17. Ecuación del amor

 

 


17. Ecuación del amor

 

¿Y si entro a hurtadillas en mi habitación y finjo que acabo de despertarme?

Con esa vana esperanza, Jung-in abrió la puerta principal intentando hacer el menor ruido. Sin embargo, en cuanto puso un pie en la sala, se topó de frente con Su-ji, que estaba en la cocina preparándose para ir a trabajar. Para ella, que trabajaba casi todos los sábados, el domingo era su único día de descanso.

Al ver a Jung-in, Su-ji puso una expresión deliberadamente fría.

“¿Vaya? ¿Pero quién es este? ¿No es nuestro rey de las fiestas?”.

“Lo siento...”.

“Te dije que podías rebelarte un poco, pero no esperaba que fueras tan audaz. ¿Tienes idea de lo mucho que me asusté cuando vi que no estabas en tu cuarto esta mañana?”.

Jung-in bajó la cabeza sin saber qué decir.

“Tu madre no quiere tener que decirles a los vecinos que ahora tiene un nuevo hijo y que prefiere criar a un nieto”.

Esa era una referencia a un episodio de un reality show que Su-ji y Jung-in habían visto juntos recientemente; el mismo programa que Jung-in había usado como base para decidir que ‘protegería’ a Chase.

“No pasó nada de lo que te preocupa, de verdad. Es que nos quedamos dormidos viendo las vistas nocturnas y.…”.

Su-ji se llevó una mano a la frente como si le doliera la cabeza. Sin embargo, pronto soltó un suspiro de alivio al ver que Jung-in había regresado sano y salvo.

“Estás castigado sin salir una semana”.

Estar ‘castigado’ (grounded) era el castigo más temido por los chicos en el extranjero. Pero Jung-in solo la miró parpadeando, sin mostrar mucha perturbación. En realidad, ese castigo no le afectaba en absoluto. Darle un castigo de no salir a un nerd que siempre estaba en casa estudiando era inútil.

Al darse cuenta de eso, Su-ji se quedó pensativa un momento y añadió otra sanción.

“Y además, nada de Netflix por una semana”.

“Ah... Mamá, eso es un poco...”.

Ver programas coreanos en Netflix era uno de los pocos placeres de Jung-in.

Comer pollo frito al estilo coreano hecho en casa mientras veían dramas o reality shows una vez cada una o dos semanas se había convertido en una tradición para Su-ji y Jung-in. A veces el rebozado quedaba duro o la salsa se quemaba un poco por error, pero el sabor seguía siendo bastante auténtico. Hacer mitad frito y mitad sazonado (yangnyeom), e incluso preparar el rábano encurtido desde cero, era lo básico, cualquiera que viva en Estados Unidos termina aprendiendo a hacer eso.

“¿De quién es esa ropa esta vez?”.

Ante la pregunta casual de Su-ji, Jung-in bajó la vista sin darse cuenta.

“¿Eh? Ah...”.

Solo entonces se dio cuenta de que todavía llevaba puesta la chaqueta del traje de Chase. La chaqueta gris, ahora con algunas arrugas, lo cubría hasta los muslos.

“También es de Chase”.

“Parecía que lo estabas pensando mucho... ¿decidieron ser amigos de nuevo?”.

En lugar de responder, Jung-in mostró una sonrisa ambigua. Su-ji sacó fruta y yogur de la nevera y dijo con naturalidad.

“Está bien. Es bueno tener amigos diversos”.

“...”.

Ya no podía llamar a Chase simplemente ‘amigo’. O mejor dicho, parecía que nunca lo había considerado solo un amigo desde el principio.

Jung-in desvió la mirada para evitar la de Su-ji. Por primera vez, tenía un secreto demasiado grande que no podía contarle a su madre.

Quizás por la sutil culpa de estar engañándola, Jung-in empezó a seguirla por toda la casa. Le alcanzaba la cuchara antes de que ella la buscara y limpiaba lo que ella ensuciaba.

Su-ji la miró fijamente y soltó una pequeña risa.

“¿Crees que por hacer esto voy a levantarte la prohibición de Netflix?”.

“No lo hago por eso”.

Jung-in la acompañó hasta la puerta para despedirla.

“Que tengas un buen día”.

Justo antes de salir, Su-ji se detuvo, miró hacia atrás y dijo.

“Felicidades por ganar la competencia, Señor. Rey de las Fiestas”.

Aunque sus palabras fueron burlonas, su expresión rebosaba calidez.

Su-ji lo miró con cariño y se acercó para darle un abrazo natural. Solo entonces Jung-in se relajó y soltó los hombros con alivio.

Tras despedirse con la mano del coche rojo que se alejaba, Jung-in subió al segundo piso. Apenas salió de la ducha, el teléfono que había dejado sobre la cama comenzó a sonar.

 

Chase Prescott

[¿Te regañaron mucho?]

 

Parecía preocupado por si se había metido en problemas. Pensándolo bien, entre los nervios y las prisas, no había podido agradecerle adecuadamente: por ir a apoyarlo a la competencia y por organizar esa fiesta privada solo para los dos.

 

Jung-in

[Todo bien. Gracias por lo de ayer, de verdad.]

 

Chase Prescott

[Es lo que hace un novio.]

 

¿De verdad tengo novio ahora?

Al pensarlo, una sonrisa se extendió por el rostro de Jung-in. En el reflejo de la pantalla que se oscurecía lentamente, se vio a sí mismo sonriendo como un tonto. Sin embargo, esa sonrisa se desvaneció gradualmente al pensar en la realidad que tendría que enfrentar.

Jung-in tocó la pantalla para encenderla de nuevo y envió un mensaje.

 

Jung-in

[Me gustaría que lo nuestro fuera un secreto para los demás.]

 

Chase no respondió durante un buen rato.

Chase era alguien que siempre expresaba sus sentimientos con honestidad. Nunca había dudado ni tenido reparos en mostrar su afecto por Jung-in.

Tenía sentido. Probablemente nunca en su vida había recibido una mirada llena de prejuicios.

Blanco, hombre, ciudadano estadounidense de la clase alta.

Chase Prescott era el ‘mainstream’ de los ‘mainstream’, ni por raza, ni por género, ni por riqueza había sufrido discriminación alguna.

Pero Jung-in, sin hacer nada, ya estaba en una posición de minoría. Si a eso le sumaba una relación homosexual, se convertiría en una minoría dentro de la minoría. Era evidente que todas las miradas prejuiciosas y la discriminación se concentrarían en él.

En lugar de un mensaje, recibió una llamada de Chase.

—¿Qué estás haciendo?

“Acabo de salir de la ducha y voy a dormir un poco más. Mientras me lavaba, salieron trozos de césped hasta de detrás de las orejas y de las axilas”.

—Vaya. ¿Cómo puedes leerme un relato erótico tan de repente sin que esté preparado mentalmente?

“... Voy a colgar”.

—Perdón, perdón. No bromearé más.

Tras una pequeña risa, Chase dijo con voz profunda.

—Primero, dejemos algo claro. ¿Somos pareja ahora, verdad? ¿No hace falta que emita una declaración oficial de amantes?

Jung-in guardó silencio unos instantes y, tras reflexionar, habló con cautela.

