Parte 1

 


Parte 1

Hay un chico. Un chico que creía estar completamente abandonado por todos, incapaz siquiera de pensar en formar vínculos con alguien. Para ese chico, el mundo no era más que una sucesión indiferente de estaciones. El sol salía, la luna se alzaba, las flores se marchitaban, esas flores se convertían en barro, las hojas que una vez fueron exuberantes también se transformaban en barro, enterradas durante el invierno para luego florecer nuevamente como flores y hojas. Solo el paso del tiempo, efímero y fugaz.

Para ese chico, ¿qué significó el encuentro con su doble? O mejor dicho, ¿puede siquiera llamarse a su relación la de un original y su doble? Tal vez un doppelgänger, o quizás… una sombra. Una sombra profunda, como una mina oscura donde la luz se ha apagado. Una sombra tan profunda, como una mina venenosa de la que no se puede salir sin un canario, siempre lista para absorberlo todo.

(N/T: Doppelgänger: Persona que se parece mucho a otra sin tener parentesco biológico.)

Quizás el chico pensó que había encontrado al único ser con el que podía ascender por el túnel de la mina. Pero era un demonio hambriento. El chico, ingenuamente, no se dio cuenta hasta llegar a la entrada de la mina de que ese ser era un demonio que mordería su cuello. Así que, para escapar del hambre de ese demonio, lo apuñaló.

Y luego está otro chico. La primera mitad de su vida estuvo marcada por la carencia y la violencia, y de eso aprendió algunas lecciones. Tal vez el temperamento innato de este chico, combinado con las lecciones que había aprendido, lo hicieron más fuerte.

En la oscuridad, en un suelo apenas formado por el polvo acumulado, las raíces de este chico se hundieron y florecieron. Los pétalos de su flor eran una oscuridad como la de una sombra. Sin embargo, esa flor, bajo la luz, tenía un color tan hermoso que podía cautivar a cualquiera.

Para este chico, también, ¿qué significó el encuentro con su doble? Un doble nacido al mismo tiempo que él, pero separado en dos cuerpos por un capricho del destino. O tal vez… una sombra. La nostalgia que sentía, o más bien, el hambre, era algo más primordial, algo que parecía no poder saciarse a menos que se convirtiera en un demonio devorador. Así que ascendió por el oscuro túnel, listo para morder el cuello de su contraparte.

Esa era su relación. La de ambos.

Kang Yujue estaba frente a él. A su lado, un violador yacía desplomado, con la cabeza rota, sangrando y con el cerebro expuesto. El bate de béisbol en su mano estaba roto, y la sangre había salpicado hasta su rostro. La sangre roja en su pálido rostro blanco parecía una escena de tragedia.

Kwon Haeim miró a su doble. Sí, alguna vez creyó que Kang Yujue era su doble. Nacidos al mismo tiempo, destinados a morir juntos. Ese doble ahora aparecía como un salvador en este lugar. También hubo un momento en que pensó que podía ser un doppelgänger, idéntico salvo por su apariencia.

Es extraño. ¿No estaba muerto Kang Yujue? O, al menos, ¿no estaba sumido en un sueño tan profundo que era casi como la muerte? Racionalmente, el chico frente a él solo podía ser una ilusión. Pero, ¿podría una ilusión blandir un bate de béisbol y destrozar la cabeza de un violador?

“¿Haeim, estás bien?”.

La ilusión susurró. ¿Y si no fuera una ilusión?

Entonces sería una pesadilla. Una pesadilla nacida porque se quedó dormido en el almacén. El intento de violación, con el agresor cubriendo su rostro con una bolsa de plástico, y Kang Yujue apareciendo para matar al violador… todo eso formaba parte de una pesadilla. Quería que fuera parte de una pesadilla.

“¿De verdad estás bien?”.

“¿Eh?”

“Que si estás bien”.

Kang Yujue, con su mano blanca y delgada, le acarició el cabello y susurró con ternura. Kwon Haeim sintió cómo su cuerpo se tensaba con ese susurro. No importaba cuán suave fuera su voz o sus gestos.

Su voz era como un pastel de castella que se derrite en la boca. Temía que, si lo probaba, se volvería adicto a su dulzura. Sabiendo que esa dulzura era, en realidad, veneno. Kwon Haeim reprimió con esfuerzo el impulso de apoyarse en esa voz.

“Mi Haeim”.

Un dedo tocó ligeramente su barbilla. Parecía que iba a besarlo. En ese momento, la realidad lo golpeó.

No es una pesadilla.

Kwon Haeim tembló de pies a cabeza.

El Kang Yujue frente a él era real. No era una imagen residual dejada por una ilusión. Estaba confundido, sin saber si debía huir de él o abrazarlo para compartir la alegría del reencuentro y la recuperación. No, no lo abrazaría. Si lo hacía, los sentimientos del pasado seguramente resurgirían.

En última instancia, Kwon Haeim se reunió con Kang Yujue en un estado lamentable, sudoroso, con el rostro pálido de miedo, temblando de terror, con la ropa manchada de semen del violador.

“¿Estás bien?”.

‘Estoy bien’, respondió en su imaginación. En la realidad, solo lo miró atónito. Kang Yujue era más alto que antes, cuando yacía moribundo en un charco de sangre. Sus rasgos eran más afilados, y la suavidad de su adolescencia había desaparecido.

¿Puede una persona muerta crecer? No, Kang Yujue no murió entonces. Sobrevivió, pero debido a un paro cardíaco prolongado, nunca despertó del coma. Eso era todo lo que Kwon Haeim sabía. En las cartas llenas de odio que ocasionalmente recibía del jefe, Kang Yujue era descrito como una muñeca que necesitaba que otros hicieran todo por él.

¿Es hermoso el Kang Yujue de ahora? Sí, lo era. Tan hermoso como lo fue en el pasado.

“Ha pasado tiempo”.

Se preguntó si era apropiado intercambiar saludos en esta situación. ¿No debería hacer algo rápidamente? Pero, ¿qué debía hacer?

“S-sí”.

Lo único que pudo hacer fue responder al saludo de Kang Yujue.

“¿No te alegras de verme? Tu reacción es un poco fría. Me decepciona, Haeim”.

“También me alegra verte”.

Como si estuviera hechizado, intercambió saludos formales con él. Intercambiar saludos tan banales frente a una persona que yacía con la cabeza rota era excesivamente inhumano.

Kang Yujue había destrozado la cabeza de una persona. El violador podría morir por este ataque. Si eso ocurría, él se convertiría en un asesino.

Al pensar que Kang Yujue podría convertirse en un asesino, Kwon Haeim recobró la cordura. Imágenes de ser arrestado, enfrentándose a un juicio, yendo a prisión, incluso sentado en una silla eléctrica, pasaron rápidamente por su mente. No, ¿era la horca en Corea?

Kwon Haeim no quería que Kang Yujue pasara por eso.

“¡La policía, hay que llamar a la policía!”.

Despertó de golpe y buscó torpemente su teléfono. Sus manos temblaban. No recordaba dónde lo había dejado. Rebuscó en su mochila sin pensar. Finalmente, encontró el teléfono en el fondo.

112, 112.

Intentó marcar el 112, pero seguía presionando los números equivocados.

“Haeim, primero hay que llamar al 119. ¿Quieres que esta persona muera?”.

Kang Yujue tocó su mejilla y dijo. Kwon Haeim sintió un escalofrío ante ese gesto dulce que no encajaba con la situación. No podía morir. Había que detener la hemorragia, pero al tratarse de una herida en la cabeza, no sabía cómo proceder.

“¿119?”.

“El 119 llamará a la policía también”.

Hablaba con calma, pero Kwon Haeim estaba aterrorizado. Con dificultad, marcó el 119. Tartamudeando, explicó lo sucedido y suplicó que enviaran una ambulancia rápido. También mencionó que la policía debía venir.

Tras colgar, Kang Yujue dejó el bate de béisbol en el suelo. El bate rodó por el piso del almacén. Kwon Haeim se preocupó por si estaba bien tratar así la evidencia, pero a Kang Yujue no parecía importarle.

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“Te extrañé”.

Intercambiar saludos tan tranquilos en esta situación era extraño, pero de alguna manera parecía permitido. Todo era irreal, así que hacer cosas irreales no parecía traer consecuencias.

“Soñé contigo constantemente. Durante mucho tiempo”.

‘No fui yo’, quiso decir Kwon Haeim, si tuviera el valor. ‘No, si te hubiera extrañado, no te habría apuñalado así’. Pero lo único que pudo decir fue un débil:

“S-sí”.

“En mis sueños, siempre estabas sonriendo…”.

La mano fría de Kang Yujue tocó su mejilla. Su pulgar rozó bajo sus ojos. Lo que se adhería pegajosamente era, sin duda, una lágrima.

“Ahora, ¿por qué estás llorando así, todo deshecho? Esto me rompe el corazón”.

Una voz gentil. Nunca había imaginado un reencuentro, así que no sabía cómo enfrentar esta situación. Hay muchas formas de volver a encontrarse con alguien, pero no así. No de una manera que convirtiera a Kang Yujue en un asesino.

“¿No vas a sonreír?”.

Kwon Haeim apartó la mano de Kang Yujue. Este miró su mano rechazada y soltó un ‘¿Eh?’ lleno de incredulidad.

“¿Por qué volviste?”.

Lo dijo con la mayor frialdad y agudeza posible, como si lo estuviera interrogando. Pero, contrariamente a su intención, su voz salió débil y sin fuerza. Tomó aire de nuevo.

“Hablas como si me odiaras, eso me hiere”.

“De verdad, ¿por qué volviste?”.

“Para verte. Si no fuera por ti, ¿por qué habría vuelto?”.

La voz de Kang Yujue, distinta a la de su adolescencia, era baja y extremadamente suave. Palabras dulces fluían de sus labios bien formados. El dulzor de su voz disipó el olor a sangre que llenaba el pequeño almacén.

“Ven aquí”.

“No quiero”.

Pero, a pesar de sus palabras, el cuerpo de Kwon Haeim obedeció fielmente la orden de Kang Yujue. Fue atraído hacia sus brazos abiertos. Había visto a Kang Yujue varias veces. Él decía que lo veía en sueños, pero Kwon Haeim lo había visto en la realidad.

A veces, Kang Yujue estaba en una esquina. Cuando doblaba la esquina para seguirlo, desaparecía. En ocasiones, estaba en lugares donde no debería estar. En el aire, al otro lado de la azotea de un edificio desconocido. Aunque sabía que perseguirlo lo haría caer, a veces quería dar un paso hacia el vacío.

“Mentiroso”.

Kang Yujue susurró mientras lo abrazaba con ternura.

“Tú también me extrañaste”.

“No”.

¿Realmente no lo extrañó? No lo sabía. Todo era confuso y borroso. Recordó las cosas que Kang Yujue había hecho, las palabras que había dicho.

‘Tú solo me tienes a mí. Solo yo… pienso en ti. En este universo’.

Esa inconstancia.

“S-sob…”.

Desde el suelo, se escuchó el sollozo de una persona moribunda. Kwon Haeim tembló de miedo. El violador, al que creía muerto, le agarró el tobillo. Al mirar hacia abajo, vio la sangre brotando de su cabeza. El hombre se retorcía, y esos movimientos indicaban que su vida se apagaba.

Estar en la misma habitación que una persona moribunda le dio náuseas. Pisoteó frenéticamente la mano del hombre para liberarse. Empujó a Kang Yujue y corrió hacia una esquina del almacén a vomitar. No salió nada. Mientras vomitaba, temió estar contaminando la escena del crimen.

Kang Yujue se acercó y le acarició la espalda. Su toque era cálido y natural. Aunque tenía una mano tan cálida, Kang Yujue a menudo hacía cosas con él que no lo eran. Y ahora, con esa misma mano, lo había sacado del abismo.

Esta vez, esa mano había salvado a una persona… y matado a otra.

“No morirá”.

Habló como si supiera de qué tenía miedo. Mientras se limpiaba la boca con la manga, Kang Yujue le dedicó una sonrisa indescriptiblemente hermosa.

“No te dejaría tener miedo, yo que te salvé”.

Kwon Haeim estaba aterrorizado. Pero no pudo decir a ese rostro sereno: ‘Me das miedo’. Su corazón era demasiado débil, y Kang Yujue aún lo tenía cautivado con su peculiar influencia.

Desde fuera, se escucharon pasos apresurados. Kwon Haeim corrió a la puerta y la abrió con alivio. Eran los paramédicos. Sin inmutarse por la escena, comenzaron a atender al violador de manera mecánica. Aunque decir ‘atender’ no era del todo correcto, pues aún no estaba muerto.

“Policía”.

Como era de esperarse, un hombre con uniforme de policía se acercó. Al escuchar ‘policía’, Kwon Haeim se agarró el pecho. Todavía le temía a la policía. Al notar su miedo, Kang Yujue lo escondió detrás de él.

“Fui yo. ¿Qué debo hacer?”.

“¿Qué? ¿Viste a alguien intentando violar a alguien y lo atacaste? Normalmente, tomaríamos tu declaración aquí, pero… dadas las circunstancias, ambos tendrán que venir con nosotros”.

El policía habló con un tono informal, como si estuviera regañando a un niño. Kang Yujue asintió obedientemente, sin molestarse por el tono. Kwon Haeim agarró la ropa de Kang Yujue. Como para tranquilizarlo, Kang Yujue le apretó la mano con fuerza.

“Solo yo iré a la comisaría. A este chico pueden interrogarlo después. Es la víctima y está muy asustado. Necesita ir al hospital”.

Su voz era tranquila y segura. Kwon Haeim no entendía de dónde sacaba tanta confianza. Claramente, lo acusarían de asalto grave. No era la víctima directa, así que no podía alegar defensa propia, y las heridas del agresor eran severas. Pero Kang Yujue parecía imperturbable.

“Ambos vendrán a la comisaría”.

“Un momento, necesito hacer una llamada”.

Kang Yujue se apartó a un rincón y marcó un número. El policía puso cara de incredulidad, pero esperó a que terminara. Kang Yujue regresó pronto con el teléfono.

“Tome”.

“Vaya, esto es increíble. ¿Es un abogado? Abogado o no, ambos vienen”.

“Tome. Es un congresista”.

¿Congresista? ¿Quién? Kwon Haeim encontró la presencia de Kang Yujue extraña. Aparecer después de tanto tiempo y mencionar a un congresista. ¿Cómo conocía a alguien así?

Cuando le pasó el teléfono, el policía lo miró de pies a cabeza. Con una mano en la cadera, tomó el teléfono con arrogancia.

Al instante siguiente, la expresión del policía cambió. Se encorvó, repitiendo ‘Sí, sí’ con el rostro pálido.

“Eh… por ahora, solo el estudiante irá a la comisaría. La víctima puede ir al hospital”.

Su tono se volvió extremadamente cortés. Kwon Haeim estaba desconcertado por el cambio, pero más preocupado por Kang Yujue. No, no era preocupación. Era la inquietud de alguien que siente la llegada de una tormenta.

“Ve al hospital. Yo iré pronto”.

Ante la despreocupada respuesta de Kang Yujue, Kwon Haeim solo pudo asentir.

 

Kang Yuye llegó al hospital Daesung pasadas las 5:20 de la tarde. El hospital, como siempre, olía a un inquietante aroma metálico. El olor a hierro oxidado, a máquinas desgastadas. Ese olor acre parecía proclamar que las personas y las máquinas no eran tan diferentes.

Choi Hyeong-cheol sostenía el brazo derecho de Kang Yuye. Este se soltó y dijo: “Ya está”. Como si lo estuviera esperando, Jeong-sik se acercó y apoyó el brazo de Kang Yuye, guiándolo en la dirección que indicaba.

“Está en cirugía de emergencia. Tiene el cráneo fracturado. Según Lee Hwan-yeon, intentaron violar a Haeim, pero Yujue lo descubrió y lo golpeó en la cabeza con un bate de béisbol. El intento de violación no se consumó, eso dijo”.

Jeong-sik explicó con calma.

“Intentaron cubrirle la cara con una bolsa de plástico para que no lo reconocieran. La escena del crimen se dejó intacta, aunque con tanta gente alrededor, probablemente esté contaminada. Sin embargo, el intento de violación puede probarse. El problema es Kang Yujue. La víctima está gravemente herida, no sabemos cómo terminará esto”.

“¿Y Haeim?”.

Kang Yuye lo interrumpió. Jeong-sik, que había estado recitando los hechos, cambió de tema.

“Ya debe haber llegado”.

“Tu compañero estará bien. Tu verdadero hermano destrozó la cabeza del agresor antes de que pudiera hacerle algo. No tenías que salir corriendo así, haciendo un escándalo durante tu chequeo. ¿Qué habrá pensado el doctor Yu Dak?”.

Choi Hyeong-cheol habló con una mezcla de burla y reproche. Kang Yuye arrugó un paquete de cigarrillos vacío en su bolsillo. Choi Hyeong-cheol notó el gesto y sacudió la cabeza.

“Tu camisa está hecha un desastre. Te arrancaste el suero y terminaste cubierto de sangre. ¿Quién se arranca un suero así? No podías esperar a la enfermera esos pocos segundos”.

“…”.

“No quedaba mucho. Menos de media hora. Podrías haber terminado el tratamiento. Somos las víctimas. Las víctimas pueden llegar un poco tarde”.

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Kang Yuye no respondió al gruñido de Choi Hyeong-cheol. Este, acostumbrado a su silencio, siguió hablando sin esperar respuesta.

“Tenía un mal presentimiento. Pensé que los resultados de tu chequeo serían malos. Pero que sea por tu compañero, un intento de violación… qué mala suerte”.

“Ahí está Haeim. La familia del agresor lo está amenazando”.

Jeong-sik señaló. Kang Yuye no podía ver la escena, pero, como dijo Jeong-sik, un hombre, probablemente de la familia del agresor, agarraba a Haeim por la ropa y lo zarandeaba. Haeim, visiblemente débil, no podía mantenerse firme.

“Parece que van a golpear a Haeim”.

Jeong-sik lo explicó con honestidad.

“¿Entonces qué haces aquí parado? Ve a detenerlo”.

A la orden de Kang Yuye, Jeong-sik se apresuró y separó al hombre de Haeim. La familia del agresor gritaba furiosa, pero Jeong-sik lo protegía sin inmutarse.

Kang Yuye no podía ver nada de esto. Lo único que percibía eran algunos destellos de color en la penumbra. Pero la voz de la familia del agresor era clara, llena de excitación y repleta de insultos feroces.

“¿Tú y ese tipo se pusieron de acuerdo para arruinar a mi hijo, verdad?”.

Una voz cruel y vil, como si perforara los oídos.

“¿Violación? ¿Qué tienes de especial para que mi hijo quiera violarte? ¿Porque eres guapo? Hay un límite para acusar a alguien de ser un criminal. Mi hijo está ahí, con la cabeza destrozada, entre la vida y la muerte. ¿Eso tiene sentido?”.

“P-pero de verdad…”.

La voz de Haeim temblaba notablemente.

“Intentó violarme. Me puso una bolsa de plástico en la cara para que no lo reconociera… así intentó violarme”.

“¿Y qué tienes de especial para que él haga eso? ¿Porque eres un omega? Aunque los omegas sean raros, no son algo que no se pueda comprar con dinero. ¿Por qué mi hijo iba a violarte? ¿Dices que fue una pelea? Estabas molesto por una pelea y quisiste arruinarlo, ¿verdad? Destrozándole la cabeza”.

“No es cierto”.

Una voz llena de indignación y miedo. Kang Yuye se acercó hacia la voz. Jeong-sik ya los había separado, y la familia del agresor gritaba.

“¿Qué haces empujándome? ¡Golpéame, vamos! La policía llegará pronto, ¡golpéame! Mi hijo está ahí, entre la vida y la muerte, ¡golpéame! Dime, ¿por qué lo golpeaste? Fue por una pelea, ¿verdad? ¿Le pusiste una trampa?”.

“Ven aquí”.

Kang Yuye llamó a Haeim. Este se acercó lentamente y se refugió en sus brazos. Kang Yuye acarició al chico tembloroso. Sus hombros temblaban, y una humedad se sentía en su ropa. El olor metálico a sangre y semen lo golpeó. Era un olor familiar, fácil de identificar.

“¿Qué es esto, un ciego?”.

El hombre escupió con desprecio. Kang Yuye, sin responder, apretó con más fuerza a Haeim en sus brazos.

“Tranquilo. Yo me encargo”.

“Sangre… hay mucha sangre”.

“No tengas miedo. Yo lo resolveré”.

“No, es tu muñeca, está cubierta de sangre”.

“No es nada”.

¿Cómo podía preocuparse por la muñeca de otra persona después de casi ser violado y estar en una escena de violencia tan brutal?

“Está muy manchada”.

“Preocúpate por ti mismo ahora”.

Kang Yuye habló con un tono algo seco. Haeim se encogió en sus brazos, como si estuviera asustado. Al darse cuenta de que su tono fue demasiado frío para un chico ya aterrorizado, se disculpó honestamente.

“Lo siento. No estoy enfadado”.

“No, no pasa nada”.

El cuerpo que tocaba su pecho estaba caliente. Parecía que tenía fiebre. Era una reacción corporal natural, ya que los niños pequeños a menudo desarrollan fiebre solo por estar asustados.

“Entonces, ¿qué relación tienes con ese ciego? ¿Alfa y omega? ¿Pareja marcada? Parece que pensaste en engañar a tu amante ciego y armar algo bien gordo, ¿crees que somos tan fáciles de burlar?”.

Ignoré el tono sarcástico. Kwon Haeim levantó la cabeza desde su regazo. Al girar su cuerpo hacia el hombre, se percibió un leve resplandor rojo y rosado.

De repente, sintió el impulso de ver a Kwon Haeim. Un niño vestido de rosa. Aunque no podía verlo, podía imaginarlo.

En algún momento, aquella noche, ese rostro que había sentido probablemente estaría empapado de lágrimas. El rostro que solo percibía a través del tacto de sus dedos, como si leyera braille, le había transmitido innumerables significados.

