Parte 1
Parte 1
Tres meses después
Las olas se retiraron, aferrándose a la arena
circundante. La espuma quedó al borde de la orilla, creando una clara división
entre la tierra mojada y la seca. La arena empapada por el agua del mar se veía
tan oscura que parecía pertenecer al reino de las sombras.
Kwon Haeim necesitaba ese reino de sombras.
Ahora solo podía descansar dentro de él. Las sombras que recordaba eran tan
oscuras que podían perforar el suelo, tan profundas que sumían todos los
colores en la penumbra.
Buscando esas sombras, pisó la arena húmeda
por las olas. Permaneció un rato allí, inmóvil, hasta que la espuma se acercó,
rozándole los pies antes de retroceder. La espuma parecía un montón de cabezas
de serpiente agitándose.
Cabezas de serpientes blancas. Algo helado,
algo que debía derretirse.
Tenía que adentrarse en esas cabezas de
serpiente. Como si hubiera recibido una revelación, pensó que debía pisarlas y
entrar al mar para poder abandonar ese lugar. Para olvidar las noches atrapado
llorando y las mañanas en las que deseaba morir, necesitaba el mar.
Y así, Kwon Haeim se adentró en el mar.
Las cabezas de serpiente se agitaron
ruidosamente antes de soltarlo. Apenas dio unos pasos, el agua le llegó a las
rodillas, luego a la cintura y finalmente al pecho. Unos pasos más y estaría en
las sombras. El profundo color del agua reflejaba el cielo, brillando como una
sombra.
Tomó otro trago de agua salada. El sabor
metálico y salado le hizo doler la lengua. Avanzó, entregándose a las olas. Su
cuerpo se hundió, empujado por las corrientes. Parecía que, al sumergirse en
las sombras, encontraría una paz eterna.
Sin embargo…
Kwon Haeim sintió unos brazos fuertes
rodeándole el pecho. Esos brazos lo arrastraron hacia la tierra. El mar se
alejaba, el abismo se volvía inalcanzable. Las sombras del océano lo dejaron ir
con facilidad. En lugar de resistirse, tragó más agua salada. Su garganta
parecía paralizarse.
Cuando llegó a la orilla, su cuerpo quedó
libre. Alguien metió los dedos en su garganta, forzándolo a vomitar el agua
salada. Tosió dolorosamente, expulsando una mezcla de agua y saliva.
“Quieres vivir, ¿verdad? Mira cómo estás
vomitando el agua del mar”.
Al darse cuenta de esto, dejó de resistirse.
Le pusieron un abrigo grueso.
“¿Me viste?”.
Kwon Haeim, acurrucado en el abrigo, preguntó.
Su cuerpo, que no había sentido nada bajo el agua, comenzó a temblar al llegar
a tierra. Sus extremidades congeladas no respondían. Crujían, convulsionando
como si estuvieran a punto de colapsar.
“Entremos rápido”.
Kang Yujue, sin responder, lo abrazó por los
hombros. Haeim intentó empujarlo, pero los brazos de Yujue eran firmes. Tras
unos intentos de resistencia, se rindió. Casi cargado, caminó por el sendero
familiar que llevaba a la mansión. En primavera, ese sendero estaría lleno de
flores de cerezo, ahora, en invierno, solo quedaban ramas espinosas.
La mansión de tres pisos, situada frente a la
playa y escondida tras una gran roca, era invisible salvo desde el aire. Ese
era el nuevo hogar de Kwon Haeim y Kang Yujue. Con curvas, líneas diagonales y
rectas en proporciones áureas, la mansión era moderna y hermosa. Las grandes
ventanas que daban al mar parecían abrazarlo.
Kang Yujue abrió la puerta principal,
sosteniendo a Haeim. El calor del interior los envolvió. Frente a ellos, una
chimenea ardía, y a su lado, un árbol de Navidad decorado.
Unos libros esparcidos frente a la chimenea
daban un aire hogareño. Eran libros que Haeim había sacado, libros que ya no
podía leer.
“Quítate la ropa”.
Kang Yujue habló con suavidad. Haeim se paró
frente a la chimenea y se desvistió pieza por pieza. Al quedarse en ropa
interior, el calor del fuego tocó directamente su piel. Sin importarle la
mirada de Yujue, se agachó frente a las llamas.
Las llamas danzaban, moviendo los hombros al
compás. El ritmo descoordinado de las llamas despertaba en él el impulso de
unirse a su danza. Como la madrastra de Cenicienta, quería ponerse unos zapatos
al rojo vivo y bailar sobre una plancha de hierro.
Tenía frío. Pensó que entrar en la chimenea lo
calentaría más. Extendió la mano hacia el fuego, pero justo cuando iba a tocar
las llamas, Kang Yujue lo detuvo.
“Te vas a quemar”.
Su voz era amable, como si le hablara a
alguien que descubría el fuego por primera vez. No había reproche en su tono. Una
toalla suave y cálida cubrió su cabeza.
“¿Por qué entraste al mar?”.
Palabras y gestos amables. Kang Yujue secó su
cabello con la toalla.
Si no se bañaba pronto, la sal se
cristalizaría en su piel. Se secaría en manchas blancas, apilándose como
cristales, brillando como una estatua de cristal. Pero dentro, su cuerpo se
pudriría, se ablandaría, hasta que solo quedaran los huesos.
“Tenía calor”.
Haeim, perdido en pensamientos absurdos, dio
una excusa igual de absurda. Su cuerpo, temblando por la hipotermia, dejó de
estremecerse gracias a la calefacción y la chimenea.
Kang Yujue siguió secando su cabello con
dedicación. El cansancio lo invadía, y sintió ganas de dormir. Reprimió el
deseo de tumbarse en el suelo.
Cuando su cabello estuvo casi seco, Yujue hizo
una llamada. Era obvio a quién: sus amigos secretos y un médico.
“El doctor llegará en una hora”.
Haeim se tocó el vientre. Con más de doce
semanas de embarazo, estaba en la fase estable, pero saltar al agua helada no
era algo normal. Podía poner en peligro a los bebés. No, esa acción era
claramente una amenaza para ellos.
No le importaba si algo salía mal. Para Haeim,
los gemelos en su vientre eran solo algo desconocido compartiendo un cuerpo.
Algo extraño, indescifrable.
“Comamos algo mientras tanto”.
“Qué fastidio”.
Se tumbó en el suelo como si colapsara. El
calor de la chimenea descongeló las puntas de sus dedos.
“¿No sientes escalofríos, dolor en el vientre
o alguna molestia?”
“No”.
Un vientre plano. Ahí estaban los gemelos. No
lo sentía real. Apenas habían pasado tres meses, así que no había sensaciones.
Tal vez no sentiría nada hasta que nacieran.
“No vuelvas a meterte al mar diciendo que
tienes calor. Si sientes calor, dímelo”.
“Sí”.
¿Cuántas veces habían tenido esa conversación
en diciembre? No lo recordaba bien. Hace unos días habían hablado de lo mismo.
También entonces había caminado hacia el mar, Yujue lo había rescatado, y así
habían secado la sal de su cuerpo.
“Debería bañarme”.
“Báñate con la puerta del baño abierta”.
“Sí”.
Haeim respondió obedientemente. Desde que Yujue
lo había visto sumergido bajo el agua de la bañera, insistía en que dejara la
puerta abierta. Haeim había explicado varias veces que solo disfrutaba de la
sensación de asfixia, del éxtasis al borde de perder el conocimiento, pero Yujue
actuaba como si estuviera intentando suicidarse.
Suicidio. Nunca lo había considerado. No había
razón para hacerlo. La primera vez que se lanzó al mar, se encontró nadando
desesperadamente. Las personas que mueren, o los muertos, no se resisten. El
mundo los encadena, robándoles toda su fuerza. Así que, al resistirse, Haeim
perdió cualquier derecho a morir.
“Sal”.
Kang Yujue estaba en la puerta del baño, con
un delantal puesto. Olía a frijoles, ajo y cebolla, como si hubiera estado
cocinando. El olor irritó su estómago, y Haeim vomitó en el suelo.
Tras varias arcadas, expulsó incluso el agua
salada que quedaba en su estómago. El mareo lo hizo tambalearse.
“¿Estás bien?”.
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Yujue se acercó rápidamente para sostenerlo.
Haeim lo apartó y cerró la puerta del baño. Se enjuagó la boca y el cuerpo con
cuidado antes de salir. Se puso ropa de cualquier tipo y fue a la cocina. Se
quedó de pie frente a la mesa, tapándose la nariz, cuando Yujue se giró.
“Hice sopa de tofu. También hay arroz. ¿No
puedes comerlo?”.
Hasta hace unos días, era comida que podía
tolerar, pero ahora solo pensarlo le daba náuseas.
Sacó un caqui congelado del congelador. La
superficie se cubrió de escarcha al instante. Le gustaba su sabor suave, no
demasiado dulce, y que apenas tuviera olor.
Con el caqui en la mano, se agachó frente a la
chimenea. Tras unos minutos, el calor derritió ligeramente la fruta. Raspó la
superficie con una cuchara y se la llevó a la boca. Temió vomitar, pero,
afortunadamente, no pasó nada.
Tras terminar el caqui, miró fijamente un
libro frente a él. No podía leer las letras de la portada. Desde que desarrolló
dislexia, los caracteres dejaron de ser palabras y se convirtieron en un
revoltijo de símbolos sin sentido. Se sentía expulsado del mundo de los que
podían leer.
“La sopa de tofu está lista. Vamos a comer”.
Yujue habló con suavidad.
“Ya comí un caqui”.
“Aun así, prueba un poco”.
Haeim lo siguió obedientemente. Pelear por la
comida era agotador.
La sopa de tofu, con salsa de soja y especias,
debería haber sido salada, picante y sabrosa. Pero al probarla, sintió un olor
a pescado podrido. No pudo contener las náuseas.
Tras un par de arcadas, vomitó incluso el
caqui. El olor del vómito era repugnante. Pensó que nunca más podría comer
caquis.
“¿Estás bien?”.
“…Sí”.
“Si no quieres sopa de tofu, ¿qué quieres
comer?”.
“No quiero nada”.
Haeim agitó la mano débilmente. Al intentar
levantarse, sus rodillas cedieron, y su cuerpo se inclinó hacia adelante. Justo
antes de golpearse, cayó en los brazos de Yujue.
“Suéltame”.
Se resistió débilmente. Los brazos de Yujue se
apretaron más. Luchó con más fuerza, pero Yujue no lo soltó.
Por un momento, sintió que Yujue era una
serpiente a punto de tragarlo desde la cabeza. O tal vez sus brazos siempre
habían sido una serpiente, enroscándose alrededor de su cuerpo.
Tenía que escapar.
“¡Suéltame!”.
Gritó, forcejeando en los brazos de Yujue. De
repente, el mundo giró, teñido de rojo. Era furia. Una furia abrumadora lo
invadió.
De un manotazo, tiró toda la comida de la
mesa. Los platos se rompieron, esparciéndose por el suelo. Todo el mundo era
rojo.
“¡Te dije que me soltaras! ¿Por qué no me
escuchas? ¿Por qué?”.
“Tranquilo, Haeim. No pasa nada”.
“¿Tranquilo? ¿Qué está tranquilo? ¡¿Qué está
tan tranquilo?!”.
Gritó con rabia. Su cuerpo temblaba como si
tuviera convulsiones. Sentía un arbusto espinoso agitándose en su pecho,
sacudiéndolo con cada movimiento, rasgando su interior con cada espina.
“No estoy bien. ¡Nunca he estado bien! ¿Por
qué dices que estoy bien? ¿Por qué?”.
Haeim tomó un fragmento de plato y lo apretó
con fuerza. El borde afilado cortó su palma, y la sangre goteó, roja e intensa,
como sangre derramada sobre la nieve.
No sentía dolor. En esos tres meses, había
soportado demasiado: ansiedad, miedo, culpa, autodesprecio. Había experimentado
todas las emociones negativas posibles.
“No estoy bien. Nunca lo he estado. ¿Quién
eres tú para decir que estoy bien?”.
Su voz, exaltada, repetía que no estaba bien,
que nunca lo había estado. Yujue dio un paso hacia él, con cautela en su
rostro.
“No te acerques”.
Haeim levantó el fragmento de plato, apuntando
el borde afilado hacia su muñeca. Si tan solo pudiera cortarse la mano. Si lo
hubiera hecho, nada de esto habría pasado. Quería llorar, pero solo salía un
líquido viscoso.
“No te acerques”.
“No me acercaré, Haeim. Tienes razón, no estás
bien. Necesitas descansar más”.
“Exacto, no estoy bien. No estoy bien”.
“Por eso, suelta eso”.
La voz de Yujue era calmada, como si fuera una
conversación cotidiana. Haeim sintió una risa amarga. Siempre el tranquilo Yujue,
y él, enloquecido y fuera de control. Vivir juntos en este infierno era
ridículo.
“Sueltalo”.
En lugar de obedecer, apretó el fragmento con
más fuerza. La sangre, que antes goteaba, ahora corría en un hilo continuo. El
mármol blanco del suelo, como nieve, hacía que su sangre pareciera sucia.
“Yujue, mi hermano está muerto. Yo lo maté.
Yo… yo lo maté”.
Sí, eso era. Haeim desenterró ese hecho de sus
recuerdos borrosos. Poco después de escapar con la ayuda de Yujue, menos de un
mes después, Kang Yuye murió. Haeim sabía que él era la única razón de su
muerte.
“No es tu culpa, Haeim. No fue por ti”.
Yujue intentó persuadirlo con calma. ¿No fue
su culpa? Haeim deseó que fuera cierto. Pero los gemelos en su vientre le
recordaban constantemente que era una mentira.
Si no hubiera abandonado a Yuye, nada habría
pasado. Si hubiera estado a su lado, protegiéndolo cuando más lo necesitaba.
¿Cuándo terminaría este purgatorio?
No lo protegió, así que merecía un castigo.
Haeim sujetó con fuerza el fragmento de plato.
El rostro de Yujue palideció. Era curioso ver a alguien tan sereno perder el
color.
Sin dudarlo, Haeim llevó el fragmento a su
muñeca y cortó con fuerza. La carne se abrió, y la sangre brotó a borbotones.
Al mismo tiempo, un dolor agudo le atravesó el vientre. Sosteniendo su abdomen
con la muñeca herida, se arrodilló lentamente.
“¡Haeim!”.
La sangre manchó su vientre. La camiseta
blanca que acababa de ponerse se tiñó de negro. La sangre que empapaba la tela
estaba helada, como la de las serpientes blancas que se retorcían en el mar.
“Mi hermano está muerto, Yujue… Yo lo maté”.
Se agitó hacia Yujue, quien tomó su mano. El
dolor en su vientre se intensificó, como si un cuchillo removiera sus entrañas.
Kang Yuye estaba muerto.
Entonces, los bebés también morirían. Ojalá
todos murieran juntos.
“¡Al hospital! ¡Tenemos que ir al hospital!”.
Yujue gritó con fuerza.
Y la conciencia de Haeim se desvaneció.
¿Qué salió mal?
Cuando abandonó a Kang Yuye dormido, Kwon
Haeim se consoló pensando que la separación sería solo por dos meses. Creía
que, una vez confirmado el embarazo, podría regresar.
Kang Yujue, como si cumpliera una promesa,
había preparado todo para la huida. Dijo que esconderse de la gente durante dos
meses no era nada, que sería fácil, que ni siquiera Yuye podría encontrarlos.
Haeim recordaba ese día cada vez que pensaba
en la estupidez humana. El día en que ofreció a Yuye un té con un inductor de
celo. Mirando el árbol de durazno en el exterior, hablaba de cosas triviales,
creyendo que Yuye no sospecharía nada. Y, efectivamente, Yuye no notó nada.
Mucho tiempo después, Haeim entendió que la
confianza que Yuye tenía en él lo llevó a la muerte. También comprendió que la
confianza entre las personas es algo difícil de obtener. Lo entendió al mismo
tiempo que supo que había perdido a Yuye para siempre.
Mientras estaba sentado fuera del dormitorio
de Yuye, el árbol de durazno hacía un sonido como de monedas tintineando. Cada
vez que el sonido cesaba, Haeim sentía miedo.
A veces quería salir y comprobar si el árbol
seguía vivo. Apoyado en la puerta del dormitorio de Yuye, pensaba en el árbol
que no daba frutos, mirando su vientre vacío, una metáfora de su situación.
¿Por qué Yujue había usado la lengua de una
serpiente? Esa lengua susurraba que, para proteger a los bebés y al amor,
debían desaparecer por un tiempo frente a Yuye.
Ahora lo pensaba y era absurdo. En ese
momento, ni siquiera estaba seguro del embarazo. Las probabilidades de concebir
tras una sola relación eran bajas, más aún para un omega masculino, fuera del
ciclo de celo.
Pero, engañado por la lengua de la serpiente,
llegó a Geumhongdo.
La isla de las mariposas.
Geumhongdo, con una población de apenas 2,000
personas, era sorprendentemente animada gracias a las mariposas. En la isla
habitaban unas 180 especies, una cantidad asombrosa considerando que en toda la
península coreana hay unas 270. Además, el descubrimiento ocasional de nuevas
especies atraía a investigadores y turistas.
Sin embargo, nadie llegaba a la mansión en el
lado este de la isla. Señalada como propiedad privada desde lejos, estaba
protegida por altas rejas y vallas que bloqueaban las miradas curiosas. Algunos
se preguntaban quién vivía allí, capaz de reclamar el mar para sí, pero pronto
olvidaban su curiosidad ante la belleza de la isla.
Kwon Haeim vivía en esa mansión.
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Desde que llegó, se arrepintió. No podía creer
que le hubiera dado un inductor de celo a Yuye, que hubiera tenido relaciones
con él y lo hubiera llevado al nudo. ¿De dónde sacó el valor para hacer algo
así? Por más que se arrepintiera, no podía deshacer lo hecho.
Estar al lado de Yuye era el contrato.
Abandonarlo ya era una violación de ese acuerdo. Había traicionado su
confianza, y no veía forma de recuperarla.
Cuando se dio cuenta de que algo estaba
profundamente mal, quiso regresar con Yuye. Quería arreglar las cosas,
disculparse. Hoy, mañana… Con el tiempo, su valentía se desvanecía, mientras la
culpa se hacía más pesada, como una esponja empapándose de agua.
A las cuatro semanas, supo que estaba
embarazado. Pero su cuerpo estaba débil, con riesgo de aborto, así que tuvo que
guardar reposo absoluto. Así pasaron ocho semanas.
Gracias a los cuidados, los bebés se asentaron
en su útero, y recibió la feliz noticia de que eran gemelos.
Hasta entonces, todo parecía bien. Creía que
podría volver con Yuye, que él lo perdonaría al ver a los bebés.
Pero un solo correo robado destruyó su mundo
ilusorio. Un correo que llegó a Yujue.
Kang Yuye falleció.
Causa de la muerte: fallo multiorgánico debido
a un trastorno endocrino.
Despertó de un largo sueño. Los recuerdos eran
borrosos. Había caminado hacia el mar, había hecho un espectáculo en la cocina,
había tomado un fragmento de plato…
“Ah”.
Se cortó la muñeca.
Sabía que no podría usar bien la mano derecha.
El corte fue profundo. No fue una fuente de sangre, pero fluía con una
persistencia que sugería que al menos había cortado una vena. Si la vena estaba
cortada, los nervios también lo estarían.
No importaba. No creía que fuera a necesitar
esa mano para algo delicado en el futuro. Era una muñeca innecesaria.
Se levantó con dificultad y miró a su
alrededor. Era el dormitorio de la mansión del este. La cirugía para cerrar la
herida probablemente se hizo en el continente, así que debía haber estado
inconsciente varios días.
Arrancó la aguja que le suministraba
analgésicos y nutrientes. Al intentar levantarse, un mareo lo golpeó. Le dolía
la cabeza. Bajó la cabeza entre las rodillas, gimiendo.
Además de la pérdida de sangre, el cuerpo
humano necesita comida. Tras tanto tiempo sin comer, era normal que no pudiera
sostenerse.
¿Estarían vivos los bebés? Miró su vientre
plano, sin cambios aparentes. No sentía nada. Recordó el intenso dolor en el
abdomen antes de desmayarse. Si los bebés se perdieron por este incidente…
Si eso sucedía, ¿qué haría?
Permaneció sentado, abrazando su vientre.
Escuchó una alucinación: el sonido del árbol de durazno agitado por el viento.
Bajo ese árbol, había una mesa blanca con un mantel blanco, una taza de té, su
madre, y su hermano.
Después de que el mareo se desvaneció por
completo, salió del dormitorio.
La señora Shin, quien se encargaba de las
tareas del hogar, recibió a Kwon Haeim con una sonrisa afectada. “¿Ya
despertaste?” dijo, acercándose. Haeim, demasiado agotado para responder, solo
asintió y se sentó frente al televisor.