“Pregunta. Existen las constantes C y J. A pesar de que J se portó fatal, C fue a la competencia de matemáticas de J para apoyarlo. Ambos se confesaron y se besaron. Partiendo de esa premisa, ¿cuál es la relación entre C y J?”.

—¡Wincrest! Las constantes C y J son novios.

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Chase gritó imitando exactamente lo que Jung-in había hecho ayer en la competencia. Jung-in respondió con una risita.

“... Respuesta correcta”.

Hacía tiempo que sus sentimientos coincidían, pero era la primera vez que llegaban a la misma conclusión de estar juntos.

—Sinceramente... yo querría contarlo. Es la primera vez que me siento así. Esas ganas de presentar a alguien ante todo el mundo como ‘mío’.

Era tal como Jung-in esperaba. Chase Prescott era un quarterback. Alguien que siempre lideraba el juego, miraba hacia adelante y tomaba decisiones. Alguien que avanzaba sin mirar atrás ni vacilar. Y esa tendencia se aplicaba también a sus relaciones.

—De hecho, mis amigos ya saben que me gustas.

“¿De verdad? ¿Cómo?”.

—Porque se los dije. Y dicen que el amor y la tos no se pueden ocultar.

Jung-in se tumbó en la cama abrazando a Snowball y acariciando su pelaje. Al escuchar su voz cariñosa a través del altavoz, sintió un cosquilleo en la boca del estómago.

—Hay tantas cosas que quiero hacer. Quiero ir al baile contigo, quiero que vengas a animarme a todos mis partidos. Quiero pegar tu foto en mi casillero, y quiero sentarte en mi regazo en los bancos de la escuela donde pasa todo el mundo y darte de comer pudin de chocolate y vainilla.

“... Eso último es bastante específico”.

—Es que vi a Brian haciendo eso con Ava Winslow.

“Todo bien, ¿pero por qué me toca a mí el papel de Ava Winslow?”.

Preguntó Jung-in con voz fingidamente cortante.

—Está bien. Entonces tú haz de Brian. Yo me sentaré en tu regazo.

“...”.

Siempre que hablaba con Chase tenía esa sensación. Él se mostraba tolerante y dispuesto a aceptar cualquier cosa, mientras que él se sentía como el único que estaba siempre midiendo, calculando y manteniéndose a la defensiva.

¿Será esto lo que llaman ser un desastre en el amor?, pensó Jung-in con un mal presentimiento.

“Yo... aún no estoy listo, Chase”.

¿Acaso su nombre dicho en voz baja era un hechizo mágico? Chase guardó silencio un momento y respondió con un suspiro.

—Está bien, lo entiendo. Diremos que somos ‘amigos inusualmente cercanos’. ¿Contento?

“... Gracias”.

Chase soltó otro suspiro lleno de resignación.

—Es un problema. Si me hablas con esa voz, creo que sería capaz hasta de aceptar un contrato de sicario por ti.

Jung-in soltó una carcajada y rebatió de inmediato.

“Eso lo haría yo mismo. Quién sabe qué prueba dejarías caer en la escena del crimen por ser tan descuidado”.

—Ah, es cierto. Tú eres más meticuloso. Entonces yo solo ayudaré con el trabajo de fuerza. Cavar el hoyo o mover el cuerpo.

Tras la broma algo macabra y las risas, Chase habló con tono serio.

—Como ahora somos novios, creo que debo decírtelo. He quedado con Vivian esta tarde.

“... ¿Por qué?”.

—Creo que necesitamos cerrar el ciclo.

“...”.

Obviamente, no era una sensación agradable. Incluso si no hubiera pasado nada entre ellos, no es plato de buen gusto que tu novio vaya a ver a la persona que todos conocen como su ‘exnovia’.

—Si no quieres, lo cancelaré.

Pero era un tema que tarde o temprano debía abordarse. De lo contrario, lo que pasó antes podría repetirse. Jung-in respondió tras pensarlo un momento.

“No, está bien. Ve a verla”.

—Que duermas bien, Jung-in. Envíame un mensaje cuando despiertes.

“Sí. Cuelga tú”.

—No, cuelga tú primero.

“Qué va, cuelga tú”.

—No quiero. Cuelga tú.

Jung-in no pudo evitar reírse.

“Si viera una escena así en la televisión, estaría insultando y cambiando de canal”.

—Cuélgame tú, Jung-in. Yo no tengo remedio.

“Está bien. Hoy colgaré yo primero”.

Chase dejó unas últimas palabras con voz baja y dulce.

“Buenas noches, Darling (Cariño)”.

Incluso después de colgar, su corazón latía con locura.

Estaba tan agitado que le resultaba imposible dormir. Jung-in rodó sobre la cama y se puso boca abajo. Entonces, entró en la cuenta de Instagram de Chase que solía espiar a escondidas.

[@chase.a.prescott]

Había una foto subida hacía apenas unos minutos. Era una imagen de las vistas nocturnas de Bellacove con un texto que captó su atención.

[La mejor noche de mi vida]

Al ver los emoticonos de la luna, las estrellas y el corazón que acompañaban al texto, Jung-in lo pensó mucho y finalmente le dio a ‘Me gusta’. Y aprovechando el impulso, también pulsó el botón de ‘Seguir’. Ahora Chase Prescott no era el amor platónico al que observaba en secreto, sino su novio.

La pantalla, que se había oscurecido hasta apagarse, se iluminó de repente.

 

chase.a.prescott

[Perdona si me equivoco, pero ¿eres Jung-in?]

 

Los ojos de Jung-in se agrandaron. Era un mensaje directo (DM) de Chase. Parecía haber deducido su identidad por el nombre de usuario que combinaba matemáticas.

 

lim_fx_J

[Sí, soy yo.]

 

chase.a.prescott

[Como no hay fotos en la cuenta es difícil estar seguro, y me preocupa que sea phishing... ¿Puedo hacerte una pregunta para confirmar?]

 

lim_fx_J

[¿Qué pregunta?]

 

chase.a.prescott

[Tenemos un hijo juntos. ¿Cómo se llama?]

 

lim_fx_J

[Snowball.]

 

chase.a.prescott

[Correcto.]

 

Sin darse cuenta, la sonrisa de Jung-in se ensanchó. De pronto, apareció una nueva notificación en el centro de la pantalla:

[chase.a.prescott ha empezado a seguirte]

En la cuenta vacía de Jung-in, que tenía 0 seguidores y 0 seguidos, se añadió Chase Prescott.

chase.a.prescott

[Tu nombre de usuario está un poco mal, ¿puedo corregirlo?]

lim_fx_J

 

Era un nombre que cualquiera que supiera matemáticas entendería de inmediato.

‘lim’ es el apellido de Jung-in, pero también el símbolo de límite. No le había dado un significado especial al crearlo, pero si hubiera que interpretarlo, significaría que el límite de esa función tiende a J cuando x se acerca a cierto valor.

Pronto llegó la propuesta de Chase. En el momento en que la vio, Jung-in sintió que su corazón daba un vuelco.

 

chase.a.prescott

[lim_cp_fx_love]

 

lim_cp_fx_love

[Cuando x tiende a Chase Prescott (cp), el límite (lim) de esa función es el amor (love).]

***

Llegó la mañana del lunes.

