#83

 

***

“Señor Miller, el coche está listo”.

Ante las palabras de su secretaria, Nathaniel siguió fumando, de pie, mirando por la ventana sin moverse ni un ápice. Esperar siempre era tarea de los demás. Él nunca había tenido que esperar a nadie. Ahora tampoco era diferente. La secretaria, como si fuera lo más natural del mundo, cerró la boca y se quedó en silencio a su espalda. En la hora en que la oscuridad ya había caído, la figura de la secretaria se reflejaba borrosa en el cristal iluminado por las luces de la ciudad, pero Nathaniel seguía sin moverse.

…Fuu.

Tras un largo rato, expulsó el humo y, al descubrirse a sí mismo reflejado en la ventana, frunció el entrecejo de repente. La expresión de fastidio ya le era familiar. Sin embargo, la cara que ponía ahora era distinta a las de siempre. Ya era consciente de que tenía que hacer algo que no quería hacer. Lo único que le resultaba extraño e incómodo era que esa sensación se reflejara sutilmente en su rostro.

Aun así, tendré que ir.

Lo mejor es quitarse de encima cuanto antes las cosas desagradables. Si de todos modos no hay forma de evitarlo, no queda otra opción.

Tras llegar a esa conclusión, se dio la vuelta de inmediato y empezó a caminar. Escucho los pasos silenciosos de la secretaria siguiéndolo por detrás, pero, como siempre, no miró atrás.

En cuanto Nathaniel subió al coche, la secretaria cerró la puerta con rapidez. Normalmente conducía él mismo, pero de vez en cuando le dejaba esa tarea a ella; hoy era uno de esos días. La secretaria se dirigió al asiento del conductor y arrancó sin demora. Ya sabía el destino, el lugar donde se celebraba la fiesta de feromonas.

Tras el coche de Nathaniel, una hilera de guardaespaldas lo siguió en varios vehículos. Así había vivido toda la vida. Desde que, siendo muy pequeño, casi lo secuestraran, sus padres se volvieron patológicamente obsesivos con la seguridad de sus hijos. Lo que Ashley Miller cuidaba con especial celo era la ‘gestión de feromonas’. Le habían repetido hasta el cansancio lo peligroso que era acumularlas. Por eso, cuando llegó el momento, no le sorprendió en absoluto y, desde entonces hasta ahora, había sido escrupuloso descargándolas con regularidad.

Entonces, ¿por qué ahora sentía tanto rechazo?

Frunció ligeramente el ceño. El informe aún no había llegado, pero seguramente los resultados serían malos. Era evidente el lío que se armaría si Ashley Miller descubriera que llevaba varios meses sin descargar feromonas. Tenía que liberarlas antes de que él o el mundo supiera que no había ido a la fiesta y no podían ni imaginar cuánto había acumulado.

Porque el riesgo para la salud del presidente de la compañía era mortal.

En la ventanilla seguía reflejándose su rostro ceñudo. No era para tanto. ¿Acaso no lo había hecho desde niño? Solo tenía que meterla en cualquier agujero y correrse. Aunque en mitad del acto le diera un Rut por la acumulación de feromonas…

En un lugar lleno de gente así, no importaría.

Claro que era otra cosa que él mismo mostrara ese aspecto. A Nathaniel le repugnaba ver a personas o cosas descompuestas, y que él mismo llegara a ese punto era algo que no podía tolerar bajo ningún concepto. Por eso, incluso en las fiestas de feromonas, siempre había cumplido su objetivo sin perder jamás la razón.

Por eso mismo debería haberlas liberado antes de que existiera este riesgo.

Al final, terminó reprochándose a sí mismo. ¿Por qué, por qué demonios había aguantado tanto sin liberarlas? Ni él mismo lo entendía. Últimamente le estaban pasando cosas incomprensibles una tras otra. Y la más estúpida de todas era, sin duda, haber descuidado la gestión de sus feromonas. ¿Cuándo había sido incapaz de justificar sus propios actos?

El coche redujo progresivamente la velocidad. Las arrugas del entrecejo de Nathaniel, reflejado en la ventanilla, se fueron suavizando poco a poco. El objetivo de venir aquí era claro: descargar feromonas y librarse del peligro. Esa misma tarde, por primera vez en su vida, había experimentado un lapsus de memoria. Había sido solo un instante, pero cuando volvió en sí, la secretaria ya había pasado al siguiente punto del informe. Fue una experiencia nueva y nada agradable. Era la prueba de que sus niveles de feromonas habían subido demasiado; si seguía así, podía llegarle un rut repentino y no había forma de prever qué pasaría.

