19. Código postal diferente

 


19. Código postal diferente

 

Nadie fue capaz de romper el silencio primero.

Tanto Chase como Jung-in lo sabían; Su-ji se había dado cuenta de su relación. Si se tratara de un simple amigo, no habría razón para entrar y salir a escondidas por la ventana, ni se habrían quedado paralizados de esa forma tan incómoda al ser descubiertos.

Tal vez habría sido mejor si hubieran actuado con naturalidad, o si Chase hubiera lanzado alguna broma con su carisma habitual. Pero Chase estaba genuinamente desconcertado, y no podía fingir serenidad cuando sus sentimientos eran tan reales. Siempre había sido experto en usar máscaras, pero ante la sinceridad, era un hombre diferente.

En ese momento, se escuchó el sonido de alguien bajando las escaleras a toda prisa y Jung-in salió disparado por la puerta principal.

“¡Chase! ¿Estás bien?”.

Jung-in preguntó con voz entrecortada mientras lo revisaba con esmero. Chase seguía medio incorporado entre los arbustos, sin saber qué hacer.

“¿No te hiciste daño?”.

“Estoy perfectamente”.

Solo entonces Chase se puso de pie de un salto, forzando una sonrisa como si no fuera nada importante.

Su-ji miraba alternativamente a Jung-in y a Chase. Su expresión era de absoluta incredulidad, como si le costara procesar que lo que veía era exactamente lo que estaba pensando. Intentó hablar, pero no encontraba las palabras. Lo único seguro era que aquel momento era uno de los más desconcertantes y difíciles de su vida.

Tras observarlos en silencio durante un largo rato, finalmente soltó un suspiro profundo y dijo con voz calmada.

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“… Ya es tarde, así que por hoy, será mejor que te vayas”.

Chase miró a Jung-in con ojos inquietos, claramente preocupado por dejarlo solo lidiando con las consecuencias. Se le veía indeciso, como si no quisiera marcharse y dejarle toda la carga a él. Sin embargo, Jung-in asintió levemente con rostro sereno. Su expresión era tranquila, como si le asegurara que él se encargaría de todo.

“Siento haberla asustado. Buenas noches. Me voy, Jung-in”.

“Sí, ve con cuidado”.

Las cejas de Su-ji se elevaron ligeramente al oír a Chase llamar a su hijo por su nombre coreano.

Chase se dio la vuelta a regañadientes y caminó hacia su auto, aunque giró la cabeza varias veces antes de alejarse. Mientras tanto, Su-ji y Jung-in entraron en silencio a la casa. En cuanto la puerta se cerró, una tensión extraña inundó el ambiente.

Su-ji se quedó de pie en medio de la sala, aturdida. La imagen que acababa de presenciar seguía grabada a fuego en su mente. Tras un largo silencio, finalmente logró hablar con dificultad.

“¿Qué es lo que acabo de ver? ¿Es lo que estoy pensando? Ustedes dos…”.

Pero no pudo terminar la frase. Palabras que le costaba pronunciar y preguntas difíciles de formular flotaban en el aire. Sin embargo, su perspicaz hijo, sabiendo perfectamente lo que ella quería preguntar, asintió con naturalidad, confirmando sus sospechas.

Su-ji caminó hacia el sofá con paso vacilante, como si le fallaran las fuerzas en las piernas, y se desplomó en él.

“Dios mío”.

Se llevó la mano a la frente con un profundo suspiro. Por mucho que intentara organizar sus pensamientos, le resultaba difícil aceptar esa faceta desconocida de su hijo que acababa de descubrir. Jung-in la observaba en silencio.

En realidad, sabía que este momento llegaría tarde o temprano. Solo había pensado, vagamente, que sería dentro de unos años. No tenía intención de ocultárselo a su madre para siempre. Había llegado la hora de hablar.

Jung-in abrió la boca lentamente.

“Lo quiero. De verdad”.

Fue una confesión corta y tajante. Con esa frase resonando en la sala, la situación se convirtió en una realidad irreversible.

“Jung-in. ¿Eres consciente de lo importante y serio que es esto? Si es solo por curiosidad momentánea o por diversión…”.

“Mamá”.

