10. Lado Ciego

 


10. Lado Ciego

 

“¡Prescott!”.

La voz del entrenador resonó con fuerza. Antes de que pudiera reaccionar, un impacto masivo golpeó a Chase. Un defensa que apareció de su punto ciego lo embistió violentamente, haciendo que el balón saliera volando de sus manos.

“¡Tienes que revisar tus ángulos muertos! ¡Un quarterback debe tener ojos hasta en la nuca!”.

Ante el grito del entrenador, Chase apretó los dientes dentro del casco.

El quarterback no solo debía lanzar el balón, debía leer cada situación a su alrededor. Sin embargo, hoy su mente estaba encadenada a otros pensamientos. Debería haber notado que la defensa rival estaba rotando rápido desde el off-ball derecho, pero su mirada se había quedado fija en el wide receiver (Receptor abierto). No sintió que su línea de protección derecha cedía y, por retener el balón demasiado tiempo, acabó sufriendo un tackle brutal.

Intentó concentrarse de nuevo, pero poco después cometió otro error impropio de él. Se retrasó en el momento del pase y el balón fue interceptado; incluso llegó a perder un centro directo.

“¡Maldición!”.

Hoy, su juicio no tenía la agudeza de siempre. Su cabeza era un nudo de pensamientos ajenos al partido que saboteaban su ritmo. Finalmente, Chase se quitó el casco con agresividad y cruzó el campo con zancadas largas.

“¡Prescott! ¿A dónde vas? ¡Prescott!”.

Gritó el entrenador a sus espaldas, pero nada pudo detenerlo.

Jadeando, entró en el vestuario y se desplomó en un banco. Tiró el casco empapado de sudor al suelo y se pasó la mano por la frente para apartarse el cabello. Su rostro reflejaba irritación, confusión y una profunda decepción consigo mismo. Alex Martínez, el cornerback, entró preocupado y preguntó con cautela.

“¿Qué te pasa hoy? ¿Estás bien?”.

Era evidente que algo iba mal. Chase, en lugar de responder, clavó la vista en el vacío y preguntó.

“¿Hay alguien llamado Justin en nuestra escuela?”.

“¿Justin? Es un nombre común, habrá unos cuantos”.

“¿No conoces a ninguno?”.

“Hum... hay un Justin Frazier en el equipo de natación de los seniors. ¿Por qué lo preguntas?”.

Chase se quedó pensativo un momento, negó con la cabeza y murmuró.

“No es nada. Olvídalo”.

Sin ganas de continuar la charla, se dirigió a las duchas. Bajo el chorro de agua, intentó calmarse y recuperar el control, pero no podía dejar de pensar.

Cuando fue a casa de Jung-in hace unos días, el cuaderno rojo solo fue una excusa. Le pareció que ir a buscarlo solo porque había faltado un día a clase podía parecer algo creepy, pero entonces vio el cuaderno sobre su mesa de noche y pensó que era la justificación perfecta para la visita.

Había visto a Jung-in tan mal que estuvo inquieto todo el fin de semana. Le envió otro mensaje por preocupación, pero no obtuvo respuesta. No volvió a ir a su casa para no parecer un acosador. Y hoy, lunes, Jung-in apareció caminando por el pasillo riendo animadamente con ese amigo suyo asiático y algo robusto.

Además, hoy no llevaba gafas. Sus ojos, negros como perlas, brillaban con intensidad y la esclera era tan transparente que parecía tener un matiz azulado. Al reír, sus ojos se entornaban formando una curva alargada. Se veía perfectamente sano. ¿Acaso no tuvo fuerzas para mover un dedo y responder el mensaje? ¿O era una venganza porque él no había respondido antes? Si era así, no podía quejarse.

Aun así, verlo mejor que el otro día era un alivio. Chase borró su descontento y se acercó con una sonrisa amable.

“Jay”.

Jung-in, que hablaba apoyado en los casilleros, se giró. En el breve instante en que giró la cabeza, la sonrisa desapareció de su rostro, como si esa alegría no fuera para Chase.

“Prescott”.

Jung-in asintió levemente con un gesto educado pero frío. Cerró su casillero, giró el dial del candado con cuidado y pasó por el lado de Chase sin detenerse.

Chase se quedó petrificado. Su sonrisa se volvió forzada mientras miraba hacia atrás. Jung-in se reía con su amigo asiático. Lo había visto muchas veces por ahí. ¿Se llamaba Jonathan? Olvidando que su primera clase era en el edificio de ingeniería al otro lado del campus, Chase lo siguió por instinto.

Notó que la gente en el pasillo se quedaba mirando a Jung-in. Chase entendía por qué. Sin gafas, el rostro de Jung-in destacaba de forma especial; no era una belleza exuberante, sino delicada, de esas que atrapan la mirada. Era un rostro que podía observar todo el día sin aburrirse.

Vio a unas chicas susurrando mientras no le quitaban el ojo de encima, y Chase frunció el ceño sin darse cuenta.

“Jay”.

Lo llamó de nuevo. Esta vez tenía una buena excusa.

Jung-in no se detuvo, como si no lo hubiera oído. Chase aceleró y lo tomó del hombro. Jung-in se giró con la cara de un ciervo asustado ante unos faros. Al mismo tiempo, el tal Jonathan lo miró con una hostilidad innecesaria.

Chase forzó una sonrisa suave para ocultar su desconcierto.

“Perdona. Te llamé pero creo que no me oíste”.

“... ¿Qué pasa?”.

“Tenemos que hacer el trabajo de composición inglesa. ¿Cuándo lo hacemos? ¿Dónde te viene bien?”.

“Ah, eso. No creo que haga falta que nos reunamos”.

La sonrisa de Chase se desvaneció. La voz de Jung-in era clara y tajante.

“Escribe tu parte y pásamela. Yo la uniré con la mía para hacer el borrador. Luego tú lo revisas una vez, y yo haré la corrección final”.

Jung-in sacó su teléfono y tecleó algo. Al instante, el móvil de Chase vibró en su bolsillo.

“Te acabo de enviar mi correo electrónico. Mándalo ahí”.

“...”.

La actitud impecable y pragmática de Jung-in marcaba una distancia insalvable. Chase no supo qué responder; era la primera vez que se sentía tan estúpido.

“¿Algo más?”.

“... No”.

Jung-in se alejó con naturalidad. Su voz, con ese levísimo acento que le hacía cosquillas en los oídos, se perdió a lo lejos.

¿Qué es este sentimiento?

 Chase se quedó solo en el pasillo con una sensación extraña que jamás había experimentado.

***

¡Chiiieee!

