1. El tipo celoso
Volumen
5
1.
El tipo celoso
“¡Ugh,
ugh! Espérame, Jay”.
Ante
la voz de Justin, que jadeaba como si se le fuera a salir el alma, Jung-in
lanzó un reproche indiferente sin siquiera volver la cabeza.
“Parece
que lo que perdiste no fue grasa, sino músculo”.
La
apariencia de Justin, que subía las escaleras de madera detrás de Jung-in, era
muy distinta a la de antes. Tras un año de vida universitaria, Justin había
perdido 20 libras (más de 9 kg). Su cuerpo regordete desde la infancia no se
debía solo a la genética, sino a sus padres y abuela, que eran demasiado
cariñosos y lo alimentaban con tres comidas completas y snacks a cada momento.
Era un cuidado excesivo vertido bajo el nombre del amor.
Cada
vez que Justin regresaba en vacaciones o días festivos, Rachel ponía cara de
llanto, le apretaba las mejillas hundidas y exclamaba: ‘¡De verdad no te quedan
más que los huesos!’. Por supuesto, para ojos extraños seguía estando del lado
de los ‘rellenitos’, pero comparado con el antiguo Justin, era un cambio
asombroso.
“Uf,
creo que voy a vomitar, Jay”.
“Subamos
un poco más. Desde aquí no se ve bien por culpa de esa roca”.
Se
encontraban en una playa de Santa Cruz, considerada un ‘lugar sagrado’ entre
los amantes del surf. Estaba a unas dos horas en auto de Bellacove, y Jung-in y
Chase habían decidido pasar el fin de semana allí para cerrar sus vacaciones de
verano. Justin también estaba con ellos; les había suplicado que lo llevaran,
prometiendo que iría en su propio auto y alquilaría su propia habitación,
alegando que si veía una telenovela más con su abuela, perdería el sentido de
la realidad.
La
playa tenía dos caras divididas por un acantilado que actuaba como rompeolas
natural. A la izquierda, expuesta al mar abierto, el viento pegaba directo y
las olas eran altas y rudas, perfectas para el surf. A la derecha, la corriente
era tranquila y la arena se acumulaba fácilmente, formando una orilla ideal
para familias y parejas con sombrillas y mantas de picnic.
Jung-in
caminaba hacia el mirador por el sendero trazado alrededor del acantilado para
ver a Chase surfear. Las escaleras de madera pegadas a la roca eran
vertiginosas, empinadas y largas.
“Aquí
está bien”.
Al
llegar a una zona plana, Jung-in se apoyó ligeramente en la valla de madera y
miró a su alrededor. Mucho después, Justin lo alcanzó, soltando un suspiro
jadeante, y se desplomó a su lado. Jung-in le entregó una botella de agua que
traía preparada; Justin bebió la mitad de un tirón y se limpió la boca mojada
con el dorso de la mano.
Tras
recuperar el aliento, le devolvió la botella y preguntó.
“¿Cuándo
regresemos a clases, vivirán juntos en el condominio de Pres?”.
“Sí”.
“¿Pres
todavía no tiene intenciones de alquilar esa habitación que sobra?”.
Jung-in
solo sonrió levemente en lugar de responder. Los estudiantes de primer año de
Harvard viven en los dormitorios dentro del Harvard Yard, pero a partir del
segundo año son asignados a ‘Casas’ un poco más alejadas. Ellos dos habían
solicitado vivir fuera del campus para ese periodo de transición y estaban a
punto de comenzar su convivencia.
A
partir del segundo año, cuando las carreras empiezan a definirse, la mayoría de
los estudiantes pasan las vacaciones ocupados con pasantías o proyectos de
investigación. Este verano era, en cierto modo, la primera y última vez que podían
disfrutar de tiempo libre con tanta holgura. Pasaron estas vacaciones en
Bellacove: Chase trabajó como pasante en Prescott Holdings y Jung-in tuvo un
empleo de medio tiempo en el laboratorio clínico del hospital Hope Harbor. Y
hoy, a pocos días de partir hacia Boston, decidieron pasar el final del verano
en el mar de California.
“¡Oh!
¡Ahí! ¡Es Pres!”.
Ante
el grito de Justin, Jung-in giró rápidamente la cabeza hacia el mar.
“Vaya...
tu novio es increíble”.
Al
ver a Chase, Jung-in inhaló profundamente sin darse cuenta. Las palabras de
Justin no eran una exageración. Abajo, en la distancia sobre el mar, la tabla
de surf color limón de Chase se deslizaba sobre una ola altísima. Su silueta de
pie sobre la tabla era tan natural que parecía uno solo con el agua. Sus
movimientos de equilibrio eran fluidos, y cada vez que giraba cortando la
corriente, una espuma blanca estallaba con frescura bajo la tabla.
Aunque
estaban lejos, el brillo del sol siguiendo su cabello empapado y las gotas de
agua esparciéndose sobre sus hombros parecían verse con total nitidez. No eran
los únicos que pensaban que se veía genial; un grupo de paseantes que acababa
de llegar al mirador también dejó escapar exclamaciones de asombro.
“Oh,
mira al chico de los shorts azules”.
“Surfea
increíblemente bien”.
Jung-in
sintió que se le inflaba el pecho de orgullo. Le daban ganas de que todo el
mundo supiera que ese chico que tanto admiraban era suyo.
Cuando
pasó una ola grande, se produjo un revuelo entre los paseantes.
“¿Eh?
Mira allá. Ese hombre...”.
“Yo
también lo veo. Es un wipeout (caída)”.
“Parece
que se le rompió el leash (la cuerda de seguridad)”.
Jung-in
entrecerró los ojos y miró en esa dirección. Entre las olas, se veía una tabla
huérfana siendo arrastrada por la corriente. Un poco más lejos, un hombre
manoteaba desesperadamente en el agua.
“¿No
será un principiante que se metió donde no debía? Este es un circuito para
expertos”.
“Esa
zona es peligrosa porque se forman remolinos con frecuencia. ¿Deberíamos llamar
a emergencias?”.
Las
voces de la gente se acumulaban. Jung-in se inclinó instintivamente hacia
adelante para observar el mar. Su mirada escaneó las olas. No muy lejos, Chase,
que estaba surfeando, notó la tabla que flotaba sola. Miró a su alrededor y,
tras localizar a la persona que se ahogaba, cambió de dirección sin dudar. Se
lanzó de su tabla y nadó con fuerza hacia la zona de peligro.
El
mar seguía bravo, pero Chase sumergía ligeramente el cuerpo cada vez que una
columna de agua se le acercaba, minimizando la resistencia. Finalmente alcanzó
al hombre y le empujó su propia tabla. Se veía cómo le hacía señas para que se
subiera. El hombre se resbaló varias veces, pero Chase lo sujetaba del brazo
para subirlo. Gracias a eso, el hombre logró quedar a salvo sobre la tabla, y
la gente que observaba con angustia soltó un suspiro de alivio.
Chase,
con el leash enrollado en el brazo, empezó a nadar arrastrando la tabla con el
hombre encima hacia el otro lado de la playa. Parecía difícil nadar solo, mucho
más remolcando a alguien; la ansiedad de Jung-in fluctuaba como las olas bajo
sus pies.
“Vamos
abajo”.
Jung-in
se dio la vuelta rápidamente y empezó a bajar las escaleras.
“¿Qué?
¿Así de repente?”.
Justin
puso cara de pena al pensar que tenía que bajar todas esas escaleras que tanto
le costó subir, pero siguió a Jung-in a toda prisa.
Jung-in
cruzó la arena sin notar que le faltaba el aire. Sus pies se hundían, pero no
sentía el cansancio. Afortunadamente, Chase ya había llegado a la orilla. El
hombre estaba sentado en la tabla sujetándose la pierna con expresión de dolor,
mientras Chase, como un salvavidas profesional, le presionaba la pantorrilla
con cuidado.
Al
acercarse, el rostro del hombre junto a Chase le resultó familiar. Cuando
estuvo lo suficientemente cerca como para distinguir sus facciones, Jung-in
recordó quién era. Era Sebastian Schultz, el chico que en la secundaria le
había arrebatado el puesto de representante final en el Modelo de las Naciones
Unidas.
Pecas
tenues en el puente de la nariz, cabello castaño oscuro y unos ojos verdes
increíblemente transparentes. Sebastian siempre había sido popular por su buen
parecido. No llegaba al nivel de ‘príncipe de la escuela’ de Chase Prescott,
pero tenía un atractivo más realista y accesible.
Chase
se puso de pie y Sebastian hizo lo mismo apoyándose en el suelo. No parecía
tener heridas graves. Su rostro conservaba rasgos de su niñez, pero su cuerpo
había crecido notablemente; aunque era delgado, sus hombros eran anchos y
parecía tan alto como Chase.
“Un
músculo acalambrado puede volver a tensarse. Es mejor que no surfees más por
hoy”.
La
voz de Chase apenas se oía por el ruido de las olas, pero Jung-in pudo adivinar
la situación, le había dado un calambre y se había caído de la tabla.
“Gracias.
Me salvaste la vida”,
Sebastian
sacudió la arena de sus manos y se las tendió a Chase.
“Eres
Chase Prescott, ¿verdad? Te reconocí enseguida. Yo también fui a la secundaria
Clara McPherson”.
La
expresión de Chase se endureció por la confusión mientras estrechaba su mano.
Parecía no recordar en absoluto a la persona frente a él. Era lógico, Chase no
solía recordar los nombres de la gente que pasaba por su vida. Él siempre era
el que era recordado, no el que recordaba.
“Se
me da bien el surf y la natación, qué vergüenza”.
“Los
calambres musculares son inevitables”.
“Aun
así, si no fuera por ti, habría sido un desastre”.
Sebastian
abrazó ligeramente a Chase. El abrazo se prolongó más de lo necesario, y los
ojos de Jung-in, que observaba desde atrás, se entrecerraron. ¿Había
posibilidad de que Sebastian Schultz fuera gay? Pensándolo bien, durante los
tres años de secundaria, nunca escuchó que tuviera novia. Jung-in no tenía un ‘gaydar’,
pero ¿quién era Chase Prescott? Era alguien capaz de anular cualquier
orientación sexual, suficiente para volver gay incluso a un hetero. En ese
mismo instante, muchas miradas en la playa estaban fijas en Chase. Algunos lo
miraban descaradamente, otros fingían indiferencia, pero no le quitaban el ojo
de encima.
“Sigues
siendo tan genial, Prescott”.
Tal
como decía Sebastian, la apariencia de Chase era excepcional ese día. Su
cabello rubio empapado caía suavemente sobre su frente, y debajo, su nariz
perfilada recibía el ‘beso’ del sol. Sus hombros eran increíblemente anchos y
rectos, y su piel suave tenía un brillo saludable. Las gotas de agua que
bajaban por sus abdominales esculpidos hasta perderse en la cintura de sus
shorts provocaban pensamientos sugerentes. Jung-in sabía que no era el único
sintiendo eso.
Era
difícil explicar exactamente qué le resultaba molesto, pero sentía que algo le
hervía por dentro. Probablemente era esa atmósfera amable entre su antiguo
rival y su novio. Jung-in dio unos pasos más y habló con tono calmado para
revelar su presencia.
“Cuánto
tiempo, Sebastian”.
“¿Quién...?”.
