón en un partido, y cada momento en que compartía el calor y las feromonas
con Florian, abrazándolo y uniendo sus labios, eran tesoros preciosos.
“……”
Sarang entró en
silencio por la puerta principal y recorrió la sala con la mirada. Como
esperaba, allí estaba Florian. Tras dejar su mochila, caminó hacia él y se
detuvo frente al sofá. Florian, recostado en el largo sofá de ocho plazas,
tenía los ojos cerrados. Sus pestañas doradas brillaban con especial intensidad
bajo la luz del sol. Al dar un paso lateral, la sombra de Sarang se proyectó
sobre el rostro de Florian, bloqueando el resplandor.
Solo entonces Florian
relajó el entrecejo y su pecho comenzó a subir y bajar rítmicamente. Su rostro
se veía pálido y fatigado. Aunque últimamente estaba más ocupado que nunca,
Florian regresaba cada noche a la mansión sin falta, y ya sumaban cuatro
semanas durmiendo al lado de Sarang. Al menos, era un alivio que estuviera
gestionando sus asuntos solo en Cantón, sin tener que viajar constantemente en
avión.
“Y aun así está tan
ocupado”.
Sarang se sentía
agradecido y conmovido por el hecho de que Florian volviera a su lado cada
noche. Sabía que no se quedaba en Cantón solo por él, pero atesoraba el tiempo
que podían pasar juntos. Aunque le gustaba ver el rostro de Florian y escuchar
su voz en otros países o continentes, sinceramente prefería mil veces esto:
poder compartir el calor corporal y las feromonas a su lado, aunque fuera por
poco tiempo.
“Quiero vivir siempre
contigo”.
Susurrando bajo,
Sarang se dio la vuelta y corrió las cortinas de la sala. Ahora la sombra de la
tela reemplazaba la suya para proteger el sueño de Florian. Tras cerrar también
el otro extremo para bloquear toda la intensa luz de la tarde, regresó a donde
estaba. Se quedó mirando a Florian en silencio y, aunque se sentó apoyando la
cadera en la mesa frente al sofá, no apartó la vista de él.
“¿Por qué siento que
está cada vez más delgado?”. Su mirada preocupada examinó la mandíbula que
destacaba entre el cabello rubio. Al estar más flaco, se veía más afilado que
antes.
“¿Estará tan ocupado
que se salta las comidas?”.
Sarang sabía que
Florian llevaba una vida tan estructurada y metódica como la de un deportista,
así que no era probable que dejara de comer por el trabajo, pero era una duda
natural para él. Si no fuera por eso, no habría razón para que Florian perdiera
peso de forma tan evidente.
“¿Le duele algo?”
El susurro, casi
inaudible, no llegó a rozar el oído del profundamente dormido Florian.
“Rian... No está
enfermo, ¿verdad?”
Sarang quería
acercarse para que Florian absorbiera sus feromonas directamente, pero temía
despertarlo. Sin tocarlo, solo mirándolo, liberó lentamente sus feromonas. El
aroma dulce flotó en el aire como una suave brisa primaveral hasta envolver a
Florian. Sarang sabía que esto no era una gran ayuda, pero aun así dejó que sus
feromonas fluyeran con cuidado, sin excederse. Le pareció que el semblante
pálido mejoraba un poco.
“Ojalá mis feromonas
fueran milagrosas. Aunque dudo que exista alguien con tal capacidad”.
Incluso sin buscarlas,
las historias sobre ellos le llegaban por todas partes.
‘¡Duque! No, ¿tu
marido es así de generoso? ¡No solo compró el club, sino que compró la ciudad
entera!’
Eran historias
infladas que circulaban desde la adquisición total del club hasta las noticias
sobre el plan del nuevo estadio. La compra completa, el proyecto del estadio y
todos los negocios vinculados... ¿Realmente todo eso era solo por él? Sarang no
era tan egocéntrico ni carecía tanto de sentido de la realidad.
Florian era el esposo
de Sarang, su protector y su compañero de celo, pero también era el heredero de
un título nobiliario y un hombre de negocios excepcional. Un hombre como
Florian no basaría un plan de negocios enteramente en motivos personales. Por
supuesto, el hecho de que el objetivo del nuevo proyecto fuera el Rhinoceros FC
tendría un pequeño porcentaje de influencia de Sarang, pero si no hubiera visto
potencial de crecimiento, Florian no habría movido un dedo.
Cualquiera podía
soñar, imaginar y planear el futuro. Pero Sarang solo planeaba el mañana sin
dar nada por sentado. El mañana era un futuro donde podía lesionarse en
cualquier entrenamiento, ser expulsado por mala suerte en un partido o quedar
fuera de la temporada por un golpe.
Por eso, para Sarang,
el presente era lo más valioso. Que Florian estuviera en Cantón y no en Cali o
Nueva York, que se deslizara a su lado cada noche o madrugada para compartir el
calor y las feromonas, y que si tenía suerte pudiera encontrárselo así de
casualidad; todo eso era lo importante para él.
Sarang sonrió mientras
observaba a Florian dormir plácidamente, sin fruncir el ceño ni suspirar. Al
imaginar que Florian siempre volvería a su lado mientras estuviera en Cantón,
aunque no fuera una convivencia formal, la risa brotaba sola. Esos breves
instantes se acumulaban en el pecho de Sarang, permitiéndole sentir felicidad
en lugar de ansiedad.
Sabía que algún día
Florian podría tener un compromiso repentino y marcharse en avión o
helicóptero, pero Sarang estaba satisfecho con los momentos actuales y los
disfrutaba plenamente.
“En lugar de solo
sonreír tan bonito, podrías venir a abrazarme o recostarte aquí”.
La voz elegante de
Florian fluyó justo cuando Sarang pensó que podría haberse despertado. Abriendo
primero un ojo como si guiñara, Florian parpadeó al descubrir a Sarang todavía
sentado en la mesa. Sarang negó con la cabeza, anticipando que Florian le
preguntaría por qué rechazaba su propuesta.
“El sofá es demasiado
estrecho, Rian”.
Las pupilas de azul
intenso capturaron la imagen de Sarang por un momento.
“Es verdad”.
Convencido, Florian
asintió y se incorporó. Se estiró con ambos brazos en un gesto que incluso así
resultaba gallardo, y masajeó sus hombros girando el cuello hacia ambos lados,
visiblemente fatigado.
“Parece cansado”.
“No es cansancio
exactamente”.
Sarang se levantó de
la mesa y se sentó a su lado. Florian giró a medias y le ofreció la espalda.
Como si hubiera estado esperando, la mano de Sarang descendió sobre el hombro
de Florian. Sus grandes palmas comenzaron a masajear ambos hombros.
“Últimamente toma
muchas siestas”.
Aunque Sarang pensaba
que eso era precisamente síntoma de cansancio, no discutió y movió sus manos
con destreza, tal como había aprendido. Sarang había asimilado lo básico de los
masajes simplemente observando a los especialistas del club.
“Cambiaron el
calendario de los partidos”.
“Sí, Rian”.
El partido
originalmente programado para el día 19 se trasladó al 29 debido al calendario
de otra copa, y luego se movió nuevamente al 26. El 29 era el día de la fiesta
benéfica de la Princesa Erika. Sarang, que inicialmente iba a faltar debido al
retraso del partido, afortunadamente podría asistir gracias al nuevo cambio.
“Dicen que la comida
en las fiestas organizadas por la realeza es famosa por ser insípida”.
Para Sarang, que era
estricto con su dieta tanto en temporada como fuera de ella, aquellas palabras
eran un alivio. Si la comida fuera deliciosa, le habría resultado difícil
resistir el apetito.
“Ese día tengo un
compromiso ineludible, así que será difícil que entremos juntos, Sarang”.
“Está bien, me quedaré
jugando con los demás”.
“Ah, cierto. Ese día
también invitaron a bastantes futbolistas”.
La voz de Florian
empezó a arrastrarse con languidez y su cuerpo comenzó a perder fuerza. El
masaje de Sarang también se volvió más suave, apenas un roce.
“Si no está muy
ocupado, debería ir a dormir cómodamente a la cama”.
“……”
“Rian”.
“……”
“¿Rian?”
Al notar que Florian
dejaba caer su peso sobre él y se quedaba en silencio, Sarang bajó la mirada
con extrañeza por debajo de su propia barbilla. Florian se estaba quedando
dormido por momentos. Sorprendido, Sarang contuvo el aliento por un instante y
volvió a observar a Florian. Enseguida escuchó su respiración rítmica; ya había
caído en un sueño profundo.
Cuando estaba con
Florian —o mejor dicho, con solo pensarlo—, el latido de su propio corazón le
parecía excesivamente ruidoso. Tras confirmar que Florian dormía, Sarang se
movió con cautela para cambiar de postura. Con total ligereza, cargó a Florian,
que era más alto y esbelto que el promedio de los hombres adultos, y comenzó a
caminar.
El dormitorio central,
a la izquierda el de Sarang, y a la derecha el de Florian. Tras detenerse un
momento ante la encrucijada de los tres caminos, Sarang avanzó. Se dirigió
hacia el dormitorio de Florian.
“Buen día, Kim”.
“¡Buen día, Lev!”.
Sarang saludó con
energía a pesar de la respuesta moribunda de su compañero al entrar al
vestuario.
“¿Qué te pasa en la
cara? ¿Te quedaste despierto toda la noche jugando videojuegos otra vez?”.
“¡Qué videojuegos ni
qué nada!”.
Lev, que se ataba los
cordones de sus zapatillas de entrenamiento, levantó la cabeza indignado.
“Sabes que ‘mi baby’
tiene 21 semanas de embarazo, ¿verdad?”.
“Sí. La semana que te
enteraste organizaste una fiesta y regalaste bolsos a todos. Imposible
olvidarlo”.
