#79

 


Chrissy tampoco respondió, como si estuviera de acuerdo. Sin embargo, su expresión de evidente disgusto dejaba claro que no quería admitirlo.

Ah, qué imagen tan lamentable.

Nathaniel lo pensó de forma mecánica. Estar en una posición en la que, con ese cuerpo tan frágil e incapaz de hacer nada, solo podía alzar la vista hacia un rival al que jamás podría vencer.

El bastón que había soltado por el ataque sorpresa yacía solitario a unos pocos pasos de distancia. Nathaniel se dirigió hacia él lentamente, tambaleándose sin remedio.

“Entonces…”.

Solo cuando apoyó el bastón y pudo enderezarse del todo, se volvió hacia Chrissy y preguntó.

“¿El evento de hoy termina aquí?”.

Era difícil distinguir si hablaba con sarcasmo o con verdadera decepción. Chrissy tardó un momento en responder, pero finalmente lo hizo como si nada.

“Se acabó, lamentablemente”.

Sorprendentemente, se recuperaba rápido. Incluso llegó a sonreír mientras añadía.

“Aun así, el evento de hoy estuvo bastante bien, ¿no crees?”.

“Ah, sí, claro”.

Nathaniel asintió sin dudar y esbozó una sonrisa cargada de significado.

“Eres la primera persona que ataca por encima de mi cabeza”.

Era lógico. No había muchas personas más altas que Nathaniel en el mundo. Por eso nunca había necesitado mirar hacia arriba, y Chrissy lo había entendido perfectamente. Aunque había fallado, el intento no había estado nada mal. El hecho de que no hubiera considerado las consecuencias le resultaba refrescante a Nathaniel. Tras acariciar su barbilla con una mano, como si reflexionara, abrió la boca.

“¿Esta situación no entraba en tus cálculos? Podría matarte aquí mismo, ahora mismo”.

Podía ser ira por la osadía de haberle hecho algo así, simple molestia o cualquier otra razón. Nadie sabía que Chrissy estaba encerrado aquí, y aunque alguien lo descubriera, Nathaniel tenía dinero y poder más que suficientes para hacer desaparecer el asunto. Chrissy tampoco lo ignoraba.

“Porque esta era la única opción que tenía”.

Era la respuesta esperada. Nathaniel preguntó de nuevo.

“¿Aunque pudieras morir?”.

Eso era precisamente lo que le intrigaba. ¿Acaso Chrissy no creía que fuera a matarlo? Para la mayoría de la gente, incluida Chrissy, sería algo difícil, pero para él y para algunos otros no significaba nada. Y Chrissy lo sabía perfectamente. El hombre que tenía delante había intentado quemarle los ojos y estrangularlo sin dudar. Aun así, Chrissy lo miró con total serenidad y dijo.

“¿Y qué?”.

Nathaniel se quedó en silencio un buen rato. Solo observaba fijamente el rostro de Chrissy, como si intentara discernir si aquellas palabras eran sinceras o no.

“¿Cuál es el verdadero objetivo de llegar tan lejos?”.

Tras un prolongado silencio, Nathaniel habló al fin. Chrissy frunció el ceño sin querer. ¿De verdad tenía que repetir lo mismo otra vez?

“Ya te dije que quiero salvar al detective Simmons”.

Nathaniel volvió a callar. Sus cejas ligeramente fruncidas daban la impresión de que, por alguna razón, no creía las palabras de Chrissy.

No eran familia, eso estaba claro.

La investigación sobre Chrissy se había completado hacía mucho tiempo. Él y el detective Simmons solo habían coincidido por casualidad en un caso; no había más puntos de conexión. ¿Y aun así llegaba a estos extremos por alguien así?

Nathaniel lo observó pensativo desde arriba. Si Chrissy realmente creía eso, él también tendría que cambiar de método. Las personas con una ‘misión’ no se quebraban fácilmente. Si Chrissy actuaba movido por la ‘misión’ de salvar a Simmons, soportaría cualquier dificultad. Claro que habría un límite, pero sería una pérdida innecesaria de tiempo.

Tras llegar a esa conclusión, Nathaniel bajó la mirada hacia las piernas de Chrissy. Llevaba una camisa que claramente era de Nathaniel, pero seguía sin pantalones, igual que por la mañana. La camisa le quedaba enorme incluso con las mangas remangadas, pero con los pantalones probablemente habría sido peor. La mano de Chrissy descansaba sobre uno de sus tobillos. Comparado con el otro, estaba visiblemente hinchado, y Nathaniel se quedó mirando fijamente.

De pronto, apoyándose en el bastón, dio grandes zancadas hacia Chrissy. Antes de que este pudiera reaccionar ante la repentina situación, Nathaniel se plantó frente a él en apenas tres o cuatro pasos.

“¿Estás herido?”.

Se inclinó hacia delante y preguntó de pronto. Chrissy, sorprendido, intentó retroceder, pero Nathaniel fue más rápido y le agarró el tobillo desnudo con una mano. Chrissy tragó aire sin querer. Al ver cómo palidecía de golpe, temiendo que volviera a activar la descarga eléctrica, Nathaniel miró de nuevo el tobillo.