El fin de semana del baile de graduación (prom) había terminado, lo que significaba que el examen SAT, que se celebra cada primer fin de semana de junio, estaba a la vuelta de la esquina. Inmediatamente después vendrían los exámenes finales y, tras ellos, las vacaciones de verano. Al terminar el verano, finalmente serían alumnos de cuarto año: seniors.

Jung-in, como de costumbre, sacó una Pop-Tart y se la llevó a la boca sin siquiera calentarla. Mientras masticaba aquel bloque de carbohidratos con sabor a fresa, organizó mentalmente sus tareas pendientes: los trabajos por entregar, las materias que requerían repaso y el calendario de finales.

Jung-in, que había aprendido sobre el amor a través de los libros, recordó una frase que leyó alguna vez: ‘Una buena relación es aquella en la que ambos crecen juntos sin descuidar su propio crecimiento individual’. Su determinación de no permitir que su relación con Chase se convirtiera en un obstáculo para su vida era inquebrantable.

En cuanto se colgó la mochila y abrió la puerta principal, vio a Chase saludando desde el otro lado de la calle.

“¡Jung-in!”.

El cabello dorado de Chase ondeaba suavemente con la brisa matutina. Por un momento, Jung-in tuvo la ilusión de ver una cola frondosa agitándose detrás de él. Parecía un Golden Retriever esperando a su dueño. La idea le hizo soltar una risita involuntaria.

Sin embargo, Jung-in regresó pronto a la realidad. Aunque le alegraba que Chase hubiera ido a buscarlo, también se sentía desconcertado.

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“Chay”.

Habían acordado mantener su relación en secreto, y él aceptó. ¿Cómo se le ocurría aparecer frente a su casa a la mañana siguiente? Jung-in puso una expresión de incredulidad.

“Dijimos que lo mantendríamos en secreto”.

“Pero tu bicicleta está rota, ¿qué podía hacer?”.

Los ojos de Jung-in se abrieron de par en par.

“¿Qué? ¿Mi bicicleta?”.

“Sí. Está averiada”.

“¡No puede ser! ¡No hace nada que gasté 30 dólares en cambiarle la cadena!”.

No sabía nada de que su bicicleta estuviera rota. Jung-in corrió hacia el cobertizo al costado de la casa donde la guardaba. Sin embargo, allí estaba su bicicleta, perfectamente estable.

“¿De qué hablas? Está bien”.

Antes de que Jung-in terminara de hablar, Chase estiró su larga pierna y empujó ligeramente la bicicleta con la punta del pie. La bicicleta se ladeó lentamente y cayó con un golpe seco contra la pared. Aun así, era imposible que se rompiera por eso.

“Mira. Está rota, ¿ves? Vaya... ni siquiera puede mantenerse en pie por sí sola”.

Ante la expresión imperturbable y la desfachatez de Chase, Jung-in terminó por estallar en risas. ¿Cómo podía ese hombre tan enorme verse tan tierno? Definitivamente estaba cegado por el amor.

Jung-in asintió con seriedad, siguiéndole el juego.

“Es verdad. Está tan rota que no creo que pueda usarla”.

En cuanto escuchó eso, Chase sonrió de forma radiante, como si fuera la luz del sol. El ambiente parecía volverse más ligero.

Tan pronto como Jung-in subió al asiento del copiloto, Chase le acercó su teléfono, pegándose a él.

“Hagámonos una foto”.

“¿Una foto?”.

“Quiero tener una foto nuestra como fondo de pantalla”.

Jung-in soltó una carcajada ante el inesperado comentario.

“¿Por qué? ¿Viste que Brian Cole hizo eso y te dio envidia?”.

Chase vaciló un momento y se encogió de hombros. Parecía que él también tenía sus propios romanticismos sobre las citas. A Jung-in le hizo gracia; sintió que habían conectado en un punto inesperado.

“Mira aquí, Jung-in”.

Mientras Chase extendía el brazo con naturalidad para ajustar el encuadre, Jung-in se quitó rápidamente las gafas.

Pronto, la pantalla capturó sus rostros: Jung-in con los ojos muy abiertos y una expresión algo rígida, y Chase sonriendo con una felicidad absoluta.

Esa foto se convirtió de inmediato en el fondo de pantalla de ambos teléfonos.

 

“Déjame aquí”.

Dijo Jung-in señalando la última esquina antes de llegar a la escuela.

Era el tipo de comportamiento típico de los adolescentes que no quieren ser vistos por sus amigos con sus padres. Chase, al volante, puso una expresión exageradamente herida.

“Hijo, ¿acaso te avergüenzas de tu padre?”.

Jung-in soltó una carcajada y le dio un golpe juguetón en el hombro.

“No bromees. Detente ya”.

El coche se detuvo y Jung-in bajó rápidamente. Pero en ese momento, las ganas de bromear de Chase volvieron a atacar. Mientras Jung-in se alejaba sujetando las correas de su mochila, Chase gritó.

“¡Hijo mío! ¡Asegúrate de levantar la mano al cruzar la calle! ¿Llevas tu almuerzo?”.

Los almuerzos eran esas cajas de comida preparada populares entre los niños de primaria. Parecía decidido a avergonzarlo.

Jung-in se dio la vuelta con cara de horror y gritó en un susurro.

“¡Chay!”.

Chase añadió una última frase con una sonrisa pausada y relajada.

“Te echaré de menos, baby”.

En cuanto terminó de hablar, el Porsche plateado aceleró adelantando a Jung-in como si estuviera huyendo.

Jung-in sacudió la cabeza, incrédulo. Sin embargo, una suave sonrisa se dibujaba en sus labios.

Mientras empezaba a caminar lentamente hacia la escuela, un Volvo plateado se detuvo a su lado. La puerta se abrió y bajó un rostro conocido.

“¡Jay!”.

Justin se acercó a Jung-in ladeando la cabeza, extrañado de verlo caminando sin su bicicleta.

“¿Y tu novio? ¿Por qué vas a pie?”.

“Le pedí que me dejara un poco antes. Justin, tú también vigila lo que dices”.

Advirtió Jung-in poniéndose el dedo índice en los labios.

Justin hizo el gesto de ‘OK’ y empezó a moverse agachado, mirando a su alrededor como si fuera un espía.

La escuela después del prom se sentía extraña. Personas que no eran pareja caminaban juntas como si lo fueran, y muchos se trataban con incomodidad tras lo ocurrido el fin de semana. Quizás algunos amores se habían concretado, mientras otros habían sido rechazados.

Mientras observaba a los grupos de chicos charlando en el césped, Justin preguntó de repente.

“Por cierto, ¿viste el Wincrest Wire?”.

El Wincrest Wire era un Tumblr anónimo donde se publicaban los cotilleos de la escuela. Jung-in no había entrado en un buen tiempo.

“No, ¿por qué?”.

“Vivian Sinclair terminó siendo la Princesa”.

Justin le mostró la pantalla de su teléfono. El hashtag era #FlyingSolo.

Vivian, que según decían había asistido sin pareja, aparecía imponente con su tiara. El puesto de Príncipe lo ocupó Brian Cole. Al parecer, habían decidido elegir también ‘realeza’ de tercer año (juniors), creando así una corte completa del baile.

Seguramente Vivian se habría sentido muy desconcertada por el hecho de que Chase no asistiera, pero en la foto no se notaba ni rastro de ello. Estaba perfecta, como siempre: ni un pelo fuera de lugar, con una sonrisa segura de sí misma.

