11. Balón perdido

 


11. Balón perdido

 

“Me dijo: ‘Entonces salgamos’, como como si me estuviera haciendo un favor. Estuve a punto de golpearlo”.

“¡Ja! Qué arrogante”.

Justin soltó una risa burlona, con el rostro lleno de incredulidad.

Ahora Jung-in no tenía ni un solo secreto con Justin. No ocultar nada le hacía sentir aliviado, y el sentimiento de empatía era cálido y reconfortante. Sentía remordimiento por no haberle contado todo antes.

Justin, que escuchaba lo sucedido la noche anterior, se dio golpecitos en la barbilla con el dedo como un detective concentrado en una deducción.

“Eso de que nunca salió con Vivian es 100% mentira”.

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“¿Tú crees? No me pareció que estuviera mintiendo...”.

“Míralos a los dos. ¿Crees que dos personas tan perfectas podrían aguantar sin salir? Ese tipo de gente está programada genéticamente para atraerse mutuamente”.

Las palabras de Justin eran extrañamente convincentes. Quizás, aunque su cabeza sabía que era una mentira obvia, su corazón no quería aceptarlo. Jung-in se sumió en sus pensamientos por un momento y luego asintió con amargura.

Justin observó con cautela la expresión de Jung-in y finalmente abrió la boca para preguntar algo que quería saber desde hacía días.

“Oye... no sé si puedo preguntarte esto”.

“¿Eh? ¿Qué cosa?”.

Jung-in parpadeó con inocencia.

“Entonces... ¿eres gay?”.

Ante la pregunta de Justin, el rostro de Jung-in se llenó de confusión. Esa duda había contribuido a que su pubertad fuera especialmente difícil. Jung-in aún no podía definir con certeza su identidad sexual.

“No lo sé. Pero la última persona que me gustó fue una chica...”.

“¿Cuándo?”.

“Antes de venir a Estados Unidos. Creo que en tercer grado de primaria”.

“Hum... Entonces supongo que te gustan ambos”.

Jung-in se encogió de hombros, indicando que él tampoco lo sabía con seguridad.

“¡Vaya! ¡Entonces tus probabilidades de encontrar pareja se han duplicado! Qué suerte tienes, suertudo...”.

Justin lo miró con envidia sincera. Jung-in soltó una risita ante su reacción y, como si recordara algo, sus ojos brillaron.

“Ah, y no paraba de preguntarme quién era Justin. Cuando vino a casa, bajé gritando tu nombre pensando que eras tú”.

“Cualquiera diría que está celoso porque le gustas”.

Justin chasqueó la lengua, pero de pronto una sonrisa cruzó su rostro al pensar en algo.

“Jay, no se lo digas”.

“¿Qué?”.

“Si te vuelve a preguntar quién es Justin, no se lo digas. Simplemente finge que hay algo ahí”.

“No creo. Le dije que no volviera a hablarme”.

“Digo, por si acaso. Tengo el presentimiento de que ese tipo no se rendirá tan fácilmente. Ese maldito... tiene la tenacidad de un guapo quarterback”.

Jung-in negó con la cabeza con firmeza, convencido de que eso no pasaría. Sin embargo, Justin sonrió de forma tétrica, moviendo los labios ante un presentimiento desconocido.

***

La predicción de Justin fue exacta. Unos días después, Chase Prescott terminó preguntando de nuevo quién era Justin. Solo que no se lo preguntó a Jung-in.

Justin acababa de bajar en la zona de descenso de la escuela. Al bajar del asiento del copiloto del coche de su madre, sujetó torpemente dos grandes carteles. Entre las cartulinas blancas sobresalían diversos materiales. Tenía una bolsa llena de bolas de poliestireno para representar los pares de bases del ADN; planeaba construir un modelo de doble hélice.

Mientras hacía fuerza para sostener los carteles y la bolsa, alguien se acercó y le quitó los carteles de los brazos.

“Hola”.

Escuchó una voz suave y profunda, del tipo que elegiría para la inteligencia artificial que él mismo desarrollara. Justin giró la cabeza por inercia y sus ojos se abrieron de par en par. Para su incredulidad, allí estaba Chase Prescott.

“Te ayudo. Eres Jonathan, ¿verdad?”.

¿Jonathan? Ahora era Jonathan. Después de Jacob y Jasper, el ‘Libro de Secretos’ de Chase para los nombres seguía creciendo.

Si decía que no, tendría que revelar su verdadero nombre. Sin saber qué hacer, Justin se quedó mudo mirando a Chase.

Lo más desconcertante era que Chase le dedicaba una sonrisa radiante. Esa sonrisa seductora que siempre lanzaba a las chicas estaba sacudiendo la estabilidad mental de Justin.

De cerca era aún más guapo. ¿Cómo podía tener los dientes tan blancos? ¿Usaba pasta blanqueadora diez veces al día? El sol se reflejaba en su cabello rubio y lo deslumbraba. Parecía decidido a dejar ciego a cualquiera que lo mirara.

“Te he visto siempre con Jay. ¿Son muy cercanos?”.

Justin solo pudo asentir con la boca abierta.

“¿Te puedo preguntar algo?”.

“¿Qu-qu-qué cosa...?”.

Chase, con total naturalidad, pasó un brazo por encima de los hombros de Justin. Al mismo tiempo, todas las miradas se centraron en ellos. Justin, que no estaba acostumbrado a la atención, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Solo por estar caminando junto a Chase e intercambiando palabras, era el centro de atención. Se sentía como el estudiante nuevo popular en su primer día.

“Por casualidad, ¿entre los amigos cercanos de Jay hay un tipo llamado Justin?”.

“Hic...”.

“¿Lo conoces?”.

