Tizne

 


Tizne

Seo Yi-dam cerró la ventana con las manos temblorosas. Su cuerpo, que no sabía desde cuándo vibraba, dejó escapar un suspiro entrecortado. Se frotó las palmas de las manos, empapadas de sudor, contra los muslos para secarlas.

Forzó a su mente a calmarse y volvió a observar los alrededores.

Alrededor no había nadie. Ni siquiera un gato callejero a la vista.

Los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos. Por un momento, sintió que la vista se le nublaba.

Seo Yi-dam cerró los ojos e inhaló profundamente. El alivio de que la oportunidad hubiera llegado y el miedo a que esto fuera otra trampa forcejeaban en su pecho.

Finalmente, abrió los ojos con lentitud. Con una expresión mucho más serena, puso la mano en la manija de la puerta. Al tirar con fuerza, se oyó un clic y la puerta se abrió. Una ráfaga de aire frío entró por la apertura.

Sacó un pie fuera de la puerta abierta. Mientras terminaba de salir del coche, no se escuchó ni un solo ruido de su parte. Su cuerpo, aún incapaz de sacudirse la tensión, permanecía encogido.

“…….”

Incluso después de bajar del coche, no pasó nada. Nadie lo llamó por su nombre, ni apareció aquel hombre con ojos centelleantes. En este instante, Seo Yi-dam estaba completamente solo.

Al cerrar la puerta del coche que había permanecido abierta, el silencio se arrastró sobre su piel. El sonido de su propia saliva al tragar sonó inusualmente fuerte. Un sudor frío recorrió su espalda.

Finalmente había llegado el momento. Al comprender que este era el instante que tanto había anhelado, Seo Yi-dam echó a correr. Se dirigió hacia el camino familiar, ocultándose en la oscuridad. Los faros del coche abandonado iluminaban la dirección por la que él había desaparecido.

El sonido de sus jadeos resonaba en el calleón. Seo Yi-dam rebuscó en su memoria para localizar el edificio donde había quedado de encontrarse con la persona de la llamada.

Las farolas intermitentes eran la única fuente de luz. Se apoyó en esa tenue claridad, tanteando el camino. Cuando llegaba a tramos donde las luces estaban rotas, avanzaba tocando las paredes con las manos.

¿Cuánto tiempo corrió y vagó? Finalmente, divisó la silueta del edificio conocido. Las cuerdas de tender en la azotea y las prendas colgadas ondeaban con el viento.

Seo Yi-dam aminoró el paso y bajó la cabeza. Bajo una farola frente al edificio, alguien con un casco puesto esperaba apoyado en una motocicleta. Al sentir su presencia, la figura del casco levantó la vista.

“…….”

“…….”

Solo el silencio flotaba entre ambos. El del casco lo observó fijamente, guardó su teléfono en el bolsillo y se enderezó. Una voz surgió desde el interior del casco.

“¿Por qué tardaste tanto?”

Era la misma voz de la llamada. Seo Yi-dam se sintió aliviado al confirmar que estaba en el lugar correcto, pero no bajó la guardia. Miraba hacia atrás constantemente, presa de la ansiedad, mientras saludaba a duras penas.

“Lo sien-to……. ¿Es-peró, mucho?”

Le faltaba el aliento y las palabras salían entrecortadas. El del casco chasqueó la lengua y negó con la cabeza.

Abrió el compartimento del asiento de la moto y sacó otro casco. Se lo lanzó a Seo Yi-dam, quien lo atrapó contra su pecho. Al ver que el joven se quedaba parado mirándolo con sorpresa, el desconocido cerró el asiento con un golpe seco.

“¿Qué te quedas mirando?”

Quizás por haber corrido en su estado físico debilitado, su mente no funcionaba con claridad. Mientras sostenía el casco aturdido, el hombre ya montado en la moto lo apremió.

“No creo que tengas tiempo para perderlo así.”

Esas palabras lo hicieron reaccionar.

Seo Yi-dam se puso el casco a toda prisa y se acercó a la moto. Al sentarse torpemente en el asiento trasero, el desconocido tomó sus manos y las obligó a rodear su propia cintura.

“Agárrate fuerte.”

Antes de recibir respuesta, la motocicleta salió disparada del callejón. Se dirigió en dirección opuesta a por donde Seo Yi-dam había llegado. El viento lo golpeó con violencia.

De repente, Seo Yi-dam sintió el impulso de mirar atrás. Dudó si girar la cabeza mientras apretaba la cintura del desconocido.

¿Cómo reaccionaría Do Jae-hyeok al saber que escapó? Quizás ya se había dado cuenta de su ausencia.

Si era así, ¿qué haría a partir de ahora?

Finalmente, Seo Yi-dam no miró atrás. Sintió que, si lo hacía y veía al hombre allí, sus brazos perderían toda la fuerza. Apretó el agarre de sus manos entrelazadas y cerró los ojos con fuerza.

La motocicleta corría sin descanso por la carretera. Ignoraba incluso los semáforos, provocando que otros conductores tocaran la bocina y lanzaran insultos.

Era la primera vez en su vida que subía a una moto y la velocidad le resultaba aterradora. Sentía que en cualquier momento saldría volando. No le importaría morir así, pero todavía no podía permitírselo.

¿Cuánto tiempo pasó? La velocidad de la moto disminuyó gradualmente. El mundo estaba sumido en la oscuridad, sin rastro de la luna; la única luz provenía del faro delantero del vehículo.

“Mierda, me duele la espalda.”

La moto se detuvo y el conductor, tras bajar primero y soltar un insulto entre dientes, se quitó el casco de un tirón. Se sacudió el cabello sudado con la mano y se giró bruscamente hacia Seo Yi-dam.

“…… ¿Eh?”

Al ver el rostro oculto tras el casco, Seo Yi-dam soltó un pequeño grito ahogado.

El rostro que apareció no era el de Gong Pil-woo. Sin embargo, el parecido era asombroso. Si Gong Pil-woo tenía facciones marcadas y densas, el hombre frente a él tenía rasgos más finos y colores más claros. Eran tan parecidos que era fácil confundirlos a simple vista.

“Por tu reacción, parece que no te explicaron nada.”

El hombre murmuró para sí mismo mientras le quitaba el casco a Seo Yi-dam. Luego lo tomó de la mano para ayudarlo a bajar de la moto.

Incluso mientras el desconocido guardaba los cascos y las llaves, Seo Yi-dam no podía apartar la vista de su rostro. El hombre, tras guardarse las llaves, señaló con la barbilla hacia un lugar.

“Hablemos mientras subimos.”

Seo Yi-dam miró entonces a su alrededor. Estaban en la entrada de un sendero que se internaba en un monte bajo. En medio de la noche cerrada, el monte parecía más oscuro que cualquier otro lugar.

Sin darle tiempo a preguntar nada, el hombre comenzó a subir el monte. Seo Yi-dam lo siguió apresuradamente. Tras dudar un momento, sujetó suavemente el borde de la ropa del hombre. Al sentir el tirón, este se giró.

“Es que…… no veo muy bien el camino.”

Seo Yi-dam añadió la excusa rápidamente. Por suerte, el hombre no apartó su mano. Encendió la linterna de su móvil y siguió avanzando.

El monte estaba tan oscuro que no se veía ni a un paso de distancia. El hombre parecía conocer el camino a la perfección, moviéndose con soltura entre la espesura de los árboles. Seo Yi-dam caminaba con cuidado, dependiendo totalmente de la luz del móvil y de la presencia del hombre.

Consciente de Seo Yi-dam, el hombre caminaba muy despacio. Aunque de vez en cuando miraba de reojo hacia atrás, nunca se detenía. De pronto, su voz llegó desde el frente.

“¿Cuánto tiempo?”

“¿Qué?”

“¿Cuánto tiempo estuviste en Sitri?”

Seo Yi-dam intentó recuperar el aliento mientras hacía memoria. Conoció al hombre el invierno pasado, y el año había avanzado hasta la primavera. Ya casi se cumplía medio año desde su encuentro.

“Creo que poco menos de seis meses.”

“Aguantaste más de lo que pensaba.”

“¿Ah, sí?”

“Ese imbécil de Gong Pil-woo es el raro. ¿Cómo alguien puede trabajar en un lugar así durante años?”

Ese tipo es un duro. El hombre murmuró insultando a Gong Pil-woo. Incluso esa forma de hablar se parecía mucho a la de él. Seo Yi-dam escuchaba las quejas en silencio.

El camino por el monte, iluminado solo por el teléfono, se volvía cada vez más tétrico. Cada vez que soplaba el viento, las hojas de los árboles susurraban de forma inquietante.

Yi-dam pensó de repente si algún borracho estaría escondido entre los árboles observándolos. El hombre volvió a hablar.

“Yo también trabajé allí. ¿Unos tres meses?”

“Ah……”

“Normalmente tienes que cumplir todo el contrato para salir, pero en mi caso, supongo que fui especial porque me dejaron irme de inmediato. Aunque no me pagaron nada.”

“¿Un caso especial?”

“Yo era un aromatizado.”

Seo Yi-dam guardó silencio, sorprendido por la confesión repentina. El hombre continuó sin mirar atrás.

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“Me topé con un pervertido de mierda y casi me muero. Había oído lo de ser un trapo, pero ese fue el primero que me usó hasta dejarme literalmente hecho un la mierda. Volví a nacer.”

“…….”

“Por lo que oí, ese tipo es de los peores clientes, pero como conoce al director, lo dejan estar.”

“…….”

“En fin, salí de ahí y ahora vivo así, como ves.”

“…… ¿Y cómo es vivir así?”

Ante la pregunta en voz baja, los pasos que no se habían detenido se pararon en seco. Seo Yi-dam, que lo seguía agarrado a su ropa, chocó su nariz contra la espalda del hombre. Este se giró lentamente.q

La luz de la linterna apuntando a su cara era demasiado cegadora. Seo Yi-dam frunció el ceño y se cubrió los ojos con la mano. La voz del hombre surgió de la oscuridad.

“Sacando de ahí a tipos como tú.”

“…….”

“No es que quiera hacerlo por gusto. Gong Pil-woo me lo pidió.”

“…… ¿Él se lo pidió?”

“Sí.”

“¿Por qué……?”

En medio de la oscuridad, ambos se miraron con la pequeña luz entre ellos. Al callarse la boca que no había dejado de hablar, un silencio aterrador los rodeó. La mano que había soltado la ropa del hombre se humedeció de sudor.

“Dice que no quiere ver a otros terminar como yo.”

Tras un breve silencio, el hombre habló. La razón fue inesperada. Seo Yi-dam se quedó sin palabras. El hombre prosiguió:

“Él cree que el hecho de que yo terminara así es culpa suya. A su manera, está intentando expiar sus pecados.”

