12. Remedio para la acidez estomacal
12. Remedio para la acidez
estomacal
“¡Prescott!
¿Hablas en serio?”.
El
aire en el vestuario se sentía denso y pesado. Chase ya tenía el uniforme
puesto, pero no parecía tener intención alguna de salir al campo. El
entrenador, tras intentar convencerlo durante un buen rato, finalmente se
rindió; pateó un casillero con rabia y salió bufando de la habitación. Chase se
quedó sentado en el banco, con la cabeza gacha.
Esta
vez fue Alex quien se acercó. Con una expresión desesperada y ansiosa, le
preguntó a su mariscal de campo.
“Press,
¿qué demonios te pasa? ¿Te sientes mal? Digo, ya te cambiaste y todo, ¿qué
estás haciendo aquí sentado”.
Chase
respondió en un murmullo, sin moverse un ápice.
“No
tengo ánimos para jugar”.
“¿Ánimos?
¿Desde cuándo te importan los ánimos? ¿Por qué actúas de repente como un
adolescente de secundaria en plena pubertad?”.
“Tal
vez sea eso, la pubertad”.
Alex
se pasó la mano por el cabello con frustración. Podía adivinar vagamente la
razón de esa ‘pubertad’ repentina de su amigo. Desde hacía unos días, Chase y
Jay mantenían una guerra fría. Según le había contado un compañero de la clase
de Composición Inglesa, ayer Chase había tenido una discusión tan feroz con Jay
que terminó saliéndose del aula a mitad de la lección.
No
importaba cómo lo mirara, solo había una persona capaz de solucionar esto. Alex
sujetó los hombros de Chase con firmeza y, con una voz seria como si estuviera
calmando a un niño, le dijo.
“Press.
Escucha, no te muevas de aquí. ¿Entendido? No vayas a ningún lado”.
“...
¿Acaso parece que tengo algún lugar a dónde ir?”.
“Bien.
Buen chico”.
Alex
no perdió más tiempo y salió disparado del vestuario. Se dirigió directamente
al pabellón de clases. La imagen de un jugador con uniforme completo y
protecciones corriendo a toda velocidad por los pasillos atrajo las miradas de
todos los estudiantes.
Escaneó
rápidamente a los alumnos en el corredor, buscando a los que tenían el aspecto
más nerd para preguntarles si sabían dónde estaba Jay Lim. Como era de esperar,
en su tercer intento encontró a alguien que lo sabía.
“¿Jay?
Si hablas de Jay Lim, creo que está en la sala del Club de Matemáticas”.
“¿Dónde
queda eso?”.
“En
el pabellón de Ciencias y Matemáticas, al fondo del cuarto piso...”.
Los
zapatos deportivos de Alex chirriaron contra el suelo mientras giraba sobre sus
talones. Cuando llegó, por suerte el profesor aún no había entrado y los
miembros de la Mathlete Society charlaban libremente por el aula.
Los
chicos, con los que normalmente Alex jamás cruzaría palabra, lo miraron al
unísono. Un jugador del equipo de fútbol americano irrumpiendo en la sala de
matemáticas era como un lobo entrando en un recinto de animales herbívoros.
La
mirada de Alex recorrió el aula hasta que dio con Jung-in. Él lo miraba con
expresión de asombro. Alex caminó hacia él sin vacilar.
“¡Jay!
Tienes que venir al vestuario conmigo. Chase está...”.
Jung-in
se levantó de un salto antes de que terminara la frase.
“¿Qué
pasa con Prescott? ¿Se lesionó?”.
Sus
ojos temblaban de ansiedad. En una situación así, lo único que podía imaginar
ante alguien que llegaba jadeando era una noticia terrible. Alex puso una
expresión difícil de leer al ver la reacción de Jung-in.
“No
es que esté lesionado, pero...”.
“¿Entonces?
¿Se siente enfermo?”.
Alex
dudó por un momento mientras recuperaba el aliento. ‘Parece que le duele el
alma’, pensó, pero no sabía si decir eso sería lo correcto. Sin embargo, la
duda fue breve; lo primero era llevar a Jung-in allí, pasara lo que pasara
después.
“Sí,
solo ven conmigo. Creo que tienes que verlo tú mismo”.
Jung-in
no hizo más preguntas y salió apresurado. Su racionalidad se evaporó al
instante. No tuvo tiempo de pensar cosas como.
‘¿Si
se siente mal, por qué me llaman a mí en vez de ir al médico?’.
Bajó
las escaleras de dos en dos, de tres en tres. Sus pasos urgentes cruzaron el
pabellón de ingeniería, pasaron junto a la piscina exterior y llegaron al
edificio de deportes. En el primer piso de ese edificio se encontraba el
vestuario del equipo de fútbol americano.
Al
entrar, Alex dijo casi como un ruego.
“Chase
tiene que estar ahí hoy. Dicen que vendrán reclutadores a ver el partido.
Quizás para él no sea tan importante, pero para gente como Thompson o yo, que
nos jugamos la vida en esto, es un partido crucial. ¡No podemos salir con el
mariscal de campo suplente!”.
Había
desesperación en la voz de Alex, pero Jung-in apenas escuchaba; solo miraba
hacia adelante.
Al
abrir la puerta del vestuario de par en par, encontró a unos pocos jugadores
que aún no habían salido, manteniendo un ambiente incómodo. Sus miradas se
centraron en Jung-in de inmediato. Más allá de ellos, vio a Chase sentado en el
banco con la cabeza gacha. Tenía las hombreras y el uniforme impecables, pero
su figura denotaba un agotamiento total, como si ya hubiera terminado de jugar.
Alex
echó al resto de los jugadores hacia el campo.
“¿Qué
hacen todavía aquí? ¡Vamos! ¡Fuera!”.
Cuando
todos salieron, el vestuario quedó en un silencio sepulcral, como si estuviera
al vacío. Chase no se movía. Jung-in se acercó lentamente.
“¿Estás
bien? ¿Te duele algo?”.
Chase
respondió sin levantar la cabeza. Su voz aún arrastraba el resentimiento de su
última pelea.
“...
¿Por qué viniste? A ver a alguien como yo, que es solo una carcasa vacía”.