Sarang dejó su mochila
y se sentó junto a Lev para cambiarse el calzado.
“¡Pero si tú faltaste
esa vez!”.
“Te dije que no iba a
ir a una fiesta de alcohol”.
Aun así, Sarang le
había enviado un regalo y un mensaje por separado a la pareja de Lev. Lev, que
llevaba dos años tras su traspaso al Rhinoceros, era sociable y amante de la
diversión, pero su talento en el fútbol era indiscutible. Además, era el único
en la plantilla que llamaba a Sarang “Kim” en lugar de “Kim”.
“¿Y por qué no usas el
bolso?”.
“¿Por qué? ¿Le pasó
algo a Molin?”.
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Los bolsos que Lev
había repartido a todo el club eran de una marca de lujo. Tenían el tamaño
perfecto para el kit de aseo, así que casi todos los jugadores los llevaban
como si fueran parte del uniforme. Sarang agradecía el gesto, pero como no eran
de su estilo, no lo usaba.
“¡Ah, Molin! ¡Mi baby!
¡Cielos! ¡No sabía que el embarazo fuera algo tan difícil!”.
“Qué bueno que te des
cuenta ahora”.
Sarang logró desviar
el tema y escuchó las quejas de Lev con una sonrisa.
“Al principio del
embarazo, cabeceaba y se quedaba dormida en cualquier momento y lugar. ¡Pensé
que algo andaba mal y corrí al hospital con ella a cuestas! Pero resulta que es
normal. Le daba tanta pereza levantarse que pasó días viviendo en la cama, ¡y a
veces se tambaleaba por la anemia! ¡Dios mío! Pero ¿sabes qué es más terrible
que todo eso?”.
Excitado, Lev no
esperó la respuesta de Sarang y gritó casi como un lamento:
“¡Las náuseas! ¡El
malestar! Lleva dos semanas sin poder beber ni agua, está internada
sobreviviendo solo con suero. Mi baby... Me da tanta pena verla así que yo...
Esto es off the record, pero no puedo concentrarme ni en los
entrenamientos ni en los partidos”.
Lev, que venía
gritando a pleno pulmón, bajó la voz a un susurro al mencionar lo último. Que
un atleta no pudiera concentrarse podía poner en duda su profesionalismo e
incluso costarle su lugar en la convocatoria.
Ahora que lo pensaba,
Sarang no había recibido notificaciones de actualización en el Outstar
de Molin, quien solía ser muy activa en redes, desde hacía tiempo.
“Es preocupante que no
pueda ni beber agua”.
“Llora cada vez que me
ve y se me parte el corazón, te lo juro. Si fuera por mí, mandaría a la porra
el entrenamiento y me quedaría a su lado”.
“Entonces Molin sería
la primera en enojarse”.
“¡Exacto! ¡Mi baby es
un ángel demasiado fuerte!”.
“No hagas que Molin se
sienta mal por que te saquen del equipo. Concéntrate, amigo”.
“Es que, si pudiera
estar con ella y compartirle mis feromonas, sería mucho menos difícil, pero
ella insiste en que debo venir a trabajar”.
Sarang le puso una
botella de agua en la mano a Lev, que ya tenía los ojos rojos, y bromeó un poco
para animarlo.
“Sobre ese bolso...”.
“¿Eh?”.
“Agradezco mucho el
regalo, pero no puedo estar de acuerdo con tu sentido de la estética”.
Los ojos de Lev, que
estaba lamentándose como si el mundo se acabara, se abrieron de par en par.
“¡Tú! ¡Por eso...!”.
“Lo lamento, amigo.
Pero lo tengo bien guardado en mi vestidor”.
Sarang, que terminó de
prepararse antes que Lev, salió del vestuario con una sonrisa. El pasillo
rebosaba vitalidad con empleados y jugadores. Mientras devolvía los saludos de
quienes se cruzaba de camino al campo de entrenamiento cubierto, Sarang se
sumergió en sus propios pensamientos.
“Al principio del
embarazo, cabeceaba y se quedaba dormida en cualquier momento y lugar... pero
resulta que es normal”.
De pronto, recordó a
Florian cabeceando en el sofá hasta quedarse profundamente dormido. Recordó su
semblante pálido y su mandíbula afilada por la pérdida de peso, pero sacudió la
cabeza con fuerza. No podía ser. Sarang nunca descuidaba los anticonceptivos.
Tanto en el celo de
Florian como en el suyo, se aseguraba de que tomara la dosis recomendada de
pastillas. Hubo veces en las que tuvieron sexo sin protección, pero fue cuando
ninguno de los dos estaba en periodo de celo. Al profundizar en el pensamiento,
Sarang soltó una risita ante lo absurdo de su propia sospecha y aceleró el paso
hacia el campo de entrenamiento.
“Allen, parece modelo
de revista”.
“En mis tiempos solía
hacer llorar a unos cuantos Omegas”.
Allen, que por azares
del destino terminó establecido como el guardaespaldas de 24 horas de Sarang,
también se vistió para la ocasión. El traje negro con matices grisáceos lograba
suavizar un poco su ruda apariencia de mercenario.
‘Definitivamente,
Lisa’.
Sarang, elogiando
internamente el gusto de Lisa, se puso una chaqueta con una sutil mezcla de
azul marino y blanco.
“Si fueras un Omega,
ya te habría devorado”.
“¿Soy el tipo de
Allen?”.
“Si no fueras un Alfa
dominante y doce años menor que yo”.
“Jaja, qué pena que
sea hijo único”.
“Aunque no lo fueras, uno
no se junta con mercenarios”.
Allen, que despreciaba
a los de su propia clase sin filtros, mantenía su habitual rostro de
indiferencia.
“Mi esposo es el dueño
de una compañía de mercenarios”.
“Ah, cierto. Kim
Sarang, no es que te hayas casado precisamente bien”.
Sarang se rio a
carcajadas ante la respuesta, sin saber si era broma o verdad, y siguió a Allen
hacia la salida.
El lugar de la fiesta
no era un castillo antiguo, ni una mansión ostentosa, ni un jardín clásico. Era
un espacio de techos altos y amplios que ofrecía una estructura privada pero
abierta a la vez. Los invitados iban entrando al lounge bar del hotel
propiedad de Erika, con música animada de fondo. La lista era deslumbrante:
políticos, empresarios, estrellas y celebridades.
“La realeza todavía
tiene pulso”.
Allen, que ya había
pescado una copa de champán, humedeció sus labios mientras escaneaba a las
personas que conocía de vista. Sarang ya sabía que aquello no era solo
curiosidad, sino la forma en que Allen trabajaba.
“Las donaciones van a
sobrar”.
Donaciones.
Sarang no ignoraba el
propósito de aquella reunión. Era un evento para potenciales inversores en la
construcción del nuevo estadio. No era una certeza, sino una deducción propia.
“El jefe debe haber
caminado bastante para armar esto”.
Allen, tras
identificar a los presentes, dejó la copa que ya había vaciado.
“¿Qué se siente que tu
marido, no conforme con comprar el club, te regale un estadio nuevo?”.
“¿Usted también con
eso, Allen?”.
“Bueno, ya empieza a
sonar trillado, ¿no?”.
Hacía un par de meses
que se sabía que Florian, el nuevo dueño del Rhinoceros FC, planeaba construir
un nuevo estadio. Ya debería haber pasado la novedad, pero las redes sociales,
los foros de fans y la prensa del corazón seguían tratando el tema con frecuencia.
“Creo que la gente no
conoce realmente a Rian”.
“¿Qué, vas a presumir
que tú sí porque es tu marido?”.
“Ojalá pudiera... pero
yo tampoco lo conozco del todo”.
Ante la mirada de
Allen, que parecía preguntar si acaso existía alguien capaz de comprender a ese
hombre de mente compleja, Sarang sonrió entrecerrando los ojos.
“Pero sé esto: Rian
jamás mezcla lo profesional con lo personal”.
Allen soltó una
carcajada interna mientras miraba los ojos brillantes y llenos de convicción de
Sarang.
‘Jamás, claro que sí’.
Conocía bien a Florian
y sabía que, cuando se le metía algo entre ceja y ceja, podía volverse más
emocional que nadie, pero Allen no dijo nada. Florian tendría sus razones para
fingir modestia frente a este mocoso.
“Es doloroso ver cómo
el esfuerzo de diez años se desvanece en un instante”.
“Supongo que no has
venido a hurgar en la herida. ¿Qué propone nuestro joven Duque?”.
“¿Acaso la persuasión
no ha terminado ya, señor Alcalde?”.
Florian, de pie junto
a la ventana al lado del alcalde, bajó sus largas pestañas. El norte de Cantón
se dividía exactamente desde el ayuntamiento en una zona rica y una zona pobre.
Florian habló mientras observaba los barrios bajos y los suburbios que se
extendían tras el cristal.
“La campaña electoral
comenzará pronto, ¿no es así?”.
“Has dejado a los
residentes locales hipnotizados”.
“Hay que aprovechar
las ventajas al máximo”.
El alcalde miró de
reojo al apuesto hombre de cabello rubio y ojos azules que respondía con
parsimonia, y de pronto mostró un aire juguetón.
“Típico de la casa
Dietrich. Primero expresas tu amor con un fastuoso palacio de verano, ¿y ahora
vas a regalarle una ciudad entera?”.
“Bueno”.
Florian, sin siquiera
mirar al barrigón alcalde, no lo negó.
“Digamos que es así”.
Solo entonces se giró
hacia el alcalde y le dedicó una sonrisa tan deslumbrante que lo dejó sin
palabras.
