Parte 2
Parte 2
La puerta se abrió y Kim In-hyeon entró.
Sonrió al ver la cicatriz en la boca de Kang Yuye. Este sacó un pañuelo y
limpió la sangre.
“¿Te mordió un conejo?”.
“Cállate”.
“Los conejos son feroces. Acorralados, hasta
muerden a los gatos”.
“¿No son ratas?”.
“Ambos tienen dientes grandes”.
In-hyeon se encogió de hombros. No estaba de
humor para sus bromas. Que Haeim hubiera huido lo preocupaba.
Haeim había perdido sus recuerdos.
Probablemente estaba rechazando toda esta realidad. En su conciencia, las
personas muertas no existían. Nunca habían existido desde el principio.
Si eso aliviaba el corazón del niño, podía
aceptarlo con gusto. Porque, en el fondo de su inconsciente, esa persona
existía. Como siempre, debía ser alguien a quien deseaba que existiera.
“Parece que sus síntomas son graves”.
“Algún día lo recordará”.
No sabía si quería que Haeim recordara todo o
que siguiera olvidando. Solo deseaba su paz. Que su frágil mente no se
derrumbara de nuevo.
¿Por qué lo besó? No pudo contenerse.
“Es un chico tan frágil. Bueno, no es
exactamente un niño, pero parece mucho más joven de lo que es, tal vez por lo
delicado que se ve”.
“Un poco, sí”.
“Espero que no recupere la memoria por un
tiempo. Al menos hasta que atrapemos a Park Kyung-sang”.
“Eso espero”.
Kang Yuye miró las cenizas en su mano. Recordó
que Haeim había huido con la cara cubierta de cenizas, como un gato caótico.
¿Se habría mirado al espejo?
Soltó una risa fuera de lugar. Al dejar esta
isla, la tragedia y la violencia se repetían sin cesar, pero esta Isla de las
Mariposas era pacífica. Tan pacífica que podía reír al ver a un niño convertido
en Cenicienta.
“Entonces, ¿descubriste qué hace Kang Yujue
con Park Kyung-sang?”.
“Aún no. Probablemente solo sea un peón”.
“Park Kyung-sang es un pervertido”.
No sabía cómo Yujue conoció a Park Kyung-sang.
Pero su regreso de Estados Unidos fue instigado por él. No sabía qué
condiciones lo convencieron de volver.
Kang Yujue era su verdadero hermano. Hermanos
de sangre. Por más extraño que fuera, no podía negar que nacieron de los mismos
padres.
No podía soportar ver a Yujue involucrado con
Park Kyung-sang.
No porque Park Kyung-sang fuera su enemigo.
Sino porque no quería que Yujue tuviera el mismo destino que Yang Hee-seong.
Había que salvarlo antes de que cayera en esa suerte.
“Tal vez Park Kyung-sang no necesita a Yujue
por un beneficio específico. Solo quiere molestar al presidente, mantenerlo
atado. Aunque se supone que el presidente está muerto, sigue usando a Yujue, y
no entiendo por qué”.
“Yujue aún es joven y no tiene mucho valor.
Aunque, si busca la herencia… podría quererla. Con tanto dinero, no tendría que
preocuparse por fondos políticos”.
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“¿Y si advertimos a Yujue de alguna manera?”.
“Por ahora, observemos”.
Lo urgente era Haeim. Sentía culpa por dejar a
Yujue en segundo plano, pero no había opción. Haeim estaba tan delgado, tan
débil.
Y tal vez… tan loco.
Haeim estaba atrapado por las náuseas y la
depresión. Si esto continuaba, dar a luz sería peligroso.
Los bebés.
Yuye repitió esa palabra extraña. Cuando Yang Hee-seong
dijo que llevaba a su hijo, Yuye optó por el silencio. Guardar silencio era un
respeto por la vida trágica de Hee-seong.
Si no hubiera sido por el incendio de aquel
día, la vida de Hee-seong no habría caído en el abismo. A veces soñaba con ese
día. Aunque Hee-seong, que gritaba que no quería salir de las llamas, ya no
estaba.
Si Hee-seong no hubiera muerto, ¿cómo habría
crecido el niño? ¿Se parecería a su madre? Al menos, no se parecería a esa
persona. Yuye suspiró por el arrepentimiento fugaz.
No, no era momento para dejarse llevar por el
remordimiento. Había que seguir adelante. Aunque fuera hacia un precipicio,
estaba dispuesto a dar un paso al vacío.
“Vigila a Yujue de cerca”.
“Así lo ordenaré”.
“Y dile a la señora Shin que me avise si surge
cualquier problema. Por pequeño que sea, no debe pasarlo por alto”.
“No se preocupe. La señora Shin cuidará bien
de Haeim”.
Lo único que Yuye deseaba era que no ocurriera
nada. Por ahora, no había forma de proteger a Haeim. Solo podía esperar que no
colapsara.
Haeim volvió a escribirle una carta al
benefactor.
De: haelim@rimail.com
Para: asdf1234@rimail.com
Asunto: A mi benefactor
Hola, soy Kwon Haeim.
Hoy, Yujue volvió a dejar la isla. No sé por
qué lo hace. A menudo, al abrir los ojos, él no está, y no extraño su ausencia.
Hace unos días, contesté una llamada suya por
error. No se enfadó. Dijo que podía pasar, que era un error. Eso fue todo.
Pero la voz que escuché por el teléfono me
aterró. Sentí como si hubiera nacido para temerle.
Era un hombre llamado Park Kyung-sang. Cuando
dijo, con una voz seca y sin emoción, ‘Soy Park Kyung-sang’, casi dejo caer el
teléfono. ¿Por qué su nombre sonaba tan peligroso y perturbador? No lo conozco.
No sé por qué Yujue conoce a ese hombre
aterrador. Pero su relación no es normal, eso es seguro.
Oh, no quería hablar de esto.
Últimamente estoy muy bien. Las náuseas han
disminuido, y poco a poco puedo comer más cosas. Aunque la comida del templo,
como el bibimbap, sigue siendo lo mejor.
¿Te conté que conocí a alguien extraño en el
templo? Se llama Yuye, no sé si es un seudónimo. No lo he vuelto a ver, pero
dejó una impresión extraña.
No sé cómo describirla. Pero cuando lo vi,
sentí como si despertara de un sueño. A pesar de ser un desconocido.
Lo vi dos veces, y cada vez me invadía un
éxtasis extraño. Sentí que tenía un corazón, y que latía por él.
Así que, la segunda vez, lo besé. ¿Cómo
describir ese impulso? ¿Tiene un nombre? ¿Tú lo sabes?
Sentí que había cien mil razones para besarlo.
Así que lo hice. Fue un beso suave. Probablemente algo que nunca había
experimentado. Por eso se sintió tan bien.
Sé que no debí hacerlo. Estoy embarazado. En
mi situación, besar a otro alfa no es una buena elección. Pero lo deseé
desesperadamente, aunque sabía que era infidelidad.
Infidelidad, algo poco ético.
A veces pienso: ¿me enamoré después de solo
dos encuentros? Es una idea absurda.
No volveré a verlo. Me confunde, me hace
sentir que no soy yo. Cuando estoy con él, es como flotar en las nubes. Es
irreal, su existencia es incierta, como niebla o agua.
Así que no volveré al templo ni lo encontraré
de nuevo.
En ese momento, la computadora se apagó. La
casa quedó a oscuras. Un relámpago cayó verticalmente hacia el mar, iluminando
todo con viveza. El entorno se tiñó de un azul eléctrico.
El trueno de finales de invierno era feroz.
Al principio, solo era el viento. Sacudía los
árboles del jardín. Las ramas desnudas, sin hojas, se doblaban sin romperse.
Ojalá el viento se detuviera.
Haeim miró el horizonte. Nubes oscuras, como
impregnadas de tinta, se acercaban. El cielo se oscureció rápidamente. El
viento pastoreaba las nubes.
El relámpago estaba listo para caer. La lengua
sentía un cosquilleo eléctrico. Las puntas de los dedos picaban. ¿Dónde
esconderse si el trueno rugía? Haeim miró la enorme mansión. No había lugar
donde refugiarse.
“El clima está raro”.
La señora Shin miró por la ventana, recogiendo
su tejido con una mirada preocupada. Haeim se acurrucó en un sofá individual.
Sabía que parecía estúpido, pero no podía controlar el temblor de sus manos y
pies.
“No te preocupes. Hoy no me iré, me quedaré en
la casa”.
“Está bien”.
“¿Cómo que está bien? Estás temblando de miedo”.
Ante la voz preocupada de la señora Shin,
Haeim dijo con esfuerzo: “No lo estoy.” Su lengua entumecida hizo que sonara
como un murmullo insignificante.
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No quería que la señora Shin se quedara.
Odiaba tanto el miedo que le provocaban los truenos como mostrar su lado más
débil a otros.
“De verdad, estoy bien”.
Forzó su voz. En ese momento, un relámpago
cayó. La costa se iluminó con el destello que golpeó el mar. La luz
electromagnética se extendió por la superficie.
Quería ser un pez en el fondo del mar. Allí no
habría miedo. Las profundidades serían silenciosas, sin viento.
Para olvidar el dolor, pensó en peces de aguas
profundas. Rape, celacanto. Solo podía recordar esos porque la señora Shin lo
miraba.
(N/T: El rape es un pez depredador abisal que
usa un "cebo" para atraer presas, mientras que el celacanto es un
"fósil viviente" con aletas lobuladas, el cual se creía extinto hasta
su redescubrimiento en 1938. Ambos viven en las profundidades marinas, pero
pertenecen a diferentes grupos evolutivos y tienen estrategias de vida
distintas.)
Otro relámpago cayó, seguido de un trueno que
sacudió los cimientos de la mansión. Haeim se encogió más, con la respiración
entrecortada. No sabía si era por los truenos o por estar tan acurrucado.
“En la secundaria… una vez me quedé atrapado
en el baño de la escuela”.
Tenía que decir algo, responder algo. La
señora Shin, tejiendo con diligencia, lo miraba fijamente.
“Estaba encerrado… y llovía mucho”.
“Debió ser aterrador”.
“Mucho”.
Su lengua no se movía, sus palabras eran
murmullos.
Confesar su pasado a alguien no mejoraba las
cosas, pero quería olvidar ese miedo de alguna manera.
Haeim habló desordenadamente sobre cosas del
pasado. La señora Shin escuchaba con atención, añadiendo de vez en cuando un
“sí” o “entiendo”.
En ese momento, un relámpago alcanzó un árbol
en la playa. Fue tan grande que la mansión tembló como si hubiera sido
bombardeada. El árbol ardía con los brazos abiertos al cielo. Haeim sintió un
miedo abrumador mezclado con asombro.
Era como el arbusto ardiente de la Biblia,
como si Dios descendiera, gritando órdenes a un profeta.
La señora Shin se acercó a la ventana. Todavía
no llovía, y el árbol ardía en el aire húmedo.
“No se extenderá a la casa, ¿verdad?”.
“Pronto lloverá”.
Haeim asintió ante la respuesta de la señora
Shin. Lluvia, viento, truenos. ¿Cuánto tiempo podría mantener la cordura?
Jadeando, intentó respirar profundamente.
Otro relámpago golpeó un campo de grava
cercano. La corriente azul saltaba alrededor.
El trueno siguió al relámpago, rugiendo como
un grito furioso. Afuera, el árbol ardía (quizás para siempre), y el cielo
rugía con furia.
Haeim temía que los truenos lo desgarraran.
Sentía que absorbían su cuerpo. Abrió la boca para expulsarlos, pero solo salió
un gemido ahogado.
“¿Estás bien? Mira ese sudor frío”.
En el reformatorio, cuando los truenos rugían,
¿qué hacía? Solía despertar en la enfermería tras un ataque de pánico, sin
recordar bien. A menudo, sus dedos estaban mordidos, su frente llena de
moretones. A veces golpeaba algo con la mano.
La señora Shin trajo una toalla para limpiarle
el sudor. Haeim tembló al sentir su toque, una reacción automática.
“Solo quiero limpiarte el sudor”.
“Lo sé”.
Su respiración estaba al límite. ¿Cómo olvidar
este dolor, ansiedad y miedo?
De repente, recordó un día de tormenta cuando Yujue
intentó marcarlo. Fue un acto forzado y peligroso. Podría haber muerto.
Espera, ¿peligroso? ¿Y si alguien lo marcó
antes que Yujue? ¿Y si ese alguien era el padre de los bebés, el que llamó
‘hermano’?
Su cabeza dolía como si la partieran con un
hacha. Los recuerdos borrosos y olvidados fluían con el relámpago. Acurrucado
en el sofá, se agarró el cabello.
Realmente había alguien. Alguien cariñoso.
Pero ya no existía. ¿Por qué no existía?
“¡Estudiante, estudiante!”.
La señora Shin, alarmada, lo sacudió. Haeim
sintió su cuerpo temblar como un árbol hueco.
Otro relámpago cayó cerca de la costa. Si no
escapaba a algún lugar, a alguien, su corazón se detendría. Haeim salió
corriendo. La señora Shin, sorprendida, lo siguió.
Apenas salió de la mansión, la tormenta
estalló. Gotas frías como nieve caían sin piedad, como agujas, como relámpagos.
Ante sus ojos, se reproducía una tormenta del
pasado. Todo era agua. El agua fétida de la muerte. Le daban náuseas.
Corrió sin saber a dónde. Los truenos rugían,
gritándole palabras incomprensibles.
En esta tormenta, nunca dormirás.
La presión lo aplastaba. Solo podía escapar.
¿A dónde? ¿Al mar? ¿A ese mar blanco de electricidad?
No sabía a dónde iba. Pero al ser envuelto en
un abrazo cálido, supo cuál era su destino.
“Tranquilo, tranquilo, Haeim”.
La voz suave que susurraba expulsaba el miedo
terrenal. Haeim, apoyándose en esa calidez y firmeza, sollozó sin parar.
“Tengo miedo”.
Lloró y gimió.
“Está bien. Todo estará bien”.
No dijo nada grandilocuente. Solo lo abrazó
con fuerza, repitiendo que estaría bien. Sí, estaría bien. Haeim se aferró a
esa esperanza inútil. Todo estaría bien.
“Entremos”.
“Tengo miedo”.
“Está bien”.
El susurro constante. Al recuperar la
conciencia, estaban subiendo la colina hacia la mansión del oeste. Era extraño
que su instinto lo llevara a un lugar que nunca había visitado.
Casi colgado de Yuye, entró en la mansión.
Cruzaron el amplio y desolado jardín. Un relámpago cortó el cielo como un
dragón serpenteante sobre el mar.
“Entremos a secarte”.
“Sí”.
Al cruzar el umbral, el aire cálido llenó su
nariz. El alivio invadió su cuerpo. Cuando sus fuerzas cedieron y estuvo a
punto de caer, Yuye lo sostuvo.
Haeim lo miró aturdido. Yuye lo cargó en
brazos y abrió la puerta del baño.
Lo sentó en el borde de la bañera y llenó esta
de agua caliente. Mientras preparaba el baño, Haeim permaneció acurrucado.
“Lávate. Deja la puerta abierta mientras te
bañas”.
“¿Por qué?”.
“…”.
“No haré nada extraño en el baño”.
“¿Qué cosa extraña?”.
“…Solo algo extraño”.
¿Qué cosa? Algo extraño. Sonaba a
malentendido. Sus orejas ardían. Haeim agitó el agua de la bañera a propósito.
“Báñate rápido. Estás temblando”.
Al darse cuenta, su cuerpo temblaba. Su lengua
convulsionaba, impidiéndole hablar. Avergonzado de su cuerpo delgado y
embarazado, se quitó la ropa lentamente.
Solo llevaba una sudadera azul y una camiseta
de manga corta, fáciles de quitar. Pero los jeans eran otra cosa.
Nuevos y sin lavar, estaban rígidos por el
agua lodosa. Mientras luchaba con ellos, Yuye los bajó por él. Era extraño que
ese gesto no le incomodara.
En ropa interior, se puso bajo la ducha. Tras
pensarlo, se quitó también la ropa interior. El agua caliente calmó el temblor.
Se recostó en la bañera. El calor llenó su médula.
¿Por qué había llegado aquí? Afuera, los
truenos rugían. No estaba en paz, pero tampoco tan asustado. Antes, nunca pudo
estar tranquilo bajo el agua. Siempre había miedo y terror.
Para borrar sus pensamientos, sumergió la
cabeza. La familiar sensación de asfixia lo envolvió. Al abrir los ojos, vio el
mundo distorsionarse con el movimiento del agua. Extendió la mano hacia esa
transformación. De repente, su muñeca fue tomada y lo sacaron del agua.
Tosiendo por el susto, escupió agua.
“Esto es lo extraño”.
Yuye habló sin expresión. Sin entender qué
quería decir, Haeim se frotó los ojos y lo miró.
“Dijiste que no harías cosas extrañas”.
“Solo me sumergí”.
¿Cómo podían sus ojos verse tan ansiosos? Yuye
apartó el cabello de su frente. Haeim sintió vergüenza al notar que estaba
completamente desnudo, pero Yuye parecía no inmutarse.
“No lo hagas de nuevo”.
En el pasado… se había desmayado bajo el agua
varias veces. Se sumergía y contenía la respiración hasta perder el
conocimiento, o justo después, lo encontraban.
No era exactamente que quisiera morir, pero Yujue
lo trataba como si hubiera intentado suicidarse y fracasado.
“No lo hagas, Haeim”.
“Sí”.
Asintió obediente, y la mano de Yuye, que
acariciaba su cabeza, se detuvo. Reprimió el impulso de frotar su cabeza contra
él y lo miró.
“Me quedaré aquí. Báñate”.
Su tono firme no admitía réplicas. Haeim se
sumergió de nuevo. Que fuera un alfa lo inquietaba, pero eran hombres, con las
mismas partes, así que fingió que no importaba.
Un relámpago cayó cerca, haciendo temblar la
isla. Haeim se encogió y se mordió el labio.
“Tranquilo”.
Su consuelo se extendió como tinta en su
corazón. Una sonrisa negra, reconfortante, que ocultaba la sangre que goteaba.
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Al terminar, Yuye trajo ropa y una toalla.
Aunque ya se había bañado, Haeim se vistió frente a él. Extrañamente, la ropa
le quedaba perfecta, como si hubiera estado esperando que la usara.
“Siéntate frente a la chimenea. Traeré leche”.
“¿No es leche amarga?”.
Tras decirlo, lo sintió extraño. ¿Podía la
leche ser amarga? ¿Por qué sentía que ya había probado una así?
“No había opción entonces”.
Yuye habló con voz suave, como si se
arrepintiera. Era extraño. Sentía como si lo conociera de siempre. Haeim
sacudió la cabeza para librarse de esa sensación.
Pronto llegó la leche. Al tomar un sorbo, casi
la escupió. Era tan dulce que parecía amarga. ¿Cuánto azúcar le puso? Quería
quejarse, pero los ojos amables de Yuye lo obligaron a beber.