La mirada relajada de Chase se enfrió en un instante. Justin sintió un escalofrío. Estuvo a punto de confesar la verdad, pero en ese momento recordó a Jung-in. No podía darle información al tipo que había lastimado a su mejor amigo.

“Ah, sí... lo conozco”.

“¿Qué clase de tipo es? ¿Va a esta escuela? ¿Es del equipo de natación?”.

“¡No! Él... él va a Midtown High School”.

Midtown High School era el nombre de la escuela de Peter Parker en Spider-Man, uno de los cómics favoritos de Justin. Movió los ojos sutilmente esperando que Chase no se diera cuenta.

“¿Midtown? No me suena esa escuela”.

“Cl-claro que no. No es de este vecindario”.

“... ¿Cómo es él?”.

“Bueno... es un chico muy justo. No es un modelo de belleza como tú, pero... ¡es atractivo! Y es muy ágil, incluso escala paredes...”.

“¿Escala paredes?”.

“¡Pa-parkour! Su hobby es el parkour. Y además... no es muy alto, pero tiene un cuerpo sólido... sus abdominales son increíbles...”.

Justin estaba describiendo a Peter Parker. De reojo vigilaba a Chase por si lo descubría, pero él solo escuchaba con expresión seria, sin sospechar nada. Justin se sintió aliviado y rió para sus adentros.

Típico de los muggles.

“... ¿Ah sí? ¿Un chico atractivo... aficionado al parkour?”.

“S-sí. Así es...”.

Justin empezó a sentir una extraña disonancia en la situación. Chase Prescott siempre se mostraba seguro y relajado. Justin, que siempre vivía con prisas, admiraba esa calma y, en algún punto, empezó a envidiarla. Pero ahora, Prescott estaba perdiendo esa compostura, tratando de sonsacar información a un nerd usando trucos evidentes. Y para colmo, recibiendo información falsa.

“¿Y cómo conoció ese chico de otra escuela a Jay?”.

“¿Eh? ¿Por qué lo preguntas?”.

“Porque tengo curiosidad”.

Era extraño. Se comportaba exactamente como alguien que está enamorado de Jung-in. Justin, aunque le parecía raro, siguió describiendo a Peter Parker.

“Se conocieron en el Decatlón Académico. Él era el representante de su escuela. Me-Midtown High”.

El Decatlón Académico es una competencia académica representativa en EE. UU. donde se compite en literatura, ciencia, matemáticas, ciencias sociales y otras áreas.

El entrecejo de Chase se frunció levemente.

“... Parece que es bueno estudiando si participa en esas cosas”.

¿Será posible? ¿Chase Prescott está celoso? ¿De una persona que ni siquiera existe?

Justin sintió ganas de poner a prueba al gran Chase Prescott.

“Pero hay algo que ni siquiera Jay sabe... Bah, no es nada”.

“¿Qué es?”.

“No, no está bien hablar de los asuntos de otros”.

“Jonathan, lo siento pero no soporto quedarme con la duda”.

Chase insistió con tenacidad. Justin se acercó a su oído y le susurró como si fuera un secreto de estado:

“Creo que a él le gusta Jay”.

En ese momento, Justin lo vio claramente. En los hermosos ojos azules del siempre relajado Chase Prescott, apareció la ansiedad.

¡Madre mía!.

Gritó Justin en su interior.

¡Chase Alexander Prescott está enamorado de mi amigo! ¡El quarterback del equipo varsity ha sido conquistado por la invasión de los nerds!

Sentía ganas de plantar una bandera, tocar tambores y gritar victoria. Esto era un evento al nivel de Aníbal cruzando los Alpes. No, era más que eso. Justin recuperó discretamente sus carteles de las manos de Chase, que seguía aturdido.

“Gracias por ayudarme, Chase Prescott”.

“... No hay de qué. Nos vemos”.

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Justin sentía el peso de las miradas ajenas. Solo por el hecho de que Chase le hubiera llevado la carga y hablado con él, se sentía el centro del universo. Era una sensación embriagadora, y sus hombros se movían con ritmo de felicidad.

Fue entonces cuando.

“Jonathan”.

“¿Sí? ¿Qué pasa, Chase Prescott?”.

Como alguien que dice el nombre completo de una celebridad para presumir ante los demás, Justin repitió el nombre completo de Chase. Se sentía, de alguna manera, superior al gran Chase Prescott. Si Chase era James Bond, él era Q, el que le daba las misiones y el equipo tecnológico.

Chase dudó un momento antes de hablar.

“No sé si Jay te lo contó, pero creo que está un poco enfadado conmigo por mi culpa”.

“¿Qué? ¿De verdad? ¡No tenía ni idea!”.

Dijo Justin con un tono exageradamente teatral.

Chase frunció el ceño extrañado ante el tono, pero volvió a preguntar con seriedad.

“¿Podrías ayudarme a reconciliarme con él?”.

“Hum... no lo sé”.

Justin se rascó la nariz fingiendo dudar. No todos los días se tiene la oportunidad de manipular a Chase Prescott.

“Jonathan, por ahora, ¿podrías darme tu número de teléfono?”.

“Hic”.

Justin empezó a tener hipo por la sorpresa. Chase volvió a arrugar las cejas.

“¿Qué has dicho, Chase Prescott? No te he oído bien. ¿Me estás pidiendo mi número?”.

Justin levantó la voz a propósito. Los estudiantes cercanos se giraron a mirar. Chase pareció desconcertado y algo cauteloso, preguntándose si Justin tenía problemas de audición.

“... ¿Es que no me oyes bien?”.

“¡No! Hic. Te daré, hic, mi número”.

Justin marcó su número en el móvil de Chase y se lo devolvió. Sin embargo, Chase ni siquiera miró el teléfono. Su vista estaba fija en el aparcamiento.

