7. Presente
7. Presente
La cabeza de Hwi-su, sentado frente a Dong-ho
en la limusina, se tambaleaba constantemente.
"¿Por qué hacer que un niño se agote así
por una preparación que empieza con un mes de antelación...?".
Dong-ho masticó una blasfemia, mirando de
reojo a la intérprete sentada a su lado. Aún faltaba mucho para la London Week
de febrero, pero el diseñador de la empresa B era conocido por su notoria
costumbre de convocar a las modelos con mucha antelación. Además, llevaban una
semana probando peinados absurdos bajo un concepto llamado ‘Hiper Centuria’ o
algo por el estilo.
"Dicen que es un genio, pero ¿en qué se
diferencia de un loco?".
"¿Eh?".
La intérprete, que había captado su mirada
como un fantasma, preguntó en un coreano torpe.
"No, no... Es un monólogo, quiero
decir... ¿Cómo se dice en inglés...? ¡Self-talk, self-talk!".
Ah, soltó una sonrisa burlona y volvió a mirar
por la ventana. Cuando llegó hasta allí gracias a la inmensa bondad del jefe de
FoC, apretó los puños sin darse cuenta. Había aceptado venir porque le dijeron
que no sería muy diferente de su trabajo en Corea...
‘Hwi-su no está en su mejor momento
últimamente. Dong-ho, ve con él y quédate a su lado. Tendrás un intérprete 24
horas, así que no te preocupes por el inglés’.
Tal como había dicho el Señor Han, quizás por
ser invierno, Hwi-su no estaba bien de salud desde hacía quince días. Había
salido de Seúl con fiebre leve y, con el clima inclemente de Londres,
finalmente comenzó a toser. La idea del diseñador de ponerlo en el escenario
prácticamente desnudo hizo que Dong-ho sintiera ganas de volver a soltar una
palabrota.
"¿Cuánto queda de antipirético...? ¿Eh?
Hwi-su..., ¿Hwi-su?".
Hwi-su, a quien creía dormido, actuaba de
forma extraña. El dorso de su mano, con las venas marcadas por la fuerza con
que apretaba el puño, temblaba. Sus párpados parecieron convulsionar y de
repente derramó lágrimas. Aun así, no abrió los ojos. O, más bien, parecía que
no quería abrirlos. Sus labios apretados temblaban, intentando decir algo, pero
solo emitían un sonido de dientes rechinando; nada que se pudiera entender.
Finalmente, Dong-ho lo sacudió por los
hombros.
"Despierta, Hwi-su. Abre los ojos, ¿sí?
¿Qué te pasa...?".
Dong-ho le palmeó suavemente la mejilla,
cubriendo su rostro mojado, pero fue en vano. Incluso la intérprete masajeó el
brazo rígido de Hwi-su, gritando algo en inglés.
"¡119... no, 911! ¡Llama a eso, lo que
sea!".
Al ver el alboroto en el asiento trasero, el
conductor detuvo el coche a un lado de la carretera, abriéndose paso entre el
tráfico congestionado.
"Hwi-su. Abre los ojos. ¿Qué te
duele?".
Lo abofeteó tan fuerte que se oyó un
chasquido. Las lágrimas se derramaron como una inundación sobre sus mejillas
enrojecidas. Y entonces, sus párpados temblorosos se abrieron de golpe.
"Telé... fono. ¿Dónde está mi
teléfono?".
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Justo después de recuperar la conciencia,
Hwi-su le exigió el teléfono de repente. Su frente estaba ardiendo.
"Primero vamos al hospital...".
"¡¡El teléfono!!".
Su voz ronca gritó como un chillido.
Sorprendido por la intensidad, Dong-ho se apresuró a buscar el teléfono de
Hwi-su en su bolso y se lo entregó. Inmediatamente, Hwi-su comenzó a llamar a
alguien frenéticamente.
"Contesta... por favor... Por
favor...".
Pulsó el botón de llamar y colgó varias veces,
pero la persona que buscaba no parecía responder. Al ver a Hwi-su sollozando y
agarrando el teléfono con ambas manos, Dong-ho le tomó suavemente la muñeca.
"Yo lo haré. Dámelo".
Hwi-su le entregó el teléfono que apenas
sostenía y solo derramó lágrimas.
"No... contesta... No puede ser... Tengo
que decírselo rápido...".
Mientras le daba un pañuelo y una botella de
agua, Dong-ho se hizo cargo de la tarea de Hwi-su. El número guardado como
'CEO' no respondió a las decenas de llamadas. Justo cuando el tono de conexión
seguía sonando sin respuesta por más de diez minutos, Hwi-su llamó a Dong-ho.
"Hyung. Llévame al aeropuerto, al
aeropuerto. ¿Tienes mi pasaporte, verdad? ¿Está en tu bolso ahora?".
"... ¿Qué?".
"Tengo que ir. Debo ir con mi maestro...
con el CEO, ahora".
"¿Adónde vas? ¿Y quién es ese CEO?".
"Ámsterdam. ¿Cuánto tardará? ¿Llegaremos
en una hora?".
La conversación se interrumpió. Hwi-su, que le
había quitado el teléfono, no tenía fuerzas para responder a las preguntas de
Dong-ho. Necesitaba encontrar un billete para salir de inmediato.
Tenía que ir con su Maestro. Esos sujetos que
querían hacerles daño de nuevo habían aparecido. Su sospecha hacia él estaba
justificada. Quería destrozar el sentimiento de culpa que había tenido hacia él
por un momento.
"Tenía razón... Era él... Tenía
razón".
Hwi-su, que se sacudió la cabeza por la visión
del sueño que resurgía, se aferró a Dong-ho y le suplicó.
"Hyung. No hay billetes. ¿No conoces a
alguien que pueda conseguirlos? ¿No conoces a nadie?".
"Llamaré al jefe...".
Justo cuando Dong-ho, también apresurado, sacó
su propio teléfono, la intérprete, que solo había estado observando la
situación con una expresión de asombro, intervino discretamente.
"Quizás el Eurostar sea mejor que el
avión, Señot Hwi-su".
"¿Euro... star?".
"Sí. Tarda más, pero puede salir de
inmediato".
En ese momento, el sedán que transportaba al
grupo se dirigió a la estación de St Pancras. Dejando atrás a Dong-ho, que
seguía sin entender nada y estaba desconcertado, Hwi-su subió al tren con
destino a Ámsterdam.
Durante las cuatro horas que tardó en llegar,
Hwi-su se sentó en la misma postura, como un maniquí, repasando y volviendo a
repasar la escena que había visto en su sueño.
"¿Cómo se atreve...?".
Sintió la hoja negra que atravesó el cuerpo de
su Maestro clavándose también en su costado. Hwi-su se encogió tanto que la
mujer de mediana edad sentada a su lado le preguntó si estaba bien.
Sudando frío y quejándose, Hwi-su forzó una
sonrisa hacia las miradas concentradas en él y se mordió el labio. Luego,
encorvado, sacó su teléfono y buscó en sus contactos.
El teléfono de Tae-rim, el único contacto
conocido de Mu-yeong que tenía guardado, también estaba muerto.
No sabía adónde ir, sentía que no había
futuro. Lo único que recordaba vagamente del sueño era la información de un
lugar rodeado de edificios bastante altos.
"Ah".
Hwi-su buscó frenéticamente en su galería y
finalmente encontró una pista. Era una escena que había guardado secretamente
mientras hacía una videollamada con Mu-yeong hacía unos días.
En la pantalla de Mu-yeong, que le había dicho
que cenaría en el hotel porque la reunión había terminado tarde, se había
vislumbrado por un momento el hotel donde se alojaba. Era una foto que había
capturado instintivamente porque su sonrisa al decir que el viento del río era
frío le había parecido muy genial, pero había perdido el timing.
"Oku...".
La parte superior del edificio en forma de 'ㅗ'
brillaba con luces, pero como la foto fue tomada en un instante de temblor, no
pudo distinguir el nombre del hotel. Sin embargo, solo después de enviarse la
única foto que había obtenido a su propio correo electrónico, por miedo a que
se borrara, Hwi-su pudo enderezar la espalda.
