Parte 1
Parte 1
Hay un chico. Un chico que creía estar
completamente abandonado por todos, incapaz siquiera de pensar en formar
vínculos con alguien. Para ese chico, el mundo no era más que una sucesión
indiferente de estaciones. El sol salía, la luna se alzaba, las flores se
marchitaban, esas flores se convertían en barro, las hojas que una vez fueron
exuberantes también se transformaban en barro, enterradas durante el invierno
para luego florecer nuevamente como flores y hojas. Solo el paso del tiempo,
efímero y fugaz.
Para ese chico, ¿qué significó el encuentro
con su doble? O mejor dicho, ¿puede siquiera llamarse a su relación la de un
original y su doble? Tal vez un doppelgänger, o quizás… una sombra. Una sombra
profunda, como una mina oscura donde la luz se ha apagado. Una sombra tan
profunda, como una mina venenosa de la que no se puede salir sin un canario,
siempre lista para absorberlo todo.
(N/T: Doppelgänger: Persona que se parece
mucho a otra sin tener parentesco biológico.)
Quizás el chico pensó que había encontrado al
único ser con el que podía ascender por el túnel de la mina. Pero era un
demonio hambriento. El chico, ingenuamente, no se dio cuenta hasta llegar a la
entrada de la mina de que ese ser era un demonio que mordería su cuello. Así
que, para escapar del hambre de ese demonio, lo apuñaló.
Y luego está otro chico. La primera mitad de
su vida estuvo marcada por la carencia y la violencia, y de eso aprendió
algunas lecciones. Tal vez el temperamento innato de este chico, combinado con
las lecciones que había aprendido, lo hicieron más fuerte.
En la oscuridad, en un suelo apenas formado
por el polvo acumulado, las raíces de este chico se hundieron y florecieron. Los
pétalos de su flor eran una oscuridad como la de una sombra. Sin embargo, esa
flor, bajo la luz, tenía un color tan hermoso que podía cautivar a cualquiera.
Para este chico, también, ¿qué significó el
encuentro con su doble? Un doble nacido al mismo tiempo que él, pero separado
en dos cuerpos por un capricho del destino. O tal vez… una sombra. La nostalgia
que sentía, o más bien, el hambre, era algo más primordial, algo que parecía no
poder saciarse a menos que se convirtiera en un demonio devorador. Así que
ascendió por el oscuro túnel, listo para morder el cuello de su contraparte.
Esa era su relación. La de ambos.
Kang Yujue estaba frente a él. A su lado, un
violador yacía desplomado, con la cabeza rota, sangrando y con el cerebro
expuesto. El bate de béisbol en su mano estaba roto, y la sangre había
salpicado hasta su rostro. La sangre roja en su pálido rostro blanco parecía
una escena de tragedia.
Kwon Haeim miró a su doble. Sí, alguna vez
creyó que Kang Yujue era su doble. Nacidos al mismo tiempo, destinados a morir
juntos. Ese doble ahora aparecía como un salvador en este lugar. También hubo
un momento en que pensó que podía ser un doppelgänger, idéntico salvo por su
apariencia.
Es extraño. ¿No estaba muerto Kang Yujue? O,
al menos, ¿no estaba sumido en un sueño tan profundo que era casi como la
muerte? Racionalmente, el chico frente a él solo podía ser una ilusión. Pero,
¿podría una ilusión blandir un bate de béisbol y destrozar la cabeza de un
violador?
“¿Haeim, estás bien?”.
La ilusión susurró. ¿Y si no fuera una
ilusión?
Entonces sería una pesadilla. Una pesadilla
nacida porque se quedó dormido en el almacén. El intento de violación, con el
agresor cubriendo su rostro con una bolsa de plástico, y Kang Yujue apareciendo
para matar al violador… todo eso formaba parte de una pesadilla. Quería que
fuera parte de una pesadilla.
“¿De verdad estás bien?”.
“¿Eh?”
“Que si estás bien”.
Kang Yujue, con su mano blanca y delgada, le
acarició el cabello y susurró con ternura. Kwon Haeim sintió cómo su cuerpo se
tensaba con ese susurro. No importaba cuán suave fuera su voz o sus gestos.
Su voz era como un pastel de castella que se
derrite en la boca. Temía que, si lo probaba, se volvería adicto a su dulzura.
Sabiendo que esa dulzura era, en realidad, veneno. Kwon Haeim reprimió con
esfuerzo el impulso de apoyarse en esa voz.
“Mi Haeim”.
Un dedo tocó ligeramente su barbilla. Parecía
que iba a besarlo. En ese momento, la realidad lo golpeó.
No es una pesadilla.
Kwon Haeim tembló de pies a cabeza.
El Kang Yujue frente a él era real. No era una
imagen residual dejada por una ilusión. Estaba confundido, sin saber si debía
huir de él o abrazarlo para compartir la alegría del reencuentro y la
recuperación. No, no lo abrazaría. Si lo hacía, los sentimientos del pasado
seguramente resurgirían.
En última instancia, Kwon Haeim se reunió con
Kang Yujue en un estado lamentable, sudoroso, con el rostro pálido de miedo,
temblando de terror, con la ropa manchada de semen del violador.
“¿Estás bien?”.
‘Estoy bien’, respondió en su imaginación. En
la realidad, solo lo miró atónito. Kang Yujue era más alto que antes, cuando
yacía moribundo en un charco de sangre. Sus rasgos eran más afilados, y la
suavidad de su adolescencia había desaparecido.
¿Puede una persona muerta crecer? No, Kang Yujue
no murió entonces. Sobrevivió, pero debido a un paro cardíaco prolongado, nunca
despertó del coma. Eso era todo lo que Kwon Haeim sabía. En las cartas llenas
de odio que ocasionalmente recibía del jefe, Kang Yujue era descrito como una
muñeca que necesitaba que otros hicieran todo por él.
¿Es hermoso el Kang Yujue de ahora? Sí, lo
era. Tan hermoso como lo fue en el pasado.
“Ha pasado tiempo”.
Se preguntó si era apropiado intercambiar
saludos en esta situación. ¿No debería hacer algo rápidamente? Pero, ¿qué debía
hacer?
“S-sí”.
Lo único que pudo hacer fue responder al
saludo de Kang Yujue.
“¿No te alegras de verme? Tu reacción es un
poco fría. Me decepciona, Haeim”.
“También me alegra verte”.
Como si estuviera hechizado, intercambió
saludos formales con él. Intercambiar saludos tan banales frente a una persona
que yacía con la cabeza rota era excesivamente inhumano.
Kang Yujue había destrozado la cabeza de una
persona. El violador podría morir por este ataque. Si eso ocurría, él se
convertiría en un asesino.
Al pensar que Kang Yujue podría convertirse en
un asesino, Kwon Haeim recobró la cordura. Imágenes de ser arrestado,
enfrentándose a un juicio, yendo a prisión, incluso sentado en una silla
eléctrica, pasaron rápidamente por su mente. No, ¿era la horca en Corea?
Kwon Haeim no quería que Kang Yujue pasara por
eso.
“¡La policía, hay que llamar a la policía!”.
Despertó de golpe y buscó torpemente su
teléfono. Sus manos temblaban. No recordaba dónde lo había dejado. Rebuscó en
su mochila sin pensar. Finalmente, encontró el teléfono en el fondo.
112, 112.
Intentó marcar el 112, pero seguía presionando
los números equivocados.
“Haeim, primero hay que llamar al 119.
¿Quieres que esta persona muera?”.
Kang Yujue tocó su mejilla y dijo. Kwon Haeim
sintió un escalofrío ante ese gesto dulce que no encajaba con la situación. No
podía morir. Había que detener la hemorragia, pero al tratarse de una herida en
la cabeza, no sabía cómo proceder.
“¿119?”.
“El 119 llamará a la policía también”.
Hablaba con calma, pero Kwon Haeim estaba
aterrorizado. Con dificultad, marcó el 119. Tartamudeando, explicó lo sucedido
y suplicó que enviaran una ambulancia rápido. También mencionó que la policía
debía venir.
Tras colgar, Kang Yujue dejó el bate de
béisbol en el suelo. El bate rodó por el piso del almacén. Kwon Haeim se
preocupó por si estaba bien tratar así la evidencia, pero a Kang Yujue no
parecía importarle.
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“Te extrañé”.
Intercambiar saludos tan tranquilos en esta
situación era extraño, pero de alguna manera parecía permitido. Todo era
irreal, así que hacer cosas irreales no parecía traer consecuencias.
“Soñé contigo constantemente. Durante mucho
tiempo”.
‘No fui yo’, quiso decir Kwon Haeim, si
tuviera el valor. ‘No, si te hubiera extrañado, no te habría apuñalado así’.
Pero lo único que pudo decir fue un débil:
“S-sí”.
“En mis sueños, siempre estabas sonriendo…”.
La mano fría de Kang Yujue tocó su mejilla. Su
pulgar rozó bajo sus ojos. Lo que se adhería pegajosamente era, sin duda, una
lágrima.
“Ahora, ¿por qué estás llorando así, todo
deshecho? Esto me rompe el corazón”.
Una voz gentil. Nunca había imaginado un
reencuentro, así que no sabía cómo enfrentar esta situación. Hay muchas formas
de volver a encontrarse con alguien, pero no así. No de una manera que
convirtiera a Kang Yujue en un asesino.
“¿No vas a sonreír?”.
Kwon Haeim apartó la mano de Kang Yujue. Este
miró su mano rechazada y soltó un ‘¿Eh?’ lleno de incredulidad.
“¿Por qué volviste?”.
Lo dijo con la mayor frialdad y agudeza
posible, como si lo estuviera interrogando. Pero, contrariamente a su
intención, su voz salió débil y sin fuerza. Tomó aire de nuevo.
“Hablas como si me odiaras, eso me hiere”.
“De verdad, ¿por qué volviste?”.
“Para verte. Si no fuera por ti, ¿por qué
habría vuelto?”.
La voz de Kang Yujue, distinta a la de su
adolescencia, era baja y extremadamente suave. Palabras dulces fluían de sus
labios bien formados. El dulzor de su voz disipó el olor a sangre que llenaba
el pequeño almacén.
“Ven aquí”.
“No quiero”.
Pero, a pesar de sus palabras, el cuerpo de
Kwon Haeim obedeció fielmente la orden de Kang Yujue. Fue atraído hacia sus
brazos abiertos. Había visto a Kang Yujue varias veces. Él decía que lo veía en
sueños, pero Kwon Haeim lo había visto en la realidad.
A veces, Kang Yujue estaba en una esquina.
Cuando doblaba la esquina para seguirlo, desaparecía. En ocasiones, estaba en
lugares donde no debería estar. En el aire, al otro lado de la azotea de un
edificio desconocido. Aunque sabía que perseguirlo lo haría caer, a veces quería
dar un paso hacia el vacío.
“Mentiroso”.
Kang Yujue susurró mientras lo abrazaba con
ternura.
“Tú también me extrañaste”.
“No”.
¿Realmente no lo extrañó? No lo sabía. Todo
era confuso y borroso. Recordó las cosas que Kang Yujue había hecho, las
palabras que había dicho.
‘Tú solo me tienes a mí. Solo yo… pienso en
ti. En este universo’.
Esa inconstancia.
“S-sob…”.
Desde el suelo, se escuchó el sollozo de una
persona moribunda. Kwon Haeim tembló de miedo. El violador, al que creía
muerto, le agarró el tobillo. Al mirar hacia abajo, vio la sangre brotando de
su cabeza. El hombre se retorcía, y esos movimientos indicaban que su vida se
apagaba.
Estar en la misma habitación que una persona
moribunda le dio náuseas. Pisoteó frenéticamente la mano del hombre para
liberarse. Empujó a Kang Yujue y corrió hacia una esquina del almacén a
vomitar. No salió nada. Mientras vomitaba, temió estar contaminando la escena
del crimen.
Kang Yujue se acercó y le acarició la espalda.
Su toque era cálido y natural. Aunque tenía una mano tan cálida, Kang Yujue a
menudo hacía cosas con él que no lo eran. Y ahora, con esa misma mano, lo había
sacado del abismo.
Esta vez, esa mano había salvado a una
persona… y matado a otra.
“No morirá”.
Habló como si supiera de qué tenía miedo.
Mientras se limpiaba la boca con la manga, Kang Yujue le dedicó una sonrisa
indescriptiblemente hermosa.
“No te dejaría tener miedo, yo que te salvé”.
Kwon Haeim estaba aterrorizado. Pero no pudo
decir a ese rostro sereno: ‘Me das miedo’. Su corazón era demasiado débil, y
Kang Yujue aún lo tenía cautivado con su peculiar influencia.
Desde fuera, se escucharon pasos apresurados.
Kwon Haeim corrió a la puerta y la abrió con alivio. Eran los paramédicos. Sin
inmutarse por la escena, comenzaron a atender al violador de manera mecánica.
Aunque decir ‘atender’ no era del todo correcto, pues aún no estaba muerto.
“Policía”.
Como era de esperarse, un hombre con uniforme
de policía se acercó. Al escuchar ‘policía’, Kwon Haeim se agarró el pecho.
Todavía le temía a la policía. Al notar su miedo, Kang Yujue lo escondió detrás
de él.
“Fui yo. ¿Qué debo hacer?”.
“¿Qué? ¿Viste a alguien intentando violar a
alguien y lo atacaste? Normalmente, tomaríamos tu declaración aquí, pero… dadas
las circunstancias, ambos tendrán que venir con nosotros”.
El policía habló con un tono informal, como si
estuviera regañando a un niño. Kang Yujue asintió obedientemente, sin
molestarse por el tono. Kwon Haeim agarró la ropa de Kang Yujue. Como para
tranquilizarlo, Kang Yujue le apretó la mano con fuerza.
“Solo yo iré a la comisaría. A este chico
pueden interrogarlo después. Es la víctima y está muy asustado. Necesita ir al
hospital”.
Su voz era tranquila y segura. Kwon Haeim no
entendía de dónde sacaba tanta confianza. Claramente, lo acusarían de asalto
grave. No era la víctima directa, así que no podía alegar defensa propia, y las
heridas del agresor eran severas. Pero Kang Yujue parecía imperturbable.
“Ambos vendrán a la comisaría”.
“Un momento, necesito hacer una llamada”.
Kang Yujue se apartó a un rincón y marcó un
número. El policía puso cara de incredulidad, pero esperó a que terminara. Kang
Yujue regresó pronto con el teléfono.
“Tome”.
“Vaya, esto es increíble. ¿Es un abogado?
Abogado o no, ambos vienen”.
“Tome. Es un congresista”.
¿Congresista? ¿Quién? Kwon Haeim encontró la
presencia de Kang Yujue extraña. Aparecer después de tanto tiempo y mencionar a
un congresista. ¿Cómo conocía a alguien así?
Cuando le pasó el teléfono, el policía lo miró
de pies a cabeza. Con una mano en la cadera, tomó el teléfono con arrogancia.
Al instante siguiente, la expresión del
policía cambió. Se encorvó, repitiendo ‘Sí, sí’ con el rostro pálido.
“Eh… por ahora, solo el estudiante irá a la
comisaría. La víctima puede ir al hospital”.
Su tono se volvió extremadamente cortés. Kwon Haeim
estaba desconcertado por el cambio, pero más preocupado por Kang Yujue. No, no
era preocupación. Era la inquietud de alguien que siente la llegada de una
tormenta.
“Ve al hospital. Yo iré pronto”.
Ante la despreocupada respuesta de Kang Yujue,
Kwon Haeim solo pudo asentir.
Kang Yuye llegó al hospital Daesung pasadas
las 5:20 de la tarde. El hospital, como siempre, olía a un inquietante aroma
metálico. El olor a hierro oxidado, a máquinas desgastadas. Ese olor acre
parecía proclamar que las personas y las máquinas no eran tan diferentes.
Choi Hyeong-cheol sostenía el brazo derecho de
Kang Yuye. Este se soltó y dijo: “Ya está”. Como si lo estuviera esperando, Jeong-sik
se acercó y apoyó el brazo de Kang Yuye, guiándolo en la dirección que
indicaba.
“Está en cirugía de emergencia. Tiene el
cráneo fracturado. Según Lee Hwan-yeon, intentaron violar a Haeim, pero Yujue
lo descubrió y lo golpeó en la cabeza con un bate de béisbol. El intento de
violación no se consumó, eso dijo”.
Jeong-sik explicó con calma.
“Intentaron cubrirle la cara con una bolsa de
plástico para que no lo reconocieran. La escena del crimen se dejó intacta,
aunque con tanta gente alrededor, probablemente esté contaminada. Sin embargo,
el intento de violación puede probarse. El problema es Kang Yujue. La víctima
está gravemente herida, no sabemos cómo terminará esto”.
“¿Y Haeim?”.
Kang Yuye lo interrumpió. Jeong-sik, que había
estado recitando los hechos, cambió de tema.
“Ya debe haber llegado”.
“Tu compañero estará bien. Tu verdadero
hermano destrozó la cabeza del agresor antes de que pudiera hacerle algo. No
tenías que salir corriendo así, haciendo un escándalo durante tu chequeo. ¿Qué
habrá pensado el doctor Yu Dak?”.
Choi Hyeong-cheol habló con una mezcla de
burla y reproche. Kang Yuye arrugó un paquete de cigarrillos vacío en su
bolsillo. Choi Hyeong-cheol notó el gesto y sacudió la cabeza.
“Tu camisa está hecha un desastre. Te
arrancaste el suero y terminaste cubierto de sangre. ¿Quién se arranca un suero
así? No podías esperar a la enfermera esos pocos segundos”.
“…”.
“No quedaba mucho. Menos de media hora.
Podrías haber terminado el tratamiento. Somos las víctimas. Las víctimas pueden
llegar un poco tarde”.
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Kang Yuye no respondió al gruñido de Choi Hyeong-cheol.
Este, acostumbrado a su silencio, siguió hablando sin esperar respuesta.
“Tenía un mal presentimiento. Pensé que los
resultados de tu chequeo serían malos. Pero que sea por tu compañero, un
intento de violación… qué mala suerte”.
“Ahí está Haeim. La familia del agresor lo
está amenazando”.
Jeong-sik señaló. Kang Yuye no podía ver la
escena, pero, como dijo Jeong-sik, un hombre, probablemente de la familia del
agresor, agarraba a Haeim por la ropa y lo zarandeaba. Haeim, visiblemente
débil, no podía mantenerse firme.
“Parece que van a golpear a Haeim”.
Jeong-sik lo explicó con honestidad.
“¿Entonces qué haces aquí parado? Ve a
detenerlo”.
A la orden de Kang Yuye, Jeong-sik se apresuró
y separó al hombre de Haeim. La familia del agresor gritaba furiosa, pero Jeong-sik
lo protegía sin inmutarse.
Kang Yuye no podía ver nada de esto. Lo único
que percibía eran algunos destellos de color en la penumbra. Pero la voz de la
familia del agresor era clara, llena de excitación y repleta de insultos
feroces.
“¿Tú y ese tipo se pusieron de acuerdo para
arruinar a mi hijo, verdad?”.
Una voz cruel y vil, como si perforara los
oídos.
“¿Violación? ¿Qué tienes de especial para que
mi hijo quiera violarte? ¿Porque eres guapo? Hay un límite para acusar a
alguien de ser un criminal. Mi hijo está ahí, con la cabeza destrozada, entre
la vida y la muerte. ¿Eso tiene sentido?”.
“P-pero de verdad…”.
La voz de Haeim temblaba notablemente.
“Intentó violarme. Me puso una bolsa de
plástico en la cara para que no lo reconociera… así intentó violarme”.
“¿Y qué tienes de especial para que él haga
eso? ¿Porque eres un omega? Aunque los omegas sean raros, no son algo que no se
pueda comprar con dinero. ¿Por qué mi hijo iba a violarte? ¿Dices que fue una
pelea? Estabas molesto por una pelea y quisiste arruinarlo, ¿verdad?
Destrozándole la cabeza”.
“No es cierto”.
Una voz llena de indignación y miedo. Kang Yuye
se acercó hacia la voz. Jeong-sik ya los había separado, y la familia del
agresor gritaba.
“¿Qué haces empujándome? ¡Golpéame, vamos! La policía
llegará pronto, ¡golpéame! Mi hijo está ahí, entre la vida y la muerte,
¡golpéame! Dime, ¿por qué lo golpeaste? Fue por una pelea, ¿verdad? ¿Le pusiste
una trampa?”.
“Ven aquí”.
Kang Yuye llamó a Haeim. Este se acercó
lentamente y se refugió en sus brazos. Kang Yuye acarició al chico tembloroso.
Sus hombros temblaban, y una humedad se sentía en su ropa. El olor metálico a
sangre y semen lo golpeó. Era un olor familiar, fácil de identificar.
“¿Qué es esto, un ciego?”.
El hombre escupió con desprecio. Kang Yuye,
sin responder, apretó con más fuerza a Haeim en sus brazos.
“Tranquilo. Yo me encargo”.
“Sangre… hay mucha sangre”.
“No tengas miedo. Yo lo resolveré”.
“No, es tu muñeca, está cubierta de sangre”.
“No es nada”.
¿Cómo podía preocuparse por la muñeca de otra
persona después de casi ser violado y estar en una escena de violencia tan
brutal?
“Está muy manchada”.
“Preocúpate por ti mismo ahora”.
Kang Yuye habló con un tono algo seco. Haeim
se encogió en sus brazos, como si estuviera asustado. Al darse cuenta de que su
tono fue demasiado frío para un chico ya aterrorizado, se disculpó
honestamente.
“Lo siento. No estoy enfadado”.
“No, no pasa nada”.
El cuerpo que tocaba su pecho estaba caliente.
Parecía que tenía fiebre. Era una reacción corporal natural, ya que los niños
pequeños a menudo desarrollan fiebre solo por estar asustados.
“Entonces, ¿qué relación tienes con ese ciego?
¿Alfa y omega? ¿Pareja marcada? Parece que pensaste en engañar a tu amante
ciego y armar algo bien gordo, ¿crees que somos tan fáciles de burlar?”.
Ignoré el tono sarcástico. Kwon Haeim levantó
la cabeza desde su regazo. Al girar su cuerpo hacia el hombre, se percibió un
leve resplandor rojo y rosado.
De repente, sintió el impulso de ver a Kwon
Haeim. Un niño vestido de rosa. Aunque no podía verlo, podía imaginarlo.
En algún momento, aquella noche, ese rostro
que había sentido probablemente estaría empapado de lágrimas. El rostro que
solo percibía a través del tacto de sus dedos, como si leyera braille, le había
transmitido innumerables significados.