Sebastian
se había mudado al Este antes de graduarse de la secundaria, así que no se
veían hace casi cinco años. Ambos habían crecido y cambiado mucho; además,
Jung-in ya no usaba los lentes que antes parecían parte de su cara, así que era
normal que no lo reconociera. Sebastian deshizo el abrazo y giró la vista hacia
la voz. Su expresión cambió lentamente.
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“¿Jay...?
¿Jay Lim?”.
“Te
acuerdas”.
Chase
miró alternativamente a los dos chicos que estaban frente a él.
“¿De
dónde se conocen?”.
Sebastian
respondió sin quitarle la vista de encima a Jung-in.
“Te
lo acabo de decir. Yo también fui a la secundaria Clara McPherson”.
Justo
en ese momento, Justin alcanzó a Jung-in jadeando.
“Uf...
Jay, ¿por qué caminas tan... eh? ¿Sebastian Schultz?”.
Sebastian
miró de reojo a Justin, que estaba al lado de Jung-in con los ojos como platos,
y soltó una risita.
“¿Qué
pasa, Justin Wong? ¿Ustedes dos todavía andan juntos? No han cambiado nada”.
Jung-in
se sintió repentinamente intimidado, como si hubiera regresado al centro de un
salón de clases años atrás. En aquel entonces no hablaba bien inglés; a veces
tartamudeaba y cuando se ponía nervioso su gramática era un desastre. Pero no
podía ocultar su espíritu competitivo y nunca rechazaba la oportunidad de
participar en concursos o debates. Y curiosamente, en esos eventos solía encontrarse
con la misma cara: Sebastian Schultz.
En
matemáticas y ciencias siempre le ganaba, pero en debates o juicios simulados
perdía casi siempre. Para Jung-in, cuyo idioma era una debilidad, era algo
inevitable, pero no por eso menos frustrante. Al preparar la selección para el
Modelo de la ONU, Jung-in fue más precavido que nunca e incluso investigó
quiénes participarían. Sebastian Schultz había dicho claramente que no pensaba
ir. Sin embargo, el día de la selección, al abrir la puerta del auditorio, Jung-in
lo vio sentado allí muy campante. Frente a él tenía un cuaderno grueso que
claramente había preparado con antelación, y ese día Jung-in tuvo que saborear
otra amarga derrota.
“Escuché
que te habías mudado al Este”.
“Vine
por la universidad. Estudio en UC Berkeley”.
Como
era de esperar, él, que siempre tuvo un gran rendimiento académico, había
entrado a una universidad prestigiosa.
“Por
cierto, ¿qué hacen ustedes, Timón y Pumba, en el mar?”.
Jung-in
soltó un quejido interno. Recordar ese pasado oscuro confirmaba que él y
Sebastian Schultz tenían una mala relación. En ese momento, Justin dio un paso
al frente sacando la barriga.
“Somos
amigos de Chase Prescott”.
Ante
el tono de Justin, que parecía presumir de ser amigo de una celebridad, Jung-in
sintió un poco de vergüenza. Afortunadamente, en ese instante alguien intervino,
una chica en bikini con lentes de sol sobre la cabeza.
“¿Sebastian?”.
Por
la conversación que siguió, parecía ser su novia. Sebastian le explicó
brevemente lo sucedido mientras ella lo miraba con preocupación. Antes de irse
con ella, Sebastian se giró hacia Jung-in.
“¿Hasta
cuándo se quedan aquí?”.
“Hasta
mañana”.
“¿Dónde
se hospedan?”.
“En
el Palmera Resort”.
Sebastian
asintió, se despidió diciendo que se alegraba de verlos y se fue con su novia.
“Voy
a surfear un poco más”.
Dijo
Chase brevemente, dio un suave beso en la sien de Jung-in y caminó hacia el mar
con su tabla.
Como
Justin juró que prefería la muerte antes que volver a subir al mirador, ambos
terminaron sentados en la arena. Chase se acostó sobre la tabla y nadó hacia
donde se formaban las mejores olas. Justin, observando a Chase, miró a Jung-in
con una sonrisa maliciosa.
“Pero...
Jay, resultaste ser del tipo celoso”.
Jung-in
lo negó de inmediato.
“¿Celos?
Nada de eso”.
“¿Ah,
no? Porque cuando Pres y Sebastian se abrazaron, pude ver desde lejos cómo te
salían llamas de la cabeza”.
Esta
vez, lo que salió de la boca de Jung-in fue un pequeño suspiro que sonaba a
confesión. Hace apenas un momento había sospechado que Sebastian era gay, así
que no tenía argumentos para rebatir a Justin.
Hubo
un tiempo en que odiaba a Chase por hacerlo sentir tan mezquino. Pensaba que
los celos eran una emoción fea que distorsionaba a las personas y las hacía
sentir pequeñas; algo que solo tenían los débiles.
“De
verdad... este tipo es demasiado guapo”.
Pero
ahora era diferente. Entendió que los celos podían ser simplemente la prueba de
que quieres a alguien de verdad. El amor no siempre es elegante y perfecto; a
veces puede ser un poco patético.
Jung-in
miró a Chase, que finalmente se había puesto de pie sobre una ola. No podía
quitarle la vista de encima mientras surcaba el mar con libertad. La luz de la
tarde teñía su cabello de un dorado intenso.
Era
un verano deslumbrantemente brillante. Pero Jung-in lo sabía: mientras
estuviera con él, todas las estaciones serían siempre radiantes.
***
Esa
noche, en el centro de la calle bordeada de resorts y cafés, la fiesta estaba
en pleno apogeo en el club de playa.
Las
luces instaladas en los troncos de las palmeras cambiaban de color al ritmo de
la música, tiñendo el aire nocturno. Las mesas a lo largo de la playa estaban
abarrotadas y el volumen de la música subía cada vez más, elevando el
entusiasmo al máximo.
Mientras
Jung-in, sentado en una mesa del balcón exterior, contemplaba el paisaje del
mar nocturno extendiéndose más allá de la barandilla, Chase regresó con dos
jarras de cerveza.
“¿Y
Justin?”.
Ante
la pregunta de Chase mientras posaba las jarras, Jung-in dio unos toques a la
pantalla de su celular.
“No
hay noticias. Se debe haber quedado dormido”.
“Y
eso que tenía ganas de venir al club”.
“Seguro
es porque hizo demasiado ejercicio”.
“¿Ejercicio?”.
“Subió
las escaleras hace un rato, ¿recuerdas?”.
Chase
soltó una risita, como si le resultara tierno.
Pronto,
sus jarras chocaron. La cerveza fría bajó por sus gargantas, aliviando la sed.
Chase, el primero en dejar su jarra, usó su pulgar para limpiar con ternura la
espuma del labio superior de Jung-in y recorrió con la mirada cada rincón de su
pequeño rostro. Bajo las luces, el rostro de Jung-in adquiría matices
misteriosos entre luces y sombras.
“Estás
realmente guapo hoy, Jung-in-ah”.
Chase,
que había aprendido a añadir ‘-ah’ después del nombre, lo llamaba así a menudo
últimamente. Y cada vez que lo hacía, el corazón de Jung-in daba un vuelco sin
falta. A pesar de llevar casi tres años saliendo, seguía sintiendo los mismos
nervios que al principio.
“Tú
también. Estuviste increíble hace un rato. Incluso salvaste a alguien”.
En
lugar de poner cara de haber hecho algo grandioso, Chase simplemente se encogió
de hombros como si no fuera para tanto, lo que lo hacía ver aún más atractivo a
los ojos de Jung-in.
“Si
crees que fue tan grandioso, podrías darme una caricia”.
En
momentos así, se parecía a un Golden Retriever en una playa al atardecer,
trayendo de vuelta un frisbee. Jung-in extendió la mano y acarició suavemente
el cabello de Chase. Las suaves hebras doradas se deslizaban agradablemente
entre sus dedos.
Algunas
mesas los miraban de reojo por sus muestras de afecto, pero Jung-in ya era
capaz de ignorarlo sin problemas. Unos años atrás, probablemente habría
retirado la mano de Chase con timidez, consciente de las miradas ajenas. Pero
ahora, le gustaba este ‘yo’ que tomaba su mano cuando quería, decía ‘te amo’
cuando lo sentía y no ocultaba sus sentimientos. El amor, a veces, los hacía
crecer de la manera más natural.
La
música subía de volumen y el ambiente llegaba a su punto crítico. El sonido del
bajo retumbaba desde las plantas de los pies por todo el cuerpo, y el lugar
estaba lleno de gente riendo y charlando.
Fue
entonces cuando el DJ tomó el micrófono. La multitud vitoreó cuando anunció que
comenzaría el concurso para elegir a la ‘Mejor Pareja’.
Algunas
parejas ya levantaban la mano y se dirigían hacia el escenario.
“¿Subimos
nosotros también?”.
Jung-in
soltó una breve risa ante las palabras de Chase. Pensó que era una broma, pero
la expresión con la que lo miraba era bastante seria.
“¿Hablas
en serio?”.
“Dicen
que es un concurso de la mejor pareja. ¿Hay alguien que encaje mejor con ese
título que nosotros? Además, dan un premio”.
“Chase,
¿qué te falta a ti para dejarte seducir por un premio de un club como este?”.
Dijo
Jung-in negando con la cabeza y con la voz llena de risa.
“¿No
estamos demasiado sobrios para subir ahí? Con el alcohol sería divertido, pero
cuando despertemos mañana, ¡será una pesadilla!”.
Jung-in
continuó diciendo que toda acción impulsiva trae arrepentimiento y que era un
poco tonto intentar demostrar su amor ante los demás. Chase, que había girado
la cabeza hacia el escenario con indiferencia diciendo ¿¿Tú crees?¿, arqueó las
cejas de repente.
“¿Eh?
Es ese chico de antes”.
“¿Quién?”.
“Ese
tal Sebastian”.
La
mirada de Jung-in siguió instintivamente la dirección que señalaba Chase. La gente
se acercaba al escenario uno por uno, y entre ellos, vio a Sebastian Schultz
caminando de la mano de su novia.
Jung-in,
con la mirada fija en el escenario, murmuró como para sí mismo.
“Levántate”.
Chase
no escuchó las palabras de Jung-in, que sonaron como un susurro, y siguió
bebiendo. Pero cuando sintió una sombra proyectarse sobre su cabeza y levantó
la vista, se encontró con un Jung-in de labios apretados y mirada afilada, con
una expresión de total determinación.
“Chay”.
Chase
lo miró desconcertado.
“Chase
Alexander Prescott. Levántate ahora mismo”.
El
cuerpo de Chase reaccionó automáticamente, levantándose como un robot al que le
hubieran introducido un comando. No sabía qué pasaba, pero instintivamente
sabía que debía obedecer cuando Jung-in lo llamaba por su nombre completo.
Ya
había seis parejas en el escenario, todas con rostros llenos de expectación y
emoción. El DJ elevó su voz para caldear el ambiente.
“¡Bienvenidos!
¡Solo parejas reales en el escenario, por favor!”.
Jung-in
tiró de la mano de Chase y subió al escenario como la última pareja. Se
posicionaron justo al lado de Sebastian Schultz y su novia.
Sebastian,
al girar la cabeza y descubrir a Jung-in, torció el gesto de forma extraña.
“¿Jay?
