19. Código postal diferente
19.
Código postal diferente
Nadie
fue capaz de romper el silencio primero.
Tanto
Chase como Jung-in lo sabían; Su-ji se había dado cuenta de su relación. Si se
tratara de un simple amigo, no habría razón para entrar y salir a escondidas
por la ventana, ni se habrían quedado paralizados de esa forma tan incómoda al
ser descubiertos.
Tal
vez habría sido mejor si hubieran actuado con naturalidad, o si Chase hubiera
lanzado alguna broma con su carisma habitual. Pero Chase estaba genuinamente
desconcertado, y no podía fingir serenidad cuando sus sentimientos eran tan
reales. Siempre había sido experto en usar máscaras, pero ante la sinceridad,
era un hombre diferente.
En
ese momento, se escuchó el sonido de alguien bajando las escaleras a toda prisa
y Jung-in salió disparado por la puerta principal.
“¡Chase!
¿Estás bien?”.
Jung-in
preguntó con voz entrecortada mientras lo revisaba con esmero. Chase seguía
medio incorporado entre los arbustos, sin saber qué hacer.
“¿No
te hiciste daño?”.
“Estoy
perfectamente”.
Solo
entonces Chase se puso de pie de un salto, forzando una sonrisa como si no
fuera nada importante.
Su-ji
miraba alternativamente a Jung-in y a Chase. Su expresión era de absoluta
incredulidad, como si le costara procesar que lo que veía era exactamente lo
que estaba pensando. Intentó hablar, pero no encontraba las palabras. Lo único
seguro era que aquel momento era uno de los más desconcertantes y difíciles de
su vida.
Tras
observarlos en silencio durante un largo rato, finalmente soltó un suspiro
profundo y dijo con voz calmada.
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“…
Ya es tarde, así que por hoy, será mejor que te vayas”.
Chase
miró a Jung-in con ojos inquietos, claramente preocupado por dejarlo solo
lidiando con las consecuencias. Se le veía indeciso, como si no quisiera
marcharse y dejarle toda la carga a él. Sin embargo, Jung-in asintió levemente
con rostro sereno. Su expresión era tranquila, como si le asegurara que él se
encargaría de todo.
“Siento
haberla asustado. Buenas noches. Me voy, Jung-in”.
“Sí,
ve con cuidado”.
Las
cejas de Su-ji se elevaron ligeramente al oír a Chase llamar a su hijo por su
nombre coreano.
Chase
se dio la vuelta a regañadientes y caminó hacia su auto, aunque giró la cabeza
varias veces antes de alejarse. Mientras tanto, Su-ji y Jung-in entraron en
silencio a la casa. En cuanto la puerta se cerró, una tensión extraña inundó el
ambiente.
Su-ji
se quedó de pie en medio de la sala, aturdida. La imagen que acababa de
presenciar seguía grabada a fuego en su mente. Tras un largo silencio,
finalmente logró hablar con dificultad.
“¿Qué
es lo que acabo de ver? ¿Es lo que estoy pensando? Ustedes dos…”.
Pero
no pudo terminar la frase. Palabras que le costaba pronunciar y preguntas
difíciles de formular flotaban en el aire. Sin embargo, su perspicaz hijo,
sabiendo perfectamente lo que ella quería preguntar, asintió con naturalidad,
confirmando sus sospechas.
Su-ji
caminó hacia el sofá con paso vacilante, como si le fallaran las fuerzas en las
piernas, y se desplomó en él.
“Dios
mío”.
Se
llevó la mano a la frente con un profundo suspiro. Por mucho que intentara
organizar sus pensamientos, le resultaba difícil aceptar esa faceta desconocida
de su hijo que acababa de descubrir. Jung-in la observaba en silencio.
En
realidad, sabía que este momento llegaría tarde o temprano. Solo había pensado,
vagamente, que sería dentro de unos años. No tenía intención de ocultárselo a
su madre para siempre. Había llegado la hora de hablar.
Jung-in
abrió la boca lentamente.
“Lo
quiero. De verdad”.
Fue
una confesión corta y tajante. Con esa frase resonando en la sala, la situación
se convirtió en una realidad irreversible.
“Jung-in.
¿Eres consciente de lo importante y serio que es esto? Si es solo por
curiosidad momentánea o por diversión…”.
“Mamá”.
