14. Interceptado

 


14. Interceptado

 

“Si viene un problema de sucesiones, creo que esta vez no será una progresión geométrica, sino que usarán alguna anomalía”.

Justin habló mientras daba un mordisco a su sándwich de pavo seco. El menú de la cafetería hoy también era pésimo. A su lado, Jung-in, que arrancaba con cuidado los bordes de su pan de molde, respondió.

“¿De qué tipo? ¿Algo como una sucesión convertida a logaritmos?”.

“Sí. Algo que parezca una progresión geométrica pero no lo sea. Un truco para hacernos perder el tiempo”.

“Habría que expresar el término general como una función compuesta para entrarle directo, ¿no?”.

En el momento en que su discusión estaba en el punto más álgido, una bandeja aterrizó con un golpe seco sobre su mesa en un rincón de la cafetería. Sobre la bandeja solo había una botella de agua y un plátano.

“Hola”.

Ambos se quedaron petrificados como gacelas expuestas ante un leopardo ágil. Quien se había sentado frente a ellos era Vivian Sinclair.

Vivian era dueña de rumores formidables. Se decía que había obligado a una animadora que no le agradaba a hacer un movimiento imposible hasta que se dislocó un hombro, y que le había dejado una cicatriz permanente a una estudiante de último año que intentó acercarse a Chase. También se decía que había hecho llorar a varios profesores con sus palabras.

Ciertamente, de cerca, emanaba un aura imponente. A Justin le temblaban tanto las manos que trozos de pavo de su sándwich cayeron sobre su bandeja.

“¿Almorzamos juntos? Tú eres Jay, ¿verdad? Jay Lim”.

Ella miró fijamente a Jung-in y sonrió con dulzura. Se escuchó el sonido de Jung-in tragando saliva.

“H-hablen tranquilos. Y-yo... iré a comer allá”.

Justin tomó su bandeja y huyó de inmediato. Nunca lo habían visto moverse con tanta agilidad.

“Tus anteojos feos me distraen. ¿Te los puedes quitar?”.

Claramente era la primera vez que hablaban, pero Vivian no parecía tener intención de ser educada. Jung-in sintió un arrebato de irritación, pero decidió quitarse los anteojos. Pensó que, si no veía bien, quizás no sentiría tanto miedo.

“Hum...”.

Vivian escudriñó cada rincón del rostro de Jung-in. Su mirada era meticulosa y afilada, como un inspector buscando algún defecto.

“Bueno, sí. Te pareces un poco a Anais Rosenfeldt”.

“... ¿Quién es esa?”.

“Una modelo. ¿No la conoces?”.

Vivian arqueó las cejas exageradamente, como si fuera increíble que no supiera quién era. Anais Rosenfeldt era una famosa modelo de alta costura, conocida por ser de la aristocracia sueca.

Jung-in negó con la cabeza, y Vivian suspiró como si no valiera la pena seguir hablando.

“Sigue comiendo”.

A Jung-in le quedaba un borde de pan por quitar, pero por orgullo no lo hizo y empezó a comer su sándwich. Quería terminar rápido y largarse. Mientras masticaba con dificultad el pan seco, Vivian lo observaba fijamente mientras devoraba su plátano poco a poco.

Jung-in terminó de comer más rápido de lo habitual.

“Ya terminé. ¿Puedo retirarme?”.

Vivian sonrió como si hubiera estado esperando esas palabras. Su sonrisa tenía algo significativo que hizo que a Jung-in se le pusiera la piel de gallina.

“Comimos juntos, así que ya somos amigos, ¿no?”.

Ante tan absurda afirmación, Jung-in se quedó sin palabras. Vivian continuó de inmediato.

“¿Sabes que existe una regla de no tocar al exnovio de una amiga?”.

En cuanto terminó de hablar, Jung-in miró instintivamente a su alrededor. La cafetería seguía bulliciosa y, por suerte, nadie parecía haber escuchado.

“Chase me dijo que hay alguien a quien quiere ver seriamente. No me dijo quién es, por miedo a que yo haga algo, supongo. No me imaginé que fuera un chico, así que me tomó tiempo encontrarte”.

La expresión de Jung-in se tensó ligeramente. Mientras buscaba qué responder, Vivian prosiguió con impaciencia.

“Sabes que pegarse al exnovio de una amiga es algo que solo haría la basura, ¿verdad?”.

El exnovio de una amiga... no había ni un ápice de verdad en sus palabras. Jung-in frunció el ceño, llegando a su límite.

“Sé que no salían”.

Ante la voz pequeña pero firme de Jung-in, la seguridad de Vivian desapareció, reemplazada por el desconcierto.

“... Maldición. ¿Chase te contó incluso eso?”.

Fue el momento en que su elegante máscara se agrietó. Sin embargo, Vivian recompuso su expresión rápidamente.