“Lo dulce te hará sentir mejor rápido”.
“…Gracias”.
Su lengua estaba pegajosa y apenas se movía.
No se sentía mejor, solo le dolía la cabeza por el dulzor.
“¿Quieres pastel?”.
Seguro sería igual de dulce.
Sentado frente a la chimenea, el sueño lo
invadió. Era extraño dormirse con truenos rugiendo. Nunca le había pasado.
Acurrucado frente a la chimenea, cabeceó y
terminó acostado. Una manta lo cubrió. Extendió los brazos hacia Yuye.
“…Duerme conmigo”.
Debía estar loco por decir eso. Pero con él,
sentía que podía decirlo. Si insistía, tal vez lo complacería.
“Tengo cosas que hacer”.
“Pueden esperar”.
Yuye se acuclilló. Haeim, suplicante, tiró de
su pantalón. Con un suspiro de resignación, Yuye se acostó a su lado.
Afuera, la tormenta rugía, pero frente a la
chimenea era pacífico. Haeim se pegó a Yuye, usando su brazo como almohada.
Yuye lo abrazó.
Ese abrazo era familiar. Tenía una suavidad y
un calor que hacían brotar lágrimas. Tras dudar, preguntó:
“¿Nos conocemos?”.
“…Sí”.
“No lo recuerdo. Ojalá pudiera recordarte,
hermano”.
“…”.
“¿Qué éramos tú y yo? ¿El hermano de un amigo?
¿Un conocido? ¿Solo alguien que conocía? No éramos solo conocidos, ¿verdad? Si lo
fuéramos, no me sentiría así”.
Haeim se giró para mirar a Yuye. Sus ojos
contenían innumerables palabras, brillando como estrellas lejanas, imposibles
de atrapar.
“¿Qué es este sentimiento?”.
“No lo sé. No puedo explicarlo con palabras”.
El segundo día que se encontraron, lo besó.
Tal vez se enamoró a primera vista. Por eso pudo besarlo. Aunque sabía que era
una infidelidad, no encontró razones para no hacerlo.
Haeim rodeó la cintura de Yuye con los brazos
y apoyó la cabeza en su pecho. Su abrazo era cálido.
“Si nos conocíamos, ¿cómo llegamos a ser
desconocidos?”.
“Estabas enfermo”.
Yuye lo explicó simplemente. La palabra
‘enfermo’ sonaba creíble. Lo olvidó porque estaba enfermo. Sí, debían haber
tenido una relación profunda. Entonces, ¿podría ser él el padre de los bebés?
“¿Eres el padre de mis hijos?”.
No hubo respuesta. Al parecer, no lo era.
Entonces, ¿quién era el padre?
“¿Sabes quién es el padre de mis hijos?”.
“No lo sé”.
Palabras no tan amables, pero gestos
afectuosos. Su mano acariciaba el vientre de Haeim con suavidad y cuidado.
Haeim, conteniendo las cosquillas, finalmente soltó una risa. Los bebés en su
vientre dieron una patada. Sorprendido por la sensación, se detuvo.
Al ver su expresión de dolor, la preocupación
apareció en el rostro de Yuye.
“¿Qué pasa?”.
“Alguien me pateó. Son gemelos, no sé cuál fue”.
Yuye frotó su vientre suavemente, como
calmándolo, susurrando que, quienquiera que fueran, eran niños traviesos. Sus
palabras eran extrañamente cosquilleantes.
“En realidad, no amo a estos bebés”.
“¿Por qué?”.
“No lo sé. Al principio, pensé que eran de Yujue,
así que no los amaba. Ahora… no sé por qué no los amo. Si son mis hijos, ¿no
debería amarlos?”.
Pensar en eso le oprimía el pecho. ¿Era por
las náuseas dolorosas, por el encierro, por culpar a los bebés de todo esto?
Tal vez… temía no saber qué crecía dentro de
él.
Gemelos. Ni las imágenes de ultrasonido en 3D
ni nada le hacían sentirlos reales.
“No pienses tanto”.
Yuye lo abrazó con más fuerza, como
atrapándolo. Haeim frotó su rostro contra su pecho varias veces. ¿Por qué se
sentía tan familiar, tan añorado?
“No lo sé, de verdad. No entiendo nada”.
“A veces es mejor no saber”.
“Oye”.
“¿Sí?”.
¿Cómo podía su voz ser tan cálida? Era como
abrazar un brasero ardiente. No temía quemarse.
“¿Puedes acompañarme mañana al campo de
ciruelos? Dicen que detrás de la isla hay ciruelos en flor, pero nunca los he
visto”.
“Claro.”
“Dicen que las flores de ciruelo tienen un
aroma increíble. ¿Las has olido?”.
“No”.
“Yo solo las he visto en cartas de hanafuda”.
(N/T: Hanafuda: es un tipo de baraja de naipes
japoneses que tradicionalmente consta de 48 cartas divididas en 12 meses, cada
uno con diseños florales y elementos naturales propios de la estación.)
Una risa baja. Como luciérnagas revoloteando
sobre su cabeza. Quería atrapar esa risa y guardarla en un frasco de cristal.
“Mañana, sin falta, veremos los ciruelos”.
“Claro”.
“Mañana, nos vemos mañana”.
Haeim sintió unos labios en la parte trasera
de su cabeza. No quería dormir, quería disfrutar más de este momento. Pero el
sueño era demasiado fuerte.
“Oye”.
“¿Sí?”.
Yuye apretó más el abrazo alrededor de su
vientre. Haeim sintió que su cuerpo se hundía en la tierra con la seguridad de
ese abrazo. Pero esos brazos no lo dejarían hundirse del todo; lo rescatarían
una y otra vez.
“Dicen que en China, al despedirse, dicen ‘nos
vemos de nuevo’”.
“¿Y?”
Sintiendo los labios en su nuca, Haeim rió
suavemente. Entendía por qué había tantas mariposas en Geumhongdo. Aquí, las
mariposas nacían en los corazones de las personas. Cuando querían ser amables o
reír, las mariposas surgían en tropel.
“Entonces, ¿qué hacen con quienes no volverán
a verse? ¿Solo saludan a quienes encontrarán de nuevo?”.
“La despedida es el misma. Es breve, pero da
certeza a quienes volverás a ver y esperanza a quienes no”.
“Entiendo”.
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Haeim tiró de sus brazos para que lo abrazaran
más fuerte. Los latidos de su corazón se intensificaron. Sus corazones,
latiendo al unísono, hacían creer que sus cuerpos siempre fueron uno. Al cerrar
los ojos, vio la imagen de un ciruelo. Un aroma nunca sentido flotaba en la
oscuridad.
“Entiendo. Entonces, adiós, hasta que nos
veamos de nuevo”.
Cuando Kang Yuye despertó, eran casi las diez
de la mañana. Había dormido profundamente por primera vez en mucho tiempo, sin
dolor. En la madrugada, cuando los truenos cesaron, Haeim despertó. Los
relámpagos, que resonaban como fanfarrias del infierno, dejaron solo el suave
murmullo de las olas.
Aunque sabía que Haeim lo miraba con
intensidad, fingió dormir. Esa mirada era tan ardiente que parecía quemar su
piel. No podía imaginar qué pensaba.
Haeim había olvidado mucho. Su mente, ya
frágil, era demasiado débil para aceptar todo esto y terminó rechazando la
mayoría. Yuye temía el momento en que recordara lo olvidado.
Tras la salida de Haeim, Yuye volvió a dormir
en la cama. Aún necesitaba recuperarse. Se cansaba y agotaba fácilmente,
dificultando mantenerse lúcido.
Al despertar, recordó la conversación antes de
dormir.
Ciruelos.
No debía volver a ver a Haeim ni salir a
exponerse. Mientras se duchaba, postergando la decisión, sonó el teléfono. Al
salir, vio que era Jeong-sik.
“Soy yo”.
Jeong-sik contestó de inmediato, su voz
urgente. Un mal presentimiento lo invadió.
—Tienes que evacuar la isla. Parece que Kang Yujue
empieza a sospechar de los movimientos de Haeim.
“¿Se dio cuenta de que estoy vivo?”.
—Según Kim In-hyeon, Yujue fue al templo esta
madrugada buscando a Haeim. Hizo preguntas al abad. No obtuvo pistas concretas,
pero notó algo extraño.
Yuye suspiró y se pasó la mano por el cabello.
Encontrarse con Haeim era temerario. Yujue o quienes lo vigilaban podían
descubrirlo. No debía hacerlo. Pero no pudo evitarlo.
—Tienes que irte rápido.
“Entendido”.
—¿Envío un helicóptero hoy?
“Hazlo”.
Tras terminar la llamada, Yuye se quedó
mirando las brasas apagándose. Lo de anoche parecía un sueño. Para Haeim, debía
sentirse aún más así.
Haeim, que había perdido los recuerdos de los
últimos meses, parecía estar mejor. Mucho mejor que cuando lo recordaba todo.
El olvido era su medicina.
Antes de perder la memoria, Haeim estaba mal.
Su frágil mente mostraba signos de colapso, su voluntad cubierta de grietas
como telarañas. Según la señora Shin, parecía completamente loco.
Ahora debía dejarlo de nuevo. Pero Yuye ya
estaba ‘muerto’. Si seguía en la isla, Park Kyung-sang descubriría que estaba
vivo tarde o temprano.
Encendió el portátil. Había varios correos.
Si dejaba la isla, ¿qué sería de Haeim? Pensar
que no podría soportarlo lo hacía no querer irse.
Aunque Park Kyung-sang lo descubriera, ¿no
debería quedarse al lado de Haeim? Leyó varias veces el último correo.
…¿Dije eso? Lo volví a encontrar. Cuando los
truenos y la tormenta golpearon Geumhongdo, corrí y corrí hacia él. Los
relámpagos caían a mi lado, como si apuntaran a mi cabeza, pero seguí corriendo
hacia la mansión del oeste.
¿En qué pensaba? Solo sabía que debía
encontrarlo, refugiarme en él de la tormenta.
Y él estaba allí, esperándome, como si supiera
que iría. O tal vez solo quería ver la lluvia. Me abrazó, y jadeé en su pecho.
Lo único seguro es que los truenos ya no me asustaban.
A veces sueño que estoy en Venus, donde caen
mil, diez mil relámpagos. Allí moriría bajo ellos. Pero con él, siento que
podría soportarlos.
Anoche dormí abrazándolo, y al despertar y
salir de esa casa, sentí una enorme pérdida. Sí, así fue.
Querido benefactor, creo que lo amo. Por eso
no quería separarme de él. Cuando me hundí en su abrazo, sentí que nuestros
cuerpos se fundían en uno, como si siempre debiéramos estar juntos.
Solo lo vi tres veces… Él dice que nos
conocíamos. Probablemente lo amé antes. Por eso se siente tan bien.
Pero si lo amé tanto, ¿por qué lo olvidé? O
más bien, ¿por qué siento que lo perdí?
Estoy confundido. Tengo hijos, no recuerdo
quién es su padre ni qué relación tuvimos, y aun así me enamoré de él. Sé que
no es ético. Ojalá me dijera quién es, cómo nos conocimos, qué éramos.
Pero alguien que huye de perseguidores no
tiene obligación de contármelo todo.
Lo extraño ahora. Mi alma debe haber nacido en
la suciedad.
Espero con ansias tu respuesta.
Yuye cerró el portátil y se sumió en el
silencio. Afuera, los brotes de flores de espino brillaban con el viento en la
playa. Pero debía irse. Tal vez conocer a Haeim fue un error desde el
principio.
Abrió el portátil de nuevo, releyó la carta y
lo cerró. Quiso decirle que esperara, pero no pudo decir nada.
Dos meses después
Una mariposa púrpura aterrizó en el borde del
balcón. Era un día de fuertes vientos marinos. La mariposa, agotada, no podía
seguir el camino impuesto por el viento.
Plegó sus alas por un momento. Miró al hombre
que extendía la mano hacia ella. No era exactamente un hombre. Parecía un chico
atrapado en una juventud eterna.
No había hostilidad en ese gesto, y la
mariposa sintió el impulso de posarse en sus dedos. Revoloteó alrededor,
observándolo.
El chico estaba sentado en un sillón. Aunque
el clima era cálido, cubría su vientre con una manta.
Oh, está embarazado.
La curva suave de su vientre contrastaba con
su rostro demacrado. La mayoría de las personas embarazadas parecían más
felices que este chico.
La mariposa aterrizó con cuidado en su
vientre. El chico, delgado y frágil, sonrió. Dos latidos resonaban en su
interior, fuertes, como si dijeran a su madre que no los olvidara. Eran tiernos
ante su apariencia.
La mariposa voló y se posó en su dedo. El
chico respiró con cuidado, como si temiera dañar sus alas. Como si estuviera
muerto, en silencio.
¿Era un ser vivo? ¿No sería una figura de
cera? La mariposa pensó que podía ser una figura animada o una máquina como las
que contaban los ancestros. Pero los bebés en su vientre lo desmentían.
Entonces, era un alma herida. Solo un alma
herida guardaba tal silencio, temerosa de exponerse, de que el viento, como una
cuchilla, lo lastimara, volviéndose más callado que la noche.
“Eres muy hermosa”.
La mariposa miró su reflejo en los ojos del
chico. Pensó que él también era hermoso. Si no estuviera tan demacrado, lo
sería aún más.
“¿Eres una mariposa de almizcle?”.
El chico acercó la mariposa a su nariz. No
voló. Olió su flanco, que desprendía un aroma a almizcle.
“Realmente tienes una luna en las alas”.
La mariposa de almizcle estaba orgullosa de
las lunas en sus alas. Más nítidas que las de otros machos, iluminaban sus alas
con un brillo púrpura. Orgullosa, aleteó varias veces. Odiaba a los humanos,
pero este chico no le disgustaba.
“Eres muy bonita”.
Al escuchar sus palabras, la mariposa aleteó
con más orgullo. La sonrisa del chico se intensificó, pero no duró.
“Entremos, hace mucho viento”.
La puerta del balcón se abrió y apareció
alguien. Un hombre de edad similar. Si el chico parecía eternamente joven, este
hombre era claramente adulto.
Al escuchar su voz, el cuerpo del chico se
tensó. Sentía asco y miedo. No, definitivamente miedo.
“No quiero”.
Respondió con voz temblorosa, aferrando la
manta como defensa. El hombre, sin inmutarse, dijo como orden: “Entra.”
“No. Lo esperaré”.
¿A quién esperaba? La mariposa revoloteó sobre
su cabeza. Conocía bien la isla. Aunque nació en primavera, la había recorrido
más que nadie.
Todos en la isla eran iguales. Nadie
desprendía el aroma de forastero como este chico.
Estaba esperando a un extraño.
“¿A quién esperas? Llevas meses así. Quien
sea, no volverá”.
El hombre habló con desdén. El chico apretó
más la manta, buscando palabras para replicar. Sus ojos recorrieron los
patrones de la manta, como si estuviera mudo.
“Haeim, estoy aquí. Aunque él no regrese, yo
siempre estaré contigo. Para siempre”.
La vida de una mariposa es corta. No entendía
la espera infinita de ‘para siempre’. Su eternidad era el tiempo entre la
floración y la caída, dedicada solo a las flores y al amor.
“Volverá”.
Murmuró el chico, mirando el mar lejano, frío
y profundo, cubierto de espuma blanca.
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“No puedes quedarte más en esta isla. Debes
irte para dar a luz”.
“Ya dije que no me iré”.
El chico golpeó la barandilla del balcón con
irritación. El hombre lo miró en silencio. Sus labios callaban, pero sus ojos
hablaban. Un lenguaje tan complejo que la mariposa no podía entenderlo.
La tensión fluyó entre ellos. La mariposa se
interpuso frente al chico. Sentía que debía hacerlo.
“No puedes dar a luz aquí”.
“¿Bebés? ¿Bebés cuyo padre ni siquiera
conocemos?”.
El chico habló con sarcasmo.
“Te lo dije, Haeim. Soy el padre de tus hijos”.
Los ojos del hombre eran sinceros. Pero la
mariposa sabía que mentía. Si tuviera labios, habría susurrado que todo lo que
decía era falso.
“No eres tú. No eres el padre”.
“Haeim, estás enfermo. Confundido por el
dolor. Somos compañeros, y yo soy el padre de tus hijos”.
“¡Mentira, estás mintiendo!”.
El chico gritó. Su grito sonaba como un pedido
de auxilio. Siguió un silencio. Durante ese silencio, el chico abrazaba su
vientre, protegiendo a los bebés de las mentiras. Era un acto instintivo, sin
amor.
“Estás mintiendo. El padre es otra persona.
Alguien a quien amé… Sí, alguien a quien amé”.
Más calmado, el chico habló con frialdad.
“¿No recuerdas? Tú me amabas”.
El hombre sonrió. Su sonrisa era tan brillante
que incluso la mariposa podía ver su fulgor, como pétalos multicolores.
“Me amabas, y por eso estás embarazado”.
“Mentira”.
El rostro del chico palideció. Sus puños
apretados parecían a punto de clavar las uñas en las palmas. Sus ojos, rojos
por los vasos sanguíneos, se volvieron profundos como un pozo. Esa oscuridad.
La mariposa deseó que alguien lo salvara.
“¿Recordaste qué le pasó?”.
El chico asintió por reflejo, su rostro aún
más pálido. Lágrimas brotaron de sus ojos de pozo, teñidos de desesperación y
tristeza.
“Haeim, ¿realmente lo recordaste?”.
Otro asentimiento reflejo. El chico se limpió
las lágrimas con el dorso de la mano. La mariposa quiso posarse en su mejilla y
beber esas lágrimas. Qué extraña intimidad.
“¿Qué pasó?”.
“Murió…”.
El chico habló lentamente, sin expresión. El
hombre soltó una carcajada, maligna, peligrosa y hermosa.
“Parece que lo recordaste”.
Dicen que las mariposas son almas de los
muertos. Que lo que alguna vez fue un alma se convierte en mariposa. En ese
momento, la mariposa de almizcle sintió que era el alma de un muerto. Por eso
voló hacia el chico, porque era alguien a quien él amó.
“Sí, murió”.
Qué fría y maligna era la voz del hombre. Sus
ojos oscuros como sombras carecían de emoción. Solo la sonrisa en sus labios
revelaba un extraño placer. En el fondo, había odio, un cuchillo que hería al
chico.
“Era nuestro hermano”.
El cuerpo del chico comenzó a temblar, como si
sintiera un dolor infinito. Las lágrimas desbordaban sus ojos, formando un
pantano que la mariposa no podía cruzar.
“Ahora está muerto, y solo me tienes a mí”.
“No”.
Murmuró el chico, aturdido, con las manos en
el vientre.
“No”.
Cada negación desesperada engrosaba el dolor
de la ausencia, como polvo acumulándose en una casa vieja, pero el chico seguía
rechazando la verdad.