Yo mismo podría acabar follándome a un perro.

De pronto, una sonrisa cínica asomó a sus labios. Imaginó el titular: ‘Nathaniel Miller, en Rut, tiene sexo con un perro’. “Qué divertido”, pensó. Claro que en su rostro no quedaba ni rastro de esa sonrisa.

Antes de que eso ocurriera, tenía que liberarlas. Para eso había venido hasta aquí. El coche se detuvo al fin y un sirviente que aguardaba en la entrada se acercó rápidamente a abrirle la puerta. Cuando Nathaniel salió, los guardaespaldas corrieron a rodearlo. Así, protegido, recorrió el corto trayecto hasta la puerta principal.

“Esto…”.

De inmediato, un aroma golpeó su olfato. Eran feromonas omega. Los gammas y betas de su escolta no las percibirían, pero él, por su naturaleza, era extremadamente sensible al olor de los omegas.

“¿Señor Miller?”.

Al verlo detenerse en seco frente a la entrada sin avanzar, uno de los guardaespaldas le habló con cautela. Los demás, extrañados, también lo miraron fijamente, tragándose la pregunta de si ocurría algo. Nathaniel no respondió; simplemente se quedó allí parado un rato.

“…Haa”.

Finalmente, soltó un suspiro claramente irritado y volvió a moverse. Sus pasos eran notablemente más lentos que de costumbre, y los guardaespaldas se quedaron en la puerta, desconcertados.

***

Repugnante.

Con cada paso, el olor a feromonas parecía multiplicarse por diez. Nathaniel sentía cómo su rostro se iba torciendo más y más mientras avanzaba a regañadientes. Y cuando por fin llegó al salón donde reinaba el caos absoluto, volvió a detenerse con el rostro completamente endurecido.

El aire estaba saturado de feromonas omega y alfa dominante entrelazadas. Bastaba una sola inhalación para que a cualquiera le diera un mareo, pero los que estaban dentro parecían disfrutarlo: reían, charlaban, bebían y rodaban desnudos por el suelo.

Era un espectáculo que había visto hasta la saciedad. Él mismo había estado en ese mismo lugar muchas veces. El asco siempre había estado ahí, pero como venía a liberar feromonas, pensaba que con hacer eso sería suficiente y nunca le había supuesto un problema.

Entonces, ¿por qué ahora…?

Justo cuando era incapaz de mezclarse con ellos y seguía allí parado, alguien gritó.

“¡Miller! ¡Ven, hombre!”.

El anfitrión, que lo había visto primero, se acercó alegremente. También era un alfa dominante, fiel al propósito de la fiesta, llevaba la camisa quitada y la cremallera del pantalón medio bajada. Con los ojos vidriosos por las feromonas, soltó una carcajada.

“¡Cuánto tiempo! ¿Cómo te ha ido? ¿Te habías ido al extranjero o qué? Últimamente no venías a las fiestas de feromonas y todos estábamos preocupados…”.

Siguió parloteando, pero Nathaniel apenas escuchaba la mitad. En su cabeza, la razón, ‘tengo que liberar feromonas’ y el impulso, ‘quiero largarme de aquí ahora mismo’, libraban una batalla feroz. Era una situación completamente inesperada. No tenía ningunas ganas, pero había pensado que al llegar y oler las feromonas se excitaría como siempre, las liberaría y listo. La realidad era justo la contraria. A pesar de que el aroma omega era tan intenso, lejos de entrar en celo, solo sentía repugnancia, incluso náuseas. Tuvo que esforzarse por no vomitar y su rostro palideció.

“Miller, ¿estás bien? ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?”.

El anfitrión, que tardó en darse cuenta de su estado, preguntó alarmado. Nathaniel levantó una mano pidiendo silencio en lugar de responder de inmediato. Cuando el otro cerró la boca, confundido, permaneció callado un rato más antes de abrir la suya lentamente.

“…Al final, no puedo”.

Ante aquel murmullo que parecía dirigido a sí mismo, el anfitrión preguntó asustado.

“¿Qué dices? ¿No has venido a liberar feromonas? ¿Te vas a ir así sin más?”.