Parte 2


Parte 2

La puerta se abrió y Kim In-hyeon entró. Sonrió al ver la cicatriz en la boca de Kang Yuye. Este sacó un pañuelo y limpió la sangre.

“¿Te mordió un conejo?”.

“Cállate”.

“Los conejos son feroces. Acorralados, hasta muerden a los gatos”.

“¿No son ratas?”.

“Ambos tienen dientes grandes”.

In-hyeon se encogió de hombros. No estaba de humor para sus bromas. Que Haeim hubiera huido lo preocupaba.

Haeim había perdido sus recuerdos. Probablemente estaba rechazando toda esta realidad. En su conciencia, las personas muertas no existían. Nunca habían existido desde el principio.

Si eso aliviaba el corazón del niño, podía aceptarlo con gusto. Porque, en el fondo de su inconsciente, esa persona existía. Como siempre, debía ser alguien a quien deseaba que existiera.

“Parece que sus síntomas son graves”.

“Algún día lo recordará”.

No sabía si quería que Haeim recordara todo o que siguiera olvidando. Solo deseaba su paz. Que su frágil mente no se derrumbara de nuevo.

¿Por qué lo besó? No pudo contenerse.

“Es un chico tan frágil. Bueno, no es exactamente un niño, pero parece mucho más joven de lo que es, tal vez por lo delicado que se ve”.

“Un poco, sí”.

“Espero que no recupere la memoria por un tiempo. Al menos hasta que atrapemos a Park Kyung-sang”.

“Eso espero”.

Kang Yuye miró las cenizas en su mano. Recordó que Haeim había huido con la cara cubierta de cenizas, como un gato caótico. ¿Se habría mirado al espejo?

Soltó una risa fuera de lugar. Al dejar esta isla, la tragedia y la violencia se repetían sin cesar, pero esta Isla de las Mariposas era pacífica. Tan pacífica que podía reír al ver a un niño convertido en Cenicienta.

“Entonces, ¿descubriste qué hace Kang Yujue con Park Kyung-sang?”.

“Aún no. Probablemente solo sea un peón”.

“Park Kyung-sang es un pervertido”.

No sabía cómo Yujue conoció a Park Kyung-sang. Pero su regreso de Estados Unidos fue instigado por él. No sabía qué condiciones lo convencieron de volver.

Kang Yujue era su verdadero hermano. Hermanos de sangre. Por más extraño que fuera, no podía negar que nacieron de los mismos padres.

No podía soportar ver a Yujue involucrado con Park Kyung-sang.

No porque Park Kyung-sang fuera su enemigo. Sino porque no quería que Yujue tuviera el mismo destino que Yang Hee-seong. Había que salvarlo antes de que cayera en esa suerte.

“Tal vez Park Kyung-sang no necesita a Yujue por un beneficio específico. Solo quiere molestar al presidente, mantenerlo atado. Aunque se supone que el presidente está muerto, sigue usando a Yujue, y no entiendo por qué”.

“Yujue aún es joven y no tiene mucho valor. Aunque, si busca la herencia… podría quererla. Con tanto dinero, no tendría que preocuparse por fondos políticos”.

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“¿Y si advertimos a Yujue de alguna manera?”.

“Por ahora, observemos”.

Lo urgente era Haeim. Sentía culpa por dejar a Yujue en segundo plano, pero no había opción. Haeim estaba tan delgado, tan débil.

Y tal vez… tan loco.

Haeim estaba atrapado por las náuseas y la depresión. Si esto continuaba, dar a luz sería peligroso.

Los bebés.

Yuye repitió esa palabra extraña. Cuando Yang Hee-seong dijo que llevaba a su hijo, Yuye optó por el silencio. Guardar silencio era un respeto por la vida trágica de Hee-seong.

Si no hubiera sido por el incendio de aquel día, la vida de Hee-seong no habría caído en el abismo. A veces soñaba con ese día. Aunque Hee-seong, que gritaba que no quería salir de las llamas, ya no estaba.

Si Hee-seong no hubiera muerto, ¿cómo habría crecido el niño? ¿Se parecería a su madre? Al menos, no se parecería a esa persona. Yuye suspiró por el arrepentimiento fugaz.

No, no era momento para dejarse llevar por el remordimiento. Había que seguir adelante. Aunque fuera hacia un precipicio, estaba dispuesto a dar un paso al vacío.

“Vigila a Yujue de cerca”.

“Así lo ordenaré”.

“Y dile a la señora Shin que me avise si surge cualquier problema. Por pequeño que sea, no debe pasarlo por alto”.

“No se preocupe. La señora Shin cuidará bien de Haeim”.

Lo único que Yuye deseaba era que no ocurriera nada. Por ahora, no había forma de proteger a Haeim. Solo podía esperar que no colapsara.

Haeim volvió a escribirle una carta al benefactor.

 

De: haelim@rimail.com

Para: asdf1234@rimail.com

Asunto: A mi benefactor

Hola, soy Kwon Haeim.

Hoy, Yujue volvió a dejar la isla. No sé por qué lo hace. A menudo, al abrir los ojos, él no está, y no extraño su ausencia.

Hace unos días, contesté una llamada suya por error. No se enfadó. Dijo que podía pasar, que era un error. Eso fue todo.

Pero la voz que escuché por el teléfono me aterró. Sentí como si hubiera nacido para temerle.

Era un hombre llamado Park Kyung-sang. Cuando dijo, con una voz seca y sin emoción, ‘Soy Park Kyung-sang’, casi dejo caer el teléfono. ¿Por qué su nombre sonaba tan peligroso y perturbador? No lo conozco.

No sé por qué Yujue conoce a ese hombre aterrador. Pero su relación no es normal, eso es seguro.

Oh, no quería hablar de esto.

Últimamente estoy muy bien. Las náuseas han disminuido, y poco a poco puedo comer más cosas. Aunque la comida del templo, como el bibimbap, sigue siendo lo mejor.

¿Te conté que conocí a alguien extraño en el templo? Se llama Yuye, no sé si es un seudónimo. No lo he vuelto a ver, pero dejó una impresión extraña.

No sé cómo describirla. Pero cuando lo vi, sentí como si despertara de un sueño. A pesar de ser un desconocido.

Lo vi dos veces, y cada vez me invadía un éxtasis extraño. Sentí que tenía un corazón, y que latía por él.

Así que, la segunda vez, lo besé. ¿Cómo describir ese impulso? ¿Tiene un nombre? ¿Tú lo sabes?

Sentí que había cien mil razones para besarlo. Así que lo hice. Fue un beso suave. Probablemente algo que nunca había experimentado. Por eso se sintió tan bien.

Sé que no debí hacerlo. Estoy embarazado. En mi situación, besar a otro alfa no es una buena elección. Pero lo deseé desesperadamente, aunque sabía que era infidelidad.

Infidelidad, algo poco ético.

A veces pienso: ¿me enamoré después de solo dos encuentros? Es una idea absurda.

No volveré a verlo. Me confunde, me hace sentir que no soy yo. Cuando estoy con él, es como flotar en las nubes. Es irreal, su existencia es incierta, como niebla o agua.

Así que no volveré al templo ni lo encontraré de nuevo.

 

En ese momento, la computadora se apagó. La casa quedó a oscuras. Un relámpago cayó verticalmente hacia el mar, iluminando todo con viveza. El entorno se tiñó de un azul eléctrico.

El trueno de finales de invierno era feroz.

Al principio, solo era el viento. Sacudía los árboles del jardín. Las ramas desnudas, sin hojas, se doblaban sin romperse.

Ojalá el viento se detuviera.

Haeim miró el horizonte. Nubes oscuras, como impregnadas de tinta, se acercaban. El cielo se oscureció rápidamente. El viento pastoreaba las nubes.

El relámpago estaba listo para caer. La lengua sentía un cosquilleo eléctrico. Las puntas de los dedos picaban. ¿Dónde esconderse si el trueno rugía? Haeim miró la enorme mansión. No había lugar donde refugiarse.

“El clima está raro”.

La señora Shin miró por la ventana, recogiendo su tejido con una mirada preocupada. Haeim se acurrucó en un sofá individual. Sabía que parecía estúpido, pero no podía controlar el temblor de sus manos y pies.

“No te preocupes. Hoy no me iré, me quedaré en la casa”.

“Está bien”.

“¿Cómo que está bien? Estás temblando de miedo”.

Ante la voz preocupada de la señora Shin, Haeim dijo con esfuerzo: “No lo estoy.” Su lengua entumecida hizo que sonara como un murmullo insignificante.

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No quería que la señora Shin se quedara. Odiaba tanto el miedo que le provocaban los truenos como mostrar su lado más débil a otros.

“De verdad, estoy bien”.

Forzó su voz. En ese momento, un relámpago cayó. La costa se iluminó con el destello que golpeó el mar. La luz electromagnética se extendió por la superficie.

Quería ser un pez en el fondo del mar. Allí no habría miedo. Las profundidades serían silenciosas, sin viento.

Para olvidar el dolor, pensó en peces de aguas profundas. Rape, celacanto. Solo podía recordar esos porque la señora Shin lo miraba.

(N/T: El rape es un pez depredador abisal que usa un "cebo" para atraer presas, mientras que el celacanto es un "fósil viviente" con aletas lobuladas, el cual se creía extinto hasta su redescubrimiento en 1938. Ambos viven en las profundidades marinas, pero pertenecen a diferentes grupos evolutivos y tienen estrategias de vida distintas.)

Otro relámpago cayó, seguido de un trueno que sacudió los cimientos de la mansión. Haeim se encogió más, con la respiración entrecortada. No sabía si era por los truenos o por estar tan acurrucado.

“En la secundaria… una vez me quedé atrapado en el baño de la escuela”.

Tenía que decir algo, responder algo. La señora Shin, tejiendo con diligencia, lo miraba fijamente.

“Estaba encerrado… y llovía mucho”.

“Debió ser aterrador”.

“Mucho”.

Su lengua no se movía, sus palabras eran murmullos.

Confesar su pasado a alguien no mejoraba las cosas, pero quería olvidar ese miedo de alguna manera.

Haeim habló desordenadamente sobre cosas del pasado. La señora Shin escuchaba con atención, añadiendo de vez en cuando un “sí” o “entiendo”.

En ese momento, un relámpago alcanzó un árbol en la playa. Fue tan grande que la mansión tembló como si hubiera sido bombardeada. El árbol ardía con los brazos abiertos al cielo. Haeim sintió un miedo abrumador mezclado con asombro.

Era como el arbusto ardiente de la Biblia, como si Dios descendiera, gritando órdenes a un profeta.

La señora Shin se acercó a la ventana. Todavía no llovía, y el árbol ardía en el aire húmedo.

“No se extenderá a la casa, ¿verdad?”.

“Pronto lloverá”.

Haeim asintió ante la respuesta de la señora Shin. Lluvia, viento, truenos. ¿Cuánto tiempo podría mantener la cordura? Jadeando, intentó respirar profundamente.

Otro relámpago golpeó un campo de grava cercano. La corriente azul saltaba alrededor.

El trueno siguió al relámpago, rugiendo como un grito furioso. Afuera, el árbol ardía (quizás para siempre), y el cielo rugía con furia.

Haeim temía que los truenos lo desgarraran. Sentía que absorbían su cuerpo. Abrió la boca para expulsarlos, pero solo salió un gemido ahogado.

“¿Estás bien? Mira ese sudor frío”.

En el reformatorio, cuando los truenos rugían, ¿qué hacía? Solía despertar en la enfermería tras un ataque de pánico, sin recordar bien. A menudo, sus dedos estaban mordidos, su frente llena de moretones. A veces golpeaba algo con la mano.

La señora Shin trajo una toalla para limpiarle el sudor. Haeim tembló al sentir su toque, una reacción automática.

“Solo quiero limpiarte el sudor”.

“Lo sé”.

Su respiración estaba al límite. ¿Cómo olvidar este dolor, ansiedad y miedo?

De repente, recordó un día de tormenta cuando Yujue intentó marcarlo. Fue un acto forzado y peligroso. Podría haber muerto.

Espera, ¿peligroso? ¿Y si alguien lo marcó antes que Yujue? ¿Y si ese alguien era el padre de los bebés, el que llamó ‘hermano’?

Su cabeza dolía como si la partieran con un hacha. Los recuerdos borrosos y olvidados fluían con el relámpago. Acurrucado en el sofá, se agarró el cabello.

Realmente había alguien. Alguien cariñoso. Pero ya no existía. ¿Por qué no existía?

“¡Estudiante, estudiante!”.

La señora Shin, alarmada, lo sacudió. Haeim sintió su cuerpo temblar como un árbol hueco.

Otro relámpago cayó cerca de la costa. Si no escapaba a algún lugar, a alguien, su corazón se detendría. Haeim salió corriendo. La señora Shin, sorprendida, lo siguió.

Apenas salió de la mansión, la tormenta estalló. Gotas frías como nieve caían sin piedad, como agujas, como relámpagos.

Ante sus ojos, se reproducía una tormenta del pasado. Todo era agua. El agua fétida de la muerte. Le daban náuseas.

Corrió sin saber a dónde. Los truenos rugían, gritándole palabras incomprensibles.

En esta tormenta, nunca dormirás.

La presión lo aplastaba. Solo podía escapar. ¿A dónde? ¿Al mar? ¿A ese mar blanco de electricidad?

No sabía a dónde iba. Pero al ser envuelto en un abrazo cálido, supo cuál era su destino.

“Tranquilo, tranquilo, Haeim”.

La voz suave que susurraba expulsaba el miedo terrenal. Haeim, apoyándose en esa calidez y firmeza, sollozó sin parar.

“Tengo miedo”.

Lloró y gimió.

“Está bien. Todo estará bien”.

No dijo nada grandilocuente. Solo lo abrazó con fuerza, repitiendo que estaría bien. Sí, estaría bien. Haeim se aferró a esa esperanza inútil. Todo estaría bien.

“Entremos”.

“Tengo miedo”.

“Está bien”.

El susurro constante. Al recuperar la conciencia, estaban subiendo la colina hacia la mansión del oeste. Era extraño que su instinto lo llevara a un lugar que nunca había visitado.

Casi colgado de Yuye, entró en la mansión. Cruzaron el amplio y desolado jardín. Un relámpago cortó el cielo como un dragón serpenteante sobre el mar.

“Entremos a secarte”.

“Sí”.

Al cruzar el umbral, el aire cálido llenó su nariz. El alivio invadió su cuerpo. Cuando sus fuerzas cedieron y estuvo a punto de caer, Yuye lo sostuvo.

Haeim lo miró aturdido. Yuye lo cargó en brazos y abrió la puerta del baño.

Lo sentó en el borde de la bañera y llenó esta de agua caliente. Mientras preparaba el baño, Haeim permaneció acurrucado.

“Lávate. Deja la puerta abierta mientras te bañas”.

“¿Por qué?”.

“…”.

“No haré nada extraño en el baño”.

“¿Qué cosa extraña?”.

“…Solo algo extraño”.

¿Qué cosa? Algo extraño. Sonaba a malentendido. Sus orejas ardían. Haeim agitó el agua de la bañera a propósito.

“Báñate rápido. Estás temblando”.

Al darse cuenta, su cuerpo temblaba. Su lengua convulsionaba, impidiéndole hablar. Avergonzado de su cuerpo delgado y embarazado, se quitó la ropa lentamente.

Solo llevaba una sudadera azul y una camiseta de manga corta, fáciles de quitar. Pero los jeans eran otra cosa.

Nuevos y sin lavar, estaban rígidos por el agua lodosa. Mientras luchaba con ellos, Yuye los bajó por él. Era extraño que ese gesto no le incomodara.

En ropa interior, se puso bajo la ducha. Tras pensarlo, se quitó también la ropa interior. El agua caliente calmó el temblor. Se recostó en la bañera. El calor llenó su médula.

¿Por qué había llegado aquí? Afuera, los truenos rugían. No estaba en paz, pero tampoco tan asustado. Antes, nunca pudo estar tranquilo bajo el agua. Siempre había miedo y terror.

Para borrar sus pensamientos, sumergió la cabeza. La familiar sensación de asfixia lo envolvió. Al abrir los ojos, vio el mundo distorsionarse con el movimiento del agua. Extendió la mano hacia esa transformación. De repente, su muñeca fue tomada y lo sacaron del agua. Tosiendo por el susto, escupió agua.

“Esto es lo extraño”.

Yuye habló sin expresión. Sin entender qué quería decir, Haeim se frotó los ojos y lo miró.

“Dijiste que no harías cosas extrañas”.

“Solo me sumergí”.

¿Cómo podían sus ojos verse tan ansiosos? Yuye apartó el cabello de su frente. Haeim sintió vergüenza al notar que estaba completamente desnudo, pero Yuye parecía no inmutarse.

“No lo hagas de nuevo”.

En el pasado… se había desmayado bajo el agua varias veces. Se sumergía y contenía la respiración hasta perder el conocimiento, o justo después, lo encontraban.

No era exactamente que quisiera morir, pero Yujue lo trataba como si hubiera intentado suicidarse y fracasado.

“No lo hagas, Haeim”.

“Sí”.

Asintió obediente, y la mano de Yuye, que acariciaba su cabeza, se detuvo. Reprimió el impulso de frotar su cabeza contra él y lo miró.

“Me quedaré aquí. Báñate”.

Su tono firme no admitía réplicas. Haeim se sumergió de nuevo. Que fuera un alfa lo inquietaba, pero eran hombres, con las mismas partes, así que fingió que no importaba.

Un relámpago cayó cerca, haciendo temblar la isla. Haeim se encogió y se mordió el labio.

“Tranquilo”.

Su consuelo se extendió como tinta en su corazón. Una sonrisa negra, reconfortante, que ocultaba la sangre que goteaba.

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Al terminar, Yuye trajo ropa y una toalla. Aunque ya se había bañado, Haeim se vistió frente a él. Extrañamente, la ropa le quedaba perfecta, como si hubiera estado esperando que la usara.

“Siéntate frente a la chimenea. Traeré leche”.

“¿No es leche amarga?”.

Tras decirlo, lo sintió extraño. ¿Podía la leche ser amarga? ¿Por qué sentía que ya había probado una así?

“No había opción entonces”.

Yuye habló con voz suave, como si se arrepintiera. Era extraño. Sentía como si lo conociera de siempre. Haeim sacudió la cabeza para librarse de esa sensación.

Pronto llegó la leche. Al tomar un sorbo, casi la escupió. Era tan dulce que parecía amarga. ¿Cuánto azúcar le puso? Quería quejarse, pero los ojos amables de Yuye lo obligaron a beber.