“El hermano estaba bien. Cuando salí de la
casa, dormía… No puede estar muerto”.
“Hubo un accidente. Todos sus huesos se
rompieron, sus entrañas reventaron, su cráneo se quebró. Murió de forma
miserable y dolorosa”.
“¡No!”.
El chico tembló violentamente. La mariposa
sintió un frío en el pecho por su sufrimiento. El chico se retorcía y gritaba.
El hombre disfrutaba de su dolor.
¿Amaba el hombre al chico? La mariposa no
entendía las emociones humanas. Su mundo era simple: hermoso o no. El hombre
era hermoso, pero no lo era. La mariposa no podía comprender esa dualidad.
El hombre tomó la muñeca del chico.
“Cálmate, no es bueno para el bebé. Necesitas
estabilidad, Haeim. No te preocupes. Cuidaré bien a los bebés, como si fueran
míos. A diferencia de nosotros, que sufrimos bajo padres locos, les daré amor
infinito. Sin hambre ni dolor, no como esa mujer que, añoro un hijo cambiado y
odió al suyo. Los criaré como si fueran míos”.
El hombre abrazó al chico a la fuerza. Este se
resistió débilmente, un acto inútil.
“Me duele el vientre”.
Murmuró el chico, aturdido. El hombre miró
hacia abajo. Los pantalones del chico estaban mojados con líquido amniótico,
que pronto se tiñó de sangre.
“Me duele el vientre, hermano”.
Su voz parecía apagarse, a punto de
desvanecerse, arrastrada por el líquido y la sangre. El chico se deslizó hacia
abajo. El hombre lo sostuvo por las axilas, con el rostro pálido pero sin
perder la calma.
“¡Señora Shin! ¡Señora Shin!”.
Un grito repentino hizo que una mujer saliera
corriendo de la casa. “¿Qué pasa?” preguntó con calma, pero al ver el charco de
líquido amniótico y sangre en el suelo, soltó un grito.
“Parece que Haeim va a tener un parto
prematuro. Todavía falta tiempo para el nacimiento, así que por favor llama al
911 ahora mismo”.
El hombre dio instrucciones con una voz
tranquila que lo hacía parecer inhumanamente frío. La preocupación era tarea de
la mariposa. A pesar del viento fuerte, la mariposa revoloteaba alrededor del
chico. Por un momento, la mirada del chico se posó en el patrón de luna en las
alas de la mariposa. Extendió la mano con un gesto vacío.
“Con tanto viento, ¿podrá despegar un
helicóptero?” dijo la mujer, aterrada.
El chico parpadeaba cada vez más lento, con
una sonrisa vaga, como si hubiera escapado del dolor. Aunque la sangre mezclada
con líquido amniótico seguía fluyendo entre sus piernas, parecía haber olvidado
el sufrimiento.
“¡Solo haz la llamada! ¿Por qué hablas tanto?”
replicó el hombre, su voz elevada, mostrando que no estaba tan tranquilo como
parecía.
Alzó al chico en brazos y lo llevó al interior
de la casa desde la terraza. La mariposa los siguió justo antes de que la
puerta se cerrara.
El hombre acostó al chico en un sofá y le
acarició la frente empapada de sudor frío.
“Estarás bien”.
“Aunque no lo esté… no importa”.
El chico murmuró, aturdido. De pronto, su
cuerpo convulsionó. Incapaz de controlar los espasmos, su cuerpo se retorcía
sin control. El hombre lo sujetó con fuerza.
“¡Ah, duele!”.
El chico abrió la boca al máximo y gritó.
Agitó las piernas, retorciéndose. No, su cuerpo se retorcía solo.
“¡Duele, duele, hermano! ¡Me duele el
vientre!”.
La sangre no dejaba de fluir. Un relámpago
cayó sobre el mar. La mariposa sintió por un instante que era el blanco del
relámpago. Un trueno que parecía derrumbar el cielo siguió, y una lluvia gruesa
y afilada comenzó a caer. Los espasmos del chico se intensificaron.
“Lo siento. Yo… yo fui quien lo hizo mal. Por
favor, abre la puerta. ¡Por favor!”.
El chico comenzó a gritar palabras sin
sentido. Los truenos, relámpagos y la tormenta parecían haberlo llevado a algún
punto doloroso y aterrador del pasado. El hombre reprimió sus movimientos con
fuerza. Los gritos del chico continuaron.
“¡Una partera, encuentren una partera! Alguien
que haya ayudado a un omega a dar a luz. ¡Tiene que haber alguien!”.
La mujer salió corriendo. La mariposa se posó
en el reposabrazos del sofá, observando al chico. Si tuviera manos, o labios,
lo habría consolado. Pero solo tenía alas y tres pares de patas. El dolor y la
confusión del chico se intensificaron.
Palabras entrecortadas se podían entender.
Lo siento. Me equivoqué. Hermano.
Sálvame. Yujue, no me mates.
Finalmente, las convulsiones cesaron. Su
cuerpo parecía rígido, como el de un muerto. La tensión y el dolor no se
aliviaban ni siquiera en su inconsciencia.
“¿Haeim?”.
El hombre le dio unas palmadas en la mejilla.
“¡Haeim!”.
Golpeó con más fuerza, y el chico despertó
llorando.
“Duele, duele…”.
“No te desmayes. Tienes que permanecer
consciente”.
El hombre lo levantó y lo llevó a una
habitación. La mariposa lo siguió volando. La habitación olía a osmanthus
dorado, un aroma cubierto de nieve y hielo.
El chico se aferró al vientre, repitiendo que
le dolía mientras lloraba. Ya no parecía tener fuerzas para resistir.
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“Haeim, está bien. Pronto estarás bien”.
El chico no escuchaba. Sus ojos, fijos en el
vacío, veían algo inexistente, como si fuera ciego.
El hombre le quitó los pantalones holgados. La
sangre seguía fluyendo entre sus piernas. Su rostro palidecía, y sus labios se
volvían azules.
“Aunque muera… no importa”.
Su voz, antes confusa, sonó clara. Como si
alguien al borde de la muerte recobrara la lucidez. Hablaba de morir.
“No intentes salvarme”.
El hombre lo miró, furioso, como si la
debilidad del chico fuera un acto de rebeldía.
“¿Qué, quieres morir para encontrarte con él?”.
El chico no respondió. No tenía obligación de
hacerlo. Sentía que estaba muriendo y estaba seguro de que lo haría.
La mariposa se posó con cuidado junto a su
cabeza. La mujer que salió no regresaba.
La mariposa sintió un hambre intensa. La
sangre del chico le parecía miel. Olía levemente a osmanthus dorado, y a la
mariposa le encantaba ese aroma.
“Tú vas a vivir”.
“¿Por qué, por qué?”.
El chico se resistió. Cada esfuerzo hacía que
la sangre fluyera en mayor cantidad. Afuera, el ruido creció. La mujer regresó,
empapada, acompañada de dos ancianas y un médico.
“Traje a una partera y a un doctor”.
La partera se quitó el impermeable. Las
arrugas de su rostro estaban llenas de agua de lluvia. Se inclinó para examinar
al chico. Los preparativos comenzaron rápidamente. El médico y la partera se
acercaron al chico.
La mariposa esperaba ansiosa lo que vendría.
Si el chico moría… la mariposa creía que su muerte estaba conectada con la
suya.
Si fuera posible, desearía morir aplastado en
su abrazo.
La tormenta no cesaba. Haeim creía que toda
esa tormenta rugía dentro de su cuerpo. Cada relámpago sentía como si le
desgarrara el cuerpo. Era un dolor que nunca había experimentado. Ni siquiera
las noches más solitarias fueron tan dolorosas.
El dolor no era solo físico.
Kang Yuye estaba muerto.
Haeim maldecía la memoria. Ojalá hubiera
vivido olvidando todo eso. Las personas olvidan más de lo que creen. Los
recuerdos son como tinta disuelta en agua: se desvanecen y listo. Pero, como si
lo peor regresara al final, lo que más quería olvidar volvió.
Kang Yuye estaba muerto. El recuerdo de su
muerte era afilado como un cuchillo, frío como el hielo. Cortaba y arañaba su
mente debilitada.
Con los recuerdos regresando, el tiempo sin
ellos se volvía borroso. El dolor los hacía aún más difusos. Todo lo que había
pasado se desgastaba, como lijado con papel de lija, volviéndose opaco.
Esperaba a alguien. Alguien que se fue. No
dejó promesas de regresar, ni siquiera de partir. Desapareció como si nunca
hubiera existido.
Creía que era alguien a quien volvería a ver,
así que lo saludó. O tal vez, al creer que no lo vería de nuevo, no se
despidió. Al intentar recordarlo, todo era azul y borroso.
¿Y si su existencia fue una
alucinación? Tal vez, porque estoy loco.
Haeim gritaba, retorciendo las cuerdas que
ataban sus muñecas, pensando.
Estoy loco.
El dolor era como si tijeras cortaran su
cuerpo, especialmente la parte inferior, como si varios camiones aplastaran su
vientre. Sus entrañas se aplastaban y convertían en papilla.
“Es un parto difícil”.
Se oyó una voz tranquila. ¿De cuántos meses eran
los bebés? ¿Ocho? ¿O siete y medio? Entonces, ¿había pasado tanto tiempo desde
que vio a Yuye?
Si sobrevivía, estaría separado de Yuye por un
tiempo infinito. Eso es la muerte: desaparecer, como si nunca hubiera existido.
El cuerpo de Haeim se convulsionó
violentamente. Sin fuerzas para gritar, solo sollozaba. Sus brazos, atados para
inmovilizarlo. ¿Por qué los ataron así? ¿Estaba en una sala de aislamiento de
un hospital psiquiátrico? Dicen que allí atan a las personas así.
“Ha perdido mucha sangre. Estará débil. Un
omega masculino con un parto prematuro y difícil… podría morir”.
La voz de la anciana era tranquila, como si
mirara a alguien sin esperanza. No había palabras cliché como ‘ánimo’ o ‘lo
lograrás’. Tal vez porque no tenían sentido. Los bebés en su vientre apenas se
movían. Estaban muriendo. Nunca pensó que esa frase encajaría tan bien.
Estaba muriendo.
Junto con los bebés en su vientre.
“Tan joven y qué lástima”.
Murmuró la anciana. De repente, Haeim pensó
que no estaba tan mal. A veces, la muerte era mejor que la vida.
No planeaba morir solo porque Yuye lo hizo. Su
muerte no haría que el mundo se derrumbara ni que el sol saliera por el oeste.
Pero ahora no importaba. Estaba demasiado agotado para pensar.
“Estudiante, no te desmayes”.
Le dieron una medicina amarga por la boca.
Parte entró en su tráquea, causándole asfixia y tos. Su nariz ardía. Rió. No
quiero morir. Solo unas gotas en la tráquea lo hacían sufrir tanto.
Sálvenme.
Pero la voluntad no bastaba para sobrevivir.
Sentía vívidamente cómo su cuerpo perdía funciones. Pensó en los bebés en su
vientre.
Nunca los amó. Morirían sin nacer, sin dejar
rastro, como si nunca hubieran existido. No respirarían el aire del mundo fuera
del líquido amniótico.
“¡El barco hospital! ¡Llegó el barco hospital!
Los médicos traen bolsas de sangre”.
La señora Shin abrió la puerta gritando.
“¡No entres con el cuerpo sucio! ¿Quieres
matarlo?”.
Gritó la partera. La señora Shin cerró la
puerta y habló desde afuera.
“Los médicos están preparando en la habitación
de al lado. ¡Se salvará, se salvará!”.
Haeim sintió un extraño alivio y perdió
completamente la conciencia.
“Dicen que llegó el barco hospital”.
Al escuchar a Jeong-sik, Kang Yuye soltó el
reposabrazos del sofá. Sus manos dejaron marcas de sudor. El parto prematuro de
Haeim fue inesperado. Se suponía que daría a luz en tierra firme. Cuando estaba
en Geumhongdo, había esperanza de mejora. Aunque las náuseas le impedían comer
y se autolesionaba, tras recibir feromonas, parecía mejorar.
Pero después, todo empeoró. Al dejar la isla,
según la señora Shin, Haeim parecía una cáscara vacía. Sin fuerza en cuerpo ni
huesos, apenas podía caminar.
Yuye quiso aparecer ante Haeim varias veces.
Pensaba que eso lo solucionaría todo. Aunque no pudiera aparecer, quería
hacerle saber que estaba vivo.
Pero si revelaba que vivía, Park Kyung-sang no
dejaría a Haeim en paz. Así como Yuye creía que todo era culpa de Kyung-sang,
este creía que Yuye mató a Yang Hee-seong.
Kyung-sang creía en el ojo por ojo. Como Hee-seong
murió, Haeim debía morir.
Hee-seong murió porque no respondió a su amor
apasionado. Porque rechazó que eso fuera amor.
La noche antes de su muerte, Yuye lo criticó
duramente. Pensó que la verdad calmaría su locura. Estaba harto.
Quería aceptar a Hee-seong y criar al niño,
pero no podía tolerar sus locuras. Era joven. Creía que unas palabras
detendrían su desenfreno.
Pero Hee-seong murió. El corazón humano es tan
débil.
Y el niño estaba al borde de la muerte. Yuye
no sabía qué sentía por él. ¿No bastaba con querer protegerlo? Deseaba que no
sufriera, que no se lastimara, incluso tragárselo para protegerlo.
Todo eso era arrogancia.
“Dale algo de dinero al abogado Choi. Cambiar
la ruta debió ser complicado”.
“Debe descansar. Le extrajeron 600 mililitros
de sangre”.
Jeong-sik habló con firmeza, algo raro en él.
Yuye se levantó con el bastón. Al tambalearse, Jeong-sik lo sostuvo
rápidamente.
Apoyado en Jeong-sik, Yuye caminó hacia la
ventana que daba al jardín. Había oído que en Geumhongdo llovía y tronaba.
Aquí, salvo por un cielo nublado, el clima no era malo. Quería llevar este
clima a Geumhongdo.
“Hace años, Yujue encerró a Haeim en un baño
abandonado de una escuela. Ese día hubo una lluvia torrencial y los ríos
cercanos se desbordaron. El baño estaba en una zona baja… el agua llegó hasta
la cintura. Desde entonces, le teme a los truenos”.
Yuye susurró lentamente, como hablando consigo
mismo.
“Debe estar asustado ahora”.
Los preparativos para derribar a Park Kyung-sang
avanzaban. Planeaba revelar que estaba vivo en el momento decisivo. Solo
esperaba que Haeim no se enojara.
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Tal vez tendría que arrodillarse ante el niño.
No importaba si no lo perdonaba fácilmente. Había tiempo de sobra, si el
destino no jugaba malas pasadas.
En silencio, esperó. Las nubes parecían
cenizas de un cigarrillo olvidado. Aunque dejó de fumar hace tiempo, sintió
ganas de un cigarrillo.
“¡Dio a luz sin problemas! ¡Son gemelos, un niño
y una niña!”.
Jeong-sik gritó tras recibir una llamada. Yuye
relajó los hombros tensos. Finalmente nacieron. No lo sentía real.
Probablemente no lo haría hasta verlos. Al sostenerlos y consolarlos, se daría
cuenta de que nacieron de Haeim, con sus genes y sangre.
“Felicidades”.
“Gracias”.
Yuye aceptó las felicitaciones de Jeong-sik
con gusto. Era motivo de celebración. Que Haeim y los bebés estuvieran fuera de
peligro era suficiente para él.
“¿Dijeron que los bebés están sanos?”.
Jeong-sik interrogó rápidamente a la señora
Shin por teléfono. Su rostro se ensombreció al apartar el teléfono. Yuye se
preparó para lo peor, convenciéndose a sí mismo.
Si Haeim estaba a salvo, no importaba. Era
cruel, pero su seguridad era lo primero.
“Los bebés…”.
Los bebés… Yuye imaginó lo peor.
Tal vez habría otra oportunidad para tener
hijos con Haeim. Si fuera posible, lo intentaría de nuevo. Sintió bilis en la
garganta. No era algo para hablar tan a la ligera. Pero no podía caer en la
desesperación si algo les pasaba a los bebés.
“Los bebés están siendo atendidos en el barco
hospital. Planean trasladarlos a tierra firme. Haeim dio a luz sin problemas,
pero perdió mucha sangre, y el parto natural de un omega masculino es muy
riesgoso… Lo llevarán al hospital para observación”.
Jeong-sik transmitió las palabras del otro
lado. Yuye asintió con firmeza.
“Prepáralo para que pueda verlos”.
“No puede. Kang Yujue estará a su lado.
Todavía está con él. Si descubren que está vivo, será un problema. O peligroso”.
Racionalmente, Jeong-sik tenía razón. No debía
ir a ver a Haeim. Pero no podía dejarlo sufrir solo.
Debió haberse sentido herido.
Apareció como un extraño y se fue sin
despedirse. Yuye recordó al Haeim inocente. Con la pérdida de memoria, parecía
mucho más joven que sus veinte años.
Solo se vieron tres veces. Pero el chico, como
era de esperarse, se enamoró ciegamente. Yuye debía responder a esa devoción.
“Aleja a Yujue. ¿Tiene un coche?”.
“Sí”.
“Destrózalo. Crea un problema con eso. Llama a
la policía y hazlo más grande. Eso me dará tiempo para ver a Haeim y a los
bebés”.
“Solo mírelos desde lejos”.
Jeong-sik, aún preocupado, lo confirmó una vez
más. Yuye golpeó el suelo con el bastón. Sabía que Jeong-sik tenía razón. Pero
tenía el presentimiento de que las cosas no saldrían así.
En la unidad de cuidados intensivos
neonatales, había varios bebés en incubadoras. Algunos eran regordetes y
blancos; otros, no tanto. Los gemelos estaban entre los que peor se veían.
Nacer prematuros a los ocho meses no era tan temprano comparado con otros bebés
nacidos antes de las 30 semanas, pero los gemelos eran más delgados y oscuros,
casi negros en lugar de rojos.
Lo único que Yuye podía hacer era mirarlos
desde la ventana. Sin pruebas de su relación, no le permitían entrar.
“Muchos bebés enfermos como estos crecen y se
vuelven saludables. Conozco a un niño que nació a las 26 semanas, no siquiera a
los siete meses, y ahora, a los diez años, está súper sano y fuerte”.
La señora Shin dio palmaditas en la espalda de
Yuye. Él, sin notar su toque, estaba absorto mirando a los bebés.
No podía distinguir a quién se parecían los
bebés, tan oscuros y delgados. Sus ojos estaban sellados con cinta adhesiva. A
diferencia de otros bebés que agitaban los puños luchando contra el mundo,
estos apenas se movían.
Le contaron que no lloraron bien al nacer,
solo emitieron un débil maullido como gatitos. El niño incluso tuvo un paro
cardíaco y fue reanimado con RCP.
No sabían qué problemas pudo causar la falta
de oxígeno en su cerebro.