En medio del parking, el maletero de un Honda plateado estaba abierto y de él flotaban globos de colores. Cinco estudiantes estaban en fila sosteniendo tarjetas grandes que formaban la palabra 'P', 'R', 'O', 'M', '?'. Y detrás de ellos, un chico levantó una pancarta que decía: ‘¿Quieres ser mi cita?’.

La chica que recibió el ramo gritó emocionada.

“¡Sí! ¡Iré contigo!”.

La gente alrededor estalló en aplausos y vítores. Se oían los susurros de los curiosos.

"¿Qué te parece esa propuesta?".

"Es muy común. Me gustaría algo más romántico. Si Danny no me hace una buena propuesta, no iré al baile".

"Es el Senior Prom, solo pasa una vez... Si me lo pide como si fuéramos a comer pizza, me daría asco".

Cuando Justin se giró y lo llamó, Chase tenía una expresión desolada. Se revolvió el cabello rubio brillante con los dedos y soltó un insulto en voz baja.

“Maldita sea...”.

Había recordado las palabras que le lanzó tan a la ligera a Jung-in. Esa propuesta sin sentimiento, sin romance, sin esfuerzo.

‘Si para que podamos hablar y reír como antes tengo que salir contigo, está bien. Salgamos’.

Justin le preguntó.

“¿Chase Prescott? ¿Estás bien?”.

“... No”.

En el rostro sombrío de Chase, que no parecía estar nada bien, se reflejaba un profundo sentimiento de derrota.

***

Jung-in llegó a su clase de matemáticas de primera hora antes de lo habitual. Aunque era una clase que compartía con Justin, hoy tenía que entregar una tarea del club a la profesora Amy Williams, la encargada de la Mathlete Society. Entregó los ejercicios resueltos meticulosamente y dijo con cautela.

“Siento lo de este tiempo”.

La señora Williams lo observó un momento, asintió y le habló con suavidad.

“No pasa nada. En la adolescencia, cualquiera puede perder el rumbo. Es una etapa para eso. Lo importante es volver a tu propia órbita”.

Esas palabras reconfortaron el corazón de Jung-in. En las últimas semanas, se había dejado arrastrar. Cegado por nuevas personas y estímulos, había descuidado lo que realmente era importante para él. Pero ahora lo comprendía. Sabía dónde debía estar y en qué debía concentrarse. Esa comprensión calmó su mente, que antes estaba agitada como un lago azotado por el viento.

“Falta poco para la competencia. Lo sabes, ¿verdad?”.

Pronto se celebraría la semifinal de la competencia estatal de matemáticas. El año pasado se quedaron en cuartos de final, así que este año las expectativas eran mayores. Jung-in asintió en silencio, reafirmando su determinación.

En ese momento, Justin entró en el aula con el rostro más radiante de lo habitual.

“¡Jay!”.

Justin tenía las mejillas sonrojadas por la emoción. ¿Se habría cruzado con Haley Simmons en el camino? Mientras se sentaban, otros estudiantes, la mayoría de último año, empezaron a entrar.

Nada más dejar la mochila, Justin se giró hacia Jung-in y le susurró para que solo él lo escuchara.

“Jay. Tengo que preguntarte algo”.

“¿Qué?”.

“Si a Chase Prescott le gustaras de verdad, ¿qué harías?”.

La mirada de Justin brillaba de curiosidad y su rostro mostraba excitación. Sin embargo, Jung-in estaba inusualmente calmado. Su voz sonó tan plana como siempre al responder.

“No lo sé. No creo que cambiara nada”.

“... ¿Eh?”.

Justin, desconcertado, parpadeó.

“He sido muy tonto. No es momento de distraerse. Ni siquiera he empezado los ensayos de admisión y no he decidido dónde hacer el voluntariado”.

Jung-in abrió rápidamente su libro de ejercicios y tomó un lápiz. Ante la determinación de Jung-in, Justin tragó saliva y reformuló la pregunta.

“¿Y si no fuera por eso? ¿Si no hubiera problemas de carrera o futuro? ¿Y si a Prescott le gustaras?”.

Jung-in miró la punta de su lápiz, reflexionó y dijo.

“Él y yo somos demasiado diferentes”.

“¿Eh?”.

“Si lo piensas, mi madre y Steven peleaban mucho por eso. Por las diferencias culturales”.

“¿Diferencias culturales...?”.

“Ya sabes, nosotros creemos en el destino. En la reencarnación, en los lazos... en el hilo rojo del destino”.

“Es cierto”.

Esa creencia de que la pareja ideal ya está destinada es común en la cultura oriental. Los lazos entre personas no son algo ligero. Por eso, uno espera y desea convertirse en esa persona para el otro.

“Todavía no entiendo a la gente que puede conocerse y separarse como si nada”.

Había una amargura sutil en el tono de Jung-in. Chase Prescott tenía a su pareja de siempre, Vivian Sinclair, pero además de ella, había protagonizado innumerables rumores con otros. Jung-in no quería ser uno más, un encuentro sin importancia en su vida. Justin, comprendiendo los sentimientos de Jung-in, no volvió a mencionar a Chase y cambió de tema.

“Por cierto, mi madre dice que vayas a cenar a casa. Dice que te hará el salteado de cerdo y cebollino que tanto te gusta”.

“¿De verdad?”.

El rostro de Jung-in se iluminó. Justin pasó toda la clase observándolo de reojo, sin saber si realmente estaba bien o si se estaba esforzando por parecerlo.

***

“Así que voy a concentrarme en mí mismo. Estoy pensando en cómo empezar el ensayo. ‘La vida de un inmigrante’ suena demasiado trillado, ¿verdad? ¿Qué tal si empiezo citando a Nietzsche?”.