“...”.
En
realidad, Jung-in también se sentía arrepentido por lo que le había dicho
antes. Se acercó un paso más hasta quedar justo frente a él.
“Dime.
¿Dónde te duele?”.
“Aquí”.
Chase
se golpeó levemente la boca del estómago con el puño y apretó la tela de su
uniforme sobre el pecho antes de soltarla.
“Siento
como si estuviera bloqueado. No puedo respirar bien. Me estoy volviendo loco”.
Jung-in
tuvo una corazonada.
“En
el lugar donde vivía, tenemos algo llamado ‘che-handa’ (indigestión/bloqueo).
Es esa sensación de estar atascado y oprimido por dentro. Aquí no hay una
palabra exacta para describirlo, pero... es parecido a la acidez estomacal”.
En
inglés, ‘acidez estomacal’ es heartburn. Literalmente: ‘corazón quemado’. Se
refiere a la sensación de ardor en el pecho causada por el ácido gástrico.
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Chase
se quedó pensativo. No era por el ácido, pero extrañamente esa palabra le
pareció perfecta. Sentía como si su corazón hubiera sido arrojado al fuego.
Jung-in
se acercó un poco más y extendió su mano.
“Espera,
dame tu mano”.
Antes
de que Chase pudiera responder, Jung-in tomó su mano. Empezó a presionar con el
pulgar el punto Hap-gok (punto de presión entre el pulgar y el índice). Era lo
que su madre hacía siempre por él cuando se sentía indispuesto.
Bajo
los mechones dorados, el rostro de Chase se veía asombrosamente guapo a pesar
de su malestar. Jung-in sintió que su mirada se perdía por un segundo y
rápidamente bajó la vista hacia la mano de Chase. Sus dedos, su dorso y su
palma eran aterradoramente grandes.
Chase
dijo con voz profunda.
“Actuaste
como si nunca más fueras a dirigirme la palabra... ¿por qué me estás tocando
así?”.
La
palabra ‘tocar’, dicha con esa voz grave, sonó extrañamente sugerente.
“Es
solo que... dijiste que te sentías mal...”.
“No
es un dolor físico”.
“Pero
Alex Martínez dijo...”.
Chase
se dio cuenta enseguida. Alex obviamente había notado sus sentimientos por Jung-in.
Por eso lo había traído. Incluso ese tonto se había dado cuenta, pero el chico
que tenía delante seguía sin saber nada.
“Me
duele por tu culpa”.
El
movimiento de Jung-in, que masajeaba la mano grande, se detuvo en seco. Chase
agarró la mano de Jung-in y la llevó hacia su propio esternón.
“Ni
siquiera yo sé por qué soy así. Cada vez que pienso en ti... esto se bloquea.
Me vuelvo loco. Me quema y me oprime. Aquí está caliente. Siento que arde”.
“...”.
Jung-in
no pudo evitar su mirada; su expresión era una mezcla de desconcierto y
confusión.
“Siento
que voy a enloquecer”.
Parecía
que las olas en el iris azul de Chase lo estaban envolviendo, arrastrándolo
suavemente hacia un mar profundo. Chase puso una expresión lastimera, casi de
reproche, y golpeó ligeramente su frente contra el pecho de Jung-in.
“Ni
siquiera me escuchas. No me crees”.
En
ese momento, Chase parecía un niño pequeño haciendo un berrinche. Pero ese
gesto, más allá de una simple queja, se veía tan desesperado y doloroso que era
imposible ignorarlo. ¿Cómo podría rechazar a un ser tan encantador?
La
mano de Jung-in se movió como hechizada.
Pum,
pum. Ante los suaves golpes de la frente de Chase contra su pecho, Jung-in
colocó su mano suavemente sobre la cabeza dorada. El movimiento de protesta de
Chase se detuvo al instante.
Jung-in
acarició lentamente el cabello rubio que se sentía suave entre sus dedos.
“Dijiste
que era un partido importante. Que venían reclutadores”.
“...
¿Qué importa eso?”.
La
voz de Chase ya era mucho más suave. El nudo en su pecho parecía deshacerse
bajo el toque de Jung-in.
“Pórtate
con responsabilidad, Prescott. Esto no es algo que te afecte solo a ti”.
La
voz de Jung-in era tranquila, pero cargada de una sutil persuasión. Chase bajó
la cabeza un momento y luego murmuró.
“...
Si salgo a jugar...”.
Jung-in
miró su cabello dorado como un campo de trigo y sus ojos profundos como el
Mediterráneo. ¿Cómo alguien podía nacer con tales rasgos? Solo podía
describirlo como ‘hermoso’. Y tal vez, Jung-in descubrió que era débil ante las
cosas hermosas.
“...
¿Vendrás a verme?”.
“...
Sí”.
“¿De
verdad?”.
Chase
frotó ligeramente su frente contra el dorso de la mano de Jung-in, como un cachorro
buscando el cariño de su dueño.
“Así
que ve rápido al campo. Es un partido importante. El equipo no puede estar sin
su mariscal de campo”.
Con
un suave sonido, Chase depositó un beso en el dorso de la mano de Jung-in. Sus
pestañas doradas proyectaban sombras sobre sus mejillas. Fue solo un beso en la
mano, pero resultó tan erótico que el pulso de Jung-in se volvió irregular.
Chase,
con los labios aún pegados a su piel, dijo en voz baja.
“Tienes
que venir. Soy tu Golden Retriever, ¿recuerdas?”.
Jung-in
recordó la imagen de Chase en la playa, sacudiendo su cabello mojado. Una
pequeña sonrisa asomó a sus labios sin que se diera cuenta.
“Ya
te dije que sí”.
Al
ver la sonrisa de Jung-in, el rostro de Chase finalmente mostró alivio. Jung-in
siempre lo había sentido como alguien muy maduro y admiraba su aire de
suficiencia, pero ahora Chase parecía un niño. Curiosamente, incluso ese
aspecto le resultó un encanto inesperado. Un hombre con músculos como armadura
que despertaba deseos de ser abrazado.
“Vete
ya”.
