7. Presente

 


7. Presente

La cabeza de Hwi-su, sentado frente a Dong-ho en la limusina, se tambaleaba constantemente.

"¿Por qué hacer que un niño se agote así por una preparación que empieza con un mes de antelación...?".

Dong-ho masticó una blasfemia, mirando de reojo a la intérprete sentada a su lado. Aún faltaba mucho para la London Week de febrero, pero el diseñador de la empresa B era conocido por su notoria costumbre de convocar a las modelos con mucha antelación. Además, llevaban una semana probando peinados absurdos bajo un concepto llamado ‘Hiper Centuria’ o algo por el estilo.

"Dicen que es un genio, pero ¿en qué se diferencia de un loco?".

"¿Eh?".

La intérprete, que había captado su mirada como un fantasma, preguntó en un coreano torpe.

"No, no... Es un monólogo, quiero decir... ¿Cómo se dice en inglés...? ¡Self-talk, self-talk!".

Ah, soltó una sonrisa burlona y volvió a mirar por la ventana. Cuando llegó hasta allí gracias a la inmensa bondad del jefe de FoC, apretó los puños sin darse cuenta. Había aceptado venir porque le dijeron que no sería muy diferente de su trabajo en Corea...

‘Hwi-su no está en su mejor momento últimamente. Dong-ho, ve con él y quédate a su lado. Tendrás un intérprete 24 horas, así que no te preocupes por el inglés’.

Tal como había dicho el Señor Han, quizás por ser invierno, Hwi-su no estaba bien de salud desde hacía quince días. Había salido de Seúl con fiebre leve y, con el clima inclemente de Londres, finalmente comenzó a toser. La idea del diseñador de ponerlo en el escenario prácticamente desnudo hizo que Dong-ho sintiera ganas de volver a soltar una palabrota.

"¿Cuánto queda de antipirético...? ¿Eh? Hwi-su..., ¿Hwi-su?".

Hwi-su, a quien creía dormido, actuaba de forma extraña. El dorso de su mano, con las venas marcadas por la fuerza con que apretaba el puño, temblaba. Sus párpados parecieron convulsionar y de repente derramó lágrimas. Aun así, no abrió los ojos. O, más bien, parecía que no quería abrirlos. Sus labios apretados temblaban, intentando decir algo, pero solo emitían un sonido de dientes rechinando; nada que se pudiera entender.

Finalmente, Dong-ho lo sacudió por los hombros.

"Despierta, Hwi-su. Abre los ojos, ¿sí? ¿Qué te pasa...?".

Dong-ho le palmeó suavemente la mejilla, cubriendo su rostro mojado, pero fue en vano. Incluso la intérprete masajeó el brazo rígido de Hwi-su, gritando algo en inglés.

"¡119... no, 911! ¡Llama a eso, lo que sea!".

Al ver el alboroto en el asiento trasero, el conductor detuvo el coche a un lado de la carretera, abriéndose paso entre el tráfico congestionado.

"Hwi-su. Abre los ojos. ¿Qué te duele?".

Lo abofeteó tan fuerte que se oyó un chasquido. Las lágrimas se derramaron como una inundación sobre sus mejillas enrojecidas. Y entonces, sus párpados temblorosos se abrieron de golpe.

"Telé... fono. ¿Dónde está mi teléfono?".

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Justo después de recuperar la conciencia, Hwi-su le exigió el teléfono de repente. Su frente estaba ardiendo.

"Primero vamos al hospital...".

"¡¡El teléfono!!".

Su voz ronca gritó como un chillido. Sorprendido por la intensidad, Dong-ho se apresuró a buscar el teléfono de Hwi-su en su bolso y se lo entregó. Inmediatamente, Hwi-su comenzó a llamar a alguien frenéticamente.

"Contesta... por favor... Por favor...".

Pulsó el botón de llamar y colgó varias veces, pero la persona que buscaba no parecía responder. Al ver a Hwi-su sollozando y agarrando el teléfono con ambas manos, Dong-ho le tomó suavemente la muñeca.

"Yo lo haré. Dámelo".

Hwi-su le entregó el teléfono que apenas sostenía y solo derramó lágrimas.

"No... contesta... No puede ser... Tengo que decírselo rápido...".

Mientras le daba un pañuelo y una botella de agua, Dong-ho se hizo cargo de la tarea de Hwi-su. El número guardado como 'CEO' no respondió a las decenas de llamadas. Justo cuando el tono de conexión seguía sonando sin respuesta por más de diez minutos, Hwi-su llamó a Dong-ho.

"Hyung. Llévame al aeropuerto, al aeropuerto. ¿Tienes mi pasaporte, verdad? ¿Está en tu bolso ahora?".

"... ¿Qué?".

"Tengo que ir. Debo ir con mi maestro... con el CEO, ahora".

"¿Adónde vas? ¿Y quién es ese CEO?".

"Ámsterdam. ¿Cuánto tardará? ¿Llegaremos en una hora?".

La conversación se interrumpió. Hwi-su, que le había quitado el teléfono, no tenía fuerzas para responder a las preguntas de Dong-ho. Necesitaba encontrar un billete para salir de inmediato.

Tenía que ir con su Maestro. Esos sujetos que querían hacerles daño de nuevo habían aparecido. Su sospecha hacia él estaba justificada. Quería destrozar el sentimiento de culpa que había tenido hacia él por un momento.

"Tenía razón... Era él... Tenía razón".

Hwi-su, que se sacudió la cabeza por la visión del sueño que resurgía, se aferró a Dong-ho y le suplicó.

"Hyung. No hay billetes. ¿No conoces a alguien que pueda conseguirlos? ¿No conoces a nadie?".

"Llamaré al jefe...".

Justo cuando Dong-ho, también apresurado, sacó su propio teléfono, la intérprete, que solo había estado observando la situación con una expresión de asombro, intervino discretamente.

"Quizás el Eurostar sea mejor que el avión, Señot Hwi-su".

"¿Euro... star?".

"Sí. Tarda más, pero puede salir de inmediato".

En ese momento, el sedán que transportaba al grupo se dirigió a la estación de St Pancras. Dejando atrás a Dong-ho, que seguía sin entender nada y estaba desconcertado, Hwi-su subió al tren con destino a Ámsterdam.

Durante las cuatro horas que tardó en llegar, Hwi-su se sentó en la misma postura, como un maniquí, repasando y volviendo a repasar la escena que había visto en su sueño.

"¿Cómo se atreve...?".

Sintió la hoja negra que atravesó el cuerpo de su Maestro clavándose también en su costado. Hwi-su se encogió tanto que la mujer de mediana edad sentada a su lado le preguntó si estaba bien.

Sudando frío y quejándose, Hwi-su forzó una sonrisa hacia las miradas concentradas en él y se mordió el labio. Luego, encorvado, sacó su teléfono y buscó en sus contactos.

El teléfono de Tae-rim, el único contacto conocido de Mu-yeong que tenía guardado, también estaba muerto.

No sabía adónde ir, sentía que no había futuro. Lo único que recordaba vagamente del sueño era la información de un lugar rodeado de edificios bastante altos.

"Ah".

Hwi-su buscó frenéticamente en su galería y finalmente encontró una pista. Era una escena que había guardado secretamente mientras hacía una videollamada con Mu-yeong hacía unos días.

En la pantalla de Mu-yeong, que le había dicho que cenaría en el hotel porque la reunión había terminado tarde, se había vislumbrado por un momento el hotel donde se alojaba. Era una foto que había capturado instintivamente porque su sonrisa al decir que el viento del río era frío le había parecido muy genial, pero había perdido el timing.

"Oku...".

La parte superior del edificio en forma de '' brillaba con luces, pero como la foto fue tomada en un instante de temblor, no pudo distinguir el nombre del hotel. Sin embargo, solo después de enviarse la única foto que había obtenido a su propio correo electrónico, por miedo a que se borrara, Hwi-su pudo enderezar la espalda.