“No importa cuál sea la realidad, la gente no lo creerá. Y yo no pienso darles mi permiso, jamás”.

El rostro de Jung-in se enrojeció gradualmente desde la barbilla. No era por no tener los anteojos; estaba tan furioso que sentía que se le nublaba la vista.

“No necesito el permiso de nadie. ¿Quién eres tú? ¿La madre de Chay?”.

“¿Qué? ¿Chay?”.

Vivian soltó una risa incrédula.

“Ja, si Chase sale contigo después de dejarme a mí, ¿qué dirá la gente? ¡Parecerá que se cansó tanto de las mujeres por mi culpa que se pasó a los hombres!”.

Al notar su razonamiento tan egocéntrico, Jung-in sintió ganas de reír. Un comentario sarcástico escapó de sus labios.

“Realmente... eres infinitamente superficial”.

“No me importa lo que digas. Tengo que ir al baile con Chase sí o sí”.

Jung-in la miró con lástima.

“¿Solo piensas en ti misma, verdad?”.

“Bien, de acuerdo. Pensemos de forma altruista entonces. ¿Te parece bien que la reputación de Chase se hunda por tu culpa? ¿Te sentirás satisfecho viendo al perfecto heredero de los Prescott y mariscal de campo del equipo varsity cargando con el estigma de ser homosexual y recibiendo miradas llenas de prejuicios?”.

Esas palabras, que contenían una verdad incómoda, hicieron que Jung-in se estremeciera por dentro. Pero no lo demostró. Al contrario, se esforzó por mantenerse erguido, tensando el cuello. Era su último gramo de orgullo. Sin saber si Jung-in la escuchaba, Vivian añadió.

“Te lo ruego. No arruines a Chase”.

“¿Y si me niego?”.

Los ojos grises de Vivian brillaron con una luz gélida.

“Entonces no tendré más remedio que convertirte en mi enemigo”.

“¿Planeas jugar a la guerra?”.

“¿Eso significa que te niegas?”.

Jung-in tomó lentamente sus anteojos de la mesa y se los puso. Luego, recogió su bandeja y dejó una última frase antes de irse.

“Cualquier elección que haga de ahora en adelante, la decidiré yo”.

Jung-in se dio la vuelta con firmeza. Sintió una mirada gélida y afilada clavándose en su espalda. Nada más salir de la cafetería, llegó un mensaje de Chase. Había dicho que comería comida a domicilio con sus compañeros en el campo.

 

Chase Prescott:

[¿Estuvo rico el almuerzo?]

 

Técnicamente él no tenía la culpa, pero Jung-in se sintió molesto con él, como si fuera su culpa haber pasado por ese mal trago. Guardó el celular en el bolsillo sin responder.

***

Jung-in no pudo pegar ojo. Intentó no darle importancia, pero las palabras de Vivian se clavaban en su pecho de forma persistente y dolorosa.

‘¿Te parece bien que la reputación de Chase se hunda por tu culpa? ¿Te sentirás satisfecho viendo al perfecto heredero de los Prescott y mariscal de campo cargando con el estigma de ser homosexual?’.

Amar a alguien del mismo sexo. Aunque el mundo había cambiado y el matrimonio igualitario era legal, para algunos seguía siendo un estigma. En Wincrest High había algunos estudiantes que habían salido del clóset y tenían un club de derechos humanos, pero no todos los miraban con buenos ojos. Había oído que en el baile pasado, algunos padres se opusieron a que los estudiantes llevaran parejas del mismo sexo, aunque la mayoría los ignoró.

Además, él era un Prescott. Un apellido que cargaba con un peso inmenso. Y el negocio financiero que probablemente heredaría dependía de la confianza de la gente más que de cualquier otra cosa.

Al llegar a ese punto, Jung-in cerró los ojos con fuerza. Ni siquiera habían empezado a salir, no había razón para llevar sus pensamientos tan lejos. Aun así, su corazón se sentía pesado. Tras una noche de vueltas en la cama, bajó al primer piso sintiendo una ligera fiebre.

Su-ji, que preparaba el desayuno, notó de inmediato que Jung-in no estaba bien. Dejó el cucharón y se acercó para ponerle la mano en la frente.

“¿Estás bien? Creo que tienes fiebre”.

Trajo el termómetro: 37.5 grados. No era una fiebre alta, pero su falta de energía le preocupaba.

“¿Te estarás resfriando? ¿Por qué no descansas hoy?”.

“No. Es que... no dormí bien anoche”.

“Estudiaste hasta tarde otra vez”.

Su-ji miró a su hijo con preocupación. Jung-in se sintió un poco mareado y se sentó rápido en una silla.

