1. El tipo celoso

 


Volumen 5

1. El tipo celoso

 

“¡Ugh, ugh! Espérame, Jay”.

Ante la voz de Justin, que jadeaba como si se le fuera a salir el alma, Jung-in lanzó un reproche indiferente sin siquiera volver la cabeza.

“Parece que lo que perdiste no fue grasa, sino músculo”.

La apariencia de Justin, que subía las escaleras de madera detrás de Jung-in, era muy distinta a la de antes. Tras un año de vida universitaria, Justin había perdido 20 libras (más de 9 kg). Su cuerpo regordete desde la infancia no se debía solo a la genética, sino a sus padres y abuela, que eran demasiado cariñosos y lo alimentaban con tres comidas completas y snacks a cada momento. Era un cuidado excesivo vertido bajo el nombre del amor.

Cada vez que Justin regresaba en vacaciones o días festivos, Rachel ponía cara de llanto, le apretaba las mejillas hundidas y exclamaba: ‘¡De verdad no te quedan más que los huesos!’. Por supuesto, para ojos extraños seguía estando del lado de los ‘rellenitos’, pero comparado con el antiguo Justin, era un cambio asombroso.

“Uf, creo que voy a vomitar, Jay”.

“Subamos un poco más. Desde aquí no se ve bien por culpa de esa roca”.

Se encontraban en una playa de Santa Cruz, considerada un ‘lugar sagrado’ entre los amantes del surf. Estaba a unas dos horas en auto de Bellacove, y Jung-in y Chase habían decidido pasar el fin de semana allí para cerrar sus vacaciones de verano. Justin también estaba con ellos; les había suplicado que lo llevaran, prometiendo que iría en su propio auto y alquilaría su propia habitación, alegando que si veía una telenovela más con su abuela, perdería el sentido de la realidad.

La playa tenía dos caras divididas por un acantilado que actuaba como rompeolas natural. A la izquierda, expuesta al mar abierto, el viento pegaba directo y las olas eran altas y rudas, perfectas para el surf. A la derecha, la corriente era tranquila y la arena se acumulaba fácilmente, formando una orilla ideal para familias y parejas con sombrillas y mantas de picnic.

Jung-in caminaba hacia el mirador por el sendero trazado alrededor del acantilado para ver a Chase surfear. Las escaleras de madera pegadas a la roca eran vertiginosas, empinadas y largas.

“Aquí está bien”.

Al llegar a una zona plana, Jung-in se apoyó ligeramente en la valla de madera y miró a su alrededor. Mucho después, Justin lo alcanzó, soltando un suspiro jadeante, y se desplomó a su lado. Jung-in le entregó una botella de agua que traía preparada; Justin bebió la mitad de un tirón y se limpió la boca mojada con el dorso de la mano.

Tras recuperar el aliento, le devolvió la botella y preguntó.

“¿Cuándo regresemos a clases, vivirán juntos en el condominio de Pres?”.

“Sí”.

“¿Pres todavía no tiene intenciones de alquilar esa habitación que sobra?”.

Jung-in solo sonrió levemente en lugar de responder. Los estudiantes de primer año de Harvard viven en los dormitorios dentro del Harvard Yard, pero a partir del segundo año son asignados a ‘Casas’ un poco más alejadas. Ellos dos habían solicitado vivir fuera del campus para ese periodo de transición y estaban a punto de comenzar su convivencia.

A partir del segundo año, cuando las carreras empiezan a definirse, la mayoría de los estudiantes pasan las vacaciones ocupados con pasantías o proyectos de investigación. Este verano era, en cierto modo, la primera y última vez que podían disfrutar de tiempo libre con tanta holgura. Pasaron estas vacaciones en Bellacove: Chase trabajó como pasante en Prescott Holdings y Jung-in tuvo un empleo de medio tiempo en el laboratorio clínico del hospital Hope Harbor. Y hoy, a pocos días de partir hacia Boston, decidieron pasar el final del verano en el mar de California.

“¡Oh! ¡Ahí! ¡Es Pres!”.

Ante el grito de Justin, Jung-in giró rápidamente la cabeza hacia el mar.

“Vaya... tu novio es increíble”.

Al ver a Chase, Jung-in inhaló profundamente sin darse cuenta. Las palabras de Justin no eran una exageración. Abajo, en la distancia sobre el mar, la tabla de surf color limón de Chase se deslizaba sobre una ola altísima. Su silueta de pie sobre la tabla era tan natural que parecía uno solo con el agua. Sus movimientos de equilibrio eran fluidos, y cada vez que giraba cortando la corriente, una espuma blanca estallaba con frescura bajo la tabla.

Aunque estaban lejos, el brillo del sol siguiendo su cabello empapado y las gotas de agua esparciéndose sobre sus hombros parecían verse con total nitidez. No eran los únicos que pensaban que se veía genial; un grupo de paseantes que acababa de llegar al mirador también dejó escapar exclamaciones de asombro.

“Oh, mira al chico de los shorts azules”.

“Surfea increíblemente bien”.

Jung-in sintió que se le inflaba el pecho de orgullo. Le daban ganas de que todo el mundo supiera que ese chico que tanto admiraban era suyo.

Cuando pasó una ola grande, se produjo un revuelo entre los paseantes.

“¿Eh? Mira allá. Ese hombre...”.

“Yo también lo veo. Es un wipeout (caída)”.

“Parece que se le rompió el leash (la cuerda de seguridad)”.

Jung-in entrecerró los ojos y miró en esa dirección. Entre las olas, se veía una tabla huérfana siendo arrastrada por la corriente. Un poco más lejos, un hombre manoteaba desesperadamente en el agua.

“¿No será un principiante que se metió donde no debía? Este es un circuito para expertos”.

“Esa zona es peligrosa porque se forman remolinos con frecuencia. ¿Deberíamos llamar a emergencias?”.

Las voces de la gente se acumulaban. Jung-in se inclinó instintivamente hacia adelante para observar el mar. Su mirada escaneó las olas. No muy lejos, Chase, que estaba surfeando, notó la tabla que flotaba sola. Miró a su alrededor y, tras localizar a la persona que se ahogaba, cambió de dirección sin dudar. Se lanzó de su tabla y nadó con fuerza hacia la zona de peligro.

El mar seguía bravo, pero Chase sumergía ligeramente el cuerpo cada vez que una columna de agua se le acercaba, minimizando la resistencia. Finalmente alcanzó al hombre y le empujó su propia tabla. Se veía cómo le hacía señas para que se subiera. El hombre se resbaló varias veces, pero Chase lo sujetaba del brazo para subirlo. Gracias a eso, el hombre logró quedar a salvo sobre la tabla, y la gente que observaba con angustia soltó un suspiro de alivio.

Chase, con el leash enrollado en el brazo, empezó a nadar arrastrando la tabla con el hombre encima hacia el otro lado de la playa. Parecía difícil nadar solo, mucho más remolcando a alguien; la ansiedad de Jung-in fluctuaba como las olas bajo sus pies.

“Vamos abajo”.

Jung-in se dio la vuelta rápidamente y empezó a bajar las escaleras.

“¿Qué? ¿Así de repente?”.

Justin puso cara de pena al pensar que tenía que bajar todas esas escaleras que tanto le costó subir, pero siguió a Jung-in a toda prisa.

Jung-in cruzó la arena sin notar que le faltaba el aire. Sus pies se hundían, pero no sentía el cansancio. Afortunadamente, Chase ya había llegado a la orilla. El hombre estaba sentado en la tabla sujetándose la pierna con expresión de dolor, mientras Chase, como un salvavidas profesional, le presionaba la pantorrilla con cuidado.

Al acercarse, el rostro del hombre junto a Chase le resultó familiar. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para distinguir sus facciones, Jung-in recordó quién era. Era Sebastian Schultz, el chico que en la secundaria le había arrebatado el puesto de representante final en el Modelo de las Naciones Unidas.

Pecas tenues en el puente de la nariz, cabello castaño oscuro y unos ojos verdes increíblemente transparentes. Sebastian siempre había sido popular por su buen parecido. No llegaba al nivel de ‘príncipe de la escuela’ de Chase Prescott, pero tenía un atractivo más realista y accesible.

Chase se puso de pie y Sebastian hizo lo mismo apoyándose en el suelo. No parecía tener heridas graves. Su rostro conservaba rasgos de su niñez, pero su cuerpo había crecido notablemente; aunque era delgado, sus hombros eran anchos y parecía tan alto como Chase.

“Un músculo acalambrado puede volver a tensarse. Es mejor que no surfees más por hoy”.

La voz de Chase apenas se oía por el ruido de las olas, pero Jung-in pudo adivinar la situación, le había dado un calambre y se había caído de la tabla.

“Gracias. Me salvaste la vida”,

Sebastian sacudió la arena de sus manos y se las tendió a Chase.

“Eres Chase Prescott, ¿verdad? Te reconocí enseguida. Yo también fui a la secundaria Clara McPherson”.

La expresión de Chase se endureció por la confusión mientras estrechaba su mano. Parecía no recordar en absoluto a la persona frente a él. Era lógico, Chase no solía recordar los nombres de la gente que pasaba por su vida. Él siempre era el que era recordado, no el que recordaba.

“Se me da bien el surf y la natación, qué vergüenza”.

“Los calambres musculares son inevitables”.

“Aun así, si no fuera por ti, habría sido un desastre”.

Sebastian abrazó ligeramente a Chase. El abrazo se prolongó más de lo necesario, y los ojos de Jung-in, que observaba desde atrás, se entrecerraron. ¿Había posibilidad de que Sebastian Schultz fuera gay? Pensándolo bien, durante los tres años de secundaria, nunca escuchó que tuviera novia. Jung-in no tenía un ‘gaydar’, pero ¿quién era Chase Prescott? Era alguien capaz de anular cualquier orientación sexual, suficiente para volver gay incluso a un hetero. En ese mismo instante, muchas miradas en la playa estaban fijas en Chase. Algunos lo miraban descaradamente, otros fingían indiferencia, pero no le quitaban el ojo de encima.

“Sigues siendo tan genial, Prescott”.

Tal como decía Sebastian, la apariencia de Chase era excepcional ese día. Su cabello rubio empapado caía suavemente sobre su frente, y debajo, su nariz perfilada recibía el ‘beso’ del sol. Sus hombros eran increíblemente anchos y rectos, y su piel suave tenía un brillo saludable. Las gotas de agua que bajaban por sus abdominales esculpidos hasta perderse en la cintura de sus shorts provocaban pensamientos sugerentes. Jung-in sabía que no era el único sintiendo eso.

Era difícil explicar exactamente qué le resultaba molesto, pero sentía que algo le hervía por dentro. Probablemente era esa atmósfera amable entre su antiguo rival y su novio. Jung-in dio unos pasos más y habló con tono calmado para revelar su presencia.

“Cuánto tiempo, Sebastian”.

“¿Quién...?”.