Tras las infernales cuatro horas, en cuanto bajó en la Estación Central, tomó un taxi. Solo diez minutos. Fue el tiempo que tardó en llegar al lugar donde pensaba que él estaría.

El camino que apareció en el sueño era casi completamente plano. Eso significaba que el momento en que esos sujetos se encontrarían con su Maestro estaba cerca.

El taxista, que reconoció la foto de Hwi-su, lo dejó sano y salvo frente al Hotel Okura. El conductor, que tomó los euros que Hwi-su le entregó sin contarlos, le deseó un buen viaje.

Hwi-su se bajó del coche sin prestar mucha atención y se echó a correr sin rumbo. Aunque era su primera visita, no había tiempo para sentirse extraño. Sus pies no se detuvieron, incluso mientras llamaba por teléfono sin cesar con el aparato en una mano, buscando el callejón por donde su Maestro había caminado tambaleándose.

Después de correr un tiempo, la multitud ruidosa, que se había reunido de manera inusual para una calle del centro de la ciudad, resultó extraña.

Personas con pancartas escritas en letras rojas brillantes se habían concentrado frente a un edificio. Figuras envueltas en capas negras ocupaban la carretera.

Sintió un escalofrío.

Ante la escena que le recordaba a aquel sujeto que había llevado la aguja envenenada a su Maestro hace mucho tiempo, Hwi-su se detuvo sin darse cuenta y se abrazó los brazos. La ropa que Dong-ho le había puesto capa sobre capa cuando lo siguió hasta la estación de tren no era ligera. Sin embargo, su cuerpo temblaba por el frío que lo envolvía.

‘¡Castiguen al demonio!’.

La voz de alguien le taladró los tímpanos.

Las exclamaciones, confusas entre la sensación presente y los recuerdos pasados, hicieron que Hwi-su se sintiera mareado. Se tambaleó y apenas pudo sostenerse agarrándose a una farola.

"¡Detengan la investigación que profana la dignidad de Dios!"

"¡Los humanos no son Dios!"

Los gritos que vinieron después hicieron que los ojos de Hwi-su parpadearan lentamente. Solo entonces su vista se enfocó.

Levantó lentamente la cabeza y miró a su alrededor, y la imagen que había estado repasando durante horas en su sueño se volvió gradualmente más clara.

"Es ahí".

Separados por un estrecho callejón, dos edificios de ladrillo marrón se enfrentaban: era el lugar que Hwi-su había visto en su sueño.

Hwi-su, agarrando su teléfono como si fuera su única arma, se impulsó desde el suelo y comenzó a correr. En la calle oscura, los gritos de los manifestantes, reflejados por todas partes, iluminaban su camino más ruidosamente que la farola.

Hwi-su, que solo miraba un edificio mientras corría, no miró hacia abajo.

No vio las manchas de sangre esparcidas, como si lo guiaran.

***

La sombra, agarrándose el costado, desapareció en el callejón. Gotas de sangre carmesí caían a lo largo del camino por donde había pasado, pero ni una sola persona se percató. La manifestación de Nihilad, por la que Mu-yeong había sido arrastrado momentos antes, había distraído por completo no solo a los residentes locales sino también a la policía.

"Maldita sea...".

La sangre fluía sin cesar por el agujero que el afilado metal había abierto y salido. Se quitó la chaqueta del traje, la usó para taponar la herida y se refugió en una esquina.

Era él. Definitivamente, era él.

Desde hacía días, la presencia de manifestantes extremistas en el edificio habilitado por el H-Hub ya era algo cotidiano. Apenas la persona invitada por la EMA (Agencia Europea de Medicamentos) comenzaba a desvelar la clave para la solución, el H-Hub exponía sus propias flaquezas.

‘El inmunopotenciador que estamos creando es un medicamento sin precedentes. Por lo tanto, dado que la investigación comparativa con otros tratamientos es inviable, hemos presentado una variedad de datos para mitigar las limitaciones de los ensayos clínicos. Si bien se ha asegurado la consistencia de los resultados y la estabIllidad, hemos pasado por alto un hecho’.

El CEO de investigación del H-Hub, con una voz inusualmente baja, se inclinó ante Mu-yeong y Tae-rim, que estaban sentados enfrente.

‘Entre los datos clínicos recopilados, se incluyen familiares directos de la dirección ejecutiva’.

Murmuró como para sí mismo que alguien debió haber informado a la EMA, y luego deslizó la tableta que tenía preparada hacia Mu-yeong.

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La historia de salvar a un ser querido con un medicamento recién desarrollado por uno mismo solo existe en las películas; en la realidad, conllevaba complejas interrelaciones que a menudo resultaban perjudiciales para el investigador.

Era natural que, por muy excelentes que fueran los resultados, la credibilidad y la imparcialidad se vieran afectadas, ya que no se podía garantizar que el estado de salud o la relación emocional del familiar no influyeran en el juicio del investigador.

‘Formaremos un Comité de Ética’.

La solución propuesta por Mu-yeong fue simple. Ya se había informado el proceso de investigación a la EMA con un detalle excesivo, y además, excluyendo a un familiar directo, los datos clínicos eran más que suficientes en comparación con otros casos.

Mu-yeong, optando por una confrontación directa, invitó a varios doctores en medicina que eran asesores de la EMA. La reunión con ellos era precisamente hoy.

Sin embargo, Mu-yeong no pudo siquiera entrar a la sala de reuniones que había preparado meticulosamente.

No se sabía cómo se había filtrado la información, pero una multitud de manifestantes de Nihilad, el doble de la que había en Londres, se congregó. Todos con las capas negras que ocultaban su verdadera complexión.

La situación era caótica, con la policía y los manifestantes mezclados, bloqueando tanto la entrada del edificio como la carretera principal. Dado que esta reunión era crucial para la presentación del plan, prevista para dos días después, la comitiva de Mu-yeong decidió bajar del coche y caminar. Fue un grave error de cálculo.

Caminaron abriéndose paso entre los manifestantes como si estuvieran en una pelea. La comitiva ya se había dispersado en pedazos, cada uno lidiando a su manera. Justo cuando Mu-yeong se sintió aliviado al ver que Tae-rim casi llegaba al edificio, una sombra negra lo interceptó.

Los labios visibles bajo la capa sonreían.

Un mentón familiar se movió, y en un instante, una cálida presión se sintió en su cintura.

‘Nos encontramo de nuevo en esta vida’.

Todo alrededor era un pandemonio. Varios policías sangraban por la cabeza a causa de los porrazos de los manifestantes, y hombres aplastados por los escudos policiales forcejeaban, mascullando maldiciones.

En el epicentro de este caos, Banebo y Creador se enfrentaron de nuevo.

Mu-yeong instintivamente trató de agarrar el cuchillo clavado en su cintura, pero Banebo, o más bien, Tak Jae-woo, fue más rápido.

La espada de obsidiana, negra como la capa que vestía, salió después de abrir un gran agujero en su costado. Su vista se nubló por un momento y luego recuperó lentamente la claridad.

‘También te quitaré la vida una vez más’.

Como si esa palabra fuera una hipnosis, Mu-yeong reaccionó. Agarró a alguien que tenía a mano y lo usó para bloquear el siguiente golpe de cuchillo que Jae-woo lanzó. Luego, Mu-yeong retrocedió.

Tropezando con personas pisoteadas, y aferrándose a su mente que flaqueaba por la sangre que le corría pegajosamente hasta el muslo, había llegado hasta allí.

No sabía qué tan lejos se había alejado. El edificio frente a él le resultaba desconocido, y los gritos de los manifestantes se escuchaban con claridad incluso desde lejos.

‘¡Muerte al demonio\!’.

‘¡Castiguen al demonio que trajo la peste negra!’.

El pasado y el presente se entrelazaron caóticamente. Sintió como si algo le estuviera desgarrando el cuello. El dolor era insoportable, como si lo hubieran atravesado con algo afilado desde las puntas de los dedos hasta los pies, y luego lo hubieran desgarrado.

