10. Lado Ciego
10.
Lado Ciego
“¡Prescott!”.
La
voz del entrenador resonó con fuerza. Antes de que pudiera reaccionar, un
impacto masivo golpeó a Chase. Un defensa que apareció de su punto ciego lo
embistió violentamente, haciendo que el balón saliera volando de sus manos.
“¡Tienes
que revisar tus ángulos muertos! ¡Un quarterback debe tener ojos hasta en la
nuca!”.
Ante
el grito del entrenador, Chase apretó los dientes dentro del casco.
El
quarterback no solo debía lanzar el balón, debía leer cada situación a su
alrededor. Sin embargo, hoy su mente estaba encadenada a otros pensamientos.
Debería haber notado que la defensa rival estaba rotando rápido desde el
off-ball derecho, pero su mirada se había quedado fija en el wide receiver
(Receptor abierto). No sintió que su línea de protección derecha cedía y, por
retener el balón demasiado tiempo, acabó sufriendo un tackle brutal.
Intentó
concentrarse de nuevo, pero poco después cometió otro error impropio de él. Se
retrasó en el momento del pase y el balón fue interceptado; incluso llegó a
perder un centro directo.
“¡Maldición!”.
Hoy,
su juicio no tenía la agudeza de siempre. Su cabeza era un nudo de pensamientos
ajenos al partido que saboteaban su ritmo. Finalmente, Chase se quitó el casco
con agresividad y cruzó el campo con zancadas largas.
“¡Prescott!
¿A dónde vas? ¡Prescott!”.
Gritó
el entrenador a sus espaldas, pero nada pudo detenerlo.
Jadeando,
entró en el vestuario y se desplomó en un banco. Tiró el casco empapado de
sudor al suelo y se pasó la mano por la frente para apartarse el cabello. Su
rostro reflejaba irritación, confusión y una profunda decepción consigo mismo.
Alex Martínez, el cornerback, entró preocupado y preguntó con cautela.
“¿Qué
te pasa hoy? ¿Estás bien?”.
Era
evidente que algo iba mal. Chase, en lugar de responder, clavó la vista en el
vacío y preguntó.
“¿Hay
alguien llamado Justin en nuestra escuela?”.
“¿Justin?
Es un nombre común, habrá unos cuantos”.
“¿No
conoces a ninguno?”.
“Hum...
hay un Justin Frazier en el equipo de natación de los seniors. ¿Por qué lo
preguntas?”.
Chase
se quedó pensativo un momento, negó con la cabeza y murmuró.
“No
es nada. Olvídalo”.
Sin
ganas de continuar la charla, se dirigió a las duchas. Bajo el chorro de agua,
intentó calmarse y recuperar el control, pero no podía dejar de pensar.
Cuando
fue a casa de Jung-in hace unos días, el cuaderno rojo solo fue una excusa. Le
pareció que ir a buscarlo solo porque había faltado un día a clase podía
parecer algo creepy, pero entonces vio el cuaderno sobre su mesa de noche y
pensó que era la justificación perfecta para la visita.
Había
visto a Jung-in tan mal que estuvo inquieto todo el fin de semana. Le envió
otro mensaje por preocupación, pero no obtuvo respuesta. No volvió a ir a su
casa para no parecer un acosador. Y hoy, lunes, Jung-in apareció caminando por
el pasillo riendo animadamente con ese amigo suyo asiático y algo robusto.
Además,
hoy no llevaba gafas. Sus ojos, negros como perlas, brillaban con intensidad y
la esclera era tan transparente que parecía tener un matiz azulado. Al reír,
sus ojos se entornaban formando una curva alargada. Se veía perfectamente sano.
¿Acaso no tuvo fuerzas para mover un dedo y responder el mensaje? ¿O era una
venganza porque él no había respondido antes? Si era así, no podía quejarse.
Aun
así, verlo mejor que el otro día era un alivio. Chase borró su descontento y se
acercó con una sonrisa amable.
“Jay”.
Jung-in,
que hablaba apoyado en los casilleros, se giró. En el breve instante en que
giró la cabeza, la sonrisa desapareció de su rostro, como si esa alegría no
fuera para Chase.
“Prescott”.
Jung-in
asintió levemente con un gesto educado pero frío. Cerró su casillero, giró el
dial del candado con cuidado y pasó por el lado de Chase sin detenerse.
Chase
se quedó petrificado. Su sonrisa se volvió forzada mientras miraba hacia atrás.
Jung-in se reía con su amigo asiático. Lo había visto muchas veces por ahí. ¿Se
llamaba Jonathan? Olvidando que su primera clase era en el edificio de
ingeniería al otro lado del campus, Chase lo siguió por instinto.
Notó
que la gente en el pasillo se quedaba mirando a Jung-in. Chase entendía por qué.
Sin gafas, el rostro de Jung-in destacaba de forma especial; no era una belleza
exuberante, sino delicada, de esas que atrapan la mirada. Era un rostro que
podía observar todo el día sin aburrirse.
Vio
a unas chicas susurrando mientras no le quitaban el ojo de encima, y Chase
frunció el ceño sin darse cuenta.
“Jay”.
Lo
llamó de nuevo. Esta vez tenía una buena excusa.
Jung-in
no se detuvo, como si no lo hubiera oído. Chase aceleró y lo tomó del hombro.
Jung-in se giró con la cara de un ciervo asustado ante unos faros. Al mismo
tiempo, el tal Jonathan lo miró con una hostilidad innecesaria.
Chase
forzó una sonrisa suave para ocultar su desconcierto.
“Perdona.
Te llamé pero creo que no me oíste”.
“...
¿Qué pasa?”.
“Tenemos
que hacer el trabajo de composición inglesa. ¿Cuándo lo hacemos? ¿Dónde te
viene bien?”.
“Ah,
eso. No creo que haga falta que nos reunamos”.
La
sonrisa de Chase se desvaneció. La voz de Jung-in era clara y tajante.
“Escribe
tu parte y pásamela. Yo la uniré con la mía para hacer el borrador. Luego tú lo
revisas una vez, y yo haré la corrección final”.
Jung-in
sacó su teléfono y tecleó algo. Al instante, el móvil de Chase vibró en su
bolsillo.
“Te
acabo de enviar mi correo electrónico. Mándalo ahí”.
“...”.
La
actitud impecable y pragmática de Jung-in marcaba una distancia insalvable.
Chase no supo qué responder; era la primera vez que se sentía tan estúpido.
“¿Algo
más?”.
“...
No”.
Jung-in
se alejó con naturalidad. Su voz, con ese levísimo acento que le hacía
cosquillas en los oídos, se perdió a lo lejos.
¿Qué
es este sentimiento?
Chase se quedó solo en el pasillo con una
sensación extraña que jamás había experimentado.
***
¡Chiiieee!