Su-ji había cocinado sopa de mandu (empanadillas coreanas) con los que trajo de la tienda de los padres de Justin anoche. Jung-in dijo que no tenía apetito, pero ella le sirvió un poco de caldo de hueso de res frente a él.

“Dicen que Justin también está vuelto loco preparando la competencia. ¿Y Chase? ¿Cómo está? ¿No vendrá a visitarnos de nuevo?”.

“... Quizás sea mejor tomar algo de distancia”.

Jung-in soltó sus pensamientos sin querer.

“¿Con Chase? ¿Por qué?”.

Su-ji lo miró extrañada.

“Simplemente... creo que somos demasiado diferentes”.

Su-ji recordó la imagen de Chase que había visto anteriormente.

“Es, por así decirlo, como el chico símbolo que a uno se le viene a la mente al pensar en Estados Unidos”.

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Jung-in sonrió con amargura ante las palabras de su madre. La imagen de Chase era exactamente esa: cabello rubio, ojos azules, dientes blancos y alineados, piel bronceada saludable y una sonrisa llena de confianza. Parecía el protagonista de una película juvenil estadounidense.

“Pero siempre decimos que las apariencias no lo son todo. Así como no nos gusta que otros nos juzguen, lo correcto es que nosotros también tengamos cuidado de no tener prejuicios”.

Las palabras de Su-ji no eran ligeras. Era el consejo de una mujer que había vivido como inmigrante y minoría racial. Jung-in asintió meditando sus palabras. Aunque su corazón seguía pesado, sus palabras fueron un pequeño consuelo.

Jung-in aceptó que su madre lo llevara a la escuela. Cuando el auto se detuvo en un semáforo, vio el enorme edificio del Banco Prescott. En el panel publicitario que cubría los ventanales se leía.

[Prescott Bank & Trust: Su compañero de confianza para diseñar su futuro juntos]

Jung-in apartó la mirada. Al llegar a la escuela, entró al edificio tras despedirse de su madre, quien le pidió que la llamara si se sentía peor. En el pasillo vio un cartel.

[2 días para el Prom. ¿Ya elegiste a tu pareja?]

Se quedó mirando el cartel antes de ir a su casillero. En ese momento, se escuchó un murmullo y Vivian Sinclair entró al pasillo con Madison Wilkes. Jung-in cruzó la mirada con Madison por un instante e intentó saludarla, pero ella desvió la vista rápidamente. Su actitud era antinatural y su rostro mostraba incomodidad, como si tuviera miedo de algo.

Pronto, un grupo de animadoras de primero y segundo año rodeó a Vivian, elogiando su peinado, su ropa y cada pequeño accesorio. Jung-in sintió cansancio ante esa conversación que escuchaba sin querer.

“Chicas, miren esto. Me hice un pedicure nuevo, ¿qué les parece?”.

“¡Qué color tan lindo! ¿Dónde te lo hiciste?”.

“No lo sabía, pero hay un lugar muy bueno en Cove Mall. Se llama ‘Su-ji’s Nail’”.

A Jung-in se le resbaló el libro de texto que estaba sacando y casi se le cae. ‘Su-ji’s Nail’ era el nombre de la tienda de su madre. En ese momento, Jung-in volvió a darse cuenta, la preparatoria es una jungla. Si te descuidas, te devoran en un instante.

***

—¡De verdad no lo sabía!

Nada más terminar las clases, Madison llamó a Jung-in con voz angustiada. Él guardó silencio recordando su cara incómoda. Ahora tenía que dudar incluso de si podía confiar en Madison.

—Te lo digo para que no te preocupes, pero Vivian no se hizo el pedicure en la tienda de tu mamá. Ayer, cuando estaba conmigo, se lo pintó ella misma.

“... ¿Y cómo supo que esa era la tienda de mi mamá?”.

—Josh Turner se lo dijo a Vivian. Vivian ni siquiera sabe dónde queda. Obviamente nunca ha ido.

Josh Turner, el tonto oficial de la escuela, era un famoso seguidor de Vivian Sinclair. Jung-in tenía una mala relación con él desde la secundaria. Alguien cuyo mayor logro era haber nacido blanco en EE. UU., Josh lo acosaba cada vez que se cruzaban, como si Jung-in le estuviera robando algo por ser inmigrante. Verter leche cortada en su mochila era lo de menos; una vez incluso lo encerró en un casillero. Sabía lo de la tienda de Su-ji porque su madre trabajaba en un restaurante del centro comercial y se habían cruzado.

No era difícil imaginar la situación. En cuanto Vivian mencionó a ‘Jay Lim’, Josh Turner debió de confesar todo lo que sabía.

“¿Y qué cambia eso? Usó a mi familia para provocarme”.