“…….”

“Es como intentar arreglar el establo después de perder a la vaca. No es que eso vaya a borrar lo que ya pasó.”

Soltó una risa seca y autocrítica.

El aire alrededor se volvió pesado. La oscuridad y el aire denso oprimieron el cuerpo de Seo Yi-dam.

La conversación terminó ahí. El hombre volvió a girarse para avanzar y Seo Yi-dam lo siguió, sujetando de nuevo el borde de su ropa.

El camino se volvió cada vez más difícil, hasta dejar de ser un sendero. Todo parecía idéntico en cualquier dirección, pero el hombre avanzaba sin dudar.

A Seo Yi-dam le faltaba el aire como si hubiera estado corriendo sin parar. Estuvo a punto de caerse varias veces, pero en cada ocasión, el hombre lo sostenía rápidamente para ayudarlo a incorporarse.

“¿Estás bien?”

“Hha…… sí, es-toy, bien……”

“Pues no lo parece.”

Se oyó un chasquido de lengua en la oscuridad. Seo Yi-dam se limpió el sudor con el dorso de la mano y siguió adelante sin quejarse ni una sola vez.

¿Cuánto tiempo estuvieron subiendo el monte? Sintió que la pendiente, antes empinada, se suavizaba. Aunque todo seguía oscuro, intuyó que el destino no estaba lejos.

Finalmente, salieron del bosque. Ante ellos había una pequeña ermita budista. También estaba oscuro allí, pero había suficiente luz para distinguir los objetos.

“Abuela.”

El hombre dejó a Seo Yi-dam recuperando el aliento y se acercó a la ermita con pasos largos. Se sintió una presencia tras la puerta de papel y esta se abrió de golpe.

“¡Vaya! ¿Ha venido mi niño?”

Al abrirse la puerta, apareció una monja de edad avanzada. Ella sonrió ampliamente y abrazó con fuerza al hombre que estaba ante la puerta. Sus manos, llenas de arrugas, le dieron palmaditas en la espalda.

“¿Te he despertado?”

“No es eso. Me iba a acostar justo ahora. Pero, ¿has subido de nuevo de madrugada? La abuela ya te ha dicho varias veces que es peligroso andar por el monte cuando está oscuro.”

“Ah, es que surgió un imprevisto.”

“¿Un imprevisto?”

Cuando el hombre miró hacia atrás, la mirada de la monja lo siguió de forma natural. Seo Yi-dam, que aún no terminaba de recuperar el aliento, se sintió desconcertado por las miradas centradas en él, pero pronto se inclinó para saludar.

“Hola.”

La monja, que había abierto mucho los ojos por la sorpresa, recuperó pronto su expresión habitual y sonrió con un rostro bondadoso. Asintiendo con la cabeza, recibió a Seo Yi-dam con calidez.

“Bienvenido. Debes haber pasado muchas dificultades para llegar hasta aquí.”

Tras salir al exterior, la monja guio a ambos a la habitación contigua. El espacio tras la puerta con papel de arroz era tan estrecho que apenas cabían dos personas acostadas.

La monja les proporcionó ropa para cambiarse y ropa de cama, diciéndoles que descansaran primero. Mientras tanto, el hombre, que había calentado agua, hizo que Seo Yi-dam entrara al baño. Aun así, era un espacio precario que apenas contaba con un grifo y un barreño grande.

La ermita tenía un entorno más hostil que la casa detrás de la puerta azul. Al no haber agua caliente, tenían que hervirla en un caldero sobre el hogar, y al no haber electricidad, dependían de las velas.

Al salir tras lavar su cuerpo cubierto de sudor y polvo, lo invadió una sensación de cansancio extremo. Cuando regresó a la habitación sacudiendo su cabello mojado, el hombre estaba allí, apoyado contra la pared mirando su teléfono.

“¿Tienes hambre?”

“No.”

El hombre asintió como si ya lo esperara y dejó el teléfono a un lado. Levantándose de su sitio, extendió ambos brazos hacia el techo para desperezarse.

“Le dije a la abuela que no preparara comida. Pensé que sería mejor comer después de dormir.”

Seo Yi-dam asintió en silencio. No creía que fuera a tener ganas de comer incluso después de dormir, pero respondió por compromiso.

Primero, quería dormir. El día de hoy había sido demasiado largo. Se encontró con Do Jae-hyeok, compartieron sus cuerpos, comieron y escapó de él. Se encontró con Gong Yeon-woo, subió a la motocicleta, corrió durante mucho tiempo y escaló el monte. Así llegó hasta este momento.

De verdad escapé. Solo ahora Seo Yi-dam empezaba a asimilar el hecho de que había huido.

“Mi papel termina aquí.”

Mientras Seo Yi-dam estaba absorto en sus pensamientos mirando fijamente la llama oscilante de la vela, el hombre le habló.

Su mirada subió lentamente hasta el hombre que seguía de pie en el mismo sitio. La luz rojiza de la vela iluminaba su rostro. Al igual que su voz agotada, su cara estaba llena de fatiga. Con un suspiro, el hombre preguntó.

“Entonces, ¿cuál es el plan para el futuro?”

“Ah……”

“No tienes ninguno.”

Seo Yi-dam bajó la mirada en silencio.

No era posible que tuviera un plan. Desde el momento en que se dio cuenta de que podía escapar del hombre, el objetivo de Seo Yi-dam había sido solo uno.

Llegar al lugar que tanto anhelaba. Para llegar allí, no hacía falta ningún plan.

Como Seo Yi-dam no decía nada, el hombre asintió levemente como si ya lo supiera. El suspiro que soltó fue especialmente profundo.

“Quédate aquí por el momento. Ya viste al subir, ¿verdad? El camino es difícil. Probablemente el director tampoco pueda llegar hasta aquí. No habrá nadie que lo sepa.”

¿Sería verdad? No le inspiraba mucha confianza. Sentía que no había lugar en este mundo al que él no pudiera ir. Incluso si se trataba de una ermita sin nombre situada en medio de este monte.

De repente, sintió curiosidad por saber qué estaría haciendo Do Jae-hyeok en este momento.

Debió enterarse de su desaparición hace tiempo. No podía ni imaginar qué cara tendría Do Jae-hyeok ni cómo se sentiría.

Aunque no sabía nada más, estaba seguro de que él saldría a buscarlo. Habían unido sus cuerpos incontables veces, pero aún cargaba con una deuda enorme bajo su nombre. Al haber escapado ignorando eso, no había razón para que él no lo atrapara.

“Si necesitas algo, dímelo.”

“…….”

“Y si te vas, al menos avisa antes. Si te vas de forma maleducada dejando solo una nota, entonces iré yo a atraparte.”

Las palabras del hombre no le entraban bien en el oído. La cabeza de Seo Yi-dam estaba completamente llena de Do Jae-hyeok.

Exactamente, estaba recordando la imagen de Do Jae-hyeok cortando la respiración de una persona en algún almacén. Un hombre desconocido que moría sin poder cerrar los ojos y Do Jae-hyeok, quien le quitaba la vida sin pestañear.

Logró escapar de él. Ya está. Había cumplido con su deber. Al darse cuenta de que ahora solo le quedaba morir, el alivio lo invadió.

“Gracias.”

Ante el repentino agradecimiento, el hombre levantó una ceja con extrañeza. Seo Yi-dam continuó hablando mientras lo miraba fijamente.

“Y lo siento.”

“…….”

“Seguro que pagaré esta deuda.”

El hombre miró fijamente a Seo Yi-dam. Seo Yi-dam no evitó su mirada y la sostuvo.

Tanto a Gong Pil-woo como al que estaba frente a él, Seo Yi-dam les estaba sinceramente agradecido. Si no fuera por ellos, no habría podido ni intentarlo. Gracias a ellos, surgió la oportunidad.

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“Gracias, de verdad.”

El hombre, que guardó silencio durante un rato, estalló de repente en una carcajada. Soltando un bufido de risa, murmuró: “Eres tan raro como escuché”, y luego se acuclilló frente a Seo Yi-dam.

“Soy Yeon-woo. Gong Yeon-woo.”

“…….”

“Parece que no nos hemos presentado. Sé tu nombre. Seo Yi-dam. ¿Verdad?”

“Ah, sí.”

Seo Yi-dam tomó la mano que Gong Yeon-woo le tendió como si estuviera hechizado. Gong Yeon-woo sacudió la mano que sostenía de arriba abajo y sonrió con frescura.

“Llevémonos bien de ahora en adelante.”

“…….”

“Felicidades por el inicio de tu segunda vida.”

No pudo responder a esas palabras.

Después de que Gong Yeon-woo saliera de la habitación para lavarse, Seo Yi-dam, que se quedó solo, bajó la mirada hacia la mano con la que había estrechado la de Yeon-woo.

Sentía como si hubiera cometido un gran pecado. Las palabras de Gong Yeon-woo de llevarse bien le oprimían dolorosamente el pecho.

He venido aquí para morir. No pudo soltar esas palabras por la boca.

Su pensamiento de querer morir no había cambiado. Precisamente por ese objetivo se había arriesgado a seguir a Gong Yeon-woo. Cosas como una segunda vida no tenían nada que ver con Seo Yi-dam.

Si llegaran a saber este hecho, ¿qué pensarían ellos dos? ¿Se arrepentirían de haberle tendido la mano?

Seo Yi-dam recogió sus piernas en silencio y enterró el rostro en sus rodillas. Cerró los ojos con fuerza y encogió todo su cuerpo.

Tengo frío. A pesar de estar en una habitación caldeada, Seo Yi-dam sentía escalofríos. Se le puso la piel de gallina y sentía tanto frío como si un bloque de hielo se hubiera instalado en su interior.

El sonido de los golpes al bloque de madera que se oía a lo lejos se fue desvaneciendo gradualmente.

* * *

Sentía que le faltaba el aire de una manera extraña. Era como si una serpiente gigante le rodeara el cuerpo y lo apretara con fuerza.

Intentó forcejear para liberarse de esa sensación de asfixia, pero hiciera lo que hiciera, la atadura que inmovilizaba su cuerpo no cedía. Al contrario, la fuerza que lo oprimía se volvía cada vez más potente.

Después de gemir de esfuerzo durante un buen rato, Seo Yi-dam sintió de repente algo inusual. Estaba seguro de haber forcejeado, pero su cuerpo no se movía ni un milímetro. No podía mover ni un solo dedo.

Tardíamente, el paisaje circundante empezó a entrar en su campo de visión. La vela, que en algún momento se había apagado; la colchoneta extendida en medio de la habitación; hasta el techo lleno de manchas desconocidas.