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Había pasado más de
una hora desde su llegada. Tal como Florian había mencionado, muchos
futbolistas también estaban invitados, por lo que Sarang se encontró con varias
caras conocidas. Al jugar en la misma liga, aprovechó para charlar brevemente
con colegas de otros equipos, lo que hizo que el tiempo volara por momentos.
Por otro lado, también sentía que aquella era la hora más larga y lenta de su
vida.
Sarang, que había
estado recibiendo la atención y la curiosidad de los presentes mientras sorbía
agua en lugar de champán, se escabulló discretamente hacia una terraza
apartada. Los flashes estallando por doquier y la multitud que se abalanzaba
constantemente sobre él lo estaban agotando. Aunque Sarang no era de los que se
sentían abrumados por conocer gente, se sentía más fatigado que después de
correr cien minutos en el campo.
“Hay muchísima gente”.
Tratándose de una
fiesta organizada por la realeza, específicamente por la princesa Erika —quien
era el símbolo de la beneficencia—, el bar de la planta superior, de unos
trescientos metros cuadrados, estaba alfombrado de celebridades como si fueran
joyas. De hecho, los invitados, vestidos con estricta etiqueta, resplandecían
bajo la suave iluminación, y no solo por su presencia, sino por las costosas
alhajas que rodeaban sus cuerpos.
En la muñeca de Sarang
también descansaba algo similar: un reloj que le había regalado Florian. No se
lo había entregado personalmente, sino que había llegado a su muñeca a través
de las manos de Lisa. En la mansión donde convivían actualmente, había dos
vestidores, y uno de ellos pertenecía enteramente a Sarang. Florian se había
encargado de llenar aquel enorme espacio.
Normalmente, Sarang
usaba la ropa del club o los artículos proporcionados por sus patrocinadores,
pero para eventos públicos como este, elegía un traje del vestidor que Florian
le había provisto, se ponía la corbata, los gemelos y, al final, se ajustaba el
reloj.
En todo ese proceso,
la ayuda de Lisa era fundamental. Mejor dicho, arreglar y acicalar a Sarang era
tarea exclusiva de ella. Al ver el nivel de satisfacción de Lisa cuando
observaba el resultado final de pies a cabeza, parecía que disfrutaba mucho de
su trabajo.
Sin embargo, para
Sarang, esos costosos artículos que ella sacaba con tanto cuidado no se sentían
como regalos de Florian, sino más bien como un apoyo logístico. O mejor dicho,
encajaban más bajo el concepto de "gastos de representación". El esposo
de Florian no podía permitirse lucir desarreglado o descuidado en ningún lugar;
excepto, claro, en el campo de juego.
Sarang recorrió con la
mirada el bar donde sonaba música pop de diversos géneros y humedeció sus
labios secos. Cada vez distinguía más rostros familiares: presentadores
famosos, cantantes que habían dominado el año, actores, y miembros de la Cámara
de los Lores y los Comunes. Personas seleccionadas no por su linaje, sino por
su riqueza y posición social. Capitalistas capaces de donar millones sin
pestañear y legisladores que podían aprobar cualquier proyecto de ley.
La noticia de la
reurbanización del norte de Cantón, centrada en el estadio del Rhinoceros, era
el tema de conversación en todas partes. Aunque Sarang no creía en los rumores
de que Florian lo hacía solo por él, al ver el calibre de los asistentes a la
gala benéfica, finalmente empezó a asimilar la magnitud del negocio que su
esposo estaba impulsando.
“Una hora y diez
minutos”.
A pesar de haber
organizado semejante evento, el protagonista aún no aparecía. La anfitriona
oficial era la princesa Erika, pero su papel consistía en crear el lugar y el
pretexto adecuados, tarea que estaba cumpliendo a la perfección.
En ese momento, Sarang
divisó a Erika rodeada de gente, conversando animadamente. Ella, cuya edad era
difícil de calcular, no se parecía en nada a Florian excepto por el hecho de
tener sangre real. Florian probablemente se parecía más a su familia materna;
era algo que Sarang pensaba cada vez que veía fotos en revistas o noticias. Con
su cabello rubio y sus ojos de un azul intenso, Florian era el vivo retrato de
la mirada misteriosa de Grace Wellington.
Al pasar el tiempo sin
Florian, el cansancio fue reemplazado por el aburrimiento. Pensaba que en ese
tiempo podría haber visto algún partido de fútbol. El fervor de la liga, que ya
se acercaba a su etapa media, era inversamente proporcional a la temperatura
exterior. Los fans estaban extasiados, lo que también significaba que sus
ánimos y críticas se volvían más extremos.
Los aficionados podían
permitirse oscilar entre la alegría y la tristeza según el resultado. Un
jugador podía ser el héroe un día y el descarte al siguiente. Vivir entre el
cielo y el infierno dos o tres veces por semana era difícil incluso para los
atletas con la mentalidad más fuerte. Por eso era tan necesaria una pareja
Omega que brindara estabilidad emocional solo con compartir sus feromonas.
‘Últimamente toma
muchas siestas’.
De pronto recordó la
conversación de hacía unos días, junto con la imagen del rostro de Florian, más
delgado y fatigado. Esperaba que no estuviera enfermo.
‘Ese día tengo un
compromiso ineludible, así que será difícil que entremos juntos, Sarang’.
La voz de Florian en
su memoria desplazó la preocupación, pero trajo una duda. ¿No sería esta fiesta
el compromiso ineludible? ¿O acaso habría algo más importante que esto...?
“……”
Seguramente lo habría,
pero Sarang no lograba imaginar qué. En momentos como este, se daba cuenta de
lo poco que sabía sobre Florian. Y no es que tuvieran una relación donde eso
fuera motivo de incomodidad o resentimiento.
Sarang dejó su copa
vacía y se giró hacia el exterior. El viento frío de finales de septiembre lo
azotó al salir a la terraza. Al estar en un piso alto, el silbido del viento se
sentía más agresivo. Mientras contemplaba la espectacular vista nocturna más
allá de la barandilla, miró hacia un lado. Un hombre extraño lo observaba con
una sonrisa burlona mientras agitaba su copa de champán.
Sarang revisó
instintivamente los alrededores antes de volver a mirar al hombre. Parecía que
el desconocido lo buscaba a él. Le habían advertido que tuviera cuidado con los
extraños: Florian, Allen, Miller, Lisa... todos se lo habían dicho. Aunque
recordaba los consejos, Sarang no huyó ni retrocedió. Sabía que Allen debía
estar vigilando desde algún lugar y, además, el hombre no parecía una amenaza
real. Al contrario, se veía algo descuidado.
“¿Kim Sarang?”
“Sí”.
Sarang respondió a la
pregunta seca solo con un gesto de cabeza. El hombre lo observó con curiosidad
antes de presentarse tardíamente.
“Vaya, soy Harrison
Summers. Soy el tercer hijo, así que no tengo título”.
Harrison saludó con
gestos exagerados y Sarang, esta vez, le devolvió el saludo con la cortesía
adecuada.
“Como no encontraba a
Dietrich, me puse a buscar y terminé llegando hasta Kim”.
Harrison se acercó a
Sarang acortando la distancia y bebió el champán como si fuera agua. Se notaba
un ligero rastro de embriaguez en sus ojos y en sus mejillas. Aunque le
resultaba algo desagradable, Sarang supuso que era amigo de Florian y le
permitió quedarse a su lado.
“……”
Pero la paciencia no
duró mucho. Sarang, incapaz de tolerar la mirada pegajosa que el hombre
mantenía sobre su mejilla, se giró hacia él. Ante su mirada inquisitiva,
Harrison levantó ambas manos en señal de que no tenía malas intenciones y
sonrió con malicia.
“Es que tenía
curiosidad”.
Sarang no se apresuró
a hablar. Aquel hombre podía ser amigo de Florian o no. En una situación tan
incierta, lo mejor para no perjudicar a su esposo era no responder, fuera quien
fuera. Era la misma táctica que usaba con la prensa.
Harrison, que esperaba
el típico “¿curiosidad por qué?” o “¿de quién?”, chasqueó la lengua
internamente al ver que Sarang no cedía. ‘Ese infeliz de Florian no se equivocó
con este’. Sarang parecía alguien ingenuo a quien sería fácil manipular y
desechar fuera del campo, pero dentro de él era como una fiera salvaje;
Harrison sintió que esa impresión no era infundada.
“Tenía curiosidad por
saber qué tipo de Alfa habría cautivado a un salvaje como Dietrich, Kim”.
A diferencia de otras
personas, el “Kim” de este hombre cargaba una intención clara. Sarang pensó que
alguien tan maleducado y vulgar no podía ser amigo de Florian.
“Rian llegará pronto,
así que con su permiso”.
Sarang eligió
retirarse en lugar de seguir conversando, pero se detuvo en seco.
“¿Rian? Cielos,
¿entonces el gran Florian Dietrich le dio un apodo diferente a su Alfa?”.
Sarang se giró hacia
Harrison sin pensarlo y supo que había cometido un error, aunque no lo
demostró. Afortunadamente, Harrison no pareció leer sus pensamientos. Solo rió
sin maldad aparente y retrocedió un paso como para indicar que no planeaba nada
malo.
“Ah, fuimos compañeros
desde la universidad”.
Sarang lo observó
fijamente y dio un paso adelante como si relajara la guardia. Harrison sonrió
ampliamente y se apoyó en la barandilla con expresión burlona. Parecía
divertirse solo, aunque Sarang sabía por experiencia que no era una diversión
amistosa.
Era de esa clase de
personas que tienen la discriminación grabada en el cuerpo y la mente, y que ni
siquiera son conscientes de lo que hacen. Lamentablemente, abundaban, y Sarang
se había cruzado con ellos muchas veces. Había dejado de reaccionar
sensiblemente ante ellos desde que era niño. Ellos provocaban solo por
aburrimiento, sin un motivo real, así que no valía la pena responder.