“¿De verdad intento violarme… me puso una
bolsa de plástico en la cabeza e intento violarme?”.
La voz que ahora protestaba al hombre era más
firme de lo que esperaba. Estaba recordando lentamente, confirmando los hechos.
“Estaba descansando en el almacén cuando de
repente entró. Entró de repente y me puso una bolsa de plástico en la cabeza,
así que al principio no sabía quién era. Es lógico, ¿no? Solo lo había visto
una vez, y aunque tuvimos una pelea, no fue algo serio. ¿Quién iba a pensar que
alguien intentaría violar a una persona normal por algo así?”.
“¿Y luego?”.
Como buen abogado, Choi Hyungcheol lo apuró.
Ante sus palabras, el cuerpo en sus brazos se tensó.
“No podía respirar… realmente pensé que iba a morir
porque no podía respirar, así que ni siquiera me di cuenta de que intentaba
violarme. Solo sentía que no podía respirar, que me asfixiaba. Solo pensaba en
respirar. No noté que intentaba quitarme la ropa, ni que tocaba mi… bueno, mi
parte baja…”.
Kwon Haeim se detuvo. Al verlo esforzarse por
organizar la situación sin caer en la confusión, era evidente cuánto lo estaba
intentando. Era un niño de corazón débil. Su estado mental no era bueno. Pero
ahora, estaba haciendo un gran esfuerzo para recordar esa situación horrenda y
testificar.
“De repente, mis brazos quedaron libres.
Gracias a eso, pude quitarme la bolsa. Cuando entendí lo que pasaba, mis
hombros y mi pecho estaban cubiertos de sangre”.
“Ya no necesitas explicar más. La policía te
lo preguntará, así que guárdalo para entonces. Por ahora, ahorra tus palabras.
Pensar cómo lo dirás ya es suficiente”.
Kang Yuye detuvo a Kwon Haeim con calma. Hay
escenas que se vuelven más claras al pensarlas y expresarlas en palabras.
Probablemente, el recuerdo de un intento de violación era de ese tipo. Aunque
era la víctima, estaba claro que la policía lo acosaría toda la noche, y si su
testimonio variaba aunque fuera un poco, lo atacarían sin piedad.
Dado que la víctima había sufrido heridas
graves, lo mejor sería resolverlo con dinero si era posible. Pero ya se había
denunciado a la policía, y ellos no soltarían fácilmente a este joven omega.
“Sí, habla con la policía. Es mejor que
ahorres palabras”.
La voz era tranquila. Sin embargo, el olor de
los feromonas transmitía miedo. El aroma frío era mucho más gélido, amargo y
cortante de lo habitual, haciendo que el corazón se estremeciera. Un mal
presentimiento lo invadió.
“Mírame un momento”.
Choi Hyeong-cheol le dio un golpecito en el
hombro. Kang Yuye soltó a Kwon Haeim y lo siguió.
“Esto no será fácil, ¿verdad? Parece que está
muy herido. El médico acaba de decir que podría haber secuelas graves”.
“Qué bien”.
“¿Qué tiene de bueno?”.
“Que tienes trabajo que hacer”.
“¡Oye, presidente, eso es demasiado!”.
Choi Hyeong-cheol gritó. Sin hacerle caso,
Kang Yuye se giró y se acercó de nuevo a Kwon Haeim. Lo abrazó y liberó sus
feromonas en silencio. Cuando alguien está aterrorizado, las feromonas de la
pareja marcada pueden ser de ayuda.
Kwon Haeim respiró profundamente. Al intentar
controlar a la fuerza las feromonas que no podía manejar bien, Kang Yuye sintió
un mareo. Apretó los dientes para que nadie lo notara.
“La cabeza de una persona no es una sandía.
Qué tipo tan cruel. Debería jugar al béisbol, habría sido su vocación”.
Choi Hyeong-cheol regresó y lo confirmó de
nuevo.
“Ese chico, Kang Yujue”.
Ese chico. Kang Yujue.
Aunque ya lo sabía, para Kang Yuye, el nombre
Kang Yujue era bastante extraño y difícil. Escuchar ese nombre de los labios de
Kwon Haeim era como escuchar el nombre de una capital extranjera.
NO HACER
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“Yujue lo hizo”.
Hace tiempo, había un chico. A los diecisiete
años, en verano, un chico que cayó en un sueño largo y profundo. Apuñalado en
el estómago por un compañero de clase y abandonado en la azotea de la escuela,
cuando lo encontraron, el chico intentaba desesperadamente contener parte de
sus intestinos que se salían. Era solo un acto instintivo de supervivencia, el
chico ya había perdido el conocimiento.
Y después, las hojas secas cayeron sobre sus
párpados cerrados, y la nieve también cayó, pero el chico no abrió los ojos.
Los médicos decían que no sabían cuándo despertaría. Algunos decían que podría
morir sin abrir los ojos nunca. Otros decían que, debido al tiempo que su
corazón estuvo detenido, probablemente habría daños cerebrales, y que incluso
si despertaba, quedaría con discapacidades. El chico, como si asintiera a sus
palabras, seguía en silencio.
Kang Yuye no pudo conocer al chico. O, mejor
dicho, lo conoció, pero no pudo verlo. Cuando decidió encontrarse con él, el
chico ya había sido trasladado a Estados Unidos por su padre. Incluso cuando su
padre murió en un accidente y la herencia se dividió en dos, el chico no
despertó.
Kang Yuye, incapaz de ver a su hermano menor,
lo dejó al cuidado de una persona de confianza. Finalmente, recibió la noticia
de que su hermano había recuperado la conciencia, comenzado la rehabilitación,
casi la había completado y regresado a Corea.
Ese chico de antaño ahora era llamado ‘ese
chico’ y ‘Kang Yujue’ por los labios de Kwon Haeim.
“Cuando me quité la bolsa de plástico… olía.
La sangre salpicó por todas partes y me empapó, pero además de la sangre, había
otro olor, algo… olía mucho. Era tan pesado que quería empujarlo, pero no
podía”.
El chico, que intentaba desesperadamente
mantener la calma, parecía perdido en su propio mundo. Temblaba como si
reviviera esa escena. La voz que antes explicaba los hechos ahora se retorcía,
se perdía y se volvía confusa. En el lugar donde el miedo había estado,
quedaron palabras fragmentadas.
“Era tan pesado, olía tanto y era tan pesado.
Cuando lo empujé y vi, había tanta sangre, estaba tan mojado. Sin darme cuenta,
retorcí mi ropa y la sangre manchó mis manos, había sangre”.
Palabras atropelladas. Palabras que bailaban
sin control.
Con la vista de Kang Yuye, no podía distinguir
la sangre de la ropa. Así que no tenía forma de saber cuánta sangre había. Solo
pensó, de manera absurda, que si había tanta sangre, hasta los huesos estarían
empapados de ella. Y calculó fríamente que limpiar esa sangre, es decir, curar
las heridas, llevaría mucho tiempo.
“Entonces, ¿dónde está Kang Yujue? Dicen que
rompió el cráneo del tipo que intentó violarte de un solo golpe. Oh, debe estar
en la comisaría”.
Dijo Choi Hyeong-cheol. Como en respuesta, se
escucharon pasos arrastrándose. Por el sonido, era evidente que cojeaba. Sin
embargo, ocultaba su debilidad con pasos lentos, así que la mayoría
probablemente pensaría que caminaba con mucha elegancia.
“Hola”.
Una voz desconocida. Kang Yuye sintió cómo
Kwon Haeim, en sus brazos, se tensaba de repente. Él ya había sido informado de
todo lo que había pasado entre ellos. La relación entre Kang Yujue y Kwon Haeim
no podía explicarse en pocas palabras.
“¿Acabas de llegar a Corea y ya armaste un
lío?”.
Dijo Choi Hyeong-cheol mientras le ofrecía un
apretón de manos.
“¿Qué lío? Solo protegí a Haeim”.
Su tono despreocupado llevaba una risa.
“Es la primera vez que nos vemos, hermano”.
Kang Yuye, sin responder, giró la mirada hacia
Kang Yujue. Todavía no había corregido la costumbre de girar la cabeza hacia
donde venía el sonido. Frente a él, se acercaba un color oscuro y sombrío.
“Kang Yujue”.
“Suena raro que me llames por mi nombre
completo. Parece que soy un extraño. Somos hermanos, ¿no?”.
“…”.
“¿Por no poder ver mi cara te siento lejos?”.
Y una risa.
“Es la primera vez que nos vemos así, con los
ojos abiertos. Oh, lo siento, no quería decirlo así. Suena como si yo fuera el
único con los ojos abiertos. Oh, de verdad, no quería decirlo así. Mi centro
del lenguaje no está del todo recuperado, por eso cometo estos errores”.
Kang Yuye no reaccionó al ‘error’ de su
hermano.
“¿No quieres darme la mano?”.
“No te veo”.
“Tengo la mano extendida. Quiero estrechar la
tuya, hermano”.
Ante la respuesta seca, Kang Yujue tomó su
mano primero. Kang Yuye lo miró fijamente en silencio.
“¿Estás jugando mientras alguien está al borde
de la muerte? ¿Eres tú? ¿El que dejó a mi hijo como un inválido?”.
El hombre del lado del agresor se acercó
gritando. Parecía que era la primera vez que veía a Kang Yujue. Como era de
esperar, debía haber estado en la comisaría. Pero no había forma de que la
policía lo hubiera liberado tan rápido. También era extraño que no hubiera
policía en el lugar.
“¿De dónde vienes? No es posible que la policía
te haya soltado tan pronto”.
Preguntó Choi Hyeong-cheol con una voz llena
de curiosidad.
“Eh… Fui a la comisaría y luego tuve que
encontrarme con alguien. Hace tiempo que no venía a Corea, así que tengo más
contactos de los que esperaba. También hay gente que quiere verme de repente.
Pero, para que lo sepas, no son personas que tú conozcas”.
Kang Yujue respondió con diligencia incluso a
lo que no le preguntaron. Había algo sospechoso, pero Kang Yuye no podía
precisar qué. Solo su instinto de ciego le decía que algo era extraño.
“Responde, ¿eres tú o no?”.
El hombre, que no había dejado de gritar,
rugió.
“Solo detuve a alguien que intentaba violar a
una persona. Probablemente Haeim habría muerto. Si hubiera llegado un poco más
tarde, no sería un intento de violación, sino un asesinato. En cierto modo, ¿no
salvé una vida?”.
La voz de Kang Yujue era algo alegre. No
parecía alguien que acababa de romper un cráneo como si fuera una sandía.
“¿Qué? ¿Qué locura es esa? ¿Estás diciendo que
hiciste bien?”.
“No dije nada malo, ¿verdad?”.
Cada frase terminaba con una risa. Esa risa
cristalina otorgaba veracidad a todas sus palabras. Kang Yujue tenía el talento
de envolver tonterías en palabras razonables. La ira quedaba para quien lo
escuchaba.
“¿Por qué no viene la policía? ¡Esto es un
caso grave, un caso grave!”.
El hombre estaba furioso. Su voz lenta lo
acompañaba.
“No vendrán”.
“¿Qué?”.
“Dije que no vendrán”.
Kang Yujue habló con seguridad. Era intrigante
qué lo hacía hablar con tanta certeza. ¿En qué confiaba?
“En lugar de complicar las cosas, resuélvelo
con dinero. Es injusto que Haeim haya pasado por esto, pero ambos odiamos a la
policía. En el pasado, nos hicieron pasar por mucho. Debió ser aterrador. Haeim
ya está mentalmente débil, no quiero que se enfrente a la policía”.
¿Cómo pudo Kang Yujue detener a la policía?
¿Cómo alguien que estuvo años en estado vegetativo en el extranjero pudo
ejercer presión sobre la policía? Kang Yuye no podía entender quién era este
joven hermano suyo.
Pero gracias a eso, evitaron problemas
innecesarios, lo cual era un alivio. Acarició la cabeza de Kwon Haeim, que se
hundió más en su pecho, como si quisiera absorber sus feromonas.
Kang Yuye sintió un repentino cansancio. El
resto era trabajo para Choi Hyeong-cheol, el abogado. Planeaba dejar que él y
Kang Yujue resolvieran el asunto.
“¿Nos vamos?”.
En medio de este caos, la única persona que le
importaba a Kang Yuye estaba en sus brazos. Acomodó a Kwon Haeim. Durante un
rato, no hubo respuesta. Solo se escuchaban respiraciones agitadas, como si
escalara una colina.
“La policía vendrá. Como aquella vez”.
Aquella vez, ¿qué había pasado cuando
apuñalaron a Kang Yujue? Recordó el informe que había leído
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Kwon Haeim estaba sentado en el aula,
sosteniendo el arma con la que apuñaló a Kang Yujue, con un libro de
matemáticas abierto, mirando el patio donde jugaban los niños. Durante un
tiempo, el niño respondió que su nombre era Kang Yuyoung, negó ser Kwon Haeim
y, a veces, dijo que era Kang Yujue.
Un médico diagnosticó un trastorno
disociativo, pero la policía creía que era un niño astuto tratando de evadir el
crimen. Solo un médico diagnosticó un problema mental, mientras que el médico
de la fiscalía afirmó que no había ningún problema mental.
Por supuesto, la enfermedad mental, como una
bomba con el detonador desactivado, finalmente estalló en el reformatorio.
Cuando empezaron a vivir juntos, no tenía idea
de lo ansioso que estaba. Durante días, le puso tranquilizantes y somníferos en
la leche, todo bajo prescripción médica.
“No vendrá la policía. Y tú no has hecho nada
malo”.
Kang Yuye solo dijo la verdad, como siempre.
“Nos iremos primero. Resuelve esto y vuelve.
Infórmame después”.
“Qué tramposo, dejándome solo”.
Choi Hyeong-cheol refunfuñó. Kang Yuye salió
del pasillo guiado por Jeong-sik. No podía soportar el olor a maquinaria del
hospital. Todo olía a tableros eléctricos, semiconductores, tornillos, tuercas
y soldadura. Salió del edificio lleno de esos objetos y subió al coche.
Durante un buen rato, Kwon Haeim no habló.
Solo cuando entraron en la ciudad, finalmente abrió la boca.
“Mañana iré a la academia”.
“Descansa”.
“Dejé mi mochila”.
“Puedo enviar a alguien a buscarla”.
“Ah…”.
Fue una desgracia. Aunque no había cometido
ningún delito, seguramente sería blanco de rumores crueles. Era un gran caso.
Había dos culpables, y solo Kwon Haeim era inocente.
El niño necesitaba consuelo. Pero Kang Yuye no
sabía cómo consolarlo.
“Cuando lleguemos a casa, tengamos sexo”.
Si no hubiera estado prestando atención, no lo
habría oído. Kang Yuye pensó que tal vez había escuchado mal, deseando haberlo
hecho, y guardó silencio un momento.
“Cuando lleguemos, tengamos sexo, por favor”.
Se escuchó una risa suave del niño. Esa risa
se desvanecía como acuarelas diluidas en un cuaderno. Kang Yuye permaneció en
silencio hasta que esa risa se apagó por completo.
“Necesitas descansar…”.
Antes de que pudiera terminar, unos labios lo
tocaron. Los labios de Kwon Haeim estaban fríos de una manera inquietante.
Instintivamente, Kang Yuye intentó apartarlo, pero dos brazos le rodearon el
cuello de inmediato. Kwon Haeim chupó su labio superior con fuerza, intentando
colarse entre sus labios cerrados.
“Haeim”.
A pesar de su intento de detenerlo, Kwon Haeim
no se contuvo y le agarró la mandíbula. Forzando su boca a abrirse, deslizó la
lengua dentro. La lengua que se movía entre sus dientes blancos era vívida.
Kwon Haeim actuaba como si quisiera ser devorado, como si quisiera fundirse por
completo.
El beso, carente de cualquier técnica, dolía.
El niño inexperto chupaba, mordía y entrelazaba su lengua con la de Kang Yuye.
Rozaba el suave paladar con la punta de la lengua y exploraba las partes más
firmes. Kwon Haeim seguía arrojándose a él sin control.
Kang Yuye rodeó la espalda de Kwon Haeim con
sus brazos. El cuerpo delgado se acomodó en su regazo. En lugar de un beso
salvaje, Kang Yuye chupó suavemente los labios de Kwon Haeim. Finalmente, el
niño se calmó.
Aún era un niño al que se le podía llamar
‘Joven’. Si fuera como en su infancia, sus labios serían de un rojo brillante.
El beso se volvió más profundo. El sonido
húmedo llenó el coche. Chupó los labios, abrió la mandíbula e introdujo la
lengua profundamente. Las lenguas chocaron. Una corriente eléctrica pareció
bajar por su garganta hasta su estómago.
Kang Yuye detuvo el beso con un ligero
remordimiento. No era solo culpa. Sentía una extraña sensación de ser
arrastrado. Pero tal vez, inconscientemente, había previsto este desenlace
desde el principio. Desde el momento en que compartieron su primera marca. Sin
embargo, ¿era esto correcto? Mientras Kang Yuye dudaba, el niño se aferró a él
con más intensidad.
“No quiero…”.
El niño gimió. Los labios que se habían
separado se deslizaron hacia su cuello. Como buscando las marcas que él mismo
había dejado antes, los labios exploraron el lugar donde estaba el parche
bloqueador de feromonas. Se detuvieron allí un buen rato. No estaba claro qué
rechazaba. ¿Qué estaba negando con tanta fuerza?
“Haeim”.
Kang Yuye pronunció su nombre con cuidado.
“Ese hombre tocó mi cuerpo sin piedad”.
Con la barbilla apoyada en su hombro, Kwon
Haeim murmuró. La vibración era tan sutil que hacía temblar el corazón. Al
mismo tiempo, despertaba una especie de compasión.
“Era como si un millón de insectos estuvieran
arrastrándose sobre mí. Me puso una bolsa de plástico en la cabeza… pensé que
iba a morir en cualquier momento, así que no pude empujarlo. Cada vez que
intentaba respirar, la bolsa se metía en mi boca”.
“Está bien. No pasó nada”.
“Habría muerto. Realmente habría muerto”.
Su voz se volvió desesperada. Su mano agarró
con fuerza la manga de Kang Yuye. Lo único que él podía hacer era abrazarlo con
más fuerza.
“Solo pensaba en sobrevivir. Sentía que iba a
morir, así que solo quería vivir. Las novelas mienten. Dicen que en el momento
de la muerte piensas en cosas que no hiciste, en personas que no conociste o
con las que te despediste, en cosas que no podrás hacer. Pero yo solo pensaba
en que iba a morir”.
Ante el remordimiento, la vergüenza y la culpa
en sus palabras, Kang Yuye dejó escapar un pequeño gemido. Este niño sentía
emociones innecesarias que no debía sentir.
“Me sentí avergonzado al sobrevivir.
Extrañamente, pensé que debí haber muerto en ese momento”.
La intensa vergüenza de Kwon Haeim no tenía
sentido ni encajaba con la situación. El miedo de un niño no amado había creado
una tormenta emocional excesiva. En lugar de señalarlo, Kang Yuye solo lo
abrazó.
“Nadie te culpará”.
Kang Yuye no sabía cómo lidiar con este niño
roto. En sus brazos, Kwon Haeim relajó todo su cuerpo.
“Por eso, tengamos sexo”.
“¿Crees que el sexo hará que todo esté bien?”.
“Al menos podré olvidar que ese hombre me
tocó. De verdad”.
Kang Yuye miró los ojos del niño. En ellos,
una chispa se encendió. Aunque estaba ciego, podía sentir esa chispa en los
ojos de Kwon Haeim. Era como un fuego que llenaba un diamante hueco, reflejando
luz en todas direcciones, ardiendo con locura.
“Tal vez no mejore”.
“No importa”.
El cuerpo estaba caliente. Entonces Kang Yuye
se dio cuenta de que el niño estaba pasando por un ciclo de celo. Podría haber
detenido el coche frente a una farmacia para comprar un supresor, o buscar en
el botiquín de la casa. Había otras opciones además del sexo.
“Tengamos sexo, por favor”.
“Haeim”.
“Voy a morir”.
Kang Yuye permitió que el niño, que se
aferraba desesperadamente, lo convenciera.
Apenas cruzaron la puerta, comenzaron los
besos. Kang Yuye descubrió entonces cuánto hambre podía albergar un cuerpo
humano. El beso bajó apresuradamente por su cuello, rozando la laringe,
adentrándose más. Quizás por el miedo a la muerte que había experimentado, los
movimientos eran más desesperados que nunca.
Según dicen, cuando una persona está a punto
de morir, se libera adrenalina. Esa adrenalina, dicen, reduce el miedo a la
muerte. Si es así, ¿este niño también habría sentido ese miedo mezclado con
placer? ¿Aún persiste esa excitación de aquel momento?
“Rápido, ¿sí?”.
La voz, impregnada de fervor, sonaba exaltada.
Probablemente, su rostro y sus ojos estarían enrojecidos por el calor. Los
dedos ardientes del niño intentaron desabrochar los botones de la camisa, pero terminó
arrancándolos con impaciencia. Esa urgencia era tan absurda que provocó una
risa. Sin embargo, no le disgustaba la imagen del niño abalanzándose como una
bestia joven.
Kwon Haeim, al escuchar el sonido de los
botones cayendo al suelo, pareció darse cuenta de lo que había hecho y murmuró
un ‘Lo siento’. Era una disculpa carente de sinceridad. La disculpa fue breve,
y continuó con besos hambrientos, como si quisiera devorar a alguien.
Era una especie de posesividad. Kang Yuye se
sorprendió al descubrir que él era el objeto de deseo del niño. Muchas personas
lo habían deseado, o al menos lo habían hecho en el pasado. Pero un deseo tan
peligroso como este era la primera vez que lo experimentaba.
De verdad.
El deseo del niño era caprichoso, exagerado y,
al mismo tiempo, peligroso. Sin embargo, Kang Yuye no encontraba ese deseo
desagradable.
¿Sería por la marca grabada en los
cuerpos de ambos?
“Está bien”.
Kang Yuye repitió palabras obvias. El niño, en
ese momento, no sabía qué hacer, perdido en su confusión. Lo único que parecía
conocer eran los besos, y ni siquiera esos eran hábiles.
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“Hermano”.
Una palabra dulce se deslizó entre sus labios.
Kang Yuye, mordiendo sus propios labios, dejó escapar un leve gemido. Como si
lo hubiera esperado, Kwon Haeim tragó ese gemido.
Hermano.