El coche frenó bruscamente en mitad de la entrada de la mansión. Chase cerró la puerta de un portazo y, sin responder al saludo de los empleados, subió los escalones hacia la entrada principal. Al entrar en el anexo donde vivía, se dejó caer en el sofá del salón.

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Miró al techo. Un querubín tallado en el yeso blanco parecía burlarse de él. Chase se conocía bien: se aburría rápido de todo. Las personas y las situaciones nuevas solían ser distracciones pasajeras que pronto perdían interés. Pero no podía negar que la presencia de Jung-in le aportaba una alegría refrescante. Nunca había conocido a alguien así. Estar con él, hablar con él, le daba una paz extraña. Incluso le había contado secretos que no le diría a nadie.

A la vez, sus sentidos se agudizaban. Tenía ganas de molestarlo, de hacerlo rabiar, pero también de hacerlo reír con chistes malos. Pensaba que Jung-in siempre estaría ahí, sonrojándose o riendo. Pero hoy fue distinto. Ese tono cortante y esa expresión profesional... Jung-in había cambiado por completo. ¿Y por qué no llevaba gafas? ¿Y quién era ese Justin al que llamaba con tanta desesperación aquel día? Todo le molestaba.

Su teléfono sonó. Chase lo tomó rápido, pero el nombre no era el que esperaba.

 

Alex

[¿Puedo llevar a la gente a tu piscina?]

 

Chase suspiró. Su casa siempre estaba vacía. Su padre pasaba el tiempo en Nueva York con su amante, y su madre vivía en Los Ángeles bajo el título de ‘mecenas de las artes’, aunque todos sabían que sus relaciones con jóvenes artistas eran profundas. En su casa, sin adultos, las fiestas en la piscina eran constantes.

 

Alex

[Haz lo que quieras.]

 

Lanzó el teléfono al sofá. Poco después, la multitud llegó. Alex Martínez encabezaba el grupo con bebidas, seguido de los rostros habituales.

“Hola, Chase”.

Saludó Michaela. Se le veía muy pegada a Alex; parecían estar saliendo.

Así eran las cosas normalmente. Los sentimientos no eran eternos, la gente pasaba a la siguiente persona. ¿Por qué Jung-in tenía que ser tan distante, como si fueran una pareja divorciada tras un juicio feroz?

¿Es que ya no puedo estar con él?

Mientras estaba sumido en sus pensamientos, Brian Cole preguntó.

“¿Y Jay?”.

Al oír ese nombre, una vena saltó en la sien de Chase.

“¿Por qué lo buscas?”.

“Últimamente estabas mucho con él. Es lindo, el chico”.

Max, que acababa de llegar, se unió a la charla.

“¿Lindo? ¿De quién hablan?”.

“De Jay”.

“Ah, Jay es adorable. ¿Lo vieron hoy? No traía gafas. Tiene ese aire de modelo andrógino que se lleva tanto ahora”.

Chase no dijo ni una palabra. Max, sin notar su mal humor, continuó.

“Dile que lo siento, Press. Si hubiera sabido que tenía claustrofobia, no lo habría metido en el casillero”.

Max pensaba que Jung-in había salido corriendo por eso. Chase recordó el rostro pálido de Jung-in dentro del espacio estrecho.

¿Por qué lo besé?

No lo sabía. En ese momento solo quiso hacerlo. No fue consciente de que era otro chico, simplemente vio un rostro hermoso mirándolo y no se detuvo a pensar en géneros. Se dio cuenta de que era una broma pesada después del beso.

Esos ojos muy abiertos, las pupilas agitadas, las pestañas temblando... eran señales que Chase había visto mil veces en las chicas. Ante un Jung-in que no podía ocultar lo que sentía, Chase se quedó sin palabras. Parecía un pajarito frágil que saldría volando si lo tocaba mal. A pesar de la confusión, tenía claro que no quería perderlo.

La casa, siempre desolada, se llenó de música alta y risas. Había deportistas, porristas y gente extraña. Unas chicas en bikini de otra escuela miraban a Chase con intención. Normalmente, él habría disfrutado siendo el centro de atención, pero hoy no podía ni forzar una sonrisa.

En la piscina empezaba una pelea de pollos (un juego donde alguien sube a los hombros de otro para derribar al oponente).

“¡Chase! ¡Ven a jugar!”.

Gritó Michaela desde los hombros de Alex.

Chase no se movió. Verla con Alex le provocaba una opresión en el pecho. ¿Por qué no podía ser así con Jung-in? Técnicamente, Jung-in ni siquiera se le había confesado. No había razón para estar así de incómodos. Se levantó de golpe.

“¿Press? ¿A dónde vas?”.

Preguntó Max.

“Sigan divirtiéndose”.

Chase salió de la casa. La música y las risas se alejaron. Necesitaba arreglar las cosas con Jung-in. Se subió a su coche y salió de la mansión a toda velocidad. Pronto llegó a Willow Street. Aparcó frente a la casa de Jung-in y apagó el motor. Se quedó mirando la ventana iluminada del segundo piso.

¿Qué estarás haciendo?

Llamó por teléfono. Tras varios tonos, Jung-in respondió.

―¿Diga?

Su voz era pausada, elegante. Jung-in siempre parecía pensar antes de hablar, respondiendo con un ritmo medio segundo más lento que el resto, algo que resultaba extrañamente atrayente. Te obligaba a esperar, a concentrarte, a mirarlo.

“Soy yo”.

―Lo sé. ¿Qué quieres?

La hostilidad era evidente.

“Quiero hablar contigo un momento”.

― ¿De qué?

“No es algo para hablar por teléfono. ¿Tienes un minuto?”.

―... Ahora no es buen momento.

Respondió Jung-in tras un silencio.

―Tengo que estudiar.

Chase no podía creérselo. ¿Estudiar? Rara vez lo rechazaban, pero que lo hicieran con la excusa del estudio era la primera vez en su vida.

“Estoy frente a tu casa”.

Solo después de decirlo se dio cuenta de lo impulsivo que había sido. Hubo un silencio al otro lado de la línea.

―Que hayas venido porque sí no significa que yo tenga que salir.

Su voz sonaba intimidada, pero sus palabras eran firmes. Chase se quedó sin habla otra vez.

“... Tienes razón”.

―Si tienes algo que decir, envíame un mensaje o un correo.

Y colgó. Chase se apoyó en el volante, frustrado. Jung-in era un rival imposible de predecir con su lógica habitual. Y lo que menos entendía era por qué se empeñaba tanto en tenerlo cerca.