Tras las infernales cuatro horas, en cuanto
bajó en la Estación Central, tomó un taxi. Solo diez minutos. Fue el tiempo que
tardó en llegar al lugar donde pensaba que él estaría.
El camino que apareció en el sueño era casi
completamente plano. Eso significaba que el momento en que esos sujetos se
encontrarían con su Maestro estaba cerca.
El taxista, que reconoció la foto de Hwi-su,
lo dejó sano y salvo frente al Hotel Okura. El conductor, que tomó los euros
que Hwi-su le entregó sin contarlos, le deseó un buen viaje.
Hwi-su se bajó del coche sin prestar mucha
atención y se echó a correr sin rumbo. Aunque era su primera visita, no había
tiempo para sentirse extraño. Sus pies no se detuvieron, incluso mientras
llamaba por teléfono sin cesar con el aparato en una mano, buscando el callejón
por donde su Maestro había caminado tambaleándose.
Después de correr un tiempo, la multitud
ruidosa, que se había reunido de manera inusual para una calle del centro de la
ciudad, resultó extraña.
Personas con pancartas escritas en letras
rojas brillantes se habían concentrado frente a un edificio. Figuras envueltas
en capas negras ocupaban la carretera.
Sintió un escalofrío.
Ante la escena que le recordaba a aquel sujeto
que había llevado la aguja envenenada a su Maestro hace mucho tiempo, Hwi-su se
detuvo sin darse cuenta y se abrazó los brazos. La ropa que Dong-ho le había
puesto capa sobre capa cuando lo siguió hasta la estación de tren no era
ligera. Sin embargo, su cuerpo temblaba por el frío que lo envolvía.
‘¡Castiguen al demonio!’.
La voz de alguien le taladró los tímpanos.
Las exclamaciones, confusas entre la sensación
presente y los recuerdos pasados, hicieron que Hwi-su se sintiera mareado. Se
tambaleó y apenas pudo sostenerse agarrándose a una farola.
"¡Detengan la investigación que profana
la dignidad de Dios!"
"¡Los humanos no son Dios!"
Los gritos que vinieron después hicieron que
los ojos de Hwi-su parpadearan lentamente. Solo entonces su vista se enfocó.
Levantó lentamente la cabeza y miró a su
alrededor, y la imagen que había estado repasando durante horas en su sueño se
volvió gradualmente más clara.
"Es ahí".
Separados por un estrecho callejón, dos
edificios de ladrillo marrón se enfrentaban: era el lugar que Hwi-su había
visto en su sueño.
Hwi-su, agarrando su teléfono como si fuera su
única arma, se impulsó desde el suelo y comenzó a correr. En la calle oscura,
los gritos de los manifestantes, reflejados por todas partes, iluminaban su
camino más ruidosamente que la farola.
Hwi-su, que solo miraba un edificio mientras
corría, no miró hacia abajo.
No vio las manchas de sangre esparcidas, como
si lo guiaran.
***
La sombra, agarrándose el costado, desapareció
en el callejón. Gotas de sangre carmesí caían a lo largo del camino por donde
había pasado, pero ni una sola persona se percató. La manifestación de Nihilad,
por la que Mu-yeong había sido arrastrado momentos antes, había distraído por
completo no solo a los residentes locales sino también a la policía.
"Maldita sea...".
La sangre fluía sin cesar por el agujero que
el afilado metal había abierto y salido. Se quitó la chaqueta del traje, la usó
para taponar la herida y se refugió en una esquina.
Era él. Definitivamente, era él.
Desde hacía días, la presencia de
manifestantes extremistas en el edificio habilitado por el H-Hub ya era algo
cotidiano. Apenas la persona invitada por la EMA (Agencia Europea de Medicamentos)
comenzaba a desvelar la clave para la solución, el H-Hub exponía sus propias
flaquezas.
‘El inmunopotenciador que estamos creando es
un medicamento sin precedentes. Por lo tanto, dado que la investigación
comparativa con otros tratamientos es inviable, hemos presentado una variedad
de datos para mitigar las limitaciones de los ensayos clínicos. Si bien se ha
asegurado la consistencia de los resultados y la estabIllidad, hemos pasado por
alto un hecho’.
El CEO de investigación del H-Hub, con una voz
inusualmente baja, se inclinó ante Mu-yeong y Tae-rim, que estaban sentados
enfrente.
‘Entre los datos clínicos recopilados, se
incluyen familiares directos de la dirección ejecutiva’.
Murmuró como para sí mismo que alguien debió
haber informado a la EMA, y luego deslizó la tableta que tenía preparada hacia
Mu-yeong.
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La historia de salvar a un ser querido con un
medicamento recién desarrollado por uno mismo solo existe en las películas; en
la realidad, conllevaba complejas interrelaciones que a menudo resultaban
perjudiciales para el investigador.
Era natural que, por muy excelentes que fueran
los resultados, la credibilidad y la imparcialidad se vieran afectadas, ya que
no se podía garantizar que el estado de salud o la relación emocional del
familiar no influyeran en el juicio del investigador.
‘Formaremos un Comité de Ética’.
La solución propuesta por Mu-yeong fue simple.
Ya se había informado el proceso de investigación a la EMA con un detalle
excesivo, y además, excluyendo a un familiar directo, los datos clínicos eran
más que suficientes en comparación con otros casos.
Mu-yeong, optando por una confrontación
directa, invitó a varios doctores en medicina que eran asesores de la EMA. La
reunión con ellos era precisamente hoy.
Sin embargo, Mu-yeong no pudo siquiera entrar
a la sala de reuniones que había preparado meticulosamente.
No se sabía cómo se había filtrado la
información, pero una multitud de manifestantes de Nihilad, el doble de la que
había en Londres, se congregó. Todos con las capas negras que ocultaban su
verdadera complexión.
La situación era caótica, con la policía y los
manifestantes mezclados, bloqueando tanto la entrada del edificio como la
carretera principal. Dado que esta reunión era crucial para la presentación del
plan, prevista para dos días después, la comitiva de Mu-yeong decidió bajar del
coche y caminar. Fue un grave error de cálculo.
Caminaron abriéndose paso entre los
manifestantes como si estuvieran en una pelea. La comitiva ya se había
dispersado en pedazos, cada uno lidiando a su manera. Justo cuando Mu-yeong se
sintió aliviado al ver que Tae-rim casi llegaba al edificio, una sombra negra
lo interceptó.
Los labios visibles bajo la capa sonreían.
Un mentón familiar se movió, y en un instante,
una cálida presión se sintió en su cintura.
‘Nos encontramo de nuevo en esta vida’.
Todo alrededor era un pandemonio. Varios
policías sangraban por la cabeza a causa de los porrazos de los manifestantes,
y hombres aplastados por los escudos policiales forcejeaban, mascullando
maldiciones.
En el epicentro de este caos, Banebo y Creador
se enfrentaron de nuevo.
Mu-yeong instintivamente trató de agarrar el
cuchillo clavado en su cintura, pero Banebo, o más bien, Tak Jae-woo, fue más
rápido.
La espada de obsidiana, negra como la capa que
vestía, salió después de abrir un gran agujero en su costado. Su vista se nubló
por un momento y luego recuperó lentamente la claridad.
‘También te quitaré la vida una vez más’.
Como si esa palabra fuera una hipnosis,
Mu-yeong reaccionó. Agarró a alguien que tenía a mano y lo usó para bloquear el
siguiente golpe de cuchillo que Jae-woo lanzó. Luego, Mu-yeong retrocedió.
Tropezando con personas pisoteadas, y
aferrándose a su mente que flaqueaba por la sangre que le corría pegajosamente
hasta el muslo, había llegado hasta allí.
No sabía qué tan lejos se había alejado. El
edificio frente a él le resultaba desconocido, y los gritos de los
manifestantes se escuchaban con claridad incluso desde lejos.
‘¡Muerte al demonio\!’.
‘¡Castiguen al demonio que trajo la peste
negra!’.
El pasado y el presente se entrelazaron
caóticamente. Sintió como si algo le estuviera desgarrando el cuello. El dolor
era insoportable, como si lo hubieran atravesado con algo afilado desde las
puntas de los dedos hasta los pies, y luego lo hubieran desgarrado.