El
coche frenó bruscamente en mitad de la entrada de la mansión. Chase cerró la
puerta de un portazo y, sin responder al saludo de los empleados, subió los
escalones hacia la entrada principal. Al entrar en el anexo donde vivía, se
dejó caer en el sofá del salón.
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Miró
al techo. Un querubín tallado en el yeso blanco parecía burlarse de él. Chase
se conocía bien: se aburría rápido de todo. Las personas y las situaciones
nuevas solían ser distracciones pasajeras que pronto perdían interés. Pero no
podía negar que la presencia de Jung-in le aportaba una alegría refrescante. Nunca
había conocido a alguien así. Estar con él, hablar con él, le daba una paz
extraña. Incluso le había contado secretos que no le diría a nadie.
A
la vez, sus sentidos se agudizaban. Tenía ganas de molestarlo, de hacerlo
rabiar, pero también de hacerlo reír con chistes malos. Pensaba que Jung-in
siempre estaría ahí, sonrojándose o riendo. Pero hoy fue distinto. Ese tono
cortante y esa expresión profesional... Jung-in había cambiado por completo. ¿Y
por qué no llevaba gafas? ¿Y quién era ese Justin al que llamaba con tanta
desesperación aquel día? Todo le molestaba.
Su
teléfono sonó. Chase lo tomó rápido, pero el nombre no era el que esperaba.
Alex
[¿Puedo
llevar a la gente a tu piscina?]
Chase
suspiró. Su casa siempre estaba vacía. Su padre pasaba el tiempo en Nueva York
con su amante, y su madre vivía en Los Ángeles bajo el título de ‘mecenas de
las artes’, aunque todos sabían que sus relaciones con jóvenes artistas eran
profundas. En su casa, sin adultos, las fiestas en la piscina eran constantes.
Alex
[Haz
lo que quieras.]
Lanzó
el teléfono al sofá. Poco después, la multitud llegó. Alex Martínez encabezaba
el grupo con bebidas, seguido de los rostros habituales.
“Hola,
Chase”.
Saludó
Michaela. Se le veía muy pegada a Alex; parecían estar saliendo.
Así
eran las cosas normalmente. Los sentimientos no eran eternos, la gente pasaba a
la siguiente persona. ¿Por qué Jung-in tenía que ser tan distante, como si
fueran una pareja divorciada tras un juicio feroz?
¿Es
que ya no puedo estar con él?
Mientras
estaba sumido en sus pensamientos, Brian Cole preguntó.
“¿Y
Jay?”.
Al
oír ese nombre, una vena saltó en la sien de Chase.
“¿Por
qué lo buscas?”.
“Últimamente
estabas mucho con él. Es lindo, el chico”.
Max,
que acababa de llegar, se unió a la charla.
“¿Lindo?
¿De quién hablan?”.
“De
Jay”.
“Ah,
Jay es adorable. ¿Lo vieron hoy? No traía gafas. Tiene ese aire de modelo
andrógino que se lleva tanto ahora”.
Chase
no dijo ni una palabra. Max, sin notar su mal humor, continuó.
“Dile
que lo siento, Press. Si hubiera sabido que tenía claustrofobia, no lo habría
metido en el casillero”.
Max
pensaba que Jung-in había salido corriendo por eso. Chase recordó el rostro
pálido de Jung-in dentro del espacio estrecho.
¿Por
qué lo besé?
No
lo sabía. En ese momento solo quiso hacerlo. No fue consciente de que era otro
chico, simplemente vio un rostro hermoso mirándolo y no se detuvo a pensar en
géneros. Se dio cuenta de que era una broma pesada después del beso.
Esos
ojos muy abiertos, las pupilas agitadas, las pestañas temblando... eran señales
que Chase había visto mil veces en las chicas. Ante un Jung-in que no podía
ocultar lo que sentía, Chase se quedó sin palabras. Parecía un pajarito frágil
que saldría volando si lo tocaba mal. A pesar de la confusión, tenía claro que
no quería perderlo.
La
casa, siempre desolada, se llenó de música alta y risas. Había deportistas,
porristas y gente extraña. Unas chicas en bikini de otra escuela miraban a
Chase con intención. Normalmente, él habría disfrutado siendo el centro de
atención, pero hoy no podía ni forzar una sonrisa.
En
la piscina empezaba una pelea de pollos (un juego donde alguien sube a los
hombros de otro para derribar al oponente).
“¡Chase!
¡Ven a jugar!”.
Gritó
Michaela desde los hombros de Alex.
Chase
no se movió. Verla con Alex le provocaba una opresión en el pecho. ¿Por qué no
podía ser así con Jung-in? Técnicamente, Jung-in ni siquiera se le había
confesado. No había razón para estar así de incómodos. Se levantó de golpe.
“¿Press?
¿A dónde vas?”.
Preguntó
Max.
“Sigan
divirtiéndose”.
Chase
salió de la casa. La música y las risas se alejaron. Necesitaba arreglar las
cosas con Jung-in. Se subió a su coche y salió de la mansión a toda velocidad.
Pronto llegó a Willow Street. Aparcó frente a la casa de Jung-in y apagó el
motor. Se quedó mirando la ventana iluminada del segundo piso.
¿Qué
estarás haciendo?
Llamó
por teléfono. Tras varios tonos, Jung-in respondió.
―¿Diga?
Su
voz era pausada, elegante. Jung-in siempre parecía pensar antes de hablar,
respondiendo con un ritmo medio segundo más lento que el resto, algo que
resultaba extrañamente atrayente. Te obligaba a esperar, a concentrarte, a
mirarlo.
“Soy
yo”.
―Lo
sé. ¿Qué quieres?
La
hostilidad era evidente.
“Quiero
hablar contigo un momento”.
―
¿De qué?
“No
es algo para hablar por teléfono. ¿Tienes un minuto?”.
―...
Ahora no es buen momento.
Respondió
Jung-in tras un silencio.
―Tengo
que estudiar.
Chase
no podía creérselo. ¿Estudiar? Rara vez lo rechazaban, pero que lo hicieran con
la excusa del estudio era la primera vez en su vida.
“Estoy
frente a tu casa”.
Solo
después de decirlo se dio cuenta de lo impulsivo que había sido. Hubo un
silencio al otro lado de la línea.
―Que
hayas venido porque sí no significa que yo tenga que salir.
Su
voz sonaba intimidada, pero sus palabras eran firmes. Chase se quedó sin habla
otra vez.
“...
Tienes razón”.
―Si
tienes algo que decir, envíame un mensaje o un correo.
Y
colgó. Chase se apoyó en el volante, frustrado. Jung-in era un rival imposible
de predecir con su lógica habitual. Y lo que menos entendía era por qué se
empeñaba tanto en tenerlo cerca.
En
ese momento, unos faros iluminaron su coche y un Camry rojo se detuvo detrás de
él. Era Su-ji. Ella reconoció enseguida al dueño del lujoso deportivo.