“Hay bebés en peor estado. Algunos necesitan
cirugía al nacer. Los gemelos no tienen enfermedades graves, así que mejorarán
mucho al salir de la UCI”.
“¿Tenían nombres?”.
“No, señor”.
La señora Shin dudó antes de responder con
honestidad. Yuye no sabía nada sobre criar niños, pero sabía que necesitaban
padres que los amaran. Desafortunadamente, Haeim no tuvo esos padres.
“Supongo que aún no tienen nombres”.
“Porque Haeim está inconsciente”.
Yuye golpeó el suelo con el bastón. En la
incubadora, un bebé despertó y agitó los puños, como luchando contra la muerte.
Yuye acercó más el rostro a la ventana. Aunque no era claro, sentía que el bebé
fruncía el ceño.
“¿Quiere verlos de cerca?”.
Una voz sonó detrás. Al girarse, vio a una
enfermera sonriendo amablemente. Jeong-sik estaba a su lado, asintiendo
levemente.
“¿Es posible?”.
“Venga, desinféctese y póngase una bata
estéril. También los zapatos”.
Yuye siguió a la enfermera. Se puso la bata
estéril, se desinfectó, usó guantes y cubrezapatos, y entró.
Nunca imaginó que algo así le pasaría. Lo
creía imposible y no lo deseaba. Pero al estar frente a la incubadora, sus
dedos temblaron.
De cerca, los bebés parecían aún más frágiles.
Su piel, oscura y moteada, parecía de mono. ¿Todos los recién nacidos eran tan
feos, o estos lo eran especialmente?
Pero su perspectiva cambió cuando un bebé
movió el rostro. Para otros, era un gesto insignificante. Pero para un bebé
cuya vida era un milagro, era una prueba de su lucha por vivir. Para Yuye, esa
expresión torpe parecía una sonrisa, aunque aún estaba lejos de sonreír.
“El bebé está intentando sonreír,” dijo la
enfermera, con alegría en su voz. Esa alegría y sonrisa se sentían como una
bendición.
“Sí”.
Qué tonto debía parecer, diciendo que un
recién nacido sonreía. Pero a Yuye no le importaba lo que pensaran.
Quería confesar que nunca había visto bebés
tan adorables. Aunque eran pequeños, oscuros y delgados, todo en ellos era
precioso: sus ojos, narices, labios y dedos perfectos.
“Quiero cargarlos”.
“No ahora, pero podrá hacerlo durante el
cuidado canguro. Entonces necesitarán las feromonas del padre”.
“¿Parezco el padre?”.
“Oh, ¿no lo es? Pensé que sí, se parecen un
poco…”.
La enfermera, visiblemente avergonzada, no
sabía qué hacer. Yuye quiso reír. Hasta otros pensaban que era el padre.
Siempre creyó que todos los bebés eran iguales, pero ahora veía en ellos rasgos
de Haeim y de sí mismo.
“Soy el padre”.
“¡Qué alivio! Pensé que había cometido un
error”.
“No estuve en el nacimiento por ciertas circunstancias,
pero soy el padre”.
“Qué bueno tener bebés tan hermosos”.
Los bebés estarían sanos. Él se aseguraría de
eso. Los protegería de toda enfermedad y dolor, los resguardaría de la
tormenta.
“Sí, es bueno”.
Realmente lo era. Era una sensación nueva para
Yuye. Otros padres probablemente lo llamarían amor. Pero él no quería decir esa
palabra aún, porque no se la había dicho a Haeim.
Haeim pagó un gran precio por dar a luz a
estos frágiles bebés.
“Pronto estarán bien. Hay bebés más enfermos.
En unos días, estarán irreconocibles. Luego se arrepentirá de haber pensado que
eran feos”.
“No pensé eso”.
“Cuando salgan de la incubadora, abrácelos
mucho. Déjelos oler sus feromonas. Necesitan acostumbrarse a su padre”.
Yuye carraspeó. Algún día podría abrazarlos
abiertamente como un hombre vivo.
“¿Podrían mantener en secreto que estuve aquí?
Por ciertas circunstancias”.
“¿Qué?”.
“Quiero que mantengan en secreto que vi a los
bebés. Por favor”.
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Kang Yuye pidió cortésmente a la enfermera.
Una luz complicada cruzó por sus ojos. Tras un momento de vacilación, la
enfermera asintió.
El tiempo de visita terminó rápidamente. Yuye
permaneció pegado al cristal por un rato. Los bebés, tal vez dormidos, ya no se
movían.
“Señor, no hay tiempo. Si quiere ver a Haeim,
debe moverse ahora,” susurró Jeong-sik.
“¿Está consciente?”.
“Aún no. Probablemente no despierte hoy”.
Yuye estaba preocupado por Haeim. Las noticias
desde que dejó la isla no eran buenas. Haeim estaba en peligro. Los bebés
estaban en peligro. Estaba tan conmocionado que no hablaba.
Cada vez que escuchaba esas noticias, Yuye
quería correr a Geumhongdo. Tuvo que reprimir varias veces el impulso de salir
de su escondite. Sentía una tormenta rugiendo en su pecho, siempre.
Subió al piso 15, a la sala VIP. Gracias a que
había hablado con la enfermera de antemano, pudo entrar sin problemas.
En la habitación individual, Haeim estaba
solo, sin cuidador. Su rostro pálido tenía los ojos cerrados con fuerza.
Parecía demasiado delgado y pequeño.
Se parece.
Haeim se parecía a los bebés recién nacidos.
No podía decir exactamente qué rasgos compartían, pero el peligro había pasado
y pronto despertaría, dijo la enfermera. Solo estaba agotado por el parto y los
sedantes.
“El paciente estaba muy alterado tras dar a
luz, así que le inyectamos sedantes”.
“¿Por qué estaba alterado?”.
“Creía que los bebés estaban muertos. No nos
creía cuando le decíamos que estaban vivos. Tuvimos que darle muchos sedantes
para evitar que se lastimara. No despertará por un tiempo”.
“¿Pueden dejarnos a solas un momento?”.
La enfermera lo miró de arriba abajo y
suspiró.
“Solo cinco minutos”.
Cuando salió, Yuye se acercó a la cama de
Haeim. Sus labios estaban agrietados. Mojó un pañuelo con agua y los humedeció.
Con unas gotas de agua fría, Haeim entreabrió los labios.
¿Por qué pensó que los bebés estaban muertos?
¿Porque nunca tuvo nada, creyó que también había perdido a sus hijos?
Lo que Haeim había perdido: su madre, amigos,
hermano, y la persona que amaba.
Haeim estaba vacío por dentro y por fuera. Por
eso el viento rugía tan fuerte en su interior.
“Los bebés están vivos y muy sanos”.
Yuye mintió. No era del todo una mentira.
Creía que los bebés estarían sanos. En pocos días, serían blancos y radiantes,
llorando y riendo con fuerza. Al final, Haeim estaría satisfecho con su salud.
“¿Por qué pensaste que estaban muertos? Nadie
te los ha quitado. Y no dejaré que nadie lo haga”.
Si atrapaba a Park Kyung-sang, podría
regresar. Una vez eliminadas las amenazas, Haeim estaría a salvo, y podrían
volver con los bebés a la casa en Pyeongchang-dong. Entonces podrían formar
algo parecido a una familia.
Yuye apretó el pañuelo y retrocedió. Al
girarse, escuchó un débil “¿Hermano?” Su voz era tan suave que lo detuvo como
un lazo en los tobillos.
“¿Hermano?”.
Se giró. Los ojos negros de Haeim lo miraban,
pero sin enfoque, llenos de confusión.
“¿Realmente eres mi hermano Yuye?”.
“Sí”.
Tras pensarlo mucho, respondió. Con tantos
sedantes, Haeim debía pensar que esto era un sueño. O eso esperaba Yuye.
“Qué bueno. Por fin apareces en mis sueños”.
¿Debía decir que no era un sueño, o que sí lo
era? Sin saber qué elegir, guardó silencio.
“Nunca apareciste en mis sueños. Si estás
aquí, debo estar muerto”.
“No estás muerto. Los muertos no sueñan”.
Se acercó paso a paso a Haeim, deseando que
realmente pensara que era un sueño. Miró sus ojos nublados. Una mano lenta se
extendió y agarró su ropa.
“Si es un sueño, no te vayas. En un sueño,
puedo hacer lo que quiera”.
“No me iré”.
“¿De verdad no te irás?”.
“Sí”.
“Bien…”.
Haeim cerró los ojos, aún aferrando la ropa.
Yuye miró su rostro dormido. Sus ojos se cerraron suavemente, sus labios
dibujaban una curva. Como alguien teniendo un buen sueño.
Su buen sueño soy yo.
Yuye encontró eso extrañamente curioso. ¿Por
qué este chico lo quería tanto? Tanto como para concebir un hijo de una manera
tan extrema.
No es que no estuviera enojado. Pero sentía
más lástima. Incluso lo entendía. Cuando intentó soltar la mano que sujetaba su
ropa, Haeim abrió los ojos.
“Los bebés están muertos. Yo los maté. Porque
no los amé. Por eso pasó”.
“No. Los bebés están vivos”.
“Mientes”.
Los ojos de Haeim se nublaron, la humedad se
acumuló y, con un parpadeo, las lágrimas se deslizaron.
“No lloraron. Intenté escuchar su llanto,
pero… un médico dijo que el corazón de uno se detuvo. Entonces están muertos”.
¿Cómo lo sabía? Inconsciente, no podía saber
lo que pasó tras el parto. Pero Haeim creía que había presenciado su muerte.
¿Era una simple confusión? ¿O algo que alguien le dijo se enredó en su mente?
No importaba analizarlo; había que asegurarle que los bebés estaban bien.
“Están a salvo. ¿Confías en mí?”.
Acarició su frente. El sudor frío cubría su
ceño fruncido.
“Los vi. Son muy hermosos. No sabes cuánto los
amo. Se parecen a ti, Haeim”.
“Mientes”.
“No miento”.
Yuye habló con firmeza, quizás demasiada. Los
labios de Haeim se pusieron azules y temblaron. Sus dedos apretaron la ropa con
fuerza. Verlo al borde del pánico por un estímulo tan pequeño hizo que Yuye se
sintiera culpable.
“Lo siento, te asusté”.
Acarició su mejilla varias veces. Los dedos
tensos se relajaron.
“No me asusté”.
Haeim mintió. Con labios aún azulados,
mintiendo. Yuye no sabía cómo consolarlo. Ojalá pudiera abrazarlo de verdad.
“De verdad, los bebés están bien. Son hermosos
y sanos. Los amaremos. No, yo ya los amo”.
Sí. Yuye amaba a los bebés. Le tomó solo unos
segundos amarlos. Al verlos, supo que eran suyos. Había una conexión espiritual
inexplicable.
“Haeim, si estás bien, todo lo demás me da
igual”.
Era sincero. Solo quería que Haeim estuviera
bien. Sentía una vaga esperanza de que todo saldría bien. No pedía más. Tras un
rato, Haeim asintió.
“Te creo. Es solo un sueño, pero te creo de
verdad”.
No es un sueño. Quería decírselo. Pero este
encuentro debía quedar como un sueño.
“Me arrepentí un poco. Debería haber querido a
los bebés. Pensé que por ellos no podía verte, que tenerlos causó todo esto.
Los odié. Pero el error fue mío. Yo… yo lo elegí”.
Haeim tosió con fuerza, su cuerpo sacudido
como por una tormenta. Yuye lo levantó un poco y le dio agua. Haeim sonrió, sus
labios húmedos brillaban.
“Realmente parece un sueño”.
“Es un sueño”.
“Lo sé. Porque estás muerto”.
Sabía que no era bueno decir esto a la frágil
mente de Haeim. Pero ahora debía permanecer ‘muerto’. Algún día, cuando
resucitara, le confesaría todo.
“Mi cabeza es un desastre. No sé qué sé y qué
no… ¿Los bebés son hermosos?”.
“Sí”.
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Yuye lo pensaba sinceramente. Al verlos, una
conexión inexplicable lo atrapó. Era una sensación más allá de las palabras.
“Ojalá estuvieras vivo”.
Estoy vivo. Yuye lamentó no poder decirlo. Si
pudiera aliviar su tristeza, lo confesaría. Pero revelar su supervivencia
pondría a Haeim en peligro, como pasó con Hee-seong.
Yang Hee-seong. Desde la caída de su familia,
Yuye sintió una deuda constante con él. Recordarlo traía el aroma de rosas
damascenas, sus mejillas sonrojadas, sus labios, su vientre abultado.
Nunca tuvo sexo con Hee-seong, pero el niño
era suyo, al menos en la mente de Hee-seong.
¿Qué habría pasado si ese niño hubiera nacido?
¿Si Hee-seong estuviera vivo? Pensamientos inútiles. Ahora, Haeim era lo
importante, ligado a él por los dos bebés.
Haeim era el resultado de su vida. No había
sido larga, pero Haeim era su destino. Esperaba que así fuera.
“Estaré vivo”.
“¿En mi corazón?”.
Haeim soltó una risita. Esa frase cliché lo
hizo reír. Yuye no dijo nada, solo esperaba que algún día Haeim lo perdonara.
“Entonces es un buen sueño. Estoy feliz”.
La mano que sujetaba la ropa se soltó. Yuye
acarició el rostro dormido de Haeim. Sus labios rozaron su frente suavemente.
Cuando Haeim despertó, el primer rostro que
vio fue el de Kang Yujue. Su rostro cansado y demacrado parecía agotado, pero
su apariencia era impecable, haciendo imposible saber cuántos días habían
pasado.
“Los bebés están bien”.
Yujue habló apenas Haeim abrió los ojos. Haeim
llevó una mano pesada a su frente. La fiebre había bajado un poco.
Los bebés.
Recordó lo que pasó antes de desmayarse.
Escuchó voces diciendo que los bebés estaban muertos, que no podían salvarlos,
que alguien los había matado.
Haeim gritó que él los mató. Yujue dijo que
estaban vivos, pero no podía creerlo. Imágenes de alucinaciones cruzaron su
mente.
Los bebés estaban muertos, en una fría mesa de
acero. Aún respiraban, sus corazones latían. Una mano adulta cubrió sus cuellos
frágiles. Con presión, los bebés se agitaron. No. Haeim gritó. No toques a mis
hijos. En la mesa de acero, vio su propio rostro riendo maniáticamente.
Por eso creía que los mató. Había un asesino
aquí, así que estaba seguro.
Pero ahora creía que estaban vivos. ¿Por el
sueño? ¿Porque Yuye dijo en el sueño que estaban vivos? Mientras Yuye se volvía
claro, los recuerdos de cuando no los tenía se desvanecían.
Lo único que permanecía era el paisaje de un
campo de ciruelos. Ciruelos rojos y amarillos desprendían un aroma dulce y
secreto. Alguien caminaba entre las ramas entrelazadas, con un olor
maravilloso. Haeim lo abrazó y susurró que lo amaba, que se había enamorado de
él. Solo recordaba eso, que había alguien a quien amaba tanto como para
confesarlo.
“Haeim, ¿me escuchas?”.
“Sí”.
Su voz era áspera, como hecha de arena, a
punto de desmoronarse con el viento. Yujue le ofreció agua y lo ayudó a
incorporarse. Haeim lo empujó suavemente, rechazando el contacto.
“¿Quieres ver a los bebés?”.
“No”.
Estaba cansado. Al mirar su vientre plano,
sintió algo extraño. No sentía que había llevado bebés.
“Estoy cansado”.
No era cierto. No evitaba ver a los bebés por
cansancio. No quería verlos enfermos. Sabía de quién era la culpa de su estado.
“De verdad están bien. Están en cuidados
intensivos, pero pronto estarán mejor”.
“Ajá”.
Respondió con indiferencia. Otros dirían que
era cruel. ¿Cómo podía estar tan tranquilo con bebés enfermos? Pero no sabía
cómo definir sus sentimientos hacia ellos.
¿Los amaba? Nunca lo pensó. ¿Los odiaba? Tal
vez. ¿Por qué los odiaba? En los recuerdos borrosos, siempre los odió. O no los
amó.
Odia a los bebés porque Yuye estaba muerto.
Quería morir. Pero no murió, y por los bebés, ya no tenía oportunidad de
hacerlo.
“Vi una mariposa”.
“¿Eh?”.
“Una mariposa de almizcle. Pude verme a través
de sus ojos”.
“Fue un sueño”.
“Sí, un sueño”.
Como haber visto a Yuye. Yuye se parecía a
alguien, pero no sabía a quién. Su rostro estaba borroso, su voz parecía venir
desde el subsuelo.
Entró por esa puerta al cuarto. En su imagen
borrosa, sus ojos eran claros. ¿Cómo describirlos? Eran afectuosos, con un
toque de melancolía. No era solo la mirada de un amante.
Por eso Haeim supo que los bebés eran de él,
no de Yujue. Pero Yuye estaba muerto, como si nunca hubiera existido. Como
alguien que no nació.
¿Entonces dio a luz a los hijos de un
fantasma? Qué gracioso.
“¿En qué piensas?”.
“En mi hermano”.
“Haeim, él no está. Solo estamos nosotros.
Mamá quería que estuviéramos juntos, ¿lo sabes?”.
Yujue mentía otra vez, al menos sobre el
hermano. Sobre su madre… lo que Haeim había oído de Yujue era la historia de
una mujer que perdió la cordura tras perder un hijo. Solo fragmentos, pero
podía leer la locura en las palabras de Yujue.
¿Debería alegrarse de que su madre lo amara
tanto, o era una tragedia indescriptible? Haeim no lo sabía.
Su madre odiaba a Yujue. Él creció
alimentándose de ese odio. Haeim no sabía cómo lo expresó, pero imaginaba que
era lo opuesto al amor que le dio.
“Mamá te amaba, Haeim. No haría nada que te
lastimara”.
Alguien mintió diciendo que su madre estaba
viva. Alguien encerró la muerte en una habitación que nunca debía abrirse.
Alguien lo hizo desconfiar. Yuye, su hermano.
Sí, mamá me amaba.
“Quiero ver a los bebés”.
Haeim se levantó torpemente, arregló su
cabello desordenado y se sentó al borde de la cama. Intentó usar el soporte de
suero como bastón, pero Yujue trajo una silla de ruedas.
“No puedes caminar aún. Vamos en la silla”.
Sin sorprenderse por el cambio repentino, Yujue
habló con amabilidad. A su manera, tenía paciencia.
Los bebés… bebés están vivos.
Tomaron el ascensor hasta la UCI neonatal.
Muchos bebés estaban allí, indistinguibles. Los recién nacidos parecían todos
iguales.
¿Cómo reconocen los padres a sus hijos entre
rostros tan similares? ¿Era una especie de superpoder? Los recién nacidos eran
como ancianos, sin individualidad. Sin personalidad aún, o atrapados en la
ciénaga de la falta de ella, era difícil distinguir sus rostros.
“¿Dónde están mis bebés?”.
Mis bebés. Sonaba raro, pero debía
acostumbrarse. Como quien los dio a luz, tenía el deber de amarlos. No quería
ser como sus padres.
