#85
Nathaniel estaba plantado en medio del salón
vacío, donde solo corría un aire frío y silencioso, rumiando sus pensamientos,
cuando de pronto una idea le cruzó la mente como un rayo y corrió hacia el
despacho. Que Chrissy registrara la casa y encontrara la llave del despacho
entraba dentro de lo previsto. Había que dejarle migajas suficientes para que
no se rindiera.
Pero lo decisivo jamás lo descubriría.
Era obvio. Aunque Chrissy Jin resultara ser un
genio de la informática y descifrara la contraseña, sería imposible. Nathaniel
Miller no confiaba en nadie ni en nada. Por eso guardaba toda la información
importante exclusivamente en su cabeza. La única forma de que Chrissy obtuviera
lo que buscaba era a través de su propia boca.
…Eso debería haber sido así.
Subió las escaleras de tres en tres, con
prisa, pero no le resultaba fácil a causa del bastón.
“Maldita sea”.
Al final arrojó el bastón, se agarró a la
barandilla y subió a grandes zancadas hasta el segundo piso. Cojeando de forma
grotesca, no se detuvo ni un segundo y llegó al despacho en un abrir y cerrar
de ojos.
Abrió la puerta de golpe y se quedó en el
umbral, mirando lentamente el interior. El despacho, siempre impecable, estaba
exactamente como él lo recordaba.
Salvo en un único punto.
Su mirada afilada detectó al instante una
diferencia minúscula que cualquier persona normal jamás habría notado. En
cuanto la vio, se acercó a grandes zancadas y sacó el archivador.
“Ha”.
Un corto resoplido escapó de sus labios. Tal como
sospechaba, faltaba una parte del archivo. ¿Cómo demonios se le había ocurrido
mirar ahí? Tuvo que reconocer, a regañadientes, que Chrissy Jin era más capaz
de lo que había previsto y, sin perder un segundo, se puso en movimiento. Si
era así, el lugar al que había ido ese hombre era evidente. Tenía que
encontrarlo ahora mismo. Si no lograba ponerle la mano encima a Chrissy a
tiempo…
“Maldita sea”.
Por segunda vez en muy poco tiempo, una hilera
de palabrotas salió de la boca de Nathaniel. Ni siquiera se dio cuenta. Solo
tenía una idea en la cabeza.
Va a morir.
***
“¡Fiscal! ¿Qué demonios ha pasado? ¿Se
encuentra bien ya?”.
Al ver aparecer de repente a Chrissy en la
oficina, la asistente del fiscal dio un grito de sorpresa y luego balbuceó con
cara de desconcierto.
“Eh… bueno… es un estilo bastante novedoso… “.
Ya solo por buscar una expresión que no
resultara ofensiva, la asistente demostraba más consideración de la necesaria.
Y no era para menos: Chrissy parecía haber salido de un saco de patatas, hecho
un desastre absoluto. Pero en ese momento no tenía tiempo para explicaciones
triviales.
“Así están las cosas. Mientras estuve ausente,
¿cómo se gestionó mi baja? Le advierto de antemano: hubo circunstancias
excepcionales, pero no pienso dimitir”.
“Claro, claro…”.
La asistente seguía con cara de no entender
nada.
“No sé qué ha pasado exactamente… El fiscal
jefe dijo que estaría de baja una semana por gripe. Todos estábamos
preocupados. Oiga, ¿ya se curó, ¿verdad?”.
Ese hijo de puta.
Chrissy maldijo para sus adentros, atónito.
Claro, ¿cómo iba a ser tan fácil que aceptaran su renuncia? Nathaniel Miller lo
había engañado otra vez. La rabia le subió por el pecho, pero había asuntos más
urgentes.
Tras salir de la casa y llegar a la fiscalía,
Chrissy se había hundido un rato en la autocompasión. Desde que llegó aquí,
todo lo que había hecho era dar motivos para que ese hombre se burlara de él. Y
encima ahora estaba lesionado. Aunque lo llamaran el mayor idiota del mundo, no
tendría excusa.
Resultaba patético: él, que tan altivo se
había declarado diciendo ‘no me acostaré contigo’, había terminado intentando
seducirlo primero… y había fracasado estrepitosamente. Tal vez la propia idea
de que un beta como él pudiera desencadenar un Rut en alguien usando feromonas
había sido una fantasía absurda desde el principio. Entonces, ¿qué demonios
podía hacer?
Seguir pistas, eso era lo único.
Chrissy se recompuso y salió de la cama. Poner
peso sobre el tobillo hinchado al doble de su tamaño habitual era un suplicio,
pero no imposible. Apretó los dientes y, muy despacio, se movió buscando la
llave hasta llegar al despacho.
