Capítulo 13. El Sabor Prohibido
Capítulo
13. El Sabor Prohibido
"¿Estudiante Shin Jeong-ha?”
Ese día había sido afortunado en muchos
sentidos. Al intentar pedir un taxi por la aplicación, tuvo la suerte de
encontrar uno justo enfrente, y el vehículo llegó a la universidad con fluidez,
sin detenerse ante un solo semáforo en rojo.
"Hoy tengo buena suerte.”
Incluso el conductor se rió con ganas,
comentando que era la primera vez que veía el tráfico tan despejado a esa hora.
Y no solo eso: la nota de su último examen parcial había sido excelente, y en
el almuerzo, el menú de la cafetería incluía su plato favorito después de mucho
tiempo.
A Seung-won no le gustaba que Jeong-ha
resolviera sus comidas siempre en el campus, pero Jeong-ha no veía razón para
irse lejos solo por un plato de comida. Ese día tenía clases hasta la tarde,
pero terminaron antes de lo previsto, permitiéndole regresar pronto a casa.
Sí. Hasta ese momento, todo iba bien. Pensaba
que el día era tan perfecto que se prometió presumirle cada detalle a Seung-won
al llegar. Sabía que Seung-won solo empatizaría con la nota del examen o la falta
de tráfico, pero Jeong-ha estaba tan satisfecho que necesitaba contárselo a
alguien.
Hasta que se encontró con aquel hombre frente
a la universidad.
Era alguien a quien nunca había visto. ¿Lo
enviaría su padre? Tenía entendido que el asunto de las deudas del presidente
Shin ya se había zanjado; Seung-won había reducido la escala de la deuda a
cambio de que no volvieran a molestar a Jeong-ha. Aunque aún quedaba capital
por pagar, Seung-won planeaba usar esa deuda como "rehén" para
mantener vigilado al presidente Shin.
¿Quién era entonces? Era un hombre de mediana
edad con una apariencia impecable. Su cabello teñido de negro azabache y su
espalda recta eran impresionantes, aunque las arrugas alrededor de sus ojos
sugerían que era mayor de lo que aparentaba.
‘No sigas a desconocidos porque sí.’
Recordó las palabras de Seung-won. Se había
quejado de que lo tratara como a un niño, pero ¿acaso Seung-won había previsto
una situación así? Al ver que Jeong-ha se quedaba ahí parado parpadeando sin
responder, el hombre mostró una sonrisa bondadosa. Era un extraño, sí, pero no
parecía una mala persona.
"Tal vez pueda responder aunque no lo
siga", pensó Jeong-ha. En ese instante de duda, el hombre habló con
naturalidad.
"El Presidente desea verlo.”
"¿El Presidente?”
"Sí.”
Sorprendentemente, en cuanto escuchó la
palabra "Presidente", supo de inmediato a quién se refería. El
Presidente Tae. El padre biológico de Seung-won, el padre de su madre y, por
ende, el abuelo materno de Jeong-ha. Entonces, aquel sedán negro reluciente y
la actitud formal del hombre cobraron sentido.
El hombre abrió la puerta trasera con
naturalidad para escoltarlo. Jeong-ha aún no había decidido nada. Seung-won le
había dicho que no siguiera a extraños. Por deseo de Seung-won, Jeong-ha solo
escuchaba su voz y solo lo miraba a él. Gracias a eso, el siempre inestable y
excesivamente sensible Jeong-ha había recuperado la paz.
"Mmm…”
"El Presidente desea conocer a su primer
nieto.”
Al ver su vacilación, el hombre añadió aquello
en voz baja. Parecía saber por qué dudaba. ¿Acaso sabía también de su relación
con Seung-won? Por un momento, la mirada de Jeong-ha se volvió cautelosa, pero
ahora lo importante era decidir si subía al coche.
Sentía que las miradas sobre él aumentaban;
frente a la universidad siempre hay mucha gente. Pero más allá de la presión
social, Jeong-ha sentía curiosidad por su abuelo.
Según Seung-won, su abuelo era un hombre
implacable. Su madre se había casado solo para escapar de él, lo que lo hacía
sonar como alguien terrible y posesivo. Pero, al mismo tiempo, era su abuelo.
¿Podría evitarlo para siempre? Tal como se encontró con su tía, si continuaba
su relación con Seung-won, encontrarse con el patriarca era inevitable.
"¿Tardaremos mucho?”
"No sabría decirle. Pero podrá volver a
casa antes de medianoche. Ah, me refiero al hotel.”
"Así que sabe que estoy en el
hotel". Pensó que era mejor ir él a ver al abuelo que permitir que el
abuelo fuera al hotel donde vivía con Seung-won. Al subir, el hombre cerró la
puerta tras él.
De repente, recordó a su tía. Seguramente ella
les había contado al abuelo sobre él y su tío. Seung-won se había burlado de él
por creer las amenazas de su tía, pero una cosa era cierta: ella había revelado
la relación. Si no, su abuelo, que no lo había buscado en más de veinte años,
no habría enviado a nadie.
¿Estaría bien? Se sentía como una res llevada
al matadero. Tragó saliva con dificultad mientras jugueteaba con sus dedos,
rogando internamente poder regresar sano y salvo.
* * *
Cuando Jeong-ha tuvo miedo de que el abuelo
lastimara a Seung-won, este le dijo que los chaebols no eran seres con
un poder absoluto e ilimitado. Que, aunque tenían más dinero que el resto, no
eran tan crueles como para matar a un hijo sin remordimientos.
La explicación de Seung-won sonaba
convincente. A diferencia de Jeong-ha, que miraba precios y calidad, Seung-won
compraba lo que veía y gastaba en cosas que Jeong-ha consideraba un
desperdicio, pero aun así confiaba en su palabra.
Sin embargo, parecía que Seung-won se
equivocaba en algo: los chaebols no tenían simplemente "más
dinero", tenían "muchísimo más".
"…”
"Puede entrar por aquí.”
Siguiendo al hombre de mediana edad, Jeong-ha
no podía dejar de observar el paisaje. ¿Sería este el paisaje que veía un rey
en su palacio? El paisajismo profesional era digno de admiración, buscando la
perfección estética de cada estación mediante la poda y el replantado
constante.
Tras cruzar el inmenso jardín, apareció una
elegante casa tradicional coreana (hanok). ¿No era esto un palacio de
verdad? No esperaba encontrar tal escenario tras los muros.
