PRÓLOGO
“¿De verdad... eso es
todo lo que tienes que decir?”
Frente a un oponente
que preguntaba con el rostro lleno de seriedad, So Gi-hyun estaba perdido en
otros pensamientos.
Por ejemplo, recordaba
haber oído que hoy era el cumpleaños de la pareja actual de aquel hombre, y se
preguntaba qué hacía él allí, en su ceremonia de investidura, en lugar de estar
en esa celebración.
Al mismo tiempo, no
pudo evitar sumergirse en otro sentimiento: la sensación de que aquel hombre
era capaz de ahogar a cualquiera en su excesiva dulzura.
“Oye, responde algo.
No me ignores después de haber soltado todo eso por tu cuenta.”
Aunque a simple vista
Gi-hyun parecía inexpresivo, aquel que lo conocía perfectamente notó su
distracción. Frunciendo el ceño, el hombre habló de nuevo.
Gi-hyun se quedó
mirando fijamente el lunar que adornaba el puente de su nariz, como una mancha
de pintura, y asintió. Parecía extrañado de que le preguntaran dos veces algo tan
obvio. Para él, la respuesta siempre sería la misma, sin importar el momento.
Y es que, para
Gi-hyun, ese sentimiento no era diferente de un saludo cotidiano. Desde que se
dio cuenta de su existencia, siempre había convivido con ese corazón.
Como el sol que se
alza por el este cada mañana, o como la siguiente estación que camina con paso
firme cuando la anterior languidece. Lo amaba y lo quería como una promesa
establecida. Por eso, tras asentir, añadió con naturalidad:
“Me sorprende que no
lo supieras.”
Ese era el sentimiento
honesto de Gi-hyun. Él, que no tenía el talento de abrir su espacio a nadie,
solo había querido tener a una persona a su lado desde que nació: Jo Yeon-oh.
Era imposible que no
se notara. Se dio cuenta en su segundo año de preparatoria. Después de eso,
intentó negarlo. No es que no lo hubiera meditado. Para Gi-hyun, Jo Yeon-oh
también era un amigo preciado, y temiendo que su relación se desgastara,
intentó organizar cualquier sentimiento que no fuera amistad o afecto
fraternal. Simplemente, no funcionó.
Por lo tanto, durante
tanto tiempo, era imposible que aquel tipo, que lo conocía mejor que él mismo,
no lo hubiera sospecha, aunque no tuviera la certeza.
Una personalidad
estoica, comisuras de los labios que rara vez sonreían, un hombre testarudo que
no entendía de bromas. So Gi-hyun era como un color gris cenizo, formado tras
mezclar tantos colores que se volvieron negros como el lodo, hasta que alguien
decidió arrojar un balde de pintura blanca por despecho.
En su mundo, la única
figura que poseía un color propio y vibrante era Jo Yeon-oh, brillando con más
intensidad cada día que pasaba.
Si Gi-hyun lo miraba
de esa manera, Yeon-oh no podía ignorarlo. Por eso, Gi-hyun también hizo sus
propios esfuerzos.
Intentó olvidar,
intentó que le gustara otra persona, negó sus sentimientos, los enterró, juró
no volver a sacarlos, les lanzó una simple maldición deseando que se pudrieran,
o gritó para que se dispersaran. Sin embargo, ¿se olvidan esas cosas?
Al contrario, con los
años, se convirtió en un sentimiento natural. Si enterrar el sentimiento fue
voluntad de Gi-hyun, no poder olvidarlo no lo fue.
Gi-hyun sacudió el
polvo de su gorra de oficial y miró el ramo de flores que Yeon-oh había traído
para él.
Yeon-oh sostenía el
ramo en una mano mientras con la otra sujetaba un cigarrillo, con el entrecejo
fruncido.
A pesar de estar en un
rincón donde había un cenicero exterior, la gente que pasaba no podía evitar
voltear a verlo. Gi-hyun los entendía.
Entre los numerosos
subtenientes uniformados en formación, Yeon-oh destacaba con su cuello de
tortuga negro, abrigo negro y zapatos negros. Aunque vestía de forma discreta,
las miradas de todos se dirigían naturalmente hacia él.