“¿Chase?”.
Chase
bajó del coche al ver a Su-ji cargada con bolsas del supermercado.
“Hola”.
“¿Qué
haces aquí fuera? ¿Por qué no entras?”.
“Bueno...
es que...”.
Chase
no supo qué decir.
“Déjeme
ayudarla”
Dijo
Chase, tomando las pesadas bolsas.
“Jung-in-ah
ha estado un poco decaído últimamente, así que he comprado mucha carne y
guarniciones”.
Dijo
Su-ji con una sonrisa.
“¿Has
cenado? Si no, quédate a comer, aunque sea comida coreana otra vez”.
Chase
sintió un alivio inmenso. Había encontrado una aliada inesperada.
“¿Segura
que no molesto?”.
“Eres
amigo de Jung-in, claro que puedes”.
Chase
siguió a Su-ji al interior, con el corazón latiendo a mil por la tensión de
imaginar la reacción de Jung-in.
“¡Jung-in!
¡Mamá ya está aquí!”.
Gritó
Su-ji.
Jung-in
bajó las escaleras y se detuvo a mitad de camino. Seguía sin gafas. Su
expresión se endureció al ver a Chase.
“...
¿Prescott?”.
Su
voz mezclaba desconcierto e irritación. Su mirada decía claramente: ‘¿Qué haces
tú aquí?’. Chase reaccionó rápido antes de que Jung-in pudiera echarlo.
“¿Dónde
pongo esto?”.
Le
preguntó a Su-ji.
“En
la cocina, sobre la mesa. Sube con Jung-in mientras yo preparo todo”.
Chase
fue a la cocina, dejó las bolsas y, al salir, se encontró con Jung-in, que lo
esperaba con el ceño fruncido y mordiéndose el labio.
Qué
lindo, pensó Chase, pero no era momento
para eso.
“...
Vamos”.
Dijo
Jung-in resignado
En
su habitación, Jung-in cerró la puerta y se cruzó de brazos. Chase, fingiendo
no notar su enfado, vio un peluche sobre la cama.
“¡Snowball!
¡Papá está aquí!”.
Exclamó
Chase abrazando el peluche, intentando romper el hielo con una broma tonta.
Pero Jung-in no cedió.
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“¿A
qué estás jugando?”.
Chase
usó el peluche para taparse la cara, dejando solo los ojos a la vista.
“Tu
madre me vio fuera y me invitó a cenar”.
“Lo
siento. Dile a mi madre que te ha surgido algo urgente y vete”.
La
sonrisa de Chase desapareció. Dejó el peluche y miró a Jung-in.
“¿Por
qué tengo que hacer eso?”.
“Porque
es incómodo”.
“Hasta
la semana pasada no era incómodo. ¿Por qué tiene que cambiar todo de repente?”.
“Es
obvio que tiene que cambiar”.
Respondió
Jung-in.
“¿Por
qué? Yo no quiero. Quiero comer contigo, hablar contigo y jugar contigo como
antes”.
“¿Jugar?
¿Eres un niño?”.
Lo
miró Jung-in como a un niño caprichoso.
“Esto
no es justo”.
Protestó
Chase. Sentía que estaba perdiendo a Jung-in por algo que él no consideraba un
error.
“Así
es la vida. Acéptalo”.
Sentenció
Jung-in con frialdad.
A
Chase le dolió que Jung-in fuera amable con todos en la escuela menos con él.
“¿Por
qué no llevas gafas?”.
Soltó
de repente.
“Se
rompió la montura. El cristal también se rayó. Las están arreglando”.
Chase
asintió, pero había algo que le molestaba más.
“Tengo
una pregunta. ¿Quién es Justin?”.
Jung-in
guardó silencio, mirándolo con esos ojos negros que parecían cuestionar su
derecho a preguntar.
“¿Qué
te importa a ti?”.
“Tengo
curiosidad”.
Chase
sabía que no debería mostrar tanto interés por alguien que técnicamente no le
gustaba de esa forma. Jung-in suspiró con cansancio.
“Ha...
Prescott”.
“Chay”.
“...
¿Qué?”.
“Llámame
Chay”.
Jung-in
abrió mucho los ojos, dudó un segundo y luego apartó la vista.
“No.
No quiero. Vivian Sinclair te llama así”.
“¿Y
eso qué tiene que ver?”.
Chase
estaba confundido. Parecía que hablaban idiomas distintos.
“La
conozco desde los dos años. Me llama así porque oía a mi madre llamarme así”.
“...
No me importa”.
“¿Entonces
por qué mencionas a Vivian?”.
Jung-in
se mordió el labio otra vez. Chase intentó descifrarlo. ¿Eran celos? ¿O no
quería que lo trataran igual que a ella?
“Eres
muy difícil...”.
Chase
se pasó la mano por el cabello y decidió contarle algo que no le había dicho a
nadie.
“Vivian
y yo no somos novios. Nunca lo hemos sido”.
Jung-in
se quedó helado. Chase Prescott y Vivian Sinclair siempre estaban juntos; eran
la pareja oficial de Bellacove desde la secundaria.
“Simplemente
nos resultaba cómodo”.
Explicó
Chase.
“Ella
necesitaba un trofeo que mostrar y yo una excusa para evitar atención
innecesaria. Vivian tiene mal carácter, así que la mayoría no se me acercaba
por miedo a ella”.
Jung-in
parecía estar procesando el abismo entre lo que creía saber y la realidad.
Chase sintió una chispa de esperanza, pero Jung-in negó con la cabeza.
“Sea
cual sea la historia... ya no tiene nada que ver conmigo”.
Había
un muro de desconexión total.
“Jay,
¿de verdad vas a seguir así?”.
Insistió
Chase.
Últimamente,
Jung-in era quien lo hacía sonreír, quien iluminaba su día. Se dio cuenta de
que podía divertirse sin fiestas, alcohol ni chicas. Una pizza con arena en la
playa o unas patatas fritas en un diner sabían mejor que la comida de un
restaurante de lujo si estaba con él. Leer en la misma habitación le llenaba el
pecho y hablar con Jung-in le daba una liberación mayor que cualquier partido
de fútbol. Y ahora, Jung-in quería dejarlo.
“Jay,
mírame”.
Pidió
Chase. Jung-in lo miró a regañadientes con sus ojos profundos.
“Vamos
a aclarar las cosas. ¿Dices que no podemos estar juntos porque te gusto y yo te
rechacé?”.
“...
Sí”.
“¿Por
qué?”.
Jung-in
lo miró como si él fuera el que no entendía nada. A pesar de llevar siete años
en EE. UU., Jung-in conservaba los valores coreanos tradicionales donde un
vínculo roto no se puede recuperar.
“¿Y
tú por qué insistes tanto?”.