En ese momento, unos faros iluminaron su coche y un Camry rojo se detuvo detrás de él. Era Su-ji. Ella reconoció enseguida al dueño del lujoso deportivo.

“¿Chase?”.

Chase bajó del coche al ver a Su-ji cargada con bolsas del supermercado.

“Hola”.

“¿Qué haces aquí fuera? ¿Por qué no entras?”.

“Bueno... es que...”.

Chase no supo qué decir.

“Déjeme ayudarla”

Dijo Chase, tomando las pesadas bolsas.

“Jung-in-ah ha estado un poco decaído últimamente, así que he comprado mucha carne y guarniciones”.

Dijo Su-ji con una sonrisa.

“¿Has cenado? Si no, quédate a comer, aunque sea comida coreana otra vez”.

Chase sintió un alivio inmenso. Había encontrado una aliada inesperada.

“¿Segura que no molesto?”.

“Eres amigo de Jung-in, claro que puedes”.

Chase siguió a Su-ji al interior, con el corazón latiendo a mil por la tensión de imaginar la reacción de Jung-in.

“¡Jung-in! ¡Mamá ya está aquí!”.

Gritó Su-ji.

Jung-in bajó las escaleras y se detuvo a mitad de camino. Seguía sin gafas. Su expresión se endureció al ver a Chase.

“... ¿Prescott?”.

Su voz mezclaba desconcierto e irritación. Su mirada decía claramente: ‘¿Qué haces tú aquí?’. Chase reaccionó rápido antes de que Jung-in pudiera echarlo.

“¿Dónde pongo esto?”.

Le preguntó a Su-ji.

“En la cocina, sobre la mesa. Sube con Jung-in mientras yo preparo todo”.

Chase fue a la cocina, dejó las bolsas y, al salir, se encontró con Jung-in, que lo esperaba con el ceño fruncido y mordiéndose el labio.

Qué lindo, pensó Chase, pero no era momento para eso.

“... Vamos”.

Dijo Jung-in resignado

En su habitación, Jung-in cerró la puerta y se cruzó de brazos. Chase, fingiendo no notar su enfado, vio un peluche sobre la cama.

“¡Snowball! ¡Papá está aquí!”.

Exclamó Chase abrazando el peluche, intentando romper el hielo con una broma tonta. Pero Jung-in no cedió.

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“¿A qué estás jugando?”.

Chase usó el peluche para taparse la cara, dejando solo los ojos a la vista.

“Tu madre me vio fuera y me invitó a cenar”.

“Lo siento. Dile a mi madre que te ha surgido algo urgente y vete”.

La sonrisa de Chase desapareció. Dejó el peluche y miró a Jung-in.

“¿Por qué tengo que hacer eso?”.

“Porque es incómodo”.

“Hasta la semana pasada no era incómodo. ¿Por qué tiene que cambiar todo de repente?”.

“Es obvio que tiene que cambiar”.

Respondió Jung-in.

“¿Por qué? Yo no quiero. Quiero comer contigo, hablar contigo y jugar contigo como antes”.

“¿Jugar? ¿Eres un niño?”.

Lo miró Jung-in como a un niño caprichoso.

“Esto no es justo”.

Protestó Chase. Sentía que estaba perdiendo a Jung-in por algo que él no consideraba un error.

“Así es la vida. Acéptalo”.

Sentenció Jung-in con frialdad.

A Chase le dolió que Jung-in fuera amable con todos en la escuela menos con él.

“¿Por qué no llevas gafas?”.

Soltó de repente.

“Se rompió la montura. El cristal también se rayó. Las están arreglando”.

Chase asintió, pero había algo que le molestaba más.

“Tengo una pregunta. ¿Quién es Justin?”.

Jung-in guardó silencio, mirándolo con esos ojos negros que parecían cuestionar su derecho a preguntar.

“¿Qué te importa a ti?”.

“Tengo curiosidad”.

Chase sabía que no debería mostrar tanto interés por alguien que técnicamente no le gustaba de esa forma. Jung-in suspiró con cansancio.

“Ha... Prescott”.

“Chay”.

“... ¿Qué?”.

“Llámame Chay”.

Jung-in abrió mucho los ojos, dudó un segundo y luego apartó la vista.

“No. No quiero. Vivian Sinclair te llama así”.

“¿Y eso qué tiene que ver?”.

Chase estaba confundido. Parecía que hablaban idiomas distintos.

“La conozco desde los dos años. Me llama así porque oía a mi madre llamarme así”.

“... No me importa”.

“¿Entonces por qué mencionas a Vivian?”.

Jung-in se mordió el labio otra vez. Chase intentó descifrarlo. ¿Eran celos? ¿O no quería que lo trataran igual que a ella?

“Eres muy difícil...”.

Chase se pasó la mano por el cabello y decidió contarle algo que no le había dicho a nadie.

“Vivian y yo no somos novios. Nunca lo hemos sido”.

Jung-in se quedó helado. Chase Prescott y Vivian Sinclair siempre estaban juntos; eran la pareja oficial de Bellacove desde la secundaria.

“Simplemente nos resultaba cómodo”.

Explicó Chase.

“Ella necesitaba un trofeo que mostrar y yo una excusa para evitar atención innecesaria. Vivian tiene mal carácter, así que la mayoría no se me acercaba por miedo a ella”.

Jung-in parecía estar procesando el abismo entre lo que creía saber y la realidad. Chase sintió una chispa de esperanza, pero Jung-in negó con la cabeza.

“Sea cual sea la historia... ya no tiene nada que ver conmigo”.

Había un muro de desconexión total.

“Jay, ¿de verdad vas a seguir así?”.

Insistió Chase.

Últimamente, Jung-in era quien lo hacía sonreír, quien iluminaba su día. Se dio cuenta de que podía divertirse sin fiestas, alcohol ni chicas. Una pizza con arena en la playa o unas patatas fritas en un diner sabían mejor que la comida de un restaurante de lujo si estaba con él. Leer en la misma habitación le llenaba el pecho y hablar con Jung-in le daba una liberación mayor que cualquier partido de fútbol. Y ahora, Jung-in quería dejarlo.

“Jay, mírame”.

Pidió Chase. Jung-in lo miró a regañadientes con sus ojos profundos.

“Vamos a aclarar las cosas. ¿Dices que no podemos estar juntos porque te gusto y yo te rechacé?”.

“... Sí”.

“¿Por qué?”.

Jung-in lo miró como si él fuera el que no entendía nada. A pesar de llevar siete años en EE. UU., Jung-in conservaba los valores coreanos tradicionales donde un vínculo roto no se puede recuperar.

“¿Y tú por qué insistes tanto?”.