Jung-in sintió cierto respeto por su capacidad de mantener la compostura y no perder el centro incluso en los momentos más difíciles.

“Dice que ha abierto canales en TikTok y YouTube. Subió un vídeo de su maquillaje para el prom y ya tiene más de 50,000 seguidores. En YouTube ya casi llega a los 20,000”.

Parecía que hablaba en serio cuando dijo que quería ser influencer. Dejando de lado lo que le había hecho o su pasado, había que reconocer su determinación para abrirse camino.

En ese momento, mientras entraban al pasillo, sucedió lo de ‘hablando del rey de Roma’, Vivian y Madison aparecieron caminando juntas.

Madison saludó a Jung-in con entusiasmo, y atraída por ese movimiento, la mirada de Vivian se dirigió hacia él. Jung-in intentó mantenerse firme; no había hecho nada malo.

Sin embargo, cuando sus miradas se cruzaron, fue Vivian quien apartó la vista primero. Podía ser una impresión pasajera, pero se sentía una energía diferente, como si estuviera un poco derrotada.

“Qué raro. ¿Por qué hoy parece un gato doméstico en lugar de un leopardo?”.

Justin pareció notar lo mismo.

En ese instante, apareciendo de quién sabe dónde, Chase entró en el pasillo.

Casi todos los estudiantes presentes clavaron sus ojos en ellos, específicamente en Chase y Vivian. Todos sentían curiosidad: se suponía que eran la pareja oficial, pero uno de ellos había ido solo al baile.

Y entonces ocurrió algo que alimentó aún más el morbo de los espectadores.

Vivian ignoró por completo a Chase al verlo. No fue solo evitar la mirada; se giró totalmente hacia las taquillas, dándole la espalda.

Un silencio incómodo recorrió el pasillo. Jung-in también estaba sorprendido.

‘Haré que su nombre no vuelva a salir de tu boca’.

Jung-in recordó las palabras de Chase tras la competencia, y su promesa de reunirse con ella el sábado para terminar con todo. ¿Qué clase de cierre habrían tenido para que ahora parecieran menos que desconocidos?

Chase caminó directamente hacia Jung-in, como si no existiera nadie más. A pesar de haber aceptado ocultar su relación, sus ojos azules brillaban con corazones revoloteando.

“Hola”.

“¡Press!”.

Justin le ofreció un saludo de puños. Siempre había querido chocar los puños con Chase y su grupo de amigos.

Chase chocó su puño con el de Justin con naturalidad y lo saludó con un ligero movimiento de cabeza.

“Hey, Just”.

“¡Chase Prescott ha abreviado mi nombre!”.

Susurró Justin a Jung-in con voz ahogada.

“Cálmate, te va a dar un infarto”.

Chase miró a los dos nerds con ternura por sus exageraciones. Fue entonces cuando Vivian Sinclair se acercó.

“Tenemos que hablar un momento”.

Ante su llegada, Justin retrocedió sigilosamente hasta desaparecer.

¿Acaso las cosas no se habían resuelto bien? Cuando Jung-in intentó retirarse discretamente para dejarlos solos, Vivian se plantó frente a él.

“Tú, Jay Lim”.

Vivian no miraba a Chase, sino a Jung-in.

El ceño de Chase se frunció al instante, como si fuera a intervenir de inmediato. Pero el orgullo de Jung-in no lo permitió. Él podía defenderse solo; no necesitaba un caballero que peleara sus batallas.

“Ve a clase. Tienes tu primera hora en el edificio de humanidades”.

Dijo Jung-in con firmeza.

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Chase, desconcertado, no sabía qué hacer. Jung-in lo empujó suavemente por el pecho. Ante ese ligero toque, el gigante de 1.95 metros retrocedió.

Jung-in se volvió hacia Vivian.

“Busquemos un lugar tranquilo”.

Vivian asintió en silencio.

Caminaron por el pasillo bajo una atmósfera cargada de tensión. Las miradas estaban clavadas en ellos; los estudiantes susurraban y algunos incluso grababan a escondidas. No sería raro ver un titular en el Wincrest Wire como: ‘Ex de Prescott vs. Nuevo novio: comienza la guerra’.

Se detuvieron bajo una enorme secuoya, un poco alejados del edificio escolar. Rompiendo el tenso silencio, Vivian habló primero.

“Chase vino a verme. Después de dejarme plantada en el prom, resulta que el que estaba furioso era él”.

Jung-in esperó en silencio a que ella continuara.

“No entendía qué había hecho mal, hasta que Madison me dijo que quizás tú me habías malinterpretado”.

“... ¿Malinterpretado?”.

“Como si yo hubiera tenido la intención de ir a ver a tu madre para sacarte del armario”.

Vivian habló con calma, como si tal intención no hubiera existido jamás.

“¿Ah, no? ¿No era eso?”.

Preguntó Jung-in.

Vivian soltó una risa burlona, indignada.

“¿Qué? ¿Por quién me tomas? ¿Sacar a alguien del armario? ¿Crees que haría algo así? En la industria en la que quiero trabajar hay orientaciones sexuales de todo tipo. Lo raro es ser heterosexual”.

Jung-in soltó una risa irónica ante la actitud de Vivian, que solo pensaba en su propia posición.

“¿No crees que hay algo que deberías decir antes que eso?”.

Ante el comentario directo de Jung-in, los labios de Vivian temblaron y sus ojos se enrojecieron ligeramente. Era del tipo de persona que preferiría morir antes que pedir perdón. Jung-in ya la conocía.

“Ya he tenido suficiente castigo. Tuve que ir sola y humillada al prom, y Chase parece decidido a no tratarme como a un ser humano nunca más. ¡Dijo que a partir de ahora entre nosotros solo habría aire, ni amistad ni nada!”.

Su imagen, vibrando de resentimiento y autocompasión, le recordó a Jung-in a la hija mimada de una familia noble en un drama de época que maltrata a sus sirvientes.

“No volveré a molestarte ni a entrometerme”.

Continuó Vivian con voz trémula—.  

“...No hables demasiado mal de mí a Chase”.

Jung-in sintió un peso en el pecho. Aunque Vivian parecía derrotada, no se sentía satisfecho. Ella siempre dio por hecho que Chase estaría a su lado; habían crecido juntos. Jamás consideró la posibilidad de que él desapareciera de su vida.

En realidad, Chase también tenía parte de culpa en que Vivian fuera tan arrogante. Él siempre fue indiferente y cínico con todo lo que no le interesaba, permitiendo que ella se portara mal con los demás. Incluso llegó a decir que su mal carácter le hacía la vida más fácil. Por mucho que Jung-in quisiera a Chase, esa parte de él le parecía lamentable.

Sin embargo, analizando las palabras de Vivian, no había mencionado a Jung-in ni una sola vez. Todo era autocompasión.

“Solo hablas de ti misma hasta el final. Deberías aprender a pedir perdón”.

Sentenció Jung-in.

El rostro de Vivian se tensó. Parecía alguien que recibía ese tipo de crítica por primera vez en su vida. Jung-in sacudió la cabeza, sintiendo que seguir hablando era inútil.

“Si no tienes nada más que decir, me voy”.

Justo cuando Jung-in dio el primer paso para retirarse, la voz de Vivian sonó a sus espaldas.