“Lo dulce te hará sentir mejor rápido”.

“…Gracias”.

Su lengua estaba pegajosa y apenas se movía. No se sentía mejor, solo le dolía la cabeza por el dulzor.

“¿Quieres pastel?”.

Seguro sería igual de dulce.

Sentado frente a la chimenea, el sueño lo invadió. Era extraño dormirse con truenos rugiendo. Nunca le había pasado.

Acurrucado frente a la chimenea, cabeceó y terminó acostado. Una manta lo cubrió. Extendió los brazos hacia Yuye.

“…Duerme conmigo”.

Debía estar loco por decir eso. Pero con él, sentía que podía decirlo. Si insistía, tal vez lo complacería.

“Tengo cosas que hacer”.

“Pueden esperar”.

Yuye se acuclilló. Haeim, suplicante, tiró de su pantalón. Con un suspiro de resignación, Yuye se acostó a su lado.

Afuera, la tormenta rugía, pero frente a la chimenea era pacífico. Haeim se pegó a Yuye, usando su brazo como almohada. Yuye lo abrazó.

Ese abrazo era familiar. Tenía una suavidad y un calor que hacían brotar lágrimas. Tras dudar, preguntó:

“¿Nos conocemos?”.

“…Sí”.

“No lo recuerdo. Ojalá pudiera recordarte, hermano”.

“…”.

“¿Qué éramos tú y yo? ¿El hermano de un amigo? ¿Un conocido? ¿Solo alguien que conocía? No éramos solo conocidos, ¿verdad? Si lo fuéramos, no me sentiría así”.

Haeim se giró para mirar a Yuye. Sus ojos contenían innumerables palabras, brillando como estrellas lejanas, imposibles de atrapar.

“¿Qué es este sentimiento?”.

“No lo sé. No puedo explicarlo con palabras”.

El segundo día que se encontraron, lo besó. Tal vez se enamoró a primera vista. Por eso pudo besarlo. Aunque sabía que era una infidelidad, no encontró razones para no hacerlo.

Haeim rodeó la cintura de Yuye con los brazos y apoyó la cabeza en su pecho. Su abrazo era cálido.

“Si nos conocíamos, ¿cómo llegamos a ser desconocidos?”.

“Estabas enfermo”.

Yuye lo explicó simplemente. La palabra ‘enfermo’ sonaba creíble. Lo olvidó porque estaba enfermo. Sí, debían haber tenido una relación profunda. Entonces, ¿podría ser él el padre de los bebés?

“¿Eres el padre de mis hijos?”.

No hubo respuesta. Al parecer, no lo era. Entonces, ¿quién era el padre?

“¿Sabes quién es el padre de mis hijos?”.

“No lo sé”.

Palabras no tan amables, pero gestos afectuosos. Su mano acariciaba el vientre de Haeim con suavidad y cuidado. Haeim, conteniendo las cosquillas, finalmente soltó una risa. Los bebés en su vientre dieron una patada. Sorprendido por la sensación, se detuvo.

Al ver su expresión de dolor, la preocupación apareció en el rostro de Yuye.

“¿Qué pasa?”.

“Alguien me pateó. Son gemelos, no sé cuál fue”.

Yuye frotó su vientre suavemente, como calmándolo, susurrando que, quienquiera que fueran, eran niños traviesos. Sus palabras eran extrañamente cosquilleantes.

“En realidad, no amo a estos bebés”.

“¿Por qué?”.

“No lo sé. Al principio, pensé que eran de Yujue, así que no los amaba. Ahora… no sé por qué no los amo. Si son mis hijos, ¿no debería amarlos?”.

Pensar en eso le oprimía el pecho. ¿Era por las náuseas dolorosas, por el encierro, por culpar a los bebés de todo esto?

Tal vez… temía no saber qué crecía dentro de él.

Gemelos. Ni las imágenes de ultrasonido en 3D ni nada le hacían sentirlos reales.

“No pienses tanto”.

Yuye lo abrazó con más fuerza, como atrapándolo. Haeim frotó su rostro contra su pecho varias veces. ¿Por qué se sentía tan familiar, tan añorado?

“No lo sé, de verdad. No entiendo nada”.

“A veces es mejor no saber”.

“Oye”.

“¿Sí?”.

¿Cómo podía su voz ser tan cálida? Era como abrazar un brasero ardiente. No temía quemarse.

“¿Puedes acompañarme mañana al campo de ciruelos? Dicen que detrás de la isla hay ciruelos en flor, pero nunca los he visto”.

“Claro.”

“Dicen que las flores de ciruelo tienen un aroma increíble. ¿Las has olido?”.

“No”.

“Yo solo las he visto en cartas de hanafuda”.

(N/T: Hanafuda: es un tipo de baraja de naipes japoneses que tradicionalmente consta de 48 cartas divididas en 12 meses, cada uno con diseños florales y elementos naturales propios de la estación.)

Una risa baja. Como luciérnagas revoloteando sobre su cabeza. Quería atrapar esa risa y guardarla en un frasco de cristal.

“Mañana, sin falta, veremos los ciruelos”.

“Claro”.

“Mañana, nos vemos mañana”.

Haeim sintió unos labios en la parte trasera de su cabeza. No quería dormir, quería disfrutar más de este momento. Pero el sueño era demasiado fuerte.

“Oye”.

“¿Sí?”.

Yuye apretó más el abrazo alrededor de su vientre. Haeim sintió que su cuerpo se hundía en la tierra con la seguridad de ese abrazo. Pero esos brazos no lo dejarían hundirse del todo; lo rescatarían una y otra vez.

“Dicen que en China, al despedirse, dicen ‘nos vemos de nuevo’”.

“¿Y?”

Sintiendo los labios en su nuca, Haeim rió suavemente. Entendía por qué había tantas mariposas en Geumhongdo. Aquí, las mariposas nacían en los corazones de las personas. Cuando querían ser amables o reír, las mariposas surgían en tropel.

“Entonces, ¿qué hacen con quienes no volverán a verse? ¿Solo saludan a quienes encontrarán de nuevo?”.

“La despedida es el misma. Es breve, pero da certeza a quienes volverás a ver y esperanza a quienes no”.

“Entiendo”.

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Haeim tiró de sus brazos para que lo abrazaran más fuerte. Los latidos de su corazón se intensificaron. Sus corazones, latiendo al unísono, hacían creer que sus cuerpos siempre fueron uno. Al cerrar los ojos, vio la imagen de un ciruelo. Un aroma nunca sentido flotaba en la oscuridad.

“Entiendo. Entonces, adiós, hasta que nos veamos de nuevo”.

 

Cuando Kang Yuye despertó, eran casi las diez de la mañana. Había dormido profundamente por primera vez en mucho tiempo, sin dolor. En la madrugada, cuando los truenos cesaron, Haeim despertó. Los relámpagos, que resonaban como fanfarrias del infierno, dejaron solo el suave murmullo de las olas.

Aunque sabía que Haeim lo miraba con intensidad, fingió dormir. Esa mirada era tan ardiente que parecía quemar su piel. No podía imaginar qué pensaba.

Haeim había olvidado mucho. Su mente, ya frágil, era demasiado débil para aceptar todo esto y terminó rechazando la mayoría. Yuye temía el momento en que recordara lo olvidado.

Tras la salida de Haeim, Yuye volvió a dormir en la cama. Aún necesitaba recuperarse. Se cansaba y agotaba fácilmente, dificultando mantenerse lúcido.

Al despertar, recordó la conversación antes de dormir.

Ciruelos.

No debía volver a ver a Haeim ni salir a exponerse. Mientras se duchaba, postergando la decisión, sonó el teléfono. Al salir, vio que era Jeong-sik.

“Soy yo”.

Jeong-sik contestó de inmediato, su voz urgente. Un mal presentimiento lo invadió.

—Tienes que evacuar la isla. Parece que Kang Yujue empieza a sospechar de los movimientos de Haeim.

“¿Se dio cuenta de que estoy vivo?”.

—Según Kim In-hyeon, Yujue fue al templo esta madrugada buscando a Haeim. Hizo preguntas al abad. No obtuvo pistas concretas, pero notó algo extraño.

Yuye suspiró y se pasó la mano por el cabello. Encontrarse con Haeim era temerario. Yujue o quienes lo vigilaban podían descubrirlo. No debía hacerlo. Pero no pudo evitarlo.

—Tienes que irte rápido.

“Entendido”.

—¿Envío un helicóptero hoy?

“Hazlo”.

Tras terminar la llamada, Yuye se quedó mirando las brasas apagándose. Lo de anoche parecía un sueño. Para Haeim, debía sentirse aún más así.

Haeim, que había perdido los recuerdos de los últimos meses, parecía estar mejor. Mucho mejor que cuando lo recordaba todo. El olvido era su medicina.

Antes de perder la memoria, Haeim estaba mal. Su frágil mente mostraba signos de colapso, su voluntad cubierta de grietas como telarañas. Según la señora Shin, parecía completamente loco.

Ahora debía dejarlo de nuevo. Pero Yuye ya estaba ‘muerto’. Si seguía en la isla, Park Kyung-sang descubriría que estaba vivo tarde o temprano.

Encendió el portátil. Había varios correos.

Si dejaba la isla, ¿qué sería de Haeim? Pensar que no podría soportarlo lo hacía no querer irse.

Aunque Park Kyung-sang lo descubriera, ¿no debería quedarse al lado de Haeim? Leyó varias veces el último correo.

 

…¿Dije eso? Lo volví a encontrar. Cuando los truenos y la tormenta golpearon Geumhongdo, corrí y corrí hacia él. Los relámpagos caían a mi lado, como si apuntaran a mi cabeza, pero seguí corriendo hacia la mansión del oeste.

¿En qué pensaba? Solo sabía que debía encontrarlo, refugiarme en él de la tormenta.

Y él estaba allí, esperándome, como si supiera que iría. O tal vez solo quería ver la lluvia. Me abrazó, y jadeé en su pecho. Lo único seguro es que los truenos ya no me asustaban.

A veces sueño que estoy en Venus, donde caen mil, diez mil relámpagos. Allí moriría bajo ellos. Pero con él, siento que podría soportarlos.

Anoche dormí abrazándolo, y al despertar y salir de esa casa, sentí una enorme pérdida. Sí, así fue.

Querido benefactor, creo que lo amo. Por eso no quería separarme de él. Cuando me hundí en su abrazo, sentí que nuestros cuerpos se fundían en uno, como si siempre debiéramos estar juntos.

Solo lo vi tres veces… Él dice que nos conocíamos. Probablemente lo amé antes. Por eso se siente tan bien.

Pero si lo amé tanto, ¿por qué lo olvidé? O más bien, ¿por qué siento que lo perdí?

Estoy confundido. Tengo hijos, no recuerdo quién es su padre ni qué relación tuvimos, y aun así me enamoré de él. Sé que no es ético. Ojalá me dijera quién es, cómo nos conocimos, qué éramos.

Pero alguien que huye de perseguidores no tiene obligación de contármelo todo.

Lo extraño ahora. Mi alma debe haber nacido en la suciedad.

Espero con ansias tu respuesta.

 

Yuye cerró el portátil y se sumió en el silencio. Afuera, los brotes de flores de espino brillaban con el viento en la playa. Pero debía irse. Tal vez conocer a Haeim fue un error desde el principio.

Abrió el portátil de nuevo, releyó la carta y lo cerró. Quiso decirle que esperara, pero no pudo decir nada.

 

Dos meses después

Una mariposa púrpura aterrizó en el borde del balcón. Era un día de fuertes vientos marinos. La mariposa, agotada, no podía seguir el camino impuesto por el viento.

Plegó sus alas por un momento. Miró al hombre que extendía la mano hacia ella. No era exactamente un hombre. Parecía un chico atrapado en una juventud eterna.

No había hostilidad en ese gesto, y la mariposa sintió el impulso de posarse en sus dedos. Revoloteó alrededor, observándolo.

El chico estaba sentado en un sillón. Aunque el clima era cálido, cubría su vientre con una manta.

Oh, está embarazado.

La curva suave de su vientre contrastaba con su rostro demacrado. La mayoría de las personas embarazadas parecían más felices que este chico.

La mariposa aterrizó con cuidado en su vientre. El chico, delgado y frágil, sonrió. Dos latidos resonaban en su interior, fuertes, como si dijeran a su madre que no los olvidara. Eran tiernos ante su apariencia.

La mariposa voló y se posó en su dedo. El chico respiró con cuidado, como si temiera dañar sus alas. Como si estuviera muerto, en silencio.

¿Era un ser vivo? ¿No sería una figura de cera? La mariposa pensó que podía ser una figura animada o una máquina como las que contaban los ancestros. Pero los bebés en su vientre lo desmentían.

Entonces, era un alma herida. Solo un alma herida guardaba tal silencio, temerosa de exponerse, de que el viento, como una cuchilla, lo lastimara, volviéndose más callado que la noche.

“Eres muy hermosa”.

La mariposa miró su reflejo en los ojos del chico. Pensó que él también era hermoso. Si no estuviera tan demacrado, lo sería aún más.

“¿Eres una mariposa de almizcle?”.

El chico acercó la mariposa a su nariz. No voló. Olió su flanco, que desprendía un aroma a almizcle.

“Realmente tienes una luna en las alas”.

La mariposa de almizcle estaba orgullosa de las lunas en sus alas. Más nítidas que las de otros machos, iluminaban sus alas con un brillo púrpura. Orgullosa, aleteó varias veces. Odiaba a los humanos, pero este chico no le disgustaba.

“Eres muy bonita”.

Al escuchar sus palabras, la mariposa aleteó con más orgullo. La sonrisa del chico se intensificó, pero no duró.

“Entremos, hace mucho viento”.

La puerta del balcón se abrió y apareció alguien. Un hombre de edad similar. Si el chico parecía eternamente joven, este hombre era claramente adulto.

Al escuchar su voz, el cuerpo del chico se tensó. Sentía asco y miedo. No, definitivamente miedo.

“No quiero”.

Respondió con voz temblorosa, aferrando la manta como defensa. El hombre, sin inmutarse, dijo como orden: “Entra.”

“No. Lo esperaré”.

¿A quién esperaba? La mariposa revoloteó sobre su cabeza. Conocía bien la isla. Aunque nació en primavera, la había recorrido más que nadie.

Todos en la isla eran iguales. Nadie desprendía el aroma de forastero como este chico.

Estaba esperando a un extraño.

“¿A quién esperas? Llevas meses así. Quien sea, no volverá”.

El hombre habló con desdén. El chico apretó más la manta, buscando palabras para replicar. Sus ojos recorrieron los patrones de la manta, como si estuviera mudo.

“Haeim, estoy aquí. Aunque él no regrese, yo siempre estaré contigo. Para siempre”.

La vida de una mariposa es corta. No entendía la espera infinita de ‘para siempre’. Su eternidad era el tiempo entre la floración y la caída, dedicada solo a las flores y al amor.

“Volverá”.

Murmuró el chico, mirando el mar lejano, frío y profundo, cubierto de espuma blanca.

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“No puedes quedarte más en esta isla. Debes irte para dar a luz”.

“Ya dije que no me iré”.

El chico golpeó la barandilla del balcón con irritación. El hombre lo miró en silencio. Sus labios callaban, pero sus ojos hablaban. Un lenguaje tan complejo que la mariposa no podía entenderlo.

La tensión fluyó entre ellos. La mariposa se interpuso frente al chico. Sentía que debía hacerlo.

“No puedes dar a luz aquí”.

“¿Bebés? ¿Bebés cuyo padre ni siquiera conocemos?”.

El chico habló con sarcasmo.

“Te lo dije, Haeim. Soy el padre de tus hijos”.

Los ojos del hombre eran sinceros. Pero la mariposa sabía que mentía. Si tuviera labios, habría susurrado que todo lo que decía era falso.

“No eres tú. No eres el padre”.

“Haeim, estás enfermo. Confundido por el dolor. Somos compañeros, y yo soy el padre de tus hijos”.

“¡Mentira, estás mintiendo!”.

El chico gritó. Su grito sonaba como un pedido de auxilio. Siguió un silencio. Durante ese silencio, el chico abrazaba su vientre, protegiendo a los bebés de las mentiras. Era un acto instintivo, sin amor.

“Estás mintiendo. El padre es otra persona. Alguien a quien amé… Sí, alguien a quien amé”.

Más calmado, el chico habló con frialdad.

“¿No recuerdas? Tú me amabas”.

El hombre sonrió. Su sonrisa era tan brillante que incluso la mariposa podía ver su fulgor, como pétalos multicolores.

“Me amabas, y por eso estás embarazado”.

“Mentira”.

El rostro del chico palideció. Sus puños apretados parecían a punto de clavar las uñas en las palmas. Sus ojos, rojos por los vasos sanguíneos, se volvieron profundos como un pozo. Esa oscuridad. La mariposa deseó que alguien lo salvara.

“¿Recordaste qué le pasó?”.

El chico asintió por reflejo, su rostro aún más pálido. Lágrimas brotaron de sus ojos de pozo, teñidos de desesperación y tristeza.

“Haeim, ¿realmente lo recordaste?”.

Otro asentimiento reflejo. El chico se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. La mariposa quiso posarse en su mejilla y beber esas lágrimas. Qué extraña intimidad.

“¿Qué pasó?”.

“Murió…”.

El chico habló lentamente, sin expresión. El hombre soltó una carcajada, maligna, peligrosa y hermosa.

“Parece que lo recordaste”.

Dicen que las mariposas son almas de los muertos. Que lo que alguna vez fue un alma se convierte en mariposa. En ese momento, la mariposa de almizcle sintió que era el alma de un muerto. Por eso voló hacia el chico, porque era alguien a quien él amó.

“Sí, murió”.

Qué fría y maligna era la voz del hombre. Sus ojos oscuros como sombras carecían de emoción. Solo la sonrisa en sus labios revelaba un extraño placer. En el fondo, había odio, un cuchillo que hería al chico.

“Era nuestro hermano”.

El cuerpo del chico comenzó a temblar, como si sintiera un dolor infinito. Las lágrimas desbordaban sus ojos, formando un pantano que la mariposa no podía cruzar.

“Ahora está muerto, y solo me tienes a mí”.

“No”.

Murmuró el chico, aturdido, con las manos en el vientre.

“No”.

Cada negación desesperada engrosaba el dolor de la ausencia, como polvo acumulándose en una casa vieja, pero el chico seguía rechazando la verdad.