Pero él, como si nunca
hubiera sido consciente de la atención ajena, solo sacudía la ceniza con el
dedo índice. Su apariencia daba la sensación de que apenas estaba conteniendo
un temperamento volcánico.
‘Un gánster bien
educado’, ‘un delincuente de traje’, ‘un matón con rostro cortés’. Esas eran
las descripciones que encajaban con su expresión y comportamiento, lo que hizo
que Gi-hyun soltara una pequeña risa.
“No te rías, me estás
revolviendo el estómago.”
Parecía molesto por la
actitud despreocupada de Gi-hyun. Yeon-oh se llevó el cigarrillo a sus labios
bien formados y aspiró tan profundamente que se le marcaron los hoyuelos. La
brasa del cigarrillo se encendió intensamente antes de consumirse hasta el
filtro.
Gi-hyun miró lo que él
sostenía. El ramo era bastante lujoso y grande. Parecía haber costado una
fortuna, destinado a darle prestigio a su amigo recién graduado, y estaba
compuesto exclusivamente por flores cuyo lenguaje simbolizaba la promesa del
amor.
¿Por qué ese ramo era
para él? ¿Por qué era su turno y no el de la pareja Omega de Yeon-oh en su
cumpleaños? Ya había pasado la edad de preocuparse por eso. Gi-hyun nunca se
había confundido con Yeon-oh. Sabía que Jo Yeon-oh no lo amaba.
El propósito de esta
confesión era ese: declarar el final de su corazón, que había observado durante
tanto tiempo a un hombre que no lo correspondía.
Hoy era el día de la
graduación y de la investidura, así que no era un mal momento para elegirlo
como el final. Gi-hyun trasladó su mirada al espacio entre las cejas de
Yeon-oh.
Al verlo frotarse el
entrecejo con el pulgar, supo que estaba preocupado o que algo problemático
había sucedido. Si era el Jo Yeon-oh que conocía, podían ser ambas cosas. Algo
que preferiría evitar si pudiera, algo simplemente molesto. La confesión de
Gi-hyun podría haberse convertido en eso para él.
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No quería que Yeon-oh
se hundiera en una preocupación demasiado profunda, por lo que Gi-hyun se
volvió a poner la gorra y habló.
“Solo lo dije para que
lo supieras. No tengo otras pretensiones.”
...¿Fue acaso ese
comentario el problema? Los ojos de Yeon-oh, que antes solo mostraban
confusión, se oscurecieron. Sus ojos se entrecerraron, las comisuras de su boca
se tensaron y pasó la lengua por su labio inferior antes de presionar su
mejilla por dentro. Al ver eso, Gi-hyun chasqueó la lengua.
‘Ese tipo ahora está
furioso.’
Pudo sentir la ira de
Yeon-oh con claridad. En momentos así, él era difícil de manejar. Gi-hyun
frunció ligeramente el ceño. Como era de esperar, Yeon-oh arrojó el ramo de
flores al suelo.
Al ver los pétalos
esparcidos por el piso, Gi-hyun creyó entender por qué estaba enojado.
Probablemente era por haberle impuesto sus sentimientos de forma unilateral.
Sin embargo, para Gi-hyun era algo tan natural que no podía soportar no
decirlo.
Así que, a partir de
hoy, decidió dejar el veredicto de su amor en manos de Jo Yeon-oh.
“Solo lo dije porque
para mí es algo demasiado obvio. Que el día fuera hoy es...”
Gi-hyun se detuvo y
miró a su alrededor. A lo lejos se veía la pancarta que decía: ‘Graduación e
Investidura de la XX Promoción de la Academia Militar de Corea’. Al mirar el
lema escrito con pomposidad debajo, Gi-hyun volvió a sonreír.
Yeon-oh sabía mejor
que nadie que este día era especial para él. Por eso, una confesión en una
fecha así podía resultar agobiante.
Quiso añadir que no
era su intención presionarlo. Que simplemente había brotado de él, como una
flor que se abre de repente.
“Puede que lo sientas
un poco pesado. Pero no es eso...”
“Cállate ya.”
La colilla que Yeon-oh
fumaba golpeó la pared y soltó chispas. A Gi-hyun le inquietó que el fuego de
la colilla en el suelo no se hubiera apagado. No era molestia, era inquietud.