Algo estaba mal. A pesar de estar tan oscuro, los objetos a su alrededor se veían con total claridad. No era posible, pensaba justo en ese momento.

“Kic.”

Una risa familiar y espeluznante voló hasta sus oídos. Seo Yi-dam reconoció de inmediato la identidad de esa voz.

Lo único que podía mover eran los ojos. Giró las pupilas lentamente hacia el lugar de donde provenía el sonido.

Junto a la puerta de papel, una sombra negra permanecía inmóvil. Era justo como esperaba.

“Kic, kic.”

Se oyó la risa una vez más. Al confirmar la identidad de la sombra, Seo Yi-dam soltó un suspiro. Parecía que el borracho finalmente lo había seguido hasta aquí.

No había rastro de miedo en el rostro de Yi-dam. Solo pensaba en poner fuerza en las yemas de sus dedos para despertar de esa parálisis del sueño como fuera. El espíritu del borracho ya no podía asustarlo más.

Ni vivo ni muerto, el borracho no sabía hacer nada. Solo decía que lo mataría, pero nunca pudo cumplir su palabra.

“Estúpido.”

El borracho, junto con su risa desagradable, empezó a menospreciar cínicamente a Seo Yi-dam.

“Eres estúpido. Tan estúpido que me dan ganas de vomitar.”

“…….”

“¿Crees que voy a dejar que las cosas salgan como tú deseas?”

“…….”

“Eso no pasará.”

“No pasará. De ninguna manera. Claro. Por supuesto que no pasará.”

Los murmullos le perforaban los oídos dolorosamente. Era una voz que no quería escuchar. Seo Yi-dam sintió el deseo de taparse los oídos, pero seguía sin poder mover el cuerpo.

En un instante, la sombra negra ya estaba a su lado. Los ojos rojos que lo miraban desde cerca descendieron lentamente.

La parte donde debería estar la cabeza se inclinó. El borracho ladeó el cuello y pegó la nariz al cuerpo de Seo Yi-dam, olfateando.

“Es una semilla.”

“…….”

“Huelo a semilla.”

Una mano larga y espantosa, como la rama de un árbol, cubrió el vientre de Seo Yi-dam. Un escalofrío recorrió su piel al instante. Un miedo repentino surgió en su interior.q

La urgencia por despertar se impuso. Seo Yi-dam apretó los dientes con fuerza y puso energía en sus dedos.

Su vientre era presionado. La fuerza que oprimía su abdomen era inmensa. El terror de que esa mano entrara en su vientre y arrancara despiadadamente lo que había dentro se extendió por todo su cuerpo.

“¡Aaah!”

Un grito desgarrador escapó de Seo Yi-dam mientras se incorporaba de golpe. Con un estruendo, el dueño del grito cayó rodando al suelo.

Al girar la cabeza rápidamente, se encontró con el rostro sorprendido de Gong Yeon-woo. Seo Yi-dam lo miró mientras respiraba agitadamente.

“Ah, mierda. Qué susto……”

Gong Yeon-woo exhaló un largo suspiro mientras se llevaba la mano al pecho.

“¿Qué clase de sueño estabas teniendo?”

Seo Yi-dam, que aún no terminaba de despertar del sueño, miraba a su alrededor repetidamente.

La habitación, iluminada por el sol, estaba brillante y la sombra no se veía por ninguna parte. Las pupilas de quien jadeaba estaban muy dilatadas. Al verlo así, Gong Yeon-woo se incorporó rápido y lo sujetó del brazo.

“Oye, ¿estás bien?”

Una mano fría tocó su frente. “No tienes fiebre”, murmuró Yeon-woo para sí mismo, mientras observaba fijamente a Seo Yi-dam con el rostro lleno de preocupación.

A pesar de haberse lavado bien antes de dormir, el cuerpo de Seo Yi-dam estaba empapado en sudor frío. Ante ese aspecto deplorable, Gong Yeon-woo no podía relajar el ceño fruncido.

“Oye, ¿cuántos hay aquí?”

Gong Yeon-woo levantó tres dedos y preguntó. Con voz debilitada, Seo Yi-dam respondió: “Tres……”. Solo entonces Yeon-woo soltó un gran suspiro de alivio.

“Primero tendrás que lavarte. Mira cuánto sudor.”

“…….”

“Iré a calentar agua, así que reacciona.”

Seo Yi-dam se quedó absorto incluso después de que Gong Yeon-woo saliera de la habitación. Sin darse cuenta, levantó la mano y se frotó el vientre.

Seguro dijo semilla. La voz espeluznante del borracho rondaba sus oídos. Por alguna razón, se sentía funesto.

¿Qué clase de sueño habría sido ese? Su ritmo cardíaco no disminuía. Sus jadeos tampoco.

No podía ser eso, ¿verdad? Su mirada inquieta se dirigió hacia su vientre plano oculto bajo la ropa de monje. Sus labios apretados temblaron levemente.

“¿Ha despertado?”

Fue justo cuando Seo Yi-dam abría la puerta de papel para salir. Una voz baja preguntó por su bienestar. Su rostro cansado se giró hacia donde provenía el sonido.

Al cruzar miradas, la monja puso cara de sorpresa. Pronto, sus ojos se entornaron con tristeza y se acercó con una pequeña sonrisa.

“¿Acaso fue incómodo el lugar para dormir?”

“Ah, no. Solo que tuve un sueño.”

La monja asintió como si lo comprendiera todo. Cubrió el cuerpo de Seo Yi-dam con la manta que llevaba en el brazo y la ajustó bien para que no entrara el viento.

“La mañana en el monte es bastante fría.”

“Ah……”

Seo Yi-dam se dio cuenta entonces de que estaba temblando. La monja, con rostro bondadoso, acarició suavemente el brazo de Yi-dam.

“Debes lavarte y desayunar.”

“……Lo siento.”

Junto con la disculpa, una lágrima cayó de los ojos de Seo Yi-dam. La monja lo miró en silencio.

Ni siquiera él mismo sabía por qué se disculpaba. Simplemente, todo lo hacía sentir culpable. Estar en este lugar, estar vivo, respirar; todo le resultaba tan abrumador que incluso le costaba mantener la cabeza en alto.

Mientras Seo Yi-dam derramaba lágrimas en silencio, la monja se limitó a observarlo. Luego, extendió las manos con cuidado y abrazó suavemente ese cuerpo tan debilitado.

Sus manos llenas de arrugas daban palmaditas al cuerpo que se había tensado por la sorpresa. La monja acariciaba su pequeña espalda mientras lo sostenía.

“Está bien, pequeño.”

“…….”

“Aquí nadie podrá hacerte daño.”

Sus pestañas mojadas temblaron. Seo Yi-dam se mordió los labios rápidamente para ahogar el sonido. El temblor se hacía cada vez más grande.

La monja siguió acariciando su espalda para calmarlo. Su pecho, que no se había tranquilizado hasta entonces, fue cediendo poco a poco siguiendo ese ritmo.

“Está bien. Todo está bien.”

“ugh…”

“No pasará nada. Te lo aseguro.”

Seo Yi-dam derramó lágrimas sin cesar mientras era abrazado por ese cuerpo mucho más pequeño que el suyo. No lloraba porque ese consuelo lo hiciera sentir agradecido.

La culpa oprimía pesadamente todo su cuerpo. Se sentía tan horrible por ser alguien oscuro, y le dolía tanto haber manchado a estas buenas personas con su oscuridad, que lloraba de pura pena.

“Lo siento……”

La monja abrazó durante mucho tiempo a Seo Yi-dam, quien murmuraba disculpas repetidamente. Le hizo una señal a Gong Yeon-woo, que volvía de calentar el agua, para que guardara silencio y continuó acariciando la espalda del joven.

Después de que pasara la tormenta de lágrimas, los tres se sentaron alrededor de una pequeña mesa para comer. La comida, compuesta solo por hierbas del monte, era sencilla.

Todo sabía bien. Sin embargo, como solía comer muy poco y se había vuelto un hábito comer y devolver la comida, apenas podía tragar.

“Parece que no es de tu agrado.”

“No, no es eso……”

Gong Yeon-woo, que comía a su lado, intervino.

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“Tengo un poco de sopa de arroz tostado preparada, ¿quieres que te traiga?”

“¿Eh? Ah, no. Está bi—”

“Sí, tienes que comer algo. No está bien ayunar si no te sientes bien. Solo comiendo bien te recuperarás pronto.”

“Iré a buscarlo.”

A pesar de la insistencia de Seo Yi-dam por rechazarlo, Gong Yeon-woo se levantó de inmediato y fue a la cocina. Seo Yi-dam, incapaz de ignorar tal atención, terminó el plato con esfuerzo.

Por suerte, hoy no sintió náuseas después de comer. Le preocupaba que su cuerpo rechazara lo que le habían dado con tanto esmero, pero fue un alivio.

Tras terminar la comida, Gong Yeon-woo se quitó la ropa de monje y se puso ropa nueva. Dijo que tenía cosas que hacer y debía bajar.

Seo Yi-dam, que estaba sentado en el pequeño porche frente a la puerta de papel, levantó la cabeza al sentir que Gong Yeon-woo salía. Yeon-woo lo miró de reojo, se sentó a su lado y sacó los zapatos que tenía escondidos bajo el porche.

“Vendré la próxima semana, ¿necesitas algo?”

“Nada.”

“¿Cómo que nada? ¿No vas a cambiarte los calzoncillos?”

Gong Yeon-woo se rio mientras desataba los cordones de sus zapatos. Metió los pies en los zapatos aflojados y volvió a apretar los cordones para ajustarlos.

“Ya está. Qué se puede esperar de ti. Compraré algo por mi cuenta.”

“De verdad estoy bien……”

“Pórtate bien con la abuela. Vendré a revisarlo.”

Tras sonreír de forma juguetona, Gong Yeon-woo terminó de atar el otro zapato y se levantó. Seo Yi-dam lo siguió con la mirada mientras se dirigía a la cocina.

Hubo una breve conversación adentro y ambos salieron de nuevo. Cuando Gong Yeon-woo dijo algo, la monja miró a Seo Yi-dam. Ella lo observó por un momento y luego asintió.

“Está bien, entiendo.”

Eso fue lo único que Seo Yi-dam alcanzó a comprender.

Gong Yeon-woo se despidió diciendo que se verían la próxima semana y desapareció en el monte. La monja permaneció de pie un rato mirando hacia donde él se había ido, y luego se dio la vuelta para acercarse a Seo Yi-dam.

“Pequeño, ¿no te gustaría ir al monte conmigo?”

Ante la repentina propuesta, Seo Yi-dam entrecerró un poco los ojos.

“¿Al monte?”

“Ahora mismo están brotando las hierbas de primavera. Además, hay un lugar que quiero mostrarte.”

