#93
¿Acaso estaba soñando?
Chrissy lo pensó vagamente. No era para menos,
pues nada de aquello se sentía real. La escena ante sus ojos o, mejor dicho,
aquel hombre, no debería estar allí, en ese lugar, y mucho menos luciendo de
esa manera.
Su cabello rubio platino, siempre peinado con
pulcritud y sin un solo mechón fuera de su sitio, caía ahora sobre su frente,
rozando sus cejas pobladas. Sus ojos violetas, que solían mirar a los demás con
desprecio, estaban más oscuros que de costumbre y temblaban con agitación. Sus
hombros anchos subían y bajaban de forma notable mientras jadeaba. Tenía la
corbata torcida, la camisa blanca arrugada y los botones del saco
desabrochados, dejando el frente expuesto mientras recuperaba el aliento, como
si hubiera venido corriendo. A pesar de que eso resultaba imposible.
Ese hombre no es Nathaniel Miller.
Chrissy lo pensó con desconcierto.
Debo de estar teniendo una alucinación.
¿Por qué se le aparecería así, hecho un
desastre y mirándolo de esa forma, en lugar de ser el hombre perfecto de
siempre? No podía comprenderlo y, precisamente por eso, estaba convencido de
que no era real. Ese hombre, ese Nathaniel Miller, jamás se presentaría en
semejante estado. Sí, era una fantasía absurda. Una alucinación creada por su
mente, desesperado por negar la realidad.
“... Pero, ¿por qué me mira con ese rostro tan
pálido?”.
Un hombre que venía detrás le dijo algo a
Nathaniel, quien permanecía inmóvil, como petrificado. No reaccionó sino hasta
después de unos segundos. Nathaniel se giró lentamente hacia él. Chrissy, y
todos los presentes, pensaron que iba a decir algo. Sin embargo, se equivocaron
por completo.
“¡...!”.
Casi al mismo tiempo que alguien contenía el
aliento con un jadeo agudo, Nathaniel blandió el bastón que sostenía en la mano
y golpeó con fuerza la cabeza del hombre. Chrissy, con los ojos muy abiertos,
se quedó mirando atónito cómo las gotas de sangre roja saltaban en el aire como
espuma. Los hombres que lo acompañaban retrocedieron asustados al ver caer a su
compañero, pero aquello no terminó ahí. Nathaniel continuó golpeando al hombre
caído sin vacilar. Cada vez que el bastón impactaba contra su cuerpo, el hombre
vomitaba sangre y gritaba de dolor. Los demás, desconcertados por la repentina
situación, no sabían qué hacer hasta que, finalmente, empezaron a gritar y
protestar desde todos lados.
“¡Señor Miller! ¿Qué... qué cree que está
haciendo?”.
“¿Por qué hace esto? ¿Qué está pasando?”.
“¡Deténgase! ¡Maldita sea, deténgase ya!”.
“¿Qué le pasa? ¿Qué cree que hace viniendo
aquí de repente a hacer esto? ¡Maldito loco...!”.
Gritos e insultos estallaron por doquier.
Chrissy seguía sentado en el suelo, limitándose a observar cómo los hombres que
se abalanzaban sobre Nathaniel caían derrotados uno tras otro. El sonido sordo
de los golpes y los alaridos se sentían distantes, como si vinieran de un lugar
muy lejano. Sangre esparcida por el aire y cuerpos grandes desplomándose sin
fuerzas. Lo último que vio Chrissy, antes de perder el conocimiento, fue a los
guardias de la mansión entrando a toda prisa y a uno de ellos cayendo tras
recibir un golpe de bastón en la cabeza.
9 |
“¿Pero qué es lo que ha pasado?”.
Un hombre de mediana edad con mechones canosos
gritaba con el rostro desencajado por la furia. Al otro lado de la barra,
Nathaniel, sin decir palabra, sacó una botella de whisky. Al notar que quedaba
poco, frunció levemente el ceño y sirvió el licor en un vaso en silencio.
Aquella reacción enfureció aún más al hombre, quien espetó con brusquedad.
“¡Si iba a irrumpir así, solo, debería haberme
avisado antes! ¿Tiene idea de lo que ha hecho? ¡Maldita sea! ¡¿Es momento de
estar bebiendo?!”.p
Finalmente, el hombre soltó un insulto fuerte.
Nathaniel, tras pasar por su garganta el whisky que no llenaba ni medio vaso,
dejó el recipiente vacío sobre la barra. Su rostro seguía tan inexpresivo como
de costumbre, pero el hombre notó claramente una ligera arruga grabada en su
entrecejo. Ante la mirada desafiante que parecía invitarlo a decir lo que
quisiera, Nathaniel soltó un corto suspiro y finalmente habló.
“Ya le dije que no tuve otra opción para
salvar a los niños”.
“Ja”.
El hombre soltó un suspiro de incredulidad y
luego apretó los dientes con furia.