¿Acaso tu inglés aún no es tan bueno? Dijeron que solo subieran parejas”.
“No.
Entendí perfectamente”.
Jung-in
entrelazó sus dedos con los de Chase y levantó sus manos unidas. La expresión
de Sebastian se volvió compleja, una mezcla de sorpresa, desconcierto o quizás
rechazo.
¿Qué
clase de reacción es esa? ¿Acaso es homofobia? ¿O se pregunta cómo alguien como
yo terminó siendo pareja del gran Chase Prescott?
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Varios
pensamientos cruzaron la mente de Jung-in, pero los desechó de inmediato. Qué
más da. Lo importante para Jung-in ahora era borrar su último recuerdo con
Sebastian Schultz que había terminado en derrota y reemplazarlo con una
victoria.
El
DJ anunció el inicio de la primera ronda.
“¡El
primer juego es el ‘Couple Lift Challenge’! ¡Deben mantener la posición que yo
diga sin que los pies de su pareja toquen el suelo!”.
Un
grito de expectación surgió entre el público. Mientras tanto, hubo una pequeña
conmoción entre las parejas en el escenario; algunos discutían seriamente quién
cargaría a quién, y otros ya reían como si se hubieran rendido.
En
medio de ellos, Jung-in esbozó una sonrisa algo sombría. ¿Quién era Chase
Prescott? Era, básicamente, un hombre al que le sobraba la fuerza.
“¡A
la cuenta de tres, tomen la posición! ¡Recuerden, los pies de uno de los dos
deben estar completamente fuera del suelo! ¿Listos? ¡Uno, dos, tres! ¡Carga
nupcial!”.
La
primera etapa era el estilo ‘cargar a la princesa’. Jung-in saltó rodeando el
cuello de Chase, y él lo atrapó sin esfuerzo. Chase solía decir que Jung-in era
tan ligero como el algodón de azúcar. Como era de esperar, lo sostenía como si
fuera un muñeco, sin el más mínimo tambaleo.
Por
otro lado, una pareja que empezó a tambalearse desde el principio perdió el
equilibrio y cayó. Hubo aplausos mezclados con lástima desde el público.
“¡Vamos
a añadir dificultad! ¡Al ritmo de mi voz, bajen y suban!”.
Siguiendo
la orden del DJ, los que cargaban a sus parejas hicieron sentadillas al
unísono. Tras repetirlo unas cinco veces, otra pareja perdió el equilibrio y
quedó eliminada.
“¡Ahora,
cambien de posición! ¡Cuidado con los pies! ¡Uno, dos, tres! ¡A caballito!”.
Se
dio la orden de cambiar a la posición de cargar a la espalda. Chase atrajo el
cuerpo de Jung-in más hacia él y, sosteniendo la base de sus muslos con una mano,
pasó con cuidado la parte superior del cuerpo de Jung-in sobre su costado.
Ahora
era el turno de Jung-in de usar su fuerza. Se aferró al cuerpo de Chase como si
fuera un árbol, subiéndose a su espalda mientras este se inclinaba ligeramente.
Era un movimiento que implicaba un contacto físico tan estrecho que resultaría
difícil entre personas que no fueran pareja.
Jung-in,
ya acomodado en la espalda de Chase, giró la cabeza para mirar a Sebastian.
Ellos también lo habían logrado, aunque con algo de dificultad. Jung-in
chasqueó la lengua con desaprobación.
Con
cuatro parejas finalistas, el DJ declaró que la siguiente ronda sería un ‘Body
Shot Contest’. Jung-in ladeó la cabeza ante el término desconocido y preguntó
en voz baja, acercándose al oído de Chase.
“Es
como una técnica de lucha libre, ¿verdad? Chase, ¿puedes hacerlo?”.
Le
sonaba haber escuchado el nombre de una técnica de lucha llamada ‘body shot’.
Por su parte, Chase puso una expresión algo apurada.
“Ehm...
Jung-in. No creo que el body shot sea lo que estás pensando”.
Jung-in
abrió mucho los ojos, preguntando con la mirada qué significaba entonces.
“...
Es beber alcohol... usando tu cuerpo”.
Jung-in
aún no comprendía del todo la situación y miró alrededor del escenario con cara
de asombro. Mientras tanto, un empleado trajo limas y sal, y el barman llenó
una fila de caballitos con tequila.
El
DJ explicó las reglas: no importaba cómo bebieran, pero debían usar el cuerpo
de su pareja.
“¡Muéstrennos
el mejor body shot! ¡Si la reacción del público es tibia, quedan eliminados!”.
La
primera pareja no dudó. La mujer hizo sentar al hombre y abrió su camisa casi
desgarrándola. Tras frotar lima y esparcir sal sobre el firme pecho del hombre,
bebió el trago y lamió el pecho de su pareja. El público estalló en vítores.
Jung-in
empezó a arrepentirse de haber subido al escenario. Pensó por un momento en
rendirse.
Luego
fue el turno de Sebastian Schultz. Él untó jugo de lima en la clavícula de su
novia, puso sal y lamió desde la clavícula hasta el cuello y la mandíbula en un
recorrido largo. Ante la escena provocativa, los gritos de la gente aumentaron.
Jung-in
observó esa escena audaz con la boca a medio abrir y luego se giró bruscamente
hacia Chase.
Si
él lo hizo, ¿por qué yo no?
El
interruptor de su competitividad se encendió y una chispa brilló en sus ojos.
Tiró del brazo de Chase para sentarlo en una silla y se acercó con expresión
solemne, sosteniendo un trozo de lima y un salero.
“¿Jung-in...?”.
Al
sentarse Chase, sus shorts se subieron un poco, revelando sus muslos firmes y
definidos. Sobre la piel bronceada por el sol, las fibras musculares se
marcaban con claridad.
Jung-in
pasó la lima por la parte superior del muslo de Chase. Al contacto con lo frío,
el músculo se contrajo y se puso aún más tenso. Tras esparcir sal sobre la zona
húmeda y brillante, Jung-in bajó el cuerpo lentamente y se arrodilló entre las
piernas de Chase.
Chase
olvidó incluso parpadear mientras miraba a Jung-in desde arriba. Jung-in vació
el vaso de tequila de un trago, apoyó una mano en el muslo de Chase e inclinó
la cabeza.
Su
lengua, pequeña y caliente, recorrió el muslo de Chase como si trazara una
línea.
Chase,
que siempre solía estar relajado, se cubrió la boca con su gran mano, sin saber
qué cara poner. Tenía el rostro completamente rojo. La posición recordaba
inevitablemente a ‘aquel acto’ que Jung-in aún no se había atrevido a realizar.
La
gente gritaba como loca. Por el nivel de ruido, Jung-in estaba seguro de que
habían vencido a la pareja de Sebastian. Animado por la sensación de victoria,
se levantó con una sonrisa triunfal.
La
última pareja dominó el escenario con el método más clásico de los body shots:
el hombre se tumbó sin camiseta y la mujer bebió un belly shot desde su
ombligo.
La
primera pareja, que tuvo la reacción más débil, fue eliminada. El DJ tomó el
micrófono de nuevo y la música cambió a un ritmo más tranquilo. Las luces
también se suavizaron.
“¡Creo
que ya hemos tenido suficiente prueba física! ¡Ahora, pongamos a prueba la
parte mental!”.
Explicó
que jugarían a la ‘Telepatía de Pareja’, les harían preguntas y, de espaldas al
otro, escribirían la respuesta en un cuaderno para revelarla al mismo tiempo.
Era el mismo formato que el viejo programa estadounidense Newlywed Game, común
en fiestas y recepciones de bodas.
La
primera pareja fue eliminada con la pregunta: "¿Dónde fue su primera
cita?". Al escribir lugares diferentes, bajaron del escenario con rostros
avergonzados.
Luego
fue el turno de Sebastian y su novia.
“Si
su pareja tiene una mascota actualmente, ¿cuál es su nombre?”.
Era
una pregunta extremadamente sencilla, pero Sebastian parecía tan bloqueado como
si le hubieran planteado un problema matemático imposible. Mientras él dudaba
con el bolígrafo en la mano, su novia escribió algo sin pensarlo mucho.
Ella
mostró su cuaderno primero.
[Jay]
Incluso
entonces, el cuaderno de Sebastian seguía vacío.
“¿Qué
pasa? ¿Por qué no escribiste nada? ¡Jay! Es el nombre del gato que tienes en
casa”.
Ante
las palabras de la mujer, Jung-in y Chase giraron la cabeza al mismo tiempo. Al
ver lo que estaba escrito en el cuaderno, una sospecha cruzó sus mentes.
Como
respondiendo a esa duda, Sebastian bajó del escenario rápidamente con el rostro
desencajado, como si acabara de pasar una vergüenza pública insoportable.
“¿Se
retiran? Es una pena que olvide el nombre de su propia mascota. ¡Entonces, solo
queda la última pareja!”.
La
pregunta para Jung-in y Chase fue: "¿Cuál es el snack nocturno que el otro
come con más frecuencia?". En ambos cuadernos apareció escrita la misma
palabra: ‘Ramen de vaso’.
“¡La
pareja con mayor sincronización! ¡Son la pareja más ardiente de esta semana!
¡Felicidades!”.
Mientras
el DJ gritaba entusiasmado, un miembro del personal subió al escenario con una
botella de tequila de lujo. Les colocaron unas coronas toscas de fieltro y les
pusieron bandas que decían ‘La Pareja Más Ardiente’.
La
gente les dedicó aplausos y vítores mientras regresaban a su sitio. Jung-in
sentía que le ardía la cara, pero no podía ocultar la sonrisa. Al principio
había participado cegado por la competitividad, pero ahora pensaba que había
valido la pena intentarlo.
Justo
cuando volvían a sentarse, Justin apareció desde la zona del resort con aspecto
de recién despertado. Miró con asombro a los dos hombres que llevaban coronas y
bandas.
“¿Pero
qué...? ¿Qué demonios ha pasado mientras no estaba?”.
Justin
se había perdido de un buen espectáculo.
Normalmente,
Jung-in se habría jactado con gusto. Le habría contado cómo venció a Sebastian
y cómo salió del escenario con una sonrisa triunfal mientras el otro huía.
Pero
ahora, no podía simplemente reírse.
¿Era
realmente una coincidencia que el gato de Sebastian se llamara Jay?
Estaba
sumido en sus pensamientos con expresión seria cuando sucedió.
“Jay
Lim”.
Sebastian,
el responsable de que su mente fuera un caos, apareció. Estaba solo; su novia
no se veía por ninguna parte. Se detuvo frente a la mesa con una expresión
solemne, clavando la mirada únicamente en Jung-in.
“¿Podemos
hablar un momento?”.
La
mirada de Chase cambió en un instante. El recelo se filtró en sus ojos, que se
volvieron afilados de inmediato.
En
el momento en que Jung-in dudó y amagó con levantarse, la mano de Chase se
movió con rapidez y lo sujetó firmemente de la muñeca.
“No
vayas”.
Chase
solía ser alguien relajado y ‘cool’, pero cuando se trataba de Jung-in, tenía
un lado persistente y posesivo. Jung-in, conociendo bien ese rasgo de su
personalidad, miró a Sebastian con aire de disculpa.
“Lo
siento, pero ¿tiene que ser una charla a solas?”.
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Sebastian
soltó un breve suspiro y puso una cara de resignación, como si no tuviera otra
opción.
