#84
“¿Qué haces? ¿De verdad te vas? ¿Y las
feromonas qué? Hace tiempo que no vienes a las fiestas. ¡Miller, Miller!”.
Sin responder ni una palabra, Nathaniel
intentó marcharse, pero el anfitrión lo agarró rápidamente del brazo y preguntó
con una sonrisa forzada:
“¿Qué no te gusta? Dímelo, haré lo posible por
complacerte. Ah, ya sé. Esta vez ha llegado un omega bastante bueno, todavía
está fresco… puedes probarlo tú primero. Lo tenía reservado… ¡Oye, Miller!
¡Miller!”
Volvió a interponerse cuando Nathaniel intentó
esquivarlo por el lado. Al ver que fruncía el ceño con fastidio, el anfitrión
retrocedió un paso, se llevó la mano a la frente y soltó un profundo suspiro.
“Dime al menos por qué narices te comportas
así. Si no sé qué pasa, ¿cómo voy a prepararlo mejor la próxima vez? ¡¿Cuál es
el maldito problema?!”.
La voz del hombre iba subiendo de volumen por
la frustración. Nathaniel lo miró desde arriba con el ceño todavía fruncido,
respiro brevemente y, profundizando aún más las arrugas entre sus cejas, abrió
la boca.
“…El olor”.
“¿Qué?”.
Con una voz más grave de lo habitual, el
anfitrión arrugó la cara y preguntó de nuevo. Nathaniel se pasó la mano por el
cabello perfectamente peinado, desordenándolo con irritación, y escupió las
palabras:
“El olor es repugnante, ¡joder! ¿No entiendes
lo que digo? El olor que sale de ti y el de los omegas me dan náuseas. Apártate
de una vez”.
Esta vez el hombre ni siquiera pudo replicar;
solo parpadeó atónito. ¿Qué demonios significaba eso de que las feromonas omega
le daban asco? Para un alfa, las feromonas omega eran prácticamente un
afrodisíaco. Por eso en las fiestas siempre seleccionaban primero a los omegas
con aromas más intensos, y el lugar estaba siempre impregnado de ese olor tan
denso. Nathaniel también había venido antes sin quejarse y había liberado sus
feromonas sin problemas… ¿Qué clase de disparate era ese de repente?
Pero no había tiempo para pensarlo. Nathaniel
ya lo había empujado y se alejaba a grandes zancadas. El anfitrión,
reaccionando tarde, corrió tras él.
“¡Miller, espera! ¡Un momento! ¿Ya no te
gustan los omegas? ¿O pasó algo con las feromonas…? ¡Esta bien, da igual! ¡Te
traigo una inyección! ¿Quieres que llame a alguien? Al fin y al cabo, has
venido a liberar feromonas, ¿no? Lo que importa es el resultado, ¿verdad?”.
Sonrió como si hubiera ofrecido la solución
perfecta, pero la única respuesta de Nathaniel fue un chasquido de lengua lleno
de incredulidad. Recurrir a inyecciones para extraer feromonas era el último
recurso y la mayoría no lo necesitaba. ¿Quién iba a querer arriesgarse a que el
brazo se pudriera y tuvieran que cortarlo por los efectos secundarios cuando
era mucho más fácil y sencillo penetrar y eyacular? Eso solo lo hacían idiotas
como su hermano pequeño.
“Déjalo, lo haré la próxima vez”.
“¡Miller, pero qué demonios…!”.
El anfitrión terminó persiguiéndolo hasta la
misma entrada, pero Nathaniel bajó las escaleras sin siquiera mirarlo. Los
guardaespaldas que esperaban fuera, al ver a su jefe, se acercaron alarmados
desde todas direcciones mientras se comunicaban entre sí.
“¿Ya se marcha, señor?”.
El jefe de seguridad se acercó con cara de
sorpresa. Normalmente, en las fiestas de feromonas se quedaba tres o cuatro
horas; esta vez no habían pasado ni diez minutos. Nathaniel asintió con
fastidio, se llevó un cigarrillo a la boca y lo encendió. El anfitrión, que lo
observaba desde arriba, apretó los dientes con expresión de hartazgo.
“Bien, haz lo que te dé la gana. Me importa
una mierda si te vuelves loco y revientas”.
Ya había hecho todo lo que podía. Mascullando
maldiciones, el hombre dio media vuelta y regresó rápidamente al interior de la
mansión. Solo quedaron Nathaniel y sus guardaespaldas. Mientras estos daban
órdenes apresuradas para traer el coche, Nathaniel, apoyado en su bastón con
una mano, aspiró lentamente el humo del cigarrillo. Aunque solo había estado
dentro unos minutos, todo su cuerpo ya estaba impregnado del perfume de las
feromonas. El leve aroma omega que desprendía su propia ropa le provocó una
oleada de irritación, pero en lugar de vomitar, inhaló el humo acre para
cubrirlo.
