13. Amado
13.
Amado
Cuando
el coche de Chase se detuvo en el estacionamiento de la escuela, un murmullo
comenzó a extenderse entre los presentes al ver quién bajaba del asiento del
copiloto.
Hasta
ahora, a Chase nunca le había importado la mirada de los demás. Pero hoy era
diferente. Los susurros por encima de los hombros y las miradas furtivas le
resultaban, por primera vez, molestos.
Frunció
el ceño y le preguntó a Jung-in”.
“¿Cuándo
dicen que estarán listos tus lentes?”.
“Voy
a recogerlos hoy”.
“¿A
recogerlos? ¿A dónde? ¿Al centro comercial Cove?”.
“Sí”.
“¿Quieres
que vayamos juntos a la hora del almuerzo?”.
De
pronto, Chase sintió que esta conversación tan natural era algo que tendrían
amantes o un matrimonio. Jung-in lo miró con una expresión de desconcierto.
Chase
añadió con naturalidad:
“¿Por
qué esa cara de sorpresa? No te pedí que fuéramos a la cama. Dije al centro
comercial”.
Ante
ese comentario, el rostro de Jung-in se puso rojo al instante. Sin tiempo para
replicar, giró la cabeza bruscamente y comenzó a caminar rápido, casi huyendo.
Chase
soltó una carcajada. Le parecía adorable cómo Jung-in se sonrojaba por tan
poco.
Incluso
cuando era más joven e inmaduro, Chase nunca había sido de los que molestaban a
otros. Solía despreciar a los chicos de su edad que intentaban llamar la
atención intimidando a los demás. Sin embargo, parece que Chase no era tan
maduro como creía. Cada vez que lograba desconcertar a Jung-in, sentía un
cosquilleo de emoción en el estómago. Quería ver más de esa cara agitada. Fue
entonces cuando se dio cuenta, nunca antes había tenido a alguien a quien
quisiera llamar la atención de esa manera.
Con
sus largas zancadas, Chase acortó la distancia rápidamente y puso una mano
sobre el hombro de Jung-in. Pudo sentir la estructura redonda del hueso del
hombro bajo su palma. Jung-in intentó encogerse para zafarse, pero no fue
fácil. Al final, tuvo que entrar al pasillo con la mano de Chase sobre su
hombro.
Las
miradas de la gente se concentraron en ellos una vez más. Jung-in, sintiéndose
incómodo y fuera de lugar, bajó la cabeza a medias. Al llegar frente a su
casillero, se detuvo antes de abrirlo.
“¿Eh...?”.
“¿Qué
pasa?”.
“No,
es que... parece que alguien quitó lo que estaba pegado aquí”.
Una
de las postales que decoraba su casillero había desaparecido.
“Vaya.
Se habrá caído con el viento. Seguro el personal de limpieza la tiró”.
Jung-in
aceptó la explicación y comenzó a sacar sus folletos del casillero. A su lado,
Chase se apoyó con un brazo en el casillero contiguo, observándolo fijamente.
“...
¿Por qué me miras así?”.
Chase
respondió con voz juguetona.
“Solo
te estoy mirando por adelantado. No podré verte durante las próximas cuatro
clases”.
Como
si no pudiera creer que alguien dijera eso en voz alta, el rostro de Jung-in
pasó del asombro a un rojo intenso que comenzaba desde su barbilla. ¿Sería
porque su cara era muy blanca o porque su piel era muy fina? Era un rostro que
delataba demasiado sus emociones.
Chase
pensó que era un problema que se sorprendiera tanto por cada pequeña cosa.
Imaginó el día en que Jung-in aceptara el afecto que él le volcaba como algo
natural, como algo que le correspondía por derecho. Sintió que ese día
experimentaría una satisfacción y un logro sin precedentes.
En
ese momento, una voz afilada rompió el sueño de Chase.
“Chase”.
Vivian
Sinclair, vestida con su uniforme de animadora, se acercaba hacia ellos. En
cuanto estuvo frente a él, le espetó con dureza.
“Te
envié un mensaje. ¿Por qué no respondes?”.
“No
lo vi”.
“¿Qué
vamos a hacer con el baile (Prom)? ¿Qué piensas ponerte?”.
En
medio de la conversación entre ambos, Jung-in se dio cuenta demasiado tarde,
había estado tan embelesado por la ofensiva de afecto de Chase que se había
olvidado por completo de la existencia de Vivian.
Apresuró
sus manos para recoger sus cosas. No quería parecer un estorbo en el sólido
vínculo que esos dos habían construido durante años. Cerró el casillero con
cuidado, pero el chirrido de las bisagras viejas atrajo la mirada de Chase.
Cuando Jung-in intentó retirarse en silencio, la mano de Chase lo sujetó
suavemente del antebrazo.
“Jay,
tenemos que irnos juntos”.
“Parece
que tienen algo de qué hablar, háganlo tranquilos”.
“No,
no tenemos nada de qué hablar”.
Ante
las palabras tajantes de Chase, Vivian soltó una risa incrédula. Sujetando con
firmeza a Jung-in para que no se fuera, Chase le dijo a Vivian.
“Ya
te lo dije. No voy al baile”.
Todo
el pasillo quedó en silencio, como si les hubieran echado un balde de agua
fría. Algunos contuvieron el aliento por la sorpresa. Vivian preguntó con voz
cortante.
“¿Ibas
en serio?”.
“¿Pensaste
que era broma?”.
El
hermoso rostro de Vivian comenzó a desmoronarse poco a poco. En cambio, Chase
seguía mirando solo a Jung-in, con una expresión suave y sin rastro de
agitación. Vivian, que había abierto la boca para decir algo más, se percató de
las miradas ajenas y recompuso su expresión rápidamente. Luego, apretando los
dientes, habló como una ventrílocua.
“¿Estás
bromeando? ¿No deberías ir al menos al baile?”.
“Ya
terminamos de hablar de eso la otra vez”.