En realidad, no había mucho que pensar. Ya que había decidido quedarse aquí por un tiempo, quería pagar su deuda haciendo algún tipo de trabajo.

Cuando Seo Yi-dam asintió aceptando, la monja se alegró mucho y le dijo que se pusiera algo de abrigo antes de salir. La razón era que el monte aún estaba frío.

Seo Yi-dam, cargando una cesta con dos pequeñas azadas, siguió a la monja que encabezaba la marcha. Iban en dirección opuesta a la que había tomado Gong Yeon-woo.

A diferencia de la monja que subía con paso firme, Seo Yi-dam la seguía a duras penas, jadeando con fuerza. Ella se detenía repetidamente para permitir que él descansara.

“¿Es difícil? Solo falta un poco más. Ya casi llegamos.”

Seo Yi-dam asintió mientras miraba hacia arriba. En algún momento, la cesta ya había pasado a manos de la monja.

Incluso cuando subía las numerosas escaleras del barrio pobre no le faltaba tanto el aire. Quizás su cuerpo se había debilitado realmente, pues le costaba tanto subir el monte que sentía el sabor de la sangre en la garganta.

“¿Seguimos?”

“Sí.”

Ambos retomaron la subida. A pesar de que dijeron que hacía frío, el sudor caía como lluvia. Sin embargo, más que agotado, se sentía renovado.

¿Cuánto tiempo caminaron? La cuesta interminable empezó a volverse plana. Al pasar el último árbol, un paisaje los recibió.

Seo Yi-dam, jadeando con fuerza, contempló el campo que se extendía ante sus ojos como si estuviera hechizado. A pesar de estar en la cima del monte, el terreno era plano y la hierba brotaba aquí y allá.

Más allá del campo estaba el cielo, y bajo él, el mar. Se oía débilmente el sonido de las olas rompiendo.

“Yeon-woo me pidió que te trajera aquí sin falta.”

La monja, que miraba hacia el mismo lugar, habló en voz baja. Seo Yi-dam giró la cabeza lentamente hacia ella.

“Me insistió tanto diciendo que seguro te gustaría y que debía traerte.”

“…….”

“Yeon-woo también venía mucho aquí cuando lo pasaba mal.”

Por un instante, una expresión amarga cruzó el rostro de la monja. Sus ojos, que recordaban el pasado, se nublaron un momento antes de recuperar su brillo habitual.

“No sé qué te habrá pasado, Dam, pero mientras estés aquí, me gustaría que te sintieras como en casa y descansaras tranquilo. Yo te ayudaré a que así sea.”

“…….”

“Descansa sin preocupaciones y, cuando veas claro el camino que quieres seguir, no será tarde para moverte. No tienes que esforzarte por avanzar a la fuerza.”

La monja miró a Seo Yi-dam con una sonrisa radiante. Él, que aún no se reponía de la impresión del paisaje, solo pudo sostenerle la mirada en silencio.

El camino ya estaba decidido. Desde antes de conocer a Do Jae-hyeok, el camino que debía seguir siempre había apuntado en una sola dirección.

Tras conocer a Do Jae-hyeok el camino se desvió, y Seo Yi-dam quería aprovechar esta oportunidad para corregirlo. Tenía que marcharse. Usando cualquier método. Él era una persona que no debía vivir.

Su corazón acelerado fue recuperando su ritmo poco a poco. Su respiración también se calmó, volviendo a la normalidad.

La monja se alejó de Seo Yi-dam para observar los alrededores. Pronto, como si hubiera encontrado algo, dejó la cesta en el suelo y tomó la azada en su mano.

Seo Yi-dam la observó por un momento, pero en lugar de acercarse a ayudarla, volvió a mirar al frente. Movió sus piernas lentamente y dio un paso. Al final del amplio campo había un precipicio.

Al pararse en el borde, el inmenso mar se extendía bajo sus pies. El mar visto desde esa altura vertiginosa era tan azul como oscuro. Tenía un color distinto al del mar negro que había visto alguna vez.

“…….”

Al volver a ver el mar, que pensaba que solo quedaría en su memoria con un color oscuro y turbio, sintió un extraño vuelco en el estómago. Seo Yi-dam apretó las manos con fuerza y se mordió los labios rápidamente.

“Es la primera vez que vengo a este mar. Es muy grande.”

“Porque es el mar.”

En este preciso instante, ¿por qué le venía a la mente Do Jae-hyeok?

Seo Yi-dam permaneció inmóvil, reafirmando de nuevo sus pensamientos y su corazón.

Realmente debía terminar con esta vida ahora. Debía ponerle fin sin guardar ningún tipo de apego. ¿Acaso no había huido de Do Jae-hyeok para eso?

Sin embargo, irónicamente, incluso en este momento no podía deshacerse del apego. Sabía que todo terminaría si saltaba desde este lugar ahora mismo, pero no podía dar ese paso hacia adelante con facilidad.

“…….”

¿No podría quedarse así solo un poco, solo un poco más? Quizás, aunque fuera por el bien de quienes le habían tendido la mano de buena gana, estaría bien mantener esta vida durante unos pocos días.

A pesar de haber huido, el apego volvía a asomar la cabeza irremediablemente. La imagen de aquel hombre abrazándolo con fuerza y hundiendo la nariz en su nuca para respirar acudía a su mente una y otra vez. Sentía como si su fragancia característica flotara en la punta de su nariz.

“Pequeño, si ya has terminado de mirar, ven aquí.”

La voz de la monja se oyó desde una distancia considerable. Seo Yi-dam, que había estado mirando al frente sin moverse durante un rato, se giró bruscamente. La monja, al cruzar miradas, le hizo señas con la mano para que fuera con ella. Los párpados de Seo Yi-dam, que la observaba, temblaron levemente. Puso fuerza en sus dos puños cerrados.

* * *

La vida en el monte era muy diferente a la de la ciudad.

Por la mañana, subía al monte con la monja para recolectar hierbas silvestres y, por la tarde, recorría la ermita encargándose de los quehaceres domésticos. Cuando el sol se ponía, permanecía al lado de la monja mientras ella realizaba sus oraciones. La monja consideraba a Seo Yi-dam un joven bastante admirable.q

Toc, toc. El sonido del bloque de madera al ser golpeado era solemne. Seo Yi-dam, arrodillado sobre un viejo cojín, observaba en silencio la estatua de Buda, que era varias veces más grande que él.

“…….”

Cerró los ojos lentamente y juntó las palmas de sus manos. Escuchando de fondo la voz de la monja que murmuraba sus rezos, intentó rezar por primera vez en su vida.

Deme valor. Para que pueda terminar con mi vida por mi propia mano.

Aquel que no creía en Dios realizaba oraciones sin faltar un solo día. Eran rezos del todo profanos, pero cada noche oraba con fervor una y otra vez.

Esa era la única forma que Seo Yi-dam conocía para expiar sus culpas.

Tras terminar las oraciones, ambos compartían una cena sencilla. Fue justo cuando Seo Yi-dam, tras terminar de lavar los platos, se sacudía el agua de las manos.

“Por cierto, Dam, ¿sigues teniendo pesadillas estos días?”

Por un instante, Seo Yi-dam se quedó petrificado. Sin embargo, pronto fingió naturalidad con una pequeña sonrisa y negó con la cabeza.

“No. Estoy bien.”

“¿Ah, sí? Es que me parece que tienes peor semblante que el día que llegaste……”

Los ojos de la monja rebosaban preocupación. En algún momento, ella había empezado a tratar a Seo Yi-dam como a su propio nieto.

Su rostro, que ya estaba pálido al llegar al monte, perdía con cada día que pasaba el poco color que le quedaba. Su cuerpo, de por sí débil, se tambaleaba cada vez que intentaba levantarse tras estar sentado, y por las mañanas le costaba horrores despertar.

La monja era precisamente quien observaba todo esto a su lado. Aunque intentara no preocuparse, el verlo así constantemente le encogía el corazón.

“Debe de ser por la falta de costumbre. Es la primera vez que vivo en el monte.”

Sin embargo, Seo Yi-dam no dio muestras de su malestar. Ya sentía que era una carga suficiente como para añadirle más preocupaciones innecesarias. Haber recibido su ayuda era ya más de lo que merecía.

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Seo Yi-dam ocultó sus verdaderos sentimientos tras una sonrisa. Decidió guardar para sí mismo el hecho de que cada noche sufría de pesadillas y parálisis del sueño, y que el dolor abdominal y de cabeza lo visitaban alternadamente.

La monja, con las cejas caídas en un gesto de tristeza, asintió levemente y envolvió la mano de Seo Yi-dam con las suyas. El calor de sus manos derritió la frialdad de las suyas, congeladas por el agua fría.

“Aun así, si sientes alguna molestia o te duele algo, debes decírmelo de inmediato. ¿Entendido?”

“Sí.”

Seo Yi-dam sonrió suavemente. No dejó traslucir ni rastro de dolor.

Incluso en este preciso momento, sentía un dolor de cabeza punzante. Los síntomas, que habían comenzado el día siguiente de su huida de Do Jae-hyeok, empeoraban con el paso del tiempo.

Mientras Seo Yi-dam ocultaba el sufrimiento tras su sonrisa, la noche caía sobre la ermita irremediablemente. Cuando el crepúsculo empezó a descender furtivamente, Seo Yi-dam tomó las cerillas y recorrió afanado cada rincón de la ermita encendiendo las velas.

Tras concluir todas sus tareas, Seo Yi-dam se retiró silenciosamente a la habitación pequeña. Extendió la colchoneta como de costumbre y dejó caer su cuerpo agotado sobre ella. Su expresión se desmoronó al instante.

ah……”

Al llegar la noche, los síntomas se volvían más severos. Durante el día eran soportables, pero de noche, el dolor que parecía desgarrar su cuerpo por completo le hacía perder la conciencia.

Seo Yi-dam tenía que tragarse a duras penas aquel dolor de origen desconocido. Por temor a que algún sonido se filtrara por las rendijas de la puerta de papel, se metía la vieja manta en la boca y apretaba los dientes con fuerza para ahogar el sufrimiento.

Cuando finalmente se quedaba dormido tras agonizar de esa manera, cayendo como si se hubiera desmayado, inevitablemente soñaba.

El borracho aparecía cada noche en sus sueños. La sombra negra corría por toda la habitación y, en un momento dado, se subía al vientre de Seo Yi-dam para saltar y bailar alegremente sobre él.

Seo Yi-dam cerraba los ojos con fuerza al sentir al borracho brincando sobre su abdomen. Las lágrimas acumuladas se derramaban, empapando una vez más la funda de la almohada.

Ojalá amanezca pronto. Que la oscuridad se vaya y la luz se derrame.