Chase
no soltaba su mano y remoloneó un buen rato antes de ponerse de pie. La altura
de sus miradas se invirtió. Chase, que antes parecía un niño pequeño por estar
sentado y cabizbajo, ahora miraba a Jung-in desde muy arriba.
“Voy
a comprobar si de verdad viniste. No subestimes el olfato de un Golden
Retriever”.
“...
Solo hazlo bien, Prescott”.
“Solo
una vez... llámame Chay”.
De
pronto, Jung-in recordó lo que Vivian había dicho frente a los casilleros, que
Chase le había pedido que no lo llamara así. ¿Qué significaba eso? Tras dudarlo
un momento, Jung-in susurró.
“...
Chay”.
En
ese instante, como si ya no pudiera contenerse más, Chase abrazó a Jung-in con
fuerza. Su calor corporal y sus brazos poderosos lo envolvieron. Jung-in sintió
que su corazón iba a estallar.
Fue
entonces cuando la puerta del vestuario se abrió de golpe. Alex Martínez, que
entraba a toda prisa, los descubrió y rápidamente desvió la mirada.
“¿Aún
no han termina...? ¡Ay, perdón! ¡Mala mía!”.
Sumamente
avergonzado, Jung-in empujó a Chase con fuerza y salió corriendo por el
pasillo. Chase, desconcertado, solo pudo ver cómo se alejaba.
“¡Tienes
que venir a verme! ¡Lo prometiste, Jay Lim!”.
Gritó
Chase con fuerza hacia la figura que desaparecía.
“Ugh...”.
Presa
del pánico y sin mirar atrás, Jung-in levantó el dedo medio en señal de
protesta. A sus espaldas, escuchó la risa jovial de Chase.
***
Cuando
Jung-in regresó a la sala del club, el aula estaba en silencio, solo se
escuchaba el rasgueo de los lápices sobre el papel. Todos estaban concentrados
en sus problemas matemáticos.
Al
sentarse con cuidado, Justin le pasó discretamente la hoja de ejercicios que
había guardado para él.
“Gracias”.
Susurró
Jung-in.
Dudó
un momento antes de empezar a escribir. Sentía que debía decirle a Justin que
había cambiado de opinión y que iría al partido.
“Oye...
Justin”.
Justo
cuando iba a hablar, Justin le extendió su teléfono celular. En la pantalla se
veía una entrada digital. Tenía el logo del águila de Wincrest High y el del
delfín de Danbury High en las esquinas, con un código QR grande en el centro.
La
mirada de Jung-in se detuvo en el texto de abajo.
[Estudiantes:
2 personas]
Justin
ya había comprado las entradas. Los ojos de Jung-in temblaron. Trató de decir
algo, pero Justin se le adelantó.
“He
estado pensando por qué odiaba tanto a Chase Prescott”.
Dijo
Justin, mirando al vacío como si recordara el pasado.
“Ese
tipo tiene todo lo que yo quiero con demasiada facilidad. Solo por el hecho de
haber nacido”.
Una
fortuna familiar que ocupaba el séptimo lugar en el sector financiero de EE.
UU., un rostro agraciado con cabello rubio y ojos azules, un cuerpo atlético,
una coordinación natural y una inteligencia que le permitía mantener notas
altas sin esforzarse tanto. Chase parecía tenerlo todo.
“Pero
lo peor es que parecía no importarle nada de eso. Como si fuera el protagonista
cínico de un cómic de héroes... Eso me molestaba muchísimo”.
Justin
estaba confesando algo que nunca antes había admitido en voz alta. Jung-in
escuchaba en silencio.
“Pero
resulta que incluso alguien así desea cosas con desesperación y hay cosas que
no puede tener. Por eso... ahora me cae un poco menos mal. Se siente como una
persona real”.
Jung-in
miró la entrada en el teléfono. Su corazón latía con fuerza.
“Éramos
el ‘Club de los que odian a Chase’”.
Continuó
Justin con una sonrisa algo amarga.
“Pero
tal vez, en el fondo, éramos el ‘Club de los que admiran a Chase’”.
Jung-in
se sintió invadido por emociones complejas. Lo único claro era que no se podía
contar la historia de su adolescencia sin mencionar a Chase Prescott. Él era el
protagonista de su diario de secretos y el centro de sus recuerdos más
intensos.
“Te
ayudaré a que te vaya bien con él, pero a cambio tienes que conseguir que me
inviten a una de esas famosas fiestas en la piscina de la mansión Prescott”.
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“¡Justin!”.
Jung-in
le dio un pequeño golpe en el brazo. Su rostro estaba encendido por la
expectación, aunque la confusión aún persistía.
***
El
Prescott Family Stadium estaba rebosante de energía esa noche de viernes. El
cielo se teñía de azul oscuro, pero las luces del estadio brillaban como si
fuera mediodía.
Estudiantes,
padres y residentes locales se habían reunido, convirtiendo el lugar en un
pequeño festival. El partido tenía un propósito noble: recaudar fondos para
reconstruir el ala pediátrica destruida por un incendio, lo que unía a la
escuela y a la comunidad.
Había
largas filas en las taquillas y una corriente interminable de coches en el
estacionamiento. El aire estaba impregnado del aroma dulce de las palomitas de
maíz y el olor de los perritos calientes y nachos.
“Deben
haber recaudado mucho dinero”.
Comentó
Justin mirando las gradas repletas.
En
la parte superior, parejas de ancianos compartían té de sus termos bajo mantas.
Más abajo, los estudiantes vestían camisetas con el logo de la escuela y
llevaban la cara pintada de color rojo borgoña, riendo y tomando fotos para sus
redes sociales.
“¡Ah,
lo siento!”.
Jung-in
se disculpó con un niño con el que tropezó mientras buscaba su asiento. El
niño, emocionado con su pintura facial, ni se inmutó.
En
un lado del campo, la banda de música se preparaba. Los guantes blancos se
movían ágilmente sobre instrumentos brillantes. Los vientos y saxofones
afinaban mientras la percusión marcaba ritmos ligeros.
“¡Listos!
¡Uno, dos, tres!”.
Las
animadoras, lideradas por la capitana senior, también calentaban. Allí estaban
Vivian Sinclair, Madison Wilkes y Hailey Simmons.
