15. Libro de jugadas del amor
Volumen 3
15.
Libro de jugadas del amor
No
podía creer lo que veían sus ojos.
Como
si acabara de bajar de la alfombra roja de los Teen Choice Awards o de los MTV
Movie & TV Awards, Chase Prescott estaba sentado en la audiencia, luciendo
impecable en un sofisticado traje gris.
Se
veía a una mujer sentada a su lado tendiéndole su teléfono mientras le hablaba.
Probablemente le estaba pidiendo su Instagram, su usuario de Snapchat o su
número de teléfono.
Incluso
había personas que acababan de entrar al recinto mirando a su alrededor con
curiosidad; era evidente que habían seguido a Chase sin siquiera saber qué tipo
de evento se celebraba allí.
Sin
embargo, a pesar de todo el alboroto a su alrededor, la mirada de Chase estaba
fija en Jung-in. Como si solo existieran ellos dos en el universo. Como si el
tiempo se hubiera detenido.
“¡Silencio,
por favor! Aquellos que acaban de entrar, por favor tomen asiento de inmediato”.
El
maestro de ceremonias llamó la atención ante el repentino alboroto en las
gradas.
“¿Qué...
qué está pasando?”.
“¡Es
Chase Prescott!”.
Los
miembros de la Mathlete Society murmuraban mientras ojeaban hacia el público.
Siendo la hora punta del baile de graduación (Prom), era natural que todos
estuvieran atónitos por la aparición de Chase.
Que
el ‘príncipe’ de la escuela hubiera venido a ver una competencia de matemáticas
de nerds era algo inaudito. Solo Justin, con su rostro impasible, parecía ser
el único al que no le sorprendía.
Chase
no podía apartar los ojos de Jung-in, que estaba de pie sobre el escenario.
Jung-in
tenía una expresión que parecía que iba a romper a llorar en cualquier momento.
Su mandíbula tensa, las comisuras de sus labios temblando levemente... Parecía
un niño que, tras vagar perdido por la calle, finalmente encuentra a sus padres.
Chase sintió una punzada en las yemas de sus dedos por el deseo de correr a
abrazarlo.
Las
crueles palabras que Jung-in le había dicho ayer, y el hecho de que él mismo
hubiera salido furioso de la enfermería, se olvidaron en un instante. Chase le
sonrió con dulzura, como si nunca hubiera habido un malentendido entre ellos.
Quería
decirle que todo estaba bien, que todo saldría bien. Chase apretó el puño
discretamente y formó con los labios las palabras: ‘¡Tú puedes!’. Jung-in, con
los ojos ligeramente enrojecidos, asintió hacia él.
“Reanudaremos
la competencia una vez que todos se hayan sentado”.
Era
la primera vez que una competencia de matemáticas estaba tan concurrida. La
mayoría de las personas que habían entrado alborotadas eran mujeres, aparentemente
estudiantes de la misma escuela.
Mientras
ellas estiraban el cuello para mirar al chico rubio de la primera fila, Chase
le dijo algo a la mujer sentada a su lado y sacó un billete de su billetera.
Tras la negativa inicial de la mujer, ella finalmente rebuscó en su bolso y le
entregó algo.
Lo
que recibió fue un lápiz labial. Chase comenzó a escribir algo frenéticamente
en el reverso del folleto de reglas y regulaciones del torneo.
[¡Go!
Jung-in]
En
el papel A4, que parecía absurdamente pequeño en sus grandes manos, el ‘Go’
estaba en inglés y ‘Jung-in’ en coreano (정인).
La caligrafía era torpe y desigual, como la de un niño pequeño. Sin embargo, lo
que sorprendió a Jung-in no fue el estilo de la letra, sino el hecho de que
Chase supiera escribir su nombre.
Ah,
no se debe escribir el nombre de alguien en rojo... Se lo tendré que explicar
luego.
Al
pensar en esa superstición coreana, Jung-in soltó una risita involuntaria. Sus
hombros tensos se relajaron y una tenue sonrisa apareció en su rostro. Su respiración
se volvió pausada, olvidando incluso que había estado tan nervioso que apenas
podía respirar.