“...
Bueno, da igual. Entonces, ¿puedo sentarme un momento?”.
Jung-in
asintió y Sebastian se dejó caer en el asiento junto a Justin. Fue directo al
grano sin vacilar.
“¿De
verdad están saliendo? ¿Tú y Chase Prescott?”.
Antes
de que Jung-in pudiera responder, Sebastian ya tenía la respuesta. Los ojos
azules de Chase lo vigilaban con la intensidad de un animal salvaje protegiendo
su territorio.
“Dios
mío...”.
Sebastian
se quedó sentado en silencio un largo rato hasta que, de repente, se cubrió la
cara con ambas manos como si estuviera sufriendo.
“Jay
Lim, ¿eres gay?”.
“¿Y
qué si lo soy? ¿A qué viene eso ahora?”.
El
rostro de Jung-in se ensombreció por el desagrado. Chase también frunció el
ceño; parecía que, si se decía una palabra más, estaría listo para levantar los
puños.
“Si
lo hubiera sabido...”.
“¿Si
lo hubieras sabido qué? ¿Te habrías burlado de mí como entonces?”.
“...
No. Si lo hubiera sabido... no me habría portado como un imbécil en aquel
entonces”.
Se
pasó la mano por la cara con pesadumbre y miró a Jung-in directamente a los
ojos.
“Es
que... en aquel entonces, tú me gustabas”.
A
Jung-in y a Justin se les abrieron los ojos de par en par. Por otro lado, la
expresión de Chase se volvió más hostil que nunca.
“¿Qué?
¿De qué hablas? ¿Buscas pelea en cada oportunidad y te metes en todos los
concursos para arruinarle el camino a alguien que te gusta?”.
“En
ese entonces... no sabía expresarlo de otra manera”.
Sebastian
continuó, con la mirada perdida en el aire como si estuviera rebuscando en el
pasado.
“Parecía
que nada te interesaba... Al menos, cuando participabas en competencias, hacías
que me miraras de alguna forma”.
Jung-in
solo había estado poseído por su espíritu competitivo, pero parece que
Sebastian lo interpretó de otra manera.
“Jay,
tú... me hiciste mejorar. Si no hubiera sido por ti, no me habría esforzado
tanto en la secundaria. Pero al mismo tiempo, fuiste el responsable de que mi
pubertad fuera un infierno. Estaba tan confundido que ni siquiera podía dormir”.
Sebastian
soltó una risa amarga y se echó el cabello hacia atrás. Dijo, casi como un
suspiro.
“Cuando
te vi salir hace un momento de la mano de un hombre, sentí como si me echaran
un cubo de agua helada encima”.
En
ese momento, Chase murmuró algo para sí mismo. Sebastian ladeó la cabeza y
preguntó: "¿Eh? ¿Qué dijiste?", a lo que Chase respondió con una
sonrisa angelical.
“Dije
que no debí haberte salvado. Debería haber dejado que te arrastrara la marea”.
“Chay”.
Jung-in
le dio un codazo suave para que se callara. Justin, que escuchaba la
conversación con cara de asombro, intervino.
“¿Entonces
te mudaste de escuela por Jay?”.
“No
puedo decir que no fuera por eso. Podría haberme quedado aquí con mi madre,
pero elegí irme con mi padre. Estaba tan confundido que quería huir”.
“Cof,
cof, Chicken, cof, cof”.
Chase
dijo esto fingiendo un ataque de tos. "Chicken" significa pollo/Gallina,
pero también se usa para llamar a alguien cobarde.
“Chay...”
Jung-in
lo reprendió suavemente de nuevo.
Intentando
romper la tensión, Sebastian fijó su vista en la botella de tequila que estaba
sobre la mesa.
“Vaya,
es un Don Julio 1942. ¿Recibieron esto como premio?”.
Don
Julio 1942 era un tequila premium famoso por ser el favorito en las redes
sociales. Su botella larga y estilizada era elegante y popular entre todas las
generaciones. Jung-in, sorprendido, le preguntó.
“Sabes
mucho. ¿Bebes bien?”.
“Bueno,
no se me da mal”.
Al
ver a Sebastian fanfarronear, Chase volvió a murmurar para que todos lo oyeran,
manteniendo su expresión risueña.
“Dicen
que lo más patético del mundo es presumir de cuánto alcohol aguantas”.
Sebastian
le devolvió la sonrisa y rebatió.
“No
lo sé. Existe la hipótesis de que la capacidad de procesar el alcohol es un
legado evolutivo. Se dice que en las sociedades antiguas, tener muchas enzimas
para desintoxicar el alcohol se consideraba una ventaja de supervivencia y un
signo de genes superiores”.
La
comisura del labio de Chase tembló. Jung-in pudo sentir cómo algo hervía dentro
de él; su competitividad no se quedaba atrás de la de Jung-in.
“Entonces,
¿quieres probarlo?”.
Chase
levantó la botella y la agitó levemente, lanzando el desafío.
“¿Está
bien si nos bebemos el premio?”.
“Por
supuesto”.
Así,
de la nada, estalló un duelo de bebida.
Chase
llenó los vasos y ambos, mirándose con ojos ardientes, los vaciaron al mismo
tiempo. Un vaso, luego otro, y otro más. Los vasos se vaciaban en cadena y el
aire en la mesa se volvía cada vez más tenso.
Justin,
mirando a ambos alternativamente, se inclinó hacia Jung-in y le susurró.
“Jay,
parece que el tipo celoso no eras tú, sino tu novio”.
“Creo
que somos los dos. Dios los cría y ellos se juntan”.
Respondió
Jung-in con una risita.
Los
vasos se llenaban sin cesar y el nivel del alcohol en la botella bajaba a una
velocidad vertiginosa. Chase y Sebastian bebían mirándose con ferocidad.
“¡Basta!
Se van a morir si siguen así”.
Intentaron
detenerlos Justin y Jung-in, pero para ellos, cegados por la competitividad,
era como hablarle a la pared.
El
tequila del premio se acabó y pronto apareció una botella nueva. Mientras
tanto, los ojos que antes brillaban con intensidad empezaron a nublarse. Chase
soltó una risa cínica.
“Yo
estoy perfecto. Pero creo que este cangrejo de La Sirenita está un poco
borracho”.
Sebastian
resopló y contraatacó.
“Ni
hablar. Por cierto, Jay, ¿cuándo cambiaron tus gustos? De niño pensé que te
gustaba la gente inteligente. ¿Un deportista?”.
“Si
no fuera por este ‘deportista’, estarías en el fondo del mar dirigiendo la
orquesta del palacio del Rey Tritón”.
Los
insultos seguían volando, pero ambos estaban siendo increíblemente infantiles.
Finalmente,
la competencia sin sentido terminó cuando Sebastian se desplomó sobre la mesa.
Chase dejó el vaso con un golpe seco y esbozó una sonrisa de victoria.
“¡Ja!
¿Quién tiene los genes zuperiores?”.
“Chay,
se te traba la lengua”.
“No,
Jung-in. No estoy borracho para nada”.
Su
exceso de confianza lo hacía aún más sospechoso.
“¿Por
qué? ¿Parezco borracho? ¿Tengo la cara roja?”.
“No
realmente”.
“Tócame.
Tengo la cara caliente. ¿Sí?”.
Chase
inclinó la cabeza y empezó a restregarse contra Jung-in buscando mimos.
Normalmente,
Jung-in era quien disfrutaba más de la bebida y solía emborracharse primero,
por lo que nunca había visto a Chase realmente ebrio. Parece que el hábito de
este hombre enorme al beber era volverse mimoso y pegajoso. Incluso borracho,
era adorable.
“Ay,
qué tierno...”.
“¿De
verdad? ¿Soy tierno?”.
Justin
los miró negando con la cabeza. Se levantó ayudando a Sebastian, que seguía
desparramado en la mesa.
“Jay,
llévate a tu ‘encarnación de los celos’ adentro. Yo me encargo de esto aquí”.
“Gracias,
Justin”.
Chase,
mientras se levantaba siguiendo a Jung-in, le lanzó una última mirada de reojo
al dormido Sebastian.
“Just,
tira a ese tipo al mar. Donde lo encontré antes. ¡Mándalo a Atlántica! ¿Qué te
parece?”.
Jung-in,
negando con la cabeza, tomó a Chase de la mano y tiró de él.
“¿Qué
me va a parecer? Tú también estás borracho. Vamos, Chay”.
“¿Sabes
algo? Jung-in, eres muy sexy cuando das órdenes”.
“Cierra
la boca y sígueme”.
Chase
hizo el gesto de cerrarse los labios con una cremallera y sonrió tontamente.
La
pronunciación ligeramente arrastrada, el vaivén en su caminar y esa expresión
desarmada llena de mimos... aunque Jung-in lo regañaba, no podía ocultar su
sonrisa.
Al
entrar en el edificio del resort y cruzar el vestíbulo, Chase miraba a Jung-in
como un Golden Retriever que sabe que se ha metido en el barro contra las
órdenes de su dueño.
“Jung-in...
¿estás enojado?”.
“No,
¿por qué?”.
“Porque
bebí como un loco. Tenía miedo de que estuvieras enojado”.
Jung-in
se detuvo. Se giró lentamente y miró a Chase. Que un hombre tan grande y fuerte
le dijera que le tenía miedo le resultó extrañamente excitante.
“¿Me
tienes miedo?”.
“No
es eso...”.
“Me
gusta que me tengas miedo”.
Chase
parpadeó un par de veces con los ojos nublados por el alcohol y dijo.
“...
Tengo tanto miedo que creo que me voy a desmayar”.
El
ascensor llegó con un pitido. Por suerte, no había nadie a esa hora.
En
cuanto se abrieron las puertas, los ojos de Chase localizaron rápidamente la
cámara de seguridad. Identificó el punto ciego, llevó a Jung-in a la esquina y,
antes de que su espalda tocara la pared, sus labios ya estaban unidos.
Un
sonido húmedo estalló entre sus bocas mientras una lengua cálida y ávida
invadía su cavidad bucal. La masa de carne húmeda revolvía el interior de
Jung-in con impaciencia, acariciando las encías y las mucosas sensibles. Sus
salivas se mezclaron, cargadas con el intenso aroma del alcohol.
La
boca de Jung-in se abrió tanto ante su presencia que sintió tensión en la
mandíbula. Su cabeza se echó atrás de forma natural y la mano grande de Chase
sostuvo su nuca con firmeza.
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Jung-in
no podía cerrar los ojos; miraba constantemente hacia la puerta por miedo a que
el ascensor se detuviera en algún piso. Su corazón latía con locura en la
frontera entre la tensión y la excitación.
Cuando
sus labios se separaron, Jung-in tomó aire con un jadeo y empujó los hombros de
Chase con las palmas.
“Ah...
Chay. Aquí no”.
Entonces,
en lugar de los labios, Chase hundió la cara en el cuello de Jung-in y respiró
profundamente su aroma. El calor que dejaban los labios y mejillas de Chase se
extendía rápidamente por todo el cuerpo de Jung-in.
El
ascensor subía con lentitud, como si quisiera darles tiempo a propósito.
“Hueles
realmente erótico. ¿Lo sabes?”.
Su
voz resonó cerca del lóbulo de su oreja. Era una voz baja, ronca, casi un
susurro.