Un
fuerte redoble de tambores anunció el inicio del desfile. Las mascotas (el
águila y el delfín) salieron saltando, bailando de forma graciosa ante los
aplausos de los niños.
De
pronto, las luces principales se apagaron y toda la atención se centró en el
túnel central. Una voz potente retumbó por los altavoces.
“¡Damas
y caballeros! ¡Recibamos a nuestro equipo, los Wincrest!”.
Al
encenderse las luces, los jugadores aparecieron rompiendo una pancarta de
papel. Con sus enormes hombreras, chocaban sus cascos para darse ánimos.
Chase
Prescott encabezaba la fila. Su número 7 brillaba bajo los focos. Al saludar a
las gradas, estalló una ovación ensordecedora. La gente coreaba su nombre y
grababa con sus móviles.
La
mirada de Chase recorrió las gradas hasta que se detuvo en un punto fijo.
Aunque el casco dificultaba verlo, era evidente que miraba hacia ellos. Justin
le dio un codazo a Jung-in.
“¡Te
está mirando! ¡Mira para acá! ¡Aquí! ¡Aquí!”.
Justin
agitaba los brazos como loco, señalando a Jung-in.
A
Jung-in le ardió la cara. Supo que sus miradas se habían cruzado. Para
confirmarlo, Chase saludó con la mano hacia su dirección.
“¡Un
equipo, un sueño! ¡Wincrest!”.
Las
animadoras tomaron el centro del campo y el ambiente se calentó aún más.
Agitaban pompones dorados con movimientos precisos y acrobacias de alto nivel.
Hailey Simmons realizó una maniobra increíble, abriéndose de piernas en la cima
de una pirámide humana.
La
banda tocaba con energía vibrante, los metales lideraban la melodía y los
tambores mantenían el ritmo. El estadio era un hervidero de emociones.
Los
jugadores se reunieron en el centro para una breve charla táctica. Chase
chocaba cascos con sus compañeros gritando consignas de victoria.
¡Fuiiiiiit!
El
silbato marcó el inicio. El balón voló alto en el saque inicial y los jugadores
corrieron a toda velocidad. Las banderas rojas ondeaban como olas en las
gradas. El estadio parecía un organismo vivo.
“Por
esto es imposible no amar la secundaria”.
Dijo
Justin, sacudiendo la cabeza con admiración ante la energía y el sentido de
pertenencia.
Jung-in
asintió, aunque no tuvo mucho tiempo para reflexiones.
“¡Prescott!”.
Ante
los gritos, la mirada de Jung-in buscó a Chase. Situado justo detrás del
centro, Chase se agachó con una mano en la rodilla, vigilando el campo. Sus
ojos brillaban con intensidad tras la rejilla del casco.
“¡Azul
42! ¡Azul 42! ¡Set! ¡Hut!”.
En
cuanto gritó, el centro le pasó el balón. Chase lo recibió y retrocedió con
agilidad buscando opciones. Frente a él, Darius Thompson bloqueaba con firmeza
a los defensores contrarios, protegiendo a su mariscal como un muro humano.
Chase
se movió hacia la derecha con una visión de juego asombrosa. Brian Cole realizó
un placaje perfecto abriendo un hueco, y Chase escaneó el campo.
El
corredor Max Schneider corría a toda velocidad por la banda derecha. Chase fijó
su mirada en él y lanzó el balón. El ovoide giró perfectamente en el aire.
El
balón aterrizó justo en los brazos de Max. El público contuvo el aliento y
luego estalló en júbilo. Max esquivó a los defensores gracias al espacio que
Chase había ayudado a crear.
“¡Vamos,
Max! ¡Hasta el final!”.
Max
cruzó la línea de anotación con sus últimas fuerzas.
“¡TOUCHDOWN!
¡WINCREST!”.
El
estadio se volvió una locura. Las animadoras saltaron, la banda tocó un himno
de victoria. Chase levantó la mano hacia Max, quien corrió hacia él para chocar
las palmas con una gran sonrisa.
El
equipo de Chase dominó el partido hasta el pitido final. El marcador terminó
35-21. Fue una victoria aplastante pero emocionante.
Tras
el juego, el entrenador dio una breve charla. Los jugadores escuchaban con
respeto antes de dispersarse para reunirse con sus familias y amigos. Algunos
corrían a abrazar a sus novias.
Chase
se quitó el casco y caminó con paso firme hacia las gradas. Muchos le daban
palmaditas en la espalda felicitándolo, pero él seguía adelante hasta que se
detuvo frente a Jung-in. Su cabello dorado estaba empapado de sudor y tenía
trozos de césped por todo el uniforme, pero se veía radiante.
“Jay”.
Al
oír esa voz grave, Jung-in sintió que el mundo se detenía. Su corazón latía con
tanta fuerza que parecía sonar en sus oídos. Chase lo miraba con una intensidad
tal que parecía que no existiera nadie más en el mundo.
“Ejem”.
Justin
carraspeó para hacerse notar. Chase desvió la mirada hacia él.
“Ah,
tú también estabas aquí, Jonathan”.
“¿Jonathan?”.
Jung-in
frunció el ceño confundido.
Justin
dio un paso adelante con valentía. Era hora de decir la verdad, por vergonzosa
que fuera.
“Chase
Prescott. Parece que nos veremos seguido, así que presentémonos bien”.
Dijo
Justin con una sonrisa.
“Mi
nombre no es Jonathan, ni Jacob, ni Jasper. Soy Justin. Justin Wong”.
El
rostro de Chase pasó por la sorpresa y la confusión antes de llegar al alivio.
Estrechó la mano de Justin con una mueca de incredulidad.
“Justin.
Finalmente”.
“¡Agh!”.
Debido
a la fuerza de Chase (o quizás a propósito), Justin se retorció del dolor al
sentir el apretón. Chase sonrió sin soltarlo. Cuando finalmente lo dejó ir,
Justin sacudió su mano adolorida.
“Entonces...”.
Preguntó
Chase con sospecha.
“¿Quién
es ese tipo de ‘abdominales increíbles’ de Midtown High que hace parkour y
compite en el decatlón académico?”.
Jung-in
intervino confundido.
