#99 y #100

 


10

“Señor Miller, ¿me llamó?”.

Uno de los cinco secretarios de Nathaniel, el hombre que acababa de recibir la llamada del dueño, acudió sin demora para cumplir con su misión, sin importarle el clima tormentoso. Dado que su labor consistía en realizar los encargos personales de Nathaniel y no los asuntos de la empresa, comenzó a trabajar de inmediato tras confirmar el estado de la habitación, que era un caos con parte del ventanal frontal destrozada.

“La herida de su mano... ¿no sería mejor ir al hospital?”.

Al notar que la sangre brotaba de la mano de su jefe, Nathaniel negó brevemente con la cabeza.

“Puedo hacerlo yo mismo. Preferiría que te encargaras de la limpieza”.

“Entendido”.

Sin perder más tiempo, el secretario se concentró en su tarea. Mientras él conseguía los materiales para reparar el ventanal y se encargaba de los muebles y el suelo destrozados, Nathaniel sacó el botiquín, desinfectó su mano y la vendó él mismo.

Parece que últimamente uso mucho mis conocimientos de medicina.

Pensó con frialdad mientras revisaba su mano vendada. Justo cuando consideraba que el vendaje estaba ‘quizás demasiado apretado’, el sonido del teléfono resonó en el lugar. Por instinto revisó el remitente y, al instante, un suspiro escapó de sus labios de forma involuntaria. Tras soltar un breve aire, Nathaniel presionó el botón de llamada y se llevó el teléfono al oído.

“Sí, padre”.

Tras su breve respuesta, hubo una pausa antes de que la voz surgiera del otro lado.

—Me enteré por Abbott. Me dijo que estaba muy furioso porque arruinaste el trabajo...

Ashley Miller dejó la frase en el aire de forma significativa y preguntó con una voz aún más baja.

—¿Qué fue lo que pasó?

“No es nada grave”.

Respondió Nathaniel con fluidez.

“Aunque el plan inicial cambió, el resultado será el mismo. No se preocupe”.

Durante un momento, Ashley Miller no dijo nada. Nathaniel guardó silencio y esperó ante aquel vacío, como si su padre estuviera intentando discernir si las palabras de su hijo eran ciertas.

—Supongo que tendrás tus razones.

“Por supuesto”.

Nathaniel mintió con naturalidad.

“Todo se solucionará adecuadamente, así que no se inquiete. No habrá retrasos respecto a lo previsto”.

Mientras el resultado fuera el correcto, a su padre no le importaría nada más. Tal como esperaba, Ashley Miller murmuró con tono indiferente.

—Bien, estaré observando. Y otra cosa...

Nathaniel, que estaba a punto de colgar, se detuvo a esperar las siguientes palabras.

¿Hay algo más?, se preguntó extrañado, cuando Ashley lanzó una pregunta inesperada,

—He notado que no has estado gestionando tus feromonas en absoluto, ¿qué sucede?

Rayos.

Nathaniel estuvo a punto de soltar un suspiro profundo sin darse cuenta. Lo había olvidado. El mayor interés de Ashley Miller hacia sus hijos, y el tema sobre el cual era más estricto, eran las feromonas.

‘Asegúrate de liberarlas según tu ciclo para que nunca se acumulen’.

Debido a esto, los hijos de la familia Miller habían recibido una educación extenuante sobre feromonas incluso antes de su manifestación, y el propio Nathaniel había asistido voluntariamente a fiestas de feromonas en cuanto se manifestó. Desde entonces, liberar feromonas había sido una rutina cotidiana y natural, pero...

Ya había ignorado el calendario programado varias veces. Quizás estaba llegando a su límite. Además, si el asunto había llegado a oídos de Ashley Miller, ya no podía postergarlo más. Finalmente, Nathaniel soltó el suspiro que había estado conteniendo y respondió con una voz inusualmente cansada.

“He estado ocupado. Como sabe, ha habido mucho trabajo”.

Y antes de que su padre pudiera hablar, añadió rápidamente.

“Este incidente no tiene nada que ver con las feromonas. Recuerdo perfectamente todo lo que hice, con total claridad”.

Ante el énfasis deliberado en la última frase, Ashley Miller guardó silencio un momento antes de hablar, como si no tuviera otra opción.

—Si tú lo dices.

Sin embargo, no pasó por alto la posibilidad de que su hijo le estuviera mintiendo. Acto seguido, advirtió con su habitual tono severo.

—Aun así, encárgate de liberar tus feromonas pronto. Hay muchas formas de hacerlo.