El sonido de los pasos resonando en el callejón se sentía como la muerte persiguiéndole. ¿Quizás por eso? Mu-yeong caminó hacia un lugar alto. Una a una, las huellas de manos rojas se multiplicaron en el ladrillo marrón. La sangre que caía a cada paso teñía los escalones de rojo.

Cough.

Tosiendo, vomitó sangre. La sangre también brotó de su costado, haciendo que sus pantalones de traje estuvieran ya empapados hasta los tobillos.

"Banebo...".

Solo ahora la comprensión lo golpeó en la nuca: ese tipo también estaba atado al destino que Hwi-su había creado a costa de su vida.

"¿Cómo te atreves... a arruinar la vida de mi hijo...?".

Aunque no lo había escuchado con atención, lo sabía. ¿Quién había enseñado a Hwi-su, a Illusio? El propio Mu-yeong.

Él había sido quien había grabado en su mente que no había nada imposible si se ponía un deseo con el más sincero anhelo, y también quien había hecho que ejecutara esa aterradora palabra.

"Maldita sea".

Cuando encontró la puerta que daba a la azotea, Mu-yeong sintió una feromona escalofriante y se dio la vuelta. El sonido de los pasos del dueño de la feromona, que no ocultaba su intención asesina, se escuchaba dos pisos más abajo.

El ruido metálico de un objeto golpeando la barandilla con un clang, clang mientras subía las escaleras era incluso tranquilo. Un murmullo bajo seguía de cerca a Mu-yeong.

La puerta, oxidada y en mal estado, se abrió con un chillido. Un cielo gris dio la bienvenida a Mu-yeong.

Agarrándose el costado, se tambaleó hacia un rincón de la azotea. Y poco después, Tak Jae-woo apareció en el mismo lugar.

"¿No es como... aquel día?".

Mu-yeong, escondido detrás de un montón de escombros, contuvo la respiración. Su aliento olía a sangre.

Tak Jae-woo, con una expresión fresca a diferencia de Mu-yeong, levantó la barbilla hacia el cielo e inhaló profundamente.

"¿Por qué demonios siempre tienes que ser tú el primero?".

Jae-woo masculló una maldición, golpeando el suelo con la punta del pie.

"Ah... ¿Será por eso? ¿Que nuestro destino es que yo me encargue de tu final?".

Una risa baja resonó extrañamente por la azotea.

"Ese día... Posk me detuvo. Ah, ¿lo recuerdas? Mi mago".

No parecía tener intención de buscar a Mu-yeong. Como si estuviera poniéndose al día con un viejo amigo, Jae-woo se sentó en la barandilla de la azotea. Continuó hablando, mientras sus ojos barrían los trozos de periódico esparcidos por todas partes.

"Tenía que traer a ese chico de alguna manera, pero no se me ocurría ninguna excusa convincente. Por eso fue. Te mostré todas mis flaquezas".

Derrocó a su propio padre, el dueño de la isla, y para sí mismo, que no podía sobrevivir ni una hora sin letras, arrebató innumerables vidas. Banebo quería a Illusio, incluso si eso significaba mostrar a Creador el campo donde estaban enterrados sus cuerpos.

"¿Viste a mi padre hace mucho tiempo? ¡Qué codicioso era! Bueno, al final esa codicia lo derribó".

Todos los esfuerzos que había hecho durante toda su vida para que su único hijo, al menos su caparazón, estuviera intacto, fueron vilipendiados como avaricia. El anciano, despojado de su lugar por su hijo y muriendo, seguía atado como un espectro a aquel rincón, incluso después de un tiempo interminable.

"Es inevitable. Aunque tú te sientas agraviado, ¿qué podemos hacer? Mi enfermedad solo se calma si Illusio, no, Yoon Hwi-su, está cerca. Y.…".

El cuchillo que salió de la vaina vibró solemnemente. La luz del sol, que se abrió paso entre las nubes, se dispersó por todas partes sobre la hoja de obsidiana.

"Esos ojos ciegos...".

Jae-woo levantó el cuchillo frente a sus ojos. Luego, murmuró mientras leía las inscripciones grabadas en la hoja negra.

"Debo tenerlos".

Al terminar de hablar, Jae-woo no dudó en moverse. Su paso dejaba claro que ya sabía dónde estaba Mu-yeong.

Mu-yeong palpó el suelo al escuchar los pasos que se acercaban. En su mano, apretó sin pensarlo un poste de hierro que había perdido su forma original.

Se levantó lentamente y salió de las sombras para pararse frente a Jae-woo.

"Ha pasado mucho tiempo".

Jae-woo sonrió al ver el costado empapado de sangre y lo saludó.

"Creador".

La expresión desapareció del rostro de Jae-woo.

***

Cuando el cuchillo de Jae-woo cortó el aire, Mu-yeong desvió la hoja con el poste de hierro. El metal chocó, resonando ruidosamente.

Mu-yeong evitó por poco el cuchillo que se dirigía a su pecho y levantó el pie para patear a Jae-woo. Este, golpeado contra la barandilla de la azotea, se enderezó de inmediato.

Sus miradas se encontraron fríamente. Un grito lejano se convirtió en la señal, y Jae-woo se abalanzó, blandiendo su cuchillo.

"¡En la vida pasada, tú, ganaste!".

La voz de Jae-woo estaba teñida de un resentimiento cuya antigüedad era imposible de determinar. El cuchillo que rozó el brazo y el hombro de Mu-yeong cortó su piel limpiamente.

"¡Pero esta vez, no, te lo, permitiré!".

La hoja dirigida a su rostro le cortó la mejilla a Mu-yeong. Apenas pudo esquivarla, pero sus ojos estaban desenfocados.

"Ugh".

De repente, el recuerdo de las agujas que atravesaban todo su cuerpo invadió a Mu-yeong. Jae-woo no desaprovechó esta oportunidad. Se agachó rápidamente y lanzó el cuchillo hacia las piernas de Mu-yeong.

Sus pantalones se rasgaron y brotó sangre fresca. El dolor agudo, en cambio, devolvió la lucidez a la mente de Mu-yeong.

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Sus armas chocaron en el aire. El sonido del metal al raspar resonó escalofriantemente.

"Es diferente...".

Mu-yeong murmuró detrás del poste de hierro levantado entre ellos.

"Esta vez...".

Junto con la voz que rechinaba los dientes, el poste de hierro de Mu-yeong cortó el aire. Sangre brotó del cuello de Jae-woo, apenas rozado por el poste.

Ambos se distanciaron un paso, mirándose y recuperando el aliento por un momento. El ambiente era extrañamente silencioso. Como si el tiempo se hubiera detenido.

El rostro de Hwi-su apareció ante los ojos de Mu-yeong.

El niño pequeño abandonado por sus padres, los ojos que brillaban de alegría por las cosas más pequeñas, los labios que gritaban al verlo colgado en el patíbulo... e incluso antes de recuperar la memoria, esa anhelante y atormentadora añoranza que captaba su atención.

El tiempo de despertar fue corto pero potente. Los ojos de Mu-yeong, que se enderezó, eran los de una persona completamente diferente en cuestión de segundos.

"En esta vida...".

"¡Es diferente!", gritó Mu-yeong, impulsándose contra el suelo.

Rápido y fuerte.

El poste de hierro, que destellaba como un rayo, golpeó a Jae-woo. Aunque la sangre brotaba de su costado con cada golpe, Mu-yeong no se detuvo.

Avanzó a pesar del dolor.

Jae-woo giró su cuerpo para esquivar el poste que se dirigía a su hombro. Luego, rápidamente, blandió su cuchillo. La hoja cortó el vacío.

Mu-yeong, cuyo cuerpo estaba acuchillado, y Jae-woo, que estaba más acostumbrado a los libros que al ejercicio, se abalanzaron desesperadamente el uno contra el otro.

