#58
Sin darme cuenta, contuve la respiración y
fruncí el ceño. Había oído que las feromonas podían intensificarse según las
emociones. Pero, siendo beta, no podía identificar la causa de este aroma tan
intenso. ¿Era ira, o quizás… deseo?
…Ha.
Solté un suspiro profundo sin pensar. ¿Acaso
mi aliento rozó su piel? Vi claramente cómo las cejas gruesas de Nathaniel
Miller se movían ligeramente. Junto con eso, sus ojos alargados se
entrecerraron, y de pronto sentí una premonición.
“No me toques”.
Tensé todo mi cuerpo mientras hablaba con voz
firme.
“Te dije que si vuelves a forzarme, te mataré”.
Lo decía en serio. Aunque no tenía nada en las
manos, encontraría la forma de matarlo. Con la palma sudada apoyada en el
estante, lo miré con toda mi furia, como si estuviera dispuesto a morderlo si
tan solo movía un dedo.
Los labios de Nathaniel Miller se curvaron
lentamente, relajados. Una voz baja, casi un susurro, escapó de ellos.
“¿Eso dijiste?”.
Burlándose de mi advertencia, se acercó y
juntó sus labios con los míos. Su boca, grande, devoró la mía con rudeza, como
si quisiera tragarme entero. Abrí la boca para respirar, pero él, como si lo
hubiera esperado, deslizó su lengua dentro. La sensación de esa intrusión
gruesa llenando mi boca me hizo querer morderlo de inmediato. Pero justo cuando
intenté apretar los dientes, su mano grande agarró mi cabello con fuerza,
tirando mi cabeza hacia atrás. Mi boca se abrió sin resistencia.
“Ugh, mmm, ngh”.
Por más que lo intenté, no pude cerrar los
dientes. Como si se burlara de mis esfuerzos, Nathaniel Miller se inclinó sobre
mí, lamiendo mi paladar y cosquilleando el interior de mis mejillas, besándome
con destreza. Luché con todas mis fuerzas, arañando sus brazos y golpeándolo,
pero no se inmutó.
“Su-suéltame”.
Aproveché un breve instante para gritar, pero
mi boca fue silenciada de nuevo. Lo único que salía eran gemidos.
Sentí su aliento en mi boca. Mientras invadía
mi interior, él reía. ¿Se burlaba de mí, o había otra razón?
El dulce aroma me envolvió más intensamente
que nunca. Cada vez que respiraba con desesperación, se infiltraba en mí,
asentándose en lo más profundo. Nathaniel me estaba ahogando en sus feromonas.
“Ugh, mmph, ngh”.
Sonidos incomprensibles escapaban de mi boca.
Mi cuerpo, apoyado en el estante, colapsó hasta el suelo. Mis puños, sin
fuerza, golpearon débilmente sus brazos y hombros, como un acto tardío y
perezoso, antes de caer inertes.
Sentí el frío en mi espalda. Me di cuenta de
que estaba tumbado en el suelo del estudio. Solo cuando estuve completamente
exhausto, sin fuerza para levantar un puño, sus labios se separaron de los
míos.
Ha… ha…
En el estudio, solo se escuchaban
respiraciones agitadas. Ninguno hablaba, solo nos mirábamos, jadeando.
El primero en hablar fue Nathaniel.
“No me provoques, no quiero tratarte con
rudeza”.
Sus labios sensuales, húmedos de saliva,
brillaban. Esa actitud arrogante avivó mi furia.
“El que me provocó primero fuiste tú, maldito”.
Apretando los dientes, él frunció el ceño,
como preguntando a qué me refería.
“¿Yo?”.
Esa actitud despreocupada era exasperante. Sin
retroceder, respondí.
“Anthony Smith”.
“…Ah”.
Al escuchar ese nombre, Nathaniel dejó escapar
un murmullo, como si por fin entendiera. Sus ojos me recorrieron antes de
fijarse en mi rostro.
“Entonces, ¿estabas jugando al detective para
descubrir eso?”.
Todo en Nathaniel Miller me disgustaba, pero
su elección de palabras era lo peor. A pesar de su advertencia amable, lo
provoqué con rudeza.