Sebastian se había mudado al Este antes de graduarse de la secundaria, así que no se veían hace casi cinco años. Ambos habían crecido y cambiado mucho; además, Jung-in ya no usaba los lentes que antes parecían parte de su cara, así que era normal que no lo reconociera. Sebastian deshizo el abrazo y giró la vista hacia la voz. Su expresión cambió lentamente.

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“¿Jay...? ¿Jay Lim?”.

“Te acuerdas”.

Chase miró alternativamente a los dos chicos que estaban frente a él.

“¿De dónde se conocen?”.

Sebastian respondió sin quitarle la vista de encima a Jung-in.

“Te lo acabo de decir. Yo también fui a la secundaria Clara McPherson”.

Justo en ese momento, Justin alcanzó a Jung-in jadeando.

“Uf... Jay, ¿por qué caminas tan... eh? ¿Sebastian Schultz?”.

Sebastian miró de reojo a Justin, que estaba al lado de Jung-in con los ojos como platos, y soltó una risita.

“¿Qué pasa, Justin Wong? ¿Ustedes dos todavía andan juntos? No han cambiado nada”.

Jung-in se sintió repentinamente intimidado, como si hubiera regresado al centro de un salón de clases años atrás. En aquel entonces no hablaba bien inglés; a veces tartamudeaba y cuando se ponía nervioso su gramática era un desastre. Pero no podía ocultar su espíritu competitivo y nunca rechazaba la oportunidad de participar en concursos o debates. Y curiosamente, en esos eventos solía encontrarse con la misma cara: Sebastian Schultz.

En matemáticas y ciencias siempre le ganaba, pero en debates o juicios simulados perdía casi siempre. Para Jung-in, cuyo idioma era una debilidad, era algo inevitable, pero no por eso menos frustrante. Al preparar la selección para el Modelo de la ONU, Jung-in fue más precavido que nunca e incluso investigó quiénes participarían. Sebastian Schultz había dicho claramente que no pensaba ir. Sin embargo, el día de la selección, al abrir la puerta del auditorio, Jung-in lo vio sentado allí muy campante. Frente a él tenía un cuaderno grueso que claramente había preparado con antelación, y ese día Jung-in tuvo que saborear otra amarga derrota.

“Escuché que te habías mudado al Este”.

“Vine por la universidad. Estudio en UC Berkeley”.

Como era de esperar, él, que siempre tuvo un gran rendimiento académico, había entrado a una universidad prestigiosa.

“Por cierto, ¿qué hacen ustedes, Timón y Pumba, en el mar?”.

Jung-in soltó un quejido interno. Recordar ese pasado oscuro confirmaba que él y Sebastian Schultz tenían una mala relación. En ese momento, Justin dio un paso al frente sacando la barriga.

“Somos amigos de Chase Prescott”.

Ante el tono de Justin, que parecía presumir de ser amigo de una celebridad, Jung-in sintió un poco de vergüenza. Afortunadamente, en ese instante alguien intervino, una chica en bikini con lentes de sol sobre la cabeza.

“¿Sebastian?”.

Por la conversación que siguió, parecía ser su novia. Sebastian le explicó brevemente lo sucedido mientras ella lo miraba con preocupación. Antes de irse con ella, Sebastian se giró hacia Jung-in.

“¿Hasta cuándo se quedan aquí?”.

“Hasta mañana”.

“¿Dónde se hospedan?”.

“En el Palmera Resort”.

Sebastian asintió, se despidió diciendo que se alegraba de verlos y se fue con su novia.

“Voy a surfear un poco más”.

Dijo Chase brevemente, dio un suave beso en la sien de Jung-in y caminó hacia el mar con su tabla.

Como Justin juró que prefería la muerte antes que volver a subir al mirador, ambos terminaron sentados en la arena. Chase se acostó sobre la tabla y nadó hacia donde se formaban las mejores olas. Justin, observando a Chase, miró a Jung-in con una sonrisa maliciosa.

“Pero... Jay, resultaste ser del tipo celoso”.

Jung-in lo negó de inmediato.

“¿Celos? Nada de eso”.

“¿Ah, no? Porque cuando Pres y Sebastian se abrazaron, pude ver desde lejos cómo te salían llamas de la cabeza”.

Esta vez, lo que salió de la boca de Jung-in fue un pequeño suspiro que sonaba a confesión. Hace apenas un momento había sospechado que Sebastian era gay, así que no tenía argumentos para rebatir a Justin.

Hubo un tiempo en que odiaba a Chase por hacerlo sentir tan mezquino. Pensaba que los celos eran una emoción fea que distorsionaba a las personas y las hacía sentir pequeñas; algo que solo tenían los débiles.

“De verdad... este tipo es demasiado guapo”.

Pero ahora era diferente. Entendió que los celos podían ser simplemente la prueba de que quieres a alguien de verdad. El amor no siempre es elegante y perfecto; a veces puede ser un poco patético.

Jung-in miró a Chase, que finalmente se había puesto de pie sobre una ola. No podía quitarle la vista de encima mientras surcaba el mar con libertad. La luz de la tarde teñía su cabello de un dorado intenso.

Era un verano deslumbrantemente brillante. Pero Jung-in lo sabía: mientras estuviera con él, todas las estaciones serían siempre radiantes.

***

Esa noche, en el centro de la calle bordeada de resorts y cafés, la fiesta estaba en pleno apogeo en el club de playa.

Las luces instaladas en los troncos de las palmeras cambiaban de color al ritmo de la música, tiñendo el aire nocturno. Las mesas a lo largo de la playa estaban abarrotadas y el volumen de la música subía cada vez más, elevando el entusiasmo al máximo.

Mientras Jung-in, sentado en una mesa del balcón exterior, contemplaba el paisaje del mar nocturno extendiéndose más allá de la barandilla, Chase regresó con dos jarras de cerveza.

“¿Y Justin?”.

Ante la pregunta de Chase mientras posaba las jarras, Jung-in dio unos toques a la pantalla de su celular.

“No hay noticias. Se debe haber quedado dormido”.

“Y eso que tenía ganas de venir al club”.

“Seguro es porque hizo demasiado ejercicio”.

“¿Ejercicio?”.

“Subió las escaleras hace un rato, ¿recuerdas?”.

Chase soltó una risita, como si le resultara tierno.

Pronto, sus jarras chocaron. La cerveza fría bajó por sus gargantas, aliviando la sed. Chase, el primero en dejar su jarra, usó su pulgar para limpiar con ternura la espuma del labio superior de Jung-in y recorrió con la mirada cada rincón de su pequeño rostro. Bajo las luces, el rostro de Jung-in adquiría matices misteriosos entre luces y sombras.

“Estás realmente guapo hoy, Jung-in-ah”.

Chase, que había aprendido a añadir ‘-ah’ después del nombre, lo llamaba así a menudo últimamente. Y cada vez que lo hacía, el corazón de Jung-in daba un vuelco sin falta. A pesar de llevar casi tres años saliendo, seguía sintiendo los mismos nervios que al principio.

“Tú también. Estuviste increíble hace un rato. Incluso salvaste a alguien”.

En lugar de poner cara de haber hecho algo grandioso, Chase simplemente se encogió de hombros como si no fuera para tanto, lo que lo hacía ver aún más atractivo a los ojos de Jung-in.

“Si crees que fue tan grandioso, podrías darme una caricia”.

En momentos así, se parecía a un Golden Retriever en una playa al atardecer, trayendo de vuelta un frisbee. Jung-in extendió la mano y acarició suavemente el cabello de Chase. Las suaves hebras doradas se deslizaban agradablemente entre sus dedos.

Algunas mesas los miraban de reojo por sus muestras de afecto, pero Jung-in ya era capaz de ignorarlo sin problemas. Unos años atrás, probablemente habría retirado la mano de Chase con timidez, consciente de las miradas ajenas. Pero ahora, le gustaba este ‘yo’ que tomaba su mano cuando quería, decía ‘te amo’ cuando lo sentía y no ocultaba sus sentimientos. El amor, a veces, los hacía crecer de la manera más natural.

La música subía de volumen y el ambiente llegaba a su punto crítico. El sonido del bajo retumbaba desde las plantas de los pies por todo el cuerpo, y el lugar estaba lleno de gente riendo y charlando.

Fue entonces cuando el DJ tomó el micrófono. La multitud vitoreó cuando anunció que comenzaría el concurso para elegir a la ‘Mejor Pareja’.

Algunas parejas ya levantaban la mano y se dirigían hacia el escenario.

“¿Subimos nosotros también?”.

Jung-in soltó una breve risa ante las palabras de Chase. Pensó que era una broma, pero la expresión con la que lo miraba era bastante seria.

“¿Hablas en serio?”.

“Dicen que es un concurso de la mejor pareja. ¿Hay alguien que encaje mejor con ese título que nosotros? Además, dan un premio”.

“Chase, ¿qué te falta a ti para dejarte seducir por un premio de un club como este?”.

Dijo Jung-in negando con la cabeza y con la voz llena de risa.

“¿No estamos demasiado sobrios para subir ahí? Con el alcohol sería divertido, pero cuando despertemos mañana, ¡será una pesadilla!”.

Jung-in continuó diciendo que toda acción impulsiva trae arrepentimiento y que era un poco tonto intentar demostrar su amor ante los demás. Chase, que había girado la cabeza hacia el escenario con indiferencia diciendo ¿¿Tú crees?¿, arqueó las cejas de repente.

“¿Eh? Es ese chico de antes”.

“¿Quién?”.

“Ese tal Sebastian”.

La mirada de Jung-in siguió instintivamente la dirección que señalaba Chase. La gente se acercaba al escenario uno por uno, y entre ellos, vio a Sebastian Schultz caminando de la mano de su novia.

Jung-in, con la mirada fija en el escenario, murmuró como para sí mismo.

“Levántate”.

Chase no escuchó las palabras de Jung-in, que sonaron como un susurro, y siguió bebiendo. Pero cuando sintió una sombra proyectarse sobre su cabeza y levantó la vista, se encontró con un Jung-in de labios apretados y mirada afilada, con una expresión de total determinación.

“Chay”.

Chase lo miró desconcertado.

“Chase Alexander Prescott. Levántate ahora mismo”.

El cuerpo de Chase reaccionó automáticamente, levantándose como un robot al que le hubieran introducido un comando. No sabía qué pasaba, pero instintivamente sabía que debía obedecer cuando Jung-in lo llamaba por su nombre completo.

Ya había seis parejas en el escenario, todas con rostros llenos de expectación y emoción. El DJ elevó su voz para caldear el ambiente.

“¡Bienvenidos! ¡Solo parejas reales en el escenario, por favor!”.

Jung-in tiró de la mano de Chase y subió al escenario como la última pareja. Se posicionaron justo al lado de Sebastian Schultz y su novia.

Sebastian, al girar la cabeza y descubrir a Jung-in, torció el gesto de forma extraña.

“¿Jay? ¿Acaso tu inglés aún no es tan bueno? Dijeron que solo subieran parejas”.