‘¿Le dio un apodo
diferente a su Alfa?’
Esa duda fue la que
retuvo a Sarang.
“¿Su nombre era...?”
Sarang preguntó con
una sonrisa, luciendo aún más apuesto gracias al esmero de Lisa.
‘Vaya cara...’
Harrison se quedó
momentáneamente embobado por la sonrisa de Sarang antes de recobrar la
compostura. Carraspeó un par de veces intentando actuar con naturalidad, pero
el perspicaz Sarang no lo pasó por alto. Después de todo, llevaba seis años en
el fútbol profesional. La experiencia de tratar con todo tipo de personas y
superar dificultades desde joven para ingresar a esa liga tan competitiva le
servía de mucho.
Especialmente en su
trato con la gente. No era del todo blando ni del todo rígido; tenía convicciones
y valores claros. Ese carácter lo hacía resistente tanto a la malicia como a la
excesiva amabilidad de otros. Estaba muy acostumbrado a quienes usaban una
sonrisa amable y modales educados como escudo para ser groseros. Tipos como
Harrison eran de los que metían la cola entre las patas si uno los enfrentaba
con firmeza.
“Harrison Summers”.
Harrison respondió con
un tono de evidente desagrado, dándose cuenta tarde de que se había quedado
hipnotizado por la sonrisa de otro Alfa.
“Dijo que era el
tercer hijo de la casa del Conde Summers, ¿verdad?”.
Sarang respondió como
si acabara de recordarlo y le tendió la mano para saludarlo.
“Soy Kim Sarang”.
Al estar de pie con
una postura impecable, Harrison se vio obligado a mirar hacia arriba. A pesar
de sentirse extrañamente intimidado, forzó una sonrisa.
“Lo sé. La Cenicienta
de Oriente”.
“Parece que tiene una
amistad muy profunda con Rian”.
Sarang ignoró el
sarcasmo y cambió de tema con naturalidad. Harrison, sin darse cuenta del
manejo de la conversación, levantó la barbilla con arrogancia.
“¿Quizás?”.
Si Florian hubiera
estado allí, lo habría insultado al instante, pero Harrison seguía actuando con
descaro.
“Lo suficiente como
para saber cuántos Alfas han pasado por la vida de Dietrich”.
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Sarang lo miró
fijamente y sonrió con dulzura.
“No lo creo”.
Harrison, que buscaba
provocarlo abiertamente, se sintió decepcionado por la respuesta tan insípida
de Sarang. Esperaba que le exigiera saber cuántos y quiénes eran, o que se
indignara como cualquier Alfa posesivo preguntando por qué le interesaban tanto
los asuntos del celo de un Omega ajeno. Pero el joven era innecesariamente
calmado.
Harrison no ocultó su
descontento. Como ignoraba que la inteligencia futbolística es un talento tan
importante como la capacidad física, y que Sarang la poseía, se dejó llevar por
el prejuicio de que todos los deportistas son huecos y lo subestimó.
‘Unicunlar’.
Sarang, que ya
percibía a Harrison no como a un ser humano sino como a una simple célula, se
dispuso a retirarse cordialmente.
“¿De verdad tienes la
intención de ensuciar el linaje de los Dietrich?”
Los ojos negros de
Sarang se clavaron en Harrison.
“Ah, si es por eso, yo
estoy a favor, ¡así que no te enfades tanto!”.
Harrison retrocedió un
par de pasos fingiendo ser un pacifista mientras se reía entre dientes. Sarang
lo observó y se giró por completo hacia él. Satisfecho por haber obtenido
finalmente la atención y reacción de Sarang, Harrison sonrió triunfante.
“Betas, razas... Hoy
en día se consideran reliquias del pasado, pero los viejos no piensan igual. Un
extranjero de cabello negro y un Alfa a medias de padres Beta. Realmente están
muy preocupados”.
Harrison lo pinchaba
buscando una reacción mientras observaba de reojo la expresión de Sarang.
“¿En qué piensas?”
Sarang, que se había
mantenido en silencio sin importar las burlas de Harrison, respondió con
sinceridad esta vez:
“Estaba pensando en
qué posición del protocolo ocupa Rian”.
De pronto, el rostro
de Harrison se tensó.
“¿Usted lo sabe, señor
Summers?”
“¿Qué? ¿Señor
Summers?”
“No estoy muy seguro,
pero por muy bajo que sea su rango, estoy convencido de que es superior al
suyo, señor Summers”.
Harrison apretó los
puños y su rostro pasó del rojo al morado de la furia.
“Si asisto a un evento
de Estado, estaré a su lado como su esposo. Seguramente no estaré en el mismo
espacio que usted, señor Summers, quien ni siquiera entra en el orden del
protocolo. Es probable que en el futuro apenas nos crucemos una o dos veces en eventos
como este, así que me preguntaba si realmente vale la pena reaccionar a cada
una de sus palabras”.
Sarang sonrió con
bondad, marcando un profundo hoyuelo en su mejilla.
“Estaba reflexionando
sobre eso, señor Summers”.
“¡¿Qué?! ¡Maldito Alfa
a medias y atrevido!”
Sarang ocultó el
hoyuelo que tanto le gustaba a Florian y dio un paso atrás. Fue un movimiento
sutil, pero suficiente para esquivar el puñetazo de Harrison. Sin embargo, el
puño de Harrison no golpeó el aire, sino que rozó levemente el labio de Sarang.
“¡Ah!”.
Harrison, que perdió
el equilibrio por lanzar un golpe tan torpe, se tambaleó de forma ridícula
antes de recuperar el centro. A diferencia de él, Sarang se veía totalmente
relajado. A pesar de tener una gota de sangre en el labio, no parecía para nada
la víctima de una pelea. Con actitud pausada, miró deliberadamente por encima
del hombro de Harrison antes de volver a clavarle la mirada.
“La princesa Erika
tiene muchos amigos en la industria de los medios”.
Su voz seguía siendo
calmada y educada.
“He visto que hay
cientos de cámaras. ¿Lo intentamos?”
“¿Qué?”.
“Si solo corro la
cortina, podré darles una pequeña noticia. ‘El tercer hijo del Conde Summers,
sin título, golpeó al esposo del futuro Duque’. A mí no me importa. Al fin y al
cabo, el agresor es usted, señor Summers”.
“¡Grrr!”.
Harrison, al darse
cuenta de que Sarang se había dejado golpear a propósito, quiso abalanzarse
sobre él, pero terminó tropezando solo y su rostro se llenó de ansiedad. Sarang
ya estaba frente a la cortina, sujetando levemente el costoso terciopelo. Si la
abría, estarían de inmediato en el salón interior.
Tal como Sarang
aseguraba, protagonizaría un espectáculo bochornoso frente a los periodistas
hambrientos. Harrison, temblando de rabia al imaginar el regaño del Conde
Summers, finalmente relajó los puños. Sarang no tenía intención de seguir
escuchando las sandeces de un Harrison que aún no se rendía y tenía el rostro
desencajado, así que abrió la cortina de par en par.
“Ah”.
Los ojos de Sarang se
abrieron de par en par por la sorpresa. Florian estaba justo allí. Ahora que se
fijaba, el ambiente del bar había cambiado; seguramente era el efecto de la
llegada de Florian. Como había estado detrás de la cortina, Sarang no notó el
revuelo ni la presencia de su esposo. Apretó los labios y desvió la mirada
ligeramente, pareciendo un Border Collie que acaba de hacer una travesura sin
que su dueño lo vea.
¡Flash! ¡Flash!
En el momento en que
se encontraron frente a frente, los flashes estallaron desde todas las
direcciones. Florian miró a Sarang, que evitaba su mirada nada más verlo, y
extendió la mano. Sujetó la mano de Sarang, que estaba agradablemente fresca, y
empezó a caminar. Florian ajustó su paso al de Sarang, que lo seguía sin
resistencia, mientras innumerables miradas y flashes los perseguían por detrás.
Florian salió del bar
sin soltar a Sarang, caminando con determinación. Como era un hotel que
visitaba con frecuencia, no tardó en encontrar una sala de descanso. Sarang
también lo notó por la seguridad con la que Florian se movía por la estructura
interna.
‘Rian solo pasa sus
celos en la mansión, pero parece que ha tenido muchas reuniones o eventos
aquí’.
Sarang resolvió su
duda al mismo tiempo que obedecía al gesto de Florian, que lo hizo entrar
primero a la sala. ‘Click’. Escuchó el sonido de la puerta cerrándose a sus
espaldas. Sin que hubiera pasado nada todavía, el solo hecho de estar a solas
con Florian hacía que su corazón latiera con fuerza, así que lo presionó
suavemente con la palma de la mano.
Sintió la presencia de
Florian, quien soltó su mano, cerca por un momento antes de alejarse
gradualmente. Sarang pudo imaginar a Florian sentándose en el sofá, pero evitó
mirarlo a los ojos deliberadamente. Se limitó a observar el suelo alfombrado
mientras chocaba suavemente la punta de sus zapatos. Sintió la mirada de
Florian sobre él. Sarang, que permanecía de pie con las manos entrelazadas a la
espalda fingiendo ignorancia, abrió sus labios apretados.
“... ¿Desde dónde me
escuchó?”
“Mmm. Desde: ‘¿De
verdad tienes la intención de ensuciar el linaje de los Dietrich?’”.
Sarang levantó la
cabeza sorprendido y solo entonces miró fijamente a Florian.
Tenía que ser justo
eso.