Vivian tocó el punto más vulnerable de una persona. Pensó que así él se acobardaría y perdería su orgullo. Pero se equivocó. Su madre decía que, aunque no era el trabajo de sus sueños, estaba agradecida porque ese negocio les permitía vivir a los dos. Decía que no había nada más importante que eso. Tras trabajar para otros, había abierto su propia tienda y ahora incluso contrataba personal; sentía orgullo por sus logros.

—Por muy desesperada que esté, no pensé que jugaría tan sucio...

Dijo Madison con un tono de asombro.

“¿Desesperada? ¿Quién?”.

—Eh... Jay, esto no debería decírtelo... es un secreto, no se lo digas a nadie, ¿Está bien?

Tras asegurarse de que Jung-in no diría nada, Madison habló.

—¿Ves el restaurante de la familia de Vivian? ‘Goldenfield Grill’.

“Sí, lo conozco”.

—Parece que se expandieron demasiado queriendo superar a Olive Garden y ahora están al borde de la quiebra.

“¿Qué?”.

Los ojos de Jung-in se agrandaron. Había un Goldenfield Grill en su camino a la escuela.

—Para evitar la bancarrota pusieron en venta su casa y su villa, y la madre de Vivian vendió sus joyas. Ahora esa señora está en un centro de sanación emocional en Santa Bárbara.

“Pero... parece que el Goldenfield Grill sigue abierto”.

—Por ahora sí. Sobreviven día a día. Últimamente Vivian solo usa su uniforme de animadora porque no ha comprado ropa nueva. Por muy arruinados que estén, no puede usar ropa de la temporada pasada, no con su reputación.

Eso era cierto. Había incluso una cuenta de Instagram dedicada exclusivamente a publicar lo que Vivian vestía cada día. Madison continuó.

—Teen Vogue le propuso a Vivian hacer una sesión de fotos del baile como si fuera un reportaje de moda. Ella aceptó de inmediato, claro. Pero seamos sinceros, ¿le habrían propuesto eso a ella sola? Lo hicieron porque su pareja es Chase Prescott.

“¿Teen Vogue? ¿Donde dijiste que no pudiste ir a la gala?”.

—Uf... no me recuerdes mis traumas. En fin, Vivian quiere usar esta sesión para ganar fama y volverse influencer. Ya sabes, una gurú de moda y maquillaje. Necesita ser independiente ya. Sus notas son mediocres, así que para ir a la universidad con beca completa tendría que ir a una universidad virtual de pacotilla.

Jung-in soltó una risa amarga.

—Pero entonces Chase declara que no va a ir al baile. Y los editores vuelan desde Nueva York pasado mañana.

“... Ya veo”.

Por muy grave que fuera su situación, no quería entender lo que hizo Vivian. Pero comprendía un poco por qué se había arriesgado tanto.

“Haa... Madison. ¿Por qué andas con Vivian?”.

—Ya sé que es egoísta y malvada. Pero a veces es buena. Cuando tuve una pelea injusta en Coachella, ella saltó por mí y le arrancó los pelos a la otra tipa.

Madison andaba con Vivian desde el primer día de la secundaria. La admiraba y envidiaba, pero también le tenía un cariño y una lástima profundos acumulados por los años. Madison vaciló antes de seguir.

—Y no es que quiera defenderla... cometió un gran error por estar desesperada... pero de verdad ella no es del tipo que iría a la tienda de tu madre a hacer algo malo. Puedes creerme en eso.

No había razón para no creer en las palabras firmes de Madison.

“... Está bien. Entiendo”.

Madison no colgaba y siguió hablando. Parece que se sentía mal por lo ocurrido hoy. Para cuando colgaron, tras escuchar incluso la película que Madison vio hace días y la presentación de sus dos perros, el celular estaba tan caliente que a Jung-in le ardían la mejilla y la oreja.

“¿Con quién hablabas tanto tiempo?”.

Al entrar a su cuarto, vio a Justin acostado en su cama. Justin, que resolvía problemas boca abajo, se sentó con curiosidad.

“¿Chase Prescott?”.

“No”.

Jung-in se quedó pensativo y soltó una risita. Se sentía ridículo compadeciendo a Vivian, quien seguramente, aun estando arruinada, viviría mejor que él. La detestaba y le tenía lástima al mismo tiempo. Es difícil valorar lo que nunca se ha tenido, pero el vacío de perder lo que siempre se tuvo por sentado debe ser increíblemente profundo.

Podía entenderla, aunque no perdonarla. Pero el problema era que este lío podía sacudir su vida diaria. Jung-in murmuró.

“¿Será solo esta vez?”0

“¿Eh?”.

“Lo de ayer, que mi hora de almuerzo se vea arruinada por culpa de Chase Prescott”.

Justin asintió comprendiendo y luego imitó a un tigre con las manos como si arañara. Era su forma de describir a Vivian Sinclair.