“¡...Lo siento!”.

Jung-in se detuvo en seco.

“¡Ya está! ¡Lo he dicho! ¿Y ahora qué? ¿Estás satisfecho? ¡Fingiendo ser tan amable y manso ante todos! ¡Nerd de doble cara!”.

Vivian resoplaba de frustración.

Parecía que mientras el mecanismo de defensa de Jung-in era la evasión, el de ella era el ataque. Cuando se sentía acorralada, gritaba más fuerte.

“Es mejor que nada. Acepto tus disculpas”.

“¡No seas tan arrogante!”.

Al verla tan alterada, Jung-in sintió algo extraño: ya no le tenía miedo. De hecho, aunque pareciera una locura, le pareció un poco tierna.

Al entrar de nuevo al edificio, vio a Chase caminando inquieto por el pasillo. Parecía estar esperándolo. Jung-in corrió hacia él con una gran sonrisa.

Al ver a Jung-in, la expresión tensa de Chase se relajó, dando paso a una sonrisa de alivio. Sus ojos azules, llenos de afecto, brillaron con una luz radiante.

***

En cuanto llegó la hora del almuerzo, Chase fue a buscar a Jung-in.

Con la intención de ayudar a su amigo en su primer noviazgo, Justin dijo que comería con los miembros de la Mathlete Society por un tiempo. Gracias a esa consideración de Justin, Jung-in pudo disfrutar de su privilegio como junior de salir del campus durante el almuerzo junto a Chase.

El coche de Chase se dirigió a Sally’s Diner, que ahora se había convertido en un espacio simbólico para ambos. Aunque estaba algo alejado de la escuela, era un lugar donde la comida salía rápido, por lo que tendrían tiempo suficiente para volver antes de que terminara el descanso.

Si bien por las noches el lugar se llenaba de familias, amigos y parejas, de día se veía a camioneros alineados en la barra bebiendo grandes cantidades de café. Los dos se acomodaron en una cabina junto a la ventana que estaba bastante despejada.

“Hoy tendremos que pedir algo sencillo por el tiempo”.

Dijo Chase.

Acto seguido, pidió un combo de almuerzo que incluía una hamburguesa enorme, judías verdes fritas, una mini tortilla y una ensalada de pollo con arándanos, todo acompañado de una Coca-Cola. Jung-in, horrorizado por su apetito voraz, pidió discretamente unas tostadas francesas y un té helado.

Aunque dudó un poco, Jung-in no pudo evitar preguntar:

“¿Qué pasó finalmente con Vivian? ¿De verdad le dijiste eso? ¿Que entre tú y ella ahora solo hay aire?”.

Chase puso una expresión de desgana, como si no tuviera muchas ganas de hablar del tema.

“¿Conoces la película en blanco y negro Cantando bajo la lluvia? Es una frase de ahí; me gustaría verla contigo algún día”.

“No cambies de tema”.

“No necesito tener a mi lado a alguien que no te reconoce a ti”.

“.......”.

Jung-in no supo qué responder a eso. No sabía si darle las gracias o decirle que romper la amistad de esa forma era un poco excesivo. Se limitó a observar la determinación en el rostro de Chase mientras removía con la pajita su vaso de té helado recién servido.

“Jung-in, debiste venir a decírmelo de inmediato”.

“Fuiste tú quien dijo que era más cómodo que nadie se le acercara porque tenía mal carácter. Esta vez simplemente me tocó a mí ser el blanco”.

Chase soltó un suspiro silencioso, sin saber qué rebatir. Jung-in añadió.

“Además, ir corriendo a chivarse no es mi estilo”.

“Aun así, ahora es diferente. A partir de ahora, prometamos contárnoslo todo. Ya somos una pareja que puede hacer eso”.

Una pareja que puede contárselo todo. Jung-in se sintió un poco avergonzado, pero asintió sin apartar la mirada.

Sin embargo, parecía que para Chase eso no era suficiente. Tomo una servilleta que estaba sobre la mesa.

“Escribamos un contrato aquí”.

“¿Eh?”.

Mientras Jung-in parpadeaba confundido, Chase se levantó, fue al mostrador y pidió prestado un bolígrafo. Luego, sobre la servilleta con el logo de Sally’s Diner, escribió con letra clara.

[No ocultar ni mentir sobre nada a la persona amada bajo el pretexto de querer evitar un conflicto.]

Tras escribir la última frase, Chase asintió satisfecho. Luego sacó otra servilleta e hizo una copia exacta.

“Firma aquí, Jung-in”.

Ante la expresión tan seria de Chase, Jung-in no pudo tomárselo como una simple broma. Tomó el bolígrafo y estampó su firma en ambas servilletas.

Cada uno se quedó con una copia. Incluso se dieron la mano con la solemnidad de dos empresarios cerrando un trato formal.

Jung-in dobló la servilleta con cuidado para que no se arrugara y la guardó en el bolsillo del pecho de su camisa. En cuanto regresó a la escuela, abrió su casillero y metió la servilleta entre las páginas limpias de su libro más grueso.

Era la primera prueba física de su relación.

***

Tap, tap.

Un suave sonido golpeó la ventana. No eran gotas de lluvia, ni piedritas arrastradas por una ráfaga de viento. Jung-in, que ya sabía de quién se trataba, caminó en silencio hacia la ventana y descorrió las cortinas.

Al otro lado del cristal apareció un rostro familiar. Chase lo miraba con una sonrisa cargada de picardía.

“¿Y los libros? ¿Los trajiste?”.

Preguntó Jung-in.

Chase asintió. Para entrar en la habitación de Jung-in, necesitaba un libro de estudio en lugar de una entrada, ya que los exámenes finales se acercaban. Chase se dirigió con naturalidad hacia la cama de Jung-in, mientras este regresaba a su escritorio.

Frente a Jung-in estaba abierto el libro de Historia de los Estados Unidos (AP), su asignatura más odiada. Tenía un examen pronto y una montaña de cosas por memorizar. Si las páginas avanzaran con fluidez, estudiar tendría algún encanto, pero ahora mismo incluso pasar una sola hoja le resultaba pesado.

Jung-in hizo girar su bolígrafo con aburrimiento y echó un vistazo de reojo a Chase, que leía sentado en la cama.

“Chay, ¿tú qué materia estás estudiando?”.

Chase levantó el libro para mostrarle la portada.

“Fundamentos de Economía”.

“Uf, qué envidia. Al menos ahí hay números y lógica. No como yo, que tengo que memorizar como un animal”.

Chase soltó una risita. Una chispa de travesura cruzó su rostro y dejó el libro sobre la cama.

“¿Quieres que te dé ánimos?”.

Chase se levantó y se acercó a Jung-in. Este lo miró parpadeando, sin entender a qué se refería. De pronto, sintió que le deslizaban las gafas hacia abajo. Con una mano, Chase acunó la mejilla de Jung-in mientras apoyaba la otra en el escritorio. Se inclinó y lo besó.

El bolígrafo que Jung-in sostenía cayó al escritorio con un golpe seco y rodó por la superficie. Tras recorrer suavemente el interior de su boca, Chase se separó con un sonoro beso final en los labios.

“¿Y bien? ¿Ya tienes ánimos?”.