Florian no pasó por
alto la expresión de desconsuelo que cruzó el rostro de Sarang. En realidad,
había estado escuchando desde que Harrison —ese tipo con cara de patata
machacada— empezó con lo de la "Cenicienta de Oriente", pero no se lo
dijo. No sentía culpa por ello. En un mundo donde Sarang tenía que escuchar
cosas que nadie debería oír, no solo de boca de Harrison sino de los medios y
de su entorno como si fuera el aire que respira, Florian no tenía intención de
hacérselas oír de nuevo por su propia boca.
“Rian”.
“Dime, Sarang”.
Sarang, que había
bajado las pestañas vacilante, finalmente alzó la vista para encontrarse con la
de Florian.
“No se preocupe
demasiado”.
“……”
Era una frase
repentina, pero Florian pudo intuir por dónde venía.
“No tengo intención de
tener hijos con usted, Rian”.
La intuición de
Florian no falló.
“Para mí, con estar a
su lado es suficiente”.
Lo absurdo era que
aquellas palabras, que sonaban a pura lisonja, eran la más absoluta verdad para
Sarang.
“Así que...”.
“Los Wellington estamos
bien, Sarang”.
Sarang parpadeó ante
aquellas palabras de significado incierto.
“Pero la casa ducal es
diferente”.
“……”
“Como único hijo
legítimo, tengo la obligación de continuar el linaje”.
La actitud de Florian
era suave, cómoda y educada.
“Que mi esposo diga
que no tendrá descendencia es lo mismo que pedirme que abandone mis
obligaciones”.
Y eso que
originalmente no tenía intención de seguir con el linaje ducal. Antes de
conocer a Sarang, vivía como si su capacidad reproductiva no existiera.
“Sarang, ¿quieres que
abandone mis obligaciones?”.
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Florian acorraló a
Sarang con su habitual consistencia. Lo hacía actuando como la persona más
íntima y única para él.
“……”
Sarang estaba
acostumbrado a ver a Florian así: imperturbable incluso tras escuchar algo
desagradable. Sabía que esa actitud amable y correcta rodeaba su interior como
una muralla sólida. Sabía muy bien que era un hombre capaz de sonreír con
rostro sereno mientras dictaminaba con firmeza lo que estaba bien y lo que
estaba mal.
Eso significaba que
podía ser cruel o severo con cualquiera. Y ese ‘cualquiera’ no admitía
excepciones. Por eso, Sarang no elegía sus respuestas como si escogiera una
opción en un examen. Simplemente se esforzaba por ser siempre honesto y no
ocultar nada.
“No. Yo quiero que
usted cumpla con su deber. Lo que menos deseo es convertirme en una mancha para
usted. Lo que quiero decir es que usted...”.
Florian, que preveía
lo que vendría después, no frunció el ceño ni alteró su expresión.
“Usted puede tener
hijos con otra persona”.
“... ¿Me está
sugiriendo que tenga un hijo ilegítimo?”.
“Rian, ¿usted quiere
tener un hijo conmigo?”.
Ante el juicio apresurado
de Sarang, las pupilas azules se oscurecieron un poco más.
“Yo... no quiero eso”.
“... ¿Y por qué no
quieres?”.
Florian mantenía su
expresión tan invariable como su tono de voz monocorde. Sin embargo, Sarang
pudo percibir un cambio minúsculo en ambos. Aun así, Sarang no evitó la mirada
de un Florian claramente molesto ni retrocedió. Pensaba que tener un hijo con
él no sería algo bueno para Florian. Sin entender por qué se enfadaba, confesó
lo que sentía.
“Si nuestro hijo
naciera Beta, no tengo confianza para asumir las consecuencias”.
“¿Así que te estás
acobardando y echándote atrás de antemano? ¿Porque no confías en mí?”.
‘Ah, se ha enfadado
porque cree que no confío en él’.
Al comprender el
motivo, Sarang asintió internamente. Él también se enfadaría en su lugar. Si
después de volcar todo su afecto, delicadeza y apoyo material como Florian
hacía, no lograra obtener la confianza de la otra persona, se sentiría muy
decepcionado y furioso. Por eso, Sarang no quería dejar lugar a malentendidos.
“Es cierto que tengo
miedo, pero confío en usted, Rian”.
“Ese juego de palabras
no es la respuesta a mi pregunta, Sarang”.
“Le quiero, Rian. Y le
agradezco que me quiera. Pero no quiero tener hijos”.
“Dime, entonces, por
qué”.
Florian hizo una breve
pausa y soltó el pensamiento que le vino de inmediato a la cabeza.
“¿Acaso el sentimiento
de quererme no es suficiente?”.
“……”
No hay mejor
afirmación que el silencio. Los ojos que miraban a Florian, aunque eran suaves,
no vacilaron ni se perdieron en el vacío. Era la prueba de que era una decisión
tomada hacía mucho tiempo. Justo ese punto irritó el ánimo de Florian. De
repente, sintió un extraño vuelco en el pecho. Florian cerró la garganta con
esfuerzo para reprimir las náuseas que subían. Debido a eso, terminó esperando
involuntariamente a que Sarang hablara. Sarang, tras elegir sus palabras, abrió
sus labios rojos.
“No quiero que un hijo
que nazca Beta tenga que cargar con las consecuencias”.
“……”
Era algo que no había
considerado. Florian, tomado por sorpresa, no pudo ocultar su expresión por un
instante. Sarang, que estaba totalmente concentrado en él, no se perdió ese
momento y sonrió con dulzura.
“No es fácil ser un
Alfa cuyos padres son Betas. No quiero heredarle ese tipo de vida a mi hijo”.
Hizo un hoyuelo como
pidiendo comprensión.
“Usted ya se esfuerza
mucho por protegerme ahora; si naciera un niño, sería aún más difícil. Ni
siquiera usted podría protegerlo perfectamente del mundo. Yo...”.
Sarang se tragó
rápidamente la palabra "amor" que estuvo a punto de escapársele y
continuó.
“No quiero que la
persona que me gusta sufra constantemente por mi culpa”.
“¿Entonces me estás
diciendo que me busque a otro Alfa, que pase mis celos con él y que me preñe
hasta que la barriga me estalle con la semilla de otro? ¿Quieres que cometa
adulterio a tus espaldas?”.
Sarang, que había
apretado los puños sin darse cuenta, relajó lentamente sus manos tensas.
“Cuando nos
divorciemos”.
“……”
“Dijo que le gusto.
Así que, solo hasta que cumpla 25 años. Solo hasta que nos separemos. No
tengamos hijos”.
Florian, sintiendo un
mareo repentino como si le hubieran dado un golpe en la cabeza, frunció el ceño
y hundió su cuerpo —que sentía extrañamente pesado— en lo profundo del sofá.
“Solo por los próximos
cuatro años. Espéreme solo cuatro años más, Rian”.
Florian, incapaz de
soportar el punzante dolor de cabeza, se llevó la mano a la frente. No tenía
idea de por dónde empezar a organizar, explicar y desenredar todo esto. Sarang
lo observaba con mirada preocupada, pero no se acercó. Como un perro fiel
esperando el permiso de su dueño.
Al verlo así, Florian
sintió que la ira que le había enfriado la cabeza desaparecía de golpe. No pudo
evitar soltar una risa seca.
Cierto, se había
confiado demasiado. Estaba demasiado seguro de sí mismo.
“……”
Ni siquiera había
pensado que Sarang lo rechazaría. Estaba convencido de que se alegraría
incondicionalmente al saber que llevaba a su hijo. Todo era arrogancia e
ilusión de Florian. En el lugar que dejó la ira, llegaron como una ola la
comprensión de la realidad y, acto seguido, una profunda ansiedad y vergüenza.
Le avergonzaba haber dado por sentada la alegría de Sarang.
Por mucho que se
presionara las sienes, el dolor de cabeza no remitía. Al contrario, sentía
náuseas. El pecho le daba vuelcos y la garganta le picaba como si fuera a tener
arcadas. Por otro lado, el cuerpo se le hundía con pesadez y sentía que el
sueño lo vencía. Florian abrió los ojos, que había mantenido apretados, y logró
recuperar el aliento a duras penas.
“¿Y si no tengo
intención de divorciarme?”.
La expresión de
Sarang, que se mantenía de pie reprimiendo el impulso de correr hacia Florian,
era digna de ver. Si por él fuera, ya habría volado a socorrerlo. Querría pegar
su piel a la suya, mezclar sus alientos y volcar sus feromonas sobre él. Sarang
estaba conteniendo ese deseo. Porque no sabía si le estaba permitido. Porque
sabía que sin permiso no podía hacer nada.
“Kim Sarang”.
Sarang se estremeció
ante el llamado en voz baja. Florian, apoyando su cuerpo agotado, miró hacia
arriba a un Sarang que estaba a punto de romper a llorar. En su rostro, que ni
remotamente sospechaba que él era la causa del repentino malestar de Florian,
solo había una preocupación desbordante por él. Sin saber siquiera lo que él
mismo había provocado.
Ja.
Florian, riendo
internamente por lo irónico de la situación, parpadeó con sus pestañas doradas.
En ese momento sintió que el tiempo corría más despacio, lo que le permitió
recuperar el aliento por un instante. Sarang se sintió profundamente aliviado
al verlo más estable. ‘Incluso así es hermoso’, pensó Sarang antes de que
Florian hablara.
“Si no me divorcio de
ti y tengo intención de tener a tu hijo”.
Vio cómo las pupilas
negras de Sarang temblaban.
“¿Aun así no
quieres?”.
“Pero eso es solo un
‘si acaso’”.
“……”
“No quiero confiar mi
futuro a suposiciones inciertas como ‘si acaso’, ‘si se hiciera’ o ‘si se pudiera’”.
Sarang, que antes no
podía ocultar lo mucho que le emocionaba solo cruzar la mirada, ahora exponía
su opinión con claridad, sin nervios ni temblores.
“Para eso... usted me
gusta demasiado, Rian”.