“El hermano estaba bien. Cuando salí de la casa, dormía… No puede estar muerto”.

“Hubo un accidente. Todos sus huesos se rompieron, sus entrañas reventaron, su cráneo se quebró. Murió de forma miserable y dolorosa”.

“¡No!”.

El chico tembló violentamente. La mariposa sintió un frío en el pecho por su sufrimiento. El chico se retorcía y gritaba. El hombre disfrutaba de su dolor.

¿Amaba el hombre al chico? La mariposa no entendía las emociones humanas. Su mundo era simple: hermoso o no. El hombre era hermoso, pero no lo era. La mariposa no podía comprender esa dualidad.

El hombre tomó la muñeca del chico.

“Cálmate, no es bueno para el bebé. Necesitas estabilidad, Haeim. No te preocupes. Cuidaré bien a los bebés, como si fueran míos. A diferencia de nosotros, que sufrimos bajo padres locos, les daré amor infinito. Sin hambre ni dolor, no como esa mujer que, añoro un hijo cambiado y odió al suyo. Los criaré como si fueran míos”.

El hombre abrazó al chico a la fuerza. Este se resistió débilmente, un acto inútil.

“Me duele el vientre”.

Murmuró el chico, aturdido. El hombre miró hacia abajo. Los pantalones del chico estaban mojados con líquido amniótico, que pronto se tiñó de sangre.

“Me duele el vientre, hermano”.

Su voz parecía apagarse, a punto de desvanecerse, arrastrada por el líquido y la sangre. El chico se deslizó hacia abajo. El hombre lo sostuvo por las axilas, con el rostro pálido pero sin perder la calma.

“¡Señora Shin! ¡Señora Shin!”.

Un grito repentino hizo que una mujer saliera corriendo de la casa. “¿Qué pasa?” preguntó con calma, pero al ver el charco de líquido amniótico y sangre en el suelo, soltó un grito.

“Parece que Haeim va a tener un parto prematuro. Todavía falta tiempo para el nacimiento, así que por favor llama al 911 ahora mismo”.

El hombre dio instrucciones con una voz tranquila que lo hacía parecer inhumanamente frío. La preocupación era tarea de la mariposa. A pesar del viento fuerte, la mariposa revoloteaba alrededor del chico. Por un momento, la mirada del chico se posó en el patrón de luna en las alas de la mariposa. Extendió la mano con un gesto vacío.

“Con tanto viento, ¿podrá despegar un helicóptero?” dijo la mujer, aterrada.

El chico parpadeaba cada vez más lento, con una sonrisa vaga, como si hubiera escapado del dolor. Aunque la sangre mezclada con líquido amniótico seguía fluyendo entre sus piernas, parecía haber olvidado el sufrimiento.

“¡Solo haz la llamada! ¿Por qué hablas tanto?” replicó el hombre, su voz elevada, mostrando que no estaba tan tranquilo como parecía.

Alzó al chico en brazos y lo llevó al interior de la casa desde la terraza. La mariposa los siguió justo antes de que la puerta se cerrara.

El hombre acostó al chico en un sofá y le acarició la frente empapada de sudor frío.

“Estarás bien”.

“Aunque no lo esté… no importa”.

El chico murmuró, aturdido. De pronto, su cuerpo convulsionó. Incapaz de controlar los espasmos, su cuerpo se retorcía sin control. El hombre lo sujetó con fuerza.

“¡Ah, duele!”.

El chico abrió la boca al máximo y gritó. Agitó las piernas, retorciéndose. No, su cuerpo se retorcía solo.

“¡Duele, duele, hermano! ¡Me duele el vientre!”.

La sangre no dejaba de fluir. Un relámpago cayó sobre el mar. La mariposa sintió por un instante que era el blanco del relámpago. Un trueno que parecía derrumbar el cielo siguió, y una lluvia gruesa y afilada comenzó a caer. Los espasmos del chico se intensificaron.

“Lo siento. Yo… yo fui quien lo hizo mal. Por favor, abre la puerta. ¡Por favor!”.

El chico comenzó a gritar palabras sin sentido. Los truenos, relámpagos y la tormenta parecían haberlo llevado a algún punto doloroso y aterrador del pasado. El hombre reprimió sus movimientos con fuerza. Los gritos del chico continuaron.

“¡Una partera, encuentren una partera! Alguien que haya ayudado a un omega a dar a luz. ¡Tiene que haber alguien!”.

La mujer salió corriendo. La mariposa se posó en el reposabrazos del sofá, observando al chico. Si tuviera manos, o labios, lo habría consolado. Pero solo tenía alas y tres pares de patas. El dolor y la confusión del chico se intensificaron.

Palabras entrecortadas se podían entender.

Lo siento. Me equivoqué. Hermano. Sálvame. Yujue, no me mates.

Finalmente, las convulsiones cesaron. Su cuerpo parecía rígido, como el de un muerto. La tensión y el dolor no se aliviaban ni siquiera en su inconsciencia.

“¿Haeim?”.

El hombre le dio unas palmadas en la mejilla.

“¡Haeim!”.

Golpeó con más fuerza, y el chico despertó llorando.

“Duele, duele…”.

“No te desmayes. Tienes que permanecer consciente”.

El hombre lo levantó y lo llevó a una habitación. La mariposa lo siguió volando. La habitación olía a osmanthus dorado, un aroma cubierto de nieve y hielo.

El chico se aferró al vientre, repitiendo que le dolía mientras lloraba. Ya no parecía tener fuerzas para resistir.

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“Haeim, está bien. Pronto estarás bien”.

El chico no escuchaba. Sus ojos, fijos en el vacío, veían algo inexistente, como si fuera ciego.

El hombre le quitó los pantalones holgados. La sangre seguía fluyendo entre sus piernas. Su rostro palidecía, y sus labios se volvían azules.

“Aunque muera… no importa”.

Su voz, antes confusa, sonó clara. Como si alguien al borde de la muerte recobrara la lucidez. Hablaba de morir.

“No intentes salvarme”.

El hombre lo miró, furioso, como si la debilidad del chico fuera un acto de rebeldía.

“¿Qué, quieres morir para encontrarte con él?”.

El chico no respondió. No tenía obligación de hacerlo. Sentía que estaba muriendo y estaba seguro de que lo haría.

La mariposa se posó con cuidado junto a su cabeza. La mujer que salió no regresaba.

La mariposa sintió un hambre intensa. La sangre del chico le parecía miel. Olía levemente a osmanthus dorado, y a la mariposa le encantaba ese aroma.

“Tú vas a vivir”.

“¿Por qué, por qué?”.

El chico se resistió. Cada esfuerzo hacía que la sangre fluyera en mayor cantidad. Afuera, el ruido creció. La mujer regresó, empapada, acompañada de dos ancianas y un médico.

“Traje a una partera y a un doctor”.

La partera se quitó el impermeable. Las arrugas de su rostro estaban llenas de agua de lluvia. Se inclinó para examinar al chico. Los preparativos comenzaron rápidamente. El médico y la partera se acercaron al chico.

La mariposa esperaba ansiosa lo que vendría. Si el chico moría… la mariposa creía que su muerte estaba conectada con la suya.

Si fuera posible, desearía morir aplastado en su abrazo.

La tormenta no cesaba. Haeim creía que toda esa tormenta rugía dentro de su cuerpo. Cada relámpago sentía como si le desgarrara el cuerpo. Era un dolor que nunca había experimentado. Ni siquiera las noches más solitarias fueron tan dolorosas.

El dolor no era solo físico.

Kang Yuye estaba muerto.

Haeim maldecía la memoria. Ojalá hubiera vivido olvidando todo eso. Las personas olvidan más de lo que creen. Los recuerdos son como tinta disuelta en agua: se desvanecen y listo. Pero, como si lo peor regresara al final, lo que más quería olvidar volvió.

Kang Yuye estaba muerto. El recuerdo de su muerte era afilado como un cuchillo, frío como el hielo. Cortaba y arañaba su mente debilitada.

Con los recuerdos regresando, el tiempo sin ellos se volvía borroso. El dolor los hacía aún más difusos. Todo lo que había pasado se desgastaba, como lijado con papel de lija, volviéndose opaco.

Esperaba a alguien. Alguien que se fue. No dejó promesas de regresar, ni siquiera de partir. Desapareció como si nunca hubiera existido.

Creía que era alguien a quien volvería a ver, así que lo saludó. O tal vez, al creer que no lo vería de nuevo, no se despidió. Al intentar recordarlo, todo era azul y borroso.

¿Y si su existencia fue una alucinación? Tal vez, porque estoy loco.

Haeim gritaba, retorciendo las cuerdas que ataban sus muñecas, pensando.

Estoy loco.

El dolor era como si tijeras cortaran su cuerpo, especialmente la parte inferior, como si varios camiones aplastaran su vientre. Sus entrañas se aplastaban y convertían en papilla.

“Es un parto difícil”.

Se oyó una voz tranquila. ¿De cuántos meses eran los bebés? ¿Ocho? ¿O siete y medio? Entonces, ¿había pasado tanto tiempo desde que vio a Yuye?

Si sobrevivía, estaría separado de Yuye por un tiempo infinito. Eso es la muerte: desaparecer, como si nunca hubiera existido.

El cuerpo de Haeim se convulsionó violentamente. Sin fuerzas para gritar, solo sollozaba. Sus brazos, atados para inmovilizarlo. ¿Por qué los ataron así? ¿Estaba en una sala de aislamiento de un hospital psiquiátrico? Dicen que allí atan a las personas así.

“Ha perdido mucha sangre. Estará débil. Un omega masculino con un parto prematuro y difícil… podría morir”.

La voz de la anciana era tranquila, como si mirara a alguien sin esperanza. No había palabras cliché como ‘ánimo’ o ‘lo lograrás’. Tal vez porque no tenían sentido. Los bebés en su vientre apenas se movían. Estaban muriendo. Nunca pensó que esa frase encajaría tan bien.

Estaba muriendo.

Junto con los bebés en su vientre.

“Tan joven y qué lástima”.

Murmuró la anciana. De repente, Haeim pensó que no estaba tan mal. A veces, la muerte era mejor que la vida.

No planeaba morir solo porque Yuye lo hizo. Su muerte no haría que el mundo se derrumbara ni que el sol saliera por el oeste. Pero ahora no importaba. Estaba demasiado agotado para pensar.

“Estudiante, no te desmayes”.

Le dieron una medicina amarga por la boca. Parte entró en su tráquea, causándole asfixia y tos. Su nariz ardía. Rió. No quiero morir. Solo unas gotas en la tráquea lo hacían sufrir tanto.

Sálvenme.

Pero la voluntad no bastaba para sobrevivir. Sentía vívidamente cómo su cuerpo perdía funciones. Pensó en los bebés en su vientre.

Nunca los amó. Morirían sin nacer, sin dejar rastro, como si nunca hubieran existido. No respirarían el aire del mundo fuera del líquido amniótico.

“¡El barco hospital! ¡Llegó el barco hospital! Los médicos traen bolsas de sangre”.

La señora Shin abrió la puerta gritando.

“¡No entres con el cuerpo sucio! ¿Quieres matarlo?”.

Gritó la partera. La señora Shin cerró la puerta y habló desde afuera.

“Los médicos están preparando en la habitación de al lado. ¡Se salvará, se salvará!”.

Haeim sintió un extraño alivio y perdió completamente la conciencia.

 

“Dicen que llegó el barco hospital”.

Al escuchar a Jeong-sik, Kang Yuye soltó el reposabrazos del sofá. Sus manos dejaron marcas de sudor. El parto prematuro de Haeim fue inesperado. Se suponía que daría a luz en tierra firme. Cuando estaba en Geumhongdo, había esperanza de mejora. Aunque las náuseas le impedían comer y se autolesionaba, tras recibir feromonas, parecía mejorar.

Pero después, todo empeoró. Al dejar la isla, según la señora Shin, Haeim parecía una cáscara vacía. Sin fuerza en cuerpo ni huesos, apenas podía caminar.

Yuye quiso aparecer ante Haeim varias veces. Pensaba que eso lo solucionaría todo. Aunque no pudiera aparecer, quería hacerle saber que estaba vivo.

Pero si revelaba que vivía, Park Kyung-sang no dejaría a Haeim en paz. Así como Yuye creía que todo era culpa de Kyung-sang, este creía que Yuye mató a Yang Hee-seong.

Kyung-sang creía en el ojo por ojo. Como Hee-seong murió, Haeim debía morir.

Hee-seong murió porque no respondió a su amor apasionado. Porque rechazó que eso fuera amor.

La noche antes de su muerte, Yuye lo criticó duramente. Pensó que la verdad calmaría su locura. Estaba harto.

Quería aceptar a Hee-seong y criar al niño, pero no podía tolerar sus locuras. Era joven. Creía que unas palabras detendrían su desenfreno.

Pero Hee-seong murió. El corazón humano es tan débil.

Y el niño estaba al borde de la muerte. Yuye no sabía qué sentía por él. ¿No bastaba con querer protegerlo? Deseaba que no sufriera, que no se lastimara, incluso tragárselo para protegerlo.

Todo eso era arrogancia.

“Dale algo de dinero al abogado Choi. Cambiar la ruta debió ser complicado”.

“Debe descansar. Le extrajeron 600 mililitros de sangre”.

Jeong-sik habló con firmeza, algo raro en él. Yuye se levantó con el bastón. Al tambalearse, Jeong-sik lo sostuvo rápidamente.

Apoyado en Jeong-sik, Yuye caminó hacia la ventana que daba al jardín. Había oído que en Geumhongdo llovía y tronaba. Aquí, salvo por un cielo nublado, el clima no era malo. Quería llevar este clima a Geumhongdo.

“Hace años, Yujue encerró a Haeim en un baño abandonado de una escuela. Ese día hubo una lluvia torrencial y los ríos cercanos se desbordaron. El baño estaba en una zona baja… el agua llegó hasta la cintura. Desde entonces, le teme a los truenos”.

Yuye susurró lentamente, como hablando consigo mismo.

“Debe estar asustado ahora”.

Los preparativos para derribar a Park Kyung-sang avanzaban. Planeaba revelar que estaba vivo en el momento decisivo. Solo esperaba que Haeim no se enojara.

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Tal vez tendría que arrodillarse ante el niño. No importaba si no lo perdonaba fácilmente. Había tiempo de sobra, si el destino no jugaba malas pasadas.

En silencio, esperó. Las nubes parecían cenizas de un cigarrillo olvidado. Aunque dejó de fumar hace tiempo, sintió ganas de un cigarrillo.

“¡Dio a luz sin problemas! ¡Son gemelos, un niño y una niña!”.

Jeong-sik gritó tras recibir una llamada. Yuye relajó los hombros tensos. Finalmente nacieron. No lo sentía real. Probablemente no lo haría hasta verlos. Al sostenerlos y consolarlos, se daría cuenta de que nacieron de Haeim, con sus genes y sangre.

“Felicidades”.

“Gracias”.

Yuye aceptó las felicitaciones de Jeong-sik con gusto. Era motivo de celebración. Que Haeim y los bebés estuvieran fuera de peligro era suficiente para él.

“¿Dijeron que los bebés están sanos?”.

Jeong-sik interrogó rápidamente a la señora Shin por teléfono. Su rostro se ensombreció al apartar el teléfono. Yuye se preparó para lo peor, convenciéndose a sí mismo.

Si Haeim estaba a salvo, no importaba. Era cruel, pero su seguridad era lo primero.

“Los bebés…”.

Los bebés… Yuye imaginó lo peor.

Tal vez habría otra oportunidad para tener hijos con Haeim. Si fuera posible, lo intentaría de nuevo. Sintió bilis en la garganta. No era algo para hablar tan a la ligera. Pero no podía caer en la desesperación si algo les pasaba a los bebés.

“Los bebés están siendo atendidos en el barco hospital. Planean trasladarlos a tierra firme. Haeim dio a luz sin problemas, pero perdió mucha sangre, y el parto natural de un omega masculino es muy riesgoso… Lo llevarán al hospital para observación”.

Jeong-sik transmitió las palabras del otro lado. Yuye asintió con firmeza.

“Prepáralo para que pueda verlos”.

“No puede. Kang Yujue estará a su lado. Todavía está con él. Si descubren que está vivo, será un problema. O peligroso”.

Racionalmente, Jeong-sik tenía razón. No debía ir a ver a Haeim. Pero no podía dejarlo sufrir solo.

Debió haberse sentido herido.

Apareció como un extraño y se fue sin despedirse. Yuye recordó al Haeim inocente. Con la pérdida de memoria, parecía mucho más joven que sus veinte años.

Solo se vieron tres veces. Pero el chico, como era de esperarse, se enamoró ciegamente. Yuye debía responder a esa devoción.

“Aleja a Yujue. ¿Tiene un coche?”.

“Sí”.

“Destrózalo. Crea un problema con eso. Llama a la policía y hazlo más grande. Eso me dará tiempo para ver a Haeim y a los bebés”.

“Solo mírelos desde lejos”.

Jeong-sik, aún preocupado, lo confirmó una vez más. Yuye golpeó el suelo con el bastón. Sabía que Jeong-sik tenía razón. Pero tenía el presentimiento de que las cosas no saldrían así.

 

En la unidad de cuidados intensivos neonatales, había varios bebés en incubadoras. Algunos eran regordetes y blancos; otros, no tanto. Los gemelos estaban entre los que peor se veían. Nacer prematuros a los ocho meses no era tan temprano comparado con otros bebés nacidos antes de las 30 semanas, pero los gemelos eran más delgados y oscuros, casi negros en lugar de rojos.

Lo único que Yuye podía hacer era mirarlos desde la ventana. Sin pruebas de su relación, no le permitían entrar.

“Muchos bebés enfermos como estos crecen y se vuelven saludables. Conozco a un niño que nació a las 26 semanas, no siquiera a los siete meses, y ahora, a los diez años, está súper sano y fuerte”.

La señora Shin dio palmaditas en la espalda de Yuye. Él, sin notar su toque, estaba absorto mirando a los bebés.

No podía distinguir a quién se parecían los bebés, tan oscuros y delgados. Sus ojos estaban sellados con cinta adhesiva. A diferencia de otros bebés que agitaban los puños luchando contra el mundo, estos apenas se movían.

Le contaron que no lloraron bien al nacer, solo emitieron un débil maullido como gatitos. El niño incluso tuvo un paro cardíaco y fue reanimado con RCP.

No sabían qué problemas pudo causar la falta de oxígeno en su cerebro.