Jung-in hablaba sin parar ante su abuela Mei-Ling, que no parecía estar escuchando. La abuela estaba sentada en el sofá viendo una telenovela. En la pantalla, la protagonista vestida de novia abofeteaba a su prometido (un matrimonio de conveniencia que la había engañado) y salía corriendo de la catedral.

Jung-in continuó.

“Para el voluntariado, pensaba ir a construir casas a Oklahoma, pero me han dicho que es muy común. Mi consejero dice que busque algo más especial. Empezaré a buscar esta misma noche”.

Viendo a Jung-in hablar así sobre sus propósitos, Justin comprendió que se estaba auto-convenciendo. Como si se estuviera lavando el cerebro para no flaquear.

“¡Chicos, a comer!”.

Rachel trajo una pequeña bandeja y la puso sobre el regazo de su suegra. En ella había una sopa de cangrejo aromática y pan chino. La abuela comía sin apartar la vista de la televisión. Las dos mujeres intercambiaron unas breves palabras en chino; sus tonos eran tan afilados que parecían estar peleando. Jung-in le preguntó a Justin en voz baja.

“¿No se estarán peleando?

“No. Su forma de hablar es así. Seguramente una dijo ‘Hija, gracias, se ve delicioso’ y la otra ‘De nada, suegra, disfrute la comida’”.

En la pantalla, los protagonistas que se habían separado se reencontraban milagrosamente en una escena emotiva. Jung-in apartó la vista de ese momento lleno de amor.

En casa de Justin había una mesa giratoria como las de los restaurantes chinos. Aunque no había muchos platos, todos se veían exquisitos; al tener un restaurante, sus padres cocinaban de maravilla. Rachel, sabiendo cuánto le gustaba a Jung-in el cerdo con cebollino, siempre lo llamaba cuando lo cocinaba. Era una comida sencilla pero cálida.

Después de cenar y tomar té, Justin se ofreció a llevar a Jung-in a casa. Jung-in se puso un poco tenso al subir al Volvo de segunda mano de su amigo. Se requería valor para subir al coche de Justin. Allí, si suspendías el examen de conducir tres veces, tenías que esperar seis meses para repetirlo. A diferencia de Jung-in, que aprobó a la primera, Justin aprobó por los pelos en su sexto intento tras medio año de espera.

Justin sugirió pasar por el supermercado y Jung-in asintió; se había quedado sin Pop-Tarts para el desayuno. El coche de Justin avanzaba a paso de tortuga. Mientras coches, scooters y bicicletas los adelantaban, Justin habló con cautela.

“Jay, oye. ¿Y si por un caso Chase Prescott...?”.

“Justin, te lo pregunté antes. ¿Por qué sigues hablando de él?”.

Como si fuera un alcahuete intentando concertar una cita, Justin no había dejado de mencionar a Chase desde la clase de la mañana.

“Bueno... ¿cuándo no hemos hablado de él? El 90% de nuestro "Libro de Secretos" trata sobre Chase Prescott”.

“... En eso tienes razón”.

Mientras Jung-in aceptaba el hecho, el coche entró en Fitzroy Street. No era una zona tan cara como Crestview, pero era un barrio rico con mansiones elegantes esparcidas. El paisaje de un barrio residencial tranquilo con parques bien cuidados y árboles pasaba tras la ventana. De repente, Jung-in vio un coche familiar.

“¿Eh? Ese es...”.

Un Porsche convertible plateado estaba aparcado en la calle.

“¿Ese no es el coche de Chase Prescott?”.

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Dijo Justin, deteniéndose a cierta distancia en la acera de enfrente.

Era, efectivamente, el coche de Chase. Y lo confirmaron porque Chase estaba allí, de pie junto al coche, abrazando a Vivian Sinclair.

¿Por qué sentía que esto era algo inevitable? ¿Por qué sentía que este era el final esperado? Una sonrisa amarga apareció en los labios de Jung-in.

“... Al final tenías razón, Justin. Eso de que nunca habían salido... era todo mentira”.

Después de todo, él mismo los había visto entrelazados en la terraza la noche de la gala benéfica. Solo que lo había olvidado por un momento. Justin miraba a Chase y Vivian con el rostro perdido, como si la hipótesis en la que acababa de creer se hubiera hecho añicos.

“¿Qué haces? Vámonos, Justin”.

Justin, nervioso, giró el coche a toda prisa y golpeó un cubo de basura en la acera. Ante el estruendo del cubo cayendo, Chase y Vivian miraron hacia ellos. Jung-in se agachó instintivamente.

“¡Justin, acelera!”.

Justin pisó el acelerador con torpeza. El coche salió del callejón zigzagueando. Jung-in se agarró al cinturón y se burló.

“El prejuicio de que los asiáticos no sabemos conducir existe por culpa de gente como tú”.

“¡Ese comentario no ayuda en nada!”.

Solo cuando salieron de la calle, el coche recuperó la estabilidad. Jung-in soltó un suspiro de alivio, pero su expresión se ensombreció. Sí, quizás era lo mejor. Chase era un chico de buena familia y guapo que debía casarse con una animadora como Vivian Sinclair, tener muchos hijos y vivir bien. Algún día, con el paso del tiempo, esperaba poder decir con una sonrisa que le gustó ese chico cuando era joven. Con eso bastaba.

Jung-in suspiró con resignación mientras veía pasar las luces de las farolas.

***

¡Crash!

Con un estruendo repentino, un coche que zigzagueaba golpeó un cubo de basura en la acera. El cubo salió volando y el coche se alejó a toda velocidad. Chase, soltando a Vivian a quien estaba consolando, miró el coche sorprendido.

“¿Conducía borracho?”.

Preguntó Vivian sollozando.