“¿De verdad intento violarme… me puso una bolsa de plástico en la cabeza e intento violarme?”.

La voz que ahora protestaba al hombre era más firme de lo que esperaba. Estaba recordando lentamente, confirmando los hechos.

“Estaba descansando en el almacén cuando de repente entró. Entró de repente y me puso una bolsa de plástico en la cabeza, así que al principio no sabía quién era. Es lógico, ¿no? Solo lo había visto una vez, y aunque tuvimos una pelea, no fue algo serio. ¿Quién iba a pensar que alguien intentaría violar a una persona normal por algo así?”.

“¿Y luego?”.

Como buen abogado, Choi Hyungcheol lo apuró. Ante sus palabras, el cuerpo en sus brazos se tensó.

“No podía respirar… realmente pensé que iba a morir porque no podía respirar, así que ni siquiera me di cuenta de que intentaba violarme. Solo sentía que no podía respirar, que me asfixiaba. Solo pensaba en respirar. No noté que intentaba quitarme la ropa, ni que tocaba mi… bueno, mi parte baja…”.

Kwon Haeim se detuvo. Al verlo esforzarse por organizar la situación sin caer en la confusión, era evidente cuánto lo estaba intentando. Era un niño de corazón débil. Su estado mental no era bueno. Pero ahora, estaba haciendo un gran esfuerzo para recordar esa situación horrenda y testificar.

“De repente, mis brazos quedaron libres. Gracias a eso, pude quitarme la bolsa. Cuando entendí lo que pasaba, mis hombros y mi pecho estaban cubiertos de sangre”.

“Ya no necesitas explicar más. La policía te lo preguntará, así que guárdalo para entonces. Por ahora, ahorra tus palabras. Pensar cómo lo dirás ya es suficiente”.

Kang Yuye detuvo a Kwon Haeim con calma. Hay escenas que se vuelven más claras al pensarlas y expresarlas en palabras. Probablemente, el recuerdo de un intento de violación era de ese tipo. Aunque era la víctima, estaba claro que la policía lo acosaría toda la noche, y si su testimonio variaba aunque fuera un poco, lo atacarían sin piedad.

Dado que la víctima había sufrido heridas graves, lo mejor sería resolverlo con dinero si era posible. Pero ya se había denunciado a la policía, y ellos no soltarían fácilmente a este joven omega.

“Sí, habla con la policía. Es mejor que ahorres palabras”.

La voz era tranquila. Sin embargo, el olor de los feromonas transmitía miedo. El aroma frío era mucho más gélido, amargo y cortante de lo habitual, haciendo que el corazón se estremeciera. Un mal presentimiento lo invadió.

“Mírame un momento”.

Choi Hyeong-cheol le dio un golpecito en el hombro. Kang Yuye soltó a Kwon Haeim y lo siguió.

“Esto no será fácil, ¿verdad? Parece que está muy herido. El médico acaba de decir que podría haber secuelas graves”.

“Qué bien”.

“¿Qué tiene de bueno?”.

“Que tienes trabajo que hacer”.

“¡Oye, presidente, eso es demasiado!”.

Choi Hyeong-cheol gritó. Sin hacerle caso, Kang Yuye se giró y se acercó de nuevo a Kwon Haeim. Lo abrazó y liberó sus feromonas en silencio. Cuando alguien está aterrorizado, las feromonas de la pareja marcada pueden ser de ayuda.

Kwon Haeim respiró profundamente. Al intentar controlar a la fuerza las feromonas que no podía manejar bien, Kang Yuye sintió un mareo. Apretó los dientes para que nadie lo notara.

“La cabeza de una persona no es una sandía. Qué tipo tan cruel. Debería jugar al béisbol, habría sido su vocación”.

Choi Hyeong-cheol regresó y lo confirmó de nuevo.

“Ese chico, Kang Yujue”.

Ese chico. Kang Yujue.

Aunque ya lo sabía, para Kang Yuye, el nombre Kang Yujue era bastante extraño y difícil. Escuchar ese nombre de los labios de Kwon Haeim era como escuchar el nombre de una capital extranjera.

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“Yujue lo hizo”.

Hace tiempo, había un chico. A los diecisiete años, en verano, un chico que cayó en un sueño largo y profundo. Apuñalado en el estómago por un compañero de clase y abandonado en la azotea de la escuela, cuando lo encontraron, el chico intentaba desesperadamente contener parte de sus intestinos que se salían. Era solo un acto instintivo de supervivencia, el chico ya había perdido el conocimiento.

Y después, las hojas secas cayeron sobre sus párpados cerrados, y la nieve también cayó, pero el chico no abrió los ojos. Los médicos decían que no sabían cuándo despertaría. Algunos decían que podría morir sin abrir los ojos nunca. Otros decían que, debido al tiempo que su corazón estuvo detenido, probablemente habría daños cerebrales, y que incluso si despertaba, quedaría con discapacidades. El chico, como si asintiera a sus palabras, seguía en silencio.

Kang Yuye no pudo conocer al chico. O, mejor dicho, lo conoció, pero no pudo verlo. Cuando decidió encontrarse con él, el chico ya había sido trasladado a Estados Unidos por su padre. Incluso cuando su padre murió en un accidente y la herencia se dividió en dos, el chico no despertó.

Kang Yuye, incapaz de ver a su hermano menor, lo dejó al cuidado de una persona de confianza. Finalmente, recibió la noticia de que su hermano había recuperado la conciencia, comenzado la rehabilitación, casi la había completado y regresado a Corea.

Ese chico de antaño ahora era llamado ‘ese chico’ y ‘Kang Yujue’ por los labios de Kwon Haeim.

“Cuando me quité la bolsa de plástico… olía. La sangre salpicó por todas partes y me empapó, pero además de la sangre, había otro olor, algo… olía mucho. Era tan pesado que quería empujarlo, pero no podía”.

El chico, que intentaba desesperadamente mantener la calma, parecía perdido en su propio mundo. Temblaba como si reviviera esa escena. La voz que antes explicaba los hechos ahora se retorcía, se perdía y se volvía confusa. En el lugar donde el miedo había estado, quedaron palabras fragmentadas.

“Era tan pesado, olía tanto y era tan pesado. Cuando lo empujé y vi, había tanta sangre, estaba tan mojado. Sin darme cuenta, retorcí mi ropa y la sangre manchó mis manos, había sangre”.

Palabras atropelladas. Palabras que bailaban sin control.

Con la vista de Kang Yuye, no podía distinguir la sangre de la ropa. Así que no tenía forma de saber cuánta sangre había. Solo pensó, de manera absurda, que si había tanta sangre, hasta los huesos estarían empapados de ella. Y calculó fríamente que limpiar esa sangre, es decir, curar las heridas, llevaría mucho tiempo.

“Entonces, ¿dónde está Kang Yujue? Dicen que rompió el cráneo del tipo que intentó violarte de un solo golpe. Oh, debe estar en la comisaría”.

Dijo Choi Hyeong-cheol. Como en respuesta, se escucharon pasos arrastrándose. Por el sonido, era evidente que cojeaba. Sin embargo, ocultaba su debilidad con pasos lentos, así que la mayoría probablemente pensaría que caminaba con mucha elegancia.

“Hola”.

Una voz desconocida. Kang Yuye sintió cómo Kwon Haeim, en sus brazos, se tensaba de repente. Él ya había sido informado de todo lo que había pasado entre ellos. La relación entre Kang Yujue y Kwon Haeim no podía explicarse en pocas palabras.

“¿Acabas de llegar a Corea y ya armaste un lío?”.

Dijo Choi Hyeong-cheol mientras le ofrecía un apretón de manos.

“¿Qué lío? Solo protegí a Haeim”.

Su tono despreocupado llevaba una risa.

“Es la primera vez que nos vemos, hermano”.

Kang Yuye, sin responder, giró la mirada hacia Kang Yujue. Todavía no había corregido la costumbre de girar la cabeza hacia donde venía el sonido. Frente a él, se acercaba un color oscuro y sombrío.

“Kang Yujue”.

“Suena raro que me llames por mi nombre completo. Parece que soy un extraño. Somos hermanos, ¿no?”.

“…”.

“¿Por no poder ver mi cara te siento lejos?”.

Y una risa.

“Es la primera vez que nos vemos así, con los ojos abiertos. Oh, lo siento, no quería decirlo así. Suena como si yo fuera el único con los ojos abiertos. Oh, de verdad, no quería decirlo así. Mi centro del lenguaje no está del todo recuperado, por eso cometo estos errores”.

Kang Yuye no reaccionó al ‘error’ de su hermano.

“¿No quieres darme la mano?”.

“No te veo”.

“Tengo la mano extendida. Quiero estrechar la tuya, hermano”.

Ante la respuesta seca, Kang Yujue tomó su mano primero. Kang Yuye lo miró fijamente en silencio.

“¿Estás jugando mientras alguien está al borde de la muerte? ¿Eres tú? ¿El que dejó a mi hijo como un inválido?”.

El hombre del lado del agresor se acercó gritando. Parecía que era la primera vez que veía a Kang Yujue. Como era de esperar, debía haber estado en la comisaría. Pero no había forma de que la policía lo hubiera liberado tan rápido. También era extraño que no hubiera policía en el lugar.

“¿De dónde vienes? No es posible que la policía te haya soltado tan pronto”.

Preguntó Choi Hyeong-cheol con una voz llena de curiosidad.

“Eh… Fui a la comisaría y luego tuve que encontrarme con alguien. Hace tiempo que no venía a Corea, así que tengo más contactos de los que esperaba. También hay gente que quiere verme de repente. Pero, para que lo sepas, no son personas que tú conozcas”.

Kang Yujue respondió con diligencia incluso a lo que no le preguntaron. Había algo sospechoso, pero Kang Yuye no podía precisar qué. Solo su instinto de ciego le decía que algo era extraño.

“Responde, ¿eres tú o no?”.

El hombre, que no había dejado de gritar, rugió.

“Solo detuve a alguien que intentaba violar a una persona. Probablemente Haeim habría muerto. Si hubiera llegado un poco más tarde, no sería un intento de violación, sino un asesinato. En cierto modo, ¿no salvé una vida?”.

La voz de Kang Yujue era algo alegre. No parecía alguien que acababa de romper un cráneo como si fuera una sandía.

“¿Qué? ¿Qué locura es esa? ¿Estás diciendo que hiciste bien?”.

“No dije nada malo, ¿verdad?”.

Cada frase terminaba con una risa. Esa risa cristalina otorgaba veracidad a todas sus palabras. Kang Yujue tenía el talento de envolver tonterías en palabras razonables. La ira quedaba para quien lo escuchaba.

“¿Por qué no viene la policía? ¡Esto es un caso grave, un caso grave!”.

El hombre estaba furioso. Su voz lenta lo acompañaba.

“No vendrán”.

“¿Qué?”.

“Dije que no vendrán”.

Kang Yujue habló con seguridad. Era intrigante qué lo hacía hablar con tanta certeza. ¿En qué confiaba?

“En lugar de complicar las cosas, resuélvelo con dinero. Es injusto que Haeim haya pasado por esto, pero ambos odiamos a la policía. En el pasado, nos hicieron pasar por mucho. Debió ser aterrador. Haeim ya está mentalmente débil, no quiero que se enfrente a la policía”.

¿Cómo pudo Kang Yujue detener a la policía? ¿Cómo alguien que estuvo años en estado vegetativo en el extranjero pudo ejercer presión sobre la policía? Kang Yuye no podía entender quién era este joven hermano suyo.

Pero gracias a eso, evitaron problemas innecesarios, lo cual era un alivio. Acarició la cabeza de Kwon Haeim, que se hundió más en su pecho, como si quisiera absorber sus feromonas.

Kang Yuye sintió un repentino cansancio. El resto era trabajo para Choi Hyeong-cheol, el abogado. Planeaba dejar que él y Kang Yujue resolvieran el asunto.

“¿Nos vamos?”.

En medio de este caos, la única persona que le importaba a Kang Yuye estaba en sus brazos. Acomodó a Kwon Haeim. Durante un rato, no hubo respuesta. Solo se escuchaban respiraciones agitadas, como si escalara una colina.

“La policía vendrá. Como aquella vez”.

Aquella vez, ¿qué había pasado cuando apuñalaron a Kang Yujue? Recordó el informe que había leído

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Kwon Haeim estaba sentado en el aula, sosteniendo el arma con la que apuñaló a Kang Yujue, con un libro de matemáticas abierto, mirando el patio donde jugaban los niños. Durante un tiempo, el niño respondió que su nombre era Kang Yuyoung, negó ser Kwon Haeim y, a veces, dijo que era Kang Yujue.

Un médico diagnosticó un trastorno disociativo, pero la policía creía que era un niño astuto tratando de evadir el crimen. Solo un médico diagnosticó un problema mental, mientras que el médico de la fiscalía afirmó que no había ningún problema mental.

Por supuesto, la enfermedad mental, como una bomba con el detonador desactivado, finalmente estalló en el reformatorio.

Cuando empezaron a vivir juntos, no tenía idea de lo ansioso que estaba. Durante días, le puso tranquilizantes y somníferos en la leche, todo bajo prescripción médica.

“No vendrá la policía. Y tú no has hecho nada malo”.

Kang Yuye solo dijo la verdad, como siempre.

“Nos iremos primero. Resuelve esto y vuelve. Infórmame después”.

“Qué tramposo, dejándome solo”.

Choi Hyeong-cheol refunfuñó. Kang Yuye salió del pasillo guiado por Jeong-sik. No podía soportar el olor a maquinaria del hospital. Todo olía a tableros eléctricos, semiconductores, tornillos, tuercas y soldadura. Salió del edificio lleno de esos objetos y subió al coche.

Durante un buen rato, Kwon Haeim no habló. Solo cuando entraron en la ciudad, finalmente abrió la boca.

“Mañana iré a la academia”.

“Descansa”.

“Dejé mi mochila”.

“Puedo enviar a alguien a buscarla”.

“Ah…”.

Fue una desgracia. Aunque no había cometido ningún delito, seguramente sería blanco de rumores crueles. Era un gran caso. Había dos culpables, y solo Kwon Haeim era inocente.

El niño necesitaba consuelo. Pero Kang Yuye no sabía cómo consolarlo.

“Cuando lleguemos a casa, tengamos sexo”.

Si no hubiera estado prestando atención, no lo habría oído. Kang Yuye pensó que tal vez había escuchado mal, deseando haberlo hecho, y guardó silencio un momento.

“Cuando lleguemos, tengamos sexo, por favor”.

Se escuchó una risa suave del niño. Esa risa se desvanecía como acuarelas diluidas en un cuaderno. Kang Yuye permaneció en silencio hasta que esa risa se apagó por completo.

“Necesitas descansar…”.

Antes de que pudiera terminar, unos labios lo tocaron. Los labios de Kwon Haeim estaban fríos de una manera inquietante. Instintivamente, Kang Yuye intentó apartarlo, pero dos brazos le rodearon el cuello de inmediato. Kwon Haeim chupó su labio superior con fuerza, intentando colarse entre sus labios cerrados.

“Haeim”.

A pesar de su intento de detenerlo, Kwon Haeim no se contuvo y le agarró la mandíbula. Forzando su boca a abrirse, deslizó la lengua dentro. La lengua que se movía entre sus dientes blancos era vívida. Kwon Haeim actuaba como si quisiera ser devorado, como si quisiera fundirse por completo.

El beso, carente de cualquier técnica, dolía. El niño inexperto chupaba, mordía y entrelazaba su lengua con la de Kang Yuye. Rozaba el suave paladar con la punta de la lengua y exploraba las partes más firmes. Kwon Haeim seguía arrojándose a él sin control.

Kang Yuye rodeó la espalda de Kwon Haeim con sus brazos. El cuerpo delgado se acomodó en su regazo. En lugar de un beso salvaje, Kang Yuye chupó suavemente los labios de Kwon Haeim. Finalmente, el niño se calmó.

Aún era un niño al que se le podía llamar ‘Joven’. Si fuera como en su infancia, sus labios serían de un rojo brillante.

El beso se volvió más profundo. El sonido húmedo llenó el coche. Chupó los labios, abrió la mandíbula e introdujo la lengua profundamente. Las lenguas chocaron. Una corriente eléctrica pareció bajar por su garganta hasta su estómago.

Kang Yuye detuvo el beso con un ligero remordimiento. No era solo culpa. Sentía una extraña sensación de ser arrastrado. Pero tal vez, inconscientemente, había previsto este desenlace desde el principio. Desde el momento en que compartieron su primera marca. Sin embargo, ¿era esto correcto? Mientras Kang Yuye dudaba, el niño se aferró a él con más intensidad.

“No quiero…”.

El niño gimió. Los labios que se habían separado se deslizaron hacia su cuello. Como buscando las marcas que él mismo había dejado antes, los labios exploraron el lugar donde estaba el parche bloqueador de feromonas. Se detuvieron allí un buen rato. No estaba claro qué rechazaba. ¿Qué estaba negando con tanta fuerza?

“Haeim”.

Kang Yuye pronunció su nombre con cuidado.

“Ese hombre tocó mi cuerpo sin piedad”.

Con la barbilla apoyada en su hombro, Kwon Haeim murmuró. La vibración era tan sutil que hacía temblar el corazón. Al mismo tiempo, despertaba una especie de compasión.

“Era como si un millón de insectos estuvieran arrastrándose sobre mí. Me puso una bolsa de plástico en la cabeza… pensé que iba a morir en cualquier momento, así que no pude empujarlo. Cada vez que intentaba respirar, la bolsa se metía en mi boca”.

“Está bien. No pasó nada”.

“Habría muerto. Realmente habría muerto”.

Su voz se volvió desesperada. Su mano agarró con fuerza la manga de Kang Yuye. Lo único que él podía hacer era abrazarlo con más fuerza.

“Solo pensaba en sobrevivir. Sentía que iba a morir, así que solo quería vivir. Las novelas mienten. Dicen que en el momento de la muerte piensas en cosas que no hiciste, en personas que no conociste o con las que te despediste, en cosas que no podrás hacer. Pero yo solo pensaba en que iba a morir”.

Ante el remordimiento, la vergüenza y la culpa en sus palabras, Kang Yuye dejó escapar un pequeño gemido. Este niño sentía emociones innecesarias que no debía sentir.

“Me sentí avergonzado al sobrevivir. Extrañamente, pensé que debí haber muerto en ese momento”.

La intensa vergüenza de Kwon Haeim no tenía sentido ni encajaba con la situación. El miedo de un niño no amado había creado una tormenta emocional excesiva. En lugar de señalarlo, Kang Yuye solo lo abrazó.

“Nadie te culpará”.

Kang Yuye no sabía cómo lidiar con este niño roto. En sus brazos, Kwon Haeim relajó todo su cuerpo.

“Por eso, tengamos sexo”.

“¿Crees que el sexo hará que todo esté bien?”.

“Al menos podré olvidar que ese hombre me tocó. De verdad”.

Kang Yuye miró los ojos del niño. En ellos, una chispa se encendió. Aunque estaba ciego, podía sentir esa chispa en los ojos de Kwon Haeim. Era como un fuego que llenaba un diamante hueco, reflejando luz en todas direcciones, ardiendo con locura.

“Tal vez no mejore”.

“No importa”.

El cuerpo estaba caliente. Entonces Kang Yuye se dio cuenta de que el niño estaba pasando por un ciclo de celo. Podría haber detenido el coche frente a una farmacia para comprar un supresor, o buscar en el botiquín de la casa. Había otras opciones además del sexo.

“Tengamos sexo, por favor”.

“Haeim”.

“Voy a morir”.

Kang Yuye permitió que el niño, que se aferraba desesperadamente, lo convenciera.

 

Apenas cruzaron la puerta, comenzaron los besos. Kang Yuye descubrió entonces cuánto hambre podía albergar un cuerpo humano. El beso bajó apresuradamente por su cuello, rozando la laringe, adentrándose más. Quizás por el miedo a la muerte que había experimentado, los movimientos eran más desesperados que nunca.

Según dicen, cuando una persona está a punto de morir, se libera adrenalina. Esa adrenalina, dicen, reduce el miedo a la muerte. Si es así, ¿este niño también habría sentido ese miedo mezclado con placer? ¿Aún persiste esa excitación de aquel momento?

“Rápido, ¿sí?”.

La voz, impregnada de fervor, sonaba exaltada. Probablemente, su rostro y sus ojos estarían enrojecidos por el calor. Los dedos ardientes del niño intentaron desabrochar los botones de la camisa, pero terminó arrancándolos con impaciencia. Esa urgencia era tan absurda que provocó una risa. Sin embargo, no le disgustaba la imagen del niño abalanzándose como una bestia joven.

Kwon Haeim, al escuchar el sonido de los botones cayendo al suelo, pareció darse cuenta de lo que había hecho y murmuró un ‘Lo siento’. Era una disculpa carente de sinceridad. La disculpa fue breve, y continuó con besos hambrientos, como si quisiera devorar a alguien.

Era una especie de posesividad. Kang Yuye se sorprendió al descubrir que él era el objeto de deseo del niño. Muchas personas lo habían deseado, o al menos lo habían hecho en el pasado. Pero un deseo tan peligroso como este era la primera vez que lo experimentaba.

De verdad.

El deseo del niño era caprichoso, exagerado y, al mismo tiempo, peligroso. Sin embargo, Kang Yuye no encontraba ese deseo desagradable.

¿Sería por la marca grabada en los cuerpos de ambos?

“Está bien”.

Kang Yuye repitió palabras obvias. El niño, en ese momento, no sabía qué hacer, perdido en su confusión. Lo único que parecía conocer eran los besos, y ni siquiera esos eran hábiles.

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“Hermano”.

Una palabra dulce se deslizó entre sus labios. Kang Yuye, mordiendo sus propios labios, dejó escapar un leve gemido. Como si lo hubiera esperado, Kwon Haeim tragó ese gemido.

Hermano.