“No. Entendí perfectamente”.

Jung-in entrelazó sus dedos con los de Chase y levantó sus manos unidas. La expresión de Sebastian se volvió compleja, una mezcla de sorpresa, desconcierto o quizás rechazo.

¿Qué clase de reacción es esa? ¿Acaso es homofobia? ¿O se pregunta cómo alguien como yo terminó siendo pareja del gran Chase Prescott?

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Varios pensamientos cruzaron la mente de Jung-in, pero los desechó de inmediato. Qué más da. Lo importante para Jung-in ahora era borrar su último recuerdo con Sebastian Schultz que había terminado en derrota y reemplazarlo con una victoria.

El DJ anunció el inicio de la primera ronda.

“¡El primer juego es el ‘Couple Lift Challenge’! ¡Deben mantener la posición que yo diga sin que los pies de su pareja toquen el suelo!”.

Un grito de expectación surgió entre el público. Mientras tanto, hubo una pequeña conmoción entre las parejas en el escenario; algunos discutían seriamente quién cargaría a quién, y otros ya reían como si se hubieran rendido.

En medio de ellos, Jung-in esbozó una sonrisa algo sombría. ¿Quién era Chase Prescott? Era, básicamente, un hombre al que le sobraba la fuerza.

“¡A la cuenta de tres, tomen la posición! ¡Recuerden, los pies de uno de los dos deben estar completamente fuera del suelo! ¿Listos? ¡Uno, dos, tres! ¡Carga nupcial!”.

La primera etapa era el estilo ‘cargar a la princesa’. Jung-in saltó rodeando el cuello de Chase, y él lo atrapó sin esfuerzo. Chase solía decir que Jung-in era tan ligero como el algodón de azúcar. Como era de esperar, lo sostenía como si fuera un muñeco, sin el más mínimo tambaleo.

Por otro lado, una pareja que empezó a tambalearse desde el principio perdió el equilibrio y cayó. Hubo aplausos mezclados con lástima desde el público.

“¡Vamos a añadir dificultad! ¡Al ritmo de mi voz, bajen y suban!”.

Siguiendo la orden del DJ, los que cargaban a sus parejas hicieron sentadillas al unísono. Tras repetirlo unas cinco veces, otra pareja perdió el equilibrio y quedó eliminada.

“¡Ahora, cambien de posición! ¡Cuidado con los pies! ¡Uno, dos, tres! ¡A caballito!”.

Se dio la orden de cambiar a la posición de cargar a la espalda. Chase atrajo el cuerpo de Jung-in más hacia él y, sosteniendo la base de sus muslos con una mano, pasó con cuidado la parte superior del cuerpo de Jung-in sobre su costado.

Ahora era el turno de Jung-in de usar su fuerza. Se aferró al cuerpo de Chase como si fuera un árbol, subiéndose a su espalda mientras este se inclinaba ligeramente. Era un movimiento que implicaba un contacto físico tan estrecho que resultaría difícil entre personas que no fueran pareja.

Jung-in, ya acomodado en la espalda de Chase, giró la cabeza para mirar a Sebastian. Ellos también lo habían logrado, aunque con algo de dificultad. Jung-in chasqueó la lengua con desaprobación.

Con cuatro parejas finalistas, el DJ declaró que la siguiente ronda sería un ‘Body Shot Contest’. Jung-in ladeó la cabeza ante el término desconocido y preguntó en voz baja, acercándose al oído de Chase.

“Es como una técnica de lucha libre, ¿verdad? Chase, ¿puedes hacerlo?”.

Le sonaba haber escuchado el nombre de una técnica de lucha llamada ‘body shot’. Por su parte, Chase puso una expresión algo apurada.

“Ehm... Jung-in. No creo que el body shot sea lo que estás pensando”.

Jung-in abrió mucho los ojos, preguntando con la mirada qué significaba entonces.

“... Es beber alcohol... usando tu cuerpo”.

Jung-in aún no comprendía del todo la situación y miró alrededor del escenario con cara de asombro. Mientras tanto, un empleado trajo limas y sal, y el barman llenó una fila de caballitos con tequila.

El DJ explicó las reglas: no importaba cómo bebieran, pero debían usar el cuerpo de su pareja.

“¡Muéstrennos el mejor body shot! ¡Si la reacción del público es tibia, quedan eliminados!”.

La primera pareja no dudó. La mujer hizo sentar al hombre y abrió su camisa casi desgarrándola. Tras frotar lima y esparcir sal sobre el firme pecho del hombre, bebió el trago y lamió el pecho de su pareja. El público estalló en vítores.

Jung-in empezó a arrepentirse de haber subido al escenario. Pensó por un momento en rendirse.

Luego fue el turno de Sebastian Schultz. Él untó jugo de lima en la clavícula de su novia, puso sal y lamió desde la clavícula hasta el cuello y la mandíbula en un recorrido largo. Ante la escena provocativa, los gritos de la gente aumentaron.

Jung-in observó esa escena audaz con la boca a medio abrir y luego se giró bruscamente hacia Chase.

Si él lo hizo, ¿por qué yo no?

El interruptor de su competitividad se encendió y una chispa brilló en sus ojos. Tiró del brazo de Chase para sentarlo en una silla y se acercó con expresión solemne, sosteniendo un trozo de lima y un salero.

“¿Jung-in...?”.

Al sentarse Chase, sus shorts se subieron un poco, revelando sus muslos firmes y definidos. Sobre la piel bronceada por el sol, las fibras musculares se marcaban con claridad.

Jung-in pasó la lima por la parte superior del muslo de Chase. Al contacto con lo frío, el músculo se contrajo y se puso aún más tenso. Tras esparcir sal sobre la zona húmeda y brillante, Jung-in bajó el cuerpo lentamente y se arrodilló entre las piernas de Chase.

Chase olvidó incluso parpadear mientras miraba a Jung-in desde arriba. Jung-in vació el vaso de tequila de un trago, apoyó una mano en el muslo de Chase e inclinó la cabeza.

Su lengua, pequeña y caliente, recorrió el muslo de Chase como si trazara una línea.

Chase, que siempre solía estar relajado, se cubrió la boca con su gran mano, sin saber qué cara poner. Tenía el rostro completamente rojo. La posición recordaba inevitablemente a ‘aquel acto’ que Jung-in aún no se había atrevido a realizar.

La gente gritaba como loca. Por el nivel de ruido, Jung-in estaba seguro de que habían vencido a la pareja de Sebastian. Animado por la sensación de victoria, se levantó con una sonrisa triunfal.

La última pareja dominó el escenario con el método más clásico de los body shots: el hombre se tumbó sin camiseta y la mujer bebió un belly shot desde su ombligo.

La primera pareja, que tuvo la reacción más débil, fue eliminada. El DJ tomó el micrófono de nuevo y la música cambió a un ritmo más tranquilo. Las luces también se suavizaron.

“¡Creo que ya hemos tenido suficiente prueba física! ¡Ahora, pongamos a prueba la parte mental!”.

Explicó que jugarían a la ‘Telepatía de Pareja’, les harían preguntas y, de espaldas al otro, escribirían la respuesta en un cuaderno para revelarla al mismo tiempo. Era el mismo formato que el viejo programa estadounidense Newlywed Game, común en fiestas y recepciones de bodas.

La primera pareja fue eliminada con la pregunta: "¿Dónde fue su primera cita?". Al escribir lugares diferentes, bajaron del escenario con rostros avergonzados.

Luego fue el turno de Sebastian y su novia.

“Si su pareja tiene una mascota actualmente, ¿cuál es su nombre?”.

Era una pregunta extremadamente sencilla, pero Sebastian parecía tan bloqueado como si le hubieran planteado un problema matemático imposible. Mientras él dudaba con el bolígrafo en la mano, su novia escribió algo sin pensarlo mucho.

Ella mostró su cuaderno primero.

[Jay]

Incluso entonces, el cuaderno de Sebastian seguía vacío.

“¿Qué pasa? ¿Por qué no escribiste nada? ¡Jay! Es el nombre del gato que tienes en casa”.

Ante las palabras de la mujer, Jung-in y Chase giraron la cabeza al mismo tiempo. Al ver lo que estaba escrito en el cuaderno, una sospecha cruzó sus mentes.

Como respondiendo a esa duda, Sebastian bajó del escenario rápidamente con el rostro desencajado, como si acabara de pasar una vergüenza pública insoportable.

“¿Se retiran? Es una pena que olvide el nombre de su propia mascota. ¡Entonces, solo queda la última pareja!”.

La pregunta para Jung-in y Chase fue: "¿Cuál es el snack nocturno que el otro come con más frecuencia?". En ambos cuadernos apareció escrita la misma palabra: ‘Ramen de vaso’.

“¡La pareja con mayor sincronización! ¡Son la pareja más ardiente de esta semana! ¡Felicidades!”.

Mientras el DJ gritaba entusiasmado, un miembro del personal subió al escenario con una botella de tequila de lujo. Les colocaron unas coronas toscas de fieltro y les pusieron bandas que decían ‘La Pareja Más Ardiente’.

La gente les dedicó aplausos y vítores mientras regresaban a su sitio. Jung-in sentía que le ardía la cara, pero no podía ocultar la sonrisa. Al principio había participado cegado por la competitividad, pero ahora pensaba que había valido la pena intentarlo.

Justo cuando volvían a sentarse, Justin apareció desde la zona del resort con aspecto de recién despertado. Miró con asombro a los dos hombres que llevaban coronas y bandas.

“¿Pero qué...? ¿Qué demonios ha pasado mientras no estaba?”.

Justin se había perdido de un buen espectáculo.

Normalmente, Jung-in se habría jactado con gusto. Le habría contado cómo venció a Sebastian y cómo salió del escenario con una sonrisa triunfal mientras el otro huía.

Pero ahora, no podía simplemente reírse.

¿Era realmente una coincidencia que el gato de Sebastian se llamara Jay?

Estaba sumido en sus pensamientos con expresión seria cuando sucedió.

“Jay Lim”.

Sebastian, el responsable de que su mente fuera un caos, apareció. Estaba solo; su novia no se veía por ninguna parte. Se detuvo frente a la mesa con una expresión solemne, clavando la mirada únicamente en Jung-in.

“¿Podemos hablar un momento?”.

La mirada de Chase cambió en un instante. El recelo se filtró en sus ojos, que se volvieron afilados de inmediato.

En el momento en que Jung-in dudó y amagó con levantarse, la mano de Chase se movió con rapidez y lo sujetó firmemente de la muñeca.

“No vayas”.

Chase solía ser alguien relajado y ‘cool’, pero cuando se trataba de Jung-in, tenía un lado persistente y posesivo. Jung-in, conociendo bien ese rasgo de su personalidad, miró a Sebastian con aire de disculpa.

“Lo siento, pero ¿tiene que ser una charla a solas?”.

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Sebastian soltó un breve suspiro y puso una cara de resignación, como si no tuviera otra opción.