Era la hora de las noticias. Solo, lejos del
grupo. En este lugar, la única forma de conectarse con la gente de la ciudad
era a través del televisor. Aunque había perdido la capacidad de leer de un día
para otro, no tenía problemas para distinguir imágenes.
En las noticias aparecían políticos. Un rostro
joven pasó por la pantalla. Era alto, con una expresión severa. Sus ojos
rasgados le daban un aire de serpiente. Parecía que, al abrir los ojos, sus
pupilas serían verticales, como las de una víbora.
‘¿Ese es Park Kyung-sang?’ pensó Haeim con
indiferencia. Park Kyung-sang… el hombre que mató a Yang Hee-seong. El hombre
que llevó a Kang Yuye a ese destino.
Pensar en Kang Yuye trajo un pensamiento breve
y directo:
Ah… quiero morir.
No era un pensamiento apropiado. Cambió de
canal, pero otra noticia similar estaba en emisión. Mientras esperaba que
terminara, un caqui congelado apareció frente a él.
Era la señora Shin.
“No has comido nada en días, así que al menos
come esto. Esto sí lo toleras, ¿no? Si sigues tan flaco, los bebés no crecerán
bien en tu vientre”.
“Ya no quiero caquis.”
Haeim apartó el plato con el caqui. Antes le
gustaba su aroma y la textura que se derretía en la boca, pero ahora no quería
comer nada. No comer no lo mataría de inmediato. Tenía nutrientes intravenosos
y comida líquida.
“Tienes que comer bien para que los bebés
crezcan”.
La señora Shin, es madre de tres hijos.
Haeim sabía que ella lo cuidaba como si fuera
su hijo, un hijo necesitado. Pero a veces, o más bien con frecuencia, su
amabilidad le resultaba molesta.
“Ah, cierto. ¿Los bebés siguen vivos? Porque
antes de desmayarme, me dolía mucho el vientre. Muchísimo”.
“Los bebés están bien. Están perfectamente”.
“¿No me está mintiendo diciendo que están bien
cuando en realidad murieron?”.
El rostro de la señora Shin palideció.
“¡Qué cosas dices, como si merecieras un
castigo divino! Los bebés están sanos. Superaron la crisis sin problemas. Ahora
solo necesitas recuperarte tú”.
“Ah, sí, claro”.
Haeim respondió con brusquedad. La idea de un
‘castigo divino’ le pareció divertida.
Sabía que ya había recibido su castigo. El
castigo de matar con sus propias manos a la persona que amaba. El castigo de
vivir eternamente bajo la culpa de haberlo abandonado.
Kang Yuye estaba muerto.
Según el correo, la causa fue un fallo
multiorgánico debido a un trastorno endocrino. ¿Habría sufrido? ¿Se habría
sentido solo? ¿Lo habría esperado? Cada vez que esos pensamientos lo asaltaban,
sentía que sus pulmones se desgarraban. La única razón por la que Haeim seguía
viviendo era por los bebés. Si había alguna justificación para seguir adelante,
eran los gemelos en su vientre. Pero esa justificación a veces se desdibujaba.
Había momentos en los que su voluntad de vivir por ellos flaqueaba. Y eso, a
veces, traía consecuencias destructivas. Aunque afirmara que no era
intencional, los resultados siempre lo avergonzaban.
“¿Cuántos días estuve dormido?”.
“Dos días en el hospital, y tres aquí en casa.
¿Algo así?”.
“No pasó mucho tiempo entonces”.
La vida en la isla era casi siempre igual.
Solo había que vivir como ganado: dormir, comer, excretar. Después de tres
meses, más que aburrimiento, sentía que así vivía todo el mundo. Veía programas
en streaming, dramas o shows, y cuando llegaba la noche, dormía otra vez.
“Ya que despertaste, toma tus medicinas”.
La señora Shin le dio sus medicamentos
psiquiátricos. Desde la muerte de Kang Yuye, las sombras habían desaparecido,
pero seguía tomando las pastillas. Aunque la dosis se redujo por el embarazo,
no podía dejarlas fácilmente debido a otros síntomas: alucinaciones auditivas,
visuales, y, sobre todo, la dislexia.
Haeim tomó las pastillas que le dio la señora
Shin y se puso un abrigo acolchado.
“¡Ay, apenas te levantaste y estás débil! ¿A
dónde vas?”.
“Al templo a pedir comida”.
Con esa excusa creíble, la señora Shin no
insistió en detenerlo.
Salió lentamente por la puerta principal.
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Desde la mansión del este, había que caminar
un buen rato para llegar al pueblo donde vivía la gente. Y desde el pueblo,
unos diez minutos más para llegar al templo.
No era un edificio antiguo ni elegante, solo una casa familiar convertida en
templo. Con un tejado que imitaba torpemente los colores tradicionales y
linternas de loto descoloridas, tenía un aire de secta.
Pero el monje principal era muy respetado. A
los ojos de Haeim, era realmente una buena persona. Especialmente porque
compartía la comida del templo, que era una de las pocas cosas que Haeim, con
sus náuseas matutinas, podía tolerar.
Nada más salir de casa, empezó a sentirse
mareado y con dolores. Cuando la puerta del templo estuvo a la vista,
prácticamente tuvo que arrastrarse. Pensó con preocupación en cómo regresaría;
probablemente tendría que pedirle al monje que lo llevara en su motocicleta.
Al entrar por la puerta del templo, el monje
principal abrió la puerta y asomó la cabeza. Haeim, sin saludar, entró
directamente a la habitación del monje. Había un hombre joven con él.
Probablemente vino por las mariposas, pensó.
Aunque era absurdo buscar mariposas en esa temporada.
“Monje, tengo hambre”.
Ignoró al hombre y habló directamente con el
monje.
“¿Por qué estás tan pálido y demacrado? ¿Por
qué no has venido en todo este tiempo?”.
El monje lo miró con una expresión bondadosa.
A pesar de haber pasado los sesenta, no tenía arrugas. Con su cabeza afeitada y
su rostro liso, la combinación era extraña, pero había una especie de aura
espiritual en él.
Haeim se tocó las mejillas. Estaban ásperas.
No se había mirado al espejo en mucho tiempo, así que no sabía cómo lucía.
Ahora que lo pensaba, tampoco se había cortado el cabello en meses. El
cosquilleo en la nuca era sospechoso. El tinte claro que alguna vez tuvo ya se
había cortado, dejando su cabello de un color natural.
“Estuve enfermo, nada más”.
Escondió el vendaje en su muñeca. Aunque no
era una herida que pudiera ocultarse fácilmente. Como esperaba, la mirada del
monje se posó en su muñeca. Pero no dijo nada al respecto, y Haeim lo agradeció
profundamente.
“No has comido nada, ¿verdad? Con esas náuseas
tan fuertes, ¿qué vamos a hacer? Estos bebés son muy traviesos”.
Las palabras del monje sobre los ‘bebés
traviesos’ eran sinceras. Él, un omega que nunca se había casado ni tenido
hijos, dedicado a la pureza. Frente al monje, Haeim se sentía profundamente
avergonzado por haber matado a alguien en un momento de deseo.
El monje gritó hacia afuera: “¡Trae una
bandeja de comida! Y que el caldo esté bien lleno”.
Mientras esperaba la comida, Haeim se acurrucó
en un rincón y se tumbó. No tenía fuerzas para sentarse. El mareo hacía que el
mundo girara, no, que se desgarrara. Cerró los ojos, pero dentro de sus
párpados, relámpagos y truenos rugían.
Al parecer, el monje y el hombre estaban
conversando. Haeim no quiso escuchar, pero la voz del monje era tan agradable
que no pudo evitarlo.
“Hace quinientos o mil años, vivía en esta
isla un hombre-mariposa. Si hay locos por las flores, también los hay por las
mariposas. Ese era el hombre-mariposa de Geumhongdo. Viajaba por todo el país
capturando mariposas y las criaba aquí. Tantas mariposas traía que, por las
noches, el sonido de sus alas hacía que la isla entera resonara”.
En lugar de fijarse en los relámpagos dentro
de sus párpados, Haeim intentó imaginar las palabras del monje.
Mariposas de todos los colores, aleteando al
unísono, creando un sonido como el del viento. La isla nunca estaba sola
gracias a los barcos que llegaban. La espuma burbujeaba tras las embarcaciones,
y el mar era como una seda azul brillante. Un pequeño barco rasgaba esa seda al
avanzar. Haeim imaginó que estaba en ese barco, y por eso se sentía tan
mareado.
“Un día, el hombre-mariposa regresó no con
mariposas, sino con una mujer hermosa. Dijo que ella lo salvó cuando fue
mordido por una serpiente venenosa mientras perseguía mariposas en el
continente. Era tan hermosa que mirar su rostro hacía que uno olvidara
respirar. Fragante como una mariposa de almizcle, hermosa como una mariposa
cola de golondrina. El hombre-mariposa la amaba tanto que olvidó a las
mariposas. Tal vez la amó más que a todas ellas”.
De las mariposas cola de golondrina macho
emana un aroma a almizcle. Por eso, comparar a una mujer con una mariposa de
almizcle no encajaba del todo. Pero, ¿qué importaba? Era solo una vieja
historia.
“Un día, hubo una invasión, o tal vez una
guerra entre los señores. Sea como fuere, estalló un conflicto, y el
hombre-mariposa fue arrastrado a la guerra como soldado. Su hermosa esposa lo
esperó con desesperación, caminando por la costa cada noche con una linterna.
Pasó un año, luego dos, luego un tiempo imposible de medir en años. Quizás
diez, quizás veinte años después, el hombre-mariposa regresó. Pero no volvió
solo. Trajo una nueva esposa y niños. ¿Cómo pudo hacer eso? ¿No amaba a su
esposa? La olvidó por completo tras caer de un acantilado”.
Haeim dejó escapar un ‘ah’ sin querer. Podía
prever el final de la historia. Era una tragedia inevitable. Algunas historias
están destinadas a correr hacia la tragedia, con el tiempo y el espacio
alineándose para ese fin.
“La esposa del hombre-mariposa se desesperó,
pero no quiso arruinar su felicidad. No pudo decir que ella era la verdadera
esposa, ni que había esperado durante un tiempo tan largo que la espuma del mar
se convirtió en piedra. Solo observó desde lejos cómo él vivía feliz con su
nueva familia. Pero un día, un rufián del pueblo vecino codició la riqueza y
felicidad de la familia del hombre-mariposa. Corría el rumor de que había
traído tesoros de la guerra”.
Llegó la comida. Haeim olió los vegetales y el arroz, y se
levantó. Se arrastró hasta la bandeja y se sentó frente a ella.
Espinacas, rábanos, helechos, brotes de soja,
calabacín cortado fino y arroz de cebada. Era bibimbap. Como era un templo, no
había pasta de chile para mezclarlo, pero a Haeim le gustaba ese sabor
sencillo. Además, había una sopa de miso clara, fácil de tragar.
“Si estuviste enfermo, ¿seguro que tu estómago
está bien?”.
El monje interrumpió su relato, mostrando
preocupación. Haeim pensó que no había comido nada en días, solo un puñado de
pastillas. La idea de no haber ingerido comida sólida lo hizo dudar. Pero no
podía devolver la bandeja ni preocupar al monje.
“Estará bien”.
Tomó la cuchara, pero se le resbaló de la
mano. Su muñeca derecha, envuelta en vendas, estaba entumecida, sin
sensibilidad.
Idiota.
En su estado, era obvio que no podría usar
cubiertos. No sabía cuánto podría recuperar la función de su mano, incluso
después de sanar. Mientras estaba en apuros, el hombre que escuchaba la
historia del hombre-mariposa le quitó el tazón de bibimbap.
“¡Eso es mío!”.
Se sintió herido. Era la primera comida en
mucho tiempo, y alguien se la quitaba. Intentó recuperar el tazón, pero el
hombre lo alejó aún más, sonriendo.
“No me lo voy a comer. Solo lo voy a mezclar
por ti”.
El hombre mezcló el bibimbap con habilidad,
sin aplastar los granos ni enredar los vegetales. Cuando le devolvió el tazón,
Haeim quedó impresionado por lo bien mezclado que estaba. Como no podía usar la
mano derecha, tomó la cuchara con la izquierda, sintiéndose torpe.
“¿Puedes comer así?”.
Haeim levantó con éxito una cucharada de
arroz, como si quisiera demostrarlo, y tragó un sorbo de sopa de miso. El sabor
lo satisfizo plenamente.
“Si no has comido en tanto tiempo, podrías
indigestarte”.
“Si me indigesto, que me indigeste”.
Dijo eso, pero redujo la velocidad al comer.
No quería sufrir. El hombre, al ver su actitud, sonrió discretamente.
“Me llamo Kim In-hyeon”.
Haeim, sin responder, llevó otra cucharada a
la boca. No le agradaba que un desconocido actuara con tanta familiaridad. Sin
saber qué decir, solo asintió.
“Me dijeron que no había jóvenes en esta isla,
pero parece que sí vives aquí, ¿verdad? Yo vine a buscar mariposas, y justo
estaba escuchando la leyenda de por qué hay tantas en esta isla”.
Era una persona amigable y extrovertida. Por
eso, Haeim no podía ser demasiado cortante. Además, le había mezclado el
bibimbap.
“Es invierno. No hay mariposas. ¿Por qué
viniste?”.
“Estoy escribiendo un libro. Necesito
material, inspiración. Por eso estoy aquí”.
“Entiendo”.
Haeim respondió con desgana y se concentró en
comer. Aunque solo había tomado unas cucharadas, sentía que la comida le daba
energía.
“Tu mano derecha parece estar herida. ¿Quieres
que te ayude a comer?”.
“¿Qué?”.
Haeim levantó la cabeza del tazón,
sorprendido. ¿Había oído bien? ¿Realmente dijo que lo ayudaría a comer?
“Comer con la izquierda debe ser incómodo”.
“¿Me conoces?”.
“No”.
“Entonces, ¿cómo se te ocurre ofrecerme ayuda
para comer?”.
“Soy una persona amable con todos”.
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Si alguien se jactaba de ser amable con todos,
debía serlo de verdad. Al menos, era evidente que era entrometido. Haeim
agradecía que mezclara el bibimbap, pero no quería entablar una amistad
profunda.
“¿Vives en la mansión detrás de la roca?”.
“¿El monje te lo dijo?”.
“No, hay rumores de que un joven vive en esa
mansión. Dicen que incluso el mar cerca de la mansión es privado. ¿Es bonito?”.
“Solo es una playa de arena”.
No entendía por qué preguntaba tanto. Era
molesto. Quiso levantarse, pero le dio pena dejar el bibimbap a medio comer.
“Dicen que el terreno de la mansión era el
lugar donde estaba la cabaña del hombre-mariposa. ¿Lo sabías?”.
“¿Y qué más da?”.
Realmente, ¿qué importaba? Todo era una
historia inventada. El hombre-mariposa, su esposa, la nueva esposa que trajo,
el villano que codiciaba su riqueza… Todo.
Haeim se dio cuenta de que estaba respondiendo
con brusquedad y sensibilidad. Debía ser cortés con un desconocido, pero no lo
lograba.
Cuando no estaba en ese ‘estado de ánimo bajo,
o de delirio’, actuaba diferente a antes. Era exagerado, descortés, irritable.
Como ahora, con este desconocido, Kim In-hyeon.
¿Se había vuelto más fuerte al lidiar con Kang
Yujue todos los días? Por cierto, ¿dónde estaba Yujue?
Comió con dedicación, con cuidado, pero la
herida suturada en su muñeca parecía haberse abierto, porque la venda empezó a
mancharse de sangre. No le dolía, así que lo ignoró.
“¿No te duele?”.
“Sí, duele”.
Dijo que dolía para no parecer extraño, aunque
en realidad no sentía dolor. Solo era molesto. Juró no volver a hacer algo así.
Convertirse en un inútil era, sin duda, estúpido.
“¿Quieres que te cambie la venda? Seguro hay
un botiquín aquí”.
“Estoy bien”.
Haeim giró la muñeca para demostrar que no era
gran cosa. La sangre seguía filtrándose por la venda. No era una vista
agradable.
“Me alegra que estés bien”.
Kim In-hyeon sonrió. Parecía una persona
amable. Pero el mundo estaba lleno de personas en las que no se podía confiar.
“Esta es mi tarjeta. Si necesitas un amigo,
llámame. El invierno es largo, y estar solo es triste”.
“No sé leer. Soy analfabeto”.
Haeim le devolvió la tarjeta.
Sufría de dislexia psicológica desde hacía
tiempo. Desde que vio el correo que anunciaba la muerte de Kang Yuye, no podía
leer. Si no supiera leer, no habría sabido que Yuye estaba muerto. Podría haber
vivido creyendo que seguía vivo.
Al menos, no tenía afasia. Al principio, tras
enterarse de la muerte de Yuye, había mostrado síntomas similares a la afasia,
pero se recuperó pronto. No quería soportar el dolor de no poder leer, escribir
ni hablar.
Por eso, no se debe matar a alguien.
Especialmente a alguien que amas. Eso no se hace.
Cuando Kang Yuye abrió los ojos, lo primero
que vio fue una luz blanca brillante. No, en realidad, primero vio la luz,
luego el techo con paneles cuadrados, y después a Choi Hyeong-cheol, Jeong
Gyein y Jeong-sik, mirándolo con preocupación.
Aunque todo estaba borroso y tembloroso, no
fue difícil identificarlos. Quiso decirles que estaba bien, pero llevaba una
máscara de oxígeno que le impedía hablar. Intentó levantar la máscara, pero sus
brazos y manos no tenían fuerza. Por más que lo intentara, no podía moverlos.
Espera, ¿qué veía? Si no era una alucinación,
veía luces blancas, paredes y personas. Veía. Una palabra que no le había sido
permitida en años.
Choi Hyeong-cheol, Jeong
Gyein, Jeong-sik. Rostros
familiares. Pero faltaba alguien.
“¿Hae…im?”.
Yuye movió los labios desesperadamente dentro
de la máscara. De alguna manera, Choi Hyeong-cheol entendió el movimiento de su
boca y suspiró profundamente, con las cejas fruncidas, molesto.
“¿No lo recuerdas? Se escapó. Te dio un
inductor de celo y huyó aterrorizado, ¿no lo sabías?”.
Cierto, eso pasó. Le había dado un inductor de
celo. Yuye se enojó, pero más que eso, le preocupaba el posible embarazo de
Haeim. Intentó usar una píldora anticonceptiva de emergencia, pero Haeim ya
había desaparecido. Lo buscó desesperadamente, pero no lo encontró. Como si se
hubiera evaporado, como si hubiera desaparecido del mundo.
“Todavía no lo encontramos”.
Choi Hyeong-cheol respondió como si leyera sus
pensamientos. Yuye se sintió agotado. Había creído que al despertar encontraría
a Haeim. Que finalmente lo habrían localizado. Estaba seguro de eso.
Kang Yujue resultó ser más capaz de lo
esperado. Esconder a alguien en un país tan pequeño no era fácil, pero lo había
logrado. Seguramente con ayuda de alguien.
¿Quién sería ese cómplice?
Al inhalar, sintió un dolor punzante en el
pecho. Intuía que estaba gravemente herido. Al parecer, tenía una pierna rota,
un brazo inutilizable y, por el dolor en el pecho, probablemente algunas
costillas fracturadas.
“Por ahora, recupérate. En estos últimos años
has tenido dos accidentes graves. Tu cuerpo no es de hierro, presidente Kang.
Aunque, con todos los tornillos que te han puesto, ¿quizás sí lo sea?”.
Era curioso. Los chistes de Choi Hyeong-cheol
nunca eran graciosos, pero en ese momento sintió que debía reír. Había
anticipado el accidente. Sabía que Park Kyung-sang no se rendiría fácilmente. A
pesar de todas las precauciones, terminó en el hospital. No estaba muerto, pero
no podría moverse por un tiempo.
“Mis ojos… veo”.
“¿Qué dices?”.
Choi Hyeong-cheol gruñó. Con esfuerzo, Yuye
levantó la mano y se quitó la máscara de oxígeno. Los ojos de Hyeong-cheol se
abrieron de par en par.
“Veo… con mis ojos”.
“¿Qué?”.
Hyeong-cheol agitó los dedos frente a su
rostro. Yuye siguió el movimiento con los ojos, y Hyeong-cheol dio un salto de
emoción. No podía creerlo y lo probó varias veces. La luz era demasiado
intensa, y enfocar era difícil.
“¿De verdad ves?”.
El dolor en los ojos lo obligó a cerrarlos.
Asintió, y un jadeo de sorpresa vino desde arriba.
“Tenemos que hablar con el doctor”.
Yuye se puso la máscara de nuevo y respiró
profundamente. El simple acto de quitársela y ponérsela lo dejó exhausto, como
si su cuerpo se rompiera. No, ya estaba roto. No había parte de su cuerpo que
no doliera, y no podía distinguir qué dolía más. Gimió suavemente, y la máscara
se empañó con su aliento.
“¿Llamo al doctor?”.
Parpadeó para indicar que no. No tenía fuerzas
para abrir la boca. El esfuerzo anterior había consumido toda su energía.