“Daba mucho miedo. Si yo fuera tú, me habría hecho pis encima”.

“Por suerte me quité los anteojos y no veía nada”.

“Es el pecado original de Chase Prescott. Si sales con él, esas cosas pasarán a diario”.

Jung-in se sentó en el suelo y se apoyó en la cama.

“Quiero vivir tranquilo. Además, ya soy senior”.

Dijo que no saldría con él, pero parece que internamente dejaba una puerta abierta, dado lo mucho que le daba vueltas al asunto.

“A ver, este servidor va a poner orden”.

Justin abrió una página nueva en su cuaderno y trazó una línea en medio. Escribió ‘Pros’ en un lado y ‘Contras’ en el otro. Quería pesar las ventajas y desventajas de salir con Chase.

“Primero, la ventaja que todos conocen”.

Justin escribió bajo ‘Pros’:

[Regalo para la vista con su cuerpo y cara hot.]

Como no había forma de negarlo, Jung-in asintió. Animado, Justin añadió:

[Asquerosamente rico.]

“¿Qué más? ¿Personalidad?”.

“Hum... no creo que seamos tan cercanos como para conocer su personalidad a fondo todavía”.

Las ventajas anotadas por Justin eran estas:

 

Pros

1. Cuerpo hot + Cara hot Deleite visual garantizado.

2. Asquerosamente rico Citas de lujo (paseos en Porsche de base).

3. Máxima influencia en la escuela Cero acoso, popularidad automática.

4. Sorprendentemente caballeroso Nunca lo he oído decir groserías.

5. Debe ser bueno en el contacto físico Por su experiencia (qué envidia).

6. Contactos Prescott ¿Ventaja para pedir préstamos?

 

“¿Crees que necesite pedir un préstamo?”.

“Uno nunca sabe. Pasemos a los contras”.

Justin escribió en la columna de ‘Contras’:

“Primero, es demasiado guapo. Todas las chicas, y a veces los chicos, pueden ser rivales”.

Escribió eso en voz alta. Otra verdad innegable. Luego anotó:

[Dificulta concentrarse en los exámenes de ingreso.]

Aunque ninguno había tenido pareja, sabían que una relación consume tiempo y energía.

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Contras

1. Demasiado guapo Las chicas (y chicos) de alrededor no lo dejarán en paz.

2. Difícil concentrarse en los estudios ¡Pérdida de tiempo y energía al máximo!

3. Ha estado con muchas chicas No hay garantía de que no sea infiel.

4. Amigo de Vivian Un problema en sí mismo.

5. Vive en otro mundo Dinero, estatus y contactos inalcanzables que causan complejo de inferioridad.

6. Los nerds hablarán mal a tus espaldas Posibilidad de ser tratado como traidor (excepto por Justin Wong).

7. Podrías ser visto solo como ‘el novio de Chase Prescott’ Identidad propia diluida.

8. Presión para ir a festivales y fiestas Es el rey del baile; podrías sentirte fuera de lugar.

9. Podrías ser solo una parada pasajera Es el famoso tren Prescott. ¡Chu-chu!

 

Jung-in sugirió añadir un décimo punto:

[Mirada social y prejuicios sobre las relaciones homosexuales.]

Justin asintió con una expresión triste y lo anotó. Para animar el ambiente, Justin dio una palmada.

“Ah, hay que anotar esto: Paquete excesivamente grande”.

“¿Qué? ¡Dijiste que era un órgano vestigial!”.

Protestó Jung-in frunciendo el ceño.

Pero Justin se encogió de hombros y siguió con naturalidad.

“¿Lo viste cuando vino con pantalones de chándal hace unos días? ¿Acaso vino de Francia? Pensé que estaba contrabandeando una baguette en los pantalones”.

Jung-in le lanzó el lápiz que tenía. Justin lo esquivó con agilidad y se quedó pensando.

“Pero, ¿esto es un pro o un contra? Hum...”.

Al final, ese punto se anotó en ambas columnas.

“¡Listo!

Había siete pros y once contras. La mirada de Jung-in se dirigía naturalmente hacia los contras”.

***

Hoy los estudiantes no se reunieron en el auditorio, sino en el campo de deportes. Jung-in también salió vestido con su ropa de gimnasia. El entrenador Anderson esperaba en medio del campo con gafas de sol y un cronómetro en la mano. Su voz retumbó en el aire:

“¡Hoy correremos una milla!”.

Se escuchó un gemido colectivo. Algunos se quejaron, pero Anderson sacudió la cabeza como de costumbre.

“Quéjense después de correr. Ahora, calentamiento. ¡Estiramientos, todos juntos!”.