No era necesario esperar a una fiesta. Había infinitas maneras de comprar a alguien para liberar feromonas. La única razón por la que Nathaniel solía asistir a esas fiestas era porque resultaba el método más fácil y rápido. Además, siendo alguien tan sensible a la higiene, no le agradaba la idea de meter a alguien en su casa ni usar un hotel solo para eso. La fiesta era un espacio dedicado exclusivamente a ello; simplemente iba, se desahogaba y se marchaba. Incluso ahora, no tenía la menor intención de hacer nada, pero como esas explicaciones no funcionarían con su padre y le resultaba tedioso el esfuerzo de intentar convencerlo, Nathaniel respondió con prontitud, como siempre.

“Sí, así lo haré”.

Tras un extraño silencio de unos segundos, su padre volvió a hablar desde el otro lado de la línea.

—Entonces esperaré los resultados. Me informaré del progreso a través de Abbott.

“Sí, no se preocupe. Terminaré con esto pronto”.

Nathaniel añadió de manera formal.

“Que descanse, padre’.

Ashley Miller dijo un breve ‘tú también’ y colgó. En realidad, ya había pasado de sobra la medianoche. Era hora de dormir para ambos. Nathaniel podía imaginar fácilmente a su padre recibiendo la llamada del director del FBI, acostando a Koi y luego sentándose solo en su despacho para llamarlo. Probablemente ya sabía lo de las feromonas desde hace tiempo; solo estaba esperando el momento para sacarlo a colación.

Hasta ahora, su padre solía conceder a sus hijos casi todo lo que deseaban. Sus instrucciones o prohibiciones solían limitarse a la cortesía básica o al sentido común necesario para vivir en sociedad; mientras no fueran actos antisociales, los dejaba hacer lo que quisieran. Nathaniel siempre pensó que era más bien indiferencia o abandono, pero gracias a ello creció con bastante libertad. Lo único que su padre controlaba con mano de hierro eran las feromonas.

¿Qué pasaría si las sigo ignorando?

Tal vez me encierre en un hospital.

Una risa amarga escapó de él ante ese pensamiento fugaz. A pesar de todo, no podía entenderse a sí mismo.

¿Por qué seguía sin liberar sus feromonas a pesar de estar en esta situación? Lo sabía perfectamente en su cabeza, pero su cuerpo no actuaba.

Claro que lo sé. Es porque no quiero.

Nathaniel frunció el ceño y se cuestionó.

¿Por qué?

Lo había hecho sin problemas hasta ahora, ¿por qué en este momento se sentía tan reacio? Solo era ir, meterlo en cualquier agujero, eyacular y listo. ¿Qué importancia tenía? No era nada del otro mundo.

‘Sálvame, papá...’.

El rostro de Chrissy gritando de dolor cruzó su mente de repente. Nathaniel se cubrió la cara crispada con una mano. Llevaba casi dos días sin dormir, pero el sueño no llegaba. Por el contrario, su conciencia se volvía cada vez más lúcida. Permaneció allí con los ojos cerrados un momento y, finalmente, sacó un cigarrillo.

Fuuuu...

El humo del tabaco salió expulsado en una larga estela junto con un suspiro. A pesar de haber expulsado todo el humo que había inhalado profundamente, su pecho seguía sintiéndose oprimido. Con el ceño profundamente fruncido, volvió a llevarse el cigarrillo a la boca. Mientras inhalaba el humo con irritación, escuchó unos pasos. Al darse la vuelta, vio al secretario que bajaba al salón y hablaba con su habitual rostro inexpresivo.

“Señor Miller, la limpieza ha terminado. He cubierto el ventanal provisionalmente y mañana por la mañana instalarán el cristal nuevo. ¿Desea alguna otra instrucción?”.

Nathaniel guardó silencio un momento, como si estuviera pensando, y luego habló.

“Nada más. Puedes retirarte”.

“Entendido. Con su permiso”.

Tras una breve despedida, el hombre se marchó. De repente, todo se volvió silencioso. Nathaniel permaneció en el mismo lugar un rato antes de levantar la vista. Miró hacia el segundo piso y, tras guardar el botiquín en su lugar, se dirigió hacia las escaleras.

Al abrir la puerta del dormitorio, lo primero que vio fue a Chrissy, que dormía tendido sobre su enorme cama. Nathaniel se quedó observándolo un largo rato mientras inhalaba el humo del cigarrillo; Chrissy seguía con el rostro pálido, casi azulado, con los ojos cerrados como si estuviera muerto.

Fuuuu...

Sin saber si era humo o un suspiro, soltó el aire una vez más y terminó cubriéndose el rostro con la mano libre. Movió una silla, la colocó al lado de la cama y solo después de sentarse pudo ver el rostro de Chrissy con claridad.

¿Qué demonios estoy haciendo?

Sintió una oleada de desprecio hacia sí mismo, pero, aun así, no se movió de aquel lugar, limitándose a observar el rostro dormido de Chrissy.