Esos
ojos azules parecían hipnotizarlo, repitiéndole que podía lograrlo, que todo
estaría bien.
Algo
cálido floreció en el pecho de Jung-in. Ya no podía negarlo ni alejarlo más.
¿Cómo no amar a alguien así?
“¡Bien,
daremos paso a la siguiente pregunta!”.
La
voz del moderador resonó de nuevo y la competencia se reanudó. La tensión fluyó
entre los dos participantes enfrentados.
“La
siguiente pregunta es de cálculo”.
Mientras
el moderador explicaba, los miembros de Pacific Heights parecían confiados,
animándose unos a otros en su área de especialidad.
“¡Muestren
el problema!”.
Con
las palabras del moderador, el problema apareció en la pantalla principal. Se
trataba de encontrar el valor de 𝑥
para el cual una función dada alcanzaba su valor máximo en un intervalo
específico. No era un cálculo simple; requería tanto comprensión conceptual
como análisis profundo.
Jung-in
exhaló profundamente y comenzó a resolverlo de inmediato. Usó la diferenciación
para encontrar los puntos críticos y calculó los valores de la función en los
extremos del intervalo. Solo quedaba comparar los valores para determinar el
máximo absoluto.
Pero
lo importante no era solo la precisión, sino la velocidad.
Jung-in,
que normalmente habría escrito todo paso a paso con calma, esta vez lo procesó
mentalmente. En cuanto la respuesta se formó en su cabeza, levantó la mano sin
vacilar. Fue apenas un instante más rápido que el estudiante de Pacific
Heights.
“¿Sí,
Wincrest?”.
“¡𝑥
es 0 o 3!”.
El
moderador hizo una pausa dramática para aumentar la tensión. Finalmente, abrió
la boca.
“¡Wincrest!
¡Es correcto!”.
“¡Sí!
¡Eso es! ¡Aplástalos! ¡Vamos, Wincrest!”.
En
ese momento, un grito de aliento digno de un estadio de fútbol americano
estalló en la audiencia. Era la voz de Chase.
“Ejem,
caballero... por favor, cálmese. Esto es una competencia de matemáticas, no un
concierto de rock”.
Las
risas estallaron por todo el auditorio ante el comentario del moderador.
Jung-in
también soltó una risita mientras miraba a Chase. Para no ser regañado de
nuevo, Chase movía los labios con entusiasmo gritando palabras de apoyo en
silencio mientras agitaba el papel en su mano.
El
corazón de Jung-in se llenó de emoción. Solo entonces se dio cuenta de cuánta
fuerza le había dado Chase desde el momento en que lo conoció, y de lo
profundamente que lo amaba.
Orgullo.
Por culpa de ese maldito orgullo, hubo tantas cosas que no dijo. Por no querer
parecer patético o desesperado, terminó enterrando sus sentimientos por miedo
al ‘qué dirán’.
Una
vez que dejó todo eso de lado, lo único que quedaba era su sentimiento por
Chase. Lo que había confundido con admiración se había transformado hacía
tiempo en un amor profundo y sólido. Al darse cuenta, sintió urgencia; quería
correr hacia abajo y abrazarlo ahora mismo.
Pero
la competencia debía continuar. La situación se volvió reñida mientras los
miembros de ambos equipos ganaban y perdían turnos. Tras las rondas
individuales, llegó el turno de la ronda por equipos, que otorgaba más puntos.
“Esta
ronda es por equipos. El equipo que presione el botón primero tendrá la
oportunidad de responder. Pero tengan cuidado: si la respuesta es incorrecta,
la oportunidad pasará al otro equipo”.
El
ambiente volvió a cargarse de tensión.
“La
siguiente es una pregunta de conceptos y términos”.
Los
miembros de la Mathlete Society intercambiaron miradas. Se preguntaron si
alguna vez habían dependido tanto los unos de los otros. Todos se inclinaron
hacia el pulsador, escuchando atentamente.
El
moderador comenzó a leer lentamente.
“¿De
qué concepto se trata? Leibniz y Newton establecieron el marco fundamental del
cálculo basándose en este concepto...”.
La
mano de Justin se movió instintivamente hacia el botón, pero Rajesh, el líder,
lo advirtió de inmediato.