“Nathaniel Miller, te elegí para este trabajo
porque pensé que eras un desalmado sin escrúpulos”.
Continuó atacándolo sin piedad.
“A ti no te importa si los demás viven o
mueren. Eres el tipo de hombre que, si viera a la pequeña cerillera, pensaría
en cómo quitarle los fósforos sin darle nada a cambio, no en ayudarla
comprándoselos. ¿Y ahora vienes con que saltaste al peligro porque te daban
lástima los niños? ¿Crees que me voy a tragar esa basura? ¿Eh?”.
El hombre estaba tan furioso que su cara
estaba roja como un tomate. Nathaniel, que era quien realmente había bebido,
observaba con indiferencia al otro, que deambulaba de un lado a otro como un
oso enjaulado.
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“¿Recuperaron al niño que fue a la comisaría?”.
Ante la pregunta formulada con total
indiferencia, el hombre se detuvo y respondió con desdén.
“Ah, el chico Scott. Por supuesto. Está bajo protección
con los otros niños ahora mismo. Qué abogado tan bondadoso, preocupándose así
por los pequeños”.
Sarcasmo puro, pero a Nathaniel no pareció
importarle y preguntó otra cosa.
“Entonces, ¿esos niños regresarán a casa
ahora?”.
Este infeliz.
El hombre fulminó con la mirada el rostro
impecable de Nathaniel, molesto por sus constantes evasivas, pero no tuvo más
remedio que responder.
“Todavía no podemos enviarlos de vuelta. Aún
no hemos descubierto quién es el ‘Hijo de la Luna’”.
Al oír eso, Nathaniel murmuró para sí mismo
“Vaya. El fiscal se sentirá decepcionado”.
El hombre frunció el ceño mirándolo como si no
entendiera de qué hablaba, pero Nathaniel, sin inmutarse, se sirvió más alcohol
y preguntó.
“¿Entonces no se sabe cuándo podrán volver a
sus casas?”.
“No se puede evitar, las cosas se han puesto
así por tu culpa”.
El hombre volvió a apretar los dientes con
rabia. Cuanto más lo pensaba, más indignado se sentía; se revolvió el cabello
con ambas manos y soltó más insultos.
“Por eso deberías haber esperado. ... Maldita
sea, estábamos a punto de lograrlo. ¿Sabes cuántos años hemos desperdiciado en
esto? Si fallamos aquí, todo habrá sido en vano. ¡Tendremos que empezar de
cero!”.
El hombre jadeaba de rabia, abriendo y
cerrando los puños.
“Escucha bien, esto ha sido un error garrafal.
Si no logramos compensarlo, todos nuestros esfuerzos se irán a la basura. Y tú
tendrás que asumir la responsabilidad”.
“Vaya, qué miedo”.
Dijo Nathaniel con una leve sonrisa,
levantando el vaso como si brindara—.
“Que Dios nos ampare”.
“Ja”.
El hombre exhaló un corto suspiro, como si
finalmente se hubiera quedado sin energías. Se limitó a observar a Nathaniel
beber en silencio y luego habló con un tono mucho más calmado.
“¿Y ahora qué piensa hacer?”.
Nathaniel dejó el vaso a medio llenar y lo
miró fijamente.
“Bueno, usted es quien diseña los planes. Yo
solo los sigo”.
Su tono era pausado, como siempre, pero el
hombre se puso serio y lo fulminó con la mirada.
“No te hagas el despreocupado. Si las cosas se
arruinaron así, fue por tu culpa”.
En resumen, le estaba diciendo que se hiciera
responsable. Por supuesto, Nathaniel no había actuado sin pensar. Lo había
hecho aun sabiendo que esta situación era previsible.
“Deme algo de tiempo”.
Dijo Nathaniel con su habitual tranquilidad.
Lo solucionaré. Solo necesito tiempo, así que
espere.
Su voz calmada sonaba tan cotidiana que
transmitía una confianza absurda.
¿Será verdad?
Pensó el hombre, dándose cuenta de que ya
estaba cediendo. Existía esa fe infundada de que ‘Nathaniel Miller no habría
hecho algo así sin una razón, seguramente ya tiene calculado el siguiente paso’.
“... Está bien”.
El hombre carraspeó y continuó con tono severo.
“No podemos retener a los niños por mucho
tiempo, sus familias los esperan. Avíseme en cuanto sepa algo. Y no vuelva a
actuar por su cuenta como esta vez, ¿entendido?”.
Cuando parecía que iba a dar una última
advertencia antes de irse, el hombre se detuvo y añadió con una mueca de
disgusto.
“Límpiate esa sangre. Se ve fatal”.
Por supuesto, no era sangre de Nathaniel. Sin
decir nada, él se llevó el vaso a los labios con una leve sonrisa mientras veía
al hombre salir de la habitación refunfuñando.
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