La
voz de Jung-in se volvió afilada.
“¿Quieres
que sigamos siendo amigos sabiendo que me gustas? ¿Solo porque tú quieres? Eres
muy egoísta. Deberías dejarme espacio para que pueda olvidarte”.
Chase
se defendió.
“Si
seguimos pasando tiempo juntos, quizá tus sentimientos cambien”.
“¿Cómo
puedes decirlo tan fácil? ¿Por qué para ustedes todo es tan fácil?”.
“¿Ustedes?
No sé a quién te refieres, pero no me metas en el mismo saco que a los demás”.
La
diferencia cultural era enorme. Para un coreano, el amor tiene un componente
fatalista: una vez que el destino se tuerce, no hay vuelta atrás. Para muchos
estadounidenses, el sentimiento es algo fluido que puede transformarse en
amistad. Pero Chase ni siquiera encajaba en ese promedio.
Para
él, el amor era una estrategia de marketing de las películas. No creía en el
amor romántico; solo veía transacciones, deseos y caprichos. Sus padres tenían
amantes, sus amigos cambiaban de pareja constantemente... nada era eterno.
“Tus
sentimientos podrían convertirse en amistad”.
Insistió
Chase.
“¿Crees
que el corazón cambia así de fácil?”.
“¿Vas
a decirme que es para siempre? Ni los niños de cinco años creen eso”.
Un
silencio pesado cayó sobre ellos. Estaba claro que ambos estaban dolidos. Chase
comprendió que Jung-in era terco. Jung-in miraba por la ventana, con la luz de
la luna bañando sus hombros.
Chase
lo observó. Jung-in era diferente a todos. No había cálculos, ni ambición, ni
adulación en él. Su mirada honesta a veces incomodaba a Chase, como si fuera un
rayo X que desnudara su interior, pero no le disgustaba esa sensación. Jung-in
tenía un equilibrio propio que le daba paz a Chase.
Recordó
lo que decía su abuelo.
‘Si
quieres algo, lucha por ello. Rendirse es de perdedores’.
Pero
Chase nunca había tenido que luchar por nada; todo llegaba a sus manos antes de
desearlo. Solo con Jung-in era distinto. Sentía que si lo perdía, se
arrepentiría toda la vida.
“No
sé cómo salen dos chicos”.
Dijo
Chase de repente.
“Nunca
he pensado en eso”.
Jung-in
frunció el ceño. Él tampoco quería una relación; simplemente le gustaba Chase
como quien admira a una celebridad. Pero Chase continuó.
“Si
salir contigo es la única forma de que hablemos y riamos como antes...
entonces, salgamos”.
Jung-in
se giró bruscamente, incrédulo.
“...
¿Qué? ¿Qué acabas de decir?”.
“Que
salgamos”.
Chase
lo miraba en serio. Se dio cuenta de que el motivo por el que no había pensado
en Jung-in ‘de esa forma’ era por su crianza conservadora y republicana.
Pero
la idea de que Jung-in fuera su novio le hizo saltar el corazón como si fuera a
tirarse al vacío. Cuanto más lo pensaba, más sentido tenía.
En
Wincrest High había varios chicos abiertamente gays. Sería una relación
exclusiva, tendría el derecho de tener a Jung-in solo para él. Estaba
convencido de su decisión, hasta que...
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“Prescott,
tú...”.
La
voz de Jung-in temblaba. Tomó el cojín de su silla y se lo lanzó a Chase a la
cara.
“¡Vete
ahora mismo!”.
“...
¿Eh?”.
Chase
parpadeó, confundido.
“Eres
un caso perdido, Chase Prescott”.
Dijo
Jung-in entre dientes.
Chase
no entendía nada. Si le gustaba, ¿por qué se enfadaba cuando él le proponía
salir? ¿No debería estar feliz? El control de la situación se le escapaba de
las manos.
“¡No
vuelvas a hablarme nunca más!”.
“...
¿Lo dices en serio?”.
Preguntó
Chase, atónito.
“¡Sí!
¡Fuera!”.
Chase
se levantó, todavía aturdido. Miró el peluche que tenía en la mano.
“¿Y
Snowball...?”.
“¡Haz
lo que quieras con él, tírlo si quieres!”.
Chase
salió de la casa, expulsado, con el peluche blanco en brazos. Se despidió de Su-ji
con una excusa y salió a la noche fría. Ya en el coche, miró el muñeco.
“Maldita
sea”.
Él
dejó el peluche en el asiento del pasajero con un gesto brusco, casi violento.
Luego, salió rápidamente del vecindario como si no tuviera nada más que hacer
allí.
En
cada curva, Snowball rodaba de un lado a otro en el asiento. Chase detuvo el
coche ante una señal de alto en una intersección y miró fijamente al muñeco. En
su mirada se reflejaba un resentimiento difícil de contener, como si ese
peluche fuera el mismísimo Jung-in, quien acababa de rechazarlo con frialdad.
Sin
embargo, ese rencor no duró mucho. Tras soltar un suspiro de resignación, sentó
al pequeño muñeco erguido en el asiento del pasajero. Luego, tiró del cinturón
de seguridad y lo abrochó con cuidado alrededor del cuerpo del peluche.
En
ese momento, recordó la primera vez que puso sus ojos de verdad en aquel hombre
de ojos negros que tanto se parecía al muñeco. Fue la noche de la fiesta
benéfica que se celebraba cada año.
***
Una
semana antes de la gala benéfica anual, el número 1 de Crestview Drive ya era
un hervidero de actividad.
Chase
vestía un esmoquin negro y se anudaba la pajarita. Justo cuando terminaba de
arreglarse el cabello frente al espejo y se disponía a salir del anexo, se topó
con un rostro inesperado.
Este
lugar estaba apartado de la casa principal, por lo que no era un sitio por el
que alguien pasara ‘por casualidad’. Su presencia allí era una aproximación deliberada.
“Cuánto
tiempo, Chase”.
Evangeline
Clark le habló con una suave sonrisa.
“Sigues
tan apuesto como siempre”.
Evangeline,
una vez una actriz prometedora, era ahora una empresaria de casi cuarenta años
dedicada a su propia marca de bolsos y carteras. Aunque se había alejado de las
pantallas, su belleza, cuidadosamente mantenida, permanecía intacta.
“Tienes
la pajarita torcida”.
Evangeline
jugueteó con el lazo de Chase y deslizó sutilmente su mano hacia el pecho del
joven. Fue un movimiento fluido y natural, pero su intención era evidente.
La
mirada de Chase permanecía gélida mientras observaba la mano que recorría su
pecho.
Él
era el futuro heredero de un colosal imperio financiero con activos totales de
900.000 millones de dólares, que abarcaba desde bancos de inversión y gestión
de activos hasta bienes raíces e inversiones ESG. Habiendo recibido
innumerables tentaciones a lo largo de su vida, un gesto de este nivel no le
hacía ni pestañear.