Kang Yuye recordó a Kwon Haeim a los ocho
años, o incluso más joven. Lo vio acuclillado en la ladera de una colina,
mirando el agua de lluvia que corría, intentando atraparla con las manos. Lo
vio sentado en una silla blanca en el jardín, sorbiendo limonada mientras
manejaba un coche de control remoto. Kang Yuye se dio cuenta de que recordaba
los momentos de la infancia de Kwon Haeim con una claridad sorprendente.
En ese instante, recordó la excitación y la
euforia que le había dado la marca. Todo lo que ocurrió entonces era vívido,
como si hubiera sucedido ayer. Era el clímax del placer y, al mismo tiempo,
simbolizaba una posesión absoluta.
Algo dentro de él susurró:
‘Puedes poseerlo todo lo que quieras. Este
niño es tu omega. Aunque algún día se someta a una cirugía, nunca olvidará el
placer de la primera marca. Mientras no muera, siempre será tuyo. No, incluso
si muere, la marca que has dejado profundamente en él nunca desaparecerá’.
¿Morir? Hubo un tiempo en que sentía la muerte
muy cerca. Incluso ahora, Kang Yuye sentía la muerte a su lado. La muerte era
trivial. La tragedia surge cuando lo trivial se desmorona.
“Hermano, hermano”.
Las manos que lo agarraban eran cada vez más
tiernas y desesperadas. El cuerpo, encendido, rozaba su entrepierna. Kang Yuye
sintió una leve sensación de derrota. Al mismo tiempo, levantó a Kwon Haeim con
ambos brazos. El niño rodeó su cuello con los brazos. El lugar de la marca en
su nuca ardía.
Al sostenerlo en sus brazos, el hecho de que
este fuera su hermano menor, o más bien, el esfuerzo por considerarlo como tal,
se desvaneció en ese abrazo. Solo el corazón, latiendo sin descanso, anhelaba
la unión de sus cuerpos.
“Hermano, ¿no huelo raro?”.
Lo que percibía era el aroma amargo y frío de
Kwon Haeim, como una montaña nevada. Alguien había dicho que antes su aroma era
como el de una flor de osmanthus dorado. Pero Kang Yuye solo conocía este olor
gélido, amargo y cortante.
“No. No huelas mal”.
Kang Yuye apartó su cabello. Kwon Haeim giró
la cabeza, como si evitara su toque.
“Mientes”.
Ante esa voz lastimera, Kang Yuye hundió su
rostro en la nuca de Kwon Haeim. Un aroma frío y amargo, diferente al del sudor
ligero, parecía pertenecer a otra dimensión. También había un olor a sangre.
Tras respirar varias veces, el leve dolor de cabeza que había sentido todo el
día pareció desvanecerse.
“¿Por qué iba a mentirte?”.
“Eres un mentiroso… Yo también lo soy. Todos
lo son”.
El cuerpo de Kwon Haeim estaba tan caliente
como si tuviera fiebre. Kang Yuye podía imaginar sus ojos.
Seguramente, estarían llenos de lágrimas. Su
mirada borrosa no se fijaría en nada. Una sombra melancólica se reflejaría en
ellos, y esos ojos le pertenecían solo a él.
Kang Yuye sintió cómo la marca en su nuca se
calentaba. Una pequeña flecha, incrustada en su nuca, atravesó sus nervios
hasta llegar a su corazón. Sus dedos temblaron ligeramente.
“Quítame la ropa”.
Los dedos de Kwon Haeim se engancharon en los
botones. Ante su súplica, Kang Yuye movió los dedos. Desabrochó los botones
lentamente, con calma, y Kwon Haeim retorció su cuerpo con impaciencia. Al
levantar la tela, un gemido ansioso escapó de sus pequeños labios. Kang Yuye
pensó que esa imagen era adorable. Al mismo tiempo, deseó poder verlo con sus
propios ojos.
¿Adorable?
Kang Yuye se sorprendió por el pensamiento que
cruzó su mente. Por un instante, su cabeza se nubló. En su relación, lo último
que necesitaban eran emociones. La ternura era suficiente. Sentir que algo era
‘adorable’ solo complicaría las cosas.
Con un sentimiento de alerta, sus manos se
volvieron más bruscas. Kwon Haeim, atrapado bajo su cuerpo, gimió: ‘Duele’.
Pero ese gemido, tal vez por el calor del ciclo de celo, sonaba como si
anhelara un trato aún más rudo.
“¿Puedo chupártelo?”.
La mano caliente de Kwon Haeim se deslizó
sobre sus pantalones. Era lenta y rápida, sutil y descarada, presionando y
jugando con el miembro de Kang Yuye. La audacia del niño le pareció absurda.
“¿Dónde aprendiste eso?”.
“¿En el reformatorio? A veces, los chicos se
escondían de las cámaras de seguridad y se lo hacían entre ellos”.
“¿Y tú también?”.
“No, yo no hice eso. De verdad, nunca lo hice.
Algunos querían que yo se las chupara, pero… todos ellos… me deseaban. Querían violarme”.
Kang Yuye pensó en los labios de Kwon Haeim.
Esos labios que siempre parecían esbozar una sonrisa ambigua. Esos labios, tan
suaves y húmedos, seguramente habrían hecho que otros niños desearan que los
complaciera con ellos.
La respiración de Kwon Haeim era agitada. Al
colocar la mano en su pecho, Kang Yuye sintió cómo subía y bajaba rápidamente.
“Me falta el aire”.
Kang Yuye besó al niño, que todo le parecía
nuevo y desconocido. El niño respiró con fuerza, como si intentara robarle el
oxígeno.
“Despacio”.
Apenas separó los labios y susurró, Kwon Haeim
aprovechó el momento para deslizar su lengua entre sus dientes. Fue tan
apresurado que sus dientes chocaron, haciendo temblar su cabeza.
“Duele”.
En su voz quejumbrosa se mezclaba un sollozo.
“Duele, hermano”.
Kang Yuye bajó los pantalones de Kwon Haeim.
“Ah”, exclamó el niño, levantando las caderas. Aunque no podía verlo, sabía
cuánto estaba excitado.
“S-sí, ahí, ahí lo tocó. Ese tipo tocó ahí…”.
Entonces, ¿estaba pidiendo que lo tocara para
olvidar esa sensación? Kang Yuye buscó el punto donde su deseo y el de Kwon
Haeim se encontraban.
“¿También tocó aquí?”.
Con las yemas de los dedos, Kang Yuye rozó lentamente
el miembro del niño. El sonido de su cuerpo retorciéndose, el roce de las
sábanas arrugándose. Su palma envolvió completamente el pene de Kwon Haeim, que
ya estaba húmedo y pegajoso.
“¿De verdad lo tocó?”.
Al masajearlo con la mano, un sollozo escapó
entre los dientes del niño. Al aplicar más fuerza, sus caderas dieron un
respingo.
“Dime, Haeim”.
“Lo tocó, lo tocó… No, no lo…”.
“¿Lo tocó o no?”.
Si el ciclo de celo hubiera comenzado durante
un intento de violación, habría sido un gran problema. Que un omega marcado
tuviera sexo con otro alfa era peligroso, podía causar una especie de adicción
a las feromonas. Por esta vez, debía estar agradecido con su hermano menor,
Kang Yujue, que apareció justo a tiempo.
“No lo tocó”.
Kang Yuye apretó con fuerza el miembro. Los
testículos suaves se aplastaron en su mano.
“¡Hng, hng!”.
La voz estaba llena de humedad. Solo con
escuchar esa voz, parecía que iba a romper a llorar en cualquier momento. Y sí,
este niño siempre lloraba mucho.
“Entonces, ¿dónde tocó?”.
“Los pezones…”.
Respondía con claridad incluso a las preguntas
traviesas, como si estuviera drogado. Su respiración estaba completamente
descontrolada, a veces parecía que se apagaría, y otras, que explotaría. Kang
Yuye soltó una risa baja. Su propia risa le resultó extrañamente ajena.
Con la mano húmeda de fluidos, pellizcó el
pezón. ¿Sería rosado, quizás? De repente, sintió el impulso de provocarlo, de
hacer que las lágrimas rodaran por su rostro. El calor de esas lágrimas
imaginadas le estremeció el pecho.
“Duele”.
Kwon Haeim comenzó a quejarse al sentir el
pellizco en el pezón. Aunque no podía verlo, era evidente que tenía los ojos
cerrados. ‘Abre los ojos’, susurró, pero el niño se negó. No entendía qué lo
avergonzaba tanto.
Su cuerpo temblaba. Al imaginar ese cuerpo
enrojecido por la vergüenza, algo dentro de Kang Yuye se encendió.
La persona frente a él era su compañero de
marca.
Kang Yuye reafirmó ese hecho. Un chico con un
aroma frío y solitario. La última vez que lo vio, era muy joven. No tenía la
frescura de la juventud, solo un dolor agotado y desvaído.
“Haeim”.
Susurró su nombre con dulzura. Frotó y
pellizcó el pezón que tenía entre los dedos. El pecho subía y bajaba con su
respiración agitada. Al presionarlo y pellizcarlo varias veces, el pezón se
endureció.
“Ah, duele”.
Kwon Haeim retorció su cuerpo. Kang Yuye
escuchó atentamente sus sollozos.
“Duele… pero me gusta, hermano”.
Su voz temblorosa, confesando como si
cometiera un pecado, estaba llena de vergüenza. Kang Yuye llevó el pezón que
había estado frotando a su boca. Lo chupó, lo presionó con la lengua y lo
envolvió. Al morderlo con fuerza, Kwon Haeim dejó escapar un ‘Ah’ de dolor.
Pero ese gemido no solo expresaba dolor. Como prueba, la parte inferior de su
cuerpo, en contacto con el de Kang Yuye, se endurecía.
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El sonido húmedo resonaba en la habitación.
Kwon Haeim agitó las manos y agarró ligeramente el cabello de Kang Yuye. Al
levantar la cabeza tras chupar con dedicación el pezón, el niño, sorprendido,
soltó su cabello.
“Lo siento, lo siento…”.
La voz de Kwon Haeim temblaba. Kang Yuye soltó
una risa ante su apariencia asustada. Probablemente, su rostro estaría sonrojado.
Ante su queja, Kang Yuye separó los labios que mordían y lamían el pezón. Al
presionar ligeramente con la lengua, un ‘Hng’ escapó de su boca.
Era un cuerpo cristalino. Al menos, así lo
sentía Kang Yuye. Honesto, hermoso, suave y puro. El deseo rugió como una ola
salvaje. Quería hundirse en ese cuerpo frágil. Quería ensuciarlo con su semen
entre sus piernas.
Mi omega.
Era una frase vulgar, pero cierta.
“Hermano”.
Kwon Haeim se aferró a él, suplicante. El
título de ‘hermano’ no lo hizo reaccionar con claridad, al contrario, la
sensación de transgresión en esa palabra le erizó la piel. En ese momento, Kang
Yuye abandonó su papel de hermano mayor. Si cruzaba esa puerta prohibida, sería
solo un alfa.
“Hermano”.
“¿De verdad quieres que te viole?”.
Con la última pizca de conciencia, Kang Yuye
preguntó. Un sollozo llegó a sus oídos. Llevó los dedos a los ojos de Kwon
Haeim. Estaban húmedos.
“Huelo mal, ¿verdad? Estoy sucio… por eso lo
dices. Porque ese tipo me tocó”.
Sus mejillas estaban empapadas de lágrimas,
mostrando cuánto se sentía injustamente tratado. Kang Yuye limpió esas lágrimas
con los dedos.
“Tengo miedo de que te arrepientas”.
Ante el susurro tranquilo de Kang Yuye, Kwon
Haeim rodeó sus hombros con los brazos. Esos brazos eran tan frágiles como
tallos de una planta. Kang Yuye sabía muy bien cómo romper brazos como esos.
Había presenciado cientos, miles de veces, el momento en que esos brazos se
abrían suplicantes.
“No me arrepentiré. No… no me arrepentiré”.
El aroma de las feromonas se intensificó.
Ahora tenía una textura casi tangible. Kang Yuye sintió que las feromonas que
emanaban de su cuerpo lo abrumaban. Un vértigo abrumador. Ni siquiera cuando
despertó del accidente se sintió tan mareado.
“¿Estás bien?”.
La voz que hasta hace un momento sollozaba
ahora sostenía su mejilla. Kang Yuye tomó su muñeca y chupó sus dedos uno por
uno. Los dedos se encogieron en su boca.
“Estoy bien. De verdad, no pasa nada”.
Con los dedos en la boca, su pronunciación era
torpe y confusa. Pero Kang Yuye estaba seguro de que sus palabras llegaron
claramente a Kwon Haeim.
Kang Yuye llevó los dedos de Kwon Haeim,
cubiertos de saliva, hacia abajo.
“Haeim, mete los dedos en el agujero. Haz que
pueda encontrarlo”.
Se escuchó un sonido chirriante cuando los
dedos se deslizaron dentro del agujero. Ya estaba húmedo. Kang Yuye siguió el
brazo de Kwon Haeim, desde el antebrazo hasta la mano, y luego los dedos, para
localizar el agujero.
“¿Aquí?”.
“Sí, aquí”.
“¿Este es tu agujero, Haeim?”.
“Sí…”.
Como esperaba, el agujero estaba empapado y
resbaladizo. Kwon Haeim, instintivamente, movió las caderas. Kang Yuye no
necesitaba verlo para saberlo. Un glande que apenas había experimentado la
masturbación o el sexo seguramente sería rosado. Desde pequeño, este niño era
particularmente pálido, y la última vez que lo vio, parecía una perla, así que
su miembro debía ser rosado.
“Hermano”.
Su voz, llamándolo, estaba empapada de
lágrimas.
“Mételo, por favor. ¿Sí? Me pica mucho ahí
abajo”.
Pensó que lloraba de vergüenza, pero era por
la comezón. Sus piernas se retorcían y entrelazaban bajo su cuerpo. Todo
alrededor estaba viscoso.
“Mételo, mételo…”.
“No puedes usar el agujero así todavía. Te
lastimarás”.
Kang Yuye deslizó lentamente un dedo dentro
del agujero. Gracias al fluido acumulado, el dedo entró con más facilidad de lo
esperado.
La pared interna, suave, succionó su dedo como
una ventosa. Si pudiera penetrar ese cuerpo, seguro sería dulce. Las paredes
húmedas y resbaladizas envolverían cada rincón de su miembro, y el agujero, que
se estrechaba más al fondo, lo atraparía sin soltarlo. Si ocurriera un nudo…
Solo imaginarlo hizo que su pene se
endureciera. Mientras exploraba cuidadosamente el agujero con los dedos, no
podía pensar en otra cosa que no fuera entrar en el cuerpo de Kwon Haeim.
“Hng, hng… ah”.
Kwon Haeim agitaba sus extremidades. Al meter
y sacar el dedo lentamente, los músculos internos de sus muslos temblaron. Las
paredes internas se adherían a su dedo. Pensar que pronto estaría dentro de ese
estrecho pasaje hacía que una chispa se encendiera en él.
Los gemidos de Kwon Haeim se intensificaron.
Con una mano, Kang Yuye exploraba el agujero, con la otra, envolvió el miembro
del niño. Sin vello, era increíblemente suave al tacto. Podría volverse adicto
a esa suavidad. Kang Yuye frotó lentamente la base del glande.
“Ah… ah…”.
Las piernas se cerraron con fuerza, apretando
la cintura de Kang Yuye. Mientras una mano exploraba el agujero y la otra
apretaba desde la punta, Kwon Haeim gemía sin saber qué hacer. Kang Yuye frotó
vigorosamente el eje con la palma y luego apretó con fuerza la punta.
“¡Ah! Creo que voy a correrme. Hermano, creo
que voy a correrme”.
Aunque el miembro en su mano apenas estaba
hinchado, el niño exageraba. Kang Yuye movió la mano con fuerza, como si
quisiera arrancarlo.
“No soy un alfa…”.
Kwon Haeim se quejó desde abajo. Parecía no
estar acostumbrado a que jugaran con su parte delantera. Claro, siendo omega,
probablemente estaba más habituado a usar el agujero trasero. Su cuerpo
temblaba, quizás de vergüenza. Kang Yuye, cumpliendo su deseo, movió los dedos
dentro del agujero.
“Ah, ah… hng”.
“Parece que prefieres el agujero”.
“No, no, ambos”.
¿Te gusta? ¿No te gusta?
Mientras preguntaba, giró los dedos en
círculo. Las paredes internas se pegaron a sus dos dedos. Esa suavidad
insoportable hizo que su parte inferior se sintiera pesada. ¿Quería penetrarlo?
Probablemente. La sensación de querer irrumpir en ese cuerpo, revolverlo y
poseerlo por completo lo hizo tensarse.
“¿Te gustan ambos?”.
“No, no me gusta… ¿Eh?”.
Al girar los dedos una vez más, las caderas
dieron un salto. El miembro, con las venas palpitando, parecía a punto de
eyacular al empujar contra sus dedos. Kang Yuye revolvió y agitó el interior.
Las caderas de Kwon Haeim se tensaron, apretando como una goma elástica. Al
soltar el miembro, el pene tembló en su mano.
“¿Te corriste?”.
“Sí, me corrí”.
Como prueba, su mano estaba húmeda. No solo
eso, el líquido había goteado entre sus piernas, empapando la entrepierna y
hasta las sábanas debajo.
“¿Te orinaste? Y eso que eres adulto”.
“No, no me oriné. De verdad, no es orina”.
Imaginando esos grandes ojos abiertos por la
sorpresa, Kang Yuye rio. La voz del niño temblaba de puro desconcierto.
Kang Yuye masajeó los testículos de Kwon Haeim
y luego retiró los dedos del agujero. La carne interna se aferró un poco antes
de soltarse. Sintiendo esa textura, giró los dedos para alisar las arrugas
alrededor.
“Se siente raro”.
Kwon Haeim susurró. Su voz, aunque madura, aún
conservaba un toque juvenil y estaba cargada de excitación. Kang Yuye colocó
las piernas de Kwon Haeim sobre sus hombros. Al sentir su parte inferior
expuesta, el niño dejó escapar un gemido.
“¿Se ve? Tu agujero”.
“Se ve…”.
“Voy a meterlo ahí, mi pene”.
Kang Yuye bajó su ropa y liberó su pene.
Estaba tan erecto que dolía. Listo para encontrar el agujero y entrar en él.
Kang Yuye deslizó su pene entre la
entrepierna.
“Es… enorme”.
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Su voz sonaba algo apagada. También parecía
intimidada, carente de sentido de la realidad, como si su mente estuviera en
otra parte.
“Es demasiado grande”.
Kwon Haeim retrocedió, como si quisiera
escapar. Kang Yuye frotó y presionó su pene contra la entrepierna. El miembro,
que ya había eyaculado una vez, se irguió de nuevo. Sintió un vértigo
embriagador. La piel suave y delgada de la entrepierna era como un malvavisco.
Si no era un malvavisco, era algo igual de suave y tierno.
Alineó la punta de su pene con el agujero. El
cuerpo, excitado por el celo, convulsionó con solo ese contacto. En lugar de
insertarlo de inmediato, Kang Yuye acarició las arrugas del agujero con la
punta de su glande.
“No, no hagas eso. ¿Eh?”.
“¿Por qué?”.
“Me hace cosquillas”.
Esa voz, que parecía coqueta pero también
cautelosa, golpeó intensamente los oídos de Kang Yuye. Quería protegerlo, pero
también quería arruinarlo. Su instinto deseaba lo segundo, pero la razón de
Kang Yuye susurraba que debía proteger a Kwon Haeim.
Los gemidos de Kwon Haeim eran húmedos y
viscosos. La entrepierna abierta temblaba sin control. Ese temblor avivaba la
crueldad de Kang Yuye. Con un movimiento decidido, introdujo su pene erecto en
el agujero.
“¡Ah!”.
Kwon Haeim dejó escapar un gemido cercano a un
grito y cerró instintivamente las piernas. Sin embargo, con la mayoría de sus
piernas sobre los hombros de Kang Yuye, no podía ejercer fuerza. Sus rodillas
temblaban débilmente.
Kang Yuye respiró profundamente mientras
mantenía su pene completamente dentro. El pasaje era tan estrecho que la
presión era intensa, pero fue más fácil de lo que había anticipado. Las paredes
internas del niño, suaves y húmedas, aceptaron el pesado miembro con relativa
facilidad.
Kang Yuye exploró con los dedos alrededor del agujero
donde había penetrado. No sintió arrugas. Había temido que, por un descuido,
las arrugas se desgarraran, pero esta vez evitaron un derramamiento de sangre.
“¿Me muevo?”.
Kwon Haeim exhaló un suspiro entrecortado. Su
respiración se aceleró, haciendo temblar su caja torácica con violencia.
Parecía que se tapaba la boca, porque su respiración sonaba apagada.
“¿Quieres que me mueva, Haeim?”.
“Duele…”.
El niño repetía la palabra ‘duele’ con una
pronunciación torpe y aplastada. Su cuerpo convulsionaba. Sus caderas, al
moverse, estimulaban el pene de Kang Yuye. Las manos que agarraban sus hombros
eran desesperadamente débiles, apenas capaces de sostenerse.
“Si duele, puedes arañar mis hombros o mi
espalda”.
“¿Cómo, cómo lo hago?”.
El sonido del cabello rozando las sábanas
indicaba que negaba con la cabeza. Kang Yuye se inclinó y lo besó. Los labios
del niño tenían un sabor dulce. Al robarle un beso y chupar de nuevo, Kwon
Haeim movió la lengua sin saber qué hacer, empujando la lengua de Kang Yuye y,
al mismo tiempo, succionándola. Solo con el beso, Kang Yuye sintió cómo el agujero
de Kwon Haeim se humedecía más.
“Tienes mucho líquido, Haeim”.
Al inclinarse y susurrar, el niño respondió: ‘No,
no… no es así’. Incluso esa pequeña frase parecía avergonzarlo, y un sollozo
escapó entre sus dientes.
Kang Yuye comenzó a moverse lentamente. Las
paredes internas se adherían a él con un sonido pegajoso. Al empujar, el
interior se contraía, al retirarse, se aferraba como si no quisiera dejarlo ir.
“Uh, uhh… hng, hng”.
Kwon Haeim perdió el control y dejó escapar
gemidos. Esos sonidos desordenados eran suficientes para excitar a quien los
escuchara.
Kang Yuye mordió los labios de Kwon Haeim,
chupándolos y mordiéndolos sin paciencia. Con las caderas completamente
dobladas, Kwon Haeim ni siquiera podía gemir. Solo temblaba con los dedos de
los pies, atrapado entre el dolor y el placer. Kang Yuye lamió la marca en su
nuca y volvió a morderla.
“¡Hah!”.