Era
evidente que habían tenido una conversación previa. Jung-in se sintió incómodo;
sentía que estaba escuchando una charla privada ajena. Intentó zafar su brazo
con cuidado, pero Chase, como si no tuviera más asuntos pendientes con Vivian,
miró a Jung-in con ternura.
“Jay,
¿dónde es tu primera clase? Te acompaño”.
El
rostro de Vivian se tensó por la humillación. Dejándola atrás, Chase rodeó los
hombros de Jung-in con su brazo y caminó por el pasillo. Todos los que se
quedaron atrás tenían expresiones de total desconcierto.
“Espera
un segundo”.
En
cuanto salieron de la multitud y llegaron a un lugar tranquilo, Jung-in apartó
la mano de Chase y se salió de su abrazo.
“¿No
vas al baile? ¿Es de verdad?”.
Ante
la pregunta en voz baja de Jung-in, Chase respondió con naturalidad.
“Sí,
no voy”.
Si
Jung-in no iba, él no tenía razón para ir solo. Obviamente, planeaba ir a
animar a Jung-in a su competencia de matemáticas, que era a la misma hora.
Pensó que Jung-in se alegraría, pero este frunció el ceño como si hubiera
escuchado algo inapropiado.
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“Pero...
tu pareja es Vivian Sinclair... y tú eres un Prescott”.
Ese
murmullo, casi para sí mismo, trajo una sutil sombra de desagrado al rostro de
Chase.
“¿Y
eso qué tiene que ver?”.
“Ustedes
son... S&P”.
“¿Qué?”.
“La
gente los llama así a veces”.
Sinclair
y Prescott. Sus apellidos coincidían con las siglas de Salt & Pepper (Sal y
Pimienta). Significaba que eran una pareja inseparable.
“Es
como en las películas. Son los High School Sweethearts (novios de la
secundaria)... que aunque se separen por un tiempo, se reencuentran años
después en un lugar como Nueva York y vuelven a amarse...”.
“Woah,
woah, espera un momento”.
Chase
levantó las manos rápidamente para interrumpir a Jung-in.
“¿De
qué hablas? Te dije claramente antes que nunca he salido con Vivian”.
Sin
darse cuenta, Jung-in soltó un bufido por la nariz. Para Chase, eso sonó a
burla.
“...
No me crees”.
“No
hace falta que lo hagas. De todos modos, ya todos saben...”.
“¿Saben
qué?”.
Jung-in
vaciló un momento. ¿Sería mejor quedarse callado como siempre? Pero quería
ahorrarle a Chase el esfuerzo de seguir mintiendo.
“Te
dije que los vi besándose en el evento de caridad. En la terraza”.
“Y
yo te dije que no creyeras en todo lo que ves”.
Chase
se pasó los dedos por el cabello, luciendo frustrado. Tras meditar un momento
con el rostro lleno de pensamientos complejos, le preguntó a Jung-in:
“¿Estás
seguro?.
“¿Eh?”.
“Esa
vez, ¿viste mi cara?”.
“Eso
es obvio...”.
Jung-in
se detuvo a hurgar en su memoria. Repasó la escena que había visto: un hombre
alto, rubio, con esmoquin negro, entrando a la terraza con Vivian y besándola
apasionadamente. Sin embargo, por más que buscaba en su recuerdo, la cara del
hombre no aparecía. La razón era simple: no la había visto. Chase no dejó pasar
el silencio de Jung-in y atacó primero.
“¿Por
qué pensaste que era yo? ¿Solo porque era un hombre alto y rubio?”.
Había
un rastro de cansancio en su voz. Jung-in se quedó sin palabras. Si Chase se mostraba
tan seguro, debía haber una razón. Fue entonces cuando se dio cuenta de que
había asumido que el hombre de esa noche era Chase sin tener ninguna certeza
real.
“¿No...
eras tú?”.
La
voz de Jung-in se hizo pequeña al perder su convicción. Él, que siempre saltaba
a criticar cuando se mencionaba cualquier prejuicio racial, resultó no estar
libre de sus propios prejuicios. El rostro de Jung-in se calentó por la
vergüenza tardía. Sintiéndose acorralado, soltó su última ‘prueba’ de golpe.
“¡P-pero...!
¿Y hace unos días? Te vi abrazado con Vivian Sinclair en Fitzroy Street.
¿También vas a decir que no eras tú?”.
“¿Hace
unos días? Ah...”.
Chase
también parecía recordar ese día. Miró a Jung-in, sacudió la cabeza y dejó
escapar un suspiro.
“Estaba
consolando a Vivian porque acababa de romper de mala manera con ese tipo rubio”.
“...
¿Qué?”.
“El
tipo era un tipo realmente malo. Yo también lo conozco”.
El
rostro de Jung-in se puso rojo de la vergüenza. Recordándolo bien, aquel abrazo
de hace unos días no se había visto particularmente romántico.
“Es
tu elección creerme o no. Pero al menos contigo, nunca he dicho una sola
mentira”.
Ese
‘al menos contigo’ punzó la conciencia de Jung-in. Él exclamó, casi a la
defensiva.
“¿P-por
qué no lo explicaste antes? ¡Sabías que estaba malinterpretando las cosas!”.
La
voz de Jung-in temblaba. En cambio, la respuesta de Chase fue calmada.
“Yo
también lo dudé. Pero pensé que explicarlo sería como sacarla del clóset de
alguna manera”.
Un
golpe de comprensión le dio de lleno y Jung-in se mordió el labio
automáticamente. Chase miró fijamente los ojos ligeramente temblorosos de Jung-in.
Si esto fuera una discusión, Chase habría ganado. Pero no se sentía victorioso;
al ver a Jung-in tan abrumado, más bien quería consolarlo.
“Pero
creo que me equivoqué. No debí pedirte que simplemente confiaras en mí sin más.
Debí darte las razones adecuadas. Lo siento, Jay”.