El sonido de los pasos resonando en el
callejón se sentía como la muerte persiguiéndole. ¿Quizás por eso? Mu-yeong
caminó hacia un lugar alto. Una a una, las huellas de manos rojas se
multiplicaron en el ladrillo marrón. La sangre que caía a cada paso teñía los
escalones de rojo.
Cough.
Tosiendo, vomitó sangre. La sangre también
brotó de su costado, haciendo que sus pantalones de traje estuvieran ya
empapados hasta los tobillos.
"Banebo...".
Solo ahora la comprensión lo golpeó en la
nuca: ese tipo también estaba atado al destino que Hwi-su había creado a costa
de su vida.
"¿Cómo te atreves... a arruinar la vida
de mi hijo...?".
Aunque no lo había escuchado con atención, lo
sabía. ¿Quién había enseñado a Hwi-su, a Illusio? El propio Mu-yeong.
Él había sido quien había grabado en su mente
que no había nada imposible si se ponía un deseo con el más sincero anhelo, y
también quien había hecho que ejecutara esa aterradora palabra.
"Maldita sea".
Cuando encontró la puerta que daba a la
azotea, Mu-yeong sintió una feromona escalofriante y se dio la vuelta. El
sonido de los pasos del dueño de la feromona, que no ocultaba su intención
asesina, se escuchaba dos pisos más abajo.
El ruido metálico de un objeto golpeando la
barandilla con un clang, clang mientras subía las escaleras era incluso
tranquilo. Un murmullo bajo seguía de cerca a Mu-yeong.
La puerta, oxidada y en mal estado, se abrió
con un chillido. Un cielo gris dio la bienvenida a Mu-yeong.
Agarrándose el costado, se tambaleó hacia un
rincón de la azotea. Y poco después, Tak Jae-woo apareció en el mismo lugar.
"¿No es como... aquel día?".
Mu-yeong, escondido detrás de un montón de
escombros, contuvo la respiración. Su aliento olía a sangre.
Tak Jae-woo, con una expresión fresca a
diferencia de Mu-yeong, levantó la barbilla hacia el cielo e inhaló
profundamente.
"¿Por qué demonios siempre tienes que ser
tú el primero?".
Jae-woo masculló una maldición, golpeando el
suelo con la punta del pie.
"Ah... ¿Será por eso? ¿Que nuestro
destino es que yo me encargue de tu final?".
Una risa baja resonó extrañamente por la
azotea.
"Ese día... Posk me detuvo. Ah, ¿lo
recuerdas? Mi mago".
No parecía tener intención de buscar a
Mu-yeong. Como si estuviera poniéndose al día con un viejo amigo, Jae-woo se
sentó en la barandilla de la azotea. Continuó hablando, mientras sus ojos
barrían los trozos de periódico esparcidos por todas partes.
"Tenía que traer a ese chico de alguna
manera, pero no se me ocurría ninguna excusa convincente. Por eso fue. Te
mostré todas mis flaquezas".
Derrocó a su propio padre, el dueño de la
isla, y para sí mismo, que no podía sobrevivir ni una hora sin letras, arrebató
innumerables vidas. Banebo quería a Illusio, incluso si eso significaba mostrar
a Creador el campo donde estaban enterrados sus cuerpos.
"¿Viste a mi padre hace mucho tiempo?
¡Qué codicioso era! Bueno, al final esa codicia lo derribó".
Todos los esfuerzos que había hecho durante
toda su vida para que su único hijo, al menos su caparazón, estuviera intacto,
fueron vilipendiados como avaricia. El anciano, despojado de su lugar por su
hijo y muriendo, seguía atado como un espectro a aquel rincón, incluso después
de un tiempo interminable.
"Es inevitable. Aunque tú te sientas
agraviado, ¿qué podemos hacer? Mi enfermedad solo se calma si Illusio, no, Yoon
Hwi-su, está cerca. Y.…".
El cuchillo que salió de la vaina vibró
solemnemente. La luz del sol, que se abrió paso entre las nubes, se dispersó
por todas partes sobre la hoja de obsidiana.
"Esos ojos ciegos...".
Jae-woo levantó el cuchillo frente a sus ojos.
Luego, murmuró mientras leía las inscripciones grabadas en la hoja negra.
"Debo tenerlos".
Al terminar de hablar, Jae-woo no dudó en
moverse. Su paso dejaba claro que ya sabía dónde estaba Mu-yeong.
Mu-yeong palpó el suelo al escuchar los pasos
que se acercaban. En su mano, apretó sin pensarlo un poste de hierro que había
perdido su forma original.
Se levantó lentamente y salió de las sombras
para pararse frente a Jae-woo.
"Ha pasado mucho tiempo".
Jae-woo sonrió al ver el costado empapado de
sangre y lo saludó.
"Creador".
La expresión desapareció del rostro de
Jae-woo.
***
Cuando el cuchillo de Jae-woo cortó el aire,
Mu-yeong desvió la hoja con el poste de hierro. El metal chocó, resonando
ruidosamente.
Mu-yeong evitó por poco el cuchillo que se
dirigía a su pecho y levantó el pie para patear a Jae-woo. Este, golpeado
contra la barandilla de la azotea, se enderezó de inmediato.
Sus miradas se encontraron fríamente. Un grito
lejano se convirtió en la señal, y Jae-woo se abalanzó, blandiendo su cuchillo.
"¡En la vida pasada, tú, ganaste!".
La voz de Jae-woo estaba teñida de un
resentimiento cuya antigüedad era imposible de determinar. El cuchillo que rozó
el brazo y el hombro de Mu-yeong cortó su piel limpiamente.
"¡Pero esta vez, no, te lo,
permitiré!".
La hoja dirigida a su rostro le cortó la
mejilla a Mu-yeong. Apenas pudo esquivarla, pero sus ojos estaban desenfocados.
"Ugh".
De repente, el recuerdo de las agujas que
atravesaban todo su cuerpo invadió a Mu-yeong. Jae-woo no desaprovechó esta
oportunidad. Se agachó rápidamente y lanzó el cuchillo hacia las piernas de
Mu-yeong.
Sus pantalones se rasgaron y brotó sangre
fresca. El dolor agudo, en cambio, devolvió la lucidez a la mente de Mu-yeong.
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Sus armas chocaron en el aire. El sonido del
metal al raspar resonó escalofriantemente.
"Es diferente...".
Mu-yeong murmuró detrás del poste de hierro
levantado entre ellos.
"Esta vez...".
Junto con la voz que rechinaba los dientes, el
poste de hierro de Mu-yeong cortó el aire. Sangre brotó del cuello de Jae-woo,
apenas rozado por el poste.
Ambos se distanciaron un paso, mirándose y
recuperando el aliento por un momento. El ambiente era extrañamente silencioso.
Como si el tiempo se hubiera detenido.
El rostro de Hwi-su apareció ante los ojos de
Mu-yeong.
El niño pequeño abandonado por sus padres, los
ojos que brillaban de alegría por las cosas más pequeñas, los labios que
gritaban al verlo colgado en el patíbulo... e incluso antes de recuperar la
memoria, esa anhelante y atormentadora añoranza que captaba su atención.
El tiempo de despertar fue corto pero potente.
Los ojos de Mu-yeong, que se enderezó, eran los de una persona completamente
diferente en cuestión de segundos.
"En esta vida...".
"¡Es diferente!", gritó Mu-yeong,
impulsándose contra el suelo.
Rápido y fuerte.
El poste de hierro, que destellaba como un
rayo, golpeó a Jae-woo. Aunque la sangre brotaba de su costado con cada golpe,
Mu-yeong no se detuvo.
Avanzó a pesar del dolor.
Jae-woo giró su cuerpo para esquivar el poste
que se dirigía a su hombro. Luego, rápidamente, blandió su cuchillo. La hoja
cortó el vacío.
Mu-yeong, cuyo cuerpo estaba acuchillado, y
Jae-woo, que estaba más acostumbrado a los libros que al ejercicio, se
abalanzaron desesperadamente el uno contra el otro.