Jung-in
la interrumpió. Su-ji se calló de golpe y se sorprendió al mirarlo. La
expresión de Jung-in era firme y serena. No parecía herido por las palabras de
su madre, sino más bien decidido a evitar que ella dijera algo de lo que
pudiera arrepentirse después. Era como si la estuviera convenciendo de que
pensara bien el peso de sus palabras antes de lanzarlas.
“Jung-in.
Yo…”.
Su-ji
intentó hablar varias veces, pero terminaba suspirando. Ella también sabía que
la reacción de un padre al momento de una ‘salida del armario’ marca a un hijo
de por vida. Sabía que podía ser una herida imborrable o un trauma profundo.
En
su mente, recordaba los consejos de las clases de orientación para padres: cómo
reaccionar cuando los hijos revelan su identidad, qué decir y qué evitar.
Incluso había imaginado cómo reaccionaría ella si se enfrentara a esa
situación, pero ahora que era real, las palabras no fluían con naturalidad.
“No
sabía que te gustaran los hombres. Gracias por decírmelo”.
Fue
la respuesta de manual. Sin embargo, había algo más que le preocupaba. Quizás
un obstáculo mayor que el género.
“Pero…
él es un Prescott. Es el hijo del dueño del Prescott Bank, el banco al que le
debo la hipoteca de esta casa. Es el heredero de ese imperio”.
Jung-in
entendía perfectamente su preocupación. Él mismo había rechazado a Chase al
principio precisamente por ser un Prescott. Había trazado una línea que no
debía cruzarse, asumiendo que pertenecían a mundos distintos.
“Puedes
llamarme anticuada si quieres. Pero esas familias son todas iguales”.
Jung-in
lo sabía. La familia Prescott era el epítome del Old Money, la élite que ha
dominado la alta sociedad estadounidense por generaciones, con valores
profundamente conservadores. Y sabía que, en la sociedad americana, esa palabra
‘conservador’, podía ser un muro de hielo para los inmigrantes.
“Ya
sería difícil con una diferencia normal, pero esto…”.
Lo
que Su-ji deseaba era simple: que Jung-in disfrutara de una felicidad sencilla,
una vida cómoda y estable. No buscaba lujos ni riquezas para él, sino un
refugio cálido y seguro donde descansar.
“A
mi… me cuesta aceptarlo. Si fuera cualquier otro chico, tal vez… pero no creo
que el chico Prescott sea el indicado, Jung-in”.
Las
pupilas de Jung-in temblaron. No esperaba que Su-ji fuera tan tajante. Ella
siempre había sido cálida, positiva y abierta; una madre comprensiva como
pocas. Quizás por eso su rechazo dolía más. Sinceramente, había pensado que se
opondría por el hecho de ser un hombre, pero no que el apellido Prescott
pesaría tanto.
“Mamá,
yo…”.
La
voz de Jung-in tembló levemente. Intentó hablar pero calló varias veces. Sin
embargo, se armó de valor. Ya había rechazado a Chase antes; había dudado, se
había distanciado y le había hecho daño. Pero ya no podía retroceder más. Por
Chase y por sí mismo. Había decidido no engañarse, no esconderse y no huir.
Dijo
con firmeza:
“No
puedo aceptar eso”.
Jung-in
siempre había sido el ‘hijo bueno’. Sentía una gran responsabilidad hacia su
madre, que lo había criado sola, y siempre seguía sus consejos. Nunca había
causado problemas; su mayor rebeldía había sido romper el toque de queda un par
de veces.
Por
eso, ver a Jung-in decir tan claramente que ‘no podía aceptar’ su decisión dejó
a Su-ji atónita. Su suposición de que esto podría ser un capricho pasajero de
la adolescencia se desvaneció ante la determinación de su hijo. No era un
arrebato ni una emoción momentánea. Era una conclusión a la que había llegado
tras luchar consigo mismo y reflexionar profundamente.
“Yo
también intenté alejarlo muchas veces. Pero… no puedo. Lo quiero demasiado para
hacer eso”.
Su-ji
quería decirle que las relaciones aquí eran distintas, que podían ser mucho más
superficiales de lo que él creía.
¿Será
él tan serio como tú? ¿No estarás tú más involucrado que él? ¿Y si para él es
algo ligero?
Pero
al final, no dijo nada. Sabía que esas palabras herirían a Jung-in.