Jung-in
miró a Chase. Claramente, él no era quien debía recibir una disculpa en esta
situación. Aun así, Chase se disculpó primero. Chase reveló la verdad con
amargura.
“Sí,
estábamos engañando a la gente. Yo porque no quería molestias, y Vivian para
proteger su relación secreta”.
Las
piezas del rompecabezas encajaron. Ese debía ser el secreto del que hablaba
Madison. Vivian estaba viendo a alguien que no podía presentar públicamente, y
su relación con Chase era una fachada para ocultarlo. Jung-in bajó la cabeza,
sintiéndose culpable por haberlo etiquetado como un mentiroso. Se sentía muy
pequeño.
Chase
lo observó. Considerando la personalidad fuerte de Jung-in, sabía que no
pasaría, pero por un momento pareció que iba a llorar. Quería animarlo de
alguna forma.
“Haa...
Elizabeth”.
Chase
llamó a Jung-in por el nombre de otra mujer, después de haber usado ‘Jay Lim’. Jung-in
lo miró con sus ojos negros preguntándose qué significaba eso. Pronto, su
rostro mostró que había encontrado la respuesta por sí mismo. Ambos estaban
terminando un reporte analizando una obra literaria, y ‘Elizabeth’ era la
protagonista de Orgullo y Prejuicio, el tema de su tarea. Una mujer brillante e
independiente, pero atrapada por sus prejuicios.
“¿Qué
voy a hacer contigo, Elizabeth?”.
Exhaló
Chase como un lamento mezclado con un suspiro.
Jung-in
se dio cuenta de que Chase estaba bromeando a propósito para cubrir su
vergüenza. Eso lo hizo sentir aún más apenado. De repente, Chase pareció
recordar algo y dijo.
“Espera.
Ahora que lo pienso, ese día hubo un coche que chocó contra un bote de basura y
huyó...”.
“¡N-no
sé! No me interesa. ¡Tengo que ir a clase!”.
Jung-in
giró rápidamente y huyó a toda prisa.
“¡¿A
dónde vas, Elizabeth?!”.
Jung-in
escuchó la voz de Chase a sus espaldas, pero no miró atrás y caminó rápido como
si estuviera en una competencia de marcha.
“¡Nos
vemos en el almuerzo, Elizabeth!”.
Incapaz
de aguantar más, Jung-in levantó su dedo medio una vez más y desapareció al
final del pasillo.
***
Cuando
Jung-in salió de su cuarta clase, Chase lo estaba esperando en la puerta del
aula. Como ambas clases eran en el mismo edificio de Ciencias Sociales, no
estaban lejos. Los estudiantes que salían lo miraban de reojo mientras pasaban
junto a él, que estaba apoyado contra la pared opuesta.
Chase
se acercó lentamente a Jung-in.
“¿Qué
tal la clase, Elizabeth?”.
“¡Te
dije que no me llamaras así!”.
“Está
bien, no te enojes”.
Jung-in
le respondió cortante y Chase cambió de actitud rápidamente, pegándose a su
lado. El pasillo estaba lleno de estudiantes que iban a la cafetería, pero
ellos dos caminaron contra la corriente y salieron del edificio escolar.
“...
Lo siento”.
Jung-in
abrió la boca con cuidado cuando el Porsche plateado de Chase ya había salido
del estacionamiento de la escuela y se incorporaba a la carretera. Chase ya
sabía que no era común que Jung-in se disculpara. Jung-in no era del tipo que
decía palabras vacías solo para salir del paso. Como ya conocía bastante bien
su personalidad, sabía que esa era una conclusión a la que había llegado tras
pensarlo mucho. Jung-in no admitía sus errores fácilmente, pero tampoco era de
los que se encaprichaban con una mentira. Seguramente se había pasado horas
dándole vueltas al asunto. Como era de esperar de alguien tan meticuloso.
Ese
rasgo de Jung-in le parecía extremadamente adorable como ser humano. Incluso
pensó que era genial.
“Si
todavía tienes algún malentendido sobre Vivian, dímelo, Jay. Te lo explicaré
todo”.
“...
No hace falta”.
“¿Por
qué?”.
“Porque
me di cuenta de que realmente actué como Elizabeth... y porque ahora confío en
ti”.
Las
palabras de Jung-in dejaron a Chase atónito por un momento. Una frase tan
simple sacudió un rincón de su corazón. Al llegar al centro comercial, fueron
directamente a la óptica. Jung-in se quitó los lentes de contacto desechables
sin dudarlo y se puso sus anteojos, dejando escapar un profundo suspiro como
alguien que acaba de superar una gran crisis. Ya no tendría que luchar contra
los lentes cada mañana y noche.
“Uff...
Por fin siento que vivo”.
Nada
más salir de la óptica, Chase asomó la cabeza para mirar a Jung-in. Luego,
entrecerró los ojos como si algo no le gustara.
“Estamos
en problemas”.
“¿Por
qué?”.
“Porque
ahora, incluso con los anteojos puestos, puedo verlo. Tu cara es hermosa”.
El
rostro de Jung-in se encendió al instante. Sin pensarlo, levantó el puño y
golpeó el hombro de Chase.
“¡No
lo es!”.
Como
si hubiera escuchado un insulto, comenzó a caminar delante con pasos largos.
Jung-in
solía ser sincero al elogiar a otros, pero no parecía acostumbrado a recibir
elogios él mismo. Aceptaba gustoso los elogios por sus logros, pero no
soportaba los que eran sobre su apariencia. ¿Por qué sería? ¿Diferencia
cultural o era su personalidad única? Chase no podía dejar de pensar en Jung-in
ni un segundo. Sentía que si le pidieran escribir una tesis sobre él, lo haría
encantado. Jung-in era una persona fascinante de observar y estudiar.
Chase
dejó colgar un brazo de forma exagerada y se quejó.
“¡Ay!
Jay, mírame. ¿No crees que se me dislocó el hombro?”.
“¡Deja
de bromear y camina rápido!”.
Incluso
verlo enojarse le parecía tierno. Chase lo siguió de cerca.