"De todos modos".

Jae-woo gruñó, ajustando su agarre para que la hoja apuntara hacia abajo.

"El destino no cambia".

Era una voz que le recordaba la vida pasada. En el instante en que la vista de Mu-yeong se nubló, Jae-woo lanzó su cuchillo, apuntando a su cuello. Mu-yeong apenas desvió el cuchillo y golpeó la espalda baja de Jae-woo.

Y su poste de hierro golpeó su muñeca. Jae-woo soltó un breve grito y dejó caer el cuchillo. Mu-yeong también arrojó su arma. Y luego agarró a Jae-woo por el cuello.

Mu-yeong, con el rostro distorsionado, lo empujó contra la barandilla y lanzó un puñetazo, rechinando los dientes.

"Hace mucho, y ahora".

Cada palabra iba acompañada de un puñetazo en el rostro de Jae-woo. La luz del pánico apareció en el rostro de Jae-woo, que pronto quedó cubierto de sangre.

"Codiciando, lo, mío".

Con Jae-woo caído, los golpes continuaron, esta vez con patadas. Como si eso no fuera suficiente, Mu-yeong recogió el poste de hierro y golpeó la cintura de Jae-woo. Con un sonido sordo, Jae-woo se encogió.

"¡Cómo te atreves, hace mucho, y, ahora!".

El garrote de hierro de Mu-yeong se lanzó sobre su hombro. Jae-woo se cubrió la cabeza ante la lluvia indiscriminada de golpes. En la vida pasada, y en esta, él era el que estaba acostumbrado a infligir violencia. El dolor que inundaba su cuerpo le resultaba extraño.

Su impecable traje se cubrió rápidamente de polvo, pero Mu-yeong no se detuvo, como si estuviera devolviendo todos los agravios pasados. La respiración jadeante de los dos hombres resonó en la azotea.

"¡Ahora, es diferente!".

El brazo de Mu-yeong se elevó hacia el cielo. Sus ojos estaban fijos en la coronilla de Jae-woo. El poste de hierro, con un objetivo fijo, cortó el aire bruscamente.

"Ugh".

Se cubrió la cabeza, pero el dolor esperado no llegó. Solo sintió una mano agarrando su hombro, que estaba rígido.

"Lord".

Era la voz de Posk con la apariencia de Gyeong-jin. Detrás de él, se veía a Mu-yeong, inmóvil como una estatua, con el brazo levantado.

Gyeong-jin, que sostenía a Jae-woo con una mano y le sacudía la ropa, tenía una bola en la otra. De la bola, que contenía nubes de color azul oscuro, caía una niebla roja como lágrimas.

"La tarea que me encomendó".

Gyeong-jin sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo ofreció a Jae-woo, quien se limpiaba bruscamente la herida de la mejilla.

"Las constelaciones no eran auspiciosas. Puse a otra persona allí".

Jae-woo tomó el pañuelo casi arrebatándoselo, se limpió la cara y se mordió el labio roto.

"Ha sido insolente".

Se deshizo de Gyeong-jin, que lo agarraba del brazo, y caminó hacia Mu-yeong.

Lo único que parecía tener vida en el cuerpo petrificado de Mu-yeong era una cosa. Sus ojos bien abiertos temblaban de furia.

"¿Qué hacemos? No creo que esta vida sea muy diferente".

Sonriendo con amargura, Jae-woo se agachó y clavó el cuchillo que había recogido sin dudar.

"Kkkh".

Al escuchar el gemido de Mu-yeong, Jae-woo tocó juguetonamente el cuchillo que atravesaba su abdomen.

"Saluda. A él... ¿será mejor presentarlo como Posk?".

Los ojos de Mu-yeong giraron lentamente hacia Gyeong-jin. El rostro le resultaba desconocido. Pero la bola en su mano y la mirada de aquel sujeto que seguía a su Lord como un perro eran las mismas. También los ojos que lo miraban con una mezcla de curiosidad y cautela.

"El sueño que tenía Illusio...".

Ante esas palabras, los ojos de Mu-yeong se volvieron bruscamente hacia Jae-woo.

"Ah... así que tú también lo sabías".

Las venas sobresalieron tensas en el dorso de su mano, que sostenía el poste de hierro. Apretó con tanta fuerza que las yemas de sus dedos se pusieron blancas, pero lo único que podía mover eran los dedos de sus pies.

Jae-woo golpeó la mandíbula de Mu-yeong, que rechinaba los dientes, y lo examinó como si estuviera admirando una estatua.

"Sabías de ese sueño infernal...".

¿Infernal?

Era una expresión que no encajaba con la historia que Creador había escuchado en la vida pasada. ¿Cuántas veces había consolado a ese niño que, incluso al presenciar la muerte de un ser cercano, lloraba diciendo que una tela blanca ondeaba en una brisa cosquilleante?

Pero Jae-woo estaba diciendo que el sueño de Hwi-su era el infierno.

"Soñar con el infierno y aún así tener ojos tan puros".

Jae-woo se tocó el labio y miró a Mu-yeong a los ojos. Sonrió con la comisura torcida y comenzó a empujar lentamente el cuerpo de Mu-yeong.

"Una bendición para no soñar".

La barandilla se acercó hasta tocar la cintura de Mu-yeong. Si su centro de gravedad se desviaba un poco, podría caer de inmediato al abismo.

"Se la, regalaré, yo".

Mascullando eso, el hombre con el rostro de Banebo extendió ambas manos.

"A ti también, el sueño eterno...".

Fue entonces.

Un grito desgarrador resonó en el espacio donde solo había tres personas.

"¡No-!".

Hwi-su estaba parado allí. Su teléfono cayó al suelo a sus pies con un golpe sordo.

"No lo hagas...".

Hwi-su, con las manos juntas como en una plegaria, se acercó cautelosamente a los tres. Gyeong-jin, que estaba como una sombra, dio un paso para intentar interponerse ante Jae-woo. El impulso de Hwi-su era inusual.

Cada paso que daba, los árboles del jardín que se estaban secando a un lado temblaban como álamos, creando un viento. El sonido crepitante parecía el de dientes humanos chocando.

A medida que el temblor se intensificaba, una energía inexplicable se hacía más densa, envolviendo a los cuatro. La cuenta que Gyeong-jin sostenía vibró largamente. Al mismo tiempo, el brazo de Mu-yeong cayó y el poste de hierro rodó ruidosamente por el suelo.

"Qu-qué...".

Gyeong-jin, que sostenía la bola, levantó los ojos hacia Hwi-su. Pero no pudo obtener respuesta.

Sus ojos, que derramaban gruesas lágrimas, estaban fijos en Mu-yeong y Jae-woo. Específicamente, en las manos de Jae-woo que estaban empujando el cuerpo de Mu-yeong.

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Sus labios mojados temblaban sin cesar. Por mucho que aguzara el oído, no se podía escuchar lo que murmuraba.

Los ojos de los tres siguieron a Hwi-su que caminaba hacia la barandilla. Al igual que Mu-yeong estaba inmovilizado por el poder de Gyeong-jin hace un momento, ahora los tres estaban paralizados por el aura de Hwi-su.

Hwi-su, que pasó junto a Gyeong-jin, el cual temblaba con los brazos caídos, y pisó el poste de hierro que Mu-yeong había soltado, agarró la muñeca de Jae-woo.

"Qué descaro".

Fue un dolor como si una llama lo hubiera invadido. Jae-woo se separó de Mu-yeong con un jadeo de sorpresa, agarrándose el brazo que había sido sujetado y encogiéndose. La ardiente llama trepó lentamente por su antebrazo.

La punta de los dedos de Hwi-su brillaba de color rojo. Cada vez que sus dedos, imbuidos de luz, danzaban en el aire, la llama se hacía más intensa.

"S-sálvame...".

Jae-woo retrocedió. Hwi-su extendió su mano sobre el cuerpo encogido, que ya tenía el fuego extendido hasta el hombro.