“... Bueno, da igual. Entonces, ¿puedo sentarme un momento?”.

Jung-in asintió y Sebastian se dejó caer en el asiento junto a Justin. Fue directo al grano sin vacilar.

“¿De verdad están saliendo? ¿Tú y Chase Prescott?”.

Antes de que Jung-in pudiera responder, Sebastian ya tenía la respuesta. Los ojos azules de Chase lo vigilaban con la intensidad de un animal salvaje protegiendo su territorio.

“Dios mío...”.

Sebastian se quedó sentado en silencio un largo rato hasta que, de repente, se cubrió la cara con ambas manos como si estuviera sufriendo.

“Jay Lim, ¿eres gay?”.

“¿Y qué si lo soy? ¿A qué viene eso ahora?”.

El rostro de Jung-in se ensombreció por el desagrado. Chase también frunció el ceño; parecía que, si se decía una palabra más, estaría listo para levantar los puños.

“Si lo hubiera sabido...”.

“¿Si lo hubieras sabido qué? ¿Te habrías burlado de mí como entonces?”.

“... No. Si lo hubiera sabido... no me habría portado como un imbécil en aquel entonces”.

Se pasó la mano por la cara con pesadumbre y miró a Jung-in directamente a los ojos.

“Es que... en aquel entonces, tú me gustabas”.

A Jung-in y a Justin se les abrieron los ojos de par en par. Por otro lado, la expresión de Chase se volvió más hostil que nunca.

“¿Qué? ¿De qué hablas? ¿Buscas pelea en cada oportunidad y te metes en todos los concursos para arruinarle el camino a alguien que te gusta?”.

“En ese entonces... no sabía expresarlo de otra manera”.

Sebastian continuó, con la mirada perdida en el aire como si estuviera rebuscando en el pasado.

“Parecía que nada te interesaba... Al menos, cuando participabas en competencias, hacías que me miraras de alguna forma”.

Jung-in solo había estado poseído por su espíritu competitivo, pero parece que Sebastian lo interpretó de otra manera.

“Jay, tú... me hiciste mejorar. Si no hubiera sido por ti, no me habría esforzado tanto en la secundaria. Pero al mismo tiempo, fuiste el responsable de que mi pubertad fuera un infierno. Estaba tan confundido que ni siquiera podía dormir”.

Sebastian soltó una risa amarga y se echó el cabello hacia atrás. Dijo, casi como un suspiro.

“Cuando te vi salir hace un momento de la mano de un hombre, sentí como si me echaran un cubo de agua helada encima”.

En ese momento, Chase murmuró algo para sí mismo. Sebastian ladeó la cabeza y preguntó: "¿Eh? ¿Qué dijiste?", a lo que Chase respondió con una sonrisa angelical.

“Dije que no debí haberte salvado. Debería haber dejado que te arrastrara la marea”.

“Chay”.

Jung-in le dio un codazo suave para que se callara. Justin, que escuchaba la conversación con cara de asombro, intervino.

“¿Entonces te mudaste de escuela por Jay?”.

“No puedo decir que no fuera por eso. Podría haberme quedado aquí con mi madre, pero elegí irme con mi padre. Estaba tan confundido que quería huir”.

“Cof, cof, Chicken, cof, cof”.

Chase dijo esto fingiendo un ataque de tos. "Chicken" significa pollo/Gallina, pero también se usa para llamar a alguien cobarde.

“Chay...”

Jung-in lo reprendió suavemente de nuevo.

Intentando romper la tensión, Sebastian fijó su vista en la botella de tequila que estaba sobre la mesa.

“Vaya, es un Don Julio 1942. ¿Recibieron esto como premio?”.

Don Julio 1942 era un tequila premium famoso por ser el favorito en las redes sociales. Su botella larga y estilizada era elegante y popular entre todas las generaciones. Jung-in, sorprendido, le preguntó.

“Sabes mucho. ¿Bebes bien?”.

“Bueno, no se me da mal”.

Al ver a Sebastian fanfarronear, Chase volvió a murmurar para que todos lo oyeran, manteniendo su expresión risueña.

“Dicen que lo más patético del mundo es presumir de cuánto alcohol aguantas”.

Sebastian le devolvió la sonrisa y rebatió.

“No lo sé. Existe la hipótesis de que la capacidad de procesar el alcohol es un legado evolutivo. Se dice que en las sociedades antiguas, tener muchas enzimas para desintoxicar el alcohol se consideraba una ventaja de supervivencia y un signo de genes superiores”.

La comisura del labio de Chase tembló. Jung-in pudo sentir cómo algo hervía dentro de él; su competitividad no se quedaba atrás de la de Jung-in.

“Entonces, ¿quieres probarlo?”.

Chase levantó la botella y la agitó levemente, lanzando el desafío.

“¿Está bien si nos bebemos el premio?”.

“Por supuesto”.

Así, de la nada, estalló un duelo de bebida.

Chase llenó los vasos y ambos, mirándose con ojos ardientes, los vaciaron al mismo tiempo. Un vaso, luego otro, y otro más. Los vasos se vaciaban en cadena y el aire en la mesa se volvía cada vez más tenso.

Justin, mirando a ambos alternativamente, se inclinó hacia Jung-in y le susurró.

“Jay, parece que el tipo celoso no eras tú, sino tu novio”.

“Creo que somos los dos. Dios los cría y ellos se juntan”.

Respondió Jung-in con una risita.

Los vasos se llenaban sin cesar y el nivel del alcohol en la botella bajaba a una velocidad vertiginosa. Chase y Sebastian bebían mirándose con ferocidad.

“¡Basta! Se van a morir si siguen así”.

Intentaron detenerlos Justin y Jung-in, pero para ellos, cegados por la competitividad, era como hablarle a la pared.

El tequila del premio se acabó y pronto apareció una botella nueva. Mientras tanto, los ojos que antes brillaban con intensidad empezaron a nublarse. Chase soltó una risa cínica.

“Yo estoy perfecto. Pero creo que este cangrejo de La Sirenita está un poco borracho”.

Sebastian resopló y contraatacó.

“Ni hablar. Por cierto, Jay, ¿cuándo cambiaron tus gustos? De niño pensé que te gustaba la gente inteligente. ¿Un deportista?”.

“Si no fuera por este ‘deportista’, estarías en el fondo del mar dirigiendo la orquesta del palacio del Rey Tritón”.

Los insultos seguían volando, pero ambos estaban siendo increíblemente infantiles.

Finalmente, la competencia sin sentido terminó cuando Sebastian se desplomó sobre la mesa. Chase dejó el vaso con un golpe seco y esbozó una sonrisa de victoria.

“¡Ja! ¿Quién tiene los genes zuperiores?”.

“Chay, se te traba la lengua”.

“No, Jung-in. No estoy borracho para nada”.

Su exceso de confianza lo hacía aún más sospechoso.

“¿Por qué? ¿Parezco borracho? ¿Tengo la cara roja?”.

“No realmente”.

“Tócame. Tengo la cara caliente. ¿Sí?”.

Chase inclinó la cabeza y empezó a restregarse contra Jung-in buscando mimos.

Normalmente, Jung-in era quien disfrutaba más de la bebida y solía emborracharse primero, por lo que nunca había visto a Chase realmente ebrio. Parece que el hábito de este hombre enorme al beber era volverse mimoso y pegajoso. Incluso borracho, era adorable.

“Ay, qué tierno...”.

“¿De verdad? ¿Soy tierno?”.

Justin los miró negando con la cabeza. Se levantó ayudando a Sebastian, que seguía desparramado en la mesa.

“Jay, llévate a tu ‘encarnación de los celos’ adentro. Yo me encargo de esto aquí”.

“Gracias, Justin”.

Chase, mientras se levantaba siguiendo a Jung-in, le lanzó una última mirada de reojo al dormido Sebastian.

“Just, tira a ese tipo al mar. Donde lo encontré antes. ¡Mándalo a Atlántica! ¿Qué te parece?”.

Jung-in, negando con la cabeza, tomó a Chase de la mano y tiró de él.

“¿Qué me va a parecer? Tú también estás borracho. Vamos, Chay”.

“¿Sabes algo? Jung-in, eres muy sexy cuando das órdenes”.

“Cierra la boca y sígueme”.

Chase hizo el gesto de cerrarse los labios con una cremallera y sonrió tontamente.

La pronunciación ligeramente arrastrada, el vaivén en su caminar y esa expresión desarmada llena de mimos... aunque Jung-in lo regañaba, no podía ocultar su sonrisa.

Al entrar en el edificio del resort y cruzar el vestíbulo, Chase miraba a Jung-in como un Golden Retriever que sabe que se ha metido en el barro contra las órdenes de su dueño.

“Jung-in... ¿estás enojado?”.

“No, ¿por qué?”.

“Porque bebí como un loco. Tenía miedo de que estuvieras enojado”.

Jung-in se detuvo. Se giró lentamente y miró a Chase. Que un hombre tan grande y fuerte le dijera que le tenía miedo le resultó extrañamente excitante.

“¿Me tienes miedo?”.

“No es eso...”.

“Me gusta que me tengas miedo”.

Chase parpadeó un par de veces con los ojos nublados por el alcohol y dijo.

“... Tengo tanto miedo que creo que me voy a desmayar”.

El ascensor llegó con un pitido. Por suerte, no había nadie a esa hora.

En cuanto se abrieron las puertas, los ojos de Chase localizaron rápidamente la cámara de seguridad. Identificó el punto ciego, llevó a Jung-in a la esquina y, antes de que su espalda tocara la pared, sus labios ya estaban unidos.

Un sonido húmedo estalló entre sus bocas mientras una lengua cálida y ávida invadía su cavidad bucal. La masa de carne húmeda revolvía el interior de Jung-in con impaciencia, acariciando las encías y las mucosas sensibles. Sus salivas se mezclaron, cargadas con el intenso aroma del alcohol.

La boca de Jung-in se abrió tanto ante su presencia que sintió tensión en la mandíbula. Su cabeza se echó atrás de forma natural y la mano grande de Chase sostuvo su nuca con firmeza.

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Jung-in no podía cerrar los ojos; miraba constantemente hacia la puerta por miedo a que el ascensor se detuviera en algún piso. Su corazón latía con locura en la frontera entre la tensión y la excitación.

Cuando sus labios se separaron, Jung-in tomó aire con un jadeo y empujó los hombros de Chase con las palmas.

“Ah... Chay. Aquí no”.

Entonces, en lugar de los labios, Chase hundió la cara en el cuello de Jung-in y respiró profundamente su aroma. El calor que dejaban los labios y mejillas de Chase se extendía rápidamente por todo el cuerpo de Jung-in.

El ascensor subía con lentitud, como si quisiera darles tiempo a propósito.

“Hueles realmente erótico. ¿Lo sabes?”.

Su voz resonó cerca del lóbulo de su oreja. Era una voz baja, ronca, casi un susurro.