“Nuestros bebés están allá, el tercero y el
cuarto. Ahí”.
Nuestros bebés.
Haeim quiso negarlo con fuerza, pero se
contuvo. No quería pelear frente a otros. Una enfermera salió y dijo: “Llegaron
los papás”.
Por un momento, sintió algo extraño. Podía ver
las emociones de la enfermera. Su sombra tenía un brillo que significaba
aburrimiento. Sonreía, pero parecía exhausta.
Durante el embarazo, no podía ver las sombras
de las personas. Ahora, tras dar a luz, las veía de nuevo. Era horrible volver
a ese mundo multicolor.
Al girarse, vio la oscuridad rodeando a Yujue.
Esa sombra le era familiar y aterradora.
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“¿Quieren ver a los bebés?”.
“Yo soy el papá”.
Respondió fríamente, y el rostro de la
enfermera palideció. Su sombra se volvió un naranja irritado.
“Oh, lo siento”.
La enfermera corrigió su expresión
rápidamente. Haeim sintió pena por ella. Para aligerar el ambiente, preguntó
por los bebés.
“¿Dónde están mis bebés?”.
“Entren. Cámbiense de ropa y desinféctense”.
La enfermera revisó su brazalete. Haeim siguió
sus instrucciones, se cambió y desinfectó.
“Ahí están la princesa y el príncipe”.
Entró a la UCI neonatal. Su corazón latía con
fuerza al acercarse a los bebés, como si fuera a romperse.
La enfermera señaló a los bebés. Revisó los
brazaletes varias veces. Eran sus hijos.
Eran pequeños, oscuros y delgados. No tenían
la fragilidad rosada que uno asocia con los recién nacidos. Con los ojos
cerrados, agitaban brazos y piernas, luchando contra las olas del mundo. Pero
sus movimientos eran débiles.
De repente, la niña empezó a llorar,
sorprendida por la cercanía de alguien. Sonaba como un gato hambriento.
“Dijeron que eran hermosos”.
“¿Quién?”.
“La gente”.
“Son hermosos”.
Yujue se acercó más a los bebés. No eran
hermosos. Eso le dolió.
“Yo…”.
Haeim contuvo las palabras. Quería abrazarlos.
También quería huir de esa habitación. Quería limpiar sus lágrimas, pero
también dejarlos llorar hasta agotarse. Extendió la mano y tocó la mejilla de
uno.
El bebé dejó de llorar. Su rostro se movió.
Era una expresión extraña.
“Más adelante podrán abrazarlos. Una hora al
día, colóquenlos en su pecho, como en el vientre, para que escuchen su corazón.
Se llama cuidado canguro, los estabiliza mucho más que la incubadora”.
“¿Estarán sanos?”.
“Claro, pronto estarán bien”.
Las lágrimas de Haeim cayeron. Porque los
odió. Porque no los amó. Porque culpó a los bebés de todas sus desgracias.
“Todo es mi culpa”.
Haeim se culpaba por su falta de salud.
Durante los ocho meses, o siete y medio, no les dio suficiente amor. Pero nunca
deseó que les pasara algo malo.
“Todo es mi culpa”.
Mordió sus labios. Llorar era débil. Aunque
tuvo un embarazo difícil, la razón de su enfermedad era una sola.
Falta de amor.
“No llores”.
Yujue lo abrazó suavemente por los hombros.
“Estarán bien. Los criaremos bien. Crecerán
hermosos”.
¿Por qué tú? ¿Por qué dices que criarás a mis
hijos? Quiso confrontarlo. ¿Por qué Yujue hacía esto? Una palabra lo explicaba:
estaba loco. Siempre lo estuvo.
“No son tus hijos”.
La voz de Haeim tembló. Aferró el borde de la
incubadora. Yujue lo agotaba.
“Es cierto, son tus hijos. Quería que tuvieras
a mis hijos, Haeim. Tus hijos”.
¿Yujue era estéril? Si no, no estaría
obsesionado con los hijos de Yuye. Eso le dio miedo y escalofríos. Lo abrazó
con más fuerza.
“Haeim, ¿crees que soy estéril?”.
Yujue soltó una carcajada larga, más intensa
que una risa, llena de desprecio y burla.
“Qué imaginación. No hay nada malo con mi función
sexual”.
No lo había considerado. Entonces, ¿por qué
decía que los hijos de Yuye eran suyos, como si fuera lo correcto?
“No estoy estéril”.
Yujue le acarició la cabeza.
“Me gustan los hijos que diste a luz. Solo quiero
ser el padre de tus hijos”.
Puras tonterías. Quiso gritar que eran
mentiras, pero no salió ninguna palabra. Como a veces pasaba. Mientras se
aferraba al cuello, Yujue dejó de acariciarle la cabeza y frunció el ceño. Su
rostro se torció ligeramente.
“¿Otra vez no puedes hablar?”.
La mano en su cuello parecía un grillete a
punto de estrangularlo. Asustado, retrocedió. La mano de Yujue apretó más, y
Haeim siguió retrocediendo. Todo daba vueltas. Los ojos de Yujue parecían
arder. ¿Lo que los encendía era odio?
La incubadora chocó contra la pared. En ese
momento, todo volvió a su lugar. No había fuego, y los ojos de Yujue eran
pacíficos.
Una, dos, tres veces.
Yujue parpadeó lentamente. Haeim apartó su
mano de su cuello. Su cuerpo estaba empapado de sudor frío.
“¿Haeim? ¿Estás bien?”.
Asintió, temeroso de hablar. Entregó al bebé a
la enfermera. Temía que una chispa oculta prendiera a los bebés,
convirtiéndolos en llamas. Empujó la silla de ruedas rápidamente para salir de
la UCI. Tenía que ir a algún lado. A cualquier lado.
¿Para escapar de Yujue?
Sí, huyendo de Kang Yujue.
De repente, la silla de ruedas perdió el
equilibrio. Su cuerpo fue arrojado al suelo. Un dolor agudo recorrió su brazo.
La aguja del suero había rasgado una vena, y la sangre brotaba del brazo.
Su cuerpo, aún no recuperado, dolía como si se
rompiera. La gente murmuraba. Intentó levantarse, pero no podía moverse. Tras
un rato sin poder incorporarse, alguien lo ayudó a levantarse.
“¿Qué ha pasado?”.
Era la señora Shin. Su voz era casi un grito.
Ella apretó el brazo que sangraba para detener la hemorragia. Un mareo lo
invadió, con náuseas subiendo. La gente corrió hacia él. Su conciencia se
desvaneció por completo.
“Kwon Haeim se ha desmayado de nuevo”.
Kang Yuye agarró con fuerza el reposabrazos
del sofá ante la noticia de Jeong-sik. Pidió disculpas al congresista Seok, que
estaba con él, y salió un momento de la suite. La expresión de Jeong-sik era
grave.
“¿Cómo pasó eso?”.
“La señora Shin no sabe los detalles, pero
Haeim fue a ver a los bebés y de repente salió corriendo de la UCI neonatal y
se desmayó. Tenía la aguja intravenosa puesta, y al caer, se rasgó la vena.
Ahora está estable”.
“¿No sabes qué pasó?”.
“Aún no ha recuperado la conciencia”.
¿Qué había pasado? Rasgarse una vena por una
aguja intravenosa no era algo menor. Debió asustarse mucho.
De repente, recordó cómo Haeim se aferró a su
ropa en pánico. Era un chico que entraba fácilmente en crisis por cosas
pequeñas. Para Haeim, con un cuerpo y mente no sanos, todo era un estímulo. Y
todo era un peligro.
“Es realmente inquietante”.
Yuye miró la esquina por un largo rato.
“Cuídalo bien. ¿Los bebés? ¿Están bien?”.
“Están estables”.
“No han mejorado”.
“Eso parece”.
“Entendido”.
Asintió ante las palabras de Jeong-sik. Estaba
preocupado por Haeim y los bebés. Pero no podía ir ahora. Ser un muerto era
difícil. Un fantasma no podía salir de día.
Pero pensando que no quedaba mucho, se sentía
aliviado. Solo esperaba que nada le pasara a Haeim antes.
Al volver a la suite, el congresista Seok, que
había estado tocando los adornos del aparador, regresó al sofá. Sus labios
curvados hacia abajo mostraban su descontento. Ocultó su irritación con una
sonrisa.
“¿Era algo urgente?”.
“Sí”.
“¿Familia?”.
“Sí”.
Familia. Sí, Haeim era familia. No había otra
palabra para describirlo. La mayoría no capturaba con precisión su relación.
Incluso ‘familia’ no era suficiente.
“Pero, ¿tú tenías familia? Nunca has
mencionado nada. Llevamos conociéndonos mucho tiempo, y nunca lo dijiste. Pensé
que no tenías”.
“Tengo una pareja y niños”.
“¿Niños? ¿Por qué no dijiste nada? ¿Saben que
estás vivo?”.
“No lo saben”.
Los ojos del congresista Seok se oscurecieron.
“Debemos acelerar las cosas. Así podrás dejar
de fingir ser un fantasma. Ese tipo en la prisión china, ¿está bien custodiado?
El que testificará contra Park Kyung-sang. Es importante”.
“Lo estamos manejando”.
Estaban en la fase final. Una vez terminada,
podría ir a Haeim. Diría abiertamente que era su pareja y el padre de sus
hijos. La venganza acabaría, y se liberaría del fantasma de Yang Hee-seong. Aunque
no era solo un fantasma.
“Ha sido largo. Recopilando evidencia,
investigando, con la presión política constante. Debió ser agotador”.
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El congresista Seok se presionó el entrecejo y
el puente de la nariz con los dedos.
“La última semana es crucial. Aguanta una
semana. Luego, lo soltamos a la prensa, yo hablo en el parlamento, y nuestra
misión termina. El diputado Park Kyung-sang caerá allí mismo. Su título de
joven político prometedor se romperá, y acabará en el patíbulo”.
Solo esperaba que así fuera. Yuye cambió el
tono a uno más ligero.
“Felicidades. Con este logro, obtendrá el
liderazgo de la oposición. Es un escándalo histórico”.
“El liderazgo es secundario”.
Los ojos del congresista Seok se arrugaron con
alegría genuina. Que fuera líder de la oposición no sería malo para Yuye. Ni
bueno, pero podía felicitarlo.
“Bueno, gracias por las felicitaciones. Es la
mejor posición para avanzar mi agenda”.
El congresista Seok se levantó. Su asistente
se acercó para ayudarlo con el abrigo. En ese momento, llegó el servicio de
habitaciones. El congresista Seok se detuvo y miró al empleado del hotel que
traía la bandeja.
“¿Champán? ¿No es un poco pronto para abrirlo?
Pedí coñac para ti”.
Un mal presentimiento cruzó la mente de Yuye.
Si el congresista Seok no pidió champán, entonces era obvio: un intruso
disfrazado de empleado.
“¡Atrápenlo!”.
Al grito de Yuye, Jeong-sik se abalanzó sobre
el hombre. Pero el falso empleado sacó un cuchillo largo y lo blandió
salvajemente. Jeong-sik se lanzó con el cuerpo, preparándose para ser
apuñalado, pero el hombre, incluso bajo su peso, se sacudió y se levantó. Una
fuerza increíble.
“¡Protejan al congresista!”.
El asistente del congresista Seok se
interpuso. Yuye agarró el hombro del hombre desde atrás. Era como acero. Al
blandir el cuchillo, Yuye lo agarró por la hoja y lo giró. Un dolor agudo en la
palma.
Al quitarle el cuchillo, el intruso sacó un
segundo. Estaba preparado con varios. Yuye supuso que Park Kyung-sang ya sabía
que estaba vivo. De lo contrario, no enviaría a alguien aquí, tan
meticulosamente, armado con múltiples cuchillos. Su vida de fantasma solo había
sido ganar tiempo.
El hombre se lanzó con ferocidad. Yuye se giró
para esquivar el cuchillo y golpeó su abdomen con el puño. El hombre se
tambaleó al recibir en el plexo solar.
Olía a rosas damascenas. Un adicto a Summer.
Estaba claro quién lo envió. Nunca dudó de que fuera Park Kyung-sang. Yuye
clavó el cuchillo en su muslo. El hombre se agarró la pierna y aulló. Jeong-sik
lo ató en ese momento. El hombre se retorcía bajo él.
El congresista Seok, aterrorizado, se deslizó
al suelo. Su pantalón estaba mojado de orina. Yuye lo despreció en silencio,
pero no lo mostró.
“Está bien”.
“¿Qué, qué demonios?”.
“Intentaron eliminarme en un accidente de
tráfico; no dejarían en paz a un congresista como usted”.
“Creí que nuestra sociedad era un secreto
absoluto”.
“¿Existe un secreto absoluto?”.
Yuye replicó. El congresista Seok cerró la
boca sin responder. Yuye ordenó a la gente que se llevara al hombre. Al menos,
el congresista Seok no estaba herido.
“Park Kyung-sang, ese bastardo. ¿Quién filtró
la información? Debo atraparlo y torturarlo”.
El congresista Seok temblaba.
“¿Qué hará con Park Kyung-sang?”.
“Debemos adelantar el plan. Si lo dejamos, ni
nueve vidas bastarían”.
“¿Cuánto?”.
“Tres días. En tres días”.
Yuye chasqueó los dedos. Jeong-sik entregó al
intruso a los que esperaban afuera y se acercó a Yuye.
“Aumenta el número de protectores para Haeim.
Y también los que vigilan a Park Kyung-sang. En tres días, lo destituiremos en
el parlamento. Protege bien al testigo en China”.
Yuye dio varias órdenes. En ese momento, los
que sujetaban al hombre gritaron. El intruso se liberó y se lanzó hacia el congresista
Seok como una bestia. Saltó sobre él y lo estranguló. El congresista Seok
agitaba las piernas en el aire.
Su rostro se volvió púrpura, sus movimientos
se debilitaron. Yuye y Jeong-sik intentaron apartarlo, pero era difícil. La
respiración del congresista Seok se detuvo. Sin opción, Yuye recogió un
cuchillo del suelo y lo clavó en el costado del hombre. Solo entonces soltó el
cuello.
Yuye pateó al hombre en el suelo dos o tres
veces. Cada patada hacía que la sangre brotara de las heridas en su costado y
muslo.
“Tendré que dar una buena propina a la
limpieza”.
La sangre empapó la alfombra y se acumuló en
el mármol. Yuye la frotó con la punta del pie. El congresista Seok jadeaba y
vomitaba.
“Si vomita ahora, se lastimará la garganta. Tiene
que hablar en tres días”.
Yuye palmeó la espalda del congresista Seok
con calma. Este se incorporó y se recostó en el sofá, pálido y sudando.
“Park Kyung-sang, ¿verdad? ¿Su obra?”.
“Olía a rosas damascenas. El aroma de un
adicto a Summer, así que el instigador es Park Kyung-sang. Usó a un pobre
adicto. Podría haberlo atacado en otro momento, pero eligió cuando Jeong-sik y
yo estábamos aquí. Mala suerte”.
Jeong-sik llamó al 119 y al 112. Ayudaron al congresista
Seok a sentarse en el sofá y esperaron a la policía. Habiendo vivido como
fantasma por meses, era hora de volver a ser humano. Yuye suspiró brevemente y
se puso el abrigo.
“¿Vamos?”.
Tuve un sueño. Un sueño en el que estaba
sentado frente a Kang Yuye. Su rostro no era borroso, solo sus ojos brillantes
eran claros.
Haeim estaba sentado a la mesa, recibiendo la
luz del sol por la amplia ventana. El viento hacía ruido en el árbol de
albaricoque afuera. El sonido de las hojas chocando era como cuchillas rozando.
Frente a él, Yuye estaba sentado, y en la mesa
había un gran plato cubierto por una cúpula opaca.
Haeim esperaba con el corazón acelerado lo que
había debajo. La cúpula bloqueaba cualquier aroma, imposible adivinar qué
contenía. Solo esperaba que fuera algo que lo hiciera feliz.
Yuye, frente a él, no sonreía. De repente,
Haeim recordó algo del mundo real. En la realidad, habían planeado hornear
madeleines y financiers. Y preparar un té fragante y dulce.
Pero nada de eso pasó. Preparó té, pero…
estaba envenenado. Así que deseaba que el plato contuviera madeleines y
financiers. Pensando eso, sintió un aroma a té desde algún lado.
Pero no lo sería. No se permitía comida que
hiciera feliz a la gente. Los infelices siempre lo eran. La infelicidad era un
pantano infinito; una vez dentro, solo podías esperar a que disolviera tu
cuerpo. Con suerte… podrías arrastrarte como un esqueleto si el pantano se
secaba.
Esa esperanza.
Haeim hacía tiempo que no creía en la
esperanza. Era un demonio malvado que manipulaba el destino, un cuchillo que
cortaba el corazón, y al final se llevaba la vida de quien la albergaba. Por eso
la temía: nunca se cumpliría.
Así que, naturalmente, no había nada bueno en
ese plato.
No debía mirar dentro.
Forzó su mirada lejos del plato. Pero en el
borde de su visión, el plato tenía una presencia abrumadora.
Come.
Yuye en el sueño lo dijo. Su voz se parecía a
alguien. Alguien a quien no debió conocer. Conocerlo fue un error, y su partida
lo dejó devastado.
“¿Por qué te fuiste?”.
Miró el plato con patrones giratorios,
preguntando. Los patrones lo succionaban hacia adentro. Qué ridículo sentir
vértigo en un sueño.
No sabía quién estaba frente a él. Pensó que
era Yuye, pero era alguien que se fue. ¿Cuál era su nombre?
La persona frente a él no respondió. Solo lo
miró en silencio. Haeim se dio cuenta de que esperaba que él abriera la cúpula.
Cuando abrió la cúpula en la mesa, dentro
había… los… de los bebés…
Haeim abrió los ojos. Todo su cuerpo dolía
como si lo hubieran golpeado. Especialmente el brazo izquierdo. Al levantarlo,
vio un vendaje grueso. Recordó el último momento: huyendo de Yujue, la silla de
ruedas se deslizó al suelo. Probablemente la aguja rasgó la vena entonces.
Tuvo un sueño. Una pesadilla. ¿Qué encontró
bajo la cúpula? No quería saberlo. No quería conocer el final de ese sueño.
“¿Despertaste?”.
Era Yujue. Asintió, y el rostro de Yujue se
iluminó. Pero la oscuridad ondulando detrás hacía difícil saber si era genuina.
“Me preocupé mucho. Te desmayaste de repente”.
Intentaste estrangularme.
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Haeim abrió los labios para hablar. Pero por
más que lo intentara, ningún sonido salía de su garganta. Solo gemidos
incoherentes, como un animal que no había aprendido a hablar.
“¿Qué pasa? ¿Otra vez no puedes hablar?”.