Como
prueba de sus palabras, el contacto abajo era duro. Al llevar ambos shorts
finos, el volumen se sentía de forma descarada. Efectivamente, al bajar un poco
la vista, el miembro de Chase se había agrandado tanto que parecía querer
atravesar la tela, inclinado hacia un muslo.
Chase,
que había estado frotando su entrepierna contra él con intención, retiró un
poco la cadera y luego dio un golpe seco hacia adelante. Una sensación
eléctrica recorrió todo el cuerpo de Jung-in. La mano de Chase, que rodeaba su
cintura, bajó para apretar con fuerza el trasero de Jung-in. Una voz cargada de
deseo fluyó por el contorno de su oreja.
“Ah...
quiero meterla ya”.
Justo
en ese momento se abrieron las puertas del ascensor y Jung-in empujó a Chase
rápidamente. Vio su rostro empapado de lujuria y alcohol.
Chase
atrapó la muñeca de Jung-in y caminó a grandes zancadas por el pasillo. Jung-in
lo seguía como podía con las piernas temblorosas.
El
camino hasta la suite de la esquina, al final del pasillo, se sintió eterno. La
excitación previa los empujaba; ambos respiraban con dificultad, sus pechos
subiendo y bajando con fuerza.
En
cuanto se abrió la puerta de la habitación, entraron casi tropezando el uno con
el otro.
Antes
de que la puerta terminara de cerrarse, sus labios se unieron con ferocidad.
Chase rodeó a Jung-in y lo empujó contra la pared.
La
espalda de Jung-in chocó con un impacto seco. Chase aprovechó el pequeño gemido
de dolor de Jung-in para invadir su boca con la lengua otra vez, explorando
cada rincón con movimientos suaves pero rudos.
La
mano de Chase agarró la fina camisa de cuadros de Jung-in y tiró de ella hacia
abajo con fuerza. Pareció escucharse el sonido de la tela rasgándose.
Jung-in
no podía contener la fuerza con la que Chase se lanzaba sobre él. Dio unos
pasos hacia atrás tambaleándose y perdió el equilibrio. Su espalda volvió a
chocar contra la pared con un golpe sordo, pero ni siquiera sintió el dolor.
Esta
vez fue Jung-in quien desvistió a Chase. Deslizó sus manos por su ancha
espalda, agarró el borde de la camiseta y la tiró hacia arriba. Incluso el
segundo que tardaron en quitarse la ropa se sintió como una pérdida de tiempo.
Los
besos continuaron mientras chocaban contra las paredes. Sus corazones latían al
unísono, como si fueran un solo cuerpo.
Jung-in
levantó una pierna para rodear el cuerpo de Chase, y este, como si lo hubiera
estado esperando, lo levantó sosteniéndolo con fuerza por debajo de las nalgas.
Ambos estaban ansiosos por pegar sus cuerpos aún más.
A
lo largo del rastro que dejaban, sus prendas quedaban esparcidas por el suelo
como migajas de pan.
Jung-in
fue arrastrado hacia el interior de la habitación donde estaba la cama, con la
punta de un pie rozando el suelo. Finalmente, ambos cuerpos se desplomaron
juntos sobre el colchón. El colchón se sacudió bajo el peso de Jung-in,
mientras un suspiro ardiente escapaba de entre sus labios.
“Haah...”.
Chase
se posicionó sobre Jung-in como una bestia. Una sombra inmensa lo envolvió.
Aunque era tarde, todas las luces de la habitación estaban encendidas, lo
suficientemente brillantes como para revelar incluso el más mínimo cambio en
sus expresiones. La mirada de Jung-in se posó en el cuerpo desnudo de Chase. Al
observar sus hombros, la diferencia racial era evidente. Genéticamente, los
occidentales suelen tener clavículas más largas y cajas torácicas más amplias,
lo que resulta en hombros anchos y definidos. Como prueba de ello, sus hombros
no eran del tipo que se consigue simplemente con ejercicio; los músculos eran
grandes y firmes, pero la estructura ósea que los sostenía era, de por sí,
imponente. Ver su cuerpo le provocaba a Jung-in una mezcla de impotencia y
asombro.
Sus
brazos, muslos y torso eran gruesos, pero extrañamente no se veía torpe.
Incluso con traje solía verse ágil, lo cual era aún más sorprendente. Como una
bestia desenterrando a su presa, Chase extendió las manos con urgencia. Los
pantalones y la ropa interior de Jung-in fueron despojados de un tirón, y la
camiseta que llevaba se enrolló por encima de su pecho.
Chase
siempre era considerado. Podía ser impulsivo, pero nunca rudo. Jamás había sido
violento ni lo había forzado. Sin embargo, en ese momento, estaba tan ebrio que
el olor a alcohol era intenso en cada una de sus exhalaciones. Al imaginar cómo
actuaría o qué cara mostraría ahora que las ataduras de su razón se habían
aflojado, Jung-in sintió que su corazón latía con una rapidez inusual. La
curiosidad superaba al miedo, y la expectativa secreta era mayor que su
cautela.
Cuando
la camiseta terminó de salir, el cabello de Jung-in quedó revuelto. Chase
acarició, como hechizado, los mechones negros que se esparcían suavemente sobre
las sábanas. Su mano se movió del cabello al lóbulo de la oreja, envolvió
suavemente la mejilla de Jung-in y se deslizó hacia abajo para acariciar su
nuca. La mirada con la que lo recorría no podía describirse simplemente como ‘mirar’;
era implacable e intensa, como si lo lamiera y lo devorara con los ojos. Jung-in
había aprendido a través de Chase que unos ojos azules podían volverse así de
ardientes.
“Haah...
no sé de quién sea este amante, pero es realmente hermoso”.
Ante
el susurro de Chase, Jung-in entrecerró los ojos y mostró una sonrisa
sugerente, siguiéndole el juego.
“Le
guardaré el secreto a mi amante sobre lo de hoy”.
“Hah...”.
“Se
supone que lo que pasa en las vacaciones, se queda aquí, ¿no?”.
Chase
se desplomó sobre Jung-in.
“Voy
a dejar marcas. Para que solo tu amante pueda verlas”.
E
inmediatamente, hundió sus labios en el cuello de Jung-in. Mordió y succionó
suavemente la zona que va del cuello al hombro mientras bajaba una mano para
quitarse sus propios pantalones y ropa interior. Luego, se presionó con fuerza
entre las piernas de Jung-in.
Jung-in
se estremeció levemente. Sintió la entrepierna caliente de Chase contra su
propia piel desnuda. Chase frotó sus mejillas y labios contra la nuca, los
hombros y el pecho de Jung-in. Abajo, frotaba su miembro erecto contra los
muslos de Jung-in, moviendo las caderas con desesperación.
“Heut...”.
Jung-in
no pudo evitar retorcer la cintura, cada lugar donde los labios y las manos de
Chase tocaban se sentía electrizante.
“Es
tan suave. Como piel de bebé. Si la toco, quiero lamerla; si la lamo, quiero
morderla”
Con
un suspiro de admiración, las manos de Chase rodearon el tórax de Jung-in. Sus
pulgares empujaron hacia arriba los pezones que ya estaban erguidos.
“Hah...”.
Chase
acarició suavemente los pezones con las yemas de sus pulgares y luego apretó el
pecho como si quisiera extraer algo. Las aréolas sobresalían entre sus dedos.
Bajó la cabeza, rozando la punta del pezón con sus labios y moviendo la cabeza
de lado a lado. El roce entre la piel seca de sus labios y el pezón provocó una
urgencia impaciente. Deseando que lo mordiera y lo succionara con fuerza de una
vez, la cintura de Jung-in se elevó por sí sola.
Jung-in
abrazó la cabeza de Chase y la atrajo hacia su pecho. Tras sentir el roce del
puente de su nariz, los labios calientes envolvieron la aréola. Finalmente
llegó la sensación que deseaba.
“Ngh...”.
Chase
lamió y succionó el pecho de Jung-in con fervor, como si le diera besos
apasionados. Las manos de Jung-in se hundieron frenéticamente en el cabello
rubio de Chase. Tras succionar tan fuerte que sus mejillas se hundían y raspar
la pequeña protuberancia con los dientes, los labios de Chase bajaron siguiendo
la línea cóncava desde el centro del pecho hasta el ombligo.
“Aquí
es realmente hermoso”.
Los
labios de Chase llegaron a lo que comúnmente se llama el hueso de la cadera, el
ilion. Sus cuerpos eran muy diferentes. La cadera de Jung-in resaltaba como
alas bajo su cintura delgada. Por otro lado, debido a su musculatura, la cadera
de Chase formaba una ‘V’ que parecía curvarse hacia adentro bajo sus abdominales
definidos. A Chase, que solía disfrutar metiendo la mano bajo la camiseta de Jung-in
para tocar sus omóplatos, también le encantaba el contorno de sus caderas.
Siempre las molestaba con los labios y dejaba marcas rojas a mordiscos.
“Ah...
Chase...”.
Chase
no ocultó su deseo de devorarlo por completo y succionó con fuerza. El aliento
caliente y pesado que salía de su nariz calentó toda la entrepierna de Jung-in.
Este reaccionó con entusiasmo, acariciando el cabello que tanto amaba y los
hombros de piel suave y brillante. Después de un rato, desesperado porque Chase
solo rondaba los alrededores sin estimular directamente su sexo, Jung-in dejó
escapar un quejido.
“Ngh...
para ya ahí”.
Jung-in
tomó el rostro de Chase y lo tiró hacia arriba. Luego, rodeándolo con sus
brazos, rodó con fuerza. Logró que Chase quedara debajo de él y se sentó sobre
su entrepierna. Jung-in se acomodó perfectamente sobre el miembro de Chase que
apuntaba hacia su ombligo. Sintió los testículos frescos contra la base de sus
nalgas. El miembro, firme como un tubo, se extendía desde su entrada hasta el
perineo.
“Haah...”.
Con
un suspiro lánguido, Jung-in apoyó las palmas sobre los abdominales de Chase y
movió la cintura de adelante hacia atrás, como si serrara. El calor subió a su
zona íntima al frotarse contra el miembro ardiente. Su cabeza se inclinó hacia
atrás involuntariamente. Bajo sus manos, sintió cómo los músculos rectos del
abdomen de Chase se tensaban.
Como
para ayudar a Jung-in, Chase sujetó su cintura con ambas manos. Elevaba su
pelvis empujando el trasero de Jung-in hacia atrás y luego lo atraía hacia
adelante mientras bajaba la cadera. Al intensificarse la fricción, ambos
gimieron al unísono.
“Ah...”.
“Heut...”.
Chase
tiró de la cintura de Jung-in hacia arriba.
“Sube
más”.
El
glande de Chase quedó fuera de la ranura de las nalgas; Jung-in estaba ahora
sentado casi a la altura de su boca del estómago. Pero Chase, aún no
satisfecho, tiró de él un poco más.
“Sube
un poco más”.
Las
rodillas de Jung-in pasaron a los lados de la cabeza de Chase. La punta del
miembro erecto de Jung-in casi rozaba la barbilla de Chase. Jung-in pensó que
probablemente quería hacerle sexo oral.
“Un
poco más”.
Dicho
esto, Chase quitó la almohada sobre la que se apoyaba y la lanzó al suelo.
“¿A
dónde más quieres que suba?”.