“Has
pasado por mucho desde que llegamos. El desprecio, la discriminación sin haber
hecho nada malo… ya es suficiente. Jung-in, no quiero verte pasar por lo mismo
dentro de la familia de la persona que amas”.
Jung-in
sabía que Su-ji no se oponía por un simple capricho hacia Chase. Era por amor y
preocupación. Ella solo quería evitar que él saliera lastimado.
“Mamá,
yo…”.
“Piénsalo
un poco más, ¿sí?”.
Su-ji
lo interrumpió con suavidad.
“Ya
es tarde. Ve a dormir”.
Su
voz era tan dulce como siempre, pero con una firmeza que indicaba que no
pensaba seguir con el tema esa noche. Jung-in la miró un momento y asintió. Por
hoy, la conversación había sido suficiente. Esa noche, madre e hijo
permanecieron despiertos en sus respectivas habitaciones hasta muy tarde.
***
“¿Cómo
me veo?”.
Chase
preguntó con un tono de nerviosismo evidente. Iba vestido de traje como si
fuera a una entrevista de trabajo, y llevaba un ramo de flores en la mano.
Jung-in se echó a reír.
“No
te rías. ¿Cómo me veo, Jung-in?”.
Jung-in
lo miró con una sonrisa traviesa, observándolo de arriba abajo como si fuera
una obra de arte en un museo.
“No
sé de quién serás novio, pero eres demasiado guapo”.
“¿Parezco
un mujeriego?”.
“Eso…
no tiene remedio”.
“Maldición”.
Chase
suspiró y se despeinó un poco. Desde que su relación fue descubierta, ya no
entraba por la ventana.
Pasaron
varios días sin que Jung-in y Su-ji mencionaran el tema. Jung-in iba a la
escuela, Su-ji al trabajo, y compartían las comidas y la televisión como
siempre. Jung-in no quería presionarla si ella se sentía incómoda. Tras cinco
días, Su-ji finalmente dijo que quería ver a Chase, y Jung-in aceptó de
inmediato.
“¿Estás
listo?”.
Chase
respiró hondo, cerrando y abriendo sus manos frías por los nervios.
“Ni
siquiera en el último gol de campo de los playoffs estaba tan nervioso”.
Era
la primera vez en su vida que sentía algo así. Se ajustó la corbata una vez
más, exagerando su nerviosismo de una forma que resultaba graciosa. Tras varios
suspiros más, llamó a la puerta. Su-ji abrió con su expresión habitual.
“Pasa,
adelante”.
Lo
recibió con una sonrisa amable. Chase se quedó atónito ante el ambiente
relajado y, con un gesto torpe, le entregó las flores.
“He
oído que en Corea se regalan claveles a los padres”.
Su-ji
aceptó las flores encantada y dijo con una sonrisa pícara.
“Recibo
de ti las flores que ni mi propio hijo me regala”.
“¡Mamá!”
“¿Sabías
que Jung-in es más seco de lo que parece?”.
La
atmósfera era más suave de lo que Chase esperaba, lo que lo ayudó a calmarse. Su-ji
lo guio hacia la cocina.
“No
has cenado, ¿verdad? Vamos a comer”.
Su-ji
puso en la mesa gimbap recién cortado y una sopa de doenjang con espinacas y
tofu. Era una comida sencilla pero hecha con esmero. Al ver el gimbap, Chase
exclamó con alegría.
“¡Ah!
He comido esto antes. ¿No vendieron esto en el Bake Sale el año pasado?”.
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A
Jung-in le sorprendió que lo recordara. El Bake Sale era un evento benéfico
escolar común donde padres y alumnos vendían comida casera para recaudar
fondos. Lo habitual eran galletas o brownies, pero Jung-in y Su-ji habían
preparado treinta rollos de gimbap. Fue laborioso, pero era su especialidad.
Tuvieron mucho éxito y se agotaron enseguida. Pero si Chase Prescott los
hubiera comprado, Jung-in lo recordaría.
“¿Cómo
lo sabes?”.
“Schneider
compró uno y me dio a probar. Estaba delicioso. Fui a comprar más, pero ya no
estaban”.
“Se
agotaron rápido”.
“No
me extraña”.
Chase
no escatimó en halagos mientras comía, haciendo que Su-ji se sintiera
orgullosa. Incluso hablando, no soltaba los palillos y terminó su plato
enseguida. Tras la cena, se trasladaron a la sala. Una tensión sutil volvió a
aparecer. Su-ji guardó silencio un momento y finalmente habló con seriedad.