“Espera
un poco más. Escucha hasta el final”.
Había
que ser cautelosos; no podían desperdiciar la oportunidad.
“Este
concepto se originó en la antigua palabra griega 'apeiros' y fue formalizado
por Leibniz como...”.
En
ese instante, la mano de Jung-in se disparó por reflejo y presionó el botón. El
‘clic’ seguido del pitido resonó en el recinto, y todas las miradas se clavaron
en él.
Los
miembros de su propio equipo lo miraron con duda, como preguntándose si realmente
sabía la respuesta antes de que terminaran de leer.
La
mirada de Jung-in se cruzó brevemente con la de Chase.
Si
acierto esto, es gracias a ti. Porque al estar tú ahí, la respuesta me vino de
golpe a la cabeza.
La
primera vez que fue al ‘diner’ con Chase, Jung-in le había descrito cómo se
sintió cuando Chase descubrió su ‘Libro de las vergüenzas’:
‘Ni
me lo digas. Quise convertirme en un infinitesimal’.
‘¿Infinitesimal?
Jaja, ¿quieres decir que querías desaparecer?’.
Esa
fue la primera vez que se dio cuenta de que Chase Prescott no era solo un as
del deporte, y que estaba lejos de ser tonto.
El
moderador señaló hacia Wincrest.
“Wincrest
High ha pulsado. ¿Cuál es su respuesta?”.
Jung-in
recuperó el aliento y miró directamente al moderador. Con una voz donde se
mezclaban la confianza y el temor, dijo.
“¿Infinitesimal?”.
El
moderador hizo una pausa deliberada. El capitán de Pacific Heights se cubrió la
cara con la mano, dejando escapar un gemido de resignación que sugería que
Jung-in estaba en lo correcto.
“Infinitesimal.
¡Correcto! El concepto de un valor que se vuelve extremadamente pequeño,
acercándose infinitamente a cero pero sin llegar a serlo nunca. ¡Wincrest High
suma 3 puntos!”.
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Nada
más terminar de hablar el moderador, los miembros de la Mathlete Society
estallaron en vítores. En las gradas, Chase fue el primero en ponerse de pie de
un salto, aplaudiendo y lanzando puñetazos al aire.
“¡Eso
es! ¡Bien hecho, Jung-in!”.
Ahora
me llama por mi nombre coreano como si nada,
pensó Jung-in, pero no pudo evitar sonreír.
“¡Esta
es la última etapa para llegar a la final! Con la diferencia de puntos reducida
a solo 2, ¡el equipo que responda esta pregunta pasará a la final!”.
La
última pregunta también valía 3 puntos. En ese momento decisivo, el auditorio
quedó en un silencio tan absoluto que se podía oír la respiración de los
presentes.
“El
problema aparecerá en pantalla. No importa el proceso, el equipo que dé primero
con la respuesta correcta ganará. ¡Presionen el botón cuando terminen el
cálculo!”.
Una
fórmula compleja apareció en pantalla. Ambos equipos soltaron gemidos de
frustración. Había opiniones divididas sobre cómo resolverlo.
“Hay
que transformarlo en un trinomio cuadrado perfecto”.
“No,
primero hay que graficarlo”.
Mientras
tanto, Justin perdió el hilo de la resolución y, en su lugar, observó a los
estudiantes de Pacific Heights. La líder de ese equipo tenía una expresión de
alivio, como si ya lo hubiera resuelto. Justo cuando ella extendía la mano hacia
el botón, Justin se adelantó y lo golpeó con fuerza.
¡Piii!
“¡Sí!
¡Wincrest pulsó primero!”.
Pacific
Heights lucía frustrado por perder el turno, mientras que los miembros de
Wincrest, que aún no habían terminado el cálculo, miraban a Justin atónitos.
Rajesh, de origen indio, estaba tan pálido que casi parecía transparente.
Justin
gritó sin dudar.
“¡La
respuesta es -1!”.
Justin
sabía que las probabilidades de que la respuesta en una competencia fuera 0, 1
o -1 eran las más altas. Por lo general, el 0 y el 1 eran las más frecuentes,
pero en problemas de números complejos como este, a menudo se usaba el -1 para
dar una impresión más fuerte.