Kwon Haeim se tensó por completo ante la
sensación eléctrica y punzante. Era dolor, pero también éxtasis. Kang Yuye
lamió suavemente las marcas de dientes profundamente hundidas. La marca. Un
vínculo místico transmitido desde tiempos inmemoriales entre los seres
diferenciados. Chupó, mordió y escupió la marca con fuerza. Sus caderas
comenzaron a moverse de nuevo.
Movió su pene como si lo frotara dentro del agujero,
y el cabello de Kwon Haeim se erizó. El pene de Kang Yuye se movía lenta y
pesadamente, como si aplastara todo en su interior. Kwon Haeim sintió cómo sus
dedos se curvaban por un placer inevitable y dejó escapar un gemido que no pudo
contener.
“Uh, hng…”.
Ese movimiento pegajoso era insuficiente, y él
mismo comenzó a mover las caderas. Al moverse en dirección opuesta a Kang Yuye,
el pene estimulaba aún más las paredes internas. Kwon Haeim se avergonzaba de
sus propios gemidos, pero no podía taparse la boca y soportar todo aquello. El
pene giró dentro del agujero. Sus caderas dieron un salto, y su propio pene se
endureció.
“¿Qué parte te gusta más, Haeim?”.
Conteniendo su respiración agitada, Kang Yuye
penetró más profundamente. Exploraba, pinchando aquí y allá, como si buscara
algo. Las paredes internas parecían volverse rugosas. El pene, que lo penetraba
hasta el punto de provocarle náuseas, le impedía mantener la compostura. Su
visión se nubló, y la saliva goteaba de su boca. ¿Qué tan patético se veía? No
tenía tiempo de aferrarse a esos pensamientos fugaces.
“¡Ah! ¡Ah! ¡Agh!”.
Kwon Haeim gritó, incapaz de soportar el pene
que se hundía más profundamente en su cuerpo. Cuando Kang Yuye empujó lenta y
profundamente, su estómago se hinchó y se contrajo. Temía que perforara su
vientre, y lloró con un sollozo desordenado. El pene parecía atravesarlo hasta
la garganta.
Kang Yuye se retiró completamente y luego
embistió con fuerza de nuevo. Su estómago se hinchó y volvió a hundirse, como
si una gran serpiente se enroscara en su interior, asomando la cabeza y
retrocediendo.
Kwon Haeim no podía controlar su cuerpo
tembloroso. La saliva goteaba de nuevo, y sus ojos se pusieron en blanco. Su
cuerpo se agitaba desordenadamente, mostrando el blanco de sus ojos.
Lo que salió no era un gemido ni un alarido,
sino algo más cercano a un grito.
El pene, que se había retirado, volvió a
penetrarlo con fuerza. La serpiente en su estómago alzó la cabeza de nuevo.
“Ah, ah… no. Serpiente… serpiente”.
“Haeim, no hay ninguna serpiente”.
Con una voz que destilaba feromonas, Kang Yuye
susurró. Haeim, con el rostro lloroso, gimoteó.
“Está dentro… entró… la serpiente”.
“Ah…”.
Comprendiendo sus palabras, Kang Yuye soltó
una risa. Antes de que la risa terminara, la cabeza de la serpiente revolvió su
estómago con violencia. Su vientre se hinchó y se hundió repetidamente.
“Hng, hng… hah, hah”.
Kang Yuye embistió con fuerza. Kwon Haeim, sin
poder mantener la compostura, se aferró a él. Sus nalgas chocaban con un sonido
pegajoso. Los fluidos se convirtieron en espuma alrededor del agujero. Al
sentir los fluidos goteando hasta las sábanas, Haeim sintió un escalofrío.
En ese momento, un destello cegador iluminó su
visión, como si lo hubiera alcanzado un rayo.
“¡Hng, ugh!”.
Kwon Haeim gritó. Los destellos parpadeaban sin cesar. No había
tiempo para distinguir qué líquido brotaba de él. Solo sabía que el calor que
comenzaba en su agujero estaba quemando su cabeza.
“Hermano, si sigues así, si sigues… voy a
romperme”.
Haeim gritó sin saber qué hacer. Apenas podía
tragar aire. Entre sollozos, un sonido extraño escapaba de sus labios. Su mente
parecía derretirse como papilla, goteando sin control. Mientras tanto, la
serpiente seguía agitándose en su estómago, mordiendo sin piedad los puntos más
sensibles, esperando penetrar aún más profundamente.
El agujero interno, completamente abierto por
el ciclo de celo, anhelaba esa invasión. Era instinto.
El miembro de un alfa entrando más
profundamente, eyaculando, y ese semen, meses después, convirtiéndose en un ser
humano. Haeim abrió todo su cuerpo. Sin embargo, el pene de Kang Yuye solo
seguía revolviendo el punto más sensible, sin adentrarse más.
“Más… adentro, adentro, eyacula adentro, por
favor”.
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Quería empaparse con el semen de Kang Yuye,
concebir un hijo con él. Era el instinto de Kwon Haeim. Tiró de Kang Yuye con
fuerza.
“Adentro, ¿sí?”.
“Mierda, esto es una locura”.
Ante la maldición que escapó de Kang Yuye,
Kwon Haeim se tensó. Solo conocía su lado seco pero gentil. Nunca había
mostrado emociones frente a él, siempre parecía fuerte y estricto.
La maldición desconocida que salió de su boca
hizo que cada poro de su piel se erizara. Era emocionante y extraño. El pene
del alfa presionó un punto crítico y se retiró.
Voy a romperme.
Kwon Haeim no podía mantener la compostura con
el pene entrando una y otra vez. Incapaz de soportarlo más, golpeó el pecho de
Kang Yuye. El pene atrapado bajo su vientre ardía por la fricción.
En ese momento, un chorro de semen blanco
salió a borbotones. Mezclado con un líquido transparente, Haeim sintió
desconcierto. Kang Yuye tocó su pene. Haeim intentó empujarlo, pero por más que
lo intentó, no pudo apartarlo. Su débil pene temblaba en su mano.
Todo su cuerpo convulsionó. Al abrir la boca
para hablar, solo salieron sonidos entrecortados. Sus dedos se curvaron, y sus
caderas se retorcieron. Haeim pateó las sábanas, incapaz de soportar la
sensación.
“Ah… ugh, ah”.
No podía abrir la boca por las convulsiones
continuas. Su lengua, rígida, golpeaba el paladar.
¿Volverá a entrar?
El pene de Kang Yuye, que se había retirado
momentáneamente, seguía siendo imponente. Seguro que revolvería su cuerpo de
nuevo. El miedo superaba la expectativa de placer.
“Roto, estoy roto”.
Incluso pronunciar palabras cortas era un
esfuerzo, y su voz se quebraba.
“No… no puedo”.
“¿Dónde?”.
Los movimientos de Kang Yuye se volvieron más
bruscos. Haeim sintió cómo su piel era absorbida y se adhería al pene. Aunque
Kang Yuye no podía verlo, el agujero rosado, ahora congestionado por la
invasión del pene oscuro, había cambiado de color.
“Ah, ah… voy a romperme”.
Haeim se retorció bajo la nueva oleada de
sensaciones que lo envolvía como un tsunami. Sus nalgas chocaban con fuerza, y
el pene revolvía su estómago.
“Hermano, hermano… uhh… hermano Yuye”.
Y entonces, Kang Yuye retiró su pene y eyaculó
fuera de su cuerpo. Haeim había deseado que eyaculara dentro, pero no tuvo
tiempo de sentirse decepcionado. El placer volatilizó todos sus sentidos.
“¿Te corriste, Haeim?”.
Kang Yuye preguntó con una voz suave. Esa voz
era como una oscuridad que se deslizaba sobre su cuerpo. La oscuridad de Kang
Yuye los envolvía a ambos. Haeim se entregó por completo a la sensación de
estar protegido.
“¿Te corriste?”.
Preguntaba qué había eyaculado. Su parte
inferior estaba empapada, al igual que las sábanas. La vergüenza hizo que su
rostro se encendiera. No era orina, la cantidad era demasiado poca.
“No, no… no me corrí”.
Ante su respuesta sollozante, Kang Yuye
sonrió. Haeim, frustrado por la situación, golpeó su pecho. Un pecho donde
florecían peonías.
“No me corrí… no es orina”.
“Aunque te hayas orinado, no pasa nada. De
todos modos, Jeong-sik lo limpiará”.
Kang Yuye miró hacia abajo y habló. Sus ojos
sin foco trajeron un dolor punzante. La idea de que Jeong-sik limpiara era
aterradora. Haeim se levantó apresuradamente, buscando algo para limpiar las
sábanas, pero no encontró nada adecuado.
“No, no. Yo lo limpiaré. Yo lo haré”.
“Puedes limpiarlo después”.
Kang Yuye limpió el semen que había salpicado
en el estómago de Haeim con la punta de su glande. Su pene recuperó rápidamente
su forma original. Haeim, incapaz de ocultar su sorpresa, cerró las piernas.
“No puedo hacerlo otra vez”.
Su entrepierna estaba adolorida. Aunque el
calor persistía, creía que podía manejarlo solo. Si aceptaba ese enorme pene de
nuevo, su estómago explotaría. El pene de Kang Yuye parecía aún más intimidante
que al principio.
“De verdad, si lo metes, me romperé”.
“Shh”.
Kang Yuye introdujo un dedo en la boca de Kwon
Haeim. El niño chupó el dedo, que sabía a semen, y dejó escapar un gemido al
imaginar que chupaba el pene de Kang Yuye.
Envolvió el dedo con la lengua, chupando hasta
que sus mejillas se hundieron, emitiendo un gemido suave. El dedo se adentró
más, presionando la base de su lengua. Una sensación de náusea lo hizo temblar.
El dedo largo, que se deslizaba por su garganta, era amenazante.
Intentó empujarlo con la lengua, pero Kang
Yuye fue firme. El estómago de Haeim se contrajo instintivamente. Cuando no
pudo soportar más las náuseas, Kang Yuye retiró la mano. La saliva formó un
hilo plateado que se estiró.
“Ponte a cuatro patas”.
Haeim, con el cuerpo agotado, obedeció y se
puso a cuatro patas.
“Levanta las caderas”.
Al seguir sus instrucciones, sintió los dedos
de Kang Yuye tocando su agujero. No fue solo eso. Abrió sus piernas, exponiendo
completamente su intimidad frente al rostro de Kang Yuye.
La vergüenza y el shock hicieron que sus
caderas temblaran. Era humillante y embarazoso. Aunque eran alfa y omega, ambos
tenían lo mismo. Si lo miraba de cerca, no sería diferente al suyo.
“No quiero…”.
Haeim intentó escapar, retorciendo su cuerpo.
Gateó hacia adelante, pero apenas tocó las sábanas, sus piernas fueron
atrapadas y arrastradas hacia atrás. Un brazo con cicatrices de quemaduras
abrazó su entrepierna. Su pene, atrapado entre el brazo y el muslo, dolía.
“No lo hagas, para”.
Su pene y testículos expuestos se enfriaron.
El agujero se contrajo de repente. En ese momento, Kang Yuye hundió su rostro
entre sus nalgas. Su mente se quedó en blanco, y una extraña cosquilla surgió
desde su agujero trasero.
Labios húmedos.
Solo pensar en los atractivos labios de Kang
Yuye tocando su agujero lo hacía querer morir. Haeim sintió que lo había
ensuciado. De verdad. Realmente, la lengua suave se deslizó entre sus labios y
tocó el agujero.
“Ah, ah, ¡ah! Por favor, no lo hagas, no, no
quiero. ¿Sí? Hermano, no lo hagas”.
Sus nalgas se tensaron y su cuerpo se
endureció. No quería abrir su agujero para la boca de Kang Yuye. Ahí sabría a
su semen, y a sus fluidos…
La lengua abrió el agujero y se adentró en las
paredes internas. Haeim tembló en sus extremidades. Apenas pudo evitar colapsar
hacia adelante. De repente, su rostro estaba empapado. Al darse cuenta de que
estaba llorando, apretó los dientes.
“Uhh, uhh… ugh”.
Los sollozos y gemidos se mezclaron en un
sonido indefinido. La lengua golpeaba insistentemente la entrada del agujero y
lamía las arrugas. Los labios succionaban con fuerza la piel circundante. ¿No
era siempre elegante y tranquilo? Pero el sexo no era así.
Incapaz de contenerse, Kang Yuye introdujo dos
dedos sin piedad en el agujero. Haeim gritó: ‘¡Ah!’. Los dedos, insertados con
violencia, abrieron el agujero de par en par. Tras haber recibido un pene
pesado, el agujero, probablemente congestionado, mostró su carne interna.
“No lo hagas… ¿sí?”.
Los dedos de Haeim agarraron las sábanas, pero
en realidad solo las arañaban débilmente. De repente, el rostro de Kang Yuye se
hundió entre sus nalgas. Su cuerpo dio un salto incontrolable. La lengua se
adentró lo más profundo posible, lamiendo cada rincón. Era, sin duda, voraz.
Los labios y la lengua chupaban, lamían y
mordían la piel alrededor del agujero. Aunque, al estar tan abierto, apenas
quedaba piel para morder. Haeim, perdido en una sensación de éxtasis punzante,
temblaba sin saber qué hacer. Aunque quisiera escapar, no podía.
La lengua tocó el perineo. Kang Yuye, con la
lengua puntiaguda, lo pinchó repetidamente. El punto sensible dentro del
perineo parecía estremecerse. La lengua bajó más, tocando entre los testículos.
“Hng, hng”.
Haeim se estremeció ante la sensación. Antes
de que el eco terminara, Kang Yuye mordió los testículos.
“Hermano, por favor, sálvame”.
El miedo a que los mordiera hasta hacerlos
estallar, la sensación de ser devorado por otro hombre, dominaba su cuerpo. Sin
embargo, su cuerpo derramaba fluidos por delante y por detrás. El líquido
brotaba de la hendidura del glande, y los fluidos del agujero trasero
ensuciaban la boca de Kang Yuye. Cuando Kang Yuye mordió y tiró de los
testículos una vez más, su cuerpo colapsó, y sus dedos se curvaron como si
fueran a romperse.
“Sálvame, sálvame”.
Haeim suplicaba sin control. El pene perforó
el agujero suavizado. Sumergido en una oleada de éxtasis, Haeim inhaló
profundamente.
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El pene entró y salió repetidamente,
frotándose. Su visión se desvanecía y regresaba. El agujero se abría y cerraba,
palpitando. El calor que subía a su cabeza derretía su cerebro. No sentía
vergüenza ni rechazo, solo el calor lo dominaba.
“Me gusta”.
Por fin, en lugar de ‘no quiero’, salió un ‘me
gusta’. Satisfecho, Kang Yuye se movió con más violencia y audacia. Cada vez
que el glande erecto rozaba las paredes internas, Haeim sollozaba como si
gritara. El agujero palpitaba intensamente.
“Ah… ¡aah!”.
El pene golpeó de nuevo el punto crítico. Esta
vez, el líquido brotó del extremo de su pene. El chorro era tan fuerte que
parecía orina, pero no olía a nada.
“Hermano, no… no puedo, me gusta… me gusta,
esto, hermano… no quiero”.
Haeim no sabía qué estaba murmurando. Solo
intentaba escapar de la estimulación abrumadora gateando hacia adelante. Pero
cada vez que lo hacía, era atrapado, y el pene lo penetraba de nuevo. Kang Yuye
agitó su pene con fuerza dentro de él. De rodillas, Haeim temblaba, derramando
fluidos.
“No puedo”.
Intentó detener con una mano el líquido que
goteaba, pero era insuficiente. Haeim comenzó a retorcerse. Finalmente, colapsó
y hundió su rostro en las sábanas. Frotó su cara contra ellas, intentando
olvidar el éxtasis abrumador.
“Suéltame, déjame ir”.
Haeim pataleó instintivamente. No podía
soportar la falta de aire. El pene de Kang Yuye, que bloqueaba el agujero, se
alzó con fuerza. Su estómago se revolvió. Haeim sollozó intensamente al ver su
vientre moverse.
“Hay una serpiente, hermano, una serpiente”.
En ese momento, la serpiente mordió dentro de
su cuerpo. Haeim gritó y eyaculó. El semen era abundante, como si pudiera
lavarse las manos con él.
“Ah, ¡aah!”.
Se retorció en el orgasmo. Todo su cuerpo
temblaba. Kang Yuye también eyaculó dentro de su cuerpo esta vez. Por un
instante, Haeim temió quedar embarazado. Pero sin un nudo, no habría embarazo.
Sin embargo, la sensación de estar lleno de
semen, la dulzura de ese semen desbordante, no dejaba espacio para preocuparse
por un embarazo. Colapsó sobre las sábanas, respirando entrecortadamente. Su
cuerpo se sacudía sin control.
Kang Yuye deslizó una mano bajo Haeim, tocando
las sábanas empapadas de fluidos.
“Esta vez sí te orinaste”.
“No es verdad”.
No tenía fuerzas para protestar. Su cuerpo
estaba completamente agotado, flácido. Su interior ardía. Sus nalgas quemaban
como si estuvieran en llamas. Sus párpados estaban pesados.
“Sí es orina”.
“No es orina, te lo digo. Es porque tú… tú
actuaste raro”.
Lloró de pura frustración. Sin pensar en
limpiarse el rostro empapado, Haeim se giró para mirar a Kang Yuye. Acercándose
a él, que sonreía con una ternura extraña, rodeó su cuello con los brazos. Con
el cuerpo exhausto, besó sus labios. El deseo insatisfecho lo hacía desear aún
más a Kang Yuye. Era natural, dado el sexo con su pareja marcada y el ciclo de
celo.
“Actuaste raro…”.
“¿Cómo actué raro?”.
“Chupaste… chupaste mi agujero”.
Haeim, avergonzado, enrojeció. Kang Yuye soltó
una carcajada, como si hubiera escuchado un chiste divertidísimo. Frustrado por
esa risa, Haeim golpeó su pecho. Al golpear con algo de fuerza, Kang Yuye
susurró ‘Duele’ con una risa suave. Volvieron a besarse, y sus lenguas se
entrelazaron con violencia y desenfreno. Al recorrer sus bocas salvajemente, el
dolor desapareció.
“¿Lo hacemos una vez más?”.
Haeim se tensó, sorprendido. ¿Otra vez?
¿Después de hacerlo dos veces?
“Más tarde, más tarde”.
Cubrió la sábana hasta su cabeza. Con una risa
estruendosa, Kang Yuye puso su mano sobre la cabeza de Kwon Haeim. El aroma de
las feromonas de Kang Yuye llenaba el aire. Ese olor sereno, mezclado con el
hedor a semen que impregnaba la habitación, evocaba un antiguo templo dedicado
al placer. Y ellos eran devotos fieles de ese placer.
“¿Ya estás bien?”.
La voz de Kang Yuye sonaba lánguida. Más
lánguida de lo habitual, provocándole escalofríos a Haeim. Sus labios
presionaron su hombro, luego la nuca, descendiendo por la espalda, más abajo.
Kwon Haeim se acurrucó. Los labios de Yuye se
deslizaban por su columna, la punta de su lengua presionando cada vértebra,
como si estuviera delineando su forma. Sin fuerzas para mover ni un dedo, Haeim
se dejó llevar por lo que Yuye hacía. Cuando succionó con fuerza su nuca, su
cuerpo volvió a calentarse. Parecía que necesitaría una ducha fría.
¿Qué había pasado antes? Ya no recordaba qué
ocurrió antes del sexo. Algo bastante desagradable y aterrador, y alguien había
aparecido. Kwon Haeim se giró hacia Kang Yuye. No parecía cansado en absoluto,
de hecho, se veía lleno de energía.
“Hace un momento… quería pedirte que me
dijeras palabras crueles”.
Haeim murmuró en voz baja. Kang Yuye volvió a
tomar la glándula de feromonas con sus labios. Ya estaba desgastada por haber
sido mordida y succionada. Al succionarla de nuevo, una corriente eléctrica
recorrió sus pies. Podía sentir claramente el recorrido de los nervios.
“¿Palabras crueles? ¿Por qué?”.
“Solo… quería que me culparas”.
Kang Yuye soltó una risa incrédula. Haeim lo
abrazó con más fuerza. La lengua de Yuye jugaba con la glándula de feromonas,
atormentándola una y otra vez, como si quisiera derretirla.
“Este tatuaje…”.
Haeim tensó su cuerpo. El significado del
tatuaje era explícito y sucio. Haber evitado una violación en grupo después de
hacérselo ya era una suerte. El tatuaje simbolizaba que cualquiera podía
descargar su semen en ese ‘agujero’. Era lo que vulgarmente se conocía como un
‘retrete humano’.
“Vamos a quitártelo”.
La voz susurrante de Kang Yuye hizo temblar a
Haeim.
“Quítatelo… y olvidémoslo”.
“Si lo quito, el patrón de feromonas podría
cambiar otra vez. Con un parche, nadie lo verá”.
“Pero yo lo veo”.
Una voz tierna. Aunque estaba ligeramente
ronca por el sexo apasionado, era una voz suave, sin rastro de agresividad.
Pero Haeim no podía dejarse llevar por esa voz. Kang Yuye no podía verlo de
todos modos. Alguien debió haberle dicho lo que significaba el tatuaje en su
nuca, en su glándula de feromonas.
“Está bien. Es la verdad”.
No le gustaba el tatuaje, pero no podía
permitir que el patrón de sus feromonas cambiara por quitárselo.
Humano contaminado.
Haeim sentía que realmente estaba contaminado.
Aunque su vida había sido corta, las caídas que había experimentado en la
primera mitad de su existencia lo habían convertido en un ser contaminado. Por
eso deseaba que alguien lo culpara.
“Cometí un pecado. Porque maté a ese niño”.
Haeim susurró. Realmente creía que había
matado a Kang Yujue. Al matarlo, su infancia había llegado a su fin. Esa etapa
no regresaría, y no la añoraría. Aunque él hubiera vuelto a la vida.
“Sí”.
Kang Yuye abrazó a Haeim con más fuerza,
intentando disolver la oscuridad que oprimía al chico con su propia oscuridad.
A las cinco y media de la madrugada, sonó el
teléfono. Era un sueño profundo, algo raro. Kang Yuye se sorprendió de poder
dormir tan profundamente, tan tranquilo. ¿Por el sexo? Tal vez. Era
completamente posible. Todos los problemas surgían por las hormonas y las
feromonas.
El teléfono volvió a sonar. Kang Yuye apartó
con cuidado a Haeim, que dormía con los brazos alrededor de él, y salió al
pasillo con precaución. Al presionar el botón de llamada, una voz estruendosa
resonó.