Fijó la mirada en el techo. Los tornillos del
techo se duplicaban y triplicaban en su visión. Por ahora era así, pero con el
tiempo mejoraría.
No quería decirle al doctor que podía ver. No
quería ser tratado como una rata de laboratorio. Su ceguera siempre había sido
un misterio, así que no era extraño que mejorara sin razón aparente.
“Está bien. Hablaremos de eso después.
Descansa. Que hayas despertado ya es un milagro”.
Choi Hyeong-cheol susurró junto a la cama.
Yuye intentó hacer algún gesto, pero no podía mover ni un dedo. El dolor lo
dominaba por completo.
“Nos vamos”.
Cuando salió de la unidad de cuidados
intensivos con su séquito, una oleada de somnolencia lo invadió de inmediato.
Aun así, cerrar los ojos le parecía un
desperdicio. Tenía la sensación de que, si los cerraba esta vez, no volvería a
ver el mundo. Como los niños que piensan que dormir es lo mismo que morir.
El ruido de la unidad de cuidados intensivos.
El zumbido de las máquinas resonando por todas
partes, las conversaciones despreocupadas de las enfermeras. Una enfermera se
acercó y le inyectó un sedante. Sintió cómo el sedante recorría sus venas.
Pronto, muy pronto, caería dormido.
Kang Yuye repasó lentamente los eventos que
ocurrieron antes del accidente. Todo comenzó después de que Kwon Haeim
abandonara la casa. Intentó buscarlo, pero no lo encontró por ninguna parte.
Al principio, estaba furioso. Sería mentira
decir que no lo estaba. Pero antes de que pasaran tres días, empezó a
preocuparse por el paradero del niño. Aunque revisó exhaustivamente todos los
lugares posibles, no halló rastro de Haeim. Afortunadamente, gracias a la
marca, sus feromonas estaban estabilizadas, por lo que no sentía un dolor
intenso. Sin embargo, no tenía idea de en qué situación podría estar Haeim.
Kwon Haeim había desaparecido en algún lugar
del mundo.
¿Dónde demonios lo habían escondido? Pensó en
varios lugares posibles, pero no se le ocurría ninguno plausible. ¿Y si se
había ido al extranjero? En ese caso, el mundo era demasiado grande, con
innumerables lugares donde esconderse.
En realidad, esperaba que Haeim regresara en
un par de meses. Haeim quería tener un hijo, así que, estuviera embarazado o
no, Yuye creía que volvería en el momento adecuado para pedir perdón. Aunque,
en realidad, no necesitaba que pidiera perdón.
No tenía a dónde ir, después de todo.
Mientras esperaba a Haeim, Kang Yuye no dejó
de investigar a Park Kyung-sang ni de reunir pruebas. Por las noches,
extrañamente, pensaba en Haeim, pero seguía recolectando evidencia y
manteniendo contacto con el congresista Seok. Cada vez que acumulaba una nueva
prueba, recordaba a Yang Hee-seong. Pensaba con amargura en la deuda que
finalmente podría saldar con él, pasando noches insomnes.
Recordaba ese día. Las hojas amarillas del
gingko, empapadas por la lluvia, yacían esparcidas en el suelo. Los frutos del
árbol rodaban por el pavimento, desprendiendo un olor fétido. Ese hedor hacía
que las hojas, de un amarillo vibrante, parecieran contaminadas. Quería salir
de allí cuanto antes.
Era un día que podría haber sido
intrascendente. Junto al incinerador de basura detrás de la escuela, había
árboles de gingko. En otoño, los estudiantes evitaban ese lugar a toda costa
debido al olor combinado de la basura quemada y los frutos del gingko.
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Quizás fue por ese lugar. Porque todo comenzó
mal, el desenlace fue igualmente desafortunado. Mientras intentaba escapar
después de dejar la basura cerca del incinerador, Yang Hee-seong lo tomó por el
borde de la ropa. Kang Yuye miró su rostro limpio, que desentonaba con el
entorno sórdido. Sus ojos. Ojos limpios, pero cargados de un deseo evidente.
Ese deseo lo sorprendió. En realidad, pensó que esos ojos eran increíblemente
hermosos. Los labios de Hee-seong temblaban. En ese momento, Yuye sintió un
presagio de cambio, una advertencia silenciosa que atravesó sus sienes.
A un lado, las cenizas del incinerador rodaban
por el suelo, los frutos caídos apestaban a excremento, y en medio de todo eso,
una mejilla blanca y una mano pálida que no encajaban en absoluto.
‘Te quiero, Yuye’.
Esas palabras marcaron el inicio de la
tragedia. Si tan solo no las hubiera escuchado, todo habría sido mejor. Un
chico que ya se había manifestado como alfa y otro como omega. A pesar de eso,
Yuye nunca había percibido a Hee-seong como alguien definido por su naturaleza.
Debería haber respondido:
‘No te quiero. Solo eres mi amigo’.
Debería haber sido cruel.
‘No, Hee-seong, nunca te querré’.
Pero era joven. No quería herir a Hee-seong.
Así que guardó silencio. No sabía que el precio de ese silencio sería tan alto.
Pensar en el pasado es inútil. Pero ahora,
Yuye no podía controlar cómo su mente se deslizaba hacia esos recuerdos. Ese
día, Hee-seong sonrió. En ese lugar sórdido, las lágrimas de Hee-seong eran lo
único puro. Quizás por eso decidió cerrar los ojos ante el afecto de Hee-seong.
Cuando rescató a Hee-seong del fuego en el
incinerador, Yuye comprendió dos cosas: alegría y deuda. Estaba feliz de que Hee-seong
hubiera sobrevivido, pero también estaba seguro de que viviría con una deuda
eterna hacia él.
Ese día, en el incinerador, debería haberle
dicho que quemara ese amor imposible. Pero no lo hizo, y durante mucho tiempo
no pudo decirlo.
Tal vez Hee-seong murió en ese fuego. Quizás
lo que Yuye rescató fue solo un cascarón. Un cascarón que exigía saldar una
deuda.
‘Te quiero’.
¿Cuántas veces oyó esas palabras? Pronto se
convirtieron en ‘Te amo’. Y poco después, Hee-seong lloraba: ‘¿Por qué no me
amas?’. A veces intentaba explicar, con razones, por qué Yuye debía amarlo.
En el corazón de Yuye, lo que surgía como un
incendio era compasión. Intentó diseccionar esa compasión para encontrar otro
sentimiento, pero no lo logró. A veces pensaba que no importaba, que todo
estaba bien así, que era pacífico.
La mentira no duró mucho. Cuando cortaron el
pastel de la mentira, los gusanos salieron a raudales. Esos gusanos devoraron
la frágil mente de Hee-seong. Si nunca hubieran hecho ese pastel, los gusanos
habrían muerto de hambre.
Los ojos de Yuye se nublaron, y una expresión
vaga y somnolienta apareció en su rostro. Era hora de dormir.
Días después, Kang Yuye recuperó la
conciencia.
Había estado dependiendo de analgésicos y
sedantes, sumido en un estado de semiinconsciencia. Cada vez que intentaba
pensar, el sueño interfería constantemente. No podía mantener la claridad
mental ni pensamientos coherentes. Solo después de que algo de fuerza regresara
a sus extremidades pudo empezar a pensar como persona otra vez.
Una habitación individual, lujosa. La sala,
dividida en dormitorio y sala de estar, parecía una habitación de hotel. Estaba
decorada con muebles de tonos marrón suave, y en la sala de estar había incluso
un escritorio con una computadora.
¿Cuántos días llevaba allí? Recordaba haber
sido trasladado desde la unidad de cuidados intensivos, pero no sabía cuánto
tiempo había estado internado.
Se preguntaba qué había pasado mientras estuvo
inconsciente. Cuando iba a preguntar, Choi Hyeong-cheol, como si leyera sus
pensamientos, esbozó una sonrisa amable. La palabra ‘amable’ no encajaba con Hyeong-cheol,
pero tal vez no era una sonrisa amable.
Yuye había vivido mucho tiempo sin ver cosas
ni personas, así que no era sorprendente que su habilidad para interpretar
expresiones se hubiera atrofiado.
“Oficialmente, todos piensan que estás muerto.
Al menos, Park Kyung-sang cree que lo estás. Fue un esfuerzo considerable
sobornar al personal médico y a todos los involucrados. Por ahora, quédate como
muerto. Más adelante podemos reportar que estás vivo”.
Al principio, las palabras no tuvieron
sentido. Pronto, Yuye comprendió que, en los registros, estaba muerto. No le
asustaba estar ‘muerto’. Lo que le preocupaba era cómo se sentiría Haeim al
enterarse, cuánto sufriría y desesperaría. No podía contactarlo para decirle
que no se preocupara. Después de todo, fue Haeim quien desapareció primero.
“¿Y Haeim…?”.
La respuesta de Hyeong-cheol siempre era la
misma. Con un rostro inexpresivo y un dejo de irritación, hablaba del paradero
de Haeim. No le gustaba Haeim. Nunca le gustó, y después de que huyera, lo
detestaba aún más.
“Lo estamos buscando con todas nuestras
fuerzas. No te preocupes demasiado, presidente Kang”.
Por primera vez, Hyeong-cheol, que siempre
ponía mala cara al hablar de Haeim, intentó consolarlo. Era una sensación
extraña, pero esa rareza pasó fugazmente por su mente.
“¿Y el conductor del camión… lo investigaron?”.
Aún no estaba recuperado, así que sus palabras
salían torpes. Le preocupaba bastante. Pero, según experiencias pasadas, pronto
estaría mejor.
“Lo investigamos”.
El camión había chocado contra ellos yendo en
dirección contraria. No se detuvo, los embistió directamente. Jeong-sik giró el
auto en el último segundo, evitando la muerte por poco. En un sueño, Yuye vio
el rostro del conductor del camión: una expresión llena de determinación, pero
también de miedo.
“El conductor del camión está limpio. Parece
un accidente fortuito. Encontraron alcohol y somníferos en su sistema. Así que
fue un accidente inevitable, una casualidad desafortunada en la que te viste
involucrado. Eso es todo”.
“No puede ser”.
Yuye, recordando su cuerpo destrozado, sonrió
amargamente. Al toser débilmente, Jeong-sik le acercó un vaso de agua con una
pajita. Quería beber mucho, pero Jeong-sik le dijo: “Solo un poco, por favor.”
La vida en el hospital era incómoda. No podía
ni siquiera beber agua a su antojo. Ahora que lo notaba, era la primera vez en
mucho tiempo que veía a Jeong-sik. No se había dado cuenta en la unidad de
cuidados intensivos, pero Jeong-sik también estaba en mal estado. Claro, siendo
el conductor, era imposible que no estuviera herido.
“No fue un accidente fortuito”.
“Obviamente”.
¿Qué tal el accidente de hace tres años? Esa
vez no fue un camión, sino varios sedanes. Los autos lo embistieron desde todas
direcciones. Tras varios impactos, el vehículo quedó destrozado. Estuvo
inconsciente un tiempo, hasta que el auto se incendió, lo que lo despertó y le
permitió escapar.
Pero después de salir, con el cuerpo quemado,
tuvo que pelear con los hombres de los sedanes. Uno de ellos intentó extirparle
la glándula de feromonas. Su intento fue un éxito a medias.
Más tarde, pensó por qué habían intentado
quitarle precisamente la glándula de feromonas y no otra cosa. Si querían
matarlo, habrían apuñalado su corazón. Aunque, de todos modos, casi muere. No
había parte de su cuerpo intacta, y las quemaduras empeoraron todo.
“Park Kyung-sang te tiene en la mira otra vez”.
“No es ninguna sorpresa”.
Ante la respuesta tranquila de Yuye, Hyeong-cheol
frunció el ceño.
“Ha estado siguiéndote todo este tiempo.
Seguro quería matarte”.
“Bien, añadamos esto a la cuenta. Ya
ajustaremos cuentas después”.
Hyeong-cheol lo dijo con determinación. Sí,
había mucho que ajustar con Park Kyung-sang. Bebió agua por la pajita,
humedeciendo su garganta seca como arena.
“Ah, ¿y qué hay de la investigación sobre las
cuentas ocultas de Park Kyung-sang? ¿Qué dijo el congresista Seok?”.
“Dice que todo va bien. Parece que está
satisfecho con la información que le pasaste”.
“Si tú lo dices, será verdad”.
“No confíes tanto en mí”.
Hyeong-cheol se encogió de hombros. Yuye soltó
una risa baja al ver la expresión juguetona de su amigo, algo que no veía en
mucho tiempo. Al reír, sus costillas dolieron.
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“Ahora tenemos que pensar dónde y cómo vas a
descansar, un lugar donde Park Kyung-sang no te encuentre. Con ese cuerpo, no
puedes andar viajando por el país. Necesitamos un lugar tranquilo, discreto”.
Un lugar tranquilo y discreto. ¿Habría
encontrado Haeim un lugar así? Seguro que Kang Yujue había preparado algún
sitio desconocido. Haeim y Yujue habían desaparecido juntos. Estaban juntos.
Quizás… ellos dos… No, no podía ser.
El cuerpo le dolía y estaba mareado. En su
estado, no podía mantener una conversación larga. Tosió varias veces, y cada
articulación le dolía. El dolor de las partes fracturadas era indescriptible.
“Creo que te hemos retenido demasiado.
Descansa, nos vemos esta tarde”.
Hyeong-cheol, notando su estado, se despidió
primero y salió de la habitación. Jeong-sik se quedó para cuidarlo. Yuye
permaneció en silencio un rato antes de hablar.
“¿De verdad no han encontrado a Haeim?”.
Algo en Hyeong-cheol le parecía extraño.
Antes, al no poder ver, Yuye era muy sensible a las emociones de las personas.
Aunque ahora podía ver, esa sensibilidad permanecía.
“¿Realmente no lo han encontrado?”.
“…No lo hemos encontrado”.
Una voz insegura y vacilante. Yuye suspiró.
Tenía un fuerte presentimiento: habían encontrado a Haeim. Probablemente, Hyeong-cheol
les había ordenado guardar silencio. De todos modos, en su estado actual, no
podía presentarse ante Haeim. Solo cuando estuviera un poco mejor, cuando
pudiera moverse, podría aparecer frente a él.
Habían pasado tres meses. ¿Estaría Haeim
realmente embarazado de su hijo?
Yuye se lo preguntaba. ¿Por qué de repente
quiso tener un hijo? ¿Qué le habían dicho y quién? Siempre pensó que Haeim era
demasiado frágil para tener un hijo.
“¿Por qué quiso tener un hijo? De repente,
¿por qué razón?”.
Yuye murmuró, apoyado en la cabecera de la
cama. Jeong-sik, que estaba cerca, preguntó: “¿Eh?”
“Hablo del niño”.
“¿Kwon Haeim?”.
“Sí”.
“No lo sé. Nunca oí nada al respecto. Ni lo
había pensado”.
Jeong-sik, inusualmente, respondió con
detalle. Que Haeim quisiera un hijo… Seguro que algún cuervo maligno le susurró
algo al oído. Pero, ¿qué le habría dicho?
“¿Y si…?”.
¿Tendría que ver con Yang Hee-seong? Al pensar
en la palabra ‘hijo’, solo se le ocurría Hee-seong. Pero aunque Haeim hubiera
oído algo sobre Hee-seong, no tenía ninguna relación con él. Pensar que había
un vínculo era una suposición absurda.
Le dolía la cabeza. Yuye cerró los ojos
cansados, frunciendo el ceño. Su cuerpo estaba demasiado débil. No sabía cuándo
se recuperaría. De repente, pensó que Haeim también debía estar sufriendo
mucho.
Como Yuye sufría ahora por la ausencia de las
feromonas de su pareja marcada, Haeim debía estar sufriendo por la falta de las
feromonas del padre de su hijo. Ese pensamiento despertó en él una urgencia
desesperada por encontrar al niño.
El padre de su hijo. Qué término tan ridículo.
Ni siquiera estaba seguro de si estaba embarazado. Habían hecho el nudo, lo habían
consumado, pero las probabilidades de embarazo en un omega masculino eran
bajas.
“Dicen que Kwon Haeim leyó un libro de Yang Hee-seong
antes de irse de casa”.
Jeong-sik, que había estado en silencio, habló
de repente. Era una respuesta inesperada, pero cargada de significado.
“Ah”.
Yuye soltó una breve exclamación.
“¿Qué libro leyó?”.
“Uno llamado El muñeco de paja y otro sobre un
monstruo, no recuerdo el nombre”.
“Ambos son demasiado subidos de tono para
niños”.
Los cuentos de Hee-seong eran extraños. Se
vendían mucho mejor entre adultos. Las ilustraciones místicas de Hee-seong
avivaban las ventas. ¿Cómo terminaba El castillo de la muerte y el monstruo? No
lo recordaba bien. Solo recordaba que el rostro de la muerte se parecía al
suyo.
Al final, fue él, la muerte, quien le quitó la
vida a Hee-seong. Pensándolo así, ese libro podría ser una profecía. Yuye
sonrió con amargura al recordar las vívidas descripciones del libro ilustrado.
“¿Crees que Haeim estaba celoso de Hee-seong?”.
Hacerle una pregunta tan emocional a Jeong-sik
no era muy eficiente. Seguro que respondería que no sabía o que no podía
responder.
“Sí”.
La respuesta fue inesperada. No la esperaba en
absoluto.
“¿Estás diciendo que Haeim estaba celoso de Hee-seong?”.
“Sí”.
Jeong-sik respondió con sinceridad.
“Porque Yang Hee-seong era alguien especial
para usted, presidente. O al menos, otros lo veían así. Si fuera Kwon Haeim,
estaría celoso de Hee-seong”.
Yuye sintió una leve sorpresa ante las
palabras serias de Jeong-sik, quien normalmente pasaba desapercibido. ¿Haeim
celoso de Hee-seong? Por supuesto, Hee-seong era especial. Era una deuda que
debía saldar, un arrepentimiento.
Sabía que Hee-seong lo veía de manera
especial, con una obsesión rayana en la locura. A veces, Hee-seong le daba
miedo.
El niño… Yuye evocó el rostro dulce pero
frágil de Haeim, como una violeta inclinada.
“¿Haeim celoso de Hee-seong?”.
¿Entonces por eso quiso tener un hijo? ¿Para
ser más especial que nadie? Yuye sonrió con amargura. Creía entender lo que
Haeim deseaba, pero al mismo tiempo no lo comprendía del todo.
Haeim, ese niño, simplemente…
Yuye cerró los ojos ante un problema sin
solución.
El viento soplaba. El invierno en Geumhongdo
era implacable. Aunque era febrero, la ventisca no cesaba. Decían que este año
habría un verano abrasador, tan caliente que incluso las rocas se derretirían.
El verano aún estaba lejos. Haeim apenas se
movía del frente de la chimenea. A pesar de estar en el quinto mes de embarazo,
su cuerpo demacrado no mostraba signos evidentes de gestación. Tal vez los
bebés, sintiendo que su madre los rechazaba, se mantenían lo más pequeños
posible.
No recordaba qué había hecho en los últimos
diez días. Cuando recuperó la claridad, habían pasado dos semanas. Se acercó a
la ventana y miró la playa cubierta de algas. El hielo se acumulaba en la
orilla desierta. Algo en esa escena hostil lo hizo retroceder.
De repente, sintió un dolor punzante en la
planta del pie. Al mirar, vio que estaba vendado.
Qué uniforme.
No recordaba, pero seguro había causado otro
alboroto. Ahora que lo notaba, algunos adornos de la casa parecían diferentes.
¿Era una estatua de ángel de cerámica? ¿O de un demonio?
Haeim abrazó su vientre. ¿Dónde estaba Kang Yujue?
Para hacer algo de ejercicio, intentó abrir y cerrar su mano derecha, que
apenas funcionaba. No era fácil.
Aunque lograra cerrar el puño, no tenía la
fuerza de una persona normal. La muñeca, con tendones y nervios cortados, había
sido operada de nuevo y estaba en rehabilitación, pero no estaba en buen
estado.
Bueno, no importaba.
Con hambre, fue a la cocina por un caqui.
Encontró una bandeja de fresas en la mesa. Pensó que tal vez podría comerlas y
se llevó una a la boca. El dulzor cosquilleó su lengua, pero inmediatamente la
escupió. Aunque eran dulces, su aroma le recordaba al edulcorante artificial de
los caramelos de fresa. Vomitó varias veces en el fregadero, pero no salió
nada. Ni siquiera tenía jugos gástricos.
Mezcló sal con agua. Si bebía agua pura,
vomitaba. Necesitaba electrolitos para no sufrir tanto.
Qué mareo.
Para no desperdiciar el agua salada, se sentó
en el sofá a descansar. Le dolía la cabeza. Revisó la habitación de Yujue,
encontró analgésicos y los tomó. Volvió al sofá y acarició su vientre, pero no
sintió nada.
¿Y si Yujue estaba mintiendo? ¿Y si no había
bebés en su vientre? ¿Y si no estaba embarazado? Las náuseas podían ser solo
indigestión. Los latidos que escuchaba en cada chequeo podían ser una mentira.