“Hay bebés en peor estado. Algunos necesitan cirugía al nacer. Los gemelos no tienen enfermedades graves, así que mejorarán mucho al salir de la UCI”.

“¿Tenían nombres?”.

“No, señor”.

La señora Shin dudó antes de responder con honestidad. Yuye no sabía nada sobre criar niños, pero sabía que necesitaban padres que los amaran. Desafortunadamente, Haeim no tuvo esos padres.

“Supongo que aún no tienen nombres”.

“Porque Haeim está inconsciente”.

Yuye golpeó el suelo con el bastón. En la incubadora, un bebé despertó y agitó los puños, como luchando contra la muerte. Yuye acercó más el rostro a la ventana. Aunque no era claro, sentía que el bebé fruncía el ceño.

“¿Quiere verlos de cerca?”.

Una voz sonó detrás. Al girarse, vio a una enfermera sonriendo amablemente. Jeong-sik estaba a su lado, asintiendo levemente.

“¿Es posible?”.

“Venga, desinféctese y póngase una bata estéril. También los zapatos”.

Yuye siguió a la enfermera. Se puso la bata estéril, se desinfectó, usó guantes y cubrezapatos, y entró.

Nunca imaginó que algo así le pasaría. Lo creía imposible y no lo deseaba. Pero al estar frente a la incubadora, sus dedos temblaron.

De cerca, los bebés parecían aún más frágiles. Su piel, oscura y moteada, parecía de mono. ¿Todos los recién nacidos eran tan feos, o estos lo eran especialmente?

Pero su perspectiva cambió cuando un bebé movió el rostro. Para otros, era un gesto insignificante. Pero para un bebé cuya vida era un milagro, era una prueba de su lucha por vivir. Para Yuye, esa expresión torpe parecía una sonrisa, aunque aún estaba lejos de sonreír.

“El bebé está intentando sonreír,” dijo la enfermera, con alegría en su voz. Esa alegría y sonrisa se sentían como una bendición.

“Sí”.

Qué tonto debía parecer, diciendo que un recién nacido sonreía. Pero a Yuye no le importaba lo que pensaran.

Quería confesar que nunca había visto bebés tan adorables. Aunque eran pequeños, oscuros y delgados, todo en ellos era precioso: sus ojos, narices, labios y dedos perfectos.

“Quiero cargarlos”.

“No ahora, pero podrá hacerlo durante el cuidado canguro. Entonces necesitarán las feromonas del padre”.

“¿Parezco el padre?”.

“Oh, ¿no lo es? Pensé que sí, se parecen un poco…”.

La enfermera, visiblemente avergonzada, no sabía qué hacer. Yuye quiso reír. Hasta otros pensaban que era el padre. Siempre creyó que todos los bebés eran iguales, pero ahora veía en ellos rasgos de Haeim y de sí mismo.

“Soy el padre”.

“¡Qué alivio! Pensé que había cometido un error”.

“No estuve en el nacimiento por ciertas circunstancias, pero soy el padre”.

“Qué bueno tener bebés tan hermosos”.

Los bebés estarían sanos. Él se aseguraría de eso. Los protegería de toda enfermedad y dolor, los resguardaría de la tormenta.

“Sí, es bueno”.

Realmente lo era. Era una sensación nueva para Yuye. Otros padres probablemente lo llamarían amor. Pero él no quería decir esa palabra aún, porque no se la había dicho a Haeim.

Haeim pagó un gran precio por dar a luz a estos frágiles bebés.

“Pronto estarán bien. Hay bebés más enfermos. En unos días, estarán irreconocibles. Luego se arrepentirá de haber pensado que eran feos”.

“No pensé eso”.

“Cuando salgan de la incubadora, abrácelos mucho. Déjelos oler sus feromonas. Necesitan acostumbrarse a su padre”.

Yuye carraspeó. Algún día podría abrazarlos abiertamente como un hombre vivo.

“¿Podrían mantener en secreto que estuve aquí? Por ciertas circunstancias”.

“¿Qué?”.

“Quiero que mantengan en secreto que vi a los bebés. Por favor”.

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Kang Yuye pidió cortésmente a la enfermera. Una luz complicada cruzó por sus ojos. Tras un momento de vacilación, la enfermera asintió.

El tiempo de visita terminó rápidamente. Yuye permaneció pegado al cristal por un rato. Los bebés, tal vez dormidos, ya no se movían.

“Señor, no hay tiempo. Si quiere ver a Haeim, debe moverse ahora,” susurró Jeong-sik.

“¿Está consciente?”.

“Aún no. Probablemente no despierte hoy”.

Yuye estaba preocupado por Haeim. Las noticias desde que dejó la isla no eran buenas. Haeim estaba en peligro. Los bebés estaban en peligro. Estaba tan conmocionado que no hablaba.

Cada vez que escuchaba esas noticias, Yuye quería correr a Geumhongdo. Tuvo que reprimir varias veces el impulso de salir de su escondite. Sentía una tormenta rugiendo en su pecho, siempre.

Subió al piso 15, a la sala VIP. Gracias a que había hablado con la enfermera de antemano, pudo entrar sin problemas.

En la habitación individual, Haeim estaba solo, sin cuidador. Su rostro pálido tenía los ojos cerrados con fuerza. Parecía demasiado delgado y pequeño.

Se parece.

Haeim se parecía a los bebés recién nacidos. No podía decir exactamente qué rasgos compartían, pero el peligro había pasado y pronto despertaría, dijo la enfermera. Solo estaba agotado por el parto y los sedantes.

“El paciente estaba muy alterado tras dar a luz, así que le inyectamos sedantes”.

“¿Por qué estaba alterado?”.

“Creía que los bebés estaban muertos. No nos creía cuando le decíamos que estaban vivos. Tuvimos que darle muchos sedantes para evitar que se lastimara. No despertará por un tiempo”.

“¿Pueden dejarnos a solas un momento?”.

La enfermera lo miró de arriba abajo y suspiró.

“Solo cinco minutos”.

Cuando salió, Yuye se acercó a la cama de Haeim. Sus labios estaban agrietados. Mojó un pañuelo con agua y los humedeció. Con unas gotas de agua fría, Haeim entreabrió los labios.

¿Por qué pensó que los bebés estaban muertos? ¿Porque nunca tuvo nada, creyó que también había perdido a sus hijos?

Lo que Haeim había perdido: su madre, amigos, hermano, y la persona que amaba.

Haeim estaba vacío por dentro y por fuera. Por eso el viento rugía tan fuerte en su interior.

“Los bebés están vivos y muy sanos”.

Yuye mintió. No era del todo una mentira. Creía que los bebés estarían sanos. En pocos días, serían blancos y radiantes, llorando y riendo con fuerza. Al final, Haeim estaría satisfecho con su salud.

“¿Por qué pensaste que estaban muertos? Nadie te los ha quitado. Y no dejaré que nadie lo haga”.

Si atrapaba a Park Kyung-sang, podría regresar. Una vez eliminadas las amenazas, Haeim estaría a salvo, y podrían volver con los bebés a la casa en Pyeongchang-dong. Entonces podrían formar algo parecido a una familia.

Yuye apretó el pañuelo y retrocedió. Al girarse, escuchó un débil “¿Hermano?” Su voz era tan suave que lo detuvo como un lazo en los tobillos.

“¿Hermano?”.

Se giró. Los ojos negros de Haeim lo miraban, pero sin enfoque, llenos de confusión.

“¿Realmente eres mi hermano Yuye?”.

“Sí”.

Tras pensarlo mucho, respondió. Con tantos sedantes, Haeim debía pensar que esto era un sueño. O eso esperaba Yuye.

“Qué bueno. Por fin apareces en mis sueños”.

¿Debía decir que no era un sueño, o que sí lo era? Sin saber qué elegir, guardó silencio.

“Nunca apareciste en mis sueños. Si estás aquí, debo estar muerto”.

“No estás muerto. Los muertos no sueñan”.

Se acercó paso a paso a Haeim, deseando que realmente pensara que era un sueño. Miró sus ojos nublados. Una mano lenta se extendió y agarró su ropa.

“Si es un sueño, no te vayas. En un sueño, puedo hacer lo que quiera”.

“No me iré”.

“¿De verdad no te irás?”.

“Sí”.

“Bien…”.

Haeim cerró los ojos, aún aferrando la ropa. Yuye miró su rostro dormido. Sus ojos se cerraron suavemente, sus labios dibujaban una curva. Como alguien teniendo un buen sueño.

Su buen sueño soy yo.

Yuye encontró eso extrañamente curioso. ¿Por qué este chico lo quería tanto? Tanto como para concebir un hijo de una manera tan extrema.

No es que no estuviera enojado. Pero sentía más lástima. Incluso lo entendía. Cuando intentó soltar la mano que sujetaba su ropa, Haeim abrió los ojos.

“Los bebés están muertos. Yo los maté. Porque no los amé. Por eso pasó”.

“No. Los bebés están vivos”.

“Mientes”.

Los ojos de Haeim se nublaron, la humedad se acumuló y, con un parpadeo, las lágrimas se deslizaron.

“No lloraron. Intenté escuchar su llanto, pero… un médico dijo que el corazón de uno se detuvo. Entonces están muertos”.

¿Cómo lo sabía? Inconsciente, no podía saber lo que pasó tras el parto. Pero Haeim creía que había presenciado su muerte. ¿Era una simple confusión? ¿O algo que alguien le dijo se enredó en su mente? No importaba analizarlo; había que asegurarle que los bebés estaban bien.

“Están a salvo. ¿Confías en mí?”.

Acarició su frente. El sudor frío cubría su ceño fruncido.

“Los vi. Son muy hermosos. No sabes cuánto los amo. Se parecen a ti, Haeim”.

“Mientes”.

“No miento”.

Yuye habló con firmeza, quizás demasiada. Los labios de Haeim se pusieron azules y temblaron. Sus dedos apretaron la ropa con fuerza. Verlo al borde del pánico por un estímulo tan pequeño hizo que Yuye se sintiera culpable.

“Lo siento, te asusté”.

Acarició su mejilla varias veces. Los dedos tensos se relajaron.

“No me asusté”.

Haeim mintió. Con labios aún azulados, mintiendo. Yuye no sabía cómo consolarlo. Ojalá pudiera abrazarlo de verdad.

“De verdad, los bebés están bien. Son hermosos y sanos. Los amaremos. No, yo ya los amo”.

Sí. Yuye amaba a los bebés. Le tomó solo unos segundos amarlos. Al verlos, supo que eran suyos. Había una conexión espiritual inexplicable.

“Haeim, si estás bien, todo lo demás me da igual”.

Era sincero. Solo quería que Haeim estuviera bien. Sentía una vaga esperanza de que todo saldría bien. No pedía más. Tras un rato, Haeim asintió.

“Te creo. Es solo un sueño, pero te creo de verdad”.

No es un sueño. Quería decírselo. Pero este encuentro debía quedar como un sueño.

“Me arrepentí un poco. Debería haber querido a los bebés. Pensé que por ellos no podía verte, que tenerlos causó todo esto. Los odié. Pero el error fue mío. Yo… yo lo elegí”.

Haeim tosió con fuerza, su cuerpo sacudido como por una tormenta. Yuye lo levantó un poco y le dio agua. Haeim sonrió, sus labios húmedos brillaban.

“Realmente parece un sueño”.

“Es un sueño”.

“Lo sé. Porque estás muerto”.

Sabía que no era bueno decir esto a la frágil mente de Haeim. Pero ahora debía permanecer ‘muerto’. Algún día, cuando resucitara, le confesaría todo.

“Mi cabeza es un desastre. No sé qué sé y qué no… ¿Los bebés son hermosos?”.

“Sí”.

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Yuye lo pensaba sinceramente. Al verlos, una conexión inexplicable lo atrapó. Era una sensación más allá de las palabras.

“Ojalá estuvieras vivo”.

Estoy vivo. Yuye lamentó no poder decirlo. Si pudiera aliviar su tristeza, lo confesaría. Pero revelar su supervivencia pondría a Haeim en peligro, como pasó con Hee-seong.

Yang Hee-seong. Desde la caída de su familia, Yuye sintió una deuda constante con él. Recordarlo traía el aroma de rosas damascenas, sus mejillas sonrojadas, sus labios, su vientre abultado.

Nunca tuvo sexo con Hee-seong, pero el niño era suyo, al menos en la mente de Hee-seong.

¿Qué habría pasado si ese niño hubiera nacido? ¿Si Hee-seong estuviera vivo? Pensamientos inútiles. Ahora, Haeim era lo importante, ligado a él por los dos bebés.

Haeim era el resultado de su vida. No había sido larga, pero Haeim era su destino. Esperaba que así fuera.

“Estaré vivo”.

“¿En mi corazón?”.

Haeim soltó una risita. Esa frase cliché lo hizo reír. Yuye no dijo nada, solo esperaba que algún día Haeim lo perdonara.

“Entonces es un buen sueño. Estoy feliz”.

La mano que sujetaba la ropa se soltó. Yuye acarició el rostro dormido de Haeim. Sus labios rozaron su frente suavemente.

Cuando Haeim despertó, el primer rostro que vio fue el de Kang Yujue. Su rostro cansado y demacrado parecía agotado, pero su apariencia era impecable, haciendo imposible saber cuántos días habían pasado.

“Los bebés están bien”.

Yujue habló apenas Haeim abrió los ojos. Haeim llevó una mano pesada a su frente. La fiebre había bajado un poco.

Los bebés.

Recordó lo que pasó antes de desmayarse. Escuchó voces diciendo que los bebés estaban muertos, que no podían salvarlos, que alguien los había matado.

Haeim gritó que él los mató. Yujue dijo que estaban vivos, pero no podía creerlo. Imágenes de alucinaciones cruzaron su mente.

Los bebés estaban muertos, en una fría mesa de acero. Aún respiraban, sus corazones latían. Una mano adulta cubrió sus cuellos frágiles. Con presión, los bebés se agitaron. No. Haeim gritó. No toques a mis hijos. En la mesa de acero, vio su propio rostro riendo maniáticamente.

Por eso creía que los mató. Había un asesino aquí, así que estaba seguro.

Pero ahora creía que estaban vivos. ¿Por el sueño? ¿Porque Yuye dijo en el sueño que estaban vivos? Mientras Yuye se volvía claro, los recuerdos de cuando no los tenía se desvanecían.

Lo único que permanecía era el paisaje de un campo de ciruelos. Ciruelos rojos y amarillos desprendían un aroma dulce y secreto. Alguien caminaba entre las ramas entrelazadas, con un olor maravilloso. Haeim lo abrazó y susurró que lo amaba, que se había enamorado de él. Solo recordaba eso, que había alguien a quien amaba tanto como para confesarlo.

“Haeim, ¿me escuchas?”.

“Sí”.

Su voz era áspera, como hecha de arena, a punto de desmoronarse con el viento. Yujue le ofreció agua y lo ayudó a incorporarse. Haeim lo empujó suavemente, rechazando el contacto.

“¿Quieres ver a los bebés?”.

“No”.

Estaba cansado. Al mirar su vientre plano, sintió algo extraño. No sentía que había llevado bebés.

“Estoy cansado”.

No era cierto. No evitaba ver a los bebés por cansancio. No quería verlos enfermos. Sabía de quién era la culpa de su estado.

“De verdad están bien. Están en cuidados intensivos, pero pronto estarán mejor”.

“Ajá”.

Respondió con indiferencia. Otros dirían que era cruel. ¿Cómo podía estar tan tranquilo con bebés enfermos? Pero no sabía cómo definir sus sentimientos hacia ellos.

¿Los amaba? Nunca lo pensó. ¿Los odiaba? Tal vez. ¿Por qué los odiaba? En los recuerdos borrosos, siempre los odió. O no los amó.

Odia a los bebés porque Yuye estaba muerto. Quería morir. Pero no murió, y por los bebés, ya no tenía oportunidad de hacerlo.

“Vi una mariposa”.

“¿Eh?”.

“Una mariposa de almizcle. Pude verme a través de sus ojos”.

“Fue un sueño”.

“Sí, un sueño”.

Como haber visto a Yuye. Yuye se parecía a alguien, pero no sabía a quién. Su rostro estaba borroso, su voz parecía venir desde el subsuelo.

Entró por esa puerta al cuarto. En su imagen borrosa, sus ojos eran claros. ¿Cómo describirlos? Eran afectuosos, con un toque de melancolía. No era solo la mirada de un amante.

Por eso Haeim supo que los bebés eran de él, no de Yujue. Pero Yuye estaba muerto, como si nunca hubiera existido. Como alguien que no nació.

¿Entonces dio a luz a los hijos de un fantasma? Qué gracioso.

“¿En qué piensas?”.

“En mi hermano”.

“Haeim, él no está. Solo estamos nosotros. Mamá quería que estuviéramos juntos, ¿lo sabes?”.

Yujue mentía otra vez, al menos sobre el hermano. Sobre su madre… lo que Haeim había oído de Yujue era la historia de una mujer que perdió la cordura tras perder un hijo. Solo fragmentos, pero podía leer la locura en las palabras de Yujue.

¿Debería alegrarse de que su madre lo amara tanto, o era una tragedia indescriptible? Haeim no lo sabía.

Su madre odiaba a Yujue. Él creció alimentándose de ese odio. Haeim no sabía cómo lo expresó, pero imaginaba que era lo opuesto al amor que le dio.

“Mamá te amaba, Haeim. No haría nada que te lastimara”.

Alguien mintió diciendo que su madre estaba viva. Alguien encerró la muerte en una habitación que nunca debía abrirse. Alguien lo hizo desconfiar. Yuye, su hermano.

Sí, mamá me amaba.

“Quiero ver a los bebés”.

Haeim se levantó torpemente, arregló su cabello desordenado y se sentó al borde de la cama. Intentó usar el soporte de suero como bastón, pero Yujue trajo una silla de ruedas.

“No puedes caminar aún. Vamos en la silla”.

Sin sorprenderse por el cambio repentino, Yujue habló con amabilidad. A su manera, tenía paciencia.

Los bebés… bebés están vivos.

Tomaron el ascensor hasta la UCI neonatal. Muchos bebés estaban allí, indistinguibles. Los recién nacidos parecían todos iguales.

¿Cómo reconocen los padres a sus hijos entre rostros tan similares? ¿Era una especie de superpoder? Los recién nacidos eran como ancianos, sin individualidad. Sin personalidad aún, o atrapados en la ciénaga de la falta de ella, era difícil distinguir sus rostros.

“¿Dónde están mis bebés?”.

Mis bebés. Sonaba raro, pero debía acostumbrarse. Como quien los dio a luz, tenía el deber de amarlos. No quería ser como sus padres.