—Hemos atrapado a Jo Kyung-jin.
La voz al otro lado del teléfono era áspera
pero clara. La sensación de pasar de un sueño tranquilo a la crudeza de la vida
real era extraña. No era agradable.
— ¿Vendrás?
Kang Yuye guardó silencio por un momento. Por
supuesto que tenía que ir. Pero… no podía dejar a Haeim dormido así. Si
despertaba solo, se sentiría muy herido, y Yuye no quería ver a Haeim herido.
—Tienes que venir, jefe. Dice que solo hablará
contigo. Aunque lo hemos dejado bastante maltrecho, sigue siendo terco.
La voz al teléfono sonaba urgente. Yuye cerró
los ojos con fuerza y los abrió. A sus espaldas estaba Haeim, durmiendo
plácidamente, y en algún lugar, la realidad apestaba a sangre.
“Déjenlo con vida. Hasta que llegue. Quiero
hablar con él directamente”.
— ¿Vendrás? ¿Ahora?
“…”.
—Es urgente. No sabes cuánto nos costó atrapar
a este tipo. Seguro que sabe sobre las cuentas fantasma de Park Kyung-sang y
algunos de los asesinatos que cometió.
“Entendido”.
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Kang Yuye colgó el teléfono con brusquedad. Al
entrar de nuevo en la habitación, escuchó la respiración tranquila de Haeim.
Mientras soñaba, un nombre familiar escapó de sus labios, invadiendo el sueño.
Pero no era desagradable. El nombre que Haeim pronunciaba era el suyo.
“Hermano Yuye, hermano…”.
Se sentó al borde de la cama y apartó el
cabello sudoroso de Haeim. Al deslizar sus dedos, rozó sus labios. No quería
ver esos labios decepcionados. No quería que Haeim sintiera que había sido
abandonado o usado. Pero Yuye tenía una misión que cumplir.
¿Despertarlo? Su respiración era tan pacífica
que romper esa paz parecía un pecado. ¿Irse sin más? No quería que el chico se
decepcionara por un adiós innecesario.
“Mmm…”.
Haeim se movió. Justo antes de retirar la
mano, Haeim la tomó. Su tacto era tibio, y Yuye se dio cuenta de lo caliente
que estaba su propio cuerpo.
“¿Por qué no estás durmiendo?”.
Una voz suave, impregnada de sueño. Olía a la
frescura de una montaña nevada. Yuye apretó esa mano. Sintió algo ambiguo,
diferente al habitual olor a sangre y metal, era una sensación suave, tersa.
“Estoy despierto”.
“Entonces ven aquí. No te quedes ahí”.
“Tengo algo que hacer”.
Se escuchó el roce de Haeim levantándose. Yuye
sintió su mirada fija por un largo rato. ¿Qué expresión tendría? ¿Pensaría que
era extraño que alguien saliera a esas horas? ¿O intentaría detenerlo?
Solo por hoy, quería quedarse con Haeim. Era
el día en que había comenzado su ciclo de calor, el día de su primera vez. Su
cuerpo debía estar incómodo en muchos lugares. Aunque lo había limpiado
superficialmente y había extraído los fluidos…
“Vuelve pronto”.
Contrario a sus temores, Haeim no dijo nada
más. No preguntó a dónde iba. Yuye sonrió ante esa actitud despreocupada. ¿No
sentía curiosidad? ¿La estaba conteniendo? ¿O… no le importaba? No podía ser
eso.
“¿Por qué no preguntas a dónde voy a esta
hora?”.
“¿Por qué no iba a hacerlo, estoy curioso”.
Se oyó una risa baja. Yuye esperó a que Haeim
dijera algo más, pero solo hubo silencio.
A lo lejos, el sonido del árbol de melocotón
en el jardín agitado por el viento llegó a sus oídos. Parecía que iba a llover.
Si caían truenos, Haeim tendría miedo. Sintió la obligación de quedarse a su
lado, al menos hoy, y decidió terminar el asunto rápido para regresar.
“Puede que llueva”.
“…Sí”.
Yuye sabía que los ojos inquebrantables de
Haeim lo estaban mirando. Era una sensación que trascendía lo visible. Qué
extraño, pensó. ¿Cómo podía una persona sentir la mirada de otra?
“Ten cuidado”.
La voz somnolienta susurró. De repente, Yuye
no quiso irse. Quería volver a la cama y dormir. Quería encerrar a Haeim en sus
brazos, jurar que no lo soltaría sin importar el destino, como si fueran los
últimos dos sobrevivientes en un naufragio. Pero no podía romper el juramento
que había hecho con su vida.
“Duerme. Volveré pronto”.
“Te esperaré”.
Se oyó el crujir de las sábanas mientras Haeim
se metía de nuevo en ellas. Yuye sonrió inevitablemente y tocó con suavidad la
frente de Haeim.
Cuando Yuye salió del vestidor tras
prepararse, Haeim ya estaba dormido. Su respiración era regular, profunda, como
si hubiera olvidado el mundo.
Salió al salón y llamó por teléfono.
“Jeong-sik”.
La respuesta al otro lado fue inmediata, con
una voz clara, nada típica de alguien que acaba de despertar.
“Tienes que venir a buscarme. Vamos a la
oficina de Seongsu-dong”.
Dijo lo necesario y colgó. Sentado en el
oscuro salón, miró al techo. La oscuridad se cernía sobre él. El mundo siempre
había sido mayormente oscuro o con una luz opaca, pero esta vez se sentía
especialmente sombría. ¿Un mal presentimiento? ¿Una metáfora de lo que estaba
por venir?
Era hora de que Jeong-sik llegara. Yuye se
detuvo frente a la puerta del dormitorio donde Haeim dormía y miró hacia dentro
por un largo rato. Aunque, en su caso, ‘mirar’ no era la palabra adecuada.
“Volveré”.
Su voz se desvaneció en las sombras, y el
único sonido que salió fue un suspiro. Yuye dio media vuelta y salió. Mientras
recorría el camino familiar por millonésima vez, seguía escuchando el roce de
las hojas del melocotonero golpeadas por el viento.
“Presidente”.
Jeong-sik abrió la puerta y lo guió al coche.
Yuye se subió y miró al frente. En ese momento, lo que apareció ante sus ojos
fue el rostro blanco de Haeim, algo que nunca había visto. Era extraño. Solo
iba a trabajar, pero ese rostro seguía apareciendo.
El coche recorrió las calles al amanecer. Al
llegar al edificio de Seongsu-dong, alguien abrió la puerta rápidamente.
Sosteniendo el brazo de Jeong-sik, Yuye habló con gravedad.
“¿No ha dicho nada?”.
“Todavía tiene la boca cerrada”.
Yuye asintió y bajó al segundo sótano. Allí
estaban la sala de calderas, la sala eléctrica y, lo más importante, la
‘oficina’.
El olor a sangre era intenso incluso antes de
acercarse. Al perder la vista, su olfato y oído se habían agudizado,
permitiéndole explorar un mundo más allá de lo visible. Este nivel de olor a
sangre no era nada para él.
“Está muy herido”.
“Su vida está a salvo”.
Aunque no por mucho tiempo. Yuye sonrió ante
las palabras no dichas.
Al entrar en la oficina, se escucharon
movimientos por todas partes. Yuye se sentó en una silla guiado por Jeong-sik.
El olor a sangre era abrumador; la oficina parecía un matadero. Apenas podía
respirar.
“Abre la puerta”.
A su orden, alguien abrió la puerta. El
edificio estaba vacío, al igual que el sótano, así que no había miedo de que el
sonido se filtrara. Con el aire circulando, pudo respirar un poco mejor.
“¿Cómo lo atraparon?”.
“Estaba vagando por el centro de Pyeongchang
tras ser echado de la casa de su amante. Park Kyung-sang también lo está
buscando”.
“Vaya”.
Qué vida tan patética. Perseguido por
un antiguo socio y destinado a morir torturado. Aunque, claro, él mismo se lo
había buscado. Si no fuera por Jo Kyung-jin, nada de esto habría pasado. Era
solo un peón de Park Kyung-sang, pero al final, quien le dio las drogas fue Jo
Kyung-jin. Todos merecían morir.
“Haz que hable”.
Tan pronto como Yuye terminó de hablar, un
grito resonó. Era un alarido incómodo, como si le hubieran clavado un cuchillo
en la garganta. El grito se prolongó hasta convertirse en insultos.
“¡Maldita sea, para! ¡Para!”.
Entre gritos de dolor, los insultos seguían.
Se oía la sangre borboteando en su garganta. Yuye levantó la mano para detener
los golpes.
“Dijiste que tenías algo que decirme”.
Con una voz calmada, sin agresividad, Yuye
habló lentamente. Dirigió su mirada invisible hacia el hombre que probablemente
estaba hecho un desastre.
“Dijiste que sabías de las cuentas fantasma de
Park Kyung-sang. Y dónde vive su amante secreta”.
“Lo sé, lo sé todo. Si… si quieres que hable,
llama a un médico… Entonces hablaré. Así como estoy, moriré”.
No le importaba si moría o no. Al fin y al
cabo, él había matado a Yang Hee-seong, ¿no?
Yuye recordó lo hermoso que era el cadáver de
Yang Hee-seong. Olía a rosas de Damasco. El aroma era tan intenso que parecía
enloquecer. Ese olor dulce, ácido, como un caramelo de azúcar con una gota de
jugo de limón.
Las personas que consumían o inhalaban Summer
olían a rosas de Damasco. Ese aroma solo se percibía al final. Esa droga de
alta calidad era tan dulce que atraía la atención de todos. Pero nadie se daba
cuenta de que era el aroma de la muerte.
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Cuando Yuye vio a Yang Hee-seong, estaba
acurrucado en un sofá de piel de cordero, dormido. No, muerto. Muerto por una
sobredosis, su cadáver era más hermoso que en vida. El dolor y la tristeza que
siempre teñían su rostro de azul habían desaparecido, al igual que su anhelo
por lo inalcanzable, y hasta parecía sonreír.
“Hm, un médico. ¿Qué hacemos?”.
“Si muero, pierdes un testigo para derribar a
Park Kyung-sang”.
“¿Su cara está intacta?”.
Yuye ignoró las amenazas y demandas del hombre
y preguntó a Jeong-sik.
“Está un poco dañada, pero intacta”.
“Arráncale la piel de la cara”.
Lo dijo como si nada. Según recordaba, Jo Kyung-jin
era un estafador con un rostro atractivo. Había engañado a una docena de
mujeres inocentes. Su cara era el problema. Era hora de vengarlas.
“¡Loco hijo de puta!”.
Jo Kyung-jin gritó. Yuye no respondió y movió
los dedos. Un llanto desgarrador siguió. Olor a sangre. Olor a metal oxidado.
Yuye vio cómo su oscuridad se volvía más profunda y cómo una gota de sangre
caía en ella. Como siempre, todo desapareció sin dejar rastro.
“Le arrancamos la piel de la frente”.
Jeong-sik explicó con detalle. Jo Kyung-jin
seguía gritando, mientras los demás guardaban silencio.
De repente, Yuye pensó si Haeim olería la
sangre al regresar. ¿Había ropa limpia en el último piso? Recordó cuando Haeim
le preguntó qué hacía. Le había dicho mitad verdad, mitad mentira. El chico no
tuvo miedo.
“¿Por qué sonríes?”.
Ante la pregunta de Jeong-sik, Yuye negó con
la mano. Era extraño sonreír pensando en Haeim en un momento tan crucial.
“Nada, no es nada”.
“¡Por favor! ¡Para! Hablaré, ¿no es
suficiente?”.
El hombre sollozaba. Yuye no sintió ninguna
emoción. El hombre a sus pies le había dado Summer a Yang Hee-seong. No tomó
mucho tiempo para que Yang Hee-seong, que sufría de depresión, cayera en la
adicción. Sus dibujos, originalmente delicados pero con un tono azul
melancólico, reflejaban su carácter sombrío, un azul que era suyo.
Pero al volverse adicto a Summer, los dibujos
de Yang Hee-seong se transformaron en colores primarios vibrantes. A medida que
la adicción empeoraba, las líneas perdían su centro, y las formas se volvían
cada vez más grotescas. Los lienzos dominados por amarillo y rojo perturbaban
la mente de quienes los veían.
Cuando Yuye notó algo extraño, Yang Hee-seong
ya estaba atrapado en un pantano de adicción del que no podía escapar.
“Hay un tipo llamado Kim Min-seok que maneja
algunas de las cuentas de Park Kyung-sang. Es escurridizo, difícil de
encontrar, pero tiene un hijo. La madre se fue, y dejó al niño con su amante.
Kim Min-seok quiere mucho a ese niño”.
“¿Me estás diciendo que secuestre al niño como
rehén? Ya sé de su existencia. Y no es el hijo secreto de Park Kyung-sang,
¿verdad? ¿Quién asegura que Kim Min-seok dará información útil?”.
“Como quiere al niño, hablará de todo”.
“Olvida al niño. Dime algo que no sepa sobre
Kim Min-seok. O sobre cualquier otro”.
“Solo sé de Kim Min-seok. Es verdad, las
cuentas que manejaba ya las recuperó Park Kyung-sang”.
“Eres inútil”.
Yuye hizo un gesto con la mano.
“¿Lo enterramos en cemento?”.
Preguntó Jeong-sik. Antes de que Yuye pudiera
ordenar algo, Jo Kyung-jin gritó y comenzó a soltar todo lo que sabía.
“¡Sé de una persona que Park Kyung-sang mató y
no se sabe! El presidente Jang de Youngshin Corporation. Lo hicieron pasar por
suicidio. Fue por fondos políticos. Y sé de un almacén donde Park Kyung-sang
guardaba Summer cuando ganaba grandes beneficios. Está en la isla de las
Mariposas, disfrazado de fábrica de sal. Todavía debe quedar algo de mercancía.
La policía lo sabe, pero como Park Kyung-sang es un político, no se atreven a
actuar”.
“Ahora sí empiezas a decir cosas interesantes”.
“Llama al médico”.
“Yang Hee-seong dijo una vez que probablemente
moriría joven. Pensé que era solo una expresión de su depresión, pero al final
fue una profecía. Veintinueve años es muy pronto para morir. Sin Summer, habría
vivido más”.
“Sálvame, por favor. Me disculparé así”.
Jo Kyung-jin golpeó la cabeza contra el suelo.
“Darle drogas a Yang Hee-seong, provocar el
accidente contra ti, todo. Me disculparé por todo. Solo déjame vivir”.
“Tus líneas son clichés”.
Yuye soltó una risita.
“Los últimos que estuvieron aquí también
suplicaron así. ¿Qué pasó con ellos?”.
“¡Por favor, por favor!”.
“¿Qué hacemos?”.
“Maldita sea, tú también tienes culpa en la
muerte de Yang Hee-seong. Él te suplicó, pero lo rechazaste. Aunque dijo que
iba a morir, lo ignoraste. Si lo hubieras aceptado, no habría muerto”.
“Tienes razón. Es mi culpa. Si hubiera hecho
las cosas bien, Hee-seong no habría muerto. Por eso estoy compensándolo a
través de ustedes”.
Yuye extendió la mano. Jeong-sik le puso un
cuchillo en ella y acercó a Jo Kyung-jin.
“Solo sigue cortando”.
Yuye tocó lentamente el rostro del hombre. La
piel arrancada de la frente estaba húmeda de sangre. Resbaladiza.
“Se me va a manchar la camisa de sangre”.
Alguien se acercó y le subió la manga. Yuye
tocó minuciosamente el rostro del hombre con sus manos invisibles.
“Te hiciste cirugía plástica. Para evitarme.
Era una cara bonita”.
“Por favor. Te dije lo del almacén en la isla
de las Mariposas. ¿No es información nueva? Si hicimos un trato, debes dejarme
vivir”.
“No soy una persona justa. Soy un estafador”.
Yuye ajustó el cuchillo en su mano. Sus ojos,
fríos y casi inhumanos, estaban fijos en el hombre. Pero el sonido oportuno del
teléfono lo interrumpió, y su crueldad se desvaneció como si una ola azul lo
hubiera arrastrado.
“Es el señor Kwon Haeim”.
Jeong-sik habló sin emoción y acercó el
teléfono al oído de Yuye.
—Hermano, soy yo.
“Haeim”.
Kang Yuye tocó el cuchillo con las yemas de
los dedos mientras pronunciaba el nombre del chico. Kwon Haeim. De repente,
pensó que era un nombre hermoso.
“¿Saliste a trabajar?”.
“Lo siento”.
“No, no pasa nada. Solo llamé para confirmar porque
pensé que había soñado. Cuando desperté, no te vi”.
“Te dije adiós, pero estabas medio dormido”.
“No, lo recuerdo vagamente”.
“Entonces, está bien”.
“Bien, sigue con tu trabajo. Yo volveré a
dormir”.
“Nos vemos luego”.
El otro lado del teléfono quedó en silencio.
Tras confirmar que la llamada había terminado, Jeong-sik apartó el teléfono del
oído de Yuye.
“Encárgate de esto”.
De repente, todo le pareció insignificante. No
exactamente insignificante, pero sintió que no debía ser así. Había abrazado a
ese chico con esos brazos, los mismos brazos que ahora sostenían un cuchillo.
Cometer un acto cruel le hacía sentir que nunca podría volver a ser tierno.
Kang Yuye salió de la oficina sin verificar el
desenlace. Su destino era la verdadera oficina. En realidad, manejaba la
mayoría de sus asuntos desde la oficina en la cima del edificio.
“Guarda los tambores procesados en el almacén
de Incheon”.
Tras dar la orden a Jeong-sik, este hizo una
llamada al sótano para transmitir las instrucciones de Yuye. En el almacén de
Incheon había varios cuerpos más, todos relacionados con Yang Hee-seong. Era
mejor guardarlos en un almacén privado que arrojarlos al mar. A veces, Yuye
visitaba esos cuerpos, como un político inspeccionando sus logros.
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Inconscientemente, acarició la glándula de
feromonas en su cuello. Sintió un dolor punzante.
Cuando salió arrastrándose del coche en
llamas, el trabajador chino enviado por Park Kyung-sang dañó primero su
glándula de feromonas. Ese dolor fue suficiente para despertar a Yuye, que
estaba medio inconsciente. El hombre dijo que Park Kyung-sang había ordenado
dañar su glándula.
Probablemente fue por Yang Hee-seong. Park Kyung-sang
deseaba a Yang Hee-seong. Era
un chico tan hermoso que cualquiera lo codiciaría. Tras su muerte, Park Kyung-sang
lo añoró. Era casi cómico que un asesino extrañara a su víctima.
Hace mucho tiempo, vivía un hermoso chico que
desprendía un aroma a iris. Creció en una familia acomodada y feliz, sin
carecer de nada. A los 17 años, en una primavera, descubrió el amor. El objeto
de su afecto era un amigo con el que había estado desde el jardín de infancia.
El hermoso chico creía que el amor lo llevaría
a un Shangri-La perfecto. Nunca imaginó que terminaría en tragedia.
A los 19 años, el padre del chico perdió su
empresa. Luego, prendió fuego a la casa y se suicidó. Su madre y su hermano
menor murieron en el incendio. Quien arrebató la empresa fue el amigo de su
padre, el padre del chico al que amaba.
El corazón del chico probablemente se rompió
en ese momento. Intentó reconstruirlo, pero siempre fracasó. Entró en el oscuro
túnel de la depresión. Tal vez murió el día del incendio.
“¿A qué hora abre el centro comercial?”.
“A las diez”.
Yuye abrió la puerta y entró en la verdadera
oficina. Era un espacio austero con solo un escritorio, sin muebles ni
decoraciones. Para alguien ciego como él, los muebles y adornos eran meros
obstáculos. Sobre el escritorio solo había una computadora, un traductor de voz
y documentos en braille.
“El señor Kim, presidente de Shinjin Tech, ha
llegado”.
Anunció Jeong-sik al entrar, apenas Yuye se sentó.
Tocó su reloj para ciegos, eran apenas las 6:30 de la mañana. Correr hasta aquí
a esa hora indicaba que era algo urgente.
“Dile que pase”.
El presidente Kim de Shinjin Tech entró. Yuye
percibió un olor a ansiedad y miedo en la figura borrosa frente a él. Algo
había pasado con Shinjin Tech, sin duda.
“¿Qué ocurre?”.
“Jefe Kang”.
Su voz era afectada… y desesperada. Había
alardeado sobre haber creado un superconductor, pero parecía que las cosas no
iban bien. A pesar de que faltaban días para la demostración, estaba demacrado.
Todo el país sabía que las acciones de la empresa subían vertiginosamente
debido a grandes apuestas especulativas.
“El director Park… vendió todas sus acciones
anoche en el mercado. Ayer no hubo mucho movimiento, pero cuando abran a las
nueve, las acciones colapsarán. Si colapsan, la gente entrará en pánico y
venderá. Nuestra tecnología de superconductores será cuestionada, y la empresa
se derrumbará. ¿Qué hacemos? Todo el dinero invertido en los superconductores…”.
“¿Y qué con eso?”.
El motivo de su visita a esa hora era
evidente. Todos buscaban lo mismo de Kang Yuye.
Dinero.
“Jefe Kang, si invirtieras un poco… De verdad,
los superconductores existen. Tenemos la tecnología. Solo nos falta dinero. Más
dinero…”.
“Deja los documentos y vete”.
Yuye cortó las palabras del presidente Kim. Si
lo dejaba hablar, seguiría hasta que abriera el centro comercial. Kim
interpretó sus palabras como una aceptación y su voz se llenó de entusiasmo.
“¡Sí, sí, confío en ti! Vas a ganar mucho
dinero con esto”.
Yuye se burló internamente, pero no mostró
nada. Si se riera de cada persona que venía a pedirle dinero, no terminaría ni
en el fin del mundo. Cuando Kim salió, Yuye suspiró profundamente.
Jeong-sik, sin decir nada, preparó té verde y
se lo puso en la mano.
“No habrá más visitas a esta hora, ¿verdad?”.
“Aún no”.
“¿Aún? Entonces alguien más tiene una cita”.
“El congresista Seok quiere reunirse en Hong
Kong”.
“¿Por qué Hong Kong?”
“Quiere un encuentro discreto”.
Yuye asintió. El congresista Seok era su
aliado para derribar a Park Kyung-sang, su espada sin filo. En algún momento,
esa espada saldría de su vaina y cortaría a Park Kyung-sang.
“¿A qué hora?”.
“A las seis de la tarde”.
“Tomaré un vuelo por la tarde”.
“Llegar a Hong Kong será justo a tiempo”.
“Antes de partir, tengo que pasar por
Pyeongchang-dong”.