Chase volvió a mirarla. Llevaba varios minutos intentando calmarla.

“¿A quién le importa? Snif...”.

Chase la miró con cansancio y suspiró. Quería decirle ‘Te lo advertí’, pero se contuvo.

“Quieres decirme ‘Debería haberte escuchado’, ¿verdad?”.

Vivian levantó la cabeza y lo miró fijamente. Chase no dijo nada y se limitó a sonreír levemente. Vivian arrugó las cejas con frustración y finalmente asintió.

“Está bien. Tenías razón”.

Evan Prescott finalmente lo había complicado. Había sido arrestado en México por posesión de artículos prohibidos y encarcelado. Fue la gota que colmó el vaso para Albert Prescott. Albert envió abogados de inmediato y gastó una fortuna para sacarlo, pero hubo un precio: nunca se le permitió volver a EE. UU. y dejó de ser miembro formal de la familia. Segú

n las reglas del fideicomiso, cometer un delito que deje antecedentes penales supone la pérdida inmediata de los derechos sobre el fondo. Evan fue expulsado con una pequeña compensación, suficiente para comprar un par de edificios, pero una miseria comparada con el fideicomiso. El billete de entrada de Vivian al castillo de los Prescott se había esfumado.

“Chay, ¿de verdad no puedes casarte conmigo? No te pediré fidelidad. Puedes tener amantes”.

“¿Tanto quieres ser una Prescott? ¿Incluso con un matrimonio falso?”.

Vivian asintió sorbiendo por la nariz.

“No puedo hacer eso. Porque me ha empezado a gustar alguien”.

Ante las palabras de Chase, Vivian no se sorprendió; al contrario, se burló.

“Si no quieres, dilo. No hace falta mentir”.

Viendo a Vivian, Chase reflexionó sobre su pasado. Él, que creía que el amor era una ilusión, ahora quería a alguien con todo su corazón. Él mismo apenas podía creer el cambio.

Miró hacia arriba y vio la luna blanca brillando fría y silenciosa. Al ver la luna, recordó a Jung-in. Alguien que, en lugar de buscar la atención de todos como el sol, iluminaba suavemente la oscuridad con una luz tenue. Alguien que iluminaba la oscuridad de Chase Prescott que nadie más conocía. El primer amor de Chase Prescott era alguien así. Alguien que le hacía querer ser mejor persona.

“Tengo algo que decirte, Vivian”.

***

La clase de Educación Física Avanzada era la única asignatura que compartían todos los jugadores de fútbol americano de distintos grados. Hoy era una clase de medicina deportiva sobre tratamiento de lesiones y vendajes. Mientras se vendaban brazos y piernas unos a otros, Max Schneider dio una palmada.

“¡Ah, es verdad! Tengo una gran noticia. ¿Se han enterado?”.

“¿Qué pasa?”.

Preguntó Brian sin mucho interés, sabiendo que Max siempre exageraba.

“Madison Wilkes ha hecho una propuesta”.

“¿Y qué? Hoy en día da igual quién se lo pida a quién”.

“Lo importante es a quién se lo pidió. Se lo pidió a Jay”.

Chase, que estaba distraído, levantó la cabeza de golpe. Su entrecejo se frunció violentamente.

“¿Qué? ¿Jay? ¿El Jay que yo conozco? ¿Jay Lim?”.

“¡Sí!”.

Jung-in se había convertido en el centro de los cotilleos.

"Parece que el problema eran las gafas. ¿Por qué se tapaba la cara?".

"Ahora entiendo por qué dicen que los asiáticos son misteriosos. Tiene una cara peculiar".

"He oído que a muchas chicas les interesa".

La conclusión era que Jung-in, sin gafas, era una belleza. Chase se sentía incómodo con la conversación, pero los comentarios seguían.

"Parece que tiene buen carácter. Es reservado y no presume de ser listo".

"Yo pensaba que los nerds eran todos sombríos y hacían rituales vudú".

"Ves demasiadas películas".

Chase escuchaba en silencio, pero estaba de muy mal humor. Recordó la punzada de irritación que sintió cuando vio a Jung-in junto a Darius, o el día que Jung-in volvió en el coche de Brian en lugar del suyo. Ahora comprendía la naturaleza de ese sentimiento. No soportaba que la mirada de Jung-in se posara en otro, ni que estuviera cerca de otras personas. Lo que antes pensaba que era solo molestia o capricho, ahora era claro: quería exclusividad con Jung-in.

Extrañaba leer mientras escuchaba la voz suave de Jung-in enseñando matemáticas a Darius, o conducir bajo las estrellas con él en el asiento del copiloto. Chase pensó en su error. Si se hubiera dado cuenta antes, no habría soltado esa tontería de ‘Entonces salgamos’. No podía olvidar la imagen de Jung-in echándolo de casa con el entrecejo fruncido.

“¿Pres? ¿Qué haces? Vamos a comer. Hoy toca pizza en la cafetería”.

Chase reaccionó y vio que la clase había terminado. Darius recogió su mochila y dijo con voz desanimada.

—Yo paso. Coman ustedes, tengo que ir a estudiar.

“¿Qué? ¿Estudiar?”.

Max soltó una carcajada como si hubiera oído el mejor chiste del mundo. Pero Darius hablaba en serio.

“Tengo que ir a la biblioteca. Si llego tarde, el profesor se enfadará”.

“¿El profesor es Jay?”.

Preguntó Max burlón. Darius asintió muy serio.

“Dice que si suspendo el examen, el mundo entero se acabará”.

“¿Qué?”.

“Dice que primero me hundo yo, luego él porque no recibirá su carta de recomendación, luego el fútbol americano porque me pierde, luego la industria del deporte, la farmacéutica y la medicina. No entiendo lo último, pero suena fatal”.