Almorzaron
sándwiches rápidamente y regresaron a la escuela. Nada más estacionar, vieron
al grupo de Chase sentado en las mesas de afuera. Habían pedido comida de
Chipotle y la mesa estaba hecha un desastre. Al ver a los dos bajando del coche
y caminando juntos de forma cercana, Max soltó un comentario burlón.
“Hay
un ambiente extraño aquí, ¿no? Cualquiera diría que vienen de una cita”.
Entre
las risas divertidas de los demás, solo Alex, que conocía los sentimientos de
Chase, mantenía una expresión seria. Jung-in se quedó congelado, sin saber qué
hacer, y soltó una excusa apresurada.
“Y-yo
tengo clase en el edificio de Matemáticas... me voy yendo”.
Se
despidió torpemente con la mano y se alejó caminando rápido. Chase siguió la
espalda de Jung-in con ojos vacíos, como un depredador que pierde a su presa.
Luego, giró la cabeza lentamente hacia sus amigos. Con una expresión
inusualmente seria, habló.
“¿Podrían
cuidar sus palabras?”.
Ante
su tono calmado, Max preguntó confundido.
“¿Eh?
¿Qué palabras?”.
Chase
volvió a mirar hacia donde había desaparecido Jung-in, suspiró y regresó su
mirada a Max.
“A
mí no me importa. Pero Jay no es un bloque de músculos torpe como nosotros. Es
sensible”.
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Sus
palabras crearon un ambiente extraño. Brian Cole preguntó como si hubiera
escuchado algo absurdo.
“¿De
qué hablas? ¿Por qué lo proteges de repente así?”.
Chase
respondió con naturalidad.
“Porque
me gusta. Me gusta Jay”.
Por
un momento, el silencio envolvió al grupo. Todos se miraron entre sí,
procesando las palabras de Chase con caras de asombro. Max fue el primero en
hablar.
“¿Q-que
te gusta? ¿Te gusta en ese ‘sentido’?”.
“¿A
qué te refieres, Schneider?”.
“¡Sabes
a qué me refiero! ¿Te gusta en el sentido de querer tocarlo y besarlo?”.
Chase
mantuvo el silencio por un momento. Sintió la mirada de todos sobre él, pero no
se inmutó.
“Ya
pasé esa etapa hace mucho”.
Su
respuesta, como echar gasolina al fuego, confundió aún más a los presentes. Las
preguntas llovieron.
“¿Él
siente lo mismo?”.
“¿Y
Vivian?”.
Chase
levantó las palmas de las manos para detener a sus amigos y pedir calma.
“Yo
soy el que lo está persiguiendo unilateralmente. Y con Vivian... bueno, no hay
nada que decir”.
“¿Entonces
también te van los chicos? ¿Eres bi?”.
Ante
la pregunta de Brian sobre si era bisexual, Chase se quedó pensativo un momento
y luego arrugó la nariz como si hubiera mordido arena.
“No
sé. Creo que es pronto para decir que soy bi. Porque cuando pienso en otros
tipos, no siento fuerza en la entrepierna, sino en los puños”.
Esta
vez, Alex preguntó.
“¿Qué
es lo que tanto te gusta de él?”.
“Todo.
Es puro y honesto. A veces es tierno cuando hace cosas raras. Y sobre todo, su
cerebro es realmente sexy. Nunca había visto a alguien tan inteligente”.
Max
intervino como si fuera increíble.
“¿No
me digas que es por eso? ¿Belleza interior? ¿Tus preferencias sexuales
cambiaron por algo así?”.
“Bueno,
por casualidad, la cara que está frente a ese cerebro sexy también es muy linda”.
Brian
murmuró, todavía atónito.
“No
puede ser... Ahora que lo pienso, es la primera vez que escucho a Press decir
que le gusta alguien”.
Él
conocía a Chase desde el preescolar. Había visto pasar a innumerables personas
por el lado de Chase, pero era la primera vez que lo oía decir que le gustaba
alguien. Las palabras de Brian hicieron que Chase también repasara su pasado.
Siempre habían sido relaciones ligeras. Se llevaba bien con cualquiera, pero no
pasaba de una diversión momentánea. Nunca tuvo interés en conocer profundamente
a la otra persona ni deseos de compartir sus sentimientos sinceros.
Pero
ahora se preguntaba qué habría desayunado Jung-in y tenía curiosidad por saber
desde cuándo tenía el hábito de morderse el labio cuando estaba en aprietos.
Los pequeños cambios en la expresión de Jung-in y sus palabras casuales se
quedaban en su cabeza, dando vueltas una y otra vez. Chase no tuvo más remedio
que admitir la única verdad que todo eso indicaba.
“Bueno,
es lógico. Es mi primer amor”.
Se
escucharon algunas respiraciones entrecortadas. El grupo volvió a quedar sumido
en el silencio.
***
Jung-in
dejó de resolver el cuaderno de ejercicios que tenía sobre el escritorio y tomó
su celular. Tenía un mensaje de Chase.
Chase
Prescott:
[¿Qué
haces?]
Jung-in
escribió por instinto ‘Estoy estudiando para el SAT’, pero lo borró todo
pensando que sonaba demasiado como un ratón de biblioteca y nada cool. ¿Cómo se
enviarán mensajes entre ellos los chicos populares? Tras quedarse mirando el
cursor parpadeante, tecleó:
Jung-in:
[nm]
Eran
las siglas de ‘nothing much’ (nada especial). ¿Sería esto lo suficientemente
cool? Incluso después de darle a enviar, se mordió el labio por la duda.
Chase
Prescott:
[¿Y
qué vas a hacer ahora? Si no tienes nada que hacer, ¿quieres pasar el rato?]
Jung-in
miró el reloj. Eran pasadas las 10 de la noche.
Jung-in:
[¿Ahora?
Ya pasó mi hora de llegada, no puedo salir.]
¡Rayos!