Kang Yuye recordó a Kwon Haeim a los ocho años, o incluso más joven. Lo vio acuclillado en la ladera de una colina, mirando el agua de lluvia que corría, intentando atraparla con las manos. Lo vio sentado en una silla blanca en el jardín, sorbiendo limonada mientras manejaba un coche de control remoto. Kang Yuye se dio cuenta de que recordaba los momentos de la infancia de Kwon Haeim con una claridad sorprendente.

En ese instante, recordó la excitación y la euforia que le había dado la marca. Todo lo que ocurrió entonces era vívido, como si hubiera sucedido ayer. Era el clímax del placer y, al mismo tiempo, simbolizaba una posesión absoluta.

Algo dentro de él susurró:

‘Puedes poseerlo todo lo que quieras. Este niño es tu omega. Aunque algún día se someta a una cirugía, nunca olvidará el placer de la primera marca. Mientras no muera, siempre será tuyo. No, incluso si muere, la marca que has dejado profundamente en él nunca desaparecerá’.

¿Morir? Hubo un tiempo en que sentía la muerte muy cerca. Incluso ahora, Kang Yuye sentía la muerte a su lado. La muerte era trivial. La tragedia surge cuando lo trivial se desmorona.

“Hermano, hermano”.

Las manos que lo agarraban eran cada vez más tiernas y desesperadas. El cuerpo, encendido, rozaba su entrepierna. Kang Yuye sintió una leve sensación de derrota. Al mismo tiempo, levantó a Kwon Haeim con ambos brazos. El niño rodeó su cuello con los brazos. El lugar de la marca en su nuca ardía.

Al sostenerlo en sus brazos, el hecho de que este fuera su hermano menor, o más bien, el esfuerzo por considerarlo como tal, se desvaneció en ese abrazo. Solo el corazón, latiendo sin descanso, anhelaba la unión de sus cuerpos.

“Hermano, ¿no huelo raro?”.

Lo que percibía era el aroma amargo y frío de Kwon Haeim, como una montaña nevada. Alguien había dicho que antes su aroma era como el de una flor de osmanthus dorado. Pero Kang Yuye solo conocía este olor gélido, amargo y cortante.

“No. No huelas mal”.

Kang Yuye apartó su cabello. Kwon Haeim giró la cabeza, como si evitara su toque.

“Mientes”.

Ante esa voz lastimera, Kang Yuye hundió su rostro en la nuca de Kwon Haeim. Un aroma frío y amargo, diferente al del sudor ligero, parecía pertenecer a otra dimensión. También había un olor a sangre. Tras respirar varias veces, el leve dolor de cabeza que había sentido todo el día pareció desvanecerse.

“¿Por qué iba a mentirte?”.

“Eres un mentiroso… Yo también lo soy. Todos lo son”.

El cuerpo de Kwon Haeim estaba tan caliente como si tuviera fiebre. Kang Yuye podía imaginar sus ojos.

Seguramente, estarían llenos de lágrimas. Su mirada borrosa no se fijaría en nada. Una sombra melancólica se reflejaría en ellos, y esos ojos le pertenecían solo a él.

Kang Yuye sintió cómo la marca en su nuca se calentaba. Una pequeña flecha, incrustada en su nuca, atravesó sus nervios hasta llegar a su corazón. Sus dedos temblaron ligeramente.

“Quítame la ropa”.

Los dedos de Kwon Haeim se engancharon en los botones. Ante su súplica, Kang Yuye movió los dedos. Desabrochó los botones lentamente, con calma, y Kwon Haeim retorció su cuerpo con impaciencia. Al levantar la tela, un gemido ansioso escapó de sus pequeños labios. Kang Yuye pensó que esa imagen era adorable. Al mismo tiempo, deseó poder verlo con sus propios ojos.

¿Adorable?

Kang Yuye se sorprendió por el pensamiento que cruzó su mente. Por un instante, su cabeza se nubló. En su relación, lo último que necesitaban eran emociones. La ternura era suficiente. Sentir que algo era ‘adorable’ solo complicaría las cosas.

Con un sentimiento de alerta, sus manos se volvieron más bruscas. Kwon Haeim, atrapado bajo su cuerpo, gimió: ‘Duele’. Pero ese gemido, tal vez por el calor del ciclo de celo, sonaba como si anhelara un trato aún más rudo.

“¿Puedo chupártelo?”.

La mano caliente de Kwon Haeim se deslizó sobre sus pantalones. Era lenta y rápida, sutil y descarada, presionando y jugando con el miembro de Kang Yuye. La audacia del niño le pareció absurda.

“¿Dónde aprendiste eso?”.

“¿En el reformatorio? A veces, los chicos se escondían de las cámaras de seguridad y se lo hacían entre ellos”.

“¿Y tú también?”.

“No, yo no hice eso. De verdad, nunca lo hice. Algunos querían que yo se las chupara, pero… todos ellos… me deseaban. Querían violarme”.

Kang Yuye pensó en los labios de Kwon Haeim. Esos labios que siempre parecían esbozar una sonrisa ambigua. Esos labios, tan suaves y húmedos, seguramente habrían hecho que otros niños desearan que los complaciera con ellos.

La respiración de Kwon Haeim era agitada. Al colocar la mano en su pecho, Kang Yuye sintió cómo subía y bajaba rápidamente.

“Me falta el aire”.

Kang Yuye besó al niño, que todo le parecía nuevo y desconocido. El niño respiró con fuerza, como si intentara robarle el oxígeno.

“Despacio”.

Apenas separó los labios y susurró, Kwon Haeim aprovechó el momento para deslizar su lengua entre sus dientes. Fue tan apresurado que sus dientes chocaron, haciendo temblar su cabeza.

“Duele”.

En su voz quejumbrosa se mezclaba un sollozo.

“Duele, hermano”.

Kang Yuye bajó los pantalones de Kwon Haeim. “Ah”, exclamó el niño, levantando las caderas. Aunque no podía verlo, sabía cuánto estaba excitado.

“S-sí, ahí, ahí lo tocó. Ese tipo tocó ahí…”.

Entonces, ¿estaba pidiendo que lo tocara para olvidar esa sensación? Kang Yuye buscó el punto donde su deseo y el de Kwon Haeim se encontraban.

“¿También tocó aquí?”.

Con las yemas de los dedos, Kang Yuye rozó lentamente el miembro del niño. El sonido de su cuerpo retorciéndose, el roce de las sábanas arrugándose. Su palma envolvió completamente el pene de Kwon Haeim, que ya estaba húmedo y pegajoso.

“¿De verdad lo tocó?”.

Al masajearlo con la mano, un sollozo escapó entre los dientes del niño. Al aplicar más fuerza, sus caderas dieron un respingo.

“Dime, Haeim”.

“Lo tocó, lo tocó… No, no lo…”.

“¿Lo tocó o no?”.

Si el ciclo de celo hubiera comenzado durante un intento de violación, habría sido un gran problema. Que un omega marcado tuviera sexo con otro alfa era peligroso, podía causar una especie de adicción a las feromonas. Por esta vez, debía estar agradecido con su hermano menor, Kang Yujue, que apareció justo a tiempo.

“No lo tocó”.

Kang Yuye apretó con fuerza el miembro. Los testículos suaves se aplastaron en su mano.

“¡Hng, hng!”.

La voz estaba llena de humedad. Solo con escuchar esa voz, parecía que iba a romper a llorar en cualquier momento. Y sí, este niño siempre lloraba mucho.

“Entonces, ¿dónde tocó?”.

“Los pezones…”.

Respondía con claridad incluso a las preguntas traviesas, como si estuviera drogado. Su respiración estaba completamente descontrolada, a veces parecía que se apagaría, y otras, que explotaría. Kang Yuye soltó una risa baja. Su propia risa le resultó extrañamente ajena.

Con la mano húmeda de fluidos, pellizcó el pezón. ¿Sería rosado, quizás? De repente, sintió el impulso de provocarlo, de hacer que las lágrimas rodaran por su rostro. El calor de esas lágrimas imaginadas le estremeció el pecho.

“Duele”.

Kwon Haeim comenzó a quejarse al sentir el pellizco en el pezón. Aunque no podía verlo, era evidente que tenía los ojos cerrados. ‘Abre los ojos’, susurró, pero el niño se negó. No entendía qué lo avergonzaba tanto.

Su cuerpo temblaba. Al imaginar ese cuerpo enrojecido por la vergüenza, algo dentro de Kang Yuye se encendió.

La persona frente a él era su compañero de marca.

Kang Yuye reafirmó ese hecho. Un chico con un aroma frío y solitario. La última vez que lo vio, era muy joven. No tenía la frescura de la juventud, solo un dolor agotado y desvaído.

“Haeim”.

Susurró su nombre con dulzura. Frotó y pellizcó el pezón que tenía entre los dedos. El pecho subía y bajaba con su respiración agitada. Al presionarlo y pellizcarlo varias veces, el pezón se endureció.

“Ah, duele”.

Kwon Haeim retorció su cuerpo. Kang Yuye escuchó atentamente sus sollozos.

“Duele… pero me gusta, hermano”.

Su voz temblorosa, confesando como si cometiera un pecado, estaba llena de vergüenza. Kang Yuye llevó el pezón que había estado frotando a su boca. Lo chupó, lo presionó con la lengua y lo envolvió. Al morderlo con fuerza, Kwon Haeim dejó escapar un ‘Ah’ de dolor. Pero ese gemido no solo expresaba dolor. Como prueba, la parte inferior de su cuerpo, en contacto con el de Kang Yuye, se endurecía.

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El sonido húmedo resonaba en la habitación. Kwon Haeim agitó las manos y agarró ligeramente el cabello de Kang Yuye. Al levantar la cabeza tras chupar con dedicación el pezón, el niño, sorprendido, soltó su cabello.

“Lo siento, lo siento…”.

La voz de Kwon Haeim temblaba. Kang Yuye soltó una risa ante su apariencia asustada. Probablemente, su rostro estaría sonrojado. Ante su queja, Kang Yuye separó los labios que mordían y lamían el pezón. Al presionar ligeramente con la lengua, un ‘Hng’ escapó de su boca.

Era un cuerpo cristalino. Al menos, así lo sentía Kang Yuye. Honesto, hermoso, suave y puro. El deseo rugió como una ola salvaje. Quería hundirse en ese cuerpo frágil. Quería ensuciarlo con su semen entre sus piernas.

Mi omega.

Era una frase vulgar, pero cierta.

“Hermano”.

Kwon Haeim se aferró a él, suplicante. El título de ‘hermano’ no lo hizo reaccionar con claridad, al contrario, la sensación de transgresión en esa palabra le erizó la piel. En ese momento, Kang Yuye abandonó su papel de hermano mayor. Si cruzaba esa puerta prohibida, sería solo un alfa.

“Hermano”.

“¿De verdad quieres que te viole?”.

Con la última pizca de conciencia, Kang Yuye preguntó. Un sollozo llegó a sus oídos. Llevó los dedos a los ojos de Kwon Haeim. Estaban húmedos.

“Huelo mal, ¿verdad? Estoy sucio… por eso lo dices. Porque ese tipo me tocó”.

Sus mejillas estaban empapadas de lágrimas, mostrando cuánto se sentía injustamente tratado. Kang Yuye limpió esas lágrimas con los dedos.

“Tengo miedo de que te arrepientas”.

Ante el susurro tranquilo de Kang Yuye, Kwon Haeim rodeó sus hombros con los brazos. Esos brazos eran tan frágiles como tallos de una planta. Kang Yuye sabía muy bien cómo romper brazos como esos. Había presenciado cientos, miles de veces, el momento en que esos brazos se abrían suplicantes.

“No me arrepentiré. No… no me arrepentiré”.

El aroma de las feromonas se intensificó. Ahora tenía una textura casi tangible. Kang Yuye sintió que las feromonas que emanaban de su cuerpo lo abrumaban. Un vértigo abrumador. Ni siquiera cuando despertó del accidente se sintió tan mareado.

“¿Estás bien?”.

La voz que hasta hace un momento sollozaba ahora sostenía su mejilla. Kang Yuye tomó su muñeca y chupó sus dedos uno por uno. Los dedos se encogieron en su boca.

“Estoy bien. De verdad, no pasa nada”.

Con los dedos en la boca, su pronunciación era torpe y confusa. Pero Kang Yuye estaba seguro de que sus palabras llegaron claramente a Kwon Haeim.

Kang Yuye llevó los dedos de Kwon Haeim, cubiertos de saliva, hacia abajo.

“Haeim, mete los dedos en el agujero. Haz que pueda encontrarlo”.

Se escuchó un sonido chirriante cuando los dedos se deslizaron dentro del agujero. Ya estaba húmedo. Kang Yuye siguió el brazo de Kwon Haeim, desde el antebrazo hasta la mano, y luego los dedos, para localizar el agujero.

“¿Aquí?”.

“Sí, aquí”.

“¿Este es tu agujero, Haeim?”.

“Sí…”.

Como esperaba, el agujero estaba empapado y resbaladizo. Kwon Haeim, instintivamente, movió las caderas. Kang Yuye no necesitaba verlo para saberlo. Un glande que apenas había experimentado la masturbación o el sexo seguramente sería rosado. Desde pequeño, este niño era particularmente pálido, y la última vez que lo vio, parecía una perla, así que su miembro debía ser rosado.

“Hermano”.

Su voz, llamándolo, estaba empapada de lágrimas.

“Mételo, por favor. ¿Sí? Me pica mucho ahí abajo”.

Pensó que lloraba de vergüenza, pero era por la comezón. Sus piernas se retorcían y entrelazaban bajo su cuerpo. Todo alrededor estaba viscoso.

“Mételo, mételo…”.

“No puedes usar el agujero así todavía. Te lastimarás”.

Kang Yuye deslizó lentamente un dedo dentro del agujero. Gracias al fluido acumulado, el dedo entró con más facilidad de lo esperado.

La pared interna, suave, succionó su dedo como una ventosa. Si pudiera penetrar ese cuerpo, seguro sería dulce. Las paredes húmedas y resbaladizas envolverían cada rincón de su miembro, y el agujero, que se estrechaba más al fondo, lo atraparía sin soltarlo. Si ocurriera un nudo…

Solo imaginarlo hizo que su pene se endureciera. Mientras exploraba cuidadosamente el agujero con los dedos, no podía pensar en otra cosa que no fuera entrar en el cuerpo de Kwon Haeim.

“Hng, hng… ah”.

Kwon Haeim agitaba sus extremidades. Al meter y sacar el dedo lentamente, los músculos internos de sus muslos temblaron. Las paredes internas se adherían a su dedo. Pensar que pronto estaría dentro de ese estrecho pasaje hacía que una chispa se encendiera en él.

Los gemidos de Kwon Haeim se intensificaron. Con una mano, Kang Yuye exploraba el agujero, con la otra, envolvió el miembro del niño. Sin vello, era increíblemente suave al tacto. Podría volverse adicto a esa suavidad. Kang Yuye frotó lentamente la base del glande.

“Ah… ah…”.

Las piernas se cerraron con fuerza, apretando la cintura de Kang Yuye. Mientras una mano exploraba el agujero y la otra apretaba desde la punta, Kwon Haeim gemía sin saber qué hacer. Kang Yuye frotó vigorosamente el eje con la palma y luego apretó con fuerza la punta.

“¡Ah! Creo que voy a correrme. Hermano, creo que voy a correrme”.

Aunque el miembro en su mano apenas estaba hinchado, el niño exageraba. Kang Yuye movió la mano con fuerza, como si quisiera arrancarlo.

“No soy un alfa…”.

Kwon Haeim se quejó desde abajo. Parecía no estar acostumbrado a que jugaran con su parte delantera. Claro, siendo omega, probablemente estaba más habituado a usar el agujero trasero. Su cuerpo temblaba, quizás de vergüenza. Kang Yuye, cumpliendo su deseo, movió los dedos dentro del agujero.

“Ah, ah… hng”.

“Parece que prefieres el agujero”.

“No, no, ambos”.

¿Te gusta? ¿No te gusta?

Mientras preguntaba, giró los dedos en círculo. Las paredes internas se pegaron a sus dos dedos. Esa suavidad insoportable hizo que su parte inferior se sintiera pesada. ¿Quería penetrarlo? Probablemente. La sensación de querer irrumpir en ese cuerpo, revolverlo y poseerlo por completo lo hizo tensarse.

“¿Te gustan ambos?”.

“No, no me gusta… ¿Eh?”.

Al girar los dedos una vez más, las caderas dieron un salto. El miembro, con las venas palpitando, parecía a punto de eyacular al empujar contra sus dedos. Kang Yuye revolvió y agitó el interior. Las caderas de Kwon Haeim se tensaron, apretando como una goma elástica. Al soltar el miembro, el pene tembló en su mano.

“¿Te corriste?”.

“Sí, me corrí”.

Como prueba, su mano estaba húmeda. No solo eso, el líquido había goteado entre sus piernas, empapando la entrepierna y hasta las sábanas debajo.

“¿Te orinaste? Y eso que eres adulto”.

“No, no me oriné. De verdad, no es orina”.

Imaginando esos grandes ojos abiertos por la sorpresa, Kang Yuye rio. La voz del niño temblaba de puro desconcierto.

Kang Yuye masajeó los testículos de Kwon Haeim y luego retiró los dedos del agujero. La carne interna se aferró un poco antes de soltarse. Sintiendo esa textura, giró los dedos para alisar las arrugas alrededor.

“Se siente raro”.

Kwon Haeim susurró. Su voz, aunque madura, aún conservaba un toque juvenil y estaba cargada de excitación. Kang Yuye colocó las piernas de Kwon Haeim sobre sus hombros. Al sentir su parte inferior expuesta, el niño dejó escapar un gemido.

“¿Se ve? Tu agujero”.

“Se ve…”.

“Voy a meterlo ahí, mi pene”.

Kang Yuye bajó su ropa y liberó su pene. Estaba tan erecto que dolía. Listo para encontrar el agujero y entrar en él.

Kang Yuye deslizó su pene entre la entrepierna.

“Es… enorme”.

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Su voz sonaba algo apagada. También parecía intimidada, carente de sentido de la realidad, como si su mente estuviera en otra parte.

“Es demasiado grande”.

Kwon Haeim retrocedió, como si quisiera escapar. Kang Yuye frotó y presionó su pene contra la entrepierna. El miembro, que ya había eyaculado una vez, se irguió de nuevo. Sintió un vértigo embriagador. La piel suave y delgada de la entrepierna era como un malvavisco. Si no era un malvavisco, era algo igual de suave y tierno.

Alineó la punta de su pene con el agujero. El cuerpo, excitado por el celo, convulsionó con solo ese contacto. En lugar de insertarlo de inmediato, Kang Yuye acarició las arrugas del agujero con la punta de su glande.

“No, no hagas eso. ¿Eh?”.

“¿Por qué?”.

“Me hace cosquillas”.

Esa voz, que parecía coqueta pero también cautelosa, golpeó intensamente los oídos de Kang Yuye. Quería protegerlo, pero también quería arruinarlo. Su instinto deseaba lo segundo, pero la razón de Kang Yuye susurraba que debía proteger a Kwon Haeim.

Los gemidos de Kwon Haeim eran húmedos y viscosos. La entrepierna abierta temblaba sin control. Ese temblor avivaba la crueldad de Kang Yuye. Con un movimiento decidido, introdujo su pene erecto en el agujero.

“¡Ah!”.

Kwon Haeim dejó escapar un gemido cercano a un grito y cerró instintivamente las piernas. Sin embargo, con la mayoría de sus piernas sobre los hombros de Kang Yuye, no podía ejercer fuerza. Sus rodillas temblaban débilmente.

Kang Yuye respiró profundamente mientras mantenía su pene completamente dentro. El pasaje era tan estrecho que la presión era intensa, pero fue más fácil de lo que había anticipado. Las paredes internas del niño, suaves y húmedas, aceptaron el pesado miembro con relativa facilidad.

Kang Yuye exploró con los dedos alrededor del agujero donde había penetrado. No sintió arrugas. Había temido que, por un descuido, las arrugas se desgarraran, pero esta vez evitaron un derramamiento de sangre.

“¿Me muevo?”.

Kwon Haeim exhaló un suspiro entrecortado. Su respiración se aceleró, haciendo temblar su caja torácica con violencia. Parecía que se tapaba la boca, porque su respiración sonaba apagada.

“¿Quieres que me mueva, Haeim?”.

“Duele…”.

El niño repetía la palabra ‘duele’ con una pronunciación torpe y aplastada. Su cuerpo convulsionaba. Sus caderas, al moverse, estimulaban el pene de Kang Yuye. Las manos que agarraban sus hombros eran desesperadamente débiles, apenas capaces de sostenerse.

“Si duele, puedes arañar mis hombros o mi espalda”.

“¿Cómo, cómo lo hago?”.

El sonido del cabello rozando las sábanas indicaba que negaba con la cabeza. Kang Yuye se inclinó y lo besó. Los labios del niño tenían un sabor dulce. Al robarle un beso y chupar de nuevo, Kwon Haeim movió la lengua sin saber qué hacer, empujando la lengua de Kang Yuye y, al mismo tiempo, succionándola. Solo con el beso, Kang Yuye sintió cómo el agujero de Kwon Haeim se humedecía más.

“Tienes mucho líquido, Haeim”.

Al inclinarse y susurrar, el niño respondió: ‘No, no… no es así’. Incluso esa pequeña frase parecía avergonzarlo, y un sollozo escapó entre sus dientes.

Kang Yuye comenzó a moverse lentamente. Las paredes internas se adherían a él con un sonido pegajoso. Al empujar, el interior se contraía, al retirarse, se aferraba como si no quisiera dejarlo ir.

“Uh, uhh… hng, hng”.

Kwon Haeim perdió el control y dejó escapar gemidos. Esos sonidos desordenados eran suficientes para excitar a quien los escuchara.

Kang Yuye mordió los labios de Kwon Haeim, chupándolos y mordiéndolos sin paciencia. Con las caderas completamente dobladas, Kwon Haeim ni siquiera podía gemir. Solo temblaba con los dedos de los pies, atrapado entre el dolor y el placer. Kang Yuye lamió la marca en su nuca y volvió a morderla.

“¡Hah!”.