La señora Shin salió de la lavandería. Su
mirada era de compasión. Estaba en una posición digna de lástima, así que no
había nada de qué quejarse.
“Voy al templo”.
“No has comido nada. ¿Cómo vas a llegar sin
fuerzas?”.
Se puso un abrigo acolchado. “Estaré bien,”
dijo, pero la señora Shin seguía con una expresión preocupada.
“¿Quieres que te acompañe?”.
“No, puedo ir solo”.
Haeim salió al jardín. Había una bicicleta
pequeña que Yujue le había comprado. Con el pie herido, dudaba si podría
pedalear. Probó unas veces. No dolía demasiado.
No le gustaba nada de lo que Yujue hacía por
él, pero la bicicleta estaba bien. El camino estaba en mal estado, así que
pedaleó despacio.
La nieve reciente había convertido el camino
en un lodazal, haciendo que la bicicleta avanzara lentamente. Tras un largo
rato, vio el templo. Dejó la bicicleta en el patio y entró a la habitación del
monje principal. Kim In-hyeon estaba allí, sentado en posición de loto,
copiando sutras.
(N/T: Sutras: textos sagrados o filosóficos
breves y concisos, a menudo aforísticos, que se encuentran en las tradiciones
del budismo y el hinduismo.)
“¿En serio quieres ser monje? ¿Copiando
sutras?”.
NO
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Haeim preguntó, genuinamente sorprendido. No
podía imaginar a Kim In-hyeon como monje. Aunque apenas lo conocía, no parecía
alguien destinado a la vida monástica. Había algo terrenal, casi sucio, en él.
“Si lo piensas como dibujar, es más fácil.
Pero, ¿qué haces aquí con este clima? ¿Y qué le pasó a tu pie?”.
“Pisé un pedazo de vidrio. No importa, mi pie
no es importante. Tengo un favor que pedirte. Quiero que averigües si alguien
está realmente muerto o vivo. No tengo los medios para hacerlo. Como escritor, debes
conocer a muchas personas”.
Desde hacía un tiempo, Haeim tenía una
sospecha. ¿Y si Kang Yuye no estaba muerto? La noticia de su muerte llegó en un
solo correo. No hubo obituarios en los periódicos, solo un correo enviado a Yujue.
Eso significaba que la muerte podía ser
fácilmente falsificada. Se sintió estúpido por no haberlo pensado antes. Haber
sufrido tanto tiempo por un simple correo.
¿No era Yujue un mentiroso? Tal vez dejó que
viera el correo a propósito. Para que renunciara a Yuye. Para que creyera que
estaba muerto y lo eligiera a él. Llegando a esa conclusión, Haeim quiso
confirmar la muerte de Yuye a través de otra persona.
“No cualquiera puede ver un certificado de
defunción”.
“Lo sé. Puedes contratar una agencia de
investigación para que lo confirme por mí”.
Kim In-hyeon ladeó la cabeza. Kwon Haeim notó
que estaba poniendo una expresión de gran interés. Bueno, ciertamente era algo
extraño. Que alguien apareciera de repente y pidiera confirmar si otra persona
estaba viva o muerta era, sin duda, inusual.
“Tengo un amigo que dirige una agencia de
detectives. Si le pido que investigue, en menos de tres días tendremos
noticias. ¿Cuál es el nombre? ¿La edad? ¿La dirección? ¿Sabes su número de
registro civil?”.
Kwon Haeim asintió con la cabeza como un
pájaro picoteando comida.
“Lo sé. Su nombre es Kang Yuye, es doce años
mayor que yo, tiene 33 años. No, ahora 34. La dirección es Pyeongchang-dong
32X-X. Pero no sé su número de registro civil”.
“Bueno, no pasa nada si no sabes el número de
registro civil. Preguntando por el vecindario, lo encontraremos rápido”.
“Gracias”.
“Por cierto, ¿puedo preguntar qué relación
tienes con esta persona?”.
“Es el padre de mi bebé”.
“¿Eh?”.
“Estoy embarazado”.
Su rostro se sonrojó. Era la primera vez que
hablaba de esta manera. Desde que Kang Yuye murió, o más precisamente, desde
que recibió el correo que decía que había muerto, los bebés no eran más que
algo extraño compartiendo su cuerpo. Pero ahora, con la esperanza de que Kang Yuye
pudiera estar vivo, los bebés no le parecían tan desagradables. Incluso pensó
que, si se esforzaba mucho, tal vez podría llegar a quererlos.
“Oh…”.
Kim In-hyeon mostró una reacción algo
incómoda. Avergonzado y tímido, Haeim bajó la mirada.
“No se nota, así que no lo sabía. No dijiste nada,
y además estás tan delgado… Por eso viniste a comer comida del templo”.
“La comida aquí es buena”.
“Vuelve en tres días. Te daré noticias
entonces”.
Haeim respondió con un “Sí”. Luego añadió:
“¿Cómo puedo agradecértelo? No tengo dinero”.
“¿Agradecérmelo? No hace falta. No es gran
cosa. Si quieres agradecérmelo, déjame ver esa casa. Me interesa mucho la
arquitectura. Dicen los vecinos que es muy peculiar y bonita. Y que el
invernadero es impresionante”.
¿Un invernadero? Nunca había oído hablar de
él. Claro, siempre estaba encerrado en casa, así que no era de extrañar que no
supiera de esas cosas.
Haeim salió del templo sin comer. Sin nada que
hacer, tomó su bicicleta y paseó por el pueblo. Sentía las miradas de los
vecinos.
Se dirigió hacia el puerto. Un barco grande,
mucho más grande que los que solían llegar a Geumhongdo, estaba atracando con
dificultad. Descargó tres sedanes de lujo relucientes, algo que nunca había
visto en la isla, ni siquiera en tierra firme. Detrás, descargaban lo que
parecían muebles.
Probablemente algún multimillonario había
llegado a la isla. Haeim sabía que en el lado oeste de Geumhongdo había una
mansión tan grande como la del este, ocupando casi toda la playa oeste, con
parte del terreno como propiedad privada. Nadie sabía quién era el dueño de esa
mansión, al igual que nadie sabía quién era el dueño de la mansión del este.
Quizá la persona que acababa de llegar era un
anciano. Alguien cercano a la muerte. Era un poco gracioso que viniera a
descansar en un lugar tan frío. Geumhongdo era bastante helado. Aunque no era
invierno, el clima era lo bastante frío como para que un anciano pudiera sufrir
un derrame cerebral. Los habitantes de la isla estaban acostumbrados al viento
gélido, pero este no era un lugar fácil para vivir.
La curiosidad crecía. Incapaz de contenerla, Haeim
se acercó al puerto. Sin embargo, varias personas vestidas de negro controlaban
a los vecinos. ¿Quién podría ser alguien que viajara con guardaespaldas?
Seguramente alguien involucrado en algo peligroso.
Observando desde lejos, vio una silla de
ruedas bajar del barco. Estaba demasiado lejos para distinguir si era hombre o
mujer, y la persona llevaba una máscara y gafas de sol que ocultaban su rostro.
La curiosidad solo aumentaba. Su instinto le decía que tal vez era un anciano.
Como esperaba, la persona con la máscara y las
gafas de sol fue ayudada con dificultad a subir a un coche. Era muy alta. De
repente, pensó en Kang Yuye. Él también era muy alto.
Pensar en Kang Yuye le dio dolor de cabeza.
Sintió como si toda la sangre de su cerebro se drenara hacia sus pies. Un mareo
abrumador lo hizo encorvarse sobre la bicicleta.
Ese correo que decía que Kang Yuye había
muerto. Haeim sacudió la cabeza. Kang Yuye estaría vivo. Ese correo no era más
que una trampa para engañarlo.
Qué persona tan extraña. ¿Qué haría si se
enfermaba en un lugar sin un hospital decente? Tan alto, pero parecía tan
frágil. Aunque sabía que no era asunto suyo, no podía evitar preocuparse por
ese anciano. Era algo inexplicable.
No había razón para seguir mirando. Dio la
vuelta, compró dos bolsas de papas fritas en una pequeña tienda en la colina y
regresó a la mansión. Al llegar, se encontró con Kang Yu-jae, que caminaba
ansiosamente por la sala. Él se acercó y la tomó por los hombros con fuerza.
“¡Ay, qué haces!”
“¿Dónde estuviste?”
“Compré papas fritas, dos bolsas.”
Mostró las bolsas de papas fritas, y Kang Yujue
suspiró aliviado. Su rostro, que rara vez perdía la sonrisa, mostraba
preocupación. Era interesante ver esa expresión de inquietud, o tal vez un poco
de miedo.
Haeim arrojó las papas fritas sobre la mesa de
la sala y se sentó en el sofá. Abrir la bolsa fue difícil, ya que su mano
derecha no podía sostener ni manipular cosas con precisión. Mientras luchaba
con la bolsa, Kang Yujue la abrió por él.
Sin tocar la bolsa que él abrió, Haeim tomó la
segunda y comió las papas fritas. Tal vez porque era algo que deseaba, no
sintió náuseas y le supieron deliciosas. Pensó que, si las papas fritas estaban
bien, podría intentar con papas reales y pedirle a la señora Shin que las
preparara.
“¿Por qué no comes las que abrí?”.
“Porque las abriste tú”.
Era obvio, no entendía por qué preguntaba.
Kang Yujue soltó una risita. Su risa era como en el pasado.
En verdad, Kang Yujue era tolerante. Haeim
temía que intentara algo como un doble vínculo, pero no lo hizo. Solo se aseguraba
de que no saliera solo de Geumhongdo.
Cuando creía que Kang Yuye estaba muerto,
estar atrapado en la isla no parecía tan grave. Pero ahora, con la posibilidad
de que estuviera vivo, quería escapar de la isla a toda costa. Quería encontrar
a Kang Yuye, sin importar si lo perdonaba o no. Quería decirle que lo
extrañaba, que estaba preocupado, que pensó que estaba muerto, que quiso morir.
Quería contarle esas cosas pequeñas pero pesadas.
Pronto podría decírselo. Imaginó a Kang Yuye
buscándolo, en la colina de la isla, en la costa, entre los arbustos de rosas
silvestres.
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Pasó una semana.
Aprovechando que Kang Yujue había ido al
continente, Haeim escapó de la mansión. Durante toda la semana, había esperado
el momento de reunirse con Kim In-hyeon. Él le había dicho que en tres días
sabría si Kang Yuye estaba vivo o muerto, pero no había tenido oportunidad de
salir porque Kang Yujue no se había movido de la mansión.
Kang Yuye estaría vivo. Kang Yujue era capaz
de engañar incluso a los dioses. Las personas engañadas por él ni siquiera
sabían que lo estaban. No le importaba ser una de ellas.
Cuando Haeim llegó al templo, vio un coche
desconocido. Era un vehículo todoterreno viejo, que no parecía pertenecer a la
isla. Había pocos coches en Geumhongdo.
“¿Hay alguien?” llamó. Como respuesta, se
escuchó el sonido de un moktak desde el salón principal. Fue directamente a la
habitación donde estaba Kim In-hyeon. Antes de que pudiera tocar, la puerta se
abrió de golpe. Dentro había tres personas, incluido Kim In-hyeon. Los otros
dos tenían una apariencia algo ruda.
(N/T: Moktak: Instrumento musical de percusión
de madera de estilo coreano.)
“Oh, ¿es la persona que nos pidió investigar?
¿Un niño tan joven?”.
“Sí, es Kwon Haeim”.
“Dijiste que la persona que querías que
encontráramos, o mejor dicho, que confirmáramos si está viva, es tu pareja.
Pero es tan joven… y hombre”.
“Soy omega,” dijo Haeim, señalando el parche
en su cuello.
Los hombres lo miraron con curiosidad. Haeim
pensó que, si hacían trabajos rudos, habrían visto muchos omegas o alfas, pero
parecía que no.
“Aquí están los documentos”.
Uno de los hombres sacó dos hojas de una
bolsa. Aunque su expresión era neutral, había un dejo de compasión. Tras dudar
un momento, le entregó los documentos a Haeim. Ella los tomó con fuerza, como
si esas ligeras hojas pudieran cortarle el brazo.
“Uno es el certificado de defunción, el otro
es el testamento”.
Al escuchar la noticia de la muerte de un ser
querido, no hubo relámpagos en los oídos, ni el mundo colapsó, ni los astros se
detuvieron, como dicen las frases cliché. Solo sintió un vacío abrumador. Qué
estúpido había sido. Dicen que solo los tontos abrazan la esperanza, esa
esperanza que apuñala, desgarra y, al final, mata.
“No sé leer”.
Estaba agradecido de no saber leer. No tener
que confirmar la muerte de Kang Yuye con sus propios ojos era un alivio. Se
sentó con calma, esperando las palabras crueles como una sentencia de muerte.
“Murió hace dos meses en un accidente de
tráfico. Colisionó con un camión que cruzó la línea central. Fue trasladado al
hospital, pero no recuperó la consciencia. Falleció tres días después en la UCI”.
“¿Qué?”.
Haeim frunció el ceño.
“¿Algún problema?”.
“¿No murió por un problema multiorgánico?”.
“Fue un accidente de tráfico, seguro. Lo
confirmamos con los vecinos. Veamos, el 3 de diciembre ocurrió el accidente”.
El 3 de diciembre. Haeim había recibido el
correo sobre la muerte de Kang Yuye alrededor del 10 de noviembre. Kang Yuye
estaba vivo después de eso. Mientras él estaba sumido en la desesperación, sin
pensar en salir de la isla, él estaba vivo. Si hubiera escapado entonces, si
hubiera ido a buscarlo…
Soltó una risa. Sentía como si una oruga
gigante se arrastrara en su estómago, sus vellos tocando las paredes de su
interior. No podía evitar reír.
Kang Yujue había mentido.
Kang Yuye estaba muerto. De verdad.
No podía parar de reír. Qué irónico que la
noticia de una muerte fuera tan graciosa. Intentó taparse la boca, pero la risa
seguía escapando, entrecortada. Reía tanto que le dolía el pecho.
Si no hubiera creído en ese correo y hubiera
salido de la isla, ¿Kang Yuye seguiría vivo? No, probablemente era imposible
evitar su muerte. Pero al menos podría haberlo visto, haberle dicho que estaba
embarazado.
Al menos… al menos.
“Es gracioso. Creí que estaba muerto cuando no
lo estaba. Aunque ahora sí está muerto, claro”.
Los ojos de Kim In-hyeon reflejaban lástima y
compasión. No había nada que compadecer. Nada había cambiado. Kang Yuye estaba
muerto, y en su vientre estaban sus bebés, esos pobres bebés no amados por su
madre.
Haeim rió por un largo rato. Se quedó sin
aliento. Intentó respirar normalmente, pero no podía. La falta de oxígeno le
causó mareos. Se apoyó en la pared, a punto de desmayarse. Su rostro estaba
húmedo. No tenía sentido. No había razón para llorar en una situación tan
absurda.
“Ahora sí está muerto. Cuando creía que estaba
muerto, estaba vivo. Y cuando tuve esperanza de que estuviera vivo, está
muerto. Es realmente, realmente divertido”.
Kang Yuye estaba muerto. Era como celebrar su
funeral dos veces. No, como celebrarlo una y otra vez.
“Estoy hambriento”.
Al saber que Kang Yuye estaba muerto, sintió
hambre. No, más que hambre, dolor. Como si un demonio hambriento habitara en su
estómago, devorando sus entrañas y apuntando a su corazón.
“Haeim, abajo”.
Kim In-hyeon, pálido, gritó. Haeim miró hacia
abajo. Entre sus piernas, había sangre. ¿Era porque sus entrañas estaban siendo
devoradas, o porque los bebés de Kang Yuye estaban muriendo?
“¡Arranca el coche, rápido!”.
El hombre de la agencia salió corriendo. El
cuerpo de Haeim se desplomó en los brazos de Kim In-hyeon. Con voz temblorosa,
él susurró: “Estarás bien”. Haeim asintió en su regazo. No importaba lo que
pasara. Un mareo abrumador la dejó sin fuerzas.
“Tengo hambre”.
Haeim murmuró varias veces. La oscuridad
invadió su consciencia. No había forma de defenderse, en verdad.
Kang Yuye miraba el mar a través de la gran
puerta de cristal. El hielo pegado a las algas no se derretía, haciendo que el
mar pareciera parte de una montaña nevada. Aunque ya era mediados de febrero,
el clima no mejoraba. Todo estaba nublado y frío.
Definitivamente, el clima no era bueno para
alguien con extremidades fracturadas. Tal vez habría sido mejor irse al
extranjero. Si iba a fingir estar muerto para escapar de Park Kyung-sang, un
país cálido habría sido mejor. Pero tenía que estar aquí.
El dolor subía por su pierna izquierda debido
al clima. La fractura en el fémur lo mantenía en una silla de ruedas. La
cirugía había sido exitosa, y los huesos se estaban uniendo bien, así que
pronto podría caminar. Su brazo, que había sufrido una fractura expuesta y
triturada, también sanaba bien. Para cuando Haeim diera a luz, estaría
completamente recuperado.
Haeim.
El niño estaba en esta isla, en el lado este,
donde estaba la cabaña de los nabichigi. Según Kim In-hyeon, no estaba bien.
Las náuseas matutinas habían durado meses, impidiéndole comer lo suficiente,
dejándolo demacrado. Su estado mental no era bueno, sufría dislexia psicológica
y siempre llegaba al templo con alguna herida. Pero los bebés en su vientre
crecían bien, según le habían dicho.
Kim In-hyeon era un vigilante colocado por
Choi Hyeong-cheol. Choi sabía que Haeim estaba escondido en Geumhongdo desde
antes del accidente de Kang Yuye, pero no lo había dicho. No podía enojarse con
Choi por revelar descaradamente la ubicación de Haeim.
Kang Yuye golpeó suavemente su pierna
dolorida. Cada golpe traía un dolor sordo. Probablemente hoy, Haeim descubriría
que Kang Yuye, como persona, estaba completamente muerto. Seguro estaría triste
y sufriría.
Su mente ya era frágil. A veces, solo mirarlo
le causaba ansiedad. Una noche, lo observó dormir durante horas. Sentía que, si
no lo hacía, él dejaría de respirar y se desvanecería. Creía que solo
vigilándolo de noche estaría a salvo. Pensaba que, si había algo frágil en este
mundo, como una gota de rocío en una telaraña, era un niño. Ese niño había
estado vagando durante meses, llevando a sus hijos en el vientre.
Tenía que regresar pronto. Quizás todo esto
era absurdo y estúpido. Pero por muy absurdo que fuera, no podía decirle la
verdad al niño.
“No tomará mucho tiempo”.
Kang Yuye inclinó la cabeza hacia atrás,
mirando el techo.
“Realmente, no tomará mucho tiempo”.
Sonrió amargamente. Park Kyung-sang aún no
sabía que estaba vivo. No sabía que estaba escondido aquí, esperando el
momento. Engañar a Haeim era incómodo, pero si él supiera que estaba vivo, no
habría nada bueno. Solo traería desgracia. Park Kyung-sang podría usar al niño.
Por ahora, era mejor estar muerto.
Sonó el teléfono. Kang Yuye empujó su silla de
ruedas hacia la mesa y tomó el móvil. La voz al otro lado sonaba urgente.
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—Kwon Haeim fue llevado al centro de salud por
una hemorragia. Él y los gemelos están en peligro.
Era Kim In-hyeon. ¿Haeim en peligro? Sintió
como si le echaran hielo en la nuca. Apretó el puño sin darse cuenta, las uñas
clavándose en su palma.
“¿Está consciente?”.
—No, en absoluto.
¿Qué había pasado? ¿El shock de la noticia de
su muerte? Estaba ansioso. No podía dejar que Haeim supiera que estaba vivo.
Pero si hubiera sabido que esto lo afectaría tanto, se lo habría dicho.
—La hemorragia es severa. No encuentran sangre
para la transfusión.
“Es RH-O, ¿verdad? Ni los hospitales grandes
tendrán esa sangre”.
—Así es.
Kang Yuye llamó a Jeong-sik. Este, que estaba
ejercitándose, llegó sudado. Miró a Kang Yuye con confusión. Kang Yuye le
indicó que esperara y colgó el teléfono apresuradamente.
“Voy al centro de salud”.
“No puede ir,” dijo Jeong-sik, entendiendo la
situación.
“Trae mi abrigo”.
“¿Va a buscar a Kwon Haeim? ¿Cómo no lo
reconocerá? Lo sabrá de inmediato”.
“No puedo dejarla morir”.
Coincidentemente, tenían el mismo tipo de
sangre. De niños, pensaban que eran hermanos por eso. No sabían que era pura
casualidad. Ahora, esa coincidencia era una bendición.
“Si no encuentran sangre, morirá. Puedo donar
y pasar desapercibido”.
“Si el abogado se entera, me despellejará”.
“Si no dices nada, no lo sabrá. Oh, también
hay que silenciar a Kim In-hyeon”.