"No solo le arrebataste la vida a mi Maestro...".

La llama roja ardía en su palma.

"Te atreves a invadir mi sueño...".

Gotas de fuego carmesí cayeron sobre la cabeza de Jae-woo con un thud, thud.

"Y el destino que creamos con la muerte".

La palma que temblaba se abrió de golpe. Entonces, Jae-woo se agarró el cuello. Su rostro se enrojeció al instante como si fuera a estallar.

"¡¡Profanaste!!".

Hwi-su gritó desesperado. Su voz, ronca como si fuera a vomitar sangre, resonó agudamente en la azotea. Las ramas de los árboles circundantes se estremecieron como si tuvieran convulsiones y luego se quedaron rígidas.

El hombro de Hwi-su, que jadeaba por el aire que le faltaba, temblaba ligeramente.

Y luego comenzó a mover los dedos de nuevo.

"No puedo perdonarte...".

***

Sopló el frío viento nocturno. Las luces de la ciudad brillaban por doquier, y las sombras de las cuatro personas se alargaron sobre el suelo de hormigón. Más allá de la barandilla, oxidada en algunos puntos, la oscuridad se hacía más densa.

Sus ojos, privados de lucidez, estaban llenos de humedad. Hwi-su se mordió el labio, bebió la sangre que brotó y comenzó a recitar el hechizo de nuevo.

El ferviente anhelo de que cualquier cosa pudiera cumplirse.

Ese anhelo, que había unido su destino con el de su Maestro hasta esta vida, ahora lo invocaba para Tak Jae-woo, no, Banebo. Para eliminar al intruso que se había inmiscuido en su destino sin permiso, Hwi-su movió los dedos sin dudarlo.

No calculó cuánta de su fuerza vital se sacrificaría. Solo la convicción de que debía eliminar a ese tipo frente a él, al que había estado acosando a su Maestro desde la vida pasada, ocupaba toda su mente.

A medida que el hechizo continuaba, el rostro de Jae-woo se volvió del color de la tierra. No tenía tiempo para pensar en cómo el Hwi-su actual podía usar habilidades como Gyeong-jin. Simplemente, se debatía ante la inminente aura de la muerte.

Una corriente eléctrica sutil comenzó a fluir desde la punta de los dedos de Hwi-su, y el aire vibró a su alrededor.

En ese instante, a unos pocos pasos, continuaba un ruido sordo. Era Gyeong-jin.

Trató desesperadamente de acercarse a Jae-woo, pero un muro invisible que rodeaba a los tres lo detuvo. La última bola, que había creado derramando sangre durante días, ya estaba completamente destrozada. Gotas de sangre caían de su puño, que sostenía la bola.

Aunque el aura que ataba a Gyeong-jin había desaparecido, ya que la mente de Hwi-su estaba completamente concentrada en Jae-woo, debido al muro que lo bloqueaba, lo único que podía hacer era dejar huellas rojas en el aire.

"Lord... ¡Lord... Tak Jae-woo!".

Quería que su voz, aunque fuera la suya, llegara a aquel que esperaba la muerte y lo despertara. Pero Jae-woo parecía no escuchar su voz, solo se agarraba el cuello con la cabeza echada hacia atrás.

El jadeo de Jae-woo parecía ralentizarse gradualmente. Justo en el momento en que Hwi-su extendió su mano sobre su cabeza, completando el hechizo final lentamente, una voz anhelada detuvo a Hwi-su.

"Hwi-su".

"...".

El lenguaje desconocido que fluía por sus labios y la mano que dibujaba en el aire se detuvieron. La cabeza de Hwi-su giró rígidamente. Una lágrima corrió lentamente por su mejilla.

"Illi".

Mu-yeong estaba apoyado en la barandilla.

"Detente".

Su mano, que apenas sostenía su cuerpo, se extendió hacia Hwi-su. Mu-yeong sonrió débilmente, mostrando su palma ensangrentada.

"¿Así les enseñó su Maestro?".

"... Maestro".

"Él no es digno de un deseo, Illi".

Hwi-su asintió lentamente. Retiró la mano que estaba sobre la cabeza de Jae-woo y caminó hacia Mu-yeong. Mu-yeong estaba cubierto de sangre, tanto que no sería extraño que se desmayara en cualquier momento.

A medida que se acercaba, las heridas cortadas por algo afilado se hicieron visibles una a una. Una intención asesina cruzó los ojos de Hwi-su. Mu-yeong lo llamó en voz baja, "Illi", justo cuando Hwi-su se detuvo, como si fuera a darse la vuelta.

Lágrimas llenaron sus ojos, que se fijaron en Mu-yeong de nuevo.

Recordó a su Maestro colgado en el patíbulo hace mucho tiempo. La imagen destrozada por los latigazos y las agujas envenenadas se superpuso con el hombre frente a él. Cuanto más horribles recuerdos le venían a la mente, más se apresuraba Hwi-su. Sentía que solo podría creer en la existencia de la persona real al tocarlo, al sentirlo.

La distancia de solo unos pocos pasos se sentía interminable. Le dio la sensación de que, por mucho que caminara, nunca lo alcanzaría, lo cual le causaba impaciencia. Hwi-su caminaba arrastrando los pies, que se sentían pesados como lingotes de hierro.

Pero no se detuvo. Tenía que abrazarlo, confirmar su calor y su aroma, así que hizo un esfuerzo por mover sus pies.

Finalmente, su mano alcanzó el cuello de su ropa. Justo cuando iba a agarrar el borde de la ropa que apenas sostenía, los ojos de su Maestro se dilataron de repente.

Y luego su cuerpo giró bruscamente.

Sucedió en un instante.

"¿Maestro...?"-

Tiró de la ropa, desgarrada por todas partes. Pero la mano que agarraba su cintura con fuerza no lo soltaba. Intentó levantar la cabeza para mirarle el rostro, pero la mano que le sujetaba la nuca solo temblaba ligeramente y no le permitía mirarle.

"Muere..., Illusio...".

Y entonces escuchó la voz de Gyeong-jin.

¡Qué difícil había sido llegar hasta su Maestro, y sin embargo, la voz de Gyeong-jin estaba demasiado cerc\! Hwi-su, que apenas pudo salir del abrazo de Mu-yeong, vio a Gyeong-jin justo a su lado. Al bajar lentamente la mirada, comenzando por el hombro tembloroso de Gyeong-jin, Hwi-su soltó un lamento.

La espada negra profundamente clavada en la cintura de Mu-yeong, y la mano de Gyeong-jin que sostenía el mango. Gyeong-jin miraba a Hwi-su con los ojos desenfocados, pero no soltaba el cuchillo.

"¡No...!".

Junto con el grito de Hwi-su, una fuerza invisible explotó hacia Gyeong-jin. El aire se agitó alrededor de Hwi-su, que comenzó a brillar de azul, y el polvo de la azotea se arremolinó.

Gyeong-jin, empujado por esa fuerza, gritó y salió volando.

"¡Jin!".

El cuerpo de Gyeong-jin, que chocó contra la barandilla, perdió el equilibrio por un instante y se tambaleó.

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Jae-woo, que corrió instintivamente, agarró la mano de Gyeong-jin, pero la mayor parte de su cuerpo, que ya se había volcado desde la cintura, colgaba fuera del edificio.

"Sujétate... Agárrate fuerte, Jin".

Pero el cuerpo de Jae-woo, agotado por el cansancio de la lucha con Mu-yeong, temblaba incluso con el frágil peso de Gyeong-jin. Jae-woo también perdió el equilibrio y se inclinó mientras sostenía a Gyeong-jin, que caía.

"Suélte, me. Lord. Por favor, suélteme".

La expresión de Gyeong-jin era más tranquila que la de Jae-woo, que estaba en pánico.