“Nuestros bebés están allá, el tercero y el cuarto. Ahí”.

Nuestros bebés.

Haeim quiso negarlo con fuerza, pero se contuvo. No quería pelear frente a otros. Una enfermera salió y dijo: “Llegaron los papás”.

Por un momento, sintió algo extraño. Podía ver las emociones de la enfermera. Su sombra tenía un brillo que significaba aburrimiento. Sonreía, pero parecía exhausta.

Durante el embarazo, no podía ver las sombras de las personas. Ahora, tras dar a luz, las veía de nuevo. Era horrible volver a ese mundo multicolor.

Al girarse, vio la oscuridad rodeando a Yujue. Esa sombra le era familiar y aterradora.

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“¿Quieren ver a los bebés?”.

“Yo soy el papá”.

Respondió fríamente, y el rostro de la enfermera palideció. Su sombra se volvió un naranja irritado.

“Oh, lo siento”.

La enfermera corrigió su expresión rápidamente. Haeim sintió pena por ella. Para aligerar el ambiente, preguntó por los bebés.

“¿Dónde están mis bebés?”.

“Entren. Cámbiense de ropa y desinféctense”.

La enfermera revisó su brazalete. Haeim siguió sus instrucciones, se cambió y desinfectó.

“Ahí están la princesa y el príncipe”.

Entró a la UCI neonatal. Su corazón latía con fuerza al acercarse a los bebés, como si fuera a romperse.

La enfermera señaló a los bebés. Revisó los brazaletes varias veces. Eran sus hijos.

Eran pequeños, oscuros y delgados. No tenían la fragilidad rosada que uno asocia con los recién nacidos. Con los ojos cerrados, agitaban brazos y piernas, luchando contra las olas del mundo. Pero sus movimientos eran débiles.

De repente, la niña empezó a llorar, sorprendida por la cercanía de alguien. Sonaba como un gato hambriento.

“Dijeron que eran hermosos”.

“¿Quién?”.

“La gente”.

“Son hermosos”.

Yujue se acercó más a los bebés. No eran hermosos. Eso le dolió.

“Yo…”.

Haeim contuvo las palabras. Quería abrazarlos. También quería huir de esa habitación. Quería limpiar sus lágrimas, pero también dejarlos llorar hasta agotarse. Extendió la mano y tocó la mejilla de uno.

El bebé dejó de llorar. Su rostro se movió. Era una expresión extraña.

“Más adelante podrán abrazarlos. Una hora al día, colóquenlos en su pecho, como en el vientre, para que escuchen su corazón. Se llama cuidado canguro, los estabiliza mucho más que la incubadora”.

“¿Estarán sanos?”.

“Claro, pronto estarán bien”.

Las lágrimas de Haeim cayeron. Porque los odió. Porque no los amó. Porque culpó a los bebés de todas sus desgracias.

“Todo es mi culpa”.

Haeim se culpaba por su falta de salud. Durante los ocho meses, o siete y medio, no les dio suficiente amor. Pero nunca deseó que les pasara algo malo.

“Todo es mi culpa”.

Mordió sus labios. Llorar era débil. Aunque tuvo un embarazo difícil, la razón de su enfermedad era una sola.

Falta de amor.

“No llores”.

Yujue lo abrazó suavemente por los hombros.

“Estarán bien. Los criaremos bien. Crecerán hermosos”.

¿Por qué tú? ¿Por qué dices que criarás a mis hijos? Quiso confrontarlo. ¿Por qué Yujue hacía esto? Una palabra lo explicaba: estaba loco. Siempre lo estuvo.

“No son tus hijos”.

La voz de Haeim tembló. Aferró el borde de la incubadora. Yujue lo agotaba.

“Es cierto, son tus hijos. Quería que tuvieras a mis hijos, Haeim. Tus hijos”.

¿Yujue era estéril? Si no, no estaría obsesionado con los hijos de Yuye. Eso le dio miedo y escalofríos. Lo abrazó con más fuerza.

“Haeim, ¿crees que soy estéril?”.

Yujue soltó una carcajada larga, más intensa que una risa, llena de desprecio y burla.

“Qué imaginación. No hay nada malo con mi función sexual”.

No lo había considerado. Entonces, ¿por qué decía que los hijos de Yuye eran suyos, como si fuera lo correcto?

“No estoy estéril”.

Yujue le acarició la cabeza.

“Me gustan los hijos que diste a luz. Solo quiero ser el padre de tus hijos”.

Puras tonterías. Quiso gritar que eran mentiras, pero no salió ninguna palabra. Como a veces pasaba. Mientras se aferraba al cuello, Yujue dejó de acariciarle la cabeza y frunció el ceño. Su rostro se torció ligeramente.

“¿Otra vez no puedes hablar?”.

La mano en su cuello parecía un grillete a punto de estrangularlo. Asustado, retrocedió. La mano de Yujue apretó más, y Haeim siguió retrocediendo. Todo daba vueltas. Los ojos de Yujue parecían arder. ¿Lo que los encendía era odio?

La incubadora chocó contra la pared. En ese momento, todo volvió a su lugar. No había fuego, y los ojos de Yujue eran pacíficos.

Una, dos, tres veces.

Yujue parpadeó lentamente. Haeim apartó su mano de su cuello. Su cuerpo estaba empapado de sudor frío.

“¿Haeim? ¿Estás bien?”.

Asintió, temeroso de hablar. Entregó al bebé a la enfermera. Temía que una chispa oculta prendiera a los bebés, convirtiéndolos en llamas. Empujó la silla de ruedas rápidamente para salir de la UCI. Tenía que ir a algún lado. A cualquier lado.

¿Para escapar de Yujue?

Sí, huyendo de Kang Yujue.

De repente, la silla de ruedas perdió el equilibrio. Su cuerpo fue arrojado al suelo. Un dolor agudo recorrió su brazo. La aguja del suero había rasgado una vena, y la sangre brotaba del brazo.

Su cuerpo, aún no recuperado, dolía como si se rompiera. La gente murmuraba. Intentó levantarse, pero no podía moverse. Tras un rato sin poder incorporarse, alguien lo ayudó a levantarse.

“¿Qué ha pasado?”.

Era la señora Shin. Su voz era casi un grito. Ella apretó el brazo que sangraba para detener la hemorragia. Un mareo lo invadió, con náuseas subiendo. La gente corrió hacia él. Su conciencia se desvaneció por completo.

 

“Kwon Haeim se ha desmayado de nuevo”.

Kang Yuye agarró con fuerza el reposabrazos del sofá ante la noticia de Jeong-sik. Pidió disculpas al congresista Seok, que estaba con él, y salió un momento de la suite. La expresión de Jeong-sik era grave.

“¿Cómo pasó eso?”.

“La señora Shin no sabe los detalles, pero Haeim fue a ver a los bebés y de repente salió corriendo de la UCI neonatal y se desmayó. Tenía la aguja intravenosa puesta, y al caer, se rasgó la vena. Ahora está estable”.

“¿No sabes qué pasó?”.

“Aún no ha recuperado la conciencia”.

¿Qué había pasado? Rasgarse una vena por una aguja intravenosa no era algo menor. Debió asustarse mucho.

De repente, recordó cómo Haeim se aferró a su ropa en pánico. Era un chico que entraba fácilmente en crisis por cosas pequeñas. Para Haeim, con un cuerpo y mente no sanos, todo era un estímulo. Y todo era un peligro.

“Es realmente inquietante”.

Yuye miró la esquina por un largo rato.

“Cuídalo bien. ¿Los bebés? ¿Están bien?”.

“Están estables”.

“No han mejorado”.

“Eso parece”.

“Entendido”.

Asintió ante las palabras de Jeong-sik. Estaba preocupado por Haeim y los bebés. Pero no podía ir ahora. Ser un muerto era difícil. Un fantasma no podía salir de día.

Pero pensando que no quedaba mucho, se sentía aliviado. Solo esperaba que nada le pasara a Haeim antes.

Al volver a la suite, el congresista Seok, que había estado tocando los adornos del aparador, regresó al sofá. Sus labios curvados hacia abajo mostraban su descontento. Ocultó su irritación con una sonrisa.

“¿Era algo urgente?”.

“Sí”.

“¿Familia?”.

“Sí”.

Familia. Sí, Haeim era familia. No había otra palabra para describirlo. La mayoría no capturaba con precisión su relación. Incluso ‘familia’ no era suficiente.

“Pero, ¿tú tenías familia? Nunca has mencionado nada. Llevamos conociéndonos mucho tiempo, y nunca lo dijiste. Pensé que no tenías”.

“Tengo una pareja y niños”.

“¿Niños? ¿Por qué no dijiste nada? ¿Saben que estás vivo?”.

“No lo saben”.

Los ojos del congresista Seok se oscurecieron.

“Debemos acelerar las cosas. Así podrás dejar de fingir ser un fantasma. Ese tipo en la prisión china, ¿está bien custodiado? El que testificará contra Park Kyung-sang. Es importante”.

“Lo estamos manejando”.

Estaban en la fase final. Una vez terminada, podría ir a Haeim. Diría abiertamente que era su pareja y el padre de sus hijos. La venganza acabaría, y se liberaría del fantasma de Yang Hee-seong. Aunque no era solo un fantasma.

“Ha sido largo. Recopilando evidencia, investigando, con la presión política constante. Debió ser agotador”.

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El congresista Seok se presionó el entrecejo y el puente de la nariz con los dedos.

“La última semana es crucial. Aguanta una semana. Luego, lo soltamos a la prensa, yo hablo en el parlamento, y nuestra misión termina. El diputado Park Kyung-sang caerá allí mismo. Su título de joven político prometedor se romperá, y acabará en el patíbulo”.

Solo esperaba que así fuera. Yuye cambió el tono a uno más ligero.

“Felicidades. Con este logro, obtendrá el liderazgo de la oposición. Es un escándalo histórico”.

“El liderazgo es secundario”.

Los ojos del congresista Seok se arrugaron con alegría genuina. Que fuera líder de la oposición no sería malo para Yuye. Ni bueno, pero podía felicitarlo.

“Bueno, gracias por las felicitaciones. Es la mejor posición para avanzar mi agenda”.

El congresista Seok se levantó. Su asistente se acercó para ayudarlo con el abrigo. En ese momento, llegó el servicio de habitaciones. El congresista Seok se detuvo y miró al empleado del hotel que traía la bandeja.

“¿Champán? ¿No es un poco pronto para abrirlo? Pedí coñac para ti”.

Un mal presentimiento cruzó la mente de Yuye. Si el congresista Seok no pidió champán, entonces era obvio: un intruso disfrazado de empleado.

“¡Atrápenlo!”.

Al grito de Yuye, Jeong-sik se abalanzó sobre el hombre. Pero el falso empleado sacó un cuchillo largo y lo blandió salvajemente. Jeong-sik se lanzó con el cuerpo, preparándose para ser apuñalado, pero el hombre, incluso bajo su peso, se sacudió y se levantó. Una fuerza increíble.

“¡Protejan al congresista!”.

El asistente del congresista Seok se interpuso. Yuye agarró el hombro del hombre desde atrás. Era como acero. Al blandir el cuchillo, Yuye lo agarró por la hoja y lo giró. Un dolor agudo en la palma.

Al quitarle el cuchillo, el intruso sacó un segundo. Estaba preparado con varios. Yuye supuso que Park Kyung-sang ya sabía que estaba vivo. De lo contrario, no enviaría a alguien aquí, tan meticulosamente, armado con múltiples cuchillos. Su vida de fantasma solo había sido ganar tiempo.

El hombre se lanzó con ferocidad. Yuye se giró para esquivar el cuchillo y golpeó su abdomen con el puño. El hombre se tambaleó al recibir en el plexo solar.

Olía a rosas damascenas. Un adicto a Summer. Estaba claro quién lo envió. Nunca dudó de que fuera Park Kyung-sang. Yuye clavó el cuchillo en su muslo. El hombre se agarró la pierna y aulló. Jeong-sik lo ató en ese momento. El hombre se retorcía bajo él.

El congresista Seok, aterrorizado, se deslizó al suelo. Su pantalón estaba mojado de orina. Yuye lo despreció en silencio, pero no lo mostró.

“Está bien”.

“¿Qué, qué demonios?”.

“Intentaron eliminarme en un accidente de tráfico; no dejarían en paz a un congresista como usted”.

“Creí que nuestra sociedad era un secreto absoluto”.

“¿Existe un secreto absoluto?”.

Yuye replicó. El congresista Seok cerró la boca sin responder. Yuye ordenó a la gente que se llevara al hombre. Al menos, el congresista Seok no estaba herido.

“Park Kyung-sang, ese bastardo. ¿Quién filtró la información? Debo atraparlo y torturarlo”.

El congresista Seok temblaba.

“¿Qué hará con Park Kyung-sang?”.

“Debemos adelantar el plan. Si lo dejamos, ni nueve vidas bastarían”.

“¿Cuánto?”.

“Tres días. En tres días”.

Yuye chasqueó los dedos. Jeong-sik entregó al intruso a los que esperaban afuera y se acercó a Yuye.

“Aumenta el número de protectores para Haeim. Y también los que vigilan a Park Kyung-sang. En tres días, lo destituiremos en el parlamento. Protege bien al testigo en China”.

Yuye dio varias órdenes. En ese momento, los que sujetaban al hombre gritaron. El intruso se liberó y se lanzó hacia el congresista Seok como una bestia. Saltó sobre él y lo estranguló. El congresista Seok agitaba las piernas en el aire.

Su rostro se volvió púrpura, sus movimientos se debilitaron. Yuye y Jeong-sik intentaron apartarlo, pero era difícil. La respiración del congresista Seok se detuvo. Sin opción, Yuye recogió un cuchillo del suelo y lo clavó en el costado del hombre. Solo entonces soltó el cuello.

Yuye pateó al hombre en el suelo dos o tres veces. Cada patada hacía que la sangre brotara de las heridas en su costado y muslo.

“Tendré que dar una buena propina a la limpieza”.

La sangre empapó la alfombra y se acumuló en el mármol. Yuye la frotó con la punta del pie. El congresista Seok jadeaba y vomitaba.

“Si vomita ahora, se lastimará la garganta. Tiene que hablar en tres días”.

Yuye palmeó la espalda del congresista Seok con calma. Este se incorporó y se recostó en el sofá, pálido y sudando.

“Park Kyung-sang, ¿verdad? ¿Su obra?”.

“Olía a rosas damascenas. El aroma de un adicto a Summer, así que el instigador es Park Kyung-sang. Usó a un pobre adicto. Podría haberlo atacado en otro momento, pero eligió cuando Jeong-sik y yo estábamos aquí. Mala suerte”.

Jeong-sik llamó al 119 y al 112. Ayudaron al congresista Seok a sentarse en el sofá y esperaron a la policía. Habiendo vivido como fantasma por meses, era hora de volver a ser humano. Yuye suspiró brevemente y se puso el abrigo.

“¿Vamos?”.

 

Tuve un sueño. Un sueño en el que estaba sentado frente a Kang Yuye. Su rostro no era borroso, solo sus ojos brillantes eran claros.

Haeim estaba sentado a la mesa, recibiendo la luz del sol por la amplia ventana. El viento hacía ruido en el árbol de albaricoque afuera. El sonido de las hojas chocando era como cuchillas rozando.

Frente a él, Yuye estaba sentado, y en la mesa había un gran plato cubierto por una cúpula opaca.

Haeim esperaba con el corazón acelerado lo que había debajo. La cúpula bloqueaba cualquier aroma, imposible adivinar qué contenía. Solo esperaba que fuera algo que lo hiciera feliz.

Yuye, frente a él, no sonreía. De repente, Haeim recordó algo del mundo real. En la realidad, habían planeado hornear madeleines y financiers. Y preparar un té fragante y dulce.

Pero nada de eso pasó. Preparó té, pero… estaba envenenado. Así que deseaba que el plato contuviera madeleines y financiers. Pensando eso, sintió un aroma a té desde algún lado.

Pero no lo sería. No se permitía comida que hiciera feliz a la gente. Los infelices siempre lo eran. La infelicidad era un pantano infinito; una vez dentro, solo podías esperar a que disolviera tu cuerpo. Con suerte… podrías arrastrarte como un esqueleto si el pantano se secaba.

Esa esperanza.

Haeim hacía tiempo que no creía en la esperanza. Era un demonio malvado que manipulaba el destino, un cuchillo que cortaba el corazón, y al final se llevaba la vida de quien la albergaba. Por eso la temía: nunca se cumpliría.

Así que, naturalmente, no había nada bueno en ese plato.

No debía mirar dentro.

Forzó su mirada lejos del plato. Pero en el borde de su visión, el plato tenía una presencia abrumadora.

Come.

Yuye en el sueño lo dijo. Su voz se parecía a alguien. Alguien a quien no debió conocer. Conocerlo fue un error, y su partida lo dejó devastado.

“¿Por qué te fuiste?”.

Miró el plato con patrones giratorios, preguntando. Los patrones lo succionaban hacia adentro. Qué ridículo sentir vértigo en un sueño.

No sabía quién estaba frente a él. Pensó que era Yuye, pero era alguien que se fue. ¿Cuál era su nombre?

La persona frente a él no respondió. Solo lo miró en silencio. Haeim se dio cuenta de que esperaba que él abriera la cúpula.

Cuando abrió la cúpula en la mesa, dentro había… los… de los bebés…

Haeim abrió los ojos. Todo su cuerpo dolía como si lo hubieran golpeado. Especialmente el brazo izquierdo. Al levantarlo, vio un vendaje grueso. Recordó el último momento: huyendo de Yujue, la silla de ruedas se deslizó al suelo. Probablemente la aguja rasgó la vena entonces.

Tuvo un sueño. Una pesadilla. ¿Qué encontró bajo la cúpula? No quería saberlo. No quería conocer el final de ese sueño.

“¿Despertaste?”.

Era Yujue. Asintió, y el rostro de Yujue se iluminó. Pero la oscuridad ondulando detrás hacía difícil saber si era genuina.

“Me preocupé mucho. Te desmayaste de repente”.

Intentaste estrangularme.

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Haeim abrió los labios para hablar. Pero por más que lo intentara, ningún sonido salía de su garganta. Solo gemidos incoherentes, como un animal que no había aprendido a hablar.

“¿Qué pasa? ¿Otra vez no puedes hablar?”.

Antes de desmayarse, tampoco pudo. Vio en los ojos de Yujue cuchillos de muerte y odio cuando lo agarró del cuello. Su gran mano como un grillete, a punto de romperlo. Por eso huyó. Para sobrevivir.