Jeong-sik, dándose cuenta de que no podía
detenerlo, suspiró y fue a buscar el abrigo.
Kang Yuye tamborileó ansiosamente en los
reposabrazos de la silla. Debía evitar a Kang Yujue. Según quien lo vigilaba, Yujue
estaba fuera de la isla. El próximo ferry era a las 7 de la tarde, y eran las
12, así que tenía siete horas.
Jeong-sik salió con un abrigo grueso y una
máscara. Kang Yuye se puso el abrigo y cubrió casi todo su rostro con la
máscara.
“Por favor, tenga mucho cuidado”.
“Tú también cúbrete la cara”.
“Oh, sí”.
Jeong-sik se puso una máscara apresuradamente.
Kang Yuye fue trasladado al coche. Desde la
mansión oeste, el centro de salud estaba cerca. Al llegar, Kim In-hyeon, con el
rostro pálido, paseaba por el vestíbulo.
Jeong-sik empujó la silla hacia él. Cuando
Kang Yuye se quitó ligeramente la máscara, Kim In-hyeon levantó la cabeza como
si hubiera recibido una descarga eléctrica.
“¿Señor… señor presidente?”.
“Shh”.
Kang Yuye se llevó un dedo a los labios. La
ropa de Kim In-hyeon estaba manchada de sangre. El olor intenso de la sangre
mareó a Kang Yuye. La sangre de Haeim. ¿Cómo podía salir tanta sangre de un
cuerpo tan pequeño? Era como si estuviera hecho solo de sangre.
“¿Cómo está Haeim?”.
“Esperamos un helicóptero de emergencia. No
hay sangre en los hospitales grandes. Su estado no es bueno, sigue inconsciente”.
“Donaré sangre. Envíen mi sangre al hospital”.
“¿Usted, señor presidente? Pero…”.
“Llama al director. El centro de salud puede
extraer sangre, ¿verdad?”.
“No puede hacer eso”.
“¡Rápido!”.
Kang Yuye gritó. Kim In-hyeon, asustado, fue a
buscar al director. Pronto, el director llegó sudando profusamente, sorprendido
al ver a Kang Yuye en la silla de ruedas.
“Recibí una llamada. ¿Es usted quien donará
sangre RH-O?”
“Muévanse rápido, por favor.”
“Pero usted también es un paciente…”
“No importa. Es solo un trauma leve.”
El director dudaba, sudando. Jeong-sik sacó un
fajo de billetes de su bolsillo y lo metió en el del director.
“Primero hay que salvar a la persona. Son tres
vidas en un cuerpo”.
El director, con un brillo en los ojos,
asintió.
Kang Yuye suspiró aliviado. Temía que el
director se negara por principios o por no extraer sangre a un paciente herido.
También le preocupaba que Haeim estuviera en tanto peligro como para necesitar
sangre de un herido. Que un desconocido llegara a donar sangre para un paciente
era raro, más aún si el donante también estaba lesionado. Pero el médico
aceptó.
“Venga por aquí”.
Una enfermera empujó la silla de ruedas. Jeong-sik,
desconcertado, los siguió. Era raro verlo tan perdido.
En la sala de extracción, el médico,
preparando todo, mantenía la boca cerrada. Kang Yuye deseaba que dijera algo.
“Extraeremos 400 ml. Normalmente no haríamos
esto, pero es una emergencia. ¿Está seguro? Su estado de salud…”.
“Es solo un trauma. No tomo medicamentos que
contaminen la sangre. Puedo soportar 400 ml”.
El médico dudó. El tiempo apremiaba. Había que
salvar a Haeim y esconderse antes de que llegara Kang Yujue. Kang Yuye hizo una
señal a Jeong-sik, quien sacó otro fajo de billetes.
“Oh…”.
El médico, sorprendido, dudó si aceptar el
dinero. Jeong-sik lo metió en su bata.
“Por favor, manténganlo en secreto. Ni al
paciente ni a nadie. No registren mis datos”.
“¿Qué relación tiene con el paciente?”.
“Hermano”.
Kang Yuye mintió. O no, porque alguna vez lo
fue. ¿Qué eran ahora? Compañeros vinculados, el padre de los bebés en su
vientre. ¿Estarían los bebés vivos?
“Por eso tienen el mismo tipo de sangre. Pensé
que no tenía hermanos”.
“Llegué a la isla por casualidad”.
Las mentiras fluían con facilidad. Kang Yuye
se quitó el abrigo y extendió el brazo sano. Tras dudar, la enfermera insertó
la aguja. Podía soportar 400 ml. Sus heridas internas estaban casi curadas, y
había descansado bien, así que sus valores debían ser aceptables.
El médico, tras un examen previo, dijo con
tono conmovido:
“Apenas está en condiciones para donar. Es un
milagro que el hermano apareciera”.
“No es un milagro”.
Era inevitable. Kang Yuye sintió que había
estado vigilando a Haeim para este momento, para salvarlo en este instante
crítico.
La sangre fluía hacia una bolsa translúcida.
Kang Yuye rezaba para que se llenara lo más rápido posible, aunque fuera solo
un segundo antes. El ritmo de la extracción era desesperadamente lento. Quería
abrirse el brazo y verter la sangre directamente en la bolsa.
Tras unos diez minutos, la bolsa de 400 ml
estaba casi llena. Kang Yuye retiró la aguja y se levantó del lugar donde
estaba acostado. En ese instante, el cielo se tiñó de un amarillo opaco. Las
sombras negras que se dispersaban parecían el sol durante un eclipse. Bajó la
cabeza por un momento, tratando de recomponerse. Jeong-sik se acercó de
inmediato para sostenerlo.
“¿Estás bien?”.
“…Estoy bien”.
Lentamente, se trasladó a una silla de ruedas.
El médico tomó la bolsa con prisa. Pronto, en un hospital más grande, esa
sangre sería transfundida a otro cuerpo. Kang Yuye siguió con la mirada la
espalda del médico y se acercó a la habitación donde yacía Kwon Haeim. A través
de la puerta abierta, el rostro del chico entró en su campo de visión.
Era el mismo rostro que había sentido hasta
ese momento.
Un rostro pálido, casi ceniciento, sin rastro
de vida. Como si mostrara la forma de una tragedia, el suéter blanco estaba
salpicado de manchas de sangre negra.
“¿Quieres verlo de cerca?” preguntó Jeong-sik.
Kang Yuye dudó un instante antes de responder:
“Quiero verlo”.
Sabía que no debía hacerlo. Cuanto más rastro
dejara, peor sería. Ahora mismo, él era un hombre muerto. Al llamarlo ‘hermano’,
prácticamente había revelado su identidad. Solo podía esperar que el médico
guardara el secreto con absoluta discreción.
Entró en la habitación. El médico salió en
silencio, y Jeong-sik, tras permanecer un momento, cerró la puerta al salir.
Kang Yuye miró a Kwon Haeim, que parecía dormir profundamente o haber perdido
el conocimiento.
Debido a la pérdida de su visión, hacía años
que no veía el rostro de Haeim con sus propios ojos. El rostro que una vez fue
infantil ahora estaba entre un joven y un adolescente. Sin embargo, sus
contornos seguían siendo delicados y suaves. Especialmente la curva de sus
labios, que parecían a punto de levantarse en una sonrisa. Un rostro limpio y
hermoso. Pero ahora, estaba excesivamente pálido.
“Todo está bien”.
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Kang Yuye extendió lentamente la mano y trazó
el contorno de ese rostro. Parecía que Haeim despertaría en cualquier momento y
tomaría su mano. Cuando sus dedos se detuvieron en los labios, estos se
abrieron ligeramente. Rápidamente retiró la mano. De los labios pálidos escapó
un sollozo, como el de un animalito joven.
“Todo está bien. Todo va a estar bien”.
Sin embargo, los sollozos no cesaron. Era como
un gato perdido, sin saber qué hacer. Los sollozos crecían, y parecía que
pronto se convertirían en un llanto desconsolado. Como si calmara a un niño
pequeño, Kang Yuye colocó suavemente la mano en su mejilla. Una lágrima cayó
por debajo de las pestañas húmedas.
No había forma de consolar a Haeim, que
comenzaba a llorar con amargura. Kang Yuye se quitó el abrigo y se acostó en la
cama junto al chico. Con cuidado, lo abrazó. Haeim estaba tan delgado que
parecía un pájaro con solo plumas.
“No llores”.
Con esas palabras, Haeim se aferró a su pecho.
Como en los viejos tiempos, cuando, aunque dormían separados, por la mañana
Haeim buscaba su abrazo. Aunque era un hábito que no existía en el reformatorio
juvenil, Kang Yuye no rechazó al chico que se acurrucaba en sus brazos.
Y ahora, tampoco lo hizo.
Kang Yuye liberó sus feromonas. Había
arriesgado su vida para someterse a una cirugía de reconstrucción de glándulas
de feromonas. Inicialmente planeaba una cirugía beta, pero al final optó por la
reconstrucción de feromonas. Era una operación con resultados inciertos. Había
muchas razones para elegirla, pero la principal era, probablemente, el deseo de
ser un alfa para Haeim.
Desde la cirugía, el aroma de sus feromonas
estaba volviendo a su estado original. Por eso, Haeim probablemente no
sospecharía que él había estado allí. Solo pensaría que un alfa desconocido lo
había cuidado. Todavía no podía revelarle que estaba vivo.
Instintivamente, Haeim también liberó sus
feromonas. Ese aroma solitario, que no había cambiado, le atravesó el pecho
como si hubiera frotado nieve en él.
“Hermano…”.
Frotó su mejilla empapada de lágrimas contra
la camisa. Con ese gesto tierno, Kang Yuye abrazó a Haeim aún más fuerte.
“Aquí estoy”.
“Hermano…”.
Un omega con gemelos, en un momento en que más
necesitaba a un alfa. Sin embargo, Kang Yuye no podía estar a su lado. Haeim
estaba soportando solo el dolor del embarazo.
En este momento, quien estaba junto a Haeim
era Kang Yujue. Kang Yuye solo podía rezar desde lejos para que estuvieran en
paz.
“Haeim, pronto terminará”.
Kang Yuye besó la frente de Haeim. Al frotar
su frente como si lo rechazara, no pudo evitar sonreír. Frotó su frente con el
pulgar. El enojo que sintió al saber que había desaparecido ya no estaba. ¿O
alguna vez estuvo realmente enojado?
“Cuando todo termine… vayamos de viaje”.
A una isla en el sur, solo ellos dos. Una vez
que se vengara de Park Kyung-sang, todo volvería a su lugar. Las cosas
mejorarían, y Haeim ya no estaría en peligro. A Kang Yujue… podría convencerlo.
“Sí…”.
La respuesta de Haeim llegó. Kang Yuye apretó
más fuerte sus brazos. Las lágrimas del chico habían cesado, pero sus pestañas
aún estaban húmedas, como un arbusto junto a un manantial tras la caída del
rocío.
“Vendré por ti. Pronto”.
Unos ojos entreabiertos lo miraron. Esos ojos
desenfocados vagaban por algún punto del pasado.
Los labios pálidos rozaron los de Kang Yuye y
se apartaron. Esos labios, sorprendentemente fríos, evocaban al chico de un
cuento de hadas. La Reina de las Nieves. Pero nunca permitiría que la Reina de
las Nieves se llevara a este chico.
“Presidente”.
Un golpe cuidadoso en la puerta interrumpió.
Kang Yuye se levantó con precaución. Jeong-sik entró y lo ayudó.
“El helicóptero llegará pronto. Debe irse”.
Incluso después de trasladarse a la silla de
ruedas, Kang Yuye miró a Haeim por un largo rato. Luego, sin decir nada, se dio
la vuelta y salió. Mucho después, otra lágrima rodó por la mejilla de Haeim,
cuyos ojos estaban fuertemente cerrados.
Haeim soñó. Kang Yuye estaba allí, sentado en
un columpio en un campo lleno de miles de flores. La imagen de él en un
columpio era tan incongruente que estalló en risas. Kang Yuye le hizo un gesto
para que se acercara. Haeim se aproximó y se acuclilló frente al columpio. Se
dio cuenta de cuánto lo había extrañado al no verlo durante tanto tiempo.
'¿Dónde has estado? Te extrañé”.
Kang Yuye extendió la mano y acarició su
mejilla. En el sueño, ya no era ciego. Sus ojos negros brillaban, reflejando
claramente lo que tenía delante. Haeim vio una especie de maravilla en su
propio reflejo en esos ojos.
“Han pasado muchas cosas. Realmente muchas”.
Aunque dijo eso, no pudo explicar qué había
pasado. Los recuerdos estaban protegidos, como un feto envuelto en una membrana
delgada. No podía hurgar en ellos sin cuidado.
Un feto. Había soñado algo relacionado con un
feto.
“Sí, qué bueno”.
Haeim apoyó la cabeza en Kang Yuye. No sabía
qué era “bueno”. Estar acuclillado era incómodo, pero no podía levantarse
descuidadamente. Porque si se movía con brusquedad, podría despertar del sueño.
Sí, esto era un sueño. La mano cálida de Kang
Yuye tocó su cabeza. El viento trajo el aroma de miles de flores. Frotó su
cabeza contra esa mano una y otra vez, como si fuera un gato. Kang Yuye no
mostró rechazo, solo acarició suavemente su cabello.
“Abrázame”.
Haeim suplicó. Kang Yuye bajó del columpio, lo
levantó y lo abrazó. En ese abrazo había un aroma extraño pero familiar. Un
aroma suave y cálido, como una fiesta de fragancias en perfecta armonía.
“Abrázame, hermano”.
Al suplicar de nuevo, Kang Yuye lo abrazó aún
más fuerte.
“Realmente te quiero. No me abandones”.
Incluso alguien acostumbrado a ser abandonado
tiene a alguien a quien no quiere perder. Para Haeim, esa persona era Kang
Yuye. Una mano suave acarició su cabello, como si calmara a un animalito.
“Haeim”.
Hacía mucho que no escuchaba una voz tan
cariñosa. Cien años, mil años, tanto tiempo que la voz se había desgastado,
dejando solo su eco. Sin embargo, Haeim sabía exactamente dónde había quedado
esa voz.
La gente decía que Kang Yuye estaba muerto.
Qué broma cruel. ¿Cómo podían hablar tan fácilmente de la vida y la muerte de
una persona?
“La gente dijo que estabas muerto”.
El viento sopló. Las nubes, perseguidas por el
viento, cubrieron el sol. Las flores que cubrían el campo bajaron la cabeza
bajo el sol. En un instante, los pétalos cayeron y se fundieron con la tierra.
Las flores disueltas en la tierra no podían volver a florecer. El mundo se
oscureció. En la distancia, se sentía el presagio de una tormenta. Una
sensación eléctrica en la punta de la lengua.
“La gente bromea mucho, ¿verdad?”.
Las gotas de lluvia comenzaron a caer. Un
relámpago brilló en el este. Luego, una tormenta rugió.
“¿Verdad?”.
“Haeim, yo…”.
Haeim intentó aferrarse a la voz de Kang Yuye,
que se desvanecía con el viento. Pero la voz no tenía sustancia, no podía
atraparla. Como nadie puede sujetar el viento o el agua.
De repente, al recobrar el sentido, Haeim se
dio cuenta de que estaba en el baño de una vieja escuela. El agua le llegaba
por encima de la cintura, agitándose. Intentó abrir la puerta, pero no cedía.
Solo golpeaba inútilmente la vieja puerta de madera. Nadie venía, y los truenos
y relámpagos parecían perseguirlo, rompiendo el cielo sobre su cabeza.
Entonces, ¿qué era Kang Yuye?
Una ilusión.
Toda esa ternura, dulzura e indiferencia no
existían. Nunca había salido de ese baño. Mientras el agua subía de la cintura
al pecho, mientras luchaba contra el frío y la desesperación, Kang Yuye nunca
había existido.
Nunca.
Las personas muertas no pueden existir.
Era un techo desconocido. Haeim se dio cuenta
instintivamente de que estaba en un hospital. No recordaba por qué estaba
internado, pero supuso que habría tenido un accidente menor. Pero, ¿qué
accidente, por qué, cómo?
Por más que lo intentaba, no podía recordar
por qué estaba en el hospital. Repasó cuidadosamente lo que había pasado antes
de despertar. Todo estaba cubierto por una niebla blanca, imposible de
distinguir.
¿Qué había soñado? Un sueño sobre salir del reformatorio
juvenil. Era un día caluroso. Tan caluroso que todo parecía derretirse
viscosamente. En ese calor, dudaba sobre a dónde ir. Entonces, un auto se
detuvo frente a él…
“¿Despertaste?”.
Sorprendido por una voz familiar, giró la
cabeza.
“¿Por qué esa cara de aturdido?”.
“Yujue, ¿cómo estás…?”.
¿Cómo estaba Kang Yujue allí? Haeim no
entendía la situación. Kang Yujue había caído en un sueño profundo. No había
despertado, y eso lo llenaba de desesperación y miedo. Había matado a ese
chico, así que todo este sufrimiento y dolor eran merecidos.
NO
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“Tú, claramente…”.
Todos los recuerdos estaban revueltos, como un
puré. Estaba seguro de haber visto a Kang Yujue regresar con vida. Yujue había
intentado marcarlo.
Era un día de tormenta. Aunque temblaba y se
resistía, Yujue intentó marcarlo a la fuerza. ¿Habría fallado?
“¿No lo recuerdas?”.
Yujue sonrió ampliamente. Esa sonrisa era
igual a la de los días de instituto, perfectamente armoniosa y radiante. A
Haeim, esa sonrisa le resultaba familiar y extraña a la vez. Ya no le oprimía
el pecho como antes. En su memoria, había una persona sombría que rara vez
sonreía.
“No es que no lo recuerde… es extraño. Siento
que todo en mi cabeza está revuelto”.
“Es porque te golpeaste la cabeza. Te caíste y
te golpeaste”.
“¿Yo?”.
“¿Recuerdas que estás embarazado?”.
Haeim reflexionó profundamente. Sí, estaba
embarazado. Había estado criando a sus bebés en esa isla durante meses. El
padre de los bebés…
“¿Tú eres el padre?”.
“Exacto. Nuestra madre nos unió, ¿no? Quería
que fuéramos pareja. Así que nos marcamos y tuvimos un bebé. El bebé…”.
“Cinco meses, ¿verdad?”.
Estaba en una isla llamada Geumhongdo. Había
llegado allí cinco meses atrás y se había encerrado. No recordaba por qué había
ido hasta allí, pero probablemente fue por el bebé.
Haeim se acarició el vientre. Sintió un leve
bulto. Pensó que para cinco meses era pequeño, pero supuso que algunas personas
no desarrollan un vientre prominente.
Poco a poco, los recuerdos regresaban. La
sensación de confusión le dolía la cabeza. Si se había golpeado, tenía sentido.
“Poco a poco lo recordarás. Al principio,
siempre es así”.
“Sí”.
¿Cómo podía estar tan tranquilo? Creía que ver
a Yujue le causaría una conmoción. Tal vez querría matarlo de nuevo o arrojarse
a sus brazos para pedir perdón. Pero no sentía nada.
“¿Ahora puedes verme?”.
“¿Eh?”.
Ante la pregunta de Haeim, Yujue alzó las
cejas, como si no entendiera. Haeim también se sintió confundido por sus
propias palabras. Yujue parecía despreocupado, como siempre.
Pero en su mente, la sombra de una persona
ciega lo llenaba todo. Notas fluorescentes pegadas en cada objeto, obsesivas y
persistentes. Una casa oscura, llena de tristeza, con el aire acondicionado
siempre encendido.
“¿Tus ojos están bien? ¿Puedes verme?”.
“…Estoy bien. Ahora veo perfectamente”.
Yujue respondió lentamente. Haeim soltó las
manos que tenía apretadas en su regazo. Había estado apretando los puños tanto
tiempo que sus articulaciones parecían de piedra. Estaba aliviado de que Yujue
pudiera ver de nuevo.
Pero, ¿era realmente Yujue quien había estado
ciego? Sentía algo extraño. No era exactamente despersonalización, sino algo
diferente.
“Descansa más. Perdiste mucha sangre y te
hicieron una transfusión. Debes estar cansado”.
“Mi tipo de sangre es muy raro”.
“Lo sé. Por suerte, el hospital tenía sangre”.
No. Había una persona amable. Esa persona donó
sangre y entró en la habitación con un rostro pálido, susurrando que todo
estaría bien.
¿Era alguien que conocía? ¿Por eso fue tan
amable? Lo llamó varias veces, pero ahora ni siquiera recordaba cómo lo había
llamado.
“Ahora estaré a tu lado”.
Yujue habló. Era la primera vez en mucho
tiempo que escuchaba palabras tan cariñosas. Esas palabras se detuvieron en el
centro de su pecho, como si se atragantaran, sin bajar.
“No, si tienes cosas que hacer, hazlas.
Prefiero estar solo”.
“Mientes. No te gusta estar solo”.
“No es cierto”.
“Confía en mí. No te gusta estar solo”.