Aquella oración, sumamente humilde, rodaba por la pequeña habitación. La oscuridad, que aún no había sido expulsada, devoró los fragmentos del rezo. La noche se hacía más profunda.

* * *

El contacto de las manos que acariciaban su cuerpo era suave. Seo Yi-dam, que despertó ligeramente, sintió que ya no le dolían ni el vientre ni la cabeza, y abrió los ojos lentamente.

Claramente había abierto los ojos, pero no veía nada. Por más que giró la cabeza de un lado a otro o cerró y abrió los ojos con fuerza, todo seguía igual. El pánico lo invadió de repente.

Intentó incorporar su cuerpo, pero fue en vano. Tampoco podía mover las manos a su antojo. Sus manos, atrapadas por algo, estaban presionadas sobre su cabeza como si estuvieran encadenadas.

“¿Despertaste?”

Una voz familiar cayó sobre él. Su respiración se detuvo de golpe. Un aliento tembloroso escapó de entre sus labios.

“Ya te lo dije, ¿por qué hiciste algo que no está a tu nivel? ¿Eh?”

“Ah, ugh…….”

“¿Acaso las palabras del tipo que te folla te sonaron a mierda?”

Boom, el interior de su vientre fue triturado. La sensación de su cuerpo siendo sacudido y su parte inferior siendo atravesada era excesivamente vívida.

Algo cubría sus ojos. Al serle bloqueada la visión, el pánico empezó a desbordarlo. Unas manos calientes acariciaron suavemente su cuerpo, que comenzaba a temblar violentamente.

“No, no…… ugh, no. Veo…….”

Cuando Seo Yi-dam tartamudeó, el hombre soltó una risa leve. Sintió el tacto de unos dedos acariciando la zona de sus ojos a través de la fina tela.

“Algo que no sirve para nada, ¿debería simplemente arrancártelo?”

Ante las palabras del hombre, la tela que cubría sus ojos comenzó a empaparse. Unas manos aparentemente afectuosas acariciaron sobre la tela mojada.

“¿Eh? Dam. ¿Qué piensas?”

“ugh, uuu, ugh…….”

“Tengo que dejarte lisiado de alguna parte para que no hagas estupideces. ¿No es así?”

El tacto en su cuerpo, la voz e incluso la fragancia que rozaba la punta de su nariz; todos los sentidos eran vívidos. Era como si fuera la realidad.

Claramente había escapado. Había llegado a la ermita donde estaba la abuela de Gong Yeon-woo tras viajar en su motocicleta. Habían dicho que nadie podía subir a ese monte. Que nadie conocía esa ermita.

“No respondes, otra vez.”

“Ugh, ugh…….”

“Dam.”

La voz que susurró en su oído era gélida. Las lágrimas que brotaron a raudales corrieron bajo la tela que cubría sus ojos.

¿Acaso todo había sido un sueño desde el principio?

Sí, pensándolo bien, todo había sido extrañamente perfecto. Había tenido demasiada buena suerte. Como si un dios lo estuviera ayudando, como si le estuvieran abriendo el camino para que huyera pronto, todo se había conectado con facilidad.

Cierto, en realidad todo era un sueño. Todos esos momentos habían sido un sueño, y estaba claro que ahora regresaba a la realidad tras despertar. Este lodazal era la verdadera realidad.

“Creo que te lo dije claramente. Que no tengo intención de dejarte ir.”

“Hghuu……”

“Te dije que vaciaras la cabeza, pero ¿cómo puedes olvidar incluso eso? ¿Eh?”

El hombre que acarició su mejilla depositó un beso sobre ella. Bajo la venda, sus dos ojos se cerraron lentamente.

Tal vez se estaba volviendo loco. Al ver que tenía un sueño tan absurdo como ese.

En medio del pánico, Seo Yi-dam sufrió al darse cuenta de su propia ignorancia. Prefería que le doliera la cabeza o el vientre. Era mejor eso que la pérdida que sentía al comprender que lo que tenía en la mano no eran trozos de vidrio, sino arena.

Una lengua gruesa se introdujo entre sus labios calientes por el llanto. A Do Jae-hyeok no le importó si Seo Yi-dam lloraba o no, y lo besó.

Aquel beso, como si quisiera devorar al oponente, seguía siendo el mismo. Aunque no podía ver, Seo Yi-dam lo sabía. Él no había cambiado. Todo seguía igual.

“Ugh, up……”

Se asfixiaba. Se sentía como si fuera arrastrado por una ola gigante y consumido por el mar profundo. Era un mar en el que nunca había entrado, pero si quedara atrapado en él, seguramente se sentiría así. Una sensación de aturdimiento y desolación.

La fuerza abandonó lentamente su cuerpo, que antes forcejeaba desesperadamente. Impotente, Seo Yi-dam relajó sus manos. Incluso los pocos granos de arena que apenas sostenía escaparon de su puño.

Ahora todo había terminado. Nada cambiaría por más que luchara. No importaba cuánto se esforzara por pensar, estaba en la palma de la mano de este hombre.

Ya no quería hacer nada. Estaba demasiado agotado y cansado. También le dolía demasiado. Quería dejarlo todo.

Mientras permanecía con las extremidades laxas, Seo Yi-dam percibió de pronto que el tacto que acariciaba su cuerpo había desaparecido. Al abrir los ojos que tenía cerrados, esta vez pudo ver.

“…….”

El lugar donde abrió los ojos era la pequeña habitación de la ermita. Do Jae-hyeok, quien hasta hace un momento susurraba en su oído, no estaba por ninguna parte.

Sus ojos desconcertados temblaron de un lado a otro. Seo Yi-dam se incorporó de golpe y revisó cada parte de su cuerpo.

La ropa que se había puesto antes de acostarse en la colchoneta era la misma. Estaba un poco arrugada, pero no había rastros de que alguien la hubiera tocado.

“¿Qué, qué es……?”

Su voz estaba llena de confusión. No podía distinguir dónde terminaba el sueño y empezaba la realidad. De repente, su estómago se revolvió.

Fue cuando agachó el torso bruscamente tapándose la boca. La puerta de papel se abrió de par en par de repente. Al girar la cabeza, cruzó su mirada con quien estaba fuera de la puerta.

— Maldito bastardo.

En medio de la oscuridad absoluta, una sombra aún más negra permanecía de pie con sus ojos rojos brillando intensamente. La sombra se acercó en un instante y apretó con fuerza el cuello de Seo Yi-dam.

“Ah, Ugh…….”

Su cuerpo, empujado por una fuerza inmensa, golpeó violentamente contra la pared. Se asfixió por el impacto del golpe en su espalda.

La sombra levantó a Seo Yi-dam en el aire. Sus dos pies quedaron suspendidos y su respiración se bloqueó por completo. La sangre se agolpó en su rostro pálido.

Sus manos temblorosas sujetaron con dificultad la mano similar a una rama que apretaba su cuello. Intentó apartar la sombra como fuera, pero no fue suficiente.

Su visión comenzó a nublarse gradualmente. Incluso en esa vista borrosa, solo el color de los ojos rojos era nítido.

— ¡Te mataré! ¡A ti y a eso también! ¡Los mataré a todos!

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Lágrimas brotaron de sus ojos inyectados en sangre. Sus labios se movieron como si quisiera decir algo. Sin embargo, no salió ningún sonido.

“¡Cough……!”

Una mano afilada como una espina atravesó la piel de su vientre y revolvió su interior. Su mente se enfrió ante un dolor que nunca antes había experimentado.

La sensación de sus entrañas siendo arrancadas era tan terrible que no podía expresarse con palabras. Seo Yi-dam, sujetando débilmente la muñeca de la sombra, intentó mantener su consciencia nublada.

— ¿Dónde está? Dónde. En dónde está. Dónde es. Dónde está.

El borracho murmuraba para sí mismo sin descanso mientras hurgaba a su antojo dentro del vientre de Seo Yi-dam. Algo que brotó de golpe fluyó entre sus labios. Un olor metálico a sangre llenó su boca.

Ante la falta de aire y el dolor de su cuerpo siendo desgarrado por completo, su consciencia se fue nublando gradualmente. Sus párpados comenzaron a cerrarse lentamente. Una lágrima cayó.

— ¡¿Dónde lo escondiste?!

El borracho acercó su rostro y estalló en ira. Seo Yi-dam abrió a la fuerza sus ojos, que estaban a punto de cerrarse, y lo enfrentó. Sangre fluía a chorros de los ojos rojos del espectro.

Una leve sonrisa apareció en sus labios manchados de sangre.

Está bien. Vamos juntos.

Parece que ni tú ni yo podremos cerrar los ojos en paz en este mundo. Si de todos modos nos vamos a ir, vayamos juntos.

Seo Yi-dam cerró los ojos lentamente. Sus manos y pies que flotaban en el aire cayeron flácidos. Se sintió cómodo al relajar el cuerpo.

Vámonos ya. Dejemos todo y vámonos. Los gritos del borracho se volvieron cada vez más distantes. Su mente se apagó como si se cortara la luz.

“¡Oye!”

En ese momento, alguien gritó con fuerza en su oído. Sus ojos cerrados se abrieron de golpe y el aire entró con violencia en sus pulmones contraídos.

Debido al aire que entró de repente, estalló en una tos violenta. Seo Yi-dam se encogió y tosió como si fuera a vomitar sangre. Su garganta le dolía como si se fuera a desgarrar.

“Cough…….”

Tras toser un buen rato tapándose la boca, escupió lo que subía de su interior. Sus palmas estaban húmedas.

“Oye, oye, tú……”

Sus ojos cansados observaron fijamente sus manos mojadas. Sus manos empapadas de un líquido rojo no parecían reales. Seo Yi-dam levantó la cabeza lentamente y dirigió su mirada hacia donde se sentía una presencia.

Vio a Gong Yeon-woo, con los ojos muy abiertos, parado en el sitio completamente paralizado. Las pupilas de Yeon-woo estaban dilatadas.

“Ah……”

En un instante sintió vértigo y todo dio vueltas. Seo Yi-dam se llevó la mano empapada en sangre a la cabeza. Un pitido agudo le perforó los oídos.

“Agh…….”

¿Acaso esto también era un sueño? ¿Haber visto al borracho hace un momento también fue un sueño?

No, ¿es esto el sueño? ¿Qué es la realidad?

Su cuerpo, que sostenía su cabeza, se tambaleó de un lado a otro. Ante ese estado en el que parecía que se desplomaría en cualquier momento, Gong Yeon-woo reaccionó rápidamente y se lanzó hacia Seo Yi-dam.

“¡Oye, Seo Yi-dam!”