"¿No vamos a entrar en la casa
principal?”
"El Presidente se encuentra ahora en el
anexo.”
Le explicaron que ese espacio había sido para
los hijos, pero tras su partida, se remodeló como biblioteca personal. Al
enterarse de que había varias casas dentro de la propiedad, Jeong-ha se sintió
intimidado.
La casa de Seung-won ya le parecía
excesivamente lujosa. El espacio que Seung-won disfrutaba solo era más grande
que la casa donde vivía la familia de cinco de Jeong-ha. A veces, Seung-won se
quejaba de su casa, y Jeong-ha pensaba que era falta de madurez por no haber
conocido la escasez, pero al ver la casa familiar, empezó a entender un poco la
actitud de su tío.
Caminando por el sendero de piedra con cierto
aturdimiento, llegó a un pequeño hanok. Era un espacio acogedor que
contrastaba con la grandiosidad del jardín y la casa principal.
El guía abrió la puerta. A diferencia del
exterior tradicional, el interior era bastante moderno. Las vigas gruesas y las
puertas de diseño que recordaban al papel hanji mantenían la identidad
de la casa. Un aroma familiar impregnaba suavemente todo el lugar.
"Presidente. Ha llegado.”
El hombre anunció su llegada frente a un
espacio abierto. Jeong-ha observaba los marcos de madera de las puertas;
parecía que el espacio se dividía a partir de esos umbrales. Pensó que una
biblioteca sería una habitación cerrada como la de Seung-won, pero todo ese
espacio abierto funcionaba como tal.
"Puede pasar.”
Sin haber escuchado respuesta desde el
interior, el hombre le indicó el camino. Significaba que debía entrar solo.
Jeong-ha lo miró con temor. Había llegado hasta allí, pero no se sentía capaz
de enfrentar a su abuelo a solas. Quería que el hombre lo acompañara, aunque
fuera un momento, pero este solo le devolvió una sonrisa firme y amable. Era
una carga que debía afrontar él solo.
"Gracias.”
Tras una leve inclinación, Jeong-ha entró. Más
que una biblioteca, parecía una gran galería con antigüedades y bonsáis. Los
libros parecían parte de la decoración.
Tras unos pasos, llegó a una zona llena de
estanterías que recordaba a una biblioteca real. El aroma que percibió al
entrar se hizo más fuerte.
"… Ah.”
Jeong-ha se detuvo con un pequeño suspiro.
Sentado tras un escritorio de madera noble, había alguien. No fue difícil
reconocerlo.
"¿Se verá Seung-won así cuando
envejezca?". El Presidente no mostraba la debilidad o apatía típica de los
ancianos. Su cuello grueso, su espalda recta y sus hombros anchos le daban un
aire imponente. Solo el cabello canoso y las gafas sobre el puente de su nariz
revelaban el paso de los años.
Estaba leyendo algo en una tablet de última
generación, el mismo modelo que Seung-won acababa de comprarle a Jeong-ha.
Sosteniéndola con firmeza en una mano, parecía haber aceptado los cambios
tecnológicos del mundo sin dificultad.
"…”
Jeong-ha estaba frente al Presidente Tae, su
abuelo. Contuvo el aliento ante la presión que emanaba el hombre, tragando
saliva antes de reaccionar. "Así que este hombre tan aterrador es mi
abuelo".
Jeong-ha se quedó allí parado mucho tiempo. Su
abuelo no le dirigía la mirada, y él no sabía qué hacer. El Presidente Tae
seguía revisando la tablet como si Jeong-ha fuera invisible. Se sentía como si
lo estuvieran castigando.
Finalmente, el Presidente Tae habló.
"Cuando uno se encuentra con un mayor,
debe saludar. ¿Qué clase de educación familiar te dio mi hija?”
"… Hola. Lo siento.”
No sabía si le estaba permitido saludar, pero
no esperaba que eso derivara en una crítica a su educación. Sintió calor en sus
orejas, como si hubiera deshonrado a su madre. El Presidente Tae, sin cambiar
el ángulo de su cabeza, levantó la mirada para observar a su primer nieto.
Era un hombre de facciones duras y mirada
penetrante. Sus ojos de tigre recorrieron su rostro y cuerpo, y Jeong-ha se
quedó paralizado, incapaz de apartar la vista o bajar la cabeza.
"Acércate más.”
La voz de su abuelo tenía autoridad. Jeong-ha,
que había estado inmóvil, empezó a moverse como bajo un hechizo. Cuanto más se
acercaba, más crecía su ansiedad. Sentía que caminaba directo hacia las fauces
de un depredador.
Se detuvo frente al escritorio. El Presidente
Tae dejó la tablet y miró fijamente el rostro del único hijo de su hija mayor.
Era una mirada que parecía atravesar el alma.
Pero extrañamente, con el paso de los segundos, Jeong-ha sintió que esa mirada
se llenaba de remordimiento. El abuelo frunció el ceño y chasqueó la lengua
ligeramente.
"Hueles a un aroma conocido.”
Jeong-ha bajó la cabeza por primera vez. Solo
había un olor que su cuerpo podía tener y que el Presidente Tae reconocería:
las feromonas de Seung-won. La noche anterior habían compartido momentos dulces
y apasionados.
Recordó estar sentado sobre los muslos de
Seung-won, moviéndose mientras jugaban; recordó a Seung-won abriendo sus
piernas para observar su intimidad durante largo rato. Recordó cómo Seung-won
hundía sus labios en su perineo, cómo bajaba por sus piernas para morder sus
tobillos y lamer cada uno de sus dedos. Aunque Jeong-ha se quejaba diciendo que
era "sucio", le encantaba esa expresión honesta de afecto y no paraba
de reír.
Sus momentos a solas eran así de honestos,
íntimos y lujuriosos. Si no se llamaran "tío" y "sobrino",
parecerían cualquier pareja joven apasionada.
Jeong-ha jugueteó con sus dedos nervioso.
Sentía vergüenza y humillación. No era como cuando su tía los descubrió. El
reproche del abuelo, que conocía toda la historia, era mucho más estático y
silencioso. Habría preferido que le gritara con furia. Recordó las palabras de
su tía sobre cómo el abuelo podría matar silenciosamente al hijo que manchara
su reputación. El temperamento de su abuelo parecía ser el origen de esa
frialdad.
Una tos seca del Presidente Tae rompió el
silencio gélido.