Necesitaba ver a Haeim. Tal vez porque pensó
en Yang Hee-seong. La leve ansiedad que lo atormentaba… Haeim era como una
hierba suave, como Yang Hee-seong.
Tras la llamada con Yuye, Kwon Haeim ordenó la
cama. Retiró las sábanas y el edredón y los puso en la lavadora. Su cuerpo
inferior estaba incómodo, pero lo soportó.
Había tenido sexo con él. El sexo con Kang
Yuye fue mucho más estimulante e intenso que cualquier otro que Haeim
conociera.
En el reformatorio, algunas parejas tenían
sexo a escondidas de los guardias. Esos encuentros rápidos, como conejos, le
parecían insignificantes. Sacudir, penetrar, eyacular. Si eso era el sexo, no
quería hacerlo. Pero el sexo con Yuye era crudo, perturbador y violento.
¿Qué estaría haciendo Kang Yuye ahora?
Haeim lo necesitaba. Pero Yuye había salido al
amanecer y no había vuelto. Para sentir su aroma, fue al armario de Yuye y se
acurrucó dentro. Sentado entre su ropa, sintió como si estuviera rodeado de
muchos Yuyes, y eso lo reconfortó.
Enterró la cabeza entre las rodillas. Poco
después, se quedó dormido en esa posición.
¿Cuánto tiempo durmió? Lo despertó un ruido
fuera del dormitorio. ¿Ya había vuelto Yuye? ¿O era Jeong Gyein llegando al
trabajo? Pero los movimientos eran demasiado cautelosos para ser él.
¿Un ladrón? Sus manos temblaron de ansiedad.
Era raro que un ladrón entrara en ese vecindario. Lo más probable era que fuera
Jeong Gyein.
Pero el ‘y si’ lo paralizaba. ¿Debería salir a
ver? ¿Y si era un intruso peligroso?
No podía olvidar lo que pasó anoche. El miedo
regresó. Por más que intentara escapar, no podía. No sabía que la muerte estaba
tan cerca. Pensándolo bien, había estado al borde de la muerte varias veces.
Seguro es Jeong Gyein.
Haeim intentó calmarse. Para asegurarse, llamó
a Jeong Gyein. Con manos temblorosas, marcó el número. Cuando contestó, dijo
rápidamente su nombre.
“Soy yo, Kwon Haeim”.
—¿Haeim? ¿Qué pasa con tu voz? ¿Qué haces
llamando tan temprano?
“Hay alguien en la casa”.
—¿Qué dices? ¿Alguien en la casa?
“Un ladrón”.
Jeong Gyein contuvo el aliento al otro lado.
Su voz se volvió urgente.
—Estoy lejos de la casa en Pyeongchang-dong,
¿qué hacemos?
“Tengo miedo. ¿Qué hago?”.
Sintió ganas de llorar.
—¿Llamamos a la policía?
No tuvo tiempo de responder. Un escalofrío
recorrió su espalda. Escuchó pasos acercándose. Jeong Gyein decía algo, pero
solo oía al intruso golpear lentamente la puerta.
Los golpes se hicieron más fuertes y rápidos.
El mundo se llenó de ese sonido. De repente, cesaron. Luego, la puerta se
abrió.
Haeim se hizo más pequeño. Intentó pensar
racionalmente. Un intruso no llamaría a la puerta. Quien entró no era un
ladrón.
Aun así, no podía moverse. Abrazó sus
rodillas, esperando que alguien lo salvara, aferrándose a la vana esperanza de
que estaría seguro allí.
El intruso entró al armario y se detuvo frente
al ropero. Unas manos blancas, como esculpidas en yeso, apartaron la ropa.
Haeim contuvo un grito y se tapó la boca.
“¿Aquí estabas?”.
Una voz familiar, una mirada familiar, un
rostro familiar. La cara que asomaba entre la ropa sonreía. Esa sonrisa era tan
fresca y clara como hace cuatro años, como la luz del sol filtrándose entre las
hojas de un bosque.
“¿Por qué te escondes y asustas a la gente? Te
busqué por un buen rato”.
“Kang Yujue”.
Al pronunciar su nombre, Yujue se agachó
frente a él. Haeim estaba confundido, sin saber si esto era real. Anoche… sí,
anoche Kang Yujue lo había salvado. Conectó a duras penas el incidente al borde
de la muerte con la aparición de Yujue.
“Yujue”.
“¿Sí?”
“Tú… ¿por qué estás aquí?”
“Vine a buscarte”.
Yujue hablaba como si acabaran de terminar un
juego de escondidas. No parecía alguien que anoche había destrozado la cabeza
de un hombre, ni alguien que había estado al borde de la muerte tras ser
apuñalado por un amigo.
“Anoche quería hablar más, pero no pude, así
que vine temprano”.
Yujue extendió los brazos. Como Haeim no se
movía, lo levantó por las axilas, acercándolo tanto que casi lo abrazó. Ese
contacto no era bueno. Haeim intentó empujarlo, pero el miedo reciente le robó
la fuerza.
“Pobre Haeim, tan bueno como siempre”.
Una sonrisa se dibujó en el hermoso rostro de Yujue.
“Te extrañé. Aunque solo pasó un día, no sabes
cuánto te extrañé”.
Sus labios formaron una curva suave. Incluso
en aquel último momento, esos labios habían dibujado esa curva. Tras destrozar
la cabeza de un violador, esa misma curva apareció, como si hubiera oído un
chiste gracioso. Y esos labios hablaban el idioma de los fantasmas.
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“Realmente te extrañé. No sabes cuánto.
“¿Estás bromeando? Nos vimos ayer”.
“¿Cómo iba a bromear contigo, Haeim? Sé cuánto
odias las bromas. No es una broma, de verdad te extrañé”.
“¿Puedes soltarme?”.
Yujue soltó una carcajada. Esa risa brillante
era como la de antes. No parecía dispuesto a soltarlo, así que Haeim lo empujó
con fuerza. Yujue trastabilló y frunció el ceño ligeramente.
“Duele. Todavía estoy frágil. No me he
recuperado del todo, empujarme así es peligroso”.
¿Sería por haber estado tanto tiempo en estado
vegetativo que sus funciones físicas estaban debilitadas? Sonaba plausible,
pero también dudoso.
“De verdad me duele”.
Haeim estaba molesto con Yujue, que bloqueaba
la entrada del armario. No podía estar en la misma habitación con él. Lo empujó
de nuevo, pero esta vez no se movió.
“¿No quieres estar conmigo?”.
“Apártate”.
“¿Es porque tuviste sexo con mi hermano? Tus
feromonas están a tope. Parece que lo disfrutaste mucho”.
El recuerdo de la noche anterior hizo que su
rostro se encendiera. Yujue sonrió fríamente, como si hubiera presenciado el
acto.
“Debió ser bueno, qué envidia”.
“Apártate”.
“Qué cruel”.
Los ojos de Yujue brillaron oscuramente. En
algún momento, comenzó a liberar feromonas. Un aroma como resina con un toque
de limón.
“Soy el compañero marcado de tu hermano”.
“Lo sé”.
Aunque dijo que lo sabía, liberó una cantidad abrumadora
de feromonas, como una ducha. Haeim se tapó la nariz con el dorso de la mano,
pero el aroma se coló en sus fosas nasales.
“Siempre aparecías en mis sueños”.
“No era yo. No soy alguien tan importante para
ti”.
Haeim no quería ser el protagonista de los
sueños de Yujue. Aunque sabía que los sueños eran reflejos del día o juegos del
inconsciente, lo detestaba.
“¿Por qué mi Haeim me odia tanto ahora? ¿Te
dijo mi hermano que me mantuvieras lejos?”.
Sorprendido por sus palabras, Haeim parpadeó,
sin encontrar respuesta.
“¿Cómo estuvo?”.
“¿Qué?”.
Haeim miró fijamente a Yujue. Este sonrió.
“¿Fue mejor el sexo con mi hermano que el beso
que te di?”.
“¿Cuándo te besé?”.
“Cuando estabas muerto, te desperté con un
beso”.
Los recuerdos del pasado cortaron cualquier
otro pensamiento. No hubo tiempo para escapar. Todo estaba lleno de
salpicaduras de agua. Alguien lo había empujado al arroyo.
Probablemente fue el día de la excursión
escolar. El agua era profunda, y las rocas cubiertas de musgo hacían imposible
mantenerse en pie. Luchar inútilmente era lo único que Haeim podía hacer.
Ese día, al igual que el día encerrado en el
baño de la vieja escuela, el miedo a la muerte lo golpeó. El agua llenaba sus
pulmones, y el terror a morir llenaba su mente.
Se hundiría, arrastrado por el agua, rodando
por el fondo del arroyo durante días, hasta ser encontrado como un cadáver
hinchado en el curso bajo. Los peces devorarían su rostro, y nadie lo
reconocería, solo sería un trozo de carne. Ese era el miedo.
Si moría, ¿quién cuidaría de Haeyun?
Ese era su único apego.
Haeim recordaba que ese día no empezó bien.
Llovió al amanecer, una tormenta. Aunque no hubo truenos, no pudo dormir,
esperando en un rincón a que parara, temiendo los relámpagos.
Sus padres probablemente estaban en Jincheon,
en algún mercado. Cuando se iban, pasaban semanas sin contactarlo. Sin ellos,
podía saltarse la excursión.
Pero fue. Sin ropa adecuada, usó el uniforme
escolar y compró un rollo de kimbap en una tienda de 24 horas.
No recordaba por qué fue. Si no hubiera ido,
el accidente no habría ocurrido.
El lugar era un arroyo. La lluvia había
aumentado el caudal, y el agua estaba turbia por el lodo. Los maestros impedían
acercarse al borde. No entendía qué clase de excursión era esa.
Cuando Haeim llegó con su uniforme, los chicos
se burlaron. No le importaba la mirada de los demás, solo la de una persona.
Kang Yujue lo entendería, sabría de la pobreza y la carencia.
Como esperaba, Yujue no se burló. Se acercó
amigablemente, con dos fiambreras en la mano.
‘Puedo comprar comida’.
‘Mi mamá dijo que te la trajera’.
Esas palabras lo conmovieron. ‘Mamá’. No había
una nota cálida en las fiambreras, pero su sola existencia lo hacía feliz. La
inocente alegría de que una madre no lo olvidara le impidió notar el olor
rancio que emanaba.
Tras una mañana aburrida con actividades,
llegó la hora del almuerzo. Haeim se sentó junto a Yujue y abrió la fiambrera.
¿A qué sabía el kimbap de esa madre? Intentó recordar un sabor olvidado,
salado, sabroso… y entonces.
Lo que lo recibió fue basura podrida. El hedor
lo hizo vomitar. Las miradas de los chicos se centraron en él.
‘Mi mamá debió equivocarse. No te daría basura’.
Las palabras de Yujue eran amables, pero esa
amabilidad despertó una sospecha. ¿Lo había hecho a propósito? ¿Quería esa
madre mostrarle a un ‘intruso’ que no tenía lugar junto a su hijo?
Unos matones que robaban comida se acercaron.
Miraron la basura apestosa y rieron. Su desprecio y burla eran vívidos, como
tatuajes tribales en sus rostros.
‘Comida perfecta para Kwon Haeim. Come’.
Tomaron el recipiente con basura e intentaron
forzarlo contra su cara, agarrándolo del cabello. El olor era insoportable.
Haeim luchó desesperadamente y escapó.
Hubo una pelea, y la basura se derramó sobre
su ropa. El silencio dio paso a risas estruendosas.
‘Qué sucio, hay que lavarlo’.
Lo arrastraron al borde del arroyo y lo
empujaron a lo más profundo. Su cuerpo se tambaleó, y sus pies resbalaron. La
basura flotó en el agua. Intentó levantarse, pero las rocas musgosas lo hacían
imposible. El arroyo, crecido por la lluvia, lo arrastró hacia abajo, rodando
como una hoja, como una piedra.
Dejó de resistirse. Flotando con la corriente,
se sintió como un pez plateado, o algo más.
Mientras era arrastrado, algo lo abrazó con
fuerza. Luchó, pero no pudo soltarse. Pensó que flotar así no estaba mal y
perdió el conocimiento.
Cuando despertó, estaba en un hospital.
Dijeron que Kang Yujue lo había salvado. Aunque hubo varios momentos críticos, Yujue
no lo abandonó. También fue Yujue quien le dio respiración artificial.
Ese fue su primer beso.
“Fue respiración artificial”.
Ante la observación de Kwon Haeim, Kang Yujue
sonrió radiantemente.
“Era una broma”.
“¿Entonces… por qué viniste?”.
“Estoy cansado. Estuve en el hospital toda la
noche”.
Yujue habló con un tono mimoso, alargando las
palabras. No respondió a la pregunta de por qué había venido.
“De verdad, me duelen las piernas y estoy
agotado”.
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No parecía una mentira, el rostro de Yujue
estaba notablemente pálido. De repente, Haeim sintió miedo ante cómo adaptarse
a este torbellino que era Yujue.
“Haeim, ven aquí”.
Hubo un tiempo en que Haeim habría hecho
cualquier cosa que Yujue quisiera. Cada palabra de Yujue, como luz pasando por
un prisma, teñía su adolescencia de colores arcoíris. Así era entonces.
“Ven aquí”.
La voz de Yujue, ya pasada la pubertad, era un
poco más aguda que la de Yuye, pero muy similar. El corazón de Haeim latía con
fuerza.
“Ven aquí”.
Haeim dio un paso hacia Yujue. Y luego otro.
En ese momento, la puerta del dormitorio se
abrió. Era Kang Yuye. Parecía claramente molesto por el ambiente impregnado de
las feromonas desconocidas de otro alfa.
“¿Qué pasa?”.
“Es Kang Yujue”.
Susurró Jeong-sik a Yuye.
El rostro de Yuye no mostró ninguna emoción.
Solo observaba la situación con sus ojos ciegos.
“Hola”.
Yujue saludó a Yuye con un gesto de la mano.
Su movimiento era tan alegre que casi parecía inocente. En contraste, Yuye se
veía pesado y sombrío. No había rastro de alegría por reencontrarse con su
hermano.
“Soy Yujue. Tengo algo que hablar contigo,
hermano”.
“Habla”.
“Con ese tono de interrogatorio, hasta las
palabras que iba a decir se me atragantan”.
“No digas tonterías”.
“Siempre los adultos son así. Quiero quedarme
en esta casa mientras estoy en Corea. ¿Me lo permites, verdad? También tengo
derecho a vivir aquí.
Así que, al final, había venido para quedarse
en la casa. Independientemente de títulos o derechos de propiedad, Yujue tenía
derecho a estar allí. El hermano de Yuye era Yujue, y él, Haeim, solo era… un
impostor que había ocupado ese lugar.
“Por cierto, ¿qué flores son esas? Son todo un
espectáculo”.
En efecto, Yuye llevaba un enorme ramo de
flores.
“¿Es para Haeim? Para conmemorar su primera
vez”.
Sin responder, Yuye le entregó el ramo a
Haeim. Este lo tomó, era tan voluminoso que apenas podía abrazarlo. El ramo, en
tonos azules, estaba lleno de flores vistosas como hortensias, rosas y peonías.
“¿No te gustan las flores?”.
“¿Cómo no me van a gustar?”.
El aroma del ramo era dulce. Haeim hundió la
nariz en él varias veces.
Traer flores para celebrar la primera vez era
algo extravagante. Se sentía incómodo y avergonzado.
“Es extraño”.
Acarició suavemente un pétalo de rosa con la
punta de los dedos.
“¿Qué?”.
Preguntó Yuye.
Haeim sonrió sin razón. Deseó que Yuye pudiera
ver esa sonrisa, así que tomó su mano y la puso en su mejilla. Si no podía
verla, al menos que sintiera su sonrisa.
“¿Terminaste bien el trabajo?”.
“Sí”.
Yuye entró y se quitó la chaqueta. Jeong-sik la
tomó y se dirigió al armario.
“Qué cariñosos son. Casi me da envidia”.
Bromeó Yujue.
El ambiente cálido se desvaneció de golpe.
“Vivir aquí va a ser difícil. Verlos así me
hará morir de celos”.
“Entonces regresa a Estados Unidos”.
“Era una broma. Eres tan frío, hermano”.
Yujue negó con la cabeza. Haeim sintió una
incomodidad creciente. No entendía por qué Yujue insistía en quedarse en la
casa.
“¿Qué habitación usaré? No puedo dormir en el
salón. Ah, cierto, ¿no hay una habitación libre? Usaré esa, hermano”.
¿Había una habitación libre? Yujue salió del
dormitorio. Actuaba como si conociera perfectamente la estructura de la casa.
Su mirada, que recorría el lugar, se detuvo frente a una puerta prohibida.
La habitación de Barba Azul, la habitación
prohibida. Yujue estaba a punto de abrir esa puerta.
“Usaré esa habitación. Todavía está vacía,
¿verdad?”.
Yujue señaló la puerta cerrada.
“Esa…”.
Antes de que Haeim pudiera detenerlo, Yujue
abrió la puerta prohibida. Una oscuridad abrumadora se derramó. El cerrojo no
estaba puesto. Haeim nunca había intentado abrir esa puerta, así que no sabía
que estaba sin cerrar.
“No puedes entrar ahí”.
Yuye cortó las palabras.
“Jeong-sik”.
A la llamada de Yuye, Jeong-sik sujetó con
fuerza el pomo de la puerta. Yujue y Jeong-sik forcejearon. Haeim miró
fijamente la oscuridad condensada en esa habitación. La habitación prohibida
estaba ante sus ojos.
No vayas.
Su conciencia lo detuvo. Pero sintió como si
una mano blanca emergiera de la oscuridad y tirara de su muñeca. Un paso, luego
otro. Haeim entró en la habitación. Yuye notó su presencia e intentó detenerlo,
pero su ropa se deslizó entre sus dedos.
Yujue, como dándole la bienvenida, se apartó
de la puerta.
Dentro de la habitación no se veía nada. El
olor a moho impregnaba el aire por no haber sido abierta en mucho tiempo. Entre
ese olor, Haeim percibió un hilo de un aroma familiar, uno que despertaba
recuerdos antiguos.
Un mal presentimiento hizo que sus
extremidades se sintieran pesadas. La oscuridad, como tentáculos, sujetaba sus
brazos y piernas. No avances más, no enciendas la luz, no toques eso.
Pero sus dedos rozaron algo suave. Al palpar
lentamente, era una piel suave. Al acercar la nariz, olió ese aroma familiar.
Haeim siguió rebuscando en la oscuridad. Objetos. Los objetos parecían tener
vida, como si saltaran a sus brazos.
“Hermano, ¿no es hora de deshacerte de estas
cosas? Hay que dejarlas ir. ¿De qué sirve guardar reliquias? No está bien”.
¿Qué reliquias? ¿Por qué había reliquias en
una habitación secreta? ¿De quién?
La luz se encendió. Aunque la claridad fue
repentina, Haeim no parpadeó. Era como si alguien hubiera pegado sus párpados.
“Hermano, es hora de dejar ir a mamá. Hay que
ordenar sus cosas”.
Las palabras de Yujue resonaron pesadamente.
Haeim miró alrededor.
La habitación estaba llena de ropa, cosméticos
de mujer, accesorios, objetos personales con marcas de uso, fotos…
Una foto mortuoria.
En la foto, la señora sonreía radiantemente.
Haeim recordaba perfectamente esa sonrisa. Parecía que en cualquier momento
diría ‘Young’ en un susurro, que abriría los brazos para abrazarlo. Pero era
solo una foto. No podía hablar ni abrazar.
“¿Mamá… murió?”.
Su cerebro se sentía como tofu, desmoronándose
con el menor impacto. Yuye le había dicho que ella lo estaba esperando, que
anhelaba el día de su reencuentro. Entonces, ¿qué eran todas estas cosas?
Objetos abandonados, descoloridos, sin dueño.
“¿Mamá murió?”.
No, no puede ser.
Haeim tomó los objetos uno por uno, separando
los familiares de los desconocidos.
El collar de perlas de mamá, su anillo, el
suéter que tejió, el vestido que usaba, su abrigo de piel. Entre cosas
extrañas, Haeim pudo rescatar lo que reconocía.
“¿No es cierto? Nadie me lo dijo. Nadie me
dijo nada”.
Mamá murió.
Sus piernas cedieron, y cayó al suelo. La
habitación secreta era un almacén de los restos de la muerte. Los desechos de
una vida que vivió y murió.
No, mamá no murió. Haeim apretó la ropa de
seda en sus manos, sin notar que se arrugaba y rasgaba.
“Hermano, tú dijiste que mamá me estaba
esperando”.
Sí, ese día lluvioso lo había dicho. En medio
del miedo y la ansiedad, en sus brazos, le habló de un jardín con flores de
azahar, de una mujer que deshacía y rehacía una prenda tejida. Qué cálida era
esa voz entonces.
“Haeim”.
Yuye habló con pesadez. Haeim se acercó a él,
tambaleándose, vacilante.
“Creí que mamá me esperaba. Lo creí porque tú
lo dijiste”.
Lágrimas cayeron al suelo. Yuye, con manos
temblorosas, las secó. Haeim apartó esa mano gentil. Una sombra de decepción
cruzó el rostro de Yuye.
“¿Cuándo murió mamá?”.
Haeim preguntó a Yujue. Sentía que Yuye no le
diría la verdad. Había ocultado esto durante tanto tiempo.
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“No lo sé exactamente. Fue cuando estaba en
estado vegetativo. Pero ella estuvo enferma todo el tiempo. Después de que te
fuiste de esta casa, enfermó. Y siempre insistió en que no te lo dijeran”.
“¿Por qué?”.
“.No lo sé”.
Haeim recordó la última imagen de su madre, un
animal feroz, con las garras listas para proteger a su cría. ‘Young, ven con mamá.
Déjalo todo y ven con mamá’. Sin pensar, tiró del collar de perlas que
sostenía. Las perlas cayeron al suelo como lágrimas.
“Estoy tan cansado”.
Su cuerpo estaba agotado. Al sentarse en el
suelo, Yujue se acercó y lo abrazó por los hombros. Haeim no sintió el abrazo.
Solo resentía a Yuye por dejarlo descubrir la muerte de esta manera.
“Estoy cansado”.
Intentó pensar que algún día lo sabría, pero
el dolor de un duelo no resuelto lo consumía. El sufrimiento de un luto tardío
le desgarraba el pecho. Quería sollozar, pero solo salió un suspiro
entrecortado.
“Hermano, ¿cuándo murió mamá?”.