"De todos modos".
Jae-woo gruñó, ajustando su agarre para que la
hoja apuntara hacia abajo.
"El destino no cambia".
Era una voz que le recordaba la vida pasada.
En el instante en que la vista de Mu-yeong se nubló, Jae-woo lanzó su cuchillo,
apuntando a su cuello. Mu-yeong apenas desvió el cuchillo y golpeó la espalda
baja de Jae-woo.
Y su poste de hierro golpeó su muñeca. Jae-woo
soltó un breve grito y dejó caer el cuchillo. Mu-yeong también arrojó su arma.
Y luego agarró a Jae-woo por el cuello.
Mu-yeong, con el rostro distorsionado, lo
empujó contra la barandilla y lanzó un puñetazo, rechinando los dientes.
"Hace mucho, y ahora".
Cada palabra iba acompañada de un puñetazo en
el rostro de Jae-woo. La luz del pánico apareció en el rostro de Jae-woo, que
pronto quedó cubierto de sangre.
"Codiciando, lo, mío".
Con Jae-woo caído, los golpes continuaron,
esta vez con patadas. Como si eso no fuera suficiente, Mu-yeong recogió el
poste de hierro y golpeó la cintura de Jae-woo. Con un sonido sordo, Jae-woo se
encogió.
"¡Cómo te atreves, hace mucho, y,
ahora!".
El garrote de hierro de Mu-yeong se lanzó
sobre su hombro. Jae-woo se cubrió la cabeza ante la lluvia indiscriminada de
golpes. En la vida pasada, y en esta, él era el que estaba acostumbrado a
infligir violencia. El dolor que inundaba su cuerpo le resultaba extraño.
Su impecable traje se cubrió rápidamente de
polvo, pero Mu-yeong no se detuvo, como si estuviera devolviendo todos los
agravios pasados. La respiración jadeante de los dos hombres resonó en la
azotea.
"¡Ahora, es diferente!".
El brazo de Mu-yeong se elevó hacia el cielo.
Sus ojos estaban fijos en la coronilla de Jae-woo. El poste de hierro, con un
objetivo fijo, cortó el aire bruscamente.
"Ugh".
Se cubrió la cabeza, pero el dolor esperado no
llegó. Solo sintió una mano agarrando su hombro, que estaba rígido.
"Lord".
Era la voz de Posk con la apariencia de
Gyeong-jin. Detrás de él, se veía a Mu-yeong, inmóvil como una estatua, con el
brazo levantado.
Gyeong-jin, que sostenía a Jae-woo con una
mano y le sacudía la ropa, tenía una bola en la otra. De la bola, que contenía
nubes de color azul oscuro, caía una niebla roja como lágrimas.
"La tarea que me encomendó".
Gyeong-jin sacó un pañuelo de su bolsillo y se
lo ofreció a Jae-woo, quien se limpiaba bruscamente la herida de la mejilla.
"Las constelaciones no eran auspiciosas.
Puse a otra persona allí".
Jae-woo tomó el pañuelo casi arrebatándoselo,
se limpió la cara y se mordió el labio roto.
"Ha sido insolente".
Se deshizo de Gyeong-jin, que lo agarraba del
brazo, y caminó hacia Mu-yeong.
Lo único que parecía tener vida en el cuerpo
petrificado de Mu-yeong era una cosa. Sus ojos bien abiertos temblaban de
furia.
"¿Qué hacemos? No creo que esta vida sea
muy diferente".
Sonriendo con amargura, Jae-woo se agachó y
clavó el cuchillo que había recogido sin dudar.
"Kkkh".
Al escuchar el gemido de Mu-yeong, Jae-woo
tocó juguetonamente el cuchillo que atravesaba su abdomen.
"Saluda. A él... ¿será mejor presentarlo
como Posk?".
Los ojos de Mu-yeong giraron lentamente hacia
Gyeong-jin. El rostro le resultaba desconocido. Pero la bola en su mano y la
mirada de aquel sujeto que seguía a su Lord como un perro eran las mismas.
También los ojos que lo miraban con una mezcla de curiosidad y cautela.
"El sueño que tenía Illusio...".
Ante esas palabras, los ojos de Mu-yeong se
volvieron bruscamente hacia Jae-woo.
"Ah... así que tú también lo
sabías".
Las venas sobresalieron tensas en el dorso de
su mano, que sostenía el poste de hierro. Apretó con tanta fuerza que las yemas
de sus dedos se pusieron blancas, pero lo único que podía mover eran los dedos
de sus pies.
Jae-woo golpeó la mandíbula de Mu-yeong, que
rechinaba los dientes, y lo examinó como si estuviera admirando una estatua.
"Sabías de ese sueño infernal...".
¿Infernal?
Era una expresión que no encajaba con la
historia que Creador había escuchado en la vida pasada. ¿Cuántas veces había
consolado a ese niño que, incluso al presenciar la muerte de un ser cercano,
lloraba diciendo que una tela blanca ondeaba en una brisa cosquilleante?
Pero Jae-woo estaba diciendo que el sueño de
Hwi-su era el infierno.
"Soñar con el infierno y aún así tener
ojos tan puros".
Jae-woo se tocó el labio y miró a Mu-yeong a
los ojos. Sonrió con la comisura torcida y comenzó a empujar lentamente el cuerpo
de Mu-yeong.
"Una bendición para no soñar".
La barandilla se acercó hasta tocar la cintura
de Mu-yeong. Si su centro de gravedad se desviaba un poco, podría caer de
inmediato al abismo.
"Se la, regalaré, yo".
Mascullando eso, el hombre con el rostro de
Banebo extendió ambas manos.
"A ti también, el sueño eterno...".
Fue entonces.
Un grito desgarrador resonó en el espacio
donde solo había tres personas.
"¡No-!".
Hwi-su estaba parado allí. Su teléfono cayó al
suelo a sus pies con un golpe sordo.
"No lo hagas...".
Hwi-su, con las manos juntas como en una
plegaria, se acercó cautelosamente a los tres. Gyeong-jin, que estaba como una
sombra, dio un paso para intentar interponerse ante Jae-woo. El impulso de
Hwi-su era inusual.
Cada paso que daba, los árboles del jardín que
se estaban secando a un lado temblaban como álamos, creando un viento. El
sonido crepitante parecía el de dientes humanos chocando.
A medida que el temblor se intensificaba, una
energía inexplicable se hacía más densa, envolviendo a los cuatro. La cuenta
que Gyeong-jin sostenía vibró largamente. Al mismo tiempo, el brazo de Mu-yeong
cayó y el poste de hierro rodó ruidosamente por el suelo.
"Qu-qué...".
Gyeong-jin, que sostenía la bola, levantó los
ojos hacia Hwi-su. Pero no pudo obtener respuesta.
Sus ojos, que derramaban gruesas lágrimas,
estaban fijos en Mu-yeong y Jae-woo. Específicamente, en las manos de Jae-woo
que estaban empujando el cuerpo de Mu-yeong.
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Sus labios mojados temblaban sin cesar. Por
mucho que aguzara el oído, no se podía escuchar lo que murmuraba.
Los ojos de los tres siguieron a Hwi-su que
caminaba hacia la barandilla. Al igual que Mu-yeong estaba inmovilizado por el
poder de Gyeong-jin hace un momento, ahora los tres estaban paralizados por el
aura de Hwi-su.
Hwi-su, que pasó junto a Gyeong-jin, el cual
temblaba con los brazos caídos, y pisó el poste de hierro que Mu-yeong había
soltado, agarró la muñeca de Jae-woo.
"Qué descaro".
Fue un dolor como si una llama lo hubiera
invadido. Jae-woo se separó de Mu-yeong con un jadeo de sorpresa, agarrándose
el brazo que había sido sujetado y encogiéndose. La ardiente llama trepó
lentamente por su antebrazo.
La punta de los dedos de Hwi-su brillaba de
color rojo. Cada vez que sus dedos, imbuidos de luz, danzaban en el aire, la
llama se hacía más intensa.
"S-sálvame...".