“La
respuesta es...”.
El
moderador volvió a demorarse. Todos los de Wincrest aguantaron la respiración
mirando a Justin.
“¡Wincrest
High, es correcto! ¡Puntuación final 47 a 46! ¡Wincrest gana por remontada!”.
Con
la declaración del moderador, el recinto se llenó de gritos de alegría. Fue una
competencia realmente reñida. La capitana de Pacific Heights aceptó la derrota
con elegancia y aplaudió felicitándolos.
Todos
los participantes en el escenario se dieron la mano y se abrazaron antes de
retirarse.
“¡Guau!”.
“¡Lo
logramos!”.
La
sala de espera tras la competencia estaba llena de la emoción de la victoria y
los nervios de la próxima final. Sin embargo, Jung-in dejó atrás todos esos
sentimientos, abrió la puerta y salió corriendo.
Rajesh
gritó tras él.
“¡¿Jay?!
¡¿A dónde vas?! ¡La final es en una hora y media!”.
“Déjalo”.
Dijo
Justin, poniendo una mano en el hombro de Rajesh para detenerlo.
Jung-in
corrió por el pasillo. Estaba sin aliento y su corazón palpitaba con fuerza,
pero nada podía detenerlo. Al final del pasillo, la luz dorada del atardecer
entraba por la salida.
Y
allí, más radiante que esa luz, el hombre apareció ante su vista.
“¡Chay!”.
Chase,
que estaba con las manos en los bolsillos del pantalón de su traje mirando
hacia el campus, giró la cabeza al oír su nombre. Su cabello rubio se agitó
suavemente; Jung-in sintió que la escena transcurría en cámara lenta.
Jung-in
cerró los ojos con fuerza y, como si se lanzara al vacío, saltó hacia los
grandes brazos de Chase sin dudarlo.
Chase,
como si hubiera previsto lo que iba a pasar, sacó las manos de los bolsillos y
abrió los brazos. Acostumbrado a recibir tacles de tipos que duplicaban o
triplicaban el tamaño de Jung-in en el campo de juego, lo recibió sin siquiera
tambalearse.
Aferrado
a él, Jung-in levantó un poco la cabeza para mirarlo. Unos ojos azules, en los
que bailaba una luz sutil, lo observaban en silencio.
“¿Cómo
viniste...? ¿Y el baile?”.
Preguntó
Jung-in con voz temblorosa.
El
hecho de que él, que debería ser el protagonista del baile de graduación en
medio de la pista de baile, hubiera dejado todo eso atrás para buscarlo, le
encogió el corazón.
“Porque
tú estás aquí”.
Detrás
de sus gafas, los ojos negros de Jung-in se humedecieron. Parecía que iba a
llorar en cualquier momento, así que Chase cambió rápidamente a un tono
juguetón.
“Sabes
cómo me llamo, ¿verdad? Se me da bien perseguir”.
(Nota:
Juego de palabras con su nombre, ‘Chase’, que en inglés significa perseguir).
Jung-in,
sintiendo una oleada de emoción, apoyó la frente en el hombro de Chase para
ocultar su rostro descompuesto.
“¡No
lo decía en serio! ¡Nunca quise que fueras al baile! Vivian Sinclair vino a
verme... y aunque me dio rabia, pensé que tenía razón... No lo sé, los
problemas de matemáticas tienen una respuesta clara, pero esto es demasiado
difícil para mí...”.
Jung-in
soltó todo de golpe, sin respirar. Eran palabras mezcladas sin contexto ni
lógica, simplemente saliendo de su boca empujadas por la emoción.
Chase
le acarició la espalda con suavidad, como si pudiera aceptarlo todo.
“Shhh...
Respira, Jung-in. Estoy aquí. No me voy a ninguna parte”.
‘Estoy
aquí. No me voy a ninguna parte’.
Eso
era todo lo que Chase quería decirle, y exactamente lo que Jung-in necesitaba
escuchar.
“Chase,
¿no... no me odias?”.