“¿Abdominales
increíbles? ¿De qué están hablando?”.
“Ese
chico, Peter, de Midtown High...”.
Insistió
Chase.
Jung-in
entendió enseguida y soltó una carcajada.
“¿Peter
Parker? ¿Hablas de Spider-Man?”.
Chase
se quedó mudo. Luego dejó escapar un suspiro de frustración y una risa amarga.
Se sentía ridículo por haber estado celoso de un personaje de cómic.
Entonces,
una idea cruzó su mente.
“Un
momento... ¿fueron ustedes? ¿Los que escribieron el Libro Escarlata?”.
“¡Hic!”.
Justin
tuvo un ataque de hipo por el susto.
“Yo...
hic... no escribí ningún Libro de Secretos... hic”.
“¿Libro
de Secretos? ¿Así se llama? Sabía que Jay no lo había escrito solo. Había dos
tipos de letra”.
El
hipo de Justin era prácticamente una confesión. Jung-in jugueteaba con sus
manos, nervioso. Ante esos dos ‘nerds’ que no sabían mentir, Chase se llevó una
mano a la frente riendo.
“Me
parecía raro que Jay escribiera cosas sobre ‘órganos vestigiales’. Ya veo,
había un coautor”.
Esta
vez, Chase le tendió la mano a Justin con sinceridad.
“Soy
Chase Prescott, un gran fan de su "Libro de Secretos". Lo leí con
mucha atención”.
Justin
lo miró con cautela, pero vio que Chase no estaba burlándose; parecía un fan
conociendo a sus autores favoritos.
“¿Y.…
hubo alguna parte que te gustara especialmente?”.
Preguntó
Justin con valor.
“¡Justin!”.
Lo
reprendió Jung-in.
“Hay
demasiadas frases memorables”.
Respondió
Chase riendo.
“Pero
dejaremos el club de lectura para otro día. ¿Me permites llevarme a Jay un
momento?”.
“Claro.
Concedido”.
Dijo
Justin.
Jung-in
resopló ante el intercambio de palabras entre ellos, pero Chase ya lo llevaba
de la mano hacia la salida de las gradas. El agarre de Chase era ardiente,
probablemente por la adrenalina del partido.
“¡Estuviste
genial, Chase!”.
“¡Prescott,
increíble hoy!”.
Todos
los saludaban al pasar. Nadie parecía extrañado de verlos caminar de la mano;
el aura de Chase Prescott hacía que la situación pareciera natural ante los
ojos de los demás.
“¡Jay!”.
Gritó
una voz alegre.
Era
Madison Wilkes, con su uniforme de animadora. Se acercó con una sonrisa
radiante.
“¿Viniste
a ver el partido?”.
“Sí”.
Respondió
Jung-in con timidez.
“¿Me
viste? ¿Qué tal estuve?”.
“Estuviste
increíble. Pero ese salto mortal (back flip) se veía peligroso”.
“No
es para tanto”.
Dijo
ella con orgullo.
“¿Estás
bien de la rodilla? ¿No te duele?”.
Preguntó
Jung-in, recordando su cirugía.
En
ese momento, Chase apretó con fuerza la mano de Jung-in. Él lo miró de reojo,
pero volvió su atención a Madison.
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“Estoy
bien, no soy una debilucha. Soy la flyer estrella de Wincrest”.
Dijo
ella guiñando un ojo.
A
pesar de sus palabras presuntuosas, Madison parecía secretamente conmovida por
la preocupación de Jung-in.
“Madison,
¿no deberías irte ya? Parece que las otras animadoras se están reuniendo”.
Intervino
Chase, incapaz de aguantar más. Su tono fingía amabilidad, pero escondía un
matiz de afilada impaciencia.
“¿Ah,
sí? Bueno, les diré que fui al baño”.
Respondió
ella con naturalidad, ignorando por completo la hostilidad de Chase. Luego,
volvió a dirigirse a Jung-in.
“¿Te
comiste los chocolates?”.
“Sí.
Estaban riquísimos. Gracias por lo del casillero también”.
“No
fue nada. ¡Nos vemos!”.
Madison
se despidió con la mano, satisfecha con la reacción de Jung-in, y se alejó.
Chase
frunció el ceño y soltó una ráfaga de preguntas.
“¿Chocolates?
¿Qué chocolates? ¿Y qué es eso del casillero? ¿De qué están hablando?”.
Jung-in
respondió con calma.
“Hace
unos días, cuando llegué a la escuela, mi casillero estaba decorado. Había una
postal adentro. No sabía quién lo había hecho, pero resultó ser Madison.
También me dio flores y chocolates”.
Jung-in
sonrió suavemente al recordar el momento. En cambio, el rostro de Chase se
deformó como si acabara de beber leche cortada. Recordó lo que Max le había
dicho sobre que Madison le había ‘propuesto’ algo a Jung-in; pensó que solo le
habría preguntado si quería ir al baile, pero esto era mucho más serio de lo
que imaginaba.
“Eso
es bastante... romántico”.
Chase
se quedó sin palabras. Su propia declaración de amor, tan falta de estilo, se
sentía ahora como un bumerán que lo golpeaba en la nuca.
‘Si
para poder hablar y reír contigo como antes tenemos que salir, está bien.
Salgamos’.
¿Qué
clase de idiota pedía salir con alguien de esa manera? Jung-in merecía palabras
mucho más bellas, cálidas y románticas. Había empezado con el pie izquierdo, y
de la peor forma. Sentía una profunda frustración al pensar que esa frase
quedaría grabada para siempre en la memoria de Jung-in como su primera
propuesta.
“Y...
¿qué te dijo Madison?”.
“Que
fuéramos juntos al baile de graduación (Prom)”.
A
Chase se le secó la garganta.
“¿Y?
¿Qué le respondiste?”.
“Que
de todos modos no puedo ir. Ese día tengo una competencia de matemáticas”.
“¿Ah,
sí?”.
En
cuanto escuchó que no podía ir, una sonrisa radiante iluminó el rostro de
Chase.
“¿Por
qué te ríes?”.
“¿Yo?”.
“Te
estás riendo”.
“No
es cierto”.