La voz de Jung-in se volvió afilada.

“¿Quieres que sigamos siendo amigos sabiendo que me gustas? ¿Solo porque tú quieres? Eres muy egoísta. Deberías dejarme espacio para que pueda olvidarte”.

Chase se defendió.

“Si seguimos pasando tiempo juntos, quizá tus sentimientos cambien”.

“¿Cómo puedes decirlo tan fácil? ¿Por qué para ustedes todo es tan fácil?”.

“¿Ustedes? No sé a quién te refieres, pero no me metas en el mismo saco que a los demás”.

La diferencia cultural era enorme. Para un coreano, el amor tiene un componente fatalista: una vez que el destino se tuerce, no hay vuelta atrás. Para muchos estadounidenses, el sentimiento es algo fluido que puede transformarse en amistad. Pero Chase ni siquiera encajaba en ese promedio.

Para él, el amor era una estrategia de marketing de las películas. No creía en el amor romántico; solo veía transacciones, deseos y caprichos. Sus padres tenían amantes, sus amigos cambiaban de pareja constantemente... nada era eterno.

“Tus sentimientos podrían convertirse en amistad”.

Insistió Chase.

“¿Crees que el corazón cambia así de fácil?”.

“¿Vas a decirme que es para siempre? Ni los niños de cinco años creen eso”.

Un silencio pesado cayó sobre ellos. Estaba claro que ambos estaban dolidos. Chase comprendió que Jung-in era terco. Jung-in miraba por la ventana, con la luz de la luna bañando sus hombros.

Chase lo observó. Jung-in era diferente a todos. No había cálculos, ni ambición, ni adulación en él. Su mirada honesta a veces incomodaba a Chase, como si fuera un rayo X que desnudara su interior, pero no le disgustaba esa sensación. Jung-in tenía un equilibrio propio que le daba paz a Chase.

Recordó lo que decía su abuelo.

‘Si quieres algo, lucha por ello. Rendirse es de perdedores’.

Pero Chase nunca había tenido que luchar por nada; todo llegaba a sus manos antes de desearlo. Solo con Jung-in era distinto. Sentía que si lo perdía, se arrepentiría toda la vida.

“No sé cómo salen dos chicos”.

Dijo Chase de repente.

“Nunca he pensado en eso”.

Jung-in frunció el ceño. Él tampoco quería una relación; simplemente le gustaba Chase como quien admira a una celebridad. Pero Chase continuó.

“Si salir contigo es la única forma de que hablemos y riamos como antes... entonces, salgamos”.

Jung-in se giró bruscamente, incrédulo.

“... ¿Qué? ¿Qué acabas de decir?”.

“Que salgamos”.

Chase lo miraba en serio. Se dio cuenta de que el motivo por el que no había pensado en Jung-in ‘de esa forma’ era por su crianza conservadora y republicana.

Pero la idea de que Jung-in fuera su novio le hizo saltar el corazón como si fuera a tirarse al vacío. Cuanto más lo pensaba, más sentido tenía.

En Wincrest High había varios chicos abiertamente gays. Sería una relación exclusiva, tendría el derecho de tener a Jung-in solo para él. Estaba convencido de su decisión, hasta que...

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“Prescott, tú...”.

La voz de Jung-in temblaba. Tomó el cojín de su silla y se lo lanzó a Chase a la cara.

“¡Vete ahora mismo!”.

“... ¿Eh?”.

Chase parpadeó, confundido.

“Eres un caso perdido, Chase Prescott”.

Dijo Jung-in entre dientes.

Chase no entendía nada. Si le gustaba, ¿por qué se enfadaba cuando él le proponía salir? ¿No debería estar feliz? El control de la situación se le escapaba de las manos.

“¡No vuelvas a hablarme nunca más!”.

“... ¿Lo dices en serio?”.

Preguntó Chase, atónito.

“¡Sí! ¡Fuera!”.

Chase se levantó, todavía aturdido. Miró el peluche que tenía en la mano.

“¿Y Snowball...?”.

“¡Haz lo que quieras con él, tírlo si quieres!”.

Chase salió de la casa, expulsado, con el peluche blanco en brazos. Se despidió de Su-ji con una excusa y salió a la noche fría. Ya en el coche, miró el muñeco.

“Maldita sea”.

Él dejó el peluche en el asiento del pasajero con un gesto brusco, casi violento. Luego, salió rápidamente del vecindario como si no tuviera nada más que hacer allí.

En cada curva, Snowball rodaba de un lado a otro en el asiento. Chase detuvo el coche ante una señal de alto en una intersección y miró fijamente al muñeco. En su mirada se reflejaba un resentimiento difícil de contener, como si ese peluche fuera el mismísimo Jung-in, quien acababa de rechazarlo con frialdad.

Sin embargo, ese rencor no duró mucho. Tras soltar un suspiro de resignación, sentó al pequeño muñeco erguido en el asiento del pasajero. Luego, tiró del cinturón de seguridad y lo abrochó con cuidado alrededor del cuerpo del peluche.

En ese momento, recordó la primera vez que puso sus ojos de verdad en aquel hombre de ojos negros que tanto se parecía al muñeco. Fue la noche de la fiesta benéfica que se celebraba cada año.

***

Una semana antes de la gala benéfica anual, el número 1 de Crestview Drive ya era un hervidero de actividad.

Chase vestía un esmoquin negro y se anudaba la pajarita. Justo cuando terminaba de arreglarse el cabello frente al espejo y se disponía a salir del anexo, se topó con un rostro inesperado.

Este lugar estaba apartado de la casa principal, por lo que no era un sitio por el que alguien pasara ‘por casualidad’. Su presencia allí era una aproximación deliberada.

“Cuánto tiempo, Chase”.

Evangeline Clark le habló con una suave sonrisa.

“Sigues tan apuesto como siempre”.

Evangeline, una vez una actriz prometedora, era ahora una empresaria de casi cuarenta años dedicada a su propia marca de bolsos y carteras. Aunque se había alejado de las pantallas, su belleza, cuidadosamente mantenida, permanecía intacta.

“Tienes la pajarita torcida”.

Evangeline jugueteó con el lazo de Chase y deslizó sutilmente su mano hacia el pecho del joven. Fue un movimiento fluido y natural, pero su intención era evidente.

La mirada de Chase permanecía gélida mientras observaba la mano que recorría su pecho.

Él era el futuro heredero de un colosal imperio financiero con activos totales de 900.000 millones de dólares, que abarcaba desde bancos de inversión y gestión de activos hasta bienes raíces e inversiones ESG. Habiendo recibido innumerables tentaciones a lo largo de su vida, un gesto de este nivel no le hacía ni pestañear.