Apenas
ayer había rechazado sus sentimientos. Incluso le dijo que fuera al baile con
otra persona. Y, sin embargo, él estaba aquí como si nada, apoyándolo. Si fuera
Jung-in, con su orgullo siempre por delante, jamás habría tomado la misma
decisión que Chase.
“Intenté
odiarte. Pero no pude”.
Jung-in
se dio cuenta en ese momento, la autoestima y el orgullo eran cosas distintas.
Alguien con una verdadera autoestima alta no antepone el orgullo a sus
sentimientos sinceros. Chase era ese tipo de persona.
Los
dos, que se abrazaban como si fueran los únicos en el mundo, finalmente se
separaron después de un rato.
Jung-in
empezó a notar las miradas a su alrededor: gente que curioseaba, murmullos al
pasar por la entrada. Dos chicos abrazados como amantes que se reencuentran en
medio de una guerra eran un espectáculo llamativo.
Sintiéndose
cohibido, Jung-in agarró la manga de Chase y empezó a tirar de él.
Caminaron
por el pasillo buscando un lugar privado hasta que vieron una puerta con el
letrero de ‘Escaleras de emergencia’. Jung-in empujó la pesada puerta metálica
sin dudar.
¡Bang!
El
sonido de la puerta cerrándose resonó en el espacio estrecho. Antes de que el
eco se apagara, Jung-in agarró a Chase por las solapas del traje con ambas
manos.
“¿Jung-in?”.
Los
ojos de Chase se agrandaron por la sorpresa. Sin decir palabra, Jung-in tiró
con fuerza de su ropa. El azul profundo de sus ojos, como olas del Mediterráneo
que nunca había visitado, se precipitó frente a él.
Jung-in
contuvo el aliento, se puso de puntillas, cerró los ojos con fuerza y, sin
pensarlo, presionó sus labios contra los de Chase.
Fue
el momento en que el mundo de Jung-in se puso patas arriba.
El
tiempo pareció detenerse. Todos los pensamientos que aturdían su cabeza se
evaporaron, dejando solo a Chase.
Imágenes
de él, que Jung-in había guardado en secreto desde que lo vio por primera vez,
pasaron por su mente como una película, su risa brillante dirigida a otros, su
cabello dorado brillando bajo el sol, sus ojos azules ondulando suavemente.
Ahora,
todo eso estaba al alcance de su mano.
Jung-in
soltó las solapas de Chase y retrocedió lentamente. Al separarse los labios, el
aire se sintió frío contra la piel húmeda. Levantó los párpados temblorosos y
se encontró con la mirada de Chase. A pesar de haber tomado la iniciativa con
valentía, ahora se sentía avergonzado y retrocedió un paso más.
“¿Ya
terminaste?”.
La
voz baja y pausada de Chase llenó el espacio.
Jung-in
lo miró desconcertado, tratando de adivinar el significado de esas palabras.
Chase lo observaba con ojos entornados y se lamió los labios lentamente; había
algo extrañamente inquietante en ese gesto.
Chase
dio un paso adelante. Su voz, ahora un tono más grave, salió como un susurro.
“Entonces
ahora es mi turno, ¿verdad?”.
Apenas
terminó la frase, Chase inclinó la cabeza y se acercó. En un instante, su nuca
fue apresada por una mano grande y su cintura rodeada por un brazo firme. Jung-in
se sintió como una presa atrapada por una serpiente.
La
sonrisa ligera y bromista de siempre había desaparecido. Chase tenía una
expresión increíblemente seria. ¿Ponía siempre esa cara al besar? Jung-in no
tuvo tiempo de seguir pensando.
Sus
labios se unieron profundamente. Fue un contacto mucho más íntimo y experto que
el beso torpe y simple que él había dado, haciendo que el cuerpo de Jung-in se
estremeciera.
Chase
no tenía prisa. De manera suave pero firme, exploró la boca de Jung-in,
grabando cada sensación.
Su
corazón latía como si fuera a explotar. El calor y la presencia del otro se
convirtieron en una onda ardiente que recorrió todo su cuerpo. Todos sus
sentidos despertaron; podía sentir la respiración y el calor ajenos con total
claridad.
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Como
si temiera que Jung-in escapara, Chase apretó más su brazo.
“Ah...”.