 


***

Cuando volvió a abrir los ojos, Chrissy estaba tumbado en una habitación diferente. Se incorporó con vacilación, sintiéndose inquieto, y para su sorpresa, su vista captó la figura de Nathaniel, quien estaba sentado en una silla al lado de la cama con los ojos cerrados. Junto a su presencia, el aroma dulce que impregnaba sutilmente la habitación le hizo darse cuenta de inmediato.

¿Acaso es el dormitorio de este hombre?

La negación de que tal cosa fuera posible y la afirmación de que seguramente así era chocaron simultáneamente en su mente. Chrissy permaneció sentado en la cama un momento, observando fijamente el rostro del hombre. Sus mejillas, enmarcadas por largas pestañas, parecían por alguna razón más delgadas que antes. Las sombras sobre su rostro, cuyas facciones se habían vuelto más marcadas, se veían especialmente nítidas. Sus labios gruesos y firmemente cerrados le daban un aire reservado, pero su color rojizo, que contrastaba con su palidez, le resultaba, en cierto modo, sugerente.

Unos mechones de cabello caían sobre la frente, siempre impecable, de aquel hombre que nunca mostraba la menor debilidad. Luego, su mirada se posó en la camisa blanca, que extrañamente presentaba arrugas. Chrissy se sintió internamente desconcertado ante esa inesperada apariencia desaliñada.

No puede ser que este hombre se haya quedado esperando hasta que yo despertara.

Chrissy sacudió la cabeza una vez y trató de reconstruir sus pensamientos.

Sus recuerdos estaban fragmentados. Sin embargo, sabía vagamente lo que le había sucedido. Probablemente se debió a que estaba exhausto, tanto física como mentalmente. De lo contrario, no habría tenido de repente un sueño de su infancia, ni habría sufrido semejante ataque mostrando una conducta tan patética por ello.

Sí, y menos aún frente a este hombre.

Fue en ese momento cuando las largas pestañas del hombre temblaron brevemente y, poco después, abrió los ojos con lentitud. Sus ojos color púrpura recorrieron pausadamente el entorno como tratando de asimilar la situación, y al encontrarse con los de Chrissy, se detuvieron en seco.

Durante un largo rato, ambos se miraron sin decir una palabra. En ese instante, se sintió como si el mundo entero se hubiera detenido. Ninguno de los dos abrió la boca, como si desearan que aquel silencio durara para siempre.

“... ¿Te encuentras bien?”.

Nathaniel fue el primero en romper el silencio. Su voz, que sonaba como si hubiera estado callada durante mucho tiempo, se quebró una vez antes de continuar. Chrissy bajó la mirada inconscientemente y se quedó paralizado al ver las vendas que envolvían la mano y el brazo del hombre. De inmediato, los recuerdos regresaron de forma intermitente.

‘¡Suéltame! ¡He dicho que me sueltes!’.

‘¡Espera, detente! ¡Es peligroso!’.

Nathaniel le había gritado a un Chrissy que forcejeaba desesperadamente por escapar de él. Y luego, aquel ruido estrepitoso...

“¿Yo... rompí la ventana?”.

Cuando lanzó otra pregunta en lugar de responder a la suya, el entrecejo de Nathaniel se contrajo levemente. Tras un momento de silencio, como si no le gustara la reacción de Chrissy, habló.

“Fue solo un accidente”.

Al escuchar la respuesta, Chrissy se dio cuenta de que su pregunta había sido errónea. Acto seguido, formuló otra.

“¿Te heriste por mi culpa? ¿Ese brazo?”.

Ante la pregunta de un Chrissy ceñudo, Nathaniel volvió a guardar silencio, aunque esta vez no fue tan prolongado como antes.

“Fue un accidente”.

La respuesta fue la misma. Chrissy no pudo evitar soltar un leve suspiro de lamento. Su pecho se sintió oprimido al darse cuenta de que el espectáculo que había montado no era algo menor. Nunca imaginó que llegaría el día en que tendría que pedirle disculpas a este hombre, pero en esta ocasión no tenía otra opción.

“... Lo siento”.

Cuando finalmente logró pronunciar las palabras, Nathaniel lo observó fijamente. Chrissy evitó su mirada con esfuerzo y añadió otra disculpa.

“Tuve... una pesadilla y no estaba en mis cabales. Lo siento, yo me encargaré de la limpieza...”.

“Ya está hecho”.

Nathaniel cortó sus palabras sin piedad mientras él intentaba continuar. Cuando Chrissy se detuvo y lo miró, él siguió hablando con su habitual voz inexpresiva.

“Todo está limpio. No hay nada de qué preocuparse”.