"No hagas cosas de las que te arrepientas
después. Si ya has empezado, es mejor terminarlo pronto.”
¿Podía considerarse eso un consejo? El
Presidente ni siquiera mencionó de qué hablaba, pero ambos lo sabían
perfectamente.
"Todo el mundo pasa por etapas así.
Hablan de destino, del amor del siglo… Es todo inútil. Con el tiempo, te
sentirás avergonzado.”
Jeong-ha miraba el rostro de su abuelo casi
sin respirar. Una fina capa de lágrimas brilló en sus ojos antes de deslizarse
silenciosamente por sus mejillas.
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El Presidente Tae miró la escena con
desagrado, chasqueó la lengua y se quitó las gafas. Se masajeó los ojos,
cansado de la pantalla, y dio el golpe final.
"Si tu madre lo supiera, ¿qué diría?”
Ante esa frase final que apelaba a la culpa,
el nieto no dijo nada. No podía, ¿verdad? ¿Cómo reaccionaría ella al saber que
su hermano y su hijo tienen una relación carnal? La respuesta era obvia.
Sin embargo, tras un largo silencio, la
respuesta del nieto fue inesperada.
"¿También le hizo eso a mi madre?”
En ese instante, el Presidente Tae miró a su
nieto a los ojos por primera vez. Las cejas del patriarca se contrajeron ante
la respuesta rebelde.
El nieto, de naturaleza omega, no parecía
haber heredado los genes de gran envergadura de su abuelo. Era pequeño y
delgado. Quizás por haber estado enfermo de niño, se veía frágil. Y ese nieto
miraba ahora a su abuelo con ojos llenos de resentimiento.
"¿También… interfirió en cada detalle de
la vida de mi madre?”
Pedirle que rompiera con Seung-won era, en
realidad, algo distinto a la relación con su hija. ¿Qué padre permitiría que su
hijo y su nieto estuvieran juntos? Incluso si no fueran parientes, cualquier
persona trataría de evitarlo. El hecho de que el Presidente Tae llamara al
nieto con el que no había tenido contacto en veinte años se debía a que esto
desafiaba las leyes de la naturaleza.
Pero ahora, el Presidente Tae guardaba
silencio porque la persona mencionada era su propia hija mayor. El hombre que
había usado a su hija para tocar la fibra sensible de su nieto se quedó mudo
por la misma razón.
"No espero nada del abuelo.”
La voz de Jeong-ha era profunda. Aunque estaba
al borde del llanto, quería transmitir su opinión claramente a este abuelo que
acababa de conocer. Aguantó el nudo en la garganta y pronunció cada palabra con
calma y determinación.
"Así ha sido siempre y así será en el
futuro. No necesito herencias ni nada parecido. Pregúntele a mi tío; yo no
gasto mucho dinero.”
De hecho, el papel de Jeong-ha solía ser
escandalizarse por el gasto excesivo de Seung-won. A veces Seung-won le
regañaba al revés, preguntándole por qué no gastaba dinero cuando a su edad lo
normal era tener algún problema por gastos superfluos.
"¿Sabe una cosa? Nací a los siete meses,
mucho antes de lo normal. Dicen que era muy pequeñito. Por eso, en las fotos de
mi primer cumpleaños, los objetos para el ritual de elegir el futuro (doljabi)
eran muy largos y grandes. Querían que, eligiera lo que eligiera, fuera algo
que le diera una larga vida.”
Su madre siempre le decía que estaba
agradecida porque él estuviera vivo. Que con que creciera sano era suficiente.
Cuando Jeong-ha corría por todos lados tras salir del hospital, ella se
preocupaba de que le pasara algo, pero al mismo tiempo sonreía inmensamente
feliz.
"Yo siempre… he vivido pensando que
quizás no haya un ‘después’.”
Tras recibir el alta definitiva, celebraron
una fiesta, pero tras la muerte de su madre, el estrés le causó problemas y
tuvo que dejar la universidad un año para tratarse.
Entonces lo supo: quizás nunca se curaría del
todo. Desde entonces no había recaído, pero su cuerpo era débil ante el más
mínimo estímulo. Vivía esforzándose por ser como los demás, pero siempre con
cuidado de no morir antes de tiempo.
Por eso, quizás su apego y afecto por la vida
eran más fuertes. Quería vivir mejor, quería no arrepentirse. ¿Sería por querer
vivir bien con este cuerpo? Había demasiadas cosas difíciles: la salud, la
vida, la familia… ni siquiera su propio corazón salía como él quería.
"Yo… tengo miedo de arrepentirme si rompo
con mi tío por razones ajenas a nosotros.”
Seung-won había declarado abiertamente que
intervendría en la vida de Jeong-ha. Que no terminaría, que no pensaba
renunciar a este sentimiento. Aun así, Jeong-ha, que solía tener fantasías
desde niño, a veces imaginaba la ruptura.
Sabía que no pasaría, pero imaginaba cómo
sería dejar la relación. Le dolía tanto que no lo hacía a menudo; solo pensar
en estar solo sin Seung-won le hacía llorar hasta que le ardían los ojos. Pero
sentía que necesitaba practicar para ser más fuerte.
Sus fantasías seguían: él teniendo un
accidente, o Seung-won muriendo primero. Parecían tonterías extremas, pero en
el mundo nunca se sabe.
Sus imaginaciones no siempre eran tristes. A
veces sonreía pensando en Seung-won de anciano, o se jactaba con una confianza
infundada de que, al ser más joven, viviría más que él.
De todas las posibilidades, la más
insoportable era terminar la relación por culpa de otros y no por voluntad
propia. Como ahora, o como cuando vino su tía. Tras pasar por aquel bache,
Jeong-ha lo decidió: no permitiría que eso sucediera.
"No nos soltaremos nunca, pero si tenemos
que terminar… lo decidiremos nosotros".
Claro que era solo una suposición. El peor de
los escenarios que probablemente no ocurriría en la realidad.
"No tengo mucho tiempo.”
Para Jeong-ha, que no conocía el mañana, el
presente era lo más valioso. Nadie conoce el futuro, pero él lo sentía con más
intensidad.
"No me voy a arrepentir. Tampoco me voy a
avergonzar. No sé qué pensaría mi madre, pero… tal como ella quería, estoy
bien.”
Feliz, sano, riendo cada día, siempre junto a
la persona que me quiere.