Chase miró a Darius. Era ridículo ver a un gigante como él asustado por alguien que apenas le llegaba al hombro. Jung-in no había dejado de ayudar a Darius con las matemáticas ni una vez. Pensándolo bien, Jung-in tenía un carácter firme. Sabía lo que quería y cómo conseguirlo. Tenía un propósito claro en la vida, a diferencia de Chase, que se sentía como un barco anclado en el puerto, flotando en el mismo sitio sin poder irse ni quedarse.

“Espero que hoy no me regañe mucho…”.

Dijo Darius, provocando las risas de los demás. Chase se levantó y se puso al lado de Darius.

“Yo también voy”.

Todos lo miraron extrañados. Incluso Darius ladeó la cabeza preguntando ‘¿Por qué?’.

“... Yo también tengo preguntas de matemáticas”.

Darius asintió sin sospechar nada y Chase forzó una sonrisa. Alex Martínez lo miró con desconcierto; sabía que Chase recibía tutorías de profesores famosos. ¿Preguntarle a un compañero? Además, Chase se estaba comportando de forma muy errática últimamente, cometiendo errores absurdos en los entrenamientos.

Alex recordó la conversación sobre ‘Nate y Caitlin’. Nate, Caitlin... ¿Chase y Jay Lim? Todo empezó a encajar. Los ojos de Alex se abrieron de par en par por la sorpresa.

Camino a la biblioteca con Darius, el corazón de Chase empezó a latir con fuerza. ¿Cómo no se dio cuenta antes? Esta atracción no era solo curiosidad, era afecto.

“Hola, profesor”.

Saludó Darius a Jung-in, que ya estaba en la sala de lectura.

Jung-in, que sacaba un sándwich envuelto de su mochila, levantó la vista y frunció el ceño al ver entrar a los dos gigantes. Chase recordó su infancia: cuando Vivian hacía algo malo, siempre lo llevaba a él a casa; su madre, que valoraba las apariencias, no regañaba a Vivian si Chase estaba delante. Se sentía como Vivian, usando a Darius como escudo para no ser regañado.

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“... ¿Tú qué haces aquí, Prescott?”.

“Yo también tengo preguntas de matemáticas”.

Por suerte, hoy era día de Estadística AP y tenía algunos ejercicios marcados para su tutor.

“Preguntaré cuando termines con Thompson”.

Jung-in asintió a regañadientes, incapaz de rechazarlo delante de Darius. Chase fingía leer mientras observaba a Jung-in de reojo. Jung-in dio un mordisco a su sándwich y empezó a explicarle a Darius.

“Piensa que el eje x es tu fuerza y el eje y es la distancia que vuela el balón. Si la fuerza aumenta así, la distancia también aumentará, ¿verdad?”.

Usando metáforas de fútbol o pasteles, la voz de Jung-in era suave pero firme. Darius escuchaba con atención. Chase veía a Jung-in con ojos nuevos. Jung-in era, en esencia, una persona amable, probablemente algo heredado de su madre, que también parecía sincera y dulce.

“... Prescott, ¿no tenías preguntas?”.

Jung-in, tras dejar a Darius resolviendo unos problemas, miró a Chase con calma. Chase sacó sus materiales de inmediato. Eran problemas de análisis de regresión de Estadística AP. Tenía ejercicios a medio resolver.

“Me quedé bloqueado aquí. Dejé de entender qué estaba calculando”.

Jung-in revisó su cuaderno y asintió levemente.

“Has resuelto bien la ecuación de regresión. Como los valores predichos están dispersos, necesitas un intervalo de confianza”.

Jung-in dibujó un pequeño gráfico bajo el ejercicio de Chase.

“El valor predicho es 45.3, pero hay un 95% de probabilidad de que el valor real de esté entre 47.5 y 53.2“.

Chase comprendió la explicación de inmediato. Pero su concentración no duró. Observó las pestañas de Jung-in y pensó,

¿Tan mal se rompieron esas gafas que aún no las arregla? Sin gafas, la gente se le acerca más. ¿Y Madison Wilkes está loca? ¿Qué tanto conoce a Jay para pedirle ir al baile? ¿Qué le habrá respondido? Seguro que dijo que no, porque yo le gusto... ¿Le gusto?

“... Por eso hay que considerar la incertidumbre”.

Decía Jung-in.

La mirada de Chase se fijó en los labios de Jung-in mientras hablaba. Eran notablemente rojos debido a su piel pálida.

¿Se habrá puesto algo? No lo creo.

“¿Prescott?”.

“... ¿Eh?”.

“¿Lo has entendido?”.

“Sí”.

En realidad, no había entendido la última parte porque estaba pensando en a qué sabrían esos labios rojos. Recordó aquel beso juguetón; recordaba perfectamente el tacto increíblemente suave.

“Terminamos por hoy. Darius, haz los deberes”.

“Sí, profesor”.

Chase sintió arrepentimiento. Debería haber valorado cada momento con Jung-in. No debió besarlo por primera vez en un casillero como una broma, ni arruinarlo todo con una confesión sin sinceridad. ¿Tendría otra oportunidad?

Dejó que Darius saliera primero y luego se interpuso en el camino de Jung-in, bloqueando la salida. Jung-in miró a su alrededor; la sala estaba vacía.

“Jay”.

Jung-in lo miró con frialdad glacial. Chase respiró hondo.

“¿Vendrás a ver el partido de pasado mañana?”.

Era un partido benéfico del equipo varsity. Jung-in negó con la cabeza.

“Tengo que estudiar para el SAT”.

Chase puso su expresión más lastimera.

“Snowball lloró toda la noche. Esta mañana tenía los ojos hinchados”.