No hace falta apresurarse.
Poco después, ya dentro del coche preparado,
Nathaniel miró por la ventanilla mientras pensaba, si realmente hubiera sido
urgente, habría reaccionado a las feromonas omega. Eso era un instinto innato
que no se podía controlar con la voluntad.
Pero ahora no solo no reaccionaba, sino que le
repugnaban. Eso significaba que sus niveles de feromonas aún no eran
peligrosos. Si era así, no tenía por qué soportar esa incomodidad. Con esa
conclusión, se hundió en el asiento y cerró los ojos.
Sí, lo haré en la próxima fiesta.
Las fiestas de feromonas se celebraban
constantemente. No había nada de qué preocuparse. Nada en absoluto. No había
prisa.
Sus niveles aún no eran críticos. Podía
liberar las feromonas más adelante. Como se había marchado de la fiesta sin
más, pronto llegaría a oídos de Ashley Miller, pero no importaba. Lo
gestionaría antes de que se convirtiera en un problema.
Sintió un cansancio sutil. Últimamente había
aprendido que esa sensación se llamaba ‘fatiga’. Pensaba que probablemente era
un efecto secundario de no liberar las feromonas a tiempo, pero como no
interfería en su vida diaria, no era grave. Al llegar a casa y descansar un
poco, se le pasaría.
…Casa.
De pronto, las arrugas de su entrecejo se
suavizaron y una leve sonrisa curvó sus labios. Hoy no podría disfrutar del
‘evento’. Con el tobillo en ese estado…
Era una lástima que el cuerpo de Chrissy, que
encajaba perfectamente con sus gustos, estuviera así, pero gracias a eso no
podía ir a ninguna parte. El resultado no estaba mal. Imaginó a Chrissy tumbado
en la cama, esperándolo obedientemente mientras hervía de rabia, y su sonrisa
se amplió.
No está mal.
Nathaniel siguió pensando. Seguramente no
habría comido bien; podía pedir algo para cenar.
Él mismo era capaz de preparar platos
sencillos. O podía llamar a la oficina y que se lo trajeran. Daba igual.
Durante la cena tardía comprobaría el estado del tobillo de Chrissy. Como
mínimo estaría cuatro o cinco días sin poder moverse, así que tenía tiempo de sobra.
…Seguro que sí.
Sin embargo, al llegar a casa, Nathaniel notó
inmediatamente que algo no cuadraba. La casa estaba vacía.
Chrissy no estaba.
4|
… ¿Qué pasa aquí?
Como siempre, Nathaniel entró por el
vestíbulo. Desde el incidente anterior había adquirido la costumbre de mirar
hacia arriba nada más entrar; también esta vez miró al techo, confirmó que no
había nadie, soltó una breve risita y subió directamente al segundo piso. Abrió
la puerta del dormitorio imaginando a ‘él’ tumbado todo el día en la cama,
esperándolo solo a él… y se detuvo en seco.
La cama estaba vacía.
Se quedó un momento mirando la cama, luego
dirigió la vista al baño contiguo y abrió la puerta. El resultado fue el mismo.
Ni en el baño, ni el vestidor, ni ningún otro lugar. Frunció el ceño y salió al
pasillo con pasos más lentos de lo habitual.
La casa estaba demasiado silenciosa. Era el
silencio habitual, pero por algún motivo le resultaba extraño.
Qué raro.
Pensándolo así, siguió avanzando. Recorrió
todo el segundo piso, pero Chrissy no aparecía. Finalmente bajó al primero. Los
pasos, lentos al apoyarse en el bastón, se aceleraron hasta el punto de
tambalearse, pero no le importó y siguió buscando.
“Fiscal”.
Al llamarlo en voz alta, su voz resonó por el
interior silencioso. Como era de esperarse, no hubo respuesta. Abrió y cerró la
puerta de la sala de juegos, se pasó nerviosamente la mano por el cabello y se
mordió el labio inferior.
“Chrissy Jin, deja de esconderte y sal de una
vez”.
No podía haberse escapado. Chrissy todavía
quería algo de Nathaniel. ¿Iba a renunciar y huir después de haberse hecho
aquello en su precioso tobillo? Imposible.
“Chrissy, sal. Estoy cansado y no estoy para
jugar al escondite contigo”.
Su voz salió cortante y afilada. Nunca había
sido su estilo hablar así, con brusquedad. Hasta ahora Nathaniel Miller siempre
había estado sobrado de compostura y jamás se había mostrado ansioso, por lo
que nunca había usado un tono áspero ni había dejado que su voz se alterara
tanto. Era la primera vez que experimentaba algo así y podría haberse sentido
desconcertado, pero el verdadero problema era que eso ahora le daba
completamente igual.
Solo había un problema.
¿Dónde diablos estaba Chrissy Jin?