Jung-in la interrumpió. Su-ji se calló de golpe y se sorprendió al mirarlo. La expresión de Jung-in era firme y serena. No parecía herido por las palabras de su madre, sino más bien decidido a evitar que ella dijera algo de lo que pudiera arrepentirse después. Era como si la estuviera convenciendo de que pensara bien el peso de sus palabras antes de lanzarlas.

“Jung-in. Yo…”.

Su-ji intentó hablar varias veces, pero terminaba suspirando. Ella también sabía que la reacción de un padre al momento de una ‘salida del armario’ marca a un hijo de por vida. Sabía que podía ser una herida imborrable o un trauma profundo.

En su mente, recordaba los consejos de las clases de orientación para padres: cómo reaccionar cuando los hijos revelan su identidad, qué decir y qué evitar. Incluso había imaginado cómo reaccionaría ella si se enfrentara a esa situación, pero ahora que era real, las palabras no fluían con naturalidad.

“No sabía que te gustaran los hombres. Gracias por decírmelo”.

Fue la respuesta de manual. Sin embargo, había algo más que le preocupaba. Quizás un obstáculo mayor que el género.

“Pero… él es un Prescott. Es el hijo del dueño del Prescott Bank, el banco al que le debo la hipoteca de esta casa. Es el heredero de ese imperio”.

Jung-in entendía perfectamente su preocupación. Él mismo había rechazado a Chase al principio precisamente por ser un Prescott. Había trazado una línea que no debía cruzarse, asumiendo que pertenecían a mundos distintos.

“Puedes llamarme anticuada si quieres. Pero esas familias son todas iguales”.

Jung-in lo sabía. La familia Prescott era el epítome del Old Money, la élite que ha dominado la alta sociedad estadounidense por generaciones, con valores profundamente conservadores. Y sabía que, en la sociedad americana, esa palabra ‘conservador’, podía ser un muro de hielo para los inmigrantes.

“Ya sería difícil con una diferencia normal, pero esto…”.

Lo que Su-ji deseaba era simple: que Jung-in disfrutara de una felicidad sencilla, una vida cómoda y estable. No buscaba lujos ni riquezas para él, sino un refugio cálido y seguro donde descansar.

“A mi… me cuesta aceptarlo. Si fuera cualquier otro chico, tal vez… pero no creo que el chico Prescott sea el indicado, Jung-in”.

Las pupilas de Jung-in temblaron. No esperaba que Su-ji fuera tan tajante. Ella siempre había sido cálida, positiva y abierta; una madre comprensiva como pocas. Quizás por eso su rechazo dolía más. Sinceramente, había pensado que se opondría por el hecho de ser un hombre, pero no que el apellido Prescott pesaría tanto.

“Mamá, yo…”.

La voz de Jung-in tembló levemente. Intentó hablar pero calló varias veces. Sin embargo, se armó de valor. Ya había rechazado a Chase antes; había dudado, se había distanciado y le había hecho daño. Pero ya no podía retroceder más. Por Chase y por sí mismo. Había decidido no engañarse, no esconderse y no huir.

Dijo con firmeza:

“No puedo aceptar eso”.

Jung-in siempre había sido el ‘hijo bueno’. Sentía una gran responsabilidad hacia su madre, que lo había criado sola, y siempre seguía sus consejos. Nunca había causado problemas; su mayor rebeldía había sido romper el toque de queda un par de veces.

Por eso, ver a Jung-in decir tan claramente que ‘no podía aceptar’ su decisión dejó a Su-ji atónita. Su suposición de que esto podría ser un capricho pasajero de la adolescencia se desvaneció ante la determinación de su hijo. No era un arrebato ni una emoción momentánea. Era una conclusión a la que había llegado tras luchar consigo mismo y reflexionar profundamente.

“Yo también intenté alejarlo muchas veces. Pero… no puedo. Lo quiero demasiado para hacer eso”.

Su-ji quería decirle que las relaciones aquí eran distintas, que podían ser mucho más superficiales de lo que él creía.

¿Será él tan serio como tú? ¿No estarás tú más involucrado que él? ¿Y si para él es algo ligero?

Pero al final, no dijo nada. Sabía que esas palabras herirían a Jung-in.