Un
gemido de falta de aire escapó de sus labios. Sentía una presión opresiva en el
pecho, pero extrañamente, en lugar de miedo, sintió alivio. Como si ese lugar,
esos brazos, fueran el sitio donde siempre debió estar.
El
primer beso de Jung-in fue cálido, húmedo e increíblemente dulce.
Jung-in
sabía que la humanidad expresaba afecto mediante los besos por razones
evolutivas, biológicas y culturales, pero nunca había entendido realmente la
lógica detrás de ello. Le parecía un acto ineficiente sin relación con la
reproducción e incluso poco higiénico. Cuestionaba si un acto con riesgo de
transmitir virus podía llamarse expresión de afecto.
Sin
embargo, en pocos segundos, lo comprendió todo.
Sintió
que su cuerpo se derretía como un helado en verano. Sus rodillas perdieron
fuerza y terminó aferrándose a la ropa de Chase. Estaba completamente cautivado
por su primer beso. Quería más, un poco más... no, quería que esto no terminara
nunca.
¿Cuánto
tiempo pasó? ¿Diez minutos? ¿Veinte? El sentido del tiempo se había
desvanecido.
Finalmente,
Chase separó sus labios. El aliento entrecortado de Jung-in caía sobre el
cuello de Chase. El pulgar de Chase acarició suavemente el labio inferior
húmedo de Jung-in. Sus labios ardían por el calor residual.
“¿Qué
voy a hacer? Se han hinchado. Si no tenemos cuidado, se darán cuenta de que
venimos de besarnos”.
“¿En
serio?”.
Jung-in,
alarmado, se tocó los labios con la punta de los dedos. Realmente se sentían un
poco más carnosos de lo normal. Pero antes de que pudiera preocuparse, Chase
hizo una pregunta.
“Continúa
con lo que decías. ¿Qué hizo Vivian Sinclair?”.
“...”.
“Jung-in”.
Ante
el llamado insistente, Jung-in encogió los hombros. Escuchar su nombre coreano
en la voz de Chase siempre le producía una sensación extraña.
“¿Por
qué me llamas siempre así...?”.
“Porque
quiero ser especial”.
Chase
tomó las mejillas de Jung-in para que lo mirara.
“Cuéntame”.
Jung-in
le contó una versión resumida de lo ocurrido en la cafetería: la ‘regla del ex
de la amiga’ que acababa de conocer y la advertencia de no arruinar la
reputación de Chase.
Antes
de que terminara, el entrecejo de Chase se frunció. Al recordar los conflictos
recientes con Jung-in, se dio cuenta de que ella había estado involucrada en
casi todos.
“Me
aseguraré de que ese nombre no vuelva a salir de tu boca”.
La
mirada gélida de Chase hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Jung-in.
Sus ojos se agrandaron.
“¿Vas...
vas a matarla o algo así?”.
“Oh...
Jung-in”.
Chase
apoyó la frente en el hombro de Jung-in y soltó una carcajada que hizo vibrar
su cuerpo.
Jung-in
continuó con determinación.
“No
hace falta que te manches las manos de sangre. Puedo vencerla yo solo”.
En
ese momento, Chase encontró a Jung-in irresistiblemente adorable. Inclinó la
cabeza y hundió la nariz en el hueco del cuello de Jung-in, por encima del
cuello de su camisa. Un aroma suave y acogedor emanaba de él; no era nada
artificial ni fuerte.
Cerró
los ojos y aspiró profundamente.
“Quería
preguntártelo hace tiempo... ¿Qué perfume usas?”.
“No
uso perfume”.
“Hueles
muy bien”.
Jung-in
no usaba perfume; lo único que utilizaba era champú y gel de baño de gran
formato comprados en el supermercado.
“¿A
qué huelo?”.
“...A
algo que dan ganas de devorar”.
“¿Qué
es eso?”.
Jung-in,
pensando que era una broma, se rió suavemente y empujó el pecho de Chase. Su
pecho era duro como una roca. Sin notar el brillo oscuro en los ojos de Chase,
Jung-in consultó su reloj.
“Tengo
que entrar ya para prepararme para la final”.
“¿Te
sientes bien? ¿Cenaste algo?”.