Jae-woo retrocedió. Hwi-su extendió su mano
sobre el cuerpo encogido, que ya tenía el fuego extendido hasta el hombro.
"No solo le arrebataste la vida a mi
Maestro...".
La llama roja ardía en su palma.
"Te atreves a invadir mi sueño...".
Gotas de fuego carmesí cayeron sobre la cabeza
de Jae-woo con un thud, thud.
"Y el destino que creamos con la
muerte".
La palma que temblaba se abrió de golpe.
Entonces, Jae-woo se agarró el cuello. Su rostro se enrojeció al instante como
si fuera a estallar.
"¡¡Profanaste!!".
Hwi-su gritó desesperado. Su voz, ronca como
si fuera a vomitar sangre, resonó agudamente en la azotea. Las ramas de los
árboles circundantes se estremecieron como si tuvieran convulsiones y luego se
quedaron rígidas.
El hombro de Hwi-su, que jadeaba por el aire
que le faltaba, temblaba ligeramente.
Y luego comenzó a mover los dedos de nuevo.
"No puedo perdonarte...".
***
Sopló el frío viento nocturno. Las luces de la
ciudad brillaban por doquier, y las sombras de las cuatro personas se alargaron
sobre el suelo de hormigón. Más allá de la barandilla, oxidada en algunos
puntos, la oscuridad se hacía más densa.
Sus ojos, privados de lucidez, estaban llenos
de humedad. Hwi-su se mordió el labio, bebió la sangre que brotó y comenzó a
recitar el hechizo de nuevo.
El ferviente anhelo de que cualquier cosa
pudiera cumplirse.
Ese anhelo, que había unido su destino con el
de su Maestro hasta esta vida, ahora lo invocaba para Tak Jae-woo, no, Banebo.
Para eliminar al intruso que se había inmiscuido en su destino sin permiso,
Hwi-su movió los dedos sin dudarlo.
No calculó cuánta de su fuerza vital se
sacrificaría. Solo la convicción de que debía eliminar a ese tipo frente a él,
al que había estado acosando a su Maestro desde la vida pasada, ocupaba toda su
mente.
A medida que el hechizo continuaba, el rostro
de Jae-woo se volvió del color de la tierra. No tenía tiempo para pensar en
cómo el Hwi-su actual podía usar habilidades como Gyeong-jin. Simplemente, se
debatía ante la inminente aura de la muerte.
Una corriente eléctrica sutil comenzó a fluir
desde la punta de los dedos de Hwi-su, y el aire vibró a su alrededor.
En ese instante, a unos pocos pasos,
continuaba un ruido sordo. Era Gyeong-jin.
Trató desesperadamente de acercarse a Jae-woo,
pero un muro invisible que rodeaba a los tres lo detuvo. La última bola, que
había creado derramando sangre durante días, ya estaba completamente
destrozada. Gotas de sangre caían de su puño, que sostenía la bola.
Aunque el aura que ataba a Gyeong-jin había
desaparecido, ya que la mente de Hwi-su estaba completamente concentrada en
Jae-woo, debido al muro que lo bloqueaba, lo único que podía hacer era dejar
huellas rojas en el aire.
"Lord... ¡Lord...
Tak Jae-woo!".
Quería que su voz, aunque fuera la suya,
llegara a aquel que esperaba la muerte y lo despertara. Pero Jae-woo parecía no
escuchar su voz, solo se agarraba el cuello con la cabeza echada hacia atrás.
El jadeo de Jae-woo parecía ralentizarse
gradualmente. Justo en el momento en que Hwi-su extendió su mano sobre su
cabeza, completando el hechizo final lentamente, una voz anhelada detuvo a
Hwi-su.
"Hwi-su".
"...".
El lenguaje desconocido que fluía por sus
labios y la mano que dibujaba en el aire se detuvieron. La cabeza de Hwi-su
giró rígidamente. Una lágrima corrió lentamente por su mejilla.
"Illi".
Mu-yeong estaba apoyado en la barandilla.
"Detente".
Su mano, que apenas sostenía su cuerpo, se
extendió hacia Hwi-su. Mu-yeong sonrió débilmente, mostrando su palma
ensangrentada.
"¿Así les enseñó su Maestro?".
"... Maestro".
"Él no es digno de un deseo, Illi".
Hwi-su asintió lentamente. Retiró la mano que
estaba sobre la cabeza de Jae-woo y caminó hacia Mu-yeong. Mu-yeong estaba
cubierto de sangre, tanto que no sería extraño que se desmayara en cualquier
momento.
A medida que se acercaba, las heridas cortadas
por algo afilado se hicieron visibles una a una. Una intención asesina cruzó
los ojos de Hwi-su. Mu-yeong lo llamó en voz baja, "Illi", justo
cuando Hwi-su se detuvo, como si fuera a darse la vuelta.
Lágrimas llenaron sus ojos, que se fijaron en
Mu-yeong de nuevo.
Recordó a su Maestro colgado en el patíbulo
hace mucho tiempo. La imagen destrozada por los latigazos y las agujas
envenenadas se superpuso con el hombre frente a él. Cuanto más horribles
recuerdos le venían a la mente, más se apresuraba Hwi-su. Sentía que solo
podría creer en la existencia de la persona real al tocarlo, al sentirlo.
La distancia de solo unos pocos pasos se
sentía interminable. Le dio la sensación de que, por mucho que caminara, nunca
lo alcanzaría, lo cual le causaba impaciencia. Hwi-su caminaba arrastrando los
pies, que se sentían pesados como lingotes de hierro.
Pero no se detuvo. Tenía que abrazarlo,
confirmar su calor y su aroma, así que hizo un esfuerzo por mover sus pies.
Finalmente, su mano alcanzó el cuello de su
ropa. Justo cuando iba a agarrar el borde de la ropa que apenas sostenía, los
ojos de su Maestro se dilataron de repente.
Y luego su cuerpo giró bruscamente.
Sucedió en un instante.
"¿Maestro...?"-
Tiró de la ropa, desgarrada por todas partes.
Pero la mano que agarraba su cintura con fuerza no lo soltaba. Intentó levantar
la cabeza para mirarle el rostro, pero la mano que le sujetaba la nuca solo
temblaba ligeramente y no le permitía mirarle.
"Muere..., Illusio...".
Y entonces escuchó la voz de Gyeong-jin.
¡Qué difícil había sido llegar hasta su
Maestro, y sin embargo, la voz de Gyeong-jin estaba demasiado cerc\! Hwi-su,
que apenas pudo salir del abrazo de Mu-yeong, vio a Gyeong-jin justo a su lado.
Al bajar lentamente la mirada, comenzando por el hombro tembloroso de
Gyeong-jin, Hwi-su soltó un lamento.
La espada negra profundamente clavada en la
cintura de Mu-yeong, y la mano de Gyeong-jin que sostenía el mango. Gyeong-jin
miraba a Hwi-su con los ojos desenfocados, pero no soltaba el cuchillo.
"¡No...!".
Junto con el grito de Hwi-su, una fuerza
invisible explotó hacia Gyeong-jin. El aire se agitó alrededor de Hwi-su, que
comenzó a brillar de azul, y el polvo de la azotea se arremolinó.
Gyeong-jin, empujado por esa fuerza, gritó y
salió volando.
"¡Jin!".
El cuerpo de Gyeong-jin, que chocó contra la
barandilla, perdió el equilibrio por un instante y se tambaleó.
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Jae-woo, que corrió instintivamente, agarró la
mano de Gyeong-jin, pero la mayor parte de su cuerpo, que ya se había volcado
desde la cintura, colgaba fuera del edificio.
"Sujétate... Agárrate fuerte, Jin".
Pero el cuerpo de Jae-woo, agotado por el
cansancio de la lucha con Mu-yeong, temblaba incluso con el frágil peso de
Gyeong-jin. Jae-woo también perdió el equilibrio y se inclinó mientras sostenía
a Gyeong-jin, que caía.
"Suélte, me. Lord. Por favor,
suélteme".
La expresión de Gyeong-jin era más tranquila
que la de Jae-woo, que estaba en pánico.