No le gustaba. No, sí le gustaba. Si Yujue lo
decía, así era. Yujue era la persona que mejor lo conocía en el mundo. Yujue
nunca se equivocaba. O no lo había hecho.
Su mente era un caos. Si Yujue siempre decía
lo correcto y hacía lo correcto, ¿por qué lo había apuñalado aquel día en la
azotea?
Yujue se sentó junto a la cama. Según el
conocimiento común, un omega embarazado necesita las feromonas de un alfa para
aliviar el dolor del embarazo y mantener sano al bebé. Pero Yujue, sentado
allí, no liberaba feromonas. Un aroma tranquilo, estático, casi solemne, como
de sándalo… ¿o no? No, Yujue olía claramente a pino…
“¿A qué olían tus feromonas?”.
“A pino. Pero, ¿qué importa? Siempre pueden
cambiar”.
“Cierto, tienes razón”.
Sí, Yujue era así. Entonces, ¿de quién era ese
aroma solemne de sándalo? Una imagen borrosa se formó en su mente y
desapareció. Era alguien que no existía.
A las personas que no existen se las puede
olvidar.
Parpadeó varias veces. Sus ojos estaban
irritados.
“Descansa. No pienses en cosas innecesarias”.
“Es extraño, Yujue. Mi cabeza está muy
confundida. Siento que olvidé algo, o que olvidé algo que debía olvidar. Todo…
se siente extraño”.
“Dicen que es normal después de un golpe en la
cabeza”.
¿De verdad? ¿Todos los que se golpean la
cabeza terminan atrapados en esta niebla blanca, luchando sin poder agarrar
nada más que desechos? Sintiendo vagamente la existencia de lo olvidado, Haeim
dudaba si debía enfrentarlo o no.
Ese aroma, esa voz suave, esa risa baja. Pero
todo eso se convirtió en una voluta de incienso y voló hacia el norte antes de
que pudiera identificarlo. Los restos dejaron una leve sensación en su piel,
pero Haeim los frotó para borrarlos.
Hola, soy Kwon Haeim.
De: haelim@rimail.com
Para: asdf1234@rimail.com
Asunto: A mi benefactor
Querido benefactor,
Ha pasado un tiempo desde mi última carta.
Pero esta será diferente a las anteriores. Me di cuenta de que has leído mis
correos anteriores. Me sorprendió mucho ver que estaban marcados como leídos.
Al principio, pensé que me habías olvidado.
Han pasado años, y para ti, yo debía ser alguien insignificante. Pero me
recordaste. No sabes cuánto me alegra saberlo.
Soy Kwon Haeim. Creo que es así. Tuve un
accidente y perdí parte de mi memoria. Pero al menos no olvidé quién soy. Soy
Kwon Haeim, tengo 22 años. A los 17, apuñalé a un amigo (Kang Yujue) y pasé 4
años en un reformatorio juvenil. Hasta ahí, creo que no me equivoco, ¿verdad?
Pero después de eso, todo es confuso. Todo por
mi estúpida lesión en la cabeza.
Sí, me golpeé la cabeza y olvidé algunas
cosas. Hasta aquí es lo que sé con certeza, pero no sé qué pasó después.
Recordar que te escribí fue el resultado de pensar mucho. Finalmente recordé
que te envié cartas.
Tuve un amigo, alguien con quien podía abrir
mi corazón. Me pregunté quién era, y después de revolver mis recuerdos una y
otra vez, recordé tu existencia.
Además del recuerdo de escribirte, casi todo
lo demás está olvidado. Solo tengo fragmentos de recuerdos. Terminé mis 4 años
en el reformatorio y regresé a la sociedad. Encontré a Yujue, quien despertó de
un largo sueño y me estaba esperando. Mi madre murió, y ella quería que Yujue y
yo estuviéramos juntos.
Algunas cosas me las dijo Yujue, otras las
deduje. No es que haya perdido toda la memoria. Con los pocos recuerdos que me
quedan, estoy intentando reconstruir un orden. Las partes que faltan las lleno
con imaginación.
Ahora estoy en una isla llamada Geumhongdo, en
el extremo del Mar del Oeste. También la llaman la Isla de las Mariposas porque
hay muchas. Dicen que de las 270 especies de mariposas de Corea del Sur, unas
180 se encuentran aquí. Incluso descubren nuevas especies de vez en cuando.
Oh, olvidé mencionarlo, pero estoy criando a
dos bebés en mi vientre. ¿Sorprendente, verdad? Yo también me sorprendí. Que yo
esté esperando un hijo. Aunque olvidé muchas cosas, por suerte no olvidé que
estoy embarazado.
El padre es Kang Yujue, o eso dicen. Digo
“dicen” porque no lo recuerdo. Pero si hay dos bebés en mi vientre, alguien
debe ser el padre. El único alfa que conozco es Yujue, así que debe ser él.
Ahora salí del hospital y regresé a casa. Es
una mansión en el este de la isla, realmente grande y hermosa, con una playa
privada. Nunca imaginé un lugar así.
Pero pienso en una casa en Pyeongchang-dong.
Es un recuerdo reciente. Una casa con notas fluorescentes amarillas pegadas,
llena de una tristeza solitaria. Siento que esa es mi verdadera casa, y no
puedo sacarme esa idea de la cabeza.
Pero si me preguntas si quiero volver, diría
que no. Algo en esa casa me da miedo. Cosas que no debería saber.
Soy un cobarde. Un cobarde flaco y débil.
Apenas comí mientras estuve en el hospital. Quise expresarlo poéticamente, ¿lo
logré?
La señora que trabaja aquí dice que comía
comida del templo en el único templo de la isla. Eso era lo único que podía
comer, además de alguna fruta ocasional.
NO
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No tengo mucha hambre, pero mañana planeo ir
al templo a buscar comida. Como me desmayé allí, quiero mostrar que estoy bien.
No quiero que la gente se preocupe.
Tengo mucho sueño. Supongo que es por el
embarazo. Quisiera pedirte que me respondas, pero estoy agradecido solo porque
lees mis cartas. No abrí los correos anteriores a propósito. No quiero saber
del pasado. Lo digo en serio.
PD: ¿Qué nombres debería ponerles a los
gemelos? No se me ocurre nada. Ayúdame un poco.
El pequeño invernadero del templo era el
orgullo del monje principal. Al menos, eso recordaba Haeim. Al llegar, le
dijeron que había un visitante. No quería cruzarse con él, así que fue al
invernadero detrás del templo. El invernadero, con una estufa de carbón, estaba
cálido, a diferencia del exterior. Se quitó la chaqueta acolchada. El aroma
húmedo característico del invernadero se pegó a su piel.
Entre las docenas de flores, solo reconoció
narcisos, rosas e iris. Había rosas en la casa de Pyeongchang-dong, con un
aroma intenso, una mezcla de cítricos afilados y azúcar dulce.
Al acercar la nariz a las rosas del
invernadero, notó un aroma diferente. ¿Cómo describirlo? No era el aroma típico
de las rosas, sino algo más antiguo, como el olor de un libro viejo.
Entonces, ¿esto no era una rosa?
Decirle a una rosa que no es una rosa solo
porque su aroma es un poco diferente era demasiado cruel.
Kwon Haeim se detuvo frente a un iris. Acercó
la nariz y aspiró su fragancia. El aroma que creía conocer como el del iris no
emanaba de la flor. Por mucho que lo intentara, solo percibía un frescor
limpio. Era extraño. Entonces, ¿de dónde venía ese aroma, ese perfume
compasivo, suave y cálido?
Y, además, ¿quién era esa persona?
“¿Curioso por el aroma del iris?”.
Una voz suave, cálida, sin rastro de
agresividad. Tan suave que sonaba casi demasiado distante.
Haeim levantó la mirada para identificar al
dueño de la voz. Era un joven en silla de ruedas. Un rostro tan
extraordinariamente atractivo que Haeim no pudo evitar admirarlo en silencio.
“El aroma del iris proviene de sus raíces. Es
una fragancia que se obtiene al fermentarlas,” explicó el hombre con calma.
“Ah… sí,” respondió Haeim, esforzándose por
sonar indiferente.
Una persona desconocida. No debía entablar
conversación con extraños. Haeim creía que, si alguien descubría que era un
exconvicto, no lo aceptarían en esta isla. Aunque había pagado su deuda con la
sociedad, en un lugar tan pequeño no tolerarían a alguien que había intentado
cometer un asesinato.
“¿Eres actor?”.
“¿Eh?”.
“Lo digo porque eres muy guapo”.
No pudo evitar preguntar. Ante la pregunta
inesperada, el hombre soltó una risa. En un instante, la incomodidad entre
ellos se desvaneció. Al escuchar su risa, Haeim sintió que toda la frialdad
inicial desaparecía.
“¿Qué le pasó a tu pierna?”.
La curiosidad surgió de repente. Sabía que era
una pregunta grosera. Pero después de cuatro años en un reformatorio juvenil y
cinco meses en Geumhongdo, parecía que su sociabilidad se había atrofiado, y
preguntas como esa salían sin filtro. Por alguna razón, sentía que necesitaba
saberlo.
“Ah… tuve un accidente de tráfico. Uno grave.
Sobreviví, pero…”.
“¿Entonces la discapacidad es permanente?”.
“No, el próximo mes debería poder caminar”.
De repente, sintió un alivio genuino. Era
extraño. ¿Qué le importaba si un completo desconocido estaba herido o tenía una
discapacidad permanente?
“¿Viniste a ver al monje?”.
“Sí. ¿Tú también, hermano?”.
Al escuchar la palabra ‘hermano’, el hombre
esbozó una leve sonrisa, como si le pareciera un poco absurdao Preocupado por
si lo había ofendido, Haeim corrigió: “¿O debería decir señor?”
“‘Hermano’ está bien. Solo me sorprendió que
llames ‘hermano’ a cualquiera”.
La seriedad en su rostro hizo que Haeim
sintiera un nudo en el pecho. Al mirarlo con atención, notó un aire frío en él.
No parecía alguien que se dedicara a algo común. Más bien, alguien acostumbrado
a hacer arrodillar a otros y a interrogarlos. Olía a sangre.
“No es eso, solo lo digo con personas como
tú,” respondió Haeim.
El hombre soltó otra risa, como si no diera
crédito. Era un sonido tan agradable que Haeim sintió que su corazón latía más
rápido y tuvo que esforzarse por calmarse.
“Eso es un cumplido. ¿Personas como yo?”.
“Entonces, ¿por qué viniste a ver al monje?”.
“Para encontrarme con alguien”.
Era un juego de palabras. Decir que vino a ver
al monje porque quería encontrarse con alguien era obvio. Si había venido al
templo, era para ver al monje, ¿no? Haeim sintió curiosidad por saber con quién
quería encontrarse. ¿Realmente había alguien en esta pequeña isla que un
visitante tan elegante querría ver?
“¿Y lo encontraste?”.
“Sí, lo encontré”.
“¿Cómo fue?”.
“Bueno, olía bien”.
El hombre acarició su cabello y, al chasquear
los dedos, un narciso apareció en su mano. Haeim tomó la flor que le ofrecía,
pensando que arrancar flores podría meterlo en problemas, pero aun así acercó
la nariz a sus pétalos.
“¿A qué olía?”.
“¿Comiste fresas?”.
La pregunta repentina hizo que Haeim se
frotara la boca. ¿Tenía jugo en los labios? Mientras se frotaba con fuerza, el
hombre limpió suavemente la comisura de su boca con la punta de los dedos.
“Solo comí tres,” dijo Haeim.
De repente, se preguntó cómo debería llamar a
este extraño. Llamarlo ‘hermano’, no sonaba mal, pero no podía seguir
dirigiéndose tan familiarmente a alguien que no conocía. Al pensarlo, le
pareció ridículo. ¿Por qué preocuparse por cómo llamar a alguien que
probablemente no volvería a ver?
“Olía a fresas, como un niño,” dijo el hombre
con una expresión tranquila, como si pensara que nada había cambiado.
Haeim observó su rostro con atención. Era
realmente atractivo. Sus ojos, en particular, capturaban la atención. Unos ojos
con el blanco y el iris perfectamente definidos, con una mirada directa y
franca. Haeim se quedó atrapado en esos ojos, acercándose paso a paso.
Se detuvo al ver su propio reflejo claro en
ellos. Entonces se dio cuenta de que había estado a punto de arrojarse a sus
brazos. Avergonzado, dio un paso atrás y carraspeó.
“Solo tenía curiosidad. ¿Puedes ver con esos
ojos?”.
Se arrepintió de inmediato de sus palabras.
Eran absurdas. Haeim se golpeó la frente. No paraba de decir cosas extrañas.
Tal vez era la sorpresa de ver a alguien tan atractivo después de tanto tiempo.
“Puedo ver, ahora. Todavía un poco borroso,
pero veo bien”.
“Qué alivio”.
Realmente lo era. El peso en su pecho se
desvaneció. Este hombre le resultaba extrañamente familiar. ¿Lo habría conocido
antes?
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No había posibilidad de que lo conociera del reformatorio
juvenil. Los recuerdos después de salir de allí eran borrosos por el golpe en
la cabeza, pero este hombre tenía una presencia tan impactante que sería
imposible olvidarlo.
El silencio se instaló. La sonrisa enigmática
del hombre era algo incómoda, pero no desagradable.
“¿Y tú por qué viniste?”.
El hombre rompió el silencio.
“Solo porque sí,” respondió Haeim, girando el
narciso en su mano.
Ahora que lo pensaba, esa flor había aparecido
de la nada. Aunque sabía que era un truco simple, quería aprender ese truco.
“Seguro viniste a buscar a alguien”.
No quiso decir que vino por comida, así que lo
esquivó con vaguedad.
“Entiendo”.
El silencio volvió. Haeim acarició las flores
del invernadero una por una. Mientras daba vueltas por el pequeño espacio, el
hombre permaneció inmóvil, sonriendo.
Aunque sabía que no debía, no pudo evitar
preguntar.
“¿Cuál es tu nombre? Para saber cómo llamarte
si nos volvemos a encontrar”.
Se sintió avergonzado al decirlo. ¿Para qué
quería saber su nombre? La razón era simple: quería llamarlo. Y quería llamarlo
porque quería volver a verlo.
La razón para querer volver a verlo… no la
sabía.
“Yuye. Puedes llamarme Yuye,” respondió con
una sonrisa.
Esa sonrisa, casi demasiado amable, lo hizo
sentir tímido.
“Yuye. Es un nombre peculiar. ¿Tu apellido es
Yu y tu nombre es Ye? Entonces, ¿hermano Ye?”.
Sonaba como el nombre de un general de los
Tres Reinos. Era similar al nombre de Yujue, como si fueran hermanos. Pero eso
no podía ser. ¿El hermano de Kang Yujue? Esa persona no existía. ¿O sí?
Entonces, ¿de quién era esa habitación? Su mente parecía un pantano,
absorbiendo fragmentos de recuerdos con un hedor horrible.
“Llámame como quieras. ‘Hermano’ está bien”.
“Hermano”.
El silencio regresó. Yuye acarició las hojas
de un iris cercano. Haeim estuvo a punto de advertirle que tocarlas tan fuerte
podía dañarlas, pero Yuye retiró la mano. Sus dedos estaban teñidos de púrpura.
“Mira, la flor está magullada,” dijo Haeim,
mirando los dedos de Yuye con tristeza.
“¿Por qué?”.
“La flor está teñida”.
Al decirlo, Yuye miró sus dedos y suspiró
suavemente. A Haeim no le gustó ese suspiro y se arrepintió de haberlo culpado
en su mente.
“Vivo en una mansión al este. Tiene una playa
privada enorme. Es genial, aunque un poco solitario”.
Por alguna razón, quería contarle todo. No
sabía si estaba bien hacerlo, pero sentía que este hombre lo escucharía.
“Yo vivo en una mansión al oeste”.
“Oh, escuché rumores. Dicen que un hombre muy
rico vive allí, pero nadie lo ha visto porque nunca sale”.
“Con la pierna así, no salgo mucho”.
Un accidente de tráfico tan grave como para
romperle la pierna. ¿Cómo de terrible habría sido? Haeim quiso preguntar quién
le había hecho algo tan cruel.
Era extraño. Sentir tanta curiosidad por
alguien que veía por primera vez. No solo quería saber más, sino que quería
escuchar todas sus respuestas y usarlas como excusa para hablar durante horas.
¿Realmente era un desconocido? Haeim pensó que
si pudiera oler su aroma, tal vez recordaría quién era.
“¿Puedo visitarte?”.
Estaba siendo cada vez más atrevido.
¿Visitarlo? Se rió de su propia audacia.
“Lamentablemente, no creo que sea posible.
Pero si alguna vez quieres verme, podremos encontrarnos. Vendré aquí a menudo”.
Era una respuesta vaga, pero por alguna razón,
le inspiró confianza. No importaba qué dijera, parecía que podía creerle.
Aunque no hay personas que estén
siempre a tu lado.
Yuye apretó los dedos teñidos de púrpura, como
si quisiera atrapar algo en el aire. Haeim tuvo la ilusión de que tal vez
quería abrazarlo.
“No le digas a nadie que me viste. Mi
presencia aquí es un secreto”.
“¿Te persiguen malas personas?”.
Lo dijo a la ligera, pero Yuye asintió con
seriedad.
“Sí. Hay personas malas que me buscan. Creen
que estoy muerto”.
“Entonces, ¿no es peligroso andar por ahí? Si
descubren que no estás muerto…”.
“Pero la persona que debía encontrar hoy es
muy importante para mí”.
Su expresión era casi desesperada. Haeim
sintió curiosidad por su historia, pero al mismo tiempo no quería saberla.
Sentía que no debía, aunque también quería conocerla. Antes de pensarlo
demasiado, las palabras salieron solas.
“¿La persona que debías encontrar es tu
pareja?”.
Se sintió avergonzado por lo atrevido de la
pregunta. Pero Yuye no se burló ni esquivó la respuesta. Era una buena persona.
“No es mi pareja. Pero es… alguien más
importante”.
“Ah”.
“Ya lo encontré, así que está bien”.
Sonrió aliviado. Su mirada clara era
reconfortante. Haeim no sabía por qué, pero pensó que algunas conexiones
simplemente eran así.
“Estás pálido”.
Yuye comentó de repente. Haeim sacó su
teléfono y se miró en la cámara. Para alguien que acababa de salir del
hospital, no estaba tan mal. Solo tenía un poco de hambre. Recordó por qué
había ido al templo: para conseguir comida.
“Debe ser por el hambre. Las náuseas del
embarazo son fuertes, no puedo comer mucho. Aunque ya debería haber pasado esa
etapa, sigue siendo intenso”.
Pensar en comida le dio náuseas de nuevo.
Tragó saliva para contenerlas. Las náuseas no mejoraban. Otros decían que las
feromonas de un alfa ayudaban, pero las de Kang Yujue solo las empeoraban.
En esos momentos, Haeim se preguntaba de quién
eran los bebés en su vientre. Si las feromonas de Yujue lo incomodaban en lugar
de calmarlo, tal vez no era el padre.
En su carta al benefactor, escribió que Yujue
era el padre, pero esa certeza se desvanecía cada vez más.
Sin embargo, al buscar en internet, encontró
que en algunos casos las feromonas del padre no alivian el dolor del embarazo.
Así que no podía descartar completamente que Yujue fuera el padre.
Era un problema ambiguo. Con su memoria llena
de lagunas, no podía confiar plenamente en lo que Yujue decía.
“Soy un alfa,” dijo Yuye.
Haeim ladeó la cabeza. Ya lo había notado
desde el principio. ¿Qué importaba que fuera un alfa? Pero algo lo atrajo, y se
acercó a él como hipnotizado.
Yuye se quitó los parches que cubrían su
cuello. Un aroma complejo llenó el pequeño invernadero. Era como una sinfonía
de fragancias, pero también como el tranquilo patio trasero de un templo. Olía
a un tocón de sándalo después de la lluvia, o a una mezcla indescriptible de
miles de flores.
“Me gusta el aroma,” susurró Haeim, sin saber
por qué decía eso.
“Me gusta el aroma”.
Si existía algo como sentirse atraído, debía
ser esto. Su fragancia tenía una intensidad abrumadora. Su cuerpo absorbía ese
aroma hermoso y complejo. Se infiltraba en su piel, se adhería a sus huesos y
llegaba hasta su corazón.
El aroma que tocó su corazón provocó una
conmoción. Haeim puso una mano sobre su pecho. Durante mucho tiempo, su corazón
había latido sin que lo sintiera realmente, pero ahora bombeaba sangre cálida,
como si acabara de empezar a latir en ese momento.
De repente, notó una cicatriz en la glándula
de feromonas de Yuye. La acarició. Él solo se estremeció ligeramente, sin
mostrar ninguna otra reacción. La cicatriz vívida y las marcas de cirugía que
la cubrían. Mientras la tocaba repetidamente, Yuye le sujetó la muñeca.
“¿Te operaste la glándula de feromonas?”.
“Sí”.
“Eso es peligroso. Hay quienes mueren”.