“No creo que encuentre ninguna pajarita por ahí abajo”.

Aunque no llevaba una vida estrictamente ejemplar, Chase tenía límites que no cruzaba. No era tan decadente como para involucrarse con la amante de su padre.

Evangeline retrocedió un paso, curvando ligeramente los labios.

Su sonrisa cargada de matices sensuales y su actitud desvergonzada ya no sorprendían a Chase. Sabía que ella frecuentaba el apartamento de su padre en Nueva York, pero presentarse en la casa donde residía la esposa legítima era una audacia notable. Por supuesto, bajo el pretexto de ser socia comercial de su padre, aunque era obvio que su madre, Lillian, también conocía la relación.

Sus padres, Dominic y Lillian Prescott, eran conocidos por haberse enamorado ‘por destino’ en el baile de debutantes de Lillian. Sin embargo, la realidad era que su matrimonio había sido una alianza estratégica basada puramente en intereses.

Y, sin grandes giros en el guion, Chase seguiría el mismo camino. Casarse con alguien de una familia prestigiosa presentada en sociedad, procrear hijos como si fueran caballos purasangre, organizar eventos benéficos superficiales y heredar la fortuna y el honor de la familia generación tras generación. Viviría siguiendo los pasos trazados incluso antes de nacer.

Por eso, él prefería las relaciones tipo ‘snack’: breves, ligeras y sin culpas. No tenía el pasatiempo de traicionar a nadie mediante mentiras, y se prometió a sí mismo que, aunque su matrimonio fuera sin amor, sería fiel a su pareja una vez casado. Ese era el último vestigio de orgullo que conservaba Chase Prescott.

Al entrar en la casa principal, Chase se detuvo un momento ante el enorme retrato familiar que colgaba en el salón.

Parecía la familia perfecta, el epítome del Old Money. Todos en la foto vestían con elegancia y lucían impecables. Sin embargo, esa perfección le causaba una extraña inquietud. Chase conocía bien las grietas ocultas tras ese marco brillante.

En la foto solo aparecían Dominic y Kyle Prescott, pero su abuelo, Albert Prescott, tenía otro hijo no reconocido por el mundo. Un hijo ilegítimo que tuvo a una edad avanzada y que era solo un año mayor que Chase. De hecho, su abuela, Eleanor Prescott, comenzó a residir en Francia desde que la existencia de aquel hijo salió a la luz.

La situación no parecía mejorar en la generación siguiente. Era, en esencia, una familia desestructurada bajo una fachada de lujo. Su padre traía a su amante a eventos donde estaba su madre; su madre estaba ebria desde temprano en la mañana; y su hermana, que decía abiertamente odiar ser una Prescott, no se había dejado ver desde que se tomó esa foto el año pasado.

“Joven amo, el señor lo está buscando”.

Ante el aviso del sirviente, Chase caminó hacia el salón de baile a regañadientes.

Al entrar, las miradas recayeron sobre él. Algunos ojos lo evaluaban, otros calculaban su valor. Todos parecían hienas eligiendo el mejor trozo de carne sobre la mesa. Esto también era parte de su rutina.

Chase ocultó su hastío tras una máscara de sonrisa falsa. Esa expresión educada pero vacía era su disfraz desde hacía tanto tiempo que, a veces, él mismo confundía cuál era su verdadero rostro.

En el salón, donde sonaba música clásica suave, Chase intercambió saludos formales con personas que no conocía ni le interesaban.

“Joven Prescott, es un placer conocerle. Soy Steven Fletcher”.

“Chase Prescott”.

Tras estrechar la mano de un hombre de mediana edad, su padre, Dominic, le presentó a alguien más.

“Dice que asiste a tu misma escuela”.

Dominic parecía creer que compartir escuela era un vínculo importante, pero a Chase no le importaban los demás chicos del instituto. No necesitaba mostrar interés; la gente se le acercaba sola, y a menudo de forma excesiva.

Sin embargo, mostrar indiferencia no era propio de un Prescott, así que forzó una sonrisa amable y fingió interés.

Los ojos azules de Chase se movieron lentamente. Al final de su mirada, vio a un chico de piel blanca y cabello azabache que parecía estar bajo un reflector propio. Vestido con un traje impecable, recordaba a un pianista refinado a punto de dar un concierto.

Tenía facciones delicadas y menudas, difíciles de encontrar en occidentales, con un contorno suave como si hubiera sido dibujado con un pincel fino. En ese momento, Chase comprendió por qué la gente decía que la belleza asiática era misteriosa.

Parecía una de esas muñecas de porcelana que su abuela coleccionaba y cuidaba con recelo por su fragilidad. Si no fuera porque parpadeaba, realmente lo habría creído. Su cabello negro, peinado ligeramente hacia atrás dejando ver parte de su frente, brillaba con salud, y sus labios rojos contrastaban vívidamente con su rostro pálido.

Era difícil calcular la edad de los asiáticos. Parecía tener unos quince años, pero podría ser mucho mayor.

“Si hubiera alguien tan lindo como tú en mi escuela, lo sabría. ¿Eres nuevo? Un placer conocerte”.

Su oferta de apretón de manos fue ignorada, y su saludo amable solo obtuvo silencio.

Normalmente, a estas alturas, cualquiera habría sonreído tímidamente o se habría mostrado halagado, pero el chico no respondía. Solo parpadeaba con sus grandes ojos, que parecían cargar con mil historias, como una Sirenita que hubiera cambiado su voz por piernas en un trato con una bruja.

¿Qué clase de voz saldría de ese rostro?

Lleno de curiosidad, Chase empezó a lanzar preguntas sobre cosas que no le interesaban, solo para escuchar su voz.

“¿Vas a Wincrest? ¿Cómo es que nunca te he visto en la escuela?”.

Nuevamente, no hubo respuesta. Fue Dominic, que estaba al lado, quien le informó que estaban en el mismo grado.

El suave mentón del chico, que no mostraba ni rastro de barba ni poros, pareció temblar levemente antes de que finalmente abriera la boca.

Veamos qué tan cara es esa voz.

Chase contuvo el aliento sin darse cuenta, como si esperara la primera nota de un instrumento de cuerda carísimo.

“... Con permiso. Disfruten de su charla”.

A diferencia de su rostro andrógino, la voz era claramente masculina. Por alguna razón, eso le causó una impresión aún más peculiar. Quiso decirle algo más, pero el chico se dio la vuelta y se alejó rápidamente de su vista.