El abuelo guardó silencio largo rato tras
escuchar la larga historia del chico. Jeong-ha se secó las lágrimas que
empapaban sus mejillas. No se había dado cuenta de cuánto había llorado
mientras hablaba atropelladamente.
"Con tu madre fui más cruel.”
Jeong-ha se tensó ante ese inicio frío y
amargo. Sin embargo, la expresión del Presidente Tae era muy distinta a lo
esperado. Aquel hombre que nunca se había arrodillado ante el paso del tiempo,
que guardaba su vasta experiencia en sus arrugas, mostraba ahora un rostro
vulnerable.
"Tu madre no pudo elegir ni un vestido.
Ni siquiera los zapatos que quería ponerse.”
Era un afecto equivocado. Pero entonces no lo
sabía. Tras la muerte de su esposa, su corazón perdido no encontró un nuevo
rumbo y buscó un reemplazo. No comprendió que ese egoísmo terminó separándolo
de su hija más querida hasta que la perdió a ella también, tras haber perdido a
su pareja.
Sabía perfectamente que su hija casada no
vivía bien. Lo supo desde que trajo a aquel tipo mediocre diciendo que se
casaría. Los chaebols no tendrían un poder absoluto, pero tenían
capacidad de sobra para investigar a alguien. Si finalmente aceptó el
matrimonio que tanto prohibió, fue por el grito desgarrador de su hija
suplicándole que la dejara ir.
Lo único que pudo hacer fue apoyarla con una
empresa decente para que no tuviera penurias económicas. Después, no volvieron
a verse; solo recibía noticias ocasionales a través de terceros.
Le dijeron que había tenido un hijo, pero que
había nacido débil y estaba enfermo. Se sintió indignado por la terquedad de su
hija, que no pedía ayuda. Pensó que algún día ella cedería y volvería. Pasó el
tiempo esperando, hasta que de pronto recibió la noticia del fallecimiento.
Un accidente.
El hombre no fue al funeral. Su hija había elegido
romper vínculos y casarse sin amor con tal de escapar de él. Dudó si tenía
derecho a llorar su muerte. Su segunda esposa, que se llevaba bien con su hija
a pesar de no compartir sangre, le dijo que estaría bien ir, pero el Presidente
Tae no pudo perdonarse. Sentía que incluso aquel accidente repentino era culpa
suya.
"Siempre quise darle lo mejor a mi hija.”
Lo que el Presidente Tae consideraba "lo
mejor". No importaba si era lo que ella quería. Tenía una inmensa riqueza
y poder, y la confianza de poder dar siempre lo máximo. En lugar del hombre que
no podía seguir hablando, su nieto susurró suavemente:
"Yo también tengo algo que quiero tener.”
El hombre sonrió en silencio. Siempre pensó
que él tenía la respuesta correcta, aunque su hija no buscara una "respuesta".
"Acércate un poco más. Déjame verte bien
la cara.”
Aunque ya estaba cerca, su abuelo le pidió que
se aproximara más. Era la primera vez que se veían cara a cara.
Jeong-ha ajustó su posición y se inclinó hacia
adelante. El Presidente Tae se incorporó en su silla para examinar de cerca el
rostro de su nieto.
Lo miraba como si fuera un tesoro valioso y
precioso, recorriendo cada rasgo antes de extender una mano con cuidado para
acariciarle la mejilla.
"Te pareces.”
De pronto, Jeong-ha recordó que su madre se
parecía a la primera esposa del abuelo. ¿A quién se refería el abuelo? ¿A su
madre o a aquella pareja? En cualquier caso, el Presidente Tae sentía una
nostalgia que había olvidado al mirar a Jeong-ha.
El anciano que al principio parecía un gigante
ya no daba miedo. El hombre que acariciaba su rostro con delicadeza era
simplemente su abuelo.
"¿Vendrás de vez en cuando a hacerme
compañía? Quiero saber cómo has estado.”
"… Lo pensaré.”
Ante la respuesta algo esquiva y coqueta, el
Presidente Tae soltó una carcajada llena de alegría. No importaba lo que dijera
el niño, resultaba adorable; el afecto era, en verdad, algo poderoso.
De repente, se escuchó ruido afuera. La atención
del Presidente, que disfrutaba del tiempo con su nieto, se dirigió a la
entrada. Jeong-ha también ladeó la cabeza intrigado.
"Por favor, espere un momento. Saldrán
enseguida…”
"Solo voy a entrar un momento.”
"¡Joven Amo!”
Jeong-ha abrió mucho los ojos al oír
"Joven Amo". ¿Quién en esta casa podría ser llamado así? Además, la
voz que se escuchaba era extremadamente familiar. Los pasos eran apresurados.
Sintió una ligera vibración y entonces apareció el "Joven Amo".
"¡Ah!”
En cuanto vio a Seung-won entrar bruscamente
en la biblioteca, Jeong-ha gritó de alegría. Pero parecía ser el único alegre;
la expresión de Seung-won era sombría. Al ver a Jeong-ha entregando su rostro a
las caricias del Presidente Tae, el rostro ya tenso de Seung-won se volvió
amenazador.
"Ven aquí.”
"¡Ah…!”
Seung-won arrebató a su sobrino de las manos
de su padre en un instante. Jeong-ha miró a ambos alternativamente,
desconcertado. El Presidente Tae también se quedó helado en la misma posición
en la que estaba acariciando la mejilla de su nieto, incrédulo ante la
situación. Sin importarle nada, Seung-won empezó a revisar a Jeong-ha
frenéticamente.
"¿Qué le pasa?”
"¿Estás bien? ¿Has llorado?”
Al notar los ojos inyectados en sangre y
confirmar que los párpados estaban rojos, la expresión de Seung-won se volvió
feroz. De inmediato, empezó a emanar de él una feromona imponente y agresiva.
Al mismo tiempo, envolvió a Jeong-ha con una feromona protectora para que no
sufriera el impacto, pero era la primera vez que mostraba una hostilidad tan
intensa.
"Vaya, vaya.”
"¿Qué está haciendo? Si tiene algo que
decir, debería haberme llamado a mí.”
El Presidente Tae chasqueó la lengua ante su
hijo, que gruñía ferozmente.
"Si te hubiera llamado a ti, no habríamos
podido hablar. ¿Qué clase de comportamiento es este nada más llegar? Qué falta
de modales.”
El abuelo tierno de hace un momento había
desaparecido. Enfrentando a su hijo tras mucho tiempo, el Presidente endureció
su gesto y presionó silenciosamente con su propia presencia contra la feromona
que su hijo liberaba sin miedo.