Como prueba de sus palabras, el contacto abajo era duro. Al llevar ambos shorts finos, el volumen se sentía de forma descarada. Efectivamente, al bajar un poco la vista, el miembro de Chase se había agrandado tanto que parecía querer atravesar la tela, inclinado hacia un muslo.

Chase, que había estado frotando su entrepierna contra él con intención, retiró un poco la cadera y luego dio un golpe seco hacia adelante. Una sensación eléctrica recorrió todo el cuerpo de Jung-in. La mano de Chase, que rodeaba su cintura, bajó para apretar con fuerza el trasero de Jung-in. Una voz cargada de deseo fluyó por el contorno de su oreja.

“Ah... quiero meterla ya”.

Justo en ese momento se abrieron las puertas del ascensor y Jung-in empujó a Chase rápidamente. Vio su rostro empapado de lujuria y alcohol.

Chase atrapó la muñeca de Jung-in y caminó a grandes zancadas por el pasillo. Jung-in lo seguía como podía con las piernas temblorosas.

El camino hasta la suite de la esquina, al final del pasillo, se sintió eterno. La excitación previa los empujaba; ambos respiraban con dificultad, sus pechos subiendo y bajando con fuerza.

En cuanto se abrió la puerta de la habitación, entraron casi tropezando el uno con el otro.

Antes de que la puerta terminara de cerrarse, sus labios se unieron con ferocidad. Chase rodeó a Jung-in y lo empujó contra la pared.

La espalda de Jung-in chocó con un impacto seco. Chase aprovechó el pequeño gemido de dolor de Jung-in para invadir su boca con la lengua otra vez, explorando cada rincón con movimientos suaves pero rudos.

La mano de Chase agarró la fina camisa de cuadros de Jung-in y tiró de ella hacia abajo con fuerza. Pareció escucharse el sonido de la tela rasgándose.

Jung-in no podía contener la fuerza con la que Chase se lanzaba sobre él. Dio unos pasos hacia atrás tambaleándose y perdió el equilibrio. Su espalda volvió a chocar contra la pared con un golpe sordo, pero ni siquiera sintió el dolor.

Esta vez fue Jung-in quien desvistió a Chase. Deslizó sus manos por su ancha espalda, agarró el borde de la camiseta y la tiró hacia arriba. Incluso el segundo que tardaron en quitarse la ropa se sintió como una pérdida de tiempo.

Los besos continuaron mientras chocaban contra las paredes. Sus corazones latían al unísono, como si fueran un solo cuerpo.

Jung-in levantó una pierna para rodear el cuerpo de Chase, y este, como si lo hubiera estado esperando, lo levantó sosteniéndolo con fuerza por debajo de las nalgas. Ambos estaban ansiosos por pegar sus cuerpos aún más.

A lo largo del rastro que dejaban, sus prendas quedaban esparcidas por el suelo como migajas de pan.

Jung-in fue arrastrado hacia el interior de la habitación donde estaba la cama, con la punta de un pie rozando el suelo. Finalmente, ambos cuerpos se desplomaron juntos sobre el colchón. El colchón se sacudió bajo el peso de Jung-in, mientras un suspiro ardiente escapaba de entre sus labios.

“Haah...”.

Chase se posicionó sobre Jung-in como una bestia. Una sombra inmensa lo envolvió. Aunque era tarde, todas las luces de la habitación estaban encendidas, lo suficientemente brillantes como para revelar incluso el más mínimo cambio en sus expresiones. La mirada de Jung-in se posó en el cuerpo desnudo de Chase. Al observar sus hombros, la diferencia racial era evidente. Genéticamente, los occidentales suelen tener clavículas más largas y cajas torácicas más amplias, lo que resulta en hombros anchos y definidos. Como prueba de ello, sus hombros no eran del tipo que se consigue simplemente con ejercicio; los músculos eran grandes y firmes, pero la estructura ósea que los sostenía era, de por sí, imponente. Ver su cuerpo le provocaba a Jung-in una mezcla de impotencia y asombro.

Sus brazos, muslos y torso eran gruesos, pero extrañamente no se veía torpe. Incluso con traje solía verse ágil, lo cual era aún más sorprendente. Como una bestia desenterrando a su presa, Chase extendió las manos con urgencia. Los pantalones y la ropa interior de Jung-in fueron despojados de un tirón, y la camiseta que llevaba se enrolló por encima de su pecho.

Chase siempre era considerado. Podía ser impulsivo, pero nunca rudo. Jamás había sido violento ni lo había forzado. Sin embargo, en ese momento, estaba tan ebrio que el olor a alcohol era intenso en cada una de sus exhalaciones. Al imaginar cómo actuaría o qué cara mostraría ahora que las ataduras de su razón se habían aflojado, Jung-in sintió que su corazón latía con una rapidez inusual. La curiosidad superaba al miedo, y la expectativa secreta era mayor que su cautela.

Cuando la camiseta terminó de salir, el cabello de Jung-in quedó revuelto. Chase acarició, como hechizado, los mechones negros que se esparcían suavemente sobre las sábanas. Su mano se movió del cabello al lóbulo de la oreja, envolvió suavemente la mejilla de Jung-in y se deslizó hacia abajo para acariciar su nuca. La mirada con la que lo recorría no podía describirse simplemente como ‘mirar’; era implacable e intensa, como si lo lamiera y lo devorara con los ojos. Jung-in había aprendido a través de Chase que unos ojos azules podían volverse así de ardientes.

“Haah... no sé de quién sea este amante, pero es realmente hermoso”.

Ante el susurro de Chase, Jung-in entrecerró los ojos y mostró una sonrisa sugerente, siguiéndole el juego.

“Le guardaré el secreto a mi amante sobre lo de hoy”.

“Hah...”.

“Se supone que lo que pasa en las vacaciones, se queda aquí, ¿no?”.

Chase se desplomó sobre Jung-in.

“Voy a dejar marcas. Para que solo tu amante pueda verlas”.

E inmediatamente, hundió sus labios en el cuello de Jung-in. Mordió y succionó suavemente la zona que va del cuello al hombro mientras bajaba una mano para quitarse sus propios pantalones y ropa interior. Luego, se presionó con fuerza entre las piernas de Jung-in.

Jung-in se estremeció levemente. Sintió la entrepierna caliente de Chase contra su propia piel desnuda. Chase frotó sus mejillas y labios contra la nuca, los hombros y el pecho de Jung-in. Abajo, frotaba su miembro erecto contra los muslos de Jung-in, moviendo las caderas con desesperación.

“Heut...”.

Jung-in no pudo evitar retorcer la cintura, cada lugar donde los labios y las manos de Chase tocaban se sentía electrizante.

“Es tan suave. Como piel de bebé. Si la toco, quiero lamerla; si la lamo, quiero morderla”

Con un suspiro de admiración, las manos de Chase rodearon el tórax de Jung-in. Sus pulgares empujaron hacia arriba los pezones que ya estaban erguidos.

“Hah...”.

Chase acarició suavemente los pezones con las yemas de sus pulgares y luego apretó el pecho como si quisiera extraer algo. Las aréolas sobresalían entre sus dedos. Bajó la cabeza, rozando la punta del pezón con sus labios y moviendo la cabeza de lado a lado. El roce entre la piel seca de sus labios y el pezón provocó una urgencia impaciente. Deseando que lo mordiera y lo succionara con fuerza de una vez, la cintura de Jung-in se elevó por sí sola.

Jung-in abrazó la cabeza de Chase y la atrajo hacia su pecho. Tras sentir el roce del puente de su nariz, los labios calientes envolvieron la aréola. Finalmente llegó la sensación que deseaba.

“Ngh...”.

Chase lamió y succionó el pecho de Jung-in con fervor, como si le diera besos apasionados. Las manos de Jung-in se hundieron frenéticamente en el cabello rubio de Chase. Tras succionar tan fuerte que sus mejillas se hundían y raspar la pequeña protuberancia con los dientes, los labios de Chase bajaron siguiendo la línea cóncava desde el centro del pecho hasta el ombligo.

“Aquí es realmente hermoso”.

Los labios de Chase llegaron a lo que comúnmente se llama el hueso de la cadera, el ilion. Sus cuerpos eran muy diferentes. La cadera de Jung-in resaltaba como alas bajo su cintura delgada. Por otro lado, debido a su musculatura, la cadera de Chase formaba una ‘V’ que parecía curvarse hacia adentro bajo sus abdominales definidos. A Chase, que solía disfrutar metiendo la mano bajo la camiseta de Jung-in para tocar sus omóplatos, también le encantaba el contorno de sus caderas. Siempre las molestaba con los labios y dejaba marcas rojas a mordiscos.

“Ah... Chase...”.

Chase no ocultó su deseo de devorarlo por completo y succionó con fuerza. El aliento caliente y pesado que salía de su nariz calentó toda la entrepierna de Jung-in. Este reaccionó con entusiasmo, acariciando el cabello que tanto amaba y los hombros de piel suave y brillante. Después de un rato, desesperado porque Chase solo rondaba los alrededores sin estimular directamente su sexo, Jung-in dejó escapar un quejido.

“Ngh... para ya ahí”.

Jung-in tomó el rostro de Chase y lo tiró hacia arriba. Luego, rodeándolo con sus brazos, rodó con fuerza. Logró que Chase quedara debajo de él y se sentó sobre su entrepierna. Jung-in se acomodó perfectamente sobre el miembro de Chase que apuntaba hacia su ombligo. Sintió los testículos frescos contra la base de sus nalgas. El miembro, firme como un tubo, se extendía desde su entrada hasta el perineo.

“Haah...”.

Con un suspiro lánguido, Jung-in apoyó las palmas sobre los abdominales de Chase y movió la cintura de adelante hacia atrás, como si serrara. El calor subió a su zona íntima al frotarse contra el miembro ardiente. Su cabeza se inclinó hacia atrás involuntariamente. Bajo sus manos, sintió cómo los músculos rectos del abdomen de Chase se tensaban.

Como para ayudar a Jung-in, Chase sujetó su cintura con ambas manos. Elevaba su pelvis empujando el trasero de Jung-in hacia atrás y luego lo atraía hacia adelante mientras bajaba la cadera. Al intensificarse la fricción, ambos gimieron al unísono.

“Ah...”.

“Heut...”.

Chase tiró de la cintura de Jung-in hacia arriba.

“Sube más”.

El glande de Chase quedó fuera de la ranura de las nalgas; Jung-in estaba ahora sentado casi a la altura de su boca del estómago. Pero Chase, aún no satisfecho, tiró de él un poco más.

“Sube un poco más”.

Las rodillas de Jung-in pasaron a los lados de la cabeza de Chase. La punta del miembro erecto de Jung-in casi rozaba la barbilla de Chase. Jung-in pensó que probablemente quería hacerle sexo oral.

“Un poco más”.

Dicho esto, Chase quitó la almohada sobre la que se apoyaba y la lanzó al suelo.

“¿A dónde más quieres que suba?”.

“¿Puedes sentarte en mi cara?”.