En cuanto sujetó sus hombros debilitados, aquel que tosía sangre cerró los ojos como si hubiera estado esperando ese momento. Gong Yeon-woo sostuvo rápidamente el cuerpo que caía y lo abrazó.q

“Qué, qué, esto, qué es……”

Cuando su cabeza sin fuerzas cayó de lado, la sangre que se había acumulado en su boca cayó sobre la colchoneta. La pequeña habitación quedó impregnada por el olor metálico de la sangre.

* * *

Seo Yi-dam, que se había desplomado tras toser sangre, no lograba recuperar el conocimiento con facilidad.

Era como si estuviera atrapado en medio de llamas ardientes. A eso se le sumaban el dolor de cabeza y el dolor de vientre, haciendo que fuera imposible de soportar con lucidez.

Gong Yeon-woo y la monja permanecieron a su lado. Se quedaban allí por temor a que algo saliera mal, ya que, incluso cuando dormía como si estuviera muerto, su cuerpo temblaba con convulsiones o vomitaba jugos gástricos amarillentos sin previo aviso.

“Pequeño, bebamos al menos un poco de agua. ¿Sí?”

Sintió que alguien incorporaba su torso inerte y un poco de agua tibia fluyó entre sus labios. Apenas pudo tragar ni la mitad del agua que con tanto esmero le daban.

Seo Yi-dam sentía gratitud y, a la vez, resentimiento hacia aquellos que le limpiaban la boca mojada y volvían a darle de beber, repitiendo el proceso una y otra vez. Tuvo el mal pensamiento de que, si no fuera por ellos, habría podido terminar con su vida de forma natural.

Sin embargo, los dos no permitieron que eso sucediera. Cada vez que intentaba darle la espalda a la vida, lo arrastraban en dirección opuesta para devolverlo a su sitio.

“Me da tanta pena, ¿qué vamos a hacer?……”

La voz estaba cargada de afecto. El tacto de las manos que le quitaban el sudor frío con una toalla húmeda era dulce. Lágrimas incontenibles empaparon la funda de la almohada.

Así, repitió varias veces el ciclo de recuperar la conciencia para luego volver a caer en un sueño profundo. Quizás gracias a los cuidados devotos de ambos, la fiebre comenzó a bajar poco a poco. Las convulsiones intermitentes disminuyeron notablemente y ya no volvió a vomitar jugos gástricos.

Abrió los ojos en la madrugada, cuando el alba teñía el cielo de azul. Seo Yi-dam cerró y abrió los ojos lentamente varias veces, como si intentara limpiar su visión borrosa.

“Uuuum……”

De repente, sintió una presencia. Seo Yi-dam giró la cabeza despacio para mirar a su lado. En el momento en que descubrió al dueño de esa presencia, sus pupilas color café se hundieron pesadamente.

A su lado, Gong Yeon-woo dormía encogido. Verlo dormir en el suelo desnudo, sin siquiera haber extendido una colchoneta, resultaba desolador.

— Él cree que el hecho de que yo terminara así es culpa suya. Es su forma de redimirse, a su manera.

La pregunta de “¿por qué llega a tanto?” le llegó hasta la punta de la lengua. No la soltó porque, aunque lo entendía, al mismo tiempo no terminaba de comprenderlo.

Probablemente fuera por la culpa. Hubo un tiempo en que el propio Seo Yi-dam también vivió atormentado por ese sentimiento. Por eso, podía entender ese corazón, aunque fuera de manera vaga.

Alguna vez había escuchado unas palabras similares. Que para qué vivía de forma tan desesperada. Que quién se lo iba a reconocer. Eran palabras de un hombre con el que solía fumar cuando trabajaba en la construcción.

¿Qué le había respondido entonces? A pesar de que no había pasado tanto tiempo, el recuerdo era borroso, como si fuera algo de un pasado remoto. Creía haberlo dejado pasar con una sonrisa y un simple “ya ve usted”.

Seo Yi-dam observó a Gong Yeon-woo durante un largo rato antes de incorporar su cuerpo lentamente. En un instante, todo le dio vueltas y un pitido agudo le perforó los oídos. Tras cerrar los ojos con fuerza y esperar un momento, su estado mejoró pronto.

Sus manos se movieron con cautela para cubrir con la manta el cuerpo del hombre dormido. Gong Yeon-woo pareció removerse un instante, pero pronto cayó en un sueño profundo con una respiración acompasada. Seo Yi-dam lo contempló por un momento.

De pronto, sintió que les había hecho algo muy cruel a estas personas. Al pensar que se había cegado por su codicia inmediata y no había considerado los sentimientos de ellos, sintió un sabor amargo en la boca.

“…….”

Sus ojos, que miraban al hombre dormido, estaban cargados de pesadez. La mirada de Seo Yi-dam, atrapada por la culpa, fue cayendo gradualmente hacia el suelo. Aunque no estaban cruzando miradas, de alguna manera se sentía pecador al ver su rostro.

“Lo siento.”

Su voz, totalmente apagada, sonaba fatal. Seo Yi-dam apretó la manta con ambas manos mientras miraba hacia la puerta de papel. El mundo azul se iba transformando gradualmente en blanco.

Pronto llegaría ‘ese día’. Cuando ese día llegara, todo el dolor terminaría, y entonces ya no habría más molestias que causar, ni esa sensación de pecado que le oprimía el pecho.

Seo Yi-dam presionó con fuerza su pecho dolorido al recordar el plazo que él mismo se había fijado. La culpa, una vez nacida, no desaparecía fácilmente. No se sentía bien.

* * *

Seo Yi-dam se despertaba cada día de madrugada y seguía a la monja a todas partes.

Barría el patio de la ermita y ayudaba a la monja a preparar la comida. Al terminar, se encargaba de lavar los platos por iniciativa propia y, tras sacudirse las manos mojadas, recorría cada rincón del lugar para quitar el polvo o poner orden en los espacios descuidados.

“Pequeño, te he dicho que descanses.”

“Estoy descansando.”

“Qué vas a estar descansando. Si no te has sentado ni una sola vez.”

Aunque se podría haber tachado de una fiebre pasajera, el hecho de que hubiera llegado a toser sangre impedía considerar su enfermedad como algo ligero. La monja le sugirió ir a un hospital, pero Seo Yi-dam negó con la cabeza en silencio. Era un esfuerzo inútil.

“Para mí, esto es descansar.”

Cuando Seo Yi-dam respondió con una suave sonrisa, la monja suspiró y sonrió a la vez, como quien se rinde ante alguien imposible de convencer.

“Sería tan bueno que reposaras profundamente en la habitación caliente.”

“Me gusta más estar con usted, monja.”

“Qué cosas dices.”

Solo entonces una sonrisa cálida se dibujó en el rostro de la mujer. Ella se despojó de la bufanda que llevaba puesta y se la rodeó a Seo Yi-dam.

La bufanda gris, que le cubría hasta justo debajo de la nariz, olía a incienso de carbón. Era un aroma que le recordaba a alguien. El rostro de Seo Yi-dam se tensó de forma extraña.

“No quiero que vuelvas a enfermar.”

“…….”

“No hay nada más triste que estar enfermo cuando uno está solo.”

Con un gesto tierno, la monja envolvió suavemente la mejilla de Seo Yi-dam. El calor de su cuerpo derritió la piel congelada por el aire frío. Un costado de su pecho punzó de dolor.

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Para no dejarse hundir de nuevo en sus pensamientos, Seo Yi-dam movió su cuerpo con más ahínco a propósito. Organizó el almacén, barrió de nuevo lo que ya estaba barrido y entró en cada habitación para fregar el suelo de rodillas con un paño húmedo.

Incluso después de todo eso, aún le sobraba tiempo. Sentado en el porche, con la mirada perdida, observó el pabellón principal donde la monja había entrado. No se oía ningún sonido desde el interior.

Seo Yi-dam lo pensó un momento, se puso los zapatos y bajó al patio. Caminando con sigilo para no hacer ruido, se dirigió hacia el monte que se extendía tras la ermita.

Quería ir una vez más a la cima de esa montaña donde había estado hace poco. Había entrado al monte para recoger hierbas o leña, pero nunca había vuelto hasta el punto más alto. Aquella vez con la monja había sido la primera y la última.

— No subas solo. El monte es mucho más peligroso de lo que parece.

La monja no permitía que Seo Yi-dam subiera solo. Pero tampoco podía entrar ahora al pabellón y pedirle que lo acompañara porque quería ir. Así que Seo Yi-dam decidió ir solo al monte a escondidas de ella.

Como acababa de pasar el mediodía, el mundo aún estaba radiante. Seo Yi-dam vigiló un momento la dirección del pabellón y echó a andar hacia el monte. Miró hacia atrás varias veces, pero la puerta del pabellón no se abrió.

Subió la montaña tratando de recordar el camino. Sin embargo, por más que intentara seguir sus recuerdos, un monte salvaje seguía siendo un monte salvaje. Al no haber senderos bien marcados, cualquier lugar parecía igual al anterior.

Tras caminar un buen rato confiando en sus vagos recuerdos, escuchó el sonido del agua, un suaaaa. Seo Yi-dam avanzó con paso firme, seguro de sí mismo.

“Ha, ha……”

Finalmente, en el momento en que salió de entre los árboles, el paisaje familiar se desplegó ante sus ojos. El amplio campo y, en su extremo, el mar y el cielo. El paisaje despejado pareció liberar su pecho oprimido.

Seo Yi-dam se detuvo un momento en el lugar para recuperar el aliento. Observó fijamente la vista que llenaba su campo de visión mientras calmaba los latidos de su corazón.

A diferencia de cuando subía la montaña, sus pasos al cruzar el campo eran lentos. Seo Yi-dam avanzó paso a paso. El campo que llenaba su vista fue desapareciendo gradualmente.

“…….”

Sus pasos se detuvieron en seco al llegar al borde del precipicio. Seo Yi-dam contempló el paisaje bajo sus pies como si estuviera hechizado.

Claramente era el mismo mar, pero hoy el color era distinto. No era un azul profundo, sino un gris igual al que vio aquel día con Do Jae-hyeok.

¿Sería una ilusión que hoy, precisamente, pensara tanto en Do Jae-hyeok?

El mar ceniciento, la bufanda que olía a madera turbia y...

— Parece que te gustan los lugares altos.

Incluso la voz que acudía a su mente en este instante.

“Ah……”

Soltó un largo suspiro. Seo Yi-dam observaba el lejano horizonte mientras en su mente evocaba al hombre.

¿Quién pondría fin a esta vida?

¿Sería aquel hombre, o sería él mismo?

Seo Yi-dam permaneció allí quieto durante mucho tiempo, pensando en aquel día que ya no estaba lejos. Se preguntó qué estaría haciendo Do Jae-hyeok en este preciso momento.