Las lágrimas que se acumulaban en sus ojos cayeron al vacío antes que él. Mirando al abismo oscuro siguiendo las gotas, Gyeong-jin comenzó a abrir sus dedos uno por uno.

"No. No lo hagas".

Jae-woo, que había soltado la barandilla para sujetarse, agarró la muñeca de Gyeong-jin. Gyeong-jin abrió la boca, mirando la mano de Jae-woo que le aferraba la muñeca.

"Banebo, mi Lord...".

En ese instante, Jae-woo se encontró con los ojos de Gyeong-jin. Todo el tiempo pasado se arremolinó en sus ojos húmedos.

Desde el día en que visitó la residencia por primera vez siguiendo al viejo hechicero negro, el joven de ojos brillantes en mejillas flacas, y luego el joven que declaró sin rodeos que serviría a Banebo, sin importar lo que hubiera sucedido, sonreía claramente.

Era un rostro que había olvidado.

La persona que había estado a su lado desde que era Banebo, había perdido su sonrisa en algún momento.

Y el hombre que reapareció, reviviendo viejos recuerdos, tenía un rostro que mostraba tanto alegría como miedo. Ahora, Jae-woo, que sabía la verdad de la rabia que le había hurgado el pecho sin razón desde la infancia junto con los recuerdos pasados, veía el rostro de Gyeong-jin.

"¿Fui yo... quien arruinó tu destino?".

Gyeong-jin negó con la cabeza ante el murmullo de Jae-woo. Y luego abrió otro de los tres dedos restantes. Jae-woo se inclinó, tirando apresuradamente de su brazo.

Estaba poniendo todo su esfuerzo. Las venas abultadas en sus sienes se tensaron, y las heridas de los golpes del poste de hierro de Mu-yeong se abrieron con un sonido sordo, sangrando.

Sintiendo el olor a sangre intensa de Jae-woo, Gyeong-jin le dio su despedida final a su Lord.

"Gracias a usted, no estuve solo".

"Posk...".

"No culpo... al destino".

Y sonrió brillantemente, como en su primer encuentro recordado.

Viendo la sonrisa de Gyeong-jin, Jae-woo se dio cuenta de que el destino del que hablaba no era una carga que Gyeong-jin llevara solo.

Jae-woo comenzó a relajar la fuerza en sus pies. Gyeong-jin negó con la cabeza al ver a Jae-woo acercarse. Gritó, pidiéndole que no lo hiciera, que por favor no lo hiciera. Intentó arrancar la mano de Jae-woo de su muñeca, pero fue en vano.

"Lo siento. Y.…".

Clac. El cuerpo de Jae-woo se inclinó hacia abajo.

"Gracias".

En el momento en que se acercó, Jae-woo abrazó el cuerpo de Gyeong-jin. Así, los dos cayeron en la oscuridad como un solo cuerpo.

Su tiempo pareció detenerse. Las luces de la ciudad se elevaron lentamente, y el sonido del viento que resonaba ruidosamente en sus oídos se fue alejando gradualmente.

En el último momento, una luz diferente revoloteó y desapareció en los ojos de los dos que se encontraron.

Era el final de su mala fortuna.

***

Hwi-su, sentado en la sala de espera de familiares del Hospital UMC de Ámsterdam, era una luz que no encajaba con el espacio. Un bosque azul se proyectaba a través de la pared transparente y curva. La sala de espera, que combinaba tonos grises y azules, era muy acogedora, pero Hwi-su, acurrucado con las rodillas levantadas, estaba cubierto de sangre.

"Se está realizando la cirugía para suturar la laceración de la vena renal, confirmada por ecografía y TAC. Se ha suturado rápidamente para controlar la hemorragia significativa, pero dado que también hay laceraciones en una parte del intestino delgado, se planea monitorear la infección, la hemorragia y la función renal en la unidad de cuidados intensivos después de la cirugía".

El médico de edad avanzada, sentado frente a él, le entregó una taza de té a Hwi-su mientras continuaba.

"Gracias a que el cuchillo evitó el haz de nervios, no se han encontrado disfunciones relacionadas, pero el problema son las complicaciones. Se le administrará un anticoagulante llamado enoxaparina por un tiempo para evitar el riesgo de embolia pulmonar debido a coágulos de sangre".

"¿Cuánto tiempo tendrá que permanecer en la UCI?".

Tae-rim preguntó en lugar de Hwi-su, que estaba sentado aturdido.

"Bueno. Generalmente, se tarda unos tres o cuatro días en determinar que la presión arterial está estabilizada y que no hay riesgo de septicemia, pero...".

El médico, que estaba hablando, volvió su mirada de Tae-rim a Hwi-su.

"Por ahora, lo único que puedo decir es que depende de la voluntad del paciente...".

"Abrirá los ojos pronto".

"... ¿Sí?".

"Abrirá los ojos pronto. Mi Maestro".

Hwi-su, que estaba arrugando la manga de su ropa manchada de sangre, miró directamente a los ojos del médico y dijo.

"Cuando pueda salir de la UCI, trasládenlo de inmediato a una habitación individual, no, a una suite VIP. ¿El cuidador tiene que ser necesariamente un familiar directo?".

"Oficialmente, sí, pero...".

"Soy su prometido. ¿Entonces es posible?".

Ante la palabra ‘prometido’, Tae-rim, que estaba sentado con ellos, se sobresaltó. Pero el médico no lo hizo.

Él fue testigo de cómo los dos llegaron a la sala de emergencias en la ambulancia. ¿Cómo olvidar al Alfa que llegó a la cama cubierto de puñaladas y al Omega con una expresión lastimera que nunca soltó su mano inconsciente? Incluso para él, que llevaba más de diez años como director general de medicina de urgencias, fue una escena memorable.

"Es posible. Lo registraré de inmediato".

"Gracias. Por favor, asegúrese de conseguir una habitación. Al Maes... al CEO no le gustan los lugares concurridos, así que tiene que ser un lugar tranquilo, y si se puede ver el bosque desde la ventana, sería mejor".

A pesar de que su rostro aún tenía rastros de llanto, Hwi-su terminó de decir lo que tenía que decir. El médico asintió, viendo su expresión, que era incluso tranquila para ser el único cuidador de un paciente cuya vida pendía de un hilo.

La puerta automática de la sala de espera de familiares se abrió silenciosamente y aparecieron dos policías uniformados. El médico y Tae-rim se ausentaron, dejando a Hwi-su, que había sido el primero en ser interrogado después de llegar a la sala de emergencias.

La taza de té que el médico había dejado ya se había enfriado. Hwi-su dejó la taza sobre la mesa y dirigió su mirada hacia la ventana, donde el viento invernal soplaba con fuerza.

Hwi-su creía firmemente en la recuperación de su Maestro. Él nunca lo dejaría solo. Nunca más.

Mu-yeong, que se había mantenido consciente sin desmayarse mientras lo llevaban en la ambulancia, llamó a Hwi-su, que lloraba, al escuchar que pronto llegarían al hospital, según el rescatista.

‘Illi...’.

‘¡Maestro!’.

‘El destino, se acabó...’.

Hwi-su solo lloró ante sus palabras. Mu-yeong levantó su brazo con dificultad y le limpió el rostro, manchado con su propia sangre.

‘Y nosotros... no nos separaremos... nunca más’.

Hwi-su asintió, casi cayendo sobre el rostro de Mu-yeong, cuya voz se hacía cada vez más débil. Besó los ojos de Mu-yeong, que se cerraban lentamente, y también le dijo que nunca lo dejaría solo de nuevo.

Hwi-su confió en las palabras de su Maestro. La espera se prolongó, ya que la cirugía, que se esperaba duraría unas tres horas, superó las cinco, pero no sintió miedo.

"Reservé el hotel más cercano. Yo me quedaré aquí, ¿por qué no descansas un poco?".

Tae-rim, que había regresado y estaba sentado enfrente, preguntó.

"Gracias por su ayuda".