Jung-in no estaba en buenas condiciones por la falta de sueño debido a sus preocupaciones y la competencia. Y para colmo, tenía que correr una milla. Correr una milla significa recorrer 1.6 km. Como en la mayoría de las preparatorias, la pista de Wincrest mide 400 metros por vuelta, así que debían dar cuatro vueltas.

En las secundarias de EE. UU., esta carrera suele hacerse dos veces al año (al principio y al final del semestre) como prueba de aptitud física. El tiempo es importante, pero también se evalúa cuánto ha mejorado la resistencia respecto al inicio del semestre. Por eso, Jung-in tenía que sacar un mejor resultado que la vez anterior.

“¡Mira! ¡Son los del equipo de fútbol!”.

Las chicas de su clase empezaron a murmurar. Jung-in giró la cabeza y vio al equipo entrenando en el otro extremo del campo. Parecía que su entrenamiento coincidía con la clase de gimnasia.

Entre ellos estaba Chase. Casualmente, Chase miró hacia allí, vio a Jung-in y lo saludó alegremente con la mano. Jung-in, con sentimientos encontrados, le devolvió el saludo brevemente.

“¡Si no estiran bien, se lesionarán! ¡Háganlo bien!”.

Ante la orden del entrenador, Jung-in volvió a concentrarse en los estiramientos. Luego, el entrenador llamó a todos a la línea de salida.

“Son cuatro vueltas. No gasten toda su energía en la primera. Mantengan el ritmo y aceleren al máximo en la última vuelta. ¿Entendido?”.

Varios asintieron. Anderson levantó el cronómetro.

“¡A la línea de salida!”.

Jung-in y los demás estudiantes se alinearon. Algunos se ataban los cordones, otros respiraban profundo. Jung-in sintió sus latidos acelerarse mientras esperaba el silbato.

“¿Listos? Tres, dos, uno... ¡YA!”.

Con el potente sonido del silbato, los estudiantes arrancaron. Algunos salieron disparados desde el principio, mientras que otros ya empezaban a caminar.

Jung-in apretó los dientes y corrió mirando solo hacia el frente. Esto también era un registro que quedaría en su expediente; no podía descuidar nada.

“¡Jay Lim, vas muy rápido! ¡No gastes fuerzas al inicio! ¡Joseph! ¡Esto es correr una milla, no caminar una milla! ¡Al menos haz el intento de trotar!”.

Aguantó a duras penas la primera vuelta. Sin embargo, parece que no calculó bien el ritmo, porque a partir de la segunda vuelta sintió la boca seca como el desierto y un dolor punzante entre las costillas. Al entrar en la tercera vuelta, su visión se oscurecía por momentos para luego volver a enfocarse de forma borrosa.

Justo cuando empezaba la cuarta vuelta, su rodilla flaqueó. Sus pies se enredaron, perdió el equilibrio y su cuerpo se desplomó contra el suelo.

“¿Eh? ¡¿Quién es?! ¿Estás bien?”.

La voz del entrenador se oía lejana, pero Jung-in no podía responder. Logró girar su cuerpo tendido para mirar hacia arriba. El cielo, que debería ser azul, se veía completamente amarillo. En sus oídos solo retumbaba su respiración errática y el latido acelerado de su corazón.

Justo cuando estaba a punto de cerrar los ojos, sintió la sensación de que su cuerpo flotaba. Al abrirlos con dificultad, lo primero que vio fueron unos ojos azules llenos de preocupación y angustia.

“¿Estás bien?”.

“... Chay”.

“Sí, aquí estoy. Soy tu Chay”.

Qué humillante ser cargado en esta posición, pensó. Con ese último pensamiento, los ojos de Jung-in se cerraron suavemente. Mientras todo se sumergía en la oscuridad, solo la mirada azul de Chase permaneció nítida en su mente. Sintió que tendría un sueño donde sumergía los pies en el mar Mediterráneo.

***

Jung-in abrió los ojos lentamente. Un techo desconocido entró en su campo de visión. Siguiendo las manchas tenues del techo, de repente recordó algo de hace mucho tiempo.

Ya se había desmayado así una vez, poco después de haber inmigrado. Como su inglés era precario, no entendió bien las instrucciones del profesor y confundió ‘correr una milla’ con ‘correr hasta el cansancio’.

Jung-in era competitivo y solo quería ganar. Corrió y corrió por la pista sin detenerse, intentando correr más y por más tiempo que nadie. Algunos notaron que estaba corriendo más de lo necesario, pero nadie se acercó a decirle que ya podía parar. Solo se detuvo cuando su cuerpo colapsó.

Esa emoción de aquel día volvió a él: soledad, cansancio y confusión. Como inmigrante de una minoría racial, no le eran ajenos los prejuicios y el desdén en las miradas ajenas. Los estándares afilados escondidos tras la máscara de la cortesía herían sutilmente su autoestima; era como ser golpeado en lugares que no dejan marca.