Preguntó
Chase con voz cariñosa.
“No...
Tenía miedo de que me sentara mal por los nervios. Tengo hambre”.
Una
vez pasada la tensión, el hambre lo golpeó. Jung-in se quejó con un gesto, como
lo haría con un amigo cercano o con su madre.
Chase
sintió un escalofrío de placer. Le acarició la mejilla con ternura, como si
fuera algo infinitamente precioso.
“Ve
a la sala de espera. Te traeré algo de comer”.
“...Esta
bien”.
Chase
parecía tener algo más que decir. Tomó la barbilla de Jung-in con cuidado para
que no pudiera escapar ni esconderse. Tenía algo que confirmar.
“Siento
haber tardado tanto en darme cuenta de lo que sentía. Siento haberte hecho
sentir que eras el único que me quería”.
Era
una confesión llena de sinceridad. Jung-in escuchó en silencio.
“Jung-in,
me gustas. Mucho. Incluso a mí me sorprende cada día ser capaz de querer tanto
a alguien. ¿Y tú? ¿Qué piensas de mí?”.
Jung-in
puso una expresión de apuro, como si no supiera cómo expresarlo con palabras o
como si la respuesta fuera obvia después de todo lo ocurrido.
Chase
continuó con voz suave.
“Te
quiero. Eres mi amor, mi Jung-in”.
(Nota:
En coreano, la palabra ‘Jung-in’ (정인) también significa ‘amante’ o
‘persona amada’.
Esta
confesión fue mucho más sincera y conmovedora que la primera vez. Jung-in
reunió todo su valor, aunque solo logró que saliera un hilo de voz.
“...Yo
también”.
“¿Eh?
No te oigo”.
Chase
inclinó la cabeza con una sonrisa traviesa, acercándose a propósito. El rostro
de Jung-in se puso aún más rojo, pero decidió no esconderse más. Abrió la boca
y, esta vez, con voz clara y firme, dijo.
“Tú
también me gustas, Chase Prescott”.
“Bien
dicho”.
La
sombra de Chase cubrió el rostro de Jung-in y su aliento cálido cayó sobre su
mejilla. En el momento en que sus labios se tocaron, Jung-in sintió como si
hubiera echado un vistazo al cielo.
***
“¡Justin!
¡Lo de antes fue demasiado arriesgado!”.
“Pero
si no lo hubiera hecho, el otro equipo habría dado la respuesta correcta”.
“¡Aun
así, solo estabas adivinando!”.
“¿Y
qué? ¿Querías que ellos pulsaran primero?”.
Cuando
Jung-in regresó, sus compañeros estaban en medio de una pequeña discusión. Al
oír la puerta, todos se giraron.
“¡Jay!”.
Rajesh
fue el primero en abordarlo con una avalancha de preguntas.
“¡Jay!
¿Qué pasó? ¿Chase Prescott vino de verdad hasta aquí por ti?”.
“¡Sabía
que se habían hecho amigos, pero no tanto! ¿Cómo se hicieron tan cercanos?”.
“¿Por
qué no fue al baile? ¿Por qué vino aquí?”.
Jung-in
se quedó sin palabras ante el interrogatorio. Solo Justin lo observaba en
silencio desde atrás. La mirada de Justin no estaba en sus ojos, sino en sus
labios.
A
menos que Jung-in acabara de terminar una sabrosa comida mexicana como un tamal
de chile extremadamente picante, esos labios tan hinchados no tenían otra
explicación.
Justin
murmuró para sí mismo, inaudible para los demás.
“Ese
quarterback... al final lo consiguió”.
Fue
Justin quien le dio a Chase la ubicación del torneo. Antes de la semifinal,
mientras esperaba nervioso en la sala, su teléfono vibró. Al ver el nombre del
remitente, salió al pasillo.
Chase
Prescott
[¿Dónde
es la competencia?]
Justin
dudó por un momento. Jung-in estaba tratando de renunciar a sus sentimientos, y
se preguntó si era correcto darle la dirección. Pero al asomarse a la sala, vio
a Jung-in sentado con un libro de problemas, pero con la mirada perdida en la
punta de su bolígrafo. No se concentraba, solo golpeaba el papel rítmicamente.