Jung-in miró los labios de Chase, que sonreía con aire de triunfo, con una expresión aturdida, casi ebria.

¿Por qué besar se sentía tan malditamente bien?

Jung-in recuperó el aliento y exhaló profundamente. Luego, fingiendo estar pensativo, frunció ligeramente el ceño sin apartar la vista de los labios de Chase, como si deseara algo más. Los ojos de Chase brillaron. Su nuez de Adán se movió con un trago pesado, como si esperara algo prohibido.

“Chay, se me ha ocurrido una buena idea.

“¿Cuál? Sea lo que sea, estoy listo”.

Dijo Chase con una esperanza radiante en el rostro.

“Primero leeré una página más y luego te lo diré. Mientras tanto, lee tu libro”.

“Ah...”.

Chase dejó caer los hombros, decepcionado, y volvió a la cama. El brillo de sus ojos se apagó al instante mientras retomaba su lectura a regañadientes. Al ver aquello, Jung-in reprimió una risa y empezó a leer su libro mucho más rápido que antes.

“¡Listo!”.

Unos minutos después, Jung-in se levantó de un salto y se acercó a la cama. Apoyó una rodilla sobre el colchón y, de repente, giró la bola de nieve para que mirara hacia la pared. Entonces se inclinó hacia Chase.

Antes de que Chase pudiera reaccionar, los labios de Jung-in se posaron sobre los suyos. Medio trepado sobre el cuerpo de Chase, Jung-in le sostuvo la mejilla con una mano mientras lo besaba profundamente. Tras sacudir el mundo de Chase por completo, Jung-in se separó jadeando y dijo con una sonrisa.

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“Vamos a aguantar, y cada vez que termine una página, nos besamos”.

Chase se quedó con la boca entreabierta, incrédulo.

“¿Me estás diciendo... que vas a usarme como motivación para tu estudio?”.

“Sí”.

Asintió Jung-in con total naturalidad.

Chase se llevó una mano al pecho, fingiendo indignación.

“¡No soy un objeto! ¡Soy una persona! ¡Tengo personalidad y dignidad!”.

“¿Por qué? ¿No quieres?”.

“... ¿Quién ha dicho que no quiera?”.

Jung-in sonrió ampliamente, como si ya supiera la respuesta. Era una sonrisa fresca como la primavera, de esas que solo mostraba a quienes no necesitaba mantener la guardia. El corazón de Chase latió desbocado. Por fin sentía que había entrado en el pequeño círculo íntimo de Jung-in. No debía de haber mucha gente ahí: Su-ji, Justin y quizás él.

Chase echó la cabeza hacia atrás y soltó un suspiro corto. Luego rió por lo bajo en señal de rendición.

“Ja... de verdad me vuelves loco”.

¿Cómo podía un nerd ser tan sexy? Ni queriendo seducirlo a propósito habría sido tan efectivo. Chase rodeó la cintura de Jung-in y tiró de él hacia sí, pero justo cuando iba a besarlo de nuevo, Jung-in escapó de sus brazos con la agilidad de una ardilla. Las manos de Chase se quedaron vacías en el aire.

“¿Jung-in...?”.

“Una página más”.

Jung-in regresó al escritorio con determinación y volvió a estudiar con fervor. Chase, mirándolo con cara de bobo, tuvo ganas de tirar la toalla blanca y declarar su rendición.

Tras varias guerras, crisis financieras, elecciones presidenciales y muchos besos, Jung-in terminó de prepararse para su examen mucho antes de lo previsto. Había funcionado, usar los besos como recompensa fue extremadamente eficaz.

Mientras Jung-in se estiraba entrelazando los dedos, Chase preguntó.

“¿Terminaste? ¿Quieres que te haga algunas preguntas para comprobarlo?”.

“¿En serio? ¿No tienes que estudiar tú también?”.

“Yo ya terminé”.

“Está bien, pregúntame”.

Antes, Jung-in habría dicho: ‘No, está bien, lo haré solo’. El hecho de que ahora le pidiera ayuda le dio una punzada de placer. Realmente se había convertido en ‘su’ persona.

Chase dijo con una sonrisa sugerente.

“Hacerlo por hacer es aburrido. Debería haber un premio o un castigo, ¿no crees?”.

“Supongo, pero ¿cuál?”.

“Si aciertas, te doy un beso”.

Jung-in parpadeó, interesado. ‘¿Un beso?’, repitió con curiosidad. Chase pensó de repente que le gustaría lamer esos ojos oscuros con la lengua.

“Está bien. ¿Y si fallo?”.

“Si fallas, tú me tienes que besar a mí”.

“¿Qué lógica es esa?”.

Jung-in soltó una carcajada.

Chase se levantó de la cama, se puso al lado de Jung-in con expresión severa y tomó el libro. Lanzó la primera pregunta.

“¿Cuál es el único caso en la historia de EE. UU. en el que un presidente renunció?”.

“¡Richard Nixon!”.

“Correcto”.

Chase giró la silla de Jung-in hacia él. Tomó su barbilla con la punta de los dedos y le otorgó su ‘premio’ con un beso denso y profundo, explorando cada rincón de su boca. Al terminar, Jung-in, queriendo más, siguió sus labios un momento.

“Epa, si quieres más, acierta la siguiente. ¿En qué año comenzó la Gran Depresión?”.

“¿19... 41?”.

“Error. Ese fue el año en que terminó. Comenzó en 1929. Qué lástima”.

Chase hizo un gesto con el dedo índice, indicándole que era su turno. Tras dudar un instante, Jung-in se levantó, rodeó el cuello de Chase con los brazos y se puso de puntillas. En cuanto sus labios se tocaron, las manos de Chase envolvieron su cintura con naturalidad.

Así continuó la noche de estudio, hasta que los labios de ambos quedaron entumecidos.

***

2:00 AM.

Llevaba ya varios días entrando y saliendo por la ventana de Jung-in para estudiar juntos. Chase salió de la cama con cuidado para no despertar a Jung-in, que se había quedado dormido primero. Tras mover el libro de Biología al escritorio y arroparlo bien, se movió como un ninja y escapó por la ventana.

Estar con Jung-in era felicidad pura, pero también una prueba constante de paciencia. Jung-in aún mantenía sus ‘límites’, y Chase no sabía qué pasaría con él mismo cuando Jung-in soltara las riendas. Jung-in era lo que Chase Prescott había deseado con más fuerza durante más tiempo. Pero esa paciencia no lo hacía infeliz, al contrario. No era solo deseo; era amor. Sentía que podría amarlo toda la vida incluso sin nada sexual. Estaba profundamente hechizado.

Al llegar a su casa en la calle desierta, lanzó las llaves del coche al aire y las atrapó mientras caminaba por el pasillo. Para ir al anexo donde vivía, era más rápido cruzar la casa principal.

“Chase”.

Una voz familiar lo detuvo al pasar por el salón. Dominic Prescott estaba sentado solo en la barra, bebiendo.

“Llegas tarde”.

Chase soltó una risa irónica. ¿Desde cuándo le importaba a su padre a qué hora llegaba? De hecho, Dominic no se había pasado por la casa principal en al menos quince días.

“Siéntate un momento”.

Dominic tomó un vaso nuevo con movimientos lentos. Chase rechazó el trago pero se sentó a su lado. El aroma del whisky flotaba en el aire en un silencio tenso. Eran un padre y un hijo que no compartían ni recuerdos ni afecto.