Las lágrimas que se acumulaban en sus ojos cayeron
al vacío antes que él. Mirando al abismo oscuro siguiendo las gotas, Gyeong-jin
comenzó a abrir sus dedos uno por uno.
"No. No lo hagas".
Jae-woo, que había soltado la barandilla para
sujetarse, agarró la muñeca de Gyeong-jin. Gyeong-jin abrió la boca, mirando la
mano de Jae-woo que le aferraba la muñeca.
"Banebo, mi Lord...".
En ese instante, Jae-woo se encontró con los
ojos de Gyeong-jin. Todo el tiempo pasado se arremolinó en sus ojos húmedos.
Desde el día en que visitó la residencia por
primera vez siguiendo al viejo hechicero negro, el joven de ojos brillantes en
mejillas flacas, y luego el joven que declaró sin rodeos que serviría a Banebo,
sin importar lo que hubiera sucedido, sonreía claramente.
Era un rostro que había olvidado.
La persona que había estado a su lado desde
que era Banebo, había perdido su sonrisa en algún momento.
Y el hombre que reapareció, reviviendo viejos
recuerdos, tenía un rostro que mostraba tanto alegría como miedo. Ahora,
Jae-woo, que sabía la verdad de la rabia que le había hurgado el pecho sin
razón desde la infancia junto con los recuerdos pasados, veía el rostro de
Gyeong-jin.
"¿Fui yo... quien arruinó tu
destino?".
Gyeong-jin negó con la cabeza ante el murmullo
de Jae-woo. Y luego abrió otro de los tres dedos restantes. Jae-woo se inclinó,
tirando apresuradamente de su brazo.
Estaba poniendo todo su esfuerzo. Las venas
abultadas en sus sienes se tensaron, y las heridas de los golpes del poste de
hierro de Mu-yeong se abrieron con un sonido sordo, sangrando.
Sintiendo el olor a sangre intensa de Jae-woo,
Gyeong-jin le dio su despedida final a su Lord.
"Gracias a usted, no estuve solo".
"Posk...".
"No culpo... al destino".
Y sonrió brillantemente, como en su primer
encuentro recordado.
Viendo la sonrisa de Gyeong-jin, Jae-woo se
dio cuenta de que el destino del que hablaba no era una carga que Gyeong-jin
llevara solo.
Jae-woo comenzó a relajar la fuerza en sus
pies. Gyeong-jin negó con la cabeza al ver a Jae-woo acercarse. Gritó,
pidiéndole que no lo hiciera, que por favor no lo hiciera. Intentó arrancar la
mano de Jae-woo de su muñeca, pero fue en vano.
"Lo siento. Y.…".
Clac. El cuerpo de Jae-woo se inclinó hacia
abajo.
"Gracias".
En el momento en que se acercó, Jae-woo abrazó
el cuerpo de Gyeong-jin. Así, los dos cayeron en la oscuridad como un solo
cuerpo.
Su tiempo pareció detenerse. Las luces de la
ciudad se elevaron lentamente, y el sonido del viento que resonaba ruidosamente
en sus oídos se fue alejando gradualmente.
En el último momento, una luz diferente
revoloteó y desapareció en los ojos de los dos que se encontraron.
Era el final de su mala fortuna.
***
Hwi-su, sentado en la sala de espera de
familiares del Hospital UMC de Ámsterdam, era una luz que no encajaba con el
espacio. Un bosque azul se proyectaba a través de la pared transparente y
curva. La sala de espera, que combinaba tonos grises y azules, era muy
acogedora, pero Hwi-su, acurrucado con las rodillas levantadas, estaba cubierto
de sangre.
"Se está realizando la cirugía para
suturar la laceración de la vena renal, confirmada por ecografía y TAC. Se ha
suturado rápidamente para controlar la hemorragia significativa, pero dado que
también hay laceraciones en una parte del intestino delgado, se planea
monitorear la infección, la hemorragia y la función renal en la unidad de
cuidados intensivos después de la cirugía".
El médico de edad avanzada, sentado frente a
él, le entregó una taza de té a Hwi-su mientras continuaba.
"Gracias a que el cuchillo evitó el haz
de nervios, no se han encontrado disfunciones relacionadas, pero el problema
son las complicaciones. Se le administrará un anticoagulante llamado
enoxaparina por un tiempo para evitar el riesgo de embolia pulmonar debido a
coágulos de sangre".
"¿Cuánto tiempo tendrá que permanecer en
la UCI?".
Tae-rim preguntó en lugar de Hwi-su, que
estaba sentado aturdido.
"Bueno. Generalmente, se tarda unos tres
o cuatro días en determinar que la presión arterial está estabilizada y que no
hay riesgo de septicemia, pero...".
El médico, que estaba hablando, volvió su mirada
de Tae-rim a Hwi-su.
"Por ahora, lo único que puedo decir es
que depende de la voluntad del paciente...".
"Abrirá los ojos pronto".
"... ¿Sí?".
"Abrirá los ojos pronto. Mi
Maestro".
Hwi-su, que estaba arrugando la manga de su
ropa manchada de sangre, miró directamente a los ojos del médico y dijo.
"Cuando pueda salir de la UCI,
trasládenlo de inmediato a una habitación individual, no, a una suite VIP. ¿El
cuidador tiene que ser necesariamente un familiar directo?".
"Oficialmente, sí, pero...".
"Soy su prometido. ¿Entonces es
posible?".
Ante la palabra ‘prometido’, Tae-rim, que
estaba sentado con ellos, se sobresaltó. Pero el médico no lo hizo.
Él fue testigo de cómo los dos llegaron a la
sala de emergencias en la ambulancia. ¿Cómo olvidar al Alfa que llegó a la cama
cubierto de puñaladas y al Omega con una expresión lastimera que nunca soltó su
mano inconsciente? Incluso para él, que llevaba más de diez años como director
general de medicina de urgencias, fue una escena memorable.
"Es posible. Lo registraré de
inmediato".
"Gracias. Por favor, asegúrese de
conseguir una habitación. Al Maes... al CEO no le gustan los lugares
concurridos, así que tiene que ser un lugar tranquilo, y si se puede ver el
bosque desde la ventana, sería mejor".
A pesar de que su rostro aún tenía rastros de
llanto, Hwi-su terminó de decir lo que tenía que decir. El médico asintió,
viendo su expresión, que era incluso tranquila para ser el único cuidador de un
paciente cuya vida pendía de un hilo.
La puerta automática de la sala de espera de
familiares se abrió silenciosamente y aparecieron dos policías uniformados. El
médico y Tae-rim se ausentaron, dejando a Hwi-su, que había sido el primero en
ser interrogado después de llegar a la sala de emergencias.
La taza de té que el médico había dejado ya se
había enfriado. Hwi-su dejó la taza sobre la mesa y dirigió su mirada hacia la
ventana, donde el viento invernal soplaba con fuerza.
Hwi-su creía firmemente en la recuperación de
su Maestro. Él nunca lo dejaría solo. Nunca más.
Mu-yeong, que se había mantenido consciente
sin desmayarse mientras lo llevaban en la ambulancia, llamó a Hwi-su, que
lloraba, al escuchar que pronto llegarían al hospital, según el rescatista.
‘Illi...’.
‘¡Maestro!’.
‘El destino, se acabó...’.
Hwi-su solo lloró ante sus palabras. Mu-yeong
levantó su brazo con dificultad y le limpió el rostro, manchado con su propia
sangre.
‘Y nosotros... no nos separaremos... nunca
más’.
Hwi-su asintió, casi cayendo sobre el rostro
de Mu-yeong, cuya voz se hacía cada vez más débil. Besó los ojos de Mu-yeong,
que se cerraban lentamente, y también le dijo que nunca lo dejaría solo de
nuevo.
Hwi-su confió en las palabras de su Maestro.
La espera se prolongó, ya que la cirugía, que se esperaba duraría unas tres
horas, superó las cinco, pero no sintió miedo.
"Reservé el hotel más cercano. Yo me
quedaré aquí, ¿por qué no descansas un poco?".
Tae-rim, que había regresado y estaba sentado
enfrente, preguntó.
"Gracias por su ayuda".