“Has pasado por mucho desde que llegamos. El desprecio, la discriminación sin haber hecho nada malo… ya es suficiente. Jung-in, no quiero verte pasar por lo mismo dentro de la familia de la persona que amas”.

Jung-in sabía que Su-ji no se oponía por un simple capricho hacia Chase. Era por amor y preocupación. Ella solo quería evitar que él saliera lastimado.

“Mamá, yo…”.

“Piénsalo un poco más, ¿sí?”.

Su-ji lo interrumpió con suavidad.

“Ya es tarde. Ve a dormir”.

Su voz era tan dulce como siempre, pero con una firmeza que indicaba que no pensaba seguir con el tema esa noche. Jung-in la miró un momento y asintió. Por hoy, la conversación había sido suficiente. Esa noche, madre e hijo permanecieron despiertos en sus respectivas habitaciones hasta muy tarde.

***

“¿Cómo me veo?”.

Chase preguntó con un tono de nerviosismo evidente. Iba vestido de traje como si fuera a una entrevista de trabajo, y llevaba un ramo de flores en la mano. Jung-in se echó a reír.

“No te rías. ¿Cómo me veo, Jung-in?”.

Jung-in lo miró con una sonrisa traviesa, observándolo de arriba abajo como si fuera una obra de arte en un museo.

“No sé de quién serás novio, pero eres demasiado guapo”.

“¿Parezco un mujeriego?”.

“Eso… no tiene remedio”.

“Maldición”.

Chase suspiró y se despeinó un poco. Desde que su relación fue descubierta, ya no entraba por la ventana.

Pasaron varios días sin que Jung-in y Su-ji mencionaran el tema. Jung-in iba a la escuela, Su-ji al trabajo, y compartían las comidas y la televisión como siempre. Jung-in no quería presionarla si ella se sentía incómoda. Tras cinco días, Su-ji finalmente dijo que quería ver a Chase, y Jung-in aceptó de inmediato.

“¿Estás listo?”.

Chase respiró hondo, cerrando y abriendo sus manos frías por los nervios.

“Ni siquiera en el último gol de campo de los playoffs estaba tan nervioso”.

Era la primera vez en su vida que sentía algo así. Se ajustó la corbata una vez más, exagerando su nerviosismo de una forma que resultaba graciosa. Tras varios suspiros más, llamó a la puerta. Su-ji abrió con su expresión habitual.

“Pasa, adelante”.

Lo recibió con una sonrisa amable. Chase se quedó atónito ante el ambiente relajado y, con un gesto torpe, le entregó las flores.

“He oído que en Corea se regalan claveles a los padres”.

Su-ji aceptó las flores encantada y dijo con una sonrisa pícara.

“Recibo de ti las flores que ni mi propio hijo me regala”.

“¡Mamá!”

“¿Sabías que Jung-in es más seco de lo que parece?”.

La atmósfera era más suave de lo que Chase esperaba, lo que lo ayudó a calmarse. Su-ji lo guio hacia la cocina.

“No has cenado, ¿verdad? Vamos a comer”.

Su-ji puso en la mesa gimbap recién cortado y una sopa de doenjang con espinacas y tofu. Era una comida sencilla pero hecha con esmero. Al ver el gimbap, Chase exclamó con alegría.

“¡Ah! He comido esto antes. ¿No vendieron esto en el Bake Sale el año pasado?”.

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A Jung-in le sorprendió que lo recordara. El Bake Sale era un evento benéfico escolar común donde padres y alumnos vendían comida casera para recaudar fondos. Lo habitual eran galletas o brownies, pero Jung-in y Su-ji habían preparado treinta rollos de gimbap. Fue laborioso, pero era su especialidad. Tuvieron mucho éxito y se agotaron enseguida. Pero si Chase Prescott los hubiera comprado, Jung-in lo recordaría.

“¿Cómo lo sabes?”.

“Schneider compró uno y me dio a probar. Estaba delicioso. Fui a comprar más, pero ya no estaban”.

“Se agotaron rápido”.

“No me extraña”.

Chase no escatimó en halagos mientras comía, haciendo que Su-ji se sintiera orgullosa. Incluso hablando, no soltaba los palillos y terminó su plato enseguida. Tras la cena, se trasladaron a la sala. Una tensión sutil volvió a aparecer. Su-ji guardó silencio un momento y finalmente habló con seriedad.