“Greyson Sinclair vino a verme”.

Dijo Dominic agitando el vaso.

“Me pidió ayuda”.

Greyson Sinclair era el padre de Vivian.

“¿Ayuda para qué?”.

“El típico final de los nuevos ricos obsesionados con expandir franquicias. Se lanzan a por los números sin tener una base sólida y ahora se tambalean. Patético”.

Chase levantó una ceja, desinteresado. Siempre había sido así: indiferente a todo lo que no le importaba. Dominic lo miró de reojo.

“Parece que lo tuyo con la chica Sinclair ha terminado de verdad, ¿no?”.

“Sí”.

Una respuesta corta y seca. Chase decidió marcharse antes de que su padre mencionara a Elena Montgomery.

“Es muy tarde. Me voy”.

Se levantó, pero el sonido de los hielos chocando en el vaso y la voz de Dominic detuvieron sus pasos.

“¿Y lo siguiente después de la chica Sinclair es ese chico asiático?”.

Dominic soltó una risa despreciativa.

No necesitaba investigar; mucha gente le informaba de la vida de Chase. Los padres de otros alumnos de Wincrest High hablaban de él como si fuera la gran noticia. La mayoría eran cosas triviales, pero un rumor había captado su atención: que Chase andaba sospechosamente cerca de un chico asiático de una forma que no parecía ser solo amistad.

“Supongo que uno puede interesarse por cosas nuevas. No está mal explorar en la juventud. Es mejor que andar perdido cuando llegue el momento realmente importante”.

Chase frunció el ceño.

¿Significaba que ahora no era un momento importante?

Dominic estaba tratando a Jung-in como un capricho pasajero.

“¿Qué quiere decir con eso?”.

Preguntó Chase con frialdad.

“Que solo se puede jugar así durante la infancia. Haz lo que quieras, pero asegúrate de que no se convierta en un escándalo”.

Algo se retorció violentamente dentro de Chase. Sintió que la existencia de Jung-in estaba siendo negada. Jung-in no era un ‘interés pasajero’, ni un reemplazo, ni una simple rebelión. Chase apretó los puños.

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“Aunque sea mi padre, no se atreva a hacer nada estúpido o no me quedaré de brazos cruzados”.

“¿Yo? Jaja, qué cosas tan divertidas escucho”.

Dominic rió con ganas.

“No tengo la menor intención de aceptarlo. No voy a dejar que el nombre Prescott se manche con lodo”.

El rostro de Chase se ensombreció, pero a Dominic no pareció importarle.

“Pero no necesito mover ni un dedo. Esa clase de chicos terminan yéndose solos sin que yo tenga que hacer nada”.

Añadió Dominic con una sonrisa tranquila.

“Una chica como la Sinclair se habría quedado pegada como una sanguijuela, por eso me oponía a ella. Quitarla de encima me habría dado dolor de cabeza”.

Chase miró a su padre con ojos feroces. Dominic continuó con voz cínica:

“He visto a muchos así. Asiáticos de familias inmigrantes llenos de ambición. Personas que necesitan sobre-alcanzar objetivos en todo, muy orgullosos. Pero esa gente no sabe doblarse, así que terminan rompiéndose”.

Chase no pudo negarlo. Jung-in era extremadamente orgulloso. Una rectitud y terquedad que preferiría romperse antes que doblarse. Esa era una de las muchas razones por las que Chase se había enamorado de él.

“¿Crees que un chico así puede aguantar en este mundo? En cuanto lo muerdan un par de veces, se marchará por su propio pie, rumiando su miseria y preguntándose: ‘¿Por qué yo, que he vivido con tanto esfuerzo, tengo que recibir este trato?’”.

Dominic dejó el vaso y miró a su hijo como un vidente que predice el futuro.

“Si yo fuera tú, no pondría a alguien realmente valioso bajo el techo de los Prescott. Lo escondería fuera, en silencio. Antes de que aquí lo muerdan y lo desgarren hasta dejarlo hecho jirones”.

No se sabía si aquellas palabras frías eran un consejo, una advertencia o una burla. Chase sintió una repentina tristeza. Quiso preguntarle: ‘¿Entonces qué fue mi madre para usted? ¿Acaso ella no era alguien a quien quisiera proteger?’. Pero no hacía falta preguntar. Chase sabía mejor que nadie que en esa casa nunca había existido el amor.

“... No. Yo no voy a vivir como usted”.

Dijo Chase con firmeza.

Dominic se limitó a encogerse de hombros con una risa burlona, como si no le importara. Esa reacción inesperada hizo que Chase sintiera un profundo vacío. Pensó que si su padre se enteraba, se opondría con violencia, pero Dominic se mostraba indiferente, como si Jung-in ni siquiera valiera el esfuerzo de una oposición.

En ese momento, una comprensión aguda lo golpeó: incluso para oponerse a algo, hace falta que te importe. Chase Prescott era solo un pura sangre bien criado, una herramienta para continuar el linaje, nada más.

Con el corazón destrozado, Chase salió del salón. Al entrar en su anexo, se dejó caer en el sofá. Sentía un vacío en el pecho, como si tuviera un agujero. Sacó el teléfono y le envió un mensaje a Jung-in.

 

Jay ❤️

[¿Estás durmiendo bien? Te extraño.]

 

Miró los mensajes anteriores. Scrolleó hacia arriba una y otra vez, observando los restos de todas las emociones que habían compartido: desde bromas triviales hasta preocupaciones serias. Sintió que el agujero en su pecho se iba llenando poco a poco.

Al cerrar el chat, apareció la pantalla de bloqueo con la foto que se habían tomado juntos. Los ojos negros de Jung-in parecían observarlo.

Chase acercó la fría pantalla a su rostro y le dio un beso suave.

***

La primera semana de junio, un sábado, Jung-in presentó el examen SAT.

La mayoría de los chicos de la zona se examinaron en la preparatoria Wincrest High School. Al ser el último SAT que rendían como estudiantes de penúltimo año (juniors), había mucha más gente de lo habitual en el centro de pruebas. Poco después, salieron los resultados. Como era de esperar, la puntuación de Jung-in rozaba la perfección.

“Podemos presentar esta puntuación del SAT para tu solicitud”

Dijo Gloria Méndez, su orientadora, mientras dejaba los documentos de Jung-in sobre la mesa y se quitaba los lentes de lectura.

De ascendencia latina, era una mujer que poseía tanto una cálida sonrisa como una percepción cruda de la realidad. Era cautelosa debido a la influencia que ejercía sobre el futuro de sus estudiantes, y Jung-in sabía bien que no podía tomarse ninguna de sus palabras a la ligera.

“Dijiste que estabas considerando la admisión temprana en Harvard, ¿verdad, Jay?”.

Jung-in se enderezó y asintió con calma.

“Sí. Me gustaría especializarme en Biología o Bioingeniería”.

“¿Por qué Harvard precisamente?”.

“… ¿Perdón?”.

Ante la pregunta inesperada, Jung-in se quedó sin palabras por un momento. ¿Por qué tenía que ser Harvard? Había muchísimas razones obvias: la mejor educación del mundo, un entorno de investigación de vanguardia, innumerables oportunidades. Pero, más allá de eso, Harvard era para él un símbolo y un significado de haber superado la adversidad.