Una pequeña arruga apareció en la frente de Chase. La sonrisa que mantenía por hábito se desmoronó. Quizás porque siempre estaba acostumbrado a que la gente se acercara a él, ver a alguien dándole la espalda y desapareciendo le resultó extraño. Esa extrañeza le provocó una leve punzada de irritación.

Chase pidió disculpas y se retiró. Salió al pasillo con pasos que delataban una sutil urgencia. Sin embargo, no había ni rastro del chico. Era como si nunca hubiera existido.

Hace un momento se comportaba como la Sirenita sin voz, y ahora actúa como Cenicienta tras las doce campanadas.

Chase apretó y soltó el puño en el aire vacío.

Al regresar a la fiesta, pasó un largo rato al lado de Dominic estrechando manos con gente poderosa. Sentía un cartel invisible y pesado sobre sus hombros.

‘El heredero de los Prescott’.

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Parecía que esas palabras eran lo único que definía su existencia.

“¿Y mi madre?”.

Preguntó Chase cuando terminaron los saludos principales.

“Es tu madre. Como siempre, estará donde haya alcohol”.

Respondió Dominic con frialdad. Chase no preguntó nada más.

En esta familia no había afecto. No sabía si era para evitar el desgaste emocional o si simplemente nunca hubo interés. Era difícil esperar amor paternal o maternal, y mucho menos amor conyugal. Chase se había enterado de que su madre estaba en la casa esa noche a través de un sirviente. Ella no se había molestado siquiera en pasar por el anexo a ver a su hijo.

Mientras Chase apretaba los dientes, Dominic preguntó.

“¿Y Elena? ¿Ha dicho que no vendrá?”.

“Ya sabe que estoy saliendo con Vivian Sinclair”.

Cada vez que Chase mencionaba a Vivian, una pizca de desprecio cruzaba el rostro de Dominic. Los Sinclair, que dirigían una cadena de restaurantes, no eran más que unos nuevos ricos que habían prosperado gracias a un golpe de suerte y un sentido comercial temerario, comparados con los Prescott.

La clase alta era estrictamente conservadora. No se mezclaban con otras clases. La única razón por la que los Prescott enviaron a Chase a una escuela pública fue por la imagen del grupo.

Los Prescott eran estrategas consumados. Que Chase asistiera a una escuela pública enviaba un mensaje positivo: los Prescott no eran ‘elitistas arrogantes encerrados en su burbuja de privilegios’, sino ‘líderes que se comunican con la gente común y entienden la realidad’.

Chase nunca tuvo opción en cuanto a su educación. Todas sus decisiones estaban destinadas a la fama de la familia y al beneficio del grupo; su opinión nunca fue considerada.

Dominic veía el hecho de que Chase se relacionara con el equipo de fútbol como un acto de benevolencia, una noble contribución social. Como si alguien privilegiado estuviera otorgando humildad.

“Es bueno que te relaciones con esos chicos”.

Decía Dominic.

Cada vez que escuchaba esas palabras cargadas de superioridad y orgullo, Chase se sentía como una cáscara vacía pero brillante, aunque siempre respondía con una sonrisa silenciosa.

Obviamente, Vivian no era del agrado de Dominic. La pareja que él tenía en mente para Chase no era Vivian, sino Elena Montgomery.

Los Montgomery, que amasaron su fortuna con la industria del acero en el siglo XIX, eran una familia histórica del este de EE. UU. con gran influencia en la alta sociedad de Nueva York y Boston. Seguían liderando la cultura de la clase alta mediante el patrocinio artístico e inversiones masivas. Chase incluso había sido el acompañante de Elena en su baile de debutantes en los Hamptons. Elena era impecable, modales elegantes, belleza y una forma de hablar distinguida. Tan perfecta que parecía un robot.

Dominic, sosteniendo su champán con el mentón en alto, miró la fiesta con satisfacción y dijo.

“Diviértete por ahora, pero pronto tendrás que ponerte serio. Como te muestras tibio, ellos tampoco se atreven a acercarse del todo”.

Chase no pudo escuchar más. El aire allí se sentía pesado y asfixiante.

“Ya me he dejado ver, así que me retiro”.

Sin esperar respuesta de su padre, salió rápidamente del lugar. Nada más llegar al pasillo, le envió un mensaje a Brian Cole. Le propuso ir a Cabo San Lucas, diciendo que él se encargaría del alojamiento y los billetes de avión. Brian, hijo de un concejal de Bellacove y una madre que trabajaba en una agencia de publicidad, estaba pasando por un mal momento debido al ruidoso divorcio de sus padres. No rechazaría una oferta para escapar de allí, aunque fuera por un fin de semana. Los otros chicos lo seguirían sin dudar si el viaje era gratis.

Tras dar instrucciones a su secretario para reservar el viaje a Cabo, Chase se aflojó la pajarita que lo asfixiaba. El sonido de sus zapatos sobre el suelo de mármol resonaba en el espacio.

En ese momento, vio a Madison Wilkes vagando por el pasillo con expresión ansiosa. Era la chica que siempre seguía a Vivian como una sombra. Madison jugueteaba con sus manos mientras miraba a su alrededor, y al cruzar la mirada con Chase, se sobresaltó y se quedó rígida.

“¡Ch-Chase! ¡Hola!”.

“¿Dónde está Vivian?”.

La expresión de Madison se congeló. Con una sonrisa forzada y moviendo los ojos nerviosamente, respondió rápido.

“¿Eh? No lo sé. No la he visto...”.

Detrás de ella, que parecía estar vigilando, estaba la puerta que daba a la terraza. Chase estaba seguro de que Vivian estaba allí fuera. Y podía imaginar con quién. Frunció levemente el ceño.

“¿Te apartas? Quiero tomar el aire”.

Madison bloqueó un poco más la puerta y tartamudeó.

“Es... es que ahora es un poco complicado...”.

Chase soltó un profundo suspiro. Su voz baja, cargada de irritación y frialdad, resonó en el pasillo.

“Lo siento, pero esta es mi casa”.

Empujó suavemente a Madison a un lado y tiró del picaporte. Al abrirse la puerta, el aire nocturno de la terraza rozó su piel. En aquel rincón pintoresco, se encontró con la silueta de dos personas entrelazadas como si fueran una sola.

Chase ya sabía quién era el acompañante de Vivian. Su voz grave pronunció el nombre.

“Evan”.

Solo entonces, las dos figuras se separaron.

Chase sintió una punzada de dolor en la sien. Un hombre rubio salió de las sombras y le dedicó una sonrisa cínica.

“¿Evan? Deberías llamarme tío”.

“Para tener solo un año más que yo...”.