Cualquier otra persona estaría temblando de
terror ante tal presión, pero el Presidente Tae parecía relativamente
tranquilo. Quizás porque sus feromonas eran similares y se veía menos afectado.
Aun así, para un hombre de su edad, recibir el impacto directo de la feromona
de un alfa joven y vigoroso no era bueno ni física ni mentalmente.
"Ugh…”
El duelo de titanes entre padre e hijo se
detuvo por un leve quejido.
A pesar de estar envuelto en la capa protectora
de Seung-won, el hecho de tener a dos alfas liberando feromonas agresivas
afectaba inevitablemente al débil cuerpo de Jeong-ha. Al notar que el chico
palidecía y perdía el equilibrio, ambos retiraron sus feromonas de inmediato.
"¿Estás bien?”
"Sí, estoy bien.”
Aunque decía que estaba bien con la boca, se
aferró al cuerpo de Seung-won. Este lo miró con ojos llenos de lástima. Estaban
demasiado pegados para estar frente a un tercero, pero a ninguno de los dos
parecía importarle. Solo el Presidente Tae, que los observaba, mostraba una
expresión de desagrado.
"Loco.”
Ante el insulto susurrado, Seung-won miró
ferozmente a su padre. Sospechaba que las noticias sobre ellos habrían llegado
a oídos del Presidente, pero llamar a Jeong-ha fue inesperado. Pensó que lo
llamaría a él para regañarlo, no al nieto al que había ignorado toda la vida.
Su hermana mayor, Hyeon-ju, lo había contado
todo exagerando la gravedad de la situación. Aunque no era un problema menor, a
Seung-won no le importaba mucho. Pensaba aguantar cualquier reacción de su
padre, ya que era algo por lo que debían pasar tarde o temprano. Pero al
enterarse de que habían tocado a Jeong-ha y no a él, perdió los estribos y
acudió de inmediato dejando todo de lado.
"Secretario Lee. Lleve a Jeong-ha afuera.”
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Tras mirar a su hijo un momento, el Presidente
llamó a alguien por teléfono y reapareció el hombre de mediana edad de antes.
El hombre llamado Secretario Lee se inclinó levemente ante Seung-won, pidiendo
disculpas mientras este lo miraba con odio.
Si tenían que llegar a una conclusión, mejor
que fuera a solas. Seung-won soltó a Jeong-ha a regañadientes, y el chico, tras
ponerse firme, le dio un abrazo rápido.
"No se peleen.”
"No te preocupes.”
Jeong-ha lo decía en serio, pero parecía que
Seung-won lo interpretó como "peléate con cuidado". Jeong-ha miró a
su tío con preocupación antes de seguir al Secretario Lee hacia el exterior.
* * *
En la biblioteca solo quedaron los dos alfas.
Dos alfas. Padre e hijo. El jefe de un
conglomerado y el ejecutivo de una subsidiaria. Había muchas palabras para
definir su relación, pero en ese momento, las más precisas eran probablemente
"abuelo" y "canalla".
"He oído que planea terminar el proceso
de sucesión para antes del próximo año; parece que la senilidad le está
afectando.”
El proceso de sucesión no era simplemente
transferir una empresa y ya. ¿Cuántas compañías llevaban el nombre de Taeseong?
Bajo el mando del Presidente Tae, participaciones en matrices y filiales se
entrelazaban como una tela de araña, por lo que él debía trabajar
meticulosamente en esas conexiones.
A esto se sumaba la clasificación precisa de
los bienes que se heredarían tras su muerte. El número de expertos involucrados
en este proceso equivalía al tamaño de una empresa mediana. Por muy frío y
desapegado que el Presidente Tae fuera con sus hijos, eso no significaba que
estuviera dispuesto a repartir su fortuna entre extraños.
"Aún me falta mucho para la senilidad. Y
la muerte está todavía más lejos.”
A pesar de la mención a la demencia, el
Presidente Tae se veía muy vigoroso, incluso a ojos de su hijo Seung-won. Eso
era lo más aterrador. Que un anciano de más de setenta años mantuviera esa
mirada tan llena de vida.
"Tan cobarde y astuto como siempre.”
Ante el lenguaje desinhibido de su hijo, la
expresión del Presidente Tae se tensó por un instante. Bajo ningún concepto
eran palabras que un hijo debiera dirigir a un padre. Pero ¿cómo no llamarlo
astuto? El hecho de que su hermana hubiera visitado a Jeong-ha por sorpresa,
buscando el momento en que estaba solo, era un rasgo claramente heredado de su
padre. Atacar la debilidad era el método más seguro y retorcido.
"Diga lo que diga, no pienso dejarlo. No
soltaré a Jeong-ha. Ya se lo dije a él: no importa lo que pase, no tengo
intención de renunciar. No puedo vivir sin ese chico.”
Ante las palabras de su hijo, el Presidente
Tae apretó los labios y tensó la mandíbula. La expresión de su hijo era mucho
más directa y ruda. Si no hubiera conocido a su nieto poco antes, podría haber
pensado que se trataba de una relación unilateral. Sin embargo, su nieto
también había elegido a su hijo a pesar de todo.
"... Ya lo he oído.”
La reacción del Presidente fue más calmada de
lo esperado. ¿De qué habrían hablado con Jeong-ha mientras él no estaba? El
Presidente Tae no dijo nada más, simplemente clavó su mirada melancólica en un
punto del escritorio.
"Dijo que no quería arrepentirse por
culpa de los demás.”
No mencionó el sujeto ni explicó las
circunstancias con detalle, pero eso fue suficiente. Seung-won pudo imaginar la
conversación. No sabía cómo su pequeña y adorable pareja había logrado ablandar
al patriarca, pero era evidente que este no había podido lanzarle sus rayos y
centellas.
Una sombra se proyectó en el rostro del
anciano, quien no pudo dar una orden tajante al nieto que veía después de
veinte años. Aunque no hubiera dicho nada ante las súplicas llorosas de su
nieto, eso no significaba que recibiera con los brazos abiertos el tabú que
cometían su hijo y su nieto. Ver a su nieto aparecer impregnado de las
feromonas de su hijo, y a su hijo correr frenético para protegerlo mostrando
los colmillos, no podía ser algo fácil de procesar.
"¿Qué es lo que teme?”
Se escuchó la voz del hijo que había elegido
el camino de la impiedad filial.