¿Significa eso que con la disculpa es suficiente? ¿O que hay algo más que debo hacer?

Mientras intentaba descifrarlo, Nathaniel habló.

“¿Quieres comer algo? Yo me muero de hambre”.

“¿Qué?”.

Chrissy se quedó desconcertado por el repentino cambio de tema. Ante su mirada inquisitiva, Nathaniel añadió por su cuenta.

“Baja”.

Dejando tras de sí solo esa orden, el hombre se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando a Chrissy todavía estupefacto.

***

Chrissy bajó tambaleándose al primer piso y se dirigió al comedor. Al acercarse, le llegó un aroma sorprendentemente delicioso. Al ver la comida que llenaba la mesa, sus ojos se abrieron de par en par. Sobre los platos había dos piezas de filete que fácilmente pesarían 400 gramos cada una. La cantidad de ensalada en un bol de un tamaño nunca visto era inmensa; los huevos estaban preparados de todas las formas posibles, desde tortillas hasta fritos y cocidos, y el tocino también estaba dispuesto en variedades, desde muy crujiente hasta poco hecho, como invitándolo a comer lo que prefiriera. A eso se sumaban varios cestos con diferentes tipos de pan; era difícil asimilar todo aquello.

“Siéntate”.

Nathaniel, dirigiéndose a un Chrissy que permanecía allí parado, le sirvió vino en su lugar y luego repitió la acción en su propia copa. Chrissy, que estaba de pie con vacilación, finalmente frunció el ceño y le preguntó.

“¿No debería comer en el suelo?”.

Al recordar con sarcasmo aquella amarga experiencia pasada, Nathaniel se sentó primero y dejó escapar una risita.

“Puedes hacerlo si quieres, pero será muy incómodo”.

No eran palabras propias de quien lo había obligado a hacer algo así. Chrissy estaba indignado, pero, por supuesto, no tenía intención de comer en el suelo. Se sentó en silencio y, al mirar de reojo, vio que Nathaniel se servía primero la ensalada y luego le pasaba el bowl. A diferencia de Nathaniel, que se lo entregó con una sola mano, Chrissy lo recibió con las dos, frunciendo ligeramente las cejas. Era obvio que sus manos eran mucho más grandes lo cual podía aceptar por la diferencia de complexión, pero le hería el orgullo que incluso la fuerza de agarre fuera tan distinta. Con un humor no muy bueno, dejó el bowl sobre la mesa, se sirvió los vegetales y, al girar la cabeza sin pensarlo, se sobresaltó. Solo quedaba un trozo del filete que estaba en el plato de Nathaniel.

“¿Ya te lo has comido? ¿Todo ese trozo tan grande?”.

Ante su pregunta involuntaria, Nathaniel respondió con indiferencia.

“Te lo dije, me moría de hambre”.

Chrissy observó atónito cómo el hombre cortaba la carne con movimientos sumamente elegantes y se la llevaba a la boca. Solo entonces empezó a sentir hambre, pero aun así, no tenía el valor de comerse dos filetes de ese tamaño.

“¿Siempre comes tanto?”.

Al no poder contenerse más, Chrissy preguntó, y Nathaniel, que ya estaba cortando lo que quedaba de la mitad de su filete, respondió.

“No siempre”.

Ante el matiz de que lo hacía a menudo, Chrissy lo miró con sospecha, y él añadió antes de meterse la carne en la boca.

“Durante mi etapa de crecimiento, siempre comía así”.

Considerando el enorme físico de Nathaniel, le pareció algo natural. Al pensarlo, le surgió otra duda.

“¿Toda tu familia come así?”.

Los Miller medían cerca de dos metros, o incluso más. Siendo todos de esa envergadura, y mayormente hombres, quizás era normal que comieran tanto. Como era de esperar, la respuesta de Nathaniel se acercó a su suposición.

“Te lo dije, solo hacemos esto cuando tenemos muchísima hambre”.

No era difícil imaginar a la familia Miller frente a una mesa colosal llena de comida. Y si además eran chicos en edad de crecimiento...

“Los gastos en comida deben haber sido astronómicos...”.

Sin darse cuenta, murmuró aquello, y para su sorpresa, Nathaniel soltó una risita. Hablar de gastos de comida con un Miller... Justo cuando se sentía un tonto, él dijo de repente.

“Afortunadamente, mi padre ganaba mucho dinero”.

“Muchísimo, ¿no?”.

Cuando Chrissy añadió aquello con un toque de malicia, siguió una reacción asombrosa. Nathaniel soltó una carcajada sonora. Ante tal situación inédita, Chrissy se quedó boquiabierto, mientras el otro, aún con una sonrisa en el rostro, decía.

“Sí. Que Dios bendiga a los Miller”.