* * *

Desde aquel día, Seo Yi-dam subió al monte en varias ocasiones evitando la mirada de la monja. El tiempo que ella pasaba orando en el pabellón era, para él, el tiempo de escalar.

Aunque era un camino de montaña sin senderos definidos, de tanto subirlo a diario ya se había vuelto tan familiar que podría haber ido con los ojos cerrados. El aire aún le faltaba al llegar arriba, pero ya no sentía que fuera un esfuerzo agotador.

Hoy también regresaba de su habitual caminata por el monte. En el momento en que pisó terreno llano, se detuvo al ver una silueta. La monja, que observaba el cielo en silencio, giró lentamente la cabeza.

“Ah……”

Sintió que el corazón se le caía a los pies. Fue al recordar la advertencia de la monja de no ir solo al monte.

“Pequeño.”

“Ah, esto…… lo, lo siento.”

Su mirada, que vagaba por el aire, cayó hacia el suelo. Seo Yi-dam tartamudeó y, sin darse cuenta, retrocedió un paso.

Los ojos de la monja que lo observaban rebosaban afecto. Con una sonrisa amarga, ella se giró y se acercó a él.

Sus manos arrugadas envolvieron con cuidado las mejillas de quien solo miraba la punta de sus propios pies. Sus ojos, abiertos de par en par por la sorpresa, se dirigieron a quien sostenía su rostro.

“¿No te has hecho daño en ningún sitio? ¿No te has caído?”

“¿Perdón……?”

“Tendré que decirle a Yeon-woo que te compre algo de ropa. Cogerás un resfriado si andas así.”

El tacto que acariciaba sus mejillas resecas era sumamente cuidadoso. Seo Yi-dam, sorprendido por la situación inesperada, se quedó sin palabras por un momento.

Como había hecho algo que le prohibieron, dio por hecho que lo regañarían, pero la monja, al contrario, estaba preocupada. Esa situación, que nunca había experimentado en su vida, lo dejó desconcertado.

“Debe haber mucha niebla por la madrugada y el camino estará muy resbaladizo.”

“…….”

“La próxima vez, avísame antes de irte. ¿Entendido? Me tenías preocupada.”

Alguien a quien conocía hace menos de quince días se preocupaba por él de una forma que ni sus propios padres habían hecho jamás. Se sentía extraño.

“Entremos rápido. Tus manos están frías.”

Aquella mano pequeña y anciana envolvió suavemente la suya, que ya no era más que piel y huesos. Hasta que entraron en la ermita, Seo Yi-dam siguió sin poder articular palabra.

En cuanto entraron en la habitación, la monja lo sentó en el lugar más cálido del suelo radiante y lo cubrió con una vieja manta.

Recibir todas esas atenciones en silencio le hacía sentir punzadas en todo el cuerpo. Era un trato demasiado inmerecido para él.

Seo Yi-dam observó fijamente la taza que la monja le había puesto en las manos. El té ondulante se parecía a su propio interior revuelto.

“Descansa profundamente. Puedes dormir si quieres.”

“¡Ah, esto……!”

En el momento en que la monja, tras prepararle el sitio, se disponía a salir de la habitación, Seo Yi-dam la sujetó sin darse cuenta. Acto seguido, añadió rápidamente:

“……Lo siento.”

Ante la repentina disculpa, los ojos de la monja se agrandaron. Se sentó a su lado con premura.q

“Pequeño, ¿de qué hablas? ¿Por qué te disculpas si no has hecho nada malo?”

“Me dijo que no fuera solo……”

“Eso fue porque me preocupaba que pudieras perderte.”

“…….”

“Pero has vuelto sano y salvo. Con eso basta. No es culpa tuya, en absoluto.”

En los ojos de la monja se mezclaban la preocupación, la lástima y el cariño. Al verla, los párpados de Seo Yi-dam temblaron levemente.

Su vida había sido una costumbre de recibir insultos y persecución si no hacía lo que se le ordenaba. No, su vida era recibir insultos incluso cuando hacía lo que le pedían.

“Vaya, pequeño.”

Sin que se diera cuenta, las lágrimas que se habían acumulado cayeron. La monja, que lo miraba con ojos apenados, le secó las lágrimas rápidamente.

“Hgh, ugh……”

Finalmente, su rostro se desfiguró por el llanto. Las lágrimas que brotaron a raudales empaparon las manos de la monja.

Ella, con rostro sorprendido, abrazó de inmediato a Seo Yi-dam. Le dio palmaditas en su espalda delgada y le acarició el cabello mientras le susurraba una y otra vez que todo estaba bien.

“Tu interior debe de estar muy herido.”

“ugh…”

“Sí, sí, llora todo lo que quieras hasta que te desahogues.”

Cuanto más lo consolaba la monja, más fuerte se volvía su llanto. Seo Yi-dam no lloraba por autocompasión.

Se sentía demasiado culpable. Se sentía horrible por utilizar la amabilidad que estas buenas personas le brindaban. Odiaba su propio egoísmo y, al mismo tiempo, odiaba al mundo que lo obligaba a ser así.

La vida era una sucesión de arrepentimientos. No debió haber tomado la mano de Gong Pil-woo, no debió haber disfrutado del calor de Do Jae-hyeok, no debió haber firmado aquel contrato absurdo, y debió haber buscado la forma de poner un cuchillo en la mano de Do Jae-hyeok para que lo apuñalara.

No, simplemente no debió haber nacido desde el principio. Como dijeron esos sujetos que fueron sus padres, él era un ser que no debió existir. Un ser nacido entre la maldad y la maldad no podía ser bueno.

“Lo, lo siento……. Lo siento……”

Se odiaba a sí mismo por solo poder decir que lo sentía, odiaba esta realidad y odiaba al mundo. Le dolía este momento en el que llegaba a comprender sentimientos que no habría sentido si no hubiera nacido.

La oscuridad llenó su interior podrido. Era un pecado.

* * *

Las mejillas de quien recorría afanado cada rincón de la ermita estaban encendidas.

Hoy también, sin falta, Seo Yi-dam se había levantado en la madrugada, antes de que saliera el sol. Gateando por el porche y el suelo de las habitaciones que ya había barrido y fregado varias veces, quitaba el polvo y eliminaba cualquier mancha. La monja, que acababa de salir de su cuarto, lo miró y sonrió levemente.

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“Pequeño.”

Seo Yi-dam, que sostenía un trapo viejo, levantó la cabeza con viveza. La vestimenta de la mujer era distinta a la habitual. Él dejó de limpiar y se acercó para preguntar:

“¿Va a alguna parte?”

“Sí, voy a bajar un momento de la montaña.”

“¿Al pie... del monte?”

Aunque el tiempo que habían pasado juntos era corto, la monja nunca había abandonado la ermita durante su estancia. La duda asomó a los ojos de Yi-dam ante la inesperada respuesta.

“Voy a ver a Yeon-woo. Ya debería haber venido hace tiempo y, como no ha dado señales de vida, estoy preocupada.”

Ahora que lo pensaba, hacía bastante que no veía a Gong Yeon-woo. Había oído que solía venir a la ermita una vez cada tres días, o al menos una vez por semana, pero sentía que había pasado mucho más tiempo que eso.

“Aprovechando que bajo, haré algunos recados. ¿Podrás quedarte solo? Si me doy prisa, creo que estaré de vuelta esta noche, pero si me retraso, podría ser hasta mañana al mediodía.”

La monja observó el semblante de Seo Yi-dam mientras hablaba. Al no recibir respuesta, añadió:

“O si prefieres, ¿quieres venir conmigo?”

Ante la cuidadosa propuesta de la monja, Seo Yi-dam pareció sumirse en sus pensamientos por un momento. Finalmente, sus labios, que habían permanecido sellados, se abrieron.

“Monja.”

“¿Dime?”

“¿Sabe cuántos días hace que llegué aquí?”

Ante la repentina pregunta, la monja ladeó la cabeza. Tras rebuscar en su memoria, respondió en voz baja:

“Creo que... unos quince días.”

“¿Quince... días?”

“Llegaste el día 4 y hoy es 18, así que son exactamente quince días.”

Al escuchar la respuesta, los ojos de Yi-dam se hundieron con pesadez.

Ya habían pasado quince días. El tiempo había volado. No, más que volar, se había escurrido como el agua. Y durante todo ese tiempo, jamás había sentido ninguna señal extraña.

Finalmente, me ha abandonado. En el momento en que comprendió la realidad, el sentimiento que lo invadió no fue alivio ni desolación, sino un vacío extraño. Sentía el pecho hueco, como si le hubieran perforado un gran agujero en el corazón.

Durante esos quince días, Do Jae-hyeok no lo había encontrado. No, sería más exacto decir que no lo había buscado. Para él, Yi-dam no era ni siquiera un ser digno de ser capturado para cortarle la respiración.

Una señal se erigió entre los dos caminos posibles. Seo Yi-dam, habiendo comprendido por fin el sendero que debía tomar, esbozó una pequeña sonrisa.

“No se preocupe por mí y vaya con cuidado.”

“¿De verdad estarás bien?”

“Por supuesto. ……Cuídese mucho.”

Su voz tembló imperceptiblemente. La monja, sin notarlo, lo observó un instante y asintió en silencio.

 

Ataviada con su gorro de lana gris y su bufanda, la monja comenzó el descenso, y Seo Yi-dam la despidió hasta que dejó de verla. Solo cuando ella, tras mirar atrás varias veces, desapareció de su vista, Yi-dam se dio la vuelta.

— Cuando el camino que debes seguir aparezca en tu mente, no será tarde para moverte.

Tal como había dicho la monja, el camino había aparecido, así que era hora de actuar. Seo Yi-dam entró en el espacio que le había servido de refugio y comenzó a ordenar el lugar.

No tenía equipaje, pues había llegado solo con lo puesto. Se quitó el hábito de monje y se puso su ropa original, que había lavado con esmero.

Dejó el hábito y la manta limpios y colgados en el tendedero, y quemó la ropa interior que Gong Yeon-woo le había comprado. Quería borrar cualquier rastro de su estancia allí.

Seo Yi-dam se sentó en el porche frente a la habitación vacía y observó distraídamente la manta y el hábito de los que goteaba agua.

Ya no quedaba ninguna huella de que hubiera estado allí. De algún modo, se sentía un poco vacío. Se preguntó si había vivido hasta ahora solo para esto. Aunque siempre había tenido una existencia sin presencia, era la primera vez que lo experimentaba de forma tan tangible.

La ermita, sin nadie más, estaba en absoluto silencio. Preguntándose si la soledad se sentía así, Seo Yi-dam observó cómo el cielo se oscurecía mientras ordenaba sus pensamientos.