"Si me preocuparan esas cosas, ni siquiera
habría empezado.”
Eran palabras que no ofrecían consuelo alguno.
A pesar de tratarse del hijo de su hermana —aunque fueran de distinta madre, se
habían llevado bien—, no mostraba ni un ápice de arrepentimiento por desearlo.
Al contrario, se mostraba orgulloso.
"Puede que el chico no lo entienda, pero
tú no deberías hacerle esto a tu hermana.”
"En absoluto. Solo puedo estar
agradecido.”
Haber dado a luz a un hijo tan lindo y
adorable; si ella estuviera delante, Seung-won estaría dispuesto a hacerle una
reverencia de agradecimiento. Ante tal declaración de cinismo, el rostro del
Presidente Tae se desfiguró. El agua ya se había derramado. Había pasado
demasiado tiempo como para detener a esos dos.
Incluso antes de que su segunda hija viniera a
delatarlos, él ya sabía que Seung-won se había hecho cargo del hijo de su
difunta hermana mayor. En aquel entonces, el Presidente Tae no se preocupó. Sabía
que su primer yerno se había vuelto a casar y que Jeong-ha no encontraría su
lugar en esa nueva familia, así que pensó que era lo mejor. Incluso llegó a
creer que, tarde o temprano, eso serviría de puente para recuperar el vínculo
con su nieto.
Sin embargo, la relación tomó un rumbo
inesperado y llegó a un punto de no retorno. Como máxima autoridad de la
familia y superior de ambos, intentó usar su autoridad para separarlos, pero
resultó imposible.
"Vivirás el resto de tu vida bajo el peso
de las malas lenguas.”
"Igual que el padre que vive marcado por
el rumor de haber matado a su propia hija.”
Ante el sarcasmo de su hijo, la expresión del
Presidente Tae se ensombreció un momento para luego dar paso a una sonrisa
amarga. No había secretos en este mundo, y menos para alguien tan expuesto a
los medios como él. La noticia del accidente de su hija, que fue una herida
imborrable para él, regresó en forma de estigma infame con el rumor de que él
mismo lo había provocado. Vivía aceptando eso como el castigo por la vida que
había llevado.
"No se preocupe.”
Podía soportarlo, y lo haría. No tenían tiempo
para preocuparse por las miradas ajenas o los chismes; apenas tenían tiempo
para amarse.
"Tu hermana me pidió que te detuviera.”
Entre un padre y un hijo que se sentían
incómodos el uno con el otro, no solía haber mucha conversación. Cuando el
Presidente soltó aquello tras un largo silencio, una sonrisa maliciosa apareció
en el rostro de Seung-won.
"No sé de qué me habla.”
"¿Sabes que esos dos están viviendo
separados?”
"Ah, ¿de verdad?”
Hyeon-ju, la segunda hija, había comenzado
recientemente a vivir separada de su cónyuge. Exactamente, su esposo se había
marchado de casa al descubrir que el modelo de la marca más importante de la
empresa de Hyeon-ju era un actor con el que ella había tenido un romance
apasionado en secreto.
Hyeon-ju se defendió diciendo que ella no
eligió al modelo, sino que lo hicieron los encargados basándose en la imagen de
la marca, pero era innegable que había puesto a su antiguo amante como imagen
publicitaria durante su matrimonio. A partir de ahí, su esposa sacó a relucir
su pasado amoroso y, al no encontrar forma de reconciliarse, terminaron
separándose.
"¿De verdad no lo sabes?”
"¿Cómo iba a saberlo yo?”
El Presidente Tae chasqueó la lengua mirando a
su hijo menor, que respondía con fingida inocencia. No habría nadie con el
valor suficiente para filtrar tal información de la esposa de Hyeon-ju, a menos
que fuera él. La acción que la segunda hija —que tanto quería a su hermana
mayor— tomó contra su sobrino, se le había devuelto multiplicada.
Y no solo eso. Al parecer, habían surgido problemas
en la gestión de una fábrica en Gyeongbuk y ella estaba ocupada preparando las
alegaciones. En el peor de los casos, la empresa podría enfrentarse a una
suspensión de actividades por toda una temporada, lo que había activado todas
las alarmas.
Conociendo la frialdad de su hijo para
ejecutar venganzas sin mancharse las manos, llamar al nieto —relativamente más
vulnerable— para convencerlo fue una elección lógica para el Presidente.
Aunque, al final, fue él quien acabó convencido.
"Quédate a cenar.”
"No quiero.”
"Tsk.”
Ante el rechazo tajante, el Presidente Tae
chasqueó la lengua disgustado. No tenía especial interés en su hijo frío y
distante; no tenían una relación lo suficientemente cercana como para compartir
una comida armoniosa. El interés del Presidente estaba centrado exclusivamente
en su nieto.
El nieto al que no había visto en veinte años.
Había muchas historias que quería escuchar de Jeong-ha y muchas cosas que
quería darle.
"No impidas que Jeong-ha venga.”
Ante la petición de su padre, una sonrisa
sincera iluminó el rostro de Seung-won. No era un hombre tan cruel como para
impedir algo así.
Los pasos de Seung-won al salir de la
biblioteca del Presidente Tae parecían más ligeros que nunca. Se despidió de su
padre casi por compromiso, pero ambos sabían que no eran de los que se apegaban
a las formalidades. En cualquier caso, el encuentro de hoy sería inolvidable
para Seung-won: había sido la primera conversación con su padre que no
terminaba en gritos e insultos.
Hacía mucho tiempo que no visitaba la casa
familiar. Hyeon-ju solía pasarse de vez en cuando, pero Seung-won no había
vuelto ni una vez. Incluso las reuniones familiares solían ser en hoteles,
donde él aparecía solo por un momento.
Probablemente vendría a menudo a partir de
ahora. No porque él quisiera, sino por Jeong-ha.
* * *
Había un hombre que no echaba nada de menos en
el mundo. Dicen que en la vida hay más cosas que no salen como uno quiere que
las que sí, pero para él no hubo dificultades especiales. Debido a que era
idéntico a su padre, chocaban constantemente, pero el problema se solucionaba
fácilmente ignorándose y viviendo como extraños, dejando que su vida siguiera
un camino de éxito asegurado.
Ante ese hombre, apareció algo que no salía
según sus planes. El chico que se presentó como el hijo de su difunta hermana
le pareció el ser más frágil y vulnerable que había conocido. Claramente estaba
en la palma de su mano, pero era tan valiente que no podía bajar la guardia ni
un segundo.