Verla allí tirada, ardiendo todavía pero abandonada, se parecía demasiado a su
propia situación.
Al levantar la vista
hacia Yeon-oh, vio que este ya se presionaba con fuerza bajo el hueso de la
ceja. Parecía que su dolor estaba aflorando. Jo Yeon-oh era mucho más afilado
cuando sufría de migrañas intensas.
...Tal vez había
elegido mal el día. Sin embargo, sentía que si no lo decía hoy, nunca sería
capaz de pronunciarlo en toda su vida. No podía esperar más.
Aunque, pensándolo
bien, no importa qué día eligiera, la respuesta sería la misma. Gi-hyun borró
la vacilación que daba vueltas en su cabeza.
Decir palabras tan
pesadas a su mejor amigo, quien vino a felicitarlo por su investidura, mientras
sostenía un ‘anillo de prometida’ (fiancée ring) a juego con su anillo de
oficial, podía ser demasiado. Yeon-oh no habría esperado algo como un anillo de
compromiso de parte de So Gi-hyun cuando aceptó asistir.
Al pensar en eso,
sintió algo distinto a lo que creía al principio. Quizás hubiera sido mejor no
decir nada. Qué arrepentimiento tan rápido. Era absurdo, pero si lo pensaba
bien, había vivido bastante bien ocultando esos sentimientos.
Incluso sin confesarle
su corazón a Jo Yeon-oh, Gi-hyun había llevado una vida bastante ligera para
ser alguien cargando con un amor unilateral tan pesado.
Quizás era porque era
demasiado natural. Desde los dieciocho años, cuando se dio cuenta de lo que
sentía, el amor no correspondido para So Gi-hyun era como una rinitis: doloroso
cuando empeoraba, pero simplemente una leve molestia en el día a día.
Por eso, tal vez,
deseaba confesarse aún más. Porque este sentimiento que padecía desde hacía
tanto tiempo era demasiado obvio y, tal vez, al sacarlo a la luz, podría
finalmente terminar con esa larga agonía.
“¿Y entonces qué?”
Jo Yeon-oh habló casi
con un gruñido. Su voz, que salía entre dientes aprepados, mostraba que estaba
considerablemente furioso, lo que hizo que Gi-hyun se sintiera apenado y
avergonzado. Se preguntó si su confesión había sido tan terrible.
Al final, no tuvo más
remedio que decir algo que restara peso a la situación. No quería ser cobarde,
pero la reacción de Yeon-oh le dio un poco de miedo.
“Nada. Solo quería que
lo supieras.”
Gi-hyun se encogió de
hombros sin mostrar emoción. Lo soltó como una excusa, pero en realidad, con
eso bastaba.
A estas alturas, no
podía pedirle que salieran a Jo Yeon-oh, quien detestaba la idea de un romance
con un Beta. Sin embargo, quería decirle que, aunque fuera un Beta, el hecho de
amarlo era un asunto aparte.
En realidad, So
Gi-hyun también era joven. Se confesó sin haber confirmado qué tipo de corazón
tenía realmente. Aunque lo había amado con naturalidad durante todos esos años,
Gi-hyun no tenía certezas.
No podía predecir cómo
este sentimiento cambiaría a los dos, que habían crecido juntos, ni a qué final
los empujaría. Porque para So Gi-hyun, Jo Yeon-oh era su primera vez en todo.
Ah, tal vez era eso.
Como Jo Yeon-oh era su primero, Gi-hyun, que no podía imaginar nada más, tuvo
miedo de que Jo Yeon-oh fuera también su último.
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Así que, tal vez sacó
esas palabras hoy, justo ahora que él venía a celebrar su investidura, para que
Yeon-oh terminara con ese sentimiento por él.
‘Sentencia mi amor.
Termina tú con este corazón egoísta que traicionó nuestra amistad e ignoró tu
dolor.’
Ese pudo haber sido el
único propósito de la confesión de So Gi-hyun. Pero Jo Yeon-oh solía ser
bastante débil ante Gi-hyun.
“¿Solo para que lo
supiera?”