Solo al final de su vida sentía la soledad. Se preguntó si sería la respuesta de Dios a sus oraciones irrespetuosas. Una risa amarga escapó de sus labios.

Ya no le quedaban apegos a esta vida. Estaba satisfecho con haber conocido a buenas personas y haber vivido, aunque fuera brevemente, días que no merecía. Irme pronto será lo mejor para ellos también.

Seo Yi-dam se levantó justo antes de que se pusiera el sol. Entró en la habitación para organizar por última vez el espacio y se dirigió al pabellón principal.

“Gracias a su consideración, me he alojado bien.”

Su última oración no fue profana como las anteriores. Seo Yi-dam realizó dos grandes reverencias y, al final, se inclinó profundamente y permaneció así durante mucho tiempo.

Por favor, cuide de estas buenas personas. Si hay algún pecado, es mío, así que por favor, que a ellos solo les pasen cosas buenas y alegres. Su rostro al rezar estaba más sereno que nunca.

La ermita, sumida en la oscuridad, era invisible. Seo Yi-dam tomó una de las linternas que la monja usaba cada madrugada y salió silenciosamente del lugar.

“…….”

La luz emitida por la linterna iluminó el monte. El camino estaba más oscuro que nunca, pero al pensar que esta era la última vez, no sintió miedo.

Seo Yi-dam avanzó lentamente, adentrándose en la penumbra. La densa oscuridad lo devoró en un instante. Un viento gélido sopló.

El rostro de quien subía la montaña estaba más tranquilo que nunca. Habiéndose lanzado por voluntad propia a la oscuridad que tanto temía, Yi-dam caminó y caminó con determinación.

Aunque la luz apenas iluminaba sus pies, no se perdió gracias a que había subido y bajado el monte en numerosas ocasiones.

El monte nocturno estaba lleno de sonidos. El lamento de los árboles sacudidos por el viento, el llanto de animales desconocidos, el grito de las hojas secas y las piedras bajo sus pies.

Entre todos ellos, Yi-dam prestaba atención al sonido más tenue: el lejano rumor de las olas. A medida que ascendía, ese sonido se volvía más nítido.

Tras caminar un largo rato, finalmente llegó a su destino, con la respiración entrecortada escapando de sus labios.

El lugar, al que siempre había ido de día, se sentía completamente distinto de noche. La luna en el cielo nocturno parecía excesivamente cerca y el sonido de las olas se oía con más fuerza.

“Ah……”

Seo Yi-dam recuperó el aliento y cruzó lentamente el campo sumido en la oscuridad. Cuanto más se acercaba al precipicio, más se le oprimía el pecho.

Suaaaa. El refrescante sonido de las olas crecía, y sintió una sensación de liberación, como si su interior obstruido se despejara. Finalmente, la punta de sus pies tocó el borde del abismo.

Sus ojos, que miraban el mar, estaban resignados. No contenían ninguna emoción. Solo el mar los llenaba.

Seo Yi-dam se sentó dejando los pies colgando en el vacío y miró al cielo. Parecía que iba a llover; las nubes cubrían la luna por completo.

Una noche en la que ni siquiera la luna salía a despedirlo era solitaria, pero no triste. De todos modos, pronto dejaría de sentir esos pensamientos y emociones, así que no había razón para la tristeza.

El sonido de las olas y los ruidos del bosque se mezclaban en un tono que le resultaba melancólico. Pronto dejaría de escucharlos también. Seo Yi-dam cerró los ojos lentamente y ordenó su mente y su corazón.

Por fin veía el final. Como no había expiado sus pecados, seguramente no tendría paz ni después de la muerte. Pese a ello, Yi-dam seguía deseando morir.

Aun así, se sentía un poco feliz de no haber vivido toda su vida en la desdicha. Durante los quince días en la ermita, aunque sufrió mucho físicamente, también pudo conservar muchos buenos recuerdos.

Era la primera vez que recibía la preocupación sincera de alguien, y el tiempo que pasó sin tener que ganar dinero o estar pendiente del humor de los demás fue único en esos quince días.q

Si le preguntaran si fue feliz, la respuesta sería que no. Seo Yi-dam nunca había sentido ni comprendido la palabra “felicidad” en toda su vida. Su existencia consistía simplemente en vivir por no poder morir.

No era feliz, pero tampoco le resultaba difícil. Aunque no podía dormir bien por las pesadillas constantes, no era un tormento insoportable. Lo más doloroso era el hecho de que, al final de esas pesadillas atroces, la realidad siempre lo estaba esperando.

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Probablemente nunca podría ser feliz. El final de sus pensamientos fue la vacuidad.

“…….”

Bajo la mano de Seo Yi-dam, la luz de la linterna se apagaba y encendía repetidamente. Esa pequeña luz no era suficiente para iluminar ni el mundo ni su corazón. Esa era la realidad.

Seo Yi-dam no tenía confianza en sí mismo para soportar esta oscuridad por mucho tiempo solo porque hubiera aparecido una pequeña luz. Si no hubiera sido el camino para terminar con todo, jamás habría subido al monte en mitad de la noche.

Era el valor que solo se tiene ante el final. El hecho de poder lanzarse a la oscuridad apoyado en una pequeña luz era gracias a la certeza de que no tendría que volver a temer a la tiniebla nunca más.

Debía detenerse ya. Tenía que arrojar los apegos inútiles y seguir adelante. Tal como dijo la monja, habiendo conocido el camino, lo correcto era dar el paso.

La deuda física con Do Jae-hyeok y la deuda emocional con quienes le habían tendido la mano. Todas las deudas que no pudo pagar se convirtieron en pecado y pesaron sobre sus hombros delgados.

Seo Yi-dam inhaló profundamente, como si fuera su último aliento. El aroma amargo de la madera, el olor salado del mar y el frescor de la hierba se mezclaron para llenar sus pulmones.

Sus párpados se elevaron lentamente. Al abrir los ojos, enfrentó directamente el mar y el cielo nocturno que seguían allí. Entonces, se levantó despacio.

En el rostro de quien estaba de pie al borde del abismo no había rastro de miedo. Yi-dam no miró hacia abajo, sino hacia el frente. Observó aquel punto incierto entre el mar y el cielo y volvió a contener el aliento.

Fue en ese instante cuando se detuvo.

“Si tanto te gustaba el mar, debiste decírmelo de verdad.”

Junto con esa voz grave y familiar, un brazo como una serpiente gigante rodeó su cuerpo. El movimiento de dar el paso al frente se detuvo en seco.

Sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La fragancia que rozó su nariz era excesivamente conocida. El aroma fresco y gélido que cubría todo su cuerpo cada vez que estaba en sus brazos fluía justo desde atrás.

Seo Yi-dam no pudo responder ni mirar atrás. Simplemente se quedó petrificado, respirando con dificultad. Una mano grande acarició suavemente su vientre delgado.

“Has adelgazado mucho.”

“…….”

“¿Acaso has estado viviendo sin comer ni un poco de gachas?”

Una risa burlona cayó sobre su nuca. Sintió un escalofrío en todo el cuerpo y comenzó a temblar violentamente.

Tanto la voz como el aroma eran claramente suyos. El aliento en su nuca y el tacto que recorría su cuerpo eran, sin duda alguna, los de Do Jae-hyeok.

Seo Yi-dam apretó los puños con tanta fuerza que sus manos se volvieron blancas mientras temblaba. Apretó los dientes con fuerza, reprimiendo el deseo de girarse de inmediato.

Do Jae-hyeok finalmente lo había encontrado. Había llegado hasta esa ermita escondida en lo profundo de una montaña que nadie conocía, siguiéndolo hasta el final sin importarle la aspereza del terreno.

Era una sensación espantosa. ¿Acaso la desesperación y la alegría podían coexistir en un mismo lugar? En este momento, Yi-dam sentía desesperación por el hecho de que lo hubiera encontrado, y al mismo tiempo, se alegraba. Una vez más, ese maldito apego era el problema.

Debiste terminarlo. Debiste haberlo acabado rápido. No debiste ser codicioso. Después de todo lo que pasaste, debiste haber reaccionado.

Los autorreproches continuaron sin fin. Lo que brotaba descontroladamente terminó por escapar y mojar sus ojos y mejillas. Lo que pendía peligrosamente de su barbilla acabó por caer.

“¿Te has divertido jugando?”

“…….”

“Si ya terminaste de jugar, ahora tienes que volver a casa.”

Sus ojos, desfigurados por el dolor, se cerraron con fuerza. Seo Yi-dam lloró sin poder emitir sonido. Una mano grande aferró con fuerza la parte inferior de su rostro mientras las lágrimas caían. Sintió que su mandíbula se haría añicos por la presión.

Intentó sujetar su muñeca como si se aferrara a algo, pero Do Jae-hyeok, por el contrario, apretó con más fuerza a propósito. La voz que susurró a su lado era sombría.

“Te lo he estado diciendo desde hace tiempo. Que no tengo ninguna intención de dejarte ir.”

“Ugh, ugh……”

“El que tiene que soltar no soy yo, sino tú, Dam.”

¿Habría sido diferente si se hubiera lanzado un poco más rápido?

Si hubiera saltado sin siquiera tomarse un segundo para respirar hondo.

No, si tan solo se hubiera movido un poco más rápido desde el principio.

¿Habría podido evitar esta sensación tan terrible si así fuera?

Do Jae-hyeok abrazó firmemente al ahora dócil Seo Yi-dam y quitó con los dientes la tapa de la jeringa que el secretario Kang le había entregado. La aguja afilada se clavó en su nuca blanquecina.

En cuanto el fármaco desconocido se introdujo en su cuerpo, sintió náuseas y vértigo. Un brazo sólido sostuvo con fuerza su cuerpo, que perdía el equilibrio y estaba a punto de colapsar.

“Será mejor que duermas un poco por ahora.”

“…….”

“Porque a partir de ahora van a pasar muchas cosas divertidas.”

La jeringa vacía rodó por el suelo. El efecto de la droga se extendió rápidamente, desmoronando su cuerpo y su mente. El mundo se retorció en todas direcciones.

“¿Estás ansioso?”

“…….”

“Puedes estarlo. He preparado muchas cosas.”

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La voz se fue alejando gradualmente. El sonido de las olas rompiendo, el ruido de las ramas secas al viento y el canto de los insectos; todo se volvió distante.

Sus párpados se volvieron pesados rápidamente. El fármaco desconocido devoró su consciencia y lo arrastró hacia un abismo lejano. Lágrimas que cayeron de golpe mojaron sus mejillas.

Nos vemos luego, Dam.

Tras esa voz terriblemente dulce, perdió el conocimiento. La fuerza abandonó sus manos, que antes estaban apretadas hasta volverse blancas. Todo se volvió oscuro.