“¿Puedes
sentarte en mi cara?”.
Los
ojos de Jung-in se abrieron de par en par.
“...
¿Qué?”.
“Siéntate
sobre mi cara. Quiero lamer tu agujero”.
Aunque
lo había acariciado con la boca y la lengua incontables veces, nunca le había
pedido algo así. Mientras Jung-in dudaba sin saber qué hacer, Chase apretó
ligeramente sus nalgas, instándolo.
“Rápido.
¿Sí?”.
Ante
ese rostro que suplicaba como un niño hambriento, Jung-in movió las rodillas
desconcertado. Sus rodillas quedaron a los lados de la cabeza de Chase, y ahora
frente a sus ojos estaba el cabecero acolchado de la cama. Sin terminar de
reunir el valor, Jung-in se sostuvo del cabecero y mantuvo las rodillas firmes.
En el rostro de Chase, atrapado entre las piernas de Jung-in, se leía una gran
expectación.
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“Siéntate
despacio”.
Las
manos de Chase subieron desde abajo, sujetaron la cintura de Jung-in y lo
atrajeron hacia abajo. Por instinto, Jung-in tensó la parte trasera y su
entrada se contrajo espasmódicamente.
“Parece
que tienes miedo. Se encoge. Haah, qué lindo”.
“¡¿De
qué... de qué estás hablando?!”.
Cuando
Jung-in intentó levantar el trasero, Chase lo sujetó con fuerza por la cintura
para detenerlo.
“¿Sabes
por qué me gusta hacerlo por la mañana? Porque el color y la forma de tu
agujero son hermosos. Sería una pérdida no verlo”.
“¿Estás...
estás loco? ¿Cómo puedes decir esas cosas tan a la ligera...?”.
Pero
a Chase no le importaron sus palabras; separó una de sus nalgas con la mano y
se tomó su tiempo para admirar la entrada, que lucía un tono rosado claro. Jung-in
comprendió finalmente cómo cambiaba Chase cuando estaba ebrio. Siempre era
expresivo, pero quizás incluso eso era algo que solía reprimir.
Chase
acarició los pliegues con el dedo índice y dijo.
“Es
como una flor. Una flor que seduce a una mariposa para que venga a succionar su
néctar”.
“Eut”.
“La
mariposa siente el aroma dulce, se posa y termina siendo devorada... Aquí es
tan dulce y profundo...”.
Continuó
soltando susurros que parecían cánticos de alabanza. Al hablar directamente
frente a su entrada, el aliento hacía que toda la zona entre sus nalgas le
diera comezón. Cuando la fuerza de sus muslos flaqueó y bajó un poco, la nariz
de Chase rozó su escroto. Sorprendido, intentó levantar el trasero, pero las
manos de Chase lo sujetaron por los muslos y lo obligaron a bajar. Sintió una
humedad en la entrada y, de inmediato, los labios húmedos tocaron los pliegues.
“Huaaa...”.
Sintió
el contorno del rostro de Chase contra la parte más sensible de su cuerpo. Las
manos de Jung-in apretaron con fuerza el cabecero de la cama. El puente alto y
recto de la nariz de Chase quedó hundido en su escroto, y una masa de carne
caliente y húmeda frotó su entrada. Lamió los pliegues cerrados con extrema
delicadeza. Se sentía como si un animal con tentáculos se hubiera pegado allí y
se deslizara lentamente.
“¡Ah!
Aeuk... heut...”.
Cada
vez que Jung-in perdía la fuerza en las piernas y se sentaba, Chase aprovechaba
para abrir bien la boca, morder la zona y succionar con fuerza. Si Jung-in
intentaba alejarse para escapar del estímulo excesivo, Chase recorría la
entrada con la lengua, aplicando saliva como si diera pinceladas. No había
lugar a donde escapar. Su cuerpo se sacudía por sí solo y los gemidos salían
sin resistencia. El placer que revolvía sus entrañas hizo que el instinto
superara a la vergüenza. Su entrada ya palpitaba por la anticipación.
“Ah...
uung...”.
Jung-in
comenzó a moverse de arriba abajo sobre su rostro, como si cabalgara. Abajo se
escuchaban sonidos húmedos, como el de un perro grande bebiendo agua con
avidez. Chase, sujetando las nalgas de Jung-in para mantenerlas abiertas,
comenzó a meter la lengua dentro del orificio relajado.
“¡Huh! Chase... ¡Chase! Ah, ngh...”.
Cada
vez que movía la lengua metida hasta el fondo, el cosquilleo se extendía hasta
su vientre. Incluso deseó que metiera los dedos y rascara el interior. Hasta el
roce del cabello contra la piel sensible de sus muslos se convertía en placer.
“Mueve
la cintura”.
La
voz de Chase sonó ahogada desde abajo, contra su piel. Jung-in se aferró al
cabecero con todas sus fuerzas y movió la cintura de adelante hacia atrás
apoyándose en las rodillas. Al oscilar, su cuerpo dibujaba curvas fluidas.
“Hauuu...
ngh...”.
No
podía dejar de mover la cintura mientras estaba sentado sobre su rostro. No
había lugar para la timidez o la vergüenza. Jung-in apoyó la frente en el
cabecero mientras su cadera temblaba, restregando su intimidad contra el rostro
de Chase. Pensar que estaba perdiendo la cabeza sobre el rostro perfecto de
Chase Prescott le hacía sentir que su cerebro se incendiaba. La euforia subió
al límite y se transformó de inmediato en una sensación de clímax inminente.
“Huh...
creo que me voy a correr...”.
Al
decir eso, Chase sujetó su cintura y deslizó el trasero de Jung-in hacia su
barbilla. Inmediatamente, Chase tomó el miembro de Jung-in en su boca.
“¡Haah...!”.
Con
la cabeza de Chase entre sus piernas y su miembro en su boca, Chase lo movió
con la lengua como si fuera un caramelo. Jung-in dejó escapar sonidos
entrecortados, como si lo estuvieran asfixiando. Una de las manos de Chase, que
sujetaba su cintura, se deslizó entre sus nalgas. Llevó sus dedos a la entrada,
que estaba empapada por la saliva que él mismo había dejado. Dos dedos entraron
suavemente en el orificio que ya estaba relajado por las caricias previas.
“Huh...”.
Un
gemido urgente escapó de la boca de Jung-in, pero no era de dolor. Los dedos
largos y gruesos de Chase, cuyas manos eran lo suficientemente grandes como
para sostener un balón de baloncesto, giraron dentro de sus paredes y
presionaron con cuidado, ganando espacio. Chase siempre se tomaba el tiempo de
dilatarlo y esperar hasta que el cuerpo de Jung-in pudiera aceptarlo por
completo, porque creía que el sexo debía ser un juego de dos, no de uno solo.
Su paciencia, mientras esperaba con su propia erección a punto de estallar, era
increíble. Jung-in, como hombre, sabía lo difícil que debía ser contenerse.
Cuando
Chase usó la punta de la lengua para lamer la hendidura del glande, Jung-in no
pudo aguantar más y empezó a mover la cintura hacia adelante y hacia atrás,
como si quisiera penetrar su boca. Al hacerlo, sus dedos también entraban y
salían por detrás.
“¡Ah!
Heup, me voy a correr...”.
Jung-in
se mordió los labios intentando contenerse. El sexo con él solía durar horas, y
si llegaba al orgasmo demasiado rápido, se agotaría antes. Para mantener la
compostura, debía ganar tiempo. Sin embargo, a Chase le gustaba que Jung-in
llegara al orgasmo primero. Creía que así el cuerpo de Jung-in se ablandaba y
se relajaba, permitiéndole invadirlo con más facilidad.
“Huuh...
qué hago”.
Su
razón se desvanecía. A pesar de su resolución de aguantar, su cuerpo saltaba
sobre Chase como si estuviera galopando. Hacia adelante, embestía la boca de
Chase; por detrás, era penetrado por sus dedos, corriendo hacia el clímax.
“¡Ah!
Aeuk... heup...”.
Finalmente,
Jung-in liberó su orgasmo dentro de la boca de Chase. El semen fue succionado y
tragado por la garganta de Chase con una fuerza increíble, como si fuera a
arrancarle el miembro. Incluso mientras tragaba el líquido espeso, Chase no
dejó de mover sus dedos entre las nalgas de Jung-in.
El
cuerpo de Jung-in se desplomó, invadido por la debilidad que sigue a la
eyaculación. Apoyó la frente contra el cabecero de la cama y, en cuanto cerró
los ojos, sintió que su cuerpo era arrastrado hacia abajo.
Naturalmente,
quedó recostado sobre el cuerpo de Chase. Con las piernas a ambos lados del
otro y postrado como si hiciera una reverencia profunda, Jung-in jadeaba con
dificultad.
“Haah...
haah...”.
La
piel de ambos, que empezaba a cubrirse de sudor, se pegaba sin dejar ni un solo
espacio de aire. Cada punto de contacto se sentía como si fuera a derretirse,
como cera caliente. Chase no dejaba de cubrir la oreja de Jung-in con besos que
parecían lamidas. Mordisqueaba con cuidado la piel tierna alrededor de la sien
de Jung-in, hasta que, incapaz de contenerse, le dio un mordisco firme en el
lóbulo.
Tras
separarse con un sonido húmedo, sus labios susurraron bajo contra su oído.
“Hagamos
esto toda la noche. ¿Sí?”.
Sus
brazos largos y fuertes cruzaron la espalda de Jung-in, sujetando sus hombros
como ganchos. Chase fijó firmemente el cuerpo de Jung-in para que no se
deslizara hacia arriba y, con la otra mano, sujetó su propio miembro. Apuntando
la punta roma hacia la entrada, tensó la espalda y los glúteos para elevar
lentamente la pelvis.
“Uumm...”.
Un
gemido bajo fluyó desde lo profundo de la garganta de Chase. El glande, tan
firme como una roca, presionó con fuerza aplastando la piel antes de comenzar a
abrirse paso a través de las paredes húmedas. Una sensación de volumen pesado
fue ensanchando la pelvis mientras llenaba poco a poco su interior.
“Uung...”.
Como
el juego previo había sido largo, la inserción fue fluida. La mucosa ardiente
succionó el enorme miembro como si quisiera absorberlo. Chase avanzó con una
lentitud exasperante; cuando hubo insertado un tercio, se detuvo un momento y
movió la cadera sutilmente, como abriendo camino. Un sonido húmedo resonó en la
habitación, un crujido similar al que se escucha al apretar ‘slime’, pero que
incluso así se sentía como una forma de caricia.
“Haah...
qué bien se siente...”.
Chase
cerró los ojos y dejó escapar una exclamación que pareció un suspiro. Al sentir
que las paredes internas se dilataban más, empujó el miembro un poco más al
fondo. Volvió a detener el avance y movió la cintura con empujes superficiales.
“Uung...
Chase...”.
Lo
que escapó de los labios de Jung-in fue un gemido dulce, sin el más mínimo
rastro de dolor. A través de Chase, Jung-in aprendió por primera vez que el
sexo, el acto más salvaje, también podía ser tierno.
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Aunque
Jung-in ya estaba completamente relajado, Chase seguía tomándose su tiempo. Se
movía con lentitud, como si quisiera memorizar la forma interna del cuerpo de Jung-in.
