#96

 


Se sentía desconcertado por una sensación desconocida. Esa extrañeza hacía que la línea entre la fantasía y la realidad se volviera borrosa para Chrissy. Mientras parpadeaba acostado, su visión comenzó a nublarse gradualmente.

Si me quedo dormido, puede que este hombre me ate de nuevo.

Al pensar en eso, Chrissy soltó una risa sin fuerzas.

Qué más da. Estoy demasiado cansado. Solo quiero descansar.

No podía pensar en nada más.

Nathaniel observó en silencio cómo Chrissy dejaba escapar un suspiro profundo y se sumergía de nuevo en el sueño. No pasó mucho tiempo antes de que la respiración del durmiente se volviera agitada, y Nathaniel se dio cuenta de que Chrissy había caído una vez más en una pesadilla.

***

“¡¿Por qué no me dejas trabajar?! ¡Son solo unas pocas horas al día!”.

Su madre le suplicaba a su padre. Ella nunca se había quejado, temiendo que él llegara a odiarla. Sin embargo, cuando las visitas de su padre se hicieron menos frecuentes y el dinero para los gastos diarios empezó a escasear, no tuvo más remedio que actuar. Finalmente, como último recurso, consiguió un empleo en el pueblo, pero cuando se lo contó a su padre quien regresaba después de dos meses, él estalló en enojo.

“¡¿Trabajar?! ¡¿Qué demonios crees que haces?! ¿No te dije que te quedaras en casa cuidando al niño? ¡Seguro solo quieres ir al pueblo a chismorrear con esas mujeres!”.

“¡Eso no es cierto!”.

Su madre intentaba por todos los medios convencerlo.

“Todas trabajan para ganar dinero. Ni siquiera tomo el té con ellas. Sé que no te gusta que trabaje, así que he sido lo más cuidadosa posible”.

Agotada, se llevó una mano a la frente y preguntó con voz apagada.

“¿Por qué no puedo trabajar? El dinero no alcanza. Esta vez tardaste dos meses en venir. No vienes seguido y, encima, traes menos dinero que antes...”.

“¡Cállate!”.

Finalmente, su padre gritó y golpeó la pared. La pared de madera crujió con fuerza y se abrió un gran agujero. Escondido detrás del sofá, Chrissy se encogió, conteniendo el aliento ante aquella atmósfera aterradora.

Su madre, pálida de terror, se tapó la boca con ambas manos mientras lo miraba. Era la primera vez que él se mostraba tan violento, y ella estaba visiblemente horrorizada.

Al verla así, muda y asustada, la ira del padre pareció aplacarse un poco. Soltó un suspiro pesado, como si estuviera sofocado, y abrió los brazos para acercarse a ella. La sujetó y la abrazó mientras ella retrocedía por el miedo, y luego le dio unas palmaditas en la espalda.

“Podemos ahorrar comiendo un poco menos. Es solo que mis ingresos no han sido buenos últimamente, entiéndelo. Yo también me estoy esforzando. Trabajo sin parar y por eso no puedo venir a verte seguido”.

Su madre no dijo nada. A Chrissy le recordó a un conejo atrapado en una trampa que, incapaz de huir, solo podía temblar. Pero, como niño, no había nada que pudiera hacer por ella.

“Ya basta de hablar de eso. Estás ardiendo. Es tu ciclo, ¿verdad? Vamos arriba, tengamos una reconciliación apasionada”.

El humor del padre mejoró de repente; cargó a la madre sobre su hombro como si fuera un saco de patatas y le dio un fuerte azote en las nalgas. Ella gritó, pero él se rió a carcajadas y volvió a golpearla en el mismo lugar con la palma de la mano. Cuando Chrissy, encogido en su escondite, cruzó la mirada con su madre, ella apartó la vista de inmediato. Por un instante, a Chrissy le pareció ver lágrimas en sus ojos, pero no pudo estar seguro. Su padre subió las escaleras a grandes zancadas cargando a su madre y cerró la puerta del dormitorio. Esa noche, a través de las paredes, se escuchaban vagamente los gemidos y gritos de su madre. Chrissy no pudo conciliar el sueño en mucho tiempo.

***

A la mañana siguiente, su madre estaba preparando el desayuno a la hora de siempre. Chrissy, bajando las escaleras mientras se frotaba los ojos, sintió algo extraño al ver su espalda mientras cocinaba huevos, como de costumbre. Al notar su presencia, ella se dio la vuelta.