Antes de desmayarse, tampoco pudo. Vio en los
ojos de Yujue cuchillos de muerte y odio cuando lo agarró del cuello. Su gran
mano como un grillete, a punto de romperlo. Por eso huyó. Para sobrevivir.
Yujue era quien apagaba las luces. Ahora lo
entendía claramente. No sabía si su atención era amor, odio o algo más. Pero
sabía que estaba listo para apagar las luces de la esperanza, la alegría o la
felicidad en el corazón de alguien.
“¿Vamos al psiquiatra? No es el cuello. ¿Te
parece bien una consulta psiquiátrica?”.
Ir al psiquiatra solo daría más pastillas.
Negó con la cabeza, y Yujue mordió su labio ligeramente. Sus ojos parecían
preocupados de verdad. Pero Yujue era experto en mentiras convincentes.
“Si no quieres, no iremos”.
Yujue frotó su entrecejo con gentileza. Haeim
no respondió. No asintió ni negó. Solo yació mirando el techo, aturdido.
Imágenes de los bebés cruzaron su mente.
¿Qué hago ahora? Sentía que había perdido todo
su futuro, qué hacer, cómo vivir. Pero tenía que vivir con los bebés de alguna
manera. Serían días agotadores. Tal vez querría morir.
De repente, sintió sed. Pero no quería pedirle
a Yujue que le diera agua. No quería pedirle nada.
“Deberías recuperar la voz pronto”.
No tenía nada que decir, así que no quería
recuperarla. Hubo un tiempo en que su corazón estaba lleno de palabras suaves,
listas para susurrar a Yuye. Creía que para traducir el mundo que él no veía,
solo se necesitaban palabras hermosas. Ahora, no necesitaba ninguna.
“Un momento, tengo una llamada”.
Yujue entró al baño para contestar. Se oyó
agua corriendo. Desde el baño, Yujue dijo: “Sí, congresista”.
Diputado. Siempre se preguntó cómo Yujue
conocía a alguien tan importante. Antes también llamó a este ‘congresista’.
Recibir llamadas tan familiarmente no era una relación común. ¿Sería Park Kyung-sang?
Haeim rió ante su propio pensamiento.
Se incorporó en la cama. Al bajar, sus piernas
temblaron. Su pelvis y espalda dolían, no podía sostenerse. Pero se arrastró
agarrando la pared hasta el baño. Se oyó agua. Y a través del agua, la voz baja
de Yujue.
“Aún no es el momento”.
¿Qué no era el momento?
“Aún no. No quiero usarlo todavía”.
Alguien que Yujue podía usar. Haeim intuyó que
era él. Pero no entendía por qué. ¿Usarlo para qué, dónde?
“Le dije que no es el momento”.
Tono irritado. El congresista parecía hacer
una demanda difícil por teléfono. ¿Qué relación tenían?
“Veré las noticias”.
Voz calmada de nuevo.
“Cuando sea el momento adecuado, lo haré yo”.
Haeim intentó unir las piezas en esa situación
incomprensible.
Cuando fuera el momento, lo usaría. A él.
“Que esté vivo… no es tan sorprendente. Lo
esperaba”.
¿Qué esperaba? ¿Quién estaba vivo? Su corazón
latió con esperanza. Pero no podía ser.
“No nos hemos visto, pero sí, lo intuí. Me
sorprende que usted lo sepa ahora. ¿No está su red de información en ruinas?”.
Las palabras de Yujue continuaron.
“¿Está en las noticias?”.
Haeim regresó lentamente a la cama. ¿Qué
noticias? Quería encender la TV, pero no quería que lo pillaran espiando.
Al acostarse, Yujue salió del baño. Su sonrisa
no cambió, pero su oscuridad ocultaba sus pensamientos y emociones.
“Vuelvo en un rato”.
Probablemente para ver las noticias. Haeim
asintió. Sin voz, solo podía hacerlo. Tras salir Yujue, sacó su teléfono y revisó
las noticias en silencio.
[Noticia de última hora] Congresista Seok
Jung-geol muerto. Se arrojó al río Paldang. No hay signos de homicidio.
El congresista de tres términos, Seok
Jung-geol, debía ser el ‘congresista’ al teléfono. ¿Qué relación tenían? ¿Cómo
planeaban usarlo?
Haeim no entendía cómo funcionaba esto. Pero
esta muerte traería un gran cambio, eso era claro.
“¿El congresista Seok murió?”.
Kang Yuye estaba sentado en la sala de su
escondite. Su mano, aún no curada, estaba vendada. Por agarrar la hoja del
cuchillo tan salvajemente, le dolía mucho. Pero el malestar físico era nada
comparado con la nueva información.
Suicidio. Absurdo. ¿Arrojarse al río Paldang?
Estaba lejos de su oficina y casa. ¿Y alguien tan ambicioso suicidándose?
Imposible. Gente como el congresista Seok no se suicidaba. No podía.
“Claramente, Park Kyung-sang intervino. Pensó
que sin el congresista Seok, nadie tomaría esa papa caliente”.
Yuye cerró rápidamente las noticias. Los
comentarios eran intensos. ¿Movilizaron un equipo de bots? Se exponían las
corrupciones y el pasado turbio de Seok Jung-geol. Incluyendo inteligencia de
que planeaba difamar a Park Kyung-sang.
Giró la cabeza hacia la pila de documentos en
la mesa. Los archivos y grabaciones detallaban los crímenes de Park Kyung-sang
antes de ser diputado.
La verdad sobre que él tiene una relación
cercana con el fabricante y distribuidor de la nueva droga Summer, acumuló
riqueza de esa manera y sobornó al partido para obtener una candidatura,
quedará completamente enterrada bajo las revelaciones sobre el congresista
Seok.
Entonces, si no es el congresista Seok, ¿a
quién usarán? Aunque los principales medios acepten estos documentos, sin Seok,
no se podría avanzar después.
Derribar completamente a Park Kyung-sang no es
algo sencillo. Como un ciudadano común, lo que Kang Yuye podía hacer era
insignificante.
Entonces, ¿qué hacer ahora? Rendirte a estas
alturas era imposible. La relación con Park Kyung-sang era de vida o muerte.
“¿Qué tanto piensas? Solo entrégalo. Dejemos
el resto al destino,” dijo Choi Hyeong-cheol con ligereza.
Tal vez, como dijo Choi, debían aceptar el
destino. Los dados ya estaban tirados, y no había forma de detener este tren.
Yuye llamó a Jeong-sik y señaló los documentos
en la mesa.
“Envía esto a MBS. Es lo más confiable. Y
sería bueno conectar con un programa de asuntos públicos independiente”.
Jeong-sik asintió y recogió los documentos.
“In-hyeon lo sabría mejor. Es especialista en
eso. ¿No hay algo como Radar Político? Sí, eso. Dicen que es un canal independiente
bastante conocido”.
“Contacta con ellos también”.
“Contactar es fácil. La cuestión es si
mostrarán interés. Puede parecer simple hacer caer a un diputado novato, pero
el partido no se quedará de brazos cruzados ante un escándalo así”.
“Lo sé”.
Lo supo desde el principio. Todo comenzó con
la muerte de Yang Hee-seong. Era pagar dos muertes con una vida. La justicia
debía cumplirse.
De repente, pensó en Haeim. Y en los bebés
también. Por esos bebés que luchaban débilmente contra el mundo, nada debía
pasar. Yuye quería reunirse con Haeim y decirle que estaba vivo.
“Protege a Haeim y a los bebés. No puede haber
ni un solo error”.
“Por Dios, como si no lo supiera,” refunfuñó Choi
Hyeong-cheol.
¿Qué estaría haciendo Haeim ahora? ¿Estaría
viendo a los bebés? Esos bebés inocentes. Yuye quería que Haeim siempre
sonriera, no con esa mirada triste, siempre al borde de las lágrimas, sino
riendo, hablando, amando.
¿Desde cuándo tuvo ese deseo? Tal vez desde
que Haeim desapareció. El corazón humano es extraño; hay cosas que solo se
entienden en la ausencia. Había un sentimiento que nacía en las ruinas de un
espacio vacío.
“Si pudiera vengar a Hee-seong, no me
importaría lo que viniera después. El culpable soy yo. Pero desde que me di
cuenta de que tengo personas por las que soy responsable…”.
Yuye agitó un viejo globo de nieve en la mesa.
Una tormenta de nieve se desató, cubriendo una casita y un árbol con nieve
artificial. La luz dentro de la casa brillaba claramente a pesar de la
tormenta. Una familia celebrando una fiesta reía dentro de la ventana.
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“Haeim es mi responsabilidad. Yo lo traje. Y
los gemelos que dio a luz son mi sangre”.
“¿Entonces lo amas?”.
Yuye detuvo la mano que agitaba el globo. La
pregunta repentina de Choi Hyeong-cheol lo desconcertó. Nunca lo había pensado.
Eran compañeros marcados, habían tenido sexo, habían tenido hijos.
“No necesitas amar a alguien para cuidarlo.
Puedes criar hijos. No todas las parejas tienen hijos por amor ardiente”.
“Bueno, es cierto. Eres conocido por tu
sentido de responsabilidad, así que cuidarás bien de ese melón y de tus hijos.
Pero, ¿de verdad no lo amas?”.
“¿En esta situación necesito hablar de amor o
algo por el estilo? Decir que amo o no amo no cambia nada”.
¿Amar? En esta etapa, no lo sabía. Había
pensado que Haeim era adorable varias veces. Había querido besarlo, abrazarlo.
Y lo hizo. Pero no podía decir que eso era amor. Para empezar, Yuye no sabía
qué era el amor.
Su corazón era como niebla, y no tenía forma
de rescatar las palabras escondidas en ella.
Solo una cosa era segura: quería protegerlo de
más heridas. Dicen que no hay árbol que no se sacuda, que las heridas hacen
crecer a las personas, pero Yuye deseaba que Haeim no tuviera más cicatrices.
Ya tenía demasiadas. No importaba si no crecía más.
“No es mi asunto, pero me da pena ese chico.
Parece que realmente te ama. Si no, no estaría tan loco”.
“Es joven y débil, por eso”.
“¿Cuándo será un melón maduro?”.
Choi Hyeong-cheol se
burló.
“Haeim no es un melón”.
“Piensa lo que quieras. ¿Qué harás si esto
termina bien?”.
“Vivir con Haeim y los bebés, obviamente”.
“¿Cómo sabes que él querrá vivir contigo?”.
Las palabras de Choi Hyeong-cheol lo hicieron
enderezarse. No lo había considerado. Creía que, naturalmente, formarían una
familia juntos. Se dio cuenta de lo egoísta que era.
“Tú dejaste que se volviera medio loco.
Fingiste morir en un accidente, te acercaste con otra cara, y te fuiste sin
decir nada. Hasta una persona cuerda estaría furiosa”.
“No tuve opción”.
“No importa cómo lo expliques, suena a excusa.
Bueno, no es mi problema. Nunca me gustó ese chico”.
Choi Hyeong-cheol se sacudió las manos.
¿Cómo pedirle perdón a Haeim? Creía que,
naturalmente, vivirían juntos con los bebés. ¿No era eso también una forma de
violencia contra Haeim?
“Voy a tratarlo muy bien”.
Los bebés eran débiles, pero luchaban por
sobrevivir. Yuye creía que, por ellos, podía volver a ver el mundo.
“¿No es un poco cursi para ti?”.
“Tal vez”.
“Sí, no te pega”.
Choi Hyeong-cheol respondió con sarcasmo. Yuye
negó con la cabeza. Debía concentrarse en lo inmediato. Sobrevivir y proteger a
Haeim.
“Hay que proteger a Haeim de Yujue”.
“¿No es mejor así? De alguna manera, Yujue lo
está protegiendo ahora, ¿no?”.
“Yujue es peligroso”.
“Suena a tu terquedad. Parece que quieres que Yujue
sea peligroso. Usas eso como excusa para proteger a tu melón, justificando tus
deseos”.
“No”.
Yuye golpeó la mesa con los dedos. ¿De verdad
no? No, realmente no.
“¿No es peligroso desde que Yujue se unió a
Park Kyung-sang? Me di cuenta cuando Yujue escondió hábilmente a Haeim, pero
seguro tiene algo con Park Kyung-sang”.
Un correo a ‘Daddy Long Legs’ reveló que Yujue
y Park Kyung-sang estaban aliados. Pero aún no sabía por qué.
Tal vez había muchas razones, o quizás era
simple. Pero una cosa era segura: la parte de Yang Hee-seong estaba allí.
“Suena bien, pero si Park Kyung-sang los unió
con tanta determinación, ¿crees que será fácil sacarlos?”.
Park Kyung-sang y Yujue, personas que no
debían estar juntas.
La vida de Yujue era normal. Tras recuperar la
conciencia, se esforzó en rehabilitación. Luego regresó a Corea y contactó con
Park Kyung-sang. Más bien, Park lo buscó primero.
Yuye sabía que Park rondaba su entorno. Él
también lo rastreaba. Los eventos de Haeim y Yujue eran conocidos, así que Park
pudo haberlo contactado por eso.
Park ayudó a Yujue a esconder a Haeim y aún
los apoyaba.
Park no ayudaría a Yujue por pura bondad, así
que había una conspiración entre ellos.
¿Cómo planeaba usar a Haeim? ¿Cuál era el
motivo de Yujue? ¿Poseerlo o destruirlo?
Yuye investigó y supo que la vida de su
verdadero hermano no fue fácil. En resumen, fue trágica. Sus padres adoptivos,
los verdaderos padres de Haeim, eran basura, y los padres que lo encontraron
tarde no lo amaron.
Su madre… solo buscaba al hijo que perdió.
Maltrató y odió al inocente Yujue. Culpó a Yujue de todo: de no ver a Haeim, de
su enfermedad.
No sabía cómo lo tomó Yujue en su etapa más
sensible. La madre amaba a Haeim tanto como rechazaba a Yujue.
“Yo odiaría a Haeim. Él es uno de los que
arruinaron la vida de Yujue”.
“Sí, es cierto”.
Choi Hyeong-cheol asintió.
“Pobre tipo. Si no hubieran sido cambiados,
habría sido mejor. Error del hospital, qué lástima. ¿Y si ambos hubieran
crecido en tu casa? ¿Habría sido mejor?”.
“Tal vez”.
No. En su interior, era diferente. La obsesión
de Yujue tenía un punto único. Veía a Haeim como parte de sí mismo. ‘Parte’ era
insuficiente. Creía que eran un alma dividida, y esa división era una tragedia.
“Aun así, su vida fue normal. La vida de Yujue
en EE.UU. fue claramente normal. Solo rehabilitación tras rehabilitación”.
Choi tomó el globo de nieve. Mirando la nieve
arremolinada, Yuye guardó silencio.
“Ese Yujue regresó a Corea y conoció a Park Kyung-sang.
Aunque Park lo buscó primero. No entiendo su obsesión con tu melón, pero viendo
la situación, no me sorprende. ¿Y si, presidente Kang, le cedes tu melón a tu
hermano? En orden, él fue primero”.
“Yujue lastimará a Haeim”.
“Como si nuestro presidente Kang no lo hubiera
hecho con ese lindo melón”.
Yuye dejó que Choi se burlara. Tal vez ambos
eran igual de peligrosos para Haeim. Él engañó a Haeim. No, antes de que todo
ocurriera, no aceptó su afecto y fingió no verlo.
“Sí, Haeim habría estado mejor sin
conocernos”.
Era ridículo arrepentirse ahora, pero no debió
arrastrar a Haeim a este caos. Habría sido mejor.
“Pero la vida de Yujue en EE.UU. es demasiado
limpia, ¿no?”.
Choi Hyeong-cheol agitó el globo de nieve. La
nieve arremolinada ocultaba el paisaje dentro. Como esta situación.
“¿Un chico tan loco se quedó tranquilo
haciendo rehabilitación? No me lo creo”.
Yuye abrió un correo y descargó los registros
de la vida hospitalaria de Yujue. Eran detallados, pero parecían vacíos. Envió
un correo para investigar de nuevo. La respuesta llegaría en días.
“Presidente, eres cruel. Yujue es tu hermano.
Siempre piensas en tu melón. Pobre hermano, con un hermano tan frío”.
“Sé que es extraño”.
Pero Yujue era peligroso. Era un hecho
innegable, aunque fueran hermanos. Tal vez por su entorno, o tal vez por su
naturaleza.
“Solo quiero proteger a Haeim y a los bebés”.
Eso era todo.
Pasaron días, y Yujue no mostró signos de usar
a nadie. A pesar de estar preparado, Yujue actuaba como siempre. Sin
movimiento, Haeim no sabía cómo reaccionar.
Bajó la mirada. El río Han se veía de un
vistazo. La oscuridad, arrugada, se iluminaba débilmente con las luces de los
edificios, y los colores de los autos rodaban debajo.
Era pacífico.
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Todos tan ocupados, seguro había alguien amado
esperándolos al final del camino. Con una lámpara en el pecho para que los
reconocieran.
Alguien amado.
Haeim también tenía uno.
Kang Yuye, y él.
Ese hombre, una impresión borrosa, se fue sin
dejar palabra. Al desaparecer, se volvió inexistente. Como una telaraña. No,
como el rocío en una telaraña.
Todo desapareció porque salió el sol. Era
natural, sin nada especial. Debía aceptar su pérdida. Yuye murió, él se fue.
Para Haeim, la pérdida ya no era triste, solo un resultado lógico.
Su vida reciente era monótona. Lo único
notable era visitar a los bebés una vez al día. Los abrazaba una hora, dejando
que escucharan su corazón. Los bebés, que no estuvieron suficiente en el
vientre, no crecían rápido como otros.
Pero crecían poco a poco. Su piel oscura se
volvía blanca, sus corazones débiles latían bien. Le advirtieron que si el
corazón del niño se detenía, no habría solución, pero él se esforzaba. La niña,
más sana, crecía día a día.
Las enfermeras, ya como familia, decían que
los bebés eran hermosos, que serían preciosos. No les creía, pero al escucharlas,
empezaban a parecerlo.
Los hijos de Yuye. No podía negar que lo amó.
Aunque ya no estuviera. Debía amar a estos bebés. Cuando crecieran, podría
buscar a Yuye en sus rostros.
Entonces, esta muerte no importaría.
Pero odiaba la obsesión de Yujue con los
bebés. Era excesiva, literalmente obsesiva. Todos pensaban que era el padre. Yujue
también creía que eran suyos. No entendía por qué.
Yujue traía fotos de casas, preguntando dónde
poner la habitación de los bebés. Mostró un contrato de compra. Enseñaba
catálogos de artículos para bebés y hasta hacía envíos al hospital.
Haeim no quería criarlos con Yujue. Aunque no
tenía un plan claro para criarlos solo. Con apoyo estatal de pequeños, ¿pero
después? Solo quería que no lo culparan. Sería triste si lo resentían por
haberlos traído al mundo.
Al salir, buscaría trabajo. Cualquier trabajo.