Los ojos de Jung-in se abrieron de par en par.

“... ¿Qué?”.

“Siéntate sobre mi cara. Quiero lamer tu agujero”.

Aunque lo había acariciado con la boca y la lengua incontables veces, nunca le había pedido algo así. Mientras Jung-in dudaba sin saber qué hacer, Chase apretó ligeramente sus nalgas, instándolo.

“Rápido. ¿Sí?”.

Ante ese rostro que suplicaba como un niño hambriento, Jung-in movió las rodillas desconcertado. Sus rodillas quedaron a los lados de la cabeza de Chase, y ahora frente a sus ojos estaba el cabecero acolchado de la cama. Sin terminar de reunir el valor, Jung-in se sostuvo del cabecero y mantuvo las rodillas firmes. En el rostro de Chase, atrapado entre las piernas de Jung-in, se leía una gran expectación.

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“Siéntate despacio”.

Las manos de Chase subieron desde abajo, sujetaron la cintura de Jung-in y lo atrajeron hacia abajo. Por instinto, Jung-in tensó la parte trasera y su entrada se contrajo espasmódicamente.

“Parece que tienes miedo. Se encoge. Haah, qué lindo”.

“¡¿De qué... de qué estás hablando?!”.

Cuando Jung-in intentó levantar el trasero, Chase lo sujetó con fuerza por la cintura para detenerlo.

“¿Sabes por qué me gusta hacerlo por la mañana? Porque el color y la forma de tu agujero son hermosos. Sería una pérdida no verlo”.

“¿Estás... estás loco? ¿Cómo puedes decir esas cosas tan a la ligera...?”.

Pero a Chase no le importaron sus palabras; separó una de sus nalgas con la mano y se tomó su tiempo para admirar la entrada, que lucía un tono rosado claro. Jung-in comprendió finalmente cómo cambiaba Chase cuando estaba ebrio. Siempre era expresivo, pero quizás incluso eso era algo que solía reprimir.

Chase acarició los pliegues con el dedo índice y dijo.

“Es como una flor. Una flor que seduce a una mariposa para que venga a succionar su néctar”.

“Eut”.

“La mariposa siente el aroma dulce, se posa y termina siendo devorada... Aquí es tan dulce y profundo...”.

Continuó soltando susurros que parecían cánticos de alabanza. Al hablar directamente frente a su entrada, el aliento hacía que toda la zona entre sus nalgas le diera comezón. Cuando la fuerza de sus muslos flaqueó y bajó un poco, la nariz de Chase rozó su escroto. Sorprendido, intentó levantar el trasero, pero las manos de Chase lo sujetaron por los muslos y lo obligaron a bajar. Sintió una humedad en la entrada y, de inmediato, los labios húmedos tocaron los pliegues.

“Huaaa...”.

Sintió el contorno del rostro de Chase contra la parte más sensible de su cuerpo. Las manos de Jung-in apretaron con fuerza el cabecero de la cama. El puente alto y recto de la nariz de Chase quedó hundido en su escroto, y una masa de carne caliente y húmeda frotó su entrada. Lamió los pliegues cerrados con extrema delicadeza. Se sentía como si un animal con tentáculos se hubiera pegado allí y se deslizara lentamente.

“¡Ah! Aeuk... heut...”.

Cada vez que Jung-in perdía la fuerza en las piernas y se sentaba, Chase aprovechaba para abrir bien la boca, morder la zona y succionar con fuerza. Si Jung-in intentaba alejarse para escapar del estímulo excesivo, Chase recorría la entrada con la lengua, aplicando saliva como si diera pinceladas. No había lugar a donde escapar. Su cuerpo se sacudía por sí solo y los gemidos salían sin resistencia. El placer que revolvía sus entrañas hizo que el instinto superara a la vergüenza. Su entrada ya palpitaba por la anticipación.

“Ah... uung...”.

Jung-in comenzó a moverse de arriba abajo sobre su rostro, como si cabalgara. Abajo se escuchaban sonidos húmedos, como el de un perro grande bebiendo agua con avidez. Chase, sujetando las nalgas de Jung-in para mantenerlas abiertas, comenzó a meter la lengua dentro del orificio relajado.

“¡Huh! Chase... ¡Chase! Ah, ngh...”.

Cada vez que movía la lengua metida hasta el fondo, el cosquilleo se extendía hasta su vientre. Incluso deseó que metiera los dedos y rascara el interior. Hasta el roce del cabello contra la piel sensible de sus muslos se convertía en placer.

“Mueve la cintura”.

La voz de Chase sonó ahogada desde abajo, contra su piel. Jung-in se aferró al cabecero con todas sus fuerzas y movió la cintura de adelante hacia atrás apoyándose en las rodillas. Al oscilar, su cuerpo dibujaba curvas fluidas.

“Hauuu... ngh...”.

No podía dejar de mover la cintura mientras estaba sentado sobre su rostro. No había lugar para la timidez o la vergüenza. Jung-in apoyó la frente en el cabecero mientras su cadera temblaba, restregando su intimidad contra el rostro de Chase. Pensar que estaba perdiendo la cabeza sobre el rostro perfecto de Chase Prescott le hacía sentir que su cerebro se incendiaba. La euforia subió al límite y se transformó de inmediato en una sensación de clímax inminente.

“Huh... creo que me voy a correr...”.

Al decir eso, Chase sujetó su cintura y deslizó el trasero de Jung-in hacia su barbilla. Inmediatamente, Chase tomó el miembro de Jung-in en su boca.

“¡Haah...!”.

Con la cabeza de Chase entre sus piernas y su miembro en su boca, Chase lo movió con la lengua como si fuera un caramelo. Jung-in dejó escapar sonidos entrecortados, como si lo estuvieran asfixiando. Una de las manos de Chase, que sujetaba su cintura, se deslizó entre sus nalgas. Llevó sus dedos a la entrada, que estaba empapada por la saliva que él mismo había dejado. Dos dedos entraron suavemente en el orificio que ya estaba relajado por las caricias previas.

“Huh...”.

Un gemido urgente escapó de la boca de Jung-in, pero no era de dolor. Los dedos largos y gruesos de Chase, cuyas manos eran lo suficientemente grandes como para sostener un balón de baloncesto, giraron dentro de sus paredes y presionaron con cuidado, ganando espacio. Chase siempre se tomaba el tiempo de dilatarlo y esperar hasta que el cuerpo de Jung-in pudiera aceptarlo por completo, porque creía que el sexo debía ser un juego de dos, no de uno solo. Su paciencia, mientras esperaba con su propia erección a punto de estallar, era increíble. Jung-in, como hombre, sabía lo difícil que debía ser contenerse.

Cuando Chase usó la punta de la lengua para lamer la hendidura del glande, Jung-in no pudo aguantar más y empezó a mover la cintura hacia adelante y hacia atrás, como si quisiera penetrar su boca. Al hacerlo, sus dedos también entraban y salían por detrás.

“¡Ah! Heup, me voy a correr...”.

Jung-in se mordió los labios intentando contenerse. El sexo con él solía durar horas, y si llegaba al orgasmo demasiado rápido, se agotaría antes. Para mantener la compostura, debía ganar tiempo. Sin embargo, a Chase le gustaba que Jung-in llegara al orgasmo primero. Creía que así el cuerpo de Jung-in se ablandaba y se relajaba, permitiéndole invadirlo con más facilidad.

“Huuh... qué hago”.

Su razón se desvanecía. A pesar de su resolución de aguantar, su cuerpo saltaba sobre Chase como si estuviera galopando. Hacia adelante, embestía la boca de Chase; por detrás, era penetrado por sus dedos, corriendo hacia el clímax.

“¡Ah! Aeuk... heup...”.

Finalmente, Jung-in liberó su orgasmo dentro de la boca de Chase. El semen fue succionado y tragado por la garganta de Chase con una fuerza increíble, como si fuera a arrancarle el miembro. Incluso mientras tragaba el líquido espeso, Chase no dejó de mover sus dedos entre las nalgas de Jung-in.

El cuerpo de Jung-in se desplomó, invadido por la debilidad que sigue a la eyaculación. Apoyó la frente contra el cabecero de la cama y, en cuanto cerró los ojos, sintió que su cuerpo era arrastrado hacia abajo.

Naturalmente, quedó recostado sobre el cuerpo de Chase. Con las piernas a ambos lados del otro y postrado como si hiciera una reverencia profunda, Jung-in jadeaba con dificultad.

“Haah... haah...”.

La piel de ambos, que empezaba a cubrirse de sudor, se pegaba sin dejar ni un solo espacio de aire. Cada punto de contacto se sentía como si fuera a derretirse, como cera caliente. Chase no dejaba de cubrir la oreja de Jung-in con besos que parecían lamidas. Mordisqueaba con cuidado la piel tierna alrededor de la sien de Jung-in, hasta que, incapaz de contenerse, le dio un mordisco firme en el lóbulo.

Tras separarse con un sonido húmedo, sus labios susurraron bajo contra su oído.

“Hagamos esto toda la noche. ¿Sí?”.

Sus brazos largos y fuertes cruzaron la espalda de Jung-in, sujetando sus hombros como ganchos. Chase fijó firmemente el cuerpo de Jung-in para que no se deslizara hacia arriba y, con la otra mano, sujetó su propio miembro. Apuntando la punta roma hacia la entrada, tensó la espalda y los glúteos para elevar lentamente la pelvis.

“Uumm...”.

Un gemido bajo fluyó desde lo profundo de la garganta de Chase. El glande, tan firme como una roca, presionó con fuerza aplastando la piel antes de comenzar a abrirse paso a través de las paredes húmedas. Una sensación de volumen pesado fue ensanchando la pelvis mientras llenaba poco a poco su interior.

“Uung...”.

Como el juego previo había sido largo, la inserción fue fluida. La mucosa ardiente succionó el enorme miembro como si quisiera absorberlo. Chase avanzó con una lentitud exasperante; cuando hubo insertado un tercio, se detuvo un momento y movió la cadera sutilmente, como abriendo camino. Un sonido húmedo resonó en la habitación, un crujido similar al que se escucha al apretar ‘slime’, pero que incluso así se sentía como una forma de caricia.

“Haah... qué bien se siente...”.

Chase cerró los ojos y dejó escapar una exclamación que pareció un suspiro. Al sentir que las paredes internas se dilataban más, empujó el miembro un poco más al fondo. Volvió a detener el avance y movió la cintura con empujes superficiales.

“Uung... Chase...”.

Lo que escapó de los labios de Jung-in fue un gemido dulce, sin el más mínimo rastro de dolor. A través de Chase, Jung-in aprendió por primera vez que el sexo, el acto más salvaje, también podía ser tierno.

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Aunque Jung-in ya estaba completamente relajado, Chase seguía tomándose su tiempo. Se movía con lentitud, como si quisiera memorizar la forma interna del cuerpo de Jung-in. Al esforzarse tanto al principio, el orificio y todas las paredes internas se volvían tan blandas que, incluso si Chase arremetía con violencia más tarde, Jung-in no sentiría dolor.