“Mírate
en un espejo, Prescott”.
“Chay”.
“...”.
Jung-in
cerró la boca de inmediato, como si ese apodo todavía le resultara incómodo,
como si no le perteneciera.
“Le
dije a Vivian que no volviera a llamarme así. Si quieres, se lo diré también a
mi madre. Para que solo tú puedas decirme así”.
Jung-in
lo miró con incredulidad. Al sentir la mirada de esos ojos negros ligeramente
rasgados, Chase sintió un cosquilleo extraño y comenzó a golpearse el muslo con
el puño. Ante el silencio de Jung-in, Chase continuó intentando convencerlo
como un vendedor persistente.
“Jay
y Chay. Hacen una buena pareja. Como dos guisantes en una misma vaina”.
Finalmente,
una voz pequeña escapó de los labios de Jung-in:
“...
Chay”.
“¡Sí!”.
La
voz de Chase resonó por todo el pasillo. Al verlo celebrar por el simple hecho
de haber sido llamado por su nombre, Jung-in no pudo evitar soltar una
carcajada. Con el rostro más relajado, Chase volvió a tomar la mano de Jung-in,
esta vez sin dudar ni apresurarse.
El
vestuario al que entraron era un caos de ruido. En un aire cargado de olor a
sudor, césped y tierra, los jugadores seguían eufóricos, gritando y chocando
palmas. Había cuerpos semidesnudos por doquier. Chase hizo que Jung-in, que no
sabía hacia dónde mirar, se sentara en el banco frente a su casillero.
“Yo...
mejor espero afuera”.
Cuando
Jung-in intentó levantarse, Chase lo sujetó por los hombros para que se quedara
sentado.
“Ni
hablar. Si te escapas, ¿qué hago yo?”.
Mientras
Jung-in miraba fijamente sus propios pies, Chase se sujetó el dobladillo de la
camiseta y se la quitó lentamente. Luego, arqueó los brazos hacia atrás para
desabrochar los cierres de sus hombreras. El equipo de protección cayó al
suelo.
Jung-in
levantó la vista un momento y vio la espalda de Chase. A través de la delgada
camiseta de compresión, se marcaban los relieves de sus músculos. Su espalda
formaba un triángulo invertido, ancha y poderosa. Su cabello dorado, empapado
de sudor, se pegaba a su nuca.
Chase,
tras quitarse también la camiseta de compresión, soltó el cordón de sus
pantalones mientras respiraba pesadamente. Jung-in bajó la mirada al suelo de
inmediato. Mientras estudiaba los patrones del suelo de linóleo, un objeto de
plástico negro en forma de triángulo alargado cayó frente a sus zapatos.
“Vaya...
¿podrías recogerlo por mí?”.
Cualquiera
podía ver lo que era: en la pieza negra decía ‘XL’. Era una cocha o protector
de entrepierna, también conocido como ‘athletic cup’ (copa atlética). La mirada
confusa de Jung-in se clavó en el plástico negro.
¿Por
qué tiene que estar escrita la talla aquí? Qué vergüenza,
pensó.
Para
no parecer que estaba haciendo un drama de algo común, Jung-in recogió el
protector usando el pulgar y el índice como si fueran pinzas. Al sentir el
calor residual del objeto, se sintió aún más extraño y se lo lanzó diciendo.
"¡Toma!".
Escuchó
la risa baja de Chase. Era evidente que lo había hecho a propósito para
molestarlo, aun cuando él mismo podía haberlo recogido.
“Voy
a ducharme. Espérame un momento”.
Jung-in
se tensó ante el simple gesto de Chase rodeándole el hombro antes de irse.
Incluso después de que desapareció en las duchas, Jung-in no se atrevió a
levantar la cabeza. Le dolía el cuello de tanto mirar al suelo.
Tras
un rato de estirarse, vio a Chase acercarse. Su enorme figura llenaba su campo
de visión. Solo llevaba una toalla blanca envuelta a la cintura. Al ver que Jung-in
volvía a bajar la cabeza rápidamente, Chase dijo con tono de decepción fingida.
“No
me miras. Era la oportunidad de limpiar la mala reputación que me pusiste en
ese cuaderno”.
Tras
burlarse una vez más, Chase se vistió con parsimonia. Se escuchaba el roce de
la tela contra la piel. Un aroma a jabón fresco, desodorante empolvado y un
ligero toque amaderado de colonia inundó el aire. Jung-in cerró los ojos e
inhaló ese aroma sin querer; era un olor único, mezcla de muchacho y hombre.
“Ya
estoy listo”.
Chase
lucía como siempre: camiseta, pantalón y su chaqueta varsity. Pero debido a su
buen físico, no parecía una vestimenta ordinaria. Con su cabello dorado y ojos
color Mediterráneo, no necesitaba más accesorios.
“Vámonos”.
Chase
le tendió la mano y, tras vacilar un instante, Jung-in la tomó para levantarse.
Nada más salir al pasillo, Chase rodeó con naturalidad la cintura de Jung-in
con su brazo. Su mano grande envolvía su costado. Una vez que tomaba una
decisión, Chase no dudaba; no le importaba quién los viera.
Pero
Jung-in era diferente. Salvo los abrazos de su madre, nadie lo había tocado
así. Se sobresaltó tanto que se apartó de un salto, quitándose la mano de Chase
de encima y mirando frenéticamente a su alrededor. Fue un gesto de rechazo algo
exagerado para un contacto tan ligero. Chase se encogió de hombros, un poco
cortado. En ese momento, Chase no sabía que esto era solo el preludio de lo que
estaba por venir.
Chase
llevó a Jung-in al estacionamiento. Intentó abrirle la puerta del copiloto,
pero Jung-in fue más rápido y se interpuso.
“No
hace falta que me abras la puerta”.
Su
voz era tranquila, pero había una sutil espina en sus palabras. Ese ‘Yo’ (Yo no
necesito...) resonó en los oídos de Chase, como si quisiera marcar una
distancia entre él y las personas que se habían sentado en ese asiento antes.
Aunque Chase estaba tan fascinado con Jung-in que no sabía qué hacer, se sintió
un poco herido, pero no quiso empezar su primera cita discutiendo por
nimiedades.