Con su historial en un reformatorio, baja educación y problemas mentales, tenía
desventajas, pero si buscaba, encontraría algo. Criaría a los bebés, les daría
amor…
¿Amor? ¿Podría darles eso tan difícil? Pero
había esperanza. Fue criado con el amor de la señora, mejor que quienes no lo
conocían.
“¿Por qué estás sin un cárdigan?”.
La voz de Yujue sonó detrás. Haeim lo ignoró,
pensando que era trivial. Una mano lo giró por el hombro.
“¿En qué pensabas?”.
Una oscuridad ardiente. La sombra de Yujue
crecía, tan intensa que quemaba como el sol. Haeim retrocedió un paso. Yujue
soltó una risita.
“¿Te sientes atrapado?”.
Negó con la cabeza. Pero Yujue continuó como
si no lo viera.
“Lo sabía. ¿Salimos mañana? Conozco un lugar cerca.
Te ayudará a despejarte”.
Era absurdo. Malinterpretaba su expresión.
Daba miedo. Aunque dijo que no, no lo escuchó.
“Salir estará bien, ¿verdad?”.
Sus palabras olían a conspiración. Podía
negarse, pero no lo hacía fácilmente.
Estando con Yujue, no había escape de esta
conspiración. Podía evitarlo unas veces, pero no siempre.
“Sería genial llevar a los bebés”.
Yujue mencionó a los bebés. Sonaba como un
padre primerizo, pero para Haeim, era una amenaza implícita de tocarlos si no
obedecía.
“Sería genial un picnic con ellos. Son
pequeños, pero cuando crezcan, iremos al rio Han. Extenderemos una manta,
cocinaremos ramen. Cuando estemos llenos, los acunaremos. Desde la secundaria
soñé con esto”.
Haeim no sabía qué conspiración tramaba Yujue.
Alguien murió, un congresista. Entonces, eliminar a un don nadie sería más fácil
que aplastar una hormiga.
“No quiero”.
Haeim habló con calma. Su voz, áspera como
polvo, sonaba tras tanto silencio. Al principio no podía hablar, luego no
quiso. Hablar ahora incomodaba. Se sentía ansioso. Ojalá tuviera a alguien en
quien confiar.
“No. Mañana saldremos. Si sigues así, te
llenarás de moho”.
Yujue cortó con firmeza. El momento había
llegado. ¿Qué conspiración era? ¿Cómo lo usaría o amenazaría? Quería agarrarlo y
gritar si planeaba usarlo.
“Bien. Está bien”.
Era mejor que ser tomado por sorpresa. Al
menos podía prever lo que Yujue haría. Pero, ¿y si pasaba algo inesperado?
Haeim apretó la mano en la ventana. Ojalá
tuviera a alguien que lo respaldara. Alguien que llamara a la policía si no
regresaba.
¿La señora Shin?
¿Podía confiar en ella?
“¿Entonces está bien?”.
Asintió de nuevo.
“Un momento”.
Haeim entró al baño con su teléfono. Abrió el
grifo y buscó noticias sobre ‘congresista’. Revisó hasta sitios de streaming,
pero no había nada similar.
¿Por qué entonces?
Cerró el agua y salió. Yujue, mirando por la
ventana, sonrió.
“Haeim, ¿confías en mí?”.
No.
Asintió, aunque no confiaba.
“No te haré daño. Pase lo que pase”.
Para Haeim, sonaba como ‘Pronto te haré daño’.
Aunque no hubiera oído su plan de usarlo, lo habría sospechado.
“Ven”.
Yujue extendió la mano y lo abrazó sin previo
aviso. Haeim instintivamente quiso empujarlo, pero se detuvo. Escuchó su corazón,
ruidoso como un tambor roto.
En ese abrazo, recordó su adolescencia
incompleta. Ese brillo no volvería. Solo la oscuridad ardiente de Yujue
quedaría en su retina.
“Te quiero, Haeim”.
Sus palabras eran ligeras como globos de
helio. Haeim quería tomar cada sonido y reventarlo.
“Ven conmigo”.
¿A dónde? Pero no había escape de Yujue.
“Cuando te vi bajo la glicinia, ¿cómo decirlo?
Sentí que encontré la respuesta. Debíamos haber nacido como uno. Nacimos en el
mismo lugar y tiempo, debíamos compartir un alma, pero hubo un pequeño error.
Era un día ventoso. Estabas sentado bajo la glicinia, leyendo. Creo que…
Pushkin. Sí, leías una novela de Pushkin”.
Yujue hablaba sin parar. La noche se
profundizaba, devorando la luz. Los faros de los autos disminuían mientras
corrían.
¿A dónde iban? Sabiendo que Yujue planeaba
usarlo, no sentía miedo. Su capacidad de temer parecía devorada por la
oscuridad de la noche o la sombra de Yujue.
“¿Eso fue?”.
Haeim respondió sin entusiasmo. ¿Pushkin? ¿Un
libro tan culto? Imposible. Era la fantasía de Yujue. Probablemente leía un
cómic.
Eso confirmó que Yujue estaba loco. Tal vez
siempre lo estuvo. El Haeim que veía era una fantasía. Nunca lo vio como
humano.
Su odio era hacia sí mismo, su amor también.
Era un narcisista extremo. No era amor, para empezar.
“Estabas sentado con las piernas cruzadas,
moviendo el pie mientras pasabas las páginas. No tenías buena cara. Fruncías el
ceño, apoyabas la barbilla, suspirabas. Una flor de glicinia cayó en tu libro,
y en lugar de quitarla, la miraste fijamente, como diseccionándola”.
¿Cuánto tiempo lo observó Yujue? Los recuerdos
no son solo uno. La luz, las nubes, la temperatura, los sonidos, el tacto, el
olor: todo forma un recuerdo. Recordar un sonido evoca una escena; un olor, una
imagen. Yujue, con lo que vio, recordaba todo.
“Era un día cálido. Como si alguien hubiera
derramado miel en el aire, dulce y pegajoso. Un día perfecto para enamorarse”.
¿Entonces se enamoró a primera vista?
De repente, Haeim recordó el día que conoció a
alguien. Un mediodía donde hasta las hormigas sufrían por el calor, el cadáver
seco de un cuervo, el asfalto ondulante. Un auto negro emanaba calor. Al
abrirse la puerta, unos ojos ciegos lo miraron.
Ciegos.
“¿Haeim, estás bien?”.
Yujue, a su lado, lo sacudió para despertarlo.
Haeim se dio cuenta entonces de que había perdido el conocimiento. Algo parecía
estar al alcance de su mano. Kang Yuye estaba allí, y en algún otro lugar, él
también estaba. Ambas existencias se mezclaban y separaban como un caldo
podrido.
No está bien.
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Haeim intentó recuperar la compostura. Por
momentos, su mente se alejaba. Cada vez que se nublaba, apretaba los puños con
fuerza. Las uñas se clavaban en las palmas.
Su estado mental no estaba claro. Si seguía
así, perdería la cabeza de nuevo. Estaba ansioso e inquieto. No podía
permitirse perder la conciencia cuando no sabía qué estaba pasando.
Los recuerdos de lo ocurrido mientras estaba
inconsciente no eran claros, pero sabía que en su mayoría no estaba en sus
cabales. De hecho, todo este tiempo había parecido un loco. No sabía por qué su
confusión mental se había intensificado tanto. Tal vez por haber tenido a los
bebés.
“Estaba el hermano Yuye”.
“¿Eh?”.
“El hermano Yuye estaba allí”.
Yujue entrecerró los ojos, desconcertado.
Haeim sintió vívidamente la presencia de Yuye. Un pensamiento que flotaba
vagamente como escombros cobró vida, retorciéndose en su mano. Mientras le
acariciaba la frente, Yujue susurró suavemente.
“Nuestro hermano está muerto, Haeim”.
“Oh…”.
“En este mundo solo estamos tú y yo. Y ahora
también los bebés. ¿Por qué sigues olvidándolo, Haeim? Que nuestro hermano está
muerto”.
Yujue sonrió. Esa sonrisa al hablar de la
muerte de alguien era brillante y hermosa. Siempre, siempre era así.
“¿Y qué importa?”.
Sí, ¿qué importaba que alguien hubiera muerto?
Si estaba muerto, solo había que esperar. Esperar a una persona muerta no era
diferente a esperar a alguien que se había ido lejos.
Había alguien que se fue. En esa isla donde
soplaba mucho viento. No sabía nada. Ni su rostro ni su nombre le venían a la
mente. Solo la sombra de que tal persona existió. Esperó un día como si fueran
mil años. No regresó, pero lo esperaba con la certeza de que volvería.
Esperar, sin importar a quién, era lo mismo.
La ansiedad, la ira, la tristeza, la alegría convergían en algo en el ámbito de
la espera. En algo como la esperanza.
El coche seguía avanzando por la carretera
nocturna. La oscuridad se precipitaba hacia los faros, rompiéndose en pedazos.
A lo lejos, se veía un edificio esquelético, con solo el armazón. Parecía un
monstruo hambriento, listo para devorar a cualquiera que entrara.
“¿Confías en mí?” dijo Yujue.
“Nunca te haré daño. Jamás, yo nunca te
lastimaré”.
Su voz era seria, impregnada de una verdad
densa como el chocolate. Pero era tan sofocante como la oscuridad a su espalda.
“Confío en ti”.
Haeim mintió. Yujue planeaba lastimar a
alguien. Tal vez a mí… o a los bebés. Su corazón estaba entumecido, insensible.
No sentía ningún resentimiento injustificado hacia Yujue.
Todo terminaría ahora. Incluso esa breve
adolescencia.
“Solo te tengo a ti”.
Haeim caminaba entre las costillas de un
monstruo gigante. No se oían voces. El video, grabado desde lejos, era claro
pero no particularmente detallado. Haeim miraba el techo del edificio
incompleto o se asomaba al borde sin barandillas.
“Qué fastidio. Dijimos que no entregaríamos
los documentos a los medios. ¿Por qué quieren hacer este espectáculo con ese
chico?” refunfuñó Choi Hyeong-cheol.
Yuye no apartó los ojos de la pantalla. Hace
unos minutos, llegó un mensaje a su teléfono con un enlace. Al hacer clic, se
abrió una transmisión en vivo.
Haeim y Yujue en el video.
Probablemente grabado desde un edificio
cercano, mostraba a Haeim y Yujue. Era absurdamente cotidiano. Parecían
estudiantes universitarios explorando un edificio abandonado o personas en un
picnic.
“Muévete”.
Yuye recordó la dirección adjunta en el
correo. Estaba a unos 30 minutos de allí. Si aceleraba, tal vez 20. Solo esperaba
que nada pasara antes.
“¿Vas? Radar Político y Current Affairs
Lightning están a punto de emitir. Dicen que será aquí cerca, ¡están listos
para transmitir en vivo las fechorías de Park Kyung-sang!”.
Al escuchar a Yuye, Choi se levantó de un
salto, con la voz temblando de indignación.
“¡Cancélalo! Tengo que ir por Haeim”.
“No digas locuras. Ya retrocedimos una vez al
no enviar los documentos por ese chico. Esperamos años por este momento, ¿y
ahora lo abandonarás porque está atrapado?”.
La voz de Choi Hyeong-cheol se elevó. Para
Yuye, sopesar opciones ya no tenía sentido. El niño estaba en peligro, y debía
salvarlo. No había opción.
“Jeong-sik, prepara todo”.
Ordenó a Jeong-sik. Este metió los documentos
en una caja y se levantó. Choi Hyeong-cheol sujetó la caja, presionándola. Una
tensión extraña flotaba entre ellos.
“Juraste revelar la verdad,” gritó Choi
Hyeong-cheol, furioso.
Yuye recordaba claramente ese día. El funeral
de Hee-seong, el día que despertó del accidente. Juró devolver ese dolor algún
día.
Choi Hyeong-cheol fue quien lo obligó a jurar.
Sí, Choi Hyeong-cheol amaba a Hee-seong. Una relación trágica y enredada. Había
amor, pero nadie estaba feliz ni satisfecho.
Pero un juramento por los muertos no tenía
poder ante la vida.
“¿Cuántas veces escapamos de la muerte? ¿Por
qué soportaste tanto? Todo fue para hoy. Seok está muerto. Park Kyung-sang lo
mató. ¿Crees que salvar a Haeim ahora hará que Park nos deje en paz?”.
“¿Y si no?”.
Yuye sabía que no podía retroceder ahora. Si
no era ahora, ¿cuándo revelaría la verdad? No, retroceder no garantizaba su
vida. Pero Haeim estaba moviéndose en la pantalla.
El niño en la pantalla sonrió. Yuye lo miró,
como hipnotizado. El niño estaba vivo; Hee-seong, muerto. La culpa lo
estremecía, pero no había opción. No podía vivir con más culpa y dolor.
“Debemos seguir con la entrevista. Todo sobre
Park Kyung-sang, incluso que podría haber matado a Seok,” dijo Choi
Hyeong-cheol, bajando la voz.
Jeong-sik, sintiendo la amenaza, dejó la caja
en el suelo.
“Déjalo en paz. Tu hermano no lo lastimará.
Solo es una amenaza”.
“No confío en Yujue”.
No lo sabía. Por qué tenía este
presentimiento. Si perdía esta oportunidad, tal vez nunca… Tal vez tendría que
vivir con más culpa. O con una desesperación peor que la culpa, una que haría que
la muerte fuera bienvenida.
“No puedes confiar, pero no hay opción. No
cederé esta vez. Siempre hice lo que quisiste, pero no ahora. Es demasiado peligroso”.
“Haeim también está en peligro”.
“¿Y qué si lo está? ¡Tu seguridad es más
importante! ¿Y eso es todo? La venganza por Hee-seong es tan importante como tu
seguridad. ¿Cómo garantizas tu seguridad y la de ese chico si vas?”.
“Déjame ir”.
“No puedo”.
Yuye empujó ligeramente a Choi Hyeong-cheol y
ordenó a Jeong-sik.
“¿Qué esperas? Recoge los documentos”.
Jeong-sik obedeció.
“No hay opción. Solo sigo las órdenes del
presidente”.
Respondió en voz baja. Choi Hyeong-cheol,
atónito, suspiró. Mientras lidiaba con Choi Hyeong-cheol, Yuye pensaba qué
llevar. ¿Armas? ¿Un cuchillo? No, no lo dejarían acercarse armado. No debía
causar alboroto.
“Locos. Yuye, loco. ¿Crees que lo dejarán
vivir si vas?”.
“Tengo que intentarlo”.
“¿Por un niño que conoces desde hace un año?
¿Aunque fuera tu hermano, solo lo conoces de unos años? ¿Arriesgar tu vida? ¿Cuándo
puedes vengar a Hee-seong desde aquí?”.
El día del funeral llovió. Choi Hyeong-cheol
lo hizo jurar bajo la lluvia.
Debes hacer lo mejor. Jura que arriesgarás tu
vida. Hee-seong murió por ti, así que debes matar a Park Kyung-sang. Es tu
culpa y la de Park. El único inocente aquí es Hee-seong.
“Hee-seong está muerto”.
Sí, muerto. Un cadáver con aroma a rosas
damascenas, perfectamente hermoso. Tras su muerte, a veces, o quizás a menudo,
Yuye pensó en cómo sería la muerte para él.
Liberación u oscuridad. O algo intermedio.
“No te entiendo, Yuye. ¿Puedes tirar años de
esfuerzo por ese chico? ¿Por qué? ¿Porque tuvo a tus hijos y lo quieres tanto?
¡Hee-seong no tuvo a tus hijos! ¡No murió con ellos!”.
“Tal vez”.
“¡Oye!”.
Choi Hyeong-cheol gritó. Yuye lo ignoró. No
sentía necesidad de seguir hablando. Pensó que la muerte pudo haber liberado a Hee-seong.
Un pensamiento que no se atrevió a expresar en años. Que Hee-seong se liberó
del dolor.
“Piensa de nuevo. Tu hermano no lastimará a
Haeim. Si quisiera, ya lo habría hecho. ¿No lo protegió bien un año? Dijo que
lo quería”.
“Ojalá no fuera cierto”.
Deseaba que el afecto de Yujue fuera falso.
Todo sería más fácil. No, nada habría pasado. Porque lo ama, no se sabe qué
hará. El amor de Yujue estaba profundamente equivocado.
NO
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“¿De verdad vas?”.
“Sí”.
“¿Sin reconsiderar?”.
“Tengo que salvarlo”.
Yuye empujó a Choi Hyeong-cheol y dio un paso.
En el video del teléfono, Haeim hablaba con Yujue, sosteniendo un sándwich.
Choi Hyeong-cheol no sabía cuánto mal y dolor
había en esa escena cotidiana. Yuye no renunciaba solo por Haeim. Yujue tenía
gran parte de la culpa. Esperaba que no hiciera nada. Que no lastimara a nadie,
ni a sí mismo.
De repente, sintió un pinchazo en el cuello.
Un viento frío parecía infiltrarse en sus músculos, nervios y huesos. Aturdido,
miró a Choi Hyeong-cheol. Su cuerpo se volvió lánguido rápidamente.
“No puedo dejar que arruines todo por un
niño”.
Jeong-sik sostuvo a Yuye, tambaleante.
“Abogado, ¿qué…?”.
Jeong-sik preguntó, desconcertado, sosteniendo
firmemente a Yuye. Este supuso que Choi Hyeong-cheol le inyectó algo como
Ativan, un sedante. Agarrándose el cuello, miró a Jeong-sik, que no sabía qué
hacer.
“Tengo que… salvarlo”.
Jeong-sik se agitó.
“Sálvalo, por favor”.
“Llévalo a dormir. Yo haré la declaración.
Cuando despierte, todo estará resuelto”.
No.
Yuye intentó enderezarse, pero el sedante
inyectado en el cuello actuó rápido. Su visión se nubló, sus extremidades
perdieron fuerza.
“Llévatelo”.
Aprovechando la confusión de Jeong-sik, Yuye
se aferró a la mesa. Sus manos resbalaban. Entonces, tocó un cuchillo de fruta
que estaba allí.
Choi Hyeong-cheol vio el cuchillo y abrió los
ojos. Antes de perder la conciencia, Yuye lo levantó.
“¿Qué haces, estás loco?”.
El cuchillo brilló y cayó.
“Parece que no vendrá, el invitado”.
Haeim no sabía quién era ese ‘invitado’. No le
importaba si venía o no. Esperar siempre era así. La persona esperada no
llegaba. Nunca había regresado. Así que esta espera no era extraña.
“Pensé que vendría. Bueno, no te sientas mal.
Su amor por ti era solo eso”.
Yujue peló el segundo sándwich, hablando con
compasión. Pero, a diferencia de su tono, comía con entusiasmo.
“¿Por qué me sentiría mal?”.
Haeim metió una hoja de lechuga entre el pan,
respondiendo con indiferencia. Era su segundo sándwich, pero no le gustaba
mucho. Un sándwich demasiado lleno no era bueno.
“Hmm… ¿Por qué te sentirías mal?”.
Yujue repitió la pregunta. Haeim se encogió de
hombros.