“Tengo algo que preguntarles y algo que decirles”.

Chase tragó saliva con fuerza. Miró a Jung-in con cautela, quien también parecía tenso.

“Sé que se quieren mucho”.

Dijo Su-ji con voz tranquila.

Chase se enderezó y Jung-in se mordió el labio. Ambos esperaron sus siguientes palabras. Su-ji los miró a los dos. Si fuera un capricho pasajero o un impulso, sería más fácil, pero estos chicos se veían demasiado serios.

“Pero no podemos negar el hecho de que son jóvenes”.

Ante esa verdad irrefutable, ambos guardaron silencio. Su-ji continuó tras observar sus reacciones.

“He estado pensando mucho. Incluso hablé con la orientadora, Gloria Méndez”.

Lo que dijo a continuación fue algo que ninguno de los dos esperaba.

“Jung-in, ¿qué te parece ir a Corea a casa de tu tía mayor durante las vacaciones de verano?”.

Al oír eso, las expresiones de Jung-in y Chase fueron idénticas: ojos abiertos de par en par y rostros atónitos.

“Dicen que también puedes hacer actividades extracurriculares en Corea. La señora Méndez dice que el voluntariado o las experiencias en el extranjero pueden enriquecer mucho tu narrativa para la universidad”.

Su voz era calmada, pero sus palabras tenían una intención clara. Las vacaciones de verano en EE. UU. duran más de dos meses. Su-ji les estaba pidiendo que estuvieran separados todo ese tiempo.

“Yo también puedo ir. Siempre he querido visitar Seúl…”.

Empezó Chase rápidamente.

“No”.

Su-ji negó con la cabeza con firmeza.

“Sé que no puedo separarlos ahora. ¿Quién podría romper un primer amor a esa edad?”.

Su-ji observó sus rostros, aún aturdidos por la noticia.

“Si de verdad se aman, dos meses no deberían ser nada”.

Sus palabras eran dulces, pero el mensaje era claro: era una prueba para ver si su amor podía soportar la distancia. Su-ji no podía apoyar la relación, pero tampoco quería oponerse tan violentamente como para provocar la rebeldía de Jung-in. Pensó que, si la relación era tan superficial como ella temía, la distancia y el tiempo darían la respuesta.

Era una propuesta lógica. Y era, en realidad, la verdadera prueba.

“¡Mamá! ¡Eso es una tontería sin sentido…!”.

Jung-in empezó a protestar subiendo el tono.

“Está bien. Acepto”.

Dijo Chase antes que él.

Jung-in lo miró sorprendido.

“¿Chase?”.

“Está bien”.

Chase le sonrió con dulzura para tranquilizarlo y continuó con calma.

“En realidad, Jung-in estaba preocupado porque su ensayo no avanzaba. Creo que pasar el verano en Corea, haciendo voluntariado y viajando, le ayudará mucho a encontrar inspiración”.

La actitud de Chase era firme y madura. Y lo que decía era muy razonable. La mirada de Jung-in vaciló un momento y luego brilló con emoción.

“Chase…”.

Su-ji no pudo ocultar su desconcierto. No esperaba esa reacción. Pensó que solo recibiría quejas y resentimiento, pero Chase había aceptado primero. En ese instante, sintió con claridad que él realmente se preocupaba por Jung-in.

“Sé perfectamente qué es lo que le preocupa”.

Continuó Chase, mirándola fijamente.

“Pero no tengo intención de seguir con el negocio familiar de los Prescott. Quiero ser médico. Y me di cuenta de mi sueño gracias a Jung-in”.

Ser médico o abogado son profesiones estables y prestigiosas en EE. UU., pero no era el camino que se esperaba de alguien como Chase Prescott.

“Y aunque pasen dos años, no solo dos meses, mis sentimientos no cambiarán”.

Sus ojos azules eran tan firmes que casi convencen a Su-ji.

“… Está bien. Pasen bien este verano… y cuando Jung-in regrese, volveremos a hablar”.