Esta vez también se
tragó el "te amo" y sonrió frente a esos ojos azules profundos como
el abismo. Como si supiera que Florian seguiría sin amarlo en el futuro. Como
si eso estuviera bien. Frente a él, Florian no pudo abrir la boca fácilmente. Porque
él tampoco se había detenido a mirar dentro de su propio corazón.
Kim Sarang, que había
crecido recto, encantador y sin dobleces a pesar de un entorno desdichado, era
como una flor nacida en el fango. A Florian le gustaba y lo quería como ser
humano. En lo erótico... sí, también le gustaba en lo erótico. Pero si le
preguntaran si realmente lo amaba, no podría decir que sí de inmediato.
Sarang le estaba
preguntando a Florian: ¿De verdad me amas? ¿Me amas con un corazón puro y no
por responsabilidad, deber o necesidad? ¿Me amas lo suficiente como para dar a
luz al hijo de Sarang y aceptar una vida junto a ellos para siempre?
De pronto, el corazón
de Sarang pesó sobre el pecho de Florian como si fuera una roca real. Vivir
toda la vida con los seres amados no debería expresarse con la palabra
‘aceptar’ o ‘soportar’.
Solo entonces Florian
se dio cuenta. No estaba preparado. Se dio cuenta de que, a diferencia de
Sarang, que seguramente había reflexionado, dudado y se había obsesionado con
el tema durante mucho tiempo, él no tenía ninguna preparación. El que mejor
percibía la realidad era Sarang. ¿Un regalo? ¿Un gran regalo de una sola vez?
Había descartado por
completo la posibilidad de que la colaboración con la ciudad de Cantón o el
hijo en su vientre no fueran un regalo para Sarang. Florian simplemente lo
había pensado a la ligera, como quien regala un gran jardín a un cachorro
adorable o dedica tiempo con gusto a un niño lindo que lo sigue.
Porque Sarang lo
amaba.
Porque, de todos
modos, Sarang lo amaba.
Probablemente Sarang
conocía esa arrogancia de Florian. La conocía, pero seguramente pensaba que era
algo natural, sin ser consciente de que era arrogancia. Para Sarang, Florian
era toda la bondad, la afirmación y la rectitud del mundo. Solo para Sarang, él
era ese tipo de ser.
Al enfrentarse a su
propia necedad, Florian sintió que el cuello se le calentaba. Era un calor
confuso, entre vergüenza, ternura y satisfacción. Tan poco claro como el
sentimiento de Florian hacia Sarang.
Los pies de Sarang se
movían con inquietud mientras se contenía para no lanzarse sobre un Florian
cuya palidez empeoraba. Florian sintió de repente como algo extraño el amor
ciego de Sarang, ese que creía conocer tan bien. ¿Realmente conocía con
precisión el amor que Sarang albergaba?
“... Ven aquí”.
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Florian, incapaz de
seguir viendo los ojos negros de Sarang cargados de ansiedad, le tendió la
mano. Sarang no perdió un segundo y caminó hacia él. Acortó la distancia de un
golpe y tomó la mano de Florian. No se resistió a la fuerza que lo atrajo hacia
él.
“Así”.
“……”
“Quedémonos así un
momento”.
El aliento de Florian,
que lo rodeó por la cintura con fuerza, se derramó sobre el hombro de Sarang.
Sarang, dejándose llevar por la fuerza que lo atraía, dejó caer su torso
torpemente. Al mismo tiempo, las venas saltaron en el dorso de su mano mientras
se apoyaba en la pared y apretaba el respaldo del sofá.
Por poco termina
sentado sobre los muslos de Florian. Sarang, que logró subir al sofá abriendo las
rodillas, quedó inevitablemente mirando hacia abajo a Florian, que estaba
sentado entre sus piernas. Florian tenía el rostro hundido en su hombro. El
cabello rubio, sedoso y perfectamente peinado. El cuello pálido que se extendía
recto por debajo. El cuello rígido de la camisa. Y el olor de Florian.
“……”
Su gran cuerpo se
estremeció ante el aliento caliente que se extendía desde su hombro por su
piel. Las feromonas de Florian se filtraron como una bruma. Sintiendo que esas
feromonas llamaban a las suyas propias, Sarang contuvo el aliento un momento.
El cuero del sofá, arrugado como si fuera a romperse, recuperó lentamente su
forma. Acto seguido, el cuerpo de Sarang, tenso desde la nuca hasta la cintura,
se relajó.
El cuerpo de Florian
estaba ardiendo. Ya de por sí era un cuerpo cálido, pero ahora albergaba un
calor distinto.
“Rian”.
“……”
Florian no dijo nada.
Solo exhalaba suspiros lentos y profundos. Sarang, detectando la anomalía, se
movió con rapidez pero con cuidado. Se deslizó fuera del sofá y recibió entre
sus brazos la cabeza y el cuerpo de Florian, que se inclinaban hacia él. La
alfombra tupida y suave se hundió bajo las rodillas de Sarang.
“¿Rian?”
Sarang liberó sus
feromonas poco a poco mientras llamaba el nombre de la persona que amaba.
Sostuvo con suavidad la mejilla pálida que contrastaba con el cuerpo ardiente y
acunó contra su pecho aquel cuerpo que pendía sin fuerzas. Sintió como si el
corazón se le cayera al suelo.
“Rian”.
Susurrando bajo,
Sarang se movió con calma. Se sentó en el sofá cargando a Florian con ligereza.
Abrazó contra sí el cuerpo apoyado en sus muslos y unió sus frentes. Un sudor
frío empapaba la frente de Florian, que estaba tan caliente como una piedra
calentada al fuego.
También se sentía el
calor en los labios de Florian, entreabiertos y enrojecidos. Las feromonas que
emanaban de su respiración lenta se volvían cada vez más densas. Florian, medio
inconsciente, no podía controlar sus feromonas.
“Rian”.
Las feromonas de
Sarang, que ya habían salido con fuerza, envolvieron desde el exterior las
feromonas de Florian que se dispersaban sin rumbo. En lugar de las frentes, se
tocaron las puntas de las narices. Poco después, las narices se cruzaron y los
labios se solaparon. Una lengua gruesa y blanda separó los dientes y llenó la
boca de Florian. Frotó el paladar y la cara interna de las mejillas, calientes
como arena bajo el sol. Envolvió la lengua lánguida de Florian y la succionó durante
largo tiempo. La lengua, que tanteaba el paladar profundamente, rozó la
campanilla de Florian.
“Mmh”.
Abrazó a Florian con
fuerza para consolarlo ante su reacción inmediata y retiró la lengua, pero no
separó sus labios unidos profundamente. Como si aplicara un ungüento, frotó sus
feromonas contra la carne sensible. Empapó la campanilla que temblaba levemente
y vertió sus feromonas hasta llenar la garganta de Florian.
“Uuuhm...”.
Sarang, que tragó
incluso el pequeño gemido que se escapó, se concentró únicamente en calmar las
feromonas de Florian, enfriar su calor y sanarlo. De pronto, sintió ganas de
llorar. Sentía que los problemas de feromonas de Florian eran culpa suya.
Aunque una vez intentó
negarlo, con el tiempo Sarang sintió que así era. El trastorno de feromonas que
apareció justo después de que él dejara el lado de Florian se calmó
notablemente cuando regresó a su lado.
Si no hubiera conocido
a Rian desde el principio, él no tendría problemas con sus feromonas ni habría
sido humillado por sus compañeros de celo. Si Rian lo hubiera ignorado
entonces. Si no lo hubiera rescatado de la villa de Kaia. Su vida no se habría
desmoronado tanto.
El Florian original.
El heredero del ducado, el joven amo de los Wellington, el hombre que era
motivo de orgullo solo con existir y objeto de reverencia para todos: Florian
Dietrich Wellington. El Alfa más perfecto. No, simplemente una persona.
‘¿Hola? Sarang’.
Recordaba vívidamente
a aquel Florian que brillaba más que el sol dorado. Sarang contuvo el llanto y
volcó sus feromonas con todas sus fuerzas, como si le entregara su propia vida
a Florian. Lo abrazó durante largo tiempo, compartiendo su calor.
“... ¿Desde dónde me
escuchó?”.
“‘Lo sé. La Cenicienta
de Oriente’”.
“Rian”.
“Dime, Sarang”.
“No se preocupe
demasiado”.
“……”.
“No tengo intención de
tener hijos con usted, Rian”.
“Como único heredero
legítimo de la casa ducal, tengo la obligación de continuar el linaje”.
“……”.
“¿Acaso Sarang quiere
que falte a mi deber?”.
“No. Deseo que cumpla
con su obligación. Lo que menos quiero es convertirme en una mancha para
usted”.
“Vaya, parece que no
considera que ya es una mancha en mi vida”.
“……”.
Era una voz gélida,
desprovista de cualquier emoción. Sarang, acostumbrado a que le clavaran clavos
en el corazón, no dejó traslucir su herida. Sin saber que esa terquedad
altruista solo avivaba la ira de Florian. Cuanto más se comportaba así, más
ganas tenía Florian de herirlo, de clavarle clavos no solo en el corazón, sino
en cada rincón de su ser para dejarle cicatrices imborrables.
“Podría tener hijos
con otra persona”.
“... ¿Me está
sugiriendo que tenga un hijo ilegítimo? ¿A ‘mí’?”.
“Rian, ¿usted quiere
tener un hijo conmigo?”.
“No, preferiría tener
varias amantes y elegir con cuál procrear”.
“Fue usted quien me
pidió el divorcio, Rian”.