Jung-in lo miró con incredulidad, pero Chase siguió serio,

“... ¿No lo extrañas? ¿Qué culpa tiene ese pequeño inocente de que su familia se haya separado?”.

Jung-in suspiró y habló con calma, como si intentara convencerlo con lógica.

“Prescott. Me estoy esforzando mucho por dejarte ir”.

La mirada de Chase se volvió suplicante.

“Para alguien a quien le cuesta tanto rendirse... si no puedes ayudar, al menos no estorbes”.

“No lo hagas”.

“... ¿Qué?”

“No te rindas conmigo, por favor”.

Jung-in lo miró en silencio. Había sinceridad en su voz, algo muy distinto a sus bromas anteriores.

“Por favor. Tienes mucha paciencia, la suficiente para no rendirte con las matemáticas de Darius”.

Jung-in pensó cínicamente.

¿Qué clase de psicología es esta? ¿No me quiere, pero no quiere que sea de otro?

“Chase Prescott. Eres realmente...”.

“¿Un caso perdido? Lo sé. Un caso perdido que se da cuenta tarde de sus sentimientos”.

Jung-in lo miró preguntando ‘¿Qué quieres decir?’.

Chase sintió un cosquilleo en la garganta; no podía aguantar más sin soltar la confesión.

“Me gustas, Jay. Te quiero”.

Los ojos de Jung-in se agrandaron. Sin gafas, Chase pudo ver perfectamente la sorpresa en su pequeño rostro, que luego volvió a su calma habitual. Jung-in pensó:

¿Es una extensión de ‘Quiero jugar contigo’? ¿Sigue sin querer soltar el capricho?

Planteó dos hipótesis.

Hipótesis A: Su sentimiento es sincero. Pero lo que vio con Vivian anoche debilita esta idea.

Hipótesis B: No es sincero.  Solo disfruta del juego de conquista o quiere probar mi reacción.

Matemáticamente, la Hipótesis B era abrumadoramente más probable. Incluso sin cálculos, estaba convencido de que el ‘gustar’ de Chase no era lo mismo que el suyo. Quizás su presencia era ‘fresca’ por ser de otra raza, cultura y personalidad, además del incidente del cuaderno. Al estar a punto de perder esa novedad, sentía lástima, ya que alguien que lo tiene todo no está acostumbrado a perder. Aunque fuera sincero, su ‘gustar’ pesaba menos. Para Jung-in era un amor no correspondido de años, para Chase podía ser un capricho pasajero. No quería ser la flor que queda atrás cuando la mariposa vuela hacia otra.

“La población de Bellacove es de unos 120.000 habitantes, y nuestra edad son unos 9.000”.

Dijo Jung-in calmadamente.

Chase no entendía a dónde quería llegar.

“Eso significa que la probabilidad de que yo te guste a ti, Prescott, es de 1 entre 9.000”.

Chase arqueó una ceja divertido. No sonaba mal. Pero la historia cambió.

“Pero como la probabilidad de mutuamente que tú me gustes a mí también es de 1 entre 9.000, la probabilidad de que nos gustemos mutuamente es de 1 entre 81 millones”.

“... ¿Y qué con eso?”.

Chase sintió un mal presagio.

“Nunca tuve expectativas con esas probabilidades”.

Para Jung-in, Chase era el objeto perfecto de un amor platónico: algo que observar de lejos sin riesgo de ser herido. Nunca imaginó un amor mutuo.

“No me frustré cuando vi que tu sentimiento no era igual al mío. No tengo tiempo para eso... Así que no hace falta que muestres curiosidad o lástima”.

“... ¿Qué?”.

Chase se quedó sin palabras. ¿Curiosidad? ¿Lástima? Las palabras de Jung-in eran crueles. Le había costado mucho entender sus sentimientos y Jung-in los tachaba de algo ligero.

“¿Dices que... no crees en mis sentimientos?”.

“Digo que estadísticamente no tienen sentido. Y de todos modos tú...”.

“¿Yo qué? Sigue hablando”.

“Tú eres... Chase Prescott”.

El chico que es amable con todos, que anoche abrazaba a Vivian, que besa a la gente en fiestas pero dice que no sale con nadie. El Chase Prescott que es demasiado difícil y, a la vez, demasiado fácil.

“Busca a alguien que encaje contigo, Prescott”.

Y ese alguien no era un inmigrante asiático de clase media y del mismo sexo. Jung-in decidió que no encajaba en ese cuadro y no pensaba forzarse. Miró a Chase y se sorprendió.

Chase tenía una expresión de dolo.

Jung-in sintió que su corazón flaqueaba, pero se obligó a ignorarlo y pasó por su lado.

***

“¿Era Gatsby una persona pura que buscaba el amor, o alguien obsesionado con la vanidad y la aceptación de los demás?”.

Era la clase de Inglés. El profesor Davis señaló a Jung-in para que fuera el primero en responder.

“Creo que Gatsby era alguien sin capacidad de pensar por sí mismo. Perdió su vida intentando encajar en los estándares de los demás”.

Algunos asintieron. Entonces, Chase soltó una risita burlona.

“Prescott, ¿he dicho algo gracioso?”.

Preguntó Jung-in irritado.

“No. Solo me preguntaba si juzgar a los demás por su cuenta es un hábito tuyo”.

Hubo murmullos. Chase solía ser indiferente pero nunca grosero. Jung-in no se intimido.

“Siento si te ha molestado. Pero la gente recuerda a Gatsby por su nombre, su casa y su ropa, puras cáscaras. ¿No te estarás identificando con él?”.

La clase se quedó en silencio. El rostro de Chase se volvió frio.

“¿Juzgar a alguien solo por su cáscara con tu mediocre criterio? Eso me parece más vulgar”.

“Al menos yo soy sincero”.

Replicó Jung-in.