Yujue era quien apagaba las luces. Ahora lo entendía claramente. No sabía si su atención era amor, odio o algo más. Pero sabía que estaba listo para apagar las luces de la esperanza, la alegría o la felicidad en el corazón de alguien.

“¿Vamos al psiquiatra? No es el cuello. ¿Te parece bien una consulta psiquiátrica?”.

Ir al psiquiatra solo daría más pastillas. Negó con la cabeza, y Yujue mordió su labio ligeramente. Sus ojos parecían preocupados de verdad. Pero Yujue era experto en mentiras convincentes.

“Si no quieres, no iremos”.

Yujue frotó su entrecejo con gentileza. Haeim no respondió. No asintió ni negó. Solo yació mirando el techo, aturdido. Imágenes de los bebés cruzaron su mente.

¿Qué hago ahora? Sentía que había perdido todo su futuro, qué hacer, cómo vivir. Pero tenía que vivir con los bebés de alguna manera. Serían días agotadores. Tal vez querría morir.

De repente, sintió sed. Pero no quería pedirle a Yujue que le diera agua. No quería pedirle nada.

“Deberías recuperar la voz pronto”.

No tenía nada que decir, así que no quería recuperarla. Hubo un tiempo en que su corazón estaba lleno de palabras suaves, listas para susurrar a Yuye. Creía que para traducir el mundo que él no veía, solo se necesitaban palabras hermosas. Ahora, no necesitaba ninguna.

“Un momento, tengo una llamada”.

Yujue entró al baño para contestar. Se oyó agua corriendo. Desde el baño, Yujue dijo: “Sí, congresista”.

Diputado. Siempre se preguntó cómo Yujue conocía a alguien tan importante. Antes también llamó a este ‘congresista’. Recibir llamadas tan familiarmente no era una relación común. ¿Sería Park Kyung-sang? Haeim rió ante su propio pensamiento.

Se incorporó en la cama. Al bajar, sus piernas temblaron. Su pelvis y espalda dolían, no podía sostenerse. Pero se arrastró agarrando la pared hasta el baño. Se oyó agua. Y a través del agua, la voz baja de Yujue.

“Aún no es el momento”.

¿Qué no era el momento?

“Aún no. No quiero usarlo todavía”.

Alguien que Yujue podía usar. Haeim intuyó que era él. Pero no entendía por qué. ¿Usarlo para qué, dónde?

“Le dije que no es el momento”.

Tono irritado. El congresista parecía hacer una demanda difícil por teléfono. ¿Qué relación tenían?

“Veré las noticias”.

Voz calmada de nuevo.

“Cuando sea el momento adecuado, lo haré yo”.

Haeim intentó unir las piezas en esa situación incomprensible.

Cuando fuera el momento, lo usaría. A él.

“Que esté vivo… no es tan sorprendente. Lo esperaba”.

¿Qué esperaba? ¿Quién estaba vivo? Su corazón latió con esperanza. Pero no podía ser.

“No nos hemos visto, pero sí, lo intuí. Me sorprende que usted lo sepa ahora. ¿No está su red de información en ruinas?”.

Las palabras de Yujue continuaron.

“¿Está en las noticias?”.

Haeim regresó lentamente a la cama. ¿Qué noticias? Quería encender la TV, pero no quería que lo pillaran espiando.

Al acostarse, Yujue salió del baño. Su sonrisa no cambió, pero su oscuridad ocultaba sus pensamientos y emociones.

“Vuelvo en un rato”.

Probablemente para ver las noticias. Haeim asintió. Sin voz, solo podía hacerlo. Tras salir Yujue, sacó su teléfono y revisó las noticias en silencio.

[Noticia de última hora] Congresista Seok Jung-geol muerto. Se arrojó al río Paldang. No hay signos de homicidio.

El congresista de tres términos, Seok Jung-geol, debía ser el ‘congresista’ al teléfono. ¿Qué relación tenían? ¿Cómo planeaban usarlo?

Haeim no entendía cómo funcionaba esto. Pero esta muerte traería un gran cambio, eso era claro.

 

“¿El congresista Seok murió?”.

Kang Yuye estaba sentado en la sala de su escondite. Su mano, aún no curada, estaba vendada. Por agarrar la hoja del cuchillo tan salvajemente, le dolía mucho. Pero el malestar físico era nada comparado con la nueva información.

Suicidio. Absurdo. ¿Arrojarse al río Paldang? Estaba lejos de su oficina y casa. ¿Y alguien tan ambicioso suicidándose? Imposible. Gente como el congresista Seok no se suicidaba. No podía.

“Claramente, Park Kyung-sang intervino. Pensó que sin el congresista Seok, nadie tomaría esa papa caliente”.

Yuye cerró rápidamente las noticias. Los comentarios eran intensos. ¿Movilizaron un equipo de bots? Se exponían las corrupciones y el pasado turbio de Seok Jung-geol. Incluyendo inteligencia de que planeaba difamar a Park Kyung-sang.

Giró la cabeza hacia la pila de documentos en la mesa. Los archivos y grabaciones detallaban los crímenes de Park Kyung-sang antes de ser diputado.

La verdad sobre que él tiene una relación cercana con el fabricante y distribuidor de la nueva droga Summer, acumuló riqueza de esa manera y sobornó al partido para obtener una candidatura, quedará completamente enterrada bajo las revelaciones sobre el congresista Seok.

Entonces, si no es el congresista Seok, ¿a quién usarán? Aunque los principales medios acepten estos documentos, sin Seok, no se podría avanzar después.

Derribar completamente a Park Kyung-sang no es algo sencillo. Como un ciudadano común, lo que Kang Yuye podía hacer era insignificante.

Entonces, ¿qué hacer ahora? Rendirte a estas alturas era imposible. La relación con Park Kyung-sang era de vida o muerte.

“¿Qué tanto piensas? Solo entrégalo. Dejemos el resto al destino,” dijo Choi Hyeong-cheol con ligereza.

Tal vez, como dijo Choi, debían aceptar el destino. Los dados ya estaban tirados, y no había forma de detener este tren.

Yuye llamó a Jeong-sik y señaló los documentos en la mesa.

“Envía esto a MBS. Es lo más confiable. Y sería bueno conectar con un programa de asuntos públicos independiente”.

Jeong-sik asintió y recogió los documentos.

“In-hyeon lo sabría mejor. Es especialista en eso. ¿No hay algo como Radar Político? Sí, eso. Dicen que es un canal independiente bastante conocido”.

“Contacta con ellos también”.

“Contactar es fácil. La cuestión es si mostrarán interés. Puede parecer simple hacer caer a un diputado novato, pero el partido no se quedará de brazos cruzados ante un escándalo así”.

“Lo sé”.

Lo supo desde el principio. Todo comenzó con la muerte de Yang Hee-seong. Era pagar dos muertes con una vida. La justicia debía cumplirse.

De repente, pensó en Haeim. Y en los bebés también. Por esos bebés que luchaban débilmente contra el mundo, nada debía pasar. Yuye quería reunirse con Haeim y decirle que estaba vivo.

“Protege a Haeim y a los bebés. No puede haber ni un solo error”.

“Por Dios, como si no lo supiera,” refunfuñó Choi Hyeong-cheol.

¿Qué estaría haciendo Haeim ahora? ¿Estaría viendo a los bebés? Esos bebés inocentes. Yuye quería que Haeim siempre sonriera, no con esa mirada triste, siempre al borde de las lágrimas, sino riendo, hablando, amando.

¿Desde cuándo tuvo ese deseo? Tal vez desde que Haeim desapareció. El corazón humano es extraño; hay cosas que solo se entienden en la ausencia. Había un sentimiento que nacía en las ruinas de un espacio vacío.

“Si pudiera vengar a Hee-seong, no me importaría lo que viniera después. El culpable soy yo. Pero desde que me di cuenta de que tengo personas por las que soy responsable…”.

Yuye agitó un viejo globo de nieve en la mesa. Una tormenta de nieve se desató, cubriendo una casita y un árbol con nieve artificial. La luz dentro de la casa brillaba claramente a pesar de la tormenta. Una familia celebrando una fiesta reía dentro de la ventana.

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“Haeim es mi responsabilidad. Yo lo traje. Y los gemelos que dio a luz son mi sangre”.

“¿Entonces lo amas?”.

Yuye detuvo la mano que agitaba el globo. La pregunta repentina de Choi Hyeong-cheol lo desconcertó. Nunca lo había pensado. Eran compañeros marcados, habían tenido sexo, habían tenido hijos.

“No necesitas amar a alguien para cuidarlo. Puedes criar hijos. No todas las parejas tienen hijos por amor ardiente”.

“Bueno, es cierto. Eres conocido por tu sentido de responsabilidad, así que cuidarás bien de ese melón y de tus hijos. Pero, ¿de verdad no lo amas?”.

“¿En esta situación necesito hablar de amor o algo por el estilo? Decir que amo o no amo no cambia nada”.

¿Amar? En esta etapa, no lo sabía. Había pensado que Haeim era adorable varias veces. Había querido besarlo, abrazarlo. Y lo hizo. Pero no podía decir que eso era amor. Para empezar, Yuye no sabía qué era el amor.

Su corazón era como niebla, y no tenía forma de rescatar las palabras escondidas en ella.

Solo una cosa era segura: quería protegerlo de más heridas. Dicen que no hay árbol que no se sacuda, que las heridas hacen crecer a las personas, pero Yuye deseaba que Haeim no tuviera más cicatrices. Ya tenía demasiadas. No importaba si no crecía más.

“No es mi asunto, pero me da pena ese chico. Parece que realmente te ama. Si no, no estaría tan loco”.

“Es joven y débil, por eso”.

“¿Cuándo será un melón maduro?”.

Choi Hyeong-cheol se burló.

“Haeim no es un melón”.

“Piensa lo que quieras. ¿Qué harás si esto termina bien?”.

“Vivir con Haeim y los bebés, obviamente”.

“¿Cómo sabes que él querrá vivir contigo?”.

Las palabras de Choi Hyeong-cheol lo hicieron enderezarse. No lo había considerado. Creía que, naturalmente, formarían una familia juntos. Se dio cuenta de lo egoísta que era.

“Tú dejaste que se volviera medio loco. Fingiste morir en un accidente, te acercaste con otra cara, y te fuiste sin decir nada. Hasta una persona cuerda estaría furiosa”.

“No tuve opción”.

“No importa cómo lo expliques, suena a excusa. Bueno, no es mi problema. Nunca me gustó ese chico”.

Choi Hyeong-cheol se sacudió las manos.

¿Cómo pedirle perdón a Haeim? Creía que, naturalmente, vivirían juntos con los bebés. ¿No era eso también una forma de violencia contra Haeim?

“Voy a tratarlo muy bien”.

Los bebés eran débiles, pero luchaban por sobrevivir. Yuye creía que, por ellos, podía volver a ver el mundo.

“¿No es un poco cursi para ti?”.

“Tal vez”.

“Sí, no te pega”.

Choi Hyeong-cheol respondió con sarcasmo. Yuye negó con la cabeza. Debía concentrarse en lo inmediato. Sobrevivir y proteger a Haeim.

“Hay que proteger a Haeim de Yujue”.

“¿No es mejor así? De alguna manera, Yujue lo está protegiendo ahora, ¿no?”.

“Yujue es peligroso”.

“Suena a tu terquedad. Parece que quieres que Yujue sea peligroso. Usas eso como excusa para proteger a tu melón, justificando tus deseos”.

“No”.

Yuye golpeó la mesa con los dedos. ¿De verdad no? No, realmente no.

“¿No es peligroso desde que Yujue se unió a Park Kyung-sang? Me di cuenta cuando Yujue escondió hábilmente a Haeim, pero seguro tiene algo con Park Kyung-sang”.

Un correo a ‘Daddy Long Legs’ reveló que Yujue y Park Kyung-sang estaban aliados. Pero aún no sabía por qué.

Tal vez había muchas razones, o quizás era simple. Pero una cosa era segura: la parte de Yang Hee-seong estaba allí.

“Suena bien, pero si Park Kyung-sang los unió con tanta determinación, ¿crees que será fácil sacarlos?”.

Park Kyung-sang y Yujue, personas que no debían estar juntas.

La vida de Yujue era normal. Tras recuperar la conciencia, se esforzó en rehabilitación. Luego regresó a Corea y contactó con Park Kyung-sang. Más bien, Park lo buscó primero.

Yuye sabía que Park rondaba su entorno. Él también lo rastreaba. Los eventos de Haeim y Yujue eran conocidos, así que Park pudo haberlo contactado por eso.

Park ayudó a Yujue a esconder a Haeim y aún los apoyaba.

Park no ayudaría a Yujue por pura bondad, así que había una conspiración entre ellos.

¿Cómo planeaba usar a Haeim? ¿Cuál era el motivo de Yujue? ¿Poseerlo o destruirlo?

Yuye investigó y supo que la vida de su verdadero hermano no fue fácil. En resumen, fue trágica. Sus padres adoptivos, los verdaderos padres de Haeim, eran basura, y los padres que lo encontraron tarde no lo amaron.

Su madre… solo buscaba al hijo que perdió. Maltrató y odió al inocente Yujue. Culpó a Yujue de todo: de no ver a Haeim, de su enfermedad.

No sabía cómo lo tomó Yujue en su etapa más sensible. La madre amaba a Haeim tanto como rechazaba a Yujue.

“Yo odiaría a Haeim. Él es uno de los que arruinaron la vida de Yujue”.

“Sí, es cierto”.

Choi Hyeong-cheol asintió.

“Pobre tipo. Si no hubieran sido cambiados, habría sido mejor. Error del hospital, qué lástima. ¿Y si ambos hubieran crecido en tu casa? ¿Habría sido mejor?”.

“Tal vez”.

No. En su interior, era diferente. La obsesión de Yujue tenía un punto único. Veía a Haeim como parte de sí mismo. ‘Parte’ era insuficiente. Creía que eran un alma dividida, y esa división era una tragedia.

“Aun así, su vida fue normal. La vida de Yujue en EE.UU. fue claramente normal. Solo rehabilitación tras rehabilitación”.

Choi tomó el globo de nieve. Mirando la nieve arremolinada, Yuye guardó silencio.

“Ese Yujue regresó a Corea y conoció a Park Kyung-sang. Aunque Park lo buscó primero. No entiendo su obsesión con tu melón, pero viendo la situación, no me sorprende. ¿Y si, presidente Kang, le cedes tu melón a tu hermano? En orden, él fue primero”.

“Yujue lastimará a Haeim”.

“Como si nuestro presidente Kang no lo hubiera hecho con ese lindo melón”.

Yuye dejó que Choi se burlara. Tal vez ambos eran igual de peligrosos para Haeim. Él engañó a Haeim. No, antes de que todo ocurriera, no aceptó su afecto y fingió no verlo.

“Sí, Haeim habría estado mejor sin conocernos”.

Era ridículo arrepentirse ahora, pero no debió arrastrar a Haeim a este caos. Habría sido mejor.

“Pero la vida de Yujue en EE.UU. es demasiado limpia, ¿no?”.

Choi Hyeong-cheol agitó el globo de nieve. La nieve arremolinada ocultaba el paisaje dentro. Como esta situación.

“¿Un chico tan loco se quedó tranquilo haciendo rehabilitación? No me lo creo”.

Yuye abrió un correo y descargó los registros de la vida hospitalaria de Yujue. Eran detallados, pero parecían vacíos. Envió un correo para investigar de nuevo. La respuesta llegaría en días.

“Presidente, eres cruel. Yujue es tu hermano. Siempre piensas en tu melón. Pobre hermano, con un hermano tan frío”.

“Sé que es extraño”.

Pero Yujue era peligroso. Era un hecho innegable, aunque fueran hermanos. Tal vez por su entorno, o tal vez por su naturaleza.

“Solo quiero proteger a Haeim y a los bebés”.

Eso era todo.

 

Pasaron días, y Yujue no mostró signos de usar a nadie. A pesar de estar preparado, Yujue actuaba como siempre. Sin movimiento, Haeim no sabía cómo reaccionar.

Bajó la mirada. El río Han se veía de un vistazo. La oscuridad, arrugada, se iluminaba débilmente con las luces de los edificios, y los colores de los autos rodaban debajo.

Era pacífico.

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Todos tan ocupados, seguro había alguien amado esperándolos al final del camino. Con una lámpara en el pecho para que los reconocieran.

Alguien amado.

Haeim también tenía uno.

Kang Yuye, y él.

Ese hombre, una impresión borrosa, se fue sin dejar palabra. Al desaparecer, se volvió inexistente. Como una telaraña. No, como el rocío en una telaraña.

Todo desapareció porque salió el sol. Era natural, sin nada especial. Debía aceptar su pérdida. Yuye murió, él se fue. Para Haeim, la pérdida ya no era triste, solo un resultado lógico.

Su vida reciente era monótona. Lo único notable era visitar a los bebés una vez al día. Los abrazaba una hora, dejando que escucharan su corazón. Los bebés, que no estuvieron suficiente en el vientre, no crecían rápido como otros.

Pero crecían poco a poco. Su piel oscura se volvía blanca, sus corazones débiles latían bien. Le advirtieron que si el corazón del niño se detenía, no habría solución, pero él se esforzaba. La niña, más sana, crecía día a día.

Las enfermeras, ya como familia, decían que los bebés eran hermosos, que serían preciosos. No les creía, pero al escucharlas, empezaban a parecerlo.

Los hijos de Yuye. No podía negar que lo amó. Aunque ya no estuviera. Debía amar a estos bebés. Cuando crecieran, podría buscar a Yuye en sus rostros.

Entonces, esta muerte no importaría.

Pero odiaba la obsesión de Yujue con los bebés. Era excesiva, literalmente obsesiva. Todos pensaban que era el padre. Yujue también creía que eran suyos. No entendía por qué.

Yujue traía fotos de casas, preguntando dónde poner la habitación de los bebés. Mostró un contrato de compra. Enseñaba catálogos de artículos para bebés y hasta hacía envíos al hospital.

Haeim no quería criarlos con Yujue. Aunque no tenía un plan claro para criarlos solo. Con apoyo estatal de pequeños, ¿pero después? Solo quería que no lo culparan. Sería triste si lo resentían por haberlos traído al mundo.