El objetivo de Chase no era solo ensanchar el lugar por donde entraría; él disfrutaba el momento de sentir a Jung-in en su totalidad. No tenía prisa, como quien degusta un vino de lujo, y prefería deleitarse en cada sentido muy lentamente. Sus grandes manos sujetaron el trasero de Jung-in para estirar la entrada, penetrando con extrema lentitud para luego salir rozando cada uno de los pliegues.

“Euut...”.

Como el interior estaba tan apretado, podía sentir cada movimiento. Al cerrar los ojos, Jung-in era capaz de percibir incluso el relieve de las venas que rodeaban el miembro de Chase.

“Al principio intentas empujarlo hacia fuera, pero después terminas succionándolo. Como un niño hambriento que busca el pecho”.

“Ngh, Chase...”.

“Está tan caliente y húmedo. Haah... me encanta”.

Jung-in se dejó cautivar por la excitación de Chase. Este continuó soltando palabras lascivas mientras terminaba de hundir el resto de su miembro de un solo golpe.

“¡Hauuuk!”.

Por un instante, Jung-in tuvo la ilusión de que su visión se oscurecía, como si hubieran derramado tinta frente a él. Sintió cómo incluso la parte donde las paredes se curvan y estrechan se dilataba al máximo, llenando su vientre por completo. Las manos rudas de Chase acariciaron el trasero de Jung-in, amasándolo suavemente antes de deslizarse hacia la hendidura. Su dedo índice acarició la entrada, que parecía estar a punto de desgarrarse por la dilatación.

“Hauu, me da... me da cosquillas...”.

No era el lugar que él tocaba lo que sentía cosquillear, sino sus entrañas. La punzante sensación sexual se sentía como un ligero dolor de vientre. El abdomen de Jung-in se hundió por la tensión; de forma natural, su parte trasera se contrajo, y los densos pliegues internos apretaron el miembro de Chase.

“Ngh... Jung-in, ¿por qué eres tan bueno en esto?”.

A decir verdad, lo único que Jung-in hacía durante el sexo era dejarse llevar por las manos de Chase, pero este solía decir eso a menudo. No era solo para animarlo; su tono era bastante sincero. Aunque Jung-in no podía admitirlo por sí mismo, no era algo que le desagradara escuchar.

Chase abrazó con fuerza a Jung-in, que seguía recostado sobre él, y comenzó a mover la cintura rítmicamente.

“Hauu... eut, uung...”.

“Haah... Jung-in...”.

Cada vez que escuchaba a Chase quejarse bajo en su oído, una intensa euforia hacía que a Jung-in se le erizara el vello. Cuando Chase entraba profundamente como una ola, llenándolo por completo, sentía una satisfacción inmensa; y cuando salía raspando sus puntos sensibles, sentía un placer que le hacía encoger los dedos de los pies.

Jung-in cerró los ojos lentamente. Le gustaba cuando Chase se movía rápido y con fuerza, sacudiendo su cerebro, pero también le gustaba cuando llenaba su interior ganando profundidad con lentitud. Le parecía increíble que ese miembro tan grueso y largo entrara y saliera de su cuerpo sin causarle el más mínimo dolor.

<Me gusta...>

Lo que escapó de la boca de Jung-in, como un suspiro, fue coreano. Ni siquiera se dio cuenta de que estaba hablando en su idioma materno. En ese estado, si alguien le hubiera hablado en inglés, quizás no habría podido articular una frase compleja. Solo quedaban los instintos más básicos; todo lo demás se había evaporado.

La comisura de los labios de Chase se elevó. Repitió con voz suave las palabras de Jung-in, pero elevando el tono al final para convertirlo en una pregunta.

<¿Te gusta?>

<Ngh... sí... me gusta...>

“¿Tanto te gusta?”.

Al escuchar a Chase preguntar en inglés, Jung-in abrió los ojos de golpe. Solo entonces se dio cuenta de lo que había dicho.

“¿Qué... qué?”.

“Has dicho eso muchas veces mientras lo hacemos. ¿No lo sabías?”.

Incluso mientras preguntaba, seguía moviendo la cintura con mucha calma.

“Ngh... uung...”.

El rostro de Jung-in se encendió aún más al sentir que Chase había visto una faceta suya que él mismo desconocía.

“Esas palabras suenan tan bien, son hermosas. Sigue diciéndolas”.

“... No quiero”.

“Está bien. De todos modos, lo harás pronto”.

Jung-in hizo un mohín y se quejó con voz entrecortada:

“Ngh, no vuelvas a beber tanto. Cuando te emborrachas te pones... ngh... muy empalagoso”.

“Aguántate hoy. Todo es por tu culpa”.

“Haaut... ¿yo qué hice?”.

“Deberías haber aparecido ante mí cuando estaba en la escuela media”.

“Tú... ngh... ni siquiera sabías que yo existía”.

“Por eso me enoja. Me vuelve loco. Odio a todos los que conocen al ‘tú’ que yo no conozco. Siento unos celos que me matan”.

Como si reflejara sus emociones exaltadas, sus movimientos empezaron a volverse más violentos. Al elevar la pelvis con fuerza, el miembro que solo tenía el glande en la entrada se hundió de golpe hasta la raíz. Fue tal la fuerza que el cuerpo de Jung-in se elevó. Las paredes internas, sorprendidas, se contrajeron con fuerza como un coral que cierra sus tentáculos al ser tocado.

“Huhhh...”

“Ngh...”.

Ambos gimieron al mismo tiempo. La sensación de unidad al experimentar el mismo sentimiento en el mismo instante trajo consigo un placer mental. Esa sensación de estar conectados era sublime cada vez que la sentían.

“Estamos vinculados. Como por Bluetooth”.

Susurró Chase con una sonrisa tonta. Con los ojos enrojecidos por el alcohol, su rostro se veía aún más provocativo.

“Deja de decir cosas raras”.

Jung-in tapó la boca de Chase con la mano. Pero fue en vano; la lengua de Chase se asomó entre sus dedos y los lamió sin orden alguno.

“Ahuuu...”.

Mientras lamía la mano de Jung-in como un perro, Chase giró la cintura con un movimiento circular y denso. El miembro, hundido profundamente, revolvía sus entrañas. Chase empujaba a Jung-in hacia arriba con la fuerza de su cadera mientras sus manos recorrían constantemente los omóplatos y la columna de este. Todos eran puntos sensibles y vulnerables.

“Ngh... aun así, mi cuerpo... tú eres quien mejor lo conoce en el mundo, Chase”.

“Haah...”.

Un suspiro cargado de admiración inundó el oído de Jung-in. Chase se sintió orgulloso, como si hubiera recibido el cumplido que más deseaba.

“Sí... yo soy quien mejor lo conoce”.

Chase acarició la zona cercana al omóplato de Jung-in.

“Aquí, debajo del omóplato derecho, tienes un lunar muy pequeño. ¿Lo sabías?”.

Jung-in negó con la cabeza. Chase continuó hablando como un niño presumiendo sus juguetes.

“No es solo eso. Lo sé todo. Sé dónde tocarte para que te excites, y dónde presionarte para que llores”.

“Hauuu...”.

“Y que si te acaricio aquí, empiezas a temblar y quieres correrte de inmediato”.

Mientras continuaba con la penetración, acarició suavemente el espacio entre el coxis y la entrada, haciendo que todo el cuerpo de Jung-in temblara.

“Ngh...”.

Tal como él decía, Jung-in sintió el deseo urgente de eyacular. Metió la mano apresuradamente entre sus vientres para sujetar su propio miembro. Sentía que con solo un roce llegaría al final. Sin embargo, su mano fue detenida e interceptada de inmediato.

“No, terminemos juntos. Ngh, espera por detrás. Hazlo conmigo un poco más, ¿sí?”.

Chase rodó sobre el colchón sin desconectarse, dejando a Jung-in debajo. Colocó las piernas de Jung-in sobre sus hombros y movió la cintura lentamente mientras besaba cada lugar a su alcance: los tobillos, las pantorrillas... Sus manos bajaron desde los tobillos recorriendo las piernas desnudas hasta sujetar la cintura de Jung-in.

“Hermoso...”.

Soltando ese elogio, Chase lo miró con una mirada ardiente. La piel blanca de Jung-in, que se sonrojaba con facilidad, estaba roja hasta el cuello. Los hombros, los codos, las rodillas y su sexo... cada punto prominente parecía teñido de rojo, como si hubieran dejado caer una gota de tinta sobre ellos.

A Chase le encantaba, hasta el punto de parecerle increíble, que alguien con un cuerpo tan frágil y suave fuera, en realidad, una persona tan fuerte. Esa fortaleza de no dejarse arrastrar incluso en momentos de duda. La terquedad de no ceder ante la mirada ajena y la voluntad de mantener sus propios principios hasta el final. Y sobre todo, esa bondad y sentido de la justicia que lo hacían infinitamente blando ante los débiles. Su centro, que era más fuerte por no ser ostentoso, era lo que lo definía. Jung-in hacía que él también quisiera ser una mejor persona. Chase se enamoraba de él de una forma nueva cada día.

“Hau, eut... Chase...”.

“Sí, soy tu Chase”.

El cuerpo liso de Chase brillaba empapado de sudor. Siguió moviendo la cintura lentamente mientras abría más los muslos de Jung-in para observar el punto de unión.

“Es tan erótico. Aquí... cada vez que salgo, tu interior parece querer seguirme...”.

“Uung... eut...”.

Su sexo expuesto y todo lo que había debajo eran cosas que podrían haber causado mucha vergüenza, pero Jung-in, abrumado por la excitación, no era consciente de ello.

“Fuu... qué bien... me encanta tu interior... ¿puedes abrir las piernas un poco más?”.

Chase no dejaba de murmurar lo mucho que le gustaba cada vez que lo penetraba. Ebrio, no tenía filtros. Aunque su voz era suave y dulce en todo momento, el contenido de sus palabras era puramente lascivo. El movimiento de su cadera fue ganando fuerza y velocidad, y los gemidos de Jung-in aumentaron en consecuencia. Cada vez que arremetía con tal violencia que todo su cuerpo se sacudía, Jung-in sentía como si lo golpearan por dentro. Su estómago se revolvía como cuando uno mira hacia abajo desde un lugar muy alto.

“Hau, huh, euup, ugh...”.

Lágrimas fisiológicas rodaron por sus sienes. A través de su visión empañada, vio el rostro de Chase mirándolo con fijeza. Entre el alcohol y el calor del sexo, parecía que se le secaba la boca; Chase sacó la lengua para lamerse los labios y apretó los dientes. Usando sus manos, que sujetaban con firmeza los muslos de Jung-in, como señal, Chase comenzó a mover la cintura sin restricciones.

“¡Ah! ¡Ah! ¡ngh! ¡Ah! huhh...”.