Al esforzarse tanto al principio, el orificio y todas las paredes internas se
volvían tan blandas que, incluso si Chase arremetía con violencia más tarde, Jung-in
no sentiría dolor.
El
objetivo de Chase no era solo ensanchar el lugar por donde entraría; él
disfrutaba el momento de sentir a Jung-in en su totalidad. No tenía prisa, como
quien degusta un vino de lujo, y prefería deleitarse en cada sentido muy
lentamente. Sus grandes manos sujetaron el trasero de Jung-in para estirar la
entrada, penetrando con extrema lentitud para luego salir rozando cada uno de
los pliegues.
“Euut...”.
Como
el interior estaba tan apretado, podía sentir cada movimiento. Al cerrar los
ojos, Jung-in era capaz de percibir incluso el relieve de las venas que
rodeaban el miembro de Chase.
“Al
principio intentas empujarlo hacia fuera, pero después terminas succionándolo.
Como un niño hambriento que busca el pecho”.
“Ngh,
Chase...”.
“Está
tan caliente y húmedo. Haah... me encanta”.
Jung-in
se dejó cautivar por la excitación de Chase. Este continuó soltando palabras
lascivas mientras terminaba de hundir el resto de su miembro de un solo golpe.
“¡Hauuuk!”.
Por
un instante, Jung-in tuvo la ilusión de que su visión se oscurecía, como si
hubieran derramado tinta frente a él. Sintió cómo incluso la parte donde las paredes
se curvan y estrechan se dilataba al máximo, llenando su vientre por completo.
Las manos rudas de Chase acariciaron el trasero de Jung-in, amasándolo
suavemente antes de deslizarse hacia la hendidura. Su dedo índice acarició la
entrada, que parecía estar a punto de desgarrarse por la dilatación.
“Hauu,
me da... me da cosquillas...”.
No
era el lugar que él tocaba lo que sentía cosquillear, sino sus entrañas. La
punzante sensación sexual se sentía como un ligero dolor de vientre. El abdomen
de Jung-in se hundió por la tensión; de forma natural, su parte trasera se
contrajo, y los densos pliegues internos apretaron el miembro de Chase.
“Ngh...
Jung-in, ¿por qué eres tan bueno en esto?”.
A
decir verdad, lo único que Jung-in hacía durante el sexo era dejarse llevar por
las manos de Chase, pero este solía decir eso a menudo. No era solo para
animarlo; su tono era bastante sincero. Aunque Jung-in no podía admitirlo por
sí mismo, no era algo que le desagradara escuchar.
Chase
abrazó con fuerza a Jung-in, que seguía recostado sobre él, y comenzó a mover
la cintura rítmicamente.
“Hauu... eut, uung...”.
“Haah... Jung-in...”.
Cada
vez que escuchaba a Chase quejarse bajo en su oído, una intensa euforia hacía
que a Jung-in se le erizara el vello. Cuando Chase entraba profundamente como
una ola, llenándolo por completo, sentía una satisfacción inmensa; y cuando
salía raspando sus puntos sensibles, sentía un placer que le hacía encoger los
dedos de los pies.
Jung-in
cerró los ojos lentamente. Le gustaba cuando Chase se movía rápido y con
fuerza, sacudiendo su cerebro, pero también le gustaba cuando llenaba su
interior ganando profundidad con lentitud. Le parecía increíble que ese miembro
tan grueso y largo entrara y saliera de su cuerpo sin causarle el más mínimo
dolor.
<Me
gusta...>
Lo
que escapó de la boca de Jung-in, como un suspiro, fue coreano. Ni siquiera se
dio cuenta de que estaba hablando en su idioma materno. En ese estado, si
alguien le hubiera hablado en inglés, quizás no habría podido articular una
frase compleja. Solo quedaban los instintos más básicos; todo lo demás se había
evaporado.
La
comisura de los labios de Chase se elevó. Repitió con voz suave las palabras de
Jung-in, pero elevando el tono al final para convertirlo en una pregunta.
<¿Te
gusta?>
<Ngh...
sí... me gusta...>
“¿Tanto
te gusta?”.
Al
escuchar a Chase preguntar en inglés, Jung-in abrió los ojos de golpe. Solo
entonces se dio cuenta de lo que había dicho.
“¿Qué...
qué?”.
“Has
dicho eso muchas veces mientras lo hacemos. ¿No lo sabías?”.
Incluso
mientras preguntaba, seguía moviendo la cintura con mucha calma.
“Ngh...
uung...”.
El
rostro de Jung-in se encendió aún más al sentir que Chase había visto una
faceta suya que él mismo desconocía.
“Esas
palabras suenan tan bien, son hermosas. Sigue diciéndolas”.
“...
No quiero”.
“Está
bien. De todos modos, lo harás pronto”.
Jung-in
hizo un mohín y se quejó con voz entrecortada:
“Ngh,
no vuelvas a beber tanto. Cuando te emborrachas te pones... ngh... muy
empalagoso”.
“Aguántate
hoy. Todo es por tu culpa”.
“Haaut...
¿yo qué hice?”.
“Deberías
haber aparecido ante mí cuando estaba en la escuela media”.
“Tú...
ngh... ni siquiera sabías que yo existía”.
“Por
eso me enoja. Me vuelve loco. Odio a todos los que conocen al ‘tú’ que yo no
conozco. Siento unos celos que me matan”.
Como
si reflejara sus emociones exaltadas, sus movimientos empezaron a volverse más
violentos. Al elevar la pelvis con fuerza, el miembro que solo tenía el glande
en la entrada se hundió de golpe hasta la raíz. Fue tal la fuerza que el cuerpo
de Jung-in se elevó. Las paredes internas, sorprendidas, se contrajeron con
fuerza como un coral que cierra sus tentáculos al ser tocado.
“Huhhh...”
“Ngh...”.
Ambos
gimieron al mismo tiempo. La sensación de unidad al experimentar el mismo
sentimiento en el mismo instante trajo consigo un placer mental. Esa sensación
de estar conectados era sublime cada vez que la sentían.
“Estamos
vinculados. Como por Bluetooth”.
Susurró
Chase con una sonrisa tonta. Con los ojos enrojecidos por el alcohol, su rostro
se veía aún más provocativo.
“Deja
de decir cosas raras”.
Jung-in
tapó la boca de Chase con la mano. Pero fue en vano; la lengua de Chase se
asomó entre sus dedos y los lamió sin orden alguno.
“Ahuuu...”.
Mientras
lamía la mano de Jung-in como un perro, Chase giró la cintura con un movimiento
circular y denso. El miembro, hundido profundamente, revolvía sus entrañas.
Chase empujaba a Jung-in hacia arriba con la fuerza de su cadera mientras sus
manos recorrían constantemente los omóplatos y la columna de este. Todos eran
puntos sensibles y vulnerables.
“Ngh...
aun así, mi cuerpo... tú eres quien mejor lo conoce en el mundo, Chase”.
“Haah...”.
Un
suspiro cargado de admiración inundó el oído de Jung-in. Chase se sintió
orgulloso, como si hubiera recibido el cumplido que más deseaba.
“Sí...
yo soy quien mejor lo conoce”.
Chase
acarició la zona cercana al omóplato de Jung-in.
“Aquí,
debajo del omóplato derecho, tienes un lunar muy pequeño. ¿Lo sabías?”.
Jung-in
negó con la cabeza. Chase continuó hablando como un niño presumiendo sus
juguetes.
“No
es solo eso. Lo sé todo. Sé dónde tocarte para que te excites, y dónde
presionarte para que llores”.
“Hauuu...”.
“Y
que si te acaricio aquí, empiezas a temblar y quieres correrte de inmediato”.
Mientras
continuaba con la penetración, acarició suavemente el espacio entre el coxis y
la entrada, haciendo que todo el cuerpo de Jung-in temblara.
“Ngh...”.
Tal
como él decía, Jung-in sintió el deseo urgente de eyacular. Metió la mano
apresuradamente entre sus vientres para sujetar su propio miembro. Sentía que
con solo un roce llegaría al final. Sin embargo, su mano fue detenida e
interceptada de inmediato.
“No,
terminemos juntos. Ngh, espera por detrás. Hazlo conmigo un poco más, ¿sí?”.
Chase
rodó sobre el colchón sin desconectarse, dejando a Jung-in debajo. Colocó las
piernas de Jung-in sobre sus hombros y movió la cintura lentamente mientras
besaba cada lugar a su alcance: los tobillos, las pantorrillas... Sus manos
bajaron desde los tobillos recorriendo las piernas desnudas hasta sujetar la
cintura de Jung-in.
“Hermoso...”.
Soltando
ese elogio, Chase lo miró con una mirada ardiente. La piel blanca de Jung-in,
que se sonrojaba con facilidad, estaba roja hasta el cuello. Los hombros, los
codos, las rodillas y su sexo... cada punto prominente parecía teñido de rojo,
como si hubieran dejado caer una gota de tinta sobre ellos.
A
Chase le encantaba, hasta el punto de parecerle increíble, que alguien con un
cuerpo tan frágil y suave fuera, en realidad, una persona tan fuerte. Esa
fortaleza de no dejarse arrastrar incluso en momentos de duda. La terquedad de
no ceder ante la mirada ajena y la voluntad de mantener sus propios principios
hasta el final. Y sobre todo, esa bondad y sentido de la justicia que lo hacían
infinitamente blando ante los débiles. Su centro, que era más fuerte por no ser
ostentoso, era lo que lo definía. Jung-in hacía que él también quisiera ser una
mejor persona. Chase se enamoraba de él de una forma nueva cada día.
“Hau,
eut... Chase...”.
“Sí,
soy tu Chase”.
El
cuerpo liso de Chase brillaba empapado de sudor. Siguió moviendo la cintura
lentamente mientras abría más los muslos de Jung-in para observar el punto de
unión.
“Es
tan erótico. Aquí... cada vez que salgo, tu interior parece querer seguirme...”.
“Uung...
eut...”.
Su
sexo expuesto y todo lo que había debajo eran cosas que podrían haber causado
mucha vergüenza, pero Jung-in, abrumado por la excitación, no era consciente de
ello.
“Fuu...
qué bien... me encanta tu interior... ¿puedes abrir las piernas un poco más?”.
Chase
no dejaba de murmurar lo mucho que le gustaba cada vez que lo penetraba. Ebrio,
no tenía filtros. Aunque su voz era suave y dulce en todo momento, el contenido
de sus palabras era puramente lascivo. El movimiento de su cadera fue ganando
fuerza y velocidad, y los gemidos de Jung-in aumentaron en consecuencia. Cada
vez que arremetía con tal violencia que todo su cuerpo se sacudía, Jung-in
sentía como si lo golpearan por dentro. Su estómago se revolvía como cuando uno
mira hacia abajo desde un lugar muy alto.
“Hau,
huh, euup, ugh...”.
Lágrimas
fisiológicas rodaron por sus sienes. A través de su visión empañada, vio el
rostro de Chase mirándolo con fijeza. Entre el alcohol y el calor del sexo,
parecía que se le secaba la boca; Chase sacó la lengua para lamerse los labios
y apretó los dientes. Usando sus manos, que sujetaban con firmeza los muslos de
Jung-in, como señal, Chase comenzó a mover la cintura sin restricciones.
“¡Ah!
¡Ah! ¡ngh! ¡Ah! huhh...”.