Iba
a entrar al coche cuando de repente se detuvo.
“¿Qué
pasa?”.
Preguntó
Jung-in.
“Lo
siento, creo que olvidé algo. ¿Me esperas un momento?”.
“Sí”.
Respondió
Jung-in mientras sacaba un libro de su mochila y lo abría sobre sus rodillas.
Era un libro de la biblioteca escolar, con las esquinas desgastadas por el
tiempo.
Chase
sonrió al ver que Jung-in no desperdiciaba ni un segundo de espera sin leer.
Caminó rápido hacia el edificio escolar y se detuvo frente al casillero de Jung-in.
Allí estaba la decoración de Madison con sus postales y calcomanías. Una frase
en particular le llamó la atención:
NO HACER
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[La
inteligencia es la verdadera sensualidad]
Chase
frunció el ceño. Estaba de acuerdo, pero ahora esa sensualidad solo debía ser
para él. Madison ya no tenía nada que ver. Tras mirar la frase fijamente,
arrancó la postal, la hizo una bola y la lanzó con precisión a un bote de
basura. Solo entonces sintió que el nudo en su pecho se relajaba un poco.
***
Cuando
el coche de Chase aceleró por Bellacove Avenue, Jung-in preguntó mientras se
sujetaba el cabello alborotado por el viento,
“¿A
dónde vamos?”.
Chase
sonrió al oír la palabra ‘vamos’ (en plural).
“Tengo
hambre. Vamos a cenar”.
Jung-in
asintió, pensando que era lógico después de un partido. Poco después, llegaron
al mismo diner de la otra vez.
‘Sally's
Diner’.
El
letrero de neón iluminaba la entrada. Al entrar, el lugar estaba mucho más
lleno. Su mesa junto a la ventana estaba ocupada, así que se sentaron en una
mesa al rincón.
“¡Eh!
Tú eres el mariscal de Wincrest, ¿verdad? ¡Gran partido el de hoy!”.
Le
gritó un hombre que cenaba con su familia.
“¡Ese
pase tras el dropback (Pase de retroceso) fue magistral! ¡Yo invito la cena de
su mesa!”.
“No
es necesario, de verdad”.
Respondió
Chase amablemente, aunque el hombre insistió en pagar al menos las bebidas.
Jung-in
se sentía como el mánager de una celebridad. Pronto llegó la camarera y Chase
volvió a pedir una cantidad ingente de comida: dos hamburguesas con queso, las papas
fritas más grandes, batidos de chocolate y vainilla, gofres y tarta de manzana.
“¿Te
vas a llenar con eso? Comes tan poco que pareces una pluma”.
Le
dijo Chase a Jung-in cuando este pidió solo un sándwich de queso a la plancha.
Ante la mirada seria de Jung-in, Chase rectificó rápido.
“Está
bien, no diré nada más”.
Mientras
esperaban, Jung-in se fijó en algo en un rincón.
“¿Ah?
Eso es...”.
“Una
rocola (jukebox) antigua”.
Jung-in
se acercó a la máquina de color menta protegida por un cristal. Chase se colocó
detrás de él, apoyando las manos a ambos lados de la rocola, dejando a Jung-in ‘atrapado’
entre sus brazos.
“¿Tienes
que estar precisamente ahí parado?”.
Chase
fingió no oírlo y acercó su rostro al de él. Su mejilla rozó la punta de la
oreja de Jung-in.
“¿Preguntamos
si funciona?”.
Susurró
Chase. Su voz aterciopelada le erizó la piel a Jung-in, quien asintió
tímidamente.
Chase
fue a buscar monedas mientras Jung-in intentaba recuperar el aliento. En su
cultura le habían enseñado a respetar el espacio personal, pero con Chase eso
parecía no existir.
“¿Qué
canción quieres escuchar?”.
Preguntó
Chase al volver con las monedas.
Jung-in
miró las etiquetas amarillentas, pero no conocía ninguna. Chase le sugirió ‘Sugar-Coated
Melody’ de Frankie Holloway.
“Me
suena el título, pero no sé cómo es”.
“Escúchala
entonces”.
Dijo
Chase dándole la moneda.
Jung-in
la insertó y el mecanismo cobró vida. El brazo robótico buscó el disco de
vinilo y lo colocó en el plato. Tras el característico siseo del analógico, una
melodía nostálgica llenó el lugar:
-Oh,
como miel en mis labios, mi dulce amor...
“¡Ah!
¡Esta canción!”.
Jung-in
la reconoció. Era esa balada clásica que sonaba en todas las películas cuando
una pareja se acercaba en una escena romántica.
Chase
puso su mano sobre la de Jung-in, que descansaba sobre la rocola. Ambos
sintieron un escalofrío. La letra sobre la necesidad de amor y el sonido del
vinilo viejo crearon una atmósfera íntima, pero Jung-in, sintiéndose incómodo
con el contacto, retiró la mano.
“Seguro
ya va a salir la comida. Vamos”.
Jung-in
se escabulló bajo el brazo de Chase y volvió a la mesa, dejando a Chase solo
frente a la rocola que seguía cantando:
-Abrázame
una vez más, necesito tu amor.
***
Al
ir a pagar, descubrieron que alguien ya había cubierto la cuenta. Chase se
encogió de hombros, acostumbrado a estos gestos, y llevó a Jung-in al coche.
Esta vez, Jung-in se recostó y miró el cielo estrellado.
“Mira,
la Estrella Polar. Brilla mucho hoy”.
Chase
no miraba el cielo, lo miraba a él. Bajó la velocidad del coche, queriendo que
el momento durara más.
“¿Sabías
que... dentro de mil años, la Estrella Polar ya no marcará el norte exactamente?
El eje de la Tierra se mueve”.
Dijo
Jung-in con voz pausada y algo melancólica.
“Parece
que nada es eterno”.
A
Chase no le importaba el eje de la Tierra; solo le importaba Jung-in. Sentía
que su pecho se hinchaba de emoción. Nunca había conocido a alguien así,
alguien que lo hiciera sentir tan cómodo y a la vez le acelerara tanto el
pulso.