Kwon Haeim se tensó por completo ante la sensación eléctrica y punzante. Era dolor, pero también éxtasis. Kang Yuye lamió suavemente las marcas de dientes profundamente hundidas. La marca. Un vínculo místico transmitido desde tiempos inmemoriales entre los seres diferenciados. Chupó, mordió y escupió la marca con fuerza. Sus caderas comenzaron a moverse de nuevo.

Movió su pene como si lo frotara dentro del agujero, y el cabello de Kwon Haeim se erizó. El pene de Kang Yuye se movía lenta y pesadamente, como si aplastara todo en su interior. Kwon Haeim sintió cómo sus dedos se curvaban por un placer inevitable y dejó escapar un gemido que no pudo contener.

“Uh, hng…”.

Ese movimiento pegajoso era insuficiente, y él mismo comenzó a mover las caderas. Al moverse en dirección opuesta a Kang Yuye, el pene estimulaba aún más las paredes internas. Kwon Haeim se avergonzaba de sus propios gemidos, pero no podía taparse la boca y soportar todo aquello. El pene giró dentro del agujero. Sus caderas dieron un salto, y su propio pene se endureció.

“¿Qué parte te gusta más, Haeim?”.

Conteniendo su respiración agitada, Kang Yuye penetró más profundamente. Exploraba, pinchando aquí y allá, como si buscara algo. Las paredes internas parecían volverse rugosas. El pene, que lo penetraba hasta el punto de provocarle náuseas, le impedía mantener la compostura. Su visión se nubló, y la saliva goteaba de su boca. ¿Qué tan patético se veía? No tenía tiempo de aferrarse a esos pensamientos fugaces.

“¡Ah! ¡Ah! ¡Agh!”.

Kwon Haeim gritó, incapaz de soportar el pene que se hundía más profundamente en su cuerpo. Cuando Kang Yuye empujó lenta y profundamente, su estómago se hinchó y se contrajo. Temía que perforara su vientre, y lloró con un sollozo desordenado. El pene parecía atravesarlo hasta la garganta.

Kang Yuye se retiró completamente y luego embistió con fuerza de nuevo. Su estómago se hinchó y volvió a hundirse, como si una gran serpiente se enroscara en su interior, asomando la cabeza y retrocediendo.

Kwon Haeim no podía controlar su cuerpo tembloroso. La saliva goteaba de nuevo, y sus ojos se pusieron en blanco. Su cuerpo se agitaba desordenadamente, mostrando el blanco de sus ojos.

Lo que salió no era un gemido ni un alarido, sino algo más cercano a un grito.

El pene, que se había retirado, volvió a penetrarlo con fuerza. La serpiente en su estómago alzó la cabeza de nuevo.

“Ah, ah… no. Serpiente… serpiente”.

“Haeim, no hay ninguna serpiente”.

Con una voz que destilaba feromonas, Kang Yuye susurró. Haeim, con el rostro lloroso, gimoteó.

“Está dentro… entró… la serpiente”.

“Ah…”.

Comprendiendo sus palabras, Kang Yuye soltó una risa. Antes de que la risa terminara, la cabeza de la serpiente revolvió su estómago con violencia. Su vientre se hinchó y se hundió repetidamente.

“Hng, hng… hah, hah”.

Kang Yuye embistió con fuerza. Kwon Haeim, sin poder mantener la compostura, se aferró a él. Sus nalgas chocaban con un sonido pegajoso. Los fluidos se convirtieron en espuma alrededor del agujero. Al sentir los fluidos goteando hasta las sábanas, Haeim sintió un escalofrío.

En ese momento, un destello cegador iluminó su visión, como si lo hubiera alcanzado un rayo.

“¡Hng, ugh!”.

Kwon Haeim gritó. Los destellos parpadeaban sin cesar. No había tiempo para distinguir qué líquido brotaba de él. Solo sabía que el calor que comenzaba en su agujero estaba quemando su cabeza.

“Hermano, si sigues así, si sigues… voy a romperme”.

Haeim gritó sin saber qué hacer. Apenas podía tragar aire. Entre sollozos, un sonido extraño escapaba de sus labios. Su mente parecía derretirse como papilla, goteando sin control. Mientras tanto, la serpiente seguía agitándose en su estómago, mordiendo sin piedad los puntos más sensibles, esperando penetrar aún más profundamente.

El agujero interno, completamente abierto por el ciclo de celo, anhelaba esa invasión. Era instinto.

El miembro de un alfa entrando más profundamente, eyaculando, y ese semen, meses después, convirtiéndose en un ser humano. Haeim abrió todo su cuerpo. Sin embargo, el pene de Kang Yuye solo seguía revolviendo el punto más sensible, sin adentrarse más.

“Más… adentro, adentro, eyacula adentro, por favor”.

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Quería empaparse con el semen de Kang Yuye, concebir un hijo con él. Era el instinto de Kwon Haeim. Tiró de Kang Yuye con fuerza.

“Adentro, ¿sí?”.

“Mierda, esto es una locura”.

Ante la maldición que escapó de Kang Yuye, Kwon Haeim se tensó. Solo conocía su lado seco pero gentil. Nunca había mostrado emociones frente a él, siempre parecía fuerte y estricto.

La maldición desconocida que salió de su boca hizo que cada poro de su piel se erizara. Era emocionante y extraño. El pene del alfa presionó un punto crítico y se retiró.

Voy a romperme.

Kwon Haeim no podía mantener la compostura con el pene entrando una y otra vez. Incapaz de soportarlo más, golpeó el pecho de Kang Yuye. El pene atrapado bajo su vientre ardía por la fricción.

En ese momento, un chorro de semen blanco salió a borbotones. Mezclado con un líquido transparente, Haeim sintió desconcierto. Kang Yuye tocó su pene. Haeim intentó empujarlo, pero por más que lo intentó, no pudo apartarlo. Su débil pene temblaba en su mano.

Todo su cuerpo convulsionó. Al abrir la boca para hablar, solo salieron sonidos entrecortados. Sus dedos se curvaron, y sus caderas se retorcieron. Haeim pateó las sábanas, incapaz de soportar la sensación.

“Ah… ugh, ah”.

No podía abrir la boca por las convulsiones continuas. Su lengua, rígida, golpeaba el paladar.

¿Volverá a entrar?

El pene de Kang Yuye, que se había retirado momentáneamente, seguía siendo imponente. Seguro que revolvería su cuerpo de nuevo. El miedo superaba la expectativa de placer.

“Roto, estoy roto”.

Incluso pronunciar palabras cortas era un esfuerzo, y su voz se quebraba.

“No… no puedo”.

“¿Dónde?”.

Los movimientos de Kang Yuye se volvieron más bruscos. Haeim sintió cómo su piel era absorbida y se adhería al pene. Aunque Kang Yuye no podía verlo, el agujero rosado, ahora congestionado por la invasión del pene oscuro, había cambiado de color.

“Ah, ah… voy a romperme”.

Haeim se retorció bajo la nueva oleada de sensaciones que lo envolvía como un tsunami. Sus nalgas chocaban con fuerza, y el pene revolvía su estómago.

“Hermano, hermano… uhh… hermano Yuye”.

Y entonces, Kang Yuye retiró su pene y eyaculó fuera de su cuerpo. Haeim había deseado que eyaculara dentro, pero no tuvo tiempo de sentirse decepcionado. El placer volatilizó todos sus sentidos.

“¿Te corriste, Haeim?”.

Kang Yuye preguntó con una voz suave. Esa voz era como una oscuridad que se deslizaba sobre su cuerpo. La oscuridad de Kang Yuye los envolvía a ambos. Haeim se entregó por completo a la sensación de estar protegido.

“¿Te corriste?”.

Preguntaba qué había eyaculado. Su parte inferior estaba empapada, al igual que las sábanas. La vergüenza hizo que su rostro se encendiera. No era orina, la cantidad era demasiado poca.

“No, no… no me corrí”.

Ante su respuesta sollozante, Kang Yuye sonrió. Haeim, frustrado por la situación, golpeó su pecho. Un pecho donde florecían peonías.

“No me corrí… no es orina”.

“Aunque te hayas orinado, no pasa nada. De todos modos, Jeong-sik lo limpiará”.

Kang Yuye miró hacia abajo y habló. Sus ojos sin foco trajeron un dolor punzante. La idea de que Jeong-sik limpiara era aterradora. Haeim se levantó apresuradamente, buscando algo para limpiar las sábanas, pero no encontró nada adecuado.

“No, no. Yo lo limpiaré. Yo lo haré”.

“Puedes limpiarlo después”.

Kang Yuye limpió el semen que había salpicado en el estómago de Haeim con la punta de su glande. Su pene recuperó rápidamente su forma original. Haeim, incapaz de ocultar su sorpresa, cerró las piernas.

“No puedo hacerlo otra vez”.

Su entrepierna estaba adolorida. Aunque el calor persistía, creía que podía manejarlo solo. Si aceptaba ese enorme pene de nuevo, su estómago explotaría. El pene de Kang Yuye parecía aún más intimidante que al principio.

“De verdad, si lo metes, me romperé”.

“Shh”.

Kang Yuye introdujo un dedo en la boca de Kwon Haeim. El niño chupó el dedo, que sabía a semen, y dejó escapar un gemido al imaginar que chupaba el pene de Kang Yuye.

Envolvió el dedo con la lengua, chupando hasta que sus mejillas se hundieron, emitiendo un gemido suave. El dedo se adentró más, presionando la base de su lengua. Una sensación de náusea lo hizo temblar. El dedo largo, que se deslizaba por su garganta, era amenazante.

Intentó empujarlo con la lengua, pero Kang Yuye fue firme. El estómago de Haeim se contrajo instintivamente. Cuando no pudo soportar más las náuseas, Kang Yuye retiró la mano. La saliva formó un hilo plateado que se estiró.

“Ponte a cuatro patas”.

Haeim, con el cuerpo agotado, obedeció y se puso a cuatro patas.

“Levanta las caderas”.

Al seguir sus instrucciones, sintió los dedos de Kang Yuye tocando su agujero. No fue solo eso. Abrió sus piernas, exponiendo completamente su intimidad frente al rostro de Kang Yuye.

La vergüenza y el shock hicieron que sus caderas temblaran. Era humillante y embarazoso. Aunque eran alfa y omega, ambos tenían lo mismo. Si lo miraba de cerca, no sería diferente al suyo.

“No quiero…”.

Haeim intentó escapar, retorciendo su cuerpo. Gateó hacia adelante, pero apenas tocó las sábanas, sus piernas fueron atrapadas y arrastradas hacia atrás. Un brazo con cicatrices de quemaduras abrazó su entrepierna. Su pene, atrapado entre el brazo y el muslo, dolía.

“No lo hagas, para”.

Su pene y testículos expuestos se enfriaron. El agujero se contrajo de repente. En ese momento, Kang Yuye hundió su rostro entre sus nalgas. Su mente se quedó en blanco, y una extraña cosquilla surgió desde su agujero trasero.

Labios húmedos.

Solo pensar en los atractivos labios de Kang Yuye tocando su agujero lo hacía querer morir. Haeim sintió que lo había ensuciado. De verdad. Realmente, la lengua suave se deslizó entre sus labios y tocó el agujero.

“Ah, ah, ¡ah! Por favor, no lo hagas, no, no quiero. ¿Sí? Hermano, no lo hagas”.

Sus nalgas se tensaron y su cuerpo se endureció. No quería abrir su agujero para la boca de Kang Yuye. Ahí sabría a su semen, y a sus fluidos…

La lengua abrió el agujero y se adentró en las paredes internas. Haeim tembló en sus extremidades. Apenas pudo evitar colapsar hacia adelante. De repente, su rostro estaba empapado. Al darse cuenta de que estaba llorando, apretó los dientes.

“Uhh, uhh… ugh”.

Los sollozos y gemidos se mezclaron en un sonido indefinido. La lengua golpeaba insistentemente la entrada del agujero y lamía las arrugas. Los labios succionaban con fuerza la piel circundante. ¿No era siempre elegante y tranquilo? Pero el sexo no era así.

Incapaz de contenerse, Kang Yuye introdujo dos dedos sin piedad en el agujero. Haeim gritó: ‘¡Ah!’. Los dedos, insertados con violencia, abrieron el agujero de par en par. Tras haber recibido un pene pesado, el agujero, probablemente congestionado, mostró su carne interna.

“No lo hagas… ¿sí?”.

Los dedos de Haeim agarraron las sábanas, pero en realidad solo las arañaban débilmente. De repente, el rostro de Kang Yuye se hundió entre sus nalgas. Su cuerpo dio un salto incontrolable. La lengua se adentró lo más profundo posible, lamiendo cada rincón. Era, sin duda, voraz.

Los labios y la lengua chupaban, lamían y mordían la piel alrededor del agujero. Aunque, al estar tan abierto, apenas quedaba piel para morder. Haeim, perdido en una sensación de éxtasis punzante, temblaba sin saber qué hacer. Aunque quisiera escapar, no podía.

La lengua tocó el perineo. Kang Yuye, con la lengua puntiaguda, lo pinchó repetidamente. El punto sensible dentro del perineo parecía estremecerse. La lengua bajó más, tocando entre los testículos.

“Hng, hng”.

Haeim se estremeció ante la sensación. Antes de que el eco terminara, Kang Yuye mordió los testículos.

“Hermano, por favor, sálvame”.

El miedo a que los mordiera hasta hacerlos estallar, la sensación de ser devorado por otro hombre, dominaba su cuerpo. Sin embargo, su cuerpo derramaba fluidos por delante y por detrás. El líquido brotaba de la hendidura del glande, y los fluidos del agujero trasero ensuciaban la boca de Kang Yuye. Cuando Kang Yuye mordió y tiró de los testículos una vez más, su cuerpo colapsó, y sus dedos se curvaron como si fueran a romperse.

“Sálvame, sálvame”.

Haeim suplicaba sin control. El pene perforó el agujero suavizado. Sumergido en una oleada de éxtasis, Haeim inhaló profundamente.

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El pene entró y salió repetidamente, frotándose. Su visión se desvanecía y regresaba. El agujero se abría y cerraba, palpitando. El calor que subía a su cabeza derretía su cerebro. No sentía vergüenza ni rechazo, solo el calor lo dominaba.

“Me gusta”.

Por fin, en lugar de ‘no quiero’, salió un ‘me gusta’. Satisfecho, Kang Yuye se movió con más violencia y audacia. Cada vez que el glande erecto rozaba las paredes internas, Haeim sollozaba como si gritara. El agujero palpitaba intensamente.

“Ah… ¡aah!”.

El pene golpeó de nuevo el punto crítico. Esta vez, el líquido brotó del extremo de su pene. El chorro era tan fuerte que parecía orina, pero no olía a nada.

“Hermano, no… no puedo, me gusta… me gusta, esto, hermano… no quiero”.

Haeim no sabía qué estaba murmurando. Solo intentaba escapar de la estimulación abrumadora gateando hacia adelante. Pero cada vez que lo hacía, era atrapado, y el pene lo penetraba de nuevo. Kang Yuye agitó su pene con fuerza dentro de él. De rodillas, Haeim temblaba, derramando fluidos.

“No puedo”.

Intentó detener con una mano el líquido que goteaba, pero era insuficiente. Haeim comenzó a retorcerse. Finalmente, colapsó y hundió su rostro en las sábanas. Frotó su cara contra ellas, intentando olvidar el éxtasis abrumador.

“Suéltame, déjame ir”.

Haeim pataleó instintivamente. No podía soportar la falta de aire. El pene de Kang Yuye, que bloqueaba el agujero, se alzó con fuerza. Su estómago se revolvió. Haeim sollozó intensamente al ver su vientre moverse.

“Hay una serpiente, hermano, una serpiente”.

En ese momento, la serpiente mordió dentro de su cuerpo. Haeim gritó y eyaculó. El semen era abundante, como si pudiera lavarse las manos con él.

“Ah, ¡aah!”.

Se retorció en el orgasmo. Todo su cuerpo temblaba. Kang Yuye también eyaculó dentro de su cuerpo esta vez. Por un instante, Haeim temió quedar embarazado. Pero sin un nudo, no habría embarazo.

Sin embargo, la sensación de estar lleno de semen, la dulzura de ese semen desbordante, no dejaba espacio para preocuparse por un embarazo. Colapsó sobre las sábanas, respirando entrecortadamente. Su cuerpo se sacudía sin control.

Kang Yuye deslizó una mano bajo Haeim, tocando las sábanas empapadas de fluidos.

“Esta vez sí te orinaste”.

“No es verdad”.

No tenía fuerzas para protestar. Su cuerpo estaba completamente agotado, flácido. Su interior ardía. Sus nalgas quemaban como si estuvieran en llamas. Sus párpados estaban pesados.

“Sí es orina”.

“No es orina, te lo digo. Es porque tú… tú actuaste raro”.

Lloró de pura frustración. Sin pensar en limpiarse el rostro empapado, Haeim se giró para mirar a Kang Yuye. Acercándose a él, que sonreía con una ternura extraña, rodeó su cuello con los brazos. Con el cuerpo exhausto, besó sus labios. El deseo insatisfecho lo hacía desear aún más a Kang Yuye. Era natural, dado el sexo con su pareja marcada y el ciclo de celo.

“Actuaste raro…”.

“¿Cómo actué raro?”.

“Chupaste… chupaste mi agujero”.

Haeim, avergonzado, enrojeció. Kang Yuye soltó una carcajada, como si hubiera escuchado un chiste divertidísimo. Frustrado por esa risa, Haeim golpeó su pecho. Al golpear con algo de fuerza, Kang Yuye susurró ‘Duele’ con una risa suave. Volvieron a besarse, y sus lenguas se entrelazaron con violencia y desenfreno. Al recorrer sus bocas salvajemente, el dolor desapareció.

“¿Lo hacemos una vez más?”.

Haeim se tensó, sorprendido. ¿Otra vez? ¿Después de hacerlo dos veces?

“Más tarde, más tarde”.

Cubrió la sábana hasta su cabeza. Con una risa estruendosa, Kang Yuye puso su mano sobre la cabeza de Kwon Haeim. El aroma de las feromonas de Kang Yuye llenaba el aire. Ese olor sereno, mezclado con el hedor a semen que impregnaba la habitación, evocaba un antiguo templo dedicado al placer. Y ellos eran devotos fieles de ese placer.

“¿Ya estás bien?”.

La voz de Kang Yuye sonaba lánguida. Más lánguida de lo habitual, provocándole escalofríos a Haeim. Sus labios presionaron su hombro, luego la nuca, descendiendo por la espalda, más abajo.

Kwon Haeim se acurrucó. Los labios de Yuye se deslizaban por su columna, la punta de su lengua presionando cada vértebra, como si estuviera delineando su forma. Sin fuerzas para mover ni un dedo, Haeim se dejó llevar por lo que Yuye hacía. Cuando succionó con fuerza su nuca, su cuerpo volvió a calentarse. Parecía que necesitaría una ducha fría.

¿Qué había pasado antes? Ya no recordaba qué ocurrió antes del sexo. Algo bastante desagradable y aterrador, y alguien había aparecido. Kwon Haeim se giró hacia Kang Yuye. No parecía cansado en absoluto, de hecho, se veía lleno de energía.

“Hace un momento… quería pedirte que me dijeras palabras crueles”.

Haeim murmuró en voz baja. Kang Yuye volvió a tomar la glándula de feromonas con sus labios. Ya estaba desgastada por haber sido mordida y succionada. Al succionarla de nuevo, una corriente eléctrica recorrió sus pies. Podía sentir claramente el recorrido de los nervios.

“¿Palabras crueles? ¿Por qué?”.

“Solo… quería que me culparas”.

Kang Yuye soltó una risa incrédula. Haeim lo abrazó con más fuerza. La lengua de Yuye jugaba con la glándula de feromonas, atormentándola una y otra vez, como si quisiera derretirla.

“Este tatuaje…”.

Haeim tensó su cuerpo. El significado del tatuaje era explícito y sucio. Haber evitado una violación en grupo después de hacérselo ya era una suerte. El tatuaje simbolizaba que cualquiera podía descargar su semen en ese ‘agujero’. Era lo que vulgarmente se conocía como un ‘retrete humano’.

“Vamos a quitártelo”.

La voz susurrante de Kang Yuye hizo temblar a Haeim.

“Quítatelo… y olvidémoslo”.

“Si lo quito, el patrón de feromonas podría cambiar otra vez. Con un parche, nadie lo verá”.

“Pero yo lo veo”.

Una voz tierna. Aunque estaba ligeramente ronca por el sexo apasionado, era una voz suave, sin rastro de agresividad. Pero Haeim no podía dejarse llevar por esa voz. Kang Yuye no podía verlo de todos modos. Alguien debió haberle dicho lo que significaba el tatuaje en su nuca, en su glándula de feromonas.

“Está bien. Es la verdad”.

No le gustaba el tatuaje, pero no podía permitir que el patrón de sus feromonas cambiara por quitárselo.

Humano contaminado.

Haeim sentía que realmente estaba contaminado. Aunque su vida había sido corta, las caídas que había experimentado en la primera mitad de su existencia lo habían convertido en un ser contaminado. Por eso deseaba que alguien lo culpara.

“Cometí un pecado. Porque maté a ese niño”.

Haeim susurró. Realmente creía que había matado a Kang Yujue. Al matarlo, su infancia había llegado a su fin. Esa etapa no regresaría, y no la añoraría. Aunque él hubiera vuelto a la vida.

“Sí”.

Kang Yuye abrazó a Haeim con más fuerza, intentando disolver la oscuridad que oprimía al chico con su propia oscuridad.

 

A las cinco y media de la madrugada, sonó el teléfono. Era un sueño profundo, algo raro. Kang Yuye se sorprendió de poder dormir tan profundamente, tan tranquilo. ¿Por el sexo? Tal vez. Era completamente posible. Todos los problemas surgían por las hormonas y las feromonas.

El teléfono volvió a sonar. Kang Yuye apartó con cuidado a Haeim, que dormía con los brazos alrededor de él, y salió al pasillo con precaución. Al presionar el botón de llamada, una voz estruendosa resonó.

—Hemos atrapado a Jo Kyung-jin.