Fue una frase dicha
por el arrebato del momento. O quizás, era la verdad que soltó al no poder
soportar más a Sarang. Kim Sarang, quien siempre envió una fe y un afecto ciego
y constante a Florian por haberlo rescatado de una vida infernal. Para Florian,
esa confianza y ese amor eran algo natural. Al fin y al cabo, él era el
salvador que lo sacó de un callejón mugriento. Era lógico que Sarang le
obedeciera, confiara y se aferrara a él.
A veces, ese Sarang le
parecía tierno y adorable. Florian no era mezquino con sus sentimientos; no
tenía por qué serlo. Al lado de Florian siempre estaba Sarang, esperando y
deseando con gratitud incluso los sentimientos más efímeros que pasaban según
su estado de ánimo. Florian no necesitaba controlar su voluble emocionalidad.
Desde el principio,
Sarang era un Alfa traído con ese propósito. Alguien para calmar sus feromonas
inestables, un compañero de celo ocasional a quien mimar si le apetecía y a
quien ignorar si se aburría. Darle su corazón o arrebatárselo dependía
enteramente de Florian. Sarang debía dolerse si lo herían y alegrarse si lo
acariciaban. Ocultar el dolor y reprimir la alegría no era lo que Florian
esperaba de él.
“Usted fue quien dijo
que no quería tener hijos. Y fue usted quien decidió que no compartiría las
obligaciones del ducado conmigo”.
“……”.
“Rian”.
Unos ojos negros que
brillaban sutilmente como cera barnizada observaron a Florian por un largo
rato.
“A usted simplemente
le molesta que sea yo quien rechace la descendencia primero y mencione el
divorcio”.
“……”.
“No puede tolerar que
yo sea quien lo afirme o lo niegue, ¿verdad?”.
“¿Lo sabe y aun así se
comporta de esta manera?”.
“……”.
“Diciendo que me ama,
y aun así lo hizo a sabiendas”.
Era una lógica
forzada. Desde hacía un tiempo, perder la compostura y ponerse a la defensiva
se había vuelto habitual frente a Sarang. A Florian le desagradaba ese cambio
en sí mismo. Le resultaba molesto, incómodo y abrumador que la existencia de
Sarang no lo dejara ser él mismo. Sí, era abrumador.
Le molestaba ver a
Sarang siendo insultado y tratado injustamente solo por ser el protegido o el
esposo de Florian Dietrich Wellington. Y, sin embargo, no entendía por qué
Sarang no le pedía ayuda; ese orgullo insignificante le resultaba ridículo.
Odiaba y amaba a la
vez que a Sarang le doliera más una palabra o un gesto suyo que el desprecio
del mundo entero. En realidad, para cuando se dio cuenta de que Sarang tenía el
corazón lleno de clavos por las heridas del mundo tanto como por las suyas, la
relación ya estaba dañada sin remedio.
Sarang, por el simple
hecho de amar a Florian, no daba excusas ante los malentendidos del mundo ni
esperaba comprensión siquiera de él. Si Florian lo apartaba, se dejaba apartar;
si lo empujaba, se dejaba empujar.
Ese amor silencioso.
Cuando Florian enfrentó ese amor que parecía tambalearse sin rumbo pero que
solo echaba raíces profundas hacia él, sintió un dolor que le partía el pecho y
se quedó sin aliento. A Florian le abrumaba ese amor tan callado y profundo.
Hasta el punto de que prefería odiar primero antes de ser odiado.
“Rian”.
“……”.
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“Sí, Sarang”. Aunque
le dolía que la voz que siempre lo seguía no estuviera allí, Sarang no mostró
su tristeza.
“¿De verdad... es la
elección de Rian?”.
“……”.
“Lo de no tener hijos.
¿Es realmente lo que Rian deseaba?”.
“……”.
“Es que... a veces me
parece que no”.
“……”.
“Siento que no es
así”.
“Sarang. El derecho a
decidir sobre mi cuerpo me pertenece a mí”.
“……”.
“Así es. Yo quise la
cirugía de interrupción”.
Sarang mantenía la
vista en el cuello pálido de Florian más que en sus ojos azules brillantes.
“¿Está satisfecho
ahora?”.
“Rian”.
“……”.
Sarang fue quien hizo
vibrar los oídos de Florian, quien llenó su campo visual y empapó sus sentidos
al abrir los párpados.
“Rian”.
Sarang, arrodillado
frente al sofá, sujetaba con fuerza la mano izquierda de Florian entre las
suyas. Parecía que Florian había perdido el conocimiento por un momento.
Florian observó en silencio aquellos ojos negros llenos de preocupación y
ansiedad.
Así que... aquel
idiota del sueño también amaba. Amaba a Kim Sarang. Solo que se dio cuenta de
sus sentimientos demasiado tarde. No, simplemente se pasó la vida negándolo y
lo admitió cuando ya era tarde.
“Lo amo”.
“……”.
“Lo amo, My lovey”.
Al sentir que la mano
de Sarang se ponía rígida e intentaba apartarse, Florian la sujetó con más
fuerza.
“Sarang”.
Sarang tenía el rostro
de quien está en un sueño. Había deseado y anhelado tanto a Florian que sus
ojos, que se cerraron y abrieron con fuerza pensando que era una alucinación,
temblaron levemente. Florian, que yacía como un cadáver en el sofá, se
incorporó y se sentó.
Sarang había volcado
sus feromonas sobre él mientras lo abrazaba tras encontrarlo gimiendo de dolor
hasta perder el sentido. Hasta que el rosado volvió a su rostro pálido. Hasta
que el calor regresó a sus dedos que se enfriaban. Hasta que las feromonas de
Florian, que amenazaban con desbocarse, se calmaron.
Sarang mantuvo sus
feromonas abiertas por mucho tiempo con Florian en brazos. No le importaba si
las suyas se agotaban.
“‘Si acaso. Si se
hiciera. Si se pudiera’”.
“……”.
“Me dolió el corazón
cuando esa incertidumbre brotó de los labios de Sarang”.
Una mano cálida
acarició la mejilla izquierda de Sarang, quien lo miraba embobado.
“Lamento no haberle
dado certezas hasta ahora, Sarang”.
Acarició la parte
superior de su oreja, descubierta bajo el cabello negro peinado hacia atrás, y
rozó el pómulo donde se formaba un hoyuelo encantador al sonreír.
“Decir que me gustas
mucho eróticamente es, en otras palabras, decir que te amo”.
“……”.
“Sí, lo amo. Sarang”.
Sarang necesitó mucho tiempo
para procesar la confesión de Florian.
“... ¿Por qué?”.
Ante esa pregunta tan
propia de él, Florian no borró la sonrisa que surgía naturalmente.
“No lo sé. ¿Acaso hay
una razón para que Sarang me ame a mí?”.
“... No, no la hay”.
“A mí me pasa lo mismo”.
“……”.
“Me gusta Sarang. Me
gusta y me duele el pecho cuando llora por mi culpa, y cuando sonríe por mí, me
alegro pero también me vuelvo codicioso”.
Una mirada cálida como
el sol de otoño acarició a Sarang.
“Quiero encerrar a
Sarang en una habitación para que solo yo pueda verlo, tocarlo y poseerlo”.
“……”.
“El Kim Sarang que
brilla en el campo. El Kim Sarang que ama el fútbol. El que ama a sus fans y a
su país. El que ama a Colin. El Kim Sarang que brilla más cuanto más amor da y
recibe”.
Unas yemas blancas
presionaron suavemente los labios que intentaban articular algo.
“El Kim Sarang que ama
a Florian, no al Dietrich ni al Wellington”.
El dedo que presionaba
sus labios separó con cuidado la carne blanda. Chut. La piel suave y
cálida mordió la punta del dedo de Florian.
“El Kim Sarang que
jamás será feliz si no es conmigo”.
El Kim Sarang que no
sobreviviría al resto de su vida.
Mi... increíblemente
fuerte y a la vez infinitamente débil...
“Sarang”.
Aquellos ojos negros,
redondos y dóciles como los de un niño, reflejaban únicamente a Florian.
“Sin darme cuenta,
Sarang se ha convertido en ese tipo de existencia para mí”.
“……”.
“¿Todavía me ama?”.
“……”.
“¿O ahora solo le
gusto?”.
Mua.
Sarang, que parecía
que nunca iba a moverse, giró levemente la cabeza y besó la palma de la mano de
Florian que acariciaba su boca.
“Dígame que no es un
sueño”.
“No es un sueño,
Sarang”.
Sarang apoyó la
mejilla izquierda en la palma de Florian hasta sentir la realidad del momento,
y luego abrió los ojos despacio.
“Dígame que no se
divorciará de mí”.
“Sarang, no me
divorciaré de usted”.
Los labios rojos y
húmedos de Sarang temblaron ligeramente.
“Y daré a luz a su
hijo”.
“……”.
“Tendré un hijo que se
parezca exactamente a usted”.
Si el niño tiene
padres que se confían y se aman, seguramente podrá superar cualquier
dificultad. Aunque a veces sea herido o caiga en la frustración, si tiene a Sarang
y a Florian como una valla protectora, podrá encontrar su propia felicidad. Tal
como hizo Sarang. Tal como Kim Sarang, que brilla con fuerza por sí mismo, lo
logró. Nuestro hijo crecerá sano de cuerpo y alma.
‘Debe guardar reposo
al menos hasta la semana 20 para que el bebé esté a salvo. El parto en un Omega
masculino es peligroso incluso para un dominante. El jefe tiene náuseas
severas, por lo que necesitará especialmente las feromonas del Alfa. No sé
hasta cuándo podrá ocultárselo a su esposo...’.
Apenas 16 semanas.
‘La tasa de aborto
espontáneo en Omegas masculinos es del 30%, y en la etapa inicial roza el 50%.
Además, siendo el primer embarazo del jefe...’.