Ni siquiera eso fue una aceptación total. Chase entendía por qué Su-ji se oponía: era por amor a su hijo. Tenía miedo de que Jung-in fuera discriminado o herido por el apellido Prescott. Temía que ese mundo no aceptara a su hijo y le preocupaban las miradas y los comentarios que tendría que soportar. Era una razón muy distinta a la de su propio padre, que solo hablaba del honor de la familia.

Ese ‘volveremos a hablar en dos meses’ no era un rechazo absoluto. Si no hubiera esperanza, Su-ji no lo habría dicho. Chase se animó a sí mismo pensando que era un buen resultado. No era el fin, solo necesitaba más tiempo. Y él estaba dispuesto a esperar lo que fuera necesario.

***

“¡¿Que te vas a Corea?!”.

La voz de Justin retumbó en toda la cafetería. Varios estudiantes se giraron a mirar y Jung-in, avergonzado, intentó callarlo.

“¡Justin!”.

Pero Justin seguía con cara de impacto.

“¿Y tu cumpleaños? ¿Y el 4 de julio?”.

Jung-in suspiró encogiéndose de hombros.

“Bueno… así son las cosas”.

“No puede ser. ¡Habíamos quedado en ver los fuegos artificiales juntos!”.

El Día de la Independencia era una fecha de celebración nacional con fuegos artificiales, y Bellacove no era la excepción. Las familias hacían pequeñas exhibiciones en sus patios y en el Cove Mall había un gran festival con food trucks, música y pirotecnia. Cada año, Jung-in y Justin iban allí a comer perritos calientes y disfrutar del festival. Justin parecía genuinamente traicionado, aunque a Jung-in le conmovía su reacción exagerada.

“Quería ir a tu fiesta de cumpleaños…”.

“¿Fiesta de cumpleaños?”.

Jung-in ladeó la cabeza. Su cumpleaños era a mediados de junio, por lo que solía coincidir con las vacaciones o con los exámenes finales, así que siempre era algo tranquilo.

“Tu novio te daría una fiesta. Quería aprovechar para conocer la casa de los Prescott”.

Jung-in suspiró de nuevo.

“No hay nada que hacer”.

“¿Te vas a Corea así de repente…? ¿Entonces vas a tener una relación a larga distancia con Prescott?”.

Jung-in asintió. ‘Relación a larga distancia’. Lo sabía en teoría, pero escucharlo en voz alta lo hizo sentir más real. Justin soltó un lamento: ‘Oh, no…’.

“¿Qué pasa?”.

“Hay un dicho que dice: ‘Si cambia el código postal (zipcode), cambia el sentimiento’”.

Jung-in se rió pensando de dónde sacaría Justin esos dichos, pero sintió un pequeño pinchazo en el corazón.

“También dicen: ‘Una relación a larga distancia puede funcionar, siempre y cuando ninguno de los dos esté en California’".

California, el centro de Hollywood, la moda y el modelaje, estaba lleno de gente atractiva. Había aspirantes a actores y modelos por doquier y la gente era muy abierta y espontánea. ¿Debería preocuparse? ¿Era Chase alguien que se dejaría influenciar tan fácilmente?

Mientras sus pensamientos se enredaban, Rajesh se acercó a la mesa con su bandeja. Una vez más, el trío de nerds (chino, coreano e indio) estaba reunido. Algunos los llamaban ‘UN’ (United Nerds).

“¿De qué hablan?”.

Preguntó Rajesh.

“Jay se va a Corea todo el verano”.

Respondió Justin.

“¿Con Chase Prescott?”.

“No, solo”.

“Vaya…”.

Rajesh también suspiró con lástima. Si hasta el más nerd de los nerds se compadecía, ¿tan grave era la situación? Jung-in sintió un momento de duda, pero pronto sonrió levemente.

“Es nuestra primera prueba. A mí siempre me ha gustado completar las misiones de los juegos”.

Rajesh y Justin asintieron al unísono, dándole la razón.

***

Hoy terminaban las clases para los juniors. Los pasillos estaban llenos de estudiantes entusiasmados y papeles volando de los casilleros vacíos. Aquellos que pronto serían seniors corrían tras sus sueños.