La voz al otro lado del teléfono era áspera pero clara. La sensación de pasar de un sueño tranquilo a la crudeza de la vida real era extraña. No era agradable.

— ¿Vendrás?

Kang Yuye guardó silencio por un momento. Por supuesto que tenía que ir. Pero… no podía dejar a Haeim dormido así. Si despertaba solo, se sentiría muy herido, y Yuye no quería ver a Haeim herido.

—Tienes que venir, jefe. Dice que solo hablará contigo. Aunque lo hemos dejado bastante maltrecho, sigue siendo terco.

La voz al teléfono sonaba urgente. Yuye cerró los ojos con fuerza y los abrió. A sus espaldas estaba Haeim, durmiendo plácidamente, y en algún lugar, la realidad apestaba a sangre.

“Déjenlo con vida. Hasta que llegue. Quiero hablar con él directamente”.

— ¿Vendrás? ¿Ahora?

“…”.

—Es urgente. No sabes cuánto nos costó atrapar a este tipo. Seguro que sabe sobre las cuentas fantasma de Park Kyung-sang y algunos de los asesinatos que cometió.

“Entendido”.

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Kang Yuye colgó el teléfono con brusquedad. Al entrar de nuevo en la habitación, escuchó la respiración tranquila de Haeim. Mientras soñaba, un nombre familiar escapó de sus labios, invadiendo el sueño. Pero no era desagradable. El nombre que Haeim pronunciaba era el suyo.

“Hermano Yuye, hermano…”.

Se sentó al borde de la cama y apartó el cabello sudoroso de Haeim. Al deslizar sus dedos, rozó sus labios. No quería ver esos labios decepcionados. No quería que Haeim sintiera que había sido abandonado o usado. Pero Yuye tenía una misión que cumplir.

¿Despertarlo? Su respiración era tan pacífica que romper esa paz parecía un pecado. ¿Irse sin más? No quería que el chico se decepcionara por un adiós innecesario.

“Mmm…”.

Haeim se movió. Justo antes de retirar la mano, Haeim la tomó. Su tacto era tibio, y Yuye se dio cuenta de lo caliente que estaba su propio cuerpo.

“¿Por qué no estás durmiendo?”.

Una voz suave, impregnada de sueño. Olía a la frescura de una montaña nevada. Yuye apretó esa mano. Sintió algo ambiguo, diferente al habitual olor a sangre y metal,  era una sensación suave, tersa.

“Estoy despierto”.

“Entonces ven aquí. No te quedes ahí”.

“Tengo algo que hacer”.

Se escuchó el roce de Haeim levantándose. Yuye sintió su mirada fija por un largo rato. ¿Qué expresión tendría? ¿Pensaría que era extraño que alguien saliera a esas horas? ¿O intentaría detenerlo?

Solo por hoy, quería quedarse con Haeim. Era el día en que había comenzado su ciclo de calor, el día de su primera vez. Su cuerpo debía estar incómodo en muchos lugares. Aunque lo había limpiado superficialmente y había extraído los fluidos…

“Vuelve pronto”.

Contrario a sus temores, Haeim no dijo nada más. No preguntó a dónde iba. Yuye sonrió ante esa actitud despreocupada. ¿No sentía curiosidad? ¿La estaba conteniendo? ¿O… no le importaba? No podía ser eso.

“¿Por qué no preguntas a dónde voy a esta hora?”.

“¿Por qué no iba a hacerlo, estoy curioso”.

Se oyó una risa baja. Yuye esperó a que Haeim dijera algo más, pero solo hubo silencio.

A lo lejos, el sonido del árbol de melocotón en el jardín agitado por el viento llegó a sus oídos. Parecía que iba a llover. Si caían truenos, Haeim tendría miedo. Sintió la obligación de quedarse a su lado, al menos hoy, y decidió terminar el asunto rápido para regresar.

“Puede que llueva”.

“…Sí”.

Yuye sabía que los ojos inquebrantables de Haeim lo estaban mirando. Era una sensación que trascendía lo visible. Qué extraño, pensó. ¿Cómo podía una persona sentir la mirada de otra?

“Ten cuidado”.

La voz somnolienta susurró. De repente, Yuye no quiso irse. Quería volver a la cama y dormir. Quería encerrar a Haeim en sus brazos, jurar que no lo soltaría sin importar el destino, como si fueran los últimos dos sobrevivientes en un naufragio. Pero no podía romper el juramento que había hecho con su vida.

“Duerme. Volveré pronto”.

“Te esperaré”.

Se oyó el crujir de las sábanas mientras Haeim se metía de nuevo en ellas. Yuye sonrió inevitablemente y tocó con suavidad la frente de Haeim.

Cuando Yuye salió del vestidor tras prepararse, Haeim ya estaba dormido. Su respiración era regular, profunda, como si hubiera olvidado el mundo.

Salió al salón y llamó por teléfono.

“Jeong-sik”.

La respuesta al otro lado fue inmediata, con una voz clara, nada típica de alguien que acaba de despertar.

“Tienes que venir a buscarme. Vamos a la oficina de Seongsu-dong”.

Dijo lo necesario y colgó. Sentado en el oscuro salón, miró al techo. La oscuridad se cernía sobre él. El mundo siempre había sido mayormente oscuro o con una luz opaca, pero esta vez se sentía especialmente sombría. ¿Un mal presentimiento? ¿Una metáfora de lo que estaba por venir?

Era hora de que Jeong-sik llegara. Yuye se detuvo frente a la puerta del dormitorio donde Haeim dormía y miró hacia dentro por un largo rato. Aunque, en su caso, ‘mirar’ no era la palabra adecuada.

“Volveré”.

Su voz se desvaneció en las sombras, y el único sonido que salió fue un suspiro. Yuye dio media vuelta y salió. Mientras recorría el camino familiar por millonésima vez, seguía escuchando el roce de las hojas del melocotonero golpeadas por el viento.

“Presidente”.

Jeong-sik abrió la puerta y lo guió al coche. Yuye se subió y miró al frente. En ese momento, lo que apareció ante sus ojos fue el rostro blanco de Haeim, algo que nunca había visto. Era extraño. Solo iba a trabajar, pero ese rostro seguía apareciendo.

El coche recorrió las calles al amanecer. Al llegar al edificio de Seongsu-dong, alguien abrió la puerta rápidamente. Sosteniendo el brazo de Jeong-sik, Yuye habló con gravedad.

“¿No ha dicho nada?”.

“Todavía tiene la boca cerrada”.

Yuye asintió y bajó al segundo sótano. Allí estaban la sala de calderas, la sala eléctrica y, lo más importante, la ‘oficina’.

El olor a sangre era intenso incluso antes de acercarse. Al perder la vista, su olfato y oído se habían agudizado, permitiéndole explorar un mundo más allá de lo visible. Este nivel de olor a sangre no era nada para él.

“Está muy herido”.

“Su vida está a salvo”.

Aunque no por mucho tiempo. Yuye sonrió ante las palabras no dichas.

Al entrar en la oficina, se escucharon movimientos por todas partes. Yuye se sentó en una silla guiado por Jeong-sik. El olor a sangre era abrumador; la oficina parecía un matadero. Apenas podía respirar.

“Abre la puerta”.

A su orden, alguien abrió la puerta. El edificio estaba vacío, al igual que el sótano, así que no había miedo de que el sonido se filtrara. Con el aire circulando, pudo respirar un poco mejor.

“¿Cómo lo atraparon?”.

“Estaba vagando por el centro de Pyeongchang tras ser echado de la casa de su amante. Park Kyung-sang también lo está buscando”.

“Vaya”.

Qué vida tan patética. Perseguido por un antiguo socio y destinado a morir torturado. Aunque, claro, él mismo se lo había buscado. Si no fuera por Jo Kyung-jin, nada de esto habría pasado. Era solo un peón de Park Kyung-sang, pero al final, quien le dio las drogas fue Jo Kyung-jin. Todos merecían morir.

“Haz que hable”.

Tan pronto como Yuye terminó de hablar, un grito resonó. Era un alarido incómodo, como si le hubieran clavado un cuchillo en la garganta. El grito se prolongó hasta convertirse en insultos.

“¡Maldita sea, para! ¡Para!”.

Entre gritos de dolor, los insultos seguían. Se oía la sangre borboteando en su garganta. Yuye levantó la mano para detener los golpes.

“Dijiste que tenías algo que decirme”.

Con una voz calmada, sin agresividad, Yuye habló lentamente. Dirigió su mirada invisible hacia el hombre que probablemente estaba hecho un desastre.

“Dijiste que sabías de las cuentas fantasma de Park Kyung-sang. Y dónde vive su amante secreta”.

“Lo sé, lo sé todo. Si… si quieres que hable, llama a un médico… Entonces hablaré. Así como estoy, moriré”.

No le importaba si moría o no. Al fin y al cabo, él había matado a Yang Hee-seong, ¿no?

Yuye recordó lo hermoso que era el cadáver de Yang Hee-seong. Olía a rosas de Damasco. El aroma era tan intenso que parecía enloquecer. Ese olor dulce, ácido, como un caramelo de azúcar con una gota de jugo de limón.

Las personas que consumían o inhalaban Summer olían a rosas de Damasco. Ese aroma solo se percibía al final. Esa droga de alta calidad era tan dulce que atraía la atención de todos. Pero nadie se daba cuenta de que era el aroma de la muerte.

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Cuando Yuye vio a Yang Hee-seong, estaba acurrucado en un sofá de piel de cordero, dormido. No, muerto. Muerto por una sobredosis, su cadáver era más hermoso que en vida. El dolor y la tristeza que siempre teñían su rostro de azul habían desaparecido, al igual que su anhelo por lo inalcanzable, y hasta parecía sonreír.

“Hm, un médico. ¿Qué hacemos?”.

“Si muero, pierdes un testigo para derribar a Park Kyung-sang”.

“¿Su cara está intacta?”.

Yuye ignoró las amenazas y demandas del hombre y preguntó a Jeong-sik.

“Está un poco dañada, pero intacta”.

“Arráncale la piel de la cara”.

Lo dijo como si nada. Según recordaba, Jo Kyung-jin era un estafador con un rostro atractivo. Había engañado a una docena de mujeres inocentes. Su cara era el problema. Era hora de vengarlas.

“¡Loco hijo de puta!”.

Jo Kyung-jin gritó. Yuye no respondió y movió los dedos. Un llanto desgarrador siguió. Olor a sangre. Olor a metal oxidado. Yuye vio cómo su oscuridad se volvía más profunda y cómo una gota de sangre caía en ella. Como siempre, todo desapareció sin dejar rastro.

“Le arrancamos la piel de la frente”.

Jeong-sik explicó con detalle. Jo Kyung-jin seguía gritando, mientras los demás guardaban silencio.

De repente, Yuye pensó si Haeim olería la sangre al regresar. ¿Había ropa limpia en el último piso? Recordó cuando Haeim le preguntó qué hacía. Le había dicho mitad verdad, mitad mentira. El chico no tuvo miedo.

“¿Por qué sonríes?”.

Ante la pregunta de Jeong-sik, Yuye negó con la mano. Era extraño sonreír pensando en Haeim en un momento tan crucial.

“Nada, no es nada”.

“¡Por favor! ¡Para! Hablaré, ¿no es suficiente?”.

El hombre sollozaba. Yuye no sintió ninguna emoción. El hombre a sus pies le había dado Summer a Yang Hee-seong. No tomó mucho tiempo para que Yang Hee-seong, que sufría de depresión, cayera en la adicción. Sus dibujos, originalmente delicados pero con un tono azul melancólico, reflejaban su carácter sombrío, un azul que era suyo.

Pero al volverse adicto a Summer, los dibujos de Yang Hee-seong se transformaron en colores primarios vibrantes. A medida que la adicción empeoraba, las líneas perdían su centro, y las formas se volvían cada vez más grotescas. Los lienzos dominados por amarillo y rojo perturbaban la mente de quienes los veían.

Cuando Yuye notó algo extraño, Yang Hee-seong ya estaba atrapado en un pantano de adicción del que no podía escapar.

“Hay un tipo llamado Kim Min-seok que maneja algunas de las cuentas de Park Kyung-sang. Es escurridizo, difícil de encontrar, pero tiene un hijo. La madre se fue, y dejó al niño con su amante. Kim Min-seok quiere mucho a ese niño”.

“¿Me estás diciendo que secuestre al niño como rehén? Ya sé de su existencia. Y no es el hijo secreto de Park Kyung-sang, ¿verdad? ¿Quién asegura que Kim Min-seok dará información útil?”.

“Como quiere al niño, hablará de todo”.

“Olvida al niño. Dime algo que no sepa sobre Kim Min-seok. O sobre cualquier otro”.

“Solo sé de Kim Min-seok. Es verdad, las cuentas que manejaba ya las recuperó Park Kyung-sang”.

“Eres inútil”.

Yuye hizo un gesto con la mano.

“¿Lo enterramos en cemento?”.

Preguntó Jeong-sik. Antes de que Yuye pudiera ordenar algo, Jo Kyung-jin gritó y comenzó a soltar todo lo que sabía.

“¡Sé de una persona que Park Kyung-sang mató y no se sabe! El presidente Jang de Youngshin Corporation. Lo hicieron pasar por suicidio. Fue por fondos políticos. Y sé de un almacén donde Park Kyung-sang guardaba Summer cuando ganaba grandes beneficios. Está en la isla de las Mariposas, disfrazado de fábrica de sal. Todavía debe quedar algo de mercancía. La policía lo sabe, pero como Park Kyung-sang es un político, no se atreven a actuar”.

“Ahora sí empiezas a decir cosas interesantes”.

“Llama al médico”.

“Yang Hee-seong dijo una vez que probablemente moriría joven. Pensé que era solo una expresión de su depresión, pero al final fue una profecía. Veintinueve años es muy pronto para morir. Sin Summer, habría vivido más”.

“Sálvame, por favor. Me disculparé así”.

Jo Kyung-jin golpeó la cabeza contra el suelo.

“Darle drogas a Yang Hee-seong, provocar el accidente contra ti, todo. Me disculparé por todo. Solo déjame vivir”.

“Tus líneas son clichés”.

Yuye soltó una risita.

“Los últimos que estuvieron aquí también suplicaron así. ¿Qué pasó con ellos?”.

“¡Por favor, por favor!”.

“¿Qué hacemos?”.

“Maldita sea, tú también tienes culpa en la muerte de Yang Hee-seong. Él te suplicó, pero lo rechazaste. Aunque dijo que iba a morir, lo ignoraste. Si lo hubieras aceptado, no habría muerto”.

“Tienes razón. Es mi culpa. Si hubiera hecho las cosas bien, Hee-seong no habría muerto. Por eso estoy compensándolo a través de ustedes”.

Yuye extendió la mano. Jeong-sik le puso un cuchillo en ella y acercó a Jo Kyung-jin.

“Solo sigue cortando”.

Yuye tocó lentamente el rostro del hombre. La piel arrancada de la frente estaba húmeda de sangre. Resbaladiza.

“Se me va a manchar la camisa de sangre”.

Alguien se acercó y le subió la manga. Yuye tocó minuciosamente el rostro del hombre con sus manos invisibles.

“Te hiciste cirugía plástica. Para evitarme. Era una cara bonita”.

“Por favor. Te dije lo del almacén en la isla de las Mariposas. ¿No es información nueva? Si hicimos un trato, debes dejarme vivir”.

“No soy una persona justa. Soy un estafador”.

Yuye ajustó el cuchillo en su mano. Sus ojos, fríos y casi inhumanos, estaban fijos en el hombre. Pero el sonido oportuno del teléfono lo interrumpió, y su crueldad se desvaneció como si una ola azul lo hubiera arrastrado.

“Es el señor Kwon Haeim”.

Jeong-sik habló sin emoción y acercó el teléfono al oído de Yuye.

—Hermano, soy yo.

“Haeim”.

Kang Yuye tocó el cuchillo con las yemas de los dedos mientras pronunciaba el nombre del chico. Kwon Haeim. De repente, pensó que era un nombre hermoso.

“¿Saliste a trabajar?”.

“Lo siento”.

“No, no pasa nada. Solo llamé para confirmar porque pensé que había soñado. Cuando desperté, no te vi”.

“Te dije adiós, pero estabas medio dormido”.

“No, lo recuerdo vagamente”.

“Entonces, está bien”.

“Bien, sigue con tu trabajo. Yo volveré a dormir”.

“Nos vemos luego”.

El otro lado del teléfono quedó en silencio. Tras confirmar que la llamada había terminado, Jeong-sik apartó el teléfono del oído de Yuye.

“Encárgate de esto”.

De repente, todo le pareció insignificante. No exactamente insignificante, pero sintió que no debía ser así. Había abrazado a ese chico con esos brazos, los mismos brazos que ahora sostenían un cuchillo. Cometer un acto cruel le hacía sentir que nunca podría volver a ser tierno.

Kang Yuye salió de la oficina sin verificar el desenlace. Su destino era la verdadera oficina. En realidad, manejaba la mayoría de sus asuntos desde la oficina en la cima del edificio.

“Guarda los tambores procesados en el almacén de Incheon”.

Tras dar la orden a Jeong-sik, este hizo una llamada al sótano para transmitir las instrucciones de Yuye. En el almacén de Incheon había varios cuerpos más, todos relacionados con Yang Hee-seong. Era mejor guardarlos en un almacén privado que arrojarlos al mar. A veces, Yuye visitaba esos cuerpos, como un político inspeccionando sus logros.

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Inconscientemente, acarició la glándula de feromonas en su cuello. Sintió un dolor punzante.

Cuando salió arrastrándose del coche en llamas, el trabajador chino enviado por Park Kyung-sang dañó primero su glándula de feromonas. Ese dolor fue suficiente para despertar a Yuye, que estaba medio inconsciente. El hombre dijo que Park Kyung-sang había ordenado dañar su glándula.

Probablemente fue por Yang Hee-seong. Park Kyung-sang deseaba a Yang Hee-seong. Era un chico tan hermoso que cualquiera lo codiciaría. Tras su muerte, Park Kyung-sang lo añoró. Era casi cómico que un asesino extrañara a su víctima.

 

Hace mucho tiempo, vivía un hermoso chico que desprendía un aroma a iris. Creció en una familia acomodada y feliz, sin carecer de nada. A los 17 años, en una primavera, descubrió el amor. El objeto de su afecto era un amigo con el que había estado desde el jardín de infancia.

El hermoso chico creía que el amor lo llevaría a un Shangri-La perfecto. Nunca imaginó que terminaría en tragedia.

A los 19 años, el padre del chico perdió su empresa. Luego, prendió fuego a la casa y se suicidó. Su madre y su hermano menor murieron en el incendio. Quien arrebató la empresa fue el amigo de su padre, el padre del chico al que amaba.

El corazón del chico probablemente se rompió en ese momento. Intentó reconstruirlo, pero siempre fracasó. Entró en el oscuro túnel de la depresión. Tal vez murió el día del incendio.

 

“¿A qué hora abre el centro comercial?”.

“A las diez”.

Yuye abrió la puerta y entró en la verdadera oficina. Era un espacio austero con solo un escritorio, sin muebles ni decoraciones. Para alguien ciego como él, los muebles y adornos eran meros obstáculos. Sobre el escritorio solo había una computadora, un traductor de voz y documentos en braille.

“El señor Kim, presidente de Shinjin Tech, ha llegado”.

Anunció Jeong-sik al entrar, apenas Yuye se sentó. Tocó su reloj para ciegos, eran apenas las 6:30 de la mañana. Correr hasta aquí a esa hora indicaba que era algo urgente.

“Dile que pase”.

El presidente Kim de Shinjin Tech entró. Yuye percibió un olor a ansiedad y miedo en la figura borrosa frente a él. Algo había pasado con Shinjin Tech, sin duda.

“¿Qué ocurre?”.

“Jefe Kang”.

Su voz era afectada… y desesperada. Había alardeado sobre haber creado un superconductor, pero parecía que las cosas no iban bien. A pesar de que faltaban días para la demostración, estaba demacrado. Todo el país sabía que las acciones de la empresa subían vertiginosamente debido a grandes apuestas especulativas.

“El director Park… vendió todas sus acciones anoche en el mercado. Ayer no hubo mucho movimiento, pero cuando abran a las nueve, las acciones colapsarán. Si colapsan, la gente entrará en pánico y venderá. Nuestra tecnología de superconductores será cuestionada, y la empresa se derrumbará. ¿Qué hacemos? Todo el dinero invertido en los superconductores…”.

“¿Y qué con eso?”.

El motivo de su visita a esa hora era evidente. Todos buscaban lo mismo de Kang Yuye.

Dinero.

“Jefe Kang, si invirtieras un poco… De verdad, los superconductores existen. Tenemos la tecnología. Solo nos falta dinero. Más dinero…”.

“Deja los documentos y vete”.

Yuye cortó las palabras del presidente Kim. Si lo dejaba hablar, seguiría hasta que abriera el centro comercial. Kim interpretó sus palabras como una aceptación y su voz se llenó de entusiasmo.

“¡Sí, sí, confío en ti! Vas a ganar mucho dinero con esto”.

Yuye se burló internamente, pero no mostró nada. Si se riera de cada persona que venía a pedirle dinero, no terminaría ni en el fin del mundo. Cuando Kim salió, Yuye suspiró profundamente.

Jeong-sik, sin decir nada, preparó té verde y se lo puso en la mano.

“No habrá más visitas a esta hora, ¿verdad?”.

“Aún no”.

“¿Aún? Entonces alguien más tiene una cita”.

“El congresista Seok quiere reunirse en Hong Kong”.

“¿Por qué Hong Kong?”

“Quiere un encuentro discreto”.

Yuye asintió. El congresista Seok era su aliado para derribar a Park Kyung-sang, su espada sin filo. En algún momento, esa espada saldría de su vaina y cortaría a Park Kyung-sang.

“¿A qué hora?”.

“A las seis de la tarde”.

“Tomaré un vuelo por la tarde”.

“Llegar a Hong Kong será justo a tiempo”.

“Antes de partir, tengo que pasar por Pyeongchang-dong”.