“Has hecho algo realmente imprudente”.

Sonó como si lo considerara patético. De hecho, era una de las pocas frases sinceras que había pronunciado. Ese cuerpo era peor que un trozo de papel. Ya había visto varias veces cómo ese hombre acababa lleno de heridas delante de él. ¿Por qué seguía lanzándose así sin importarle nada?

“No querrías morir de verdad, supongo”.

Ante la pregunta suspicaz de Nathaniel, Chrissy soltó una risa incrédula.

“Ni hablar. Yo jamás me suicidaría”.

No podía matar a nadie, pero tampoco suicidarse. Que otro pudiera matarlo era una cosa; quitarse él mismo la vida, otra muy distinta. Por eso había terminado en esa situación. Si hubiera podido matar a Nathaniel o amenazarlo poniendo en riesgo su propia vida, el resultado habría sido diferente.

Nathaniel permaneció en silencio con expresión sombría ante las palabras de Chrissy. ¿En qué estaría pensando ahora? Chrissy lo miró un segundo, pero enseguida desistió. ¿Cómo iba a adivinar lo que pasaba por la cabeza de este hombre?

Justo entonces, de repente, Nathaniel lo rodeó con un brazo por la cintura. Chrissy contuvo el aliento por la sorpresa, pero antes de que pudiera decir nada, Nathaniel habló.

“Quédate quieto. Como ves, con la pierna así no puedo cargarte con elegancia”.

Y, sin más, Chrissy se encontró doblado sobre el hombro de Nathaniel. Aturdido, giró la cabeza, pero solo alcanzó a ver la nuca del hombre. Nathaniel lo había echado al hombro con la misma delicadeza que un saco de trastos viejos y empezó a subir las escaleras. Cada paso hacía que el cuerpo de Chrissy se sacudiera y la vista se le nublara; le dieron náuseas, pero tenía tanto miedo de caerse que no se atrevió a forcejear demasiado.

¿Qué demonios, de repente, qué es esto?

Las mismas palabras se repetían en su cabeza sin cesar, pero no duró mucho. Al final, Chrissy se cubrió la cara con las manos y soltó una maldición entre dientes.

***

Por supuesto, Chrissy esperaba que lo volvieran a encerrar en el lúgubre cuartito donde había dormido la noche anterior, pero su predicción falló estrepitosamente. Al oír abrirse la puerta, bajó las manos y entrecerró los ojos ante la luz brillante; luego se quedó completamente desconcertado. La habitación era amplia, limpia y ordenada; le resultaba familiar. Era el mismo dormitorio al que había entrado a hurtadillas durante el día buscando la llave del despacho, los cuadros en las paredes, las elegantes esculturas, la mesita de té y, en el centro, la enorme cama, todo estaba igual. Y, sorprendentemente, Nathaniel lo depositó allí, sobre la cama.

Pero no terminó ahí. Antes de que pudiera decir nada, Nathaniel se alejó y regresó con una pequeña llave en la mano. Acto seguido, el collar de cuero que le había apretado el cuello todo ese tiempo cayó al suelo. Chrissy miró incrédulo el collar y luego alzó la vista hacia Nathaniel.

“Esto… ¿qué significa?”.

Consiguió articular, pero enseguida lo miró lleno de desconfianza.

“¿Qué nueva trampa es esta? ¿Qué te propones ahora?”.

Nathaniel se sentó al borde de la cama y, sin responder, extendió la mano. Sus largos dedos tocaron el tobillo; Chrissy se sobresaltó, pero solo entonces Nathaniel habló.

“Mañana ni siquiera podrás caminar, se hinchará mucho más. Así que los juegos quedan suspendidos por un tiempo”.

La palabra ‘juegos’ le irritó, pero había algo más urgente que preguntar.

“Esta es tu habitación… ¿y pretendes que duerma aquí?”.

Sin apartar la mano del tobillo, Nathaniel respondió.

“No voy a forzar al señor fiscal en nada. Si la otra pierna también queda inutilizable, eso sí sería un problema”.

Después de todas las coacciones que había sufrido, ahora decía que el sexo lo dejaba a su libre albedrío. ¿Hasta qué punto era pervertido este tipo? Chrissy soltó un suspiro de pura incredulidad

“¿Entonces no es de tu gusto tenerme encerrado y torturarme en ese cuarto?”.

Ante el sarcasmo de Chrissy, Nathaniel sonrió inesperadamente.

“Ese cuarto no lo construí yo. Ya estaba en la casa”.

Habló con su habitual tono pausado, pero había algo burlón en él. Chrissy lo miró con desconfianza y repitió.

“¿Ya estaba?”.

“Sí”.

Nathaniel asintió brevemente y añadió.

“Actualmente, solo dos personas saben de su existencia, probablemente”.

Y, con una sonrisa extraña, miró fijamente a Chrissy.

“Porque todos los que lo construyeron y lo usaron por primera vez… están muertos”.