Todo empezó con curiosidad. Interés por el
hijo de su hermana, curiosidad por su sobrino. No tardó mucho en darse cuenta
de que bajo ese interés latía otro anhelo. Su resolución de ocultar lo que
sentía se desmoronó irremediablemente ante el chico que mostraba sus
sentimientos sin reservas. Así, el hombre decidió abrazar aquel pequeño cuerpo
y no soltarlo jamás.
Alguien señalaría su relación diciendo que
cometían un pecado. Alguien se horrorizaría preguntando cómo podía mirar a su
sobrino con esos ojos. Pero si este sentimiento no era amor, ¿qué era entonces?
El amor que el hombre eligió era tan pesado que no le permitía oír ni ver nada
más.
Cruzó el anexo y llegó a la casa principal,
pero no vio a Jeong-ha por ninguna parte. ¿Habría entrado? La madre de
Seung-won solía estar a esa hora en las oficinas de la fundación de la que era
presidenta.
‘¿De verdad tienes que hacer esto?’
Fue lo primero que le dijo la mujer por
teléfono al enterarse de la noticia. Pero eso fue todo.
Al no ser una relación madre-hijo
especialmente afectuosa, y al no tener ella un apego o una obsesión profunda
por el hijo que dio a luz, su madre colgó tras decirle que tuviera cuidado.
Sabía que, aunque dijera algo, su hijo no la escucharía. Lo de "tener
cuidado" se refería a controlar su entorno para que no surgieran rumores.
Justo cuando iba a llamar a Jeong-ha al no
verlo por ninguna parte, escuchó una conversación. Seung-won guardó el móvil y
caminó hacia donde venía el sonido. A medida que se acercaba, las voces se oían
más claras. Sin darse cuenta, Seung-won estaba caminando por el jardín.
Este jardín era el espacio que el Presidente
Tae cuidaba con más esmero. ¿No decían que era el lugar favorito de su primera
esposa? La relación de su propia madre con el Presidente —un matrimonio de
conveniencia— era algo que Seung-won aceptaba como normal, pero el amor del
Presidente por una pareja que murió hace casi cuarenta años y a la que aún no
podía olvidar resultaba a veces sorprendente.
"¿Cómo se cuidan estas plantas? Yo
también quiero que las mías crezcan así de hermosas.”
"Será difícil criarlas dentro de casa. Yo
también le pregunto al jardinero de vez en cuando y dice que requieren mucho
trabajo.”
"¿Ah, de verdad?”
Jeong-ha estaba agachado junto al secretario
del Presidente Tae, parloteando animadamente. Aunque había declarado que no
tendría más plantas, su interés seguía intacto. Al oír que necesitaba manos
expertas, acarició las hojas con un gesto de decepción.
Al ver aquella nuca redonda, una sonrisa
apareció en el rostro del hombre. Jeong-ha escuchaba atentamente la explicación
del secretario, asintiendo sin parar.
Seung-won acortó la distancia con su sobrino,
silenciando sus pasos. No quería asustarlo, y como parecía muy concentrado, no
quería romper el ambiente.
Pensaba quedarse detrás escuchando hasta que
el Secretario Lee terminara su explicación, pero Jeong-ha, que escuchaba
abrazándose las rodillas, de repente movió los hombros y se dio la vuelta. A
diferencia de Seung-won, que se detuvo bruscamente al ser descubierto, el
rostro de Jeong-ha se iluminó de alegría.
"¡Ha salido muy pronto!”
"Claro. ¿Cómo lo has sabido?”
"¿Cómo no voy a saberlo?”
Seung-won pensó que había ocultado su
presencia al máximo, pero Jeong-ha se rió entre dientes preguntándole cómo no
iba a darse cuenta.
Cuando Seung-won abrió los brazos hacia el
chico que se acercaba, Jeong-ha lo rodeó con los suyos y lo abrazó con fuerza.
"Estaba pensando si tendría que ir a
separarlos por si se peleaban.”
"¿Yo con mi padre? ¿Por qué íbamos a
pelearnos?”
Ante su descaro, Jeong-ha le lanzó una mirada
de reproche antes de volver a sonreír. Era una mentira evidente, pero el hecho
de que Seung-won estuviera allí era prueba de que la charla había ido bien.
"¿Y cómo pensabas separarnos?”
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"Tengo mis métodos. Estas cosas no se
solucionan peleando. ¿No conoce la ‘política del sol’?”
Le pareció adorable ver al chico explicándole
sus "conocimientos" sobre cómo apaciguar y convencer a alguien para
ganarse su corazón.
"¿Y por qué conmigo siempre estás
enfadado?”
"Con el tío sí puedo estarlo.”
Jeong-ha se rió travieso, respondiendo con
total confianza. Ver que aquello no le molestaba sino que le parecía encantador
era señal de que su "enfermedad" de amor era grave.
"Vámonos a casa.”
"¿Ya?”
Al tirar de su mano, Jeong-ha no pudo ocultar
su decepción. Al parecer, el jardín le había encantado.
"Puedes venir a visitar siempre que te
aburras.”
Ante su vacilación para responder, se oyó la
voz del Presidente Tae. Había salido del anexo y, desde la distancia, intentaba
consolar a Jeong-ha. Al oír a su abuelo, Jeong-ha respondió con entusiasmo.
"¡Vendré a visitarlo la próxima vez!”
A diferencia de Jeong-ha, que se despedía
prometiendo volver pronto, Seung-won saludó al Presidente solo con la mirada. A
pesar de la ligera curva de sus labios, los ojos del Presidente Tae no
sonreían. La distancia entre padre e hijo era perfecta así, sin presiones.
El Presidente Tae era, en realidad, el único
vínculo de sangre que ambos compartían. Lo único que él podía hacer era ignorar
la relación.
Si no podía bendecirlos, al menos no los
maldeciría. Eso era lo máximo que el anciano podía ofrecer.
* * *
Las escrituras de una religión dicen que este
mundo y todos los seres vivos fueron creados por la punta de los dedos de un
dios. Un primer hombre, creado con esmero por la divinidad, y la primera mujer
de la humanidad, formada a partir de la costilla de aquel hombre. Dios amó y
protegió a las dos criaturas más perfectas de su creación, pero les impuso un
solo mandamiento, una regla que jamás debían romper:
No comer el fruto del árbol que estaba en
medio del jardín.