Él era Evan Prescott, el hijo que su abuelo había tenido fuera del matrimonio. La familia Prescott había gastado una fortuna controlando a la prensa para ocultar su existencia, pero no se sabía cuánto tiempo más podrían contenerlo.

Evan Prescott era un auténtico canalla. Lo enviaron a una escuela privada con normas estrictas a propósito, pero lo expulsaron por distribuir sustancias ilegales entre los estudiantes. Sin embargo, eso era solo una mínima parte de sus fechorías. Lo que había hecho era mucho más grave; era casi un milagro que no hubiera acabado en un reformatorio.

Chase lo fulminó con la mirada y dijo.

“¿Qué haces aquí? ¿Te has quedado sin dinero?”.

Evan se rió y se pasó la mano por el cabello. Su cabello rubio, el símbolo de los Prescott, cayó relajado junto con su sonrisa burlona.

“¿Cómo podría quedarme sin dinero? Soy un Prescott; si cavo en la tierra, sale dinero”.

Con una risa descarada, Evan pasó junto a Chase.

“Que tengas una buena noche, sobrino. No seas tan amargado”

Esa última frase sarcástica resonó en los oídos de Chase. En cuanto Evan desapareció, Chase alzó la voz.

“¡Vivian!”.

Vivian se encogió del susto, pero enseguida lo enfrentó con expresión de injusticia.

“¡Qué susto! ¿Por qué gritas?”.

“¿Acaso no lo sabes?”.

Con Vivian había crecido en el mismo vecindario desde pequeños y se consideraban casi como hermanos. Pero en este momento, esa relación no significaba nada.

“¿Has perdido la cabeza?”.

Ante el tono de desprecio de Chase, Vivian contraatacó.

“Es asunto mío”.

“¿Tu asunto? ¡Te dije claramente que no te acercaras a ese drogadicto!”.

“¡No le llames drogadicto! ¡No hables así!”.

“¿De verdad te gusta?”.

“¿Y qué si me gusta?”.

“¡Vivian, de verdad...!”.

Finalmente, Chase subió el tono. Vivian, sintiendo que la rabia la desbordaba, replicó.

“Sea un drogadicto o un hijo ilegítimo, Evan Prescott es un ‘Prescott’ de pleno derecho. ¡Yo también quiero ser una Prescott!”.

Vivian siempre había anhelado ser una Prescott. El valor de ese nombre no estaba solo en el dinero. Los Prescott tenían una fama histórica de cientos de años en EE. UU. Era una familia que construyó un imperio financiero y cuyos nombres estaban arraigados en la historia, la política y la economía del país. Estaban en una dimensión a la que no se podía llegar simplemente trabajando duro; era un mundo fijado por la ‘clase’.

Obviamente, el candidato ideal era Chase, pero ella supo pronto que él no la tomaría en serio. No pasarían de ser la pareja oficial en el instituto. Entonces apareció Evan Prescott, el tío de Chase con solo un año más que él. Sintió que finalmente había encontrado la escalera para subir a la familia Prescott.

“Dicen que cuando un Prescott cumple veinte años, se activa su fondo fiduciario, ¿verdad?”.

La expresión de Chase se endureció al instante.

“¿Cómo sabes eso?”.

Vivian sonrió con amargura.

“¿Sabes qué? El fondo que recibe un mocoso de veinte años es varias veces superior a todo lo que mi padre ha ganado en su vida siendo llamado ‘nuevo rico’”.

Chase, con aspecto cansado como si no pudiera creer que ella lo obligara a decir esto, respondió.

“¿Y qué? ¿Si decides casarte con él? ¿Crees que mi abuelo te aceptará?”.

“...”.

Vivian se quedó rígida al ser golpeada por la cruda realidad. Las palabras de Chase atravesaron la situación como una cuchilla. Albert Prescott, el jefe de la familia, no consideraba seres humanos a quienes no pertenecieran a linajes ilustres. Para no decepcionarlo, el padre y el tío de Chase se casaron compitiendo por ver quién conseguía a la hija de la mejor familia.

Albert Prescott, de 70 años, seguía fuerte y mantenía su trono con firmeza. Vivian se mordió el labio, conteniendo las lágrimas de frustración.

“¿Quién eres tú para decir eso? ¡Ya es bastante difícil sin que tú también te pongas así!”.

Chase suspiró con fatiga y dijo con voz cansada.

“Te estoy diciendo que pares antes de que salgas herida. Es un consejo de amigo”.

Vivian lo fulminó con la mirada un rato y, incapaz de contener su furia, se dio la vuelta. El sonido de sus finos tacones se alejó por el pasillo.

“Fuuu...”.

Su largo suspiro se disolvió en el aire nocturno. Solo en la terraza, Chase tiró con fuerza de la pajarita y la arrojó al suelo.

En ese momento, vio una mochila extraña. Era una mochila vieja, abandonada en un rincón de la terraza como si alguien la hubiera dejado allí con prisas. Chase miró alternativamente la mochila y la dirección por donde se fue Vivian. Su corazón latía con incomodidad ante la idea de que alguien hubiera presenciado la escena.

“... ¿Y esto qué es ahora?”.

Sintiéndose agobiado, se sentó en la barandilla de la terraza y recogió la mochila. Pesaba más de lo esperado.

Ziiip. Abrió la cremallera sin pensar. La mochila estaba llena de libros de texto y fotocopias: SAT, fórmulas matemáticas, material de preparación para exámenes... Chase rebuscó para ver si encontraba algún nombre. Entonces, un cuaderno rojo de aspecto pasado de moda llamó su atención. Miró con indiferencia unos caracteres chinos escritos con pintura blanca en la portada y abrió el cuaderno.

Las páginas pasaron rápidamente hasta detenerse solas en el lugar que más veces había sido consultado. Un título escrito con trazos gruesos de bolígrafo captó su atención.

[¿Por qué odiamos a Chase Prescott?

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De repente, al encontrar su nombre en un lugar inesperado, los ojos de Chase se entrecerraron. Hubo una grieta en su expresión indiferente y una luz desconocida empezó a brillar en sus pupilas.

“¿Qué es esto...?”.

Murmuró con voz baja.

A medida que leía, su expresión de hastío desaparecía y las comisuras de sus labios se elevaban lentamente. Al ver el comentario sobre pedir perdón a los osos polares junto a un hashtag, soltó una carcajada.

[Se estima que la salchicha de Chase Prescott es pequeña, como un órgano vestigial. Probablemente combine a la perfección con dos frijoles encogidos por los esteroides.]

En esa parte, se pasó la mano por la cara, asombrado.