Se arrepintió en cuanto le dio a enviar. Hablar de la hora de llegada... no
podía sonar más como un nerd.
Chase
Prescott:
[Sí,
ahora].
Justo
cuando Jung-in terminaba de leer la respuesta, escuchó un ‘toc toc’ en la
ventana. Caminó hacia ella y descorrió la cortina. El rostro de Chase estaba
afuera.
“¡Aah!”.
Jung-in
gritó por reflejo, pero recordó que su madre estaba en casa y se tapó la boca
rápidamente con ambas manos.2
“¿Jung-in?
¿Pasa algo?”.
Preguntó
su madre desde abajo, ya que había dejado la puerta de su cuarto abierta.
“¡M-me
golpeé el dedo del pie con un mueble!”.
“¡Qué
horror! ¿Te llevo medicina?”.
“¡No,
no es para tanto!”.
Jung-in
cerró rápido la puerta de su cuarto y volvió a la ventana. Chase, con una
sonrisa relajada, le hacía señas para que abriera. Jung-in quitó el seguro y
abrió la ventana. Chase metió sus largas piernas primero y saltó ágilmente
dentro de la habitación. Sus movimientos para entrar por la ventana de una casa
ajena eran tan naturales que a Jung-in la situación le pareció irreal.
“’nm’...
es la primera vez que recibo un mensaje tan corto”.
El
rostro desconcertado de Jung-in se calentó. ¿Acaso eso no era ser cool?
¿Debería haber puesto algún emoticón al final? Parece que tenía una idea
equivocada sobre lo que significaba ser cool.
“Hola”.
Chase
saludó de nuevo, ya de pie en medio de la habitación. Los dos se quedaron
frente a frente en el estrecho cuarto, sintiendo la extraña atmósfera que fluía
entre ellos. La mirada de Chase recorrió la habitación lentamente hasta
detenerse en el escritorio.
“¿Estabas
estudiando?”.
“...
Sí. El SAT”.
“Ah,
yo también debería hacerlo”.
“¿Tú
también te inscribiste para el examen de junio?”.
Los
exámenes SAT se realizan varias veces al año, pero la mayoría de los juniors lo
toman en mayo o junio. Sin embargo, los estudiantes que toman muchas clases de
nivel avanzado suelen tomarlo en junio porque las fechas coinciden con los exámenes
AP.
“Por
ahora sí. Pero la Señora Méndez dice que sería mejor que yo presente los
resultados del ACT”.
Chase
respondió con indiferencia mientras caminaba hacia la cama. Gloria Méndez era
la orientadora vocacional de Wincrest High. Jung-in también se había asesorado
con ella varias veces. Ella decía que para alguien fuerte en matemáticas y
cálculo como Jung-in, el SAT era ventajoso. En cambio, el ACT requería más
habilidades en ciencias, pensamiento analítico y rapidez para resolver
problemas.
Jung-in,
pensando qué harían para entretenerse en esa habitación tan pequeña, preguntó
tímidamente.
“¿Quieres
que lo hagamos... juntos?”.
Chase,
que caminaba hacia la cama, se giró bruscamente.
“¿Qué?
¿Hacer qué?”.
“Tengo
otro cuaderno de ejercicios de práctica igual. Me lo dio un profesor”.
“Ah...”.
Chase
soltó una risa de decepción y se llevó la mano a la frente. Luego se frotó la
cara.
“Estudiar...
Está bien, estudiemos juntos”.
Chase
se sentó a lo largo de la cama apoyando la espalda contra la pared, y Jung-in
le entregó el cuaderno de ejercicios y un lápiz. Cuando Jung-in iba hacia su
escritorio, Chase lo detuvo.
“¿A
dónde vas? ¿Te vas a sentar allá?”.
“Sí”.
“Eso
no sirve. Ven aquí. Dijiste que lo haríamos juntos”.
Chase
palmeó el espacio a su lado. Jung-in vaciló un momento antes de sentarse junto
a él. Al estar sentados lado a lado, sus brazos y piernas se rozaban de forma
natural. Jung-in sentía el calor de la otra persona a través de la piel, pero
intentó concentrarse en el cuaderno para no darle importancia.
“Jay,
¿por dónde vas?”.
“Por
la 7”.
“Espera.
Yo ni siquiera terminé la 5. ¿Tanta diferencia hay?”.
Jung-in
dejó de escribir y miró de reojo el cuaderno de Chase.
“No
hace falta resolver todo ese problema hasta el final”.
“¿Ah,
no?”.
“Solo
necesitas saber el margen de error aquí”.
“Ajá”.
“Pero
el procedimiento está perfecto. Muy bien”.
A
Chase el elogio de Jung-in le resultó extraño, pero extrañamente placentero. En
la pequeña habitación solo se escuchaba el sonido del lápiz sobre el papel. Era
un ambiente pacífico y cálido. Chase miró a Jung-in pasar otra página y soltó
un suspiro.
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“Realmente
solo estás estudiando...”.
“¿Eh?”.
“Nada”.
Se
sentía un poco absurdo en esa situación de estar estudiando sin quererlo, pero
no estaba mal pasar el tiempo así de tranquilo con Jung-in. Como dice el dicho,
no importa el dónde, sino el con quién. No necesitaba alcohol, ni música
ruidosa, ni fiestas. Chase se dio cuenta por primera vez de que podía ser feliz
sin hacer nada extraordinario si estaba con la persona adecuada.
Sin
embargo, tras unos 30 minutos, Chase acabó deslizándose hasta quedar acostado
en la cama. Se giró, abrazó una de las piernas de Jung-in y lo miró con ojos
lastimeros.
“No
puedo más”.
“¿Ya?”.
“Es
aburrido. Y tengo hambre...”.
Chase
quería convencerlo de escapar por la ventana e ir al diner de la otra vez. Pero
Jung-in, como siempre, se salió de sus planes.
“Espera.
Te traeré algo de comer”.
“¿Eh?
No, mejor vamos...”.
“No
te preocupes. Vuelvo enseguida”.