Viviendo como un extraño en tierra ajena, Jung-in se volvió cada vez más defensivo. Trazaba líneas excesivas y no abría su corazón fácilmente. Creía que mantener la distancia era lo más seguro.

¿Estaba bien arrastrar a ese hombre radiante a una vida que ya de por sí era complicada? ¿Valía la pena? Jung-in siempre era alguien que calculaba las contrapartidas. Evaluar probabilidades y pensar en resultados a largo plazo era su especialidad.

La probabilidad de que un romance adolescente dure toda la vida es mínima. Por lo tanto, debía enfocarse en proteger las cosas que sí son permanentes. El corazón de Jung-in se inclinaba lenta pero firmemente hacia un lado.

“¿Despertaste?”.

Jung-in giró la cabeza hacia la voz familiar. Chase estaba sentado en una silla de plástico junto a la cama, mirándolo con preocupación.

“Si no te sentías bien, ¿por qué forzaste las cosas? Debiste decir que lo harías después”.

“... Pensé que estaría bien”.

“El profesor Anderson dijo que reajustará el horario. Que puedes hacerlo en otro momento”.

Jung-in se incorporó con cuidado y se apoyó contra la pared. La enfermería estaba en silencio; no se veía a la enfermera escolar. Tras dudar un momento y humedecer sus labios secos, habló.

“Tengo algo que decirte”.

“Sí, abuelo. Escucharé sus últimas voluntades”.

Bromeó Chase con picardía, tomando la mano de Jung-in.

“Escúchame en serio”.

“Está bien, dime”.

Chase dejó de bromear y lo miró fijamente. Sus ojos tenían una suave sonrisa; claramente no sospechaba lo que estaba por escuchar. Jung-in apretó los labios y finalmente dijo en voz baja.

“Quiero volver a como estábamos antes de hacernos cercanos”.

La mirada de Chase se congeló al instante. Los ojos azules que hace un momento parecían un mar cálido bajo el sol, se transformaron en un glaciar frío.

“... ¿Qué?”.

Jung-in retiró lentamente su mano de la de él, incapaz de sostenerle la mirada.

“¿Ese es tu deseo?”.

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Chase lo taladró con la mirada. La voz de Jung-in se hizo aún más pequeña.

“Quiero que vuelvas a tu lugar. Que seamos de esos que solo se saludan con la mirada si se cruzan por casualidad”.

Era cierto que Vivian dio el impulso, pero tarde o temprano era un problema que tendría que enfrentar mientras estuviera con él. No podía simplemente posponerlo; eso sería como torturar a Chase con falsas esperanzas.

Lo que Jung-in deseaba era una rutina tranquila. Además, quería que Chase siguiera siendo ese ‘príncipe del baile’ al que todos admiraban, sin ningún estigma o marca negativa.

“Tú y yo no encajamos. Tú también lo sabes”.

Los ojos azules que antes brillaban con vitalidad se apagaron, y el rostro de Chase se transformó en el de un niño abandonado. La culpa punzó el pecho de Jung-in, pero él se esforzó por sonreír.

“Dicen que en el baile de este año también elegirán un rey entre los de tercer año. Espero que seas el Junior rey del baile”.

Los labios de Chase se movieron levemente como si fuera a decir algo, pero no salió ninguna palabra. En su lugar, respiró hondo y apartó la mirada con el rostro tenso, como si estuviera reprimiendo algo.

Creeck.

Se levantó y la silla chirrió contra el suelo. Jung-in no pasó por alto que la mano de Chase temblaba ligeramente.

“Está bien”.

Dijo Chase finalmente con voz pesada y calmada, aunque no podía ocultar el dolor y la rabia.

“Si eso es lo que quieres, hagámoslo así”.

Jung-in bajó la cabeza. Ya no había vuelta atrás.

“Qué estúpido soy”.

la voz desolada de Chase resonó en el silencio.

“Pensé que tú y yo estábamos construyendo algo de verdad. Supongo que fue todo una ilusión mía”.

Jung-in no respondió. No pudo. Su mente estaba en blanco. Tal vez, una parte de él quería que Chase viera a través de su mentira y lo detuviera con fuerza, pero sabía que eso era un deseo egoísta.

“Tienes razón. Somos demasiado diferentes”.

Jung-in vio la mano de Chase cerrada en un puño, con las venas marcadas con fuerza.

“Siento haberte molestado todo este tiempo”.

Chase se dio la vuelta. Solo entonces Jung-in levantó la vista para ver su espalda mientras se alejaba. Era la persona que había anhelado pero que no tuvo el valor de conservar. Se sintió como el mayor cobarde del mundo.