Necesitaba ver a Haeim. Tal vez porque pensó en Yang Hee-seong. La leve ansiedad que lo atormentaba… Haeim era como una hierba suave, como Yang Hee-seong.

 

Tras la llamada con Yuye, Kwon Haeim ordenó la cama. Retiró las sábanas y el edredón y los puso en la lavadora. Su cuerpo inferior estaba incómodo, pero lo soportó.

Había tenido sexo con él. El sexo con Kang Yuye fue mucho más estimulante e intenso que cualquier otro que Haeim conociera.

En el reformatorio, algunas parejas tenían sexo a escondidas de los guardias. Esos encuentros rápidos, como conejos, le parecían insignificantes. Sacudir, penetrar, eyacular. Si eso era el sexo, no quería hacerlo. Pero el sexo con Yuye era crudo, perturbador y violento.

¿Qué estaría haciendo Kang Yuye ahora?

Haeim lo necesitaba. Pero Yuye había salido al amanecer y no había vuelto. Para sentir su aroma, fue al armario de Yuye y se acurrucó dentro. Sentado entre su ropa, sintió como si estuviera rodeado de muchos Yuyes, y eso lo reconfortó.

Enterró la cabeza entre las rodillas. Poco después, se quedó dormido en esa posición.

¿Cuánto tiempo durmió? Lo despertó un ruido fuera del dormitorio. ¿Ya había vuelto Yuye? ¿O era Jeong Gyein llegando al trabajo? Pero los movimientos eran demasiado cautelosos para ser él.

¿Un ladrón? Sus manos temblaron de ansiedad. Era raro que un ladrón entrara en ese vecindario. Lo más probable era que fuera Jeong Gyein.

Pero el ‘y si’ lo paralizaba. ¿Debería salir a ver? ¿Y si era un intruso peligroso?

No podía olvidar lo que pasó anoche. El miedo regresó. Por más que intentara escapar, no podía. No sabía que la muerte estaba tan cerca. Pensándolo bien, había estado al borde de la muerte varias veces.

Seguro es Jeong Gyein.

Haeim intentó calmarse. Para asegurarse, llamó a Jeong Gyein. Con manos temblorosas, marcó el número. Cuando contestó, dijo rápidamente su nombre.

“Soy yo, Kwon Haeim”.

—¿Haeim? ¿Qué pasa con tu voz? ¿Qué haces llamando tan temprano?

“Hay alguien en la casa”.

—¿Qué dices? ¿Alguien en la casa?

“Un ladrón”.

Jeong Gyein contuvo el aliento al otro lado. Su voz se volvió urgente.

—Estoy lejos de la casa en Pyeongchang-dong, ¿qué hacemos?

“Tengo miedo. ¿Qué hago?”.

Sintió ganas de llorar.

—¿Llamamos a la policía?

No tuvo tiempo de responder. Un escalofrío recorrió su espalda. Escuchó pasos acercándose. Jeong Gyein decía algo, pero solo oía al intruso golpear lentamente la puerta.

Los golpes se hicieron más fuertes y rápidos. El mundo se llenó de ese sonido. De repente, cesaron. Luego, la puerta se abrió.

Haeim se hizo más pequeño. Intentó pensar racionalmente. Un intruso no llamaría a la puerta. Quien entró no era un ladrón.

Aun así, no podía moverse. Abrazó sus rodillas, esperando que alguien lo salvara, aferrándose a la vana esperanza de que estaría seguro allí.

El intruso entró al armario y se detuvo frente al ropero. Unas manos blancas, como esculpidas en yeso, apartaron la ropa. Haeim contuvo un grito y se tapó la boca.

“¿Aquí estabas?”.

Una voz familiar, una mirada familiar, un rostro familiar. La cara que asomaba entre la ropa sonreía. Esa sonrisa era tan fresca y clara como hace cuatro años, como la luz del sol filtrándose entre las hojas de un bosque.

“¿Por qué te escondes y asustas a la gente? Te busqué por un buen rato”.

“Kang Yujue”.

Al pronunciar su nombre, Yujue se agachó frente a él. Haeim estaba confundido, sin saber si esto era real. Anoche… sí, anoche Kang Yujue lo había salvado. Conectó a duras penas el incidente al borde de la muerte con la aparición de Yujue.

“Yujue”.

“¿Sí?”

“Tú… ¿por qué estás aquí?”

“Vine a buscarte”.

Yujue hablaba como si acabaran de terminar un juego de escondidas. No parecía alguien que anoche había destrozado la cabeza de un hombre, ni alguien que había estado al borde de la muerte tras ser apuñalado por un amigo.

“Anoche quería hablar más, pero no pude, así que vine temprano”.

Yujue extendió los brazos. Como Haeim no se movía, lo levantó por las axilas, acercándolo tanto que casi lo abrazó. Ese contacto no era bueno. Haeim intentó empujarlo, pero el miedo reciente le robó la fuerza.

“Pobre Haeim, tan bueno como siempre”.

Una sonrisa se dibujó en el hermoso rostro de Yujue.

“Te extrañé. Aunque solo pasó un día, no sabes cuánto te extrañé”.

Sus labios formaron una curva suave. Incluso en aquel último momento, esos labios habían dibujado esa curva. Tras destrozar la cabeza de un violador, esa misma curva apareció, como si hubiera oído un chiste gracioso. Y esos labios hablaban el idioma de los fantasmas.

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“Realmente te extrañé. No sabes cuánto.

“¿Estás bromeando? Nos vimos ayer”.

“¿Cómo iba a bromear contigo, Haeim? Sé cuánto odias las bromas. No es una broma, de verdad te extrañé”.

“¿Puedes soltarme?”.

Yujue soltó una carcajada. Esa risa brillante era como la de antes. No parecía dispuesto a soltarlo, así que Haeim lo empujó con fuerza. Yujue trastabilló y frunció el ceño ligeramente.

“Duele. Todavía estoy frágil. No me he recuperado del todo, empujarme así es peligroso”.

¿Sería por haber estado tanto tiempo en estado vegetativo que sus funciones físicas estaban debilitadas? Sonaba plausible, pero también dudoso.

“De verdad me duele”.

Haeim estaba molesto con Yujue, que bloqueaba la entrada del armario. No podía estar en la misma habitación con él. Lo empujó de nuevo, pero esta vez no se movió.

“¿No quieres estar conmigo?”.

“Apártate”.

“¿Es porque tuviste sexo con mi hermano? Tus feromonas están a tope. Parece que lo disfrutaste mucho”.

El recuerdo de la noche anterior hizo que su rostro se encendiera. Yujue sonrió fríamente, como si hubiera presenciado el acto.

“Debió ser bueno, qué envidia”.

“Apártate”.

“Qué cruel”.

Los ojos de Yujue brillaron oscuramente. En algún momento, comenzó a liberar feromonas. Un aroma como resina con un toque de limón.

“Soy el compañero marcado de tu hermano”.

“Lo sé”.

Aunque dijo que lo sabía, liberó una cantidad abrumadora de feromonas, como una ducha. Haeim se tapó la nariz con el dorso de la mano, pero el aroma se coló en sus fosas nasales.

“Siempre aparecías en mis sueños”.

“No era yo. No soy alguien tan importante para ti”.

Haeim no quería ser el protagonista de los sueños de Yujue. Aunque sabía que los sueños eran reflejos del día o juegos del inconsciente, lo detestaba.

“¿Por qué mi Haeim me odia tanto ahora? ¿Te dijo mi hermano que me mantuvieras lejos?”.

Sorprendido por sus palabras, Haeim parpadeó, sin encontrar respuesta.

“¿Cómo estuvo?”.

“¿Qué?”.

Haeim miró fijamente a Yujue. Este sonrió.

“¿Fue mejor el sexo con mi hermano que el beso que te di?”.

“¿Cuándo te besé?”.

“Cuando estabas muerto, te desperté con un beso”.

Los recuerdos del pasado cortaron cualquier otro pensamiento. No hubo tiempo para escapar. Todo estaba lleno de salpicaduras de agua. Alguien lo había empujado al arroyo.

Probablemente fue el día de la excursión escolar. El agua era profunda, y las rocas cubiertas de musgo hacían imposible mantenerse en pie. Luchar inútilmente era lo único que Haeim podía hacer.

Ese día, al igual que el día encerrado en el baño de la vieja escuela, el miedo a la muerte lo golpeó. El agua llenaba sus pulmones, y el terror a morir llenaba su mente.

Se hundiría, arrastrado por el agua, rodando por el fondo del arroyo durante días, hasta ser encontrado como un cadáver hinchado en el curso bajo. Los peces devorarían su rostro, y nadie lo reconocería, solo sería un trozo de carne. Ese era el miedo.

Si moría, ¿quién cuidaría de Haeyun? Ese era su único apego.

Haeim recordaba que ese día no empezó bien. Llovió al amanecer, una tormenta. Aunque no hubo truenos, no pudo dormir, esperando en un rincón a que parara, temiendo los relámpagos.

Sus padres probablemente estaban en Jincheon, en algún mercado. Cuando se iban, pasaban semanas sin contactarlo. Sin ellos, podía saltarse la excursión.

Pero fue. Sin ropa adecuada, usó el uniforme escolar y compró un rollo de kimbap en una tienda de 24 horas.

No recordaba por qué fue. Si no hubiera ido, el accidente no habría ocurrido.

El lugar era un arroyo. La lluvia había aumentado el caudal, y el agua estaba turbia por el lodo. Los maestros impedían acercarse al borde. No entendía qué clase de excursión era esa.

Cuando Haeim llegó con su uniforme, los chicos se burlaron. No le importaba la mirada de los demás, solo la de una persona. Kang Yujue lo entendería, sabría de la pobreza y la carencia.

Como esperaba, Yujue no se burló. Se acercó amigablemente, con dos fiambreras en la mano.

‘Puedo comprar comida’.

‘Mi mamá dijo que te la trajera’.

Esas palabras lo conmovieron. ‘Mamá’. No había una nota cálida en las fiambreras, pero su sola existencia lo hacía feliz. La inocente alegría de que una madre no lo olvidara le impidió notar el olor rancio que emanaba.

Tras una mañana aburrida con actividades, llegó la hora del almuerzo. Haeim se sentó junto a Yujue y abrió la fiambrera. ¿A qué sabía el kimbap de esa madre? Intentó recordar un sabor olvidado, salado, sabroso… y entonces.

Lo que lo recibió fue basura podrida. El hedor lo hizo vomitar. Las miradas de los chicos se centraron en él.

‘Mi mamá debió equivocarse. No te daría basura’.

Las palabras de Yujue eran amables, pero esa amabilidad despertó una sospecha. ¿Lo había hecho a propósito? ¿Quería esa madre mostrarle a un ‘intruso’ que no tenía lugar junto a su hijo?

Unos matones que robaban comida se acercaron. Miraron la basura apestosa y rieron. Su desprecio y burla eran vívidos, como tatuajes tribales en sus rostros.

‘Comida perfecta para Kwon Haeim. Come’.

Tomaron el recipiente con basura e intentaron forzarlo contra su cara, agarrándolo del cabello. El olor era insoportable. Haeim luchó desesperadamente y escapó.

Hubo una pelea, y la basura se derramó sobre su ropa. El silencio dio paso a risas estruendosas.

‘Qué sucio, hay que lavarlo’.

Lo arrastraron al borde del arroyo y lo empujaron a lo más profundo. Su cuerpo se tambaleó, y sus pies resbalaron. La basura flotó en el agua. Intentó levantarse, pero las rocas musgosas lo hacían imposible. El arroyo, crecido por la lluvia, lo arrastró hacia abajo, rodando como una hoja, como una piedra.

Dejó de resistirse. Flotando con la corriente, se sintió como un pez plateado, o algo más.

Mientras era arrastrado, algo lo abrazó con fuerza. Luchó, pero no pudo soltarse. Pensó que flotar así no estaba mal y perdió el conocimiento.

Cuando despertó, estaba en un hospital. Dijeron que Kang Yujue lo había salvado. Aunque hubo varios momentos críticos, Yujue no lo abandonó. También fue Yujue quien le dio respiración artificial.

Ese fue su primer beso.

“Fue respiración artificial”.

Ante la observación de Kwon Haeim, Kang Yujue sonrió radiantemente.

“Era una broma”.

“¿Entonces… por qué viniste?”.

“Estoy cansado. Estuve en el hospital toda la noche”.

Yujue habló con un tono mimoso, alargando las palabras. No respondió a la pregunta de por qué había venido.

“De verdad, me duelen las piernas y estoy agotado”.

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No parecía una mentira, el rostro de Yujue estaba notablemente pálido. De repente, Haeim sintió miedo ante cómo adaptarse a este torbellino que era Yujue.

“Haeim, ven aquí”.

Hubo un tiempo en que Haeim habría hecho cualquier cosa que Yujue quisiera. Cada palabra de Yujue, como luz pasando por un prisma, teñía su adolescencia de colores arcoíris. Así era entonces.

“Ven aquí”.

La voz de Yujue, ya pasada la pubertad, era un poco más aguda que la de Yuye, pero muy similar. El corazón de Haeim latía con fuerza.

“Ven aquí”.

Haeim dio un paso hacia Yujue. Y luego otro.

En ese momento, la puerta del dormitorio se abrió. Era Kang Yuye. Parecía claramente molesto por el ambiente impregnado de las feromonas desconocidas de otro alfa.

“¿Qué pasa?”.

“Es Kang Yujue”.

Susurró Jeong-sik a Yuye.

El rostro de Yuye no mostró ninguna emoción. Solo observaba la situación con sus ojos ciegos.

“Hola”.

Yujue saludó a Yuye con un gesto de la mano. Su movimiento era tan alegre que casi parecía inocente. En contraste, Yuye se veía pesado y sombrío. No había rastro de alegría por reencontrarse con su hermano.

“Soy Yujue. Tengo algo que hablar contigo, hermano”.

“Habla”.

“Con ese tono de interrogatorio, hasta las palabras que iba a decir se me atragantan”.

“No digas tonterías”.

“Siempre los adultos son así. Quiero quedarme en esta casa mientras estoy en Corea. ¿Me lo permites, verdad? También tengo derecho a vivir aquí.

Así que, al final, había venido para quedarse en la casa. Independientemente de títulos o derechos de propiedad, Yujue tenía derecho a estar allí. El hermano de Yuye era Yujue, y él, Haeim, solo era… un impostor que había ocupado ese lugar.

“Por cierto, ¿qué flores son esas? Son todo un espectáculo”.

En efecto, Yuye llevaba un enorme ramo de flores.

“¿Es para Haeim? Para conmemorar su primera vez”.

Sin responder, Yuye le entregó el ramo a Haeim. Este lo tomó, era tan voluminoso que apenas podía abrazarlo. El ramo, en tonos azules, estaba lleno de flores vistosas como hortensias, rosas y peonías.

“¿No te gustan las flores?”.

“¿Cómo no me van a gustar?”.

El aroma del ramo era dulce. Haeim hundió la nariz en él varias veces.

Traer flores para celebrar la primera vez era algo extravagante. Se sentía incómodo y avergonzado.

“Es extraño”.

Acarició suavemente un pétalo de rosa con la punta de los dedos.

“¿Qué?”.

Preguntó Yuye.

Haeim sonrió sin razón. Deseó que Yuye pudiera ver esa sonrisa, así que tomó su mano y la puso en su mejilla. Si no podía verla, al menos que sintiera su sonrisa.

“¿Terminaste bien el trabajo?”.

“Sí”.

Yuye entró y se quitó la chaqueta. Jeong-sik la tomó y se dirigió al armario.

“Qué cariñosos son. Casi me da envidia”.

Bromeó Yujue.

El ambiente cálido se desvaneció de golpe.

“Vivir aquí va a ser difícil. Verlos así me hará morir de celos”.

“Entonces regresa a Estados Unidos”.

“Era una broma. Eres tan frío, hermano”.

Yujue negó con la cabeza. Haeim sintió una incomodidad creciente. No entendía por qué Yujue insistía en quedarse en la casa.

“¿Qué habitación usaré? No puedo dormir en el salón. Ah, cierto, ¿no hay una habitación libre? Usaré esa, hermano”.

¿Había una habitación libre? Yujue salió del dormitorio. Actuaba como si conociera perfectamente la estructura de la casa. Su mirada, que recorría el lugar, se detuvo frente a una puerta prohibida.

La habitación de Barba Azul, la habitación prohibida. Yujue estaba a punto de abrir esa puerta.

“Usaré esa habitación. Todavía está vacía, ¿verdad?”.

Yujue señaló la puerta cerrada.

“Esa…”.

Antes de que Haeim pudiera detenerlo, Yujue abrió la puerta prohibida. Una oscuridad abrumadora se derramó. El cerrojo no estaba puesto. Haeim nunca había intentado abrir esa puerta, así que no sabía que estaba sin cerrar.

“No puedes entrar ahí”.

Yuye cortó las palabras.

“Jeong-sik”.

A la llamada de Yuye, Jeong-sik sujetó con fuerza el pomo de la puerta. Yujue y Jeong-sik forcejearon. Haeim miró fijamente la oscuridad condensada en esa habitación. La habitación prohibida estaba ante sus ojos.

No vayas.

Su conciencia lo detuvo. Pero sintió como si una mano blanca emergiera de la oscuridad y tirara de su muñeca. Un paso, luego otro. Haeim entró en la habitación. Yuye notó su presencia e intentó detenerlo, pero su ropa se deslizó entre sus dedos.

Yujue, como dándole la bienvenida, se apartó de la puerta.

Dentro de la habitación no se veía nada. El olor a moho impregnaba el aire por no haber sido abierta en mucho tiempo. Entre ese olor, Haeim percibió un hilo de un aroma familiar, uno que despertaba recuerdos antiguos.

Un mal presentimiento hizo que sus extremidades se sintieran pesadas. La oscuridad, como tentáculos, sujetaba sus brazos y piernas. No avances más, no enciendas la luz, no toques eso.

Pero sus dedos rozaron algo suave. Al palpar lentamente, era una piel suave. Al acercar la nariz, olió ese aroma familiar. Haeim siguió rebuscando en la oscuridad. Objetos. Los objetos parecían tener vida, como si saltaran a sus brazos.

“Hermano, ¿no es hora de deshacerte de estas cosas? Hay que dejarlas ir. ¿De qué sirve guardar reliquias? No está bien”.

¿Qué reliquias? ¿Por qué había reliquias en una habitación secreta? ¿De quién?

La luz se encendió. Aunque la claridad fue repentina, Haeim no parpadeó. Era como si alguien hubiera pegado sus párpados.

“Hermano, es hora de dejar ir a mamá. Hay que ordenar sus cosas”.

Las palabras de Yujue resonaron pesadamente. Haeim miró alrededor.

La habitación estaba llena de ropa, cosméticos de mujer, accesorios, objetos personales con marcas de uso, fotos…

Una foto mortuoria.

En la foto, la señora sonreía radiantemente. Haeim recordaba perfectamente esa sonrisa. Parecía que en cualquier momento diría ‘Young’ en un susurro, que abriría los brazos para abrazarlo. Pero era solo una foto. No podía hablar ni abrazar.

“¿Mamá… murió?”.

Su cerebro se sentía como tofu, desmoronándose con el menor impacto. Yuye le había dicho que ella lo estaba esperando, que anhelaba el día de su reencuentro. Entonces, ¿qué eran todas estas cosas? Objetos abandonados, descoloridos, sin dueño.

“¿Mamá murió?”.

No, no puede ser.

Haeim tomó los objetos uno por uno, separando los familiares de los desconocidos.

El collar de perlas de mamá, su anillo, el suéter que tejió, el vestido que usaba, su abrigo de piel. Entre cosas extrañas, Haeim pudo rescatar lo que reconocía.

“¿No es cierto? Nadie me lo dijo. Nadie me dijo nada”.

Mamá murió.

Sus piernas cedieron, y cayó al suelo. La habitación secreta era un almacén de los restos de la muerte. Los desechos de una vida que vivió y murió.

No, mamá no murió. Haeim apretó la ropa de seda en sus manos, sin notar que se arrugaba y rasgaba.

“Hermano, tú dijiste que mamá me estaba esperando”.

Sí, ese día lluvioso lo había dicho. En medio del miedo y la ansiedad, en sus brazos, le habló de un jardín con flores de azahar, de una mujer que deshacía y rehacía una prenda tejida. Qué cálida era esa voz entonces.

“Haeim”.

Yuye habló con pesadez. Haeim se acercó a él, tambaleándose, vacilante.

“Creí que mamá me esperaba. Lo creí porque tú lo dijiste”.

Lágrimas cayeron al suelo. Yuye, con manos temblorosas, las secó. Haeim apartó esa mano gentil. Una sombra de decepción cruzó el rostro de Yuye.

“¿Cuándo murió mamá?”.

Haeim preguntó a Yujue. Sentía que Yuye no le diría la verdad. Había ocultado esto durante tanto tiempo.

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“No lo sé exactamente. Fue cuando estaba en estado vegetativo. Pero ella estuvo enferma todo el tiempo. Después de que te fuiste de esta casa, enfermó. Y siempre insistió en que no te lo dijeran”.

“¿Por qué?”.

“.No lo sé”.

Haeim recordó la última imagen de su madre, un animal feroz, con las garras listas para proteger a su cría. ‘Young, ven con mamá. Déjalo todo y ven con mamá’. Sin pensar, tiró del collar de perlas que sostenía. Las perlas cayeron al suelo como lágrimas.

“Estoy tan cansado”.

Su cuerpo estaba agotado. Al sentarse en el suelo, Yujue se acercó y lo abrazó por los hombros. Haeim no sintió el abrazo. Solo resentía a Yuye por dejarlo descubrir la muerte de esta manera.

“Estoy cansado”.

Intentó pensar que algún día lo sabría, pero el dolor de un duelo no resuelto lo consumía. El sufrimiento de un luto tardío le desgarraba el pecho. Quería sollozar, pero solo salió un suspiro entrecortado.

“Hermano, ¿cuándo murió mamá?”.