Antes
de que Chase pudiera empezar a convencerlo, Jung-in ya había salido de la
habitación. Fue directo a la cocina, tomó un tazón grande y comenzó a llenarlo
de bocadillos. Sus manos se movían rápido abriendo cajones y armarios. Unos
cuantos Choco Pies comprados en el mercado coreano, botanas de camarón, papas
fritas y una lata de refresco del refrigerador. El montón de comida pesaba
bastante.
Cuando
volvió a abrir el refrigerador para ver si faltaba algo, Su-ji apareció frente
a él.
“¿Qué
es todo eso? ¿Vas de picnic?”.
“¡Mamá!”.
Exclamó
Jung-in sobresaltado.
“Sí,
soy tu madre”.
Respondió
Su-ji con una mascarilla puesta en la cara y su calma habitual.
“¿Por
qué llevas tantos bocadillos?”.
“E-es
que me dio hambre de repente...”.
“Bueno,
el cerebro necesita energía”.
Asintió
Su-ji abriendo el refrigerador. Sacó un paquete de leche de soya y lo puso en
el tazón que sostenía Jung-in.
Toma
leche de soya en vez de refresco.
Su-ji
desapareció dándose palmaditas en la cara y Jung-in subió a su cuarto abrazando
el tazón. Chase devoró la comida rápidamente. Se bebió la leche de soya de un
trago y se terminó los tres Choco Pies en un instante. A Jung-in hasta le
pareció que le daba un subidón de azúcar de solo verlo. Gracias a eso, las
quejas de hambre cesaron, pero la paz no duró mucho. Diez minutos después,
Chase volvió a tirarse en la cama.
“No
puedo...”.
“¿Ahora
qué pasa?”.
“Es
que mi capacidad de concentración aumenta cuando abrazo algo”.
La
intención de Chase era obvia. Su tono y actitud rebosaban travesura. Jung-in
suspiró suavemente y se separó de la pared. Por un momento, Chase sintió su
corazón latir con esperanza cuando Jung-in se incorporó y extendió los brazos.
Justo cuando iba a abrir los suyos para corresponder al abrazo, Jung-in le puso
un peluche mullido entre los brazos: era Snowball.
La
cara de Chase se llenó de decepción. Jung-in apretó los labios para contener la
risa.
“Toma.
¿Ya? Ahora deja de quejarte, Prescott”.
“Chay”.
Otra
vez con lo del nombre. Chase era persistente y no parecía tener intención de
rendirse con lo de ser llamado ‘Chay’. Jung-in rectificó con cansancio.
“Está
bien. Deja de quejarte, Chay”.
Satisfecho,
Chase sonrió por fin. Se inclinó perezosamente para mirar a Jung-in y dijo.
“Tu
nombre coreano... ¿cómo dijiste que se pronunciaba?”.
“Jeong,
In”.
“Jung-in”.
Al
escuchar su nombre coreano en esa voz profunda, Jung-in sintió una emoción
extraña. Aunque era su nombre de siempre, en boca de Chase sonaba totalmente
nuevo.
“Jung-in”.
“...
Sí. Lo haces bien”.
“Jung-in”.
“Ya
lo dijiste bien, deja de llamarme”.
“Tu
madre lo pronunciaba un poco diferente”.
Su
madre solía hablar en inglés en casa, pero cuando lo llamaba, siempre usaba el
coreano: ‘Jung-in-ah’.
“En
coreano, a veces se añade ‘ah’ al llamar a alguien. Jung-in-ah. Así”.
“Jung-in-ah”.
Pronunció
Chase con voz suave.
Ese
sonido bajo tocó algo en el corazón de Jung-in. Sintió un cosquilleo profundo
en el pecho, en un lugar que no podía alcanzar. Jung-in recompuso su expresión
fingiendo que no pasaba nada y bajó un poco la cabeza, pero sus orejas estaban
rojas. Chase volvió a preguntar.
“¿Y
cómo se dice ‘te amo’ en coreano?”.
“...”.
Jung-in
lo miró fijamente con cara inexpresiva. Parecía que le estaba diciendo ‘no
intentes nada raro’, así que Chase se excusó rápido.
“Solo
tengo curiosidad por el nuevo idioma. Tengo mucha curiosidad intelectual”.
Ante
esa declaración tan descarada, Jung-in suspiró brevemente y dijo.
“Saranghae
(사랑해)”.
¿Habría
sentido algo en esas palabras que nunca antes había escuchado? ¿O sería por el
peso extraño de la frase? La travesura desapareció del rostro de Chase en un
instante. Repitió las palabras torpemente.
“Saranghae...
Saranghae”.
Y
las repitió un par de veces más, como saboreándolas.
“Esto
es curioso. Suena como un susurro...”.
Para
Jung-in era su lengua materna y no sentía nada especial, pero para Chase
parecía ser diferente.
“Es
triste... y tierno a la vez...”.
Debido
a la suave pronunciación, Chase sintió varias emociones difíciles de describir
al mismo tiempo. El eco de las palabras permaneció mucho tiempo después de que
el sonido se desvaneciera. Mirando fijamente a Jung-in, Chase habló como para
confirmar lo que sentía.
“Jung-in-ah.
Saranghae”.
Jung-in
miró a Chase con una cara como si se le hubiera escapado el alma.
“¿Lo
dije bien?”.
Preguntó
Chase, pero Jung-in no respondió.
Al
ver su expresión tan seria, Chase sintió que algo iba mal. Aunque nunca le
había dicho ‘te amo’ a nadie, sabía que no eran palabras para decir a la
ligera. Podría parecer una persona voluble o asustar a la otra persona.
Consciente de eso, Chase añadió rápido.
“Solo
estaba practicando cómo usarlo”.
Se
encogió de hombros como si no tuviera ninguna intención especial. Sin embargo, Jung-in
seguía aturdido.