“Tengo
algo que preguntarles y algo que decirles”.
Chase
tragó saliva con fuerza. Miró a Jung-in con cautela, quien también parecía
tenso.
“Sé
que se quieren mucho”.
Dijo
Su-ji con voz tranquila.
Chase
se enderezó y Jung-in se mordió el labio. Ambos esperaron sus siguientes
palabras. Su-ji los miró a los dos. Si fuera un capricho pasajero o un impulso,
sería más fácil, pero estos chicos se veían demasiado serios.
“Pero
no podemos negar el hecho de que son jóvenes”.
Ante
esa verdad irrefutable, ambos guardaron silencio. Su-ji continuó tras observar
sus reacciones.
“He
estado pensando mucho. Incluso hablé con la orientadora, Gloria Méndez”.
Lo
que dijo a continuación fue algo que ninguno de los dos esperaba.
“Jung-in,
¿qué te parece ir a Corea a casa de tu tía mayor durante las vacaciones de
verano?”.
Al
oír eso, las expresiones de Jung-in y Chase fueron idénticas: ojos abiertos de
par en par y rostros atónitos.
“Dicen
que también puedes hacer actividades extracurriculares en Corea. La señora
Méndez dice que el voluntariado o las experiencias en el extranjero pueden
enriquecer mucho tu narrativa para la universidad”.
Su
voz era calmada, pero sus palabras tenían una intención clara. Las vacaciones
de verano en EE. UU. duran más de dos meses. Su-ji les estaba pidiendo que
estuvieran separados todo ese tiempo.
“Yo
también puedo ir. Siempre he querido visitar Seúl…”.
Empezó
Chase rápidamente.
“No”.
Su-ji
negó con la cabeza con firmeza.
“Sé
que no puedo separarlos ahora. ¿Quién podría romper un primer amor a esa edad?”.
Su-ji
observó sus rostros, aún aturdidos por la noticia.
“Si
de verdad se aman, dos meses no deberían ser nada”.
Sus
palabras eran dulces, pero el mensaje era claro: era una prueba para ver si su
amor podía soportar la distancia. Su-ji no podía apoyar la relación, pero
tampoco quería oponerse tan violentamente como para provocar la rebeldía de
Jung-in. Pensó que, si la relación era tan superficial como ella temía, la
distancia y el tiempo darían la respuesta.
Era
una propuesta lógica. Y era, en realidad, la verdadera prueba.
“¡Mamá!
¡Eso es una tontería sin sentido…!”.
Jung-in
empezó a protestar subiendo el tono.
“Está
bien. Acepto”.
Dijo
Chase antes que él.
Jung-in
lo miró sorprendido.
“¿Chase?”.
“Está
bien”.
Chase
le sonrió con dulzura para tranquilizarlo y continuó con calma.
“En
realidad, Jung-in estaba preocupado porque su ensayo no avanzaba. Creo que pasar
el verano en Corea, haciendo voluntariado y viajando, le ayudará mucho a
encontrar inspiración”.
La
actitud de Chase era firme y madura. Y lo que decía era muy razonable. La
mirada de Jung-in vaciló un momento y luego brilló con emoción.
“Chase…”.
Su-ji
no pudo ocultar su desconcierto. No esperaba esa reacción. Pensó que solo
recibiría quejas y resentimiento, pero Chase había aceptado primero. En ese
instante, sintió con claridad que él realmente se preocupaba por Jung-in.
“Sé
perfectamente qué es lo que le preocupa”.
Continuó
Chase, mirándola fijamente.
“Pero
no tengo intención de seguir con el negocio familiar de los Prescott. Quiero
ser médico. Y me di cuenta de mi sueño gracias a Jung-in”.
Ser
médico o abogado son profesiones estables y prestigiosas en EE. UU., pero no
era el camino que se esperaba de alguien como Chase Prescott.
“Y
aunque pasen dos años, no solo dos meses, mis sentimientos no cambiarán”.
Sus
ojos azules eran tan firmes que casi convencen a Su-ji.
“…
Está bien. Pasen bien este verano… y cuando Jung-in regrese, volveremos a
hablar”.