¿Cómo fue esa muerte? ¿Me extrañó? ¿O me maldijo hasta el final? ¿Me culpó? Temiendo que Yuye dijera que su madre lo maldijo, Haeim se acurrucó.

“Un año después de que te encerraran en el reformatorio. Tenía cáncer. Escuché que comenzó a enfermar poco después de que regresaste con tus padres. Cuando su estado empeoró, yo regresé de China”.

“Entonces, yo era el único que no lo sabía”.

Yuye se agachó frente a Haeim. Cuando este rechazó su mano extendida, los dedos de Yuye se detuvieron en el aire, apretando el vacío.

“Iba a decírtelo pronto”.

“¿Cuándo? ¿Cuándo exactamente?”

“Cuando estuvieras bien”.

Era como si todos sus sentidos de dolor se hubieran detenido. Sentía que había perdido una parte de su cuerpo para siempre. ¿Podría alguna vez estar bien?

“Vamos a tu habitación”.

Yujue levantó a Haeim. Este, aún sosteniendo la ropa, se puso en pie. El latido del corazón de Yujue resonaba en su pecho. Yujue lo sentó en la cama y le acarició la cabeza varias veces.

“Mira, soy el único que no te engaña. Si no fuera por mí, seguirías siendo engañado por él”.

Sí, probablemente. Él habría seguido engañándolo. El dolor y la traición se mezclaban. La certeza de no poder volver a los brazos de su madre, de no haberle dicho un último adiós, golpeaba su corazón.

Una madre en un jardín de flores de azahar, tejiendo y destejiendo un suéter, esperándolo.

Haeim enterró el rostro en sus manos.

“Eres bueno, Haeim. No estés tan triste”.

Yujue susurró, sosteniendo sus manos y llevándolas a su pecho. Su voz era dulce y gentil.

“Creí que mamá me esperaba. Que me perdonaría al final. Aunque yo te hice eso”.

“No necesitas el perdón de mamá. Yo te perdoné. Eso es suficiente”.

¿Qué aroma tenía ese abrazo? Haeim buscó en su mente el olor de su madre. Había un hilo de ese aroma en esa habitación oscura, pero al oler la ropa en sus manos, no había nada. Todo parecía haberse desvanecido con la luz fluorescente.

“Mamá murió. Siempre creí que algún día me perdonaría”.

Que la muerte de su madre hubiera estado en esta casa. Que su soledad hubiera convivido con ellos.

“Mamá debió estar tan sola”.

¿Cómo habría sido esa soledad tras una puerta cerrada? ¿Cuánto habría golpeado esa puerta con desesperación? ¿Cuánto habría luchado por liberarse de esa maldición?

“Haeim, mamá murió en paz. Solo… te extrañó un poco”.

“Tú no lo sabes. No estabas allí cuando murió”.

“Pero lo sé. Lo vi en un sueño”.

Yujue se sentó junto a la cama y abrazó completamente a Haeim. Este, sintiendo la parálisis extendiéndose por sus extremidades, apoyó la cabeza en su pecho.

“No llores. Si lloras, yo…”.

La voz de Yujue se desvaneció, como tinta disuelta en agua. Solo quedó el eco de su voz.

“Vete”.

La voz de Yuye irrumpió, rompiendo el eco. Para Haeim, Yuye no era más que un mentiroso. Había tenido muchas oportunidades para contarle sobre la muerte de su madre, pero no lo hizo.

“Dime una razón por la que deba obedecerte”

Dijo Yujue.

“Tengo algo que hablar con ese chico”.

“No creo que Haeim quiera escucharte. No lo sabes, pero él odia a los mentirosos. Los odia más que a nada”.

El aire en la habitación se tensó como seda mojada. Haeim, sumido en el dolor y la desesperación, no percibió la atmósfera. Solo los fragmentos de su infancia ocupaban su mente.

Una noche, solo en una habitación, llorando sin que nadie abriera la puerta. Temblando de miedo, escondido en un armario bajo mantas pesadas. Creyendo que, si alguien lo rescataba, compartiría todas las bendiciones del mundo.

La puerta del armario se abrió. Afuera, su madre sonreía suavemente.

Mamá.

Lo abrazó con fuerza, diciendo que todo estaría bien, que nunca más lo dejaría en la oscuridad. Pero esa madre quedó sola en la oscuridad, reducida a unas pocas reliquias.

“No entiendo con qué confianza me pides que me vaya. Tú ocultaste la verdad y engañaste a Haeim. Sabiendo cuánto extrañaba a su madre”.

“Solo quiero que te vayas. Esto es entre él y yo”.

“¿Cómo es entre ustedes dos, cuando se trata de la muerte de mi madre y estoy hablando con mi omega?”.

¿Mi omega? El silencio llenó la habitación. Incluso Haeim dejó de llorar y miró a Yujue. Su rostro mostraba una leve sonrisa, sólida, sin titubeos, completamente pacífica y gentil.

“Tú sabes de qué confianza hablo, hermano. Sabes de qué estoy hablando”.

“Vete”.

“Haha”.

Yujue soltó una carcajada. Su risa, ligeramente aguda, era alegre y limpia.

“Ocultaste la muerte de nuestra madre, así que no habrás ocultado ‘eso’ tampoco, ¿verdad?”.

“¿Qué? ¿Quién ocultó qué?”.

“Ocultaste mucho, muchísimo. Pero no puedo decírselo ahora. Hoy ha recibido un golpe demasiado grande. Se lo diré cuando esté bien. Las palabras que dejó mamá”.

“¿Qué dijo?”.

Haeim agarró la ropa de Yujue, preguntando con urgencia.

“Fingiendo ignorancia. Hipócrita. Mentiroso. Oh, ¿fui demasiado duro?”.

Yuye no respondió a los insultos de su hermano. Solo le dirigió una mirada tranquila e inmóvil. Haeim solo quería descansar. No quería a ninguno de los dos hermanos. Uno ocultó la muerte de su madr,; el otro la reveló.

“Haeim, ¿estás cansado?”.

La voz gentil de Yujue se deslizó por su nuca. Aunque sabía que era peligrosa, asintió.

“Duerme un poco. Estaré a tu lado”.

La voz de Yujue se mezcló con la de Yuye. Yuye, con su voz suave, había descrito un jardín de flores de azahar, un lugar que no existía en la tierra, un paraíso. Fui un tonto por no sentir algo extraño en esa descripción.

“Acuéstate. Estás cansado. Si vas a llorar, llora acostado”.

Mamá murió. Mamá. Era como si un rincón del mundo se hubiera desprendido. De ese rincón roto, la lluvia, el viento, los truenos y relámpagos parecían derramarse con furia. Nadie estaba allí para tapar ese rincón.

“Mamá murió. Mamá… está muerta”.

“Así es. Ahora solo estamos tú y yo en este mundo”.

Yujue susurró lentamente, como hipnotizando. ¿La ausencia de una persona podía ser tan solitaria? Haeim no la había visto desde los 14 años. Su lugar siempre estuvo vacío. Ahora, arrancado por completo, dejaba al descubierto una tumba de tierra negra salada donde Haeim se retorcía.

“Llora, Haeim”.

Yujue, sosteniendo sus mejillas, murmuró sombríamente.

“Solo me tienes a mí, así que llora”.

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Yuye salió de la habitación y se quedó un rato frente a la puerta. Dentro, Haeim probablemente estaba llorando. No se oía nada, así que no lo supo. Cuando Yujue le dijo que no llorara, se dio cuenta de que el chico lloraba. La tristeza de no poder verlo. El chico debió aprender a llorar en silencio de la vida misma.

“Presidente, tiene que salir de nuevo”.

Jeong-sik insistió.

“Espera”.

No había movimiento alguno dentro del dormitorio. Pensar en Haeim llorando en silencio como si fuera medianoche le causaba un dolor punzante en alguna parte de su ser.

“Tal vez Kwon Haeim esté dormido. Debe estar agotado por lo de anoche y por el impacto emocional de hoy”.

Dijo Jeong-sik.

Yuye apartó la mano de la puerta. El chico necesitaba tiempo. Era un chico maduro, eventualmente entendería por qué había ocultado la verdad. No podía decirle a un niño que había visto las partes más oscuras del mundo que su madre había muerto.

“No lo hagas más triste”.

En su rostro solo quedaba piel, como si al hablar, un cráneo chocara los dientes. Los días de juventud y belleza se habían ido, solo quedaba enfermedad y desaliño. La preocupación de su madre siempre fue por sus hermanos menores.

‘Mis hijos, mis pobres hijos. ¿Qué será de ellos si muero así? ¿Qué harán estando tan solos?’.

Recordar el momento de la muerte de su madre siempre llenaba a Yuye de rabia y culpa. La rabia iba dirigida hacia su padre y hacia sí mismo. No sabía a quién odiaba más.

El testamento de su madre fue breve. Les encomendó cuidar de los dos chicos, especialmente de Haeim.

Su madre enfermó después de que Haeim regresara a su hogar original. Fue por el estrés excesivo. La mujer que amaba a Haeim, o mejor dicho, a Kang Yuyoung, nunca pudo olvidarlo.

“Presidente”.

“Ah”.

Yuye salió de sus pensamientos y levantó la cabeza. No quedaba mucho tiempo para el vuelo. Sería mejor darle al chico un tiempo para ordenar su corazón. Y mientras lo hacía, no necesitaría a alguien que lo había engañado.

Si se iba así, Haeim lamería sus heridas solo, o con ese chico. Eso le causaba cierta incomodidad y amargura. No sabía de dónde venía ese sentimiento agridulce.

“Vámonos”.

Yuye le dijo a Jeong-sik. Justo cuando estaba a punto de salir por la puerta principal, se encontró con Jeong Gyein llegando al trabajo.

“¿Se va?”.

Yuye asintió brevemente.

“Voy a Hong Kong. A reunirme con el congresista Seok”.

“Que le vaya bien. Yo cuidaré de Haeim”.

“Confío en ti. Ayer recibió un gran golpe, y hoy…”.

“¿Qué pasó?”.

“Descubrió por casualidad que su madre murió”.

Ante las palabras de Yuye, los ojos de Jeong Gyein se abrieron de par en par. Luego, negó con la cabeza y suspiró, como si tuviera algo que decir pero lo reprimiera. Yuye estaba seguro de que, de haber hablado, esas palabras habrían contenido alguna crítica hacia él.

“Cuídalo bien. No olvides la cita con el psiquiatra hoy”.

“No lo olvidaré”.

“Ah, y está durmiendo ahora, así que no lo despiertes".

Jeong Gyein asintió. Yuye salió de la mansión sin mirar atrás.

Incluso en el avión, no podía dejar de pensar en Haeim. Mientras escuchaba un archivo grabado con información, la voz del chico se intercalaba en su mente.

La voz de alguien atrapado en un dolor interminable al saber que su madre había muerto. Ese dolor necesitaba un duelo suficiente. Yuye quería darle a Haeim ese tiempo para llorarla.

 

Cuando Haeim despertó, el primer rostro que vio fue el de Kang Yujue. Estaba dormido, con la cabeza apoyada en el borde de la cama. Su rostro, visible junto a su brazo como almohada, parecía una aparición salida de un sueño, extrañamente irreal.

Antes de dormir, habían pasado demasiadas cosas. Casi lo violan, se aferró a Yuye y tuvieron sexo, y luego descubrió que su madre había muerto. El calor que aún sentía en su cuerpo le recordaba que el sexo de la noche anterior no fue un sueño.

El eco de su ciclo de calor no había terminado. Aunque el sexo con Yuye había aliviado la urgencia, necesitaba una inyección por si acaso. Mientras se inyectaba en el abdomen, Haeim suspiró. Pensó que la muerte de su madre detendría por completo su rutina. Pero allí estaba, haciendo lo que debía como si nada.

Ojalá todo esto fuera una pesadilla.

A veces tenía esos sueños, tan reales y complejos como la realidad. Sabía que eran sueños e intentaba despertar, pero no podía.

Un sueño en el que su madre moría.

Todas las muertes eran malas. Algunas eran peores. Para Haeim, la muerte de su madre era la peor. Su rostro se humedeció de nuevo. Mientras enterraba la cara en las palmas, alguien le rodeó los hombros.

“No llores”.

Era Yujue. Su voz se parecía tanto a la de Yuye que Haeim no se apartó de su abrazo.

“Murió. Mamá murió”.

Perdió a su madre. ¿Qué más le quedaba por perder? Nada, absolutamente nada.

“Mamá… ahora está libre del dolor. Ya no sufre. No tiene que pasar noches preocupándose por nosotros ni sufrir por nuestra causa”.

“¿De verdad? ¿Realmente mamá no sufre?”.

Haeim sentía que su vida futura era incierta. El dolor de perder a su madre duraría mucho tiempo.

“Este dolor pasará con el tiempo”.

Haeim había oído algo similar antes: el dolor no se diluye con el tiempo, solo la sensibilidad para sentirlo se embota. El dolor permanece como una bomba a punto de estallar en el corazón.

“Quiero volver a ver la habitación de mamá”.

“Descansa un poco. Has llorado demasiado”.

Por tanto llanto, su visión estaba nublada. Pero no tanto como para no reconocer las huellas de su madre.

Dejando atrás a Yujue, que intentaba detenerlo, cruzó el amplio salón hasta la puerta más recóndita. Como siempre, estaba firmemente cerrada. Ahora sabía que detrás de ella se escondía el secreto de la muerte.

Puso la mano en el pomo. El sudor frío le recorrió la espalda. Temía encontrar un fantasma allí dentro.

O tal vez algo más aterrador que un fantasma. Una muerte cruda. Sus manos, resbaladizas por el sudor, no podían abrir la puerta. Había sido feliz en su ignorancia. Porque había olvidado que existía ese mundo al otro lado.

¿Debería abrirla entonces?

En ese momento, las manos de Yujue cubrieron las suyas. Intentó retirarlas, pero esas manos eran frías y firmes.

“Tienes que verlo, Haeim”.

El pomo giró bajo su agarre. La oscuridad se derramó a sus pies. Al abrir la puerta, un aroma a jazmín y sándalo lo envolvió. Era el perfume que siempre había intentado no olvidar. A veces, buscaba algo similar en las perfumerías.

Pero ningún aroma se comparaba con ese hilo de fragancia.

Yujue encendió la luz. La habitación estaba ordenada. Ropa, cosméticos, joyas… fotos.

La foto mortuoria.

Nada había cambiado desde esa mañana. Haeim se sentó en el suelo, mirando aturdido las reliquias. Al ver la caja de joyas, recordó cómo había roto un collar de perlas por la mañana.

Gateó por la habitación, recogiendo las perlas. No podía recoger las lágrimas derramadas, pero sí las perlas. Sin embargo, encontrarlas todas no era fácil. Mientras buscaba en cada rincón, el suelo se humedecía.

De repente, en su visión borrosa, apareció una caja. Era una caja de nácar del tamaño de una caja de paquetería. Se arrastró hacia ella y la abrió. Haeim reconoció los objetos dentro.

Eran cosas que le había dado a su madre. O cosas suyas. Objetos triviales e insignificantes. Un clavel de papel hecho en el jardín de infancia, una violeta prensada con cuidado, zapatos pequeños, ropa de su infancia.

“Cuando eras pequeño, mamá pasaba horas mirando tus cosas. Como si fuera un ritual sagrado. Yo estaba a su lado, pero ella no me miraba”.

Dijo Yujue con calma.

Haeim revisó los objetos, recordando cada día en esa casa. Éxtasis y miseria, belleza y soledad, siempre amado pero incompleto. Todo era ambivalente.

“Mamá enfermó por mi culpa. Y murió por mi culpa”.

Si no hubiera apuñalado a Yujue, tal vez no habría muerto. Aunque sabía que era inútil, Haeim quería confirmarlo.

Un mundo hecho de ’si tan solo’. Si no hubiera apuñalado a Yujue.

“Es cierto… dicen que mamá sufrió mucho por ti. Pero no fue tu culpa. Está bien, Haeim. Mamá te perdonará”.

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¿Realmente lo perdonaría? Haeim se sentía como un fantasma, envuelto en cadenas, vestido con harapos grises, con un rostro ceniciento. Tan triste que deseaba morir.

“No llores”.

Yujue se agachó a su lado y le rodeó los hombros.

“¿Estoy llorando otra vez? Mi rostro está húmedo”.

“¿Estás bien?”.

De repente, Jeong Gyein estaba allí, rodeándole los hombros. La sombra llena de compasión y lástima le recordó la realidad de haber perdido a su madre.

“¿Lo sabías?”.

“No podía decírtelo. Igual que el presidente”.

“Debieron decírmelo”.

“Lo siento”.

La sombra de Jeong Gyein cargaba verdad.

“Fue porque te preocupábamos demasiado. Queríamos protegerte. Apenas saliste de ese lugar horrible, ¿cómo ibas a soportar también la muerte de tu madre?”.

“Lo sé. Fue porque estaban preocupados por mí. Porque temían que colapsara”.

Así era. Haeim entendía a Yuye. No podían decirle a alguien recién salido del reformatorio que su madre murió por su culpa. Así que guardaron silencio y encerraron la muerte en esa habitación.

“Eres joven aún. Habría sido demasiado para ti”.

“Es cierto, no puedo soportarlo. Siento que voy a morir”.

Realmente sentía que moriría. Aunque acababa de despertar, su cerebro estaba aturdido. Miró el reloj de pared: 12:30 p.m. Debería estar en la academia, pero había regresado con un montón de malos recuerdos en un solo día. Qué patético.

“¿Qué debo hacer? ¿Qué debo hacer para que digan que estoy viviendo una vida normal? Para que mamá, al verme, piense que estoy viviendo bien, ¿qué debo hacer para que me reconozca?”.

Mamá habría querido que viviera una vida normal. Lo sabía en su cabeza. Mamá habría querido que saliera del reformatorio y se mantuviera en pie por sí mismo.

Haeim se susurró a sí mismo:

“Puedo hacerlo. Puedo mantenerme en pie entre gente cruel”.

“Ah, el psiquiatra. Hoy es el día del psiquiatra, ¿verdad?”.

“Haeim”.

“Tengo que estar bien. Tengo que estarlo pronto para que mamá pueda descansar en paz”.

Aunque estaba sonriendo, su rostro estaba húmedo. Qué extraño.

Haeim regresó rápidamente al dormitorio y se preparó para ir al hospital. Mientras se ponía los zapatos en la entrada, Yujue se acercó.

“¿Quieres que te acompañe?”.

Yujue extendió el brazo con amabilidad. Haeim miró fijamente ese brazo.

“Estoy bien”.

“Te acompañaré”.

No mostraba intención de apartarse. Haeim no entendía por qué Yujue se aferraba tanto. Tal vez esa tenacidad era su forma de vengarse.

Al salir, Yujue lo siguió. Su sombra se extendía larga bajo sus pies. Como en los viejos tiempos, Haeim quería pisar esa sombra para detenerlo, para que no lo siguiera.

Tomaron el autobús y llegaron al hospital. Tras completar el registro, mientras esperaba frente al consultorio, Yujue le habló.

“¿De qué hablas aquí?”.

“De ti”.

Haeim respondió con honestidad. Así era. Principalmente hablaba de Yujue. Aunque también hablaba de otras cosas, el médico estaba interesado en su relación con él.

Un joven asesino.

No, no llegó a ser un asesino, pero pudo haberlo sido. El médico quería saber qué delirio lo llevó a apuñalar a alguien. No fue un delirio, sino una certeza, y cuando respondió eso, el médico puso una expresión extraña.

“Hablé de por qué te apuñalé. También de si las sombras que veo han desaparecido o no. A veces solo hablamos de cómo me siento, si dormí bien, cosas normales.

Sintió las miradas de la gente. Al levantar la vista, se encontró con los ojos de varias personas. Todos parecían ratas curiosas, interesadas en las historias de los demás.

“Parece que hablamos demasiado alto”.

Susurró Yujue cerca de su oído.

Su voz, tan cercana, parecía surgir desde lo más profundo de su ser.

De repente, tuvo un pensamiento extraño y observó las sombras de quienes lo miraban. La mayoría tenían sombras fragmentadas, típicas de pacientes psiquiátricos, pero entre ellas había curiosidad y compasión.

La curiosidad era comprensible. Pero, ¿compasión? ¿No sería más lógico sentir irritación por el ruido?

“Kwon Haeim, por favor pase. Entre cuando suene el pitido”.

La enfermera lo llamó. Se levantó, miró a Yujue, quien sonrió y dijo:

“Ve solo”.

Al entrar al consultorio, saludó y tomó asiento. Tras hablar brevemente del clima, el médico preguntó:

“¿Cómo pasó la semana?”.

“Él volvió”.

Una sutil sorpresa cruzó el rostro del médico, como si no creyera que Yujue estuviera vivo. Tal vez Haeim no explicó bien, y el médico pensó que Yujue estaba muerto. Pero su sorpresa también tenía un matiz de duda.

“Es cierto. No estoy loco ni diciendo tonterías. Está afuera, esperándome”.

Haeim insistió con vehemencia.

“Lo siento, no lo dudé”.

“Ayer, en la academia, casi me violaron, pero él apareció. Golpeó la cabeza del agresor por mí, y gracias a eso estoy vivo”.

El médico asintió lentamente.

“¿Y luego?”.

“También… tuve sexo con su hermano”.

Haeim desvió la mirada hacia la ventana. Había una planta de spider plant, y junto a ella, lavandas y geranios medio secos floreciendo. Las flores le recordaron a las que su madre cuidaba con tanto cariño. Las muchas plantas que ocupaban un rincón del salón. Esos recuerdos de una infancia preciosa lo apesadumbraron.

“No eres menor, así que no puedo interferir en tu vida sexual… pero los medicamentos que tomas pueden causar insensibilidad, disfunción eréctil o baja libido. ¿Todo estuvo bien?”.

“Estuvo bien. Supongo que fue por el ciclo de calor”.

Y para manejar el resto del ciclo, se había inyectado. Como Yuye no estaba, no tuvo otra opción.