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Justin decidió finalmente poner al MIT como su primera opción. Al enterarse, su madre Rachel cayó enferma de la preocupación por un tiempo. Mientras tanto, para el equipo de fútbol americano, el verano no eran vacaciones, sino preparación. El equipo de varsity, incluido Chase, participaría en un campamento de entrenamiento para su última temporada. El objetivo era uno: llegar al campeonato estatal tras los playoffs. Entrenarían hasta el último día del curso.

Alex Martínez y Darius Thompson aspiraban a la USC, famosa por su fútbol americano. Darius consiguió evitar el suspenso con un C en Álgebra. Por su parte, la directora cumplió su promesa de escribirle a Jung-in la carta de recomendación para Harvard. Brian Cole quería distanciarse de su familia y buscaba ir a la Universidad de Miami, mientras que Max Schneider decidió aprender el oficio en el taller mecánico de su padre en lugar de ir a la universidad. Esta temporada sería especial para ellos; era la última vez que jugarían juntos.

Las porristas también tendrían un verano ocupado. Madison Wilkes puso a la Universidad de Syracuse (famosa por Comunicaciones) como su primera opción y se prepararía intensamente. Vivian Sinclair, por su parte, estaba emocionada porque había alcanzado los 500,000 seguidores en YouTube y haría una pasantía en Teen Vogue.

“¡Faltan 30 minutos para el entrenamiento! ¡Calienten!”

Gritó el entrenador Anderson

Mientras los jugadores del equipo de varsity calentaban por parejas en el centro del campo, Brian Cole vio algo y llamó a Chase.

“¡Hey, Prescott! Mira, ahí está tu novio”.

La mirada de Chase se dirigió de inmediato hacia donde Brian señalaba. Jung-in, vestido con ropa deportiva, estaba en la pista junto al entrenador Anderson. Una suave sonrisa apareció en el rostro de Chase.

“Me dijo que hoy correría la milla”.

El evento que marcaría el final del penúltimo año (Junior Year) de Jung-in era la carrera de una milla. En un intento anterior, se había desplomado y no pudo terminarla, pero el entrenador Anderson le había reservado un tiempo especial para que pudiera reintentarlo.

Darius, al ver a Jung-in, se levantó de un salto. Él sentía un gran aprecio por Jung-in y lo seguía a todas partes; decía que nunca había tenido un tutor que le enseñara con tanta amabilidad y a su mismo nivel.

“Pres, vamos a animar a tu novio”.

“¿Animarlo? Me parece bien”.

Cuando Chase se levantó, Alex Martinez y Max Schneider se unieron a él. Brian Cole, en cambio, se quedó en su sitio negando con la cabeza.

“Jung-in”.

Jung-in estaba calentando sus tobillos con una mirada de determinación feroz. Su competitividad era impresionante; nunca hacía nada a medias. Tenía un temperamento perfeccionista y la tenacidad necesaria para no detenerse hasta terminar lo que empezaba. Chase pensó que era una suerte ser su novio y no su rival.

“¿Qué hacen ustedes aquí?”.

“Vinimos a animarte”.

Chase lo pensó un momento y lanzó una pregunta inesperada.

“Jung-in, ¿a qué animal le tienes miedo?”.

“No lo sé. Supongo que en California lo más probable es encontrarse con un oso negro, un puma o un coyote, así que supongo que a esos”.

“¿Ah, sí?”.

Chase señaló a los jugadores que lo acompañaban: Darius Thompson, Alex Martinez y Max Schneider, en ese orden.

“Oso negro, puma y coyote. Corre por tu vida”.

Eran tres personas que, curiosamente, encajaban muy bien con esos tres animales. Jung-in captó enseguida la intención de Chase: para evitar que corriera solo, le estaba asignando ‘liebres’ o marcapasos. Los tres jugadores, convertidos de repente en compañeros de carrera de Jung-in, se miraron entre sí desconcertados.

Jung-in soltó una risita y miró a Chase.

“¿Y tú qué eres entonces?”.

Chase respondió con una sonrisa relajada y obvia.

“¿Me lo preguntas en serio? Soy un Golden Retriever”.

Max Schneider hizo un gesto de náuseas.

“Señor Jay Lim, ¿está listo?”.

“¡Sí!”.

Al sonar el silbato, el cuerpo de Jung-in salió disparado hacia adelante. La primera vuelta pasó en un instante y su ritmo era estable. De hecho, el que se estaba quedando atrás era Darius, que corría con pereza. Chase le gritó.