Ni
siquiera eso fue una aceptación total. Chase entendía por qué Su-ji se oponía:
era por amor a su hijo. Tenía miedo de que Jung-in fuera discriminado o herido
por el apellido Prescott. Temía que ese mundo no aceptara a su hijo y le
preocupaban las miradas y los comentarios que tendría que soportar. Era una
razón muy distinta a la de su propio padre, que solo hablaba del honor de la
familia.
Ese
‘volveremos a hablar en dos meses’ no era un rechazo absoluto. Si no hubiera
esperanza, Su-ji no lo habría dicho. Chase se animó a sí mismo pensando que era
un buen resultado. No era el fin, solo necesitaba más tiempo. Y él estaba
dispuesto a esperar lo que fuera necesario.
***
“¡¿Que
te vas a Corea?!”.
La
voz de Justin retumbó en toda la cafetería. Varios estudiantes se giraron a
mirar y Jung-in, avergonzado, intentó callarlo.
“¡Justin!”.
Pero
Justin seguía con cara de impacto.
“¿Y
tu cumpleaños? ¿Y el 4 de julio?”.
Jung-in
suspiró encogiéndose de hombros.
“Bueno…
así son las cosas”.
“No
puede ser. ¡Habíamos quedado en ver los fuegos artificiales juntos!”.
El
Día de la Independencia era una fecha de celebración nacional con fuegos
artificiales, y Bellacove no era la excepción. Las familias hacían pequeñas exhibiciones
en sus patios y en el Cove Mall había un gran festival con food trucks, música
y pirotecnia. Cada año, Jung-in y Justin iban allí a comer perritos calientes y
disfrutar del festival. Justin parecía genuinamente traicionado, aunque a
Jung-in le conmovía su reacción exagerada.
“Quería
ir a tu fiesta de cumpleaños…”.
“¿Fiesta
de cumpleaños?”.
Jung-in
ladeó la cabeza. Su cumpleaños era a mediados de junio, por lo que solía
coincidir con las vacaciones o con los exámenes finales, así que siempre era algo
tranquilo.
“Tu
novio te daría una fiesta. Quería aprovechar para conocer la casa de los
Prescott”.
Jung-in
suspiró de nuevo.
“No
hay nada que hacer”.
“¿Te
vas a Corea así de repente…? ¿Entonces vas a tener una relación a larga
distancia con Prescott?”.
Jung-in
asintió. ‘Relación a larga distancia’. Lo sabía en teoría, pero escucharlo en
voz alta lo hizo sentir más real. Justin soltó un lamento: ‘Oh, no…’.
“¿Qué
pasa?”.
“Hay
un dicho que dice: ‘Si cambia el código postal (zipcode), cambia el sentimiento’”.
Jung-in
se rió pensando de dónde sacaría Justin esos dichos, pero sintió un pequeño
pinchazo en el corazón.
“También
dicen: ‘Una relación a larga distancia puede funcionar, siempre y cuando
ninguno de los dos esté en California’".
California,
el centro de Hollywood, la moda y el modelaje, estaba lleno de gente atractiva.
Había aspirantes a actores y modelos por doquier y la gente era muy abierta y
espontánea. ¿Debería preocuparse? ¿Era Chase alguien que se dejaría influenciar
tan fácilmente?
Mientras
sus pensamientos se enredaban, Rajesh se acercó a la mesa con su bandeja. Una
vez más, el trío de nerds (chino, coreano e indio) estaba reunido. Algunos los
llamaban ‘UN’ (United Nerds).
“¿De
qué hablan?”.
Preguntó
Rajesh.
“Jay
se va a Corea todo el verano”.
Respondió
Justin.
“¿Con
Chase Prescott?”.
“No,
solo”.
“Vaya…”.
Rajesh
también suspiró con lástima. Si hasta el más nerd de los nerds se compadecía,
¿tan grave era la situación? Jung-in sintió un momento de duda, pero pronto
sonrió levemente.
“Es
nuestra primera prueba. A mí siempre me ha gustado completar las misiones de
los juegos”.
Rajesh
y Justin asintieron al unísono, dándole la razón.
***
Hoy
terminaban las clases para los juniors. Los pasillos estaban llenos de
estudiantes entusiasmados y papeles volando de los casilleros vacíos. Aquellos
que pronto serían seniors corrían tras sus sueños.