“¿Pensaste que después de dejarme así me
quedaría tranquilo en la cama?”.
Sorprendido, Nathaniel soltó una risa breve.
“Vaya, olvidé que los gatos son muy curiosos”.
“No digas tonterías…”.
“Dejemos esto”.
Justo cuando iba a enfadarme por su comentario
absurdo, Nathaniel dijo algo inesperado. Antes de que pudiera reaccionar, tomó
con facilidad el tubo de suero que planeaba usar para estrangularlo. Mientras
lo miraba atónito, añadió con calma.
“Ya no sirve”.
No estaba equivocado, pero su actitud relajada
me enfureció. Incapaz de ocultar mi frustración, vi su bastón en el suelo.
¿Cuándo lo dejó caer? No lo había oído. Mientras lo observaba levantarse
apoyándose en él, una idea cruzó mi mente.
¿Realmente sigue teniendo problemas
con la pierna?
Nathaniel se puso de pie con naturalidad, pero
aun así, dudé. Habían pasado bastantes días, ¿no debería caminar sin ayuda ya?
¿O no? A menos que…
“¿Necesita que lo lleve en brazos, señor
fiscal?”.
Su voz me sacó de mis pensamientos. Al
levantar la vista, Nathaniel me tendía una mano, con una pregunta burlona.
Sintiendo rebeldía y vergüenza, me levanté.
Pero entonces noté el problema. Los botones de
mi camisa, demasiado grande, estaban desabrochados, salvo uno que apenas la
sostenía. La prenda colgaba de mis hombros, dejando mi torso casi al
descubierto. Ese botón solitario parecía ridículo.
Nathaniel me observaba, como esperando mi
próximo movimiento, o quizás buscando el momento para burlarse.
Solo tenía una opción. Fingiendo indiferencia,
subí la camisa y pregunté con voz calmada.
“¿Dónde está mi ropa?”.
Una esquina de sus labios se curvó, y dejó
escapar un leve silbido. Sus ojos siguieron mis manos mientras abrochaba los
botones, deteniéndose cuando terminé en el último, sobre mi muslo.
“Hablaremos fuera”.
Dicho esto, me miró, indicándome que saliera
primero. Sin opción, solté el archivo, tomé el suero vacío y caminé. Debía
encontrar otra forma de verlo antes de salir de esta casa.
***
Así que sí tiene problemas con la pierna.
Reflexioné al recordar cómo Nathaniel bajó las
escaleras. Apoyándose en el bastón, su cojera era evidente. Al verlo con gotas
de sudor en la sien tras llegar al primer piso, dejé de dudar. Lo seguí en
silencio, pero me sorprendió el lugar al que me llevó.
Pensé que iríamos por mi ropa, pero la escena
me desconcertó. Un armario lleno de licores y copas ocupaba una pared. Junto a
él, una vinoteca enorme, y frente a ambos, una mesa de bar imponente. Mientras
me quedaba atónito, Nathaniel se acercó al armario, sacó un whisky y una copa
con destreza, y tomó hielo de un mini-refrigerador. No pude contenerme más.
“¿Cuándo me darás mi ropa?”.
Mi voz, afilada, hizo que Nathaniel sonriera
de forma extraña mientras llevaba el whisky a sus labios. Por un momento, pensé
en irme. ¿Qué me lo impedía? Podría ir a la policía, identificarme y pedir que
me llevaran a casa…
Pero no podía. Necesitaba saber sobre Anthony
Smith. Había algo más detrás de este caso, y debía descubrir qué.
Solté un suspiro y me pasé la mano por el
cabello desordenado.
“No pierdas el tiempo. Dime, ¿qué quieres?”.
El cansancio se filtró en mi voz. No tenía
fuerzas para seguir jugando con él. Solo me quedaba enfrentarlo directamente.
Ante mi pregunta, Nathaniel bajó la copa
lentamente.
“Ven aquí”.
En el silencio, su voz grave resonó.
“Primero te quitaré la aguja”.
Con una leve sonrisa, añadió.
“No quiero que me estrangules con el tubo de
suero”.