“Increíble...”.

Chase negó con la cabeza y sacó un boletín de notas de un simulacro del SAT que estaba al lado. Por curiosidad lo abrió y vio que las notas eran casi perfectas. Tras confirmar la inteligencia del autor, su mirada volvió al cuaderno rojo.

[Entropía Prescott.]

[S=k log W]

[W: Número de chicas con las que Chase Prescott ha salido.]

Al ver cómo se burlaban de él usando matemáticas, soltó un suspiro de admiración. El texto explicaba que a medida que aumentaba el número de chicas con las que salía, el desorden del mundo crecía exponencialmente.

“Ja...”.

¿Cómo alguien con tal capacidad intelectual podía escribir algo así? Más que molesto, le pareció refrescante y tierno. Al leer el contenido, el peso que agobiaba sus hombros se desvaneció: la presión de ser el heredero, las grietas familiares, los problemas de su amiga... todo perdió fuerza ante las burlas ligeras del cuaderno. Nadie le había dicho nunca cosas así. Era absurdo y divertido a la vez, como ser el blanco de la sátira de un comediante.

Se divirtió. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad. Y en algún lugar de su pecho, surgió una pequeña onda de interés. ¿Fue una simple coincidencia o el comienzo de algo más?

 

Le avisaron que el vehículo para llevarlo al aeropuerto estaba listo. Chase se colgó la mochila al hombro y, al dirigirse a la salida, se encontró con Dominic bebiendo whisky en el bar de uno de los salones. Parecía estar celebrando el éxito de la gala.

“Es tarde. ¿A dónde vas?”.

Chase se encogió de hombros. Sabía que la pregunta era pura formalidad, sin interés real.

“Nos vemos”.

Se despidió con frialdad, pero al llegar a la puerta, se detuvo. Como si se acabara de acordar, se giró y preguntó.

“Ese chico de antes. El que dijo que iba a mi escuela”.

“¿Quién? Ah, sí. ¿El chico asiático?”.

Ante el desinterés de Dominic, el ceño de Chase se frunció levemente.

“¿Cómo se llama?”.

“¿Cómo voy a saber eso? Solo recuerdo que su padre me pidió una inversión”.

“¿Inversión?”.

Chase dio media vuelta, dejó su bolsa y se sentó junto a Dominic.

“¿Por qué lo preguntas? ¿Ya te interesa el negocio familiar?”.

“Tal vez”.

“Me pidió capital inicial para un negocio de importación de coches usados del extranjero. Son minucias, de todos modos”.

Chase, tras un breve silencio, dijo en voz baja.

“Házlo”.

Dominic, que se llevaba el vaso a la boca, giró la cabeza extrañado.

“¿Eh?”.

“Dáselo. Si dice que son minucias”.

Una expresión de desconcierto cruzó el rostro de Dominic.

“¿De repente estás haciendo gala de tu visión para las inversiones?”.

“¿No hay veces en las que uno simplemente quiere hacerlo?”.

Dominic agitó su vaso de whisky como si oyera algo trivial. El hielo golpeó el cristal con un sonido rítmico. Chase tomó su bolsa de nuevo y volvió a mirar atrás antes de salir.

“Lo harás, ¿verdad? La inversión”.

“Lo haré”.

Respondió su padre con una risita. Chase asintió y finalmente salió de la casa.

***

Cuando sonó el silbato del entrenador, Chase fijó su mirada en el receptor y reguló su respiración.

“¡Preparados, listos, ¡En marcha!”.

En cuanto el balón voló de las manos de Chase, Alex Martínez, el cornerback, siguió al receptor como un rayo. Justo cuando el balón iba a tocar las manos del receptor, Alex giró su cuerpo y lo desvió con la palma.

“¡Bien, Martínez! ¡Prescott, un poco más de precisión! ¡Prepárense y vamos de nuevo!” gritó el entrenador.

En el breve descanso, Chase recogió el balón y continuó la charla que habían empezado.

“Dice que no entiende por qué se enfadó, si solo estaba aceptando sus sentimientos”.

“Hum...”.

Alex Martínez, que parecía reflexivo, era una versión equilibrada entre Max y Brian. No era excesivamente bromista ni demasiado ligero de cascos. Chase, por impulso, le había pedido consejo planteando su situación como si le hubiera pasado a otra persona.

Alex, que escuchaba con atención, preguntó para confirmar.

“Déjame ver si lo entiendo. ¿Tu amigo Nate recibió una confesión de una chica llamada Caitlin y la rechazó?”.

“No dije que fuera una confesión. Pero bueno, algo así”.

“¿Y tras el rechazo, Caitlin se volvió fría?”.

“Sí”.

“Y el problema es...”.

“Te lo he dicho. Nate quiere seguir relacionándose con Caitlin”.

Chase lanzó un pase corto. Alex atrapó el balón y soltó.

“¿Y por qué se molesta tanto?”.

“Porque Caitlin es especial. Dice que es diferente a cualquier persona que haya conocido”.

Alex se rió divertido.

“¿Y te pregunta eso a ti porque no lo entiende? Ese tal Nate es un idiota, ¿verdad?”.

“... ¿Por qué?”.

“Porque ese Nate ya está enamorado de Caitlin. ¿Dices que fue a su casa varias veces? Por lo que cuentas, parece que fue amor a primera vista”.

En ese instante, desde el borde de su visión, un defensa se lanzó contra Chase, que todavía sostenía el balón.

¡Boom! Con un fuerte impacto, el cuerpo de Chase fue derribado contra el césped.

“¡Prescott! ¡Te dije que no perdieras de vista el Blind Side (lado ciego)!”.

Bramó el entrenador en el campo.

Chase, intentando calmar su confusión, se quitó el casco lentamente. Podía oír su propia respiración agitada. Ante él se extendía el cielo azul. Sus ojos parpadearon mientras miraba aquel cielo despejado y sin viento.

Blind Side. Si ignoras el hueco que no ves bien, acabas pagándolo caro, así de fuerte.

Tal vez Alex tuviera razón. Nate se sintió atraído desde el primer momento en que vio a Caitlin. Tenía curiosidad por su voz. Después de conocer su identidad en la escuela, no pudo dejar de pensar en ella. Cuando supo que era ella quien había escrito insultos contra él en un cuaderno ridículo, extrañamente, se sintió feliz.

Solo entonces todo encajó con claridad. Tal vez Nate se había enamorado de Caitlin a primera vista.

Su ‘lado ciego’ que no había podido ver. Los sentimientos que había dejado pasar como si no fueran nada, finalmente caían sobre él con todo su peso.