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Justin
decidió finalmente poner al MIT como su primera opción. Al enterarse, su madre
Rachel cayó enferma de la preocupación por un tiempo. Mientras tanto, para el
equipo de fútbol americano, el verano no eran vacaciones, sino preparación. El
equipo de varsity, incluido Chase, participaría en un campamento de
entrenamiento para su última temporada. El objetivo era uno: llegar al
campeonato estatal tras los playoffs. Entrenarían hasta el último día del
curso.
Alex
Martínez y Darius Thompson aspiraban a la USC, famosa por su fútbol americano.
Darius consiguió evitar el suspenso con un C en Álgebra. Por su parte, la directora
cumplió su promesa de escribirle a Jung-in la carta de recomendación para
Harvard. Brian Cole quería distanciarse de su familia y buscaba ir a la
Universidad de Miami, mientras que Max Schneider decidió aprender el oficio en
el taller mecánico de su padre en lugar de ir a la universidad. Esta temporada
sería especial para ellos; era la última vez que jugarían juntos.
Las
porristas también tendrían un verano ocupado. Madison Wilkes puso a la
Universidad de Syracuse (famosa por Comunicaciones) como su primera opción y se
prepararía intensamente. Vivian Sinclair, por su parte, estaba emocionada
porque había alcanzado los 500,000 seguidores en YouTube y haría una pasantía
en Teen Vogue.
“¡Faltan
30 minutos para el entrenamiento! ¡Calienten!”
Gritó
el entrenador Anderson
Mientras
los jugadores del equipo de varsity calentaban por parejas en el centro del
campo, Brian Cole vio algo y llamó a Chase.
“¡Hey,
Prescott! Mira, ahí está tu novio”.
La
mirada de Chase se dirigió de inmediato hacia donde Brian señalaba. Jung-in,
vestido con ropa deportiva, estaba en la pista junto al entrenador Anderson.
Una suave sonrisa apareció en el rostro de Chase.
“Me
dijo que hoy correría la milla”.
El
evento que marcaría el final del penúltimo año (Junior Year) de Jung-in era la
carrera de una milla. En un intento anterior, se había desplomado y no pudo
terminarla, pero el entrenador Anderson le había reservado un tiempo especial
para que pudiera reintentarlo.
Darius,
al ver a Jung-in, se levantó de un salto. Él sentía un gran aprecio por Jung-in
y lo seguía a todas partes; decía que nunca había tenido un tutor que le
enseñara con tanta amabilidad y a su mismo nivel.
“Pres,
vamos a animar a tu novio”.
“¿Animarlo?
Me parece bien”.
Cuando
Chase se levantó, Alex Martinez y Max Schneider se unieron a él. Brian Cole, en
cambio, se quedó en su sitio negando con la cabeza.
“Jung-in”.
Jung-in
estaba calentando sus tobillos con una mirada de determinación feroz. Su
competitividad era impresionante; nunca hacía nada a medias. Tenía un temperamento
perfeccionista y la tenacidad necesaria para no detenerse hasta terminar lo que
empezaba. Chase pensó que era una suerte ser su novio y no su rival.
“¿Qué
hacen ustedes aquí?”.
“Vinimos
a animarte”.
Chase
lo pensó un momento y lanzó una pregunta inesperada.
“Jung-in,
¿a qué animal le tienes miedo?”.
“No
lo sé. Supongo que en California lo más probable es encontrarse con un oso
negro, un puma o un coyote, así que supongo que a esos”.
“¿Ah,
sí?”.
Chase
señaló a los jugadores que lo acompañaban: Darius Thompson, Alex Martinez y Max
Schneider, en ese orden.
“Oso
negro, puma y coyote. Corre por tu vida”.
Eran
tres personas que, curiosamente, encajaban muy bien con esos tres animales.
Jung-in captó enseguida la intención de Chase: para evitar que corriera solo,
le estaba asignando ‘liebres’ o marcapasos. Los tres jugadores, convertidos de
repente en compañeros de carrera de Jung-in, se miraron entre sí
desconcertados.
Jung-in
soltó una risita y miró a Chase.
“¿Y
tú qué eres entonces?”.
Chase
respondió con una sonrisa relajada y obvia.
“¿Me
lo preguntas en serio? Soy un Golden Retriever”.
Max
Schneider hizo un gesto de náuseas.
“Señor
Jay Lim, ¿está listo?”.
“¡Sí!”.
Al
sonar el silbato, el cuerpo de Jung-in salió disparado hacia adelante. La
primera vuelta pasó en un instante y su ritmo era estable. De hecho, el que se
estaba quedando atrás era Darius, que corría con pereza. Chase le gritó.