Hwi-su, que dominaba el inglés gracias a subir
a escenarios de todo el mundo, tenía problemas con los trámites. Además, dos
personas habían muerto, y el hecho de que fueran extranjeros, no víctimas, sino
perpetradores, hacía que incluso los policías se encogieran de hombros entre
ellos.
"No es nada. Levántese. Yo lo
llevaré".
"No. Iré después de que termine la
cirugía del CEO".
Hwi-su sonrió débilmente, con el rostro
cubierto de polvo y sangre. Tae-rim sonrió también. Hwi-su volvió a mirar por
la ventana. Tae-rim siguió su mirada hacia la vista del bosque danzante y dejó
de lado sus preocupaciones por un momento.
Para él también había sido un día difícil.
La reunión fue cancelada debido a la repentina
desaparición del CEO Kwon justo antes de llegar al destino. Tae-rim, que lo
esperaba sin poder contactarlo y sin que regresara al hotel, recibió una
llamada tarde en la noche con un contenido que lo sobresaltó.
‘Soy Hugo Janssen, investigador jefe del CID
de la policía de Ámsterdam. Lo llamo en relación con el caso del Señor Kwon
Mu-yeong’.
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Ante la mención de un caso relacionado con
Kwon Mu-yeong, Tae-rim, que estaba recostado, se levantó de un salto. Su rostro
se puso pálido al escuchar que su amigo no era el perpetrador sino la víctima,
y estuvo a punto de salir corriendo del hotel descalzo al oír que estaba en
cirugía.
Por último, se quedó inmóvil como una estatua
mientras se ponía los zapatos al escuchar que el culpable de todo este lío era
Tak Jae-woo.
‘¿Tak Jae-woo...?’.
‘Su nombre es Matheus Espinosa, de
nacionalidad española’.
‘Es... es alguien que conozco’.
‘Sí. Se determinó que es alguien relacionado
profesionalmente con el Señor Kwon Mu-yeong, por eso lo contactamos. ¿Podría
venir ahora?’.
Así llegó Tae-rim al lugar donde estaba
sentado ahora y encontró a Hwi-su sentado en un rincón de la sala de
emergencias, con una apariencia desastrosa. Aunque sabía que Hwi-su no estaba
herido, ya que había pasado por las revisiones, parecía que él también
necesitaba ocupar una cama.
Pero incluso entonces, y ahora, Hwi-su solo
esperaba que terminara la cirugía de Mu-yeong. Tae-rim, que se dio cuenta de
que no podía vencer su obstinación, se quedó mirando su perfil mientras miraba
por la ventana.
Una hora después, finalmente recibieron la
noticia que esperaban y Hwi-su pudo ver a Mu-yeong.
Aunque un cristal los separaba, Hwi-su sabía
que su Maestro no lo abandonaría, tal como lo había prometido.
Solo entonces Hwi-su se duchó en el hotel que
Tae-rim le había preparado y durmió un rato, para luego volver a la sala de
espera unas horas más tarde.
La misma rutina se repitió durante días.
Mu-yeong, cuya barba rala se había vuelto más oscura que cuando ingresó por
primera vez en la UCI, seguía sin abrir los ojos. Aunque las máquinas a las que
estaba conectado se reducían gradualmente, él continuaba sumido en un sueño
profundo.
Hwi-su vigiló a Mu-yeong en la habitación de
hospital que había preparado según sus instrucciones.
La habitación, no muy alta, tenía grandes
ventanales con vistas al bosque, y la cama de cuidador preparada en un rincón
de la sala de estar era acogedora.
Sin embargo, Hwi-su dormía siestas en el sofá
más cercano a Mu-yeong. Apenas comía un trozo de sándwich que Tae-rim le traía,
esperando el regreso de su Maestro.
"Ya ha pasado una semana, Maestro".
Hwi-su, que apenas había logrado persuadir a
sus padres de que no vinieran de inmediato, regresó con una toalla mojada en
agua tibia. Limpió cuidadosamente el cuerpo de Mu-yeong, evitando los vendajes
pegados donde había sido cortado. Murmuró mientras limpiaba suavemente su
rostro, evitando el tubo de oxígeno conectado a su nariz.
"Si se levanta, ¿cuánto va a lamentar
haberme hecho dormir tanto tiempo?".
Hwi-su palpó su barbilla con la punta de sus
dedos. La mandíbula, más afilada en diez días, y la barba corta que llenaba su
mandíbula inferior desde las patillas, le hacían cosquillas en los dedos.
Parecía que le gustaba la sensación áspera al tocarlo, pues Hwi-su jugueteó con
su barbilla.
El rostro de Hwi-su, que había estado jugando
con sus manos por un largo rato, de repente se puso serio.
"Creo que no podré besarlo porque la
barba está muy crecida, pica".
"... Qué cruel".
En ese momento, se escuchó una voz baja.
Los párpados, que parecían temblar cada vez
que le tocaba la barbilla, se abrieron ligeramente y lo miraron. Hwi-su hundió
su rostro, lleno de lágrimas, en el brazo de Mu-yeong.
"Mués, trame, tu cara... Illi".
Frotó su rostro en su brazo a modo de queja y
luego Hwi-su levantó la vista.
"¿Has esperado mucho?".
Preguntó el Maestro.
"... No".
Respondió Illusio.
"¿No esperó?".
"...".
Hwi-su extendió su mano y acarició la mejilla
de Mu-yeong.
"Tenía fe en que regresaría".
La sombra de Hwi-su, que se levantó
lentamente, se proyectó sobre Mu-yeong.
"La espera no fue difícil".
Illusio besó la frente de su Maestro.
"Mi Maestro".
***
La isla donde vivían Illusio y Creador es la
actual Mallorca, que hace mucho tiempo pertenecía al Reino de Aragón. Aunque
ahora está anexada a España y se hablaba catalán en ese lugar, en un momento
gozó de gran prosperidad gracias a sus abundantes cultivos y su excelente
ubicación.
El año en que Creador murió fue 1499. Illusio,
a la edad de veintiún años, arrebató la vida de su respetado y amado Maestro.
Luego, durante 167 días, dibujó el círculo mágico en el que infundió su deseo
en su sueño.
Illusio, quien nunca imaginó que Banebo y Posk
invadirían su sueño el último día, nació 167 años después en Londres.
Desafortunadamente, nació en los barrios
marginales de Londres, donde vivían los más pobres. Nacido como el séptimo hijo
de una familia humilde pero armoniosa, murió a los tres años en brazos de su
madre, a quien incluso se le había secado la leche.
En Londres, asolada por la Peste Negra, la
muerte era tan común como respirar. Su madre, que lloró durante días abrazando
a Mark, que se había consumido hasta quedar negro, fue abandonada en la calle
junto a él. Poco después, su padre también murió, pero no había familia para
llorarle.
Y 167 años después, Illusio recuperó la vida.
Nacido en una familia noble de Francia,
disfrutó de la vida por primera vez. Una niñera amable lo seguía las 24 horas
del día, y decenas de tutores privados le enseñaron desde que comenzó a
caminar.
Su familia también adoraba a su hijo menor.
‘Yannis, mi hermoso hijo menor’
‘Dormimos juntos hoy, Yannis’.
‘Tu hermana recogió esto pensando en ti’.
Quizás porque nació pequeño y a menudo se
enfermaba, el joven Yannis rara vez sonreía. Aunque sus hermanos y hermanas le
traían los objetos más preciados, y su padre, que trabajaba cerca del rey, le
regalaba una cría de caballo que apenas existía en el mundo, él casi nunca reía
a carcajadas.
La razón era que, desde que tomó conciencia de
su existencia, se dio cuenta del destino recurrente y la rueda que él mismo
había hecho girar, y que la causa de todo era una sola persona.
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Cuando cumplió diez años, el padre de Yannis
compró una mansión en el centro de París con vistas al castillo, diciendo que
estaba a cargo de un gran proyecto para la nación. Decenas de personas entraban
y salían de la casa todos los días. Su madre, elegantemente vestida, también
tenía ojeras de tanto recibir invitados.
Gracias a eso, Yannis comenzó a buscar a esa
persona a espaldas de sus padres y tutores. Era difícil encontrarlo, ya que no
sabía su nombre, apellido ni rostro.