Con un golpe seco, la puerta se cerró. Jung-in se cubrió la cara con las manos, dándose cuenta de que acababa de cortar la última pizca de posibilidad con sus propias manos. Con la conciencia de que los momentos brillantes propios de la juventud habían terminado, las lágrimas que había contenido brotaron sin control.

Esto es lo mejor, se decía a sí mismo mientras respiraba hondo repetidamente. Pero aun así, sentía un nudo doloroso en el pecho.

***

Llegó la mañana del baile. En Wincrest, era un día de ¿asistencia solo para el pasar lista¿ para que los estudiantes tuvieran tiempo de prepararse.

Jung-in llegó en el auto de su madre. En la zona de descenso, vio a Justin bajando de su auto, muy arreglado con el cabello brillante por el gel, esperando impresionar a alguna chica en la competencia de matemáticas que se celebraba el mismo día.

Jung-in evitó encontrarse con Chase durante la mañana y se dirigió directamente al salón del club. Finalmente, el autobús escolar con los miembros de la Mathlete Society partió hacia el campus de la UC Irvine.

A diferencia de sus compañeros entusiasmados, Jung-in miraba por la ventana con apatía. Al llegar a la universidad, se dirigieron al Rowland Hall.

“¡Jay! ¿Estás bien?”.

Justin le tocó el hombro con suavidad al notar que Jung-in se quedaba mirando a un chico rubio alto en el pasillo, confundiéndolo por un segundo con Chase.

Jung-in asintió y miró su reloj. Eran casi las 7:00 p.m. La hora en que empezaba el baile. Imaginó a Sinclair y Prescott como el príncipe y la princesa de una película de Disney. El sentimiento de pérdida era inevitable, y sabía que él mismo lo había provocado.

“Soy un patético”.

Murmuró Jung-in.

“Preferiría volver a cuando no lo conocía y pensaba que solo era un montón de músculos tontos”.

Justin intentó consolarlo a su manera científica sobre el multiverso y los viajes en el tiempo. Justo entonces, el personal anunció.

"Wincrest High School, entran en 10 minutos".

***

Chase estaba en su vestidor. Sacó un traje gris de brillo sutil. Mientras se vestía, pensó que el tacto frío y limpio de su camisa blanca se parecía a Jung-in. Era un caso perdido.

Tras arreglarse el cabello rubio, se encontró con Clive, el mayordomo de la familia.

“Se ve magnífico, joven amo”.

“Basta”.

Chase pasó de largo, pero se detuvo y regresó frente a Clive.

“Siento haber estado de mal humor. La verdad es que ayer me rechazaron”.

Clive, que siempre mantenía la compostura incluso cuando Chase rompía jarrones caros de niño, se quedó estupefacto por un momento. Chase salió de la casa, subió a su auto y condujo hacia la escuela.

Al pasar frente al Banco Prescott y ver el eslogan sobre ‘diseñar el futuro juntos’, sintió amargura. Él quería eso con Jung-in: un compañero de vida, no un fuego fugaz.

Recordó los ojos negros de Jung-in y su forma única de ver el mundo. Jung-in era especial, alguien con una profundidad en la que Chase quería sumergirse.

De repente, Chase frenó bruscamente cerca de la entrada de la escuela. Estaba en una encrucijada. En la familia Prescott, las decisiones instintivas eran ley. Sabía que si dudaba, la oportunidad desaparecería para siempre. No tenía tiempo para vacilar. Tomó una decisión para no arrepentirse.

Poco después, su auto aceleró con un rugido, dejando atrás la escuela y dirigiéndose en una dirección completamente opuesta.

***

En el escenario de la competencia de matemáticas en la UC Irvine, Jung-in sentía que los nervios lo traicionaban. Frente a ellos estaba el equipo de Pacific Heights, una escuela privada de élite que desbordaba confianza en sus uniformes impecables.

“¡Siguiente participante, pase al frente!”.

Jung-in pasó al frente para enfrentarse al líder de Pacific Heights. Sus manos estaban frías y su confianza por los suelos. Sentía que le faltaba el aire y que el corazón le latía en los oídos.

Justo cuando el pánico empezaba a apoderarse de él, se escuchó un murmullo en la audiencia. Jung-in giró la cabeza por instinto. En ese instante, se le cortó la respiración.

Los asientos, que antes estaban vacíos, ahora estaban llenos. Y en la primera fila, sentado justo en el centro, había un hombre que capturó su mirada.

Su cabello rubio brillaba intensamente bajo los focos. Y debajo, unos ojos azules muy familiares, como un mar cristalino, estaban fijos únicamente en Jung-in.

 

Notas:

1. Trust (Fideicomiso/Fiduciario): Sistema en el que se confían activos a una institución o persona para que los administre en favor de un tercero bajo ciertas condiciones.

 

 

 

 

<Continúa en el siguiente volumen>