“No
creo que encuentre ninguna pajarita por ahí abajo”.
Aunque
no llevaba una vida estrictamente ejemplar, Chase tenía límites que no cruzaba.
No era tan decadente como para involucrarse con la amante de su padre.
Evangeline
retrocedió un paso, curvando ligeramente los labios.
Su
sonrisa cargada de matices sensuales y su actitud desvergonzada ya no
sorprendían a Chase. Sabía que ella frecuentaba el apartamento de su padre en
Nueva York, pero presentarse en la casa donde residía la esposa legítima era
una audacia notable. Por supuesto, bajo el pretexto de ser socia comercial de
su padre, aunque era obvio que su madre, Lillian, también conocía la relación.
Sus
padres, Dominic y Lillian Prescott, eran conocidos por haberse enamorado ‘por
destino’ en el baile de debutantes de Lillian. Sin embargo, la realidad era que
su matrimonio había sido una alianza estratégica basada puramente en intereses.
Y,
sin grandes giros en el guion, Chase seguiría el mismo camino. Casarse con
alguien de una familia prestigiosa presentada en sociedad, procrear hijos como
si fueran caballos purasangre, organizar eventos benéficos superficiales y
heredar la fortuna y el honor de la familia generación tras generación. Viviría
siguiendo los pasos trazados incluso antes de nacer.
Por
eso, él prefería las relaciones tipo ‘snack’: breves, ligeras y sin culpas. No
tenía el pasatiempo de traicionar a nadie mediante mentiras, y se prometió a sí
mismo que, aunque su matrimonio fuera sin amor, sería fiel a su pareja una vez
casado. Ese era el último vestigio de orgullo que conservaba Chase Prescott.
Al
entrar en la casa principal, Chase se detuvo un momento ante el enorme retrato
familiar que colgaba en el salón.
Parecía
la familia perfecta, el epítome del Old Money. Todos en la foto vestían con
elegancia y lucían impecables. Sin embargo, esa perfección le causaba una
extraña inquietud. Chase conocía bien las grietas ocultas tras ese marco
brillante.
En
la foto solo aparecían Dominic y Kyle Prescott, pero su abuelo, Albert
Prescott, tenía otro hijo no reconocido por el mundo. Un hijo ilegítimo que
tuvo a una edad avanzada y que era solo un año mayor que Chase. De hecho, su
abuela, Eleanor Prescott, comenzó a residir en Francia desde que la existencia
de aquel hijo salió a la luz.
La
situación no parecía mejorar en la generación siguiente. Era, en esencia, una
familia desestructurada bajo una fachada de lujo. Su padre traía a su amante a
eventos donde estaba su madre; su madre estaba ebria desde temprano en la
mañana; y su hermana, que decía abiertamente odiar ser una Prescott, no se
había dejado ver desde que se tomó esa foto el año pasado.
“Joven
amo, el señor lo está buscando”.
Ante
el aviso del sirviente, Chase caminó hacia el salón de baile a regañadientes.
Al
entrar, las miradas recayeron sobre él. Algunos ojos lo evaluaban, otros
calculaban su valor. Todos parecían hienas eligiendo el mejor trozo de carne
sobre la mesa. Esto también era parte de su rutina.
Chase
ocultó su hastío tras una máscara de sonrisa falsa. Esa expresión educada pero
vacía era su disfraz desde hacía tanto tiempo que, a veces, él mismo confundía
cuál era su verdadero rostro.
En
el salón, donde sonaba música clásica suave, Chase intercambió saludos formales
con personas que no conocía ni le interesaban.
“Joven
Prescott, es un placer conocerle. Soy Steven Fletcher”.
“Chase Prescott”.
Tras
estrechar la mano de un hombre de mediana edad, su padre, Dominic, le presentó
a alguien más.
“Dice
que asiste a tu misma escuela”.
Dominic
parecía creer que compartir escuela era un vínculo importante, pero a Chase no
le importaban los demás chicos del instituto. No necesitaba mostrar interés; la
gente se le acercaba sola, y a menudo de forma excesiva.
Sin
embargo, mostrar indiferencia no era propio de un Prescott, así que forzó una
sonrisa amable y fingió interés.
Los
ojos azules de Chase se movieron lentamente. Al final de su mirada, vio a un
chico de piel blanca y cabello azabache que parecía estar bajo un reflector
propio. Vestido con un traje impecable, recordaba a un pianista refinado a
punto de dar un concierto.
Tenía
facciones delicadas y menudas, difíciles de encontrar en occidentales, con un
contorno suave como si hubiera sido dibujado con un pincel fino. En ese
momento, Chase comprendió por qué la gente decía que la belleza asiática era
misteriosa.
Parecía
una de esas muñecas de porcelana que su abuela coleccionaba y cuidaba con
recelo por su fragilidad. Si no fuera porque parpadeaba, realmente lo habría
creído. Su cabello negro, peinado ligeramente hacia atrás dejando ver parte de
su frente, brillaba con salud, y sus labios rojos contrastaban vívidamente con
su rostro pálido.
Era
difícil calcular la edad de los asiáticos. Parecía tener unos quince años, pero
podría ser mucho mayor.
“Si
hubiera alguien tan lindo como tú en mi escuela, lo sabría. ¿Eres nuevo? Un
placer conocerte”.
Su
oferta de apretón de manos fue ignorada, y su saludo amable solo obtuvo
silencio.
Normalmente,
a estas alturas, cualquiera habría sonreído tímidamente o se habría mostrado
halagado, pero el chico no respondía. Solo parpadeaba con sus grandes ojos, que
parecían cargar con mil historias, como una Sirenita que hubiera cambiado su
voz por piernas en un trato con una bruja.
¿Qué
clase de voz saldría de ese rostro?
Lleno
de curiosidad, Chase empezó a lanzar preguntas sobre cosas que no le
interesaban, solo para escuchar su voz.
“¿Vas
a Wincrest? ¿Cómo es que nunca te he visto en la escuela?”.
Nuevamente,
no hubo respuesta. Fue Dominic, que estaba al lado, quien le informó que
estaban en el mismo grado.
El
suave mentón del chico, que no mostraba ni rastro de barba ni poros, pareció
temblar levemente antes de que finalmente abriera la boca.
Veamos
qué tan cara es esa voz.
Chase
contuvo el aliento sin darse cuenta, como si esperara la primera nota de un
instrumento de cuerda carísimo.
“...
Con permiso. Disfruten de su charla”.
A
diferencia de su rostro andrógino, la voz era claramente masculina. Por alguna
razón, eso le causó una impresión aún más peculiar. Quiso decirle algo más,
pero el chico se dio la vuelta y se alejó rápidamente de su vista.