Por un instante entendió cómo se sentía
Nathaniel al tener que apoyarse en un bastón, pero enseguida borró ese
pensamiento. Eso era karma del propio Nathaniel, a él qué le importaba.
…Aunque mi situación actual también sea puro
karma.
Suspirando con amargura, Chrissy abrió la
puerta del despacho. Todo estaba tal como lo había dejado la noche anterior,
cerrado con llave. El puesto de Anthony seguía vacío. Entonces, el siguiente
lugar donde buscar…
Jonathan Davis.
El nombre le vino de repente y alargó la mano
hacia el siguiente archivo. Pasó las páginas a toda velocidad hasta detenerse
en una.
¡Ahí está, Jonathan Davis…!
¿Cómo no se le había ocurrido antes? Se dio
cuenta de lo estrecho que había sido su campo de visión y soltó un suspiro.
Cuando descubrió que faltaba el expediente de Anthony, debería haber buscado
inmediatamente a Jonathan. Estaba tan obsesionado con Anthony que no había considerado
otras posibilidades.
Despierta, Chrissy Jin.
Sacudió la cabeza con fuerza, como perro
mojado, y se concentró en el documento. La mayoría era información que ya
conocía del proceso judicial. Bajó la vista rápidamente hasta detenerse en un
punto.
M.C.
Las iniciales, escritas al final con letras
gruesas, le hicieron fruncir el ceño. ¿Qué significará? Parece una abreviatura…
“M.C., M.C.…”.
Lo repitió una y otra vez, pero no se le
ocurría nada. Volvió a leer el expediente una y otra vez. Tiene que haber algo
que se me escape. Tengo que encontrarlo, cueste lo que cueste. Jonathan Davis.
Hijo del presidente de Davis Farmacéutica. La nueva droga que Davis
Farmacéutica lanzó recientemente. Todos esos medicamentos sin verificar que
circulan por ahí. El traficante desaparecido, Bahamas. Y la relación de este
con Anthony…
“Ah”.
De pronto algo hizo clic en su cerebro. Volvió
a mirar las iniciales.
M.C.
“¿Hijo de la Luna? ¿Moon Child?”.
Todo encajó de golpe. ‘Hijo de la Luna’ que
mencionó Simmons. Y ahora M.C. en el expediente de Davis. Sin duda era la
abreviatura de Moon Child. ¿Acaso Jonathan Davis era la persona que estaba
buscando?
Todo cuadraba demasiado bien. No entendía por
qué necesitaba un apodo así, pero era claramente una pista crucial. Entonces,
lo siguiente que debía comprobar…
Al final, la clave de todos los casos la tenía
Anthony. Tenía que revisar de nuevo su expediente. Seguro que se le había
pasado algo por alto.
“¡Ay!”.
Mientras colocaba cuidadosamente el archivo
para no dejar rastro de que lo había tocado y se giraba para salir, Chrissy
soltó un breve grito. Había olvidado el tobillo dolorido y se había movido
demasiado rápido. Pero no era momento de andarse con miramientos. Apretó los
dientes, tambaleándose, salió del despacho. Encontró su teléfono, pero no su
ropa. En vez de perder tiempo buscándola, agarró unos pantalones cualquiera de
Nathaniel y salió.
Ese arrogante seguramente jamás imaginó que
Chrissy sería capaz de abandonar su casa por su propio pie. Por eso lo había
dejado tan ‘libre’.
¿Debería agradecerle que no me trate otra vez
como a un perro?
Mascullando sarcasmo para sí mismo, se dirigió
al garaje. En el estacionamiento privado de Nathaniel había una fila de coches
de lujo cuyos nombres solo había oído. Chrissy subió al Lamborghini más cercano
y miró alrededor. Tal como esperaba, las llaves estaban dentro, tiradas de
cualquier manera.
Era lógico. Cualquier ladrón lo bastante hábil
como para entrar aquí preferiría atracar un banco o un museo.
De pronto recordó cómo destrozar el Jaguar de
Nathaniel casi le cuesta la vida. Con esto, el tipo aprendería que no se trae a
cualquiera a casa para ‘adiestrarlo’ como a un perro.
Encendió el motor con esa idea y, por fin,
Chrissy Jin escapó del territorio de Nathaniel Miller.
Y ahora, tras descubrir que Nathaniel le había
mentido descaradamente sobre su renuncia, Chrissy llegó a la conclusión de que
llevarse el Lamborghini era simplemente karma y abrió la boca.
“Necesito todo el material del caso de Anthony
Smith. ¿Puede traérmelo completo?”.