Solo le quedaba la esperanza de que la primera
vida se repetiría en varias formas.
Encontrar al alfa, un hombre catorce años
mayor que él, que había nacido bajo el mismo cielo, a diferencia del pasado.
Eso era todo lo que podía decir a las personas que pagaba.
El tiempo fluyó indiferente. Después de cinco
años, los empleados habían encontrado a decenas de hombres, y Yannis se reunió
con todos ellos personalmente. Pero el hombre que buscaba no aparecía.
No dudaba de que podría reconocerlo, aunque no
supiera su rostro. Y esperar no era difícil para Yannis.
A la edad de quince años, el padre de Yannis
invitó a un hombre de una familia conocida a su casa. El hombre, que se decía
que administraba las finanzas del rey, era alguien que el padre de Yannis tenía
en mente. Como futuro esposo para su hijo menor.
Yannis, con una piel blanca como el jade sin
necesidad de maquillaje y un cabello rubio deslumbrante, ya era uno de los
Omegas más famosos de París. Además, como su padre era un allegado del rey,
algo que mantenían en secreto, las propuestas de matrimonio para su único hijo
Omega eran difíciles de manejar.
‘Me he enamorado a primera vista’.
El hombre, sosteniendo un gran ramo de rosas
en flor, se arrodilló. Como toda la familia estaba observando, la propuesta del
hombre fue incómoda.
Queriendo ocultar su rostro que se había
enrojecido de repente, se cubrió la cara con las manos, y sus hermanos
corrieron a abrazarlo.
‘No llores, Yannis...’.
‘Si no quieres casarte, no tienes que
hacerlo’.
‘Yo hablaré bien con papá. No llores’.
El alboroto de sus hermanos hizo que el hombre
que propuso matrimonio quedara en ridículo. Su madre, en lugar del avergonzado
padre, convenció al hombre para que se fuera, y esa noche hubo una fuerte
discusión en el dormitorio de sus padres. Después de ese día, ningún Alfa
desconocido visitó la casa de Yannis por un tiempo.
El decimoséptimo cumpleaños de Yannis fue más
tranquilo que nunca.
Los regalos que solían apilarse como montañas
en la sala de estar y el jardín en cada cumpleaños no se vieron esta vez.
Yannis sabía la razón. Lo había oído de su
tutor de historia y asuntos actuales.
‘La situación política es inusual... Yannis no
lo sabrá, pero se dice que los cadáveres de quienes murieron de hambre están
llenando las calles fuera de las murallas de París’.
No pasó mucho tiempo para que los gritos de la
gente comenzaran a escucharse hasta la mansión que colindaba con el muro del
castillo donde vivía el rey. Mientras paseaba por el jardín, la voz de quienes
gritaban de hambre cruzaba el muro.
Su madre, que a menudo abría la puerta de la
mansión para repartir comida, cerró las puertas con llave en algún momento.
Pasó el frío invierno y llegó la primavera,
pero el número de guardias que patrullaban el jardín con sables y pistolas se
duplicó. Su padre, que vivía recluido en casa, invitó a un invitado que nunca
antes había visto. En esas noches, sus hermanos visitaban la habitación de
Yannis con rostros tristes.
‘Nos dijo que fuéramos al extranjero’.
Sus hermanos y hermanas, ya adultos, empacaron
apresuradamente para un viaje al extranjero decidido repentinamente. Pero no
pudieron irse.
Un día de julio.
Cientos de pasos invadieron el callejón, que
normalmente era tranquilo, en un instante. Con un grito que estalló como un
rayo, la puerta principal tembló, y en poco tiempo, la gente se abalanzó hacia
el jardín.
‘¡Maten al perro de la monarquía!’.
‘¡Quemen al demonio que chupa la médula de los
ciudadanos!’.
‘¡Viva la República!’.
La familia, sacada en pijama, se dispersó. Los
primeros en recibir las balas dirigidas a la monarquía corrupta fueron los
ineptos allegados sin apoyo.
Fue entonces cuando las calles de junio, que
ya se acercaba al verano, se tiñeron de sangre.
Las fuerzas revolucionarias ciudadanas,
enfrentadas al ejército gubernamental, lucharon gritando libertad, fraternidad
e igualdad. Levantaron barricadas con los muebles que les traían los
observadores. Numerosas voces gritaban por la igualdad, alzando armas
rudimentarias, pero no podían igualar el poder del ejército gubernamental.
Los ciudadanos, que apenas resistieron tres
días, comenzaron a caer uno por uno, empezando por los que estaban al frente.
Cientos de cadáveres que murieron sin poder dejar su nombre o dar sus últimas
palabras a sus familias, yacían en la calle. Uno de esos miles de cadáveres era
el hombre que Yannis buscaba.
El joven sin nombre, que disparaba al frente
de la barricada y cuidaba de los heridos, murió en vano sin saber que alguien
lo estaba buscando.
No pasó mucho tiempo para que la familia de
Yannis, que había logrado escapar al exilio con muchas dificultades, fuera
masacrada por hombres enmascarados.
Hasta el momento de su muerte, Yannis pensó en
una persona. Se negó a cerrar los ojos incluso después de que la llama de la
vida se extinguiera, culpándose a sí mismo por no haberlo encontrado en su
tercera vida.
Y 167 años después, Hwi-su nació.
Era un bebé tardío que sus padres, un
empresario ex-luchador y una madre aún más enérgica, habían logrado con un
esfuerzo constante a pesar del diagnóstico médico de que sería difícil tener
hijos.
'Hwi' (brillo) y 'Su' (vida)? Es un Hanja poco
usado en nombres...
Young-hwan le gritó a un conocido que
intentaba hacerse el entendido.
‘¡¿Quién demonios puso esas reglas?! ¿Saju
(adivinación coreana)? ¡Qué tontería! Nuestro Hwi-su fue un milagro desde que
nació, ¡así que él mismo manejará su destino!’.
Mu-yeong, que sostenía la mano de Hwi-su, no
pudo evitar morderle la mejilla al verlo imitar a su padre.
"¡Ay!".
Hwi-su, que tenía ambas manos ocupadas por
Mu-yeong y no podía tocar su mejilla dolorida, solo lo miró.
"Porque eres lindo".
Mu-yeong, que había insistido en acostarse juntos
en la tumbona individual, colocó naturalmente a Hwi-su boca abajo sobre su
cuerpo. Y luego lo masajeó a gusto.
Hwi-su, que se despertó de una breve siesta
por la fresca brisa marina y comenzó a hablar de un sueño que tuvo, continuó
con la historia hasta su segunda y tercera vida, que Mu-yeong ya no recordaba.
"Si vuelvo a soñar, ¿podré encontrar a mi
Maestro de la segunda vida?".
Hwi-su sonreía, aunque hace un momento había
llorado diciendo que lo vio morir por una herida de bala.
Después del incidente en los Países Bajos,
Hwi-su había cambiado. Tanto cuando era Illusio como en esta vida, a menudo se
sentía deprimido después de tener sueños tristes, pero ahora no.
‘Ya no tengo miedo’.
Fueron sus palabras un día, mientras estaban
juntos como gemelos durante dos meses de convalecencia.
Sé que no necesariamente me está mostrando lo
que sucederá, así que si me encuentro con algo triste, abriré más los ojos y
observaré.
Porque habrá algo que pueda hacer, dijo Hwi-su
sonriendo.
"¿En qué está pensando, Maestro?".
Hwi-su, que estaba boca abajo sobre su pecho y
jugaba con el borde de la ropa de Mu-yeong, levantó la barbilla y preguntó. El
sol de verano ya rondaba el horizonte.
NO
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"En ti".
Los labios de Mu-yeong atraparon los de
Hwi-su.
El canto de los pájaros, al que se habían
acostumbrado en una semana, cantaba al compás de las olas que rompían en la
arena.
Ojalá... algún día podamos ir juntos al mar,
Illi
En el mar al que llegaron después de un tiempo
muy largo, su tiempo comenzó a fluir de nuevo.
<Resonancia>
- Fin -