“No tuve opción. Si no lo hacía, habría muerto
de todos modos”.
“Debes tomar muchas pastillas”.
No entendía por qué le preocupaba que tomara
tantas pastillas. ¿Qué importaba lo que le pasara a un desconocido? En medio
del aroma complejo que llenaba el invernadero, solo le importaba la cicatriz en
su cuello.
NO
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“Tomo muchas, pero no tantas como antes. Ahora
estoy bien. De verdad”.
“Qué alivio”.
Haeim apartó la mano de su cuello. Sentía
alivio, como si lo conociera desde siempre.
“Yo también me operé la glándula de feromonas.
Bueno, no fue una operación, pero en el reformatorio alguien me tatuó ahí.
Ahora lo borré, solo queda la cicatriz. La persona con la que vivo me obligó a
quitarlo”.
“Qué bueno”.
Haeim soltó una risa. Era como devolver las
palabras que acababa de recibir. Era gracioso y extraño a la vez.
“¿No te da miedo que haya estado en un reformatorio
juvenil? Todos se asustan de que alguien tan joven haya pasado por eso”.
“Seguro había una razón”.
“Sí, la había”.
No quería que Yuye lo viera como un criminal,
incluso al hablar de su tiempo en el reformatorio.
Haeim sentía el impulso de justificar todo lo
que había vivido, de explicar que el crimen atroz que cometió fue el resultado
de meses de circunstancias. Las feromonas de Yuye eran tan calmadas que quería
quedarse envuelto en ellas para siempre.
Su estómago rugió. Por primera vez en mucho
tiempo, sintió hambre. Pensar en comida no le dio náuseas.
“Tengo hambre,” dijo con un tono ligeramente
mimoso.
Sorprendido por sus propias palabras, se
cubrió la boca. Yuye rió.
“Si tienes hambre, hay que comer. Te he
retenido demasiado”.
“¿Puedes… comer conmigo?”.
Yuye extendió la mano. Sus dedos rozaron
ligeramente su mejilla. Era extraño. ¿Por qué sentía este deseo de aferrarse a
él? Era claramente un desconocido, pero no se sentía como tal. Era como si lo
conociera desde hace mucho, o como si quisiera conocerlo así.
“Comeré contigo. Si tú quieres”.
Como siempre, la mesa estaba llena de platos
sencillos sin cebolla, pero por alguna razón sabía mejor que nunca. Tal vez
porque Yuye estaba allí. Era extraño que un desconocido pudiera hacerlo sentir
tan cómodo. Con él, sentía que podía hablar todo el día, incluso de cosas
insignificantes.
“Come también las hierbas,” dijo Yuye,
colocando brotes de soja en su cuchara.
Haeim sacudió la cuchara para dejar caer los
brotes. Las hierbas y los brotes de soja eran cosas que odiaba. En el reformatorio,
los comía solo para llenar el estómago, pero ahora no había razón para hacerlo.
“Come de todo,” insistió Yuye, volviendo a
colocar los brotes en la cuchara.
“¿Tú no comes, hermano?”.
“Ya comí”.
Haeim dividió la mitad de su arroz en un tazón
vacío. Era demasiada comida para él solo. Al pasarlo, notó que el arroz estaba
manchado con sopa y se sintió avergonzado.
“No, mejor me lo como yo”.
Intentó recuperar el tazón, pero Yuye le
sujetó la muñeca.
“Lo comeré”.
Por alguna razón, que Yuye comiera con él lo
hacía sentir seguro. Mientras intentaba torpemente tomar los brotes con la
cuchara, sintió su mirada en una cicatriz en su muñeca.
“Estás herido,” dijo Yuye.
Haeim corrigió: “Me corté. Yo lo hice”.
No quería ocultarlo. Revelar una debilidad a
un desconocido era una tontería, pero quería confesarlo y ser consolado.
“Debió doler”.
“No mucho. Ni lo sentí, estaba fuera de mí”.
“¿Y ahora?”.
“Ahora duele. Pero tomo pastillas y se pasa
rápido”.
Respondió con honestidad, sin nada que
ocultar. Al mirar a Yuye, vio que fruncía el ceño.
“No es bueno tomar tantas pastillas”.
“No hay opción. De todos modos, tomo muchas
pastillas psiquiátricas. Dicen que no afectan al embarazo, pero no creo que sea
completamente inofensivo. Intenté dejarlas, pero los síntomas volvieron y no
pude”.
¿Por qué estaba contando todo esto? Era el
tipo de cosas que harían huir a cualquiera. Pero Yuye no mostró rechazo, solo
frunció el ceño ligeramente.
“Estás demasiado delgado”.
“No como bien. Pero ahora estoy comiendo
mejor. La comida del templo es rica, la como bien. En casa es diferente, solo
como fruta, algo de sándwiches, yogur, cosas así”.
“Tienes que comer de todo”.
Yuye colocó un poco de ensalada de helechos en
la cuchara de arroz y dijo: “Tienes razón. Hay que comer de todo”. Los dolores
de cabeza y los mareos se debían a que no comía bien. Aunque lo sabía, no podía
comer.
“¿Cuándo sanará tu muñeca?”.
“¿Es porque no puedo usar los palillos?”.
“No”.
“Para siempre. Me dijeron que nunca sanará del
todo. Aunque mejorara un poco, o eso dicen. Bueno, no planeo ganarme la vida
con trabajos delicados, así que está bien”.
Su corazón se aceleró. Era una señal de
peligro. Normalmente, habría intentado calmarse conscientemente. Pero frente a
Yuye, no podía. Era extraño. No, era peligroso.
“¿Ahora regresarás a casa?”.
“¿Casa?”.
“La mansión del oeste”.
“Ese lugar no es mi casa”.
Era extraño. ¿No era él el dueño de la mansión
del oeste? Habló con ligereza, como si fuera una habitación de hotel.
“Pero vives ahí”.
“Que viva ahí no significa que sea mi casa”.
Yuye sonrió y susurró. Al ver su sonrisa, el
corazón de Haeim volvió a latir con fuerza. La sangre llegó hasta las puntas de
sus dedos, provocándole un cosquilleo. Si la mansión del oeste no era su casa,
entonces, ¿qué era ese lugar para él? ¿Existía un espacio separado que él
llamaba hogar? ¿Había alguien esperándolo en ese hogar?
“¿Por qué?”.
“Porque no hay nadie esperándome. Ni yo espero
a nadie”.
“Oh”.
No supo cómo responder y solo abrió y cerró la
boca. ¿Quería él que alguien lo esperara? Si era así, Haeim deseó que fuera una
buena persona. Él lo merecía. Que en algún lugar, en un hogar que lo esperaba,
hubiera alguien que lo hiciera feliz.
“Aun así, pronto regresaré a casa”.
Yuye sonrió con ternura. Por alguna razón, las
puntas de los dedos de Haeim cosquilleaban. Las frotó para deshacerse de esa
sensación.
“Yo también quiero regresar a casa”.
Sí, esa casa. La casa sombría y frágil, llena
de notas fluorescentes. Las notas pegadas en cada objeto eran extrañas, pero
pensar en ese lugar le traía una paz peculiar.
“¿A casa?”.
“Sí, existe”.
Haeim respondió vagamente. No sabía si ese
lugar existía realmente o solo en su imaginación. No quería explicárselo a
nadie más.
“¿Podemos volver a vernos?”.
“Si me esperas”.
“Tal vez”.
Te esperaré.
Haeim no terminó la frase y cerró la boca. Una
mano suave se posó en su cabello. De esa mano emanaba el aroma de iris y
narcisos.
“Sí, espérame. Yo también te esperaré”.
Haeim no pudo olvidar ese encuentro ni
siquiera después de volver a casa. Su corazón voló hacia la mansión del otro
lado de la isla. Sentado frente al mar, pensó y repensó en qué estaría haciendo
Yuye en ese momento.
‘No le digas a nadie que me viste’.
Eso dijo Yuye al despedirse. De todos modos,
Haeim no tenía intención de contárselo a nadie. Kang Yujue había dejado la
isla, y la señora Shin no era una buena compañía para charlas. Así que Haeim se
acuclilló frente a la ventana que daba al mar, pensando en él sin cesar.
¿Por qué no podía dejar de pensar en él? ¿El
amor consistía en estos innumerables pensamientos? Las conversaciones con Yuye
se reproducían en su mente como una película. ¿Cómo lo había saludado? ¿De qué
habían hablado? Al mismo tiempo, ¿todos sus gestos envolvían ese sentimiento de
amor?
Al pensar en la palabra ‘amor’, hundió la
cabeza entre las rodillas. ¡Amor! Qué idea tan absurda. Sabía que, aunque
estuviera atrapado solo en esta isla, no debía sentir algo así por él.
Los bebés en su vientre era de Kang Yujue. Yujue
era su pareja, y pensar en Yuye era traicionarlo. Era una especie de
infidelidad. No quería convertirse en una persona mala como sus padres.
Pero, ¿era realmente Kang Yujue el padre de
los bebés? Una leve sospecha emergía en su conciencia. No podía confirmarlo
porque no recordaba el pasado. Yujue no le diría la verdad.
Haeim se dejó caer frente a la ventana, como
si colapsara. El frío del suelo de mármol lo envolvió. Sabía que no debía hacer
esto estando embarazado. El frío que llenaba la casa y el suelo helado se
sentían bien. Su cuerpo, que estaba ardiente, se enfrió, y la sangre que corría
desbocada regresó a su corazón. Este volvió a latir como si apenas existiera,
como si la sangre no fluyera.
“¡Dios mío, qué es esto!”.
La voz alarmada de la señora Shin lo hizo
levantarse. Lo hizo tan rápido que sintió un mareo repentino. Sosteniendo su
cabeza por un momento, la señora Shin se acercó para ayudarlo a ponerse de pie.
“No puedes acostarte en un lugar así. ¿Y los
bebés? Es malo para ellos”.
“No importa”.
Los bebés, qué más da.
NO
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No amar a sus bebés tal vez era un pecado.
Pero Haeim no podía sentir cariño, pasión ni compromiso por ellos. No sabía por
qué. Aunque no recordaba, tal vez algo ocurrió durante el embarazo, o quizás no
amaba al padre de los bebés. No, esa no era la razón. No amar a los bebés por
no amar a su padre era ilógico.
“Lo siento. Por acostarme en un lugar frío”.
Acarició su vientre suavemente. Los bebés,
como si estuvieran asustados, no se movieron. Todo era por falta de cariño. Por
eso, después de cinco meses, su vientre apenas había crecido, y los bebés no se
movían. Tal vez temían ser aún más odiados.
“No lo haré de nuevo”.
Palabras vacías. Aunque lo dijera,
probablemente lo repetiría. Sabía que esto era una forma de autolesión. Pero no
podía detenerse. Maltratándose a sí mismo, poniendo en riesgo su vida y la de
los bebés.
“De verdad, no lo haré de nuevo”.
Sintió un movimiento bajo su palma. Uno de los
bebés se movió. ¿La niña? ¿O el niño? Los dos bebés aún sin nombre. Haeim borró
de su mente algunos nombres que se le ocurrieron. Nombrarlos requería el
acuerdo del padre.
Aunque Kang Yujue parecía desinteresado en
eso.
“¿Quieres comer algo?”.
“Ya comí”.
Haeim respondió fríamente al ver la bolsa de
comestibles que dejó la señora Shin.
“Voy a hacer sopa de algas con carne. Come un
poco más”.
Carne. En el templo solo había verduras puras.
De repente, pensó en Yuye, el hombre que conoció allí. Su fragancia de
feromonas aún rondaba su nariz.
Sintió hambre. Si estaba bien cocinada, podría
comerla. Tenía esa certeza.
“Si es sopa de algas, comeré”.
“¡Vaya, qué sorpresa!”.
“Solo tengo ganas”.
“La haré rápido, rápido”.
La señora Shin corrió a la cocina. Haeim la
siguió y se sentó en la mesa del comedor. Observó cómo freía la carne en aceite
de sésamo. El aroma sabroso de la carne no le dio náuseas.
“¿Cuándo vuelve el jefe a la isla?”.
“No sé, no me importa”.
La señora Shin llamaba ‘jefe’ a Yujue. Yujue,
que ahora tenía 22 años. Haeim se sorprendió al pensar que él también tenía 22.
Pero sentía que seguía atrapado en los 17. Los recuerdos fragmentados debían
influir en eso.
“Parece que no volverá en unos días, ¿verdad?”.
“No sé”.
Haeim respondió con indiferencia mientras
tomaba un libro del estante de la chimenea. El castillo de la muerte y el
monstruo. Autor: Yang Hee-seong. El nombre le sonaba vagamente. Le provocó una
sensación desagradable.
El nombre Yang Hee-seong le generaba ansiedad,
como una astilla junto a la uña que no podía arrancar. Cada intento de sacarla
la hacía desmoronarse más.
Pasó las páginas. Eran ilustraciones hermosas.
Una página estaba rasgada, la que mostraba el rostro de la muerte.
Decepcionado, dejó el libro en el estante.
En la cocina, la sopa de algas con mucha carne
estaba lista. Haeim la probó con cuidado. La señora Shin, observándolo, sonrió
cálidamente.
“Hoy comes bien”.
“Sí”.
Era sorprendente. La alegría de poder comer no
lo abrumó; simplemente masticó la carne con calma. Cuando casi terminó el
tazón, la señora Shin parecía orgullosa.
De repente, sintió curiosidad. ¿Sabría la
señora Shin algo sobre la persona de la mansión al otro lado de la isla?
“Dicen que un hombre rico se mudó a la mansión
del otro lado. ¿Lo sabes?”.
“¿Ese hombre? Escuché rumores de que se mudó,
pero no lo he visto. Creo que nadie lo ha visto. Algunos dicen que vieron
hombres entrando y saliendo, pero no al dueño”.
Yo lo vi. Hablé con él, y tocó mi
mejilla con sus dedos teñidos de flor.
Haeim quería revelar ese secreto. Pero no
podía hablar a la ligera. Tal vez ese encuentro fue un sueño. ¿Por qué el dueño
de la mansión, que no se dejaba ver, se mostró ante él? Todo debía ser una
ilusión. El aroma de las raíces de iris debió crearla.
Tras comer, se recostó en el sofá para dormir.
No supo cuánto tiempo pasó. El sonido de la puerta abriéndose, pasos
desiguales. Unos labios fríos rozaron su coronilla. Ignoró ese gesto afectuoso
y dejó la cuchara. Una risa sonó sobre su cabeza.
“¿Cómo están las náuseas?”.
“Bien”.
Respondió con desgana. Su relación con Yujue
era pésima. Haeim había intentado revivir el amor que sentía por él. Si había
concebido un hijo, debió amarlo mucho en el pasado olvidado. Pero lo último que
recordaba eran imágenes crueles. La escena final de aquel día en la azotea.
Sí, había amado a Kang Yujue. Ese recuerdo
estaba vívido, junto al aroma de la glicinia. Pero esos recuerdos no tenían
fuerza. Eran débiles, flácidos como algas.
“Querías salir de la isla, ¿verdad? Pronto
podrás”.
Yujue habló con amabilidad, con un tono
emocionado. Haeim asintió vagamente con un ‘ah’. Su mente voló a la mansión del
oeste. Mariposas invisibles revoloteaban ruidosamente tras su corazón.
“No quiero”.
Ya no quería dejar la isla. Era tranquila.
Nadie interrumpía su vida. Le gustaba visitar el templo para charlar con el
monje, subir la colina para ver el mar, o bajar al puerto para observar los
barcos anclados y los peces plateados saltando.
Sobre todo, pronto sería la temporada de
mariposas. Quería ver con sus propios ojos las mariposas de Geumhongdo, la Isla
de las Mariposas. Dicen que vuelan en enjambres, como llamas danzando.
“¿Por qué? La isla es solitaria”.
“Quiero ver las mariposas”.
“Te llevaré a un jardín botánico”.
“No hace falta”.
Las mariposas de un jardín botánico estaban
muertas o enjauladas. No quería verse reflejado en ellas. Al menos hasta dar a
luz, quería quedarse aquí. Incluso después, no sería malo permanecer en la
isla.
Lo que realmente deseaba era una cosa: volver
a ver al hombre del otro lado de la isla. Yuye. Un nombre extraño. Si regresaba
a la ciudad, no lo vería de nuevo.
Era ilógico que una persona a la que vio una
sola vez ocupara tanto su mente. Pero estaba sucediendo.
“Está bien, entonces. Pero debes dar a luz
fuera de la isla. Es demasiado arriesgado en tu estado”.
“De todos modos, será una cesárea”.
“Exacto. Aquí es imposible”.
Los omegas masculinos rara vez tienen partos
naturales. Su canal de parto es estrecho, y sus caderas no son tan flexibles
como las de las mujeres o las omegas femeninas. Un parto natural ponía en
riesgo una vida. En este caso, tres vidas.
Al levantarse para ir al dormitorio, Yujue le
sujetó la muñeca y lo atrajo hacia su pecho. Un aroma extraño de feromonas
emanaba de él. Mezcla de varios olores, más que una fragancia, era un residuo
sucio que le dio ganas de vomitar.
“Suéltame”.
“Cuando des a luz, nos casaremos”.
“Haz lo que quieras”.
Casarse con Yujue era el deseo de su madre.
Haeim no se atrevía a desobedecer su última voluntad. Pensar en su muerte le
hacía sentir que su cabeza explotaría.
¿Cómo supo que había muerto? Sí, en esa
mansión oscura había una habitación aún más oscura. Como la esposa necia de
Barba Azul, al abrir esa puerta, supo que su madre había muerto.
Y por eso culpó a alguien.
NO
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Se liberó de Yujue y dio unos pasos. Un dolor
de cabeza repentino lo hizo caer al suelo. La mitad izquierda de su cabeza
parecía romperse. Las descripciones en novelas y películas sobre el dolor al
intentar recordar no eran mentira.
No pudo levantarse por un rato. Sudando frío,
jadeando, buscaba desesperadamente una salida. No veía ninguna luz.
“Me duele la cabeza”.
“Tranquilo, todo estará bien”.
Yujue lo consoló. El intenso dolor le quitó
las fuerzas. Solo deseaba que el dolor lo arrastrara lejos, a un lugar sin
oscuridad ni sufrimiento.
Yujue lo ayudó a levantarse. Haeim, casi
colgado de él, llegó al dormitorio. Se acostó en la cama, intentando respirar.
Pero el dolor no cedía. El sonido de las sábanas al apretarlas era como si se
rasgaran.
“¿Vamos al hospital?”.
“Dame un analgésico. El que tú tomas”.
Haeim extendió la mano con dificultad. Yujue
tomaba pastillas. Suponía que era por las secuelas de un accidente. Había
robado algunas antes, y eran efectivas. Quería depender de ellas ahora.
“Solo una”.
Haeim esperó a que Yujue le diera el
analgésico. Lo tomó con mano temblorosa.
Tras un rato, el dolor disminuyó. Había sudado
tanto que su ropa interior estaba empapada.
Dejando a Yujue atrás, tomó ropa y entró al
baño del dormitorio. Quiso abrir el agua caliente, pero giró la llave del agua
fría. El frío lo hizo encoger. Cada célula de su cuerpo parecía converger en un
punto. Se acurrucó en el suelo. Los bebés se movieron, tal vez por el frío o la
postura incómoda. Acarició su vientre suavemente. Sus dedos temblaban.
Qué extraño.
El agua fría anuló sus sentidos. Al principio,
se sentía como agujas, pero luego era solo un golpe constante y sordo.
Doloroso, pero al mismo tiempo no lo era. No entendía por qué seguía bajo el
agua.
De repente, se preguntó cómo se habían formado
las cicatrices en su cuerpo. La herida profunda en su mano derecha, que le
impedía usarla bien, y las pequeñas marcas que la cubrían. Debieron ser heridas
graves, con mucha sangre.
¿Por qué se lastimó la muñeca? Yujue dijo que
fue un accidente, pero no podía serlo. ¿Qué accidente dejaría una marca así?
Probablemente lo hizo él mismo. Pero, ¿por qué? ¿Qué lo llevó a esa decisión?
Bajo el agua, Haeim observó su muñeca. La
cicatriz roja era horrenda. De repente, pensó en el hombre del templo. Yuye.
¿También él pensó que era fea?
Temblando, se levantó. Un mareo lo golpeó.
Apoyándose en la pared del baño, esperó a que pasara. Su cuerpo temblaba de
frío. Más allá del dolor, una extraña sensación de alivio lo atravesó.
Cuanto más dolor, mejor. El dolor corta y
extirpa los pensamientos, forzando la regeneración de la carne. Haeim elegía el
dolor para cortar y extirpar sus pensamientos. La expiación no tenía poder.
Pero al menos, con esa culpa, podía sanar su alma.
Quería sanar su alma ahora.
Mientras Yujue estaba en la casa, Haeim no
salió ni una vez. Se sentaba en un sillón, miraba por la ventana y se quedaba
dormido. La vida en la isla era aburrida. Aunque había plataformas de
streaming, su mente inquieta apenas le permitía verlas. Pensó en jugar videojuegos,
pero no le atraían.