Incluso mientras lo
miraba con ojos llenos de desagrado, su expresión contenía muchísimas
emociones.
“....”
“Siempre diciendo
cosas que me sacan de quicio.”
Yeon-oh agachó la
cabeza y hundió el rostro en sus palmas. Parecía estar sufriendo tanto que
Gi-hyun estuvo a punto de decirle que no lo hiciera.
“¿Lo que tú y yo
teníamos era amor? No, no lo era. Pero tú, sin mi consentimiento, vienes a
hablar de amor por tu cuenta, maldita sea...”
Jo Yeon-oh parecía
considerarlo una traición. Una traición a todos los lazos que compartieron, una
declaración de despedida a sus recuerdos y su amistad. Así es como se sentía.
Por eso decía esas
cosas con el rostro pálido. Gi-hyun no pensó que él reaccionaría de esa manera.
...No, en un rincón de
su mente, lo sabía. Sabía que este sentimiento tendría un final así. Hoy, So
Gi-hyun podría perder a Jo Yeon-oh. Era una confesión que contemplaba ese
riesgo.
Tal vez el resto de la
vida de So Gi-hyun tendría que dedicarse únicamente a olvidar a Jo Yeon-oh.
Algún día, estas cosas dejarían de doler. Gi-hyun, sin siquiera escuchar todo
lo que Yeon-oh tenía que decir, ya se había rendido a medias.
“Un tipo loco que
elige precisamente un día como hoy, maldición... Tú, hasta olvidaste que eres
un Beta.”
Pero frente a él, Jo
Yeon-oh soltaba insultos mezclados con arcadas, con el rostro blanco como el
papel. Ante una reacción más violenta de lo esperado, Gi-hyun sintió algo
parecido a una herida. El pecho le dolió pesadamente.
Sin embargo, Gi-hyun
entendía a su amigo y objeto de su amor. Jo Yeon-oh tenía sus razones. Al
contrario, fue él mismo quien sacó el tema sabiendo que Yeon-oh reaccionaría
así. So Gi-hyun se dio cuenta de que no abrió la boca para empezar algo, sino
para terminarlo.
Fue entonces cuando
Gi-hyun, más allá de entender el desconcierto de Yeon-oh, se sintió culpable.
Hoy le había traspado a Jo Yeon-oh la carga de rendirse.
El hombre ahora estaba
inclinado, conteniendo las náuseas. Gi-hyun se acercó rápidamente para darle
unas palmadas en la espalda, pero Yeon-oh lo apartó con brusquedad. Levantó la
vista y miró a Gi-hyun.
“....”
“....”
La mirada del
traicionado y del traidor se entrelazaron en el aire. Gi-hyun se arrepintió de
su confesión en el momento en que vio los ojos de Yeon-oh inyectados en sangre.
‘Si esto es una herida tan grande para ti, debí haberme quedado callado.’
Pero aún no era tarde.
Podía decir que era una broma por la ceremonia de investidura. Al principio no
lo creería, pero podrían fingir que no pasó nada hasta que él olvidara lo
ocurrido hoy.
Justo cuando iba a
abrir la boca con ese pensamiento, Jo Yeon-oh se acercó a grandes zancadas,
pisoteando el ramo de flores caído.
Su mano ruda agarró
con fuerza la corbata y la solapa del uniforme de Gi-hyun. Las insignias de
rango, congeladas por el frío, tintinearon al chocar entre sí. Gi-hyun,
agarrado por el cuello, no tuvo más remedio que dar un par de pasos hacia él.
Yeon-oh habló:
“Está bien. Tengamos
una relación, maldito egoísta.”
Jo Yeon-oh tenía ojos
de alguien que ha sido herido. Solo entonces Gi-hyun se dio cuenta de que todo
lo que acababa de decir era, para Yeon-oh, lo mismo que una declaración de
ruptura de su amistad.
Ah... Gi-hyun dejó
escapar un gemido involuntario.
Si hubiera dicho
aunque sea una palabra pidiendo perdón, perdón por herirlo de nuevo, ¿habrían
sido diferentes las cosas entre ellos aquel día?
La confesión tuvo un
sabor salado. Fue el comienzo de un romance seco y cargado de salitre.