Significaba que había
un 30% de probabilidades de que el bebé no llegara a nacer. Florian echó una
mirada fugaz a su vientre, que aún no mostraba ninguna curva, y luego miró a
Sarang, que ahora descansaba la cabeza sobre sus muslos. Sarang, agotado tras
procesar la confesión de Florian, respiraba pausadamente.
“Dijo que no nos
divorciáramos, pero no respondió nada cuando dije de tener un hijo”.
Al acariciar aquel
cabello increíblemente negro, Sarang abrió los ojos.
Incluso para amantes
que se adoran es difícil criar a un hijo; el argumento de Sarang de que una
pareja con pesos emocionales distintos solo haría infeliz a todos tenía su
lógica. ¿Podría Sarang confiar plenamente en su corazón con esta sola
confesión? ¿Podría el bebé sobrevivir hasta la semana 20?
No se le ocurría ni
una sola razón por la que fuera bueno dar ahora la noticia del embarazo, que
bien podría ser un regalo o una pesadilla. Cuando pasen las 20 semanas. Sí,
cuando pase el periodo de riesgo. Se lo diría entonces. Si el bebé se marchaba
antes de las 20 semanas, no había necesidad de que Sarang lo supiera.
Sin embargo, ocultarlo
ahora tampoco se sentía correcto. No era moralmente adecuado ocultar el
embarazo a Sarang, quien había dicho claramente que no quería hijos. Aunque
Florian seguiría adelante con el embarazo de todos modos, Sarang no debía ser
ignorante; no se le debía ocultar deliberadamente. Precisamente porque era una
noticia que podía ser una pesadilla y no un regalo, Sarang tenía derecho a
saberlo.
Pero Florian no se
atrevía a hablar. No podía soltar la noticia del embarazo a un Sarang que
acababa de agotar toda su energía mental aceptando su confesión.
Mañana por la mañana,
al despertar. O mejor, después de que juegue el partido importante de esta
semana.
Mua. Florian besó los párpados de Sarang y
decidió que entonces revelaría el secreto que guardaba.
“Yo...”.
“……”.
“Yo lo haré por
usted”.
Florian, recordando
primero que estaban en medio de un evento, se arregló la ropa desordenada. Para
aliviar a Florian, que había estado sudando frío y sufriendo de dolor
abdominal, Sarang le había soltado la corbata y desabrochado la chaqueta y la
camisa. Sarang detuvo a Florian cuando este intentó arreglarse solo y extendió
sus manos lentamente. Sus movimientos eran cuidadosos.
Florian se giró por
completo hacia Sarang y se entregó a sus manos, indicando que no era necesario
que se esforzara. Sarang, cuyos dedos temblaron de repente antes de cerrarlos
con fuerza, comenzó arreglando la camisa.
“Pensé que era el
celo”.
“Es una lástima. Si
hubiéramos rodado juntos por aquí, habría sido un recuerdo divertido”.
Ante la broma de un
Florian que recuperaba su soltura habitual mientras se arreglaba, Sarang
sonrió. Los ojos azules miraron fijamente los párpados de Sarang, algo
hinchados aunque no había llorado.
“Hablemos de nuevo en
casa, Sarang”.
“……”.
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Se detuvo. La punta de
sus dedos, que abrochaba el último botón de la camisa, pareció congelarse un
instante antes de empezar a anudar la corbata.
“Nos vemos en casa
luego”.
“……”.
“¿Acaso tiene planeado
pasar la noche fuera?”.
Florian, de pie con la
barbilla levantada para facilitar el trabajo de Sarang, preguntó bromeando.
Sarang, concentrado en el nudo, respondió tarde.
“Iré a casa”.
Sarang, mientras
alisaba la corbata bien anudada, vaciló por alguna razón antes de terminar.
Pronto, el pasador de corbata que sostenía quedó colocado entre el segundo y
tercer botón de la camisa.
“Se puso... esto”.
“Sí, Sarang”.
Sarang no había
preguntado si lo había recibido ni esperaba nada tras regalárselo, pero verlo
puesto personalmente le hizo sentir una alegría que aceleró su corazón. Era un
día que no parecía real.
“Me gustó mucho;
quienquiera que lo haya regalado tiene buen gusto”.
Como el Florian que le
sonreía con frescura no parecía real, Sarang simplemente tocó el pasador de
corbata frío. El pasador, que brillaba sutilmente bajo la luz, estaba frío.
Solo eso se sentía real.
Florian brillaba con
una intensidad especial entre la multitud. Su traje realzaba su figura
impecable y su cabello rubio estaba perfectamente peinado. En su mano, pálida
pero de apariencia firme, destacaba un anillo en el dedo anular. Era la alianza
que había intercambiado con Sarang en su boda aquel diciembre, hace dos años.
Como verdadero
protagonista de la gala benéfica, Florian se movía por el salón con total
soltura, liderando el evento sin detenerse demasiado con nadie, pero sin
ignorar a nadie. La mayoría eran figuras influyentes dispuestas a invertir
grandes sumas o a facilitar gestiones administrativas. Entre todos ellos,
Florian, a pesar de su juventud, era quien se veía más relajado y seguro.
Mientras conversaba
con alguien que reía a carcajadas, Florian divisó a Sarang y le guiñó un ojo.
Sarang, que al principio solía sonrojarse o turbarse ante las travesuras y
risas de Florian, ahora le devolvía el guiño con una sonrisa. Aun así, de vez
en cuando golpeaba suavemente sus talones contra el suelo. Necesitaba comprobar
que sus pies seguían en la tierra, pues todo aquello le parecía un sueño.
Sarang contempló el
pasador de corbata que destacaba bajo la elegante iluminación, luego miró el
anillo en la mano izquierda de Florian mientras este sostenía una copa de
champán, y finalmente bajó la vista hacia su propia alianza. En ese momento,
alguien se acercó por su lado.
“Mister Lovely King”.
Allen, con su habitual
rostro de indiferencia, le susurró al oído y se encogió de hombros. A pesar de
que Sarang era mucho más ágil que una persona promedio, casi siempre perdía de
vista los movimientos de Miller o Allen. En esos momentos recordaba que ellos
pertenecían a una empresa militar privada.
“Se retira en diez
minutos”.
“Ah”.
Fue Florian quien
contrató a los hombres que habían reducido fácilmente a los guardias de la
villa de Kaia. Por las quejas de Allen, parecía que habían venido por unas
vacaciones durante su periodo de celo y terminaron atrapados en un trabajo de
oficina. Su misión era proteger a Florian y a Sarang.
¿Cómo habría conocido
Rian a este tipo de personas? No hacía falta observarlos mucho tiempo para
notar que no era una relación de un par de días. Representante de una empresa
militar privada. Era un título que no parecía encajar con Florian y, sin
embargo, le sentaba extrañamente bien. La sede de la empresa estaba ubicada
estratégicamente en el corazón de Virginia, Estados Unidos.
‘Es una especie de
trauma’.
‘No es una herida
reciente, Sarang’.
‘Fue hace mucho
tiempo’.
‘Fui secuestrado’.
Sarang recordó aquella
conversación de una tarde de verano mientras se dejaba guiar dócilmente por la
mano que lo arrastraba. La espalda de Allen aparecía y desaparecía mientras
esquivaban hábilmente a la multitud.
“¿Eh?”.
Al salir del laberinto
del salón y entrar en el vestíbulo del hotel, el rostro de Sarang se iluminó.
Florian, que hace un momento hablaba con la representante de un medio deportivo
—una mujer conocida para Sarang—, ya estaba afuera, en el área del valet.
‘Nos vemos en casa
luego’.
Sarang se quedó allí
parado, parpadeando como si todavía estuviera soñando, hasta que una mano
áspera le tiró de la oreja.
“¡Ay!”.
“¿Qué demonios hiciste
con el jefe en la sala de descanso para estar tan ido desde entonces?”.
“Vaya, eso dolió de
verdad”.
“Y eso que no usé
fuerza. ¿Quieres que tire de verdad?”.
“Se lo voy a decir al
jefe”.
“¡Ja! Mira qué mocoso
tan insolente resultó ser este”.
Como era habitual,
Sarang aceleró el paso mientras bromeaba con Allen cruzando el vestíbulo.
“Oye, chico. El jefe
no se va a ningún lado. Ve despacio. Si te caes...”.
¡KABOOM!
Antes de que Allen
terminara la frase, un estruendo ensordecedor estalló fuera del vestíbulo.
Allen no fue el único que salió disparado ante el ruido.
“¡Chico! ¡Sarang! ¡Kim
Sarang! ¡Kim! ¡Fuck!”.
Ambos salieron
corriendo al mismo tiempo, pero ni siquiera Allen podía igualar la velocidad
instantánea de Sarang. Un Jeep de lujo se había estrellado contra el área del
valet donde estaba Florian y terminó empotrado contra la puerta giratoria. Los
cristales estallaron y la entrada quedó medio derrumbada. Sarang salió buscando
con la mirada a Florian, oculto tras una cortina de polvo gris y ceniza.
Rian.
Florian no estaba en
el área del valet, cuyo techo se había desplomado parcialmente.
“Rian”.
La voz de Sarang quedó
sepultada por los gritos de la gente que corría aterrorizada y el ulular
incesante de las alarmas de emergencia.
“¡Rian!”.
En el preciso instante
en que gritaba desesperado en medio de aquel escenario que se había
transformado en una ruina urbana, ¡BOOM! El Jeep, que hasta entonces solo
soltaba humo negro, estalló en llamas. Sarang se lanzó fuera del área sin
dudarlo.
Allen, que perdió a
Sarang por apenas un segundo, soltó una maldición y saltó. En ese momento,
¡KABOOM! Un estruendo mucho mayor que los anteriores sacudió la plaza central
del hotel. El lugar se convirtió en un caos absoluto debido al atentado con
coche bomba y explosivos.