No podía creer que alguna vez había sufrido
dislexia. Y no por poco tiempo. Ahora leía y escribía sin problemas, pero se
dio cuenta de lo frágil que era su mente, como una fina capa de hielo.
Tras días bañándose con agua fría, su cuerpo
estaba helado hasta los huesos. Se acuclilló frente a la chimenea para
calentarse. De repente, notó dos libros ilustrados en el estante. El castillo
de la muerte y el monstruo y El viento es como una espada. Ambos de Yang Hee-seong.
Ya había hojeado El castillo de la muerte y el
monstruo. Esta vez tomó el otro.
Lo puso en su regazo. El viento es como una
espada. Un título inquietante. Al abrirlo, se desplegaron ilustraciones
hiperrealistas. Los colores eran afilados, como si apuñalaran los ojos.
Un libro que, como su título, era como una
espada. Colores vibrantes que giraban en un torbellino casi psicótico.
Yang Hee-seong.
¿Lo conocía? ¿Por qué le resultaba tan
familiar? No solo era familiaridad; sentía una especie de odio. Si estuviera
frente a él, querría exponer sus fechorías, aunque no sabía quién era ni qué
hacía.
“El rumor de que los humanos invadirían se
extendió por la aldea de los monstruos antes de que cayera la noche. Los
monstruos, aterrorizados, se reunieron en la cabaña del líder para decidir cómo
detener a los humanos”.
Haeim leyó el inicio del cuento. Árboles
grotescos, monstruos horrendos, muebles deformes y retorcidos. En ese escenario
extraño, las letras parecían torcerse y desvanecerse.
“Los monstruos… hu, hu, humanos con armas… de
hierro”.
Parpadeó varias veces, pero las letras no
regresaban a su lugar. Las veía, pero no captaba su significado. No, esa no era
la descripción exacta. Las letras se dispersaban como arena, fragmentándose y
flotando. Por más que intentara aferrarlas, los sonidos se desmoronaban y no se
reunían.
¿Por qué otra vez?
Haeim levantó la mirada del libro y escudriñó
la casa. Todo parecía torcerse y deformarse, como los árboles de los monstruos
del libro. El televisor parecía un lienzo escupiendo pintura roja, y la
chimenea ardiente parecía la boca abierta de un monstruo amenazante.
¿Por qué? ¿Qué era esta energía
inquietante?
Instintivamente, abrazó su vientre. De
repente, un fragmento de recuerdo irrumpió en su mente.
En el recuerdo, estaba acostado en una cama,
con sangre brotando de sus pies. La sangre de las heridas en las plantas de sus
pies corría por sus pantorrillas, sus muslos, y se acumulaba en la cama.
Alguien le sostenía la mano. Era ciego, y sus ojos desenfocados miraban sin
ver, dando una extraña sensación de flotación.
Haeim extendió la mano hacia el recuerdo. Sus
dedos tocaron el rostro en su memoria. Estaba borracho, todo giraba, y el dolor
en sus pies apenas se sentía. Solo recordaba la calidez de la mano que lo
sostenía. ¿Cómo era su rostro? No, antes, ¿quién era?
Hermano.
Antes de que terminara el pensamiento, un
apelativo emergió. Hermano. Como había llamado al hombre del invernadero. Haeim
se sumergió más en esa calidez. La mano cálida ahora quemaba, como si
sostuviera fuego.
Un poco más, solo un poco más, y sabría quién
era. El dolor atroz, como si un hacha le partiera la cabeza, el corazón a punto
de estallar, la mano ardiente… En el recuerdo, entre las llamas que ocupaban
casi toda su memoria, creía que podría verlo.
Pero en ese momento.
“¡Haeim!”.
Una mano fría sujetó su muñeca. Haeim sintió
que alguien arrancaba ese recuerdo, rescatándolo del fuego. Una mano gélida,
como la de un cadáver. La imagen que empezaba a formarse se hizo añicos.
Kang Yujue.
“¡¿Por qué eres tú?!”.
Haeim gritó con irritación. Un poco más y
habría encontrado a esa persona. Seguro que era alguien realmente importante en
sus recuerdos perdidos.
“Ven aquí”.
Yujue lo levantó a la fuerza y lo llevó a la
cocina. Sacó hielo del dispensador y sumergió la mano de Haeim en él. Solo
entonces Haeim notó que su piel estaba quemada, con ampollas abultadas. Era un
desastre.
“¿No te duele?”.
Una voz cariñosa. Pero Haeim no se dejó
engañar. En la secundaria, Yujue hablaba con tanta calidez. Sin embargo, la
mayoría de sus palabras escondían un filo.
Te quiero más que a nadie, Haeim. Así
que debes dejarte engañar por mí, que soy quien más te quiere.
Sí, Kang Yujue lo estaba engañando ahora.
Sobre esa persona. Sobre el hermano.
Haeim apretó el puño bajo el agua helada. Las
ampollas reventaron, incapaces de soportar la presión. Yujue intentó abrir sus
dedos, pero Haeim no cedió.
“No duele”.
Respondió con brusquedad a la pregunta
atrasada. Era cierto. Por alguna razón, sintió ganas de reír. La vida en la
isla le había robado incluso la risa. Como la esposa del hombre que cazaba
mariposas, que olvidó todas sus penas al convertirse en una. Como si la sangre
que goteaba de su cuello se hubiera transformado en mariposas.
Pero ahora, realmente, le parecía gracioso.
NO
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“Vamos al hospital”.
Yujue habló, sosteniendo su puño apretado.
Haeim no quería pelear con él. Solo quería saber una cosa.
“¿Quién es el hermano?”.
“¿Eh?”.
“Tuvimos un hermano, ¿verdad? Alguien
realmente importante”.
No lo recordaba todo. Pero la presencia de
alguien era vívida. Tan importante que resultaba extraño haberlo olvidado.
¿Cómo pudo olvidar a alguien así? Era extraño.
“No hay ningún hermano. Solo estamos tú y yo”.
Yujue respondió. No se podía confiar en él.
Sus palabras no podían ser verdad. Había dicho tantas mentiras, incluidas las
de amor. Por más que lo presionara, Yujue no diría la verdad. Aquí no había
nadie que le dijera la verdad.
El hermano debe estar en esa casa
ahora.
Sí, esa casa. En la casa oscura y desolada de
sus recuerdos, el hermano lo esperaba. Sentado al borde de un sofá sombrío,
mirando la puerta abierta con ojos más oscuros que la oscuridad.
…¿Y si él fuera el padre de los bebés? Pensar
en eso lo angustiaba. Si los bebés no eran de Yujue, sino de ese hermano en sus
recuerdos, concebidos solo por amor…
“Había un hermano”.
Haeim estaba seguro. No recordaba su nombre ni
su rostro, pero su presencia era innegable. Pensar que los bebés no eran de Yujue
los hacía sentir diferentes. Un hijo concebido con un desconocido no le
pertenecía solo a él.
Era extraño pensar que llevaba en su vientre a
los hijos de un hermano. Sin recuerdos, no sabía cómo había sucedido. Cómo
había concebido.
“Haeim, de verdad, solo estamos nosotros dos”.
Yujue repitió, como si intentara lavarle el
cerebro. No, hay alguien más entre nosotros. No sé si es un fantasma o no. De
repente, los dedos quemados le dolieron. Esa era la realidad. Haeim tomó
conciencia de su realidad.
No hay ningún hermano.
Días después, cuando Yujue dejó la isla
nuevamente, Haeim fue al templo. No sabía si lo encontraría, pero necesitaba a
Yuye ahora.
Yuye. Un nombre extraño. Al principio pensó
que era una ilusión que las náuseas hubieran disminuido. Pero la comida ya no
le repugnaba, y no temía comer. ¿Era por sus feromonas? No lo sabía.
Solo estaba seguro de una cosa: quería ver a
Yuye.
El deseo de verlo. Aunque habían pasado días,
su imagen no se desvanecía; al contrario, se volvía más vívida cada minuto. Al
principio, era una escena estática, luego se movía como una marioneta, y ahora
estaba a su lado, como si fuera real. Comía frente a él en la mesa, caminaba a
su lado en la playa, y al dormir… se acostaba junto a él. Tal vez, para no ser
real, era tan vívido.
Por eso necesitaba confirmar que Yuye era
real.
Tras un largo camino, llegó al templo. Como
siempre, estaba silencioso. Pensó en ir al invernadero donde lo conoció, pero
se dirigió al salón principal. Era pequeño y humilde para ser un salón
principal, pero una sencilla santidad lo dominaba.
En el escalón del salón había un par de
zapatos elegantes. Instintivamente, supo que era él. Con el corazón lleno de
alegría, abrió la puerta de par en par.
El hombre frente a la estatua de Buda se giró.
Era él. Pero hoy parecía muy solitario, tanto como para detener los pasos de
cualquiera. Reprimiendo la compasión que amenazaba con surgir, Haeim dijo:
“Hola”. Yuye, apoyándose en un bastón, se acercó con pasos firmes.
“Hola”.
Su saludo fue cariñoso y suave. Haeim tomó su
mano libre. Estaba helada, quizás por la temperatura del lugar. ¿Cuánto tiempo
había estado en ese rincón del salón?
¿Me estaba esperando? Aunque sabía que era una
ilusión, Haeim deseó que fuera cierto.
“Todavía hace frío”.
Haeim llevó a Yuye, que solo llevaba un abrigo
ligero de cachemira, hacia la estufa en un rincón. Yuye lo siguió sin
resistirse. Había dejado la silla de ruedas y usaba un bastón, lo que
significaba que estaba recuperándose. Haeim sintió una alegría inmensa.
Se pararon juntos frente a la estufa. Sin la
silla, Yuye era muy alto. Al estar cerca, su aroma lo envolvió, haciéndolo
sonrojar.
Haeim abrió la tapa de la estufa a propósito.
Había batatas envueltas en papel aluminio. Como sospechaba, el fuego estaba
bajo porque estaban asándolas.
“Qué bien. Tenía hambre”.
Se acuclilló y sacó dos batatas con un
atizador. Tomó un cojín, lo puso frente a la estufa y lo golpeó suavemente.
“¿Me estás diciendo que me siente?”.
“Comamos batatas”.
Yuye rió brevemente ante sus palabras. Era un
robo, pues las batatas eran para el monje. Pero Haeim confiaba en la compasión
de Buda.
Yuye se sentó en el cojín con una postura algo
descuidada. Sus piernas aún no estaban completamente recuperadas.
Haeim tomó una batata. Debería estar caliente,
pero con los vendajes en los dedos no sentía el calor.
“Yo las pelo. No me queman”.
“¿Por qué te lastimaste la mano otra vez?”.
“Me quemé.
Yuye le quitó la batata y la dejó en el suelo.
“¿Cómo pasó?”.
“Solo… pasó”.
Según Yujue, fue por el dolor. El dolor del
corazón lo llevó a eso.
“Estoy bien, de verdad”.
Yuye levantó la manga suelta de Haeim. Su
muñeca tenía varias cicatrices. Las heridas de sutura por repetidos cortes eran
horribles.
“¿Duele?”.
“No duele. En serio, no duele”.
Respondió rápido, no queriendo que se
preocupara. Realmente no dolía. Solo era incómodo mover la mano derecha. No
planeaba hacer trabajos precisos, así que no le importaba. Tanto antes como
ahora, Yuye mostraba mucho interés en las cicatrices de su muñeca.
“De verdad, no duele”.
Pero Yuye tenía una expresión de dolor, como
si él mismo hubiera cortado esa muñeca.
“De verdad… de verdad no duele”.
Quería consolarlo, pero no sabía cómo. Haeim
sabía que estaba mentalmente inestable. Lamentaba que sus expresiones fueran
tan torpes.
Así que simplemente desordenó el cabello de
Yuye.
En realidad, desde el principio quiso hacer
esto. Quería deshacer su apariencia pulcra y hacerlo reír. Cuando su mano tocó
su cabello, Yuye abrió los ojos con sorpresa. Y luego, realmente, soltó una
carcajada.
Su risa no era sombría ni oscura, solo suave y
cálida. Sus ojos negros y hermosos brillaban. Haeim vio una galaxia en ellos.
Buscando su estrella en esa galaxia, sintió que su mente se nublaba.
“Mira tu mano”.
Haeim miró instintivamente. Estaba negra por
las cenizas de la batata. Qué desastre. Qué había hecho con esa mano.
“Está bien”.
Yuye no parecía querer sacudirse el cabello.
Haeim se limpió las manos en los pantalones y luego limpió el cabello de Yuye.
Sus rostros se acercaron. Haeim miró su
reflejo claro en los ojos negros de Yuye. Qué alegría que él pudiera ver. Y por
qué le alegraba tanto poder verlo.
“Eres muy cariñoso”.
Sus mejillas se sonrojaron ante sus palabras.
‘Cariñoso’ sonaba bien. Lo hacía sentir una buena persona.
“No soy cariñoso”.
Dijo la verdad. Su risa, su voz, eran cálidas
porque su risa era gentil.
“Oye”.
¿Cómo decirle que después de oler sus
feromonas, las náuseas mejoraron? Temía parecer un pervertido que codiciaba las
feromonas de otro. Quería causar una buena impresión en él.
“Dime. Lo que sea”.
“Ese día, cuando compartiste tus feromonas… te
lo agradezco mucho. No podía comer por las náuseas, pero después de eso, pude…”.
“Qué bueno”.
“De verdad, gracias”.
Yuye peló una batata caliente y volvió a reír.
Su risa hacía que la sangre, antes estancada, fluyera de nuevo. Tengo un
corazón, después de todo.
“¿Necesitas más feromonas?”.
“Eh…”.
Haeim respondió vagamente. Luego mordió la
batata en su mano. Estaba caliente y dulce. Pensó, absurdamente, que besar a
Yuye podría saber así. A él, precisamente. Su aroma de feromonas, que se
filtraba hasta la médula.
Yuye se quitó el parche del cuello. Haeim miró
su glándula de feromonas deformada. Parecía atravesada por una bala. Al tocarla
con los dedos, Yuye se estremeció.
Ya la había tocado antes. Sintió un impulso
incontrolable, como si otro controlara su cuerpo.
Quiero besarlo. Pero pensaría que
estoy loco.
El aroma de sus feromonas seguía siendo
embriagador. Si lo abrazara, podría olerlo más claramente.
Apartó la mirada con esfuerzo y la fijó en las
batatas en el fuego. Sacó otra y la dejó caer. Sintió un golpecito a su lado;
Yuye le ofrecía una batata pelada, amarilla y bonita.
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“Gracias”.
Mientras comía la batata ya tibia, Yuye
comenzó a pelar otra. Era un momento de paz absoluta.
Pero el corazón de Haeim temblaba como las
cuerdas de un arpa, tensas al punto de romperse. Un toque de Yuye y se
quebrarían.
La mano que sostenía la batata temblaba.
Ansioso, sin saber qué deseaba, comió apresuradamente para olvidar ese anhelo
vago.
“Haeim”.
Una voz cariñosa. Su corazón parecía aletear
en su pecho. Si giraba, creía que vería un amor infinito en sus ojos.
Esas palabras. El amor no se puede ocultar.
¿Lo amaba? No lo sabía. Sentir esto por
alguien a quien solo vio dos veces no tenía sentido. Además, llevaba dos bebés
en su vientre. No podía borrar el pensamiento de la infidelidad. Aunque, tras
recordar al hermano, ya no creía que Yujue fuera el padre.
¿Le había dicho su nombre?
Haeim resistió el impulso de girar. Temía que
algo malo pasara si lo hacía. Se concentró en comer la batata, apretándola con
fuerza. Una risa resonó en sus oídos, irritándolo.
“¿Por qué te ríes?”.
Con la nariz en la batata, lo cuestionó. Yuye
lo obligó a girar. Sus ojos estaban llenos de tolerancia. Tolerancia y… algo
más. ¿Cómo definirlo? No era lo que Haeim deseaba ver.
Estoy loco.
Se sintió herido y cerró los ojos. Algo suave,
pero algo rígido, tocó su mejilla. Una mano. Bien cuidada, pero torpe, como si
nunca hubiera hecho un gesto tan afectuoso. Esa mano limpió suavemente algo en
su boca.
“Tienes ceniza en la mejilla”.
No le creyó del todo. Sospechó que Yuye había
ensuciado más su rostro. Él era quien pelaba las batatas. Dudoso, preguntó:
“¿De verdad?” Yuye respondió: “Sí.”
Pero Haeim le creyó. Había personas cuya sola
existencia inspiraba confianza. Yuye era así para él.
“Abre los ojos, Haeim”.
Yuye habló con un tono juguetón, casi
suplicante. Haeim, obstinado, negó con la cabeza, manteniendo los ojos
cerrados.
“¿Tienes miedo?”.
“No”.
No tenía miedo. O sí, lo tenía. Temía no ver
el sentimiento que deseaba, temía que Yuye no fuera real. Sí, había pasado
antes. Una persona imaginaria infiltrándose en la realidad. O al menos, creía
que había pasado.
“Puedes abrir los ojos”.
Sus palabras cariñosas. Su mano acariciando
sus párpados. ¿Por qué era tan innecesariamente amable? ¿Era así con todos?
Pensar que era cariñoso con otros lo llenó de amargura.
“Debo estar loco”.
Era infidelidad. Llevar el hijo de otro y
sentir esto. Haeim sintió asco de su propia descaradez. Fuera Yujue o su
hermano, había alguien que había plantado esa semilla.
No debía sentir esto.
“De verdad, debo estar loco”.
Murmuró bajito. Sí, solo la locura lo
explicaba. Sentir tanto apego por alguien que vio dos veces. Pero esa persona
no existía… porque no existía.
Espera, ¿por qué pensó que no existía?
Los pensamientos subían y bajaban como olas.
Como si cien personas susurraran, todo era ruido. Apretó el puño con ansiedad.
Este encuentro parecía irreal. Como si estuviera en una habitación llena de
palabras imposibles, gritando a una pared, rodeado de fantasmas.
Pero deseaba que Yuye no fuera un fantasma.
Que fuera real. Que su amabilidad fuera real y solo para él.
“¿Estás bien?”.
Ojalá no desapareciera al abrir los ojos.
Yuye tomó su mano. Eso no era suficiente. El
tacto, la fuerza, la calidez de su palma lo probaban real, pero la mente humana
es astuta y estúpida.
¿Le pido que me abrace?
O tal vez…
¿Le pido que me bese?
Antes de que terminara de pensar, un roce
suave y dulce tocó su frente. Su cuerpo se estremeció, sorprendido.
Una risa sonó, pero los labios no se
detuvieron, tocando su frente, mejillas, nariz, barbilla. Tembló ante esa
suavidad, deseando que esos besos no cesaran.
Haeim abrió los ojos. Los ojos de Yuye
parecían capaces de devorarlo. Eran tan oscuros, con un toque de éxtasis. No,
el éxtasis estaba en él, reflejado en esos ojos.
“Bésame, entonces”.
Se aferró a Yuye, rodeando su cuello con los
brazos. Se sentía ebrio.
No, ¿había estado así antes, ebrio y
aferrándose a alguien? Era como vivir la vida dos veces. Sí, con el hermano…
“Hermano”.
No había un nombre más adecuado para Yuye.
Tenía que llamarlo así.
“Aquí estoy”.
Yuye parecía haber esperado esas palabras por
mucho tiempo. Sus labios seguían tocando su rostro, y cada roce dejaba un dolor
punzante.
Solo había una forma de olvidar ese dolor: un
beso real.
Lentamente, besó los labios de Yuye. Estos
temblaron brevemente, sorprendidos, pero no lo rechazaron.
Los labios se unieron y separaron varias
veces. Su tacto era como seda mojada, suave pero al borde de romperse.
Se sintió enfadado. Quería castigarlo. Existir
y fingir que no estaba. Sin saber por qué, sentía su presencia real y temía que
fuera una mentira.
Haeim mordió con fuerza la comisura de sus
labios. Con un gemido, “Ah”, los labios de Yuye se abrieron. No sabía de dónde
sacó el valor. Sosteniendo su barbilla, invadió su boca.
El interior era cálido, como el de una persona
viva. Sintiendo esa vida, siguió besándolo. Sabía a óxido dulce.
En ese momento, los bebés en su vientre se
movieron. Era un movimiento vertiginoso, nauseabundo. Como si rechazara el beso
con un hombre que no era su padre, como si advirtiera que esto no debía
suceder, los bebés patearon con fuerza.
El miedo lo invadió. ¿Estaba loco? Besar a
otro hombre mientras llevaba a un bebé. Sentir tal éxtasis. Estar tan feliz,
teñido de un púrpura corrupto.
Haeim separó los labios y miró a Yuye por un
largo rato. Había una marca de mordida en su boca. La sangre que brotaba le dio
una intensa satisfacción. Una satisfacción que no debía sentir.
“Lo siento”.
No había más que decir. Haeim se levantó y
salió corriendo. El templo y Yuye se alejaban.