Una
pequeña arruga apareció en la frente de Chase. La sonrisa que mantenía por
hábito se desmoronó. Quizás porque siempre estaba acostumbrado a que la gente
se acercara a él, ver a alguien dándole la espalda y desapareciendo le resultó
extraño. Esa extrañeza le provocó una leve punzada de irritación.
Chase
pidió disculpas y se retiró. Salió al pasillo con pasos que delataban una sutil
urgencia. Sin embargo, no había ni rastro del chico. Era como si nunca hubiera
existido.
Hace
un momento se comportaba como la Sirenita sin voz, y ahora actúa como
Cenicienta tras las doce campanadas.
Chase
apretó y soltó el puño en el aire vacío.
Al
regresar a la fiesta, pasó un largo rato al lado de Dominic estrechando manos
con gente poderosa. Sentía un cartel invisible y pesado sobre sus hombros.
‘El
heredero de los Prescott’.
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Parecía
que esas palabras eran lo único que definía su existencia.
“¿Y
mi madre?”.
Preguntó
Chase cuando terminaron los saludos principales.
“Es
tu madre. Como siempre, estará donde haya alcohol”.
Respondió
Dominic con frialdad. Chase no preguntó nada más.
En
esta familia no había afecto. No sabía si era para evitar el desgaste emocional
o si simplemente nunca hubo interés. Era difícil esperar amor paternal o
maternal, y mucho menos amor conyugal. Chase se había enterado de que su madre
estaba en la casa esa noche a través de un sirviente. Ella no se había
molestado siquiera en pasar por el anexo a ver a su hijo.
Mientras
Chase apretaba los dientes, Dominic preguntó.
“¿Y
Elena? ¿Ha dicho que no vendrá?”.
“Ya
sabe que estoy saliendo con Vivian Sinclair”.
Cada
vez que Chase mencionaba a Vivian, una pizca de desprecio cruzaba el rostro de
Dominic. Los Sinclair, que dirigían una cadena de restaurantes, no eran más que
unos nuevos ricos que habían prosperado gracias a un golpe de suerte y un
sentido comercial temerario, comparados con los Prescott.
La
clase alta era estrictamente conservadora. No se mezclaban con otras clases. La
única razón por la que los Prescott enviaron a Chase a una escuela pública fue
por la imagen del grupo.
Los
Prescott eran estrategas consumados. Que Chase asistiera a una escuela pública
enviaba un mensaje positivo: los Prescott no eran ‘elitistas arrogantes
encerrados en su burbuja de privilegios’, sino ‘líderes que se comunican con la
gente común y entienden la realidad’.
Chase
nunca tuvo opción en cuanto a su educación. Todas sus decisiones estaban
destinadas a la fama de la familia y al beneficio del grupo; su opinión nunca
fue considerada.
Dominic
veía el hecho de que Chase se relacionara con el equipo de fútbol como un acto
de benevolencia, una noble contribución social. Como si alguien privilegiado
estuviera otorgando humildad.
“Es
bueno que te relaciones con esos chicos”.
Decía
Dominic.
Cada
vez que escuchaba esas palabras cargadas de superioridad y orgullo, Chase se
sentía como una cáscara vacía pero brillante, aunque siempre respondía con una
sonrisa silenciosa.
Obviamente,
Vivian no era del agrado de Dominic. La pareja que él tenía en mente para Chase
no era Vivian, sino Elena Montgomery.
Los
Montgomery, que amasaron su fortuna con la industria del acero en el siglo XIX,
eran una familia histórica del este de EE. UU. con gran influencia en la alta
sociedad de Nueva York y Boston. Seguían liderando la cultura de la clase alta
mediante el patrocinio artístico e inversiones masivas. Chase incluso había
sido el acompañante de Elena en su baile de debutantes en los Hamptons. Elena
era impecable, modales elegantes, belleza y una forma de hablar distinguida.
Tan perfecta que parecía un robot.
Dominic,
sosteniendo su champán con el mentón en alto, miró la fiesta con satisfacción y
dijo.
“Diviértete
por ahora, pero pronto tendrás que ponerte serio. Como te muestras tibio, ellos
tampoco se atreven a acercarse del todo”.
Chase
no pudo escuchar más. El aire allí se sentía pesado y asfixiante.
“Ya
me he dejado ver, así que me retiro”.
Sin
esperar respuesta de su padre, salió rápidamente del lugar. Nada más llegar al
pasillo, le envió un mensaje a Brian Cole. Le propuso ir a Cabo San Lucas,
diciendo que él se encargaría del alojamiento y los billetes de avión. Brian,
hijo de un concejal de Bellacove y una madre que trabajaba en una agencia de
publicidad, estaba pasando por un mal momento debido al ruidoso divorcio de sus
padres. No rechazaría una oferta para escapar de allí, aunque fuera por un fin
de semana. Los otros chicos lo seguirían sin dudar si el viaje era gratis.
Tras
dar instrucciones a su secretario para reservar el viaje a Cabo, Chase se
aflojó la pajarita que lo asfixiaba. El sonido de sus zapatos sobre el suelo de
mármol resonaba en el espacio.
En
ese momento, vio a Madison Wilkes vagando por el pasillo con expresión ansiosa.
Era la chica que siempre seguía a Vivian como una sombra. Madison jugueteaba
con sus manos mientras miraba a su alrededor, y al cruzar la mirada con Chase,
se sobresaltó y se quedó rígida.
“¡Ch-Chase!
¡Hola!”.
“¿Dónde
está Vivian?”.
La
expresión de Madison se congeló. Con una sonrisa forzada y moviendo los ojos
nerviosamente, respondió rápido.
“¿Eh?
No lo sé. No la he visto...”.
Detrás
de ella, que parecía estar vigilando, estaba la puerta que daba a la terraza.
Chase estaba seguro de que Vivian estaba allí fuera. Y podía imaginar con
quién. Frunció levemente el ceño.
“¿Te
apartas? Quiero tomar el aire”.
Madison
bloqueó un poco más la puerta y tartamudeó.
“Es...
es que ahora es un poco complicado...”.
Chase
soltó un profundo suspiro. Su voz baja, cargada de irritación y frialdad,
resonó en el pasillo.
“Lo
siento, pero esta es mi casa”.
Empujó
suavemente a Madison a un lado y tiró del picaporte. Al abrirse la puerta, el
aire nocturno de la terraza rozó su piel. En aquel rincón pintoresco, se
encontró con la silueta de dos personas entrelazadas como si fueran una sola.
Chase
ya sabía quién era el acompañante de Vivian. Su voz grave pronunció el nombre.
“Evan”.
Solo
entonces, las dos figuras se separaron.
Chase
sintió una punzada de dolor en la sien. Un hombre rubio salió de las sombras y
le dedicó una sonrisa cínica.
“¿Evan?
Deberías llamarme tío”.
“Para
tener solo un año más que yo...”.