“¡Oso
negro! ¡¿Qué haces?! ¡Tu presa se escapa! ¡Te quedarás sin cenar! ¡Aumenta la
velocidad!”.
Darius
Thompson aceleró entonces. Jung-in miró hacia atrás y, soltando un grito, huyó
a toda prisa. Con esa masa de más de dos metros persiguiéndolo, Darius
realmente parecía un oso.
Sin
embargo, al llegar a la segunda vuelta, el ritmo empezó a decaer de nuevo.
“¡Te
persigue el coyote! ¡Cuidado, Jung-in! ¡Te va a morder el trasero!”.
“¡Grrr!”.
Rugió
Max, que seguía justo detrás de él adaptándose a su velocidad.
“¡Los
coyotes no aúllan así!”.
Replicó
Jung-in jadeando.
Gracias
a los jugadores de fútbol que corrieron con él hasta el final, Jung-in pudo
mantener la velocidad. Al cruzar la meta, estalló en risas. Le dolían los
pulmones, pero no podía parar de reír. El sol brillaba y todo era felicidad. El
entrenador Anderson se acercó con una carcajada; había estado observando la ‘persecución’
con ternura.
“Buen
trabajo, Jay Lim”.
Jung-in
terminó la milla reduciendo su marca personal en 5 segundos respecto al primer
semestre. Todos chocaron los cinco como si se tratara de un gran logro
deportivo.
“Ustedes
tres, vuelvan a su campo. Prepárense para empujar el trineo (sledge)”.
El
entrenador señaló hacia el interior del campo, donde había un trineo de
entrenamiento. Jung-in ya sabía bien cómo se usaba aquello. Max le susurró a Jung-in
como si conspiraran.
“Nos
vas a devolver el favor, ¿verdad?”.
Jung-in
asintió en silencio, sabiendo exactamente a qué se refería. Poco después, en
cuanto el entrenador gritó ‘¡Más peso!’, Jung-in se subió al trineo por
voluntad propia.
“¡Down,
set, go! (Abajo, listos, ya)”.
Al
recibir la señal, los jugadores cargaron contra las almohadillas. ¡Pum! Con un
impacto sordo, el trineo se deslizó sobre el césped. Se sentía como estar en un
trineo de nieve en pleno junio californiano. El viento fresco despeinaba el
cabello de Jung-in. Ante la sensación de velocidad, soltó una risa infantil. Ya
se llevaba tan bien con los jugadores de varsity que podía permitirse el lujo
de instarlos a correr más rápido.
Quizás
fuera por el brillo cegador del sol, pero sintió un escozor en los ojos y ganas
de llorar. Era el momento más verde y brillante de su vida. La juventud
radiante estaba en su apogeo. Una estación que no volvería jamás.
Habían
comenzado las últimas vacaciones de verano de su etapa en la preparatoria.
***
Su-ji,
con el rostro lleno de impaciencia, verificó todo una vez más.
“¿Llevas
el pasaporte?”
“Sí”.
“¿El
celular?”.
“Aquí”.
“¿La
cartera?”.
“Mamá,
lo tengo todo”.
Pero
por más que comprobara, su inquietud no desaparecía. Aunque su hijo ya era un
joven, mandarlo solo a Corea no era fácil. Su-ji abrazó a Jung-in con fuerza,
como si quisiera retenerlo un poco más con el calor de sus manos.
Como
Chase se había ofrecido a llevarlo al aeropuerto, Su-ji se despidió de él en
casa. Antes de irse a trabajar, le dijo con cautela.
“Sobre
la universidad y todo lo demás… piénsalo bien”.
Jung-in
se ajustó la mochila sin decir nada. Un silencio pesado llenó la sala por un
momento.
“…
Mamá, no me rendiré tan fácilmente. Conoces mi carácter”.
Ante
la determinación de Jung-in, Su-ji soltó un corto suspiro.
“Sí,
lo conozco”.
Ella
mejor que nadie conocía su competitividad, su tenacidad y su paciencia. Gracias
a eso, Jung-in había resistido en un país extraño y había crecido más fuerte
que nadie. Sin embargo, Su-ji aún quería convencerlo; no quería que recorriera
un camino que preveía lleno de espinas. Quería que su hijo fuera tratado con
honor en todas partes. Se justificaba pensando que esa era la preocupación de
cualquier madre al oponerse al primer amor de su hijo.