“Pero por muy brillante que sea el envoltorio, si el interior está vacío, se acaba descubriendo. ¿No es así, King Prescott?”.

El apodo, que solía ser un cumplido, sonó a provocación pura. El aire estaba tan tenso que nadie se atrevía a hablar. Los ojos azules de Chase ardían como fuego o hielo.

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Screeech. Chase apartó su silla bruscamente, se levantó y salió del aula dando un portazo.

***

-Hoy es el día del partido benéfico. El encuentro contra la escuela secundaria Danbury se llevará a cabo a las 6:00 p. m. en el Prescott Family Stadium. Las entradas están a la venta en el sitio web de la escuela. Por favor, asistan al partido y ayúdennos a reconstruir la unidad infantil del Hospital Hope Harbor, que fue destruida por un incendio. Quienes no puedan asistir, también pueden realizar solo una donación. Consulten los detalles en la página oficial.

Al sonar el timbre de entrada, el anuncio escolar que salía por los altavoces llenó los pasillos. El corredor, flanqueado por largas hileras de casilleros, estaba tan concurrido como de costumbre. Algunos estaban ocupados preparando sus clases con libros y apuntes, mientras otros se miraban en los espejos de sus casilleros para arreglarse el cabello o retocarse el maquillaje.

[7 días para el Prom. ¿Ya elegiste a tu pareja?]

Sin darse cuenta, el número en la pancarta que colgaba del pasillo se había reducido a un solo dígito.

Jung-in sacó los apuntes necesarios de su casillero y los organizó meticulosamente. Sus movimientos eran los de siempre, pero había algo mecánico y ausente en su expresión.

En ese preciso momento, el pasillo se volvió ruidoso de repente.

Era el sonido de alguien entrando. No, sería más exacto decir que era el sonido de alguien ‘haciendo acto de presencia’.

Encabezados por Chase Prescott, el grupo más popular de la escuela entró al pasillo. Max Schneider, Brian Cole y hasta Alex Martínez.

Chase, que estaba en medio del grupo, miró de pronto hacia donde estaba Jung-in. Aquella mirada que él siempre había pensado que se parecía al mar Mediterráneo, hoy era tan fría como un glaciar.

Chase le dedicó una breve mirada y luego giró la cabeza con indiferencia, como si fuera la primera vez que lo veía. Pasó de largo sin detenerse.

Considerando la discusión que habían tenido en la última clase, no era difícil entender que lo tratara como si fuera invisible. Lo extraño era que él mismo sentía como algo ajeno esa indiferencia a la que, en teoría, ya debería estar acostumbrado.

Jung-in se dio cuenta tarde: siempre había sido Chase quien se acercaba primero. En el instante en que él le daba la espalda, él y Chase volvían a ser perfectos desconocidos, como antes. La conexión entre ambos, que ni siquiera podía llamarse relación, se sostenía únicamente por la buena voluntad de él.

Recientemente, ambos solían hablar y estar juntos cada vez que se cruzaban. Ante la gélida atmósfera entre los dos, las miradas curiosas de la gente se concentraron en ellos un momento antes de dispersarse.

Chase estaba rodeado, como siempre, por sus compañeros de equipo, y como él no hizo ademán de reconocer a Jung-in, ellos tampoco lo saludaron. Sin embargo, Alex Martínez giró levemente la cabeza para lanzarle una mirada de reojo.

Mientras percibía el aroma del perfume de Chase al pasar junto a él, Jung-in intentó recomponerse.

Está bien así. Solo hemos vuelto a como era antes.

Pero sus pies no se movían. Jung-in se quedó allí de pie, frente al casillero, dejando que el tiempo pasara. La música que salía de los altavoces y el parloteo de los estudiantes que pasaban se escuchaban como un eco lejano y borroso.

El pasillo volvió a agitarse justo después de que los jugadores del equipo universitario desaparecieran de vista.

Esta vez era Vivian Sinclair.

Miradas cercanas al asombro se clavaron en ella nada más entrar al pasillo. Era la primera vez que Vivian asistía a la escuela con el uniforme de animadora.

Normalmente, siempre lucía como si acabara de salir de un catálogo de marcas de lujo. Nunca repetía un conjunto y siempre vestía las últimas tendencias de la temporada. Además, llevaba un maquillaje que combinaba perfectamente con su ropa y una confianza impecable. Esa misma Vivian se presentó hoy con el cabello recogido con fuerza, vestida de porrista y con zapatillas deportivas.

Su presencia atravesó el pasillo como una ráfaga de aire frío. Algunos estudiantes se apartaron sin darse cuenta, y varias animadoras se acercaron a ella como fieles ante su líder.

A poca distancia, se escuchaba la conversación que mantenía con su grupo”.

A partir de hoy habrá entrenamiento especial, así que ya saben qué esperar. Especialmente Haley, avísenle a esa ‘baratija’, hoy haremos el movimiento ‘Liberty’, y si no abre bien las piernas, se las abriré yo misma”.

Daba miedo solo de escucharla. El ímpetu de Vivian hoy era arrollador. Incluso las otras animadoras mantenían la boca cerrada, en una actitud de disciplina rígida.

Vivian escaneó los alrededores y le preguntó a una de sus compañeras.

“¿Y Chase? ¿Lo has visto?”.

“Sí, hace un momento. Por cierto, ¿qué pasa? ¿Ahora es ‘Chase’ y no ‘Chay’? ¿Se pelearon?”.

“No sé. Está raro últimamente. Hace unos días, de repente me dijo que no volviera a llamarlo así nunca más. Fue tan tajante que me dejó helada”.

Vivian sacudió la cabeza con incredulidad mientras hablaba.

Las manos de Jung-in, que estaban guardando su libreta, se detuvieron en seco.