¿Cómo fue esa muerte? ¿Me extrañó? ¿O me
maldijo hasta el final? ¿Me culpó? Temiendo que Yuye dijera que su madre lo
maldijo, Haeim se acurrucó.
“Un año después de que te encerraran en el
reformatorio. Tenía cáncer. Escuché que comenzó a enfermar poco después de que
regresaste con tus padres. Cuando su estado empeoró, yo regresé de China”.
“Entonces, yo era el único que no lo sabía”.
Yuye se agachó frente a Haeim. Cuando este
rechazó su mano extendida, los dedos de Yuye se detuvieron en el aire,
apretando el vacío.
“Iba a decírtelo pronto”.
“¿Cuándo? ¿Cuándo exactamente?”
“Cuando estuvieras bien”.
Era como si todos sus sentidos de dolor se
hubieran detenido. Sentía que había perdido una parte de su cuerpo para
siempre. ¿Podría alguna vez estar bien?
“Vamos a tu habitación”.
Yujue levantó a Haeim. Este, aún sosteniendo
la ropa, se puso en pie. El latido del corazón de Yujue resonaba en su pecho. Yujue
lo sentó en la cama y le acarició la cabeza varias veces.
“Mira, soy el único que no te engaña. Si no
fuera por mí, seguirías siendo engañado por él”.
Sí, probablemente. Él habría seguido
engañándolo. El dolor y la traición se mezclaban. La certeza de no poder volver
a los brazos de su madre, de no haberle dicho un último adiós, golpeaba su
corazón.
Una madre en un jardín de flores de azahar,
tejiendo y destejiendo un suéter, esperándolo.
Haeim enterró el rostro en sus manos.
“Eres bueno, Haeim. No estés tan triste”.
Yujue susurró, sosteniendo sus manos y
llevándolas a su pecho. Su voz era dulce y gentil.
“Creí que mamá me esperaba. Que me perdonaría
al final. Aunque yo te hice eso”.
“No necesitas el perdón de mamá. Yo te
perdoné. Eso es suficiente”.
¿Qué aroma tenía ese abrazo? Haeim buscó en su
mente el olor de su madre. Había un hilo de ese aroma en esa habitación oscura,
pero al oler la ropa en sus manos, no había nada. Todo parecía haberse
desvanecido con la luz fluorescente.
“Mamá murió. Siempre creí que algún día me
perdonaría”.
Que la muerte de su madre hubiera estado en
esta casa. Que su soledad hubiera convivido con ellos.
“Mamá debió estar tan sola”.
¿Cómo habría sido esa soledad tras una puerta
cerrada? ¿Cuánto habría golpeado esa puerta con desesperación? ¿Cuánto habría
luchado por liberarse de esa maldición?
“Haeim, mamá murió en paz. Solo… te extrañó un
poco”.
“Tú no lo sabes. No estabas allí cuando murió”.
“Pero lo sé. Lo vi en un sueño”.
Yujue se sentó junto a la cama y abrazó
completamente a Haeim. Este, sintiendo la parálisis extendiéndose por sus
extremidades, apoyó la cabeza en su pecho.
“No llores. Si lloras, yo…”.
La voz de Yujue se desvaneció, como tinta
disuelta en agua. Solo quedó el eco de su voz.
“Vete”.
La voz de Yuye irrumpió, rompiendo el eco.
Para Haeim, Yuye no era más que un mentiroso. Había tenido muchas oportunidades
para contarle sobre la muerte de su madre, pero no lo hizo.
“Dime una razón por la que deba obedecerte”
Dijo Yujue.
“Tengo algo que hablar con ese chico”.
“No creo que Haeim quiera escucharte. No lo
sabes, pero él odia a los mentirosos. Los odia más que a nada”.
El aire en la habitación se tensó como seda
mojada. Haeim, sumido en el dolor y la desesperación, no percibió la atmósfera.
Solo los fragmentos de su infancia ocupaban su mente.
Una noche, solo en una habitación, llorando
sin que nadie abriera la puerta. Temblando de miedo, escondido en un armario
bajo mantas pesadas. Creyendo que, si alguien lo rescataba, compartiría todas
las bendiciones del mundo.
La puerta del armario se abrió. Afuera, su
madre sonreía suavemente.
Mamá.
Lo abrazó con fuerza, diciendo que todo
estaría bien, que nunca más lo dejaría en la oscuridad. Pero esa madre quedó
sola en la oscuridad, reducida a unas pocas reliquias.
“No entiendo con qué confianza me pides que me
vaya. Tú ocultaste la verdad y engañaste a Haeim. Sabiendo cuánto extrañaba a
su madre”.
“Solo quiero que te vayas. Esto es entre él y
yo”.
“¿Cómo es entre ustedes dos, cuando se trata
de la muerte de mi madre y estoy hablando con mi omega?”.
¿Mi omega? El silencio llenó la habitación.
Incluso Haeim dejó de llorar y miró a Yujue. Su rostro mostraba una leve
sonrisa, sólida, sin titubeos, completamente pacífica y gentil.
“Tú sabes de qué confianza hablo, hermano.
Sabes de qué estoy hablando”.
“Vete”.
“Haha”.
Yujue soltó una carcajada. Su risa,
ligeramente aguda, era alegre y limpia.
“Ocultaste la muerte de nuestra madre, así que
no habrás ocultado ‘eso’ tampoco, ¿verdad?”.
“¿Qué? ¿Quién ocultó qué?”.
“Ocultaste mucho, muchísimo. Pero no puedo
decírselo ahora. Hoy ha recibido un golpe demasiado grande. Se lo diré cuando
esté bien. Las palabras que dejó mamá”.
“¿Qué dijo?”.
Haeim agarró la ropa de Yujue, preguntando con
urgencia.
“Fingiendo ignorancia. Hipócrita. Mentiroso.
Oh, ¿fui demasiado duro?”.
Yuye no respondió a los insultos de su
hermano. Solo le dirigió una mirada tranquila e inmóvil. Haeim solo quería
descansar. No quería a ninguno de los dos hermanos. Uno ocultó la muerte de su
madr,; el otro la reveló.
“Haeim, ¿estás cansado?”.
La voz gentil de Yujue se deslizó por su nuca.
Aunque sabía que era peligrosa, asintió.
“Duerme un poco. Estaré a tu lado”.
La voz de Yujue se mezcló con la de Yuye.
Yuye, con su voz suave, había descrito un jardín de flores de azahar, un lugar
que no existía en la tierra, un paraíso. Fui
un tonto por no sentir algo extraño en esa descripción.
“Acuéstate. Estás cansado. Si vas a llorar,
llora acostado”.
Mamá murió. Mamá. Era como si un rincón del
mundo se hubiera desprendido. De ese rincón roto, la lluvia, el viento, los
truenos y relámpagos parecían derramarse con furia. Nadie estaba allí para
tapar ese rincón.
“Mamá murió. Mamá… está muerta”.
“Así es. Ahora solo estamos tú y yo en este
mundo”.
Yujue susurró lentamente, como hipnotizando.
¿La ausencia de una persona podía ser tan solitaria? Haeim no la había visto
desde los 14 años. Su lugar siempre estuvo vacío. Ahora, arrancado por
completo, dejaba al descubierto una tumba de tierra negra salada donde Haeim se
retorcía.
“Llora, Haeim”.
Yujue, sosteniendo sus mejillas, murmuró
sombríamente.
“Solo me tienes a mí, así que llora”.
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Yuye salió de la habitación y se quedó un rato
frente a la puerta. Dentro, Haeim probablemente estaba llorando. No se oía
nada, así que no lo supo. Cuando Yujue le dijo que no llorara, se dio cuenta de
que el chico lloraba. La tristeza de no poder verlo. El chico debió aprender a
llorar en silencio de la vida misma.
“Presidente, tiene que salir de nuevo”.
Jeong-sik insistió.
“Espera”.
No había movimiento alguno dentro del
dormitorio. Pensar en Haeim llorando en silencio como si fuera medianoche le
causaba un dolor punzante en alguna parte de su ser.
“Tal vez Kwon Haeim esté dormido. Debe estar
agotado por lo de anoche y por el impacto emocional de hoy”.
Dijo Jeong-sik.
Yuye apartó la mano de la puerta. El chico
necesitaba tiempo. Era un chico maduro, eventualmente entendería por qué había
ocultado la verdad. No podía decirle a un niño que había visto las partes más
oscuras del mundo que su madre había muerto.
“No lo hagas más triste”.
En su rostro solo quedaba piel, como si al
hablar, un cráneo chocara los dientes. Los días de juventud y belleza se habían
ido, solo quedaba enfermedad y desaliño. La preocupación de su madre siempre
fue por sus hermanos menores.
‘Mis hijos, mis pobres hijos. ¿Qué será de
ellos si muero así? ¿Qué harán estando tan solos?’.
Recordar el momento de la muerte de su madre
siempre llenaba a Yuye de rabia y culpa. La rabia iba dirigida hacia su padre y
hacia sí mismo. No sabía a quién odiaba más.
El testamento de su madre fue breve. Les
encomendó cuidar de los dos chicos, especialmente de Haeim.
Su madre enfermó después de que Haeim
regresara a su hogar original. Fue por el estrés excesivo. La mujer que amaba a
Haeim, o mejor dicho, a Kang Yuyoung, nunca pudo olvidarlo.
“Presidente”.
“Ah”.
Yuye salió de sus pensamientos y levantó la
cabeza. No quedaba mucho tiempo para el vuelo. Sería mejor darle al chico un
tiempo para ordenar su corazón. Y mientras lo hacía, no necesitaría a alguien
que lo había engañado.
Si se iba así, Haeim lamería sus heridas solo,
o con ese chico. Eso le causaba cierta incomodidad y amargura. No sabía de
dónde venía ese sentimiento agridulce.
“Vámonos”.
Yuye le dijo a Jeong-sik. Justo cuando estaba
a punto de salir por la puerta principal, se encontró con Jeong Gyein llegando
al trabajo.
“¿Se va?”.
Yuye asintió brevemente.
“Voy a Hong Kong. A reunirme con el
congresista Seok”.
“Que le vaya bien. Yo cuidaré de Haeim”.
“Confío en ti. Ayer recibió un gran golpe, y
hoy…”.
“¿Qué pasó?”.
“Descubrió por casualidad que su madre murió”.
Ante las palabras de Yuye, los ojos de Jeong
Gyein se abrieron de par en par. Luego, negó con la cabeza y suspiró, como si
tuviera algo que decir pero lo reprimiera. Yuye estaba seguro de que, de haber
hablado, esas palabras habrían contenido alguna crítica hacia él.
“Cuídalo bien. No olvides la cita con el
psiquiatra hoy”.
“No lo olvidaré”.
“Ah, y está durmiendo ahora, así que no lo
despiertes".
Jeong Gyein asintió. Yuye salió de la mansión
sin mirar atrás.
Incluso en el avión, no podía dejar de pensar
en Haeim. Mientras escuchaba un archivo grabado con información, la voz del
chico se intercalaba en su mente.
La voz de alguien atrapado en un dolor
interminable al saber que su madre había muerto. Ese dolor necesitaba un duelo
suficiente. Yuye quería darle a Haeim ese tiempo para llorarla.
Cuando Haeim despertó, el primer rostro que
vio fue el de Kang Yujue. Estaba dormido, con la cabeza apoyada en el borde de
la cama. Su rostro, visible junto a su brazo como almohada, parecía una
aparición salida de un sueño, extrañamente irreal.
Antes de dormir, habían pasado demasiadas
cosas. Casi lo violan, se aferró a Yuye y tuvieron sexo, y luego descubrió que
su madre había muerto. El calor que aún sentía en su cuerpo le recordaba que el
sexo de la noche anterior no fue un sueño.
El eco de su ciclo de calor no había
terminado. Aunque el sexo con Yuye había aliviado la urgencia, necesitaba una
inyección por si acaso. Mientras se inyectaba en el abdomen, Haeim suspiró.
Pensó que la muerte de su madre detendría por completo su rutina. Pero allí
estaba, haciendo lo que debía como si nada.
Ojalá todo esto fuera una pesadilla.
A veces tenía esos sueños, tan reales y complejos
como la realidad. Sabía que eran sueños e intentaba despertar, pero no podía.
Un sueño en el que su madre moría.
Todas las muertes eran malas. Algunas eran
peores. Para Haeim, la muerte de su madre era la peor. Su rostro se humedeció
de nuevo. Mientras enterraba la cara en las palmas, alguien le rodeó los
hombros.
“No llores”.
Era Yujue. Su voz se parecía tanto a la de
Yuye que Haeim no se apartó de su abrazo.
“Murió. Mamá murió”.
Perdió a su madre. ¿Qué más le quedaba por
perder? Nada, absolutamente nada.
“Mamá… ahora está libre del dolor. Ya no
sufre. No tiene que pasar noches preocupándose por nosotros ni sufrir por
nuestra causa”.
“¿De verdad? ¿Realmente mamá no sufre?”.
Haeim sentía que su vida futura era incierta.
El dolor de perder a su madre duraría mucho tiempo.
“Este dolor pasará con el tiempo”.
Haeim había oído algo similar antes: el dolor
no se diluye con el tiempo, solo la sensibilidad para sentirlo se embota. El
dolor permanece como una bomba a punto de estallar en el corazón.
“Quiero volver a ver la habitación de mamá”.
“Descansa un poco. Has llorado demasiado”.
Por tanto llanto, su visión estaba nublada.
Pero no tanto como para no reconocer las huellas de su madre.
Dejando atrás a Yujue, que intentaba
detenerlo, cruzó el amplio salón hasta la puerta más recóndita. Como siempre,
estaba firmemente cerrada. Ahora sabía que detrás de ella se escondía el
secreto de la muerte.
Puso la mano en el pomo. El sudor frío le
recorrió la espalda. Temía encontrar un fantasma allí dentro.
O tal vez algo más aterrador que un fantasma.
Una muerte cruda. Sus manos, resbaladizas por el sudor, no podían abrir la
puerta. Había sido feliz en su ignorancia. Porque había olvidado que existía
ese mundo al otro lado.
¿Debería abrirla entonces?
En ese momento, las manos de Yujue cubrieron
las suyas. Intentó retirarlas, pero esas manos eran frías y firmes.
“Tienes que verlo, Haeim”.
El pomo giró bajo su agarre. La oscuridad se
derramó a sus pies. Al abrir la puerta, un aroma a jazmín y sándalo lo
envolvió. Era el perfume que siempre había intentado no olvidar. A veces,
buscaba algo similar en las perfumerías.
Pero ningún aroma se comparaba con ese hilo de
fragancia.
Yujue encendió la luz. La habitación estaba
ordenada. Ropa, cosméticos, joyas… fotos.
La foto mortuoria.
Nada había cambiado desde esa mañana. Haeim se
sentó en el suelo, mirando aturdido las reliquias. Al ver la caja de joyas,
recordó cómo había roto un collar de perlas por la mañana.
Gateó por la habitación, recogiendo las
perlas. No podía recoger las lágrimas derramadas, pero sí las perlas. Sin
embargo, encontrarlas todas no era fácil. Mientras buscaba en cada rincón, el
suelo se humedecía.
De repente, en su visión borrosa, apareció una
caja. Era una caja de nácar del tamaño de una caja de paquetería. Se arrastró
hacia ella y la abrió. Haeim reconoció los objetos dentro.
Eran cosas que le había dado a su madre. O
cosas suyas. Objetos triviales e insignificantes. Un clavel de papel hecho en
el jardín de infancia, una violeta prensada con cuidado, zapatos pequeños, ropa
de su infancia.
“Cuando eras pequeño, mamá pasaba horas
mirando tus cosas. Como si fuera un ritual sagrado. Yo estaba a su lado, pero
ella no me miraba”.
Dijo Yujue con calma.
Haeim revisó los objetos, recordando cada día
en esa casa. Éxtasis y miseria, belleza y soledad, siempre amado pero
incompleto. Todo era ambivalente.
“Mamá enfermó por mi culpa. Y murió por mi
culpa”.
Si no hubiera apuñalado a Yujue, tal vez no
habría muerto. Aunque sabía que era inútil, Haeim quería confirmarlo.
Un mundo hecho de ’si tan solo’. Si no hubiera
apuñalado a Yujue.
“Es cierto… dicen que mamá sufrió mucho por
ti. Pero no fue tu culpa. Está bien, Haeim. Mamá te perdonará”.
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¿Realmente lo perdonaría? Haeim se sentía como
un fantasma, envuelto en cadenas, vestido con harapos grises, con un rostro
ceniciento. Tan triste que deseaba morir.
“No llores”.
Yujue se agachó a su lado y le rodeó los
hombros.
“¿Estoy llorando otra vez? Mi rostro está
húmedo”.
“¿Estás bien?”.
De repente, Jeong Gyein estaba allí,
rodeándole los hombros. La sombra llena de compasión y lástima le recordó la
realidad de haber perdido a su madre.
“¿Lo sabías?”.
“No podía decírtelo. Igual que el presidente”.
“Debieron decírmelo”.
“Lo siento”.
La sombra de Jeong Gyein cargaba verdad.
“Fue porque te preocupábamos demasiado.
Queríamos protegerte. Apenas saliste de ese lugar horrible, ¿cómo ibas a
soportar también la muerte de tu madre?”.
“Lo sé. Fue porque estaban preocupados por mí.
Porque temían que colapsara”.
Así era. Haeim entendía a Yuye. No podían
decirle a alguien recién salido del reformatorio que su madre murió por su
culpa. Así que guardaron silencio y encerraron la muerte en esa habitación.
“Eres joven aún. Habría sido demasiado para ti”.
“Es cierto, no puedo soportarlo. Siento que
voy a morir”.
Realmente sentía que moriría. Aunque acababa
de despertar, su cerebro estaba aturdido. Miró el reloj de pared: 12:30 p.m.
Debería estar en la academia, pero había regresado con un montón de malos
recuerdos en un solo día. Qué patético.
“¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer para que
digan que estoy viviendo una vida normal? Para que mamá, al verme, piense que
estoy viviendo bien, ¿qué debo hacer para que me reconozca?”.
Mamá habría querido que viviera una vida
normal. Lo sabía en su cabeza. Mamá habría querido que saliera del reformatorio
y se mantuviera en pie por sí mismo.
Haeim se susurró a sí mismo:
“Puedo hacerlo. Puedo mantenerme en pie entre
gente cruel”.
“Ah, el psiquiatra. Hoy es el día del
psiquiatra, ¿verdad?”.
“Haeim”.
“Tengo que estar bien. Tengo que estarlo
pronto para que mamá pueda descansar en paz”.
Aunque estaba sonriendo, su rostro estaba
húmedo. Qué extraño.
Haeim regresó rápidamente al dormitorio y se
preparó para ir al hospital. Mientras se ponía los zapatos en la entrada, Yujue
se acercó.
“¿Quieres que te acompañe?”.
Yujue extendió el brazo con amabilidad. Haeim
miró fijamente ese brazo.
“Estoy bien”.
“Te acompañaré”.
No mostraba intención de apartarse. Haeim no
entendía por qué Yujue se aferraba tanto. Tal vez esa tenacidad era su forma de
vengarse.
Al salir, Yujue lo siguió. Su sombra se
extendía larga bajo sus pies. Como en los viejos tiempos, Haeim quería pisar
esa sombra para detenerlo, para que no lo siguiera.
Tomaron el autobús y llegaron al hospital.
Tras completar el registro, mientras esperaba frente al consultorio, Yujue le
habló.
“¿De qué hablas aquí?”.
“De ti”.
Haeim respondió con honestidad. Así era.
Principalmente hablaba de Yujue. Aunque también hablaba de otras cosas, el médico
estaba interesado en su relación con él.
Un joven asesino.
No, no llegó a ser un asesino, pero pudo
haberlo sido. El médico quería saber qué delirio lo llevó a apuñalar a alguien.
No fue un delirio, sino una certeza, y cuando respondió eso, el médico puso una
expresión extraña.
“Hablé de por qué te apuñalé. También de si
las sombras que veo han desaparecido o no. A veces solo hablamos de cómo me
siento, si dormí bien, cosas normales.
Sintió las miradas de la gente. Al levantar la
vista, se encontró con los ojos de varias personas. Todos parecían ratas
curiosas, interesadas en las historias de los demás.
“Parece que hablamos demasiado alto”.
Susurró Yujue cerca de su oído.
Su voz, tan cercana, parecía surgir desde lo
más profundo de su ser.
De repente, tuvo un pensamiento extraño y
observó las sombras de quienes lo miraban. La mayoría tenían sombras
fragmentadas, típicas de pacientes psiquiátricos, pero entre ellas había
curiosidad y compasión.
La curiosidad era comprensible. Pero,
¿compasión? ¿No sería más lógico sentir irritación por el ruido?
“Kwon Haeim, por favor pase. Entre cuando
suene el pitido”.
La enfermera lo llamó. Se levantó, miró a Yujue,
quien sonrió y dijo:
“Ve solo”.
Al entrar al consultorio, saludó y tomó
asiento. Tras hablar brevemente del clima, el médico preguntó:
“¿Cómo pasó la semana?”.
“Él volvió”.
Una sutil sorpresa cruzó el rostro del médico,
como si no creyera que Yujue estuviera vivo. Tal vez Haeim no explicó bien, y
el médico pensó que Yujue estaba muerto. Pero su sorpresa también tenía un
matiz de duda.
“Es cierto. No estoy loco ni diciendo
tonterías. Está afuera, esperándome”.
Haeim insistió con vehemencia.
“Lo siento, no lo dudé”.
“Ayer, en la academia, casi me violaron, pero
él apareció. Golpeó la cabeza del agresor por mí, y gracias a eso estoy vivo”.
El médico asintió lentamente.
“¿Y luego?”.
“También… tuve sexo con su hermano”.
Haeim desvió la mirada hacia la ventana. Había
una planta de spider plant, y junto a ella, lavandas y geranios medio secos
floreciendo. Las flores le recordaron a las que su madre cuidaba con tanto
cariño. Las muchas plantas que ocupaban un rincón del salón. Esos recuerdos de
una infancia preciosa lo apesadumbraron.
“No eres menor, así que no puedo interferir en
tu vida sexual… pero los medicamentos que tomas pueden causar insensibilidad,
disfunción eréctil o baja libido. ¿Todo estuvo bien?”.
“Estuvo bien. Supongo que fue por el ciclo de
calor”.
Y para manejar el resto del ciclo, se había
inyectado. Como Yuye no estaba, no tuvo otra opción.
Un silencio incómodo llenó el consultorio.
Haeim arrancó una piel muerta junto a su uña. Al hacerlo con cuidado, una gota
de sangre apareció. Los dedos del médico se movían rápidamente, probablemente
anotando incluso ese gesto. Ansiedad, nerviosismo.