Aquella
confesión en la voz profunda y suave de Chase, en el idioma que mejor
comprendía, le resultó demasiado dulce a Jung-in. Se sentía como si hubiera
caído en un pantano de chocolate del que no podía escapar. Chase, sin conocer
los sentimientos de Jung-in, continuó.
“Quiero
llamarte por un apodo que solo sepamos tú y yo. ¿No hay algo como ‘sweety’ o ‘honey’
en coreano?”.
“...”.
Jung-in
guardó silencio un momento imaginando a Chase llamándolo ‘Jagi-ya’ (Cariño). Si
lo llamara así, su corazón no sobreviviría. Al final, le dio información falsa
a propósito.
“Hyung-nim”.
“Hyung... nim. ¿Está
bien?”.
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Chase
lo repitió torpemente y Jung-in asintió conteniendo la risa.
“...
Sí”.
“¡Hyung-nim!”.
Pero
al experimentarlo, ser llamado ‘Hyung-nim’ por un mariscal de campo de gran
complexión no estaba nada mal. Pensó en enseñarle también ‘¿Has comido?’, pero
decidió que sería demasiado complicado.
Como
ya no tenía ganas de estudiar, Chase se levantó y comenzó a mirar la estantería
de Jung-in. Había libros de texto, pero también muchos libros especializados en
biología y farmacia. Solo con leer los títulos se podía adivinar qué tipo de
persona era Jung-in.
“¿Qué
miras tanto?”.
Chase
giró un poco la cabeza y sonrió travieso.
“¿Qué?
¿Acaso tienes algún libro erótico que no deba descubrir?”.
“...
Mira lo que quieras”.
Tras
reírse de la respuesta incrédula de Jung-in, Chase dirigió su mirada al
escritorio. En el tablero de notas había una postal con una foto del campus de
Harvard pegada con un imán. También vio una taza con el logo de Harvard que
usaba como lapicero.
“¿Desde
cuándo eres un fan tan apasionado de Harvard?”.
“Desde
que llegué a Estados Unidos”.
Cuando
recién llegó a este país, Jung-in tuvo que pasar por momentos difíciles. En
Corea, al menos nunca lo habían ignorado por su sola existencia. Pero aquí era
una minoría. Para demostrar su existencia y no ser ignorado, tenía que lograr
más que los demás. Y el objetivo simbólico y definitivo de ese logro era
Harvard.
“¿Y
tú? ¿Qué vas a hacer con la universidad?”.
Le
preguntó esta vez Jung-in.
“...
¿Eh?”.
“¿Qué
escuela de medicina es famosa? ¿Vas a pedir el ingreso anticipado?”.
Ante
la ráfaga de preguntas, Chase se quedó sin palabras. Todavía no había decidido
su futuro con claridad. Entrar en Harvard, estudiar administración de empresas
y hacer un MBA era el único camino trazado frente a él, como un destino
inevitable. Pero siempre había tenido dudas. Al darse cuenta de que seguía
estancado en dudas vagas, vio claramente que Jung-in iba mucho más adelantado.
Mientras él dudaba como un perro atado a un poste, Jung-in no se detendría ni
un segundo y seguiría avanzando en su propia órbita.
Si
seguía así, perdería tanto a Jung-in como su futuro. ¿Cumpliría las
expectativas de los demás o seguiría su sueño junto a Jung-in? La respuesta era
obvia. Chase volvió a la cama y abrió el cuaderno de ejercicios. Su expresión
era mucho más seria que antes.
***
Solo
después de resolver toda la primera práctica del examen, Chase se levantó.
Salió por la ventana con la misma naturalidad con la que había entrado. Una
brisa fresca entró por la ventana abierta junto con el aroma característico de
Chase.
“Me
voy”.
Quizás
por lo tarde que era, su voz sonó profunda y Jung-in asintió. De pronto, el
hecho de que Chase hubiera estado allí y hubieran pasado tiempo juntos en
secreto le pareció irreal, como un sueño. Sintió también un poco de nostalgia.
Justo
cuando cerraba la ventana y corría las cortinas, escuchó que volvían a tocar el
cristal. ¿Se habría olvidado algo? Jung-in volvió a la ventana extrañado. Al
abrirla, el brazo de Chase entró rápidamente. Su mano grande rozó la mejilla de
Jung-in y sujetó suavemente su nuca, atrayéndolo hacia la ventana. Chase se
inclinó y depositó un beso sonoro en su mejilla.
“Buenas
noches”.
Como
si eso fuera todo, Chase retiró la mano. Jung-in miró atónito la espalda de
Chase mientras se alejaba. Verlo saltar ágilmente desde el tejado del primer
piso apoyándose en un árbol y caminar hacia su coche parecía una escena de
película.
Tras
prepararse para dormir, Jung-in se acostó y se tocó la mejilla donde sus labios
lo habían rozado. Hacer eso después de decirle buenas noches... Le pareció indignante.
Era obvio que ahora no podría dormirse fácilmente.
***
“Señor
Prescott, ¿qué le trae por aquí tan de repente?”.
Al
día siguiente de pasar tiempo en el cuarto de Jung-in, nada más llegar a la
escuela, Chase buscó a Gloria Méndez, la orientadora vocacional. Aunque su
familia tenía consultores privados, sabía que cualquier charla con ellos
llegaría a oídos de su padre.
A
estas alturas, muchos juniors entregaban su lista de universidades deseadas
para tener una orientación inicial, revisar sus actividades de voluntariado y
discutir qué mejorar en sus solicitudes. Méndez supuso que Chase venía por lo
mismo, pero sus palabras la sorprendieron por completo.
“Quiero
cambiar mi carrera”.
Los
ojos de Méndez se abrieron de par en par. Ella daba por hecho que Chase
Prescott iría a Harvard para estudiar negocios.
“¿Acaso
estás pensando en otra universidad?”.
“No”.
Chase
tenía una expresión seria y sin dudas.
“Quiero
ir a la escuela de medicina. A Harvard, si es posible”.