Él
era Evan Prescott, el hijo que su abuelo había tenido fuera del matrimonio. La
familia Prescott había gastado una fortuna controlando a la prensa para ocultar
su existencia, pero no se sabía cuánto tiempo más podrían contenerlo.
Evan
Prescott era un auténtico canalla. Lo enviaron a una escuela privada con normas
estrictas a propósito, pero lo expulsaron por distribuir sustancias ilegales
entre los estudiantes. Sin embargo, eso era solo una mínima parte de sus
fechorías. Lo que había hecho era mucho más grave; era casi un milagro que no
hubiera acabado en un reformatorio.
Chase
lo fulminó con la mirada y dijo.
“¿Qué
haces aquí? ¿Te has quedado sin dinero?”.
Evan
se rió y se pasó la mano por el cabello. Su cabello rubio, el símbolo de los
Prescott, cayó relajado junto con su sonrisa burlona.
“¿Cómo
podría quedarme sin dinero? Soy un Prescott; si cavo en la tierra, sale dinero”.
Con
una risa descarada, Evan pasó junto a Chase.
“Que
tengas una buena noche, sobrino. No seas tan amargado”
Esa
última frase sarcástica resonó en los oídos de Chase. En cuanto Evan
desapareció, Chase alzó la voz.
“¡Vivian!”.
Vivian
se encogió del susto, pero enseguida lo enfrentó con expresión de injusticia.
“¡Qué
susto! ¿Por qué gritas?”.
“¿Acaso
no lo sabes?”.
Con
Vivian había crecido en el mismo vecindario desde pequeños y se consideraban
casi como hermanos. Pero en este momento, esa relación no significaba nada.
“¿Has
perdido la cabeza?”.
Ante
el tono de desprecio de Chase, Vivian contraatacó.
“Es
asunto mío”.
“¿Tu
asunto? ¡Te dije claramente que no te acercaras a ese drogadicto!”.
“¡No
le llames drogadicto! ¡No hables así!”.
“¿De
verdad te gusta?”.
“¿Y
qué si me gusta?”.
“¡Vivian,
de verdad...!”.
Finalmente,
Chase subió el tono. Vivian, sintiendo que la rabia la desbordaba, replicó.
“Sea
un drogadicto o un hijo ilegítimo, Evan Prescott es un ‘Prescott’ de pleno
derecho. ¡Yo también quiero ser una Prescott!”.
Vivian
siempre había anhelado ser una Prescott. El valor de ese nombre no estaba solo
en el dinero. Los Prescott tenían una fama histórica de cientos de años en EE.
UU. Era una familia que construyó un imperio financiero y cuyos nombres estaban
arraigados en la historia, la política y la economía del país. Estaban en una
dimensión a la que no se podía llegar simplemente trabajando duro; era un mundo
fijado por la ‘clase’.
Obviamente,
el candidato ideal era Chase, pero ella supo pronto que él no la tomaría en
serio. No pasarían de ser la pareja oficial en el instituto. Entonces apareció
Evan Prescott, el tío de Chase con solo un año más que él. Sintió que
finalmente había encontrado la escalera para subir a la familia Prescott.
“Dicen
que cuando un Prescott cumple veinte años, se activa su fondo fiduciario,
¿verdad?”.
La
expresión de Chase se endureció al instante.
“¿Cómo
sabes eso?”.
Vivian
sonrió con amargura.
“¿Sabes
qué? El fondo que recibe un mocoso de veinte años es varias veces superior a
todo lo que mi padre ha ganado en su vida siendo llamado ‘nuevo rico’”.
Chase,
con aspecto cansado como si no pudiera creer que ella lo obligara a decir esto,
respondió.
“¿Y
qué? ¿Si decides casarte con él? ¿Crees que mi abuelo te aceptará?”.
“...”.
Vivian
se quedó rígida al ser golpeada por la cruda realidad. Las palabras de Chase
atravesaron la situación como una cuchilla. Albert Prescott, el jefe de la
familia, no consideraba seres humanos a quienes no pertenecieran a linajes
ilustres. Para no decepcionarlo, el padre y el tío de Chase se casaron
compitiendo por ver quién conseguía a la hija de la mejor familia.
Albert
Prescott, de 70 años, seguía fuerte y mantenía su trono con firmeza. Vivian se
mordió el labio, conteniendo las lágrimas de frustración.
“¿Quién
eres tú para decir eso? ¡Ya es bastante difícil sin que tú también te pongas
así!”.
Chase
suspiró con fatiga y dijo con voz cansada.
“Te
estoy diciendo que pares antes de que salgas herida. Es un consejo de amigo”.
Vivian
lo fulminó con la mirada un rato y, incapaz de contener su furia, se dio la
vuelta. El sonido de sus finos tacones se alejó por el pasillo.
“Fuuu...”.
Su
largo suspiro se disolvió en el aire nocturno. Solo en la terraza, Chase tiró
con fuerza de la pajarita y la arrojó al suelo.
En
ese momento, vio una mochila extraña. Era una mochila vieja, abandonada en un
rincón de la terraza como si alguien la hubiera dejado allí con prisas. Chase
miró alternativamente la mochila y la dirección por donde se fue Vivian. Su
corazón latía con incomodidad ante la idea de que alguien hubiera presenciado
la escena.
“...
¿Y esto qué es ahora?”.
Sintiéndose
agobiado, se sentó en la barandilla de la terraza y recogió la mochila. Pesaba
más de lo esperado.
Ziiip.
Abrió la cremallera sin pensar. La mochila estaba llena de libros de texto y
fotocopias: SAT, fórmulas matemáticas, material de preparación para exámenes...
Chase rebuscó para ver si encontraba algún nombre. Entonces, un cuaderno rojo
de aspecto pasado de moda llamó su atención. Miró con indiferencia unos
caracteres chinos escritos con pintura blanca en la portada y abrió el
cuaderno.
Las
páginas pasaron rápidamente hasta detenerse solas en el lugar que más veces
había sido consultado. Un título escrito con trazos gruesos de bolígrafo captó
su atención.
[¿Por
qué odiamos a Chase Prescott?
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De
repente, al encontrar su nombre en un lugar inesperado, los ojos de Chase se
entrecerraron. Hubo una grieta en su expresión indiferente y una luz desconocida
empezó a brillar en sus pupilas.
“¿Qué
es esto...?”.
Murmuró
con voz baja.
A
medida que leía, su expresión de hastío desaparecía y las comisuras de sus
labios se elevaban lentamente. Al ver el comentario sobre pedir perdón a los
osos polares junto a un hashtag, soltó una carcajada.
[Se
estima que la salchicha de Chase Prescott es pequeña, como un órgano vestigial.
Probablemente combine a la perfección con dos frijoles encogidos por los
esteroides.]
En
esa parte, se pasó la mano por la cara, asombrado.