Si se piensa en las personas que intentan escalar el Everest, el monte no tiene necesariamente un significado personal especial para ellas. Harvard era el Everest de Jung-in. Un lugar donde el destino en sí mismo es la razón.

“Ha sido mi sueño desde que era niño”.

“Ya veo. Mmm… Tus calificaciones y actividades extracurriculares son impecables. Estoy segura de que tú también lo sabes”.

Ella volvió a ponerse los lentes y revisó en silencio el expediente de Jung-in. El GPA (promedio de calificaciones), la lista de cursos AP que había tomado, un proyecto científico que incluso obtuvo una patente y sus récords en competencias de matemáticas. No faltaba nada.

“Pero Harvard no es una escuela que se decida solo por el rendimiento académico. Especialmente hoy en día, hay una tendencia a reducir el peso de las pruebas estandarizadas y a enfatizar la narrativa y el trasfondo personal. Teniendo en cuenta que eres un estudiante asiático… puede que no sea fácil”.

Las manos de Jung-in se cerraron lentamente sobre sus rodillas. No es que no esperara escuchar algo así, pero oírlo directamente hizo que se le oprimiera el pecho.

“¿Quiere decir que… por ser asiático, podría estar en desventaja debido a las cuotas?”.

En la mirada de Méndez había cautela y una preocupación realista al mismo tiempo.

“No se puede afirmar con total certeza, pero tampoco se puede negar. Harvard dice oficialmente que no utiliza la raza del solicitante como criterio de evaluación, pero si miras las estadísticas de admisión, es innegable que existe un umbral más alto para ciertos grupos”.

Había demasiados estudiantes brillantes en el grupo con el que Jung-in tenía que competir. Los asiáticos, que muestran un rendimiento especialmente alto en matemáticas y ciencias, suelen concentrarse en las carreras STEM que Jung-in quería, en lugar de en las humanidades. Por lo tanto, el nivel de corte sube naturalmente y la competencia es más feroz. Jung-in se mordió ligeramente el labio ante la creciente ansiedad.

“Entonces… ¿qué otros aspectos debería resaltar?”.

“Tienes que demostrar que eres más que un simple estudiante con excelentes notas. Si tu objetivo es la investigación en bioingeniería, habla de por qué elegiste ese camino, cómo influyeron tus experiencias personales, esas cosas. Tienen que ser capaces de ver quién eres tú como persona”.

Al ver a Jung-in tan rígido, Méndez le mostró una sonrisa afable, tratando de tranquilizarlo.

“Tienes potencial de sobra, Jay. No te asustes antes de tiempo. Piensa bien en lo que hemos hablado hoy”.

“Sí. Gracias, profesora”.

Al salir, Jung-in miró instintivamente por la ventana del pasillo. Bajo la luz del sol, se veía a numerosos estudiantes corriendo hacia sus propias metas. Su cabeza estaba hecha un lío y sentía el corazón pesado. Sintió que todos los logros que había construido bajo la obsesión de ser perfecto no eran más que simples números. Una mezcla de esperanza y ansiedad le pesaba en el pecho.

***

El examen rápido de Historia de EE. UU. fue un gran éxito. Y hoy, Jung-in estaba estudiando ‘Fundamentos de Psicología’ para los exámenes finales. Estaba con Chase, como de costumbre.

A Chase le parecía una molestia andar de un lado a otro entre el escritorio y la cama, así que, con naturalidad, sentó a Jung-in entre sus piernas. Jung-in se apoyó cómodamente en él como si fuera un puf, pasando las páginas del libro de texto apoyado en sus rodillas levantadas. Chase rodeaba la cintura de Jung-in con una mano y, con la otra, sostenía una hoja de papel A4 leyendo el borrador del ensayo de Jung-in.

“Lo que estábamos haciendo era el ‘condicionamiento operante de Skinner".

Dijo Jung-in de repente.

“¿Eh?”.

“Dice que si das un estímulo positivo después de una conducta, esa conducta aumenta. En nuestro caso, el estímulo positivo, es decir, la recompensa, es un beso”.

“Será fácil de recordar. Beso, Skinner. Lo recordaré como ‘el beso de Skinner’".

“Es verdad. Chase, eres un genio”.

Chase rió suavemente, haciendo vibrar su cuerpo, y depositó un pequeño beso en la coronilla de Jung-in. Jung-in dejó el libro, se giró y lo miró.

“¿Terminaste de leer? ¿Qué te parece?”.

“Mmm…”.

El ensayo de Jung-in era muy propio de él. No era servil ni presumido. Mostraba un alto nivel intelectual de forma natural, resaltaba su diligencia y exponía sus ambiciones futuras de manera muy clara. Pero, aun así, estaba un poco rígido. Chase pareció reflexionar un momento y luego dijo en voz baja.

“Me da un poco de reparo decir esto, pero ¿por qué no escribes sobre tu padre?”.

Jung-in miró a Chase en silencio. No se sabía si su expresión era por lo inesperado de la propuesta o porque él mismo ya lo había pensado alguna vez, pero reflejaba sentimientos complejos. Los recuerdos que no quería evocar lo inundaron.

En aquel entonces, se decía que un nuevo fármaco para la enfermedad que padecía su padre estaba en fase de ensayos clínicos en algún lugar del extranjero. Qué bueno habría sido si hubiera podido ser sujeto de esos experimentos. Su-ji envió correos y llamó directamente a varias farmacéuticas internacionales. Pero no pudieron hacer nada.

Recordó a su padre tosiendo como si fuera a expulsar sus entrañas. La imagen de su madre tratando de mantener la compostura mientras sostenía la mano de su esposo, quien gemía de dolor. Habían pasado más de diez años, pero el recuerdo seguía vívido.

“Eso… no quiero. Siento que estoy usando a mi padre muerto para entrar a la universidad”.

“Pero para explicar por qué elegiste este camino, creo que no puedes omitir la historia de Corea y de tu padre”.

Jung-in se mordió el labio en silencio. Chase no se equivocaba. La enfermedad de su padre, la desesperación de no tener cura y el ferviente deseo de que todo eso cambiara. No fue un simple detonante, sino el momento decisivo que cambió la trayectoria de la vida de Jung-in.

Pero sacar ese tema era como volver a aquel entonces. El sufrimiento que pasó su padre, las oraciones desesperadas de su madre y su propia impotencia de niño al no poder hacer nada. ¿Era correcto poner todo eso por escrito? ¿Solo para mostrárselo a la gente de la oficina de admisiones? Ellos pasarían las páginas con indiferencia, leyendo miles y miles de ensayos.

“… No puedo hacer eso”.

Como si conociera la profundidad de la angustia de Jung-in sin necesidad de escucharla, Chase besó la sien de Jung-in para consolarlo.

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“No te preocupes demasiado”.

Susurró, bajando un poco más la cabeza para besar su cuello.

“No te lo pongas difícil. Solo muestra quién eres tú”.

La mano de Chase tomó la barbilla de Jung-in y la levantó suavemente para que lo mirara. Sus miradas se cruzaron.

“No podrán evitar amarte”.

Las pupilas de Jung-in temblaron levemente. Como si no pudiera contenerse más, Jung-in se giró y rodeó el cuello de Chase con sus brazos en un abrazo repentino.