Al salir, buscaría trabajo. Cualquier trabajo. Con su historial en un reformatorio, baja educación y problemas mentales, tenía desventajas, pero si buscaba, encontraría algo. Criaría a los bebés, les daría amor…

¿Amor? ¿Podría darles eso tan difícil? Pero había esperanza. Fue criado con el amor de la señora, mejor que quienes no lo conocían.

“¿Por qué estás sin un cárdigan?”.

La voz de Yujue sonó detrás. Haeim lo ignoró, pensando que era trivial. Una mano lo giró por el hombro.

“¿En qué pensabas?”.

Una oscuridad ardiente. La sombra de Yujue crecía, tan intensa que quemaba como el sol. Haeim retrocedió un paso. Yujue soltó una risita.

“¿Te sientes atrapado?”.

Negó con la cabeza. Pero Yujue continuó como si no lo viera.

“Lo sabía. ¿Salimos mañana? Conozco un lugar cerca. Te ayudará a despejarte”.

Era absurdo. Malinterpretaba su expresión. Daba miedo. Aunque dijo que no, no lo escuchó.

“Salir estará bien, ¿verdad?”.

Sus palabras olían a conspiración. Podía negarse, pero no lo hacía fácilmente.

Estando con Yujue, no había escape de esta conspiración. Podía evitarlo unas veces, pero no siempre.

“Sería genial llevar a los bebés”.

Yujue mencionó a los bebés. Sonaba como un padre primerizo, pero para Haeim, era una amenaza implícita de tocarlos si no obedecía.

“Sería genial un picnic con ellos. Son pequeños, pero cuando crezcan, iremos al rio Han. Extenderemos una manta, cocinaremos ramen. Cuando estemos llenos, los acunaremos. Desde la secundaria soñé con esto”.

Haeim no sabía qué conspiración tramaba Yujue. Alguien murió, un congresista. Entonces, eliminar a un don nadie sería más fácil que aplastar una hormiga.

“No quiero”.

Haeim habló con calma. Su voz, áspera como polvo, sonaba tras tanto silencio. Al principio no podía hablar, luego no quiso. Hablar ahora incomodaba. Se sentía ansioso. Ojalá tuviera a alguien en quien confiar.

“No. Mañana saldremos. Si sigues así, te llenarás de moho”.

Yujue cortó con firmeza. El momento había llegado. ¿Qué conspiración era? ¿Cómo lo usaría o amenazaría? Quería agarrarlo y gritar si planeaba usarlo.

“Bien. Está bien”.

Era mejor que ser tomado por sorpresa. Al menos podía prever lo que Yujue haría. Pero, ¿y si pasaba algo inesperado?

Haeim apretó la mano en la ventana. Ojalá tuviera a alguien que lo respaldara. Alguien que llamara a la policía si no regresaba.

¿La señora Shin?

¿Podía confiar en ella?

“¿Entonces está bien?”.

Asintió de nuevo.

“Un momento”.

Haeim entró al baño con su teléfono. Abrió el grifo y buscó noticias sobre ‘congresista’. Revisó hasta sitios de streaming, pero no había nada similar.

¿Por qué entonces?

Cerró el agua y salió. Yujue, mirando por la ventana, sonrió.

“Haeim, ¿confías en mí?”.

No.

Asintió, aunque no confiaba.

“No te haré daño. Pase lo que pase”.

Para Haeim, sonaba como ‘Pronto te haré daño’. Aunque no hubiera oído su plan de usarlo, lo habría sospechado.

“Ven”.

Yujue extendió la mano y lo abrazó sin previo aviso. Haeim instintivamente quiso empujarlo, pero se detuvo. Escuchó su corazón, ruidoso como un tambor roto.

En ese abrazo, recordó su adolescencia incompleta. Ese brillo no volvería. Solo la oscuridad ardiente de Yujue quedaría en su retina.

“Te quiero, Haeim”.

Sus palabras eran ligeras como globos de helio. Haeim quería tomar cada sonido y reventarlo.

“Ven conmigo”.

¿A dónde? Pero no había escape de Yujue.

“Cuando te vi bajo la glicinia, ¿cómo decirlo? Sentí que encontré la respuesta. Debíamos haber nacido como uno. Nacimos en el mismo lugar y tiempo, debíamos compartir un alma, pero hubo un pequeño error. Era un día ventoso. Estabas sentado bajo la glicinia, leyendo. Creo que… Pushkin. Sí, leías una novela de Pushkin”.

Yujue hablaba sin parar. La noche se profundizaba, devorando la luz. Los faros de los autos disminuían mientras corrían.

¿A dónde iban? Sabiendo que Yujue planeaba usarlo, no sentía miedo. Su capacidad de temer parecía devorada por la oscuridad de la noche o la sombra de Yujue.

“¿Eso fue?”.

Haeim respondió sin entusiasmo. ¿Pushkin? ¿Un libro tan culto? Imposible. Era la fantasía de Yujue. Probablemente leía un cómic.

Eso confirmó que Yujue estaba loco. Tal vez siempre lo estuvo. El Haeim que veía era una fantasía. Nunca lo vio como humano.

Su odio era hacia sí mismo, su amor también. Era un narcisista extremo. No era amor, para empezar.

“Estabas sentado con las piernas cruzadas, moviendo el pie mientras pasabas las páginas. No tenías buena cara. Fruncías el ceño, apoyabas la barbilla, suspirabas. Una flor de glicinia cayó en tu libro, y en lugar de quitarla, la miraste fijamente, como diseccionándola”.

¿Cuánto tiempo lo observó Yujue? Los recuerdos no son solo uno. La luz, las nubes, la temperatura, los sonidos, el tacto, el olor: todo forma un recuerdo. Recordar un sonido evoca una escena; un olor, una imagen. Yujue, con lo que vio, recordaba todo.

“Era un día cálido. Como si alguien hubiera derramado miel en el aire, dulce y pegajoso. Un día perfecto para enamorarse”.

¿Entonces se enamoró a primera vista?

De repente, Haeim recordó el día que conoció a alguien. Un mediodía donde hasta las hormigas sufrían por el calor, el cadáver seco de un cuervo, el asfalto ondulante. Un auto negro emanaba calor. Al abrirse la puerta, unos ojos ciegos lo miraron.

Ciegos.

“¿Haeim, estás bien?”.

Yujue, a su lado, lo sacudió para despertarlo. Haeim se dio cuenta entonces de que había perdido el conocimiento. Algo parecía estar al alcance de su mano. Kang Yuye estaba allí, y en algún otro lugar, él también estaba. Ambas existencias se mezclaban y separaban como un caldo podrido.

No está bien.

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Haeim intentó recuperar la compostura. Por momentos, su mente se alejaba. Cada vez que se nublaba, apretaba los puños con fuerza. Las uñas se clavaban en las palmas.

Su estado mental no estaba claro. Si seguía así, perdería la cabeza de nuevo. Estaba ansioso e inquieto. No podía permitirse perder la conciencia cuando no sabía qué estaba pasando.

Los recuerdos de lo ocurrido mientras estaba inconsciente no eran claros, pero sabía que en su mayoría no estaba en sus cabales. De hecho, todo este tiempo había parecido un loco. No sabía por qué su confusión mental se había intensificado tanto. Tal vez por haber tenido a los bebés.

“Estaba el hermano Yuye”.

“¿Eh?”.

“El hermano Yuye estaba allí”.

Yujue entrecerró los ojos, desconcertado. Haeim sintió vívidamente la presencia de Yuye. Un pensamiento que flotaba vagamente como escombros cobró vida, retorciéndose en su mano. Mientras le acariciaba la frente, Yujue susurró suavemente.

“Nuestro hermano está muerto, Haeim”.

“Oh…”.

“En este mundo solo estamos tú y yo. Y ahora también los bebés. ¿Por qué sigues olvidándolo, Haeim? Que nuestro hermano está muerto”.

Yujue sonrió. Esa sonrisa al hablar de la muerte de alguien era brillante y hermosa. Siempre, siempre era así.

“¿Y qué importa?”.

Sí, ¿qué importaba que alguien hubiera muerto? Si estaba muerto, solo había que esperar. Esperar a una persona muerta no era diferente a esperar a alguien que se había ido lejos.

Había alguien que se fue. En esa isla donde soplaba mucho viento. No sabía nada. Ni su rostro ni su nombre le venían a la mente. Solo la sombra de que tal persona existió. Esperó un día como si fueran mil años. No regresó, pero lo esperaba con la certeza de que volvería.

Esperar, sin importar a quién, era lo mismo. La ansiedad, la ira, la tristeza, la alegría convergían en algo en el ámbito de la espera. En algo como la esperanza.

El coche seguía avanzando por la carretera nocturna. La oscuridad se precipitaba hacia los faros, rompiéndose en pedazos. A lo lejos, se veía un edificio esquelético, con solo el armazón. Parecía un monstruo hambriento, listo para devorar a cualquiera que entrara.

“¿Confías en mí?” dijo Yujue.

“Nunca te haré daño. Jamás, yo nunca te lastimaré”.

Su voz era seria, impregnada de una verdad densa como el chocolate. Pero era tan sofocante como la oscuridad a su espalda.

“Confío en ti”.

Haeim mintió. Yujue planeaba lastimar a alguien. Tal vez a mí… o a los bebés. Su corazón estaba entumecido, insensible. No sentía ningún resentimiento injustificado hacia Yujue.

Todo terminaría ahora. Incluso esa breve adolescencia.

“Solo te tengo a ti”.

 

Haeim caminaba entre las costillas de un monstruo gigante. No se oían voces. El video, grabado desde lejos, era claro pero no particularmente detallado. Haeim miraba el techo del edificio incompleto o se asomaba al borde sin barandillas.

“Qué fastidio. Dijimos que no entregaríamos los documentos a los medios. ¿Por qué quieren hacer este espectáculo con ese chico?” refunfuñó Choi Hyeong-cheol.

Yuye no apartó los ojos de la pantalla. Hace unos minutos, llegó un mensaje a su teléfono con un enlace. Al hacer clic, se abrió una transmisión en vivo.

Haeim y Yujue en el video.

Probablemente grabado desde un edificio cercano, mostraba a Haeim y Yujue. Era absurdamente cotidiano. Parecían estudiantes universitarios explorando un edificio abandonado o personas en un picnic.

“Muévete”.

Yuye recordó la dirección adjunta en el correo. Estaba a unos 30 minutos de allí. Si aceleraba, tal vez 20. Solo esperaba que nada pasara antes.

“¿Vas? Radar Político y Current Affairs Lightning están a punto de emitir. Dicen que será aquí cerca, ¡están listos para transmitir en vivo las fechorías de Park Kyung-sang!”.

Al escuchar a Yuye, Choi se levantó de un salto, con la voz temblando de indignación.

“¡Cancélalo! Tengo que ir por Haeim”.

“No digas locuras. Ya retrocedimos una vez al no enviar los documentos por ese chico. Esperamos años por este momento, ¿y ahora lo abandonarás porque está atrapado?”.

La voz de Choi Hyeong-cheol se elevó. Para Yuye, sopesar opciones ya no tenía sentido. El niño estaba en peligro, y debía salvarlo. No había opción.

“Jeong-sik, prepara todo”.

Ordenó a Jeong-sik. Este metió los documentos en una caja y se levantó. Choi Hyeong-cheol sujetó la caja, presionándola. Una tensión extraña flotaba entre ellos.

“Juraste revelar la verdad,” gritó Choi Hyeong-cheol, furioso.

Yuye recordaba claramente ese día. El funeral de Hee-seong, el día que despertó del accidente. Juró devolver ese dolor algún día.

Choi Hyeong-cheol fue quien lo obligó a jurar. Sí, Choi Hyeong-cheol amaba a Hee-seong. Una relación trágica y enredada. Había amor, pero nadie estaba feliz ni satisfecho.

Pero un juramento por los muertos no tenía poder ante la vida.

“¿Cuántas veces escapamos de la muerte? ¿Por qué soportaste tanto? Todo fue para hoy. Seok está muerto. Park Kyung-sang lo mató. ¿Crees que salvar a Haeim ahora hará que Park nos deje en paz?”.

“¿Y si no?”.

Yuye sabía que no podía retroceder ahora. Si no era ahora, ¿cuándo revelaría la verdad? No, retroceder no garantizaba su vida. Pero Haeim estaba moviéndose en la pantalla.

El niño en la pantalla sonrió. Yuye lo miró, como hipnotizado. El niño estaba vivo; Hee-seong, muerto. La culpa lo estremecía, pero no había opción. No podía vivir con más culpa y dolor.

“Debemos seguir con la entrevista. Todo sobre Park Kyung-sang, incluso que podría haber matado a Seok,” dijo Choi Hyeong-cheol, bajando la voz.

Jeong-sik, sintiendo la amenaza, dejó la caja en el suelo.

“Déjalo en paz. Tu hermano no lo lastimará. Solo es una amenaza”.

“No confío en Yujue”.

No lo sabía. Por qué tenía este presentimiento. Si perdía esta oportunidad, tal vez nunca… Tal vez tendría que vivir con más culpa. O con una desesperación peor que la culpa, una que haría que la muerte fuera bienvenida.

“No puedes confiar, pero no hay opción. No cederé esta vez. Siempre hice lo que quisiste, pero no ahora. Es demasiado peligroso”.

“Haeim también está en peligro”.

“¿Y qué si lo está? ¡Tu seguridad es más importante! ¿Y eso es todo? La venganza por Hee-seong es tan importante como tu seguridad. ¿Cómo garantizas tu seguridad y la de ese chico si vas?”.

“Déjame ir”.

“No puedo”.

Yuye empujó ligeramente a Choi Hyeong-cheol y ordenó a Jeong-sik.

“¿Qué esperas? Recoge los documentos”.

Jeong-sik obedeció.

“No hay opción. Solo sigo las órdenes del presidente”.

Respondió en voz baja. Choi Hyeong-cheol, atónito, suspiró. Mientras lidiaba con Choi Hyeong-cheol, Yuye pensaba qué llevar. ¿Armas? ¿Un cuchillo? No, no lo dejarían acercarse armado. No debía causar alboroto.

“Locos. Yuye, loco. ¿Crees que lo dejarán vivir si vas?”.

“Tengo que intentarlo”.

“¿Por un niño que conoces desde hace un año? ¿Aunque fuera tu hermano, solo lo conoces de unos años? ¿Arriesgar tu vida? ¿Cuándo puedes vengar a Hee-seong desde aquí?”.

El día del funeral llovió. Choi Hyeong-cheol lo hizo jurar bajo la lluvia.

Debes hacer lo mejor. Jura que arriesgarás tu vida. Hee-seong murió por ti, así que debes matar a Park Kyung-sang. Es tu culpa y la de Park. El único inocente aquí es Hee-seong.

“Hee-seong está muerto”.

Sí, muerto. Un cadáver con aroma a rosas damascenas, perfectamente hermoso. Tras su muerte, a veces, o quizás a menudo, Yuye pensó en cómo sería la muerte para él.

Liberación u oscuridad. O algo intermedio.

“No te entiendo, Yuye. ¿Puedes tirar años de esfuerzo por ese chico? ¿Por qué? ¿Porque tuvo a tus hijos y lo quieres tanto? ¡Hee-seong no tuvo a tus hijos! ¡No murió con ellos!”.

“Tal vez”.

“¡Oye!”.

Choi Hyeong-cheol gritó. Yuye lo ignoró. No sentía necesidad de seguir hablando. Pensó que la muerte pudo haber liberado a Hee-seong. Un pensamiento que no se atrevió a expresar en años. Que Hee-seong se liberó del dolor.

“Piensa de nuevo. Tu hermano no lastimará a Haeim. Si quisiera, ya lo habría hecho. ¿No lo protegió bien un año? Dijo que lo quería”.

“Ojalá no fuera cierto”.

Deseaba que el afecto de Yujue fuera falso. Todo sería más fácil. No, nada habría pasado. Porque lo ama, no se sabe qué hará. El amor de Yujue estaba profundamente equivocado.

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“¿De verdad vas?”.

“Sí”.

“¿Sin reconsiderar?”.

“Tengo que salvarlo”.

Yuye empujó a Choi Hyeong-cheol y dio un paso. En el video del teléfono, Haeim hablaba con Yujue, sosteniendo un sándwich.

Choi Hyeong-cheol no sabía cuánto mal y dolor había en esa escena cotidiana. Yuye no renunciaba solo por Haeim. Yujue tenía gran parte de la culpa. Esperaba que no hiciera nada. Que no lastimara a nadie, ni a sí mismo.

De repente, sintió un pinchazo en el cuello. Un viento frío parecía infiltrarse en sus músculos, nervios y huesos. Aturdido, miró a Choi Hyeong-cheol. Su cuerpo se volvió lánguido rápidamente.

“No puedo dejar que arruines todo por un niño”.

Jeong-sik sostuvo a Yuye, tambaleante.

“Abogado, ¿qué…?”.

Jeong-sik preguntó, desconcertado, sosteniendo firmemente a Yuye. Este supuso que Choi Hyeong-cheol le inyectó algo como Ativan, un sedante. Agarrándose el cuello, miró a Jeong-sik, que no sabía qué hacer.

“Tengo que… salvarlo”.

Jeong-sik se agitó.

“Sálvalo, por favor”.

“Llévalo a dormir. Yo haré la declaración. Cuando despierte, todo estará resuelto”.

No.

Yuye intentó enderezarse, pero el sedante inyectado en el cuello actuó rápido. Su visión se nubló, sus extremidades perdieron fuerza.

“Llévatelo”.

Aprovechando la confusión de Jeong-sik, Yuye se aferró a la mesa. Sus manos resbalaban. Entonces, tocó un cuchillo de fruta que estaba allí.

Choi Hyeong-cheol vio el cuchillo y abrió los ojos. Antes de perder la conciencia, Yuye lo levantó.

“¿Qué haces, estás loco?”.

El cuchillo brilló y cayó.

 

“Parece que no vendrá, el invitado”.

Haeim no sabía quién era ese ‘invitado’. No le importaba si venía o no. Esperar siempre era así. La persona esperada no llegaba. Nunca había regresado. Así que esta espera no era extraña.

“Pensé que vendría. Bueno, no te sientas mal. Su amor por ti era solo eso”.

Yujue peló el segundo sándwich, hablando con compasión. Pero, a diferencia de su tono, comía con entusiasmo.

“¿Por qué me sentiría mal?”.

Haeim metió una hoja de lechuga entre el pan, respondiendo con indiferencia. Era su segundo sándwich, pero no le gustaba mucho. Un sándwich demasiado lleno no era bueno.

“Hmm… ¿Por qué te sentirías mal?”.

Yujue repitió la pregunta. Haeim se encogió de hombros.