Cada
vez que él daba impulso con las rodillas, la cama crujía como si fuera a
romperse. De la boca de Jung-in salían sonidos fragmentados, incapaces de
distinguirse entre gemidos o gritos.
“Huk, huk, aheuk... heuuk... por favor, huk, Chase...”.
Esos
gemidos pronto se convirtieron en sollozos y súplicas. Chase bajó el cuerpo y
apoyó las manos al lado de la cabeza de Jung-in. Sus ojos azules, ahora muy
cerca, lo miraron con ternura.
“Quiero
ser bueno contigo, pero quiero hacerte llorar... No sé qué me pasa”.
A
diferencia de la violencia de su tren inferior, su voz era suave. Jung-in
extendió la mano con dificultad y sujetó el antebrazo de Chase, sintiendo los
músculos claramente definidos bajo sus yemas.
“Haah... me gusta, ngh, Jung-in... Tócame
más”.
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Chase
bajó aún más, apoyando los codos en el colchón mientras movía la cintura de
forma desordenada. Entre el sonido de la carne chocando, se mezclaban los
gritos de Jung-in.
<¡Ah!
Ahí... me gusta, ngh... me gusta tanto>.
Ya
no sabía en qué idioma estaba hablando. Jung-in se aferró al cuello de Chase,
abrazándolo con fuerza. Era un gesto desesperado, buscando instintivamente algo
a lo que aferrarse. Los empujes de su cadera, hundiendo su miembro con fuerza,
se volvieron cada vez más amplios. Se movía tan bruscamente que, en un momento
en que retiró la cadera por completo, el glande se salió.
Con
una voz que mezclaba excitación e irritación, Chase murmuró.
“Se
salió, mierda...”.
Era
muy raro que usara esa palabra. Cuando Jung-in se estremeció sorprendido, Chase
bajó el cuerpo de inmediato, besando el oído de Jung-in y disculpándose.
“Lo
siento. Perdón... haah, lo siento. Se me escapó... hice mal”.
Incluso
mientras se disculpaba, su cintura seguía moviéndose. Quizás aquellas palabras
rudas estimularon algo en su interior, o quizás era el hecho de ver a este
hombre postrado ante él lo que le gustaba. Jung-in sintió una urgencia
repentina por eyacular.
“Ah...
ahora... ahora...”.
Su
cuerpo temblaba sin control y las palabras más básicas habían desaparecido de
su mente.
Chase,
captando de inmediato el estado de Jung-in, retiró un poco su miembro y comenzó
a sacudir las caderas con movimientos cortos y rápidos, presionando con el
glande el punto de mayor sensibilidad de Jung-in.
“¡Ah!
¡Aeuk, hauuu!”.
La
mandíbula de Jung-in temblaba con fuerza. Su cintura se retorcía por voluntad
propia y sus extremidades, fuera de control, sufrían espasmos violentos. Ante
sus ojos, chispas blancas estallaban sin cesar. Jung-in tensó todo su cuerpo en
una rigidez absoluta mientras disparaba su esencia en chorros intermitentes.
Una sensación de liberación que rozaba la locura lo envolvió.
“Ngh...”.
Chase
se estremeció ante la sensación de las paredes internas apretando su miembro
como si quisieran cortarlo. Él también sintió el clímax inminente y, jadeando
con fuerza, arremetió con profundidad dentro de Jung-in.
“Te
amo... ¿Cómo es posible que me gustes más cada día? ¿Qué me has hecho?”.
Con
la voz cargada de excitación, movió su cadera como una bestia. Jung-in, con la
consciencia yendo y viniendo, logró responder con dificultad:
“Ngh...
compré un muñeco de pelo rubio... hauuuk... e hice un ritual vudú, ngh...”.
“Haah,
incluso amo tu sentido del humor”.
Debido
a que Chase seguía embistiendo sin piedad su cuerpo hipersensible tras la
eyaculación, Jung-in no podía recobrar el juicio entre la mezcla de placer y
dolor. Intentó apartar a Chase empujándolo por los hombros, pero unas manos
enormes atraparon las suyas, entrelazando sus dedos y presionándolas contra las
sábanas para inmovilizarlo.
Sintió
vívidamente cómo el miembro en su interior palpitaba y se sacudía, liberando el
semen en oleadas rítmicas.
“Hauuu... Jung-in, aeuk, haah...”.
Aunque
ya estaba hundido hasta la raíz, Chase presionó varias veces más con sacudidas
finales, como si intentara llegar todavía más profundo. Con cada empuje,
suspiros bajos y agónicos caían sobre la cabeza de Jung-in.
“Haah...
qué bien se siente. Te llené por completo”.
Ebrio,
Chase se volvía mucho más expresivo. Tras murmurar repetidamente lo mucho que
le gustaba, tomó la oreja de Jung-in completa en su boca, mordisqueándola y
succionándola a su antojo.
“Jung-in...
Te amo...”.
“Hauuu...
Heuu...”.
“Está
bien. Aquí estoy”.
Cuando
el cuerpo de Jung-in empezó a temblar como si tuviera frío debido al
agotamiento post-orgásmico, Chase soltó sus manos entrelazadas y lo abrazó con
fuerza. No se retiró de inmediato, incluso después de que los temblores
cesaran. Mientras lo mantenía rodeado, apartó el cabello húmedo de su frente y
lo acarició largamente, besando sus sienes, sus mejillas y el puente de su
nariz.
Solo
cuando la respiración de Jung-in se estabilizó por completo, Chase retiró
lentamente su cadera y se incorporó. Jung-in tuvo un ligero escalofrío al
sentir cómo salía el miembro, que aún no perdía su grosor. El glande prominente
se detuvo un segundo en la entrada antes de deslizarse hacia fuera con un
chasquido sordo contra su bajo vientre.
“Espera
un momento”.
Con
su miembro aún pesado y manchado de fluidos entre las piernas, Chase se dirigió
al baño. Incluso en su estado de ebriedad, no olvidó ser considerado. Preparó
el agua a la temperatura adecuada, regresó por Jung-in y lo llevó en brazos al
baño.
Al
colocarlo en la cabina de ducha, Chase intentó ayudarlo a limpiar su interior
usando los dedos, pero incapaz de contenerse, lo penetró una vez más.
Cuando
finalmente terminaron, se asearon y salieron del baño, el cielo tras la ventana
empezaba a clarear con los tonos grises del amanecer. Al acostarse en la cama, Jung-in
sintió el frescor del agua secándose en su piel y se acurrucó de lado. Chase se
pegó a su espalda de inmediato. El calor del cuerpo que lo abrazaba por detrás
era intenso. Jung-in se encogió de hombros al sentir algo duro presionando
entre sus nalgas; se giró con cara de espanto pensando que quería hacerlo de
nuevo.
Chase
sonrió con ternura, dejando caer las comisuras de sus ojos de forma adorable.
“Solo
lo dejaré dentro. ¿Sí?”.
Jung-in
volvió a mirar al frente y relajó los hombros en una señal de permiso
resignado. Chase empujó su miembro semirrígido dentro de la entrada. El
orificio, ya blando y relajado, lo aceptó sin dificultad.
“Está
cálido... quiero dormir así, contigo dentro”.
“Chase...”.
“Siento
que así mi forma quedará grabada en tu interior”.
Ante
esas palabras dulces mientras sus labios jugueteaban con su cuello, Jung-in se
dio por vencido. En realidad, estaba demasiado cansado para intentar
convencerlo de lo contrario.
“...
Solo por hoy”.
Chase
lo abrazó con ambos brazos ante su respuesta. Jung-in cerró los ojos ante esa
agradable presión. Sin embargo, Chase aún tenía algo pendiente y le susurró al
oído.
“Cuéntame
sobre la escuela media. Todo, detalle a detalle”.
Jung-in
sonrió suavemente con los ojos cerrados.
“Eres
demasiado celoso”.
“¿Por
eso me odias?”.
Si
le preguntaban si lo odiaba por eso, la respuesta era no. Jung-in sabía que la
personalidad original de Chase era bastante indiferente. Que fuera tan posesivo
y actuara como un niño exclusivamente con él no le desagradaba; al contrario,
sentía esos celos e inseguridades como otra forma de afecto.
“No.
Por eso me gustas”.
“Rápido.
Cuéntame”.
Como
un niño pidiendo un cuento antes de dormir, Chase sacudió ligeramente el cuerpo
de Jung-in para apresurarlo, manteniendo su miembro sumergido profundamente en
él. Jung-in respiró hondo con calma y comenzó a rebuscar en sus recuerdos,
queriendo contarle todo a ese Chase que deseaba saberlo todo.
“Mi
primer tutor fue el Señor Richardson. Como yo era asiático, me pusieron en la
misma clase que Justin para que él me enseñara la escuela. Y Justin...”.
Su
voz se fue apagando gradualmente. Poco después, Jung-in se quedó profundamente
dormido. Chase, que esperaba la siguiente frase, también cerró sus ojos
cansados.
La
luz del sol de la mañana, como un invitado no deseado, iluminó tenuemente a los
dos. Tumbados uno sobre el otro, parecían un solo cuerpo, como si compartieran
el mismo sueño de aquellos tiempos pasados.
***
Salían
del restaurante del hotel tras un desayuno muy tardío. Justo cuando Jung-in iba
a adelantarse, Chase rodeó su cintura de repente. Ante esa muestra repentina de
afecto, Jung-in giró la cabeza para mirarlo.
“¿Eh?”.
Chase
se encogió de hombros como si no fuera nada. Sin embargo, Jung-in pronto
entendió el porqué: Sebastian estaba sentado en una mesa cercana. Llevaba una
gorra de béisbol, pero no podía ocultar su palidez. Parecía incapaz de leer el
menú y lo dejó con resignación antes de pedir. Estaba solo, sin rastro de su
novia.
“Tráigame
algo grasiento. Con extra de salsa gravy”.
Pidió
con voz ronca y apagada. Por su pedido, era evidente que tenía una resaca
monumental.
Jung-in
pensó que lo mejor era pasar de largo sin decir nada, pero Chase carraspeó a
propósito para llamar su atención. Sebastian levantó la vista y, al cruzar
miradas con Jung-in, puso una expresión de derrota absoluta. Avergonzado de que
lo vieran en ese estado, se hundió más la gorra.
“Vaya.
¿Mucha resaca?”.
Dijo
Chase con un tono ligeramente burlón y prepotente.
Jung-in
contuvo una risa, recordando que Chase acababa de comerse una hamburguesa con
triple ración de queso por la misma razón.
“...
Bueno. No es para tanto”.
respondió
Sebastian a regañadientes.
“Jay
y yo nos vamos hoy. Regresamos al Este, así que no nos volveremos a ver”.
Chase
le tendió la mano. Cuando Sebastian la aceptó con duda, Chase la sacudió con
tal fuerza que todo el cuerpo de Sebastian se tambaleó. Fue lo peor que le
podías hacer a alguien con resaca. Sebastian hizo una mueca de dolor mientras
Chase lucía una expresión radiante.
“Cuídate.
Y si puedes, cámbiale el nombre al gato”.
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Satisfecho,
Chase apretó su mano en la cintura de Jung-in y lo guio hacia la salida
tarareando. A su lado, Jung-in soltó una risita y negó con la cabeza. Este
viaje le había confirmado algo: su pareja era, definitivamente, del tipo
celoso.