Méndez
se quedó sin palabras. Ser médico era una profesión honorable, pero no era la
que se esperaba del heredero de las empresas Prescott. Ellos contratan médicos,
no se convierten en ellos. Aunque estaba desconcertada, explicó con calma lo
que sabía.
“Como
sabes, en Harvard no pides el ingreso para una carrera específica. Eliges tu
especialidad en el segundo año. El proceso para entrar a medicina es similar en
todas las escuelas: eliges una especialidad como biología o química, completas
el programa de pre-med y luego tomas el examen MCAT, normalmente al final del
tercer año o después de graduarte”.
Chase
recordó de pronto la conversación con Jung-in. El día de la fiesta en la playa,
Jung-in había mencionado que su sueño era estudiar biología y biotecnología en
Harvard para trabajar como investigador en una farmacéutica.
“¿Biología?”.
“Sí.
Es una especialidad que lleva a campos como la farmacéutica, medicina, ecología
o agricultura”.
La
palabra ‘farmacéutica’ resonó en sus oídos. Eso significaba que podría pasar la
mayor parte de su etapa universitaria junto a Jung-in.
“Pero
Señor Prescott, así de repente... ¿Saben tus padres que cambiaste de opinión?”.
Méndez
expresó su preocupación recordando el trasfondo de Chase. ¿No sería una
decisión precipitada? Sin embargo, desde el momento en que recordó las charlas
con Jung-in en la arena, el camino de Chase ya estaba decidido. Nadie podría
detenerlo.
“Señora
Méndez, creo que ya decidí mi futuro”.
La
voz de Chase era firme y su mirada no vacilaba. Finalmente, Méndez asintió y
corrigió la información en el expediente personal de Chase.
***
La
escuela estaba agitada por el baile (Prom), que sería en pocos días. Pero había
un grupo tan ocupado como los que preparaban el baile: los miembros de la
Mathlete Society. Las semifinales y la final se llevarían a cabo en la
Universidad de California, y la competencia estaba organizada como un gran show
de televisión. Aunque, como siempre en estos eventos, habría muchos asientos
vacíos y el público serían mayormente familiares de los participantes.
“¡Hagámoslo!
¡Consigamos nosotros también las chaquetas varsity!”.
Gritó
Rajesh, el presidente, levantando el puño.
Las
chaquetas varsity, con los colores y las iniciales de la escuela, normalmente
eran exclusivas de los atletas. Pero recientemente se habían cambiado las
reglas para otorgarlas también a otros clubes que lograran resultados
importantes en competencias nacionales. El profesor Williams, que estuvo en la
reunión del personal, se lo había confirmado directamente.
Aquello
entusiasmó a todos. La chaqueta varsity no era solo ropa; era una prueba de
reconocimiento escolar, una medalla por haber luchado representando a la
escuela. Casi todos los chicos populares las usaban. Los miembros de la
Mathlete Society querían sentir eso al menos una vez.
Justin,
contagiado por la emoción, se inclinó hacia Jung-in al recordar algo.
“Ah,
¿sabes qué? Parece que nuestro amigo Chase tiene el cerebro bastante bien
amueblado”.
“¿Eh?”.
“Rajesh
estaba en orientación con la Señora Méndez y parece que echó un vistazo a su
escritorio cuando ella salió un momento. Vio las notas de Chase Prescott y
resulta que sacó un 32 en el ACT”.
“¿Qué?”.
Exclamó
Jung-in tan fuerte que todos en el aula se giraron a mirarlo.
La
puntuación máxima del ACT es 36, y el promedio nacional ronda los 20 puntos. Un
29 ya permite entrar en buenas universidades, y un 32 es una nota bastante
segura para entrar en la Ivy League. Con razón había dicho que sus notas eran
suficientes. Podía enviar solo su mejor puntuación. Jung-in se preguntó por qué
demonios había ido a su casa anoche a estudiar para el SAT. Además, era el
capitán del equipo de fútbol americano y miembro de los Prescott, una familia
asquerosamente rica. Era el tipo de perfil por el que cualquier oficina de
admisiones perdería la cabeza.
En
ese momento, llegó un mensaje del aludido.
Chase
Prescott:
[¿Qué
haces? ¿Hoy también ‘nm’?]
Jung-in:
[Estudio
en el club.]
Justin
miró de reojo a Jung-in mientras manejaba el celular y preguntó con mirada
sugerente.
“¿Quién
es? ¿Press?”.
“¿Press?”.
“Entre
amigos podemos llamarnos así”.
A
Jung-in le hizo gracia Justin, que se encogía de hombros aunque sabía que no se
atrevería a llamarlo así a la cara. El celular volvió a sonar.
Chase
Prescott:
[Gracias
a ti, ahora todo está claro. Iré a Harvard y seré médico.]
De
pronto, Jung-in recordó que Chase solía disfrazarse de médico cada Halloween.
Era algo que debía celebrar y felicitar.
Jung-in:
[¿En
serio? Qué bien.]
Sin
embargo, al mismo tiempo, Jung-in pensó en otra cosa. La familia Prescott
llevaba cinco generaciones graduándose en Harvard. Y Harvard tenía el sistema
de legacy, que otorga puntos extra en la admisión si los padres o hermanos del
solicitante se graduaron allí. Chase gozaría de ese beneficio. Wincrest es una
escuela en un barrio rico, pero es pública. ¿Aceptaría Harvard a dos personas
de la misma escuela pública?
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Una
emoción sutil agitó el corazón de Jung-in: el espíritu competitivo. No quería perder,
aunque el oponente fuera Chase Prescott. Es más, precisamente porque era Chase
Prescott, no quería mostrarle su derrota bajo ninguna circunstancia. Tenía que
elevar al máximo su valor para Harvard.
“Estudiemos.
Tenemos que ganar... tenemos que ganar sí o sí”.
Los
ojos de Jung-in ardían de determinación. Justin lo miró con admiración.
“Jay,
amigo... realmente quieres esa chaqueta varsity, ¿verdad?”.