“Llama
antes de subir al avión. Y en cuanto llegues. Tu tía dijo que iría a recogerte…”.
“Mamá,
está bien”.
Dijo
Jung-in con suavidad para calmarla.
En
ese momento, llamaron a la puerta. Era Chase. Al abrir, Jung-in vio su
expresión y no pudo evitar reírse, porque Chase y Su-ji tenían exactamente la
misma cara de tragedia.
“Pongan
buena cara los dos. No me voy a la guerra”.
Su-ji
soltó una risita al ver a Chase con un rostro aún más serio que el suyo. Verlo
tan decaído le hizo sentir una punzada de empatía.
“Parece
que tú tampoco has dormido bien, Chase”.
Chase
asintió con una sonrisa amarga.
“No
se preocupe por Jung-in. Yo lo llevaré con cuidado”.
Su-ji
le dio una palmadita en el hombro. Como se le hacía tarde para el trabajo, se
dirigió a su Toyota Camry rojo. Mientras tanto, Chase tomó la maleta de Jung-in
y se dirigió a un coche desconocido: un Mercedes SUV negro de líneas cuadradas
que destacaba por su imponente presencia.
“¿Y
este coche?”.
“Es
el coche de mi hermana, estaba en casa. En el mío no cabía la maleta grande”.
Jung-in
soltó una carcajada. ¿Cuántos coches habría ‘simplemente en su casa’?
Chase
esperó en silencio a que Jung-in se despidiera de su madre. Su-ji lo envolvió
en un cálido abrazo, transmitiéndole todo su amor y preocupación. Chase los
observó desde la distancia; era una escena familiar que él nunca había
experimentado.
Solo
después de que el coche de Su-ji se alejara, Jung-in subió al asiento del
copiloto. El SUV avanzó silenciosamente hacia el aeropuerto. Al ver el cartel
verde que indicaba ‘Aeropuerto’, Chase suspiró profundamente.
“Daría
lo que fuera por secuestrarte ahora mismo y huir a México o Canadá”.
Jung-in
rió suavemente, pero Chase no se rió. No parecía una broma. Jung-in sintió
ganas de hacerlo sonreír.
“Oye,
¿sabes qué dice un pez cuando se choca contra una pared?”.
Chase
lo miró de reojo frunciendo un poco el ceño.
“…
¿Qué dice?”.
“¡Dam!
(Presa/Maldición)”.
Era
un juego de palabras en inglés, pero Chase no se rió. Jung-in no se rindió.
“El
libro de matemáticas estaba triste. ¿Sabes por qué?”.
“…
¿Por qué?”
“Porque
tenía demasiados problemas”.
Solo
entonces hubo un ligero cambio en la comisura de los labios de Chase. Soltó una
risita corta. Aunque Jung-in sabía que no era porque el chiste fuera bueno, se
sintió aliviado y sonrió con él.
Llegaron
al aeropuerto. Ese día estaba inusualmente tranquilo, así que los trámites
fueron más rápidos de lo previsto. Tras facturar el equipaje, se detuvieron
ante el control de seguridad. A partir de ahí, Chase no podía pasar.
Chase
miró a Jung-in, que sostenía su pasaporte. Pronto cruzaría la puerta y
caminaría por ese largo pasillo, y no se verían en meses. Le dolía el pecho,
pero se esforzó por mantenerse firme y dijo, tratando de animar a ambos.
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“…
Todas las dificultades son oportunidades para volar más alto. Después de este
verano, seremos más fuertes”.
“Qué
frase tan profunda. ¿Es de Nietzsche?”
“De
Kobe Bryant”.
Jung-in
estalló en risas. Su risa era radiante y adorable. Chase ya la echaba de menos.
Sin poder contenerse más, lo abrazó con fuerza.
“Te
amo, Jung-in. No me olvides”.
“Vuelvo
en dos meses”.
“Es
tiempo suficiente para que un hombre muera de melancolía…”.
Sin
importarle las miradas, Jung-in acarició el cabello rubio de Chase. Chase Prescott
era su propio Golden Retriever.
“Ten
un buen verano, Chase Prescott”.
“… Tú también, Im Jung-in”.
Así,
los dos se adentraron en sus respectivos veranos, separados por 16 horas de
diferencia.