A excepción de eso, no tenían ninguna
restricción. Durante mucho tiempo, ambos disfrutaron de una felicidad plena en
el mundo creado por Dios. Un edén perfecto moldeado por manos divinas donde
seguramente compartieron un amor absoluto.
El primer ser creado por Dios y el ser creado
específicamente para ese primer hombre. En efecto, no eran más que dos personas
nacidas la una para la otra.
¿Cuánto tiempo duraría esa paz? Vivieron bajo
el amparo de Dios durante mucho tiempo, pero en cualquier lugar siempre aparece
un estorbo. Un día, una serpiente se presentó en el jardín y comenzó a
susurrarle a la mujer que comiera el fruto. La mujer cedió a la tentación,
cayendo en el engaño y rompiendo la regla. Tras probar el fruto que su Creador
le había prohibido tocar, lo siguiente que hizo fue ofrecérselo al hombre.
El hombre, incapaz de ignorar los susurros de
la mujer, acabó saboreando el fruto. Al descubrir que ambos habían roto el
tabú, la ira de Dios cayó sobre ellos, dando origen al pecado original de la
humanidad.
Esta es la historia de los primeros humanos
que narran ciertas escrituras.
* * *
Seung-won solía pensar a menudo en este
relato. Específicamente, en aquella mujer que, tras probar el fruto prohibido,
se lo ofreció también al hombre. ¿Cuán dulce y delicioso debió ser para que
decidiera compartirlo con el ser que más amaba?
¿Podría decirse que el acto de invitar al tabú
no fue amor? Dios se enfureció con los dos por desobedecer la única
prohibición, pero nadie podría afirmar que el gesto de la mujer al ofrecerle el
fruto al hombre no fue un acto de amor.
Aquello también era amor. Solo que era un
tabú. Pero el hecho de haber roto una prohibición no podía borrar el
sentimiento.
Era dulce, dulce y nuevamente dulce. Aquello
sabía mejor que cualquier otra cosa que hubiera experimentado en su vida. Nadie
sería tan tonto como para dejar escapar lo mejor que ha llegado a sus manos.
Aunque el mundo lo tachara de acto impuro, lo señalara como un tabú y lo
condenara, para Seung-won no era así.
Incluso si al final de este amor aguardaba el
pecado original, no pensaba soltarlo. Detenerse ahora no limpiaría ni borraría
ese pecado. Siendo así, Seung-won pensaba sentirlo, disfrutarlo y amarlo aún
más.
Al igual que la primera mujer, que por amor
entregó el fruto aun sabiendo que estaba prohibido, él amaría con todas sus
fuerzas a Jeong-ha, quien había mordido el fruto que él mismo le ofreció. Esa
era la decisión del hombre que eligió el camino del pecado.
* * *
"¿De qué habló con el abuelo?”
"¿De qué crees que hablamos?”
"Mmm.”
Seung-won puso el coche en marcha mientras le
abrochaba el cinturón de seguridad a Jeong-ha con naturalidad. Parecía que el
chico seguía teniendo mucha curiosidad por la conversación entre los dos.
Seung-won comenzó a sonreír al observar a Jeong-ha parpadear repetidamente,
imaginando el diálogo entre su tío y su abuelo. Se veía adorable con sus largas
pestañas aleteando mientras se sumía en sus pensamientos.
"Pensé que saldría de allí muy enfadado,
pero no ha sido así….”
"¿Pensaste que saldría enfadado?”
"Es que al principio me dio mucho miedo.
Estaba liberando sus feromonas de forma muy agresiva.”
Jeong-ha, que casi pierde el conocimiento por
no poder soportar la presión, describió la situación anterior con una expresión
solemne. Sí, al principio fue así. Seung-won había corrido hacia allí pensando
que su padre podría haberle dicho palabras crueles y despiadadas a un nieto al
que nunca había visto.
"Pero parece que ni el tío ni el abuelo
están tan enfadados ahora….”
Un beso repentino cortó en seco su voz
parlanchina. Lo que parecía un roce ligero se convirtió en un beso profundo;
sus labios buscaron distintos ángulos, saboreándose con lentitud y devoción.
El chico, que parpadeaba con los ojos muy
abiertos sin entender qué pasaba, terminó por cerrarlos poco después. El dulce
sabor del tabú. Un sabor del que jamás podría escapar ni al que podría
renunciar emanaba del joven. Al separarse, quedaba un rastro de nostalgia que
hacía que el beso pareciera no querer terminar nunca.
A diferencia del chico, que estaba sujeto por
el firme cinturón de seguridad, el hombre se desabrochó el suyo para abrazar
aquel pequeño cuerpo como si quisiera fundirse con él, cubriendo su rostro con
incesantes besos.
"Ah, basta. Que estamos en la casa del
abuelo.”
Jeong-ha se rió suavemente mientras intentaba
apartarlo. Seung-won cedió, pero mantuvo sus frentes unidas mientras le daba un
último beso ligero.
"Lo que le dije a mi padre fue….”
Su voz sonó más grave de lo habitual. El
hombre pareció dudar por un instante. Jeong-ha, escuchando el relato con la
frente pegada a la suya, rodeó al hombre con sus brazos con fuerza.
"Yo también. Yo también siento lo mismo.”
La voz del chico, repitiendo las mismas
palabras, rebosaba felicidad. "Yo también. Yo también".
"Dígalo una vez más, por favor.”
El chico, que rió de alegría durante un buen
rato, empezó a suplicar. Seung-won no solo podía decírselo una vez, sino todas
las que hiciera falta.
"Que yo a ti….”
Que te amo demasiado. Que siento que moriría
si no te tengo.
El rostro del chico al escuchar la confesión
del hombre brillaba con una luz radiante. Al ver ese rostro, al contemplar esa
expresión de pura alegría, le resultaba imposible contener las palabras de
amor.
Cuán dulce es el tabú.
Qué dulzura tan inmensa aguarda cuando se
cruza la línea prohibida.
El sabor supremo.
Este era, sin duda, el sabor más exquisito que
Seung-won probaría jamás.
Era el afecto más intenso, la obsesión más
profunda y la plegaria más ferviente que experimentaría en toda su vida.
No importaba lo que aguardara al final del
tabú. Para aquellos que se habían entregado al amor, el tiempo nunca sería
suficiente para saciarse el uno del otro.
<Fin de la historia principal de 'Un pecado
tan adorable'>