El
coche se detuvo frente a la modesta casa de dos pisos en Willow Street. Chase
apagó el motor y las luces, dejando que la oscuridad los envolviera. Se giró hacia
Jung-in, apoyando una mano en el volante y otra en el reposacabezas del
copiloto.
“Estás
en problemas”.
Dijo
Chase con voz suave.
“Vas
a ser terriblemente feliz de ahora en adelante”.
Jung-in
parpadeó confundido. Chase pensó que tenía que recuperar sus gafas pronto,
porque no quería que otros vieran lo hermoso que era su rostro sin ellas.
“Voy
a hacerlo muy bien”.
Dijo
Chase, acariciando la mejilla de Jung-in con extrema delicadeza.
Chase
se inclinó lentamente. Sus ojos bajaron a los labios de Jung-in, que brillaban
en la penumbra. Estaba a punto de besarlo cuando...
“Espera”.
La
palma de la mano de Jung-in se interpuso entre ambos.
“¿Q-qué
intentas hacer?”.
Preguntó
Jung-in con voz ahogada tras su mano.
“Pues...
obviamente...”.
“¿Ibas
a.… besarme?”.
“...
¿Probablemente?”.
“¿Por
qué?”.
Se
quedaron congelados. Jung-in se pegó al respaldo del asiento.
“N-ni
siquiera somos novios”.
“...
¿No lo somos?”.
Chase
se vio genuinamente confundido.
“¡Nunca
dijiste nada!”.
“¿Hay
que decirlo con palabras?”.
En
Corea, una relación se establece formalmente y hasta se cuenta el ‘día 1’. En
Estados Unidos, aunque se celebran hitos, no siempre se fija una fecha exacta
de inicio.
“¿Entonces
cómo saben si son novios?”.
Preguntó
Jung-in sin quitar la mano de su boca.
“Si
hay que hacer una declaración, la haré ahora: Yo, Chase Alexander Prescott,
tomo a Jay Lim como mi...”.
“¡No!
No es eso...”.
Hubo
un silencio. Chase comprendió que Jung-in necesitaba claridad y seguridad.
“Te
quiero de verdad, Jay. Tengo muchas ganas de llamarte Jung-in. Ese nombre
significa ‘amado’, ¿verdad? Por eso quiero esperar a que seamos algo real para
usarlo. Así que, Jay... ¿quieres ser mi novio?”.
Chase
besó la palma de la mano de Jung-in que aún cubría sus labios. Jung-in encogió
los dedos, pero Chase no se retiró y besó cada uno de sus nudillos.
“Eso...
es complicado”.
Respondió
finalmente Jung-in.
“...
¿Eh?”
Chase
no podía creerlo.
“Ya
somos seniors. Tenemos que escribir ensayos para la universidad, mantener las
notas... Además, tengo mi competencia de matemáticas y luego las solicitudes de
ingreso. Tú estás igual. No creo que sea el mejor momento para tener una
relación”.
Chase
dejó caer su frente sobre el hombro de Jung-in.
Cielos...
me está rechazando de forma tan lógica y aun así es adorable,
pensó. Inhaló el aroma a jabón de su cuello.
“Está
bien”.
Dijo
Chase con una sonrisa desafiante.
“Vamos
a ver qué pasa, Jay Lim”.
Chase
decidió que esto era un nuevo comienzo. Borraría su mala primera declaración y
escribiría una nueva historia desde cero. Sentía un deseo que nunca antes había
experimentado.
“Voy
a esforzarme por conquistarte”.
“No
hace falta eso”.
Jung-in
empujó los hombros de Chase hacia el asiento del conductor. El atleta que
resistía placajes de hombres gigantes cedió fácilmente ante el pequeño empujón
de Jung-in.
“Gracias
por la cena. Adiós, Prescott”.
Jung-in
intentó abrir la puerta, pero Chase echó el cierre centralizado.
“Te
equivocaste. Inténtalo de nuevo”.
Dijo
Chase con frialdad fingida.
Jung-in
suspiró y cedió.
“Adiós...
Chay”.
Click.
Las puertas se abrieron. Chase sonreía con la victoria. Jung-in bajó del coche,
pero Chase no arrancó.
“¿Por
qué no te vas?”.
“Ya
vi mucho tu cara, ahora quiero ver tu espalda mientras te vas”.
Jung-in
caminó hacia su casa bajo la mirada atenta de Chase, quien no se marchó hasta
que vio la luz de la habitación de Jung-in encenderse en el segundo piso.
***
A
la mañana siguiente, Su-ji leyó el borrador del ensayo de Jung-in mientras
desayunaba.
“Hmm...
Se nota que el autor de este ensayo es alguien muy inteligente”.
Dijo
ella dejando el papel.
“¿De
verdad?”.
Jung-in
se ilusionó.
NO HACER
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“No
es un cumplido. Si leo el segundo párrafo, me voy a quedar dormida antes de ir
al trabajo. Es demasiado denso. Creo que a la universidad no le interesa lo que
pensaba Nietzsche, les interesas tú”.
Jung-in
salió de casa reflexionando sobre las palabras de su madre. Al llegar a donde
estaba su bicicleta, se detuvo. El deportivo plateado de Chase estaba allí.
“¿Qué
haces aquí?”.
“Vine
a buscarte”.
Dijo
Chase señalando el asiento del copiloto.
Allí
estaba sentado ‘Snowball’, el peluche de hurón, con su cinturón de seguridad
puesto.
“¿Se
pasó la noche llorando otra vez?”.
Bromeó
Jung-in.
“Uf,
ni me lo digas. Tuve que calentarle leche y darle palmaditas hasta que amaneció
y le prometí que lo traería con su otro papá”.
Jung-in
suspiró divertido.
“Espera,
voy a dejar ‘esto’ en mi cuarto”.
“¡Jay!
‘Esto’ es muy cruel para nuestro hijo”.
“...
Voy a dejar a ‘este niño’ en mi cuarto y vuelvo”.
Jung-in
dejó su mochila en el coche, tomó al peluche como si fuera un bebé real y lo
llevó adentro. Lo dejó sobre su almohada. Al ver al pequeño muñeco allí, sintió
que su habitación finalmente estaba completa.