“¿Soy un rehén? ¿O una moneda de cambio? Sea
lo que sea, es peligroso, ¿verdad?”.
Algo estaba roto. No sentir miedo en esta
situación lo confirmaba.
El miedo y la ansiedad evolucionaron para
proteger a las personas. Emociones naturales de la humanidad. Pero Haeim no
sentía nada. Ni siquiera la necesidad de estarlo.
“¿Amas a mi hermano?”.
“Sí. Lo amé”.
Algunas palabras solo funcionan en pasado.
Como Yuye. Muerto, solo podía decirse que lo amó.
“¿Y a la persona de la isla?”.
“Me gustaba”.
Haeim no sabía la diferencia entre ambas
palabras. Pero las usó separadamente a propósito. Así, ambos sentimientos
podían coexistir: el amor por Yuye y el cariño por alguien cuyo rostro ya no
recordaba.
“Eres débil, Haeim. Estás listo para amar a
cualquiera que te trate con amabilidad”.
No lo negó. Amó a Yuye por su bondad y
ternura. ¿Qué había de malo en eso?
“Tal vez”.
Mordió el sándwich. Pensó que sabía mucho a
pimienta. Mientras se concentraba en el sándwich, perdió algo que dijo Yujue.
“…si lo hago, ¿también me…?”.
“¿Qué?”.
Haeim salió de su ensimismamiento. Yujue
sonreía. Esa sonrisa no era distinta a la de su adolescencia, pero ya no lo
afectaba como antes.
“Nada, no dije nada. Come, tienes hambre”.
Yujue le ofreció el sándwich. Sabía mucho a
pimienta. Algo en su mente susurró que podría ser su última comida. Era una
herramienta de amenaza, un rehén, un valor de cambio.
“Hmm, ya debería haber llegado”.
“¿El invitado?”.
“Sí. Le dije que viniera si te ama”.
¿Quién era el invitado? No había candidatos
entre los vivos. Conocía a pocas personas, ¿y una que lo amara? Negó con la
cabeza.
Solo había una persona. Una chispa de
esperanza lo recorrió. ¿Y si era él? Pero alguien que conoció tres veces no
tenía razón para aparecer. Sería feliz si lo hacía, aunque no lo haría. Su
corazón oscilaba.
“No te ama, Haeim. Solo yo te amo”.
“¿Porque no merezco ser amado?”.
Antes, cuando Yujue decía eso, Haeim pensaba
que, aunque no lo merecía, Yujue lo quería. Ahora no había cambiado mucho. Pero
no creía que Yujue realmente lo amara.
“Porque solo debes amarme a mí”.
Palabras ambiguas, contradictorias. Ahora, las
palabras de Yujue parecían sentimentales o vacías. Pero reconoció que hubo un
tiempo en que las valoró.
“Haeim, no quiero que sufras más. Aunque ya es
tarde. ¿Sabes a quién esperamos?”.
“¿A quién?”.
“A mi hermano”.
Haeim dejó el sándwich. Miró fijamente a Yujue,
que soltó una carcajada.
“El hermano Yuye está vivo”.
¿Yuye vivo? Recordó dos avisos de muerte. Uno
falso, otro con certificado. Habiendo visto el certificado, no podía ser
cierto.
“El congresista Park y yo le dijimos que
viniera aquí. Que destruyera y borrara su información. Si no, podría matarte.
Aunque, claro, yo no te mataría”.
“Oh…”.
No quería escuchar esa voz perforando sus
oídos. Ni la de Yujue, ni la suya propia. Contuvo la respiración, no quería
escuchar ni eso.
“Mi hermano investigó la muerte de Yang Hee-seong
durante años. Vivió para vengarlo. Sobrevivió por eso, incluso usándote. Todo
por este día”.
Qué trivial.
Haeim aceptó todo con calma. Sin emociones
dramáticas. Yuye existió, amó a alguien hermoso, tuvo celos y quiso un hijo. Lo
tuvo, y ahora estaba comiendo un sándwich en este edificio abandonado.
“No me sorprende”.
Aceptó todo con calma. A veces, algo es más
importante que una vida. Lo entendía y empatizaba.
Pero, ¿qué era esto? La sensación de un
arbusto espinoso plantado en su pecho. Como saltar a un mar lleno de cabezas de
serpientes.
“Te engañó estando vivo, y ahora…”.
“¿No vino a salvarme?”.
“Exacto”.
“No tiene por qué salvarme”.
Haeim sintió su conciencia dividiéndose. Una
parte intentaba entender por qué no vino; la otra, desesperada. Porque no era
amado. El dolor de no serlo partió su cuerpo: medio en hielo, medio en fuego.
“Sí, no tiene por qué. Salvarte sería cursi.
Lo cursi no es bueno. Esto lo confirma, ¿no? Solo yo te amo”.
“Parece que sí”.
Murmuró sin entusiasmo. Yujue rio. Haeim
mordió el sándwich de tomate a medio comer. Había alguien. Alguien que amó. No
apareció.
“No vino, como era de esperar”.
Una voz desconocida, pero familiar. Un hombre
en traje negro apareció, apartando una luz improvisada. Era atractivo, de
rasgos afilados y sensibles, pero con un aire rudo entre las cejas.
Park Kyung-sang.
“Congresista”.
Yujue lo llamó con familiaridad. Haeim dejó el
sándwich y lo miró. Se sentía incómodo. ¿Debía saludar? Park parecía esperar un
saludo.
Su sombra tenía un tono grisáceo. Olía a algo
metálico. Un metal sólido pero desvaído. Era un color nuevo, y no podía leer
sus emociones.
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“¿Tú tuviste al hijo de Yuye?”.
“Sí”.
Yujue respondió por él.
“¿Dónde están los bebés?”.
“No los traje. Están en incubadoras. Si
mueren, no tienen valor”.
Yujue sonrió. Ese tono ligero era
escalofriante. Los bebés, débiles e indefensos, luchando contra el mundo. Nadie
los amaba. Eran objeto de bromas.
Se sintió triste.
“Bueno, no importa. Lidiar con los bebés será
fácil después. Perdí a mi hijo, no dejaré vivir al de Yuye. Escucha, esperé
mucho. Que tuvieras un hijo. Para que entendieras por qué pasa todo esto”.
Un odio vívido. Haeim entendió el color de la
sombra. Era odio. No sabía por qué era el blanco de un odio tan afilado. La
sombra era fría, cortante como una cuchilla.
“Fuiste abandonado, pequeño. Yuye no vino a
salvarte. La venganza es más importante que tú”.
No había nada que temer ni que lamentar. La
situación era clara. Era un objeto de intercambio. La transacción había
fracasado. La otra parte no había aceptado el trato.
“Trátalo bien, grábalo y envíalo como regalo.
Para que no pueda pensar en otra cosa. Al menos, si es un alfa, debería sentir
algo de compasión por su omega”.
Los hombres robustos detrás del hombre dieron
un paso adelante, sosteniendo armas contundentes. Yujue soltó una risa
ligeramente cínica.
“¿Tiene que ser así? Prometí no hacerle daño a
Haeim”.
Yujue parecía disfrutar. El hecho de ser
abandonado o traicionado por Yujue no provocó ninguna emoción en Haeim. Todo
estaba predestinado a ser así. Desde el momento en que subió a ese coche aquel
día.
Todo parecía una película extraña. Había un
chico, comenzaba la película.
Y el otro protagonista de esa película era…
“Para. Estoy aquí”.
Haeim giró la cabeza hacia el sonido. Allí
estaba Kang Yuye. Todos los recuerdos difusos volvieron: en el invernadero, en
el templo, en su mansión. La sensación de sus dedos, impregnados de agua de
iris, rozando su frente; el tacto de sus labios en su piel; su abrazo.
Sí, el hombre de la isla también era Yuye. Por
eso no pudo evitar quererlo. Aunque él no lo amara. Era casi cómico. Más allá
de lo ridículo que era haber sido engañado, su cuerpo se movió instintivamente
hacia él.
Al dar un paso, Yujue lo agarró del hombro.
Yuye no lucía bien. Pálido, demacrado, sus pasos tambaleantes como los de un
borracho. No parecía vivo, aunque lo estuviera. Aun así, Haeim sintió alivio:
la conversación con Yujue no era una fantasía.
“Hermano”.
Yuye estaba vivo. Extendió la mano. Él, como
Yuye, había revelado que estaba vivo, pero Haeim no lo sabía. Había regresado,
se fue y volvió, y ahora estaba frente a él.
“Hermano”.
El dolor de pensar que estaba muerto resurgió
vívidamente. Era como estar atrapado en una máquina de tortura medieval,
encerrado en un ataúd con clavos, gritando sin que nadie aliviara su
sufrimiento.
¿Estaba enojado con Yuye por causarle ese
dolor? ¿O lleno de alegría?
En medio de esta confusión, Haeim no sabía qué
sentía. Todo parecía silencioso. No oía la voz de Yujue ni la del hombre. Era
como hundirse en un pantano.
Quería acercarse a Yuye. Tal vez abrazarlo. En
ese extraño silencio, intentó liberarse de Yujue, pero su agarre era como un
grillete.
“¿Llegaste
hermano?”.
Cuando Yuye se paró bajo las luces, Haeim notó
el vendaje en su mano y la manga ensangrentada. La cantidad de sangre que empapaba
el vendaje era alarmante.
“Suelta a Haeim”.
¿Qué le había pasado? Sintió náuseas. Yuye,
herido e inestable, parecía sufrir profundamente, tanto interna como
externamente.
Si no hubiera escuchado a Yujue, no estaría en
esta situación. Si no hubiera dejado el hospital. Entonces pensó que no
importaba lo que pasara. De repente, todo se volvió real, como un trueno
aproximándose.
“¿Llegaste hermano? De verdad”.
Yujue habló con alegría. En ese ambiente
pesado, su tono era ligero, como una mariposa posándose cerca. Una mariposa
bailando sobre llamas.
“Pensé que no vendrías. Qué bueno que no
llegaste demasiado tarde. Un poco más, y Haeim habría pasado por algo
terrible”.
“Park Kyung-sang, traje los documentos. Todos
originales”.
Cuando Jeong-sik dejó la caja en el suelo,
Yuye miró a Park.
La mirada de Yuye era fría y firme,
inquebrantable. ¿Estaba Yuye dispuesto a renunciar a todo lo que había logrado?
¿A los años dedicados a la venganza?
¿Debería sentirse conmovido? No, no había
emociones intensas. Todo parecía extraño. ¿Por qué apareció Yuye? ¿Qué planeaba
ahora?
No debiste venir.
Un poco de resentimiento y tristeza. No sabía
por qué sentía eso. Las formas en su pecho eran tan difusas como la niebla.
“Qué cruel, hermano. ¿Renunciar a años de
sufrimiento por salvar a Haeim? Yang Hee-seong te amó tanto, ¿y lo abandonas
todo?”.
“No haré nada más para provocarte. Solo suelta
a Haeim”.
Yuye ignoró las palabras de Yujue, quien rio y
atrajo a Haeim más cerca. Haeim escuchó su corazón tranquilo. Y tuvo un
presentimiento: esta noche, la luna estaría muy alta.
“¿Una especie de tratado de paz?” se burló
Park.
“Con tu tenacidad y obsesión, ¿no es esto
demasiado trivial?”.
“Con esto termina todo. Tú y yo lo dejamos
atrás. No me importa cuán alto llegues. Haz tus cosas, yo haré las mías”.
Yuye habló con voz cansada. Park soltó una
carcajada.
“Eso es demasiado fácil. Confío en tu
integridad, en tu promesa de terminar aquí”.
“Si quieres, quemo esta caja ahora”.
“Bien, la noche está fría, será acogedor”.
Con un gesto de Yuye, Jeong-sik roció gasolina
y arrojó un encendedor. Las llamas devoraron la caja. Haeim miró los ojos de
Yuye, que reflejaban el fuego, rojos, como los de alguien furioso.
“Ahora, envíalo aquí”.
“Hee-seong te amaba de verdad, presidente
Kang. Hasta la locura”.
Park habló lentamente.
“Era patético. Su mente frágil, su cuerpo
hermoso, su talento: todo era adorable. Pero lo más hermoso era su amor por
ti”.
“Tú lo llevaste a la muerte”.
“¿Yo? Parece que quieres librarte de la culpa.
Hee-seong murió por ti. Tú destrozaste su mente frágil”.
¿Era una ilusión que Park pareciera triste?
Debía serlo. Las luces intensas y el claro de luna hacían que el lugar
pareciera un set de drama. Un espectáculo extraño.
“Sin ti, Hee-seong no habría muerto. Pero
durante años me culpaste. ¿Por qué intenté matarte? Simple. Me debes una deuda
mortal. Mataste a Hee-seong. Llevaba a mi hijo en su vientre”.
La verdad dependía de quién miraba el evento.
Se enfrentaban ferozmente por una muerte.
La sombra de Park temblaba de tristeza. Haeim
sintió náuseas. Esa tristeza era una verdad evidente. Park creía que Yuye mató
a Hee-seong.
Una muerte, dos asesinos.
Estaba agotado. No quería saber más.
“Las pruebas no importan. Solo quería
conocerte. Con Seok muerto, lo que digas será visto como conspiración o difamación.
Solo quería verte”.
“¿Para qué? ¿Qué quieres?”.
“Nada en particular. Pero me di cuenta de
algo. Olvidaste y traicionaste a Hee-seong rápidamente. ¿Renunciar a la
venganza por este chico? Me perseguiste obsesivamente, pero te rindes ante una
simple amenaza. ¿Por qué? ¿Lo amas?”.
“Envía a Haeim”.
“Claro, tuvo a tus hijos. Debes valorarlo.
¿Son realmente tuyos esta vez? Dio a luz a dos, aún no los he visto. Podría
haber criado bien al mío con Hee-seong”.
“¿Qué quieres?”.
“Simple. Que mueras. Por traicionar y
abandonar a Hee-seong otra vez”.
Los hombres de Park avanzaron hacia Yuye. El
primer golpe apuntó a su cabeza. Yuye lo esquivó apenas, y un trozo de madera
con un clavo rozó su ropa. Pero fue solo el comienzo. Eran cinco contra Yuye y
Jeong-sik.
Comenzó una pelea feroz. Haeim, tapándose la
boca, intentó no gritar. Las heridas de Yuye aumentaban, y se veía agotado.
NO
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“Ríndete, presidente Kang. Si no hubieras
venido, te habría dejado vivir. Al menos significaría que pensaste en Hee-seong.
Estar dispuesto a sacrificar a este chico por él habría sido un consuelo para Hee-seong”.
“Hee-seong está muerto”.
“Vive, al menos para mí”.
En la lucha de Yuye, los hombres caían uno a
uno. Haeim, atrapado por Yujue, solo podía mirar. ¿Debería alegrarse? Todo era
confuso.
Uno de los guardias de Park se levantó, tomó
una tubería de metal y la alzó mientras Yuye enfrentaba a otros. Haeim intentó
liberarse de Yujue, deseando detenerlo.
De repente, la escena se congeló. Sonaron
sirenas de policía, como el rugido de una bestia extraña atravesando los
edificios vacíos.
Mientras todos se detenían, Yuye se lanzó
sobre Park, quien cayó lejos por el ataque repentino. Al levantarse, Park rio.
“¿Llamaste a la policía? ¿De qué sirve? ¿Es
ilegal que nos reunamos de noche?”.
Park, con un cuchillo de caza en la mano, parecía
una bestia, no un político.
“No fui yo”.
Yuye, apretando su mano ensangrentada, habló.
“Fui yo”.
Yujue intervino alegremente.
“Pensé que no vendrías, así que llamé a la
policía. Pero llegaste hermano con la policía, el congresista y Haeim, ¿no es
perfecto?”.
“Estás loco”.
Park se giró furioso hacia Yujue. Estaba
molesto por la interrupción de su banquete nocturno.
“¿Qué planeabas con la policía?”.
“¿Esto?”.
Una extraña incomodidad. Haeim sintió que la
mano de Yujue soltaba su hombro. En un instante, Yujue estaba detrás de Park.
Al siguiente, Park se detuvo. Un cuchillo de caza atravesaba su cuello. Cuando Yujue
lo sacó, la sangre brotó.
“¿Por qué? ¿Por qué…?”.
Park, retorciéndose, intentó tapar la herida,
pero sus manos resbalaban.
“Parece que Haeim quería que murieras. Y
planeabas usarlo. No puedo hacer eso. ¿Cómo podría lastimarlo? Aunque, solo yo
puedo hacerlo. Solo yo puedo devorarlo”.
Yujue habló. La vida se desvanecía rápido. La
persona que debía responder ya estaba muerta. Yujue limpió la hoja con su manga
y la dejó caer.
“Era un tipo aburrido. No tan importante.
Dormimos unas veces, pero el sexo era mediocre”.
Haeim intentó correr hacia Yuye, pero Yujue lo
atrapó rápidamente.
“No vayas, Haeim. Solo te tengo a ti. Debes
compadecerme”.
Su voz era ligera, envolviéndolo como seda
temblorosa. O tal vez como algas en un mar lleno de cabezas de serpiente.
Quizás este lugar era el centro del mar de Kim Hong-do.
“Realmente solo te tengo a ti”.
Haeim sintió asfixia. Su presentimiento no lo
engañaba. Hoy sería un día duro. La luna estaría alta, muy alta.
“Suelta a Haeim”.
La policía llegó y se posicionó detrás de
Yuye. Yujue retrocedió con cada agente que aparecía. Yuye avanzaba; Yujue
retrocedía. Estaban al borde del edificio. Sin ventanas ni barandillas, detrás
había un precipicio de cuatro pisos.
“Envíalo aquí. Yujue, ven tú también”.
“No quiero. Desde el principio planeé esto,
¿por qué iría contigo?”.
“¿Desde el principio?”.
“Nacimos juntos, debemos morir juntos”.
Yujue habló con frescura. Haeim, atrapado,
sintió el viento a su espalda. Vio la luna. Subiría más alto. No tenía miedo,
solo un poco de arrepentimiento. Debió vivir más intensamente. Amar más a los
bebés.
“Dicen que voy a morir”.
Un tono ligero, como si no importara. Yuye
guardó silencio. Los policías también, solo se escuchaba el ruido de los
radios. Haeim pensó en las pastillas que Yujue tomaba sin parar.
“Por eso quiero morir con Haeim. Todo eso de
no lastimarlo o criar a los bebés juntos era mentira. No puedo morir solo.
Nacimos juntos. Lo amo y, probablemente…”.
…lo odio.
Su cuerpo se elevó. Yujue lo abrazó con
fuerza, como si absorbiera su cuerpo y alma.
Para otros, pareceremos un solo
cuerpo. Desde el cielo, quizás hasta nuestras almas parezcan una.
La luna se alejaba. No sabía si subía o si
caía. Su cuerpo chocó contra el suelo, haciéndose añicos.
O al menos, así lo sintió.
Continúa en el volumen 5.