Cada vez que él daba impulso con las rodillas, la cama crujía como si fuera a romperse. De la boca de Jung-in salían sonidos fragmentados, incapaces de distinguirse entre gemidos o gritos.

“Huk, huk, aheuk... heuuk... por favor, huk, Chase...”.

Esos gemidos pronto se convirtieron en sollozos y súplicas. Chase bajó el cuerpo y apoyó las manos al lado de la cabeza de Jung-in. Sus ojos azules, ahora muy cerca, lo miraron con ternura.

“Quiero ser bueno contigo, pero quiero hacerte llorar... No sé qué me pasa”.

A diferencia de la violencia de su tren inferior, su voz era suave. Jung-in extendió la mano con dificultad y sujetó el antebrazo de Chase, sintiendo los músculos claramente definidos bajo sus yemas.

“Haah... me gusta, ngh, Jung-in... Tócame más”.

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Chase bajó aún más, apoyando los codos en el colchón mientras movía la cintura de forma desordenada. Entre el sonido de la carne chocando, se mezclaban los gritos de Jung-in.

<¡Ah! Ahí... me gusta, ngh... me gusta tanto>.

Ya no sabía en qué idioma estaba hablando. Jung-in se aferró al cuello de Chase, abrazándolo con fuerza. Era un gesto desesperado, buscando instintivamente algo a lo que aferrarse. Los empujes de su cadera, hundiendo su miembro con fuerza, se volvieron cada vez más amplios. Se movía tan bruscamente que, en un momento en que retiró la cadera por completo, el glande se salió.

Con una voz que mezclaba excitación e irritación, Chase murmuró.

“Se salió, mierda...”.

Era muy raro que usara esa palabra. Cuando Jung-in se estremeció sorprendido, Chase bajó el cuerpo de inmediato, besando el oído de Jung-in y disculpándose.

“Lo siento. Perdón... haah, lo siento. Se me escapó... hice mal”.

Incluso mientras se disculpaba, su cintura seguía moviéndose. Quizás aquellas palabras rudas estimularon algo en su interior, o quizás era el hecho de ver a este hombre postrado ante él lo que le gustaba. Jung-in sintió una urgencia repentina por eyacular.

“Ah... ahora... ahora...”.

Su cuerpo temblaba sin control y las palabras más básicas habían desaparecido de su mente.

Chase, captando de inmediato el estado de Jung-in, retiró un poco su miembro y comenzó a sacudir las caderas con movimientos cortos y rápidos, presionando con el glande el punto de mayor sensibilidad de Jung-in.

“¡Ah! ¡Aeuk, hauuu!”.

La mandíbula de Jung-in temblaba con fuerza. Su cintura se retorcía por voluntad propia y sus extremidades, fuera de control, sufrían espasmos violentos. Ante sus ojos, chispas blancas estallaban sin cesar. Jung-in tensó todo su cuerpo en una rigidez absoluta mientras disparaba su esencia en chorros intermitentes. Una sensación de liberación que rozaba la locura lo envolvió.

“Ngh...”.

Chase se estremeció ante la sensación de las paredes internas apretando su miembro como si quisieran cortarlo. Él también sintió el clímax inminente y, jadeando con fuerza, arremetió con profundidad dentro de Jung-in.

“Te amo... ¿Cómo es posible que me gustes más cada día? ¿Qué me has hecho?”.

Con la voz cargada de excitación, movió su cadera como una bestia. Jung-in, con la consciencia yendo y viniendo, logró responder con dificultad:

“Ngh... compré un muñeco de pelo rubio... hauuuk... e hice un ritual vudú, ngh...”.

“Haah, incluso amo tu sentido del humor”.

Debido a que Chase seguía embistiendo sin piedad su cuerpo hipersensible tras la eyaculación, Jung-in no podía recobrar el juicio entre la mezcla de placer y dolor. Intentó apartar a Chase empujándolo por los hombros, pero unas manos enormes atraparon las suyas, entrelazando sus dedos y presionándolas contra las sábanas para inmovilizarlo.

Sintió vívidamente cómo el miembro en su interior palpitaba y se sacudía, liberando el semen en oleadas rítmicas.

“Hauuu... Jung-in, aeuk, haah...”.

Aunque ya estaba hundido hasta la raíz, Chase presionó varias veces más con sacudidas finales, como si intentara llegar todavía más profundo. Con cada empuje, suspiros bajos y agónicos caían sobre la cabeza de Jung-in.

“Haah... qué bien se siente. Te llené por completo”.

Ebrio, Chase se volvía mucho más expresivo. Tras murmurar repetidamente lo mucho que le gustaba, tomó la oreja de Jung-in completa en su boca, mordisqueándola y succionándola a su antojo.

“Jung-in... Te amo...”.

“Hauuu... Heuu...”.

“Está bien. Aquí estoy”.

Cuando el cuerpo de Jung-in empezó a temblar como si tuviera frío debido al agotamiento post-orgásmico, Chase soltó sus manos entrelazadas y lo abrazó con fuerza. No se retiró de inmediato, incluso después de que los temblores cesaran. Mientras lo mantenía rodeado, apartó el cabello húmedo de su frente y lo acarició largamente, besando sus sienes, sus mejillas y el puente de su nariz.

Solo cuando la respiración de Jung-in se estabilizó por completo, Chase retiró lentamente su cadera y se incorporó. Jung-in tuvo un ligero escalofrío al sentir cómo salía el miembro, que aún no perdía su grosor. El glande prominente se detuvo un segundo en la entrada antes de deslizarse hacia fuera con un chasquido sordo contra su bajo vientre.

“Espera un momento”.

Con su miembro aún pesado y manchado de fluidos entre las piernas, Chase se dirigió al baño. Incluso en su estado de ebriedad, no olvidó ser considerado. Preparó el agua a la temperatura adecuada, regresó por Jung-in y lo llevó en brazos al baño.

Al colocarlo en la cabina de ducha, Chase intentó ayudarlo a limpiar su interior usando los dedos, pero incapaz de contenerse, lo penetró una vez más.

Cuando finalmente terminaron, se asearon y salieron del baño, el cielo tras la ventana empezaba a clarear con los tonos grises del amanecer. Al acostarse en la cama, Jung-in sintió el frescor del agua secándose en su piel y se acurrucó de lado. Chase se pegó a su espalda de inmediato. El calor del cuerpo que lo abrazaba por detrás era intenso. Jung-in se encogió de hombros al sentir algo duro presionando entre sus nalgas; se giró con cara de espanto pensando que quería hacerlo de nuevo.

Chase sonrió con ternura, dejando caer las comisuras de sus ojos de forma adorable.

“Solo lo dejaré dentro. ¿Sí?”.

Jung-in volvió a mirar al frente y relajó los hombros en una señal de permiso resignado. Chase empujó su miembro semirrígido dentro de la entrada. El orificio, ya blando y relajado, lo aceptó sin dificultad.

“Está cálido... quiero dormir así, contigo dentro”.

“Chase...”.

“Siento que así mi forma quedará grabada en tu interior”.

Ante esas palabras dulces mientras sus labios jugueteaban con su cuello, Jung-in se dio por vencido. En realidad, estaba demasiado cansado para intentar convencerlo de lo contrario.

“... Solo por hoy”.

Chase lo abrazó con ambos brazos ante su respuesta. Jung-in cerró los ojos ante esa agradable presión. Sin embargo, Chase aún tenía algo pendiente y le susurró al oído.

“Cuéntame sobre la escuela media. Todo, detalle a detalle”.

Jung-in sonrió suavemente con los ojos cerrados.

“Eres demasiado celoso”.

“¿Por eso me odias?”.

Si le preguntaban si lo odiaba por eso, la respuesta era no. Jung-in sabía que la personalidad original de Chase era bastante indiferente. Que fuera tan posesivo y actuara como un niño exclusivamente con él no le desagradaba; al contrario, sentía esos celos e inseguridades como otra forma de afecto.

“No. Por eso me gustas”.

“Rápido. Cuéntame”.

Como un niño pidiendo un cuento antes de dormir, Chase sacudió ligeramente el cuerpo de Jung-in para apresurarlo, manteniendo su miembro sumergido profundamente en él. Jung-in respiró hondo con calma y comenzó a rebuscar en sus recuerdos, queriendo contarle todo a ese Chase que deseaba saberlo todo.

“Mi primer tutor fue el Señor Richardson. Como yo era asiático, me pusieron en la misma clase que Justin para que él me enseñara la escuela. Y Justin...”.

Su voz se fue apagando gradualmente. Poco después, Jung-in se quedó profundamente dormido. Chase, que esperaba la siguiente frase, también cerró sus ojos cansados.

La luz del sol de la mañana, como un invitado no deseado, iluminó tenuemente a los dos. Tumbados uno sobre el otro, parecían un solo cuerpo, como si compartieran el mismo sueño de aquellos tiempos pasados.

***

Salían del restaurante del hotel tras un desayuno muy tardío. Justo cuando Jung-in iba a adelantarse, Chase rodeó su cintura de repente. Ante esa muestra repentina de afecto, Jung-in giró la cabeza para mirarlo.

“¿Eh?”.

Chase se encogió de hombros como si no fuera nada. Sin embargo, Jung-in pronto entendió el porqué: Sebastian estaba sentado en una mesa cercana. Llevaba una gorra de béisbol, pero no podía ocultar su palidez. Parecía incapaz de leer el menú y lo dejó con resignación antes de pedir. Estaba solo, sin rastro de su novia.

“Tráigame algo grasiento. Con extra de salsa gravy”.

Pidió con voz ronca y apagada. Por su pedido, era evidente que tenía una resaca monumental.

Jung-in pensó que lo mejor era pasar de largo sin decir nada, pero Chase carraspeó a propósito para llamar su atención. Sebastian levantó la vista y, al cruzar miradas con Jung-in, puso una expresión de derrota absoluta. Avergonzado de que lo vieran en ese estado, se hundió más la gorra.

“Vaya. ¿Mucha resaca?”.

Dijo Chase con un tono ligeramente burlón y prepotente.

Jung-in contuvo una risa, recordando que Chase acababa de comerse una hamburguesa con triple ración de queso por la misma razón.

“... Bueno. No es para tanto”.

respondió Sebastian a regañadientes.

“Jay y yo nos vamos hoy. Regresamos al Este, así que no nos volveremos a ver”.

Chase le tendió la mano. Cuando Sebastian la aceptó con duda, Chase la sacudió con tal fuerza que todo el cuerpo de Sebastian se tambaleó. Fue lo peor que le podías hacer a alguien con resaca. Sebastian hizo una mueca de dolor mientras Chase lucía una expresión radiante.

“Cuídate. Y si puedes, cámbiale el nombre al gato”.

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Satisfecho, Chase apretó su mano en la cintura de Jung-in y lo guio hacia la salida tarareando. A su lado, Jung-in soltó una risita y negó con la cabeza. Este viaje le había confirmado algo: su pareja era, definitivamente, del tipo celoso.