“Increíble...”.
Chase
negó con la cabeza y sacó un boletín de notas de un simulacro del SAT que
estaba al lado. Por curiosidad lo abrió y vio que las notas eran casi
perfectas. Tras confirmar la inteligencia del autor, su mirada volvió al
cuaderno rojo.
[Entropía Prescott.]
[S=k log W]
[W:
Número de chicas con las que Chase Prescott ha salido.]
Al
ver cómo se burlaban de él usando matemáticas, soltó un suspiro de admiración.
El texto explicaba que a medida que aumentaba el número de chicas con las que
salía, el desorden del mundo crecía exponencialmente.
“Ja...”.
¿Cómo
alguien con tal capacidad intelectual podía escribir algo así? Más que molesto,
le pareció refrescante y tierno. Al leer el contenido, el peso que agobiaba sus
hombros se desvaneció: la presión de ser el heredero, las grietas familiares,
los problemas de su amiga... todo perdió fuerza ante las burlas ligeras del
cuaderno. Nadie le había dicho nunca cosas así. Era absurdo y divertido a la
vez, como ser el blanco de la sátira de un comediante.
Se
divirtió. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad. Y en algún lugar
de su pecho, surgió una pequeña onda de interés. ¿Fue una simple coincidencia o
el comienzo de algo más?
Le
avisaron que el vehículo para llevarlo al aeropuerto estaba listo. Chase se
colgó la mochila al hombro y, al dirigirse a la salida, se encontró con Dominic
bebiendo whisky en el bar de uno de los salones. Parecía estar celebrando el
éxito de la gala.
“Es
tarde. ¿A dónde vas?”.
Chase
se encogió de hombros. Sabía que la pregunta era pura formalidad, sin interés
real.
“Nos
vemos”.
Se
despidió con frialdad, pero al llegar a la puerta, se detuvo. Como si se
acabara de acordar, se giró y preguntó.
“Ese
chico de antes. El que dijo que iba a mi escuela”.
“¿Quién?
Ah, sí. ¿El chico asiático?”.
Ante
el desinterés de Dominic, el ceño de Chase se frunció levemente.
“¿Cómo
se llama?”.
“¿Cómo
voy a saber eso? Solo recuerdo que su padre me pidió una inversión”.
“¿Inversión?”.
Chase
dio media vuelta, dejó su bolsa y se sentó junto a Dominic.
“¿Por
qué lo preguntas? ¿Ya te interesa el negocio familiar?”.
“Tal
vez”.
“Me
pidió capital inicial para un negocio de importación de coches usados del
extranjero. Son minucias, de todos modos”.
Chase,
tras un breve silencio, dijo en voz baja.
“Házlo”.
Dominic,
que se llevaba el vaso a la boca, giró la cabeza extrañado.
“¿Eh?”.
“Dáselo.
Si dice que son minucias”.
Una
expresión de desconcierto cruzó el rostro de Dominic.
“¿De
repente estás haciendo gala de tu visión para las inversiones?”.
“¿No
hay veces en las que uno simplemente quiere hacerlo?”.
Dominic
agitó su vaso de whisky como si oyera algo trivial. El hielo golpeó el cristal
con un sonido rítmico. Chase tomó su bolsa de nuevo y volvió a mirar atrás
antes de salir.
“Lo
harás, ¿verdad? La inversión”.
“Lo
haré”.
Respondió
su padre con una risita. Chase asintió y finalmente salió de la casa.
***
Cuando
sonó el silbato del entrenador, Chase fijó su mirada en el receptor y reguló su
respiración.
“¡Preparados,
listos, ¡En marcha!”.
En
cuanto el balón voló de las manos de Chase, Alex Martínez, el cornerback,
siguió al receptor como un rayo. Justo cuando el balón iba a tocar las manos
del receptor, Alex giró su cuerpo y lo desvió con la palma.
“¡Bien,
Martínez! ¡Prescott, un poco más de precisión! ¡Prepárense y vamos de nuevo!” gritó
el entrenador.
En
el breve descanso, Chase recogió el balón y continuó la charla que habían
empezado.
“Dice
que no entiende por qué se enfadó, si solo estaba aceptando sus sentimientos”.
“Hum...”.
Alex
Martínez, que parecía reflexivo, era una versión equilibrada entre Max y Brian.
No era excesivamente bromista ni demasiado ligero de cascos. Chase, por
impulso, le había pedido consejo planteando su situación como si le hubiera
pasado a otra persona.
Alex,
que escuchaba con atención, preguntó para confirmar.
“Déjame
ver si lo entiendo. ¿Tu amigo Nate recibió una confesión de una chica llamada
Caitlin y la rechazó?”.
“No
dije que fuera una confesión. Pero bueno, algo así”.
“¿Y
tras el rechazo, Caitlin se volvió fría?”.
“Sí”.
“Y
el problema es...”.
“Te
lo he dicho. Nate quiere seguir relacionándose con Caitlin”.
Chase
lanzó un pase corto. Alex atrapó el balón y soltó.
“¿Y
por qué se molesta tanto?”.
“Porque
Caitlin es especial. Dice que es diferente a cualquier persona que haya
conocido”.
Alex
se rió divertido.
“¿Y
te pregunta eso a ti porque no lo entiende? Ese tal Nate es un idiota, ¿verdad?”.
“...
¿Por qué?”.
“Porque
ese Nate ya está enamorado de Caitlin. ¿Dices que fue a su casa varias veces?
Por lo que cuentas, parece que fue amor a primera vista”.
En
ese instante, desde el borde de su visión, un defensa se lanzó contra Chase,
que todavía sostenía el balón.
¡Boom!
Con un fuerte impacto, el cuerpo de Chase fue derribado contra el césped.
“¡Prescott!
¡Te dije que no perdieras de vista el Blind Side (lado ciego)!”.
Bramó
el entrenador en el campo.
Chase,
intentando calmar su confusión, se quitó el casco lentamente. Podía oír su
propia respiración agitada. Ante él se extendía el cielo azul. Sus ojos
parpadearon mientras miraba aquel cielo despejado y sin viento.
Blind
Side. Si ignoras el hueco que no ves bien, acabas pagándolo caro, así de
fuerte.
Tal
vez Alex tuviera razón. Nate se sintió atraído desde el primer momento en que
vio a Caitlin. Tenía curiosidad por su voz. Después de conocer su identidad en
la escuela, no pudo dejar de pensar en ella. Cuando supo que era ella quien
había escrito insultos contra él en un cuaderno ridículo, extrañamente, se
sintió feliz.
Solo
entonces todo encajó con claridad. Tal vez Nate se había enamorado de Caitlin a
primera vista.
Su
‘lado ciego’ que no había podido ver. Los sentimientos que había dejado pasar
como si no fueran nada, finalmente caían sobre él con todo su peso.