“¿Qué más?”.
“¿Más?”.
“¿No pasó nada más? Algo importante”.
La expresión del médico era significativa. Su
sombra tras él titilaba. El médico lo sabía todo. La única explicación posible
era que Yuye le hubiera informado previamente. Sí, esta era una historia que
necesitaba contarse. Una herida que debía abrirse para que el aire la sanara.
“Mamá… murió. No lo sabía. Realmente pensé que
estaba viva. Pero encontré una habitación con sus pertenencias. Todas sus cosas
estaban allí. Una montaña de objetos, la vida misma de una persona. Me di
cuenta de que lo único que queda de alguien que muere es eso”.
Haeim habló con calma, con un tono casi
formal, sin rastro de dolor. Pero sus ojos estaban vacíos, como buscando algo
lejano, y teñidos de rojo, como si hubieran encontrado algo letal.
“Solo… creí que estaba viva. Que había alguna
razón. Que algún día nos encontraríamos. Nadie me dijo que murió. Ni siquiera
él. Esa habitación secreta… no sabía que era una habitación donde la muerte
estaba embalsamada”.
“¿Qué sentiste al saber que tu madre murió?”.
“Quise morir”.
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Realmente quiso morir. El médico guardó
silencio un largo rato.
“La próxima cita es en un mes. Sal y haz la
reserva. Cambié los medicamentos; estos te darán mucho sueño, pero te
acostumbrarás”.
Haeim saludó al médico y salió. Reservó la
próxima cita con la enfermera.
“Yujue”.
Lo llamó, pero no lo vio. ¿Estaría en el baño?
Haeim se sentó y navegó por internet mientras lo esperaba. Pero tras unos 20
minutos, Yujue no regresó.
Su corazón comenzó a latir con ansiedad. Debió
preguntar desde el principio si alguien lo había visto. Pero ya habían pasado
20 minutos; quienes podrían haberlo visto ya habrían terminado sus citas y se
habrían ido.
Primero buscaré en el baño.
Haeim se dirigió al baño más cercano. La
ansiedad creciente era como una tormenta. Algo estaba a punto de pasar. Un
viento negro, cargado de presagios, llenaba el hospital.
“Kang Yujue”.
Golpeó cada puerta del baño, pero no hubo
respuesta. Revisó todos los baños de ese piso. No conforme, buscó en todos los
baños del sexto piso del edificio principal. Su corazón latía con fuerza. Su
pecho era una jaula, y su corazón, un pájaro destrozado intentando escapar.
Cansado de tanto correr, su cuerpo protestaba.
Sentía que el oxígeno no llegaba a sus venas. Haeim se sentó en el suelo,
jadeando.
Perdió a Yujue. Yujue había desaparecido otra
vez. Tal vez esta vez no regresaría. Aparecía y se desvanecía sin hacer ruido.
Quizás debía acostumbrarse a este tipo de despedidas.
No, esto no era el impacto de una despedida.
Que una persona desapareciera como rocío no tenía sentido.
Un día cualquiera que Haeim recordaba.
Extrañamente, Yujue no apareció en la hora del
pase de lista. Haeim, esperando, pensó en todo tipo de cosas, ¿estaba enfermo,
herido, había algún problema en casa? La ansiedad y la curiosidad se mezclaban.
La duda se resolvió rápido.
‘Dicen que Kang Yujue se transfirió otra vez’.
Las palabras de alguien hicieron que el aula
se alborotara. Haeim, sentado cerca de la puerta, escuchó los murmullos.
Yujue apareció al final de la segunda clase.
No había nada diferente en él. Entró, saludó a sus amigos y miró brevemente a
Haeim. Había una emoción caprichosa e indefinible en sus ojos. Haeim,
acostumbrado a su volubilidad, no le dio importancia.
No, Kwon Haeim estaba triste porque Kang Yujue
había mostrado esa expresión. ¿Cómo podía, en ese momento, sentirse al borde de
la muerte y al mismo tiempo lleno de vida por una simple sonrisa de alguien
más?
‘¿Escuché que te vas a cambiar de escuela?’.
Uno de los amigos de Kang Yujue preguntó eso.
No se oyó ninguna respuesta. Haeim quiso preguntarle al amigo de Yujue si era
cierto, pero se contuvo. Todos los amigos de Kang Yujue lo odiaban.
Era natural. Kwon Haeim era el acosador de
Kang Yujue. Era un loco que confundía la amabilidad y la consideración de Yujue
con amor, obsesionándose con él. A pesar de eso, Kang Yujue siempre trataba a
Haeim con amabilidad. Lo rescataba cuando estaba en peligro y siempre le
ofrecía una mano amiga. Para los demás chicos, Kang Yujue era un santo que
cuidaba constantemente de un chico pobre, sombrío y despreciable.
Kang Yujue se iba a cambiar de
escuela.
Kwon Haeim no sabía cómo procesar esa noticia.
Sentía una pizca de alegría y, al mismo tiempo...
¿Qué pasaría si Kang Yujue se iba? Haeim nunca
había considerado esa posibilidad hasta ese momento. O, más bien, era más
exacto decir que había evitado conscientemente pensarlo.
¿Qué pasaría si Kang Yujue dejara de
protegerme? O, mejor dicho, ¿qué pasaría si Kang Yujue me liberara? No
recordaba los eventos del pasado con claridad, y no podía imaginar lo que le
depararía el futuro.
El futuro estaba envuelto en una oscuridad tan
absoluta como la sombra que cargaba Kang Yujue.
Después de eso, Kwon Haeim no pudo dormir
durante tres días. Cada vez que cerraba los ojos, la oscuridad de Kang Yujue se
filtraba lentamente bajo sus párpados.
Deseaba que Kang Yujue no se fuera, pero al
mismo tiempo quería que desapareciera para siempre de su vista. Quería estar
atado a él y, a la vez, ser liberado. Quería encadenarlo y, al mismo tiempo,
dejarlo ir. Haeim sentía que nunca sabría con certeza qué era lo que realmente
quería.
El gatillo de la pistola se desactivó por una
conversación entre Kang Yujue y sus amigos.
‘Cuando te vayas, ¿qué va a pasar con Kwon
Haeim? Al menos gracias a ti podía andar con la cabeza en alto’.
‘No seas tan duro. Es un chico digno de
lástima’.
Kang Yujue, como un santo. Compadeciendo al
acosador pobre y sombrío.
‘¿No crees que podría hacer algo loco cuando
te vayas? Un tipo tan perturbado es capaz de cualquier cosa. ¿Y si saca un
cuchillo y se pone violento? Ten cuidado, no te encuentres con él a solas’.
El amigo de Yujue habló con un tono
despreocupado, como si lo encontrara divertido. El chico parecía esperar que
algo tan monótono como la vida escolar se viera interrumpido por un recuerdo
tan dramático como un asesinato. Diversión, una sombra que brillaba con un
destello de color limón.
‘Si me apuñala, está bien’.
‘Loco’.
“’En serio, no me importaría si me apuñalara.
Si Haeim lo hace, seguramente será porque yo hice algo mal’.
Kang Yujue lanzó una mirada fugaz hacia la
esquina donde Haeim estaba escondido. Haeim creyó que sus ojos se encontraron.
Debía cumplir el deseo de Yujue. Si lo hacía, parecía que tanto atarlo como
liberarse serían posibles.
‘Ser tan perfecto es tu pecado. Que un
psicópata como ese te acose... Ese tipo de chicos no debería estar en la
escuela’.
‘Haeim no es mi acosador. Solo está... un poco
herido’.
Esa noche, Haeim tuvo un sueño. Era tan
confuso y deslumbrante que no podía distinguir qué era. En el sueño, el arriba
y el abajo se invertían, el frente y la espalda se intercambiaban. En medio de
esas imágenes caóticas, Haeim sintió que había recibido una revelación:
Apuñala a Kang Yujue. Si lo haces, él no podrá
dejarte, y al mismo tiempo te liberará.
Tal vez por eso pensó que debía apuñalar a
Kang Yujue antes de que desapareciera, antes de que se desvaneciera. Incapaz de
soportar la intensidad de sus emociones, decidió que debía apuñalarlo.
El teléfono sonó. Kwon Haeim miró el nombre en
la pantalla. Era Jeong Gyein. Contestó apresuradamente, y del otro lado, Gyein
exclamó sorprendido:
—¿Qué pasa? Tu voz suena como si estuvieras a
punto de desmayarte.
Quiso responder que no era nada, pero las
palabras no salían. Solo podía pensar en encontrar a Kang Yujue.
—¿Qué pasa?
“Yujue...”.
Se sentía avergonzado. No podía articular bien
las palabras. Perder a una persona era algo absurdo. No era una tarjeta de
crédito que se lleva en el bolsillo. Entonces, ¿a dónde había ido Kang Yujue?
Tal vez sería mejor ir a esperar frente a la consulta médica. Si se sentaba
allí, como una bandera solitaria, Yujue aparecería, ¿verdad?
—¿Qué pasa con Yujue?
Gyein preguntó desde el otro lado de la línea.
Esta vez, las palabras fluyeron con más facilidad.
“Lo perdí”.
—¿Qué?
“Perdí a Kang Yujue. Salí de la consulta y ya
no estaba. Revisé todo el hospital, pero no lo encuentro. ¿A dónde fue? Tengo
que buscarlo”.
Gyein guardó silencio al otro lado de la
línea. Haeim sintió un pinchazo de ansiedad, como si algo afilado le atravesara
la piel. Algo estaba mal.
“¿Le pasó algo?”.
Pensamientos oscuros y ominosos lo invadieron.
Kang Yujue en la azotea del hospital, desangrándose por una herida en el
abdomen, frotando su rostro contra pedazos de entrañas vomitadas. O tal vez un
accidente de tráfico, con la piel desgarrada sobre el asfalto, un rostro pálido
reducido a un cráneo. O, si no era eso...
“¿Yujue volvió a casa primero?”.
No hubo respuesta desde el otro lado. Una
extraña sensación de incomodidad y desconcierto viajaba a través de las ondas.
Haeim, cada vez más asustado, aferró el teléfono con fuerza.
“¿No está en casa?”.
—Vuelve a casa primero. Ten cuidado en el
camino.
Gyein colgó primero. ¿Volver a casa? ¿No
debería buscar a Yujue primero? Pero, tal vez, Yujue ya estaba en casa.
Haeim tomó un taxi de inmediato. Aunque era
una distancia de solo dos o tres paradas de autobús, estaba demasiado ansioso.
Bajó del taxi y entró corriendo a la casa.
Abrió la puerta de golpe y gritó: “¿Yujue está
aquí?” Esperaba que Kang Yujue estuviera sentado en el sofá, girando la cabeza
hacia él.
Pero, contra sus expectativas, Kang Yujue no
estaba. ¿A dónde había ido? Si Yujue no estaba en casa, ¿por qué Jeong Gyein lo
había hecho volver?
Dejó su mochila en la entrada y se dirigió al
sofá. Le dolía la cabeza. Se sentía un poco mareado y apoyó la cabeza en el
respaldo del sofá. Cerró los ojos con fuerza y un torbellino de colores
vibrantes se desplegó tras sus párpados. Era una visión imposible de atrapar.
“¿Llegaste?”.
Jeong Gyein salió de la cocina. Sostenía una
cuchara grande, como si estuviera cocinando algo. El olor a aceite que llenaba
la casa le provocó náuseas.
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“¿Dónde está Yujue?”.
“Ven y siéntate aquí”.
Gyein señaló el sofá. Estaba preocupado.
Preocupado de una manera que hacía doler los ojos, como si la sombra de su
preocupación fuera cegadora. Que alguien pudiera preocuparse tanto por Yujue
con solo verlo una vez... Realmente, Yujue tenía algo que atraía los corazones
de las personas.
“Tengo que buscar a Yujue”.
“Primero hablemos un poco”.
Haeim se acercó al sofá y se sentó, siguiendo
las palabras de Gyein.
“Cuéntame con calma qué pasó hoy. Sin omitir
nada”.
“Ayer... casi me violan, y luego volví a casa
con mi hermano y...”.
Sí, tuvo sexo con Kang Yuye. Su rostro se
encendió. Se frotó la cara con las manos. Hasta sus manos estaban calientes. No
solo por la vergüenza, sino por algo más, en verdad.
“Y luego... me enteré de que mi madre murió. Yujue
vino, ¿sabes?”.
Todo era vago e incierto, como un barco
fantasma en la niebla. Así supo que su madre había muerto, que todos los
recuerdos que llenaban esa habitación de muerte no eran más que reliquias que,
al llegar a tierra, solo confirmarían la muerte de su madre.
“Fue Yujue quien me dijo que mi madre murió. Mi
hermano, mi hermano Yuye, no dijo nada. Me engañó”.
“¿Qué más pasó?”.
Gyein no respondió, solo siguió preguntando
por lo que ocurrió después. Haeim intentó recordar lo que había pasado.
Extrañamente, cuanto más lo pensaba, más opacos se volvían los eventos de esa
mañana, como manchas grises.
Probablemente era por el impacto de saber que
su madre había muerto. Pensar en las reliquias que llenaban la habitación le
daban ganas de llorar. ¿Habría recogido todas las perlas?
“Cuando supe que mi madre murió, me enojé
porque mi hermano no me dijo nada. Volví al dormitorio y, cuando desperté, Yujue
estaba durmiendo a mi lado”.
Sí, con un rostro pálido, respirando
tranquilamente. Ese rostro, que había estado dormido durante cuatro años, le
resultaba muy extraño. Luego despertó y confirmó de nuevo en la habitación de
la muerte que su madre había fallecido.
¿Qué más hice?
Sí, fui con Kang Yujue al psiquiatra. Después
de la consulta, al salir, Yujue no estaba.
“Cuando salí de la consulta, Yujue no estaba.
Revisé todo el hospital, pero no lo vi. Entonces me llamaste. Te dije que Yujue
no estaba, y me pediste que volviera a casa, así que vine”.
Haeim organizó su mente confusa y habló con
claridad. Gyein suspiró. Detrás de él, una sombra de compasión brillaba
intensamente. ¿Por qué compasión?
“Haeim, no sé cómo decir esto...”.
Gyein finalmente habló después de un largo
silencio.
“No sé qué malentendido tienes, pero poco
después de que vine a trabajar, Kang Yujue volvió al hotel. No ha regresado
aún. Dijo que le tomaría tiempo recoger sus cosas y me pidió que cuidara de ti”.
“No puede ser. Hablé con él, fuimos al
hospital juntos”.
Estaba seguro de que Yujue estaba allí cuando
despertó, que lo había consolado abrazándolo en la habitación de su madre. En
el camino al hospital, sentado a su lado en el autobús, hablando sin parar. La
sombra de Kang Yujue...
Espera, ¿realmente Yujue llevaba esa sombra
oscura, esa oscuridad que lo consumía todo? ¿Esa sombra que ocupaba la mayor
parte de su presencia estaba con él?
Un escalofrío de ansiedad comenzó a surgir
desde lo más profundo de su piel. Yujue estaba en cada escena camino al
hospital. Subiendo al autobús, pasando la tarjeta, mirándolo mientras estaban
de pie, hablando de cosas triviales en el hospital.
Pero esa risa vívida se desvanecía lentamente,
dejando solo un vacío. ¿Realmente Yujue estuvo allí en cada momento? ¿Era real,
tangible?
“Haeim, cuando despertaste, estabas solo,
salvo por mí”.
Las palabras de Gyein hicieron que cada imagen
de Yujue se volviera borrosa. Como una figura de sal disolviéndose en agua, se
desvanecía desde los bordes.
“No, no puede ser. Estaba con Yujue...”.
Su presencia se difuminaba, su sombra se
diluía en un gris ceniciento. Intentó aferrarse a ella, pero no podía
atraparla.
“Saliste solo y volviste solo”.
“Entonces... ¿estoy loco?”.
Oh, claro. Haeim recordó lo que había pasado
en el hospital la última vez. Creyó haber visto a Kang Yujue, creyó estar en
los brazos de Kang Yuye, pero no fue ninguna de las dos cosas. Esta vez no era
diferente. Solo eran los síntomas de su locura.
“Realmente pensé que Yujue estaba conmigo.
¿Cómo pude pensar eso? ¿Cómo, de verdad?”.
“Es por el estrés de lo que pasó ayer. Es una
reacción al estrés”.
“...”.
Gyein intentó consolarlo. Pero Haeim sentía
que se estaba volviendo loco. Solo un loco podía cruzar los mundos, el de las
ilusiones y el de la realidad.
“Puede pasar, es solo una confusión”.
Haeim esbozó una débil sonrisa ante el
consuelo vacío.
“Claro, solo una confusión. Hace calor, estoy
estresado...”.
“Mira lo pálido que estás. ¿Quieres un vaso de
agua?”.
“No le digas nada a mi hermano. Se preocupará”.
“Está bien”.
“Habla en serio, por favor no le digas nada a mi
hermano. Se preocupará”.
“Lo prometo”.
Una sombra verde poco confiable. Haeim dejó a Gyein
y volvió al dormitorio. Se acurrucó en la cama apenas entró.
Al repasar todo lo que había pasado, solo
podía llegar a una conclusión, estaba loco. Pero, pensándolo bien, no era
ninguna sorpresa. Ver las sombras de otras personas ya era algo que solo un
loco podía hacer.
Se levantó y encendió la computadora. Haeim
comenzó a escribir lentamente todo lo que había pasado en la academia el día
anterior. Su mente estaba clara. No podía aceptar que estuviera loco. La idea
de que los locos no saben que están locos resonaba en su cabeza.
Entonces, pensó Haeim, si sé que estoy loco,
¿significa que no lo estoy?
La puerta se abrió y Jeong Gyein entró. Haeim
lo miró fijamente. No podía estar seguro de si era real o una ilusión. De ahora
en adelante, cada aparición de alguien sería una fuente de confusión,
preguntándose si era una fantasía o no.
“Haeim, contesta el teléfono. Es el
presidente”.
Haeim miró fijamente el teléfono que Gyein le
ofrecía. Si lo tomaba, temía que se convirtiera en una rata de laboratorio y
escapara de su mano. O tal vez quería que eso pasara, para no tener que
contestar.
Kang Yuye, el mentiroso. Kang Yuye, el
engañador. Haeim intentó ordenar su mente confundida. ¿Debería odiarlo? ¿Podría
perdonarlo? Esos pensamientos llenaban su cabeza.
—Haeim.
La voz de Kang Yuye tenía esa calidez sutil de
siempre. No era una calidez evidente como la del sol. Era una calidez que no se
obtenía fácilmente, como la de un tronco que conserva el calor del día incluso
después de que el sol se ha puesto, una calidez completada solo por la
paciencia y el tiempo.
—Haeim, ¿me escuchas?
Haeim no respondió, solo imaginó el rostro de Yuye.
Seguro tenía una expresión fría pero serena. ¡Engañador! Algo en su mente
gritaba con furia. ¡Destructor!
—¿Haeim?
La voz de Yuye al otro lado del teléfono lo
trajo de vuelta a la realidad.
“Te escucho”.
Respondió claramente. De repente, recordó esa
noche, cuando pisó los fragmentos de cristal.
A Haeim le gustaba que Kang Yuye lo
compadeciera. La forma en que lo consolaba con lástima lo hacía sentir al borde
de la muerte. No sabía qué era ese sentimiento, pero era tan intenso y
aterrador que pensó que moriría por él, o que tal vez ya estaba muerto.
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—¿Estás bien?
“¿Qué?”.
Su respuesta fue algo cortante, y el otro lado
del teléfono quedó en silencio.
—Volveré en tres días.
“¿Debería agradecerte?”.
—¿Qué?
“Digo, ¿debería agradecerte por decirme cuándo
volverás?”.
No quería enojarse con Kang Yuye. Pero al
final, le lanzó palabras afiladas. Su corazón era como la cuerda de un arco
tensada al máximo. Su razón entendía por qué Yuye había ocultado la muerte de
su madre. Pero su corazón no podía aceptarlo.
—Lo de tu madre...
“Lo entiendo. De verdad lo entiendo. No
necesitas explicarte”.
—¿Explicarme?
“Vas a decir que lo hiciste por mí, ¿verdad?
No hace falta, lo sé. Sé por qué ocultaste la verdad”.
—Haeim.
“Está bien, de verdad. No necesitas decir que
todo está bien”.
El otro lado del teléfono quedó en silencio. Yuye
debía estar molesto. Pero no importaba. Ese día, Haeim estaba demasiado agotado
para preocuparse por los sentimientos de los demás. Especialmente por los de
Kang Yuye.
—No llores.
La voz al otro lado era baja. No llores. Esas
palabras rasgaron el corazón de Haeim. La herida sangró, goteando al suelo. Y
al mismo tiempo, las lágrimas que colgaban de su barbilla cayeron al piso.
No llores era como un hechizo mágico. Un
hechizo que hacía llorar a las personas. Con las lágrimas, todas las palabras
que quería decirle se evaporaron.
—Haeim.
“...”.
Esa voz gentil. Las lágrimas seguían cayendo.
Era como si una tormenta rugiera dentro de él. Un torbellino feroz que lo hacía
tambalearse, incapaz de mantenerse en pie.
“Hermano, ¿es verdad que mi madre murió? Dime
que es mentira. Dime que es una mentira. Que mi madre está en un lugar lejano,
donde florecen las flores de naranjo, esperándome”.
—Haeim.
“¿Está viva, verdad? ¿Verdad?”.
—Si lloras, tu madre se sentirá triste.
“Cuando alguien muere, todo termina, ¿no?
¿Cómo va a saber mi madre que estoy llorando? Cuando mueres, no queda nada.
Solo es el fin”.
El otro lado del teléfono estaba en silencio.
Haeim no podía saber qué pensaba Kang Yuye. Ni quería saberlo. Solo deseaba que
ese dolor se desvaneciera.
“Creo que nunca podré confiar completamente en
ti de nuevo. La muerte de mi madre no es lo único que me ocultas, ¿verdad?
Seguro hay más cosas, cosas más aterradoras que estás escondiendo”.
—Tienes razón.
Yuye lo admitió. Haeim sintió que una parte de
su corazón se derrumbaba. Por esa grieta, la lluvia y el viento irrumpieron sin
piedad. La tormenta interna chocó con él, y sintió que su existencia se
desmoronaba poco a poco.
—Pero quiero que sepas, Haeim. Mis secretos no
te harán daño. No, no dejaré que mis secretos te hagan daño. Pase lo que pase,
yo, Haeim...
Haeim colgó el teléfono sin dejar que Yuye
terminara.