Hwi-su, que dominaba el inglés gracias a subir a escenarios de todo el mundo, tenía problemas con los trámites. Además, dos personas habían muerto, y el hecho de que fueran extranjeros, no víctimas, sino perpetradores, hacía que incluso los policías se encogieran de hombros entre ellos.

"No es nada. Levántese. Yo lo llevaré".

"No. Iré después de que termine la cirugía del CEO".

Hwi-su sonrió débilmente, con el rostro cubierto de polvo y sangre. Tae-rim sonrió también. Hwi-su volvió a mirar por la ventana. Tae-rim siguió su mirada hacia la vista del bosque danzante y dejó de lado sus preocupaciones por un momento.

Para él también había sido un día difícil.

La reunión fue cancelada debido a la repentina desaparición del CEO Kwon justo antes de llegar al destino. Tae-rim, que lo esperaba sin poder contactarlo y sin que regresara al hotel, recibió una llamada tarde en la noche con un contenido que lo sobresaltó.

‘Soy Hugo Janssen, investigador jefe del CID de la policía de Ámsterdam. Lo llamo en relación con el caso del Señor Kwon Mu-yeong’.

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Ante la mención de un caso relacionado con Kwon Mu-yeong, Tae-rim, que estaba recostado, se levantó de un salto. Su rostro se puso pálido al escuchar que su amigo no era el perpetrador sino la víctima, y estuvo a punto de salir corriendo del hotel descalzo al oír que estaba en cirugía.

Por último, se quedó inmóvil como una estatua mientras se ponía los zapatos al escuchar que el culpable de todo este lío era Tak Jae-woo.

‘¿Tak Jae-woo...?’.

‘Su nombre es Matheus Espinosa, de nacionalidad española’.

‘Es... es alguien que conozco’.

‘Sí. Se determinó que es alguien relacionado profesionalmente con el Señor Kwon Mu-yeong, por eso lo contactamos. ¿Podría venir ahora?’.

Así llegó Tae-rim al lugar donde estaba sentado ahora y encontró a Hwi-su sentado en un rincón de la sala de emergencias, con una apariencia desastrosa. Aunque sabía que Hwi-su no estaba herido, ya que había pasado por las revisiones, parecía que él también necesitaba ocupar una cama.

Pero incluso entonces, y ahora, Hwi-su solo esperaba que terminara la cirugía de Mu-yeong. Tae-rim, que se dio cuenta de que no podía vencer su obstinación, se quedó mirando su perfil mientras miraba por la ventana.

Una hora después, finalmente recibieron la noticia que esperaban y Hwi-su pudo ver a Mu-yeong.

Aunque un cristal los separaba, Hwi-su sabía que su Maestro no lo abandonaría, tal como lo había prometido.

Solo entonces Hwi-su se duchó en el hotel que Tae-rim le había preparado y durmió un rato, para luego volver a la sala de espera unas horas más tarde.

La misma rutina se repitió durante días. Mu-yeong, cuya barba rala se había vuelto más oscura que cuando ingresó por primera vez en la UCI, seguía sin abrir los ojos. Aunque las máquinas a las que estaba conectado se reducían gradualmente, él continuaba sumido en un sueño profundo.

Hwi-su vigiló a Mu-yeong en la habitación de hospital que había preparado según sus instrucciones.

La habitación, no muy alta, tenía grandes ventanales con vistas al bosque, y la cama de cuidador preparada en un rincón de la sala de estar era acogedora.

Sin embargo, Hwi-su dormía siestas en el sofá más cercano a Mu-yeong. Apenas comía un trozo de sándwich que Tae-rim le traía, esperando el regreso de su Maestro.

"Ya ha pasado una semana, Maestro".

Hwi-su, que apenas había logrado persuadir a sus padres de que no vinieran de inmediato, regresó con una toalla mojada en agua tibia. Limpió cuidadosamente el cuerpo de Mu-yeong, evitando los vendajes pegados donde había sido cortado. Murmuró mientras limpiaba suavemente su rostro, evitando el tubo de oxígeno conectado a su nariz.

"Si se levanta, ¿cuánto va a lamentar haberme hecho dormir tanto tiempo?".

Hwi-su palpó su barbilla con la punta de sus dedos. La mandíbula, más afilada en diez días, y la barba corta que llenaba su mandíbula inferior desde las patillas, le hacían cosquillas en los dedos. Parecía que le gustaba la sensación áspera al tocarlo, pues Hwi-su jugueteó con su barbilla.

El rostro de Hwi-su, que había estado jugando con sus manos por un largo rato, de repente se puso serio.

"Creo que no podré besarlo porque la barba está muy crecida, pica".

"... Qué cruel".

En ese momento, se escuchó una voz baja.

Los párpados, que parecían temblar cada vez que le tocaba la barbilla, se abrieron ligeramente y lo miraron. Hwi-su hundió su rostro, lleno de lágrimas, en el brazo de Mu-yeong.

"Mués, trame, tu cara... Illi".

Frotó su rostro en su brazo a modo de queja y luego Hwi-su levantó la vista.

"¿Has esperado mucho?".

Preguntó el Maestro.

"... No".

Respondió Illusio.

"¿No esperó?".

"...".

Hwi-su extendió su mano y acarició la mejilla de Mu-yeong.

"Tenía fe en que regresaría".

La sombra de Hwi-su, que se levantó lentamente, se proyectó sobre Mu-yeong.

"La espera no fue difícil".

Illusio besó la frente de su Maestro.

"Mi Maestro".

***

La isla donde vivían Illusio y Creador es la actual Mallorca, que hace mucho tiempo pertenecía al Reino de Aragón. Aunque ahora está anexada a España y se hablaba catalán en ese lugar, en un momento gozó de gran prosperidad gracias a sus abundantes cultivos y su excelente ubicación.

El año en que Creador murió fue 1499. Illusio, a la edad de veintiún años, arrebató la vida de su respetado y amado Maestro. Luego, durante 167 días, dibujó el círculo mágico en el que infundió su deseo en su sueño.

Illusio, quien nunca imaginó que Banebo y Posk invadirían su sueño el último día, nació 167 años después en Londres.

Desafortunadamente, nació en los barrios marginales de Londres, donde vivían los más pobres. Nacido como el séptimo hijo de una familia humilde pero armoniosa, murió a los tres años en brazos de su madre, a quien incluso se le había secado la leche.

En Londres, asolada por la Peste Negra, la muerte era tan común como respirar. Su madre, que lloró durante días abrazando a Mark, que se había consumido hasta quedar negro, fue abandonada en la calle junto a él. Poco después, su padre también murió, pero no había familia para llorarle.

Y 167 años después, Illusio recuperó la vida.

Nacido en una familia noble de Francia, disfrutó de la vida por primera vez. Una niñera amable lo seguía las 24 horas del día, y decenas de tutores privados le enseñaron desde que comenzó a caminar.

Su familia también adoraba a su hijo menor.

‘Yannis, mi hermoso hijo menor’

‘Dormimos juntos hoy, Yannis’.

‘Tu hermana recogió esto pensando en ti’.

Quizás porque nació pequeño y a menudo se enfermaba, el joven Yannis rara vez sonreía. Aunque sus hermanos y hermanas le traían los objetos más preciados, y su padre, que trabajaba cerca del rey, le regalaba una cría de caballo que apenas existía en el mundo, él casi nunca reía a carcajadas.

La razón era que, desde que tomó conciencia de su existencia, se dio cuenta del destino recurrente y la rueda que él mismo había hecho girar, y que la causa de todo era una sola persona.

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Cuando cumplió diez años, el padre de Yannis compró una mansión en el centro de París con vistas al castillo, diciendo que estaba a cargo de un gran proyecto para la nación. Decenas de personas entraban y salían de la casa todos los días. Su madre, elegantemente vestida, también tenía ojeras de tanto recibir invitados.

Gracias a eso, Yannis comenzó a buscar a esa persona a espaldas de sus padres y tutores. Era difícil encontrarlo, ya que no sabía su nombre, apellido ni rostro.