Tenía el rostro inexpresivo y la mirada sombría; no parecía nada feliz.
Finalmente,
Justin le envió la dirección detallada a Chase.
“¡Jay!
¡Dinos algo!”.
Ante
la insistencia, Jung-in se rascó la nuca con una sonrisa tímida.
“Solo...
nos hicimos un poco amigos mientras le daba tutorías de matemáticas a Darius
Thompson, su compañero de equipo”.
Rajesh
exclamó incrédulo.
“¿Un
poco amigos? y falta al baile para venir a apoyarte. ¡Yo soy participante y
preferiría estar en el baile!”.
“Es
verdad. Si Rajesh tuviera pareja, habría ido al baile en lugar de venir”.
Añadió
Khalid.
“Yo
también debería haber dado tutorías”.
Se
lamentó otro.
Al
ver a sus amigos tan excitados, Justin suspiró. Era hora de intervenir. Se
acercó a Jung-in y, como un mánager protegiendo a una estrella de los fans,
levantó las manos.
“¿A
quién le importa eso ahora? ¡La final es en 30 minutos!”.
El
alboroto cesó. Justin aprovechó para llevarse a Jung-in a un rincón tranquilo.
“Toma”.
Justin
le tendió una lata de refresco fría, con gotas de condensación en la
superficie.
“¿Para
qué es esto?”.
“Póntela
en los labios”.
Susurró
Justin.
“Estos
tipos son unos nerds y no se enteran, pero cualquiera se daría cuenta. Se nota
que acabas de tener una sesión intensa de besos”.
Jung-in
se sobresaltó.
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“¿Qué...
qué dices...?”.
Preso
del pánico, Jung-in agarró la lata y se la puso sobre los labios por puro
reflejo.
Poco
después, un suave golpe en la puerta interrumpió la calma. Todas las miradas se
dirigieron a la entrada. El protagonista del revuelo anterior, Chase Prescott,
asomó la cabeza.
Como
si fuera una señal silenciosa, las voces de los estudiantes se apagaron. Amy
Williams, la profesora a cargo del club, se acercó a él.
“Señor
Prescott, lo siento, pero solo los participantes pueden estar en la sala de espera”.
A
pesar de su firmeza, Chase sonrió amablemente.
“Lo
siento. Solo he venido a dejarles esto”.
Levantó
unas bolsas de papel marrón con el logo de ‘Jersey Mike's’, una famosa tienda
de sándwiches. La profesora las tomó, sorprendida por el peso. Rajesh se acercó
para ayudar a cargarlas.
“También
hay bebidas. He traído de sobra para todos”.
Dijo
Chase. Su voz resonó en la sala silenciosa.
Todos
estaban congelados. Incluso Jung-in lo miraba atónito. Chase se detuvo antes de
salir y buscó a Jung-in con la mirada. Al cruzar sus ojos, una sonrisa tierna
apareció en su rostro.
“Mucha
suerte, Jung-in”.
Su
voz profunda quedó flotando en el aire. Jung-in asintió con el rostro
encendido, y Chase salió tranquilamente.
Unos
segundos después de cerrarse la puerta, la sala volvió a estallar en ruido.
Todos se amontonaron en la mesa para ver el contenido de las bolsas. El aroma a
pan recién hecho y embutidos llenó el lugar. Los sándwiches eran abundantes y
pesados.
Justo
cuando todos se lanzaban a por ellos, Justin los detuvo con autoridad.
“¡Un
momento!”.
Justin
habló con solemnidad.
“Si
no fuera por Jay, ¿creen que Chase Prescott nos habría traído esto? Aunque yo
también soy un gran amigo suyo, claro... Ejem. En fin, creo que deberíamos
darle las gracias a Jay antes de comer”.
Todos
asintieron de acuerdo. Mientras cada uno tomaba un sándwich, empezaron a
agradecerle a Jung-in.
“Gracias,
Jay”.
“Que
aproveche”.
Jung-in
miró a Justin como diciendo ‘no era necesario’, pero por dentro no pudo evitar
sentirse orgulloso y un poco presumido. No sabía que tenía ese lado tan
infantil.