“¿Soy un rehén? ¿O una moneda de cambio? Sea lo que sea, es peligroso, ¿verdad?”.

Algo estaba roto. No sentir miedo en esta situación lo confirmaba.

El miedo y la ansiedad evolucionaron para proteger a las personas. Emociones naturales de la humanidad. Pero Haeim no sentía nada. Ni siquiera la necesidad de estarlo.

“¿Amas a mi hermano?”.

“Sí. Lo amé”.

Algunas palabras solo funcionan en pasado. Como Yuye. Muerto, solo podía decirse que lo amó.

“¿Y a la persona de la isla?”.

“Me gustaba”.

Haeim no sabía la diferencia entre ambas palabras. Pero las usó separadamente a propósito. Así, ambos sentimientos podían coexistir: el amor por Yuye y el cariño por alguien cuyo rostro ya no recordaba.

“Eres débil, Haeim. Estás listo para amar a cualquiera que te trate con amabilidad”.

No lo negó. Amó a Yuye por su bondad y ternura. ¿Qué había de malo en eso?

“Tal vez”.

Mordió el sándwich. Pensó que sabía mucho a pimienta. Mientras se concentraba en el sándwich, perdió algo que dijo Yujue.

“…si lo hago, ¿también me…?”.

“¿Qué?”.

Haeim salió de su ensimismamiento. Yujue sonreía. Esa sonrisa no era distinta a la de su adolescencia, pero ya no lo afectaba como antes.

“Nada, no dije nada. Come, tienes hambre”.

Yujue le ofreció el sándwich. Sabía mucho a pimienta. Algo en su mente susurró que podría ser su última comida. Era una herramienta de amenaza, un rehén, un valor de cambio.

“Hmm, ya debería haber llegado”.

“¿El invitado?”.

“Sí. Le dije que viniera si te ama”.

¿Quién era el invitado? No había candidatos entre los vivos. Conocía a pocas personas, ¿y una que lo amara? Negó con la cabeza.

Solo había una persona. Una chispa de esperanza lo recorrió. ¿Y si era él? Pero alguien que conoció tres veces no tenía razón para aparecer. Sería feliz si lo hacía, aunque no lo haría. Su corazón oscilaba.

“No te ama, Haeim. Solo yo te amo”.

“¿Porque no merezco ser amado?”.

Antes, cuando Yujue decía eso, Haeim pensaba que, aunque no lo merecía, Yujue lo quería. Ahora no había cambiado mucho. Pero no creía que Yujue realmente lo amara.

“Porque solo debes amarme a mí”.

Palabras ambiguas, contradictorias. Ahora, las palabras de Yujue parecían sentimentales o vacías. Pero reconoció que hubo un tiempo en que las valoró.

“Haeim, no quiero que sufras más. Aunque ya es tarde. ¿Sabes a quién esperamos?”.

“¿A quién?”.

“A mi hermano”.

Haeim dejó el sándwich. Miró fijamente a Yujue, que soltó una carcajada.

“El hermano Yuye está vivo”.

¿Yuye vivo? Recordó dos avisos de muerte. Uno falso, otro con certificado. Habiendo visto el certificado, no podía ser cierto.

“El congresista Park y yo le dijimos que viniera aquí. Que destruyera y borrara su información. Si no, podría matarte. Aunque, claro, yo no te mataría”.

“Oh…”.

No quería escuchar esa voz perforando sus oídos. Ni la de Yujue, ni la suya propia. Contuvo la respiración, no quería escuchar ni eso.

“Mi hermano investigó la muerte de Yang Hee-seong durante años. Vivió para vengarlo. Sobrevivió por eso, incluso usándote. Todo por este día”.

Qué trivial.

Haeim aceptó todo con calma. Sin emociones dramáticas. Yuye existió, amó a alguien hermoso, tuvo celos y quiso un hijo. Lo tuvo, y ahora estaba comiendo un sándwich en este edificio abandonado.

“No me sorprende”.

Aceptó todo con calma. A veces, algo es más importante que una vida. Lo entendía y empatizaba.

Pero, ¿qué era esto? La sensación de un arbusto espinoso plantado en su pecho. Como saltar a un mar lleno de cabezas de serpientes.

“Te engañó estando vivo, y ahora…”.

“¿No vino a salvarme?”.

“Exacto”.

“No tiene por qué salvarme”.

Haeim sintió su conciencia dividiéndose. Una parte intentaba entender por qué no vino; la otra, desesperada. Porque no era amado. El dolor de no serlo partió su cuerpo: medio en hielo, medio en fuego.

“Sí, no tiene por qué. Salvarte sería cursi. Lo cursi no es bueno. Esto lo confirma, ¿no? Solo yo te amo”.

“Parece que sí”.

Murmuró sin entusiasmo. Yujue rio. Haeim mordió el sándwich de tomate a medio comer. Había alguien. Alguien que amó. No apareció.

“No vino, como era de esperar”.

Una voz desconocida, pero familiar. Un hombre en traje negro apareció, apartando una luz improvisada. Era atractivo, de rasgos afilados y sensibles, pero con un aire rudo entre las cejas.

Park Kyung-sang.

“Congresista”.

Yujue lo llamó con familiaridad. Haeim dejó el sándwich y lo miró. Se sentía incómodo. ¿Debía saludar? Park parecía esperar un saludo.

Su sombra tenía un tono grisáceo. Olía a algo metálico. Un metal sólido pero desvaído. Era un color nuevo, y no podía leer sus emociones.

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“¿Tú tuviste al hijo de Yuye?”.

“Sí”.

Yujue respondió por él.

“¿Dónde están los bebés?”.

“No los traje. Están en incubadoras. Si mueren, no tienen valor”.

Yujue sonrió. Ese tono ligero era escalofriante. Los bebés, débiles e indefensos, luchando contra el mundo. Nadie los amaba. Eran objeto de bromas.

Se sintió triste.

“Bueno, no importa. Lidiar con los bebés será fácil después. Perdí a mi hijo, no dejaré vivir al de Yuye. Escucha, esperé mucho. Que tuvieras un hijo. Para que entendieras por qué pasa todo esto”.

Un odio vívido. Haeim entendió el color de la sombra. Era odio. No sabía por qué era el blanco de un odio tan afilado. La sombra era fría, cortante como una cuchilla.

“Fuiste abandonado, pequeño. Yuye no vino a salvarte. La venganza es más importante que tú”.

No había nada que temer ni que lamentar. La situación era clara. Era un objeto de intercambio. La transacción había fracasado. La otra parte no había aceptado el trato.

“Trátalo bien, grábalo y envíalo como regalo. Para que no pueda pensar en otra cosa. Al menos, si es un alfa, debería sentir algo de compasión por su omega”.

Los hombres robustos detrás del hombre dieron un paso adelante, sosteniendo armas contundentes. Yujue soltó una risa ligeramente cínica.

“¿Tiene que ser así? Prometí no hacerle daño a Haeim”.

Yujue parecía disfrutar. El hecho de ser abandonado o traicionado por Yujue no provocó ninguna emoción en Haeim. Todo estaba predestinado a ser así. Desde el momento en que subió a ese coche aquel día.

Todo parecía una película extraña. Había un chico, comenzaba la película.

Y el otro protagonista de esa película era…

“Para. Estoy aquí”.

Haeim giró la cabeza hacia el sonido. Allí estaba Kang Yuye. Todos los recuerdos difusos volvieron: en el invernadero, en el templo, en su mansión. La sensación de sus dedos, impregnados de agua de iris, rozando su frente; el tacto de sus labios en su piel; su abrazo.

Sí, el hombre de la isla también era Yuye. Por eso no pudo evitar quererlo. Aunque él no lo amara. Era casi cómico. Más allá de lo ridículo que era haber sido engañado, su cuerpo se movió instintivamente hacia él.

Al dar un paso, Yujue lo agarró del hombro. Yuye no lucía bien. Pálido, demacrado, sus pasos tambaleantes como los de un borracho. No parecía vivo, aunque lo estuviera. Aun así, Haeim sintió alivio: la conversación con Yujue no era una fantasía.

“Hermano”.

Yuye estaba vivo. Extendió la mano. Él, como Yuye, había revelado que estaba vivo, pero Haeim no lo sabía. Había regresado, se fue y volvió, y ahora estaba frente a él.

“Hermano”.

El dolor de pensar que estaba muerto resurgió vívidamente. Era como estar atrapado en una máquina de tortura medieval, encerrado en un ataúd con clavos, gritando sin que nadie aliviara su sufrimiento.

¿Estaba enojado con Yuye por causarle ese dolor? ¿O lleno de alegría?

En medio de esta confusión, Haeim no sabía qué sentía. Todo parecía silencioso. No oía la voz de Yujue ni la del hombre. Era como hundirse en un pantano.

Quería acercarse a Yuye. Tal vez abrazarlo. En ese extraño silencio, intentó liberarse de Yujue, pero su agarre era como un grillete.

“¿Llegaste  hermano?”.

Cuando Yuye se paró bajo las luces, Haeim notó el vendaje en su mano y la manga ensangrentada. La cantidad de sangre que empapaba el vendaje era alarmante.

“Suelta a Haeim”.

¿Qué le había pasado? Sintió náuseas. Yuye, herido e inestable, parecía sufrir profundamente, tanto interna como externamente.

Si no hubiera escuchado a Yujue, no estaría en esta situación. Si no hubiera dejado el hospital. Entonces pensó que no importaba lo que pasara. De repente, todo se volvió real, como un trueno aproximándose.

“¿Llegaste hermano? De verdad”.

Yujue habló con alegría. En ese ambiente pesado, su tono era ligero, como una mariposa posándose cerca. Una mariposa bailando sobre llamas.

“Pensé que no vendrías. Qué bueno que no llegaste demasiado tarde. Un poco más, y Haeim habría pasado por algo terrible”.

“Park Kyung-sang, traje los documentos. Todos originales”.

Cuando Jeong-sik dejó la caja en el suelo, Yuye miró a Park.

La mirada de Yuye era fría y firme, inquebrantable. ¿Estaba Yuye dispuesto a renunciar a todo lo que había logrado? ¿A los años dedicados a la venganza?

¿Debería sentirse conmovido? No, no había emociones intensas. Todo parecía extraño. ¿Por qué apareció Yuye? ¿Qué planeaba ahora?

No debiste venir.

Un poco de resentimiento y tristeza. No sabía por qué sentía eso. Las formas en su pecho eran tan difusas como la niebla.

“Qué cruel, hermano. ¿Renunciar a años de sufrimiento por salvar a Haeim? Yang Hee-seong te amó tanto, ¿y lo abandonas todo?”.

“No haré nada más para provocarte. Solo suelta a Haeim”.

Yuye ignoró las palabras de Yujue, quien rio y atrajo a Haeim más cerca. Haeim escuchó su corazón tranquilo. Y tuvo un presentimiento: esta noche, la luna estaría muy alta.

“¿Una especie de tratado de paz?” se burló Park.

“Con tu tenacidad y obsesión, ¿no es esto demasiado trivial?”.

“Con esto termina todo. Tú y yo lo dejamos atrás. No me importa cuán alto llegues. Haz tus cosas, yo haré las mías”.

Yuye habló con voz cansada. Park soltó una carcajada.

“Eso es demasiado fácil. Confío en tu integridad, en tu promesa de terminar aquí”.

“Si quieres, quemo esta caja ahora”.

“Bien, la noche está fría, será acogedor”.

Con un gesto de Yuye, Jeong-sik roció gasolina y arrojó un encendedor. Las llamas devoraron la caja. Haeim miró los ojos de Yuye, que reflejaban el fuego, rojos, como los de alguien furioso.

“Ahora, envíalo aquí”.

“Hee-seong te amaba de verdad, presidente Kang. Hasta la locura”.

Park habló lentamente.

“Era patético. Su mente frágil, su cuerpo hermoso, su talento: todo era adorable. Pero lo más hermoso era su amor por ti”.

“Tú lo llevaste a la muerte”.

“¿Yo? Parece que quieres librarte de la culpa. Hee-seong murió por ti. Tú destrozaste su mente frágil”.

¿Era una ilusión que Park pareciera triste? Debía serlo. Las luces intensas y el claro de luna hacían que el lugar pareciera un set de drama. Un espectáculo extraño.

“Sin ti, Hee-seong no habría muerto. Pero durante años me culpaste. ¿Por qué intenté matarte? Simple. Me debes una deuda mortal. Mataste a Hee-seong. Llevaba a mi hijo en su vientre”.

La verdad dependía de quién miraba el evento. Se enfrentaban ferozmente por una muerte.

La sombra de Park temblaba de tristeza. Haeim sintió náuseas. Esa tristeza era una verdad evidente. Park creía que Yuye mató a Hee-seong.

Una muerte, dos asesinos.

Estaba agotado. No quería saber más.

“Las pruebas no importan. Solo quería conocerte. Con Seok muerto, lo que digas será visto como conspiración o difamación. Solo quería verte”.

“¿Para qué? ¿Qué quieres?”.

“Nada en particular. Pero me di cuenta de algo. Olvidaste y traicionaste a Hee-seong rápidamente. ¿Renunciar a la venganza por este chico? Me perseguiste obsesivamente, pero te rindes ante una simple amenaza. ¿Por qué? ¿Lo amas?”.

“Envía a Haeim”.

“Claro, tuvo a tus hijos. Debes valorarlo. ¿Son realmente tuyos esta vez? Dio a luz a dos, aún no los he visto. Podría haber criado bien al mío con Hee-seong”.

“¿Qué quieres?”.

“Simple. Que mueras. Por traicionar y abandonar a Hee-seong otra vez”.

Los hombres de Park avanzaron hacia Yuye. El primer golpe apuntó a su cabeza. Yuye lo esquivó apenas, y un trozo de madera con un clavo rozó su ropa. Pero fue solo el comienzo. Eran cinco contra Yuye y Jeong-sik.

Comenzó una pelea feroz. Haeim, tapándose la boca, intentó no gritar. Las heridas de Yuye aumentaban, y se veía agotado.

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“Ríndete, presidente Kang. Si no hubieras venido, te habría dejado vivir. Al menos significaría que pensaste en Hee-seong. Estar dispuesto a sacrificar a este chico por él habría sido un consuelo para Hee-seong”.

“Hee-seong está muerto”.

“Vive, al menos para mí”.

En la lucha de Yuye, los hombres caían uno a uno. Haeim, atrapado por Yujue, solo podía mirar. ¿Debería alegrarse? Todo era confuso.

Uno de los guardias de Park se levantó, tomó una tubería de metal y la alzó mientras Yuye enfrentaba a otros. Haeim intentó liberarse de Yujue, deseando detenerlo.

De repente, la escena se congeló. Sonaron sirenas de policía, como el rugido de una bestia extraña atravesando los edificios vacíos.

Mientras todos se detenían, Yuye se lanzó sobre Park, quien cayó lejos por el ataque repentino. Al levantarse, Park rio.

“¿Llamaste a la policía? ¿De qué sirve? ¿Es ilegal que nos reunamos de noche?”.

Park, con un cuchillo de caza en la mano, parecía una bestia, no un político.

“No fui yo”.

Yuye, apretando su mano ensangrentada, habló.

“Fui yo”.

Yujue intervino alegremente.

“Pensé que no vendrías, así que llamé a la policía. Pero llegaste hermano con la policía, el congresista y Haeim, ¿no es perfecto?”.

“Estás loco”.

Park se giró furioso hacia Yujue. Estaba molesto por la interrupción de su banquete nocturno.

“¿Qué planeabas con la policía?”.

“¿Esto?”.

Una extraña incomodidad. Haeim sintió que la mano de Yujue soltaba su hombro. En un instante, Yujue estaba detrás de Park. Al siguiente, Park se detuvo. Un cuchillo de caza atravesaba su cuello. Cuando Yujue lo sacó, la sangre brotó.

“¿Por qué? ¿Por qué…?”.

Park, retorciéndose, intentó tapar la herida, pero sus manos resbalaban.

“Parece que Haeim quería que murieras. Y planeabas usarlo. No puedo hacer eso. ¿Cómo podría lastimarlo? Aunque, solo yo puedo hacerlo. Solo yo puedo devorarlo”.

Yujue habló. La vida se desvanecía rápido. La persona que debía responder ya estaba muerta. Yujue limpió la hoja con su manga y la dejó caer.

“Era un tipo aburrido. No tan importante. Dormimos unas veces, pero el sexo era mediocre”.

Haeim intentó correr hacia Yuye, pero Yujue lo atrapó rápidamente.

“No vayas, Haeim. Solo te tengo a ti. Debes compadecerme”.

Su voz era ligera, envolviéndolo como seda temblorosa. O tal vez como algas en un mar lleno de cabezas de serpiente. Quizás este lugar era el centro del mar de Kim Hong-do.

“Realmente solo te tengo a ti”.

Haeim sintió asfixia. Su presentimiento no lo engañaba. Hoy sería un día duro. La luna estaría alta, muy alta.

“Suelta a Haeim”.

La policía llegó y se posicionó detrás de Yuye. Yujue retrocedió con cada agente que aparecía. Yuye avanzaba; Yujue retrocedía. Estaban al borde del edificio. Sin ventanas ni barandillas, detrás había un precipicio de cuatro pisos.

“Envíalo aquí. Yujue, ven tú también”.

“No quiero. Desde el principio planeé esto, ¿por qué iría contigo?”.

“¿Desde el principio?”.

“Nacimos juntos, debemos morir juntos”.

Yujue habló con frescura. Haeim, atrapado, sintió el viento a su espalda. Vio la luna. Subiría más alto. No tenía miedo, solo un poco de arrepentimiento. Debió vivir más intensamente. Amar más a los bebés.

“Dicen que voy a morir”.

Un tono ligero, como si no importara. Yuye guardó silencio. Los policías también, solo se escuchaba el ruido de los radios. Haeim pensó en las pastillas que Yujue tomaba sin parar.

“Por eso quiero morir con Haeim. Todo eso de no lastimarlo o criar a los bebés juntos era mentira. No puedo morir solo. Nacimos juntos. Lo amo y, probablemente…”.

…lo odio.

Su cuerpo se elevó. Yujue lo abrazó con fuerza, como si absorbiera su cuerpo y alma.

Para otros, pareceremos un solo cuerpo. Desde el cielo, quizás hasta nuestras almas parezcan una.

La luna se alejaba. No sabía si subía o si caía. Su cuerpo chocó contra el suelo, haciéndose añicos.

O al menos, así lo sintió.

 

 

Continúa en el volumen 5.