Solo le quedaba la esperanza de que la primera vida se repetiría en varias formas.

Encontrar al alfa, un hombre catorce años mayor que él, que había nacido bajo el mismo cielo, a diferencia del pasado. Eso era todo lo que podía decir a las personas que pagaba.

El tiempo fluyó indiferente. Después de cinco años, los empleados habían encontrado a decenas de hombres, y Yannis se reunió con todos ellos personalmente. Pero el hombre que buscaba no aparecía.

No dudaba de que podría reconocerlo, aunque no supiera su rostro. Y esperar no era difícil para Yannis.

A la edad de quince años, el padre de Yannis invitó a un hombre de una familia conocida a su casa. El hombre, que se decía que administraba las finanzas del rey, era alguien que el padre de Yannis tenía en mente. Como futuro esposo para su hijo menor.

Yannis, con una piel blanca como el jade sin necesidad de maquillaje y un cabello rubio deslumbrante, ya era uno de los Omegas más famosos de París. Además, como su padre era un allegado del rey, algo que mantenían en secreto, las propuestas de matrimonio para su único hijo Omega eran difíciles de manejar.

‘Me he enamorado a primera vista’.

El hombre, sosteniendo un gran ramo de rosas en flor, se arrodilló. Como toda la familia estaba observando, la propuesta del hombre fue incómoda.

Queriendo ocultar su rostro que se había enrojecido de repente, se cubrió la cara con las manos, y sus hermanos corrieron a abrazarlo.

‘No llores, Yannis...’.

‘Si no quieres casarte, no tienes que hacerlo’.

‘Yo hablaré bien con papá. No llores’.

El alboroto de sus hermanos hizo que el hombre que propuso matrimonio quedara en ridículo. Su madre, en lugar del avergonzado padre, convenció al hombre para que se fuera, y esa noche hubo una fuerte discusión en el dormitorio de sus padres. Después de ese día, ningún Alfa desconocido visitó la casa de Yannis por un tiempo.

El decimoséptimo cumpleaños de Yannis fue más tranquilo que nunca.

Los regalos que solían apilarse como montañas en la sala de estar y el jardín en cada cumpleaños no se vieron esta vez.

Yannis sabía la razón. Lo había oído de su tutor de historia y asuntos actuales.

‘La situación política es inusual... Yannis no lo sabrá, pero se dice que los cadáveres de quienes murieron de hambre están llenando las calles fuera de las murallas de París’.

No pasó mucho tiempo para que los gritos de la gente comenzaran a escucharse hasta la mansión que colindaba con el muro del castillo donde vivía el rey. Mientras paseaba por el jardín, la voz de quienes gritaban de hambre cruzaba el muro.

Su madre, que a menudo abría la puerta de la mansión para repartir comida, cerró las puertas con llave en algún momento.

Pasó el frío invierno y llegó la primavera, pero el número de guardias que patrullaban el jardín con sables y pistolas se duplicó. Su padre, que vivía recluido en casa, invitó a un invitado que nunca antes había visto. En esas noches, sus hermanos visitaban la habitación de Yannis con rostros tristes.

‘Nos dijo que fuéramos al extranjero’.

Sus hermanos y hermanas, ya adultos, empacaron apresuradamente para un viaje al extranjero decidido repentinamente. Pero no pudieron irse.

Un día de julio.

Cientos de pasos invadieron el callejón, que normalmente era tranquilo, en un instante. Con un grito que estalló como un rayo, la puerta principal tembló, y en poco tiempo, la gente se abalanzó hacia el jardín.

‘¡Maten al perro de la monarquía!’.

‘¡Quemen al demonio que chupa la médula de los ciudadanos!’.

‘¡Viva la República!’.

La familia, sacada en pijama, se dispersó. Los primeros en recibir las balas dirigidas a la monarquía corrupta fueron los ineptos allegados sin apoyo.

Fue entonces cuando las calles de junio, que ya se acercaba al verano, se tiñeron de sangre.

Las fuerzas revolucionarias ciudadanas, enfrentadas al ejército gubernamental, lucharon gritando libertad, fraternidad e igualdad. Levantaron barricadas con los muebles que les traían los observadores. Numerosas voces gritaban por la igualdad, alzando armas rudimentarias, pero no podían igualar el poder del ejército gubernamental.

Los ciudadanos, que apenas resistieron tres días, comenzaron a caer uno por uno, empezando por los que estaban al frente. Cientos de cadáveres que murieron sin poder dejar su nombre o dar sus últimas palabras a sus familias, yacían en la calle. Uno de esos miles de cadáveres era el hombre que Yannis buscaba.

El joven sin nombre, que disparaba al frente de la barricada y cuidaba de los heridos, murió en vano sin saber que alguien lo estaba buscando.

No pasó mucho tiempo para que la familia de Yannis, que había logrado escapar al exilio con muchas dificultades, fuera masacrada por hombres enmascarados.

Hasta el momento de su muerte, Yannis pensó en una persona. Se negó a cerrar los ojos incluso después de que la llama de la vida se extinguiera, culpándose a sí mismo por no haberlo encontrado en su tercera vida.

Y 167 años después, Hwi-su nació.

Era un bebé tardío que sus padres, un empresario ex-luchador y una madre aún más enérgica, habían logrado con un esfuerzo constante a pesar del diagnóstico médico de que sería difícil tener hijos.

'Hwi' (brillo) y 'Su' (vida)? Es un Hanja poco usado en nombres...

Young-hwan le gritó a un conocido que intentaba hacerse el entendido.

‘¡¿Quién demonios puso esas reglas?! ¿Saju (adivinación coreana)? ¡Qué tontería! Nuestro Hwi-su fue un milagro desde que nació, ¡así que él mismo manejará su destino!’.

Mu-yeong, que sostenía la mano de Hwi-su, no pudo evitar morderle la mejilla al verlo imitar a su padre.

"¡Ay!".

Hwi-su, que tenía ambas manos ocupadas por Mu-yeong y no podía tocar su mejilla dolorida, solo lo miró.

"Porque eres lindo".

Mu-yeong, que había insistido en acostarse juntos en la tumbona individual, colocó naturalmente a Hwi-su boca abajo sobre su cuerpo. Y luego lo masajeó a gusto.

Hwi-su, que se despertó de una breve siesta por la fresca brisa marina y comenzó a hablar de un sueño que tuvo, continuó con la historia hasta su segunda y tercera vida, que Mu-yeong ya no recordaba.

"Si vuelvo a soñar, ¿podré encontrar a mi Maestro de la segunda vida?".

Hwi-su sonreía, aunque hace un momento había llorado diciendo que lo vio morir por una herida de bala.

Después del incidente en los Países Bajos, Hwi-su había cambiado. Tanto cuando era Illusio como en esta vida, a menudo se sentía deprimido después de tener sueños tristes, pero ahora no.

‘Ya no tengo miedo’.

Fueron sus palabras un día, mientras estaban juntos como gemelos durante dos meses de convalecencia.

Sé que no necesariamente me está mostrando lo que sucederá, así que si me encuentro con algo triste, abriré más los ojos y observaré.

Porque habrá algo que pueda hacer, dijo Hwi-su sonriendo.

"¿En qué está pensando, Maestro?".

Hwi-su, que estaba boca abajo sobre su pecho y jugaba con el borde de la ropa de Mu-yeong, levantó la barbilla y preguntó. El sol de verano ya rondaba el horizonte.

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"En ti".

Los labios de Mu-yeong atraparon los de Hwi-su.

El canto de los pájaros, al que se habían acostumbrado en una semana, cantaba al compás de las olas que rompían en la arena.

Ojalá... algún día podamos ir juntos al mar, Illi

En el mar al que llegaron después de un tiempo muy largo, su tiempo comenzó a fluir de nuevo.

 

 

 

 

<Resonancia>

- Fin -