“¡Oso negro! ¡¿Qué haces?! ¡Tu presa se escapa! ¡Te quedarás sin cenar! ¡Aumenta la velocidad!”.

Darius Thompson aceleró entonces. Jung-in miró hacia atrás y, soltando un grito, huyó a toda prisa. Con esa masa de más de dos metros persiguiéndolo, Darius realmente parecía un oso.

Sin embargo, al llegar a la segunda vuelta, el ritmo empezó a decaer de nuevo.

“¡Te persigue el coyote! ¡Cuidado, Jung-in! ¡Te va a morder el trasero!”.

“¡Grrr!”.

Rugió Max, que seguía justo detrás de él adaptándose a su velocidad.

“¡Los coyotes no aúllan así!”.

Replicó Jung-in jadeando.

Gracias a los jugadores de fútbol que corrieron con él hasta el final, Jung-in pudo mantener la velocidad. Al cruzar la meta, estalló en risas. Le dolían los pulmones, pero no podía parar de reír. El sol brillaba y todo era felicidad. El entrenador Anderson se acercó con una carcajada; había estado observando la ‘persecución’ con ternura.

“Buen trabajo, Jay Lim”.

Jung-in terminó la milla reduciendo su marca personal en 5 segundos respecto al primer semestre. Todos chocaron los cinco como si se tratara de un gran logro deportivo.

“Ustedes tres, vuelvan a su campo. Prepárense para empujar el trineo (sledge)”.

El entrenador señaló hacia el interior del campo, donde había un trineo de entrenamiento. Jung-in ya sabía bien cómo se usaba aquello. Max le susurró a Jung-in como si conspiraran.

“Nos vas a devolver el favor, ¿verdad?”.

Jung-in asintió en silencio, sabiendo exactamente a qué se refería. Poco después, en cuanto el entrenador gritó ‘¡Más peso!’, Jung-in se subió al trineo por voluntad propia.

“¡Down, set, go! (Abajo, listos, ya)”.

Al recibir la señal, los jugadores cargaron contra las almohadillas. ¡Pum! Con un impacto sordo, el trineo se deslizó sobre el césped. Se sentía como estar en un trineo de nieve en pleno junio californiano. El viento fresco despeinaba el cabello de Jung-in. Ante la sensación de velocidad, soltó una risa infantil. Ya se llevaba tan bien con los jugadores de varsity que podía permitirse el lujo de instarlos a correr más rápido.

Quizás fuera por el brillo cegador del sol, pero sintió un escozor en los ojos y ganas de llorar. Era el momento más verde y brillante de su vida. La juventud radiante estaba en su apogeo. Una estación que no volvería jamás.

Habían comenzado las últimas vacaciones de verano de su etapa en la preparatoria.

***

Su-ji, con el rostro lleno de impaciencia, verificó todo una vez más.

“¿Llevas el pasaporte?”

“Sí”.

“¿El celular?”.

“Aquí”.

“¿La cartera?”.

“Mamá, lo tengo todo”.

Pero por más que comprobara, su inquietud no desaparecía. Aunque su hijo ya era un joven, mandarlo solo a Corea no era fácil. Su-ji abrazó a Jung-in con fuerza, como si quisiera retenerlo un poco más con el calor de sus manos.

Como Chase se había ofrecido a llevarlo al aeropuerto, Su-ji se despidió de él en casa. Antes de irse a trabajar, le dijo con cautela.

“Sobre la universidad y todo lo demás… piénsalo bien”.

Jung-in se ajustó la mochila sin decir nada. Un silencio pesado llenó la sala por un momento.

“… Mamá, no me rendiré tan fácilmente. Conoces mi carácter”.

Ante la determinación de Jung-in, Su-ji soltó un corto suspiro.

“Sí, lo conozco”.

Ella mejor que nadie conocía su competitividad, su tenacidad y su paciencia. Gracias a eso, Jung-in había resistido en un país extraño y había crecido más fuerte que nadie. Sin embargo, Su-ji aún quería convencerlo; no quería que recorriera un camino que preveía lleno de espinas. Quería que su hijo fuera tratado con honor en todas partes. Se justificaba pensando que esa era la preocupación de cualquier madre al oponerse al primer amor de su hijo.