“¿Ya despertaste?”.

Su rostro sonriente no se veía diferente al de cualquier otra mañana. Chrissy asintió con un ‘sí’ y corrió a sentarse a la mesa. Ella le sirvió leche y cereales, y luego puso salchichas y huevos en un plato. En ese momento, se oyeron los pasos pesados de su padre bajando las escaleras.

“Buenos días, Iliana”.

Su padre le susurró al oído a su madre mientras le apretaba y sacudía las nalgas con fuerza. Por un instante, ella miró hacia Chrissy. En aquel entonces, para el niño era difícil identificar que la expresión de su madre era de humillación y vergüenza; simplemente pensó que se veía muy incómoda.

“Siéntate, el desayuno está listo”.

Ella lo apartó suavemente y se movió con rapidez. Su padre, con cara de satisfacción, silbó y se sentó frente a Chrissy, volviendo a ser el padre afectuoso de antes.

“Come despacio, no derrames nada”.

Chrissy sintió una extraña disonancia y, sin saber qué responder, simplemente guardó silencio. Era una mañana extraña. Todo parecía igual, pero al mismo tiempo era completamente distinto. Una tensión latente en el aire mantenía a Chrissy inquieto. Mientras fingía comer sus cereales removiendo el tazón, su madre, que comía un trozo de pan viejo, rompió el silencio.

“Dejaré el trabajo”.

Su padre cortó la salchicha sin decir nada, como si fuera una respuesta tan obvia que no merecía comentario. Ella puso suavemente su mano sobre la de él, que sostenía el cuchillo, y susurró como si revelara un secreto.

“Mi próximo ciclo es en tres semanas”.

Solo entonces su padre se detuvo y la miró. Ella continuó, mirándolo con desesperación.

“No hace falta que traigas más dinero, solo te pido que vengas a casa. Por favor, no me dejes pasar el celo sola”.

Él bajó la vista hacia los delgados dedos de ella que acariciaban el dorso de su mano. Cuando sus miradas se cruzaron de nuevo, la expresión de su padre se relajó y una sonrisa se dibujó en su rostro.

“Está bien, así lo haré”.

Luego, retiró su mano de la de ella y la bajó por debajo de la mesa. Cuando ella se estremeció, él dijo con una sonrisa maliciosa.

“Mi perra lasciva”.

Por alguna razón, ella miró rápidamente a Chrissy al otro lado de la mesa y apartó las manos de su padre con esfuerzo. Se levantó apresuradamente de la silla y se apoyó en el fregadero, respirando agitadamente. Su padre soltó una risita burlona ante su espalda y siguió comiendo.

“Entonces, vendré en tres semanas”.

Con una actitud totalmente opuesta a la de la noche anterior, le dio un beso en la mejilla a Chrissy y otro en los labios a su madre antes de subir al coche. Chrissy se quedó de pie frente a la casa con su madre, viendo cómo el coche se alejaba. Ella no dijo una palabra, limitándose a observar la parte trasera del vehículo hasta que desapareció. Solo cuando el coche se perdió de vista, habló.

“No te preocupes, Chrissy. Mamá tiene un plan”.

Extrañado, Chrissy levantó la vista, pero ella seguía mirando hacia donde se había ido el coche. Tras dudar un momento, Chrissy preguntó con cuidado.

“¿A qué te refieres, mamá?”.

Solo entonces ella bajó la mirada hacia él. Con una sonrisa dulce para su hijo, que no entendía nada, le acarició el cabello con cariño y lo tomó de la mano para entrar en casa.

“¿Cenamos tortitas hoy, Chrissy?”.

Ante la pregunta, Chrissy olvidó de inmediato lo ocurrido y respondió emocionado.

“¿En serio? ¡Sí! ¿Con sirope encima?”.

En realidad, el sirope se había acabado hacía tiempo. Pero su madre dijo algo inesperado.

“Claro. Con sirope y también con helado”.

Ante tan increíble noticia, Chrissy se emocionó y alzó la voz.

“¿De verdad? ¿Sirope y helado? ¿De verdad podemos comer todo eso? ¿Papá te dio mucho dinero? ¿Es verdad?”.

Ella se limitó a asentir con la cabeza, sonriendo en silencio. Sin saber que su madre no tenía intención de dejar el trabajo, y que había decidido no privar a su hijo de nada, el niño simplemente gritaba de alegría.

Y así, tras tres semanas de paz.

Finalmente, llegó el día.