Un silencio incómodo llenó el consultorio. Haeim arrancó una piel muerta junto a su uña. Al hacerlo con cuidado, una gota de sangre apareció. Los dedos del médico se movían rápidamente, probablemente anotando incluso ese gesto. Ansiedad, nerviosismo.

“¿Qué más?”.

“¿Más?”.

“¿No pasó nada más? Algo importante”.

La expresión del médico era significativa. Su sombra tras él titilaba. El médico lo sabía todo. La única explicación posible era que Yuye le hubiera informado previamente. Sí, esta era una historia que necesitaba contarse. Una herida que debía abrirse para que el aire la sanara.

“Mamá… murió. No lo sabía. Realmente pensé que estaba viva. Pero encontré una habitación con sus pertenencias. Todas sus cosas estaban allí. Una montaña de objetos, la vida misma de una persona. Me di cuenta de que lo único que queda de alguien que muere es eso”.

Haeim habló con calma, con un tono casi formal, sin rastro de dolor. Pero sus ojos estaban vacíos, como buscando algo lejano, y teñidos de rojo, como si hubieran encontrado algo letal.

“Solo… creí que estaba viva. Que había alguna razón. Que algún día nos encontraríamos. Nadie me dijo que murió. Ni siquiera él. Esa habitación secreta… no sabía que era una habitación donde la muerte estaba embalsamada”.

“¿Qué sentiste al saber que tu madre murió?”.

“Quise morir”.

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Realmente quiso morir. El médico guardó silencio un largo rato.

“La próxima cita es en un mes. Sal y haz la reserva. Cambié los medicamentos; estos te darán mucho sueño, pero te acostumbrarás”.

Haeim saludó al médico y salió. Reservó la próxima cita con la enfermera.

“Yujue”.

Lo llamó, pero no lo vio. ¿Estaría en el baño? Haeim se sentó y navegó por internet mientras lo esperaba. Pero tras unos 20 minutos, Yujue no regresó.

Su corazón comenzó a latir con ansiedad. Debió preguntar desde el principio si alguien lo había visto. Pero ya habían pasado 20 minutos; quienes podrían haberlo visto ya habrían terminado sus citas y se habrían ido.

Primero buscaré en el baño.

Haeim se dirigió al baño más cercano. La ansiedad creciente era como una tormenta. Algo estaba a punto de pasar. Un viento negro, cargado de presagios, llenaba el hospital.

“Kang Yujue”.

Golpeó cada puerta del baño, pero no hubo respuesta. Revisó todos los baños de ese piso. No conforme, buscó en todos los baños del sexto piso del edificio principal. Su corazón latía con fuerza. Su pecho era una jaula, y su corazón, un pájaro destrozado intentando escapar.

Cansado de tanto correr, su cuerpo protestaba. Sentía que el oxígeno no llegaba a sus venas. Haeim se sentó en el suelo, jadeando.

Perdió a Yujue. Yujue había desaparecido otra vez. Tal vez esta vez no regresaría. Aparecía y se desvanecía sin hacer ruido. Quizás debía acostumbrarse a este tipo de despedidas.

No, esto no era el impacto de una despedida. Que una persona desapareciera como rocío no tenía sentido.

Un día cualquiera que Haeim recordaba.

Extrañamente, Yujue no apareció en la hora del pase de lista. Haeim, esperando, pensó en todo tipo de cosas, ¿estaba enfermo, herido, había algún problema en casa? La ansiedad y la curiosidad se mezclaban. La duda se resolvió rápido.

‘Dicen que Kang Yujue se transfirió otra vez’.

Las palabras de alguien hicieron que el aula se alborotara. Haeim, sentado cerca de la puerta, escuchó los murmullos.

Yujue apareció al final de la segunda clase. No había nada diferente en él. Entró, saludó a sus amigos y miró brevemente a Haeim. Había una emoción caprichosa e indefinible en sus ojos. Haeim, acostumbrado a su volubilidad, no le dio importancia.

No, Kwon Haeim estaba triste porque Kang Yujue había mostrado esa expresión. ¿Cómo podía, en ese momento, sentirse al borde de la muerte y al mismo tiempo lleno de vida por una simple sonrisa de alguien más?

‘¿Escuché que te vas a cambiar de escuela?’.

Uno de los amigos de Kang Yujue preguntó eso. No se oyó ninguna respuesta. Haeim quiso preguntarle al amigo de Yujue si era cierto, pero se contuvo. Todos los amigos de Kang Yujue lo odiaban.

Era natural. Kwon Haeim era el acosador de Kang Yujue. Era un loco que confundía la amabilidad y la consideración de Yujue con amor, obsesionándose con él. A pesar de eso, Kang Yujue siempre trataba a Haeim con amabilidad. Lo rescataba cuando estaba en peligro y siempre le ofrecía una mano amiga. Para los demás chicos, Kang Yujue era un santo que cuidaba constantemente de un chico pobre, sombrío y despreciable.

Kang Yujue se iba a cambiar de escuela.

Kwon Haeim no sabía cómo procesar esa noticia. Sentía una pizca de alegría y, al mismo tiempo...

¿Qué pasaría si Kang Yujue se iba? Haeim nunca había considerado esa posibilidad hasta ese momento. O, más bien, era más exacto decir que había evitado conscientemente pensarlo.

¿Qué pasaría si Kang Yujue dejara de protegerme? O, mejor dicho, ¿qué pasaría si Kang Yujue me liberara? No recordaba los eventos del pasado con claridad, y no podía imaginar lo que le depararía el futuro.

El futuro estaba envuelto en una oscuridad tan absoluta como la sombra que cargaba Kang Yujue.

Después de eso, Kwon Haeim no pudo dormir durante tres días. Cada vez que cerraba los ojos, la oscuridad de Kang Yujue se filtraba lentamente bajo sus párpados.

Deseaba que Kang Yujue no se fuera, pero al mismo tiempo quería que desapareciera para siempre de su vista. Quería estar atado a él y, a la vez, ser liberado. Quería encadenarlo y, al mismo tiempo, dejarlo ir. Haeim sentía que nunca sabría con certeza qué era lo que realmente quería.

El gatillo de la pistola se desactivó por una conversación entre Kang Yujue y sus amigos.

‘Cuando te vayas, ¿qué va a pasar con Kwon Haeim? Al menos gracias a ti podía andar con la cabeza en alto’.

‘No seas tan duro. Es un chico digno de lástima’.

Kang Yujue, como un santo. Compadeciendo al acosador pobre y sombrío.

‘¿No crees que podría hacer algo loco cuando te vayas? Un tipo tan perturbado es capaz de cualquier cosa. ¿Y si saca un cuchillo y se pone violento? Ten cuidado, no te encuentres con él a solas’.

El amigo de Yujue habló con un tono despreocupado, como si lo encontrara divertido. El chico parecía esperar que algo tan monótono como la vida escolar se viera interrumpido por un recuerdo tan dramático como un asesinato. Diversión, una sombra que brillaba con un destello de color limón.

‘Si me apuñala, está bien’.

‘Loco’.

“’En serio, no me importaría si me apuñalara. Si Haeim lo hace, seguramente será porque yo hice algo mal’.

Kang Yujue lanzó una mirada fugaz hacia la esquina donde Haeim estaba escondido. Haeim creyó que sus ojos se encontraron. Debía cumplir el deseo de Yujue. Si lo hacía, parecía que tanto atarlo como liberarse serían posibles.

‘Ser tan perfecto es tu pecado. Que un psicópata como ese te acose... Ese tipo de chicos no debería estar en la escuela’.

‘Haeim no es mi acosador. Solo está... un poco herido’.

Esa noche, Haeim tuvo un sueño. Era tan confuso y deslumbrante que no podía distinguir qué era. En el sueño, el arriba y el abajo se invertían, el frente y la espalda se intercambiaban. En medio de esas imágenes caóticas, Haeim sintió que había recibido una revelación:

Apuñala a Kang Yujue. Si lo haces, él no podrá dejarte, y al mismo tiempo te liberará.

Tal vez por eso pensó que debía apuñalar a Kang Yujue antes de que desapareciera, antes de que se desvaneciera. Incapaz de soportar la intensidad de sus emociones, decidió que debía apuñalarlo.

 

El teléfono sonó. Kwon Haeim miró el nombre en la pantalla. Era Jeong Gyein. Contestó apresuradamente, y del otro lado, Gyein exclamó sorprendido:

—¿Qué pasa? Tu voz suena como si estuvieras a punto de desmayarte.

Quiso responder que no era nada, pero las palabras no salían. Solo podía pensar en encontrar a Kang Yujue.

—¿Qué pasa?

“Yujue...”.

Se sentía avergonzado. No podía articular bien las palabras. Perder a una persona era algo absurdo. No era una tarjeta de crédito que se lleva en el bolsillo. Entonces, ¿a dónde había ido Kang Yujue? Tal vez sería mejor ir a esperar frente a la consulta médica. Si se sentaba allí, como una bandera solitaria, Yujue aparecería, ¿verdad?

—¿Qué pasa con Yujue?

Gyein preguntó desde el otro lado de la línea. Esta vez, las palabras fluyeron con más facilidad.

“Lo perdí”.

—¿Qué?

“Perdí a Kang Yujue. Salí de la consulta y ya no estaba. Revisé todo el hospital, pero no lo encuentro. ¿A dónde fue? Tengo que buscarlo”.

Gyein guardó silencio al otro lado de la línea. Haeim sintió un pinchazo de ansiedad, como si algo afilado le atravesara la piel. Algo estaba mal.

“¿Le pasó algo?”.

Pensamientos oscuros y ominosos lo invadieron. Kang Yujue en la azotea del hospital, desangrándose por una herida en el abdomen, frotando su rostro contra pedazos de entrañas vomitadas. O tal vez un accidente de tráfico, con la piel desgarrada sobre el asfalto, un rostro pálido reducido a un cráneo. O, si no era eso...

“¿Yujue volvió a casa primero?”.

No hubo respuesta desde el otro lado. Una extraña sensación de incomodidad y desconcierto viajaba a través de las ondas. Haeim, cada vez más asustado, aferró el teléfono con fuerza.

“¿No está en casa?”.

—Vuelve a casa primero. Ten cuidado en el camino.

Gyein colgó primero. ¿Volver a casa? ¿No debería buscar a Yujue primero? Pero, tal vez, Yujue ya estaba en casa.

Haeim tomó un taxi de inmediato. Aunque era una distancia de solo dos o tres paradas de autobús, estaba demasiado ansioso. Bajó del taxi y entró corriendo a la casa.

Abrió la puerta de golpe y gritó: “¿Yujue está aquí?” Esperaba que Kang Yujue estuviera sentado en el sofá, girando la cabeza hacia él.

Pero, contra sus expectativas, Kang Yujue no estaba. ¿A dónde había ido? Si Yujue no estaba en casa, ¿por qué Jeong Gyein lo había hecho volver?

Dejó su mochila en la entrada y se dirigió al sofá. Le dolía la cabeza. Se sentía un poco mareado y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá. Cerró los ojos con fuerza y un torbellino de colores vibrantes se desplegó tras sus párpados. Era una visión imposible de atrapar.

“¿Llegaste?”.

Jeong Gyein salió de la cocina. Sostenía una cuchara grande, como si estuviera cocinando algo. El olor a aceite que llenaba la casa le provocó náuseas.

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“¿Dónde está Yujue?”.

“Ven y siéntate aquí”.

Gyein señaló el sofá. Estaba preocupado. Preocupado de una manera que hacía doler los ojos, como si la sombra de su preocupación fuera cegadora. Que alguien pudiera preocuparse tanto por Yujue con solo verlo una vez... Realmente, Yujue tenía algo que atraía los corazones de las personas.

“Tengo que buscar a Yujue”.

“Primero hablemos un poco”.

Haeim se acercó al sofá y se sentó, siguiendo las palabras de Gyein.

“Cuéntame con calma qué pasó hoy. Sin omitir nada”.

“Ayer... casi me violan, y luego volví a casa con mi hermano y...”.

Sí, tuvo sexo con Kang Yuye. Su rostro se encendió. Se frotó la cara con las manos. Hasta sus manos estaban calientes. No solo por la vergüenza, sino por algo más, en verdad.

“Y luego... me enteré de que mi madre murió. Yujue vino, ¿sabes?”.

Todo era vago e incierto, como un barco fantasma en la niebla. Así supo que su madre había muerto, que todos los recuerdos que llenaban esa habitación de muerte no eran más que reliquias que, al llegar a tierra, solo confirmarían la muerte de su madre.

“Fue Yujue quien me dijo que mi madre murió. Mi hermano, mi hermano Yuye, no dijo nada. Me engañó”.

“¿Qué más pasó?”.

Gyein no respondió, solo siguió preguntando por lo que ocurrió después. Haeim intentó recordar lo que había pasado. Extrañamente, cuanto más lo pensaba, más opacos se volvían los eventos de esa mañana, como manchas grises.

Probablemente era por el impacto de saber que su madre había muerto. Pensar en las reliquias que llenaban la habitación le daban ganas de llorar. ¿Habría recogido todas las perlas?

“Cuando supe que mi madre murió, me enojé porque mi hermano no me dijo nada. Volví al dormitorio y, cuando desperté, Yujue estaba durmiendo a mi lado”.

Sí, con un rostro pálido, respirando tranquilamente. Ese rostro, que había estado dormido durante cuatro años, le resultaba muy extraño. Luego despertó y confirmó de nuevo en la habitación de la muerte que su madre había fallecido.

¿Qué más hice?

Sí, fui con Kang Yujue al psiquiatra. Después de la consulta, al salir, Yujue no estaba.

“Cuando salí de la consulta, Yujue no estaba. Revisé todo el hospital, pero no lo vi. Entonces me llamaste. Te dije que Yujue no estaba, y me pediste que volviera a casa, así que vine”.

Haeim organizó su mente confusa y habló con claridad. Gyein suspiró. Detrás de él, una sombra de compasión brillaba intensamente. ¿Por qué compasión?

“Haeim, no sé cómo decir esto...”.

Gyein finalmente habló después de un largo silencio.

“No sé qué malentendido tienes, pero poco después de que vine a trabajar, Kang Yujue volvió al hotel. No ha regresado aún. Dijo que le tomaría tiempo recoger sus cosas y me pidió que cuidara de ti”.

“No puede ser. Hablé con él, fuimos al hospital juntos”.

Estaba seguro de que Yujue estaba allí cuando despertó, que lo había consolado abrazándolo en la habitación de su madre. En el camino al hospital, sentado a su lado en el autobús, hablando sin parar. La sombra de Kang Yujue...

Espera, ¿realmente Yujue llevaba esa sombra oscura, esa oscuridad que lo consumía todo? ¿Esa sombra que ocupaba la mayor parte de su presencia estaba con él?

Un escalofrío de ansiedad comenzó a surgir desde lo más profundo de su piel. Yujue estaba en cada escena camino al hospital. Subiendo al autobús, pasando la tarjeta, mirándolo mientras estaban de pie, hablando de cosas triviales en el hospital.

Pero esa risa vívida se desvanecía lentamente, dejando solo un vacío. ¿Realmente Yujue estuvo allí en cada momento? ¿Era real, tangible?

“Haeim, cuando despertaste, estabas solo, salvo por mí”.

Las palabras de Gyein hicieron que cada imagen de Yujue se volviera borrosa. Como una figura de sal disolviéndose en agua, se desvanecía desde los bordes.

“No, no puede ser. Estaba con Yujue...”.

Su presencia se difuminaba, su sombra se diluía en un gris ceniciento. Intentó aferrarse a ella, pero no podía atraparla.

“Saliste solo y volviste solo”.

“Entonces... ¿estoy loco?”.

Oh, claro. Haeim recordó lo que había pasado en el hospital la última vez. Creyó haber visto a Kang Yujue, creyó estar en los brazos de Kang Yuye, pero no fue ninguna de las dos cosas. Esta vez no era diferente. Solo eran los síntomas de su locura.

“Realmente pensé que Yujue estaba conmigo. ¿Cómo pude pensar eso? ¿Cómo, de verdad?”.

“Es por el estrés de lo que pasó ayer. Es una reacción al estrés”.

“...”.

Gyein intentó consolarlo. Pero Haeim sentía que se estaba volviendo loco. Solo un loco podía cruzar los mundos, el de las ilusiones y el de la realidad.

“Puede pasar, es solo una confusión”.

Haeim esbozó una débil sonrisa ante el consuelo vacío.

“Claro, solo una confusión. Hace calor, estoy estresado...”.

“Mira lo pálido que estás. ¿Quieres un vaso de agua?”.

“No le digas nada a mi hermano. Se preocupará”.

“Está bien”.

“Habla en serio, por favor no le digas nada a mi hermano. Se preocupará”.

“Lo prometo”.

Una sombra verde poco confiable. Haeim dejó a Gyein y volvió al dormitorio. Se acurrucó en la cama apenas entró.

Al repasar todo lo que había pasado, solo podía llegar a una conclusión, estaba loco. Pero, pensándolo bien, no era ninguna sorpresa. Ver las sombras de otras personas ya era algo que solo un loco podía hacer.

Se levantó y encendió la computadora. Haeim comenzó a escribir lentamente todo lo que había pasado en la academia el día anterior. Su mente estaba clara. No podía aceptar que estuviera loco. La idea de que los locos no saben que están locos resonaba en su cabeza.

Entonces, pensó Haeim, si sé que estoy loco, ¿significa que no lo estoy?

La puerta se abrió y Jeong Gyein entró. Haeim lo miró fijamente. No podía estar seguro de si era real o una ilusión. De ahora en adelante, cada aparición de alguien sería una fuente de confusión, preguntándose si era una fantasía o no.

“Haeim, contesta el teléfono. Es el presidente”.

Haeim miró fijamente el teléfono que Gyein le ofrecía. Si lo tomaba, temía que se convirtiera en una rata de laboratorio y escapara de su mano. O tal vez quería que eso pasara, para no tener que contestar.

Kang Yuye, el mentiroso. Kang Yuye, el engañador. Haeim intentó ordenar su mente confundida. ¿Debería odiarlo? ¿Podría perdonarlo? Esos pensamientos llenaban su cabeza.

—Haeim.

La voz de Kang Yuye tenía esa calidez sutil de siempre. No era una calidez evidente como la del sol. Era una calidez que no se obtenía fácilmente, como la de un tronco que conserva el calor del día incluso después de que el sol se ha puesto, una calidez completada solo por la paciencia y el tiempo.

—Haeim, ¿me escuchas?

Haeim no respondió, solo imaginó el rostro de Yuye. Seguro tenía una expresión fría pero serena. ¡Engañador! Algo en su mente gritaba con furia. ¡Destructor!

—¿Haeim?

La voz de Yuye al otro lado del teléfono lo trajo de vuelta a la realidad.

“Te escucho”.

Respondió claramente. De repente, recordó esa noche, cuando pisó los fragmentos de cristal.

A Haeim le gustaba que Kang Yuye lo compadeciera. La forma en que lo consolaba con lástima lo hacía sentir al borde de la muerte. No sabía qué era ese sentimiento, pero era tan intenso y aterrador que pensó que moriría por él, o que tal vez ya estaba muerto.

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—¿Estás bien?

“¿Qué?”.

Su respuesta fue algo cortante, y el otro lado del teléfono quedó en silencio.

—Volveré en tres días.

“¿Debería agradecerte?”.

—¿Qué?

“Digo, ¿debería agradecerte por decirme cuándo volverás?”.

No quería enojarse con Kang Yuye. Pero al final, le lanzó palabras afiladas. Su corazón era como la cuerda de un arco tensada al máximo. Su razón entendía por qué Yuye había ocultado la muerte de su madre. Pero su corazón no podía aceptarlo.

—Lo de tu madre...

“Lo entiendo. De verdad lo entiendo. No necesitas explicarte”.

—¿Explicarme?

“Vas a decir que lo hiciste por mí, ¿verdad? No hace falta, lo sé. Sé por qué ocultaste la verdad”.

—Haeim.

“Está bien, de verdad. No necesitas decir que todo está bien”.

El otro lado del teléfono quedó en silencio. Yuye debía estar molesto. Pero no importaba. Ese día, Haeim estaba demasiado agotado para preocuparse por los sentimientos de los demás. Especialmente por los de Kang Yuye.

—No llores.

La voz al otro lado era baja. No llores. Esas palabras rasgaron el corazón de Haeim. La herida sangró, goteando al suelo. Y al mismo tiempo, las lágrimas que colgaban de su barbilla cayeron al piso.

No llores era como un hechizo mágico. Un hechizo que hacía llorar a las personas. Con las lágrimas, todas las palabras que quería decirle se evaporaron.

—Haeim.

“...”.

Esa voz gentil. Las lágrimas seguían cayendo. Era como si una tormenta rugiera dentro de él. Un torbellino feroz que lo hacía tambalearse, incapaz de mantenerse en pie.

“Hermano, ¿es verdad que mi madre murió? Dime que es mentira. Dime que es una mentira. Que mi madre está en un lugar lejano, donde florecen las flores de naranjo, esperándome”.

—Haeim.

“¿Está viva, verdad? ¿Verdad?”.

—Si lloras, tu madre se sentirá triste.

“Cuando alguien muere, todo termina, ¿no? ¿Cómo va a saber mi madre que estoy llorando? Cuando mueres, no queda nada. Solo es el fin”.

El otro lado del teléfono estaba en silencio. Haeim no podía saber qué pensaba Kang Yuye. Ni quería saberlo. Solo deseaba que ese dolor se desvaneciera.

“Creo que nunca podré confiar completamente en ti de nuevo. La muerte de mi madre no es lo único que me ocultas, ¿verdad? Seguro hay más cosas, cosas más aterradoras que estás escondiendo”.

—Tienes razón.

Yuye lo admitió. Haeim sintió que una parte de su corazón se derrumbaba. Por esa grieta, la lluvia y el viento irrumpieron sin piedad. La tormenta interna chocó con él, y sintió que su existencia se desmoronaba poco a poco.

—Pero quiero que sepas, Haeim. Mis secretos no te harán daño. No, no dejaré que mis secretos te hagan daño. Pase lo que pase, yo, Haeim...

Haeim colgó el teléfono sin dejar que Yuye terminara.