“Llama antes de subir al avión. Y en cuanto llegues. Tu tía dijo que iría a recogerte…”.

“Mamá, está bien”.

Dijo Jung-in con suavidad para calmarla.

En ese momento, llamaron a la puerta. Era Chase. Al abrir, Jung-in vio su expresión y no pudo evitar reírse, porque Chase y Su-ji tenían exactamente la misma cara de tragedia.

“Pongan buena cara los dos. No me voy a la guerra”.

Su-ji soltó una risita al ver a Chase con un rostro aún más serio que el suyo. Verlo tan decaído le hizo sentir una punzada de empatía.

“Parece que tú tampoco has dormido bien, Chase”.

Chase asintió con una sonrisa amarga.

“No se preocupe por Jung-in. Yo lo llevaré con cuidado”.

Su-ji le dio una palmadita en el hombro. Como se le hacía tarde para el trabajo, se dirigió a su Toyota Camry rojo. Mientras tanto, Chase tomó la maleta de Jung-in y se dirigió a un coche desconocido: un Mercedes SUV negro de líneas cuadradas que destacaba por su imponente presencia.

“¿Y este coche?”.

“Es el coche de mi hermana, estaba en casa. En el mío no cabía la maleta grande”.

Jung-in soltó una carcajada. ¿Cuántos coches habría ‘simplemente en su casa’?

Chase esperó en silencio a que Jung-in se despidiera de su madre. Su-ji lo envolvió en un cálido abrazo, transmitiéndole todo su amor y preocupación. Chase los observó desde la distancia; era una escena familiar que él nunca había experimentado.

Solo después de que el coche de Su-ji se alejara, Jung-in subió al asiento del copiloto. El SUV avanzó silenciosamente hacia el aeropuerto. Al ver el cartel verde que indicaba ‘Aeropuerto’, Chase suspiró profundamente.

“Daría lo que fuera por secuestrarte ahora mismo y huir a México o Canadá”.

Jung-in rió suavemente, pero Chase no se rió. No parecía una broma. Jung-in sintió ganas de hacerlo sonreír.

“Oye, ¿sabes qué dice un pez cuando se choca contra una pared?”.

Chase lo miró de reojo frunciendo un poco el ceño.

“… ¿Qué dice?”.

“¡Dam! (Presa/Maldición)”.

Era un juego de palabras en inglés, pero Chase no se rió. Jung-in no se rindió.

“El libro de matemáticas estaba triste. ¿Sabes por qué?”.

“… ¿Por qué?”

“Porque tenía demasiados problemas”.

Solo entonces hubo un ligero cambio en la comisura de los labios de Chase. Soltó una risita corta. Aunque Jung-in sabía que no era porque el chiste fuera bueno, se sintió aliviado y sonrió con él.

Llegaron al aeropuerto. Ese día estaba inusualmente tranquilo, así que los trámites fueron más rápidos de lo previsto. Tras facturar el equipaje, se detuvieron ante el control de seguridad. A partir de ahí, Chase no podía pasar.

Chase miró a Jung-in, que sostenía su pasaporte. Pronto cruzaría la puerta y caminaría por ese largo pasillo, y no se verían en meses. Le dolía el pecho, pero se esforzó por mantenerse firme y dijo, tratando de animar a ambos.

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“… Todas las dificultades son oportunidades para volar más alto. Después de este verano, seremos más fuertes”.

“Qué frase tan profunda. ¿Es de Nietzsche?”

“De Kobe Bryant”.

Jung-in estalló en risas. Su risa era radiante y adorable. Chase ya la echaba de menos. Sin poder contenerse más, lo abrazó con fuerza.

“Te amo, Jung-in. No me olvides”.

“Vuelvo en dos meses”.

“Es tiempo suficiente para que un hombre muera de melancolía…”.

Sin importarle las miradas, Jung-in acarició el cabello rubio de Chase. Chase Prescott era su propio Golden Retriever.

“Ten un buen verano, Chase Prescott”.

“… Tú también, Im Jung-in”.

Así, los dos se adentraron en sus respectivos veranos, separados por 16 horas de diferencia.